el corazón del bosque   Leave a comment

Las buenas gentes de BasketAmericano.com me pidieron un artículo (o similar) para su impagable Guía NCAA 2013/14, sin lugar a dudas la mejor guía anual sobre baloncesto universitario que encontrarse pueda en castellano (pensarán acaso que se trate de una exageración, fruto de mi natural entusiasmo, pero les aseguro que no lo es en absoluto; si no se lo creen no tienen más que pinchar en el enlace, descargarse el pedeefe y comprobarlo con sus propios ojos). Este que leerán a continuación (espero) fue el resultado de dicha colaboración, espero no habérsela estropeado demasiado…

Cada año, de noviembre a marzo, formo parte de esa extraña categoría de seres que acostumbran a pasar los meses de invierno en el corazón del bosque. No es un bosque al uso, no vayan a pensar, nuestros árboles no se llaman pinos ni hayas ni robles ni cedros sino Carrier Dome, Allen Fieldhouse, Rupp Arena, Pauley Pavilion, tantos y tantos otros, ése es nuestro hábitat natural, en él nos sentimos como en nuestra propia casa, por él nos movemos como pez en el agua (no parece una comparación muy adecuada tratándose de un bosque, pero ahora mismo no se me ocurre otra mejor). Muchos son los que no se atreven a adentrarse en su interior, les aterra su espesura, lo intrincado de su acceso, lo ven como un lugar oscuro y tenebroso pero nosotros sabemos que no es cierto, que es exactamente todo lo contrario, que muy pocos lugares habrá en el mundo con tanta luz, acaso ninguno con tanta vida como el bosque. Nuestro bosque.

Luego llega marzo y de repente el bosque se abre, se nos aparece por fin un inmenso claro, piensen en el parquet de los Ducks de Oregon y sabrán de inmediato a lo que me refiero. Llega marzo y toda esa humanidad que durante cuatro meses vivió de espaldas al bosque ahora por fin se interesa por él, qué digo se interesa, se pelea casi por venir a verlo para disfrutar del aire puro, de la benignidad de su clima, de esa explosión de luz y color que festeja la llegada de cada primavera. Casi antes de darnos cuenta tendremos ya nuestro claro lleno de gente, buenas gentes en su inmensa mayoría, gentes capaces de apreciar las maravillas que nuestro bosque pone ahí a su entera disposición, que pasarán allí unas cuantas horas o unos pocos días y luego retornarán a su casa contando a quien quiera oírlas las excelencias de nuestro bosque, aunque las vayan a olvidar de inmediato y ya no vuelvan a acordarse de ellas hasta la primavera siguiente. Así son la mayoría pero es bien sabido que hay gente pa tó, nunca faltan excepciones que confirman la regla, genuinos tocapelotas que no acaban de encontrarle el encanto, que podrían marcharse y no volver más (no tiene por qué gustarles, esto no es obligatorio) pero que aún así vuelven año tras año simplemente para echarnos en cara que algo así nos pueda gustar a los demás. Que al final (por variar un poco la metáfora) acaba uno sintiéndose como esos propietarios de alojamientos rurales que entre cientos de clientes extasiados con el paisaje de repente se encuentran con uno que se queja del olor a vaca, de que las campanas suenen cada hora y los gallos canten al amanecer, que casi entran ganas de decirles pues qué coño hace usted aquí, esto no es para usted, quédese en su ciudad con su tráfico, sus humos, sus ruidos y su botellón a la puerta, seguro que allí estará mucho más a gusto, dónde va a parar.

Cada año, al llegar marzo (y no digamos ya abril), casi acabo sintiéndome como si peleara contra molinos de viento. O lo que viene siendo casi lo mismo, contra ese pequeño pero significativo sector que se asoma a la NCAA simplemente para denostarla (y de paso denostarnos), cómo os puede gustar esto, es horrible, qué posesiones tan largas, vaya marcadores, están explotando a los chavales, es humillante, yo no sé qué le veis. No es que no les guste el baloncesto universitario, es que no les gusta que a nosotros nos guste el baloncesto universitario. Nos abruman con datos como si los datos lo fueran todo, como si los tanteos bajos ya lo explicaran todo, argumento supremo, que digo yo que si sólo fuera cuestión de tanteos bajos (y por esa misma regla de tres) a nadie le podría gustar un deporte en el que a menudo quedan 0-0 ó 1-0 (pero esa es otra historia, y otra histeria). Aquí un promedio de 60 ya es sospechoso, pobre de ti como digas que no te importa porque entonces te llamarán purista, pobre de ti como además se te ocurra valorar aspectos defensivos porque te llamarán incluso algo peor. Reconozcámoslo, estamos perdidos, con los datos en la mano tienen razón (su razón), cómo no habrían de tenerla si incluso están en posesión de ella, de todos es bien sabido que contra aquellos que tienen razón no se puede discutir.

El problema es que su razón es meramente objetiva mientras que nuestra sinrazón es absolutamente subjetiva. Puedes intentar argumentar (yo mismo lo he hecho demasiadas veces) que nuestras anotaciones no son necesariamente tan bajas, que el hecho de que las posesiones sean de 35 segundos explicaría que lo fueran, que el hecho de que se trate de baloncesto de formación justificaría esas mismas posesiones de 35 segundos. Puedes reivindicar finales extraordinarias (ya que tus interlocutores sólo suelen ver finales, casi mejor llevar la discusión a su terreno), Arizona-Kentucky en 1997, Syracuse-Kansas en 2003, Duke-Butler en 2010, esta misma Louisville-Michigan de 2013, tantas y tantas otras pero todo será en vano, ellos siempre volverán a aquella Connecticut-Butler de 2011, ésa te la estarán restregando una y otra vez hasta el fin de tus días. Puedes recordar una vez más que no es verdad que los chavales jueguen a cambio de nada sino que juegan a cambio de su educación, de una beca que de no haber sido por el baloncesto jamás habrían recibido, de unas enseñanzas que en ningún caso se habrían podido pagar y que ahora les permitirán graduarse y ganarse la vida, que serán la única salvación para todo ese noventa y tantos por ciento que jamás obtendrá luego un contrato como baloncestista profesional. Puedes hasta reconocer que el sistema dista mucho de ser perfecto, que tiene grietas, que estaría bien que fuera de otra manera pero que al fin y al cabo es su sistema, te guste o no tú no lo vas a cambiar. Puedes ponerte a su nivel pero es inútil, antes de que te des cuenta estarás predicando en el desierto. En su desierto.

Tenemos la batalla perdida de antemano porque los gigantes o molinos de viento no atienden a razones subjetivas, y esas difícilmente las podemos explicar. Cómo explicarles la magia que se desprende del Hinkle Fieldhouse, del Assembly Hall de Bloomington (también del de Champaign), del Cameron Indoor, del Purcell Pavilion, del Galagher-Iba Arena, del McKale Center, de The Barn o The Pit, de cientos y cientos de escenarios que transpiran baloncesto en cada muro, en cada pisada, en cada bote del balón, en cada estudiante brincando y cantando a pie de cancha. Cómo explicarles que no hay relajación, que aquí no hay ese dejarse ir de cada back to back o de los tres primeros cuartos para apretar sólo al final, que aquí cada segundo de cada minuto de cada partido cuenta, que aquí se pelea por cada balón como si no hubiera un mañana. Cómo explicarles que si les gusta el claro del bosque aún más les gustaría el bosque propiamente dicho, a poco que se atrevieran a internarse en él: que el Torneo Final está muy bien, cómo no habría de estarlo, pero que a veces puede estar aún mejor (en términos de intensidad, de emoción, de vibración) una rivalidad cualquiera de non-conference, no digamos ya de la temporada regular de cada conferencia. Cómo explicarles a los de allá y a los de acá que la NCAA acierta a amalgamar de alguna manera lo mejor de ambos mundos, lo de allá y lo de acá, el equilibrio perfecto entre la espectacularidad y el colorido de un lado y la intensidad y el rigor táctico del otro. Cómo repetirles una vez más que esto es sólo baloncesto universitario, es decir baloncesto de formación, por definición. Nada más que eso, nada menos que eso. O por plagiarme lo que ya dije alguna que otra vez, baloncesto de formación, y por eso mismo imperfecto, y por eso mismo perfecto en su imperfección, y por todo lo cual sencillamente maravilloso.

Al menos sé que esta vez juego en casa. Sé que mi bosque es también su bosque, no tendría usted en sus manos (en sus pantallas) esta imprescindible guía si no lo fuera. Sé que sus sueños son también los míos, los sueños de reencontrarnos con Smart, McDermott, McGary, Stauskas, Kyle Anderson, Craft, Carson, Payne, Cauley-Stein, Napier, Fair, Harrell, incluso Russ Smith, quién sabe si hasta Marshall Henderson (cito sólo los primeros que se me han venido a la cabeza), los sueños de (re) encontrarnos por fin con Andrew Wiggins, Julius Randle, Jabari Parker, Noah Vonleh, Tyler Ennis, Aaron Gordon, Joel Embiid, los gemelos Harrison, los sueños de todos esos técnicos que ya casi son como de la familia (te echaremos de menos, Brad, no sabes cuánto). Los sueños de trasnoches insanos, de madrugadas interminables, de rebuscar partidos hasta debajo de las piedras, de vérnoslos a veces hasta en ruso (¡¡¡en ruso!!!) sólo por no quedarnos sin la oportunidad de presenciar qué sé yo qué duelo o de redescubrir a qué sé yo qué jugador. Los sueños de cada contraataque, cada circulación de balón, cada defensón extraordinario (que una buena defensa es también parte esencial del baloncesto, aunque algunos se empeñen en negarlo), cada final apretado, cada canastón insospechado, cada invasión de cancha, cada locura colectiva. La NCAA es la fábrica de sueños: los suyos, sí, pero también (y sobre todo) los nuestros. Ahí está ya nuestro bosque, el de todos los años, acaso aún más intrincado (y quizás por ello aún más hermoso) que cualquier otro año. Empecemos a soñar.

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Publicado noviembre 13, 2013 por zaid en NCAA

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