Archivo para noviembre 13, 2013

el corazón del bosque   Leave a comment

Las buenas gentes de BasketAmericano.com me pidieron un artículo (o similar) para su impagable Guía NCAA 2013/14, sin lugar a dudas la mejor guía anual sobre baloncesto universitario que encontrarse pueda en castellano (pensarán acaso que se trate de una exageración, fruto de mi natural entusiasmo, pero les aseguro que no lo es en absoluto; si no se lo creen no tienen más que pinchar en el enlace, descargarse el pedeefe y comprobarlo con sus propios ojos). Este que leerán a continuación (espero) fue el resultado de dicha colaboración, espero no habérsela estropeado demasiado…

Cada año, de noviembre a marzo, formo parte de esa extraña categoría de seres que acostumbran a pasar los meses de invierno en el corazón del bosque. No es un bosque al uso, no vayan a pensar, nuestros árboles no se llaman pinos ni hayas ni robles ni cedros sino Carrier Dome, Allen Fieldhouse, Rupp Arena, Pauley Pavilion, tantos y tantos otros, ése es nuestro hábitat natural, en él nos sentimos como en nuestra propia casa, por él nos movemos como pez en el agua (no parece una comparación muy adecuada tratándose de un bosque, pero ahora mismo no se me ocurre otra mejor). Muchos son los que no se atreven a adentrarse en su interior, les aterra su espesura, lo intrincado de su acceso, lo ven como un lugar oscuro y tenebroso pero nosotros sabemos que no es cierto, que es exactamente todo lo contrario, que muy pocos lugares habrá en el mundo con tanta luz, acaso ninguno con tanta vida como el bosque. Nuestro bosque.

Luego llega marzo y de repente el bosque se abre, se nos aparece por fin un inmenso claro, piensen en el parquet de los Ducks de Oregon y sabrán de inmediato a lo que me refiero. Llega marzo y toda esa humanidad que durante cuatro meses vivió de espaldas al bosque ahora por fin se interesa por él, qué digo se interesa, se pelea casi por venir a verlo para disfrutar del aire puro, de la benignidad de su clima, de esa explosión de luz y color que festeja la llegada de cada primavera. Casi antes de darnos cuenta tendremos ya nuestro claro lleno de gente, buenas gentes en su inmensa mayoría, gentes capaces de apreciar las maravillas que nuestro bosque pone ahí a su entera disposición, que pasarán allí unas cuantas horas o unos pocos días y luego retornarán a su casa contando a quien quiera oírlas las excelencias de nuestro bosque, aunque las vayan a olvidar de inmediato y ya no vuelvan a acordarse de ellas hasta la primavera siguiente. Así son la mayoría pero es bien sabido que hay gente pa tó, nunca faltan excepciones que confirman la regla, genuinos tocapelotas que no acaban de encontrarle el encanto, que podrían marcharse y no volver más (no tiene por qué gustarles, esto no es obligatorio) pero que aún así vuelven año tras año simplemente para echarnos en cara que algo así nos pueda gustar a los demás. Que al final (por variar un poco la metáfora) acaba uno sintiéndose como esos propietarios de alojamientos rurales que entre cientos de clientes extasiados con el paisaje de repente se encuentran con uno que se queja del olor a vaca, de que las campanas suenen cada hora y los gallos canten al amanecer, que casi entran ganas de decirles pues qué coño hace usted aquí, esto no es para usted, quédese en su ciudad con su tráfico, sus humos, sus ruidos y su botellón a la puerta, seguro que allí estará mucho más a gusto, dónde va a parar.

Cada año, al llegar marzo (y no digamos ya abril), casi acabo sintiéndome como si peleara contra molinos de viento. O lo que viene siendo casi lo mismo, contra ese pequeño pero significativo sector que se asoma a la NCAA simplemente para denostarla (y de paso denostarnos), cómo os puede gustar esto, es horrible, qué posesiones tan largas, vaya marcadores, están explotando a los chavales, es humillante, yo no sé qué le veis. No es que no les guste el baloncesto universitario, es que no les gusta que a nosotros nos guste el baloncesto universitario. Nos abruman con datos como si los datos lo fueran todo, como si los tanteos bajos ya lo explicaran todo, argumento supremo, que digo yo que si sólo fuera cuestión de tanteos bajos (y por esa misma regla de tres) a nadie le podría gustar un deporte en el que a menudo quedan 0-0 ó 1-0 (pero esa es otra historia, y otra histeria). Aquí un promedio de 60 ya es sospechoso, pobre de ti como digas que no te importa porque entonces te llamarán purista, pobre de ti como además se te ocurra valorar aspectos defensivos porque te llamarán incluso algo peor. Reconozcámoslo, estamos perdidos, con los datos en la mano tienen razón (su razón), cómo no habrían de tenerla si incluso están en posesión de ella, de todos es bien sabido que contra aquellos que tienen razón no se puede discutir.

El problema es que su razón es meramente objetiva mientras que nuestra sinrazón es absolutamente subjetiva. Puedes intentar argumentar (yo mismo lo he hecho demasiadas veces) que nuestras anotaciones no son necesariamente tan bajas, que el hecho de que las posesiones sean de 35 segundos explicaría que lo fueran, que el hecho de que se trate de baloncesto de formación justificaría esas mismas posesiones de 35 segundos. Puedes reivindicar finales extraordinarias (ya que tus interlocutores sólo suelen ver finales, casi mejor llevar la discusión a su terreno), Arizona-Kentucky en 1997, Syracuse-Kansas en 2003, Duke-Butler en 2010, esta misma Louisville-Michigan de 2013, tantas y tantas otras pero todo será en vano, ellos siempre volverán a aquella Connecticut-Butler de 2011, ésa te la estarán restregando una y otra vez hasta el fin de tus días. Puedes recordar una vez más que no es verdad que los chavales jueguen a cambio de nada sino que juegan a cambio de su educación, de una beca que de no haber sido por el baloncesto jamás habrían recibido, de unas enseñanzas que en ningún caso se habrían podido pagar y que ahora les permitirán graduarse y ganarse la vida, que serán la única salvación para todo ese noventa y tantos por ciento que jamás obtendrá luego un contrato como baloncestista profesional. Puedes hasta reconocer que el sistema dista mucho de ser perfecto, que tiene grietas, que estaría bien que fuera de otra manera pero que al fin y al cabo es su sistema, te guste o no tú no lo vas a cambiar. Puedes ponerte a su nivel pero es inútil, antes de que te des cuenta estarás predicando en el desierto. En su desierto.

Tenemos la batalla perdida de antemano porque los gigantes o molinos de viento no atienden a razones subjetivas, y esas difícilmente las podemos explicar. Cómo explicarles la magia que se desprende del Hinkle Fieldhouse, del Assembly Hall de Bloomington (también del de Champaign), del Cameron Indoor, del Purcell Pavilion, del Galagher-Iba Arena, del McKale Center, de The Barn o The Pit, de cientos y cientos de escenarios que transpiran baloncesto en cada muro, en cada pisada, en cada bote del balón, en cada estudiante brincando y cantando a pie de cancha. Cómo explicarles que no hay relajación, que aquí no hay ese dejarse ir de cada back to back o de los tres primeros cuartos para apretar sólo al final, que aquí cada segundo de cada minuto de cada partido cuenta, que aquí se pelea por cada balón como si no hubiera un mañana. Cómo explicarles que si les gusta el claro del bosque aún más les gustaría el bosque propiamente dicho, a poco que se atrevieran a internarse en él: que el Torneo Final está muy bien, cómo no habría de estarlo, pero que a veces puede estar aún mejor (en términos de intensidad, de emoción, de vibración) una rivalidad cualquiera de non-conference, no digamos ya de la temporada regular de cada conferencia. Cómo explicarles a los de allá y a los de acá que la NCAA acierta a amalgamar de alguna manera lo mejor de ambos mundos, lo de allá y lo de acá, el equilibrio perfecto entre la espectacularidad y el colorido de un lado y la intensidad y el rigor táctico del otro. Cómo repetirles una vez más que esto es sólo baloncesto universitario, es decir baloncesto de formación, por definición. Nada más que eso, nada menos que eso. O por plagiarme lo que ya dije alguna que otra vez, baloncesto de formación, y por eso mismo imperfecto, y por eso mismo perfecto en su imperfección, y por todo lo cual sencillamente maravilloso.

Al menos sé que esta vez juego en casa. Sé que mi bosque es también su bosque, no tendría usted en sus manos (en sus pantallas) esta imprescindible guía si no lo fuera. Sé que sus sueños son también los míos, los sueños de reencontrarnos con Smart, McDermott, McGary, Stauskas, Kyle Anderson, Craft, Carson, Payne, Cauley-Stein, Napier, Fair, Harrell, incluso Russ Smith, quién sabe si hasta Marshall Henderson (cito sólo los primeros que se me han venido a la cabeza), los sueños de (re) encontrarnos por fin con Andrew Wiggins, Julius Randle, Jabari Parker, Noah Vonleh, Tyler Ennis, Aaron Gordon, Joel Embiid, los gemelos Harrison, los sueños de todos esos técnicos que ya casi son como de la familia (te echaremos de menos, Brad, no sabes cuánto). Los sueños de trasnoches insanos, de madrugadas interminables, de rebuscar partidos hasta debajo de las piedras, de vérnoslos a veces hasta en ruso (¡¡¡en ruso!!!) sólo por no quedarnos sin la oportunidad de presenciar qué sé yo qué duelo o de redescubrir a qué sé yo qué jugador. Los sueños de cada contraataque, cada circulación de balón, cada defensón extraordinario (que una buena defensa es también parte esencial del baloncesto, aunque algunos se empeñen en negarlo), cada final apretado, cada canastón insospechado, cada invasión de cancha, cada locura colectiva. La NCAA es la fábrica de sueños: los suyos, sí, pero también (y sobre todo) los nuestros. Ahí está ya nuestro bosque, el de todos los años, acaso aún más intrincado (y quizás por ello aún más hermoso) que cualquier otro año. Empecemos a soñar.

Publicado noviembre 13, 2013 por zaid en NCAA

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la que se nos viene encima   Leave a comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

O dicho de otra manera: todo aquello que siempre quiso saber sobre esta nueva temporada de baloncesto universitario, pero que jamás se le habría ocurrido preguntar. Como el saber no ocupa lugar (y menos en Internet), me dispongo a satisfacer su curiosidad al respecto incluso aunque no sienta dicha curiosidad, esto es así, aquí le damos respuestas aunque no tenga preguntas. Y todo por el mismo precio…

Creo que hacia finales de la pasada temporada les dije ya (y si no pues se lo digo ahora) que a esta NCAA 2013/2014 no la iba a reconocer ni la madre que le parió. Tal cual. Para empezar deberemos revisar todo lo que un día supimos sobre conferencias y equipos que las integran: no es ya que haya cambios puntuales (que esos los hay todos los años) sino que en algún caso concreto hay pocas cosas que continúen igual. La Big East, por ejemplo. A algunos, aficionados Orange(men) de por vida, se nos rompieron los esquemas cuando hace unos cuantos meses se anunció que Syracuse dejaría esa Conferencia en la que llevaba casi la vida entera (o casi desde que empezó a entrenarla Boeheim, que viene a ser lo mismo) para entrar a formar parte de la Atlantic Coast Conference, en siglas la ACC. O dicho de otra manera, que Syracuse dejaría de jugar en enero y febrero contra St. John’s o Georgetown como llevaba haciéndolo toda la vida de dios, que ahora pasaría a jugar contra Duke o North Carolina pongamos por caso. Y que no se iría sola, que con los Orange de la manita llegarían también a la ACC los Figting Irish de Notre Dame o los Panthers de Pittsburgh. Créanme que a algunos nos va a costar hacernos a la idea, casi tanto como nos va a costar que (quizá para hacerles hueco) Maryland deje en 2014 la ACC para ir a parar a la Big10 (con Indiana, Michigan, Michigan St…), una conferencia en la que no pega ni con cola, ni geográficamente siquiera. ¿Les parece raro? Pues mejor será que se vayan acostumbrando, porque todo esto con ser raro fue sólo el principio…

El lío gordo llegó a finales de la pasada temporada: siete universidades católicas de la Big East, a saber Georgetown, De Paul, Marquette, Seton Hall, Providence, St. John’s y Villanova, decidieron escindirse de la Big East y crear una conferencia nueva a la que tras darle muchas vueltas y quebrarse sobremanera la cabeza decidieron ponerle el bello nombre de… Big East. Como lo oyen (como lo leen, más bien), la vieja Big East tragó con que la nueva se llevara el nombre y hasta su tradicional Torneo Final en el Madison, todo ello a cambio de que la vieja se quedara con la caja común (o eso cuentan, que habré de reconocerles que yo en estos asuntos burocráticos me pierdo), así a priori tampoco parece un mal acuerdo. Así pues, a partir de esta temporada tendremos una nueva Big East con las siete universidades antes mencionadas más otras tres igualmente católicas llegadas a su vez de otros lares, Xavier, Butler (que últimamente sale a cambio de conferencia por año) y Creighton, ubicadas respectivamente en Cincinnati, Indianapolis y Omaha, cada una un poco menos al Este que la anterior, no está mal para llamarse Big East. Y tendremos asimismo una vieja Big East a la que obviamente a partir de ahora ya no volveremos a llamar nunca más Big East sino por su nuevo y flamante nombre, American Athletic Conference, en siglas AAC (qué bien pensadas para que nos confundamos una y otra vez con la ACC). De todo lo cual témome que apenas se habrá enterado de casi nada pero qué quiere que le haga, estas cosas son así, no sé contárselas de otra manera…

Todavía dos pequeñas aclaraciones respecto a todo lo ¿explicado? en el párrafo anterior: 1) No vayan a pensar en un cisma religioso ni nada similar, los católicos por un lado y los protestantes por otro cual si de una guerra santa se tratara, ni hablar, recuerden que aquello es América (Estados Unidos de), allí esta clase de transacciones no se rige por razones eclesiásticas sino por razones meramente comerciales, que allí podrán ser muy puritanos pero para la cosa de los negocios son muy prácticos: la cuestión tiene más que ver con que se agrupen por un lado las universidades más tradicionalmente baloncesteras y se queden por el otro las más tradicionalmente futboleras (fútbol americano, of course), tiene mucho más que ver con la respectiva negociación de sus respectivos contratos de televisión. Y 2) No vayan a pensar que todo esto va a parar aquí, en absoluto, la cosa del deporte universitario está en continuo movimiento: a lo que les contaba antes de Maryland cabría añadir que incluso la mismísima campeona en ejercicio, es decir Louisville, dejará también la ex Big East (o sea, la Athletic etc) a mediados de 2014 para ir a parar a… (adivinen): efectivamente, a la ACC, que quedará así ya convertida sin discusión alguna en la conferencia más fuerte (aún más si cabe) de todo el baloncesto universitario. Al menos hasta el siguiente movimiento…

Dejemos los temas burocráticos (no vaya a ser que acaben huyendo los pocos lectores que aún queden) y pasemos a los estrictamente deportivos. Así de entrada quédense con tres nombres, las tres joyas de la corona, tres sujetos de los que probablemente ya hayan oído hablar (incluso aunque no sigan para nada este baloncesto) y de los que mucho más oirán de aquí en adelante, no ya este año sino durante los próximos quince o veinte años: 1) Andrew Wiggins, portentoso alero canadiense, presunto número 1 del próximo draft, acaso el jugador al que más bola mediática se haya dado tras salir del insti desde los tiempos de LeBron James (y eso es decir mucho), y que tras darle muchas vueltas decidió finalmente jugar su one and done para los Jayhawks de Kansas; 2) Julius Randle, no menos portentoso ala-pívot, de imponentes condiciones físicas y no menos aparentes condiciones técnicas, que se decantó (fíjense qué original) por ponerse a las órdenes de Calipari en los Wildcats de Kentucky; y 3) Jabari Parker, alero al que poco a poco se le fue dando menos bombo que a los dos anteriores pero que es una auténtica delicia de jugador, y que tras pensárselo muy mucho (es mormón, por lo que a punto estuvo de recalar en BYU) decidió finalmente ponerse a las órdenes del Coach K en sus Blue Devils de Duke. Y no están solos, que la nueva generación viene sobrada de niños prodigio, que no habremos conocido muchas otras como ésta:  Tyler Ennis en Syracuse, Noah Vonleh en Indiana, Aaron Gordon (un brincador nato, un tipo que juega como si se hubiese tragado un muelle) en Arizona, Kasey Hill  en Florida, medio equipo de Kansas, casi el equipo entero de Kentucky… Buenísimos freshmen (y presuntos one and done) para dar y tomar.

Sí, el principal favorito para casi todo dios es Kentucky. Esta vez no es ya que Calipari se haya vuelto a llevar a la mejor promoción de novatos de la nación (que eso este año es decir mucho), es que incluso podría alinear un quinteto titular entero de freshmen si quisiera, un poco a la manera de aquellos legendarios Fab five de hace más de veinte años: los gemelos Harrison por fuera, el tremendo James Young de tres, el susodicho Randle de cuatro, Dakari Johnson completando el quinteto y hasta podría añadir aún un sexto novato en caso de necesidad, Marcus Lee. Tremendo despliegue de talento y (sobre todo) físico que se completa con el imponente pívot sophomore Cauley-Stein (titular indiscutible, así que lo del quinteto freshman va a estar difícil), el también sophomore Poythress… El típico equipo apisonadora calipariano, a cuya presumible inexperiencia se opondrán la inmensas sabidurías de Izzo en Michigan State (Payne, Appling, Harris), Krzyzewski en Duke (Cook, Sulaimon, el transfer de Mississippi State Rodney Hood, el ya mentado Parker), Self en Kansas (la joya Wiggins más los también freshmen Selden, Mason o Embiid, más el retorno de Perry Ellis) y cómo no, Pitino en Louisville (con buena parte del equipo campeón de hace 7 meses: Blackshear, Behannan, el talentoso a la par que anárquico Russ Smith…)

¿Aún más? Michigan (con el regreso de Glenn Robinson III, McGary o Stauskas), Syracuse, Arizona, Florida, Oklahoma State (con el retorno de ese portentoso incordio llamado Marcus Smart, que bien pudo haber sido top3 ó al menos top5 del pasado draft pero que finalmente decidió volver al campus de Stillwater, por razones que no me explico pero que me hacen sumamente feliz), Ohio State, Wichita State, Gonzaga, Oregon, UConn, VCU (con lo que se quiera sacar el mago Shaka Smart de su chistera…). Apunten además el eterno retorno a Creighton de ese impagable Doug McDermott, el de Jahii Carson a Arizona State, el de Kyle Anderson a un sumamente atractivo equipo de UCLA… Atractivo entre otras cosas porque largaron a Howland y contrataron como técnico a Steve Alford, como atractivos serán sus vecinos de USC (ese hotel de los líos) tras haberse puesto en manos de Andy Enfield (sí, el autor de aquel milagro del pasado marzo con Florida Gulf Coast). Como atractivos espero que sean los Gophers de Minnesota tras haber cesado a Tubby Smith y contratado en su lugar a Richard Pitino (que obviamente no es Rick Pitino sino su hijo, casualmente del mismo nombre). Como atractivos no sé ya si serán los Bulldogs de Butler con el ex asistente Brandon Miller o lo que es lo mismo, sin el impagable Brad Stevens, a día de hoy topándose ya contra la cruda realidad de la NBA…

Muchas cosas, demasiadas sin duda (y no vean las que me dejo) como para extractarlas en un solo (presunto) artículo, que digo yo que tampoco es cuestión de aburrirles (aún más si cabe) ya desde el primer día. Les invito a acompañarme si lo tienen a bien durante estos próximos cinco meses, ésta es su casa, pasen y encontrarán toda clase de historias al respecto. De verdad se lo digo, se nos viene encima una temporada NCAA sencillamente apasionante, quizá la más espectacular de estos últimos tiempos (así lo aseguran casi unánimemente todos los expertos, quién sería yo para llevarles la contraria aunque quisiera, que no quiero), yo que usted no la daría de lado por nada del mundo, no vaya a ser que luego se tenga que arrepentir…

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