Archivo para abril 2013

palabras mágicas   3 comments

¿Sabían que hay palabras mágicas? Ya, ya sé que a ustedes como a mí les explicaron hace muchos años que la magia no existe, que no sucede lo sobrenatural ni tan siquiera lo paranormal, que todo eso no es más que mera ilusión. Y sin embargo… Piensen por ejemplo en la palabra Madrid: por sí sola no significa nada más allá de lo evidente, una hermosa ciudad (es la mía luego habrá de parecerme hermosa, casi por definición) llena de humos, ruidos y atascos, cuyo nombre coincide casualmente con el de una de las instituciones deportivas más reales y representativas de dicha ciudad; o piensen por ejemplo en la palabra Barça, que identifica plenamente a (mes que) un club de honda raigambre y alcurnia que ha paseado y pasea el nombre de su Ciutat Condal por el universo entero. Meta usted Madrid en cualquier conversación y no pasará nada, escriba usted Barça en cualquier texto y tampoco se producirá ninguna reacción química ni cualquier otra alteración de ninguna otra índole. Ambas por sí solas son completamente inocuas, pero… pruebe a juntarlas, da igual el orden, si acaso separadas por una mínima pausa, un espacio, un simple guión; pruebe a decir Madrid-Barça, pruebe a poner Barça-Madrid y de inmediato sucederá como en esas películas de aventuras en las que se tienen que unir varios trozos de un anillo para que se abran los muros del templo (por ejemplo), pues aquí igual, la mera mención de esas dos palabras mágicas, una detrás de la otra o la otra detrás de la una, hará desencadenarse los sucesos más asombrosos que imaginarse puedan…

Podría poner miles (qué digo miles, millones) de ejemplos relacionados con el mundo del fútbol, pero éste todavía es (o intenta ser) un blog de baloncesto así que me ceñiré a lo mío. Y podría incluso retrotraerme a mi infancia (y miren que queda lejos mi infancia) pero tampoco lo haré, no teman, tan solo viajaré apenas unos meses hacia atrás. Por ejemplo a junio del pasado año, Final ACB: si cualquiera de nuestras palabras mágicas hubiera llegado allí por separado para emparejarse con cualquier otra palabra aséptica, pongamos Baskonia, Valencia, Bilbao, Unicaja, la que ustedes quieran, pues no habría sucedido nada, la vida habría seguido su curso y el mundo no habría dejado de girar. Pero sucedió que el destino quiso juntarlas, Barça-Madrid, final ACB, oh prodigio, oh maravilla, se abrieron los cielos, se alteró el curso de los acontecimientos, se cambiaron horarios y programaciones, de las ocho de la tarde a las diez de la noche, de las catacumbas de Teledeporte al más privilegiado prime time del primer canal por antonomasia de todo nuestro espectro televisivo, de repente el país entero puesto del revés, es lo que tiene el unir esos dos términos prodigiosos. Pero esperen, repriman su asombro que todavía no han visto nada…

Porque ya saben que no hay nada más mágico que la Navidad, esas fechas entrañables (me revuelven las entrañas, debe ser por eso) repletas de fantasía e ilusión. Y en Navidad siempre acuden puntuales a nuestro paso las más acendradas tradiciones, el belén, el turrón, el mazapán, la lotería, la paga-extra (a extinguir), las cenas hasta reventar, las uvas, los regalos, la cabalgata de Reyes, las muñecas de Famosa, la cuesta de enero, el Barça-Madrid… Sí, es bien sabido que el calendario de Liga se establece por sorteo, cómo habría de establecerse si no, en qué cabeza cabe cualquier otra posibilidad; pero fíjense ustedes qué casualidad, que es emparejarse la bola del Barça con la del Madrid (ha de ser cuestión de bolas, sin duda) y que de inmediato ese emparejamiento, que bien podría caer en octubre o en noviembre como tantos otros, por arte de birlibirloque vaya siempre a parar a estas entrañables fechas. Puede ser un 29 de diciembre o puede ser un 3 de enero pero da igual, nunca falla. Durante varias décadas tuvimos el Torneo de Navidad, desde hace años tenemos los emblemáticos partidos NBA del día de Navidad y ahora también la ACB nos trae puntualmente el Clásico por Navidad. Ha de ser cosa de magia, sin duda.

Como mágico fue el hecho de que en dicho partido navideño distinguiéramos con nitidez no sólo a los jugadores (que hasta ahí llegamos, más o menos) sino incluso a los espectadores que poblaban las primeras filas. Sí, no me pongan esa cara de asombro, nos pasamos el año entero viendo partidos en TVE1, así en los tiempos de la tarde como en los (más recientes) de la mañana, así se trate de Barça-Baskonia, Madrid-Unicaja, Bilbao-Valencia, los que ustedes quieran, los vemos con mucho grano como los hemos visto toda la vida de dios pero de vez en cuando nos pica la curiosidad, mira tú que si lo estuvieran dando en alta definición, así que con la ingenuidad que nos caracteriza pulsamos el mando a distancia y nos asomamos a esa extraña cosa que todavía llaman TVE-HD Emisión en Pruebas (soy consciente de que nunca llegaré a conocerles otra emisión que no sea en pruebas, de hecho es más que probable que los nietos de mis nietos tampoco lleguen jamás a conocerla), total para comprobar que efectivamente están poniendo Cuéntame como pasó, Águila Roja o Los Misterios de Laura, no falla, siempre es una de estas tres series o algún documental ignoto, cualquier cosa menos la ACB… salvo que se trate del Barça-Madrid, oh prodigio, oh maravilla, entonces sí, faltaría más, lo que haga falta, por supuesto en HD y porque no tenemos 3D que si no también se lo daríamos y hasta les regalaríamos las gafas para la ocasión. Será por magia.

Y por si todo lo anterior no les hubiera parecido suficiente quédense al menos con lo que sucedió este pasado domingo. Antes de nada les pondré en antecedentes, dado que si no viven en esta Comunidad no tienen por qué saber que su televisión pública, por otro nombre Telemadrid, emprendió hace meses una especie de plan de ajuste o plan de reestructuración o plan de preexternalización o plan de nosequeleches, con consecuencias más o menos graves según los casos: entre las más graves estaría el hecho de que tres cuartas partes de sus trabajadores fueran puestos en la calle (ERE lo llaman, precioso eufemismo), entre las menos graves estaría el hecho de que decidieran desprenderse de todos sus derechos deportivos para ahorrar costes. Y la ACB fue la primera en caer, faltaría más, en tiempos de economía de guerra pocas cosas hay más prescindibles que el baloncesto, hasta ahí podíamos llegar, de tal manera que a los ciudadanos de esta Comunidad, que hasta hace apenas unos meses aún podíamos ver tres o cuatro partidos a la semana con sólo encender el televisor (el cuarto por satélite a través de Andalucía TV, otra que tal), hoy ya sólo nos queda el partido de TVE1 y/o Teledeporte, para todo lo demás nos hemos de encomendar a Orange Arena que es como jugárnosla a la lotería, a ver si esa semana por un casual le tocara funcionar. Y una vez puestos en antecedentes retomo nuevamente el hilo original…

Porque sabrán que este pasado domingo hubo Madrid-Barça, otra vez las dos palabras juntas, probablemente la ACB habría preferido que fuera también en navidades como el primero pero será que sus poderes no dan para tanto, que una cosa es la magia y otra ya el abuso. Pero no teman porque una vez más el clásico en cuestión vino acompañado por algo absolutamente prodigioso, incomparable, irrepetible (al menos hasta que se vuelva a repetir) como es el hecho de que fuera emitido por Telemadrid. Sí, han leído bien, Telemadrid, esa misma Telemadrid que se sacó de encima el baloncesto a la par que se sacaba de encima a la inmensa mayoría de su plantilla, esa misma que al parecer aún existe (este mismo domingo pudimos comprobarlo) aunque para muchos madrileños (entre los que me incluyo) ya es como si no existiera, esa misma perdió el culo por decirle a la ACB que ellos también querían dar el Madrid-Barça (o acaso fuera la ACB la que perdió el culo porque lo dieran para aminorar así el impacto de que no se viera en TVE, lo mismo me da que me da lo mismo). No me consta que lo perdieran hace una semana para dar por ejemplo el Fuenla-Estu, hasta ahí podíamos llegar, esos son equipos de pobres, no tienen ni encanto ni magia ni lo hay que tener; como tampoco me consta que lo perdieran (seamos justos) por cualquiera de los múltiples partidos del Madrid ofrecidos por las Autonómicas en estos últimos meses. No, fue una vez más el efecto de unir las dos palabras mágicas, junte usted Madrid y Barça y de repente como por ensalmo (signifique lo que signifique ensalmo) la televisión pública madrileña recuperará el poder de ofrecer baloncesto, de repente será como si nunca lo hubiera perdido, como si aún tuviera medios técnicos y humanos para producirlo y no tuviera que llamar pidiendo socorro a TV3, como si aún estuviera allí Antonio Martín para ejercer de presunto analista (¿para esto sí hay dinero?), lo de Felipe Galán en la narración y Antonio Vaquerizo a piedepista ya lo tenían más difícil porque sospecho que debieron estar entre los defenestrados por el ERE, tantos años contándonos (mejor o peor) nuestro deporte para al final acabar así, mandagüevos; así que de la narración se encargó un tal Alfonso, no es que yo le conozca sino que sospecho que se llamará así porque en una ocasión Antonio Martín se dirigió a él por ese nombre, parece una razón de peso, buena gana de llamarle Alfonso si se llamara por ejemplo Eduardo, pero vamos que tampoco es que esté yo muy seguro, que en tratándose de un Madrid-Barça cualquier hecho asombroso me parece perfectamente plausible, hasta que se tratara de un narrador virtual surgido de la nada como por arte de magia y creado ex profeso para la ocasión. Cualquier cosa.

Pensarán que ya lo han visto todo pero créanme que no, que aún nos quedarán por ver cosas todavía más asombrosas si cabe. En apenas unos días Barça y Madrid, Madrid y Barça tanto monta monta tanto, se darán cita en la Final Four de la Euroliga, evento supremo del baloncesto europeo que en estos pasados años apenas mereció una atención tangencial así la jugara el Barça o incluso en cierta ocasión el Madrid, pero que este año no es ya que la juegue el uno o el otro sino los dos, cara a cara, frente a frente, viernes 10 a las nueve de la noche en el O2 Arena de Londres, hecho más que suficiente para que los medios se vuelquen, para que la prensa deportiva enloquezca y hasta se olvide del fútbol por un par de horas (no más, tampoco hay que pasarse), para que las radios emitan carruseles a tal efecto y hasta la misma tele que tanto y tan a menudo pasa de nuestro deporte monte un despliegue crepuscular para la ocasión y se entregue en cuerpo y alma a su cobertura como si no hubiera un mañana… Es así, asumámoslo, si Madrid y Barça montaran equipo de petanca o de colombofilia estas especialidades deportivas tendrían más o menos la misma cobertura mediática que tienen hoy (cero) pero eso sí, el día que se enfrentaran, ¡¡¡ay el día que se enfrentaran!!! (¿habrá enfrentamientos directos en colombofilia? Es más, ¿habrá liga nacional de colombofilia incluso?), ese día se desataría la rivalidad, se acapararía la atención mediática, no se hablaría ya en nuestra piel de toro de otra cosa que no fuera la petanca o la colombofilia, a elegir. Nada une más y al mismo tiempo nada divide más a los ciudadanos de este país que un Madrid-Barça, nada provoca tanta atracción y al mismo tiempo nada genera tanto rechazo, hasta el punto de que ambas, atracción y rechazo, pueden llegar a manifestarse incluso en las mismas personas y a la misma vez… Ni que decir tiene que esa extraña cualidad, provocar al mismo tiempo un efecto y el contrario, también ha de ser necesariamente cosa de magia. Como para no creer en ella, a estas alturas.

Publicado abril 29, 2013 por zaid en ACB

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la elección de Pitino   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 15 de abril de 2013)

En el otoño de 1987 descubrimos América. La descubrimos poco a poco, de hecho la íbamos descubriendo cada fin de semana, Trecet nos llevaba cerca de las estrellas y nosotros las devorábamos con ansia viva cada viernes o sábado, tal era nuestro afán por disfrutar de aquella maravillosa novedad. Uno de aquellos días tocó Knicks, tocó aquella mítica institución que tantas veces habíamos oído mencionar en tantas y tantas películas (tengo entradas para los Knicks, frase recurrente), tocó aquel no menos mítico Madison Square Garden del que tanto habíamos oído y desde el que tan pocas cosas habíamos visto. En aquellos Knicks nos reencontramos con un Pat Ewing que estaba casi igual que cuando le conocimos tres años antes allá por Los Ángeles 84, en aquellos Knicks descubrimos a un base rookie llamado Mark Jackson que tiraba que se las pelaba desde más allá de la línea de tres puntos, en aquellos Knicks vimos por primera vez a un técnico no menos rookie, un tipo insospechado que por edad (no tanto por estatura) aún podía pasar perfectamente por jugador, un yupie que por su aspecto más bien parecía que se hubiera escapado de Wall Street para reciclarse dirigiendo al más emblemático equipo de la Gran Manzana. Dinámico, energético, transmitía ese mismo dinamismo y esa misma energía a sus jugadores y de paso contagiaba a todos a su alrededor. Tenía buena pinta aquel tipo, parecía que podría hacer carrera en esto (no imaginábamos cuánta) y eso que aquel absurdo apellido italiano (que a nosotros nos sonaba como a diminutivo de pito) no le ayudaba en absoluto…

Claro está, aún no conocíamos nada más de él, no se me sorprenda, piense que en aquel entonces no existía Internet (o acaso sí existiera, pero como si no) y que las diversas revistas de baloncesto que pululaban por nuestros kioscos sólo caían en mis manos de pascuas a ramos ya que mi exiguo poder adquisitivo no me permitía otra cosa. Todavía no sabíamos que había llegado a Nueva York desde Providence, que había metido a los Friars en Final Four, que años antes había metido a la modesta (en términos estrictamente baloncestísticos) Universidad de Boston  en el Torneo, que aún antes de todo aquello había sido asistente en Syracuse, recuerden, el primero que fichó Boeheim para sus Orange(men) en aquel verano de 1976. No, aún no conocíamos entonces aquella merienda campestre (o lo que fuera) que nos contaron muchos años más tarde y que yo les conté hace unos meses, Boeheim, Pitino y sus respectivas cónyuges, sus planes de futuro, Boeheim diciendo que ya tenía el trabajo que quería en donde siempre lo había soñado, que allí era feliz y no aspiraba a casi nada más, Pitino incapaz de entenderlo, su ambición dándose de patadas con la apacible manera de entender la vida que tenía su jefe. Hoy, más de tres décadas y media después, sabemos que ambos respetaron escrupulosamente a lo largo de su vida aquella declaración de intenciones.

La ambición llevó a Pitino de Syracuse a Boston (University), de ahí a Providence y de ahí a Nueva York, allí le descubrimos (Trecet mediante) aquella madrugada de 1987, quién nos iba a decir entonces que más de un cuarto de siglo más tarde aún le tendríamos bien presente en nuestras vidas. Aquello de los Knicks se acabó un par de años después, y aunque me avergüence habré de confesarles que no sé demasiado bien por qué: no sé si pensó que aquello de la NBA no era para él (años más tarde volvería a cambiar de opinión), no sé si fueron los Knicks los que le retiraron la confianza, no sé si fue la irrupción de Kentucky la que lo cambió todo. El reto era precioso, desde luego: reflotar uno de los más grandes programas (en términos de baloncesto) de la nación, venido a menos en los últimos tiempos porque las irregularidades de reclutamiento durante la etapa de Eddie Sutton lo habían dejado muy tocado, sanciones NCAA incluidas. El reto era precioso y venía además aderezado con un cuantioso número de ceros a mano derecha para ayudarle a tomar su decisión. La ocasión la pintan calva (¿por qué se dirá esto?) debió pensar Pitino, que cambió de inmediato la populosa Nueva York por la apacible Lexington y el Madison Square Garden por el Rupp Arena. No era un paso atrás, en absoluto, a pesar de lo que aquí nos pudiera parecer.

Quedó así inaugurada la mejor etapa de su carrera, en mi opinión. Venían de la nada y apenas un año después ya todo dios hablaba de ellos, hasta en nuestros medios de información general de aquella época (El País, en mi caso) no era difícil encontrar alguna referencia puntual de aquellos Bombinos Pitinos, llamados así por su propensión a tirar de tres. Ese era uno de sus sellos de identidad, junto con el ritmo altísimo y (sobre todo) una defensa asfixiante, extenuante, salpicada a ratos con esa presión en toda la pista que a menudo lograba poner el partido entero del revés. Ya se quedaron a un palmo (a un triple imposible de Laettner, más bien) de la gloria en 1992, entonces aún no podíamos verlo (saben que nunca fue muy fácil ver NCAA en este país) pero tampoco tardaríamos mucho, Final Four de 1993, la primera que dio el Plus, acaso una de las más espectaculares por el nivel de sus contendientes que recordarse puedan: North Carolina, Kansas, Michigan y Kentucky, ahí es nada, de nuevo los Wildcats (casi) en la cima. Aquellos Jamal Mashburn, Travis Ford y demás familia nada pudieron (aunque no estuvieron lejos) ante Webber, Rose, Howard y demás Fab Five de Michigan pero la semilla ya estaba echada, el tallo era fuerte y sólo era cuestión de esperar a que acabara de crecer.

Acabó en 1996: Antoine Walker, Walter McCarthy, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk, calidad por arrobas, físico impresionante, defensa asfixiante, cuando se ponían a presionar no había rival al que no se le apagara la luz. Ganaron la Final a Syracuse, cortaron las redes y fue sólo el principio de un trienio mágico, tres años consecutivos jugando la Final, no habrá muchos equipos que puedan decir lo mismo en estas últimas décadas. En 1997 parecían predestinados a revalidar el título pero hete aquí que se cruzaron en su camino otros Wildcats, la Arizona de Lute Olson (y Mike Bibby, Miles Simon, Jason Terry) en una Final inolvidable. Y en 1998 presentaron un equipo infinitamente menor, un equipo que apenas nada tenía ya que ver con aquel de 1996 pero que sin embargo acabó alzándose de nuevo con el título, acaso fuera por pura inercia, por pura herencia del trabajo realizado durante todos estos años; aquel seguía siendo un baloncesto perfectamente reconocible, cualquiera que lo mirara podía ver tras aquel equipo la mano de Pitino… lo cual no dejaba de tener su mérito, dado que hacía ya un tiempo que Pitino no paraba por allí. 

Pitino estaba en Boston, llevaba ya unos cuantos meses afrontando otro reto aún mayor que el que aceptó cuando se hizo cargo de los Wildcats: reflotar a los Celtics. Una vez más un desafío a la medida de su ambición, un contrato lleno de ceros a la derecha (ya hubiera querido por ejemplo Phil Jackson cobrar una cifra siquiera medianamente parecida durante sus tiempos en Chicago), una oferta que ningún ser humano en su sano juicio podría rechazar. Y dicho y hecho, y todos esos aficionados célticos que llevaban ya una década instalados en la depresión recuperaron de repente la ilusión, volvieron a ser felices, pensaron que con Pitino la NBA volvería a ser verde, sólo era cuestión de tiempo… Efectivamente, sólo fue cuestión de tiempo que se estamparan de bruces contra la cruda realidad. Pitino el primero.

Creo que fue más o menos por aquellas fechas, entre la cresta de la ola de Kentucky y sus todavía prometedores comienzos en Boston, cuando el polifacético Pitino aprovechó el tirón para escribir un libro que no era tanto un libro de baloncesto como uno de esos manuales motivacionales de autoayuda que tanto gustan por aquellos pagos. Nunca lo vi ni lo hojeé ni lo tuve en mis manos siquiera pero tampoco es que haga mucha falta porque el título es de esos que lo dicen todo, una declaración de intenciones en toda regla: success is a choice o lo que viene a ser lo mismo, el éxito es una elección. Ya saben, aquella típica filosofía de que tienes lo que te mereces, hard work pays off, el trabajo duro siempre se recompensa, serás lo que quieras ser, cualquier sueño estará a tu alcance si luchas al máximo para alcanzarlo, etc. La cultura del esfuerzo, que diría Roig. Ojalá fuera todo tan fácil. No niego que las probabilidades de tener éxito en esta vida (quizá habría que empezar por definir qué es tener éxito) serán mucho mayores cuanto más trabajes para conseguirlo, no lo niego más que nada por la pura coherencia de estar diciéndole a mi hijo que estudie cada dos por tres, no lo niego ni siquiera aunque la realidad de mi país se empeñe en desmentírmelo día tras día. Pero al éxito y al fracaso apenas los separa una finísima línea, cuántos supremos esfuerzos que merecieron triunfar se fueron al limbo, no porque faltara trabajo sino por cualquier otra circunstancia, por no haber sabido estar en el momento justo en el sitio adecuado. Y el mejor ejemplo es el propio Pitino: no creo que su tesón y dedicación fueran menores en Boston de lo que lo fueron en Kentucky, más bien al contrario. ¿El éxito es una elección? De ser así cagarla también sería una elección. Y tan simplista sería lo uno como lo otro.

Pitino quizá comprendió tarde que la NBA no es la NCAA, que a ambas las separan mucho más que un par de siglas. En NCAA puedes valerte de tu prestigio y el de tu universidad para reclutar a los mejores jugadores, en NBA ya puedes hartarte a perder partidos y llevar más papeletas que nadie para que te toque Duncan que si luego va y le toca a San Antonio pues ahí te quedas, a conformarte con las migajas. En NCAA en el mejor de los casos juegas treintaitantos partidos de 40 minutos en cinco meses, en NBA en cinco meses y medio juegas 82 a razón de uno cada dos días, 48 minutos una noche y acaso otra vez a la noche siguiente, si les pones a presionar como en Kentucky les tendrás reventados antes de que llegue marzo, ya de playoffs ni hablemos. En NCAA les dices que presionen, que muerdan y hasta que se tiren por un barranco y te seguirán a pies juntillas, son estudiantes, no cobran un céntimo (más allá de su beca) y respetan el principio de autoridad más que nada porque no les queda más remedio; en NBA como te descuides alguno cobra más que tú (sí, incluso en el caso de Pitino), les pones a presionar e igual alguno te contesta que presione tu padre, y si ello te supone algún problema vámonos a ver al dueño a ver a quién hace caso de los dos. Los entrenadores que han logrado triunfar en NCAA y NBA se pueden contar con los dedos de una mano (y aún sobrarían cuatro dedos), se estampó Pitino como se fueron estampando también en mayor o menor medida Calipari, Carlesimo, Montgomery, Leonard Hamilton, tantos otros, todos aquellos que no se llamen Larry Brown.

Allá por la primavera de 2001 Pitino dio por finalizada su tormentosa relación con la NBA (a la fuerza ahorcan) y se encontró con unas cuantas universidades deseosas de llevársele de nuevo al huerto de la NCAA. Estos días hemos sabido que a punto estuvo de ser Michigan la elegida, precisamente Michigan, los Wolverines que también estaban de capa caída por aquel entonces. Cuentan que fueron los deseos de su señora esposa de volver a vivir en el Estado de Kentucky los que finalmente decantaron la balanza en contra de Michigan y a favor de Louisville. Cuentan además que Pitino era escéptico al respecto, los aficionados de Louisville jamás aceptarán a un entrenador que haya estado en Kentucky; se equivocó: más bien fueron los aficionados de Kentucky los que jamás aceptaron que un ex entrenador suyo (que les había hecho campeones, además), hubiera ido a parar a Louisville, ya una vez les conté cómo le recibieron en el Rupp Arena cuando se presentó allí por primera vez a dirigir las evoluciones del eterno rival.

El resto de la historia ya más o menos se la saben (y todo lo anterior probablemente también). Cuatro años tardó Pitino en convertirse en el primer entrenador en llevar a tres universidades diferentes a la Final Four, finalmente lo logró con aquellos improbables Cardinals liderados por Francisco García y en los que también estaba ya el colombiano Juan Palacios. Algunos tuvimos ya clarísimo entonces (y así lo escribimos, aunque a saber dónde) que más tarde o más temprano Pitino sería también el primer técnico en hacer campeonas a dos universidades diferentes, dicho y hecho, mérito increíble aunque quizá convendría establecer un pequeño matiz: ser campeón con dos universidades diferentes es muy difícil, véase la muestra, pero es todavía más difícil (casi imposible, incluso) si te tiras casi toda la vida en la misma universidad (toma ya perogrullada). Probablemente Krzyzewski, Boeheim o Izzo no lo lograrán jamás como tampoco lo lograron (por ejemplo) Dean Smith, Bobby Knight o John Wooden, y ello no les hace peores entrenadores. En absoluto.

No fue un tránsito fácil el de Pitino en Louisville, no fue un camino de rosas, no vayan a pensar. Primero porque hasta hace un par de años tuvo plantillas buenas o simplemente decentes pero no grandes como ésta de ahora o como las que llegó a manejar en Kentucky. Y segundo porque el éxito podrá ser una elección pero a veces es también un juego de palabras, a veces entre el éxito y el fracaso sólo hay una letra, cambie usted la L por la R y verá lo que sucede. Dado que las vidas privadas siempre me han traído al pairo habré de confesarles mi supino desconocimiento al respecto, y habré de confesarles también que me ha dado una pereza infinita documentarme sobre el tema. Hasta donde alcanzo a recordar (que no es mucho) resultó que Pitino había tenido tiempo atrás eso que nuestras abuelas llamaban un lío de faldas, un desliz, una amiga entrañable si prefieren que utilice una terminología más actual. Resultó que aquello tuvo consecuencias indeseadas (sigamos con los eufemismos), resultó que Pitino lo negó mientras pudo, resultó que años más tarde fue víctima de extorsión y al final no le quedó otra salida que reconocerlo… Todo lo cual me importaría un bledo (¿qué demonios será un bledo?) si no fuera por el pequeño detalle de que el escándalo casi le cuesta el puesto. Claro está, ahora lo fácil sería recurrir a la típica muletilla del puritanismo o la mojigatería yanqui, pero no es eso, o no es sólo eso: en Estados Unidos los técnicos universitarios no son sólo entrenadores, son también (y sobre todo) educadores, al fin y al cabo ejercen su magisterio en una institución educativa y las enseñanzas que transmiten a sus pupilos forman parte de su educación. Por eso se espera que su conducta sea irreprochable, que transmitan valores positivos, que actitudes como el engaño y la mentira no formen parte de su línea de actuación. Finalmente Pitino salvó los muebles, le ayudó a ello su sincero (supongo) acto de contrición, le ayudó también la predisposición de la Universidad a perdonarle dado que a ver dónde iban a encontrar otro entrenador mejor a estas alturas…

Hoy Pitino tiene ya sesenta bien disimulados años aunque le veamos casi la misma cara que hace un cuarto de siglo (milagros de la ciencia), hoy Pitino tiene una inmensa alegría que no le cabe en el cuerpo y que a poco que se descuide le hará saltar las costuras, de hecho durante la celebración tras la Final llegué a preocuparme al respecto. En apenas tres días ganó su segundo título NCAA, fue elevado a los altares del Hall of Fame, vio cómo su caballo (sí, también tiene un caballo) ganaba una de las más importantes carreras previas al afamado Derby de Kentucky y supo finalmente que su hijo Richard se convertía en nuevo entrenador-jefe de los Golden Gophers de Minnesota (curiosamente sustituyendo a quien hace dieciséis años ocupó su puesto en Kentucky, Tubby Smith). Hoy Pitino está ya (aún más si cabe) en el olimpo de los más grandes de este juego, hoy bien podrá reivindicar de nuevo (y a ver quién se atreve a discutírselo ahora) aquello de que el éxito es una elección. Su elección.

annus horribilis   2 comments

Allá por el pasado verano los Lakers ficharon a Nash y Howard y sus aficionados se vinieron arriba de inmediato como no podía ser de otra manera, en una muy particular reinterpretación del tradicional cuento de la lechera (disculpen el ripio): vamos que la única duda que les quedaba ya a esas alturas era si ganarían o perderían la Final contra los Heat. Algunos, con la sabiduría que da la experiencia (decía mi abuela que más sabe el diablo por viejo que por diablo; me horroriza estar aproximándome a esa fase), mostramos ya entonces nuestro escepticismo al respecto: al fin y al cabo Howard nunca fue santo de mi devoción, al fin y al cabo Nash estaba ya pa sopitas y buen vino (otra de mi abuela), al fin y al cabo Pau iba a seguir teniendo al lado un cinco con el que estorbarse, al fin y al cabo el precedente aquél de los Galácticos de 2004 (Kobe, Shaq, Payton, Malone) no invitaba precisamente al optimismo, al fin y al cabo iba a seguir entrenándolos el sinsustancia de Mike Brown. Ni que decir tiene que ante mis dudas la fanaticada amarilla se me tiró directamente al cuello, entiéndase en sentido figurado, amablemente y desde el respeto pero al cuello, es bien sabido que el escepticismo nada puede contra el sentimiento de ilusión colectiva de toda una afición enfervorizada. Claro está, hoy bien podría yo sacar pecho y decir ¿lo veis, veis como yo tenía razón? Pero no lo haré por dos razones, primera porque no es mi estilo y segunda porque no es verdad, yo no tenía razón, en el fondo yo estaba tan equivocado como todos ellos: no veía claro que les fuera a ir bien pero jamás, ni en la peor de mis pesadillas, hubiera imaginado que les acabaría yendo tan mal.

A partir de este momento no les voy a contar nada que no sepan ya, por lo que quedan eximidos de seguir leyendo salvo que sean de los Lakers y quieran autoflagelarse o bien sean de cualquier otra franquicia y quieran regodearse, que de todo habrá. Fue empezar la temporada y comprobar que Nash pasaba más tiempo lesionado que sano, que Howard tres cuartos de lo mismo (claro que en esto no es que salieran perdiendo, que allá en Philadelphia Bynum estaba aún peor), que Kobe iba a su bola para variar y que Pau estaba desubicado, desmotivado (tiende a desmotivársenos con relativa facilidad la criatura) y cariacontecido, factores todos ellos que contribuían a que realizara la peor temporada que se le recuerda. Dado que Metta World Peace es lo que es (con que mantenga estables sus constantes vitales y no le arranque a nadie la cabeza ya nos damos por muy satisfechos) y dado que en el banquillo tampoco es que hubiera mucho donde rascar, pues resultó que todo quedaba en manos de la sabiduría, de la excelencia, del buen hacer y el saber estar de Mike Brown (está bien, ya dejo la bebida). Un día Kobe le miró mal y supimos que su suerte estaba echada. Lo raro es que no hubiera estado echada mucho antes.

Claro está, los Lakers tras largar al técnico podrían haberse limitado a fichar a otro, es lo que haría cualquier franquicia normal, lo cual nos permitió comprobar una vez más que los Lakers distan mucho de ser una franquicia normal. En lugar de eso prefirieron montar un sainete, mucho más divertido, dónde va a parar: fueron a buscar a Phil Jackson, le ofrecieron el oro y el moro, le convencieron y cuando fue a decir que sí le respondieron ¡anda tonto, que te lo has creído! cual si de una broma tipo Inocente Inocente se tratara, no sé cómo quedaría la relación con su amiga entrañable Jeanie Buss después de aquello (en el supuesto de que dicha relación se hubiera mantenido hasta entonces, que no me consta), quién le iba a decir al bueno de Phil que a sus años tendría que aguantar semejantes tonterías. Mientras medio mundo daba ya por hecho lo de Jackson ellos se fueron a por Mike D’Antoni aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que tenían en la plantilla a Steve Nash, qué mejor fórmula que recuperar aquel binomio para volver a vivir aquellos tiempos del Showtime. Dicho y hecho, D’Antoni llegó a Los Ángeles, no consta que dijera (como en su día Rambis) soy el próximo entrenador al que cesarán los Lakers pero debería haberlo dicho, más que nada para curarse en salud. D’Antoni se puso a entrenar y los Lakers de inmediato recuperaron el show, de hecho los Lakers son un puro chou desde que se levantan y hasta que se acuestan; lo malo es el time, que rara vez les coincide con la hora del partido.

Recuperar el showtime (por contraposición al Boring time de Brown) en la capital del showbusiness parecía una magnífica idea, si estás en la meca del espectáculo qué menos que hacerlo bonito. Claro está, ya sería la leche que además de hacerlo bonito también fueras capaz de hacerlo bien. El baloncesto de D’Antoni siempre fue un perfecto ejemplo de defensa… en su etapa de jugador, encimando al base rival en el vértice de aquella 1-3-1 de Dan Peterson en la Olimpia milanesa. Luego ya de entrenador como que se le fue pasando, su estilo alcanzó el paroxismo en aquellos Phoenix Suns a los que les fue (relativamente) bien más que nada porque tenían los jugadores adecuados para ello. En Nueva York dejó huella (de hecho todavía están intentando borrarla) y en Los Ángeles va por el mismo camino, me temo: a correr tocan, pies para qué os quiero, tanto da que ya no tengamos las piernas ni los cuerpos ni las edades adecuadas para ello. Y si de correr se trata mejor con pequeños, dos grandes no me caben en la misma zona así que de entrada Pau al banquillo (y de inmediato nuestro patrioperiodismo o periopatrioterismo montó en cólera, cómo es posible, habráse visto tamaña afrenta, no podemos tolerar semejante aberración…) ¿Defensa, dice usted? Metamos 120 puntos por partido y ya verá cómo a nadie le importará nuestra defensa.

Dado que no hay mal que cien años dure ni franquicia que lo resista (mi abuela nunca habría dicho franquicia, de hecho no creo ni que conociera la palabra), un día las cosas empezaron sutilmente a cambiar. No fue tanto el estilo D’Antoni como que Kobe tuvo una idea: aburrido ya como estaba de jugarse tiros y más tiros y meter puntos y más puntos, total pa ná, una noche se dijo voy a probar a pasar el balón, a ver qué se siente. Y experimentó una sensación tan increíblemente placentera que le cogió el gusto, y repitió una vez y otra vez y otra vez más, y sus compañeros se lo agradecieron, y entre todos disfrutaron, y de repente sin apenas darse cuenta empezaron a ganar partidos, uno tras otro, y de verse desahuciados (soy consciente de que no debería haber utilizado esta palabra) pasaron a que los playoffs volvieran a ser una remota posibilidad… Dura poco la alegría en casa del pobre (otro dicho de mi abuela, sé que pobreza y Lakers no deberían ir en la misma frase pero ustedes cogen la idea), una noche se lesionó MWP, otra se lesionó Pau para no ser menos que sus compañeros, finalmente cuando ya no podían pasarles más cosas dentro de la pista empezaron a pasarles fuera: una aciaga mañana de febrero su eterno propietario Jerry Buss dejó de ser un mito viviente para pasar a ser simplemente un mito. No se le olvidará.

Pero había que llegar a la postemporada, había que alcanzar a Utah, había que intentarlo como fuera, tanto daría que luego cayeran en primera ronda ante los Thunder o los Spurs 4-0, 4-1, 4-loquefuera pero que no fuera por no haberlo intentado. Caiga quien caiga, cueste lo que cueste, 48 minutos por noche salvo que haya prórroga que entonces serán 53, aguanta Kobe, ya queda poco, total los playoffs ya están ahí a la vuelta de la esquina y al final pasó lo que tenía que pasar: se le rompió el tendón, de tanto usarlo. Yo soy de los que piensan que volverá a jugar, su orgullo no le va a permitir que esto acabe así, de ningún modo. Ya otra cosa será cuándo. Y ya otra cosa, mucho más importante que el cuándo, será cómo. Tengámoslo claro si aún no lo tuviéramos, (lo que aún quedaba de) el mejor Kobe se nos apagó para siempre el pasado viernes frente a los Warriors, a falta de apenas tres minutos para el final.

Al cierre de estas líneas (qué periodístico suena esto) los Lakers andan todavía metidos en playoffs, si bien los Jazz andan al acecho y su clasificación pende de un hilo. Tanto dará. Si los juegan serán pan comido (tanto más sin Kobe), si no los juegan tampoco les servirá de nada dada su infinitesimal posibilidad de pillar una buena ronda de draft y dada además la indefinición reinante en los primeros puestos de este draft. Se cerrará así su temporada más aciaga de los últimos quince años, esto sí que es un verdadero annus horribilis y no el de la familia real (británica, a ver qué otra iba a ser). Vamos, que para acabar de arreglarlo ya sólo les faltaría (aunque en NBA no se estilen mucho las rivalidades territoriales) que los Clippers se metieran en la Final. Sea como fuere tocará resetear este verano, tocará esperar a Kobe, tocará reciclar a Nash como entrenador-asistente (acaso lo sea ya y no nos hayamos enterado), tocará confiar en que Howard acabe siendo el cénter imponente en ambos lados de la pista que un día pensamos que sería, tocará moverse en el mercado, tocará traspasar a Pau, asumámoslo, asúmalo sobre todo nuestro patrioperioetcétera, traspasarlo a donde sea, si es a Houston como si es a Charlotte (vale, quizás esta última sea una opción demasiado extrema), que se despresurice de una vez y recupere el gusto de jugar por el mero placer de jugar. Y ya está, punto y aparte, año nuevo vida nueva en Los Ángeles, y que a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga, y si sale con barba será San Antón y si no será la Purísima Concepción (frases todas ellas que no sé si vienen a cuento pero quedan bien para acabar). Quede finalmente constancia del agradecimiento hacia mi abuela q.e.p.d. (que nunca supo quiénes eran los Lakers ni puñetera falta que le hizo), sin cuyos refranes, modismos y demás frases hechas jamás habría sido posible la realización de este post.

predicando en el desierto   6 comments

A veces, en llegando este momento de la temporada NCAA, no puedo evitar una sensación como de que estuviera pasando un examen. No yo, evidentemente (que ya no estoy en edad de pasar exámenes) sino la propia NCAA. Tampoco es una sensación nueva, no vayan a pensar, de hecho se parece bastante a la que siento con mi deporte en comparación a otros deportes. Otros deportes, básicamente aquellos que se juegan con los pies, lo aguantan todo: ya puede un partido acabar empate a cero, ya puede salir un auténtico ladrillo que la gente lo más que te dirá es vaya truño de partido, sin mirar más allá; ya pueden ser así ocho de cada diez partidos que la gente podrá cuestionar cada partido en sí mismo pero jamás se les ocurrirá cuestionar a ese deporte en su conjunto, obviamente está por encima del bien y del mal. En cambio otros deportes no tenemos esa suerte, basta con que un partido televisado acabe 50-55 para retomar la consabida retahíla de que el baloncesto ya no interesa, las tácticas han acabado con él, tanta defensa y tanto cemento han terminado matándolo, ya ves tú, marcadores a cincuenta puntos, a quién le puede interesar eso, ahora ya es sólo para los puristas… (pronúnciese siempre con un deje de desprecio la palabra puristas para que quede así mucho más acentuado su significado despectivo). Y tanto dará que ese mismo día haya otros siete u ocho partidos que se vayan a ochenta o noventa puntos porque el mal ya estará hecho, ese 55-50 habrá supuesto la condenación no ya de ese partido en concreto ni de los equipos que lo disputen sino del deporte entero. Es lo que tiene no jugarlo con los pies.

Bueno, pues esa sensación (tantas veces repetida) con el baloncesto en relación a otros deportes, es exactamente la misma que siento con la NCAA en relación a otros baloncestos (de aquí o de allá, tanto da). Te tiras todo el año predicando en el desierto, vendiendo las bondades de una competición que no emite nadie y a la que casi no hace caso ni dios, total para que llegue el día en que por fin televisen un partido, éste acabe 55-39 y buena parte de aquellos que se sintieron atraídos por tus recomendaciones al final te acaben mandando a cagar: …o sea, tanto rollo con la NCAA para esto, tanto recomendarnos el torneo universitario y luego resulta que no es ya que no lleguen a 50 puntos sino que casi ni llegan a 40, y ése es el baloncesto espectacular del que tanto nos hablaban, pues vaya mierda, si tanto les gusta que se lo coman con patatas pero yo desde luego ya no lo veo más

El ejemplo es real, por desgracia: 55-39 fue el resultado del primer partido NCAA televisado esta temporada en nuestro país, la Final Regional Syracuse-Marquette, que a mí me hizo mucha ilusión porque supuso la clasificación para la Final Four de mis Orange pero que a una mayoría de espectadores menos implicados les hizo echar espuma por la boca, bastó con asomarse un poco por Twitter para comprobarlo. Y aún podría ponerles otro ejemplo más lejano pero que perdura bien fresco en mi memoria, la mismísima Final de 2011 entre Connecticut y Butler: había sido una temporada extraordinaria, había sido un Torneo Final aún más extraordinario si cabe pero ya se sabe que la final es el principal escaparate de cualquier competición; y la gente que se limitó a asomarse al escaparate sin intentar mirar siquiera al interior de la tienda se encontró con un horror: como si allí sólo hubiera maniquíes descabezados. UConn jugó mal y anotó 53 puntos que fueron más que suficientes porque Butler jugó aún peor y se quedó en 41. O quizá no fuera tanto que jugaran mal como que les superó la presión: tuvieron buenos tiros pero en vez de colarlos por el agujerito se dedicaron a apedrear lastimosamente el aro. Claro está, un par de días después cometí el error de dejarme caer por algún afamado foro NBA y ya podrán imaginarse sin demasiado esfuerzo la clase de opiniones que me encontré, tanto comernos el tarro con el baloncesto universitario, finalmente os hacemos caso, vemos la Final y nos encontramos esto, pues ya está, una y no más santotomás, ya os estaremos esperando cuando otro año nos la volváis a vender… Es así por más que me duela, mucha gente no ve al año más partido NCAA que la final; y a toda esa gente aquella Final les convenció para no volver a ver jamás en la vida otro partido de NCAA.

Llegados a este punto no intentaré convencerles de que le den otra oportunidad a la NCAA, no se me asusten, a estas alturas de mi vida ya no intento convencer a casi nadie de casi nada por la cuenta que me tiene, demasiadas veces lo intenté en el pasado y casi siempre acabé llevándome hostias como panes (disculpen la vulgaridad), y obviamente ahora no me refiero (o no sólo) a la NCAA ni al baloncesto siquiera sino a otros temas menos lúdicos de los que casi siempre salí trasquilado por intentar que los demás vieran las cosas como yo las veía. Afortunadamente ya no estoy en esa fase, me limito a hacer lo que creo que debo hacer, a disfrutar de lo que me gusta e incluso a decirlo públicamente (como es el caso) pero ya sin intentar evangelizar a nadie. No teman, no lo haré tampoco hoy, faltaría más, pero sí me gustaría dejar claros una serie de aspectos que diferencian por completo este baloncesto de todos los demás, para que si nos ponemos a hacer odiosas comparaciones sepamos exactamente qué es lo que estamos comparando:

1) Los partidos de baloncesto universitario duran cuarenta minutos, divididos en dos tiempos de veinte. Es decir, duran ocho minutos menos que en la NBA, por lo que no parece muy lógico establecer comparaciones entre los marcadores NCAA y NBA. Como tampoco parece que tenga mucho sentido, dicho sea de paso, comparar los marcadores NBA con los del baloncesto internacional (ligas nacionales, euroligas varias, competiciones FIBA, etc), y sin embargo es algo que se viene haciendo sistemáticamente desde tiempo inmemorial supongo que con la (in)sana intención de denigrar a éste. La comparación correcta tal vez podría hacerse con los marcadores NBA a falta de ocho minutos para el final de cada encuentro, si alguien con tiempo y paciencia (desgraciadamente no es mi caso) quiere intentarlo seguro que obtendríamos interesantes conclusiones al respecto.

2) El límite de posesión en los partidos de baloncesto universitario es de 35 segundos, es decir, casi un cincuenta por ciento más que en el resto de baloncestos conocidos, en los que (como ustedes bien saben) se sitúa en 24. Obviamente no es obligatorio agotar las posesiones y de hecho muchos equipos casi nunca lo hacen, pero no es menos cierto que al no tener esa espada de damocles de los 24 segundos sobre sus cabezas resulta inevitable que muchas posesiones se alarguen (tanto más con las trabajadas defensas que se gastan en NCAA) y que éstas duren por término medio más que en cualquier otra competición. Ergo si a igualdad de duración (40 minutos) tenemos posesiones más largas, una simple división nos debería dar como resultado que haya menos posesiones en el baloncesto universitario que en cualquier otro baloncesto. Y si hay menos posesiones parece lógico que haya menos tiros, y si hay menos tiros parece lógico que se anoten menos puntos. Parece de cajón…

3) El baloncesto universitario es baloncesto de formación, por definición. O como escribí hace tres años (permítanme que me autoplagie) en similares circunstancias: la NCAA que es además, y sobre todo, baloncesto de formación, y por ello imperfecto, y por eso mismo perfecto en su imperfección, y por todo lo cual sencillamente maravilloso. Conviene recordar que por término medio estaríamos hablando de chavales de entre 18 y 22 años (salvo contadísimas excepciones) a quienes sin embargo comparamos reiteradamente (en términos de acierto, en términos de eficacia) con profesionales de 30 (por ejemplo). No parece muy justo en la mayoría de los casos. O en todo caso sería tal vez más justo que esas comparaciones se establecieran con otras competiciones de formación.

4) Hace algunos días me di de bruces con una estadística según la cual sólo el 1,3 por ciento (¿13 de cada 1.000?) de quienes juegan al baloncesto en categoría universitaria logran hacerlo también en categoría profesional. No me consta la fiabilidad del dato (y en todo caso supongo que se referiría a todas las universidades USA y no sólo a las de la División I) pero una cosa sí debería quedarnos clara: a menudo, viendo NCAA, podemos tener la errónea sensación de que casi todos esos chavales serán profesionales algún día, cuando la puñetera realidad es que sólo un ínfimo porcentaje de ellos logrará realmente ganarse la vida con esto, ya sea en USA o en cualquier liga menor del último rincón del globo; los demás habrán de conformarse con vivir (o intentarlo, al menos) gracias a la carrera que hayan estudiado mientras jugaban (y que de no haber sido por su beca deportiva muy probablemente no habrían podido pagársela), pero sólo un puñado de privilegiados conseguirá hacer del baloncesto su profesión. No estará de más que lo recordemos cada vez que nos dé por comparar este baloncesto (amateur, al fin y al cabo) con cualquier otra competición profesional.

5) Ciertamente en la NCAA se anotan por término medio menos puntos que en cualquier otro baloncesto (adulto), esto es así… pero tampoco tiene por qué ser necesariamente así. Puedo contarles que a comienzos de temporada me tragué un infumable 37-36 (Georgetown-Tennessee, dos buenos equipos, el partido prometía pero luego salió lo que salió) pero igualmente puedo contarles que este mismo año me he visto unos cuantos partidos a ochenta o noventa puntos e incluso recuerdo puntualmente uno en el que ambos equipos superaron los cien. ¿Lo habitual? Lo habitual en un partido medianamente igualado vendrían a ser los sesentaytantos, setentaypocos si acaso, cincuentaymuchos alguna vez, con lógicas desviaciones en función del equipo de que se trate, el estilo de juego que practique, el rival que tenga enfrente, etc. ¿Que le parecen pocos? Pues qué quiere que le diga, es lo que hay, algunas de las razones (de mis razones) ya se las expliqué…

6) A cambio, la NCAA tiene una riqueza táctica (así en ataque como en defensa) que nada tiene que envidiar a la de otras competiciones, más bien al contrario. Claro que usted pensará que todo lo que no sean mates o alley-oops está de más y que el tacticismo está matando el juego, así que a cambio le permito que me llame otra vez purista (no se olvide del deje de desprecio).

7) Solemos etiquetar a menudo al baloncesto USA como el paradigma del individualismo, no niego que esto sea así en NBA (demasiadas veces, y en demasiados equipos) pero créame que esa etiqueta nada tiene que ver con el juego colectivo y solidario que (por lo general, y salvo muy contadas excepciones) se practica en NCAA. Hace tres años decía yo también de la NCAA que de algún modo logra reunir lo mejor del baloncesto de aquí y de allí, que hasta me atrevería a decir (aunque suene a herejía) que es baloncesto de allí a la manera de aquí. Hoy no quitaría ni una coma a aquella frase (más que nada porque sólo tiene una): si usted es de los que reniega del baloncesto USA porque lo ve sólo bajo el prisma de la NBA, quizá debería darle una oportunidad a la NCAA.

8) Mejor cuanto más puntos haya, por supuesto; disfruto más (como todo hijo de vecino) de un partido a noventa puntos que otro a cincuenta… pero no a cualquier precio: si el precio que tengo que pagar por ver un partido a noventa o cien puntos es una defensa contemplativa o simplemente inexistente, créanme que prefiero cienmil veces un partido intenso y bien defendido aunque luego el resultado tenga que ser 50-52. Y si esto le parece una blasfemia o una perversión pues qué quiere que le haga, soy así, supongo que a estas alturas ya no voy a cambiar.

9) La NCAA no será el mejor baloncesto del mundo (jamás diré que lo sea) pero créame que en términos de intensidad, competitividad y pasión nada tiene que envidiar a cualquier otro baloncesto en el mundo. Aquí no hay trantrán ni dejarse llevar como en tantos y tantos partidos de temporada regular NBA, aquí no hay frialdad ambiental (más bien todo lo contrario), aquí no tienes esa sensación de que Regular Season y playoffs parezcan a veces dos deportes distintos. Aquí cada partido importa (entre otras cosas gracias a su peculiar sistema de competición), cada posesión importa, aquí los ves matarse por un balón en noviembre y los seguirás viendo matarse en marzo, del primer minuto al último, del primer partido al último. Pura energía contagiosa, así en la cancha como en las gradas. Rechace imitaciones.

10) La NCAA no es perfecta (obviamente me estoy refiriendo a la calidad del espectáculo) como no lo es ninguna competición sobre la faz de la Tierra. Hay partidos malos en NCAA como los hay en NBA, como los hay (a montones) en nuestra Liga de fútbol, la Champions o la Premier, como los hay en Roland Garros o Wimbledon al igual que hay etapas malas del Tour o carreras espantosas de Fórmula Uno o del Mundial de Motos… ¿Y qué? ¿Descalificaría usted cualquier competición de éstas en su conjunto si un día cualquiera se sienta a verlas, uno sólo, y justo ese día le dan un truño? Pues no lo haga tampoco con la NCAA, hágame el favor.

A veces, mientras disfruto de este baloncesto, no puedo evitar acordarme de un anuncio televisivo de hace muchos, demasiados años, tantos que si usted no lo recuerda no será porque empiece a tener síntomas de Alzheimer sino porque muy probablemente ni siquiera hubiera nacido cuando éste se emitía. Aquel anuncio nada tenía que ver con el baloncesto, era de una emblemática marca de tónica, lo protagonizaba un señor de gafas que supuestamente iba por los bares con la misión de que aprendiéramos a amar la susodicha bebida: ¿No le gusta? Eso es porque la ha probado poco, tiene que acostumbrarse al sabor… Claro está, el presunto cliente volvía a probarla y la anterior mueca de desagrado desaparecía como por arte de magia dando paso a un gesto de satisfacción, todo lo cual se cerraba con el eslogan típico de la publicidad de la época: aprenda a amar la tónica, beba tónica Chués (o como se escriba). Dado que se estarán preguntando qué tendrán que ver los higos con las brevas, pues permítanme que les explique: yo creo que el gran problema de la NCAA en este país es exactamente ese, que la han probado poco, apenas un par de tragos al año que a poco que te descuides te saben amargos, así no hay manera. Si usted quiere acostumbrarse al sabor de la tónica lo tiene bien fácil, le bastará con bajar a la tienda a comprarla o con llegar a un bar y pedirla (con o sin ginebra), si usted quiere acostumbrarse al sabor de la NCAA digamos que lo tiene un poco más difícil, no hay tienda televisiva que se lo venda; o sí la hay, pero es muy cara y sólo la pone a la venta en buen estado durante tres noches al año, luego ya el remanente sobrante lo saca cuatro meses más tarde cuando ya está bien pasada su fecha de caducidad. Algunos con todo y con eso nos enviciamos hace años a base de beber NCAA caducada verano tras verano, algunos cogimos tal vicio que hoy ya nos buscamos la vida para conseguirla a todas horas aunque para ello tengamos que saltarnos los circuitos comerciales, aunque tenga que ser casi desde la clandestinidad. Pero somos cuatro gatos, reconozcámoslo; el común de los mortales difícilmente podrá acostumbrarse al sabor de un producto que no es ya que no sepa a qué sabe sino que ni siquiera sabe que existe.

La temporada de baloncesto universitario (en lo que a disputa de partidos se refiere) empezó hacia el 7 de noviembre y acabará este lunes 8 de abril. Durante casi todo ese periodo la única noticia de dicha competición que trascendió a los medios de difusión nacional fue el hecho de que un chico hubiera anotado ciento y pico puntos en un partido, hecho destacable sin duda pero que habría que matizar advirtiendo que el suceso tuvo lugar en la División III, colleges minúsculos y modestísimos, algo así como el último eslabón de la cadena universitaria; vamos, como si aquí se hubieran enfrentado dos centros de formación profesional de barrio, dicho sea con todos los respetos a la formación profesional y a los barrios. Esa fue la única noticia NCAA que trascendió hasta este pasado domingo con ocasión de la disputa de las finales regionales, ese día el baloncesto universitario volvió a los medios pero no para informar de qué cuatro equipos se habían clasificado para la Final Four sino para contar que un chico se había partido literalmente la pierna; y por supuesto no importaba ni el nombre del chico (y casi mejor, porque a alguno le dio por ponerlo y en vez de Ware escribió Wade, cual si de Dwyane se tratara) ni el equipo para el que jugaba ni lo que había en juego ni quién ganó, todo eso era secundario, lo único importante era que se viera bien la imagen del hueso tronchado y partido en dos. Ese es el nivel, y a partir de ahí no debería extrañarnos que 99 de cada 100 aficionados al baloncesto y 9.999 de cada 10.000 aficionados al deporte de este país no sepan ni qué es la NCAA (y de hecho si alguna vez les da por mencionarla es relativamente frecuente que bailen las letras y escriban NCCA, por ejemplo), que acaso les suene que en USA hay un baloncesto universitario previo al profesional pero no sepan ni quién lo juega ni cómo se juega ni cómo funciona ni para qué sirve ni cómo es; y que mucho me temo que nunca sabrán lo que se están perdiendo, nunca serán ni remotamente conscientes siquiera, no ya del significado de una Final Four sino del ambiente de cualquier partido de temporada regular desde el Assembly Hall, el Cameron Indoor, el Crisler Arena o el Hinkle Fieldhouse por poner cuatro ejemplos. Nunca lo sabrán porque nunca sentirán la necesidad de saberlo y porque nadie les va a dar tampoco la oportunidad de que lo sepan, excepción hecha de los cuatro pringaos que año tras año seguiremos predicando en el desierto; al menos mientras tengamos todavía un desierto desde el que poder predicar.

Publicado abril 7, 2013 por zaid en NCAA

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el final del camino   3 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 4 de abril de 2013)

Este es el final de un largo y tortuoso camino iniciado hace apenas cinco meses. Tomaron la salida trescientas y pico universidades que quedaron reducidas a 68 hace dos semanas, a tan sólo 16 una semana más tarde, únicamente cuatro de entre todas ellas continúan aún vivas a día de hoy. Puede que les parezca una metáfora un poco pedestre pero es lo que hay y además habré de decir en mi descargo que no es mía, al fin y al cabo sólo estoy versionando la metáfora que acostumbra a utilizar la propia NCAA, la misma que engalana sus pabellones durante todo el Torneo con la frase the road to the Final Four y que muy probablemente engalanará también el Georgia Dome este próximo fin de semana con la inequívoca sentencia the road ends here. Efectivamente, es así, de los trescientos y pico equipos que empezaron tan sólo cuatro han conseguido llegar a la meta (tampoco podría haber sido de ninguna otra manera), ahora ya sólo falta averiguar cuál de ellos la cruzará en primer lugar.

Louisville

Si hace dos semanas les dije que nadie era más favorito y hace una semana les reiteré que no veía otro favorito, pues imaginen qué puedo contarles de estos Cardinals a día de hoy. Por ponerlo en números: Louisville no sabe lo que es perder desde el 9 de febrero en cancha de Notre Dame, aquella histórica (e histérica) noche de las cinco prórrogas con la que ya les he dado la brasa alguna que otra vez. Perdieron, fueron necesarios 65 minutos para que perdieran pero perdieron… y puede que hasta les sentara bien, porque desde entonces no han hecho ya otra cosa más que ganar. Catorce victorias consecutivas, catorce (14), a saber, los siete últimos partidos de la Regular, los tres del Torneo de la Big East (que se adjudicaron, obviamente) y los cuatro que llevan del Torneo Final. Catorce victorias de las que sólo dos fueron por menos de 10 puntos, la que lograron el 2 de marzo en Syracuse y la que lograron el pasado viernes en su semifinal regional ante Oregon (pero que tiene truco, que al final sólo ganaron de 8 pero porque se relajaron tras ir ganando de 20); y con exhibiciones tan portentosas como aquella que ya les conté en su Final de Conferencia, otra vez ante Syracuse: a 15 minutos para el final perdían 29-45 y acabaron ganando 78-61, lo que viene siendo un parcial salvaje de 49-16 (en apenas 15 minutos, recuerden). Son así, el típico equipo ciclotímico, ya se lo dije: tienen ratos malos pero cuando entran en trance (generalmente coincidiendo con la presión al saque contrario) son casi imposibles de parar; el problema (para los rivales, entiéndase) es que últimamente estos trances les suceden demasiadas veces.

Les suceden hasta en situaciones de extrema emotividad como la que vivieron este pasado domingo ante Duke. No hará falta que les dé muchos detalles porque lo habrán visto ya con (demasiados) pelos y señales en cualquiera de nuestros (presuntos) medios de comunicación, de hecho será la única noticia de NCAA que habrán podido ver en esos mismos medios, de hecho gracias a esta noticia algún espectador habrá descubierto que existe la NCAA. Tyler Thornton (base suplente de Duke) fue a lanzar un triple y Kevin Ware (base suplente de Louisville) pegó un salto inverosímil para taponarlo del que aterrizó cargando todo el peso sobre su pie derecho, la pierna no pudo soportarlo y se le partió por completo, no en sentido figurado sino absolutamente literal, en ángulo recto como si dijéramos. No recuerdo haber visto nada tan terrible en directo en toda mi vida, no pude evitar acordarme de aquel (también ex de Louisville) Edgar Sosa con su selección dominicana pero créanme que esto de Ware fue mucho peor, afortunadamente la CBS tuvo la cortesía de no recrearse en los detalles y sólo nos dio dos repeticiones muy lejanas, pocas cosas hay allí que estén por encima de la noticia pero una de ellas es el respeto a la sensibilidad de sus espectadores (como aquí, vamos), habrá quien no esté de acuerdo pero yo al menos les estaré eternamente agradecido. Lo que sí vimos fue la consternación, sus compañeros desolados tirados en el suelo, sus rivales igual (especialmente Thornton ya que le tocó vivirlo en primera persona), incluso Pitino derramando alguna lágrima, gestos de pavor, silencio sepulcral en el pabellón. El partido se reanudó porque no quedaba más remedio pero durante varios minutos fue como si todo estuviera en una nube, ni quienes allí estaban ni quienes lo veíamos a miles de kilómetros al otro lado del ordenador podíamos sacarnos de la cabeza aquel horror…

Y entonces llegó Siva. Peyton Siva decidió hacer suyas las palabras que Pitino les contó que había dicho Ware mientras se lo llevaban en camilla, vosotros ocuparos de ganar el partido y no os preocupéis por mí; de un plumazo acabó con la languidez, cambió el paso, arrastró consigo a todo su equipo y en un abrir y cerrar de ojos aquello pasó de estar empatado a estar 20 arriba Louisville, aún Krzyzewski andará preguntándose cómo. Peyton Siva es un base espectacular, quizá un tanto ciclotímico como lo es su equipo (por definición), no tenía buen pronóstico en sus inicios debido a un pasado complejo y a tener un padre aún más complejo (no se lo pierdan si tienen ocasión) pero se fue asentando y lleva ya un tiempo convertido en el director de juego que precisa un equipo (con pinta de) campeón como Louisville. Peyton Siva es la prolongación sobre la cancha de Pitino casi en la misma medida en que su socio Russ Smith llega a ser la desesperación, a veces. A ver que me explique, muy pocos jugadores hay ahora mismo en todo el baloncesto universitario con el chorro de talento que tiene Russ Smith; pero claro, una cosa es el talento y otra muy distinta es saber qué hacer con él, que a menudo sabe pero hay ocasiones en que se le olvida: en aquel famoso partido de las cinco prórrogas se le olvidó unas cuantas veces y su equipo acabó pagándolo (y Pitino casi matándolo). Insisto, no tiene por qué ser así, por lo general no se la va la olla, sería un hecho aislado, no me lo tengan demasiado en cuenta.

Sí tengan en cuenta a las demás joyas de estos Cards: Blackshear, el impagable ala-pívot Behanan, el cénter Dieng (otro de mejora impresionante con los años) y cómo no, ese banquillo del que ya no emergerá Ware pero sí el triplista Hancock (Kuric bis) o los interiores Van Treese y Montrezl Harrell, ojo a este poderosísimo freshman que si no me le ponen la cabeza mala con cantos de sirena debería convertirse en la fuerza interior de Louisville en los próximos años. Pitino tiene de todo y todo bueno pero no es eso lo mejor, lo mejor es que por fin ha conseguido crear un equipo a su imagen y semejanza, una criatura casi tan perfecta como aquella de Kentucky que asombró al mundo en 1996 (ganando la Final a Syracuse por cierto, también es casualidad): Antoine Walker, Walter McCarthy, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk… No digo que estos sean necesariamente tan buenos como aquellos pero sí que éste es un equipo tan perfectamente engrasado como aquél (o más si cabe). Pitino, que ya fue el primer técnico en meter a tres universidades diferentes en Final Four, lleva ya mucho tiempo rondando ser el primer técnico que gane la NCAA con dos universidades diferentes. Y me temo que este año tiene muchas, demasiadas papeletas para lograrlo.

Wichita St.

Tal como fue la temporada (ya saben, pequeños ganando a grandes, resultados insospechados por doquier, sorpresas a tutiplén) no resultaba difícil imaginar a un invitado inesperado en esta Final Four. Pero claro, hasta para pensar en hipotéticas sorpresas solemos ser bastante conservadores los seres humanos: ¿Mid-majors? Pues sí, por qué no, pero dentro de un orden: pongamos (cómo no) Gonzaga o la siempre fiable Butler, o la Creighton de los McDermott, o la efervescente VCU o la sólida Saint Louis, o quién sabe si incluso UNLV o San Diego State… Puede que a algún wichitense o wichiteño (es decir, lo que viene siendo un habitante de Wichita, localidad de 360.000 almas al sur del Estado de Kansas) en un arrebato de optimismo le diera por apostar por su Universidad de Wichita State pero lo que es a usted y a mí (reconozcámoslo) ni se nos pasó por la imaginación. Les habíamos visto jugar (al menos yo) y hasta nos habían gustado pero ni aún así se nos habría ocurrido pensar en ellos como equipo de Final Four. Y sin embargo ahí les tienen, y no vayan a pensar que hay truco ni trampa ni cartón, no vayan a pensar que les favorecieron los cruces ni que les limpiaron el camino, no: entre sus víctimas (además de la siempre molesta Missouri y de la ruidosa La Salle) se cuentan el número 1 y el 2 de su Región, Gonzaga y Ohio State que verán la Final Four desde su casa tan ricamente sentados ante el televisor. No está mal para un presunto (sólo presunto) número 9 como Wichita St.

¿Qué les cuento yo de estos Shockers que no les haya contado ya? Ciertamente podría repetirme y hablarles de un equipo sólido y aguerrido, un equipo coral del que no resulta nada fácil entresacar a nadie… pero hoy intentaré currármelo algo más, para que no digan: si habláramos de una estrella ésta sería Cleanthony Early (¿qué se les pasaría a sus padres por la cabeza para ponerle Cleanthony a la criatura?), un alero cuyo tobillo les dio un buen susto durante la segunda mitad contra Ohio State pero afortunadamente no fue gran cosa, de hecho volvió antes de que acabara el partido; y siguiendo hacia adentro tocaría hablar de lo más parecido que tienen a un pívot (al margen del suplente nigeriano Orukpe), el tremendo Carl Hall. Pero no nos quedemos ahí y vayamos hacia afuera porque quizá su juego exterior sea una de las más gratas sorpresas del Torneo, para mí al menos: empezando por un estupendo base como Malcolm Armstead y siguiendo con dos freshmen que van ganando protagonismo cada día que pasa: el rubio, intenso y sumamente eficaz escolta Ron Baker y el base suplente (le queda poco para dejar de serlo) Fred Van Vleet, una delicia de jugador. Añadan a Tekele Cotton y tendrán ya la rotación completa, que así en frío puede parecer poca cosa en comparación con lo que hay alrededor pero que se lo pregunten por ejemplo a los Zags o a los Buckeyes a ver qué opinan. Y todo ello además convenientemente amasado por un técnico de aparente perfil bajo pero no se dejen engañar por las apariencias, Gregg Marshall, el verdadero padre de la criatura, sin lugar a dudas el secreto mejor guardado de estos Shockers.

Ahora bien, la pregunta sería: ¿existe alguna posibilidad por pequeña que sea de que Wichita State pueda hincarle el diente a Louisville en la semifinal que les enfrentará este próximo sábado (ya más bien domingo) a medianoche? Me gustaría pensar que sí (ya otra cosa será que lo piense), al fin y al cabo esto es deporte y es bien sabido que en el deporte (y tanto más en esta loca NCAA de nuestros desvelos) cualquiera puede ganar a cualquiera. En todo caso lo que verdaderamente importa no es lo que yo piense ni lo que piense usted sino lo que piensen ellos, que realmente se lo crean y no entren a la pista del Georgia Dome ya derrotados de antemano. Que entren como Butler contra Michigan State en 2010 (por ejemplo) y no como tantos otros que también arribaron a la Final Four contra pronóstico y luego ya se conformaron con ello sin mirar aún más allá. Hará falta un gran trabajo de motivación, qué duda cabe, y en esto como en tantas otras cosas Gregg Marshall parece ser un auténtico crack. Y hará falta además que a los manejadores de balón wichitenses (o wichiteños) no se les venga el mundo encima en cuanto Pitino mande a sus huestes a presionarles el saque de fondo. No es un tema baladí si nos atenemos a lo que ocurrió en su Final Regional ante Ohio State: ganaban de 20 a pocos minutos para el final, y fue justo entonces cuando Thad Matta debió decir de perdidos al río (o como se diga en USA) y puso a los suyos a presionar en toda la pista. No fue una presión como la que acostumbra a hacer Louisville porque estos Buckeyes son buenos defensores (especialmente su base Craft) pero no presionadores profesionales como aquellos, pero fue más que suficiente para que a los Shockers les entrara de inmediato la descomposición. A punto estuvieron de consumar la catástrofe, algunos ya veíamos a la virgen apareciéndose a los Buckeyes por tercera vez consecutiva (como ante Iowa State encarnada en Aaron Craft, como ante Arizona encarnada en LaQuinton Ross), al final no llegaron a tiempo pero faltó bien poco. Avisados quedaron estos Shockers: Louisville no esperará tanto ni concederá tantas facilidades para que (por ejemplo) le superen la presión con un pase bombeado hacia un palomero esperando solo en la otra canasta (alguno así se comió Ohio St.), Louisville intentará ahogarles desde su propia línea de flotación, necesitarán un extraordinario trabajo de sus manejadores de balón (Armstead, Van Vleet, Cotton) para salir medianamente indemnes de ese acoso. Esperemos que lo logren, esperemos que me equivoque (como tantas otras veces) y tengamos partido hasta el final.

Michigan

Cómo no retrotraerse veinte o veintiún años atrás, cómo no pensar en aquellos fabulosos cinco freshmen que iluminaron este baloncesto en 1992 y que (ya como sophomores) siguieron iluminándolo en 1993, Chris Webber, Jalen Rose, Juwan Howard más Ray Jackson y Jimmy King que también eran de dios, de hecho éste último anduvo durante un tiempo por aquí aunque hoy ya casi nadie lo recuerde. Cómo no establecer paralelismos aunque la propia universidad renegara luego de ellos, aunque los borrara de sus libros de historia (pero lo que no pudo hacer fue borrarlos de nuestra historia, de la memoria de todos aquellos que tuvimos ocasión de contemplarlos). ¿Saben por ejemplo que estos Wolverines edición 2013 tienen también su propio Fab Five, un quinteto freshman que sólo es titular al sesenta por ciento pero que podría coincidir perfectamente en cancha, de hecho puede que lo haya hecho ya un montón de veces sin que nos diéramos cuenta? Spike Albrecht, Caris Le Vert, Nik Stauskas, Glenn Robinson III y Mitch McGary, los dos primeros aún suplentes aprovechando los escasos huecos que les dejan Burke o Hardaway, los tres últimos titulares ya de pleno derecho y con perfil tan enebeable como el que más a medio/largo plazo, esperemos que largo a ser posible… Las comparaciones son odiosas tanto más si tenemos en cuenta que estos yogurines aún no habían nacido siquiera cuando sus prodigiosos antecesores ya andaban haciendo diabluras en aquellas lejanas primaveras de 1992 y 1993, las comparaciones podrán ser odiosas pero son también inevitables. Hubieron de pasar veinte años de travesía del desierto, nombres más o menos importantes que se acabaron quedando a medio camino, Louis Bullock, Maurice Taylor, el añorado Tractor Traylor, Manny Harris, Darius Miller, tantos otros que vistieron ese azul y amarillo (color maíz, dicen allí) y que hoy estarán tremendamente orgullosos de ver cómo su Universidad de Michigan ha recuperado por fin su sitio en la historia. Bendita historia, aunque les cueste reconocerla.

Y Burke, Trey Burke. Pudo dar el salto a la NBA tras su año freshman pero se lo pensó dos veces y finalmente decidió volverse a Ann Arbor, los aficionados a este baloncesto en cualquier parte del mundo nunca se lo agradeceremos lo bastante y los aficionados de Michigan no es ya que se lo agradezcan sino que deberían erigirle una estatua por suscripción popular a la puerta del Crisler Arena. Burke, en ésta su segunda temporada, ha dejado de ser uno de los mejores bases de la Liga para convertirse sencillamente en el mejor jugador de la Liga, así, con todas las letras. Habrá quien discrepe y me diga que si McDermott, Oladipo, Zeller, Smart y demás familia, muy buenos todos ellos por supuesto, grandísimas temporadas las suyas pero difícilmente comparables (aunque haya quien las compare) a la de Burke. ¿Les queda alguna duda? Véanse el desenlace de su Semifinal Regional contra Kansas, háganme el favor. Kansas que fue ganando casi todo el partido, Kansas que llegó con más de 10 arriba a los instantes finales, Burke que había estado desaparecido toda la primera mitad (mérito de la defensa de Kansas, también) pero que en llegando estos momentos empezó a carburar, la diferencia que empezó a reducirse pero no lo suficiente, a veintitantos segundos para el final Kansas gana de 5, canasta de Robinson III que les pone a 3, falta a Elijah Johnson que anota los dos tiros, otra vez a 5, canastón de Burke, de nuevo a 3, nueva falta a Johnson, quedan 12 segundos pero esta vez Elijah falla el uno más uno, ¿adivinan quién se juega el triple a la desesperada desde 9 metros para forzar la prórroga? Efectivamente. Y en la prórroga más y más Burke, para que no queden dudas. A Bill Self y sus Jayhawks ya no les quedará ninguna duda a día de hoy.

Estos de Kansas fueron realmente los únicos apuros que pasó Michigan a lo largo del Torneo. Antes se deshicieron sin despeinarse  de la South Dakota State del afamado Wolters y de la asfixiante defensa HAVOC inventada por Shaka Smart para su VCU, y que en este caso nada pudo ante la sobredosis de talento de los Wolverines. Y tras Kansas fue Florida, algunos pensaron que sería un duelo en la cumbre pero los Gators (en su línea habitual de esta temporada) prefirieron quedarse en el llano y no comparecieron, en su casa muy bien pero cada vez que les sacaron de su hábitat más que caimanes parecieron lagartijillas birriosas: Boynton y Rosario yendo por libre como es su costumbre, el resto haciendo lo que pueden que es más bien poco y entre lo uno y lo otro fueron pan comido para los lobitos o lobatos o lobeznos o lo que les apetezca que signifique Wolverines, pan comido para Burke y los hijísimos Hardaway y Robinson, para la manita de ese prodigio canadiense llamado Stauskas (mucho más que un mero tirador, por cierto), no digamos ya para ese McGary que empezó la temporada muy perdido pero ahora ejerce de amo y señor de las zonas, al final tendrán que agradecerle al pívot (hasta entonces) titular Jordan Morgan haberse lesionado por el crecimiento que significó para este tío. Sí, los Wolverines están de nuevo en Final Four y créanme que esa es una magnífica noticia, no ya porque nos retrotraiga a veinte años atrás sino porque significa que ha ganado el talento, el baloncesto alegre y bien jugado a la manera en que lo quiere su veterano técnico John Beilein. Ganen o pierdan nos harán disfrutar, pueden estar seguros.

Syracuse

Si me lo hubieran dicho hace un mes no me lo habría creído. Si hace treinta o cuarenta días se me hubiese presentado algún iluminado diciéndome oye, que sepas que tus Orange van a jugar la Final Four creo que de inmediato le habría contestado anda ya, vete a la…… (rellenen ustedes la línea de puntos con la incoveniencia que les parezca más adecuada). Mis Orange, por resumirlo de alguna manera, han atravesado durante la temporada tres fases muy distintas: una primera, desde noviembre hasta el 21 de enero, en la que lo ganaron casi todo, de hecho el casi sólo fue una derrota por 4 puntos ante Temple; finalmente ese 21 de enero ganaron a Cincinnati, apenas dos días antes habían ganado incluso a la mismísima Louisville (en Louisville), todo parecía ser felicidad en Syracuse… y de repente todo se les volvió del revés: en ese mes y medio que aún quedaba de Big East ganaron cinco partidos (todos ante rivales relativamente fáciles) pero perdieron siete, cayeron en el ranking y en una depresión profunda… de la que empezaron a salir hace tres semanas, en cuanto empezó el Torneo de su Conferencia: excepto esa aciaga Final contra Louisville (sí, la del parcial 49-16) todo lo demás fueron victorias, antes y (obviamente) después: me preocupó Montana (¡¡¡Montana!!!) y la barrieron 81-34, me inquietó California y cayó también (no sin apuros), 66-60. Y qué decir de esta semana pasada: primero se deshicieron de la archifavorita Indiana sin demasiados problemas (qué largo se les ha hecho este final de temporada a los Hoosiers) y finalmente apalizaron con aún menos problemas a esa siempre incómoda Marquette que venía a su vez de apalizar a Miami (qué largo se les ha hecho este final de temporada a los Hurricanes). Somos así, no tenemos remedio (ustedes me disculpen que de vez en cuando me salga la primera persona del plural), íbamos por el mismo lado del cuadro que Indiana o Miami, parecía más imposible que nunca y sin embargo aquí nos tienen, diez años después de Melo (Anthony, no Fab), de Warrick o de (el hoy asistente de Boeheim) McNamara aquí estamos de nuevo, otra vez encaramados a la Final Four.

Estamos en Final Four y esa alegría no nos la quita ya ni dios, por supuesto. Pero es ley de vida no dormirse en los laureles y mirar hacia el futuro, supongo que lo suyo sería hacerlo con optimismo pero el optimismo me cuesta, será la edad que voy teniendo o será que soy así de natural. A ver, no les negaré que he recuperado la fe en este equipo, no les negaré que he vuelto a creer en un base maravilloso como Michael Carter-Williams, hubo un tiempo en que dudé de él porque en los momentos decisivos tiende a aturullarse y pierde a veces demasiados balones pero habré de reconocer que en este Torneo Final me tiene subyugado; creo en MCW como creo en el fantástico alero CJ Fair, en los triples de Southerland, en la (cada vez mayor) potencia unida a la buena mano de Brandon Triche, en la defensa (y muy poco más) de Rakeem Christmas o en los aportes desde el banquillo de Cooney, Jerami Grant o Baye Moussa Keita. Y cómo no, en el verdadero culpable de todo esto, el hombre cuya mera mención hace que me ponga de pie (metafóricamente, que de lo contrario me resultaría muy difícil teclear), Jim Boeheim, 37 temporadas le contemplan, head coach de Syracuse desde 1976, tenía yo la misma edad que tiene mi hijo ahora y puede que usted ni siquiera hubiera nacido por aquel entonces. Sí, supongo que más pronto que tarde tendremos que empezar a pensar en una Syracuse sin Boeheim, es ley de vida… pero por ahora no me lo toquen, háganme el favor.

Me he ido del tema, estaba contándoles que a pesar de todo me cuesta ser optimista, qué le vamos a hacer: Quizá porque miro a Michigan y me parece un plantillón (aunque también hayan pasado sus buenas crisis en momentos puntuales); o quizá porque miro a Louisville y se me viene a la cabeza de inmediato esa Final de Conferencia de la que ya les he hablado chiquicientas veces (la del parcial 49-16, insisto); o quizá porque aunque me niegue a ello al final acaben haciéndome mella todos esos tópicos gratuitos sobre la defensa en zona que me toca escuchar o leer cada vez que Syracuse (o quien sea) llega a algo en esta vida: que si el verdadero baloncesto es hombre a hombre; que si la zona es un recurso, puede ser una excepción en un momento puntual pero de ninguna manera puede ser la regla; que si la zona no sirve ante los buenos tiradores (¿pongamos por ejemplo los de Michigan?)… Pues mire, no, hasta ahí podíamos llegar. Dicen que la zona es un problema pero yo no concibo esa razón, que diría el bolero (sólo que el bolero hablaba de otra cosa): una buena zona deniega tiros exteriores, una buena zona llega a cada pase y encima a cada hombre-balón cual si se tratara de una defensa individual… pero repito, una buena zona, una zona bien hecha, no esa otra que tantas veces solemos ver por aquí de poner a dos tíos delante y tres detrás pegando saltitos con los brazos extendidos, sin más, y que si funciona no es tanto por su propia efectividad como por el desconcierto que genera en los rivales. No hará falta que se lo diga, ésta de Syracuse es una buena zona y no sólo porque lleven 37 años haciéndola sino porque Boeheim cuenta con los jugadores adecuados para hacerla: tíos muy móviles, de largos brazos (véanse al respecto los de MCW), buenas piernas, gran capacidad física, adecuado conocimiento del juego y la intensidad necesaria para cada ocasión. Todo lo cual obviamente no garantiza nada, es bien sabido que una zona se puede desactivar de mil maneras (que si no dando tiempo a que se forme, que si invirtiendo rápido el balón de lado a lado, que si infiltrando entre líneas al grande de turno)… exactamente igual que una defensa al hombre. No, la zona no es el problema, en absoluto, en todo caso puede ser la solución como ya lo ha sido tantas otras veces. El problema (de haberlo) está en mí y mi natural tendencia al pesimismo, así que tampoco me hagan mucho caso ni me lo tengan demasiado en cuenta, háganme el favor.

Sólo tendremos que esperar hasta la madrugada del sábado 6 al domingo 7 para que empiecen a disiparse nuestras dudas; y sólo en un par de días más, madrugada del lunes 8 al martes 9, tendremos ya todas las respuestas. Qué quieren que les diga: abónense, descárguenlo, piratéenlo, búsquense la vida como puedan pero tengan clara al menos una cosa: perdérselo no debería ser una opción. Ustedes mismos.

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