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(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 19 de marzo de 2013)

Recapitulemos. Temporada 2010/2011, los Huskies de UConn ganan el título con una imponente pareja exterior formada por Kemba Walker y Jeremy Lamb, por detrás de los cuales emerge un interesantísimo base freshman llamado Shabazz Napier. Temporada 2011/2012, Kemba Walker se va a la NBA pero los Huskies mantienen una imponente pareja exterior formada esta vez por Lamb y Napier, por detrás de los cuales emerge un interesantísimo freshman llamado Ryan Boatright. Temporada 2012/2013, Jeremy Lamb se va a la NBA (o algo así) pero los Huskies mantienen una imponente pareja exterior formada esta vez por Napier y Boatright, por detrás de (más bien al lado de) los cuales emerge un interesantísimo freshman llamado Omar Calhoun… Visto así parecería que nada ha cambiado en lo esencial en la Universidad de Connecticut, que el tiempo sigue su curso y la vida transcurre allí plácidamente propiciando los lógicos relevos de manera completamente natural… Bueno, pues no. Quítenselo de la cabeza cuanto antes, porque nada más lejos de la realidad.

Y es que la NCAA, que es muy de poner sus ojos sobre las universidades a su cargo, puso sus ojos sobre Connecticut al parecer por la sencilla razón de que sus criaturas no se aplicaban lo suficiente, no hincaban los codos como es debido y como consecuencia de ello se resentían sus resultados académicos; puede parecer un tema menor (y probablemente lo sea) al lado de tantos otros escándalos como acostumbramos a encontrarnos en este baloncesto, ya saben, irregularidades en el reclutamiento, falsificación de notas, trapicheos varios, puede parecer en un principio que esto es menos importante pero se ve que la NCAA se ha puesto últimamente muy seria a este respecto, razón por la cual decidió que la sanción a UConn (y a otros nueve colleges de mucho menos peso específico en la competición) habría de ser ejemplar: un año entero, este 2012/2013, condenados a no disputar post-temporada, entendiendo por post-temporada no sólo el Torneo Final o el NIT sino también el torneo de su conferencia. Un negro panorama que propició (entre otras muchas cosas) la marcha del hombre que había regido sus destinos desde el banquillo durante casi tres décadas, Jim Calhoun. No nos engañemos, de no haber mediado todo este lío probablemente también se hubiera ido dada su edad y sus recurrentes problemas de salud, pero la perspectiva de esas sanciones sobre la universidad (y acaso también sobre sí mismo, de haberse quedado) seguramente fue lo que acabó de precipitar su decisión. Jim Calhoun dejaba huérfanos a unos Huskies que después de tantos años habrían de buscar entrenador en plena crisis, a ver dónde iban a encontrar a uno que estuviera dispuesto a comerse semejante marrón…

No tuvieron que ir muy lejos, de hecho no tuvieron ni que molestarse en mirar siquiera más allá del staff técnico de la propia universidad. Allí llevaba ya un par de años ejerciendo de asistente un tipo cuyo nombre no le resultará en absoluto desconocido, sobre todo si (aunque no tenga usted ni papa de NCAA) acostumbra a seguir siquiera medianamente la NBA: Kevin Ollie. Kevin Ollie que jugó (y estudió también, supongo) en Conncecticut de 1991 a 1995, que repartió luego su inquieta carrera profesional entre no menos de una docena de franquicias, que nunca brilló pero siempre cumplió con su cometido, que fue de esos jugadores mucho más apreciados por sus técnicos que por sus aficionados. Kevin Ollie colgó las botas en el verano de 2010 y ya en ese mismo momento ingresó en su alma máter a la vera de Calhoun, quién le iba a decir entonces que en apenas un par de temporadas se encontraría ya con esta oferta encima de la mesa. La aceptó, claro, hay propuestas a las que no puedes decir que no aún por negro que sea el panorama que se presente ante tus ojos. La aceptó acaso pensando en la que se le venía encima, si alguien le hubiera dicho entonces que apenas un par de meses más tarde estaría ya firmando una extensión de contrato por cinco años más probablemente ni se lo habría creído…

Y es que el panorama era desolador; a la marcha de Calhoun había que sumar (más bien sería al revés, ya que la marcha del técnico fue posterior) la de unos cuantos jugadores que estaban llamados a soportar el peso del equipo en las siguientes temporadas: lo de Andre Drummond al fin y al cabo se veía venir, ni dios dudaba de que lo suyo sería un one and done, a mí entonces me parecía una barbaridad (plenamente formado en lo físico, escasamente en lo técnico) pero a la vista de lo bien que le va en los Pistons habré de envainármela, con perdón. Lo que ya no se veía venir de ninguna manera, lo que no habría sucedido de ningún modo de no haber sido por las susodichas sanciones, fue lo que vino después: el pívot Alex Oriakhi (fundamental en el título de 2011) pidió el transfer y se marchó a Missouri, Roscoe Smith hizo lo propio y se buscó la vida en Nevada-Las Vegas, el aún suplente (pero que este año habría sido muy importante) Michael Bradley se fue a buscársela a Western Kentucky… Madre mía pero dónde me estoy metiendo, pensaría Kevin Ollie ante semejante situación. Al menos el retorno (contra pronóstico) de los exteriores Napier y Boatright vino a endulzarle mínimamente el panorama…

¿Mínimamente? Tengo para mí (que diría Paniagua) que Shabazz Napier y Ryan Boatright componen la pareja exterior de mayor talento puro de todo el baloncesto universitario. Es decir, no digo que no haya otras mejores en cuanto a sensatez, equilibrio, toma de decisiones o conocimiento del juego pero en lo que se refiere a (lo que solemos entender por) talento para jugar a esto no creo que haya otra que se le pueda comparar. Otra cosa ya es que sepas qué hacer con ese talento, claro. Napier hizo una magnífica temporada freshman en aquellos Huskies campeones 2010/2011 dando relevos de calidad a Kemba o Lamb, pero bastó la marcha de Kemba para que el Napier sophomore 2011/2012 dijera ésta es la mía y se creyera el ombligo del mundo. Estaba asilvestrado, tirándoselo casi todo, jugándose lo suyo y lo de los demás hasta el punto de que no es ya que no ayudara a su equipo sino que era manifiestamente contraproducente, todo ello a las (presuntas) órdenes de un Calhoun que parecía completamente superado por la situación, como si hubiera decidido dejarlo por imposible ante el convencimiento de que no había nada que hacer. Apenas unos meses después de que los Huskies de Kemba epataran al mundo los Huskies de Napier parecían haberse convertido en el coño de la Bernarda, con perdón. Y si esto era así con Calhoun, ¿cómo habría de ser (cabía preguntarse) en su año júnior, a las (presuntas) órdenes de un entrenador novato como Ollie?

Pues su año júnior contra todo pronóstico ha sido casi extraordinario. A ver, tampoco exageremos, sigue yendo de jugón por la vida pero créanme que ha estado mucho más domesticado, jugando para él pero también haciendo jugar a sus compañeros, poniendo su talento al servicio del grupo y no al revés. Créanme que yo desde la distancia no sé si es mérito suyo o de Ollie, me gustaría pensar que ha madurado y se ha dado finalmente cuenta de que en el plan que estaba no iba a llegar a ningún sitio, pero aún más me gustaría pensar que su nuevo técnico haya tenido algo (o mucho) que ver en todo este proceso. Meter a este tío en una dinámica de equipo me parece casi su mayor logro, aún por encima de los buenos resultados cosechados en esta difícil temporada. Y claro está, si a eso le sumas a Ryan Boatright a pleno rendimiento pues ya es como si juntaras a Zipi y Zape, una verdadera delicia, un placer para los sentidos. Y a su vera (para acabar de liarla) el freshman Omar Calhoun, un sujeto cuyo apellido no habrá pasado inadvertido al avispado lector… pero tampoco vayan a pensar lo que no es. Ya sé que no es un apellido muy corriente, ya sé que parece mucha casualidad que llegue un Calhoun al equipo justo cuando se va otro Calhoun después de un cuarto de siglo de estar allí entrenando, pero créanme que el uno y el otro no tienen absolutamente nada que ver. Y si lo tienen lo disimulan muy bien, dado que su color de piel no puede ser más diferente…

Probablemente ya habrá deducido usted a estas alturas que estamos ante un conjunto plenamente orientado al juego exterior no por gusto sino por necesidad, porque dicen que de donde no hay no se puede sacar. El quinteto titular lo completaban DeAndre Daniels y Tyler Olander, dos supuestos interiores con manifiesta tendencia (sobre todo el primero) a buscarse la vida por fuera en cuanto el juego lo permitía. Añádanle al eficaz sexto hombre Niels Giffey (alemán, pronúnciese Guifái) y ya está, y punto pelota, y pare usted de contar (es decir, alguno más había lógicamente, más que nada para completar la plantilla, pero que entrarían ya en el terreno de lo irrelevante). Y con todo y con eso han hecho un año más que decente, han acabado con 20 victorias y 10 derrotas (10-8 en su Conferencia), puede que no parezcan números como para tirar cohetes pero ya se habrían dado con un canto en los dientes (a riesgo de hacerse daño) si les hubieran dicho algo así antes de empezar la temporada. Quién lo habría imaginado cuando les vimos aparecer vestidos de camuflaje en aquella primera cita de Alemania ante Michigan State, acaso pudimos empezar a imaginarlo apenas un rato después viendo marcharse a aquellos Spartans con el rabo entre las piernas, viendo como su base Appling era incapaz de encontrar la manera de parar a Napier…

Aunque parezca lo contrario (y lo sea), los Huskies han jugado con ventaja. Los Huskies han jugado todo el año como si no tuvieran nada que ganar, por la sencilla razón de que tampoco tenían nada que perder. Algo que puede resultar negativo en términos de motivación pero que también puede resultar muy positivo en términos de presión. Los Huskies jugaron y ganaron su último partido del año (contra Providence) el pasado sábado 9 de marzo, hoy casi todos los demás equipos de la nación están aún pringados en sus respectivos torneos de conferencia y sin embargo UConn está ya de vacaciones o para ser más preciso, está ya (supuestamente) en otras actividades académicas que nada tienen que ver con el baloncesto. Castigados, viendo el Torneo de la Big East por televisión más o menos igual que verán el Gran Baile, el NIT, etc. Y ya sé que me dirán que no tiene mucho sentido soltar ahora esta entrada acerca de una universidad a la que ya no podremos ver jugar, por supuesto que sí, tienen ustedes toda la razón del mundo, entono el mea culpa, este rollo debería haber sido escrito mucho antes. Pero aunque ya sea demasiado tarde me ha parecido que era de justicia rendir este pequeño homenaje a un equipo que hizo de tripas corazón (por qué se dirá esto), plantó cara a la adversidad y jugó todo el año como si en verdad tuviera algo por lo que jugar. Dicho queda.

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