desagraviando a LeBron   1 comment

Hace ya más de un año que le debo un post a LeBron James. Hace ya más de un año, quizá desde el día aquel en que ganó su primer anillo, desde entonces llevo dándole vueltas sin haber conseguido empezarlo nunca. Un post de desagravio en cierto modo, porque no creo haber sido jamás injusto con LeBron pero puedo admitir que alguna vez no fui del todo justo. No fui justo cuando ponderé sus portentosas capacidades físicas y me olvidé de ponderar sus cualidades técnicas, no fui justo cuando pegó la espantá tras la derrota ante Orlando, no fui justo cuando anunció su traspaso a Miami, aún menos justo fui cuando su ego desmedido mordió el polvo ante Nowitzki… No fui justo o puede que (a mi manera) sí lo fuera, puede que lo injusto no sea tanto lo que escribí entonces como lo que no escribí después. Por eso digo que le debo un desagravio, veremos ahora si lo consigo…

Pero antes de nada me curaré en salud, porque sé que habrá quien (sólo a partir de este primer párrafo) me haya situado ya en esa extraña categoría que ahora solemos llamar haters. ¿Haters? Hasta donde alcanzo a recordar el verbo to hate significa odiar, ergo haters debería significar odiadores aunque el señor gúguel tenga a bien traducírnoslo por aborrecedores, supongo que porque el término odiador no existirá en castellano. Hater vendría a ser un extraño cajón de sastre que englobaría a los críticos, a los tibios, a los indecisos e incluso a aquellos que un día puntual dejan de cantar sus alabanzas para decir que ha estado mal, como si eso pudiera ser posible:  ya han salido a relucir todos los haters de LeBron, estaban ahí todos agazapados en sus madrigueras esperando a que hubiera una oportunidad, estas cosas y otras peores hubimos de leer en Twitter tras el tercer partido de la Final, aquella enorme paliza en San Antonio. No sé, yo desde siempre tengo debilidad absoluta por Manu Ginóbili o por Sergio Rodríguez (cada uno a su manera), lo saben ustedes de sobra, y sin embargo ello no me impide reconocer que la mayoría de los partidos de sus respectivas finales los jugaron ambos dos casi como el culo, me duele en el alma reconocerlo pero es así y lo tengo que reconocer. Pero claro, una cosa es la debilidad absoluta y otra ya el enamoramiento o la enajenación mental transitoria, una cosa es admirar a un determinado jugador y otra es mirarlo como si fuéramos crías de trece años mirando a Justin Bieber, no sé si me explico (y ustedes disculpen porque sé que la comparación no es muy adecuada, pero es lo que hay). Supongo que fueron demasiados años de tirarnos todos (unos más que otros) al cuello de LeBron y que a partir de ahí muchos fans ultramontanos acabaron desarrollando una especie de paranoia que hoy les impide distinguir entre opinión, crítica y odio. No estaría de más que se relajaran: a estas alturas, dos anillos mediante, no creo que quede nadie en su sano juicio que no reconozca los méritos de LeBron. Y aún menos creo que nadie odie (lo que yo entiendo por odiar) a LeBron.

Claro que también puede pasar que el hate en inglés no suene tan fuerte como aquí el odio. En castellano lo contrario de gustar no es odiar ni aborrecer, es más bien no gustar, disgustar en todo caso. Odiar sólo sería lo contrario de amar, de hecho odio y amor suelen ser dos caras de una misma moneda, difícilmente podrían entenderse el uno sin el otro, difícilmente puedes odiar de verdad a alguien a quien no hayas amado antes, había una vieja canción (más vieja que yo, incluso) que lo explicaba bastante bien…

Ódiame por piedad, yo te lo pido 
ódiame sin medida ni clemencia 
odio quiero más que indiferencia 
porque el rencor hiere menos que el olvido 

Si tú me odias quedaré ya convencido 
de que me amaste, mujer, con insistencia 
porque ten presente, de acuerdo a la experiencia 
que tan solo se odia lo querido

Pero no estarán ustedes para filosofías baratas a estas horas (sean cuales sean estas horas) así que seré más concreto. No odio a LeBron, no creo haberle odiado jamás… quizá porque tampoco le amé jamás, hasta ahí podíamos llegar. De hecho no creo haber odiado a nadie jamás en mi vida, soy así de raro, y miren que en estos últimos tiempos la actualidad nos pone a güevo unos cuantos nombres para odiar cada mañana pero oigan, que ni por esas. Antipatía, rechazo, desprecio, todo lo que ustedes quieran pero no odio. Quizá porque tampoco les amé antes…

No odio ni odié nunca a LeBron, pero sí habré de reconocer que hubo un tiempo en que me resultó profundamente antipático. Hubo un tiempo en que no soportaba sus patochadas, el numerito aquel de la foto (y sus compañeros tirándose por el suelo cuando disparaba, descacharrados de la risa), el numerito de los polvos de talco, tantos otros. No soportaba su mezquindad descojonándose de los rivales desde el banquillo con el partido ya resuelto, no soportaba esa manera de humillar a un compañero echándole broncas desproporcionadas en público (recuerdo una a Varejao sencillamente apocalíptica), no soportaba esa indignidad de marcharse derrotado al vestuario sin pararse a dar la mano al vencedor (en honor a la verdad habré de reconocer que en esto no fue el primero ni fue el último, este mismo año sin ir más lejos también hemos tenido algún otro ejemplo; y me pareció igual de mal, por supuesto). No soportaba que se montara (con la complicidad del operador televisivo, tampoco lo olvidemos) un programa de siete horas para anunciar que se llevaba todos sus talentos a South Beach, manda narices con la frasecita de marras, para anunciar eso le habrían bastado cinco segundos. No soportaba que se creyera dios y que se empeñara en demostrárnoslo a cada paso que daba, llámenme hater si así lo quieren, nunca lo fui pero llámenmelo si se quedan más a gusto.

Puede que cambiara yo, no les digo que no. Pero lo que sí tengo claro es que sobre todo cambió él. Hay en toda esta historia un punto de inflexión, un antes y un después, no descubro nada entre otras cosas porque él mismo lo dijo. Aquella noche de junio de 2011 en que se consumó su derrota ante los Mavericks LeBron debió hacerse muchas preguntas, probablemente siguió haciéndoselas una y otra vez durante las noches siguientes, durante todo aquel verano. Aquella fórmula retórica que repetía una vez tras otra en aquel anuncio que protagonizó unos meses antes, what should I do, qué se supone que debería hacer yo, probablemente dejó de ser ficción publicitaria para convertirse en una pura realidad que repiqueteó noche tras noche en su cabeza. El resultado de aquel periodo de reflexión fue que LeBron bajó a la Tierra, que el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, que dejó de ser dios y se hizo humano. Y entonces sucedió lo que parecía evidente, lo que cualquiera podría haber imaginado: de dios no se había comido nunca una rosca por su incapacidad para adaptarse al reino de los humanos, en cambio de humano su superioridad es absoluta ya que no existe ningún otro ser humano sobre la faz de la Tierra que se le pueda comparar. Lástima que tardara tanto en darse cuenta.

LeBron es el hombre biónicosi tuviéramos la capacidad de diseñar por ordenador al jugador perfecto muy probablemente nos saldría una cosa así. LeBron James es al baloncesto lo que (salvando las distancias) Jonah Lomu fue al rugby hace veinte años, un prodigio físico y técnico adelantado en (pongamos) medio siglo a su tiempo. Pero LeBron James no es sólo físico, quítenselo de la cabeza cuanto antes, si sólo fuera físico sería Dwight Howard, afortunadamente no es el caso. La naturaleza es muy importante pero no lo es todo, no se juega como lo hace LeBron ni se defiende como defiende LeBron ni se llega a donde ha llegado LeBron sin que haya mucho, muchísimo trabajo detrás. Tienes el físico, tienes los fundamentos, faltaba acaso la madurez pero ese tema empezó también a resolverse hace un par de años como ya quedó suficientemente explicado en el párrafo anterior. No creo que hoy nadie discuta ya que LeBron es ahora mismo el mejor jugador de baloncesto sobre la faz de la Tierra. Ya otra cosa es que además sea el que más nos guste.

No les voy a engañar, esta pasada Final fui con San Antonio, fui con San Antonio como en 1999, 2003, 2005 y 2007, fui con San Antonio como vengo haciéndolo casi desde siempre, desde que nos los vendían como la viva imagen del cemento hasta el punto de que hubo un tiempo en que llegué a sentirme como un antisistema (o aún peor, como un purista), de que en este país llegó casi a estar mal visto ir con los Spurs. Fui con San Antonio por Ginóbili, Duncan, Parker y ahora también por Leonard, fui con San Antonio porque me encanta de toda la vida de dios verles mover el balón, porque a mí se me gana por lo colectivo, porque me priva ver a un equipo y no a una mera suma de individuos. Fui con San Antonio y sólo yo sé el cabreo que me llevé al trabajo en la mañana del miércoles 19 de junio tras pegarme el madrugón para ver aquel sexto partido, suelo decir (a mi hijo se lo he dicho más de una vez) que la alegría por una victoria nos puede durar toda una vida pero la tristeza tras una derrota nunca debería durarnos más de cinco minutos, al fin y al cabo esto es sólo un juego y no nos va la vida en ello, suelo decirlo y además suelo cumplirlo pero aquel día fui incapaz, aquel disgusto me duró toda la mañana, puede que aún me dure (si bien ya convenientemente asimilado) a día de hoy. Lo vi tan cerca que fue casi como si me lo arrancaran de las manos, curiosamente en el séptimo mi disgusto fue mucho menor, supongo que lo tenía ya plenamente asumido con antelación. Fui con los Spurs como fui también con los Pacers (por Hibbert y George pero también por Vogel y su sentido colectivo del juego) en la Final del Este, como fui también con los Thunder (por Durant, Ibaka y aún entonces Harden, aunque ahí su sentido colectivo del juego deje mucho que desear) en la Final de 2012. Suelo ir con los equipos que me gustan, también habría ido con Memphis, Denver o Golden State en una hipotética final si se hubiera dado el caso, créanme que mi forma de entender el deporte es ir con y nunca ir contra… pero no les voy a negar que me cuesta mucho trabajo ir con los Heat, de tal manera que casi siempre acabo encontrando razones para ir con el equipo que juegue contra los Heat. Con Miami en general me pasa como con LeBron en particular: me impresiona, me abruma, casi me intimida… pero no me seduce. Y a mí (aún a mis años) todavía se me entra por la seducción.

Creo sinceramente que llegará el día en que LeBron sea considerado uno de los GRANDES de la historia de este juego, y fíjense que no digo grande (que eso lo es ya) sino GRANDE, con mayúsculas. Creo sinceramente que cuando dentro de veinte, treinta o cincuenta años (si todavía estamos por aquí, cosa improbable) nos pongamos a hacer como tantas otras veces el quinteto ideal de toda la historia NBA tendremos que incluirle, aún por mucho que nos duela aquél al que tengamos que quitar para ponerle a él. LeBron a día de hoy tiene 28 años y medio, es decir que su exuberante físico aún se tomará un tiempo antes de empezar a declinar, su conocimiento del juego en cambio seguirá creciendo día tras día. Estoy casi convencido de que LeBron al final tendrá razón en su pronóstico del día en que se presentó en Miami, cuando se puso a contar presuntos anillos con los dedos y le faltaron dedos: no uno, no dos, no tres, no cinco… Algún día utilizaremos el concepto dinastía para referirnos a estos Heat, tanto más gracias a los buenos oficios de la franquicia a la hora de encontrar los parches adecuados para cada ocasión: allá a donde no lleguen LeBron, Wade o Bosh siempre quedará un Battier, un Mike Miller, un Chris Andersen o un Ray Allen para sacarles las castañas del fuego. Es así, así habré de asumirlo aunque no me entusiasme pero no me pidan además que lo disfrute. Lo contemplaré, lo admiraré y me aguantaré (más o menos por ese orden) más que nada porque no me quedará otra, pero no me pidan además que me enamore. Seguiré prefiriendo el modelo fino estilista al modelo apisonadora, mi corazón (baloncestístico, entiéndase) seguirá estando con los Durant, Stephen Curry o Tim Duncan de la vida, o con los Olajuwon, Worthy, Penny Hardaway o Brad Daugherty por poner también algún ejemplo (variado, surtido) de otro tiempo. Soy así, qué le voy a hacer, supongo que a estas alturas ya va a ser difícil que cambie, supongo que por ser así no faltará quien interprete este presunto (intento de) desagravio como todo lo contrario, quien incluso me vuelva a colgar el cartel de hater… Como dijo el torero, ha de haber gente pa tó.

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