Donut Team   3 comments

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 8 de febrero de 2013)

Señoras, señores, me van a permitir que aprovechando estos fríos y estas ciclogénesis explosivas (esa cosa que antes acostumbrábamos a llamar temporal, hay que ver qué vulgares éramos), hoy les invite a dar un agradable paseo por las soleadas playas del sur de California. Bueno, no exactamente, tampoco se me vengan arriba tan temprano, en realidad no iremos mucho más allá del campus de la Universidad de California Los Ángeles, esa que ni dios llama así porque todo el mundo la conoce por sus siglas, nosotros las decimos tal cual, ucla, pero los americanos (de USA) que son más finos suelen pronunciarlas de una en una, iu si el ei, así queda mucho más elegante, dónde va a parar. Pues eso, acompáñenme si son tan amables en un recorrido baloncestero por la universidad más laureada de aquella nación, si bien nosotros no nos centraremos en aquel egregio pasado de los Wooden, Alcindor, Walton, Reggie Miller y demás familia (y no por falta de ganas) sino que procuraremos quedarnos lo más cerca posible del presente.

El presente de UCLA es raro, en realidad lleva ya unos cuantos años siéndolo. UCLA emergió de un prolongado ostracismo en 1995, ese año ganó el título de la mano de aquel magnífico entrenador llamado Jim Harrick y aquella no menos magnífica generación de los hermanos O’Bannon, Jiri Zidek, Toby Bailey o el gran Tyus Edney entre otros. Pero resultó que el susodicho coach Harrick además de magnífico era un tanto marrullero en cuestiones de reclutamiento (siguió siéndolo años más tarde en Rhode Island o Georgia), razón por la cual los rectores angelinos decidieron darle puerta antes de la cosa pasara a mayores y recurrieron en su lugar a un Steve Lavin con el que no hicieron sino ir de mal en peor. Así que nueva vuelta de tuerca, cambiamos el glamour y esos aires de playboy por el hormigón armado y veremos cómo en un abrir y cerrar de ojos las cosas vuelven a su ser: dicho y hecho, desde la capital americana del acero, o sea Pittsburgh (más concretamente desde la Universidad de ese mismo nombre), aterrizó Ben Howland, y en apenas un par de años empezaron a apreciarse los frutos de su trabajo: tres Final Four consecutivas, tres, entre 2006 y 2008, eso fue lo bueno, lo malo fue que no rascaron bola en ninguna de las tres. Pero parecían estar en el buen camino, volvía de nuevo la felicidad al Pauley Pavilion… o no. Cuatro años de sequía más tarde aquí tenemos otra vez a estos Bruins intentando renacer de sus cenizas, reinventándose de nuevo a partir de una camada de freshmen que así en principio nada tiene que envidiar a las mejores promociones caliparianas de Kentucky…

Empecemos por el jugador del que van a oír a hablar hasta la náusea, aquel que ocupará ya los primeros puestos del draft en este próximo mes de junio y que muy probablemente llegará ya con el cartel de estrella a allá donde caiga, Shabazz Muhammad, vayan acostumbrándose a ese nombre por la cuenta que les tiene. Para describirlo no se me ocurre nada mejor que utilizar el apelativo cariñoso con que lo he rebautizado y que suelo utilizar cada vez que le veo: Lebroncito. Sí, es ese tipo de jugador, un portento físico (si bien no tan aparatoso como el original, todavía), puro músculo así en brazos como en piernas, que te rompe en penetración (entre otras cosas porque más te vale apartarte si le ves venir de frente) y que si no le concedes la penetración te rompe igual, porque (digámoslo cuanto antes, para no ser injustos en su descripción) resulta que también sabe jugar, y mucho: tiene por ejemplo un más que aceptable tiro exterior. Por tener, tiene también hasta ese puntito de arrogancia tan lebroniano (aunque en éste sería más bien puntazo), vamos que uno se imagina a la comadrona en el paritorio diciéndole a su madre, señora, enhorabuena, ha tenido usted una estrella del basket, mire la pinta de sobrado que tiene, casi mejor póngale a jugar ya

Ahora bien, me pasa como con LeBron y Durant, que admirando profundamente al uno siempre prefiero al otro, pues aquí lo mismo: sin que merme un ápice mi estima por Muhammad, déjenme que les diga que yo me quedo con el otro freshman maravilla, de nombre Kyle Anderson. ¿Cómo les describiría yo a Kyle Anderson? Difícil, porque es un jugador que se sale por completo de lo corriente: para empezar por su aspecto, ese largo cuello, esa frente amplia, ese pelo a lo Punset (a lo Punset joven, entiéndase), esa sensación de fragilidad, ese aire como de poeta romántico del siglo XIX; y para continuar por su juego, que es una auténtica delicia, un verdadero clínic de fundamentos en cada entrada a canasta, en cada dribling. Un clínic impartido además a cámara lenta, tiene esa sinuosidad (¿existirá esta palabra?) de movimientos que hace que casi no sepas si estás viendo el directo o el replay, ya sé que exagero pero espero que me lo consientan. Todavía no he conseguido averiguar si es lento o si sólo lo parece pero lo cierto es que de alguna manera le funciona, de alguna manera los rivales apenas consiguen desentrañar la incógnita. Si hace muchos años se dijo en este país de un afamado futbolista con nombre de buitre que su mejor cualidad era la pausa, algo muy parecido cabría decir de este Kyle Anderson que además (y por si fuera poco todo lo anterior) resulta que hace gala de una gran visión de juego desde sus más de dos metros de atalaya, y que es también (y sobre todo, quizá más que ninguna otra cosa) un extraordinario pasador. Una delicia, ya se lo dije.

Ahora bien, como solía decir un antiguo jefe que tuve, lo que es, es, y lo que no es, no es (sí, era un prodigio de sabiduría). Ben Howland vio esa visión de juego y ese pase y decidió ponerle de base, así ya para empezar desde el primer día. Y fue un desastre. Anderson tiene muchas cualidades pero no tiene aún esa toma de decisiones ni esa lectura del juego ni tantas otras cosas que caracterizan a un buen playmaker (tampoco un tiro exterior medianamente consistente, por cierto), quizá con el tiempo llegue a tenerlas (y ojalá, porque eso aclararía muchísimo su futuro en el siguiente nivel) pero por ahora aún (repito, aún) no es un base, ni de lejos. Así que Howland hizo bueno el proverbio, rectificó muy sabiamente y hoy Anderson ya sólo ejerce de base en los escasos minutos en que descansa el titular, el cual no es otro que Larry Drew II, hijo como su propio nombre indica de Larry Drew I, a día de hoy entrenador de los Hawks de Atlanta. Drew es el prototipo de base aseado, que no te seduce como Anderson (ni tampoco lo pretende) pero sí dirige, distribuye, anota y cumple más que sobradamente con su cometido. Suficiente, por ahora.

Drew llegó hace unos años desde la otra punta del país, desde la mismísima Universidad de North Carolina, será que no se encontró a sí mismo a la vera de Roy Williams. Y no fue el único, de hecho el mismo camino recorrieron los gemelos Wear, Travis y David, que pasan por ser la principal referencia interior de este equipo aunque tienen de interiores lo que yo de monje cisterciense poco más o menos. Aleros disfrazados de pívots por necesidades del guión, dos gotas de agua que podrían perfectamente intercambiarse el uno por el otro, no les digo yo que en los exámenes no lo hagan pero en la cancha chirriaría un poco más, entre otras cosas porque hay sutiles diferencias baloncestísticas entre ambos: Travis es un poco mejor, un poco más interior, también ha estado un poco más lesionado últimamente lo cual obligó a Howland a recurrir a David casi full time, con resultados bastante pobres por cierto. Así las cosas, el quinteto titular lo acaban formando el Wear de turno de (falso) cinco, Muhammad de (no menos falso) cuatro, Anderson de (algo así como) tres, Drew de uno y a su lado ejerciendo de dos otro interesante freshman (y ya van tres), Jordan Adams, mucho menos glamouroso en cualquier caso que los dos anteriores. Puro lujo por fuera, puro vacío por dentro. Equipo dónut, incluso para los estándares NCAA.

Un dónut que no sería tal si no hubiese huido del lugar nada más empezar la temporada el orondo Joshua Smith, que decidió cambiar de aires y llevarse su inmensa humanidad a Georgetown, donde intentará justificar la buena fama de dicho centro en la formación de jugadores interiores a partir de la temporada que viene. No fue el único, también se marchó (prácticamente a la vez) el escolta Tyler Lamb, quizá pensó que con tanto freshmen en su posición era imposible que cupieran todos, no lo sé, sólo sé que a partir de la temporada próxima jugará para Long Beach State. Así las cosas, del banquillo apenas emergen (Wear aparte) el energético Norman Powell, auténtico sexto hombre del equipo, y, cómo no, Tony Parker. Tony Parker que en este caso no es base francés sino pívot norteamericano, auténtica fuerza de la naturaleza, freshman (y ya van cuatro) de imponente planta que parece estar predestinado para llenar por completo el agujero del dónut, de hecho si no lo hace aún (salvo contadísimos minutos) es porque está aún más verde que usted y que yo si nos pusieran en su lugar (ligera exageración). Posibilidades inmensas, sólo espero que no se le ocurra seguir el (mal) ejemplo de tantos otros coetáneos suyos y tirarse en plancha al draft porque en su caso sería para matarlo (deportivamente hablando, entiéndase). Necesita aún mucha, pero mucha formación.

El resultado de todo ello es un equipo muy atractivo de ver, quizá porque Howland haya acabado por entender que con este plantel tampoco puede jugar a otra cosa (no siempre fue así, que aquellos Bruins de mediados de la pasada década se empeñaban demasiadas veces en jugar con el freno de mano echado pese a contar sucesivamente con tipos como Darren Collison, Russell Westbrook, Aaron Afflalo, Kevin Love, Jordan Farmar o Josh Shipp entre otros muchos). Te aseguran la diversión, si además te aseguraran también el resultado ya sería la leche. Empezaron en plan caótico, entre los que no acababan de llegar (a Muhammad le tuvo la NCAA en cuarentena hasta bien entrada la temporada, hasta llegó a darse por hecho que le suspenderían para todo el año, bien pueden dar gracias al cielo de que al final le aclararan) y los que se querían ir aquello debió ser una jaula de grillos, con papelones tan dolorosos como aquella victoria por los pelos y en la prórroga ante la modestísima UC Irvine o aquella derrota ante la no menos modesta Cal Poly, ambas además en su propio feudo del Pauley Pavilion, dos de esos partidos que las grandes programan para ir rodándose y que no esperan perder ni en el peor de sus pesadillas. Con el paso de los meses fueron estabilizándose pero no por ello dejaron de ser un equipo manifiestamente irregular, capaz de en una misma semana perder ante Oregon, ganar con claridad en el feudo de todo un top10 como Arizona y seguidamente caer con todo el equipo en cancha de Arizona State. Y no contentos con ello volver a casa, recibir a sus (muy venidos a menos) vecinos de USC y caer de nuevo estrepitosamente, haciendo gala además (dónut también en eso) de una alarmante ternura defensiva. Es decir, pierden con quien les tocaría ganar (aunque Oregon merecería capítulo aparte a ese respecto, y lo tendrá en breve) y ganan donde les tocaría perder. En llegando al Torneo Final (y siempre y cuando se metan, o les metan, que a este paso no será fácil) tan capaces serán de caer con una universidad que no conozca ni su padre (ni su rector, en este caso) como de meterse en Final Four si les da por pillar la racha buena. Nada de particular, que ya estamos viendo este año que hay mucha más igualdad de lo que parece y que (casi) cualquiera puede ganar a cualquiera; pero en su caso aún más si cabe.

Y no quisiera yo acabar todo este largo tocho sin antes contestar (o intentarlo, al menos) esa pregunta que acaso usted lleve haciéndose desde que empezó a leerlo: ¿y Adrià Gasol? ¿por qué no nos cuenta nada de Adrià Gasol? ¿No se suponía que estaba en UCLA? A ver, estar, lo que se dice estar, está: yendo a clase y haciendo exámenes y trabajos y demás cositas propias de sus estudios de biomedicina, en la mejor tradición familiar. Pero en lo tocante al equipo de baloncesto ni está ni se le espera, por ahora al menos. Es decir, está de walk-on, de oyente como si dijéramos (traducción libre), de estudiante sin beca deportiva con derecho a participar en entrenamientos pero sin posibilidad de jugar todavía. Para más información pueden echarle un ojo (o los dos, incluso) al Gigantes de este mes (sumamente recomendable, y no sólo por este reportaje), en el que se nos dan pelos y señales al respecto: lo bien considerado que está por compañeros y cuerpo técnico, la íntima amistad que le une a Kyle Anderson o la inesperada afirmación de que le encanta el baloncesto y se divierte mucho jugando, todo lo cual me congratula porque no siempre fue así, porque hubo un tiempo en que lo odiaba, no es que lo diga yo (que no soy nadie para decirlo) sino que así se lo escuché una vez a su hermano Pau en una entrevista televisiva con estas mismas palabras, lo odiaba, supongo que es lo que puede pasar si te crías en el seno de una familia en la que no se mama otra cosa que no sea baloncesto a cualquier hora del día. Tiempo al tiempo, en cualquier caso: tan posible es que en apenas unos años Adrià sea una referencia en nuestro deporte como que sea doctor en medicina o como que no sea ni una cosa ni la otra, vaya usted a saber. Será lo que él quiera ser, punto. Así que por ahora casi mejor dejémosle tranquilo, no nos hagamos pajas mentales (yo el primero) y limitémonos a esperar.

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