Archivo para julio 2013

tiempos oscuros   2 comments

Escribo en las últimas horas del último día del mes. En apenas un rato se nos acabará julio, suceso que en sí mismo no será demasiado grave porque según se nos acabe comenzará agosto como viene siendo habitual. Lo que ya no suele ser tan habitual es que con el mes se nos acabe también un canal de televisión. Sí, en apenas unas horas dejará de existir (probablemente ya habrá dejado de existir cuando usted lea esto) Marca TV, lo cual en sí mismo tampoco será demasiado grave ya que según se nos acabe comenzará otro canal (novedoso donde los haya), La Tienda en Casa, veinticuatro horas al día de tienda en casa, mandagüevos, rechace imitaciones. Así que no, no teman, no haré un drama, no están precisamente los tiempos con la que está cayendo como para que nos rasguemos las vestiduras por la desaparición de una simple señal de televisión, sólo faltaría; pero no me pidan que me guste.

Marca TV, vista así desde lejos, es un poco la crónica de lo que pudo haber sido y no fue. Se autodenominó la televisión del deporte pero casi siempre acabó siendo la televisión del fútbol confirmando así rápidamente nuestras sospechas de que para Marca (y para tantos otros) el fútbol es el único deporte que merece ser considerado como tal, los demás apenas seríamos meros sucedáneos. Y lo que no fue fútbol fue fútbol-sala, o fue boxeo, o fue esa extraña cosa que llaman wrestling o pressing catch o como demonios se llame y que habré de confesarles que me enciende la sangre, no soporto que me quieran colar como deporte una actividad lúdico-recreativa que tiene de deporte lo que de deporte tiene el circo, el ilusionismo, la danza del vientre o las revistas de variedades pongamos por caso, actividades todas ellas sumamente respetables entre otras cosas porque nadie intenta hacerlas pasar por lo que no son. Me parece perfecto que haya un público predispuesto al que le guste contemplar cómo dos tipos esperpénticos se suben a un ring para hacer como que se patean los huevos o se arrancan la cabeza, allá ellos. Pero no intenten venderme como deporte algo que ustedes y yo (y hasta esos mismos espectadores predispuestos, salvo raras excepciones) sabemos perfectamente que no lo es.

Pero Marca TV, vista desde más cerca, fue también a veces (raras veces) la televisión del baloncesto. Marca TV nació si no me traiciona la memoria a finales del verano de 2010, coincidiendo con la disputa del Mundial de Turquía, y durante varias semanas se nos convirtió en nuestra principal ventana abierta a dicho campeonato, la única que nos permitió seguir todos y cada uno de los partidos en los que no jugaba nuestra selección. Marca TV tiró incluso la casa por la ventana para la ocasión, fichó comentaristas de lujo como Djordjevic, Messina, Nicola o Lavodrama junto a otros más domésticos como Trecet o el inevitable Nanclares, Marca TV nos dejó una cobertura irreprochable de aquel campeonato (con alguna puntual excepción que hizo que en aquel momento me hirviera la sangre, pero que confirma la regla), nos llenó a los aficionados al baloncesto de esperanzas por lo que pudiera venir después…

Y después apenas vino nada, o vino mucho menos de lo que esperábamos. Pero aún así Marca TV nos salvó la Euroliga durante esta temporada 2012/2013, se la salvó a los aficionados de Unicaja en particular y a los aficionados al baloncesto en general, de no haber existido habría sido una competición aún mucho más fantasma de lo que ya fue, condenada a las catacumbas de Real Madrid TV (Teledeporte desembarcó cuando ya era demasiado tarde) o a la territorialidad de Cataluña y el País Vasco. Y aún así Marca TV, que nació con baloncesto a finales del verano de 2010, se nos muere también con baloncesto a comienzos del verano de 2013. Marca TV nos ha regalado un espectacular mes de julio con todas las competiciones de formación, sub18, sub19 y sub20, masculinas y femeninas, todas sin excepción, bien narradas y aún mejor comentadas. Que habría podido ser mejor, no digo yo que no, si se hubieran estirado un poco, si no se hubieran limitado a los partidos de nuestra selección y hubieran dado algún otro (las finales, al menos), si la FIBA hubiera iniciado antes su cobertura del dichoso Mundial sub19 (pero eso no fue problema de ellos, obviamente…) Pero con todo y con eso fue mucho más de lo que solíamos tener, y me temo que mucho más de lo que tendremos en años venideros. A las pruebas me remito.

En el fondo la desaparición de Marca TV es sobre todo un síntoma, un pésimo síntoma, otro más. Seguimos con la incertidumbre televisiva en torno a la ACB, sumamos ahora la incertidumbre televisiva en torno a la Euroliga, no sabemos qué pasará con todo ello (ni con tantas otras cosas) pero sí sabemos que tendremos ya una ventana temática menos con la que jugar. Queda Teledeporte para la caridad, para aquello que le pidan que dé pero siempre y cuando no le cueste un euro darlo, que no parece estar ya el Ente Público para semejantes dispendios; quedan los canales deportivos del Plus pero tampoco les pidan que hagan excesos, la empresa que los sustenta anda también en estado semicomatoso al parecer; queda tal vez Eurosport pero es como si no quedara, porque de baloncesto más bien poquito y porque además se nos ha marchado de la plataforma plusera ante el elevado precio que le cobraban por el alquiler. Y pare usted de contar. Cada vez serán más los acontecimientos deportivos (eventos minoritarios, ligas menores, competiciones internacionales en las que no haya españoles con opciones) que no encuentren ventana televisiva a la que asomarse, piensen por ejemplo en cuánto estaríamos viendo del Mundial de Natación si no fuéramos los anfitriones. Que los del baloncesto estamos mal pero que hay muchos que están aún peor, que algunos aún estamos esperando que TVE se apiade finalmente de nosotros y se decida a darnos el Mundial de Atletismo, ése que viene siendo el mayor acontecimiento deportivo a escala planetaria de cada año impar, ése que hasta hace unos días no tenía quién le televisara, de hecho a día de hoy todavía no está nada claro que vaya a tenerlo.  Así está el panorama.

Vivimos tiempos oscuros, en éste como en tantos otros órdenes de la vida. Ya les dije al principio que no quería hacer un drama (no sé si lo he logrado), que reconozco que andar quejándome de una nimiedad televisiva en estos tiempos que corren me resulta casi inmoral. Pero es que éste todavía sigue siendo un blog de baloncesto (aunque no siempre lo parezca), un lugar en el que hoy deberíamos estar congratulándonos sin más por aquel épico triplazo de Juancho Hernangómez, que lo recordaremos por lo que fue y lo que supuso pero que de alguna manera lo recordaremos también por haber puesto el broche final a un canal que a ratos (sólo a ratos) nos permitió ser un poco más felices. En apenas unos minutos Marca TV habrá dado paso a La Tienda en Casa y será casi (salvando las inmensas distancias) como cuando CNN+ dio paso al Gran Hermano 24 horas o como demonios se llamara aquello, será otra pequeña derrota, otro síntoma más de nuestro empobrecimiento cotidiano. Y créanme que jamás (ni en el mejor de mis sueños) imaginé que diría yo algo así de un medio apellidado Marca, pero es lo que hay. Aunque ni yo mismo me lo explique.

Publicado julio 31, 2013 por zaid en medios

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la canasta que venció al fútbol   2 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 10 de julio de 2013)

(Aclaración previa: lo que van a leer a continuación rememora un suceso acaecido el 4 de junio de 1983, razón por la cual este texto debió haber visto la luz el 4 de junio de 2013 para conmemorar su trigésimo aniversario. Pero se me fue el santo al cielo. En aquellos días andaba yo más pendiente de otros aniversarios, estaba además convencido de que esto que ahora les contaré había sido a finales de junio y no a primeros, cuando finalmente fui a mirar la fecha me quedé de piedra. En fin, en estos casos solían decir mi madre y mi abuela que todos los santos tienen octava, lo cual no sé muy bien lo que significa pero era su manera de explicar que tampoco pasa nada por conmemorar una efeméride unos cuantos días después. Me pongo a ello, ustedes me lo disculpen…)

Dado que antes de 1983 fue 1982 (parece obvio), quizá no estará de más que empiece dándoles un breve paseo por ese año para ponerles en antecedentes de lo que sucedió al año siguiente. En 1982 se celebró en este país un Mundial de Fútbol que de alguna manera significó un antes y un después: antes fue la expectación, la parálisis total alrededor de dicho acontecimiento, la sensación de que nos disponíamos a asistir a un suceso irrepetible dado que no estábamos acostumbrados a organizar eventos de semejante calibre; después fue el hastío de fútbol, el hartazgo, el mal sabor de boca que nos quedó a todos tras un Mundial que fue un fracaso en lo organizativo y un fracaso aún más estrepitoso en lo deportivo, baste con recordar que nuestra selección ni siquiera fue capaz de ganar a Honduras o Irlanda del Norte. Por primera (y última, y única) vez la población parecía harta de fútbol, algo a lo que también contribuía el eterno caos que se había instalado alrededor de dicho deporte. En aquellos tiempos, por increíble que hoy nos pueda parecer, llegaríamos a vivir una temporada ciega: casi hasta el final no se televisaría ni un solo partido y durante buena parte de ella no se verían ni resúmenes siquiera, debido a la manifiesta incapacidad de las partes (Federación Española, Televisión Española) para ponerse de acuerdo. Y créanme que no hubo constancia de que nadie se suicidara por ello…

Y en éstas estábamos cuando en agosto de aquel mismo año de gracia de 1982 empezaron a llegar magníficas noticias de una lejana ciudad colombiana llamada Cali, donde otros jóvenes que no jugaban al fútbol empezaban a reconciliarnos con el concepto selección. Selección de baloncesto, en este caso. Toda la vida recordaré aquella madrugada de agosto que mi hermano y yo nos pasamos en vela en sabrá dios qué apartamento playero, escuchando (sí, escuchando, no se televisaba) cómo nuestra selección ganaba por primera vez en su historia a Estados Unidos en la voz de Juan Manuel Gozalo para Radio Nacional. Aquella noche (y las que vinieron después) finalmente supimos que otro deporte era posible, que había otros mundos que también estaban en éste, que había vida más allá del deporte rey. Aún tardaríamos bastantes años en caernos de la nube.

Así, con el fútbol todavía dudando de sí mismo y el baloncesto de repente encantado de haberse conocido, se apareció finalmente en nuestras vidas el Eurobasket de 1983. Tradicionalmente el Eurobasket, cualquier Eurobasket, venía siendo territorio prohibido para el baloncesto español. Salvo contadísimas excepciones (Barcelona 73, lo que pudo ser Italia 79) la historia de nuestras participaciones en los Campeonatos de Europa se resumía en que llegábamos, ganábamos algún partido insulso, perdíamos con Polonia, lográbamos alguna que otra victoria brillante, caíamos de paliza ante la URSS y/o Yugoslavia, fallábamos el día clave (o en su defecto nos era desfavorable el basket average) y finalmente acabábamos jugando por los puestos quinto al octavo, eso en el mejor de los casos. Ser séptimos era un buen resultado, ser quintos era ya un éxito apoteósico. Sé que esto chirriará a los más jóvenes, pero bien harán en interiorizarlo para cuando vuelvan las vacas flacas; que volverán, no les quepa la menor duda…

Pero estábamos en 1983, más concretamente en aquel 26 de mayo de 1983 en que un montón de aficionados al baloncesto (así los de toda la vida como los sobrevenidos) y de público en general nos sentamos ante el televisor para ver por fin el debut de nuestra selección ante Italia, en el Eurobasket de Francia… O eso creíamos nosotros. Llegó la hora del partido y aquello que no empezaba o mejor dicho, empezar se suponía que ya tendría que haber empezado pero nosotros no podíamos verlo. Minutos musicales, algún documental sobre la cría del somormujo en cautividad, cualesquiera otros contenidos que soliera utilizar el Ente (suponiendo que en aquel entonces ya fuera un ente) para entretener la espera mientras repetían la socorrida retahíla de costumbre, estamos a la espera de conectar con Limoges para ofrecerles el encuentro España-Italia, por favor, permanezcan atentos a sus pantallas. ¿Qué estaba pasando? No había Internet, no sé siquiera si había Teletexto (y tanto daría, aunque lo hubiera), quedaba irnos a la radio, dar una vuelta por el dial y descubrir por fin dónde estaba el problema: la FIBA y/o el Comité Organizador, como el gendarme aquel de Casablanca, habían descubierto que aquí se juega. La FIBA y/o el Comité Organizador, que tenían prohibida la publicidad en las camisetas (qué tiempos), acababan de descubrir que nuestra selección llevaba publicidad en las camisetas.

Y bien grande por cierto. Una letra B y dos letras E entrelazadas componiendo el inconfundible logo del patrocinador, el Banco Exterior de España, entidad financiera pública que años más tarde se fusionó con Caja Postal para formar Argentaria y aún años más tarde se fusionó con (o fue absorbida por, no sé) el Banco Bilbao-Vizcaya para formar lo que hoy conocemos por BBVA. Aquel banco pagaba una pasta por aparecer en esas camisetas, los organizadores decían que no se nos televisaría ni un solo minuto mientras aquella publicidad no desapareciera de las mismas… ¿Qué hacer? Los altos directivos de la Federación Española de Baloncesto decidieron que no les quedaba más remedio que ofrecer una explicación convincente y plausible, así que fueron a la FIBA y les dijeron que no, mire usted, publicidad ninguna, cómo se les ocurre siquiera pensar eso, hasta ahí podíamos llegar, esas siglas BEE en realidad no significan Banco Exterior de España sino Baloncesto Equipo Español, a ver qué otra cosa habrían de significar… No insultaré a la inteligencia de los altos ejecutivos de la FIBA diciendo que se lo creyeron (aunque eso fue lo que se nos vendió en su día), más bien diré que fue un bueeeeeeno, aceptamos barco como animal acuático (o pulpo como animal de compañía), aceptamos cualquier cosa con tal de desfacer este entuerto, si nos decís que esas siglas BEE significan Baloncesto Equipo Español haremos como que nos lo creemos y si nos decís que son la onomatopeya de un balido para ilustrar la actitud de lobos con piel de cordero que traéis a este Campeonato pues nos lo creeremos también, nos creeremos todo lo que haga falta para salir de este atolladero. Hacia el comienzo de la segunda parte la selección apareció por fin en nuestros televisores, por supuesto con el logo del Banco Exterior bien visible en su camiseta; ya no volvería a desaparecer.

Perdimos finalmente de 1 aquel partido inaugural contra Italia, quién nos iba a decir entonces que ya no volveríamos a perder con ningún otro equipo que no fuera Italia. Porque el siguiente escollo era más difícil todavía, Yugoslavia, jamás habíamos ganado en partido oficial a Yugoslavia, alguna vez habíamos estado cerca (por ejemplo un año antes, en el tercer y cuarto puesto de Cali) pero nunca lo habíamos conseguido y ahora nos veíamos abocados a conseguirlo si queríamos que el sueño de estar en semifinales pudiera hacerse realidad. Misión casi imposible, tanto más cuanto que en la primera mitad llegamos a estar 13 abajo (no es que lo recuerde, a tanto no llego, es más bien que me he documentado convenientemente volviendo a ver dicho encuentro) mientras Slavnic, Kicanovic o Dalipagic nos las ensartaban de todos los colores. En la segunda mitad cambió la tónica, apretamos, defendimos y llegamos prácticamente igualados a un final agónico, angustioso, 1 arriba para nosotros pero toda una posesión entera para ellos, falla Vilfan, cogen el rebote, se la dan a Petrovic (sí, a ese mismo Petrovic que está usted pensando, de nombre Drazen, apenas 18 añitos por aquel entonces, recién rescatado del banquillo para jugarse la bola final), entra con todo pero también falla, rebote otra vez para Radovanovic ya casi sobre la bocina, aún le quedará tiempo para intentar una última bandeja, para que la bola se pasee sobre el aro haciendo una pavorosa corbata, para que finalmente se acabe saliendo… La locura.

Aquel Campeonato se jugaba de una forma rara (para lo que ahora estamos acostumbrados), dos grupos de seis equipos, no había cuartos de final, los dos primeros clasificados de cada grupo pasaban directamente a semifinales. Es decir, nos bastaba con ganar a los otros tres equipos del grupo, Francia, Suecia y Grecia, tarea relativamente sencilla porque eran presuntamente más débiles (eran otros tiempos) pero que en realidad no lo fue tanto, de hecho con el anfitrión se pasaron serios apuros (todo el Torneo llevábamos al borde del infarto) y con Suecia tres cuartos de lo mismo, sólo a Grecia le ganamos con cierta holgura. Yugoslavia e Italia también fueron haciendo sus deberes, así que llegaron a esa última jornada abocados a jugarse el todo por el todo el uno contra el otro, en un partido a vida o muerte… Tan a vida o muerte fue que alguno se lo tomó al pie de la letra, de hecho aquel encuentro pasó a la historia (negra) de nuestro deporte como la Batalla de las Tijeras. Ganó Italia 91-76, Yugoslavia se quedó fuera de la lucha por las medallas por primera vez en muchos años, afortunadamente no hubo que lamentar desgracias personales, muy poco pasó para lo que pudo pasar.

Italia pasó como primera de grupo y España como segunda para cruzarse con los mejores del otro lado, la URSS por supuesto en primer lugar y una sorprendente Holanda (que jamás en su historia se ha vuelto a ver en otra parecida) en segundo lugar. Ni que decir tiene que ante semejante panorama la Unión Soviética quedaba ya como única e indiscutible favorita al trono, ni que decir tiene que precisamente esa misma Unión Soviética (la de dios: Valters, Khomicius, Iovaisha, Eremin, Myshkin, Lopatov, Tarakanov, Belosteny y hasta un fornido mocetón de apenas dieciocho tacos llamado Arvydas que acostumbraba ya a sembrar el pánico a tan temprana edad) habría de ser nuestro rival en semis… Toda mi vida recordaré aquella tarde, toda mi vida recordaré que un montón de amigos habíamos quedado (como si no hubiera otra tarde para quedar), que salí con gran dolor de mi corazón, que fuimos a parar a un pub del barrio de Moratalaz (en una zona de copas que llamaban La Lonja, que puede que hoy ya ni exista siquiera), que llegamos y (no sin disimulo) clavé mis ojos ante el televisor, que un rato después ya no era yo sino todos mis amigos (no especialmente aficionados al baloncesto) los que también tenían la vista puesta en el televisor, que cuando llegó aquel último minuto no quedaba ya un alma en aquel enorme pub de dos pisos que no estuviera mirando cómo se nos apagaba la luz, cómo los soviéticos nos recortaban y se ponían a 1 a falta de 40 segundos, cómo en los 30 segundos siguientes ni dios parecía atreverse a mirar el aro hasta que la bola fue a parar a Epi (más bien fue el propio Epi quien se la quitó de las manos a Andrés Jiménez), cómo nacería en aquel mismo momento (o acaso ya existiera) el concepto episistema, el susodicho que se levanta sobre el mismísimo final de posesión, la bola que entra limpia, tres arriba, quedan menos de 10 segundos pero ya da igual, aún no se ha instaurado el triple, Eremin cruza la pista de lado a lado pero su canasta postrera ya no sirve para nada, final, ¡¡¡FINAL!!! y en aquel pub de Moratalaz y en el país entero ya sólo nos faltaba pellizcarnos, ya nos mirabamos los unos a los otros como para confirmar que era cierto, como si cualquier cosa nos pudiera despertar… Epi con aquella canasta había sellado la victoria y había logrado además otra victoria; pero eso no lo sabíamos todavía.

Aquello era muy grande, era como alcanzar por fin la mayoría de edad de nuestro baloncesto, el justo premio a lo que ya se había apuntado en Cali’82 y el paso previo al colofón que supondría (quién nos iba a decir entonces) Los Ángeles’84. Íbamos a jugar la mismísima Final del Eurobasket, en Nantes, el sábado 4 de junio a las 7 de la tarde… día y hora que no tendrían nada de particular si no fuera porque ese mismo sábado 4 de junio a las 8 de la tarde, en Zaragoza, debía disputarse la Final de la Copa del Rey de fútbol. Y no era una final cualquiera, no era un Betis-Osasuna ni un Celta-Levante (dicho sea con todos los respetos hacia estos cuatro equipos y hacia cualesquiera otros que se nos pudieran ocurrir), no… Real Madrid-Barcelona, Barça-Madrid, el acabose, el partido del siglo de ese año. Si en un mes hay dos acontecimientos que merezcan la pena ambos sucederán inexorablemente en la misma noche, dicen que dijo Murphy, y aquí estaba la prueba irrefutable. A partir de las 20:00 los telespectadores tendríamos que escoger entre la segunda parte del baloncesto y la primera del fútbol, ello suponiendo que pudiéramos escoger ya que no había más Televisión que la Española y no había más canales que La1 y La2, y en aquel entonces TVE tenía la rigurosa política de no dar jamás deporte por ambas cadenas a la vez para no perjudicar así los legítimos intereses de todos aquellos ciudadanos no aficionados al deporte. Vamos, que era más que probable que cortaran el baloncesto en cuanto empezara a sonar el himno en La Romareda, que ya no volvieran a él (en diferido, obviamente) hasta que el Rey hubiera entregado la Copa, eso en el mejor de los casos…

O no. O tal vez pudiera haber una solución. Evidentemente no puedes plantearte cambiar la hora de un evento internacional televisado a chiquicientos países como era la Final del Eurobasket, pero quizá sí puedas cambiar la hora de un evento de ámbito nacional como la Final de Copa. Con retrasarla sólo una hora sería más que suficiente… Ni que decir tiene que la Real Federación Española de Fútbol se negó en redondo, hasta ahí podíamos llegar. La RFEF podía sentir el aliento del baloncesto en el cogote y miraba con recelo todo lo que tuviera que ver con ese extraño deporte que amenazaba con subírsele a las barbas y osaba cuestionar su sempiterna supremacía, como para plantearse siquiera mover su finalísima, sí hombre sí, lo llevan claro, cambiar de hora nuestro principal evento del año por un simple partido de la mariconada esa de las canastas, sólo eso faltaba, pero qué se han creído, habrase visto tamaña atrocidad… Y además en este caso tenían una coartada sólida, mire usted, la Final de la Copa del Rey suele presidirla el Rey dado que el fútbol es el deporte rey como su propio nombre indica, a nosotros podría no importarnos ese cambio de hora, bien lo sabe dios, pero comprenderán que no vamos a modificar la sacrosanta agenda de su Majestad, tendrá ya toda clase de compromisos y obligaciones para esa noche como corresponde a alguien de tan alto rango y tan elevada condición, cómo habríamos nosotros (pobres mortales) de sugerirle siquiera que los cambie

En este punto de la historia entra en juego un personaje capital en aquellos tiempos, un volcánico periodista deportivo que sin duda les resultará familiar (incluso aunque no nacieran a tiempo de conocerlo), un sujeto que casi nunca fue santo de mi devoción pero a quien al menos por esta vez habremos de estarle eternamente agradecidos: José María García, también conocido entonces como Supergarcía o como Butanito según las simpatías (o antipatías) que despertara en cada cual. Uno de los mantras que solía repetir García a cada rato es que el periodista debe ser un simple notario de la actualidad, él lo decía como si se lo creyera pero luego se esforzaba repetidamente en incumplirlo, en demasiadas ocasiones no se limitó a dar testimonio de esa actualidad sino se esforzó en ser parte de ella, una moda que por desgracia prosperó y llegó hasta nuestros días, ya no necesariamente (o no sólo) en el ámbito del deporte. A García le encantaba ser protagonista, en demasiadas ocasiones para mal, en ésta sería para bien.

García asumió aquella causa como suya propia (dado que además y para más inri se llevaba a matar con los dirigentes de la RFEF) y pidió la mediación del Consejo Superior de Deportes (o como se llamara ese organismo entonces) para que interviniera, para que obligara a la Federación a retrasar tan solo una hora el comienzo de su Final. Pero ni por esas. Haría falta picar más arriba… Años atrás, en otra final de Copa, García se había metido en el antepalco durante el descanso, micrófono en ristre, con la insana intención de entrevistar a todo bicho viviente que se le pusiera por delante. Poco a poco fue viniéndose arriba, tan arriba se vino que en un momento dado debió plantearse (o quizá lo tuviera ya pensado de antemano), anda ¿y por qué no al Rey? Entrevistar a Su Majestad era algo impensable por aquel entonces (casi sigue siéndolo ahora), evidentemente los guardaespaldas no le dejaron ni acercarse. Pero entre aquella marabunta de brazos de alguna manera debió apañárselas para colar el micrófono, y así de repente y sin previo aviso emergió por nuestros transistores una voz que nos resultaba tremendamente familiar, ese tono tan campechano, te ezcucho muchaz nochez, Jozé Madía, bastaron esas seis palabras para que García se esponjara, debió crecer como veinte centímetros de alto y otros tantos de ancho aquel día.

Es decir, García contaba con la complicidad de la Casa Real, se sabía escuchado en La Zarzuela y apeló en antena a la sensibilidad de dicha Institución para que no se privara al pueblo español de la posibilidad de presenciar íntegros ambos espectáculos deportivos. Fue suficiente. No sé quién llamó a quién ni cómo se desencadenó el proceso, sí sé que finalmente llegó la conformidad Real y a partir de ahí ya todo fue mucho más fácil: el Consejo Superior de Deportes (o como se llamara) se lo dijo a la Federación y a ésta (ya sin coartada) no le quedó otra que ceder, a ver cómo iba a ir en contra de los expresos deseos de Su Majestad. Eso sí, a regañadientes, tan rabiosos estaban que aún se reservaron el derecho al pataleo, en la casa de todos tendremos que hacer lo que nos manden pero al menos en la nuestra podremos hacer lo que nos dé la gana: retrasaron una hora el comienzo del fútbol para dejar sitio al basket (a la fuerza ahorcan) pero se negaron tajantemente a que éste pudiera verse por los videomarcadores de La Romareda. Es decir, al final los únicos ciudadanos que no tuvieron posibilidad alguna de ver el baloncesto fueron precisamente aquellos que estaban en las gradas esperando que empezara el fútbol. Por si a alguno le hubiera podido apetecer.

Si esto fuera ficción requeriría un final épico a juego con la historia, pero aquello era la cruda realidad y ahí por desgracia las cosas no suelen acabar tan bien. España perdió aquella Final, la perdió como había perdido las anteriores y como perdería las siguientes, éramos como el chiste aquél del póker, – Me encanta jugar finales y perder… – ¿Y ganar?Joder, ganar debe de ser la hostia… Aún nos llevaría veintitrés años comprobarlo en categoría absoluta, sólo dieciséis en categoría júnior. Aquella plata y (sobre todo) aquella otra que vendría catorce meses después en Los Ángeles contribuirían a inflar todavía más una burbuja que aún tardaría unos cuantos años en explotar (para ya no volverse a hinchar jamás). Pero que tampoco llegaría a poner nunca en peligro la supremacía del fútbol, no nos engañemos, a ellos la paranoia baloncestera aún les duraría un tiempo pero la supuesta crisis se les acabaría en apenas unos meses, 12-1 a Malta mediante. Eso sí, lo que ya nadie nos quitaría sería la satisfacción (ni a ellos el disgusto) por aquel hito que no tenía precedentes en la historia y que ya nunca jamás volvería a suceder: por primera (y última, y única) vez, un partido (y qué partido) de fútbol se vio obligado a retrasar su horario por culpa de un partido de baloncesto. No, no ganamos aquella Final, pero puede que lográramos otra victoria mucho más grande. Aunque entonces casi no nos diéramos cuenta.

orchiesazo   Leave a comment

No es nada fácil ganar un partido decisivo en campo contrario. Podrás ganar batallas, cómo no, pero ya otra cosa será ir a ganar precisamente la batalla decisiva de una guerra cuando encima te toca pelearla en territorio hostil. No es nada fácil, dígaselo usted a todos los que jugaron en cancha ajena un quinto partido de playoffs ACB o un séptimo de playoffs NBA, dígaselo a los Spurs o aún antes a los Pacers, dígaselo al Barça de este año o al Madrid y al Baskonia de la temporada pasada, tantos otros. No es nada fácil lo que hicieron hace algunas semanas Granca o CAI, ganar a domicilio el tercer partido de una serie al mejor de tres, y eso todavía otorga más mérito a su hazaña. ¿Y si es a 1? ¿Y si se trata de una final directa disputada en el territorio de uno de los contendientes, con casi todo el público animando sin parar a ese mismo contendiente? No, no me pongan el ejemplo de alguna Final de Copa del Rey más o menos reciente así en baloncesto como en fútbol, no me vale (o no del todo), el escenario podría ser parcial pero el reparto de entradas hacía que el público fuera más o menos neutral. Como tampoco me vale el ejemplo de la Final de aquel Eurobasket de 2007, España-Rusia, que ahí el público no era neutral pero el trabajo de Sáez llenando el Palacio de mullidos sofás para regalárselos al famoseo consiguió que lo pareciera. No es nada fácil, dígaselo a la selección de fútbol lo fácil que es, sospecho que a estas horas ya debieron darse cuenta. Dicen que no importa el ruido ni la presión ni el ambiente, dicen que jamás un aficionado metió nunca una canasta (y si lo hizo debieron anulársela), dicen muchas cosas pero a la hora de la verdad la historia nos deja múltiples evidencias de lo contrario, de lo duro que resulta tener que acabar jugándote la vida precisamente en la casa del rival. A no ser que…

A no ser que te llames Alba Torrens (algunos aún se empeñan en escribir Torrent como si fuera un pueblo de Valencia o un personaje de Santiago Segura), que seas seda pura, que el baloncesto se te salga por los poros, que haya más talento en esas piernas y esas caderas que en el noventa por ciento de los jugadores ACB, y créanme que aún me quedaré corto en el porcentaje. O a no ser que te llames Sancho Tracy Constance Lyttle, vaya usted a saber qué se les pasaría a sus padres por la cabeza para ponerle ese primer nombre tan contradictorio como premonitorio, quién le iba a decir durante su infancia y su adolescencia en San Vicente y Las Granadinas (uno de esos países de los que sólo nos acordamos en las ceremonias de apertura de los Juegos) o durante su formación en Houston (Universidad de) que un día acabaría representando a un lejano país rojo y amarillo, y disfrutándolo, y sintiéndose además (o pareciéndolo, al menos) tremendamente orgullosa de hacerlo. O a no ser que te llames Laia Palau, nunca parecieron tan alegres esos ojos tristes; o Silvia Domínguez, la base de bolsillo, acaso el secreto mejor guardado de esta selección; o las otras joyas de la corona, Marta Xargay (qué maravilla de Torneo), Cristina Ouviña (qué final de Torneo), Cindy Lima (qué Final), Laura Nichols, Laura Gil (qué presencia) o esa Queralt Casas de la que ya sabemos desde hace años que el futuro es suyo. O a no ser que te llames Amaya Valdemoro (Valdem-ORO le dicen ahora) o Elisa Aguilar, si lo dices que dejar que sea así, por dios, precisamente así, con un pedazo del metal más preciado entre los dientes. A no ser que además de ser tan buenas (que lo sois, mejores que nunca) tengáis aún esa innata capacidad de dejaros la vida si es preciso, de devolverles la presión a las de enfrente y ponérsela en contra, de poner a un pabellón entero del revés. Como hace diez o veinte años, como ayer, como mañana, como siempre.

Este oro es vuestro pero no es sólo vuestro, no creáis, de alguna manera es también de Betty Cebrián, Marina Ferragut, Luci Pascua, Anna Montañana, Anna Cruz, Nuria Martínez, Marta Fernández (sí, también Marta Fernández, por supuesto, sólo faltaría), tantas otras que ahora mismo no se me vienen a la cabeza pero que también fueron alma, corazón y vida de este equipo durante todos estos años. Es también por supuesto de Isa Sánchez, la cara opuesta de Laia (esa sonrisa eterna, esa cara transmitiendo siempre alegría aunque no siempre esté alegre), ayer por sus triples, hoy por su impagable trabajo a la vera de Mondelo. Mondelo, Lucas Mondelo, tan buen entrenador como motivador, algunas de sus frases de este Torneo quedarán ya para la historia y eso que esta historia no ha hecho sino comenzar, este oro es también suyo y es de todo su cuerpo técnico, es de todos los que estuvieron como es también de todas las que se fueron y de todas las que vendrán (Leonor, te esperamos como agua de mayo en Turquía 2014). Y este oro es también (y sobre todo) de toda esa gente que sigue y apoya en silencio durante todo el año al baloncesto femenino, de toda esa gente que se merece esta felicidad más que nadie y que es además capaz de disfrutarla sin pedir cuentas a nadie [por contraposición a cierto sector que decidió aprovechar los minutos posteriores a la gran Final para convertir twitter en una especie de ajuste de cuentas, como si sólo ellos fueron los depositarios exclusivos de este baloncesto (dime de qué presumes y te diré de qué careces), como si aquellos que sólo lo miramos en estos trances debiéramos pagar por ello, como si no tuviéramos bastante con nuestros remordimientos como para tener que administrar también los reproches de los demás]. Lo dije y lo repetiré cuantas veces sea necesario, tenemos una selección femenina que no nos la merecemos, aunque sólo sea por el poco caso que les hacemos durante el resto del año. Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, como dicen que dijo aquél.

Probablemente anoche nuestros mal llamados diarios deportivos (sería mucho más correcto hablar de diarios futbolísticos) tendrían ya preparada para la ocasión su enorme portada a doble página con el titular MARACANAZO llenándolo todo de esquina a esquina, portada y titular que obviamente y por desgracia se tuvieron que comer. En su defecto tampoco se complicaron mucho la vida, los dos igualitos cual si se plagiaran el uno al otro o se practicaran mutuamente espionaje industrial, VOLVEREMOS, periodismo puro como si dijéramos, algo que no es noticia ni información ni tan siquiera opinión sino una mera declaración de intenciones. Pues vale, pero mientras volvemos quizá no esté de más que de vez en cuando también informemos, que miremos hacia otros sitios, que reparemos en que aquello que no consiguió la selección de fútbol (ningún reproche, alguna vez tenían que perder) sí lo logró la selección femenina de baloncesto, poner una pica en Flandes (o casi), ganar su Final y hacerlo además en territorio adverso (que no hostil). Merecían algo más que un trozo de mancheta o que una esquina imperceptible en el último rincón de la portada, merecían algo más que treinta segundos de mención (sin imágenes siquiera) en algún informativo de televisión. Merecían y merecen nuestra admiración y nuestro aplauso, pero también (y sobre todo) nuestro respeto. Ya que tanto se nos llena la boca con los éxitos de nuestros deportistas (especialmente si son en Francia y contra Francia, como es el caso) no estará de más que los valoremos cuando lo merecen en lugar de arrinconarlos en un cajón para luego acordarnos de ellos sólo cuando nos conviene, si acaso para restregárselos por la cara al de enfrente. Ya que se quedaron con ganas de maracanazo bien podrían haber acuñado el orchiesazo, no suena igual pero es lo mismo, el reconocimiento a un Torneo extraordinario y a una impagable victoria en campo contrario, el recuerdo a esa pequeña localidad francesa casi fronteriza con Bélgica a la que ayer (a su pesar) le tocó vivir uno de los mayores éxitos que este año dará nuestro deporte. Algunos difícilmente lo olvidaremos en lo que nos quede de vida (o de memoria); ustedes hagan lo que quieran.

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