Archivo para marzo 24, 2013

el bazar de las sorpresas   Leave a comment

Los impagables amigos de BasketAmericano.com (qué habría sido de mi seguimiento de la NCAA sin ellos) me pidieron un artículo que resumiera la temporada regular de baloncesto universitario, para incluirlo a modo de introducción en su imprescindible Guía de la March Madness. Este fue el resultado…

Cada año las temporadas se nos hacen más cortas, quizá del mismo modo en que las no-temporadas se nos hacen cada vez más largas. Cabría recurrir al tópico y decir aquello de que parece que fue ayer… Parece que fue ayer cuando mirábamos a Huskies y Spartans citarse en aquel inmenso hangar de una base aérea norteamericana en Alemania, por supuesto que perfectamente ataviados con sus trajes de camuflaje para la ocasión. Parece que hayan pasado apenas unas horas desde entonces y sin embargo hace ya más de cuatro meses, cuatro meses que se nos han escurrido de entre los dedos sin apenas darnos cuenta dejándonos si acaso como una inevitable sensación de que necesitaríamos días de 240 horas para que nos diera tiempo a disfrutar de todo aquello que la NCAA pone (no sin dificultades) a nuestra disposición. Sí, a estas horas la temporada regular 2012/2013 empieza a ser ya poco más que un lejano (y muy grato) recuerdo, quizá lo mejor que podamos hacer con ese recuerdo sea intentar ponerlo por escrito para evitar que se nos pierda…

Si me paro a pensarlo, la primera impresión que se me viene a la cabeza es la falta de hegemonía: no ha habido como otros años un equipo dominador, un puñado muy selecto de universidades alrededor del cual parecieran girar casi todas las demás. Ha habido un batiburrillo de equipos que parecían aspirar a lo más alto pero que en cuanto llegaban caían con estrépito para dejarle el puesto a otros que a su vez tardaban igual de poco en caer; hemos conocido por ahí arriba (tres, dos o uno) a Indiana, Michigan, Louisville, Syracuse, Kansas, Florida, Duke, Miami, ¡¡¡Gonzaga!!! (qué lejos quedan ya sus tiempos de cenicienta), todos ellos rondando y/o atrapando incluso el número 1 de la nación… ¿y total para qué? Louisville besó el santo y seguidamente perdió tres seguidos, Kansas tres cuartos de lo mismo (y hasta tuvo que ver cómo Oklahoma State le levantaba su sempiterna imbatibilidad local, y hasta fue a caer en un lugar tan improbable como Texas Christian), Duke se fue a lucir su flamante número 1 a Miami y allí sólo les faltó que les tiraran al mar, Indiana cada vez que lo tuvo fue a estrellarse ante equipos tan heterogéneos como Butler, Wisconsin, Minnesota u Ohio State, Syracuse en un momento dado empezó a perder y luego ya apenas supo encontrar la manera de dejar de hacerlo… Siempre habíamos sabido que un grande podía perder en casa de un (más o menos) pequeño, nunca habíamos imaginado que llegaríamos a un punto en el que lo raro sería que no lo hiciera. Siempre supimos que el baloncesto universitario era terreno abonado para las sorpresas, nunca imaginamos que llegaríamos a un punto en el que la verdadera sorpresa sería que no hubiera sorpresas. Esa frase tan socorrida entre el famoseo de que lo verdaderamente difícil no es llegar sino mantenerse nunca fue más cierta que en la actual NCAA.

Lo cual, por supuesto, no es algo negativo sino más bien al contrario: que la NCAA sea el bazar de las sorpresas (aún más si cabe) no hace sino aumentar (aún más si cabe) el atractivo de esta competición. Siempre supimos que la magia del Gran Baile era que (casi) cualquiera podía ganar a (casi) cualquiera pero hoy ya esa magia la llevamos puesta de serie desde la temporada regular. Es muy probable que este próximo Torneo Final registre el habitual chorro de resultados asombrosos en términos cuantitativos pero que éstos lo sean menos en términos cualitativos, porque hemos llegado a un punto en el que quedan ya muy pocas cosas que sean capaces de sorprendernos. Louisville ha sido proclamada merecidamente número 1 de la nación, pero como podrían haberlo sido Indiana, Gonzaga o Duke si esto hubiera echado el cierre hace un par de semanas o quién sabe si Kansas o Miami si esto hubiera durado aún un par de semanas más. Si cualquier año pronosticar la Final Four es casi como jugar a la lotería pues este año ya ni les cuento, este año es casi más un ejercicio de funambulismo, un más difícil todavía. Muy pocas competiciones habrá en el mundo más abiertas que el Torneo Final de la NCAA, y muy pocas ediciones de este Torneo Final habrá habido más abiertas que ésta de 2013. Qué más se puede pedir.

Esta temporada 2012/2013 quedará ya como el año de la confirmación de Trey Burke, Doug McDermott u Otto Porter, el año de la esperada eclosión de Ben McLemore, Anthony Bennett, Shabazz Muhammad o Marcus Smart (sobre todo ese Marcus Smart proclamado finalmente jefe supremo de la Big12), el año de la inesperada (al menos por mi parte) revelación de Nick Stauskas, Jahii Carson, Olivier Hanlan o incluso Ryan Arcidiacono. El año en que se nos (re)aparecieron Shane Larkin, Joe Harris, Nate Wolters o Rotnei Clarke, el año en que esperábamos a Cody Zeller y acabamos encontrándonos con Victor Oladipo, esperábamos a Kevin Pangos y acabamos encontrándonos con Kelly Olynyk. El año en que Butler fue más Butler que nunca sobreviviendo tantas veces sobre la bocina (lo padecieron Marquette, Indiana, Gonzaga), si un día se dijo que el último tiempo muerto siempre es de Dean Smith quizás ahora habrá que empezar a decir que el último segundo siempre es de Brad Stevens. El año en que Louisville y Notre Dame necesitaron cinco prórrogas para dirimir su diferencias en una inolvidable noche de sábado de mediados de febrero. El año en que Oklahoma State u Oregon se atrevieron a desafiar a los poderes establecidos en sus respectivas ligas, el año en que la Universidad de Miami (FL) no es ya que los desafiara sino que se comió con patatas a Duke, North Carolina y North Carolina State y aún le quedaron fuerzas para repetir hazaña en su Torneo de la ACC; el año (otro más) de Jim Larrañaga. El año de las mid-majors ilustradas, el año en que por supuesto Gonzaga pero también Creighton, Butler (cómo no), New Mexico, UNLV, VCU, Saint Louis o San Diego State dejaron de ser una presencia más o menos esporádica en el ranking para convertirse ya en algo sumamente habitual en nuestras vidas. El año de la Big10 por encima de cualquier otra conferencia, el año en que la A10 (gracias sobre todo a sus nuevas incorporaciones) presentó su candidatura a ser grande, la SEC se nos fue encogiendo y la Big East se nos empezó a descomponer; el año del cisma católico, aunque ésta ya será otra historia para hablar largo y tendido en apenas unos meses pero eso sí, con la seguridad de que la NCAA que nos encontraremos el próximo noviembre ya apenas se parecerá en nada a la que dejemos en abril.

Y las decepciones, también, cómo no habría de haberlas, aunque esto es algo muy subjetivo y lo mismo lo que me ha decepcionado a mí a usted no, o viceversa; pero yo les cuento las mías: Baylor, que con su flamante Isaiah Austin (el increíble hombre menguante) y su Pierre Jackson y demás familia parecía aspirar a comerse el mundo, y que al final no se comió ni siquiera un pedacito de Big12; UCLA, la irregularidad hecha equipo de baloncesto (aunque lo haya medio-arreglado al final): demasiado freshmen, demasiada responsabilidad, demasiado caos a comienzos de temporada, demasiadas deserciones tal vez; North Carolina State, que no es que haya estado mal pero que no ha acabado de hacer el cesto que se le presuponía a la vista de esos imponentes mimbres (nuevos y viejos) con que se presentaba; Texas, que encontró en lo de Kabongo la coartada perfecta para justificar su mediocre temporada; Kentucky, el vigente campeón Kentucky, sus pocas esperanzas de que esta promoción se pareciera mínimamente a las anteriores se acabaron esfumando con la dolorosa lesión de Nerlens Noel…

De esta temporada 2012/2013 recordaremos también cómo California no fue el mejor equipo de la Pac12 y sin embargo Allen Crabbe fue proclamado el mejor jugador de dicha conferencia; de la misma manera que lo fue el anotador compulsivo (a la par que presunto base) Erick Green en la ACC aunque Virginia Tech estuviera lejos de los puestos de cabeza, del mismo modo que lo fue Kentavious Caldwell-Pope en la SEC aunque Georgia ni oliera los primeros puestos siquiera. Decisiones tan extrañas como justas tratándose de premios individuales, que para lo colectivo ya están los títulos: de esta temporada 2012/2013 recordaremos cómo Miami, Oregon, Ole Miss, Gonzaga, Saint Louis o New Mexico reivindicaron de nuevo su gran año en el torneo de su conferencia, cómo Louiville o Kansas revalidaron su jerarquía en la Big East o la Big12, cómo en la Big10 Ohio State o Wisconsin se subieron a las barbas de los otrora archifavoritos Indiana, Michigan o Michigan State, cómo Syracuse, Florida o UCLA creyeron venirse arriba y  tan arriba se vieron que al final les entró el vértigo…

De esta temporada 2012/2013 recordaremos incluso, ya puestos, cómo la empezamos con la moda de los uniformes de camuflaje, la continuamos con la moda de los uniformes navideños (esos dorsales del mismo color que el resto de la camiseta, con la sana finalidad de que sólo puedan ser distinguidos al tacto) y la acabamos con la moda de los uniformes diseñados ex-profeso para la March Madness, esquijamas de manga corta por arriba y más camuflaje aún por abajo, viva el diseño y mueran la estética y el sentido común, al parecer. Sí, de esta temporada recordaremos unas cuantas cosas absurdas y unas pocas escenas desagradables pero también (y sobre todo) un montón de momentos felices: infinidad de canastones, de detalles técnicos y tácticos, de luchas sin cuartel, de aficiones animando al límite, de desenlaces sobre la bocina, de estudiantes invadiendo como locos la pista tras el sorpresón de turno. Infinidad de ¡¡¡unbelievable!!! o de ¡¡¡¿Are you kidding me?!!!, infinidad de momentos irrepetibles en sí mismos por más que se repitan temporada tras temporada. Ahora se ha acabado, ya lo sé, pero no lloremos por ello: primero porque esto no es para llevarnos disgustos (que para eso ya tenemos la vida cotidiana) y segundo porque (sospecho que ya se habrán dado cuenta) a partir de ahora llega lo mejor. Les dejo con ello.

Publicado marzo 24, 2013 por zaid en NCAA

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nada que perder   2 comments

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 19 de marzo de 2013)

Recapitulemos. Temporada 2010/2011, los Huskies de UConn ganan el título con una imponente pareja exterior formada por Kemba Walker y Jeremy Lamb, por detrás de los cuales emerge un interesantísimo base freshman llamado Shabazz Napier. Temporada 2011/2012, Kemba Walker se va a la NBA pero los Huskies mantienen una imponente pareja exterior formada esta vez por Lamb y Napier, por detrás de los cuales emerge un interesantísimo freshman llamado Ryan Boatright. Temporada 2012/2013, Jeremy Lamb se va a la NBA (o algo así) pero los Huskies mantienen una imponente pareja exterior formada esta vez por Napier y Boatright, por detrás de (más bien al lado de) los cuales emerge un interesantísimo freshman llamado Omar Calhoun… Visto así parecería que nada ha cambiado en lo esencial en la Universidad de Connecticut, que el tiempo sigue su curso y la vida transcurre allí plácidamente propiciando los lógicos relevos de manera completamente natural… Bueno, pues no. Quítenselo de la cabeza cuanto antes, porque nada más lejos de la realidad.

Y es que la NCAA, que es muy de poner sus ojos sobre las universidades a su cargo, puso sus ojos sobre Connecticut al parecer por la sencilla razón de que sus criaturas no se aplicaban lo suficiente, no hincaban los codos como es debido y como consecuencia de ello se resentían sus resultados académicos; puede parecer un tema menor (y probablemente lo sea) al lado de tantos otros escándalos como acostumbramos a encontrarnos en este baloncesto, ya saben, irregularidades en el reclutamiento, falsificación de notas, trapicheos varios, puede parecer en un principio que esto es menos importante pero se ve que la NCAA se ha puesto últimamente muy seria a este respecto, razón por la cual decidió que la sanción a UConn (y a otros nueve colleges de mucho menos peso específico en la competición) habría de ser ejemplar: un año entero, este 2012/2013, condenados a no disputar post-temporada, entendiendo por post-temporada no sólo el Torneo Final o el NIT sino también el torneo de su conferencia. Un negro panorama que propició (entre otras muchas cosas) la marcha del hombre que había regido sus destinos desde el banquillo durante casi tres décadas, Jim Calhoun. No nos engañemos, de no haber mediado todo este lío probablemente también se hubiera ido dada su edad y sus recurrentes problemas de salud, pero la perspectiva de esas sanciones sobre la universidad (y acaso también sobre sí mismo, de haberse quedado) seguramente fue lo que acabó de precipitar su decisión. Jim Calhoun dejaba huérfanos a unos Huskies que después de tantos años habrían de buscar entrenador en plena crisis, a ver dónde iban a encontrar a uno que estuviera dispuesto a comerse semejante marrón…

No tuvieron que ir muy lejos, de hecho no tuvieron ni que molestarse en mirar siquiera más allá del staff técnico de la propia universidad. Allí llevaba ya un par de años ejerciendo de asistente un tipo cuyo nombre no le resultará en absoluto desconocido, sobre todo si (aunque no tenga usted ni papa de NCAA) acostumbra a seguir siquiera medianamente la NBA: Kevin Ollie. Kevin Ollie que jugó (y estudió también, supongo) en Conncecticut de 1991 a 1995, que repartió luego su inquieta carrera profesional entre no menos de una docena de franquicias, que nunca brilló pero siempre cumplió con su cometido, que fue de esos jugadores mucho más apreciados por sus técnicos que por sus aficionados. Kevin Ollie colgó las botas en el verano de 2010 y ya en ese mismo momento ingresó en su alma máter a la vera de Calhoun, quién le iba a decir entonces que en apenas un par de temporadas se encontraría ya con esta oferta encima de la mesa. La aceptó, claro, hay propuestas a las que no puedes decir que no aún por negro que sea el panorama que se presente ante tus ojos. La aceptó acaso pensando en la que se le venía encima, si alguien le hubiera dicho entonces que apenas un par de meses más tarde estaría ya firmando una extensión de contrato por cinco años más probablemente ni se lo habría creído…

Y es que el panorama era desolador; a la marcha de Calhoun había que sumar (más bien sería al revés, ya que la marcha del técnico fue posterior) la de unos cuantos jugadores que estaban llamados a soportar el peso del equipo en las siguientes temporadas: lo de Andre Drummond al fin y al cabo se veía venir, ni dios dudaba de que lo suyo sería un one and done, a mí entonces me parecía una barbaridad (plenamente formado en lo físico, escasamente en lo técnico) pero a la vista de lo bien que le va en los Pistons habré de envainármela, con perdón. Lo que ya no se veía venir de ninguna manera, lo que no habría sucedido de ningún modo de no haber sido por las susodichas sanciones, fue lo que vino después: el pívot Alex Oriakhi (fundamental en el título de 2011) pidió el transfer y se marchó a Missouri, Roscoe Smith hizo lo propio y se buscó la vida en Nevada-Las Vegas, el aún suplente (pero que este año habría sido muy importante) Michael Bradley se fue a buscársela a Western Kentucky… Madre mía pero dónde me estoy metiendo, pensaría Kevin Ollie ante semejante situación. Al menos el retorno (contra pronóstico) de los exteriores Napier y Boatright vino a endulzarle mínimamente el panorama…

¿Mínimamente? Tengo para mí (que diría Paniagua) que Shabazz Napier y Ryan Boatright componen la pareja exterior de mayor talento puro de todo el baloncesto universitario. Es decir, no digo que no haya otras mejores en cuanto a sensatez, equilibrio, toma de decisiones o conocimiento del juego pero en lo que se refiere a (lo que solemos entender por) talento para jugar a esto no creo que haya otra que se le pueda comparar. Otra cosa ya es que sepas qué hacer con ese talento, claro. Napier hizo una magnífica temporada freshman en aquellos Huskies campeones 2010/2011 dando relevos de calidad a Kemba o Lamb, pero bastó la marcha de Kemba para que el Napier sophomore 2011/2012 dijera ésta es la mía y se creyera el ombligo del mundo. Estaba asilvestrado, tirándoselo casi todo, jugándose lo suyo y lo de los demás hasta el punto de que no es ya que no ayudara a su equipo sino que era manifiestamente contraproducente, todo ello a las (presuntas) órdenes de un Calhoun que parecía completamente superado por la situación, como si hubiera decidido dejarlo por imposible ante el convencimiento de que no había nada que hacer. Apenas unos meses después de que los Huskies de Kemba epataran al mundo los Huskies de Napier parecían haberse convertido en el coño de la Bernarda, con perdón. Y si esto era así con Calhoun, ¿cómo habría de ser (cabía preguntarse) en su año júnior, a las (presuntas) órdenes de un entrenador novato como Ollie?

Pues su año júnior contra todo pronóstico ha sido casi extraordinario. A ver, tampoco exageremos, sigue yendo de jugón por la vida pero créanme que ha estado mucho más domesticado, jugando para él pero también haciendo jugar a sus compañeros, poniendo su talento al servicio del grupo y no al revés. Créanme que yo desde la distancia no sé si es mérito suyo o de Ollie, me gustaría pensar que ha madurado y se ha dado finalmente cuenta de que en el plan que estaba no iba a llegar a ningún sitio, pero aún más me gustaría pensar que su nuevo técnico haya tenido algo (o mucho) que ver en todo este proceso. Meter a este tío en una dinámica de equipo me parece casi su mayor logro, aún por encima de los buenos resultados cosechados en esta difícil temporada. Y claro está, si a eso le sumas a Ryan Boatright a pleno rendimiento pues ya es como si juntaras a Zipi y Zape, una verdadera delicia, un placer para los sentidos. Y a su vera (para acabar de liarla) el freshman Omar Calhoun, un sujeto cuyo apellido no habrá pasado inadvertido al avispado lector… pero tampoco vayan a pensar lo que no es. Ya sé que no es un apellido muy corriente, ya sé que parece mucha casualidad que llegue un Calhoun al equipo justo cuando se va otro Calhoun después de un cuarto de siglo de estar allí entrenando, pero créanme que el uno y el otro no tienen absolutamente nada que ver. Y si lo tienen lo disimulan muy bien, dado que su color de piel no puede ser más diferente…

Probablemente ya habrá deducido usted a estas alturas que estamos ante un conjunto plenamente orientado al juego exterior no por gusto sino por necesidad, porque dicen que de donde no hay no se puede sacar. El quinteto titular lo completaban DeAndre Daniels y Tyler Olander, dos supuestos interiores con manifiesta tendencia (sobre todo el primero) a buscarse la vida por fuera en cuanto el juego lo permitía. Añádanle al eficaz sexto hombre Niels Giffey (alemán, pronúnciese Guifái) y ya está, y punto pelota, y pare usted de contar (es decir, alguno más había lógicamente, más que nada para completar la plantilla, pero que entrarían ya en el terreno de lo irrelevante). Y con todo y con eso han hecho un año más que decente, han acabado con 20 victorias y 10 derrotas (10-8 en su Conferencia), puede que no parezcan números como para tirar cohetes pero ya se habrían dado con un canto en los dientes (a riesgo de hacerse daño) si les hubieran dicho algo así antes de empezar la temporada. Quién lo habría imaginado cuando les vimos aparecer vestidos de camuflaje en aquella primera cita de Alemania ante Michigan State, acaso pudimos empezar a imaginarlo apenas un rato después viendo marcharse a aquellos Spartans con el rabo entre las piernas, viendo como su base Appling era incapaz de encontrar la manera de parar a Napier…

Aunque parezca lo contrario (y lo sea), los Huskies han jugado con ventaja. Los Huskies han jugado todo el año como si no tuvieran nada que ganar, por la sencilla razón de que tampoco tenían nada que perder. Algo que puede resultar negativo en términos de motivación pero que también puede resultar muy positivo en términos de presión. Los Huskies jugaron y ganaron su último partido del año (contra Providence) el pasado sábado 9 de marzo, hoy casi todos los demás equipos de la nación están aún pringados en sus respectivos torneos de conferencia y sin embargo UConn está ya de vacaciones o para ser más preciso, está ya (supuestamente) en otras actividades académicas que nada tienen que ver con el baloncesto. Castigados, viendo el Torneo de la Big East por televisión más o menos igual que verán el Gran Baile, el NIT, etc. Y ya sé que me dirán que no tiene mucho sentido soltar ahora esta entrada acerca de una universidad a la que ya no podremos ver jugar, por supuesto que sí, tienen ustedes toda la razón del mundo, entono el mea culpa, este rollo debería haber sido escrito mucho antes. Pero aunque ya sea demasiado tarde me ha parecido que era de justicia rendir este pequeño homenaje a un equipo que hizo de tripas corazón (por qué se dirá esto), plantó cara a la adversidad y jugó todo el año como si en verdad tuviera algo por lo que jugar. Dicho queda.

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