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la cenicienta que dejó de serlo   3 comments

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 25 de enero de 2013)

Hubo un tiempo en el que la palabra Gonzaga sólo nos sonaba a santoral, generalmente con un sanlúis delante. Hubo un tiempo en el que casi nadie sabía si aquel jugador elegido con el número 16 del draft de 1984 era Stockton de la Universidad de Gonzaga o Gonzaga de la Universidad de Stockton. Hubo un tiempo en el que daba igual la temporada que hubiera hecho Gonzaga, daban igual las victorias que hubiera conseguido ante rivales de cierto nivel porque llegaba el Torneo y sistemáticamente me la plantaban en el puesto 10 u 11 de su Región; como daban igual las victorias que consiguiera luego, daba igual que pasara dos o tres rondas, daba igual que al año siguiente continuara ganando porque en llegando marzo más de lo mismo, si antes fuiste 10 u 11 ahora te pondremos 8 ó 9 pero más arriba no, cenicienta eres y cenicienta seguirás siendo toda tu vida que aquí no hay príncipes ni hadas madrinas ni carrozas que antes fueran calabazas, ni siquiera zapatitos de cristal… ¿o tal vez sí?

Recuerdos de un pasado que ya nunca más ha de volver, que decía la copla. Gonzaga sigue siendo una Universidad pequeña, sita en una localidad no demasiado grande (Spokane, estado de Washington, esquina noroeste del mapa) e integrada en una conferencia tirando a mediana, la West Coast Conference (WCC para los amigos), una de esas que allí llaman mid-majors. Y sin embargo hace ya algún tiempo que Gonzaga dejó de ejercer de cenicienta, hace ya unos cuantos años (quizá desde que Mark Few se hizo cargo del equipo, casualmente) que se convirtió en referencia indispensable en este baloncesto: podrá tener equipos mejores o peores pero siempre merece ser tenida en cuenta. Cierto es que aún se les resiste la Final Four (y bien cerca que estuvieron, y aún nos duelen casi como si fueran nuestras aquellas lágrimas desoladas de Adam Morrison contra el parquet) pero es sólo cuestión de tiempo, no les quepa la menor duda de que caerá cualquier año de éstos, quién sabe si este mismo incluso. ¿Difícil? Por supuesto, que la competencia va a ser brutal. ¿Imposible? En absoluto.

Ahora bien, ¿qué tienen a día de hoy estos Zags (también llamados Bulldogs) para ser merecedores de semejante consideración? Empecemos por el principio, es decir, ese señor que juega de base, viene del otro lado de la frontera (que pilla a apenas dos pasos de Spokane como si dijéramos), es sophomore y se llama Kevin Pangos. Vi jugar por primera vez a Pangos en noviembre de 2011, en el que era tan solo su segundo partido (no sé si incluso el primero oficial) con esa Universidad; en semejantes circunstancias quizás habría cabido esperar que el chaval se cortara, ya saben, el típico freshman apocado y prudente, pendiente sólo de ejecutar al pie de la letra las órdenes de su entrenador… Y una leche: aquella noche ante Washington State Pangos metió nueve triples, nueve. Y no vayan a pensar que se tiró hasta las zapatillas (tampoco se lo habrían consentido), debió hacer 9 de 12 ó 9 de 13, algo así. Claro está, ante semejante exhibición cabían básicamente dos posibilidades, pensar que estábamos ante un megacrack que haría tambalearse los mismísimos cimientos de este deporte en años venideros o pensar que estábamos ante un mero espejismo. Pues ni tanto ni tan calvo, que decía mi abuela: Pangos no ha repetido ni de lejos aquel portento (que yo sepa) pero ello no quita para que sea un magnífico base; que tiene como principal virtud el tiro exterior (quizás esto ya se lo habrían imaginado) pero que ha mejorado también su pase (el cómo y el cuándo), que se nos está convirtiendo en un gran director de juego y aún más habrá de convertírsenos en años venideros siempre y cuando no le dé por escuchar los cantos de sirena de la NBA (que no debería, pero vaya usted a saber). En cualquier caso un dignísimo sucesor de esa estirpe de bases gonzaguianos que se remonta por supuesto hasta el mismísimo John Stockton pero que en los últimos tiempos nos ha dejado a tipos como Matt Santangelo, Dan Dickau, Blake Stepp, Derek Raivio o Jeremy Pargo entre otros.

Y cómo no, un candidato claro (otro más) a llevar la batuta de esa hipotética selección de Canadá que debería epatarnos en unos cuantos años siempre y cuando todos esos compatriotas suyos que están ya triunfando en NCAA (y los que aún vendrán) logren ponerse de acuerdo algún día para jugar juntos, que esa es otra. Aquí mismo tenemos a otro más (que ya les dije que la frontera pilla cerca), una gratísima sorpresa llamada Kelly Olynyk. Hace unos meses no parecía que tuviera tanto baloncesto ni de lejos pero ya saben que a veces pasan estas cosas: el hoy laker Robert Sacre (también canadiense, para variar) se graduó y a partir de ahí Olynyk debió ver el cielo abierto, de tal manera que hoy ya no sabemos si fue antes el huevo o la gallina: si juega tan bien porque ha ganado en minutos y confianza o si ha ganado en minutos y confianza porque juega bien. Sea por lo que fuere se ha convertido en la principal referencia interior de estos Bulldogs (también llamados Zags), un cuatro y medio con fundamentos (sobre todo de cara al aro) más que decentes. Ténganlo muy en cuenta.

El principal socio exterior de Pangos se llama Gary Bell Jr. y es otro consumado triplista, a la par que sumamente capaz de llevar también la batuta cuando es preciso. Y el principal socio interior de Olynyk se llama Elias Harris y es muy probable que ese nombre no les resulte del todo desconocido, incluso aunque no sigan para nada la NCAA, ya que nació a orillas de Rhin, en Speyer (o Espira, en absurda traducción al castellano), Renania-Palatinado, razón por la cual le hemos visto ya unas cuantas veces a la vera de Nowitzki defendiendo los colores de la selección alemana absoluta. Nos lo venden como ala-pívot (que es el papel que está debiendo desempeñar en Gonzaga en estos días, un poco por necesidades del guión) si bien yo le veo más bien como alero raso. En cualquier caso un jugador completísimo, de esos a quienes puedes pedir que te hagan de todo y casi todo lo hacen bien, o decentemente al menos. Otro de los secretos de la buena marcha de estos Zags.

El quinto puesto de titular acostumbra a ser el del machaka (figura cada vez más consolidada en NBA pero que también podemos encontrar a menudo en NCAA, con más razón ya que la calidad media es menor), para el que se turnan Mike Hart y el mucho más discreto Guy Landry-Edi, costamarfileño por más señas. Y no se me pierdan tampoco a lo que emerge del banquillo por la parte de dentro, con mención especial para el magnífico cuatro Sam Dower y para un fornido mocetón de aproximadamente 216 centímetros de longitud que responde al bello a la par que impronunciable nombre de Przemek Karnowski, nativo de Polonia como usted con su sagacidad habitual ya habrá sido capaz de deducir (ya ven que se trata de un equipo muy internacional). Freshman todavía, recién aterrizado como si dijéramos, por ahora lo mejor que se puede decir de él es que se trata de un jugador de infinitas posibilidades. Tiempo al tiempo.

Y por supuesto, jamás podría yo acabar un artículo sobre Gonzaga sin hablarles del base suplente de Gonzaga, David Stockton, cómo no, de los Stockton de toda la vida. David Stockton tiene básicamente dos problemas: 1) el peso de ese apellido sobre sus hombros, que hace que consantemente le estemos comparando con su (incomparable, por definición) progenitor; y 2) Kevin Pangos, cuya calidad (y acaso también la de Bell) le impide jugar más minutos de los que acaso deberían corresponderle. Ahora bien, entre aquel tímido (en su manera de jugar, me refiero, que en otras cosas no me consta) David Stockton que conocimos en su año freshman y este otro que conocemos en su año júnior hay una gran diferencia: no es que sea precisamente un descarado ni va a a serlo nunca, pero a poco que se suelta el pelo emergen esos grandes fundamentos y esa visión de juego (de tal palo…) que parece reservar sólo para paladares exquisitos. Desengañémonos, no va a parecerse nunca a su padre (¿ven lo que les decía de las comparaciones?), ni de lejos… pero creo sinceramente que (en contra de lo que pensé de él en su primer año) podría ganarse muy bien la vida con esto (ya otra cosa será que quiera, o que lo necesite). Aún le quedará esa cuarta temporada, que bien podría ser la de su definitiva explosión… sobre todo si se va Pangos. Veremos.

Dicho todo lo cual, habré de reconocerles que ésta no es precisamente la mejor semana para hablar de Gonzaga, que llevaba un chorro impoluto de victorias consecutivas hasta que se presentó este sábado en el maravilloso Hinkle Fieldhouse de Indianapolis para rendir visita a otra (ex) cenicienta que dejó de serlo, los (también) Bulldogs de Butler. ¿Cómo se lo explicaría? Partidazo de poder a poder (toma tópico), baloncesto del bueno, últimos instantes alucinantes y en éstas que nos encontramos a 3 segundos para el final con el partido casi ganado para Gonzaga, un punto arriba y posesión, a Butler sólo le quedaba hacer falta, forzar tiros libres e intentar montar luego un ataque imposible en apenas dos segundos desde su propia línea de fondo (que aquí no se puede sacar de medio campo, ni aún con tiempo muerto siquiera)… o eso creíamos todos: saca Stockton, se la va a dar a Olynyk pero Roosevelt Jones que se anticipa, que se la lleva, que se levanta a cuatro metros del aro literalmente sobre la bocina (tan literalmente que hubo casi que mirarlo con lupa para determinar la validez de la canasta…) Butler es el clutch team, el equipo bocina, si antes se decía que el último tiempo muerto siempre es de Dean Smith ahora habrá que empezar a decir que el último segundo siempre es de Brad Stevens. Sospecho que a estas alturas David Stockton todavía no se habrá recuperado del disgusto.

colorín colorado, este cuento no se ha acabado; Gonzaga ya no ejerce de cenicienta pero aún está a la espera de que el príncipe se deje de tonterías y se la acabe llevando al huerto, metáfora tan absurda como cualquier otra para referirme a la Final Four pero qué quieren, a estas alturas ya no doy más de sí. No tiene por qué ser este año (aunque tampoco sería tan extraño si así fuera) pero no duden que tarde o temprano serán felices y comerán perdices a poco que se sigan haciendo bien las cosas en esa esquina del mapa llamada Spokane. Al tiempo.

el parche   4 comments

Hace algunos días se rumoreó, qué digo se rumoreó, prácticamente se dio por hecho lo que podríamos denominar el trueque inglés, English por Ingles, según el cual el English canadiense iría a parar al Barça mientras el Ingles australiano llegaría al Estu a vuelta de correo.

Hace más o menos esos mismos días, quizás alguno menos, se rumoreó, que digo se rumoreó, prácticamente se dio por hecho un multitrueque que implicaba también a Baskonia y GBC (o dicho de otra manera, a Caja Laboral y Lagun Aro), que afectaba a Jelinek y Abrines (¡ay, Abrines!) y en el que finalmente Brad Oleson acabaría dando con sus huesos en Can Barça.

Y hace muy pocos días se rumoreó, qué digo se rumoreó, prácticamente se dio por hecho que finalmente el fichaje del Barça no sería English ni tampoco Oleson sino Feldeine, por supuesto previo pago al Fuenlabrada de la compensación económica correspondiente.

Dicho todo lo cual, y dado que a día de hoy ni English ni Oleson ni Feldeine forman aún parte de la plantilla barcelonista (que yo sepa), estaremos de acuerdo en que aquella manida frase de que el rumor es la antesala de la noticia se nos ha quedado un tanto obsoleta. De hecho quizá deberíamos plantearnos la posibilidad de enunciarla al revés: vista la certeza con la que se nos anunciaron en su día esas tres operaciones, tal vez habríamos de concluir que en este país, por increíble que parezca, la noticia es la antesala del rumor.

En cualquier caso, y dando por supuesto que esos tres intentos efectivamente existieron (y que hasta puede que aún existan), creo que a partir de ellos podemos extraer otras dos conclusiones muy concretas. A saber…

1) el Barça busca algo
2) pero no sabe qué

Ahora bien, como dicho así puede sonar un poco brusco intentaré reformularlo de otro modo:

1) El Barça busca un dos, un escolta capaz de echarse el equipo a la espalda y asumir la anotación cada vez que los achaques obliguen a Navarro a permanecer alejado del parquet.

2) Pero no sabe qué clase de dos busca, y por eso tan pronto se le antoja un escolta que sólo parece funcionar en aquellos equipos que giran por completo a su alrededor (véase English), como se le antoja un escolta todoterreno capaz de hacer muchas otras cosas además de anotar (véase Oleson), como se le antoja… Señores, seamos serios: ¿habrían pensado ustedes en Feldeine de no haber sido por sus 37 puntos de este pasado sábado? Es más, ¿sabían ya ustedes quién era Feldeine antes de sus 37 puntos de este pasado sábado?

O dicho de otra manera: el Barça busca un parche. El Barça busca un parche y tarde o temprano lo encontrará (de hecho hasta puede que lo haya encontrado ya cuando usted lea esto), es lo que pasa con estos macroequipos que parecen tener el dinero por castigo, al final siempre encuentran lo que buscan aunque ni siquiera sepan muy bien qué es eso que buscan. Pero me resulta curioso ver a todo un Barça en este papel, repartiendo palos de ciego de esta manera. Durante años (desde que llegó Creus, básicamente) lo hemos tenido como ejemplo de planificación, un poco por contraste con el ejemplo de improvisación que parecía representar siempre su eterno rival. Y sin embargo llegados a este punto vemos un Madrid que parece tener (¿por fin?) un proyecto y un Barça que lo tuvo, que ve cómo se le está escurriendo por el sumidero, que ya no sabe qué hacer con él. Ficharon a Tomic porque acababa de salir del enemigo, ficharon a Jawai porque tenía nombre y ocupaba espacio, tanto les dio que no se parecieran en nada (sobre todo atrás) a la dupla Vázquez-Ndong, tanto les da ahora que lo que fichen no sea exactamente lo que necesiten, a quién le importa eso, se trata sólo de fichar por fichar. No han perdido nada todavía, plantilla tienen más que de sobra (con o sin parche) para pelear la Copa, la Liga, la Euroliga y todo lo que se tercie pero creo yo (en mi infinita ignorancia) que no les vendría mal dejarse de improvisaciones a corto plazo, recuperar aquella vieja costumbre de mirar siquiera un poco más allá.

Europa vs USA: disquisiciones televisivas   2 comments

(publicado originalmente en jordanypippen.com el 22 de enero de 2013)

Decíamos ayer (en realidad fue hace un mes, pero así queda como más elegante) que a pesar de globalizaciones, telecomunicaciones, satélites, redes sociales y demás zarandajas Europa y USA siguen siendo dos mundos, al menos en lo que a baloncesto se refiere. Dos mundos más próximos hoy que hace diez años y no digamos ya que hace cuarenta, dos mundos que se van acercando más y más cada día que pasa… pero dos mundos aún, al fin y al cabo. Demasiadas veces hemos intentado copiar desde este mundo cosas de aquel, demasiadas veces nos hemos columpiado intentando imitar lo inimitable, demasiadas veces no hemos sido capaces de darnos cuenta de que la verdadera aproximación tal vez no debería estar tanto en las cosas grandes como en las pequeñas. No es fácil implantar aquí sus sistemas de competición, es casi imposible trasladar hacia estos pagos su sentido lúdico del deporte pero sí hay algunas cosas (menores, si así lo quieren) por las que quizá podríamos empezar. Las retransmisiones televisivas, por ejemplo.

Veo mucho (tal vez demasiado) baloncesto televisivo. Raro es que pase un día de mi vida en que no vea al menos un partido, no me son extraños los días en que consigo ver dos o incluso tres, siempre en función de mi escaso tiempo libre, siempre robándole horas al sueño. Veo baloncesto de aquí (ACB, Euroliga) y de allí (NBA pero sobre todo NCAA, y casi siempre en versión original), en cantidad suficiente no como para extraer alguna conclusión (que no doy para tanto) pero sí como para tener algún criterio al respecto. Y qué quieren que les diga, creo que si ahora mismo un extraterrestre bajara a la Tierra (cosa improbable) y se pusiera a ver baloncesto (cosa aún más improbable), primero un partido de aquí y luego otro de allí (o viceversa), probablemente pensaría que se trata de dos deportes distintos. ¿Exagero? Tal vez, así que intentaré decirlo en términos menos tremendistas: un partido televisado a este lado del charco pretende contar lo que pasa, lo cual está muy bien, de eso se trata pensarán ustedes; un partido televisado a aquel otro lado del charco pretende ofrecer un espectáculo, lo cual no significa dejar de contar lo que pasa (más bien al contrario) sino presentarlo además de la manera más atractiva posible para el espectador. De lejos ambos modelos pueden parecer lo mismo pero a poco que nos fijemos comprobaremos que no lo son, en absoluto.

Por ir entrando en detalle: creo que no recuerdo haber visto jamás ni un solo partido de baloncesto USA en el que los comentaristas no estén en el propio pabellón donde se disputa el encuentro. Ni uno, oigan. Me dirán: ¿y cómo puede saberlo? Pues es muy fácil, porque los realizadores norteamericanos no esconden a sus comentaristas sino que nos los muestran: siempre antes de comenzar el encuentro aunque sean sólo unos pocos segundos, por supuesto que cada uno de ellos con su correspondiente rótulo en la parte inferior de la pantalla (tanto da que sean sujetos tan conocidos como Dick Vitale o Bobby Knight porque siempre puede haber alguien que no los conozca) para que el telespectador pueda poner cara y nombre a aquellos que se lo van a contar in situ. Me dirán: ¿y qué más da comentarlo desde la arena que desde un plató o un locutorio, si al fin y al cabo se ve lo mismo? Pues no. No da igual. A mí no me da igual, al menos. Quien está en la cancha puede ver lo que le muestra el monitor y lo que no, en cambio quien está en los estudios centrales sólo ve lo que le aparece en pantalla (esto parece bastante obvio), que es exactamente lo mismo que vemos usted y yo desde el sofá del salón. Si se trata de realizaciones yanquis no es problema porque es difícil que se les escape un detalle, pero… ¿para las realizaciones de aquí, trufadas de planos vacíos y repeticiones a destiempo? Claro, así nos pasa luego, que acabamos con el Arseni de turno sumido en la angustia como en algún señalado encuentro, ¡a ver, ¿qué ha pasado ahí?!, ¡no hemos visto lo que ha pasado!, ¡¡¡África, ayúdanos!!! (que luego están los que parecen estar in situ pero en realidad están en las nubes, pero esa ya sería otra historia). Señores de (por ejemplo) TVE: mandan ustedes cada semana una unidad móvil a la cancha en que se disputa el partido, entiendo que mandan también con ella a todo un equipo técnico (humano, me refiero)… ¿pero no pueden enviar a su trío de comentaristas porque se les descuadra el presupuesto? ¿Sale eso mucho más caro que lo que están haciendo ahora, pagarle cada semana el viaje a un tío que vive en Madrid para que comente el partido en Barcelona y luego vuelva otra vez a Madrid, y ello aunque el partido se juegue en Madrid?

Por cierto: en USA los comentaristas (todos, sin excepción) saben de lo que hablan. En USA, aún por extraño que les resulte, los comentaristas se llevan preparado el partido de antemano antes de ponerse ante un micrófono. En USA, aunque se trate de una televisión local que sólo hace los partidos de una determinada universidad o una determinada franquicia, los comentaristas no sólo conocen a los jugadores de su equipo sino que también (aunque parezca increíble) se tienen estudiados a los del equipo contrario. En USA sería impensable que un analista se refiriera a un jugador como “el tal Foote éste” (véase el Madrid-Zalgiris de hace unos días en Real Madrid TV) dejando así meridianamente claro que ni sabe quién es ni le importa no saberlo, que ni siquiera le importa aparentar ignorancia, de hecho puede que hasta se sienta orgulloso de ella. En USA los analistas pueden ser mejores o peores, pueden estar más o menos acertados pero en cualquier caso comentan, es decir, hacen aquello por lo que les pagan. Aquí en cambio podemos tener a un tío (el mismo de antes, que se llama Toñín Llorente por si todavía no han caído) cuyo nivel de análisis consista básicamente en ¡¡¡rebote, rebote!!! ¡Felipe, ahí, muy bien, Felipe! ¡¡¡Tira, ahí, métela, métela!!! ¡¡¡Faltaaaaa!!! Acaso haya también especímenes así en las televisiones norteamericanas, no digo yo que no; pero hasta ahora no he tenido el placer de conocerlos.

Aquí tenemos narradores vivos y otros apagados, allí por lo general todos transmiten una misma vibración; aquí tenemos narradores de raza y tenemos también meros periodistas a los que han puesto a narrar porque sí, porque no había otro, mientras que allí en cambio todos (quizá porque hayan nacido para ello o quizá porque hayan recibido previamente una adecuada formación) mantienen un alto ritmo narrativo. Aquí algunos te duermen y otros te levantan dolor de cabeza, algunos se callan incluso en los momentos más cruciales y otros no se callan ni debajo del agua. Allí en cambio te pueden narrar el partido entero con sus respectivas pausas, sus picos y valles, sus subidas y bajadas de tono, y finalmente hasta puede suceder que la última jugada del encuentro sea un triple estratosférico sobre la bocina que otorgue la victoria al equipo local provocando así el éxtasis entre la multitud… ¿y saben lo que hace el narrador yanqui cuando se produce una situación como la que acabo de describir? Se calla. Sí, créanselo, acaso emita una exclamación de asombro pero inmediatamente después se calla, permanece callado unos segundos para que el espectador en su casa se imbuya plenamente de ese ambiente de delirio que se acaba de instalar en el pabellón. ¿Se imaginan que aquí Arseni (por ejemplo) hubiera hecho lo propio en la noche aquella del triple de Marcelinho en el primer encuentro de la pasada Final ACB, se imaginan que en vez de llenarnos la cabeza de adjetivos hubiera optado por callarse unos segundos y dejar hablar al público del Palau? Habríamos creído que se le había estropeado el micrófono de la emoción…

Otro tema: las piedepista (lo pongo en femenino porque por alguna misteriosa razón más del noventa por ciento de quienes hacen este trabajo son del sexo femenino, así aquí como allí, con alguna excepción que confirma la regla como el polícromo y psicodélico Craig Sager; debe haber alguna incapacidad genética que impida hacer pie de pista a los hombres como debe haber alguna incapacidad genética que impida narrar y/o comentar a las mujeres, me lo expliquen). Más allá de las entrevistas, en USA cuando se les da paso es porque tienen algo realmente interesante que contar: la bronca de un entrenador en un tiempo muerto o en el descanso, la historia poco conocida de alguno de los protagonistas, algún hecho curioso alrededor del partido… Pocas intervenciones y más o menos preestablecidas, generalmente a la vuelta de la publicidad o de la pausa, casi siempre con apoyo técnico para que se nos muestre en pantalla justo aquello de lo que se está hablando… ¿Aquí? Aquí nos metemos mucho con alguna de ellas, yo el primero (véase unos cuantos renglones más arriba) pero habremos de reconocer que no toda la culpa es suya. Aquí puede suceder que se produzca un cambio, que la realización nos muestre en pantalla cómo se produce ese cambio y que el Arseni de turno en lugar de contarnos el cambio diga África, parece que ha habido un cambio en el Madrid, cuéntanos… Y ahí me tienen a la pobre África, a la que la pregunta le llega con retardo y que acaso en ese momento esté pendiente de cualquier otro aspecto del juego o del color de las uñas que no le pega con la blusa, qué sé yo, y que de repente da un respingo, se recompone y tras los inevitables balbuceos por fin nos cuenta, bueno… esto… sí, se ha retirado Sergio Llull y ha entrado a pista Sergio Rodríguez… ¿Qué sentido tiene esto? ¿Qué sentido hay en tener a alguien a pie de cancha para que nos cuente (diez segundos después) lo que ya hemos visto con nuestros propios ojos? O aún peor, que de repente se monte un griterío, que Arseni diga ¡¡¡parece que sube el ambiente en el pabellón, África!!!, total para que África, que en ese momento apenas puede escuchar por el pinganillo porque ha subido el ambiente en el pabellón, finalmente nos diga que sí, que es verdad, que ha subido el ambiente en el pabellón. Lo del viaje y las alforjas, ya saben. Para esto más les valdría ahorrárselo, con un técnico que le coloque los cascos al entrenador o jugador de turno para que le pregunten desde el plató sería más que suficiente. O eso o dótenlo de contenido al american style: que intervenga sólo cuando merezca la pena, cuando haya algo verdaderamente interesante que contar.

Lo más llamativo de las realizaciones USA es que parecen desarrollarse conforme a un guión, cual si de una película o un concurso se tratase. Es decir, aquí podemos tener más o menos (más bien menos) preestablecidos los contenidos del descanso, de la previa (en su caso) y del post partido (en su caso) pero allí tienen también contenidos preestablecidos para emitir durante el partido, tras cada tiempo muerto por ejemplo. Es decir, allí vuelven de la publicidad (siempre cuando deben) y en esos escasos segundos que quedan para que se reanude el juego aún les da tiempo a meter algún contenido previamente preparado: un vídeo significativo, el corte de algún partido histórico de especial relevancia, una determinada escena del tiempo muerto, un gráfico que ilustre una jugda determinada, unas declaraciones importantes de alguien… Es tal la trascendencia que dan a esos escasos segundos que hasta te los promocionan, a la vuelta de publicidad les ofreceremos… supongo que con la sana intención de que el espectador no se despegue demasiado de la pantalla durante los anuncios no se lo vaya a perder. Lo que se llama hacer televisión. ¿Aquí? Aquí, siempre y cuando consigamos volver a tiempo al juego (parece que últimamente vamos mejorando en eso, parece que ya la publicidad no entra con retraso ni dura más que el propio tiempo muerto que la sustenta), todo lo más que conseguiremos será ver la repetición de alguna canasta cualquiera o aún peor, unos cuantos planos generales de los jugadores abandonando el banquillo y reintegrándose lánguidamente hacia la pista. Aquí nos limitamos a seguir el curso de los acontecimientos, al fin y al cabo es sólo un partido, para qué más. Allí (más allá del curso de los acontecimientos) se aprecia siempre un extraordinario trabajo de preproducción.

Y con todo y con eso allí no nos perdemos ni un solo segundo de juego, o es muy raro que nos lo perdamos; como aquí, vamos. Allí no tienen la necesidad compulsiva de repetir todas y cada una de las canastas, allí no encuentran ningún placer orgásmico en mostrar a cámara lenta el vuelo de un balón para que podamos apreciar bien a las claras su movimiento de rotación, allí entienden que hay canastas que merecen una repetición (o varias) y otras que no, allí entienden incluso que no pueden ofrecer esa repetición inmediatamente después porque entonces nos perderíamos la jugada siguiente, entienden que deberán esperar a que se pare el juego. El juego se para cada vez que pitan falta y es justo entonces, en lo que tardan en sacar o en irse a la línea de tiros libres, cuando nos ponen todas las repeticiones que hagan falta de aquel tapón escalofriante o aquel mate estratosférico para que podamos apreciarlo en su verdadera magnitud. Aquí eso sería imposible, aquí esos segundos post-falta están siempre ocupados, aquí pueden no repetirnos todas las canastas (ni falta que nos hace) pero nos repiten todas y cada una de las faltas, sin excepción. Será consecuencia de ese típico vicio futbolero, de que en este país se siga dando mucha más importancia a las decisiones arbitrales que al juego en sí. Falta que se pita falta que se repite (incluso varias veces) ergo ahí no hay tiempo para poner ninguna otra repetición, ergo si tienen que repetirnos aquel tapón escalofriante o aquel mate estratosférico tendrá que ser a costa de comerse parte de la jugada siguiente. Hemos mejorado en este aspecto (sobre todo en ACB) pero aún sigue habiendo partidos (sobre todo en Euroliga, no necesariamente realizados aquí) de los que nos perdemos la mitad mientras que la otra mitad la vemos dos veces, a velocidad normal y a cámara lenta.

Aquí, en lo que a realizaciones baloncesteras se refiere, a un lado está el cuatrienio del Plus y al otro lado está todo lo demás. El cuatrienio del Plus sería nefasto para la pujanza del baloncesto en este país, no digo yo que no, no seré yo quien contradiga a todos aquellos que llevan siglos pontificando al respecto (que han pasado diez años y aún seguimos lamiéndonos aquellas heridas como si no tuviéramos otras, como si no viniéramos ya heridos de serie); pero en cuanto a la calidad de las retransmisiones fue una bendición del cielo. Y en estos casos siempre me acuerdo del sumo hacedor de aquellas realizaciones y tantas otras en aquella casa (fútbol, toros), el afamado Víctor Santamaría. Víctor Santamaría contaba una vez una anécdota de sus años anteriores al Plus, cuando trabajaba en la televisión autonómica gallega y un alto ejecutivo de esa casa le dijo que para realizar fútbol con cuatro cámaras es más que suficiente. En ellos seguimos me temo, no en cuanto al fútbol por supuesto pero sí en cuanto a deportes como el nuestro. Realizaciones casi artesanales, que no se harán con cuatro cámaras pero sí con menos de las que deberían usarse. Y así nos pasa luego, que hemos incorporado el instant replay pero no nos hemos acordado (a nivel continental, me refiero) de poner los medios adecuados para que sirva de algo el instant replay. En USA van los árbitros a la mesa y tienen hasta cuatro o cinco planos, a cuál mejor, para discernir si aquella canasta fue dentro o fuera de tiempo o si aquel codazo fue al mentón o a la yugular; en Europa van los árbitros a la mesa y les pasa como en aquel Panathinaikos-Unicaja de hace unos días, que es tal la calidad de los planos y el nivel de definición de los mismos (la HD sólo para ocasiones especiales, ya saben) que al final tienen que decretar lucha porque son incapaces de discernir qué jugador fue el último en tocar el balón. O tenemos pocas cámaras o las colocamos mal. O ambas cosas.

O como dijo aquél, yo he visto cosas que vosotros no creeríais: yo he visto a tríos arbitrales tirarse diez minutos delante de un monitor para discernir si aquella zapatilla pisaba o no la raya del triple, yo he visto a árbitros tomar decisiones disciplinarias tras una trifulca y (tras explicárselas a los interesados) cruzar la pista de lado a lado para explicárselas también a los comentaristas televisivos y por extensión a los telespectadores a través del micrófono… ¿Se imaginan que esto pudiera suceder aquí? ¿Se imaginan a un Hierrezuelo pongamos por caso viendo la jugada repetida en el monitor, explicándosela luego a los técnicos y cruzando después la cancha para contar su decisión a los comentaristas y espectadores de TVE? Aquí eso sería imposible porque A) las repeticiones en el monitor no resolverían sus dudas sino que se las acrecentarían más si cabe, y B) porque por más que cruzara la cancha no encontraría a los comentaristas de TVE dado que éstos acostumbran a estar en un plató. Y aún en el hipotético (utópico, más bien) caso de que pudieran darse A y B, jamás se daría C: es decir, aquí un árbitro jamás se rebajaría a una cosa así, por dios, la máxima autoridad sobre el terreno de juego explicando sus propias decisiones como si tuviera que justificarse, sólo eso faltaría, hasta ahí podíamos llegar… Dos mundos, ya se lo dije demasiadas veces: en USA los árbitros principales de fútbol americano llevan incorporado un micro para que cada espectador, en su casa o en el estadio, conozca la razón de cada decisión que toman. ¿Se imaginan algo así en el fútbol de aquí? (Vale, sí ya dejo de delirar). Pero esto ya excede de lo meramente televisivo, ésta ya es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión. Por ésta creo que han tenido más que suficiente.

más allá de los Wolves   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 15 de enero de 2013)

Más allá de los Wolves aún hay mucho y buen baloncesto en Minnesota. Más allá de ese equipo que nos encandila con nuestro Ricky o con nuestro Kirilenko (nuestro en sentido amplio), más allá de ese Kevin Love que está para pocos encandiles últimamente dados los múltiples achaques que le aquejan, más allá de Pekovic, Shved, Ridnour o Barea aún queda baloncesto de altísimo nivel en las twin cities, aún encontraremos por allí a otro equipazo que no es profesional sino universitario, que no viste de blanco, gris ni azul sino de grana y oro, que no tiene por apodo a unos lobos sino a unos gophers. Golden Gophers, para ser exactos.

[Y como ahora usted (dada su natural curiosidad) se estará preguntando qué demonios son los gophers, déjeme decirle que esa es una buena pregunta (que es lo que se suele contestar cuando no se tiene clara la respuesta). Por supuesto que en mi natural afán divulgativo he emprendido una exhaustiva investigación al respecto consistente en ir al gúguel trasleit, teclear gophers y ver qué me respondía, y cuál no habrá sido mi sorpresa cuando la susodicha aplicación me ha contestado que gophers significa tuzas, nada menos. Tuzas, palabra que existirá en castellano, no digo yo que no, pero que en mi más de medio siglo de vida es la primera vez que la veo, ruégoles me disculpen mi incultura. Aún así le he pedido al chisme que me ofrezca otras alternativas (a ver si alguna me resultaba más familiar) y entonces me propone gophers (para este viaje no hacían falta alforjas), topos o ardillas. Así que quedémonos con eso aún a riesgo de meter la pata, dejémoslo en topos dorados por ejemplo, espero que su curiosidad haya quedado al menos medianamente satisfecha…]

Retomemos (tras este prescindible inciso) el hilo baloncestero de la trama. Tiene esta Universidad de Minnesota la mala suerte de estar en la Big Ten, conferencia que cualquier otro año es una más de entre las más fuertes de la nación pero que este año es (en mi opinión) la más fuerte de la nación con mucha diferencia. Lo que tiene Minnesota le valdría para ejercer de favorita indiscutible en cualquier otra temporada pero en ésta no, en ésta tiene aún por delante a dos maravillosos portaviones llamados Michigan e Indiana. Y tampoco me pierdan a vista a lo que viene por detrás, otros tres magníficos equipos igualmente capacitados para ganar a cualquiera como son Ohio State, Illinois y (cómo no) Michigan State. El nivel es altísimo porque incluso más allá encontraremos a conjuntos como Purdue o Iowa que no tienen plantillas como para tirar cohetes pero están muy bien entrenados y hacen un magnífico baloncesto por lo que aún pueden darle un disgusto a cualquiera. Todo lo cual no hace sino acrecentar el mérito que tienen estos Gophers, tradicionalmente un buen equipo pero no necesariamente un gran equipo, al menos en estos últimos años. Este año sí. Este año bien podría ser su año, incluso más allá de la Big Ten.

Entremos en detalle. El juego exterior es territorio de los Hollins. Dicho así, los Hollins, cualquiera pensaría que son hermanos dado que se apellidan igual (y no se trata de un apellido especialmente corriente), que hasta la inicial de su nombre es la misma, que son de la misma raza y similar constitución física, que tienen un juego muy parecido y que ambos dos provienen de los aledaños de Memphis, Tennessee (a bastantes kilómetros de Minnesota por cierto). Bueno, pues no. Los Hollins, Andre y Austin, son hijos cada uno de ellos de su padre y de su madre, seres anónimos en el caso de Andre y acaso un poco menos anónimos en el caso de Austin porque el padre se llama Lionel y entrena a día de hoy con sumo acierto a los Memphis Grizzlies. Andre (Dre para los amigos) desempeña el papel de director de juego aunque eso no significa que lo sea, o al menos que lo sea en la medida en que a mí me gustaría que lo fuera. Digamos que es un base a la americana, más de jugársela que de hacer jugar a los demás, lo cual no significa que no la pase cuando sea preciso pero no está desde luego entre aquellos que marcan diferencias con sus asistencias, más bien al contrario, él suele marcarlas con sus penetraciones (amparadas en un físico muy superior a la media en su posición), su defensa y (sobre todo) ese excelente tiro que le permite levantarse incluso teniendo a su defensor encima. Características estas últimas en las que se asemeja a su no-hermano Austin, éste sí escolta puro y duro de muñeca superlativa, aún más si cabe que la de Andre. Y aún pueden añadir a una tercera pata, éste ya no se llama Hollins ni falta que le hace sino Coleman, Joe Coleman: tan buen defensor como los otros dos, no tan anotador pero que también puede meterlas (y de hecho las mete) cuando hace falta y desde donde haga falta. Tres jugadores relativamente (sólo relativamente) similares pero que se complementan a las mil maravillas, en contra de lo que pudiera parecer.

El juego interior es cosa del completísimo alero Rodney Williams Jr., presunto (sólo presunto) cuatro de extraordinarias condiciones atléticas que sin ser un prodigio técnico te la puede clavar de dentro o de fuera y que además rebotea, tapona, recupera, uno de esos sujetos a quienes puedes pedir lo que quieras porque sabes que siempre te van a ayudar. Y es cosa también de otro tipo por el que siento cierta debilidad, Trevor Mbakwe, no se dejen engañar por su apellido porque es de allí mismo, de esa ciudad gemela de Minneapolis llamada St. Paul. Mbakwe está en su sexto (sí, sexto) año universitario, de hecho en apenas unos días cumplirá los 24 tacos ya, y ello no porque los suspensos le hayan obligado a repetir curso (que no me consta) sino por su peculiar trayectoria deportiva: su temporada freshman (2007-08) la pasó (con lesión seria de por medio) en Marquette, la 2008-09 en un junior college vaya usted a saber por qué, la 2009-10 fue red shirt y ya en la 2010-11 se estrenó por fin en Minnesota cuajando una magnífica temporada júnior, lo que le convertía en piedra angular de los Gophers para la temporada 2011-12… en la que se lesionó nada más empezar, una severa lesión de ligamentos que tuve ocasión de presenciar en su día, una de esas que cuando las ves te dejan la sensación de que el equipo acaba de perder su temporada y él podría haber echado a perder incluso su carrera. Al final no fue para tanto ni lo uno ni lo otro: Minnesota aún sin él hizo un año muy digno y Mbakwe aquí está de nuevo disputando (esta vez sí) su temporada sénior: diría yo que no tiene ya la movilidad de antaño (o acaso sea mi memoria la que haya idealizado aquellos movimientos al poste bajo anteriores a la lesión, acaso tampoco fueran para tanto) pero sí tiene a cambio algo que no se entrena ni se compra en las tiendas: espíritu. Es el alma del equipo, el que contagia con su carácter y energía a los demás, el que aún teniendo las rodillas como las tenga es capaz de saltar a taponar lo que parece imposible o de tirarse por los suelos en pos de ese balón que se pierde dándonos la sensación cada vez que lo hace de que en cualquier momento se nos puede romper de nuevo… Por ahora no, por ahora sigue entero, esperemos que aún siga así por mucho tiempo.

También tienen banquillo, y más que decente: el principal relevo para el juego exterior es un convincente base de nombre peculiar, Maverick Ahanmisi (claro que no sé de qué me extraño dado que Maverick también tenemos alguno por estos pagos, afamado motorista por más señas) y el principal relevo para el juego interior es un grandote que aporta poco más que presencia (eso sí, mucha presencia), Elliot Eliason. También juega sus buenos minutos el alero Andre Ingram, también aparecen (pero ya muy esporádicamente) el sénior Welch o el freshman Ellenson… Una rotación sumamente completa que cuenta además con el valor añadido de la experiencia que atesoran ya algunos de sus mejores jugadores, de entre la rotación principal tan solo Andre Hollins y Coleman son sophomores, el año que viene probablemente notarán un vacío en su interior (en su juego interior, me refiero) pero este año ya que les quiten lo bailao.

Y todos ellos a las órdenes de un ilustre, Tubby Smith. Un ilustre bastante discutido en su día, un ilustre que llegó y besó el santo haciéndose con el título en aquella primera temporada al frente de Kentucky (recuerden, 1998, contra la Utah del añorado Majerus), no faltaron entonces las malas lenguas que insinuaron que se habría aprovechado de la herencia dejada por Pitino sobre todo a partir de esos años siguientes en que los Wildcats no hicieron sino ir a peor. Aquella es plaza difícil, ésta de Minnesota no es que sea fácil pero probablemente le permite desarrollar su trabajo con mucha menos presión. Hoy nos encontramos a un Tubby Smith plenamente consolidado tras casi seis años ya en Minneapolis, un Tubby Smith terriblemente avejentado a sus 61 años (como si en estos últimos tiempos le hubieran caído veinte años encima casi de golpe), un Tubby Smith que ahí tiene a sus Gophers funcionando como un reloj, mordiendo en defensa y atacando que da gloria verlos; malas lenguas abstenerse que ahí sí hay un gran entrenador detrás.

No decepcionan nunca estos Gophers que llegaron a la Big Ten tras sólo una derrota (por doce victorias) en todo su periodo de non-conference, derrota que data de noviembre y fue nada menos que ante Duke en un torneo disputado en Bahamas. Y en su conferencia pues (casi) más de lo mismo: he podido verles sus dos últimos partidos, ambos durísimos compromisos fuera de casa, ambos en sendos Assembly Hall, primero el de Illinois y luego el de Indiana. En una plaza tradicionalmente difícil como es Champaign ganaron con solvencia a ese pedazo de equipo que tienen los Fighting Illini, en una plaza tradicionalmente imposible como es Bloomington no les quedó otra que hincar la rodilla ante esos imponentes Hoosiers… pero con matices: Indiana en casa es un ciclón, Indiana hizo una primera mitad sencillamente perfecta, baste decir que el marcador al descanso señalaba un aplastante 52-29… y con todo y con eso el partido acabó 88-81, resultado que ni siquiera refleja lo que fue aquello porque aunque parezca increíble los Gophers mantuvieron opciones de remontada hasta casi la bocina final. Eso es Minnesota (Universidad de), lugar donde hoy ya cuentan las horas para otro partidazo, para recibir a los no menos imponentes Wolverines de Michigan este mismo jueves 17 (puede que cuando usted lea esto ya se haya jugado pero qué le voy a hacer, no llego a tanto). Son afortunados en Minneapolis, tendrán un frío que pela en estos días pero a cambio pueden disfrutar de los Wolves y los Gophers, pueden alternar el Target Center con esta otra Williams Arena que también llaman (vaya usted a saber por qué) the Barn, el Granero. Créanme, así da gusto entrar en calor.

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(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 14 de enero de 2013)

Miliki nos dejó hace algunas semanas, Gaby hizo lo propio hace ya unos cuantos años, Fofó se nos fue hace tanto tiempo que ya apenas nos acordamos de él cada vez que paseamos por la calle vallecana (contigua al estadio del Rayo) que lleva su nombre. Fofito ya sólo está para los anuncios de Campofrío y Milikito ni eso, Milikito hace ya siglos que (tras recuperar milagrosamente el habla) se nos convirtió en don Emilio, presunto actor cómico e insigne empresario de la comunicación (o viceversa). Casi nada queda ya (más allá de nuestro recuerdo) de aquellos que se autodenominaron los payasos de la tele… pero su llama sigue viva, su espíritu sigue presente en TVE gracias (quién nos lo iba a decir) a nuestra insospechada Liga ACB.

Había una vez un circo que alegraba siempre el corazón… Señoras y señores, niños y niñas, distinguido público, sean todos bienvenidos al mayor espectáculo del mundo, pasen y vean, tenemos payasos (dicho sea con todo el respeto, que es una profesión muy digna), prestidigitadores, malabaristas, equilibristas, funambulistas, trapecistas, aún nos faltan los domadores y la mujer barbuda pero no crean, estamos en ello, aparecerán también el día menos pensado. Somos una liga de baloncesto en la que ya lo de menos es el baloncesto, tenemos tan poca confianza en nuestro producto (aún por bueno que éste salga) que ya ni siquiera nos molestamos en intentar venderlo porque hemos comprobado que a la larga resulta mucho más rentable venderles nuestra propia gestión, somos así, quién necesita hablar del juego cuando da mucho más juego todo lo ajeno al juego, valgan las redundancias. Quién necesita baloncesto teniendo circo. El espectáculo debe continuar.

Lleno de color, un mundo de ilusión, pleno de alegría y emoción… Pura magia, pongamos por ejemplo un partido los sábados por la tarde en Teledeporte y luego hagámoslo desaparecer, abracadabra pata de cabra, ahora lo ves, ahora no lo ves, ahora es que ya no lo verás ni de coña ni aún por mucho que mires, ni te molestes en buscarlo que ya no está. Eso sí, añadámosle unas gotas de humor en la mejor tradición de Juan Tamariz y tantos otros grandes de este noble arte de la prestidigitación, atribuyamos su desaparición al santo de la madre del que narra y así mientras se echan unas risas no nos pillan el truco, luego cuando aquello ya no cuele (en el supuesto de que hubiera colado alguna vez) atribuyámosla a que en diciembre no se dieron las condiciones y ya veremos cuándo vuelven a darse pero eso sí, pondremos mucho cuidado en no desvelar jamás cuáles son esas condiciones, sólo faltaría, los magos nunca revelan sus secretos, hasta ahí podíamos llegar, tachán, tatachán, tatatachááánnnn

Sin temer jamás al frío o al calor, el circo daba siempre su función… Querían trapecistas, pues aquí los tienen, triple salto mortal, qué digo triple si hasta puede ser cuádruple o incluso quíntuple, lo nunca visto, un salto al vacío desde las siete de la tarde a las doce y media del mediodía, más difícil todavía. Y a pelo, sin red, mariconadas las justas, si al fin y al cabo estamos acostumbrados a sentir el vacío bajo nuestros pies, la caída libre es nuestra especialidad. Y además lo bueno que tenemos es que por mucho que caigamos nunca encontramos el final, cada vez que creemos haber tocado fondo acaba resultando que ese fondo aún quedaba un poquito más allá. Viajamos de la noche a la mañana buscando audiencias para acabar entrando en colisión con otros baloncestos que ya diversifican sus audiencias, si antes apenas éramos cuatro gatos ahora ya no llegamos ni a tres pero no teman, aún nos queda margen de mejora (o de empeora), aún podemos añadir otro salto mortal (sin red, of course) y caer hasta las siete de la mañana a ver si así ya sólo nos ven los que se levanten a pasear al perro. Ya saben, recuérdenlo una vez más, nunca lo olviden, pase lo que pase el espectáculo debe continuar.

Siempre viajar, siempre cambiar, pasen a ver el circo… Señoras y señores, niños y niñas, distinguido público, les ruego un momento de atención porque a continuación podrán presenciar el increíble número del descanso menguante, suenen clarines y timbales, mantengan un silencio sepulcral, aguanten la respiración dado que cualquier desviación por ínfima que ésta fuera podría hacer peligrar la vida del artista. Trátase en suma de encajar un partido de aproximadamente hora y tres cuartos en un periodo de tiempo de exactamente hora y tres cuartos, para lo cual el artista habrá de caminar literalmente sobre el alambre manteniendo un arriesgadísimo equilibrio ente la duración teórica de las sucesivas pausas y la duración real y efectiva de dichas pausas. Así pues se recomienda encarecidamente que abandonen la sala aquellos espectadores que padezcan del corazón-corazón dada la extrema peligrosidad del ejercicio; una vez éste haya finalizado (es decir, a las 14:25 en punto) podrán reintegrarse sin problema a la contemplación del espectáculo ya que a partir de esa hora tan solo se ofrecerán contenidos perfectamente adecuados a su delicada salud cardiovascular.

Otro país, otra ciudad, pasen a ver el circo… De ciudad en ciudad en ciudad viajan (supongo) las unidades móviles en la mejor tradición de los circos ambulantes, de ciudad en ciudad viajan (a veces) Izaskun Ruiz y África de Miquel, si acaso ésta última viaja un poco más porque acostumbra a darse unos cuantos paseos por las nubes en cada partido, los viajes astrales son su especialidad pero eso sí, a los demás no se nos ocurra sacarlos del plató no vaya a ser que se nos constipen que estos fríos son muy traicioneros. Claro está, no están los tiempos (ni en la ACB ni aún menos en el Ente) para acometer gastos innecesarios pero ello no nos impide seguir siendo fieles a nuestras tradiciones, qué sería de este noble arte si no lo fuéramos, de ahí que en cada jornada paguemos a un tío que vive en Madrid para que vaya a Barcelona, comente el partido desde un plató en Sant Cugat y luego vuele otra vez a Madrid… y ello aunque el partido se juegue en Madrid. No, no le busquen lógica, nadie va al circo a ver cosas lógicas porque para eso ya tienen la vida cotidiana, la gente va a al circo a ver cosas asombrosas. Véase la muestra.

Es magistral, sensacional, pasen a ver el circo… En nuestro constante afán de mejora hemos querido seguir el ejemplo de algunos de los más grandiosos espectáculos circenses que recorren el planeta, si ellos crearon el circo de tres pistas nosotros inventamos el baloncesto con dos… canchas. Supongo que lo leyeron hace días, teníamos previsto el Madrid-Granca el domingo a las 12:30 y (con el pretexto de que hay que televisarlo) pusimos también el Estu-Barça a las 12:40, ambos partidos en el mismo escenario, ambos casi a la misma hora, lo nunca visto. Pues ya está, donde juegan dos juegan cuatro, bastaría con quitar unas pocas butacas del Palacio de Deportes y montar dos pistas paralelas, al Madrid le reservamos el ala Goya/Felipe II que es más noble, al Estu le dejamos el ala Jorge Juan/Fuente del Berro que es más sobria, empieza el Madrid-Granca, cuando llega el primer tiempo muerto se apaga su cancha y se enciende el Estu-Barça, al siguiente tiempo muerto se reanuda el Madrid-Granca hasta el final del primer cuarto y así sucesivamente, alternándose ambos dos chous hasta el final. ¿Se imaginan las inmensas posibilidades que plantearía esta fórmula? Los aficionados del Estu podrían animar a su equipo y al Granca a la vez, los aficionados del Madrid podrían animar al Madrid y al… al Madrid, a quién si no. Eso sí, por TVE1 sólo se vería el Estu-Barça según lo previsto, los ratos en que hubiera Madrid-Granca los aprovecharíamos para ofrecer toda la ristra de making-of del anuncio de Endesa, faltaría más. Y por supuesto que habrían de respetarse escrupulosamente los tiempos televisivos, si Madrid y Granca se quieren quedar hasta las tantas es su problema pero Estu y Barça habrían de acabar necesariamente a las 14:25 no vayamos a generar problemas coronarios, si no cabe se le quitan minutos de juego y adiós muy buenas. No, por desgracia la idea no ha cuajado para este finde, va a ser que nuestros retrógados aficionados todavía no están preparados para propuestas tan innovadoras. Pero todo se andará.

Somos felices de conseguir a un niño hacer reír… A un niño hacer reír y a un adulto echar espuma por la boca (que eso también es espectáculo) porque siempre hay algunos amargados que no nos entienden, que por más que nos empeñemos en que no vean baloncesto aún siguen queriendo ver baloncesto, hay que ver cómo son. Hace décadas que dejaron de creer en los Reyes Magos pero aún siguen creyendo en Orange Arena (en adelante OA, que no están los tiempos para regalar publicidad), creen vivir en el siglo XXI y no se dan cuenta de que el verdadero circo es una actividad puramente artesanal y debe seguir haciéndose como se hacía ya en el XIX. Por creerse hasta se creyeron aquella publicidad de antaño, en tus manos el destino de poder cambiar la historia porque la verdadera victoria es no perderte ni un partido. Claro está, resulta difícil no perderte ni un partido cuando llega la jornada de (por ejemplo) el 6 de enero y de nueve partidos posibles dan tres, ¡¡¡tres!!! por todo lo alto, ni rastro de choques fundamentales como el Estu-Baskonia o el Granca-Unicaja pero ahí sigues inasequible al desaliento, nunca has entendido por qué OA algunas veces funciona sin más y otras tienes que sacar entrada (virtual) pero aún así lo intentas, hoy toca entrada y toca además acoquinar porque es jornada solidaria, este partido lo jugamos todos, envía futuro al 28028, mandas gustoso tu esemeese porque es para ver baloncesto y además para una buena causa, te envían un código, vas al ordenador y sigues escrupulosamente sus instrucciones, tecleas tu número de móvil, tecleas el código, pinchas en acceder y como si te rascas, aquello que te devuelve la misma pantalla, tecleas otra vez y más de lo mismo, y otra vez y otra y otra más y así hasta qué sé yo, pongamos catorce o quince veces pero tanto da, si pinchas en volver vuelves pero si pinchas en acceder no accedes, eso habría sido demasiado fácil, al final no te queda otra que acabar homenajeando al eximio don Fernando Fernán Gómez (¡¡¡A la mieerrrrda!!!) mientras piensas que ojalá el 1,45 € de tu esemeese le haya servido a alguien para construir su futuro porque lo que es a ti para ver baloncesto ni de casualidad. Sí, OA también es puro circo, un maravilloso mundo de fantasía e ilusión ideal para todos aquellos que aún vivimos de ilusiones (como el tonto de los…). La cruda realidad va por otro lado, me temo.

Había una vez un circo que alegraba siempre el corazón, que alegraba siempre el corazón… Reconozco que a mí el circo nunca me alegró el corazón sino más bien al contrario, siempre me puso triste. Me ponía triste de adulto al ver lo que me cobraban por la entrada y por las sucesivas chorradas con que intentaban engatusar a mi hijo; pero me ponía aún más triste de niño, en el fondo me generaba una intensa amargura ver a todos esos artistas que a cambio de hacer cosas imposibles para el común de los mortales sólo conseguían ir de pueblo en pueblo viviendo en un carromato, no digamos ya ver a esos payasos de entre los que siempre había uno que parecía el listo y otro que parecía el tonto pero que al final resultaba que el tonto era más listo que el listo y el listo era más tonto que el tonto (no sé si me explico). No acabo de tener yo muy claro quiénes son los listos en este circo baloncestero nuestro pero sí empiezo a tener meridianamente claro quiénes somos los tontos. Y saberlo no me hace reír, no me alegra el corazón, más bien me genera una inmensa tristeza. Para variar.

Publicado enero 20, 2013 por zaid en ACB, medios

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(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 8 de enero de 2013)

Verano de 1976. Aún no hacía un año que se había muerto Franco dejándolo todo atado y bien atado, aún no acabábamos de encontrar la manera de desatarlo, aún faltaban dos años y medio para que votáramos la Constitución. Dimitía Arias Navarro, se estrenaba Adolfo Suárez, acababa de nacer El País (el periódico, me refiero), en breve nacería Diario 16, parecía querer empezar a soplar algo de viento pero aún no estaban nuestras ventanas suficientemente abiertas. En las radios triunfaban unos críos llamados Los Golfos con una coplilla que rezaba Qué pasa contigo tío, conmigo qué va a pasar, que estoy to el día bebío saltando de lío en lío… eso sí, en dura competencia con Fernando Esteso y aquella otra de La Ramona es barrigona tié dos cántaros por pechoooo, Ramonaaa, te quieroooo… (ya ven que el nivel era alto). Yo acababa de aprobar la reválida de 6º de bachillerato (que hoy equivaldría a 4º de la ESO) y me disponía a empezar el COU (es decir, el Curso de Orientación Universitaria) como paso previo a la selectividad (sí, ya existía); tenía yo muy pocos meses más de los que tiene mi hijo ahora; y puede que usted ni siquiera hubiera nacido, que no hubiera sido ni pensado siquiera en aquel verano de 1976.

Verano de 1976. Nuestros televisores (y nuestras vidas) aún eran en blanco y negro, nuestros teléfonos sólo eran fijos (y aún tardarían muchos años en dejar de serlo), Internet aún no existía ni en nuestra imaginación, ni siquiera en nuestros sueños. En Argentina hacía ya tres meses que Videla se había hecho con el poder (y con el terror). En Montreal (Canadá) una niña de catorce años y nacionalidad rumana llamada Nadia Comaneci asombraba al mundo haciendo piruetas sobre unas barras asimétricas. En USA gobernaba el único presidente de su historia no elegido en las urnas (ni como presidente ni como vicepresidente), Gerald Ford; sólo habían pasado dos años desde la dimisión de Nixon por el escándalo Watergate, aún habrían de pasar unos pocos meses para que accediera al poder Jimmy Carter. Larry Bird estaba a punto de entrar en Indiana State, Magic Johnson aún iba al instituto, Michael Jordan aún iba al colegio, Kevin Garnett acababa de nacer, Steve Nash tenía sólo 2 años, aún faltaban otros dos para que naciera Kobe; LeBron, Melo, Durant, tantos otros, no eran ni ni proyectos siquiera en aquel verano de 1976.

Verano de 1976. En una ciudad al norte del Estado de Nueva York llamada Syracuse, y más concretamente en la universidad que lleva ese mismo nombre, de repente tienen un problema: Roy Danforth, exitoso entrenador de su equipo de baloncesto desde 1968, decide aceptar la jugosa oferta de la Universidad de Tulane, un dos por uno, técnico y  director atlético todo a la vez. En Syracuse le dan unas cuantas vueltas a ver por quién podrían sustituirle, exploran el mercado, no encuentran nada que les convenza y finalmente, como mal menor, deciden ofrecerle el puesto a ese alumno aventajado de Danforth que lleva ya siete años como asistente, ese que además conoce bien la casa porque estudió (y jugó) en esas mismas aulas, ese que lleva por nombre James Arthur Boeheim y aún no ha cumplido 32 años en aquel verano de 1976.

El resto es historia, y buena parte de ella seguro que ya la conocen: han pasado 36 años y medio desde entonces; hemos crecido, hemos madurado, nos hemos hecho mayores (demasiado, incluso), hemos visto cambiar el mundo unas cuantas veces, hemos avanzado mucho, acaso también retrocedido un poco (sobre todo en estos últimos tiempos) pero de cualquier manera nuestras vidas de hoy en día nada tienen ya que ver, en absoluto, con aquellas otras grises vidas de 1976. Muy pocas cosas han permanecido inalterables e indisolubles al paso del tiempo; si nos paráramos a buscarlas difícilmente podríamos encontrar alguna y sin embargo aquí mismo tenemos una de ellas: Hoy, 37 temporadas (incluida ésta) después, Jim Boeheim sigue siendo el entrenador del equipo de baloncesto de la Universidad de Syracuse.

Y no sólo eso. Hoy, 1.208 partidos después, Jim Boeheim ya es el segundo entrenador más exitoso de toda la historia del baloncesto universitario. El pasado miércoles 2 de enero Syracuse ganó a Rutgers en la que resultó ser la victoria número 903 en la carrera de Boeheim superando así los 902 triunfos de otro mito llamado Bobby Knight, a día de hoy ya jubilado y reconvertido en magnífico analista televisivo para la ESPN. Boeheim no es el primero porque aún tiene por delante (hablando de mitos) a Mike Krzyzewski, 940 victorias y subiendo, jamás podrá alcanzarle a menos que el Coach K se retire antes que él, cosa improbable ya que es casi tres años más joven. Pero créanme que hay algo en lo que Knight y Krzyzewski jamás podrían igualar a Boeheim: Knight empezó su carrera como técnico (teniendo como asistente precisamente a Krzyzewski) en la Academia Militar (West Point, para entendernos), de ahí pasó a ser leyenda en Indiana y finalmente acabó sus días como técnico en Texas Tech; Krzyzewski a su vez le sucedió en la Army antes de marcharse a Duke… Es decir (dado que llevarán un rato preguntándose a dónde quiero llegar a parar): Nadie ha conseguido más victorias que Boeheim en una sola universidad; y muy probablemente habrán de pasar aún unas cuantas décadas antes de que algún otro técnico pueda acercársele siquiera.

Y sin embargo, por increíble que hoy nos pueda parecer a la vista de estos números, hubo incluso un tiempo en que Jim Boeheim fue etiquetado como perdedor. Sí, no se me extrañen, deberían saber ya que en USA son bastante propensos a hacer estas cosas, te cuelgan un cartel y a poco que te descuides lo llevarás ya colgado para toda la vida. Si no llegas a las finales malo pero si llegas y no las ganas aún peor, la historia nos mostrará (sin necesidad de abandonar nuestro deporte) infinitos casos de perdedores que hubieron de padecer ese estigma hasta que un día ganaron (un título, un anillo, lo que fuera) y no es ya que dejaran de serlo sino que, mire usted por donde, de repente ya nadie pareció acordarse de que un día lo hubieran sido. Boeheim (o sea Syracuse) llegó a la Final en 1987 (Rony Seikaly, Sherman Douglas, Derrick Coleman), perdió ante Indiana por culpa de aquella histórica canasta sobre la bocina de Keith Smart y a nadie pareció importarle; pero Boeheim (o sea Syracuse) volvió a llegar la Final Four en 1996, se plantó incluso en la Final con un equipo en el que apenas había más estrella que John Wallace para enfrentarse a aquellos imponentes Wildcats de Kentucky con todo su arsenal, Antoine Walker, Walter McCarty, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk, Boeheim tenía todas las de perder, Boeheim perdió… y de inmediato se convirtió en perdedor, ya saben, la típica frase hecha, un entrenador que sirve para llegar a finales pero no sirve para ganarlas, no tiene lo que hay que tener… Siete años habrían de pasar aún para que se quitara la etiqueta.

Ya saben, la vida da muchas vueltas, la vida de Jim Boeheim se le pudo dar la vuelta por culpa de un cáncer de próstata en 2001, la vida deportiva se le dio por fin la vuelta en 2003. Acaso hoy nos pueda parecer que (esta vez sí) tenía un equipazo (Carmelo Anthony, Hakim Warrick, Gerry McNamara) pero no nos engañemos, tampoco era favorito, de hecho era el cabeza de serie número 3 de su Región, de hecho ya fue una sorpresa que se metiera en Final Four, ya fue aún más sorpresa que se cargara a Texas y accediera por fin a la Final. Y en la Final esperaba Kansas, la Kansas de Kirk Hinrich, Nick Collison, Keith Langford, Aaron Miles o Wayne Simien, la Kansas de otro técnico como Roy Williams también (mire usted por dónde) etiquetado como perdedor. Y aquel partido que empieza, aquella Syracuse que empieza a meter triples a chorros, aquella Kansas que no sabe ya por dónde esquivar los golpes, aquellos Orange que llegan con 53 puntos al descanso, lo nunca visto en una final (lo nunca visto casi en el torneo entero), la segunda mitad cambia el viento, a Syracuse le entra el miedo a ganar, Kansas reacciona, parece que volverá a girar la historia, últimos segundos, 81-78 gana Syracuse, balón para Kansas, bola a la esquina, ahí va ese triple para forzar la prórroga pero Warrick vuela, Warrick lo tapona, ¡¡¡Orange win!!! De un plumazo Boeheim deja de ser lo que nunca fue, curiosamente ahora ya no es ni será nunca un perdedor, su amigo y rival Roy Williams aún no sabe que sólo necesitará un par de años más (cambio de universidad mediante) para dejar también de serlo. Pero esa es otra historia…

Recuerdo como si fuera ayer aquella Final, recuerdo también demasiado bien cómo los pluseros Jesús Llama y Ramón Fernández hicieron todo lo posible por destrozárnosla pero afortunadamente no lo consiguieron, afortunadamente el baloncesto es mucho más grande que dos presuntos comentaristas aún por incompetentes que estos fueran. Y recuerdo también un par de historias que se nos contaron a posteriori y que nos hablan bien a las claras del talante de Jim Boeheim: no sé si fue Antoni Daimiel (o puede que fuera Miguel Ángel Paniagua) quien nos contó que en aquella Final Boeheim tenía a su mujer apoyándole casi en primera fila (hasta ahí nada de particular)… y que tenía también a su ex mujer apoyándole y animándole igualmente unas cuantas filas más atrás. Y no sé si fue Paniagua (o puede que fuera Daimiel) quien nos contó una comida campestre que habría tenido lugar muchos años atrás, pongamos que a mediados de los setenta, una comida a la que habrían acudido Jim Boeheim y Rick Pitino (aquél que fuera su primer asistente en Syracuse) con sus respectivas cónyuges; parece ser que a los postres Pitino empezó a verbalizar sus delirios de grandeza: tarde o temprano dejaría una población pequeña como Syracuse, aquello no era para él, él aspiraba a muchísimo más, él viajaría a grandes ciudades, entrenaría a los mejores equipos sobre la faz de la Tierra, triunfaría allá por donde fuera… Y parece ser que Boeheim le respondió que él no, que él era feliz en Syracuse y por nada del mundo querría dejar de serlo, que aquella era su casa y si por él fuera estaría entrenando allí toda la vida, que no aspiraba a absolutamente nada más. Huelga decir que Pitino se quedó alucinado ante la manera que tenía su amigo y mentor de entender la vida, algo que supongo que él desde su estrechez de miras sólo supo interpretar como una absoluta falta de ambición; y huelga decir también que en las décadas siguientes ambos fueron estrictamente fieles a sus principios: Pitino dejó raudo y veloz Syracuse y pasó con mayor o (en ocasiones) menor éxito por la Boston University, los Friars de Providence, los Knicks de Nueva York, los Wildcats de Kentucky, los Celtics de Boston y los Cardinals de Louisville; Boeheim obviamente jamás se movió de Syracuse: seguro que en todo este tiempo no le faltaron las oportunidades de cambiar de aires, pero… ¿total para qué habría él de complicarse la vida si allí estaba a gusto, si ganaba más que suficiente y se sentía feliz? Dicho y hecho.

Creo que fue Juanma Lillo (que no Juan Malillo), afamado entrenador de fútbol metido a filósofo o afamado filósofo metido a entrenador de fútbol, no sé, quien dijo una vez que para jugar en zona hay que vivir en zona. Es decir, una de esas frases huecas que así de primeras parece que no quieren decir nada, pero que luego las piensas y descubres que efectivamente, no quieren decir absolutamente nada. Vamos, de esas cosas que si las dice alguien famoso piensas joder, qué cabeza tiene este tío, pero que si las digo yo me mandarían de inmediato a cagar. Yo por desgracia no sé lo que significa vivir en zona pero reconozco que de alguna manera me acuerdo de esa frase cada vez que veo a Boeheim. Es decir, me acuerdo cada vez que veo a alguien como él que lleva toda la vida defendiendo en 2-3, alguien que sólo en ocasiones muy aisladas, muy puntuales y muy desesperadas habrá ordenado una asignación individual en un deporte en el que las asignaciones individuales son desde siempre abrumadora mayoría. Casi cuatro décadas defendiendo así, casi cuatro décadas interpretando esa zona a las mil maravillas, casi cuatro décadas aguantando a todos aquellos iluminados que en cuanto te descuidas te sentencian que el verdadero baloncesto es hombre a hombre por definición y que defender en zona no es baloncesto, acaso esos mismos iluminados que cuando llega el día en que les toca enfrentarse a una zona son incapaces de contrarrestarla, ya ven qué casualidad. No sé qué es vivir en zona pero entiendo que debe tener algo que ver con valores como humildad, sencillez, compromiso, solidaridad, buena actitud, mentalidad positiva, apoyo mutuo. No sé qué es vivir en zona pero cualquiera que haya visto a Boeheim entrenar a lo largo de estos años habrá podido comprobar que él no es en absoluto el típico energúmeno, que nunca monta pollos a los árbitros ni aún menos a sus jugadores, que sus protestas rara vez van más allá de una mera sonrisa irónica, que de alguna manera es el típico tío que te transmite confianza desde el primer momento en que le ves. No sé qué es vivir en zona pero estoy completamente seguro de que Boeheim no sólo juega en zona sino que además vive en zona; sea ello lo que fuere.

Hace algunos años los jugadores de Syracuse dejaron de ser Orangemen para convertirse simplemente en Orange, supongo que alguien debió pensar que de cara al merchandáisin resultaba muy costoso tener por un lado orangemen y por otro orangewomen según se tratara del equipo masculino o el femenino. Pero quizás sería hora de recuperar ese concepto sólo que en singular, Orangeman, siquiera fuera para identificar a un sujeto que ahí donde le ven lleva ya más de medio siglo ligado a su Universidad de Syracuse desde que ingresó allá por 1962 para estudiar ciencias sociales y jugar al baloncesto. Que se ausentó de ella tan solo un par de años para jugar profesionalmente en los Scranton Miners de la ABL (nada menos), que se reintegró como asistente en 1969 y que finalmente en aquel verano de 1976… El gigantesco Carrier Dome (concebido para fútbol americano) debería llamarse Boeheim Dome, entiendo que no pueda cambiarse tan alegremente el nombre porque la susodicha marca se dejará sus buenos dólares en concepto de patrocinio, al menos ese parquet sí fue rebautizado hace ya unos cuantos años como Boeheim Court. Y es que resulta sencillamente inimaginable concebir unos Orange sin Boeheim, esperemos que aún tarde mucho en llegar ese día porque de una sola cosa podremos estar bien seguros, le sucediera quien le sucediera ya nada sería igual; aquella universidad del norte del Estado de Nueva York (aquella ciudad, incluso) ya jamás volvería a ser lo mismo sin él. No te vayas nunca, Jim.

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(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 31 de diciembre de 2012)

Hoy toca hablar de longhorns. Longhorns, ya saben, esos encantadores animalitos que pastan en las verdes praderas del Estado de Texas (alguna habrá, porque si no a ver de qué iban a comer estas pobres criaturas) y que tienen un par de cualidades que les diferencian del  resto de vacas y toros del mundo mundial, a saber: una cornamenta extremadamente larga como su propio nombre indica, y un peculiar color marrón rojizo. Pero ya adivinarán que no es de estos longhorns de quienes quiero yo hablarles (si bien espero que aprecien en su justa medida el esfuerzo divulgativo) sino de aquellos otros que juegan en la Universidad de Texas y que heredaron de los longhorns originales no sólo el apodo sino también la cornamenta (sólo en el logo, no vayan a pensar) e incluso el color, ese inconfundible tono arcilloso que no encontrarán en ningún otro uniforme de equipo deportivo alguno (que yo conozca, al menos) sobre la faz de la Tierra. Hablemos de Longhorns, pues.

Allá por la temporada 2010/2011 los Longhorns, los de la Universidad de Texas, presentaban un roster que daba gloria verlo: Jordan Hamilton, los canadienses Cory Joseph y Tristan Thompson, el fornido pívot (o así) Gary Johnson, el también interior Wangmene y además J’Covan Brown, el turco Dogus Balbay y hasta Jai Lucas (sí, de los Lucas de toda la vida…) Un magnífico equipo con legítimas aspiraciones de ganarlo todo pero que a la larga hizo una temporada manifiestamente irregular que acabó de forma abrupta en tercera ronda del Torneo Final ante Arizona. Y a partir de ahí, el caos: de Texas se fueron todos aquellos a quienes tocaba irse y se fueron también todos aquellos a quienes apeteció irse, que fueron muchos más de los que en Austin habrían deseado. De hecho de la lista anterior sólo volvieron J’Covan Brown (reconvertido de la noche a la mañana en principal estrella del equipo) y el camerunés Wangmene, del resto nunca más se supo. Claro está, no hay mal que por bien no venga debieron pensar en aquella casa, tenemos una camada de freshmen potencialmente magnífica así que no nos va a quedar otra que darles bola desde el principio a ver cómo responden. Y dicho y hecho…

Responder lo que se dice responder respondieron más bien poco, de hecho la temporada 2011/2012 fue (como era de esperar) sensiblemente peor que la anterior. Acabaron entrando en el Torneo Final por esas cosas que tiene a veces la NCAA pero lo hicieron con el número 11 de su Región, nada menos, condenados a caer a las primeras de cambio ante los Bearcats de Cincinnati. ¿Qué había pasado? Pues que en el fondo apenas había nada de sustancia, que aquellos freshmen con el tiempo podrían ser muy buenos pero todavía no eran tan buenos como para cargar con casi todo el peso del equipo sobre sus hombros. Aquellos freshmen, va siendo hora de que se los presente, se llamaban Sheldon McClellan, Julien Lewis, Jonathan Holmes y el más reputado de todos ellos, Myck Kabongo. Quédense con sus nombres porque estos novatos de ayer son los sophomores de hoy, los casi veteranos de un equipo en el que (ya sin J’Covan Brown) no hay prácticamente nadie de tercer o cuarto año medianamente consistente. El peso del equipo ya por fin descansando completamente sobre todos ellos… o no.

No del todo, o no sobre todos más bien. Kabongo parecía predestinado a convertirse en la estrella y sin embargo empezó la temporada y resultó que el susodicho no aparecía por ningún lado, resultó que había sido puesto en cuarentena por la NCAA mientras se le sometía a una exhaustiva investigación. Pero como usted es de natural curioso y estará preguntándose de qué se le acusa a esta pobre criatura, que nefando crimen podría haber cometido para que no se le permitiera jugar, pues intentaré explicárselo (ya otra cosa será que lo consiga): Allá por la pasada primavera Myck Kabongo flirteó con el draft, o (como dicen por allí) testeó las aguas del draft. Ya saben que un jugador puede apuntarse al draft y luego arrepentirse, es un proceso habitual que la NCAA consiente… siempre y cuando el jugador no contrate agente. Si tiene agente se entiende que ya se ha declarado profesional a todos los efectos y no se permite volver a la universidad de ningún modo. Y ahí está el lío, más o menos. Kabongo, de nacionalidad canadiense aunque su apellido parezca indicar otra cosa, aprovechó esos días para entrenar con sus paisanos y ex Longhorns Tristan Thompson y Cory Joseph, y supuestamente aprovechó también para dejarse querer por el agente de ambos (y de LeBron, y de tantos otros), Rich Paul. Finalmente Kabongo no vio claro lo del draft y prefirió volver a Texas para un segundo año, no consta que antes de eso hubiera firmado nada con el tal Paul pero a la NCAA (desconfiada por naturaleza) le olió a chamusquina, se puso a investigar y lo que vio no le gusto nada;  y cuentan que el oscurantismo del propio Kabongo, ocultando de entrada cosas que luego se supieron, tampoco es que le ayudara mucho precisamente. Total, que la investigación acabó hace unos días con una sentencia demoledora: Kabongo quedaba suspendido para toda la temporada 2012-2013. La Universidad de Texas recurrió al día siguiente y la NCAA a la vista de las alegaciones presentadas debió pensar que tal vez se le había ido un poco la mano, por lo que finalmente le rebajó la sanción a sólo 23 partidos. Si no hay nuevos giros en esta historia Kabongo se estrenará por fin el 13 de febrero en su feudo de Austin, ante los Cyclones de Iowa State.

O dicho de otra manera: a esta irregular Universidad de Texas aún le queda mes y medio de intentar sobrevivir capeando el temporal mientras espera el advenimiento de Kabongo cual si del mesías se tratara… lo que nos lleva a preguntarnos si realmente es tan bueno Kabongo, si no estarán depositando demasiadas esperanzas en él. A mí en las pocas veces que pude verle durante la pasada temporada Kabongo me pareció un base interesante pero poco más, un buen proyecto de director de juego aún a medio hacer. No es de esos jugadores que te quitan er sentío y que la primera vez que los ves ya te enamoran para toda la vida (o al menos a mí no, no sé si a otros, no sé si en otros partidos que yo no lo viera). Está bien, no me cabe la menor duda de que en ésta su segunda temporada habría estado aún mucho mejor… pero no sé si es como para tirar cohetes. O no tantos cohetes, al menos.

Con Kabongo o sin Kabongo son estos Longhorns un equipo de freshmen y sophomores casi en exclusiva, acaso una de las rotaciones más jóvenes de la actual NCAA, al menos entre las universidades de cierto nivel. De entre los sophomores McClellan pone clase a chorros, Julien Lewis pone muñeca (magnífico saliendo de bloqueos a cinco o seis metros del aro) y Holmes vendría a ser el chico para todo. Y el resto son novatos, de entre los que merece una especial mención el principal beneficiado por la ausencia de Kabongo, una especie de caja de cerillas (pequeño, cuadrado, explosivo) que responde al nombre de Javan Felix (allí lo pronuncian Felíx, con acento en la ix). Su físico peculiar le ayuda mucho en las penetraciones porque no excluye el contacto, es más, yo diría que incluso lo busca para que el defensor le sirva de punto de apoyo. Y su verdadera especialidad es el aro pasado, jugada que le encanta y a la que otorga una nueva dimensión porque lo suyo es aro pasado por partida doble: ataca la canasta por la derecha, deja la bandeja desde la izquierda y el balón tras golpear en el tablero vuelve a caer otra vez por la derecha. Quizá ya estén deduciendo a partir de estas sutiles insinuaciones que a la criatura aún le queda mucho por mejorar, pero no nos engañemos: es freshman, no estaba predestinado a jugar tantos minutos, si estuviera Kabongo apenas tendría cinco o diez por partido (y veremos qué pasa cuando vuelva), bastante está haciendo. Y mejora de día en día.

En el centro de la zona hay otro freshman (que completa el cinco titular con los tres sophomores y Felix), Cameron Ridley, un chico al que dan 6,9 (como 2,05) medidos con muchísima generosidad y que tiene toda la pinta de que en cuanto se descuide un poco se nos puede pasar de peso. Magnífica actitud y movimientos muy aceptables, es el típico que con trabajo y paciencia puede llegar a ser un pívot más que decente. El día que ganaron a North Carolina pudo sobradamente con todos los cénters (no menos novatos que él) que le fue poniendo Roy Williams, en cambio el día que fueron al feudo de Michigan State se dio de bruces con Derrick Nix (misma tipología pero mucho más hecho, mucho más curtido, mucho más baloncesto) y el Spartan se lo comió con patatas, sólo le faltó rebañar. ¿Quieren aún más freshmen? Prácticamente todos los que emergen desde el banquillo lo son también: Holland, Lammert (típico alero alto tirador, también llamado cuatro abierto), el taponador Prince Ibeh y el alero Ioannis Papapetrou que (como usted ya habrá deducido con su natural sagacidad) es griego, de la mismísima Atenas más concretamente.

En resumidas cuentas: un equipo con un futuro esplendoroso para los próximos años siempre y cuando no vuelva a padecer otra deserción masiva (sospecho que Kabongo se irá perdiendo el culo en cuanto pueda no vaya a ser que le vuelva a pasar lo mismo; pero el resto deberían quedarse); y un equipo con un presente muy incierto, que espera el regreso de su base titular como agua de mayo pero que ya veremos si ese efecto Kabongo a la larga no es mucho más psicológico que real. Un equipo (fruto de todos estos líos, fruto también de su inexperiencia) capaz de lo mejor y de lo peor, capaz de ir al Maui Invitational y caer a las primeras de cambio ante Chaminade (modesta universidad hawaiana que jamás participaría en ese torneo si no fuera el equipo local), capaz de caer de paliza ignominiosa ante Georgetown… pero capaz también de ir poco a poco volviendo a su ser, que su trabajo le estará costando al bueno de Rick Barnes: últimamente les he visto caer por la mínima ante la no menos desconcertante UCLA, ganar bien a UNC y perder muy dignamente en cancha de Michigan State. Serán tiempos difíciles en Austin, en cualquier caso. Lo serán con total seguridad de aquí al 13 de febrero… y ya veremos qué pasa después.

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