no son ellos, soy yo   2 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 18 de febrero de 2013)

Se nos rompió el amor, de tanto usarlo. Fueron años y años esperando anhelante su llegada, cancelando por su causa cualquier otro compromiso, acogiéndolo por fin en nuestro seno como si en esos días no hubiera ya nada más en el mundo, como si ninguna otra cosa mereciera nuestra atención; eran apenas tres noches juntos, sólo tres, pero durante aquellas madrugadas de alguna manera nos sentíamos los seres más felices sobre la faz de la tierra. O acaso no lo fuéramos, pero al menos creíamos serlo… Hasta que un día la pasión dio paso al cariño y éste sucesivamente a la rutina, la indiferencia, el hastío, el rechazo y finalmente el desprecio más absoluto. Hoy de aquellos buenos tiempos ya casi no nos queda ni el recuerdo, hoy sabemos que algo muy profundo se ha roto entre nosotros, acaso ya para siempre…

Sí, no me avergüenza reconocerlo (o tal vez sí me avergüence, pero haré como que no), hubo un tiempo en que esa cosa llamada Fin de Semana de las Estrellas me importaba, qué digo me importaba, hubo un tiempo en que era algo esencial en mi vida, en la parte baloncestera de mi vida. Hubo un tiempo en que aún me preocupaba de quién iba y quién dejaba de ir, en que aún me interesaban los concursos (excepto el desafío de habilidades, que mi perversión nunca llegó a tanto), en que aún me apetecía (acaso más que ningún otro evento) la cosa esa de las estrellas emergentes. Si hasta hubo un tiempo en que me agarraba unos cabreos apocalípticos por el hecho de que la Copa del Rey y el All Star coincidieran en el mismo fin de semana (sucedió durante unas cuantas temporadas) como si no hubiera otros, como si no trajera 52 semanas el año para que ambos acontecimientos tuvieran que suceder exactamente a la misma vez… Hubo un tiempo en que aún vivía yo instalado en la post-adolescencia, hay seres humanos que viven instalados en ella toda la vida y créanme que me dan mucha envidia, por desgracia no es mi caso, a mí hace ya años que se me pasó la edad, la física y también la mental, me temo.

Podría decirse, parafraseando al gomaespumero Juan Luis Cano (si bien él lo dijo de otra entidad, y en otro contexto), que el All Star es al baloncesto lo que Disney es a la vida. Con una sutil diferencia: yo estuve una vez en Disneylandia (versión europea), entré echando pestes de todo aquello y sin embargo acabé pasándomelo bien, diría que demasiado bien incluso (y ello a pesar de aquel frío parisino de mediados de febrero que te helaba las entrañas), supongo que porque al final me desinhibí y dejé que aflorara el niño que hay en mí (no sé dónde, me cuesta ya encontrarlo a estas alturas pero por ahí debe estar).  Con el All Star en cambio no consigo que me aflore nada, ni el niño ni el adolescente ni siquiera aquel adulto prematuro de hace veintitantos años, nada. Será que he perdido el sentido lúdico de la vida si es que alguna vez lo tuve, o será que en el fondo me identifico plenamente con aquella frase que (cuentan que) se dijeron Luis Scola y Marc Gasol en uno de esos partidos de rookies contra sophomores, mientras se hincaban los codos peleando por el rebote tras un tiro libre: menos mal que viniste porque si no esto no hay quien lo aguante. O será que soy un purista, ahí les dejo el concepto por si me lo quieren llamar, de hecho les aconsejo que lo utilicen porque queda bien en cualquier discusión, si quieren descalificar a alguien que defienda algo con vehemencia no tienen más que decírselo, tú lo que eres es un purista, no necesitarán argumentar más, con eso ya les vale, ya le habrán encuadrado en esa categoría de seres mezquinos y rastreros con los que no merece la pena rebajarse a entablar conversación. Por eso antes de que me lo llamen me lo llamo yo solo, seré un purista, qué le vamos a hacer, uno de esos extraños seres para los que el espectáculo deportivo nace a partir de dos equipos peleando por la victoria, exactamente en ese orden, no al revés. Si no hay competición (o aún peor, si hacemos como que la hay cuando usted y yo sabemos perfectamente que no la hay en absoluto) no es deporte, es otra cosa.

Por eso quiero que quede claro que no les culpo, que ahora podría yo ponerme en plan Abuelo Cebolleta y decir que ya nada es igual, que el Fin de Semana de las Estrellas ya no es lo que era y quedarme tan pancho, podría hacerlo pero no lo haré porque no lo siento así, para nada. Sé que no es culpa suya sino mía, ya sé que suena a la típica disculpa barata y muy socorrida para romper cualquier relación, cariño, no eres tú, soy yo, créeme, de verdad, que no sé qué me pasa pero ya no siento lo mismo que sentía antes… Suena muy falso y no cuela nunca, si acaso solo sirve para que a aquel que rompe se le quede la conciencia más tranquila pensando que así hace menos daño a la otra parte. No es mi caso, aunque suene igual de falso. No es el All Star, soy yo. No son ellos los que han cambiado… o mejor dicho, para no faltar a la verdad: ellos también han cambiado, que a poco que haga memoria recordaré en los ochenta y noventa (e incluso en los albores del tercer milenio de nuestra era) partidos de verdad (o que al menos lo parecían), conferencias que se juramentaban para no perder, jugadores que se echaban a su equipo a la espalda hasta más allá de lo razonable, entrenadores que en un momento dado ordenaban presionar en toda la pista para remontar un resultado… Claro que han cambiado, cómo no habrían de cambiar, es ley de vida; pero mucho, muchísimo menos de lo que he cambiado yo. Yo he alcanzado ya ese punto en el que soy capaz de encontrar infinitamente más espectáculo en cualquier partido de NCAA (repito, cualquiera) que en el Partido de las Estrellas de la NBA: imaginen hasta donde llega mi nivel de perversión.

Y sin embargo lo he intentado, año tras año sigo intentándolo, quizá porque en el fondo me duele en el alma que todo esto acabe así después de tanto tiempo. ¿Existirá aún alguna posibilidad por pequeña que sea de salvar lo nuestro? Y para comprobarlo me grabo el evento de los viernes (ese que debería ilusionarme, ese que me permite reencontrarme con las estrellas universitarias que admiraba hace apenas unos meses), me lo pongo a la mañana siguiente y cuando acabo no puedo evitar como una sensación de que he echado a perder un buen rato de mi vida (algo imperdonable dado que cada vez me quedan menos ratos, y menos vida); y hasta me grabo los concursos del sábado para empezar con ellos el domingo, y hasta puedo reconocer que acaso no fueran peores que los de antaño, al menos ya no nos encontramos a presuntos supermanes saliendo de cabinas telefónicas ni a pequeños antihéroes de verde cryptonita, algo hemos adelantado, ahora la parafernalia ya no va mucho más allá de docena y pico de azafatas haciendo pasillo. Nunca está de más recuperar las viejas esencias (que sí, que seré un purista, no hace falta que me lo repitan) aunque éstas signifiquen volver a ver un mate desde la línea de tiros libres, o volver a sentar a un tío ahí debajo para que te dé el balón (y no me vengan con que esta vez se trataba de Mark Eaton con sus 2,24, sentado ya podrán, el mérito habría sido ponerlo ahí de pie), o volver a ver a alguien machacando sobre un niño, reconozcámoslo, esto ya está un poco visto, lo verdaderamente innovador (si bien un tanto arriesgado) sería soltar el balón y machacar con el niño… No, no fueron peores los concursos de este año que los de antaño, ni el de mates ni aún menos el de triples… pero ello no significa que me sacaran siquiera un poquito de emoción.

Que no son ellos, que soy yo, ya se lo dije. Que créanme que hasta me grabo el partido de las estrellas propiamente dicho, ahí sigue convenientemente almacenado en mi iplús a la espera de que alguna de estas noches me encuentre con fuerzas suficientes para poder verlo, tiene mal pronóstico porque ya a la mañana siguiente me destriparon el emvipí (es decir, que me quitaron la única emoción que soy capaz de encontrarle a dicho evento) pero tiene mal pronóstico también porque sé que llegaré y me apetecerá más un  un Indiana-Purdue, un Duke-Maryland, un Kansas-Texas o hasta un Creighton-Evansville que un no-partido, y ello aunque algunos de los que lo no-jueguen se llamen Paul, Kobe, Durant o LeBron. Yo lo he intentado, ya ven que lo he intentado, sospecho que aún seguiré intentándolo (el hombre es el único animal que tropieza al menos una vez al año en la misma piedra) pero en el fondo sé que será inútil: algo muy profundo se ha roto ya para siempre en mi interior.

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Publicado febrero 24, 2013 por zaid en NBA

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2 Respuestas a “no son ellos, soy yo

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  1. Amen monsieur amen, yo este año me quede hasta las cinxo el dia de los concursos, como bien dices, quizas buscaba yo tb una adolescencia perdida, y llena de madrugadas con el amigo trecet, y esos pases increibles de magic, esos triples de bird, o hodges metiendo 19 seguidos en un concurso de ves a saber cuando.
    Para mi, la NBA en general, no es lo que o veia a las tantas de la madrugada, es mas, hace muchos años que la NBA no dire que me aburre, pero si, que no me entretiene, sera que como tu soy un purista, pero lo digo con orgullo, me gusta ver defender a muerte, y correr, y contraataques, y mas defensa, y que un tio salga de tres blocks para tirarae un triple…soy raro…soy purista

  2. Ya te he leído tu “trasnochada” en tu blog… Siempre digo lo mismo, no creo que haya otra competición en el mundo con una diferencia tan grande entre temporada regular y playoffs, que casi parecen dos deportes distintos. La intensidad de sus playoffs es insuperable, pero a cambio la intensidad de su temporada regular brilla casi siempre por su ausencia. Demasiados partidos y demasiado largos, demasiados minutos “al trantrán” para apretar si acaso un poco al final… Es su modelo, les va muy bien así y no soy yo quién para decir que deban cambiarlo. Pero sí es cierto que a estas alturas de temporada prefiero otros baloncestos… y no digamos ya en comparación con el all star.

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