Archivo para junio 2013

desagraviando a LeBron   1 comment

Hace ya más de un año que le debo un post a LeBron James. Hace ya más de un año, quizá desde el día aquel en que ganó su primer anillo, desde entonces llevo dándole vueltas sin haber conseguido empezarlo nunca. Un post de desagravio en cierto modo, porque no creo haber sido jamás injusto con LeBron pero puedo admitir que alguna vez no fui del todo justo. No fui justo cuando ponderé sus portentosas capacidades físicas y me olvidé de ponderar sus cualidades técnicas, no fui justo cuando pegó la espantá tras la derrota ante Orlando, no fui justo cuando anunció su traspaso a Miami, aún menos justo fui cuando su ego desmedido mordió el polvo ante Nowitzki… No fui justo o puede que (a mi manera) sí lo fuera, puede que lo injusto no sea tanto lo que escribí entonces como lo que no escribí después. Por eso digo que le debo un desagravio, veremos ahora si lo consigo…

Pero antes de nada me curaré en salud, porque sé que habrá quien (sólo a partir de este primer párrafo) me haya situado ya en esa extraña categoría que ahora solemos llamar haters. ¿Haters? Hasta donde alcanzo a recordar el verbo to hate significa odiar, ergo haters debería significar odiadores aunque el señor gúguel tenga a bien traducírnoslo por aborrecedores, supongo que porque el término odiador no existirá en castellano. Hater vendría a ser un extraño cajón de sastre que englobaría a los críticos, a los tibios, a los indecisos e incluso a aquellos que un día puntual dejan de cantar sus alabanzas para decir que ha estado mal, como si eso pudiera ser posible:  ya han salido a relucir todos los haters de LeBron, estaban ahí todos agazapados en sus madrigueras esperando a que hubiera una oportunidad, estas cosas y otras peores hubimos de leer en Twitter tras el tercer partido de la Final, aquella enorme paliza en San Antonio. No sé, yo desde siempre tengo debilidad absoluta por Manu Ginóbili o por Sergio Rodríguez (cada uno a su manera), lo saben ustedes de sobra, y sin embargo ello no me impide reconocer que la mayoría de los partidos de sus respectivas finales los jugaron ambos dos casi como el culo, me duele en el alma reconocerlo pero es así y lo tengo que reconocer. Pero claro, una cosa es la debilidad absoluta y otra ya el enamoramiento o la enajenación mental transitoria, una cosa es admirar a un determinado jugador y otra es mirarlo como si fuéramos crías de trece años mirando a Justin Bieber, no sé si me explico (y ustedes disculpen porque sé que la comparación no es muy adecuada, pero es lo que hay). Supongo que fueron demasiados años de tirarnos todos (unos más que otros) al cuello de LeBron y que a partir de ahí muchos fans ultramontanos acabaron desarrollando una especie de paranoia que hoy les impide distinguir entre opinión, crítica y odio. No estaría de más que se relajaran: a estas alturas, dos anillos mediante, no creo que quede nadie en su sano juicio que no reconozca los méritos de LeBron. Y aún menos creo que nadie odie (lo que yo entiendo por odiar) a LeBron.

Claro que también puede pasar que el hate en inglés no suene tan fuerte como aquí el odio. En castellano lo contrario de gustar no es odiar ni aborrecer, es más bien no gustar, disgustar en todo caso. Odiar sólo sería lo contrario de amar, de hecho odio y amor suelen ser dos caras de una misma moneda, difícilmente podrían entenderse el uno sin el otro, difícilmente puedes odiar de verdad a alguien a quien no hayas amado antes, había una vieja canción (más vieja que yo, incluso) que lo explicaba bastante bien…

Ódiame por piedad, yo te lo pido 
ódiame sin medida ni clemencia 
odio quiero más que indiferencia 
porque el rencor hiere menos que el olvido 

Si tú me odias quedaré ya convencido 
de que me amaste, mujer, con insistencia 
porque ten presente, de acuerdo a la experiencia 
que tan solo se odia lo querido

Pero no estarán ustedes para filosofías baratas a estas horas (sean cuales sean estas horas) así que seré más concreto. No odio a LeBron, no creo haberle odiado jamás… quizá porque tampoco le amé jamás, hasta ahí podíamos llegar. De hecho no creo haber odiado a nadie jamás en mi vida, soy así de raro, y miren que en estos últimos tiempos la actualidad nos pone a güevo unos cuantos nombres para odiar cada mañana pero oigan, que ni por esas. Antipatía, rechazo, desprecio, todo lo que ustedes quieran pero no odio. Quizá porque tampoco les amé antes…

No odio ni odié nunca a LeBron, pero sí habré de reconocer que hubo un tiempo en que me resultó profundamente antipático. Hubo un tiempo en que no soportaba sus patochadas, el numerito aquel de la foto (y sus compañeros tirándose por el suelo cuando disparaba, descacharrados de la risa), el numerito de los polvos de talco, tantos otros. No soportaba su mezquindad descojonándose de los rivales desde el banquillo con el partido ya resuelto, no soportaba esa manera de humillar a un compañero echándole broncas desproporcionadas en público (recuerdo una a Varejao sencillamente apocalíptica), no soportaba esa indignidad de marcharse derrotado al vestuario sin pararse a dar la mano al vencedor (en honor a la verdad habré de reconocer que en esto no fue el primero ni fue el último, este mismo año sin ir más lejos también hemos tenido algún otro ejemplo; y me pareció igual de mal, por supuesto). No soportaba que se montara (con la complicidad del operador televisivo, tampoco lo olvidemos) un programa de siete horas para anunciar que se llevaba todos sus talentos a South Beach, manda narices con la frasecita de marras, para anunciar eso le habrían bastado cinco segundos. No soportaba que se creyera dios y que se empeñara en demostrárnoslo a cada paso que daba, llámenme hater si así lo quieren, nunca lo fui pero llámenmelo si se quedan más a gusto.

Puede que cambiara yo, no les digo que no. Pero lo que sí tengo claro es que sobre todo cambió él. Hay en toda esta historia un punto de inflexión, un antes y un después, no descubro nada entre otras cosas porque él mismo lo dijo. Aquella noche de junio de 2011 en que se consumó su derrota ante los Mavericks LeBron debió hacerse muchas preguntas, probablemente siguió haciéndoselas una y otra vez durante las noches siguientes, durante todo aquel verano. Aquella fórmula retórica que repetía una vez tras otra en aquel anuncio que protagonizó unos meses antes, what should I do, qué se supone que debería hacer yo, probablemente dejó de ser ficción publicitaria para convertirse en una pura realidad que repiqueteó noche tras noche en su cabeza. El resultado de aquel periodo de reflexión fue que LeBron bajó a la Tierra, que el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, que dejó de ser dios y se hizo humano. Y entonces sucedió lo que parecía evidente, lo que cualquiera podría haber imaginado: de dios no se había comido nunca una rosca por su incapacidad para adaptarse al reino de los humanos, en cambio de humano su superioridad es absoluta ya que no existe ningún otro ser humano sobre la faz de la Tierra que se le pueda comparar. Lástima que tardara tanto en darse cuenta.

LeBron es el hombre biónicosi tuviéramos la capacidad de diseñar por ordenador al jugador perfecto muy probablemente nos saldría una cosa así. LeBron James es al baloncesto lo que (salvando las distancias) Jonah Lomu fue al rugby hace veinte años, un prodigio físico y técnico adelantado en (pongamos) medio siglo a su tiempo. Pero LeBron James no es sólo físico, quítenselo de la cabeza cuanto antes, si sólo fuera físico sería Dwight Howard, afortunadamente no es el caso. La naturaleza es muy importante pero no lo es todo, no se juega como lo hace LeBron ni se defiende como defiende LeBron ni se llega a donde ha llegado LeBron sin que haya mucho, muchísimo trabajo detrás. Tienes el físico, tienes los fundamentos, faltaba acaso la madurez pero ese tema empezó también a resolverse hace un par de años como ya quedó suficientemente explicado en el párrafo anterior. No creo que hoy nadie discuta ya que LeBron es ahora mismo el mejor jugador de baloncesto sobre la faz de la Tierra. Ya otra cosa es que además sea el que más nos guste.

No les voy a engañar, esta pasada Final fui con San Antonio, fui con San Antonio como en 1999, 2003, 2005 y 2007, fui con San Antonio como vengo haciéndolo casi desde siempre, desde que nos los vendían como la viva imagen del cemento hasta el punto de que hubo un tiempo en que llegué a sentirme como un antisistema (o aún peor, como un purista), de que en este país llegó casi a estar mal visto ir con los Spurs. Fui con San Antonio por Ginóbili, Duncan, Parker y ahora también por Leonard, fui con San Antonio porque me encanta de toda la vida de dios verles mover el balón, porque a mí se me gana por lo colectivo, porque me priva ver a un equipo y no a una mera suma de individuos. Fui con San Antonio y sólo yo sé el cabreo que me llevé al trabajo en la mañana del miércoles 19 de junio tras pegarme el madrugón para ver aquel sexto partido, suelo decir (a mi hijo se lo he dicho más de una vez) que la alegría por una victoria nos puede durar toda una vida pero la tristeza tras una derrota nunca debería durarnos más de cinco minutos, al fin y al cabo esto es sólo un juego y no nos va la vida en ello, suelo decirlo y además suelo cumplirlo pero aquel día fui incapaz, aquel disgusto me duró toda la mañana, puede que aún me dure (si bien ya convenientemente asimilado) a día de hoy. Lo vi tan cerca que fue casi como si me lo arrancaran de las manos, curiosamente en el séptimo mi disgusto fue mucho menor, supongo que lo tenía ya plenamente asumido con antelación. Fui con los Spurs como fui también con los Pacers (por Hibbert y George pero también por Vogel y su sentido colectivo del juego) en la Final del Este, como fui también con los Thunder (por Durant, Ibaka y aún entonces Harden, aunque ahí su sentido colectivo del juego deje mucho que desear) en la Final de 2012. Suelo ir con los equipos que me gustan, también habría ido con Memphis, Denver o Golden State en una hipotética final si se hubiera dado el caso, créanme que mi forma de entender el deporte es ir con y nunca ir contra… pero no les voy a negar que me cuesta mucho trabajo ir con los Heat, de tal manera que casi siempre acabo encontrando razones para ir con el equipo que juegue contra los Heat. Con Miami en general me pasa como con LeBron en particular: me impresiona, me abruma, casi me intimida… pero no me seduce. Y a mí (aún a mis años) todavía se me entra por la seducción.

Creo sinceramente que llegará el día en que LeBron sea considerado uno de los GRANDES de la historia de este juego, y fíjense que no digo grande (que eso lo es ya) sino GRANDE, con mayúsculas. Creo sinceramente que cuando dentro de veinte, treinta o cincuenta años (si todavía estamos por aquí, cosa improbable) nos pongamos a hacer como tantas otras veces el quinteto ideal de toda la historia NBA tendremos que incluirle, aún por mucho que nos duela aquél al que tengamos que quitar para ponerle a él. LeBron a día de hoy tiene 28 años y medio, es decir que su exuberante físico aún se tomará un tiempo antes de empezar a declinar, su conocimiento del juego en cambio seguirá creciendo día tras día. Estoy casi convencido de que LeBron al final tendrá razón en su pronóstico del día en que se presentó en Miami, cuando se puso a contar presuntos anillos con los dedos y le faltaron dedos: no uno, no dos, no tres, no cinco… Algún día utilizaremos el concepto dinastía para referirnos a estos Heat, tanto más gracias a los buenos oficios de la franquicia a la hora de encontrar los parches adecuados para cada ocasión: allá a donde no lleguen LeBron, Wade o Bosh siempre quedará un Battier, un Mike Miller, un Chris Andersen o un Ray Allen para sacarles las castañas del fuego. Es así, así habré de asumirlo aunque no me entusiasme pero no me pidan además que lo disfrute. Lo contemplaré, lo admiraré y me aguantaré (más o menos por ese orden) más que nada porque no me quedará otra, pero no me pidan además que me enamore. Seguiré prefiriendo el modelo fino estilista al modelo apisonadora, mi corazón (baloncestístico, entiéndase) seguirá estando con los Durant, Stephen Curry o Tim Duncan de la vida, o con los Olajuwon, Worthy, Penny Hardaway o Brad Daugherty por poner también algún ejemplo (variado, surtido) de otro tiempo. Soy así, qué le voy a hacer, supongo que a estas alturas ya va a ser difícil que cambie, supongo que por ser así no faltará quien interprete este presunto (intento de) desagravio como todo lo contrario, quien incluso me vuelva a colgar el cartel de hater… Como dijo el torero, ha de haber gente pa tó.

2053   4 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 21 de junio de 2013)

Este pasado domingo 20 de abril de 2053 acabó por fin la temporada regular ACB tras la disputa de la trigésima y última jornada de Liga, en la que se enfrentaron (al igual que en las 29 anteriores) Real Madrid y FC Barcelona dado que (como ustedes bien saben) son ya desde hace años los únicos equipos que aún participan en dicha competición. El choque resultó enormemente disputado e hizo las delicias del respetable, más concretamente de los 76 espectadores (tan sólo 5 de ellos de pago) que se dieron cita en el Pabellón cubierto del Polideportivo de Moratalaz, cancha que ha acogido los partidos del Real Madrid como local en esta temporada 2052/2053 dado que su habitual pabellón de Coslada se encuentra en obras de reducción de aforo para adaptar su tamaño a la normativa ACB. El encuentro finalizó con victoria blanca por el ajustado tanteo de 29-28 confirmándose así lo que ya se esperaba, es decir, el Real Madrid finaliza en primera posición la Fase Regular y gozará de ventaja de campo en todas las series de playoffs, expresión ésta que aún seguimos utilizando como reliquia del pasado pero que ya se nos ha quedado manifiestamente obsoleta dado que series lo que se dice series ya sólo se disputa una, por supuesto la mismísima Final de esta apasionante competición.

Dicha Final comenzará el próximo viernes 25 de abril y se disputará como viene siendo habitual al mejor de 15 partidos, en formato 2-2-2-2-2-2-2-1. Es decir, los dos primeros partidos en el susodicho Polideportivo de Moratalaz, los dos siguientes en el Palau Blaugranaa1_98a4ecff (adaptado finalmente a la normativa ACB que impone un aforo máximo de 100 personas, si bien en este caso resulta manifiestamente excesivo dado que en ningún encuentro de la presente temporada se logró superar la decena de espectadores) y así sucesivamente hasta llegar a ese decimoquinto y decisivo partido que (sólo en caso de ser necesario) se disputaría también en cancha madridista. Obviamente el primer equipo que consiga ocho victorias se proclamará de inmediato campeón de la LXXI Liga ACB, mientras que el equipo perdedor descenderá de manera automática a la LEB Platino, si bien (como posteriormente explicaremos) dicho descenso es sumamente improbable que llegue a consumarse.

Ni que decir tiene que todos los encuentros de esta Final serán ofrecidos en directo por TVE a través de su recientemente recuperado Canal Nostalgia, como igualmente lo fueron los treinta encuentros anteriores de temporada regular, siempre con el espectacular despliegue de medios que caracteriza al Ente Público y que en este caso consiste en un único operador con su cámara al hombro para así cubrir todos los aspectos inherentes al juego, llevando además un micrófono incorporado para simultáneamente proceder a su narración. Todo ello por supuesto gracias al reciente acuerdo entre la Asociación de Clubes y el Ente Público por el cual éste obtuvo los derechos en exclusiva de dicha competición sin abonar contraprestación alguna y recibiendo a cambio 375 millones de euros anuales de la propia ACB en concepto de agradecimiento por prestarse a la difusión de su producto, con notable éxito de audiencia dicho sea de paso; de hecho el encuentro disputado este pasado domingo obtuvo una cifra récord de casi 1.800 espectadores, si bien se sospecha que al menos 1.500 de ellos pincharon ahí sólo por casualidad, porque les pillaba de paso en su camino hacia la Teletienda. Dada la satisfacción de las partes es más que probable que ACB y TVE se reúnan en los próximos días para prolongar su actual acuerdo por otros 32 años más, de tal manera que la cobertura de esta competición (o de lo que quede de ella) quedaría absolutamente garantizada hasta 2085 cuanto menos. Eso sí, parece que por ahora no será posible atender la solicitud de la ACB para que TVE incluya también los partidos en su canal de alta definición ya que éste continúa a día de hoy con su emisión en pruebas, lo cual le imposibilita para ofrecer otros contenidos que no sean Cuéntame cómo paso, Águila Roja, Los Misterios de Laura y demás prestigiosas series que obtuvieron gran predicamento a comienzos del presente siglo.

Mientras tanto continúa disputándose con gran éxito de crítica y público la segunda competición en importancia de nuestro país, la LEB Platino, Liga semiprofesional (que es tanto como decir semiamateur) auspiciada por la FEB que agrupa a Baskonia, Bilbao Basket, Obradoiro, Zaragoza, Joventut, Estudiantes, Valencia Basket, Málaga y Gran Canaria. Recordemos que estos nueve equipos (junto a los dos que disputan la ACB, obviamente) son los últimos que aún quedan en nuestro deporte tras la definitiva desaparición, ahogados por las deudas, penurias y/o penalidades varias, del resto de clubes que en su día poblaron nuestra geografía, en un proceso que significó de hecho la definitiva extinción del baloncesto en nueve Comunidades Autónomas así como en las Ciudades Autónomas de Ceuta y Melilla. Al respecto, una reciente encuesta realizada en Asturias, Cantabria, Navarra, La Rioja, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura, Murcia y Baleares confirmó lo que ya se esperaba, es decir, un 94 por ciento de entre los ciudadanos de dichas Comunidades dijo no saber o no recordar que en su territorio se hubiese jugado jamás a ese extraño deporte llamado baloncesto. Asimismo un 4 por ciento optó por el no sabe no contesta mientras que el 2 por ciento restante (ancianos venerables en su mayor parte) sí pareció recordar vagamente que hubo un tiempo en el que algunos jóvenes se dedicaban a lanzar balones al interior de unas canastas, un poco a la manera en que lo hacen los mocetones esos yanquis de la NBA. Si bien, dada la avanzada edad de este segmento de población, su opinión no deberá ser tomada en modo alguno en consideración.

Como decíamos la LEB Platino se acerca ya a su final, y todo parece indicar que de nuevo se cumplirán los pronósticos y será el equipo en otro tiempo conocido como Caja de Álava, Taugrés, Tau, Caja Laboral, Laboral Kutxa, Laboral Caja, Kutxa Laboral, Araba Kutxa, Gasteiz Kutxa, Kutxa Caja, Kutxa Kutxa (entre otras múltiples denominaciones) y hoy ya por fin como Baskonia a secas el que finalmente se alce con el título y logre una vez más ese ansiado ascenso a la ACB. Ascenso deportivo, entiéndase, ya que para que éste se hiciera efectivo debería la entidad baskonista cumplir con los requisitos que establece al respecto desde hace años la propia Asociación de Clubes, es decir (entre otros) el abono de un exiguo canon de 7.500 millones de euros y el compromiso de reducción de aforo que obligaría a tapiar en tiempo récord casi la totalidad del graderío del vetusto Buesa Arena dejando sólo al descubierto las dos filas más cercanas a pista. Aún a pesar del amplio plazo de 48 horas que les será dado para cumplir con estos requisitos, y aún a pesar de los denodados esfuerzos que a buen seguro pondrá en el empeño don Josean Querejeta (que a sus 96 años recién cumplidos aún continúa manejando el timón de la nave baskonista), todo parece indicar que un año más el equipo vitoriano no podrá hacer frente a estas condiciones y deberá continuar en LEB Platino, por lo que (como decíamos anteriormente) puede casi garantizarse que tanto Real Madrid como FC Barcelona permanecerán finalmente en ACB sea cual sea el resultado de su playoff final.

Eso sí, al menos al Baskonia siempre le quedará el consuelo de tener ya su plaza asegurada para la próxima edición de la Euroliga, competición a la que acudirá junto a los dos clubes de la ACB y al equipo en otro tiempo conocido como Unicaja y hoy ya tan solo como CB Málaga [Recuérdese al respecto que la macrocrisis planetaria del año 2038 acabó de un plumazo con los patrocinios deportivos y muy especialmente con los de las entidades bancarias (los únicos que aún seguían existiendo a esas alturas), dado que sus mandamases estimaron que seguir intentando convencer de sus bondades a una ciudadanía a la que al fin y al cabo ya tenían agarrada por los huevos era poco menos que tirar el dinero, y que total para tirarlo pues casi mejor se lo quedaban ellos, para así complementar su beneficio neto anual]. Por supuesto que el hecho de que el CB Málaga haya vuelto a quedar este año penúltimo de su Liga no será un impedimento ni supondrá un menoscabo en su participación, ya que (como bien saben) este derecho no se obtiene en base a criterios deportivos sino en base a los méritos contraídos en la primera mitad de la primera década del presente siglo, época en la que gracias a sus buenas actuaciones le fue adjudicada plaza vitalicia hasta que finalice el siglo XXXIII o hasta que el baloncesto se extinga definitivamente como deporte sobre la faz de la Tierra, según.

Ahora bien, pese a su magnífica marcha la ACB considera que todo es susceptible de mejorar, razón por la cual convocará en breve una Asamblea Extraordinaria de cara a incrementar aún más si cabe el atractivo de la competición, a la que está previsto que acudan la totalidad de los (dos) equipos que la integran. Por supuesto que la reunión estará presidida por su Comisionado Honorario, Vitalicio y Plenipotenciario don Eduardo Portela, que a sus 119 años sigue ahí al pie del cañón rigiendo con pulso tembloroso pero firme (por contradictorio que ello resulte) los azarosos des(a)tinos de nuestro baloncesto. Entre las medidas que se prevé aprobar estaría la de optimizar las retransmisiones televisivas, aprovechando para ello las inmensas ventajas que la tecnología pone hoy en día a nuestra disposición: concretamente se suprimirá el operador de cámara y se dejará la cámara sola para que funcione a su libre albedrío, y que sea lo que dios quiera; así a la emoción del partido en sí sumaremos también la emoción de no saber si lo vamos a ver o no, como en los viejos tiempos. Asimismo se aumentarán los requisitos para acceder a la ACB, incrementándose el canon de 7.500 a 30.000 millones de euros (no vaya a ser que algún año de éstos a Querejeta le toque el euromillón y tengamos un disgusto) y exigiéndose también a partir de ahora un juramento de fidelidad eterna al Dios Portela y un certificado de pertenencia a una institución futbolística de rancio abolengo con no menos de cincuenta títulos a sus espaldas, para así garantizar la viabilidad del proyecto. Con estas medidas (más otras que poco a poco se les irán ocurriendo) bien podremos estar seguros de que la ACB continuará aún por muchos años a la vanguardia de la alta competición y podrá seguir repitiendo una y otra vez con la cabeza muy alta aquello de que es la mejor liga profesional de baloncesto del mundo después de la NBA; entre otras cosas porque a estas alturas no queda ya ninguna otra liga profesional de baloncesto en el mundo más allá de la NBA.

aproximación al draft   10 comments

Quedan ya muy pocos días para el draft y de un momento a otro las webs especializadas se nos llenarán de completísimas predicciones al respecto, todas ellas perfectamente jerarquizadas del 1 al 10, al 30 ó al 60 dependiendo del nivel de conocimientos y del nivel de esfuerzo del experto en cuestión. No es mi caso. Saben que yo no me considero experto (ni de lejos) sino un mero aficionado, no me baso tanto en conocimientos como en gustos personales y por eso no deberán considerar esto como una predicción sino como una mera aproximación, por supuesto no jerarquizada sino in alphabetical order, de la A a la Z (nunca mejor dicho). Hecha esta salvedad, si aún así tienen a bien acompañarme…

Steven Adams (Pittsburgh): Esperé hasta el último momento que este freshman neozelandés (ya habitual en las selecciones de su país, por cierto) tuviera a bien retirar su nombre del draft y retornara a jugar con los Panthers su temporada sophomore… en vano, obviamente. Desde el punto de vista económico puede ser un acierto (al menos a corto plazo), desde el punto de vista deportivo creo sinceramente que la caga. Pívot tronquete, propenso a las faltas, que mejoraba a su equipo casi cada vez que se sentaba en el banquillo y que de vez en cuando (muy de vez en cuando) dejaba atisbos y esbozos de lo bueno que podría llegar a ser con trabajo, dedicación y minutos. Los que habría tenido en Pittsburgh, los que difícilmente va a tener allá donde vaya. Él sabrá.

Anthony Bennett (UNLV): A este monstruito me lo han comparado repetidas veces con Larry Johnson (espero que recuerden a Larry Johnson) y créanme que la comparación está bien traída, y no sólo por el hecho de que ambos provengan de la misma universidad. Anthony Bennett, canadiense por cierto (vayan acostumbrándose porque últimamente salen a chorros, ya les contaré), es el típico dos por dos casi literal, el típico al que la primera vez que le ves piensas que le faltan centímetros de alto (para jugar dentro, entiéndase) y le sobran de ancho. Esa primera vez que le ves (que debió ser el Nike Hoop Summit, o el McDonald’s All American) piensas que tiene unas condiciones físicas impresionantes pero te quedas ahí y no vas más allá, y sin embargo luego pasa el verano, luego te lo vuelves a encontrar en el baloncesto ya más organizado de los Running Rebels y entonces vas y exclamas ¡¡¡cáspita!!! (en realidad exclamas otra cosa, que no reproduciré), ¡pero si este tío sabe jugar, y cómo…! Unos fundamentos muy por encima de la media, una muñeca aceptable, un primer paso demoledor. No le he visto tanto como debería y por ello les ruego que no me lo tengan muy en cuenta, pero creo que apunta esbozos como para pensar que (con trabajo y paciencia, que aún le falta mucho) puede llegar a ser un gran jugador. No necesariamente un Larry Johnson (que eso ya son palabras mayores) pero sí un gran jugador.

Trey Burke (Michigan): Allá por el lejano diciembre, cuando les hablé de los Wolverines, ya expresé aquí mismo mi estupefacción ante el hecho de que este tío, siendo como era (casi) sin discusión alguna el mejor base de toda la competición universitaria, apenas figurase alrededor del puesto 20 (y eso en el mejor de los casos) en las previsiones pre-draft. Claro está, no hay mal que cien años dure y éste apenas duró tres meses, los que tardaron los pronosticadores en entrar en razón. Hoy ya a nadie se le ocurriría situarle más allá del puesto 10 y son muchos los que le ubican en el top 3 ó top 5. Eso sí, para que abrieran los ojos hizo falta que Burke pusiera sobre la mesa unas cuantas exhibiciones, que se echara el equipo a la espalda en el Torneo Final y lo llevara hasta la mismísima Final Nacional dejando por el camino actuaciones tan inolvidables como aquella de la Semifinal Regional ante Kansas. Burke pasó de ser considerado unánimemente el mejor base de la nación a ser considerado unánimemente el mejor jugador (de cualquier puesto) de la nación (a nivel universitario, entiéndase), de tal manera que hoy ya nadie pone los prejuicios físicos por encima de su talento, hoy la franquicia que le escoja tendrá claro que se estará llevando no sé si a una estrella (tampoco lo descarten) pero sí a un base titular de garantías para muchos, muchos años. Al tiempo.

Michael Carter-Williams (Syracuse): Por alguna misteriosa razón tiendo a ser más crítico con mis jugadores (con los jugadores de mis equipos, entiéndase) que con los demás, y quizá esa sea la causa de que no acabe de entusiasmarme con alguien como MCW que debería ser mi chico favorito. Y miren que reúne buena parte de las cualidades que se pueden pedir a un base: largos brazos, buenas piernas, mejor manejo de balón, pase correcto, adecuada lectura del juego, magníficos fundamentos técnicos, en transición y/o penetración es sencillamente imparable, su tiro es manifiestamente mejorable pero seguro que lo mejorará en cuanto se lo proponga… ¿Y entonces? Entonces me preocupa su proceso de toma de decisiones, tanto más cuanto más crujientes sean los minutos en que tenga que tomarlas. Que le he visto aturullarse demasiadas veces en los momentos decisivos, vamos. Lo cual tampoco tiene por qué ser demasiado grave: porque no deja de ser un pecado de juventud (que se cura con el tiempo), porque la tensión de cada partido NCAA poco tiene que ver con la existencia rutinaria de la temporada regular NBA (luego los playoffs ya son otra historia, claro) y porque me imagino que su destino a corto plazo será ejercer de base suplente allá donde caiga; años tendrá por delante para irse poco a poco acostumbrando a asumir la responsabilidad.

Shane Larkin (Miami): Una de las sensaciones de la temporada, un base al que me sorprende no ver aún más arriba en los pronósticos (no le dan más acá del 14) porque tiene un perfil muy enebeable (por decirlo así): base más anotador que director (lo cual no quiere decir que desdeñe esta última faceta), buenísima mano, aún mejores piernas, tremendo penetrador (suena feo esto), estupendo pasador y además con buen criterio a la hora de tomar decisiones gracias entre otras cosas a haber estado a las órdenes de un magnífico maestro como Jim Larrañaga. Y con cierto perfil mediático además ya que es hijo del hall of famer beisbolístico Barry Larkin, si usted es amante de dicho deporte sabrá quién es, desgraciadamente no es mi caso. Lo dicho, creo que tiene un amplio recorrido por delante en NBA, ya veremos si (como tantas otras veces) me equivoco.

Alex Len (Maryland): A día de hoy, para mi gusto, el mejor pívot de este draft. Lo cual no es decir mucho porque en este draft no hay shaquilles ni olajuwones ni de lejos, pero sí es bastante en estos tiempos que corren. Repito, a día de hoy, no vaya a ser que dentro de unos años tengamos a Noel convertido en megaestrella, no les digo yo que no (aunque lo dude) pero créanme que hoy por hoy el de Kentucky (aún sano) no le llega al de Maryland ni a la suela del zapato (ligera exageración). Repito también, para mi gusto… que no debe ser tan raro porque resulta que el ucraniano ha subido como la espuma en estas últimas semanas, de hecho hay mocks (qué palabras tan extrañas utilizamos a veces) que ya apuntan a él como número 1… supongo que más que nada porque los Cavs andan buscando un cénter y no acaban de fiarse de Noel. Si le escogen no habrán encontrado una estrella (pero es que de ésas no hay en este draft) pero sí habrán hecho una buena elección, ténganlo por seguro.

C.J. McCollum (Lehigh): McCollum entró de lleno en nuestras vidas y en nuestros corazones allá por el Torneo Final de 2012, llevando a la modestísima Lehigh a cargarse contra todo pronóstico a la archifavorita Duke con todo su Coach K y su Austin Rivers y sus Plumlee y demás familia. En aquel partido y en el siguiente McCollum se nos presentó como un base jugón maravilloso, un auténtico líder además. Y ya está, y no me pidan más porque eso fue en marzo de 2012, en la temporada 2012/2013 no le he visto ni una sola vez, que no es que sea Lehigh de las universidades más televisadas precisamente… aunque muy mal no le habrá ido si le listan tan arriba. Sea como fuere, ver a un base sénior (rara avis) de una universidad tan pequeña en puestos de lotería me parece una magnífica noticia. Seguro que el equipo que lo escoja no se va a equivocar.

Ben McLemore (Kansas): Me deja frío, no les voy a engañar. Es decir, reconozco que es un escolta de calidad excelsa al que apenas se le aprecian defectos evidentes, reconozco que aún siendo freshman fue con diferencia el mejor jugador de Kansas (lo cual tampoco es decir mucho, que el amigo Self hizo milagros con lo poco que tenía entre manos), reconozco que su comienzo de temporada fue sencillamente demoledor… y que luego muy poquito a poco fue yendo a menos, que empezó pareciendo la octava maravilla del universo y acabó pareciendo (casi) un jugador más. No sé, será que me acostumbré a él o será que le miro con malos ojos o será que en el fondo me parece uno de tantos, muy bueno pero muy parecido a tantos otros que también son muy buenos y que luego en NBA acaban convertidos en jugadores del montón. No sé lo que será pero lo cierto es que me deja frío, qué le vamos a hacer. No me lo tengan en cuenta.

Shabazz Muhammad (UCLA): hace algunos meses lo definí como LeBroncito. Una especie de sucedáneo del original, un Lebron de garrafón pero eso sí, manifiestamente mejorable todavía. Para la cosa de la mejorabilidad quizá no le habría venido mal tirarse un año a la vera de Alford para complementar el que se tiró a la vera de Howland, pero en vez de eso la criatura ha decidido dar el salto al draft, probablemente lo tuviera decidido ya desde bastante antes de su azarosa llegada a UCLA. En el pecado llevará la penitencia: hace un verano muchos le daban como número 1 de este draft y pocos le situaban más allá del puesto 3. Hoy en cambio casi nadie le da más acá del puesto 10.

Nerlens Noel (Kentucky): Si no hubiera sucedido lo que sucedió el pasado 12 de febrero en el encuentro ante Florida no les quepa la menor duda de que Noel (pronúnciese Nouel) sería el más que probable número 1 de este draft. Lo sería gracias a sus presuntos 6,10 pies de altura (no sé si le midieron con o sin tupé) y 7,3 de envergadura (lo que viene siendo en metros como 2,08 y 2,20, respectivamente), lo sería gracias a su físico perfectamente coordinado y su movilidad extrema, lo sería no tanto por lo que es como por lo que parece que puede llegar a ser. En ataque a día de hoy se limita a ejercer de pichichi y machacar lo que le ponen o lo que se pone él solo a partir de rebote ofensivo, no le pidan más porque hoy por hoy no sabe hacer más (o si lo sabe lo disimula); eso sí, sus posibilidades son inmensas, de que se aplique más o menos dependerá que se acabe convirtiendo en un Olajuwon de la vida (demasiado optimismo parece) o que se quede en poco menos que un Howard (en flaco) de la vida. Eso sí, donde no ofrece dudas es en defensa, una garantía en el rebote y una verdadera máquina a la hora de taponar… Todo lo cual, como les decía, caducó el pasado 12 de febrero. Ese día se dejó un ligamento al bies, cómo vuelva tras su recuperación es una incógnita (incógnita sería aún estando sano, así que estando así ya ni les cuento…). Algunos aún siguen apostando por él como número 1 del draft, yo creo que caerá bastante más atrás.

Victor Oladipo (Indiana): En la temporada 2011/2012 ya nos demostró bien a las claras que era un portento físico y un prodigio de intensidad. En la temporada 2012/2013 siguió demostrando (aún más si cabe) ambas cosas pero también una tercera: su enorme capacidad de mejora. Ya no era sólo el saltimbanqui desatado que un día conocimos, ya lucía también una coordinación de movimientos que jamás le habríamos sospechado, un progreso envidiable en el tiro y una imponente presencia defensiva que le hacía ser el designado por Crean para encimar al principal jugador rival así éste fuera alero o base, tipos tan solventes como Burke o Carter-Williams pueden dar buena fe de ello. La franquicia que lo elija escogerá a un valor seguro, si bien no me atrevo a imaginarle como estrella sino como machaka, ya saben, el típico especialista defensivo indesmayable que solemos encontrar en cualquier quinteto NBA que se precie. Machaka ilustrado si así lo quieren, machaka con un cierto nivel de calidad si así lo prefieren pero machaka al fin y al cabo. Nada más (y nada menos) que eso.

Kelly Olynyk (Gonzaga): Otro presunto integrante de esa selección canadiense para (pongamos) los Juegos de 2020 a la que intentaré dedicar un post próximamente (permanezcan atentos a sus pantallas). De la temporada 2011/2012 a la 2012/2013 Kelly Olynyk dejó crecer su pelo y vio también crecer exponencialmente su juego (una especie de Sansón a la inversa), sin que me conste que haya relación causa efecto entre ambos crecimientos. La franquicia que le escoja no tendrá una estrella (ni de coña) pero se asegurará un ala-pívot honesto y trabajador, que curra bien dentro y tiene una mano bastante aceptable desde fuera. No es poco.

Otto Porter (Georgetown): El mejor all-around-player que he visto jamás, la frase no es mía (que jamás me atrevería yo a tanto) sino de alguien que le sufrió desde el banquillo de enfrente, el mítico Jim Boeheim. Un tanto hiperbólico el insigne coach de Syracuse, me temo, pero ustedes cogen la idea. No estoy seguro de que sea para tanto pero sí creo firmemente que libra por libra es el jugador más completo de este draft, el típico jugador que es bueno en todo aunque tal vez no sea extraordinario en nada. Si yo tuviera una franquicia en los primeros puestos del draft me tiraría de bruces a por él… y ello a pesar de las reservas que me dejan últimamente los jugadores de Georgetown, que a veces me recuerdan a aquello que dijo cierto abrupto entrenador futbolístico de la cantera de cierto equipo, que según él sólo producía mingafrías. Jugadores que me enamoran técnicamente pero a los que luego en un momento dado parece faltarles ese instinto asesino, ese puntito de agresividad: como Hibbert (aunque se haya redimido sobradamente en estos pasados playoffs), como Monroe, como este Porter. Tantas eliminaciones prematuras de los Hoyas en el Torneo Final, casi siempre ante equipos presuntamente inferiores (culminadas este pasado marzo con su estrepitoso hundimiento ante Florida Gulf Coast) no pueden suceder por casualidad.

Cody Zeller (Indiana): Me acuso: reconozco que se me fue la olla con él, que le puse por las nubes demasiado pronto, que ponderé sus virtudes más allá de sus defectos. Aunque en mi descargo habré de alegar que no fui el único (mal de muchos…), a comienzos de temporada casi todo dios le daba el número 1 del draft y hoy ha caído hasta más allá del 10, y bajando. Su calidad es (a mi juicio) infinitamente superior a la de su rudimentario hermano Tyler, y sin embargo se da la paradoja de que Tyler acabó siendo mucho más eficaz y resolutivo en sus Tar Heels de lo que Cody ha acabado siéndolo en sus Hoosiers. Sobrado de fundamentos, sobrado de centímetros, sobrado de movilidad para (por ejemplo) correr bien la cancha… pero por resumir en una sola palabra sus carencias diría yo que le falta presencia. Presencia para hacerse valer en ataque y que no se le coman los pívots rivales, presencia sobre todo en defensa para que fuera capaz de intimidar un poquito siquiera… Me gustaría que le fuera bien (más que nada porque a los jugadores de clase siempre me gusta que les vaya bien) pero tengo serias dudas. Para mí es una incógnita.

Y hasta aquí. Quizás echen de menos a algún otro jugador, por ejemplo a ese anotador de la Universidad de Georgia que responde al proceloso nombre de Kentavious Caldwell-Pope y que tanto ha subido últimamente en los pronósticos (pero es que sólo le he podido ver en algún vídeo aislado, no le he visto un partido entero y en tales circunstancias no me atrevo a hablarles de él, lo siento). O por ejemplo a aquellos que no provienen de la NCAA, y de los que no voy a hablarles porque a algunos como Gobert o Adetokumbo (o como se llame) no los conozco y a otros como Nogueira o Abrines ya los conocemos todos demasiado, qué les voy a contar que ustedes no sepan ya. Pues eso, que hasta aquí. Y recuerden lo que les dije al principio, es sólo el punto de vista de un aficionado, en caso de cagada les agradeceré que no me lo tengan demasiado en cuenta…

tanta pasión para nada   9 comments

No sé ni por dónde empezar. Siempre se me dieron mal las despedidas tanto más si éstas son definitivas, si no son hasta luego sino hasta siempre, ese hasta siempre que suena tan bien pero que a la larga es una puta mentira, que en realidad suele ser lo mismo que hasta nunca aunque parezca significar lo contrario. No, las despedidas nunca se me dieron bien y las necrológicas se me dan aún peor, quien me lea desde hace años habrá tenido ya sobradas ocasiones de comprobarlo. Y sin embargo, Manel, aquí me tienes, intentándolo de nuevo (ya veremos si consiguiéndolo), intentando decirte ese hasta siempre aunque siempre y nunca vuelvan a ser improbables sinónimos de nuevo. Intentando decirte adiós como si eso importara, como si me hubieras conocido, como si te hubiera conocido yo más allá de los medios, más allá de la lejanía de un banquillo visto desde la grada o desde la pantalla del televisor. Como si pudiera, como si no se me embarullaran todos esos recuerdos que aquí me tienen hecho un lío, sin saber muy bien ni por dónde empezar…

Quizás debería empezar por el principio. No por el tuyo sino por el mío contigo, aquella tarde de 1981, aquella Penya, aquella Carrera Venezia, aquella Final de la Korac, aquella canasta imposible de Joe Galvin, aquella bendita locura. Quizás entonces no fueras aún consciente de lo que significó todo aquello, aquella victoria de alguna manera marcó a toda una generación, críos y jóvenes de repente descubriendo (acaso ya lo sospecháramos) que más allá del baloncesto oficialista (los partidos de Liga del Madrid, los partidos de Copa de Europa del Madrid, los Torneos de Navidad del Madrid) había otros baloncestos que también eran de dios, que también merecían asomarse al televisor y hasta podían volvernos locos de alegría cuando menos lo esperábamos. Quizá nunca fuéramos conscientes, Manel, ni tú ni nadie, de que aquella maravillosa burbuja baloncestera de los 80 empezó a cocerse en realidad en aquel vetusto Palau, en aquella ya lejana primavera de 1981…

Luego fueron tiempos de Licor 43, de Cacaolat, equipos líquidos y míticos de aquella década prodigiosa, podría asociarte con ellos (Santa Coloma, sobre todo) pero de aquella época me queda sobre todo tu imborrable recuerdo de la radio, el repentino descubrimiento de que podíamos hacer con el baloncesto lo que ya veníamos haciendo y tantas otras veces haríamos después con el fútbol, quitar el sonido del televisor y escuchar (sí, escuchar) Antena 3, al mando un José María García repentinamente enamorado del deporte de la canasta, en la narración tal vez ya un Siro López que aún no se había echado al monte, con el inalámbrico (¿existirían ya los inalámbricos?) un atípico sujeto de tez oscura e incipiente calvicie llamado Andrés Montes y en los comentarios técnicos (seguro que lo recuerdas) aquella impagable pareja que formabas con Mario Pesquera, así cada verano en cada Campeonato de Europa o del Mundo, enseñándonos, bebiéndonos vuestras enseñanzas, haciéndonos ver por la radio mucho más baloncesto del que éramos capaces de ver a través de la pantalla del televisor. Pura magia.

Luego te fuiste a Zaragoza y te birlaron impunemente aquella Recopa en Suiza, aquella noche en que los ¿aficionados? del PAOK decidieron que si no podían ganarla por lo civil tendrían que ganarla por lo criminal. Más tarde fuiste a Cáceres y ahí tuvimos un desencuentro, nunca se lo he contado a nadie pero hoy creo que debo hacerlo para ser completamente honesto conmigo mismo, decirte lo mal que me sentó entonces aquello que hiciste en aquella eliminatoria europea, no recuerdo ya qué temporada ni qué ronda era ni contra quién (mi memoria ya no es lo que fue), sí recuerdo que en la ida perdisteis de paliza, qué sé yo, pongamos de 28, que la remontada parecía imposible y sin embargo cuajasteis un encuentro de vuelta de fábula, que le disteis la vuelta a la tortilla, que a dos o tres minutos para el final la hombrada estaba hecha, que ganabais de (pongamos) 32 ó 34… y que justo entonces pediste tiempo muerto y mandaste parar: mirad chicos, ya hemos demostrado que podíamos, ya hemos demostrado que la eliminatoria sería nuestra si quisiéramos pero lo que pasa es que no queremos, aunque pasáramos esta ronda la Korac nunca la íbamos a ganar y en cambio todos esos viajes no harían más que distraernos de nuestro verdadero objetivo que es asegurar la permanencia en la Liga, algo así les dijiste, te hicieron caso, se dejaron ir, en esos últimos minutos perdisteis la diferencia suficiente, ganasteis el partido pero dejasteis escapar conscientemente la eliminatoria, lo explicaste luego por activa y por pasiva y recuerdo bien que me indignó, nunca supe cómo se vivió aquello en Cáceres pero yo desde la distancia lo viví poco menos que como una traición, traición a esos principios sagrados del deporte en los que todavía creía yo desde la ingenuidad de mis treinta y pocos años, al menos hoy desde mis cincuenta y tantos puedo entenderte, puedo mirar ya la vida con más frialdad. Y al final para qué, si en apenas unos años dejó de existir aquel Cáceres, si hoy ya ni siquiera estás (físicamente) tú… Como tantas otras veces, tanta pasión para nada.

Y tus años en Baskonia, tus títulos en aquel Baskonia que entonces aún llamábamos Taugrés, tus finales perdidas y finalmente ganadas, tu Copa, tu Recopa, tus Ramón Rivas, Kenny Green, Marcelo Nicola, Velimir Perasovic, Pablo Laso, qué agujero le habrás dejado hoy en el alma a Pablo Laso justo en la semana más apasionante y más difícil de su aún corta carrera profesional. Fueron tus mejores años, los que te abrieron las puertas del Barça, de tu Barça, ante ti la gran oportunidad de entrenar por fin al equipo de tu vida… y como suele suceder no te concedieron ni el beneficio de la duda, no te dieron bola, no te pasaron ni una, aún no habías acabado de deshacer las maletas y ya estabas otra vez empezando a hacerlas. Otra vez más, tanta pasión para nada.

Pero volviste a Badalona y volviste a triunfar, fuiste a Valladolid a conocer las profundidades de la Liga, bajaste a Sevilla a intentar poner alma a ese equipo sin alma al que nunca supimos cómo llamar ni de qué color nos lo íbamos a encontrar. De alguna manera te convertiste (nunca supe si por gusto o a tu pesar) en el personaje de referencia de nuestro baloncesto, vivíamos ya los tiempos de las catacumbas, los carruseles ya jamás prestaban la más mínima atención a nuestro deporte y sin embargo una noche cualquiera hablabas y (como suele decirse) subía el pan, hasta Paco González mandaba parar las máquinas, interrumpía la narración de Lama, la publicidad de Castaño y todo lo que hiciera falta interrumpir para meter el corte con tus declaraciones de ese día, acaso aquellas en las que explicaste la táctica del conejo (cada vez que la veamos nos acordaremos de ti, ya lo hacíamos antes pero ahora con más motivo) o aquellas otras en las que dijiste con tu mejor tono de cabreo que hoy hemos inventado una defensa nueva, en vez de cuatro en zona y uno al hombre hemos defendido cuatro al hombre y uno en zona, o quizás aquellas otras en las que soltaste lo del NAF, joder la que liaste con lo del NAF, hasta yo te puse (demasiado) verde, quizás no supe entender que entre pensar las cosas antes de decirlas y decir las cosas antes de pensarlas siempre preferiste esta segunda opción, aunque luego te costara arrepentirte cienmil veces (de la forma, no del fondo) de lo dicho.

Te tenemos muy reciente, Manel, y por eso duele más que te nos vayas. Volviste a los medios, no eras ya aquel analista de los 80 (o quizá sí lo fueras, y acaso fuéramos nosotros los que ya no éramos los mismos) pero todavía aportabas, vaya si aportabas, sobre todo cuanto mejor fuera aquél que te pusieran al lado para darte la réplica. Quizás tampoco tanto como hubieras podido aportar, porque más de una vez te mordiste la lengua, porque siempre fuiste con el freno de mano echado, porque Arseni nunca supo encontrar la manera de extraerte todo aquello que llevabas dentro. Y por los medios que no te dieron, también, por aquellos vídeos que nunca arrancaban ni paraban a su debido tiempo, por aquella pizarra (una simple y mísera pizarra como la que tienen todos los técnicos en sus banquillos, como aquella que todos los analistas yanquis tienen también a su disposición) que tampoco quisieron nunca comprarte por más veces que la pediste. Una tarde anunciaste lo del cáncer y a muchos se nos cayó el alma a los pies, hasta a aquellos que tanto te criticaron no les quedó más remedio que echarte de menos, acaso fueras para ellos como ese frigorífico al que mientras funciona jamás le das la menor importancia (y hasta puede que te quejes de su ruido tan molesto) y que sólo eres capaz de valorar en su justa medida cuando se te estropea, qué sé yo…

Volviste y dijiste que este bicho no iba a poder contigo, lo recuerdo bien. Así lo dijiste y así nos lo creímos, quizá tu también lo creyeras o quizá fuera tan solo un ejercicio de coraje, una mera declaración de intenciones. Pero cuando apareciste aquella otra tarde con la cabeza afeitada empezamos a preocuparnos, cuando te fuiste de nuevo empezamos a preocuparnos todavía más. El pretexto fue que tu estado de salud no te permitía viajar, pronto vimos que no te permitía viajar ni aunque el partido se jugara en Barcelona casi al lado de tu casa. Empezamos a intuir que jamás volveríamos a tenerte comentando partidos, aún más lo intuimos (lo supimos, más bien) cuando hace apenas un mes saltó a la luz pública esa otra desagradable noticia, ese otro tema del que me niego a hablar, Manel, ya sabes a lo que me refiero. Eres (aún no puedo cambiar el tiempo verbal, aún no logro acostumbrarme a decir fuiste) un grandísimo entrenador y un grandísimo analista, sólo con eso quiero quedarme. Lo demás me importará tal vez (o tal vez no) a su debido tiempo, hoy no desde luego. Hoy sólo me importa saber que esta vez los indios ganaron al Sheriff, que ese puto bicho al final se salió con la suya, que esta vez te tenía bien agarrado por los huevos. O por los pulmones, más bien.

¿Sabes qué es lo único que no te perdono ni podré perdonarte nunca? La cantidad de historias que te llevas a la tumba, la cantidad de conocimientos que ya no tendremos, la cantidad de cosas que ya no sabremos, la cantidad de batallitas y chascarrillos que podrías habernos contado y que habrían dado tal vez para escribir no uno sino un montón de libros, quién sabe si hasta unos cuantos tomos de memorias. Te nos mueres y es como si treinta y tantos años de baloncesto se nos murieran también un poco. Aún seguirás viviendo en nuestros recuerdos, en nuestros vídeos, ese al menos es el consuelo que nos queda, el clavo ardiendo al que tendremos que agarrarnos todos aquellos que nos quedamos a este lado. Tú ya estás al otro, a ti ya todo eso te da lo mismo. Aún no has acabado de irte y ya te estamos echando de menos, Manel.

No sabía cómo empezar y aún menos sé cómo acabar. Me temo que a estas horas de la tarde no se me ocurre nada mejor que autoplagiarme y recurrir a aquellas sabias palabras de Brecht que me apropié ya en cierta ocasión para glosar la figura de MonsalveHay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles. Manel, lo sabes de sobra, tú eras otro de esos imprescindibles, tú formabas parte de ese pequeño puñado de seres humanos que no es que sean gentes de baloncesto sino que son el baloncesto, sin más. Un buen pedazo de nuestro baloncesto se nos ha ido hoy contigo, Manel, lo sabes. Un montón de años de baloncesto vividos con absoluta pasión, esa pasión que no fue en vano aunque a ti hoy ya no te sirva para nada. Hasta siempre (que será igual que hasta nunca pero que yo sigo prefiriendo el hasta siempre, aunque en el fondo dé igual, aunque ya tampoco tenga ningún sentido), Manel. Descansa en paz.

aquel 7 de junio   4 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 6 de junio de 2013)

Recuerdo que aquel 7 de junio de 1993 fuimos mi señora y yo a pasar la tarde a casa de mis padres. Es raro porque era lunes y nunca solíamos ir entre semana, no sé qué demonios pintaríamos allí aquel día, quizás (dadas las fechas) nos hubieran pedido ayuda con su declaración de la renta, qué sé yo. Lo cierto es que llegamos y que, tras los besos, saludos y cortesías de rigor, mi madre en un momento dado me soltó, bueno ¿te has enterao, no?

Pues no, yo no me había enterado de nada. Yo había estado trabajando de espaldas al mundo, no había tenido tiempo de ver ni escuchar las noticias, hoy pasa cualquier cosa y nos coscamos casi al momento pero en aquel entonces Internet era poco más que una entelequia, sabíamos que existía porque nos lo decían los periódicos pero ni siquiera alcanzábamos a entender aún en qué consistía. Yo no sabía nada, así que puse mi mejor cara de sorpresa y me preparé para recibir una noticia inesperada, aún no sabía cuánto: pues que se ha matao Petrovic

Antes de continuar creo que debo hacerles dos aclaraciones: 1) Mi madre lo dijo así, tal cual, se ha matao, y reconozco que siempre me ha sorprendido que determinadas personas de determinada edad y (quizá también) determinada zona geográfica utilicen esa expresión para referirse a aquellos que mueren en accidente de tráfico, como si no fuera tal accidente sino una elección voluntaria, como si en vez de estrellarse se hubiera suicidado. Mi madre dijo que Petrovic se había matado como se lo he escuchado decir tantas otras veces de tantas otras personas, y sin embargo luego supimos que ni siquiera conducía él, que viajaba plácidamente dormido y muy probablemente ni siquiera se enteró de cómo se mató.

y 2) Es posible que les sorprenda que mi madre, mujer ajena por completo a todo lo que signifique deporte, supiera en cambio quién era Petrovic (de hecho me sorprende incluso a mí mismo cuando lo recuerdo). Hoy mi madre tiene ochenta años, tiene la cabeza casi tan bien como entonces pero creo que si yo ahora le preguntara por jugadores de baloncesto en activo probablemente contestaría (no sin esfuerzo) que Pau Gasol… y ya está, y pare usted de contar. No creo que ni siquiera conozca a su hermano Marc ni a Navarro, Ricky, Rudy o Calde, no sabrá quiénes son Kobe Bryant o LeBron James, no tendrá ni remota idea de la existencia de Spanoulis, Diamantidis, Papaloukas o Teodosic pongamos por caso (ni falta que le hace, claro). Es más, creo que si yo le preguntara (cualquier día haré el experimento) dime mamá, ¿quién te parece a ti que ha sido el mejor jugador español de baloncesto de todos los tiempos?, contestaría sin pensárselo que Emiliano, por supuesto, quién va a ser. Es así, hubo un tiempo en este país en el que no todo era fútbol, en el que los deportistas de otras disciplinas eran conocidos incluso por el gran público ajeno a ese deporte (tanto más en el caso de Emiliano, ya que el Régimen necesitaba fabricar y vender héroes que nos hicieran olvidar nuestras miserias cotidianas). Hoy tenemos una selección de baloncesto campeona de casi todo pero a la gran mayoría de nuestros jugadores (fuera del círculo de aficionados al deporte, entiéndase) no les conoce ni la madre que los parió.

Y sin embargo mi madre sabía perfectamente quién era Petrovic, no es ya que lo supiera mi madre sino que en aquel entonces lo sabía casi todo dios, les gustara el baloncesto o no, les interesara el deporte o no. La burbuja baloncestera se acababa de pinchar en aquellos primeros noventa, se apreciaba ya claramente la cuesta abajo pero todavía vivíamos de las rentas de los felices ochenta, aquella década prodigiosa en la que el baloncesto se convirtió de repente en deporte de masas y algunos nos creímos (ingenuamente, estúpidamente) que sería así para siempre, más dura fue luego la caída. Petrovic fue un fruto (acaso el más sabroso) de aquellos años, Drazen Petrovic empezó a aparecer sutilmente en nuestras vidas a comienzos de los ochenta y así de entrada casi ni reparamos en él, Petrovic estaba ya en aquella selección yugoslava a la que ganamos en el Eurobasket de Nantes 83 y en aquella otra a la que volvimos a ganar en la semifinal de Los Ángeles 84, y créanme que apenas nos dimos cuenta de su existencia. Y sin embargo sólo harían falta unos pocos meses más para que irrumpiera ya para siempre en nuestras vidas…

La culpa la tuvo la Copa de Europa, aún a nadie se le había ocurrido llamarla Euroliga. Hoy el Madrid (sigamos las comparaciones odiosas) juega la Final de la máxima competición continental y me la ponen en un canal de tercera que no ve ni dios, en cambio en aquel entonces cualquier partido europeo del Madrid (o de quien fuera), cualquiera, constituía casi un acontecimiento nacional. Fue el Madrid a jugar a Zagreb, vino la Cibona a jugar aquí y en ambos enfrentamientos (nunca mejor dicho) descubrimos a un tipo que no es que fuera bueno ni extraordinario sino que era algo más, era lo siguiente: un prodigio, una cosa nunca vista en el baloncesto europeo, un genio, genio en el más estricto sentido de la palabra. Hasta pinta de genio tenía con aquella cara de niño malo, con aquellos rizos naturales casi a lo afro que luego poco a poco iría recortando con el tiempo. Alguien le apodó Mozart, o Amadeus si así lo prefieren, muy pocas veces un apodo estuvo mejor puesto. Hasta en su prematuro final.

Drazen era un genio capaz de convertir en oro cualquier cosa que tocara, capaz de convertir en triple cualquier tiro que lanzara. Drazen era más bien un dos que podía jugar (y a menudo lo hacía) de uno y que sabías de antemano que se iba a hacer el amo del cotarro desde el uno o desde el dos, tanto daba. Drazen era talento puro, no me atrevería a afirmar categóricamente que haya sido el mejor jugador europeo de la historia (no me suelen gustar ese tipo de afirmaciones que me obligarían a compararlo con Sabonis, quizás también con Nowitzki) pero sí me arriesgaría a afirmar que ha sido el jugador de mayor talento que ha dado nuestro continente en toda su historia. Drazen jugaba como los ángeles y metía puntos a chorros, sólo con eso le habría bastado ya más que de sobra para hacer historia. Pero para pasar de la historia a la leyenda no basta con ser muy bueno, hace falta un paso más, algo que ya sólo está en manos de los elegidos.

Llamémosle carisma si así lo quieren. O llamémosle chulería, si así lo prefieren. Drazen era chulo porque podía, Drazen era muy bueno y jamás perdía ni una sola oportunidad de restregarte en la cara lo bueno que era. Drazen hacía una cosa que jamás se había visto antes en nuestro deporte y que muy pocas veces se vio después, Drazen celebraba las canastas como si fueran goles (lo cual, dado su caudal de anotación, sucedía un montón de veces en cada partido), saltaba, brincaba, elevaba los brazos al cielo mientras volvía a territorio defensivo y así de paso aprovechaba para arengar a las masas si jugaba en campo propio y para restregártelo sin más si jugaba en campo ajeno. Drazen provocaba reacciones encontradas y tumultuarias a su paso, era idolatrado y odiado a partes iguales, a menudo era odiado por los mismos que le idolatraban e idolatrado por los mismos que le odiaban, muchos admiraban su talento pero odiaban su carácter como si pudiera disociarse una cosa de la otra, como si una cosa no fuera en cierto modo consecuencia de la otra (y viceversa). Drazen se hizo odiar por el madridismo así en Zagreb como en Madrid en aquella temporada 84/85 en la que aún quedaría la traca final, la mismísima Final de la competición, Madrid-Cibona en Atenas, en plena Semana Santa, la FIBA para estas cosas siempre tuvo el don de la oportunidad. Recuerdo que viajaba yo hacia el norte con unos amigos, recuerdo que me empeñé en parar en sabrá dios qué bar de carretera (aún no se había impuesto el concepto área de servicio) entre Burgos y Santander, recuerdo que me abalancé de bruces sobre el televisor esperando encontrarme un final igualado y fui a encontrarme con todo lo contrario, Cibona ganando de qué sé yo cuánto, de 15, de 20, Petrovic pasándose el balón por detrás de la espalda o entre las piernas ante la atribulada mirada del imberbe base madridista Paco Velasco (antiguo compañero mío de colegio, por cierto), luego supimos que mientras le toreaba iba repitiéndole una y otra vez, hala Madrid, hala Madrid, hala Madrid

Era así, cuando aquellos (aún) yugoslavos te ganaban era como si te ganaran dos veces, te abrumaban en el juego y al mismo tiempo te humillaban, te lo restregaban por la cara. Drazen Petrovic se convirtió en la bestia negra del Madrid, el enemigo público número uno no ya del madridismo baloncestero sino del madridismo en pleno (en aquel entonces ambos conceptos venían a ser lo mismo, dada la inmensa popularidad de nuestro deporte). En el Palacio de los Deportes se hizo frecuente escuchar un cántico que empezaba por sí sí sí y que acababa por Petroví (así, en agudo, para que rimara), en medio dos palabras que no reproduciré aquí pero que no les resultará difícil imaginar. La temporada 85/86 fue más de lo mismo, la diferencia fue que esta vez el rival de la Cibona en la Final no fue el Madrid sino el Zalgiris, más de lo mismo en todos los sentidos, para la historia quedará el arrebato aquel de un Sabonis desquiciado que se cruzó toda la pista para agredir no a Petrovic sino a Nakic, punto y final, nuevo festival de Petrovic, nuevo título para la Cibona, nueva exhibición, nueva humillación.

De alguna manera todo aquello fue el caldo de cultivo para un partido que creo que no olvidaré jamás (mientras el señor Alzheimer me lo permita), uno de esos que te marcan para toda la vida. Yugoslavia-URSS, Madrid, Palacio de los Deportes, semifinal del Mundial 1986. Aquellos yugoslavos que empezaron en tromba, aquel parcial inicial de 18 ó 20-0, qué sé yo, aquella portentosa exhibición ante la que los atribulados soviéticos poco más podían hacer que parar la hemorragia, último minuto, todavía Yugoslavia 9 arriba a apenas 50 segundos para el final… y el resto es historia: aquellos tres triples, aquellos dobles de un jovencísimo Vlade Divac, aquella prórroga, aquel Palacio de Deportes enloquecido gritando casi al unísono Rusia, Rusia, Rusia (éramos así, nos costaba llamar a las cosas por su nombre, aquella era la Unión Soviética y para más inri estaba plagada de lituanos pero nosotros nunca supimos llamarle otra cosa que no fuera Rusia, años más tarde conseguimos por fin acostumbrarnos a decir Unión Soviética y justo entonces ésta desapareció y volvió a llamarse Rusia, qué cosas), Rusia (es decir, la Unión Soviética) ganó por fin aquel partido ante una grada enfervorizada, algún afamado pívot yugoslavo dijo luego a la prensa que ese público español bien merecería que los tanques rusos invadieran Madrid, para que supieran lo que se siente

Si no puedes vencer a tu enemigo únete a él, dicen. Aquel Real Madrid se aplicó con denuedo a la tarea de fichar a Petrovic, se tiró un par de años intentándolo, cuentan que el día que finalmente lo consiguió algunos periodistas se presentaron en el viejo pabellón de la Ciudad Deportiva haciéndose los tontos, esperaron a los jugadores a la salida del entrenamiento y les preguntaron su opinión sobre Drazen Petrovic (como si ésta necesitara ser preguntada), pues que es un tal y un cual, y un esto y un lo otro, y una vez que la canallesca tuvo ya la declaración que esperaba tener entonces ya sí espetaron al Romay de turno, pues que sepas que acaba de fichar por el Madrid; evidentemente el susodicho interlocutor reculaba de inmediato, a ver qué iba a hacer, en cualquier caso es un grandísimo jugador, el Madrid es un gran club que siempre quiere fichar a los mejores así que estaremos encantados de tenerle entre nosotros, seguro que una vez que le tengamos como compañero se olvidarán de un plumazo todas aquellas pequeñas rencillas que

Petrovic fichó por el Madrid y de inmediato, como por arte de magia, se produjo uno de esos milagros de la multiplicación de los panes y los peces que a veces suceden en nuestro deporte: el mismo madridismo que lo había odiado hasta la náusea y que le había llamado hijo de tal y de cual de repente lo acogió en su seno como a un hijo, acaso ese hijo que en el fondo siempre había deseado tener; y al mismo tiempo el antimadridismo de aquí y de allá, que siempre lo había considerado un ídolo, de repente pasó a tacharlo poco menos que de traidor a la causa por el mero hecho de haber fichado por el Madrid. Y aquellos que durante años echaron pestes de sus (presuntas) provocaciones y desplantes ahora pasaron a considerarlo lo más natural del mundo, y aquellos que habían festejado esas maneras durante tantos años ahora pasaron a etiquetarlo de provocador. Y es que estas cosas ya se sabe, son así.

Fue aquel 1988/1989 un año extraño, una temporada en cierto modo fascinante. La que empezó siendo Liga de Petrovic y acabó siendo recalificada como Liga de Neyro nos dejó unas cuantas actuaciones memorables, una inolvidable visita de los Celtics (McDonald’s mediante) y una final europea para la historia, una final de Recopa que ha generado a lo largo de los años mucha más literatura que tantas otras finales de la mismísima Copa de Europa. El genial Óscar Schmidt anotó 44 puntos para su Caserta que de nada sirvieron ante los 62 de Drazen, prodigiosa exhibición tanto más tratándose de una Final que el Madrid ganó por el escalofriante resultado de 117-113. A todo aquello debería haberle seguido una fiesta pero más bien pareció lo contrario: caras largas, gestos avinagrados y un mal rollo general que (cuentan que) explotó definitivamente en el vuelo de vuelta a Madrid. Sus compañeros no asimilaron bien aquello de que el título pareciera más de Drazen que del equipo, a su frente un Fernando Martín que se empeñó en hacer bueno durante todo el año aquel dicho de que dos gallos no caben en el mismo corral. Martín y Petrovic eran muy distintos pero también muy parecidos, demasiado: ambos eran líderes, ambos eran ganadores, ambos no conocían a nadie si había un resultado en juego, ambos eran capaces de casi todo con tal de ganar. Ambos se bebieron la vida a tragos y se atragantaron demasiado pronto, por desgracia no tardaríamos mucho en comprobarlo. Dos hombres y un destino.

En el verano de 1989 Drazen Petrovic, recién proclamado campeón de Europa con la mejor selección yugoslava que vieron los siglos (y que sería sólo el presagio de la que aún continuaría arrasando en los dos años siguientes), seguía aún teniendo contrato con el Madrid pero de repente empezó todo a torcerse, de buenas primeras empezó a rumorearse que se iría rumbo a Portland, que los Blazers (poseedores de sus derechos NBA) estaban deseosos de hacerse de una vez por todas con sus servicios. Comenzó así uno de esos típicos culebrones veraniegos, si tú dices digo yo digo diego, si tú dices Portland yo lo desmiento, desmentidos desde el Madrid y desde el propio círculo del jugador, así un día y otro y otro más hasta que de repente una mañana, sin previo aviso, sin mediar palabra, sencillamente desapareció. Desapareció para reaparecer finalmente un par de días más tarde al otro lado del charco, rodeado por todas las fuerzas vivas de la franquicia y por casi toda la prensa del Estado de Oregon y diciendo probablemente aquello tan socorrido que todo deportista que se precie suele decir en estos casos, éste es un sueño hecho realidad, toda la vida he sido de los Blazers, es algo que soñaba desde niño etc etc. Ni que decir tiene que el madridismo en pleno se quedó con un palmo de narices, que de un día para otro pasó unánimemente del que no hombre, que no, cómo se va a ir, si tiene contrato, si está en el Madrid, si no ha nacido todavía un jugador que se quiera ir del Madrid, el club más grande del mundo, dónde va a estar mejor que aquí… al lo ves, si ya te lo decía yo, que este tío no es trigo limpio, que no era de fiar, como si no le conociéramos ya de sobra de cuando venía aquí con la Cibona, anda que a otros les podría engañar pero a mí no, yo bien que le calé desde el principio… Y es que (insisto) estas cosas ya se sabe, son así.

Al Madrid le fue fatal sin Petrovic pero al susodicho en Portland no le fue mucho mejor, más bien al contrario. Irte hoy a la NBA es casi como si te fueras a jugar al pueblo de al lado, en cambio en aquellos tiempos te ibas a la NBA y era como si te fueras a Marte. Portland además tenía un equipazo que nos sabíamos todos de memoria, Porter, Drexler, Kersey, Williams, Duckworth más el insigne Cliff Robinson de sexto hombre, más que suficiente para que Rick Adelman no necesitara hacer ningún experimento con el europeo aquel tan raro que le habían plantificado en el banquillo y que a saber quién demonios sería. Y le fue bien (a Adelman, me refiero), no diré yo que no, aquellos Blazers fueron finalistas de la Liga un año y finalistas de conferencia al año siguiente, pero con todo y con eso a los europeos (incluidos aquellos que más le habían aborrecido), a todos aquellos que sabíamos perfectamente de lo que era capaz se nos rompía el alma de verle allí partido tras partido pelándose el culo en aquel banquillo…

No hay mal que cien años dure (dicen), en su caso sólo duró dos. La temporada 91/92 ya fue buena y la temporada 92/93 (en medio una inolvidable plata olímpica, ya por fin no yugoslavo sino -sólo- croata) fue sencillamente extraordinaria. Petrovic había cambiado Portland por New Jersey y de repente los americanos (de USA) descubrieron como si hubiera nacido ayer a un maravilloso jugador al que los europeos llevábamos ya casi diez años admirando, de repente hasta Clyde Drexler (que no tenía por costumbre dar una voz más alta que otra) se quejó amargamente desde la otra esquina de la nación, cómo es posible que hayamos desaprovechado a un jugador así en Portland teniéndolo en el banquillo durante dos años seguidos, con lo bueno que es, con lo bien que nos habría venido su concurso, es que no me lo explico… Y se salió también en playoffs, y debió ser all star pero incomprensiblemente no lo fue, y sin embargo luego fue escogido en el tercer mejor quinteto de la Liga. Ya estaba donde siempre quiso estar, ya era una estrella absoluta en la meca del baloncesto, ya era el líder indiscutible de aquellos Nets. Y sin embargo…

Y sin embargo no debía ser oro todo lo que relucía. Drazen Petrovic nunca fue un chico fácil de llevar ni estaba precisamente acostumbrado a que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Petrovic fue a caer en aquel vestuario de los Nets que era como una jaula de grillos y que incluía a personalidades tan peculiares como (por ejemplo) aquel insoportable (y extraordinario jugador, por otra parte) Derrick Coleman. El domador de toda aquella selva se llamaba Chuck Daly, traía un magnífico currículum de amansador de fieras en los ya lejanos Bad Boys de Detroit y de aglutinador de egos en el Dream Team, pero aquellos Nets acabarían siendo superiores a sus fuerzas. Cuentan que cierta aciaga noche, tras un partido cualquiera, un jugador pateó con todas sus fuerzas un bidón de bebida isotónica en dirección al coach, arruinándole de paso uno de sus costosos trajes. Cuentan que aquel jugador fuera de sí se llamaba Drazen Petrovic…

Fuera por lo que fuera, Drazen se dejó querer en aquella aciaga (aún no sabíamos que lo sería) primavera de 1993. Los armadores y demás magnates griegos (eran otros tiempos) estaban dispuestos a tirar la casa por la ventana para posibilitar su regreso a Europa, Panathinaikos y/o Olympiakos (supongo que aún con K por aquel entonces) pusieron ofertas absolutamente mareantes encima de su mesa, cifras astronómicas que los Nets dijeron no estar dispuestos a igualar de ningún modo. Muchos aseguraron que estaba ya prácticamente hecho y que Petrovic volvería a Europa, otros tantos dijeron que su único objetivo era tensar la cuerda para hacer subir la puja a los Nets (o a cualquier otra franquicia que estuviera dispuesta a pagar eso), se nos avecinaba un nuevo culebrón veraniego y mientras tanto Drazen continuaba concentrado con su selección, preparando ya en Alemania el Eurobasket que habría de celebrarse muy pocos días después, jugando amistosos como aquel tras cuya disputa rehusó volver con el equipo y prefirió hacerlo por carretera, en coche particular… Bueno ¿te has enterao, no? Pues que se ha matao Petrovic

Aquel 7 de junio de 1993 Drazen Petrovic tenía sólo 28 años, podía parecer mayor porque teníamos la sensación de llevar ya media vida siguiendo sus andanzas pero aún le faltaban cuatro meses y medio para cumplir los 29. En condiciones normales le habrían quedado no menos de seis o siete años al más alto nivel, en su punto óptimo de maduración, en Europa o en USA, donde fuera. Puede que no tenga ya mucho sentido a estas alturas pensar en lo que pudo haber sido y no fue, pero una cosa sí que está meridianamente clara: aquel 7 de junio de 1993 de alguna manera marcó un punto de inflexión en nuestro deporte y en nuestras vidas, hay un baloncesto antes de Petrovic y un baloncesto después de Petrovic, algo de este juego (quizá su parte más lúdica) se nos quedó con él en aquella carretera aunque entonces apenas fuéramos capaces de darnos cuenta. Aquel 7 de junio de 1993 murió un gran jugador y nació un mito, un mito que está más y más vivo cada día, que seguirá viviendo así que pasen veinte años y otros veinte y los que tengan que pasar, seguirá viviendo mientras sigan existiendo imágenes que nos permitan disfrutarlo, mientras aquellos que le vimos jugar sigamos aún aquí para contarlo. Hasta la vista, Drazen.

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Martes 28 de mayo: aún estaba caliente el parquet del Buesa y La Fonteta tras aquellos Cuartos de Final, aún no se había evaporado el vaho ni el olor a humanidad de los vestuarios, aún no se habían acostado cabreados los aficionados baskonistas y valencianistas, aún estaban celebrándolo (casi acababan de empezar) caístas y grancanarios, aún no nos había dado tiempo a asimilar lo que había pasado y sin embargo en el diario As lo tenían ya meridianamente claro:BLakk8VCYAAA8Rz Vía libre para una final Madrid-Barcelona, ese era el titular a toda página que parían en su redacción para encabezar la sección de baloncesto, el que nos encontraríamos a la mañana siguiente en el bar del desayuno cuando no resistiéramos la tentación de ojear el ejemplar que el establecimiento pone a disposición de sus clientes. Vía libre para una final Madrid-Barcelona, con dos razones. No importaba quién había pasado a semifinales, no importaba que Granca y CAI hubiesen hecho la hombrada, no importaba que aún quedaran dos o tres días para el comienzo de unas eliminatorias al mejor de cinco partidos, no importaba siquiera qué equipos habrían de jugarlas, sólo importaba que Baskonia y Valencia ya no iban a hacerlo, ergo los equipos que lo hicieran tendrían que ser peores (muy lógico, dado que acababan de eliminarlos), ergo a efectos prácticos era como si ya no hubiera semis, ergo ya podíamos dar por hecho el cartel de la Final, Madrid-Barça, cuál si no. Pura coherencia.

Tres días después, viernes 31 de mayo, la prensa catalana, para no ser menos que la de Madrid, se sumaba también a la fiesta: El Barça Regal acaricia el pase a la gran final de la Liga. Como lo leen, acaricia. Todavía nadie se había vestido de corto, todavía no había empezado siquiera una serie que habría de durar necesariamente entre tres y cinco partidos y sin embargo ya se hablaba de acariciar la final, como si el Barça llevara ya dos victorias, como si no viniera de pasar unos apuros terribles ante el Bilbao Basket en su serie de cuartos, como si el Granca, aún por modesto que fuera, no les hubiera ganado ya dos veces en temporada regular. Y quien así escribía no era un indocumentado, no era el típico forofo metido a periodista (o viceversa), no era precisamente un becario sino un ex jugador internacional, alguien que fue en su tiempo uno de los mejores bases de Europa, alguien que lleva años y más años analizando este deporte en TV3 y cuyos comentarios siempre me parecieron ecuánimes y razonables cuando tuve el placer de escucharlos (tampoco es que hayan sido muchas veces, que me pilla bastante lejos): Nacho Solozábal. Nada menos. Acaricia la final. Sin haber empezado siquiera a disputar la semifinal. Pues qué bien.

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Claro, ahora me dirán que los acontecimientos les dieron la razón. Pues sí y no. Evidentemente no me he caído de un guindo (que yo sepa). Madrid y Barça eran favoritos, siempre lo fueron, lo son de serie y por definición en cada competición que juegan, no habrá habido ni una sola liga de este deporte o del otro en los últimos veinte o treinta años en la que Madrid y Barça no hayan partido como máximos favoritos, cómo no habrían de serlo aquí también. Pero una cosa es darles como favoritos y otra muy distinta ningunear y faltar al respeto al rival. Cuentan que en las escuelas de periodismo se decía que no es noticia que un perro muerda a un hombre, que noticia es que un hombre muerda a un perro. Aplicando esos criterios (es una metáfora, que nadie se ofenda) jamás debería ser noticia que Madrid y Barça puedan jugar una final, si eso al fin y al cabo eso es lo de siempre, la verdadera noticia sería que tuvieran la oportunidad de jugarla (aunque fuera difícil) dos modestos como Granca y CAI, la verdadera noticia era que estos dos equipos se hubieran cargado a nada menos que Baskonia y Valencia Basket y se atrevieran a retar a dos trasatlánticos que les multiplican en varios dígitos el presupuesto. No es que sea yo el más indicado para dar lecciones de periodismo a nadie dado que no ejerzo esa profesión, pero me da la sensación de que en este país la información (cierta información, no generalicemos) dejó de regirse hace mucho tiempo por criterios periodísticos. Cristiano ha cambiado de marca de gomina, la caca de Kaká sale suelta, Messi se rasca la entrepierna, a Piqué le pica el culo, cualquiera de esos acontecimientos será siempre más noticia que cualquier victoria o resultado que le suceda a cualquier otro equipo aún por sorprendente que éste sea. Será así porque así lo demanda la mayoría de la población, no digo yo que no (ergo no serán criterios periodísticos sino criterios de rentabilidad o de audiencia, en todo caso), pero esa inmensa minoría que no somos ni del Madrid ni del Barça empezamos a estar un poco hasta los mismísimos de que así sea.

O en todo caso podríamos aceptar que la información en torno a Madrid y Barça fuese mayoritaria, cómo no habríamos de aceptarlo. Pero una cosa es que sea mayoritaria y otra es que sea exclusiva o más bien excluyente, otra cosa es este abuso de posición dominante que convierte a nuestro deporte en una especie de duopolio en el que dos macroinstituciones se reparten casi entero el pastel mientras que al resto no les queda más que comerse las migajas. Madrid y Barça son dos pozos sin fondo que parecen tener el dinero por castigo (aunque luego también emerjan pérdidas cuando les escarbas) de tal manera que, mientras que el resto de equipos de nuestro baloncesto tiene que hacer auténticos equilibrios para cuadrar el presupuesto (eso en el mejor de los casos, que otros hay literalmente al borde de la desaparición), los dos grandes pueden permitirse tirar la casa por la ventana cada verano o reponer una pieza por otra mejor cada vez que se les rompa, tanto da, a quién le importa que luego (en algún caso) apenas vayan a verles cuatro gatos, donde no lleguen los ingresos de la canasta ya llegarán los del fútbol. Sí, los ingresos del fútbol, esos que a ellos les sirven para fichar megaestrellas, tapar agujeros y enjugar cualquier déficit, esos mismos déficits que los equipos (digamos) normales (los que no son secciones) se tendrán que comer con patatas. Esos ingresos del fútbol que encima cada vez son más por esa tendencia autodestructiva que a veces tienen en el fútbol, esa extraña cosa de que los dos grandes cobren por derechos de televisión como diez veces más que cualquier modesto (no, en baloncesto eso no pasa… más que nada porque casi no hay ingresos de televisión). Que me da igual, que si ellos quieren cargarse su propia LFP es su problema (relativamente, que como rayista que soy también me jode), pero es que a la larga ese chorro de millones televisivos también repercute en nuestro baloncesto, también contribuye a aumentar la desigualdad (aún más si cabe) de nuestro deporte. Súmenlo a la crisis y concluiremos algo que no por mil veces repetido deja de ser menos cierto: siempre hubo clase alta, clase media-alta, clase media y clase baja, pero nunca jamás fue tan grande como ahora la brecha entre la clase alta y las demás. Siempre Madrid y Barça estuvieron a un lado y el resto al otro, nunca como ahora estuvo tan lejos un lado del otro. También en baloncesto.

Supongo que a estas alturas a los madridistas y barcelonistas que me lean (y que hayan aguantado hasta aquí, lo cual tendría mérito) les tendré ya un poco hartos (con razón); supongo que siempre podrían argumentarme que a saber qué habría sido del baloncesto en este país si no hubieran existido el Madrid y el Barça. Touché. Lo asumo, estoy convencido de que es así, si ambos (más que un) clubes se hubieran conformado con el fútbol y no hubieran creado en su día secciones de basket (o si las hubieran hecho desaparecer) nuestro deporte estaría hoy al nivel de popularidad de la ASOBAL, la liga de voleibol o la de waterpolo, qué sé yo. Esto es como aquella coplilla de antaño, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas, sin ti porque yo me muero. Pues qué quieren que les diga, yo estoy llegando ya a un punto en el que prefiero casi morirme a que me maten, puestos a escoger. O dicho de otra manera, que yo casi firmaría donde hubiera que firmar para que ambos monstruos fueran definitivamente abducidos por una hipotética (¿utópica?) macroeuroliga cerrada, para que se fueran de una vez por todas a pelear con los de su tamaño y dejaran a los pequeños jugarse su propia liga entre ellos en condiciones de relativa equidad, evidentemente con las desigualdades normales de cualquier competición pero no con estas desigualdades paranormales que tenemos ahora. Claro, me dirán que eso sería la muerte de la ACB pero es que al paso que vamos la ACB se nos acabará muriendo sola de todas formas (aún con Madrid y Barça), así están las cosas, si tengo que morir prefiero casi hacerlo con aquello en lo que creo. Lo repetiré una vez más, no tengo nada en contra de su existencia pero sí de que no haya otra existencia, de que no parezca haber vida más allá de ambos dos. No tengo nada en contra de una relación en términos de convivencia pero sí de esta otra relación que padecemos (deportiva, económica, informativa) casi en términos de opresión. Ni siquiera tengo nada en contra de que sean los más grandes, vale, lo admito, los dos más importantes, los más seguidos… pero no los únicos, por favor, recuerden que hay otros mundos, puede que ustedes no se hayan enterado pero créanme que hay otros mundos y además están en éste, si quieren encontrarlos no tienen más que buscarlos. Seré muy raro pero así es como lo veo, otras veces he encontrado palabras más amables e incluso más ocurrentes para expresarlo pero me temo que hoy no me ha salido otro discurso. No tendré un buen día, qué le vamos a hacer.

Publicado junio 9, 2013 por zaid en ACB

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el Mejor   1 comment

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 31 de mayo de 2013)

De alguna manera es un salto cualitativo. Hasta ahora habíamos mandado a nuestras criaturas a hacer las américas, hasta ahora nos habíamos sentido orgullosos de ellos (incluso de aquellos que más pronto que tarde hubieron de volverse con el rabo entre las piernas), hasta ahora habíamos presumido de tener a uno de los mejores jugadores interiores de la NBA (caso de Pau), algún año también pudimos presumir de tener a uno de los mejores bases de la Liga (caso de Calde) y aún a veces nos lanzamos al ruedo y presumimos de tener a uno de los tíos con más y mejor futuro de esa competición (caso de Ricky). Pero eso, siempre en plural, nunca en singular. Siempre uno de los mejores, nunca el mejor. Nunca… hasta hoy. Hoy ya sí. Por fin.

Acaso piense que me estoy refiriendo a Marc Gasol, y en ese caso habré de reconocerle que evidentemente está usted en lo cierto. Acaso crea que me estoy refiriendo a su reciente nombramiento como Mejor Defensor del Año, y en ese caso habré de decirle que está usted absolutamente equivocado. Pero antes de que se me tire al cuello al grito de ya está aquí el tocahuevos éste tirando por tierra nuestros magníficos logros a escala internacional, permítanme al menos que me explique: yo no le habría dado a Marc Gasol ese premio al Mejor Defensor, y no se lo habría dado por pura coherencia personal, porque ya en alguna ocasión despotriqué acerca del hecho de que de un tiempo a esta parte la NBA sólo reparta dicho galardón entre los pívots como si sólo ellos defendieran, como si defender bien fuera sólo intimidar, plantificarte allí en medio de la zona y poner tapones, como si cualquier otra manera de parar reglamentariamente a un rival no mereciera ser tenida en consideración. Antaño fueron Ben Wallace o Mutombo, más recientemente (reiteradas veces) Dwight Howard, el pasado año Chandler, éste Marc, más pronto que tarde lo será Ibaka. Créanme que nadie estará más contento que yo (igual es posible, más es difícil) por el hecho de que a nuestro Gasolito le haya caído en gracia este premio, pero una cosa es eso y otra no reconocerle que yo tal vez se lo habría dado antes al abrasivo LeBron James o en su defecto a cualquiera de los machakas que pueblan esa Liga, quién sabe si a su mismísimo compañero Tony Allen. Es un premio raro éste de Defensor del Año, tan raro es que hasta puede suceder que el Defensor del Año no forme parte del Quinteto Defensivo del Año, cualquier año sucederá (precedentes hay al respecto) que el MVP de la Liga no forme parte del Quinteto Ideal de la Liga, si algo así pasara en ACB se nos llevarían los demonios (de hecho ya se nos llevan sin que pase), en cambio allí nos cuentan que es que son votantes diferentes, mire usted, y sólo con eso ya nos parece de lo más normal. Somos así.

Ahora bien, es posible que usted con su natural perspicacia aprecie una contradicción entre mi satisfacción del primer párrafo y mi discrepancia del segundo, así que déjeme que le explique: no creo que Marc Gasol sea el Mejor Defensor de la Liga, pero sí creo firmemente que es (no uno de los mejores, sino) el Mejor en otro aspecto muy concreto de dicha Liga. Marc, permítaseme el atrevimiento, es a día de hoy el mejor cénter puro de la NBA. Repito, cénter puro, o pívot puro o cinco puro si así lo prefieren. Repito una vez más, a día de hoy.

Escribí esto mismo en Twitter hace algunas semanas y por si acaso me curé en salud, por si acaso empecé advirtiendo que no soy precisamente de aquellos que suelen pecar de chauvinismo, no me fueran a linchar. Y contra todo pronóstico no me linchó nadie, contra todo pronóstico casi todo dios me dio la razón, si acaso alguno prefirió puntualizar que lo sería igualado con Fulano o que estaría al mismo nivel que Mengano, pudieron encontrarle alguno a su altura pero nadie, nadie por encima. Nadie a día de hoy, insisto en ello, hace apenas un año aún le situábamos en tercer lugar pero hoy aquellos dos primeros clasificados andan desaparecidos o en vías de desaparición: Andrew Bynum no ha vuelto a jugar ni tan siquiera un segundo desde entonces, sumido al parecer en una peculiar convalecencia que no le impide viajar por todo lo largo y ancho de este mundo ni participar en los más variopintos saraos, inclúyanse tablaos flamencos y demás antros y garitos de la noche madrileña cuando es menester. En Philadelphia estarán contentos. Y el inefable Dwight Howard prosigue su interminable viaje hacia la insignificancia, hace años creyó haberse convertido en Supermán y a día de hoy no nos consta que haya vuelto a bajar a la Tierra, con que se hubiera preocupado un poco menos de sus músculos y un poco más de sus fundamentos ya le habría bastado para convertirse en un pívot absolutamente incomparable, no fue el caso, en su lugar prefirió enredar, ahora me apetece cargarme este entrenador, ahora ser el amo de este equipo, ahora ya me he cansado de estar aquí y me quiero ir allí que hay más playa, ahora me vuelvo a cambiar que es que allí hace demasiado calor, durante años le rieron las gracias como a todo niño malcriado que se precie pero ya cansa, cansa a los aficionados y acabará cansando hasta a las franquicias más pacientes a este paso. Qué desperdicio.

Ausentes (o algo así) Bynum y Howard, ¿quién queda? Vale, sí, la NBA ha incluido a Marc en su segundo mejor quinteto, lo cual habría de significar que para los votantes sí que hay un cinco mejor que Marc; and the winner is… Tim Duncan. Pues vale, pues será así si usted lo dice pero yo creo que eso es trampa, qué quiere que le diga. Algunos conocimos a Duncan hace ya casi veinte años (tópico al canto, madre mía, cómo pasa el tiempo, si parece que fue ayer), cuando el Plus nos ofreció unos pocos partidos de temporada regular de Wake Forest para que viéramos a nuestro Ricardo Peral; recuerdo que nos recomendaron que nos fijáramos sobre todo en Randolph Childress (excelso chupón, de quien luego poco más se supo) pero nuestros ojos se nos fueron de inmediato hacia aquel pívot novato recién llegado de Islas Vírgenes que parecía ya entonces la mismísima reencarnación de Olajuwon, sin duda habría heredado su trono de haber caído en cualquier otra franquicia pero fue a parar a San Antonio por obra y gracia del más afortunado sorteo del draft que recuerdan los tiempos. Sucedió que allí ya estaba desde tiempo inmemorial David Robinson lo cual le obligó a moverse a la posición de cuatro, cuatro y medio si así lo prefieren, y en ello sigue desde entonces. Tim Duncan puede ser eventualmente un cinco, hasta podría ser un seis o un siete si dichas posiciones existieran pero lo que sí es full time es un cuatro, no un cuatro cualquiera sino acaso el mejor cuatro de toda la historia de este juego. No me lo comparen pues con Marc, no procede, en lo que cincos respecta Duncan está fuera de concurso.

¿Otros? Obviamente el kilo de cinco bueno va bastante caro en estos días, obviamente la demanda supera con creces a la oferta. Podríamos meter en la comparación a Joakim Noah, ya saben, el hombre arrebatado por antonomasia, pura garra, cuajo, carácter… pero que en lo tocante a talento creo yo que está algún pueblo por detrás del segundo de los Gasoles. O a su ex compañero (de Noah, me refiero) en Florida, Al Horford (¿no sería también cuatro y medio?), o a ese pobre Andrew Bogut al que las lesiones le han dejado en menos de la mitad de lo que fue. ¿Quién más? Ese Monroe que es seda pura pero al que quizá le falte un hervor todavía, ese Cousins que podría ser lo que él quisiera si no fuera por esa cabeza que parece un sonajero, ese Varejao que fue a lesionarse justo cuando mejor estaba, ese Brook López que apenas parece tener sangre en las venas… ¿Todavía alguien más (recuerden, cincos puros, sucedáneos abstenerse)? ¿Tyson Chandler, DeAndre Jordan, JaVale McGee, Omer Asik? ¿¡¡¡Kendrick Perkins!!!? (Vale, está bien, ya lo dejo…)

Y aún quedaría uno que nos es muy familiar en estos días (y a quien me he dejado fuera a propósito con la sana intención de dedicarle párrafo aparte), Roy Hibbert, un sujeto por el que confieso tener una particular debilidad desde sus ya lejanos tiempos en Georgetown, un sujeto que además tiene en común con Marc una fascinante historia de superación personal: a ambos les sobra estatura para jugar de lo que juegan pero ambos también, por tipología física (el uno por exceso, el otro por defecto), tuvieron muy mal pronóstico en sus comienzos. Hoy Hibbert ya es la imponente presencia interior que yo siempre pensé que sería, un pívot que pudo alguna vez dejarnos fríos en temporada regular pero que está alcanzando su consagración definitiva en estos playoffs. ¿Significa ello que esté al nivel de Marc? No, en mi opinión. Significa simplemente que es muy bueno y será aún mejor, como lo será el propio Marc, como lo será Noah, como lo será cualquier jugador que tenga una mínima inquietud por prosperar en su profesión, como no lo será Howard si no cambia ni Bynum si no madura (física y mentalmente). Lo que ocurra en el futuro no podemos saberlo ni falta que nos hace, con el presente tenemos ya más que de s0bra. Y el presente nos dice que hoy por hoy Hibbert es un obstáculo casi insalvable en defensa que cada vez se mueve más y mejor en ataque, pero que con todo y con eso no creo que tenga aún la movilidad ni los fundamentos técnicos ni la capacidad de pase ni el conocimiento del juego ni el toque suave de muñeca que atesora nuestro Marc. Opinión personal, creo que alejada de cualquier chauvinismo (aunque no soy la persona más adecuada para juzgarlo). No obstante son ustedes muy dueños de pensar lo contrario, faltaría más.

Habría estado bonito un duelo a siete partidos Hibbert-Marc en la Final de la NBA, pero por ahora nos vamos a quedar con las ganas. Marc Gasol está ya de vacaciones, acaso pensándose si va a la selección o si se toma un verano sabático (o acaso teniéndolo ya decidido y callándose astutamente). Sea como fuere el futuro es suyo, entre otras cosas porque suyo es también el presente. Marc Gasol es a día de hoy el mejor cinco puro de la Liga, no es que lo diga yo que no soy nadie sino que lo dicen ya hasta en USA, de hecho parece haber mucho más consenso en esto que en lo del Mejor Defensor. Todo lo cual, como diría un señor de cuyo nombre no quiero acordarme, me llena de orgullo y satisfacción. Genuino orgullo, inmensa satisfacción. Que sea así por muchos años.

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