Archivo para febrero 2013

no son ellos, soy yo   2 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 18 de febrero de 2013)

Se nos rompió el amor, de tanto usarlo. Fueron años y años esperando anhelante su llegada, cancelando por su causa cualquier otro compromiso, acogiéndolo por fin en nuestro seno como si en esos días no hubiera ya nada más en el mundo, como si ninguna otra cosa mereciera nuestra atención; eran apenas tres noches juntos, sólo tres, pero durante aquellas madrugadas de alguna manera nos sentíamos los seres más felices sobre la faz de la tierra. O acaso no lo fuéramos, pero al menos creíamos serlo… Hasta que un día la pasión dio paso al cariño y éste sucesivamente a la rutina, la indiferencia, el hastío, el rechazo y finalmente el desprecio más absoluto. Hoy de aquellos buenos tiempos ya casi no nos queda ni el recuerdo, hoy sabemos que algo muy profundo se ha roto entre nosotros, acaso ya para siempre…

Sí, no me avergüenza reconocerlo (o tal vez sí me avergüence, pero haré como que no), hubo un tiempo en que esa cosa llamada Fin de Semana de las Estrellas me importaba, qué digo me importaba, hubo un tiempo en que era algo esencial en mi vida, en la parte baloncestera de mi vida. Hubo un tiempo en que aún me preocupaba de quién iba y quién dejaba de ir, en que aún me interesaban los concursos (excepto el desafío de habilidades, que mi perversión nunca llegó a tanto), en que aún me apetecía (acaso más que ningún otro evento) la cosa esa de las estrellas emergentes. Si hasta hubo un tiempo en que me agarraba unos cabreos apocalípticos por el hecho de que la Copa del Rey y el All Star coincidieran en el mismo fin de semana (sucedió durante unas cuantas temporadas) como si no hubiera otros, como si no trajera 52 semanas el año para que ambos acontecimientos tuvieran que suceder exactamente a la misma vez… Hubo un tiempo en que aún vivía yo instalado en la post-adolescencia, hay seres humanos que viven instalados en ella toda la vida y créanme que me dan mucha envidia, por desgracia no es mi caso, a mí hace ya años que se me pasó la edad, la física y también la mental, me temo.

Podría decirse, parafraseando al gomaespumero Juan Luis Cano (si bien él lo dijo de otra entidad, y en otro contexto), que el All Star es al baloncesto lo que Disney es a la vida. Con una sutil diferencia: yo estuve una vez en Disneylandia (versión europea), entré echando pestes de todo aquello y sin embargo acabé pasándomelo bien, diría que demasiado bien incluso (y ello a pesar de aquel frío parisino de mediados de febrero que te helaba las entrañas), supongo que porque al final me desinhibí y dejé que aflorara el niño que hay en mí (no sé dónde, me cuesta ya encontrarlo a estas alturas pero por ahí debe estar).  Con el All Star en cambio no consigo que me aflore nada, ni el niño ni el adolescente ni siquiera aquel adulto prematuro de hace veintitantos años, nada. Será que he perdido el sentido lúdico de la vida si es que alguna vez lo tuve, o será que en el fondo me identifico plenamente con aquella frase que (cuentan que) se dijeron Luis Scola y Marc Gasol en uno de esos partidos de rookies contra sophomores, mientras se hincaban los codos peleando por el rebote tras un tiro libre: menos mal que viniste porque si no esto no hay quien lo aguante. O será que soy un purista, ahí les dejo el concepto por si me lo quieren llamar, de hecho les aconsejo que lo utilicen porque queda bien en cualquier discusión, si quieren descalificar a alguien que defienda algo con vehemencia no tienen más que decírselo, tú lo que eres es un purista, no necesitarán argumentar más, con eso ya les vale, ya le habrán encuadrado en esa categoría de seres mezquinos y rastreros con los que no merece la pena rebajarse a entablar conversación. Por eso antes de que me lo llamen me lo llamo yo solo, seré un purista, qué le vamos a hacer, uno de esos extraños seres para los que el espectáculo deportivo nace a partir de dos equipos peleando por la victoria, exactamente en ese orden, no al revés. Si no hay competición (o aún peor, si hacemos como que la hay cuando usted y yo sabemos perfectamente que no la hay en absoluto) no es deporte, es otra cosa.

Por eso quiero que quede claro que no les culpo, que ahora podría yo ponerme en plan Abuelo Cebolleta y decir que ya nada es igual, que el Fin de Semana de las Estrellas ya no es lo que era y quedarme tan pancho, podría hacerlo pero no lo haré porque no lo siento así, para nada. Sé que no es culpa suya sino mía, ya sé que suena a la típica disculpa barata y muy socorrida para romper cualquier relación, cariño, no eres tú, soy yo, créeme, de verdad, que no sé qué me pasa pero ya no siento lo mismo que sentía antes… Suena muy falso y no cuela nunca, si acaso solo sirve para que a aquel que rompe se le quede la conciencia más tranquila pensando que así hace menos daño a la otra parte. No es mi caso, aunque suene igual de falso. No es el All Star, soy yo. No son ellos los que han cambiado… o mejor dicho, para no faltar a la verdad: ellos también han cambiado, que a poco que haga memoria recordaré en los ochenta y noventa (e incluso en los albores del tercer milenio de nuestra era) partidos de verdad (o que al menos lo parecían), conferencias que se juramentaban para no perder, jugadores que se echaban a su equipo a la espalda hasta más allá de lo razonable, entrenadores que en un momento dado ordenaban presionar en toda la pista para remontar un resultado… Claro que han cambiado, cómo no habrían de cambiar, es ley de vida; pero mucho, muchísimo menos de lo que he cambiado yo. Yo he alcanzado ya ese punto en el que soy capaz de encontrar infinitamente más espectáculo en cualquier partido de NCAA (repito, cualquiera) que en el Partido de las Estrellas de la NBA: imaginen hasta donde llega mi nivel de perversión.

Y sin embargo lo he intentado, año tras año sigo intentándolo, quizá porque en el fondo me duele en el alma que todo esto acabe así después de tanto tiempo. ¿Existirá aún alguna posibilidad por pequeña que sea de salvar lo nuestro? Y para comprobarlo me grabo el evento de los viernes (ese que debería ilusionarme, ese que me permite reencontrarme con las estrellas universitarias que admiraba hace apenas unos meses), me lo pongo a la mañana siguiente y cuando acabo no puedo evitar como una sensación de que he echado a perder un buen rato de mi vida (algo imperdonable dado que cada vez me quedan menos ratos, y menos vida); y hasta me grabo los concursos del sábado para empezar con ellos el domingo, y hasta puedo reconocer que acaso no fueran peores que los de antaño, al menos ya no nos encontramos a presuntos supermanes saliendo de cabinas telefónicas ni a pequeños antihéroes de verde cryptonita, algo hemos adelantado, ahora la parafernalia ya no va mucho más allá de docena y pico de azafatas haciendo pasillo. Nunca está de más recuperar las viejas esencias (que sí, que seré un purista, no hace falta que me lo repitan) aunque éstas signifiquen volver a ver un mate desde la línea de tiros libres, o volver a sentar a un tío ahí debajo para que te dé el balón (y no me vengan con que esta vez se trataba de Mark Eaton con sus 2,24, sentado ya podrán, el mérito habría sido ponerlo ahí de pie), o volver a ver a alguien machacando sobre un niño, reconozcámoslo, esto ya está un poco visto, lo verdaderamente innovador (si bien un tanto arriesgado) sería soltar el balón y machacar con el niño… No, no fueron peores los concursos de este año que los de antaño, ni el de mates ni aún menos el de triples… pero ello no significa que me sacaran siquiera un poquito de emoción.

Que no son ellos, que soy yo, ya se lo dije. Que créanme que hasta me grabo el partido de las estrellas propiamente dicho, ahí sigue convenientemente almacenado en mi iplús a la espera de que alguna de estas noches me encuentre con fuerzas suficientes para poder verlo, tiene mal pronóstico porque ya a la mañana siguiente me destriparon el emvipí (es decir, que me quitaron la única emoción que soy capaz de encontrarle a dicho evento) pero tiene mal pronóstico también porque sé que llegaré y me apetecerá más un  un Indiana-Purdue, un Duke-Maryland, un Kansas-Texas o hasta un Creighton-Evansville que un no-partido, y ello aunque algunos de los que lo no-jueguen se llamen Paul, Kobe, Durant o LeBron. Yo lo he intentado, ya ven que lo he intentado, sospecho que aún seguiré intentándolo (el hombre es el único animal que tropieza al menos una vez al año en la misma piedra) pero en el fondo sé que será inútil: algo muy profundo se ha roto ya para siempre en mi interior.

Publicado febrero 24, 2013 por zaid en NBA

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el partido de nunca acabar   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 16 de febrero de 2013)

Cada sábado, la ESPN culmina su incesante chorro de partidos universitarios (a cuál mejor) con el College GameDay, lo que aquí llamaríamos el partido de la jornada. Ya imaginarán que dicho encuentro tiene tratamiento especial: los mejores medios, el mejor narrador y/o comentarista (generalmente Dan Schulman y el histriónico a la par que incomparable Dick Vitale) y toda la cohorte de analistas de esa casa (Jay Bilas y demás familia) que por una vez a la semana dejan el plató y se desplazan en pleno al lugar de los hechos haciendo desde allí el previo, los reportajes del descanso, etc. Un verdadero lujo emitido además en pleno prime time, a las 21:00 horas (como aquí, vamos), no se me sorprendan y recuerden que la ESPN al fin y al cabo es un canal de deportes, no tiene que preocuparse de otros contenidos, le basta con colocar en su mejor horario lo mejor que tiene. Y en estas fechas no hay mejor producto que éste, así que echa el resto: hace algunas semanas le tocó a aquel maravilloso Butler-Gonzaga, hace semana y pico fue el duelo en la cumbre entre Indiana y Michigan, este pasado sábado tocaba una oferta muy interesante pero quizá no tan llamativa en principio como las anteriores, Notre Dame-Louisville, dos muy buenos equipos (cada uno a su manera) que auguraban que al menos veríamos un buen partido. ¿Un buen partido, dije? ¿Un gran partido, tal vez? Entonces aún no podíamos ni imaginar (ni siquiera aquellos que lo vemos con casi tres días de retraso, que mi trabajo me cuesta no enterarme de según qué resultados) que el College GameDay se nos va a convertir en algo así como el College GameYear. El partido del año.

Hagamos las presentaciones, para empezar. Ortodoxia versus heterodoxia como si dijéramos. La ortodoxia vendría representada por el equipo local, Notre Dame, los Fighting Irish; que como decían no sé a santo de qué en un capítulo de Los Simpson (no me pongan esa cara, mi hijo es adicto, todo se pega), no deja de ser  curioso que se hagan llamar Irlandeses Combativos teniendo un nombre francés (pero eso sí, pronunciado siempre a la inglesa, Notredéim). Notre Dame es de esos equipos que siempre juegan bien (muy bien, incluso), de esos equipos cuyos resultados siempre parecen estar muy por encima de sus expectativas. Este año tampoco es una excepción: un buen base como es Atkins, un interesantísimo escolta como es Jerian Grant, el muy apañado alero Connaughton y sobre todo un cénter grandote y de aspecto tosco pero no se me fíen de las apariencias porque nada más lejos de la realidad: el gran Jack Cooley. Todos ellos (y alguno más, que ya irá apareciendo en escena) dirigidos por un pedazo de entrenador nunca suficientemente valorado (aunque ya alguna vez haya sido reconocido como técnico del año), Mike Brey. Desde luego, mucho menos mediático y glamouroso que su rival de hoy…

Porque enfrente están los Pitinitos (si Valdano dijo una vez que un equipo entrenado por Camacho siempre garantizaba once camachitos, lo mismo cabría decir de los equipos entrenados por Pitino), o sea los Cardinals, o sea Louisville. Louisville que a comienzos de temporada nos parecía lo más de lo más, un quinteto de lujo, el pívot senegalés Gorgui Dieng que cada año que pasa es mejor jugador, dos aleros imponentes como Blackshear y Behanan, el maravilloso base Peyton Siva y un escolta que es puro talento, Russ Smith, uno de esos tíos de los que siempre había pensado yo (ya desde la pasada temporada) que si en vez de estar en Louisville estuviera en un equipo menos coral sería una de las estrellas de la Liga (fíjense que lo he puesto en pasado, había pensado yo; luego verán por qué). Nadie parecía tener más argumentos que estos Cardinals pero por alguna misteriosa razón los equipos de Pitino suelen ser ciclotímicos, de rachas, así en los partidos (minutos de trance alternados con minutos de berza total) como en las temporadas incluso. No hace mucho alcanzaron el número 1 de la nación y justo entonces perdieron tres partidos seguidos (Syracuse, Villanova, Georgetown) así que ahora mismo ahí andan, entre el favoritismo y el desconcierto. Suelen pillar la racha buena en marzo, cuando llega la March Madness Pitino les pone a cien, si el pasado año fueron Final Four no hay razones objetivas para que este año no puedan repetirlo y hasta mejorarlo incluso. Pero de momento…

De momento vayamos a un partido que durante la primera mitad y buena parte de la segunda transcurre como tantos otros, ni mejor ni peor: igualdad, intensidad, baja anotación y una cierta tendencia arbitral a pitar más que de costumbre (virus bastante extendido en esos días por cierto, y no sólo en USA), con la consecuencia lógica de que unos cuantos jugadores importantes se carguen de faltas antes de tiempo. El problema parece más grave para el que menos profundidad de banquillo tiene, es decir Notre Dame, y la cosa se confirma abruptamente cuando el primer eliminado resulta ser nada menos que Jack Cooley, tras una quinta falta sumamente discutible (ya lo había sido la cuarta) que desata las iras de la parroquia (nunca  mejor dicho) que abarrota el Purcell Pavilion de South Bend, Indiana. Notre Dame para entonces ya pierde de 6, está atascadísimo en ataque, quedan aún casi siete minutos para el final. No tardarán mucho los Irish en perder también a su otro soporte interior, el mucho más discreto Tom Knight, y todo ello mientras enfrente Gorgui Dieng aún aguanta con sus cuatro personales sobre la pista. Así que pasa lo que tiene que pasar: Louisville se va en el marcador, 53-45 a falta de minuto y cuarto, 56-48 a falta de 50 segundos, 8 puntos de diferencia que con tan baja anotación parecen más aún, los estudiantes de a pie aún aguantan en los fondos con su entusiasmo habitual pero en las localidades caras empiezan a verse claros que antes no existían, buenas gentes que habrán dado todo el pescado por vendido, que acaso estén ya camino del aparcamiento…

Pero Jerian Grant no es de esa misma opinión. Jerian Grant aún no sabe que acaba de entrar en trance, Jerian Grant anota un triple que es su primera canasta de la noche y seguidamente (tras la consiguiente falta y los consiguientes tiros libres de Louisville) mete otro, y luego (tras otros dos tiros libres de Louisville) otro más y de repente Notre Dame que ya está a 3 puntos, ¡¡¡one possession game!!! grita Vitale sin dar crédito a lo que está viendo pero es que aquello todavía no ha acabado, Louisville tiene otros dos tiros libres pero esta vez le toca a Dieng que los estampa contra el hierro, quedan aún 23 segundos, la sube directamente Grant que esta vez por hacer algo diferente se va de cabeza hacia el aro, por supuesto la mete y saca de paso la falta, ni que decir tiene que convierte el adicional… ¡This game was over! dice Schulman sin entender nada, ¡absolutely! le responde alucinado Vitale, a falta de 46 segundos para el final ganaba Louisville 56-48, a falta de 16 segundos para el final el resultado es ya de empate a 60, esos 12 puntos locales anotados todos por el mismo jugador… Pero ojo que aún faltan esos 16 segundos, aún tendrán bola los Cardinals para ganar el partido, la sube Siva, se la da a Dieng, se le cae, no tiran… ¡PRÓRROGA! La locura en el Purcell Pavillion: Cooley brinca como un loco, Brey no sabe ni qué hacer, hasta el cura (trátase de una universidad católica como cualquiera podría deducir a la vista de su nombre, razón por la cual siempre hay un sacerdote en su banquillo, debe ser fundamental) está allí dando saltos de alegría en medio de la pista. Y aquellos claros de cuando perdían de 8 son ya historia, aquellas gradas vuelven a verse llenas quizá porque los que se iban se arrepintieron a tiempo antes de salir del recinto, o quizá porque los del gallinero se bajaron a ocupar los huecos dejados por los que se fueron (los cuales, si los hubiere, jamás en toda su vida se perdonarán haberse ido…)

Aquí suele decirse que las prórrogas las gana el que las fuerza, pero en USA no conciben esa razón. O no necesariamente, al menos. A falta de dos minutos estamos empate a 66 y es entonces cuando sobreviene otro drama para Notre Dame, la quinta falta de su hombre milagro Jerian Grant. Más difícil todavía. Tras el habitual intercambio de tiros libres (anotados) y tiros de campo (fallados) resulta nos encontramos otra vez en la misma situación, empate y Louisville de nuevo con la última bola a su entera disposición y casi 12 segundos para intentar ganar el partido, por alguna misteriosa razón deciden que esta vez no la suba Siva sino un Russ Smith que cruza parsimoniosamente la línea del centro del campo… y se para. Tal cual. Como si tuviera una posesión entera de 35 segundos, como si esperara a que le hicieran un aclarado, como si no hubiera compañeros a quienes dársela, como si no le quedaran ya 5, 4, 3… a Pitino le va a dar algo, Smith que finalmente se da cuenta (a la fuerza ahorcan), que se levanta desde casi 10 metros para tirarse un mendrugo, que lo falla como era de esperar, empate a 68, ¡¡PRÓRROGA!! (y ya serán dos), Pitino que abronca a Smith, que se lo quiere comer, que acaso luego lamente no habérselo comido…

Pues allá vamos, o here we go como dicen en USA. Continuamos de empate en empate pero a falta de 2,20 para el final de esta segunda prórroga se va a producir una sustanciosa novedad, la primera eliminación por faltas en Louisville (recordemos que los Irish ya llevan tres), nada menos que su base Peyton Siva. Habrá de ser Russ Smith quien se encargue de dirigir al equipo a partir de ahora… Russ Smith meterá un par de tiros libres a falta de 25 segundos para el final que situarán a los Cardinals tres arriba, una situación que ya nos resulta extrañamente familiar. Notre Dame obligada otra vez al milagro como no podía ser de otra manera, la sube Atkins, hace como que penetra pero se da la vuelta y encuentra en la línea de tres puntos al impronunciable alero freshman Biedscheid, ni que decir tiene que éste se levanta y la clava, otra vez empate pero quedan aún 15 segundos, otra vez (y van tres) Louisville dispone de la última bola para ganar, la sube Russ Smith (esta vez a velocidad normal), decide penetrar que se supone que es su especialidad pero se encuentra en su camino a las torres suplentes rivales y suelta por encima de ellas una especie de globo (lo que allí llamarían un floater y aquí una bombita a lo Navarro) que no toca ni el aro, ni de lejos, empate a 75, ¡¡¡PRÓRROGA!!! (y con ésta serán tres…)

A todo esto a los Irish ya no los reconoce ni la madre que los parió; aún siguen en cancha (jugando minutos y minutos, haciendo sendos partidazos, literalmente reventados) Atkins y Connaughton pero el resto son actores secundarios (algunos incluso terciarios), el ya mencionado alero Bietscheid, el ala-pívot freshman Zach Auguste y y el cénter sénior Garrick Sherman, que no se ha visto en otra semejante y que probablemente esté viviendo esa noche sus minutos de gloria, esos que ya no podrá olvidar jamás en la vida. Enfrente en cambio Louisville aún mantiene a su plana mayor (excepto Siva): Russ Smith (cuando no la caga) metiendo tiros libres, el impagable Behanan reboteando y anotando sin parar, el suplente (de lujo) Hancock enchufando triples desde las esquinas (desempeñando ese papel fundamental en cualquier equipo de Pitino, ése que el pasado año desempeñaba Kyle Kuric) y cómo no, Dieng, aún Dieng que lleva ya con cuatro faltas desde el siglo pasado poco más o menos. Y vuelta la burra al trigo, a 16 segundos para el final Behanan anota un tiro libre y empata, parece que esta vez la última opción será para Notre Dame pero tampoco, Atkins en su penetración se trompica y se cae, los defensores de Louisville recuperan la bola, piden tiempo, quedan aún casi 4 segundos, se la dan a Russ Smith, esta vez a la carrera, llega a tiempo, se levanta, pega en el hierro, empate a 83, ¡¡¡¡PRÓRROGA!!!! (y con ésta serán cuatro…)

La cuarta prórroga (se dice pronto) ya huele a final, no podría ser de otra manera dado que Louisville sigue con todo su arsenal y Notre Dame apenas con los meritorios. A 40 segundos gana Louisville de 4, Notre Dame ataca a la desesperada pero entonces emerge una vez más el último héroe inesperado de la noche, ese Garrick Sherman que debió salir de las profundidades de su banquillo para ocupar el hueco dejado en el centro de la zona por las prematuras eliminaciones de Cooley y Knight. Se anticipa en el salto a Behanan (los Cardinals también están cansados, obviamente), gana el rebote, la mete, todavía 2 abajo Notre Dame a falta de 34 segundos, balón para Louisville con casi una posesión completa a su entera disposición, el sentido común dicta que los Cardinals se limiten a tener el balón al menos hasta que los Irish decidan interrumpir el proceso y llevarlos a la línea de tiros libres… Pero el sentido común no es el fuerte de Russ Smith, que según recibe pasa de contemporizar y decide irse de cabeza hacia la canasta contraria. Si la metiera aún tendría un pasar, vale, les has regalado un chorro de segundos pero al menos has sumado dos puntos… No es el caso. La bandeja que ni siquiera toca el aro, Pitino que parece arrepentirse profundamente de haberle perdonado la vida allá por la primera prórroga, la bola otra vez para Notre Dame, 24 segundos aún por jugar, ¿creíamos haberlo visto todo? Bola para Atkins, está fundido y se le escapa pero la salva Auguste que se suelta un gancho imposible, pega en el aro, rebote para Sherman que la estampa contra el tablero pero aún así les vuelve otra vez la bola ante la imposibilidad e impasibilidad de las torres (no menos fundidas) de Louisville, Auguste y Sherman la palmean a dos manos, es otro empate, ¡¡¡unbelievable, unbelievable!!! grita Vitale, quedan aún 5 segundos, la última opción casualmente para Louisville que aún dispone de dos tiempos muertos pero nadie se acuerda de pedirlos, la última bola casualmente para un Russ Smith que en su cabalgada desesperada hacia el aro contrario se deja el balón atrás, ya lo que le faltaba a la criatura, cuando quiere recuperarlo ya es tarde, 93-93, ¡¡¡¡¡PRÓRROGA!!!!! y ya serán cinco, Vitale está enajenado, ¡¡¡¡¡¿Are you serious? ¿Are you serious? Five Overtimes!!!!!, Schulman apela al recuerdo de aquellas 6 prórrogas de hace cuatro años entre Syracuse y Connecticut, el Purcell Pavilion se instala en una especie de locura colectiva, incluso a los propios árbitros les da ya la risa…

Y a mí a esas alturas no diré que se me ha caído un mito con Russ Smith porque nunca alcanzó la categoría de mito, pero sí sé que a partir de ahora tendré que mirarlo de otra manera. O no, porque queda (al menos) otra prórroga y todo puede cambiar, vaya usted a saber. De momento lo que cambia es que a 4 minutos para el final cae por fin la quinta falta de Dieng casi media hora después (de juego real, me refiero) de que le pitaran la cuarta y de que cayera su rival Cooley. El puesto de Dieng pasa a ocuparlo un freshman más que interesante que hoy por alguna misteriosa razón ha jugado poquísimo, Montrezl Harrell, en cualquier caso Louisville sigue encomendándose a Behanan al igual que Notre-Dame sigue encomendándose a sus insospechados Auguste y Sherman, y en estas llegamos al último minuto con la ligera sensación de que algo ha cambiado por fin, de que por primera vez la iniciativa parece haber pasado a Notre Dame y Louisville parece ir a remolque, a 24 segundos para el final los Cardinals están 2 abajo y el susodicho Harrell tiene dos tiros libres para empatar pero los falla, Connaughton meterá uno para poner 3 arriba a los Irish, quedan aún 9 segundos y como en los cinco finales anteriores Louisville vuelve a tener a su disposición la última bola pero esta vez con una pequeña diferencia, esta vez no es bola para ganar sino para salvar los muebles, por supuesto que la sube Russ Smith, por supuesto que no mira a nadie, que se va a un costado para jugarse un triple (tampoco podía jugarse ya otra cosa) desde nueve metros que se estampa contra el aro, el rebote se va fuera, suena la bocina, 104-101, ¡¡¡¡¡¡IRISH WIN!!!!!!, es el acabose (nunca mejor dicho), en el Purcell Pavilion se instala la locura (sí, aún más si cabe), no ha pasado ni un segundo y ya hay cienes y cienes de estudiantes sobre el parquet abrazando a sus héroes mientras Pitino se retira desencajado, mientras sus jugadores se esconden donde buenamente pueden, mientras un no menos desencajado (pero inmensamente más feliz) Mike Brey atiende (policía mediante) a la piedepista de la ESPN, mientras aquellos (presuntamente) neutrales que lo vemos a muchos kilómetros (y a muchas horas) de distancia no podemos evitar pensar que al final ha ganado el que más lo mereció, el que mejor hizo las cosas, el que resistió y superó todas las adversidades imaginables, el que tuvo más fe (será por fe en Notre Dame); ese equipo de esa Universidad que además (y por si fuera poco todo lo anterior) resulta que está en Indiana, dónde si no, recuérdenlo una vez más, en los otros 49 estados es sólo baloncesto, pero

Jamás en mi vida (y miren que llevo vida) había visto yo un partido con cinco prórrogas. Evidentemente aún tengo fresco en mi memoria el recuerdo de aquel famoso Syracuse-Connecticut de las seis prórrogas pero no pude verlo en su día (y sólo yo sé cuánto me dolió perdérmelo, pérdida que subsanaré próximamente porque no hace mucho me lo bajé, por fin), como tampoco pude ver aquel Manresa-Barça con cuatro prórrogas que tuvo lugar más o menos en esas mismas fechas. Y hasta tengo oído que en tiempos remotos existió incluso algún partido con siete u ocho prórrogas… pero en lo que mí respecta mi récord personal estaba en tres, así en ACB (Estudiantes mediante) como en NBA o NCAA. Hasta ahora, claro, hasta este partido que duró 65 minutos, que acabó presuntamente con empate a 60 y que conoció sucesivos presuntos finales con empate a 68, 75, 83 y 93 antes de acabar (esta vez ya sí) 104-101. Por si les apetece algún dato particular les contaré que la versión que me descargué duraba más de tres horas (y eso que venía ya limpia de tiempos muertos y publicidades varias), que empecé a verlo el pasado martes a eso de las diez y media de la noche y lo acabé más allá de la una y media de la madrugada (hora prohibitiva para alguien a quien le suena el despertador cada mañana a las siete menos cuarto), y que una vez en la cama tardé al menos otra hora en poderme dormir, tal era el estado de excitación (en términos deportivos, entiéndase) que me había dejado el partido, con un montón de ideas bulléndome aún en mi cabeza y que acaso sólo encontraran salida si las plasmaba por escrito, aunque ello hubiera de ser unos cuantos días después…

Donut Team   3 comments

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 8 de febrero de 2013)

Señoras, señores, me van a permitir que aprovechando estos fríos y estas ciclogénesis explosivas (esa cosa que antes acostumbrábamos a llamar temporal, hay que ver qué vulgares éramos), hoy les invite a dar un agradable paseo por las soleadas playas del sur de California. Bueno, no exactamente, tampoco se me vengan arriba tan temprano, en realidad no iremos mucho más allá del campus de la Universidad de California Los Ángeles, esa que ni dios llama así porque todo el mundo la conoce por sus siglas, nosotros las decimos tal cual, ucla, pero los americanos (de USA) que son más finos suelen pronunciarlas de una en una, iu si el ei, así queda mucho más elegante, dónde va a parar. Pues eso, acompáñenme si son tan amables en un recorrido baloncestero por la universidad más laureada de aquella nación, si bien nosotros no nos centraremos en aquel egregio pasado de los Wooden, Alcindor, Walton, Reggie Miller y demás familia (y no por falta de ganas) sino que procuraremos quedarnos lo más cerca posible del presente.

El presente de UCLA es raro, en realidad lleva ya unos cuantos años siéndolo. UCLA emergió de un prolongado ostracismo en 1995, ese año ganó el título de la mano de aquel magnífico entrenador llamado Jim Harrick y aquella no menos magnífica generación de los hermanos O’Bannon, Jiri Zidek, Toby Bailey o el gran Tyus Edney entre otros. Pero resultó que el susodicho coach Harrick además de magnífico era un tanto marrullero en cuestiones de reclutamiento (siguió siéndolo años más tarde en Rhode Island o Georgia), razón por la cual los rectores angelinos decidieron darle puerta antes de la cosa pasara a mayores y recurrieron en su lugar a un Steve Lavin con el que no hicieron sino ir de mal en peor. Así que nueva vuelta de tuerca, cambiamos el glamour y esos aires de playboy por el hormigón armado y veremos cómo en un abrir y cerrar de ojos las cosas vuelven a su ser: dicho y hecho, desde la capital americana del acero, o sea Pittsburgh (más concretamente desde la Universidad de ese mismo nombre), aterrizó Ben Howland, y en apenas un par de años empezaron a apreciarse los frutos de su trabajo: tres Final Four consecutivas, tres, entre 2006 y 2008, eso fue lo bueno, lo malo fue que no rascaron bola en ninguna de las tres. Pero parecían estar en el buen camino, volvía de nuevo la felicidad al Pauley Pavilion… o no. Cuatro años de sequía más tarde aquí tenemos otra vez a estos Bruins intentando renacer de sus cenizas, reinventándose de nuevo a partir de una camada de freshmen que así en principio nada tiene que envidiar a las mejores promociones caliparianas de Kentucky…

Empecemos por el jugador del que van a oír a hablar hasta la náusea, aquel que ocupará ya los primeros puestos del draft en este próximo mes de junio y que muy probablemente llegará ya con el cartel de estrella a allá donde caiga, Shabazz Muhammad, vayan acostumbrándose a ese nombre por la cuenta que les tiene. Para describirlo no se me ocurre nada mejor que utilizar el apelativo cariñoso con que lo he rebautizado y que suelo utilizar cada vez que le veo: Lebroncito. Sí, es ese tipo de jugador, un portento físico (si bien no tan aparatoso como el original, todavía), puro músculo así en brazos como en piernas, que te rompe en penetración (entre otras cosas porque más te vale apartarte si le ves venir de frente) y que si no le concedes la penetración te rompe igual, porque (digámoslo cuanto antes, para no ser injustos en su descripción) resulta que también sabe jugar, y mucho: tiene por ejemplo un más que aceptable tiro exterior. Por tener, tiene también hasta ese puntito de arrogancia tan lebroniano (aunque en éste sería más bien puntazo), vamos que uno se imagina a la comadrona en el paritorio diciéndole a su madre, señora, enhorabuena, ha tenido usted una estrella del basket, mire la pinta de sobrado que tiene, casi mejor póngale a jugar ya

Ahora bien, me pasa como con LeBron y Durant, que admirando profundamente al uno siempre prefiero al otro, pues aquí lo mismo: sin que merme un ápice mi estima por Muhammad, déjenme que les diga que yo me quedo con el otro freshman maravilla, de nombre Kyle Anderson. ¿Cómo les describiría yo a Kyle Anderson? Difícil, porque es un jugador que se sale por completo de lo corriente: para empezar por su aspecto, ese largo cuello, esa frente amplia, ese pelo a lo Punset (a lo Punset joven, entiéndase), esa sensación de fragilidad, ese aire como de poeta romántico del siglo XIX; y para continuar por su juego, que es una auténtica delicia, un verdadero clínic de fundamentos en cada entrada a canasta, en cada dribling. Un clínic impartido además a cámara lenta, tiene esa sinuosidad (¿existirá esta palabra?) de movimientos que hace que casi no sepas si estás viendo el directo o el replay, ya sé que exagero pero espero que me lo consientan. Todavía no he conseguido averiguar si es lento o si sólo lo parece pero lo cierto es que de alguna manera le funciona, de alguna manera los rivales apenas consiguen desentrañar la incógnita. Si hace muchos años se dijo en este país de un afamado futbolista con nombre de buitre que su mejor cualidad era la pausa, algo muy parecido cabría decir de este Kyle Anderson que además (y por si fuera poco todo lo anterior) resulta que hace gala de una gran visión de juego desde sus más de dos metros de atalaya, y que es también (y sobre todo, quizá más que ninguna otra cosa) un extraordinario pasador. Una delicia, ya se lo dije.

Ahora bien, como solía decir un antiguo jefe que tuve, lo que es, es, y lo que no es, no es (sí, era un prodigio de sabiduría). Ben Howland vio esa visión de juego y ese pase y decidió ponerle de base, así ya para empezar desde el primer día. Y fue un desastre. Anderson tiene muchas cualidades pero no tiene aún esa toma de decisiones ni esa lectura del juego ni tantas otras cosas que caracterizan a un buen playmaker (tampoco un tiro exterior medianamente consistente, por cierto), quizá con el tiempo llegue a tenerlas (y ojalá, porque eso aclararía muchísimo su futuro en el siguiente nivel) pero por ahora aún (repito, aún) no es un base, ni de lejos. Así que Howland hizo bueno el proverbio, rectificó muy sabiamente y hoy Anderson ya sólo ejerce de base en los escasos minutos en que descansa el titular, el cual no es otro que Larry Drew II, hijo como su propio nombre indica de Larry Drew I, a día de hoy entrenador de los Hawks de Atlanta. Drew es el prototipo de base aseado, que no te seduce como Anderson (ni tampoco lo pretende) pero sí dirige, distribuye, anota y cumple más que sobradamente con su cometido. Suficiente, por ahora.

Drew llegó hace unos años desde la otra punta del país, desde la mismísima Universidad de North Carolina, será que no se encontró a sí mismo a la vera de Roy Williams. Y no fue el único, de hecho el mismo camino recorrieron los gemelos Wear, Travis y David, que pasan por ser la principal referencia interior de este equipo aunque tienen de interiores lo que yo de monje cisterciense poco más o menos. Aleros disfrazados de pívots por necesidades del guión, dos gotas de agua que podrían perfectamente intercambiarse el uno por el otro, no les digo yo que en los exámenes no lo hagan pero en la cancha chirriaría un poco más, entre otras cosas porque hay sutiles diferencias baloncestísticas entre ambos: Travis es un poco mejor, un poco más interior, también ha estado un poco más lesionado últimamente lo cual obligó a Howland a recurrir a David casi full time, con resultados bastante pobres por cierto. Así las cosas, el quinteto titular lo acaban formando el Wear de turno de (falso) cinco, Muhammad de (no menos falso) cuatro, Anderson de (algo así como) tres, Drew de uno y a su lado ejerciendo de dos otro interesante freshman (y ya van tres), Jordan Adams, mucho menos glamouroso en cualquier caso que los dos anteriores. Puro lujo por fuera, puro vacío por dentro. Equipo dónut, incluso para los estándares NCAA.

Un dónut que no sería tal si no hubiese huido del lugar nada más empezar la temporada el orondo Joshua Smith, que decidió cambiar de aires y llevarse su inmensa humanidad a Georgetown, donde intentará justificar la buena fama de dicho centro en la formación de jugadores interiores a partir de la temporada que viene. No fue el único, también se marchó (prácticamente a la vez) el escolta Tyler Lamb, quizá pensó que con tanto freshmen en su posición era imposible que cupieran todos, no lo sé, sólo sé que a partir de la temporada próxima jugará para Long Beach State. Así las cosas, del banquillo apenas emergen (Wear aparte) el energético Norman Powell, auténtico sexto hombre del equipo, y, cómo no, Tony Parker. Tony Parker que en este caso no es base francés sino pívot norteamericano, auténtica fuerza de la naturaleza, freshman (y ya van cuatro) de imponente planta que parece estar predestinado para llenar por completo el agujero del dónut, de hecho si no lo hace aún (salvo contadísimos minutos) es porque está aún más verde que usted y que yo si nos pusieran en su lugar (ligera exageración). Posibilidades inmensas, sólo espero que no se le ocurra seguir el (mal) ejemplo de tantos otros coetáneos suyos y tirarse en plancha al draft porque en su caso sería para matarlo (deportivamente hablando, entiéndase). Necesita aún mucha, pero mucha formación.

El resultado de todo ello es un equipo muy atractivo de ver, quizá porque Howland haya acabado por entender que con este plantel tampoco puede jugar a otra cosa (no siempre fue así, que aquellos Bruins de mediados de la pasada década se empeñaban demasiadas veces en jugar con el freno de mano echado pese a contar sucesivamente con tipos como Darren Collison, Russell Westbrook, Aaron Afflalo, Kevin Love, Jordan Farmar o Josh Shipp entre otros muchos). Te aseguran la diversión, si además te aseguraran también el resultado ya sería la leche. Empezaron en plan caótico, entre los que no acababan de llegar (a Muhammad le tuvo la NCAA en cuarentena hasta bien entrada la temporada, hasta llegó a darse por hecho que le suspenderían para todo el año, bien pueden dar gracias al cielo de que al final le aclararan) y los que se querían ir aquello debió ser una jaula de grillos, con papelones tan dolorosos como aquella victoria por los pelos y en la prórroga ante la modestísima UC Irvine o aquella derrota ante la no menos modesta Cal Poly, ambas además en su propio feudo del Pauley Pavilion, dos de esos partidos que las grandes programan para ir rodándose y que no esperan perder ni en el peor de sus pesadillas. Con el paso de los meses fueron estabilizándose pero no por ello dejaron de ser un equipo manifiestamente irregular, capaz de en una misma semana perder ante Oregon, ganar con claridad en el feudo de todo un top10 como Arizona y seguidamente caer con todo el equipo en cancha de Arizona State. Y no contentos con ello volver a casa, recibir a sus (muy venidos a menos) vecinos de USC y caer de nuevo estrepitosamente, haciendo gala además (dónut también en eso) de una alarmante ternura defensiva. Es decir, pierden con quien les tocaría ganar (aunque Oregon merecería capítulo aparte a ese respecto, y lo tendrá en breve) y ganan donde les tocaría perder. En llegando al Torneo Final (y siempre y cuando se metan, o les metan, que a este paso no será fácil) tan capaces serán de caer con una universidad que no conozca ni su padre (ni su rector, en este caso) como de meterse en Final Four si les da por pillar la racha buena. Nada de particular, que ya estamos viendo este año que hay mucha más igualdad de lo que parece y que (casi) cualquiera puede ganar a cualquiera; pero en su caso aún más si cabe.

Y no quisiera yo acabar todo este largo tocho sin antes contestar (o intentarlo, al menos) esa pregunta que acaso usted lleve haciéndose desde que empezó a leerlo: ¿y Adrià Gasol? ¿por qué no nos cuenta nada de Adrià Gasol? ¿No se suponía que estaba en UCLA? A ver, estar, lo que se dice estar, está: yendo a clase y haciendo exámenes y trabajos y demás cositas propias de sus estudios de biomedicina, en la mejor tradición familiar. Pero en lo tocante al equipo de baloncesto ni está ni se le espera, por ahora al menos. Es decir, está de walk-on, de oyente como si dijéramos (traducción libre), de estudiante sin beca deportiva con derecho a participar en entrenamientos pero sin posibilidad de jugar todavía. Para más información pueden echarle un ojo (o los dos, incluso) al Gigantes de este mes (sumamente recomendable, y no sólo por este reportaje), en el que se nos dan pelos y señales al respecto: lo bien considerado que está por compañeros y cuerpo técnico, la íntima amistad que le une a Kyle Anderson o la inesperada afirmación de que le encanta el baloncesto y se divierte mucho jugando, todo lo cual me congratula porque no siempre fue así, porque hubo un tiempo en que lo odiaba, no es que lo diga yo (que no soy nadie para decirlo) sino que así se lo escuché una vez a su hermano Pau en una entrevista televisiva con estas mismas palabras, lo odiaba, supongo que es lo que puede pasar si te crías en el seno de una familia en la que no se mama otra cosa que no sea baloncesto a cualquier hora del día. Tiempo al tiempo, en cualquier caso: tan posible es que en apenas unos años Adrià sea una referencia en nuestro deporte como que sea doctor en medicina o como que no sea ni una cosa ni la otra, vaya usted a saber. Será lo que él quiera ser, punto. Así que por ahora casi mejor dejémosle tranquilo, no nos hagamos pajas mentales (yo el primero) y limitémonos a esperar.

la Copa en 16 sorbos   1 comment

1. Cada derrota del Madrid hace aflorar el Frente Anti-Laso (en adelante FAL). Permanecen los miembros del FAL ocultos en sus madrigueras días y días, pueden permanecer así hasta semanas y semanas, meses y meses escudriñando el horizonte, esperando pacientemente hasta que las circunstancias les sean propicias, hasta que llega el día en que comete un mínimo descuido y entonces, zas, dentellada certera a la yugular. Vale, puede que el símil me haya quedado un poco exagerado pero así es como yo lo veo, fue perder el Madrid contra el Barça (que el Madrid en su ámbito doméstico sólo pierde contra el Barça, precisamente contra el Barça, también es casualidad) y emerger de nuevo todos aquellos que salieron en manifestación tras su nombramiento, probablemente esos mismos que hace unos meses preferían que el Madrid perdiera la Liga con tal de que Laso no siguiera, les salió el tiro por la culata porque la perdió y aún así siguió, algunos todavía no se habrán recuperado de la impresión. Va el Madrid líder en Liga y Euroliga pero tanto da, podría incluso ganar ambas competiciones que tanto daría, lo que pierda será culpa de él, lo que gane será a pesar de él. Definitivamente el madridismo (algún madridismo) tiene razones que mi razón no entiende. Ni falta que me hace, por supuesto.

2. Hace muchísimos años, un presidente de gobierno de este país dijo que el único miedo que no nos podemos permitir es el miedo al miedo mismo. Lo dijo y se quedó tan ancho, probablemente ni él mismo sabia qué quería decir pero vio que quedaba bien y lo soltó, ahí va eso. Y sin embargo el otro día me acordé yo de esa fase viendo jugar a Llull y sobre todo recordando aquellas declaraciones suyas de ese mismo día en El País, ésas en las que afirmaba no conocer el miedo, tal cual. Qué duda cabe, está muy bien no tener miedo, el miedo es un sentimiento paralizante que está contraindicado en cualquier actividad humana, no digamos ya en la faceta deportiva. Pero puede que aún peor que el miedo sea el miedo a tener miedo, que por huir del miedo acabemos convirtiendo el atrevimiento (positivo) en temeridad. Llull hizo buenas sus palabras contra el Barça, su apedreamiento del aro rival en los minutos postreros (contraindicado con las necesidades de su equipo) demostró con creces que efectivamente no tenía ningún miedo. Pero un poco de prudencia quizá no le habría venido del todo mal.

3. Yo soy más chachista que llullista, aquellos que lleven años leyéndome ya me lo habrán notado (demasiadas veces, incluso). O acaso sea yo de un llullismo muy particular ya que Llull me gusta como jugador pero no como director de juego, ya saben, debate interminable entre los que le consideran un base y los que no, yo entre ellos. Mi llullismo está condicionado, mi chachismo en cambio es incondicional… lo cual no me impide apreciar sus defectos: ha mejorado en defensa pero aún le cuesta pasar los bloqueos, tanto más si éstos te los pone una especie de globo aerostático de dos por tres con el que mejor harías en saltarlo o incluso en pasar por debajo de sus piernas porque rodeándolo no vas a llegar a tiempo, ni de coña. Sergio Rodríguez puede ser un problema puntual en defensa pero a cambio te ofrece infinidad de variantes en ataque, desde luego muchas más de las que te proporciona Llull Sin Miedo (que básicamente se reducen a dos, la opción bombardeo sin piedad y la opción venda en los ojos, también llamada a mí el pelotón que los arrollo). Por una vez (y esperemos que no sirva de precedente) Laso priorizó los defectos defensivos del Chacho sobre sus virtudes ofensivas, le mantuvo sentado un largo rato en los minutos decisivos mientras dio barra libre a Llull, con los resultados que todos conocemos. Puede que a estas horas aún esté arrepintiéndose de ello.

4. En el cercanías camino del trabajo, en los corrillos de pasillo, en el bar del desayuno no se hablaba de otra cosa. Sí, créanselo, ni fútbol ni leches, por una vez el baloncesto de clubes era el tema del día en aquella mañana de viernes (en lo deportivo, que en lo no-deportivo hay demasiadas historias estos días contra las que no podemos competir), lo cual me llenó de moderada satisfacción. Sí, moderada porque no me llamo a engaño, porque demasiado bien sé que si el partidazo televisado con dos prórrogas no hubiera sido el Madrid-Barça sino el Valencia-Estu (utopía irrealizable, me temo) no se habría acordado de él ni la madre que le parió, más allá de sus respectivas aficiones. Asumámoslo, en este país de fútbol y de Madrid-Barça nuestro deporte sólo existe cuando es capaz de reproducir en su seno el modelo futbolístico imperante. Resignémonos, consolémonos pensando en lo que podría haber sido aquello si la ACB y/o TVE se hubieran atrevido a llevarlo al prime time, o si en vez de jueves hubiera sido miércoles…

5. ¿Y por qué no era miércoles? No, no se conformen con la respuesta obvia (¡pues porque era jueves!), vayan un poco más allá. Los jueves está el Cuéntame, está El Barco, está hasta José Mota, en cambio los miércoles no diré que no haya nada porque algo habrá pero ni comparación, de hecho este miércoles por no haber no había ni fútbol, sólo la selección y a esas horas ya había acabado más que de sobra… ¿No habría merecido la pena intentarlo? ¿No habría sido un puntazo ese Madrid-Barça eliminatorio en la noche del miércoles, a las 22:00 pongamos por caso? ¿No merecería la pena (independientemente de todo lo anterior) que los cuartos de final en vez de ser jueves-viernes fueran miércoles-jueves, dejando así además un día de descanso reparador a los equipos que van por el lado débil del cuadro? Sí, ya lo sé, un día más de hotel, más gastos… pero creo que los beneficios compensarían los perjuicios más que de sobra. Piénsenlo.

6. Total que el Barça-Madrid valió por partido y medio y luego ya para compensar el Baskonia-CAI se nos quedó en medio partido, el que se jugó hasta el descanso. 1,5 + 0,5 = 2, es decir, hasta ese momento llevábamos la cosa más o menos equilibrada. Pero resultó luego que de dos cuartos de final previstos para el viernes sólo tuvimos uno, resultó el sábado que de dos semifinales previstas sólo hubo una (o ni eso siquiera, más bien tres cuartos), resultó el domingo que la Final se nos quedó apenas en media final… Me las prometía yo muy felices el jueves a las nueve y pico de la noche, pensaba entonces que mis temores eran infundados pero apenas tardé un rato en darme de bruces contra la cruda realidad. Lo dicho, esto ya no es lo que era… o acaso sea yo el que ya no soy lo que fui. Eso va a ser.

7. Acaso pensaran que no podían ganar la Copa estando de prestado en la ACB, que el mero hecho de intentarlo sería ya un atrevimiento viniendo de LEB, un poco como aquella selección de Dinamarca que osó ganar una vez la Eurocopa de fútbol sin haberse clasificado siquiera para jugarla. Acaso llegaran ya acomplejados a Vitoria y lo de English no hizo más que darles la puntilla o tal vez no, tal vez llegaran con buen ánimo y fue el entripao de su referente el que hizo que se les cayera el alma a los pies. Y una vez en los pies ya no la recogieron, claro, total para qué. Estudiantes no compareció en el Buesa o más bien lo hizo en cuerpo pero no en alma, el alma se quedó en el hotel a la vera de English para hacerle compañía en el lecho del dolor (o en la taza del váter, no sé). Tanto largar yo aquí de equipos que entienden la Copa como un fin y no como un medio, que se conforman con llegar y no intentan ir más allá… y al final he tenido que escribirlo hasta de quien jamás pensé que tendría que escribirlo, quién me lo iba a decir.

8. Una vez acabada la jornada del viernes alguien escribió en Twitter que no le sorprendía en absoluto la victoria del Granca sobre el Bilbao Basket porque que gane el que mejor juega es lo normal. Ojalá fuera todo tan fácil. Probablemente el Granca hiciera el mejor baloncesto de la Copa (que es tanto como decir de toda la ACB), del mismo modo que el Granca probablemente fuera la plantilla menos fuerte de las ocho que compitieron (o así) en Vitoria. Gracias a lo primero pasó una ronda y está tercero en liga, por desgracia lo segundo no le permitió ni le permitirá ir mucho más allá. Hoy no faltan iluminados que proclaman que el Granca se conformó con ganar al fin un partido y que se borró para la semifinal. Permítanme que discrepe totalmente: el Granca es lo que es y tiene lo que tiene; gracias a ser lo que es llegó hasta donde llegó, gracias a tener lo que tiene (o más bien a no tener lo que no tiene) difícilmente podrá aspirar a mucho más. Demasiado hizo.

9. Lo normal de cualquier competición deportiva sería una dinámica similar a la que rige para cualquier composición narrativa, ya saben, aquello de planteamiento-nudo-desenlace: un crescendo de emociones empezando por unos buenos cuartos de final que fueran preparando la atmósfera para unas magníficas semifinales que a su vez sembraran el caldo de cultivo para acabar desembocando en una extraordinaria final, algo así. ¿Se imaginan una novela o una película en la que el clímax se alcanzara ya en su primera escena y luego el resto de la trama fuera languideciendo sin remedio hasta el final? La ACB, también en eso, es el mundo al revés. No les echo la culpa porque no creo que haya culpables, esto está montado así y no hay que darle más vueltas. Pero es así.

10. Anda el madridismo (sector tangencial, es decir, esa inmensa mayoría futbolera que sólo ve a su equipo de baloncesto cuando juega contra el Barça) haciéndose cruces con Tomic estos días, ayer mismo sin ir más lejos me pedía uno una explicación, pero vamos a ver, pero cómo es posible, pero si era un pichafría, pero si… Pues vaya usted a saber, a lo mejor es el clima, que ese clima mediterráneo de Barcelona se parezca mucho más al de su Duvrovnik natal y eso le haga más feliz, nada que ver con estos fríos y estas sequedades que nos gastamos tierra adentro; o a lo mejor lo que le hace más feliz es estar en un equipo con muchos más sistemas orientados hacia los pívots, viniendo como viene de otro equipo mucho más pensado para el juego exterior… pero no, qué malpensados somos, cómo habría de ser eso. Será el clima, seguro.

11. No suelo llevarme bien en estos últimos tiempos con esas designaciones coperas de MVP hechas generalmente a matacaballo desde la improvisación: a falta de cinco minutos, mientras estás pendiente de un partido que acaso ni siquiera esté resuelto y del que tienes que hacer la crónica (eso cuando no lo estás contando en directo), te ponen un papelito para que votes deprisa y corriendo y claro, así pasa, que en lugar de pensar a quién votas y luego votar lo acabas haciendo al contrario, primero votas para salir del paso y después te lo piensas, véase Itu ayer sin ir más lejos. Pete Mickeal hizo una buena Copa pero no una gran Copa, se salió ante el Madrid (¿qué extraño mecanismo se activa en el cerebro de esta criatura cada vez que juega contra el Madrid?) y luego estuvo bien, sin más. Pero puestos a escoger (y aún con las evidentes limitaciones de un equipo tan coral) permítanme que yo me quede con Marcelinho. Desde que Pascual le ha aflojado las riendas (o desde que se ha soltado él, no sé) es otro jugador, y su equipo lo agradece y sus compañeros lo agradecen aún más si cabe. Es a quien yo habría votado pero claro, yo juego con ventaja, yo he podido pensarlo (tampoco mucho, que ya saben que no es mi fuerte) antes de escribir esto. Otros no tuvieron esa oportunidad.

12. En las horas previas a la Final, me asaltó una duda (sí, a veces me pasan estas cosas): ¿Qué equipo llegaría más fresco, el Barça tras dos partidos muy exigentes pero habiendo tenido un día de descanso, o el Valencia tras dos partidos muy cómodos pero no habiendo tenido descanso alguno? La Final dejó muy clara la respuesta, sin lugar a dudas: esa dinámica de jugar el viernes a las 21:30, luego el sábado a las 21:30 y finalmente el domingo a las 19:00 es mortal de necesidad (aún por apacibles que fueran sus duelos previos), tanto más si tu plantilla es más corta (o menos larga) que la de tu rival. No, no puede llover a gusto de todos pero quizá sí se podría intentar canalizar esa lluvia de algún modo… para lo cual me remito nuevamente a lo expresado en el sorbo número 5.

13. ·Existe por ahí una corriente de opinión que considera que para mejorar el baloncesto y recuperar los tanteos de antaño la clave sería que los árbitros pitaran todo lo habido y por haber, que sancionaran cualquier contacto por mínimo que éste fuera, lo cual al parecer redundaría en que los defensores se lo pensaran mucho más a la hora de defender. A ver: no niego yo que una cosa así no pudiera funcionar a medio/largo plazo (aunque a corto plazo sería un coñazo) siempre y cuando ese criterio se aplicara en todas las ocasiones y no sólo cuando a los árbitros se les pusiera en la punta del pie: ayer, por ejemplo. Ayer hicieron eso tan típico de hoy para que no se nos escape el partido vamos a pitar todo lo que veamos, pero todo todo. Y dicho y hecho, y a ellos no se les escapó el partido, se nos escapó a nosotros. Sí, me dirán que pitar muchas faltas es otra buena manera de aumentar los tanteos porque así hay más tiros libres pero qué quieren que les diga (sé que alguno me linchará por lo que voy a escribir a continuación), prefiero un partido a sesenta puntos dejando jugar que uno a noventa puntos que se pare cada dos por tres. Baloncesto interruptus no, por favor.

14. Algunos opinadores nos intentaron vender ayer que el título copero del Barça, viniendo como venía de un séptimo puesto al final de la primera vuelta, era una sorpresa. Pues no. Sorpresa sería que la hubiera ganado el Valencia, que la hubiera ganado el Baskonia, no digamos ya que la hubiera ganado el Granca. Venga desde donde venga, un título del Barça nunca puede ser una sorpresa como nunca podría serlo el del Madrid aunque pasara como octavo. Reconozcámoslo, la crisis (e incluso la injusta distribución de derechos televisivos en según qué deportes, también) ha abierto mucho más la brecha entre estos dos y el resto: pueden flojear durante un tiempo puntual pero cuando llega la hora de jugarse los títulos a un lado están ellos (aún por mal que estén) y al otro el resto de la humanidad. Asumámoslo, es así.

15. O eso o que lo hicieran aposta, claro. No, no lo digo yo (que a mí jamás se me ocurriría siquiera insinuar chorrada semejante), lo dice hoy bien clarito en su columna uno de los periodistas deportivos más prestigiosos (¿?) de este país (y uno de mis demonios familiares, también), el ínclito Juan Mora: “El Barcelona es ahora campeón de Copa, mientras el Madrid se lame sus heridas. No encuentro mejor explicación para entender semejante metamorfosis, que para el Barcelona el valor de la Liga en su fase regular sea cero. Al final todo se reduce a quedar entre los ocho primeros. ¿Para qué, entonces, desperdiciar energías y esfuerzos en algo que no vale de nada? Ha sido el más listo“. Es decir, todo aquello de palmar estrepitosamente en casa ante Blancos de Rueda u Obradoiro, todo aquel hundimiento ante Estudiantes, todo aquello fue a propósito, qué sutil estrategia, qué supremo ejercicio de inteligencia. Acabáramos. El Madrid haciendo el panoli ganando partido tras partido y el Barça en cambio dosificando sabiamente sus derrotas, total a quién le importa ser primero o ser séptimo si habíamos quedado en que la fase regular no sirve para nada, ¿verdad, señor Mora? Claro que si según usted lo del Barça en ACB fue de listos, entonces aplicando ese mismo razonamiento habremos de convenir en que lo del Barça en Euroliga fue de tontos, a quién se le ocurre, ganar partido tras partido echando el resto en la primera fase, total para pasar luego en igualdad de condiciones al Top16. ¿O es que acaso la primera fase euroliguera tiene mucha mayor trascendencia a efectos clasificatorios que la temporada regular ACB? Me lo explique.

y 16. Y es que hay periodistas y periodistas. El viernes en plena Copa nos dejó para siempre uno de los buenos, uno que creó escuela escribiendo de baloncesto desde su Málaga, uno cuya web fue un referente incluso en aquellos tiempos en los que casi ninguna web acostumbraba aún a ser un referente. Paco Rengel nos dejó a esa edad en la que nadie debería aún dejarnos (una edad que me resulta extrañamente familiar) y lo hizo predicando con el ejemplo, haciendo aún periodismo hasta casi el final del final. Este deporte, incluso esta vida, ya difícilmente volverán a ser lo mismo sin la energía y el entusiasmo que tantas veces nos transmitió Paco Rengel. Descanse en paz.

la noche aquella en que todo cambió   3 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 4 de febrero de 2013)

Sé que a los más jóvenes les resultará increíble (más que nada porque no lo vivieron) pero puedo asegurarles que hubo un tiempo en que la Copa del Rey (o de quien fuera) de baloncesto se disputaba con ese mismo sempiterno formato de la Copa del Rey de fútbol: interminables eliminatorias a doble partido entre equipos de categorías muy diferentes, total para que la Final la acabaran disputando (y ganando) casi siempre los mismos. No, los más jóvenes difícilmente podrán creer que hubo un tiempo en que el Madrid, y en mucha menor medida el Barça y la Penya, lo ganaban todo, y cuando digo todo quiero decir todo. Es decir, no ya que ganaran todos los títulos (que en eso tampoco hemos cambiado tanto, si acaso donde pone Penya ponga Baskonia y pare usted de contar) sino que ganaban prácticamente todos los partidos (excepto cuando se enfrentaban entre sí, por razones obvias). Sí, créanselo, hubo un tiempo en nuestro baloncesto en el que las sorpresas eran aún mucho menos probables que en la actual liga de fútbol, por asombroso que hoy nos pueda parecer…

Y aún más increíble les resultará saber que hubo un tiempo en el que nuestra Liga ACB, esa misma ACB anquilosada y esclerótica que conocemos hoy en día, estaba literalmente a la vanguardia en lo que a innovación deportiva se refiere. En aquel entonces todas las competiciones de clubes se disputaban (languidecían, más bien) en el seno federativo, era sencillamente impensable a nivel europeo que alguien osara romper el molde, que un grupo de clubes decidieran asociarse y montarse su propia liga a espaldas de su federación. Y sin embargo hubo unos cuantos que vieron antes que nadie que aquello se moría, que aquella División de Honor tal como estaba concebida no tenía ya sentido, que era el momento de importar otros conceptos con los que aprovechar a nivel de clubes el boom que estaba propiciando la selección. No fue reforma sino ruptura, costó llanto y crujir de dientes pero de alguna manera abrió un camino por el que tiempo después fueron transitando casi todos los demás. La Liga de Fútbol Profesional, la ASOBAL, tantas otras (incluso la Euroliga a nivel continental, aunque para eso ya tuvieran que pasar casi dos décadas) lo tuvieron mucho más fácil (o al menos no tan difícil) porque se encontraron ya la puerta del baloncesto abierta, ya tenían un precedente al que poderse agarrar.

Pero con eso no bastaba, hacía falta algo más que diera sentido a todo aquello, nuevas ideas que generaran competitividad y espectáculo, que nos permitieran recuperar la ilusión por esta competición: por ejemplo el segundo extranjero (y piénsese que en aquel entonces todos los demás jugadores eran nacionales porque aún no se había inventado la Ley Bosman, piénsese que los equipos grandes tenían ya un segundo extranjero para sus competiciones europeas… todo lo cual no impidió que nos echáramos las manos a la cabeza, cielo santo, qué va a pasar ahora con nuestro baloncesto, qué va a ser de nuestra selección, la ruina del jugador nacional, el acabose…); o por ejemplo los playoffs (y aquello ya parecía el fin del mundo, dos eternos rivales que se odian a muerte enfrentándose entre sí varias veces seguidas, qué desastre, eso nunca puede acabar bien… Meses más tarde Itu y Mike Davis casi se empeñaron en darles la razón); o por ejemplo un nuevo y revolucionario formato para la Copa del Rey.

Y no hará falta que les diga que al principio casi nadie lo entendió. Si hoy treinta años después algunos todavía no han entendido los playoffs, como para esperar que les entrara por los ojos de inmediato una copa que no era copa, o no era lo que toda la vida nos habíamos acostumbrado a llamar copa: pero esto qué es, la copa no es así, la copa es una sucesión de eliminatorias a doble partido como dios manda y como se ha hecho toda la vida de dios, qué es esto de que se la jueguen los cuatro mejores porque sí, así sin más, la copa hay que ganársela, el Barça contra el Breogán, la Penya contra el Canoe, el Madrid contra el Náutico de Tenerife, la ida ya les metemos de cincuenta y la vuelta se tiene que jugar sí o sí aunque no le importe a nadie, eso en el supuesto de que la ida le hubiera importado también a alguien; y encima ponen ustedes las seminales y la final en la misma sede en apenas dos días, allí todos juntitos, cuatro equipos odiándose en el mismo hotel, cuatro aficiones tirándose los trastos a la cabeza en el mismo pabellón, pero qué hacen, están ustedes locos… Hoy todo esto nos puede parecer ridículo (entre otras cosas porque lo era) pero permítanme que les recuerde que nuestro deporte es tradicionalmente inmovilista, por definición: durante estos años les he escuchado a los aficionados al fútbol quejarse en repetidas ocasiones de la ruina que representaba su sistema de copa, durante estos años les he sugerido unas cuantas veces que tal vez deberían adoptar un sistema similar al baloncesto… y créanme, no es ya que no quieran oír hablar del tema sino que algunos hasta se hacen cruces (metafóricamente) como si les estuvieras planteando un anatema, una auténtica aberración. Allá ellos, es su problema, sigamos con lo nuestro.

Lo nuestro tomó forma el último día de noviembre y el primero de diciembre del año de gracia de 1983, temporada 1983/84. En Zaragoza se dieron cita los tres de siempre y el CAI, valor emergente (sólo emergente todavía) gracias al espíritu emprendedor de un sujeto llamado José Luis Rubio, precisamente uno de aquellos visionarios de los que antes les hablaba, otro más que entendió que para que nuestro deporte subsistiera había que darle la vuelta como un calcetín. No les voy a engañar, han pasado casi treinta años, apenas tengo ningún recuerdo (y decir apenas es decir mucho) de las dos semifinales, la que el Barça le ganó al Madrid y la que el CAI ganó al Joventut, de hecho es más que probable que ni siquiera se televisaran por aquel entonces. Y sin embargo, aún a pesar del tiempo transcurrido, conservo aún (aparentemente) fresco en mi memoria el recuerdo que aquella inolvidable (nunca mejor dicho) Final. Pero como la memoria es traicionera he preferido recurrir a las posibilidades que hoy nos ofrece la tecnología y me la he vuelto a ver, enterita, la otra tarde: para confirmar mis sensaciones, para volver a vivir aquellas emociones, para reencontrarme con dos tipos que hoy desgraciadamente ya no están en este mundo pero que aquella noche acaso fueran los principales culpables de que la historia de repente se nos volviera del revés.

Hay personas que pueden estar toda una vida a tu alrededor sin ser capaces de dejar ninguna huella, y en cambio hay otras que con sólo unos meses te dejan ya una huella para toda la vida. Gran parte de lo que ha llegado a ser el baloncesto argentino en todos estos años tiene mucho que ver con un tipo irrepetible e inclasificable llamado León Najnúdel, si no se lo creen les aconsejo encarecidamente que acudan al magnífico artículo recopilatorio de Roberto Arrillaga que cierra el número 3 de Cuadernos de Básket y podrán comprobarlo con sus propios ojos.Captura de pantalla 2013-01-26 a las 17.25.58 Najnúdel dejó una huella imborrable en su país durante más de dos décadas pero nos regaló también un año, un solo año en el nuestro, aquella temporada 1983/84 en la que José Luis Rubio se lo trajo para dirigir su CAI.  Personaje fascinante, auténtico filósofo del baloncesto y de la vida, el mero hecho de leer las entrevistas que le hacían ya te rompía los esquemas porque no se parecía en nada a aquello que acostumbrábamos a gastarnos por aquí: destrascendentalizaba (vaya verbo) el juego, contra los ataques de importancia de sus colegas él se manejaba con una tranquilidad pasmosa, sin más complicaciones tácticas que las estrictamente necesarias, poniendo siempre menos énfasis en los sistemas que en los jugadores. Una leucemia se lo llevó por delante en 1998, con apenas 57 años. A él le privó de conocer los éxitos de su generación dorada, a nosotros nos privó de seguir disfrutando de su carisma y su inmenso amor por este juego durante unas pocas décadas más.

Najnúdel fue providencial pero no lo fue menos (si bien de una manera muy distinta) Kevin Magee, convertido de la noche a la mañana en el líder de un equipo al que había llegado apenas tres meses antes. Mi memoria (frágil, traicionera, ya se lo dije) me lo mostraba festejando encaramado a la mesa de anotadores pero aquello lo debí soñar, o tal vez no pero ahora no he encontrado ninguna imagen que respalde aquel recuerdo; tan solo aquellas otras que se grabaron nada más acabar el partido y en las que aparece levantado a hombros por la multitud, aporreando con saña un bombo que resultó ser el de Manolo (el del bombo, que será que por aquel entonces todavía se bajaba de vez en cuando al baloncesto). Aquel año en el CAI le sirvió de trampolín para labrarse una magnífica carrera en el Maccabi, luego volvió otra vez al CAI (que acaso ya ni se llamara CAI siquiera) pero ya no era el mismo, ni de lejos. Más tarde le perdimos la pista y ya no volvimos a encontrarla hasta aquel 23 de octubre de 2003 en que una breve reseña nos habló de su fatal accidente en Los Ángeles. Ojalá nunca la hubiéramos encontrado.

Pero fueron más, fueron todos, fue también Jimmy Allen al lado de Magee, fueron los hermanos Arcega (interesante aquella precisión del añorado Héctor Quiroga en su narración, recordamos que en el CAI Zaragoza hay dos hermanos, del mismo apellido por supuesto), fueron Manel Bosch, Charly López Rodríguez, incluso Indio Díaz, poca cosa en principio para plantar cara al aparatoso portaaviones blaugrana, Solozábal, Epi, Sibilio, Mike Davis, Marcellus Starks, Juanito de la Cruz… (no sé por qué pongo puntos suspensivos si en realidad sólo jugaron esos seis, y De la Cruz porque los pívots titulares se metieron en problemas de faltas que si no ni eso; definitivamente eran otros tiempos). Nada parecía indicar que allí se fuera a romper ningún orden establecido, tanto menos cuando en el descanso el Barça ganaba de 9, cuando mediada la segunda mitad ganaba de 10, todo dios en aquel vetusto Palacio de Deportes de Zaragoza parecía tener asumido el desenlace… y entonces sucedió:  aquel CAI que se vino arriba y acabó de remontar, aquel Barça que empezó a ponerse nervioso, aquel joven Pedro Barthe al que empezaron a aparecérsele en cadena casi todos sus fantasmas (si los árbitros se ponen así de severos con el Barcelona, y se pusieron ayer severos con el Joventut, y se pusieron severos el domingo pasado con el Hospitalet… ¡¡¡¿qué pasa?!!!)…  81-78, que habrían sido 79 si a la mesa en pleno desconcierto no se le hubiera pasado anotar un tiro libre postrero. Cuentan que el técnico barcelonista Antonio Serra se quejó amargamente al respecto, cuentan que Najnúdel respondió que Serra tiene razón, pero de ahí a pensar que con ese punto habría ganado el partido, es como pensar que yo, porque canto en la ducha, soy Carlos Gardel… La locura.

Sí, sé que a los más jóvenes les resultará increíble (más que nada porque no lo vivieron) pero puedo asegurarles que aquello de alguna manera representó un antes y un después, un punto de inflexión en nuestro baloncesto. Lo fue para un CAI que a partir de ahí se nos convirtió en grande o al menos creyó serlo, que acaso vivió durante unos cuantos años por encima de sus posibilidades (¿dónde he oído yo esto antes?) y acabó pagándolo después. Pero lo fue también para nosotros como aficionados que a partir de aquella noche descubrimos que había otros mundos (pero estaban en éste), que también en nuestro deporte el pez grande se podía comer al chico y que existía incluso una competición creada a nuestra medida para que así fuera, esa Copa a la que hasta entonces jamás habíamos prestado la menor atención. Aquella noche nació la leyenda de una Copa convertida de repente en el bazar de las sorpresas, una leyenda alimentada en años posteriores por el propio CAI, el Estu, el TDK Manresa o incluso por aquel Cáceres que tras verse 18 arriba acabó padeciendo en sus propias carnes el miedo a ganar; una leyenda que acaso se nos haya ido cayendo por su propio peso en estas últimas temporadas (aunque esa también es otra historia) pero tanto da porque aún hoy, casi treinta años después, aún seguimos recibiendo esta competición con la ilusión del primer día. La que se nos quedó la noche aquella del 1 de diciembre de 1983, cuando por fin descubrimos que otro baloncesto era posible. Que no se nos olvide.

Publicado febrero 10, 2013 por zaid en ACB

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la Copa es sueño   1 comment

Un buen amigo virtual de los lejanos tiempos de SEDENA me pidió una colaboración sobre la Copa para su blog (magnífico por cierto, se lo recomiendo encarecidamente) Jugant per la vida. Este fue el resultado, publicado allí el lunes 4 de febrero:

La Copa es (antes que nada, quizá por encima de todo) añoranza, es el recuerdo de tantas otras copas, tantos otros momentos que ya jamás se borrarán de nuestra memoria, al menos de la de aquellos que tenemos ya una edad, al menos mientras el señor Alzheimer lo permita: la Copa es aquel CAI de 1983 subvirtiendo por vez primera el orden establecido, aquel triple de Solozábal sobre la bocina en 1987, aquel Estu de Pinone, Winslow, Herreros u Orenga en su año de gracia de 1992, aquella accidentadísima edición sevillana de 1994, aquella prórroga imposible que TDK Manresa (es decir, Creus) le levantó al Barça en 1996, aquel Cáceres que se asustó de sí mismo y dilapidó 18 puntos de renta ante la Penya en 1997, aquella reivindicativa defensa de cuatro que se quiso inventar Julbe en 1998, aquella lección magistral de Bennett en 1999; la Copa es también Pau presentándose al mundo en 2001, es Rudy volando y siendo MVP pese a perder en 2004, es la exhibición asistidora de Prigioni en 2006, es el errequeerre show de Ricky & Rudy hipnotizándonos a todos en Vitoria 2008… La Copa, en cierto modo, es añoranza de cuando la Copa era la Copa.

La Copa es magia y es decepción también, a veces. No acostumbro a ponerme en plan abuelo Cebolleta, no suelo comprar jamás ese discurso de que cualquier tiempo pasado fue mejor (más bien suelo decir que cualquier tiempo pasado fue… anterior, punto) pero reconozco que en estos últimos tiempos no puedo evitar como una sensación de que la Copa ya no es lo que era, ustedes me perdonen. Como si aquel bazar de las sorpresas de otro tiempo se nos hubiera convertido en el reino de lo previsible, como si de un tiempo a esta parte ya nada se saliera del guión, ya sólo ganara quien tiene que ganar. Claro que si usted es de uno de esos equipos que siempre van de favoritos me dirá que dónde está lo malo, que cuál es el problema, que a ver por qué va a ser peor que se cumplan los pronósticos a que se rompan. Tendrá razón, no seré yo quien lo discuta pero qué quiere que le diga, la Copa construyó su leyenda a base de romper con lo establecido, partidos y más partidos a cara de perro basados en la típica filosofía yanqui del win or go home, un mundo entero en cuarenta minutos, nada que ver con la regularidad de una liga o de una serie de playoffs porque aquí sí que existía la posibilidad de que el pez chico se pudiera comer al grande, y de hecho muchas veces se lo comía. La Copa fue (me gustaría pensar que aún pudiera seguir siéndolo) como una suerte de democratización de nuestro deporte: por cuatro días cambiábamos el tanto tienes, tanto vales por el un hombre, un voto, que en este caso se traduciría en que cada equipo tenía aparentemente las mismas posibilidades de ganar. No era así, claro, no éramos todos iguales (tampoco aquí) ni jamás íbamos a serlo pero al menos nos hacíamos la ilusión; y ésta a veces incluso se correspondía con la realidad. Hoy ya no, hoy esa extraña suerte de justicia retributiva nos parece mucho más difícil: como si la crisis, también aquí, hubiera agrandado el abismo social.

La Copa es fe, y no me refiero a fe en sentido religioso (que esa no la trabajo) sino a fe en las posibilidades de uno mismo. ¿Recuerdan la teoría de los calzoncillos? Juanan Morales solía contar que en su etapa en la Penya tuvo un entrenador (nunca dijo quién… aunque tengo mis sospechas) que cuando iban a la Copa revisaba las maletas de todos y cada uno de sus jugadores para comprobar cuántos calzoncillos habían metido: si llevaban uno o a lo sumo dos significaba que estaban plenamente convencidos de su eliminación y pensaban volverse a las primeras de cambio (o que eran unos guarros, añado yo, si bien lo pongo entre paréntesis para no estropear el razonamiento); en cambio si llevaban cuatro o cinco quería decir que estaban absolutamente mentalizados para llegar hasta la final. Han pasado los años, obviamente a día de hoy no me imagino a ningún entrenador ACB (no, tampoco a Ivanovic cuando aún estaba) rebuscando ropa interior en el equipaje de sus jugadores, de hecho alguno hasta podría malinterpretarlo… pero si alguien lo hiciera no sé yo qué encontraría (metafóricamente hablando). O dicho de otra manera: acaso nos estemos instalando en el conformismo. La Copa, como los playoffs, nunca debería ser un fin sino un medio. Están los que se clasifican y lo entienden como un premio, ya está, ya hemos llegado, tenemos lo que queríamos así que ya nos podemos relajar, cada postemporada vemos a alguno de éstos; y están los que se clasifican y lo entienden como un primer paso para dejarse el alma por llegar aún más allá. Todas esas sorpresas históricas nacieron de equipos que decidieron no conformarse con lo que tenían. Todas estas no-sorpresas de los últimos tiempos acaso tengan más que ver con una actitud cada vez más arraigada en nuestra sociedad, esa cosa que llamamos resignación.

La Copa en cualquier caso es ilusión, la de aquellos aficionados que se dejan lo que no tienen por seguir a su equipo aunque les toque alojarse a cien kilómetros de su sede (que esa es otra), que confraternizan con los de enfrente y que aunque no pasen ronda se quedan hasta el domingo porque ésta es su fiesta y no van a permitir que una simple derrota se la eche a perder. La Copa es también la ilusión de todos aquellos que nos sentaremos ante el televisor como cada año esperando ver una Copa aunque demasiado bien sepamos que esta vez sólo nos van a dar media, la otra media quedará para paladares más exquisitos. Siempre hubo una Copa de primera y otra de segunda, una Copa estatal y otra autonómica pero al menos a los no-autonómicos aún les quedaba la opción de agarrarse al clavo ardiendo de Teledeporte, ahora ya ni eso, ahora los que no tienen Autonómica y los que sí la tenemos pero es como si no la tuviéramos (y no sólo a efectos baloncestísticos) tendremos que buscarnos la vida en Internet, tendremos que ponernos en manos de Orange Arena (que es como si te tienes que operar y te pones en manos de un fontanero, poco más o menos), rezar lo que sepamos (aunque no sepamos) para ver si existe aún alguna posibilidad por pequeña que sea de salvar el Baskonia-CAI, el Granca-Bilbao y la segunda semifinal. La Copa es ilusión, sin duda, pero este año es también frustración. Y eso que aún ni ha empezado siquiera.

La Copa es sueño, cómo no: el sueño del Madrid de plasmar en títulos su dominio, el sueño del Barça de enderezar (acaso salvar) su temporada, el sueño baskonista de ser (por fin) profeta en su tierra, el sueño del CAI de sobrevivir por el lado imposible del cuadro, el sueño taronja de que aquest any sí, el sueño estudiantil de ser los primeros en ganarla viniendo de LEB (permítaseme la automordacidad), el sueño bilbaíno de estrenar por fin su palmarés nacional, el sueño grancanario de pasar por fin de ronda, más de una a ser posible… Muchos, demasiados sueños que se juntan con los nuestros: recuperar la magia, volver a sorprendernos, sentir otra vez aquella fascinación que un día sentimos por esta competición; que llegue el día en que podamos recordar también con añoranza esta Copa de 2013 tantos años después. Sí, la Copa es sueño pero ya nos dijo Calderón (el de la Barca) que los sueños sueños son: en cuanto te descuidas te despiertas. Esperemos que aún tarde mucho en sonar el despertador.

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