predicando en el desierto   6 comments

A veces, en llegando este momento de la temporada NCAA, no puedo evitar una sensación como de que estuviera pasando un examen. No yo, evidentemente (que ya no estoy en edad de pasar exámenes) sino la propia NCAA. Tampoco es una sensación nueva, no vayan a pensar, de hecho se parece bastante a la que siento con mi deporte en comparación a otros deportes. Otros deportes, básicamente aquellos que se juegan con los pies, lo aguantan todo: ya puede un partido acabar empate a cero, ya puede salir un auténtico ladrillo que la gente lo más que te dirá es vaya truño de partido, sin mirar más allá; ya pueden ser así ocho de cada diez partidos que la gente podrá cuestionar cada partido en sí mismo pero jamás se les ocurrirá cuestionar a ese deporte en su conjunto, obviamente está por encima del bien y del mal. En cambio otros deportes no tenemos esa suerte, basta con que un partido televisado acabe 50-55 para retomar la consabida retahíla de que el baloncesto ya no interesa, las tácticas han acabado con él, tanta defensa y tanto cemento han terminado matándolo, ya ves tú, marcadores a cincuenta puntos, a quién le puede interesar eso, ahora ya es sólo para los puristas… (pronúnciese siempre con un deje de desprecio la palabra puristas para que quede así mucho más acentuado su significado despectivo). Y tanto dará que ese mismo día haya otros siete u ocho partidos que se vayan a ochenta o noventa puntos porque el mal ya estará hecho, ese 55-50 habrá supuesto la condenación no ya de ese partido en concreto ni de los equipos que lo disputen sino del deporte entero. Es lo que tiene no jugarlo con los pies.

Bueno, pues esa sensación (tantas veces repetida) con el baloncesto en relación a otros deportes, es exactamente la misma que siento con la NCAA en relación a otros baloncestos (de aquí o de allá, tanto da). Te tiras todo el año predicando en el desierto, vendiendo las bondades de una competición que no emite nadie y a la que casi no hace caso ni dios, total para que llegue el día en que por fin televisen un partido, éste acabe 55-39 y buena parte de aquellos que se sintieron atraídos por tus recomendaciones al final te acaben mandando a cagar: …o sea, tanto rollo con la NCAA para esto, tanto recomendarnos el torneo universitario y luego resulta que no es ya que no lleguen a 50 puntos sino que casi ni llegan a 40, y ése es el baloncesto espectacular del que tanto nos hablaban, pues vaya mierda, si tanto les gusta que se lo coman con patatas pero yo desde luego ya no lo veo más

El ejemplo es real, por desgracia: 55-39 fue el resultado del primer partido NCAA televisado esta temporada en nuestro país, la Final Regional Syracuse-Marquette, que a mí me hizo mucha ilusión porque supuso la clasificación para la Final Four de mis Orange pero que a una mayoría de espectadores menos implicados les hizo echar espuma por la boca, bastó con asomarse un poco por Twitter para comprobarlo. Y aún podría ponerles otro ejemplo más lejano pero que perdura bien fresco en mi memoria, la mismísima Final de 2011 entre Connecticut y Butler: había sido una temporada extraordinaria, había sido un Torneo Final aún más extraordinario si cabe pero ya se sabe que la final es el principal escaparate de cualquier competición; y la gente que se limitó a asomarse al escaparate sin intentar mirar siquiera al interior de la tienda se encontró con un horror: como si allí sólo hubiera maniquíes descabezados. UConn jugó mal y anotó 53 puntos que fueron más que suficientes porque Butler jugó aún peor y se quedó en 41. O quizá no fuera tanto que jugaran mal como que les superó la presión: tuvieron buenos tiros pero en vez de colarlos por el agujerito se dedicaron a apedrear lastimosamente el aro. Claro está, un par de días después cometí el error de dejarme caer por algún afamado foro NBA y ya podrán imaginarse sin demasiado esfuerzo la clase de opiniones que me encontré, tanto comernos el tarro con el baloncesto universitario, finalmente os hacemos caso, vemos la Final y nos encontramos esto, pues ya está, una y no más santotomás, ya os estaremos esperando cuando otro año nos la volváis a vender… Es así por más que me duela, mucha gente no ve al año más partido NCAA que la final; y a toda esa gente aquella Final les convenció para no volver a ver jamás en la vida otro partido de NCAA.

Llegados a este punto no intentaré convencerles de que le den otra oportunidad a la NCAA, no se me asusten, a estas alturas de mi vida ya no intento convencer a casi nadie de casi nada por la cuenta que me tiene, demasiadas veces lo intenté en el pasado y casi siempre acabé llevándome hostias como panes (disculpen la vulgaridad), y obviamente ahora no me refiero (o no sólo) a la NCAA ni al baloncesto siquiera sino a otros temas menos lúdicos de los que casi siempre salí trasquilado por intentar que los demás vieran las cosas como yo las veía. Afortunadamente ya no estoy en esa fase, me limito a hacer lo que creo que debo hacer, a disfrutar de lo que me gusta e incluso a decirlo públicamente (como es el caso) pero ya sin intentar evangelizar a nadie. No teman, no lo haré tampoco hoy, faltaría más, pero sí me gustaría dejar claros una serie de aspectos que diferencian por completo este baloncesto de todos los demás, para que si nos ponemos a hacer odiosas comparaciones sepamos exactamente qué es lo que estamos comparando:

1) Los partidos de baloncesto universitario duran cuarenta minutos, divididos en dos tiempos de veinte. Es decir, duran ocho minutos menos que en la NBA, por lo que no parece muy lógico establecer comparaciones entre los marcadores NCAA y NBA. Como tampoco parece que tenga mucho sentido, dicho sea de paso, comparar los marcadores NBA con los del baloncesto internacional (ligas nacionales, euroligas varias, competiciones FIBA, etc), y sin embargo es algo que se viene haciendo sistemáticamente desde tiempo inmemorial supongo que con la (in)sana intención de denigrar a éste. La comparación correcta tal vez podría hacerse con los marcadores NBA a falta de ocho minutos para el final de cada encuentro, si alguien con tiempo y paciencia (desgraciadamente no es mi caso) quiere intentarlo seguro que obtendríamos interesantes conclusiones al respecto.

2) El límite de posesión en los partidos de baloncesto universitario es de 35 segundos, es decir, casi un cincuenta por ciento más que en el resto de baloncestos conocidos, en los que (como ustedes bien saben) se sitúa en 24. Obviamente no es obligatorio agotar las posesiones y de hecho muchos equipos casi nunca lo hacen, pero no es menos cierto que al no tener esa espada de damocles de los 24 segundos sobre sus cabezas resulta inevitable que muchas posesiones se alarguen (tanto más con las trabajadas defensas que se gastan en NCAA) y que éstas duren por término medio más que en cualquier otra competición. Ergo si a igualdad de duración (40 minutos) tenemos posesiones más largas, una simple división nos debería dar como resultado que haya menos posesiones en el baloncesto universitario que en cualquier otro baloncesto. Y si hay menos posesiones parece lógico que haya menos tiros, y si hay menos tiros parece lógico que se anoten menos puntos. Parece de cajón…

3) El baloncesto universitario es baloncesto de formación, por definición. O como escribí hace tres años (permítanme que me autoplagie) en similares circunstancias: la NCAA que es además, y sobre todo, baloncesto de formación, y por ello imperfecto, y por eso mismo perfecto en su imperfección, y por todo lo cual sencillamente maravilloso. Conviene recordar que por término medio estaríamos hablando de chavales de entre 18 y 22 años (salvo contadísimas excepciones) a quienes sin embargo comparamos reiteradamente (en términos de acierto, en términos de eficacia) con profesionales de 30 (por ejemplo). No parece muy justo en la mayoría de los casos. O en todo caso sería tal vez más justo que esas comparaciones se establecieran con otras competiciones de formación.

4) Hace algunos días me di de bruces con una estadística según la cual sólo el 1,3 por ciento (¿13 de cada 1.000?) de quienes juegan al baloncesto en categoría universitaria logran hacerlo también en categoría profesional. No me consta la fiabilidad del dato (y en todo caso supongo que se referiría a todas las universidades USA y no sólo a las de la División I) pero una cosa sí debería quedarnos clara: a menudo, viendo NCAA, podemos tener la errónea sensación de que casi todos esos chavales serán profesionales algún día, cuando la puñetera realidad es que sólo un ínfimo porcentaje de ellos logrará realmente ganarse la vida con esto, ya sea en USA o en cualquier liga menor del último rincón del globo; los demás habrán de conformarse con vivir (o intentarlo, al menos) gracias a la carrera que hayan estudiado mientras jugaban (y que de no haber sido por su beca deportiva muy probablemente no habrían podido pagársela), pero sólo un puñado de privilegiados conseguirá hacer del baloncesto su profesión. No estará de más que lo recordemos cada vez que nos dé por comparar este baloncesto (amateur, al fin y al cabo) con cualquier otra competición profesional.

5) Ciertamente en la NCAA se anotan por término medio menos puntos que en cualquier otro baloncesto (adulto), esto es así… pero tampoco tiene por qué ser necesariamente así. Puedo contarles que a comienzos de temporada me tragué un infumable 37-36 (Georgetown-Tennessee, dos buenos equipos, el partido prometía pero luego salió lo que salió) pero igualmente puedo contarles que este mismo año me he visto unos cuantos partidos a ochenta o noventa puntos e incluso recuerdo puntualmente uno en el que ambos equipos superaron los cien. ¿Lo habitual? Lo habitual en un partido medianamente igualado vendrían a ser los sesentaytantos, setentaypocos si acaso, cincuentaymuchos alguna vez, con lógicas desviaciones en función del equipo de que se trate, el estilo de juego que practique, el rival que tenga enfrente, etc. ¿Que le parecen pocos? Pues qué quiere que le diga, es lo que hay, algunas de las razones (de mis razones) ya se las expliqué…

6) A cambio, la NCAA tiene una riqueza táctica (así en ataque como en defensa) que nada tiene que envidiar a la de otras competiciones, más bien al contrario. Claro que usted pensará que todo lo que no sean mates o alley-oops está de más y que el tacticismo está matando el juego, así que a cambio le permito que me llame otra vez purista (no se olvide del deje de desprecio).

7) Solemos etiquetar a menudo al baloncesto USA como el paradigma del individualismo, no niego que esto sea así en NBA (demasiadas veces, y en demasiados equipos) pero créame que esa etiqueta nada tiene que ver con el juego colectivo y solidario que (por lo general, y salvo muy contadas excepciones) se practica en NCAA. Hace tres años decía yo también de la NCAA que de algún modo logra reunir lo mejor del baloncesto de aquí y de allí, que hasta me atrevería a decir (aunque suene a herejía) que es baloncesto de allí a la manera de aquí. Hoy no quitaría ni una coma a aquella frase (más que nada porque sólo tiene una): si usted es de los que reniega del baloncesto USA porque lo ve sólo bajo el prisma de la NBA, quizá debería darle una oportunidad a la NCAA.

8) Mejor cuanto más puntos haya, por supuesto; disfruto más (como todo hijo de vecino) de un partido a noventa puntos que otro a cincuenta… pero no a cualquier precio: si el precio que tengo que pagar por ver un partido a noventa o cien puntos es una defensa contemplativa o simplemente inexistente, créanme que prefiero cienmil veces un partido intenso y bien defendido aunque luego el resultado tenga que ser 50-52. Y si esto le parece una blasfemia o una perversión pues qué quiere que le haga, soy así, supongo que a estas alturas ya no voy a cambiar.

9) La NCAA no será el mejor baloncesto del mundo (jamás diré que lo sea) pero créame que en términos de intensidad, competitividad y pasión nada tiene que envidiar a cualquier otro baloncesto en el mundo. Aquí no hay trantrán ni dejarse llevar como en tantos y tantos partidos de temporada regular NBA, aquí no hay frialdad ambiental (más bien todo lo contrario), aquí no tienes esa sensación de que Regular Season y playoffs parezcan a veces dos deportes distintos. Aquí cada partido importa (entre otras cosas gracias a su peculiar sistema de competición), cada posesión importa, aquí los ves matarse por un balón en noviembre y los seguirás viendo matarse en marzo, del primer minuto al último, del primer partido al último. Pura energía contagiosa, así en la cancha como en las gradas. Rechace imitaciones.

10) La NCAA no es perfecta (obviamente me estoy refiriendo a la calidad del espectáculo) como no lo es ninguna competición sobre la faz de la Tierra. Hay partidos malos en NCAA como los hay en NBA, como los hay (a montones) en nuestra Liga de fútbol, la Champions o la Premier, como los hay en Roland Garros o Wimbledon al igual que hay etapas malas del Tour o carreras espantosas de Fórmula Uno o del Mundial de Motos… ¿Y qué? ¿Descalificaría usted cualquier competición de éstas en su conjunto si un día cualquiera se sienta a verlas, uno sólo, y justo ese día le dan un truño? Pues no lo haga tampoco con la NCAA, hágame el favor.

A veces, mientras disfruto de este baloncesto, no puedo evitar acordarme de un anuncio televisivo de hace muchos, demasiados años, tantos que si usted no lo recuerda no será porque empiece a tener síntomas de Alzheimer sino porque muy probablemente ni siquiera hubiera nacido cuando éste se emitía. Aquel anuncio nada tenía que ver con el baloncesto, era de una emblemática marca de tónica, lo protagonizaba un señor de gafas que supuestamente iba por los bares con la misión de que aprendiéramos a amar la susodicha bebida: ¿No le gusta? Eso es porque la ha probado poco, tiene que acostumbrarse al sabor… Claro está, el presunto cliente volvía a probarla y la anterior mueca de desagrado desaparecía como por arte de magia dando paso a un gesto de satisfacción, todo lo cual se cerraba con el eslogan típico de la publicidad de la época: aprenda a amar la tónica, beba tónica Chués (o como se escriba). Dado que se estarán preguntando qué tendrán que ver los higos con las brevas, pues permítanme que les explique: yo creo que el gran problema de la NCAA en este país es exactamente ese, que la han probado poco, apenas un par de tragos al año que a poco que te descuides te saben amargos, así no hay manera. Si usted quiere acostumbrarse al sabor de la tónica lo tiene bien fácil, le bastará con bajar a la tienda a comprarla o con llegar a un bar y pedirla (con o sin ginebra), si usted quiere acostumbrarse al sabor de la NCAA digamos que lo tiene un poco más difícil, no hay tienda televisiva que se lo venda; o sí la hay, pero es muy cara y sólo la pone a la venta en buen estado durante tres noches al año, luego ya el remanente sobrante lo saca cuatro meses más tarde cuando ya está bien pasada su fecha de caducidad. Algunos con todo y con eso nos enviciamos hace años a base de beber NCAA caducada verano tras verano, algunos cogimos tal vicio que hoy ya nos buscamos la vida para conseguirla a todas horas aunque para ello tengamos que saltarnos los circuitos comerciales, aunque tenga que ser casi desde la clandestinidad. Pero somos cuatro gatos, reconozcámoslo; el común de los mortales difícilmente podrá acostumbrarse al sabor de un producto que no es ya que no sepa a qué sabe sino que ni siquiera sabe que existe.

La temporada de baloncesto universitario (en lo que a disputa de partidos se refiere) empezó hacia el 7 de noviembre y acabará este lunes 8 de abril. Durante casi todo ese periodo la única noticia de dicha competición que trascendió a los medios de difusión nacional fue el hecho de que un chico hubiera anotado ciento y pico puntos en un partido, hecho destacable sin duda pero que habría que matizar advirtiendo que el suceso tuvo lugar en la División III, colleges minúsculos y modestísimos, algo así como el último eslabón de la cadena universitaria; vamos, como si aquí se hubieran enfrentado dos centros de formación profesional de barrio, dicho sea con todos los respetos a la formación profesional y a los barrios. Esa fue la única noticia NCAA que trascendió hasta este pasado domingo con ocasión de la disputa de las finales regionales, ese día el baloncesto universitario volvió a los medios pero no para informar de qué cuatro equipos se habían clasificado para la Final Four sino para contar que un chico se había partido literalmente la pierna; y por supuesto no importaba ni el nombre del chico (y casi mejor, porque a alguno le dio por ponerlo y en vez de Ware escribió Wade, cual si de Dwyane se tratara) ni el equipo para el que jugaba ni lo que había en juego ni quién ganó, todo eso era secundario, lo único importante era que se viera bien la imagen del hueso tronchado y partido en dos. Ese es el nivel, y a partir de ahí no debería extrañarnos que 99 de cada 100 aficionados al baloncesto y 9.999 de cada 10.000 aficionados al deporte de este país no sepan ni qué es la NCAA (y de hecho si alguna vez les da por mencionarla es relativamente frecuente que bailen las letras y escriban NCCA, por ejemplo), que acaso les suene que en USA hay un baloncesto universitario previo al profesional pero no sepan ni quién lo juega ni cómo se juega ni cómo funciona ni para qué sirve ni cómo es; y que mucho me temo que nunca sabrán lo que se están perdiendo, nunca serán ni remotamente conscientes siquiera, no ya del significado de una Final Four sino del ambiente de cualquier partido de temporada regular desde el Assembly Hall, el Cameron Indoor, el Crisler Arena o el Hinkle Fieldhouse por poner cuatro ejemplos. Nunca lo sabrán porque nunca sentirán la necesidad de saberlo y porque nadie les va a dar tampoco la oportunidad de que lo sepan, excepción hecha de los cuatro pringaos que año tras año seguiremos predicando en el desierto; al menos mientras tengamos todavía un desierto desde el que poder predicar.

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Publicado abril 7, 2013 por zaid en NCAA

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6 Respuestas a “predicando en el desierto

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  1. Pingback: Predicando en el desierto | Artículos de Basket

  2. Enorme post! acompaño y suscribo en silencio mi afición a la liga universitaria!!

    somos pocos, porque la minoría entiende de buenos gustos

    un saludo!

    Chuck Person

  3. Gran artículo,por desgracia lo de evangelizar se va pasando con la edad (con lógica) pero nunca esta de más cantarle las cuarenta a algunos listillos que opinan sin idea y comentan sin criterio de ningún tipo. Nada más que decir. Grandioso!

    • Gracias Karbageddon, bienvenido. Sí, ese es uno de los vicios de este país, opinar sin tener ni idea de lo que se opina y sacar conclusiones precipitadas de casi todo. Por eso digo que a estas alturas ya no merece la pena intentar convencer a nadie. Veo algo, me gusta, lo digo, si alguien se apunta pues perfecto, si no pues allá cada cual. Y sí, es una actitud que se va afianzando con la edad, me temo…

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