Archivo para diciembre 2013

LA LENTEJA AZUL   3 comments

Imagina un saco enorme lleno hasta arriba de lentejas. Miles y miles, tal vez cientos de miles de lentejas. Imagina que entre todas esas lentejas hubiese una de color azul, sólo una, ya sé que es difícil porque nunca hemos visto lentejas azules pero se trata de imaginar así que imagínalo de todos modos. Ahora imagina que metes tu mano en el saco, que hincas el brazo hasta el fondo, que remueves bien y que (sin mirar, claro) sacas una sola de entre todas esas lentejas. ¿Qué probabilidad hay de que la lenteja que saques sea precisamente la lenteja azul? Bueno, pues esa es más o menos la probabilidad que tenemos de que nos toque el gordo de Navidad…

Ya sé que como metáfora resulta un poco cutre pero qué quieren, fue hace años (cuando todavía me escuchaba), mi hijo andaba ilusionado con la lotería y no se me ocurrió nada mejor para rebajarle la fantasía. Podrá parecer cruel pero no más de lo que fue decirle quiénes eran verdaderamente los Reyes Magos, Papá Noel o el Ratoncito Pérez, dirán que no es lo mismo pero para mí es como si lo fuera. Todavía hoy no encuentro una mejor manera de explicarles a ustedes mi fe (mi falta de fe, más bien) en los juegos de azar. Soy de esa clase de personas que creen que tan probable es que les toque la lotería como que les caiga un meteorito sobre su cabeza en plena calle, soy de esa clase de personas que cuando ve los telediarios del 22 de diciembre suele decir que todos esos que aparecen festejando no son más que actores y figurantes contratados para la ocasión (evidentemente lo digo de coña, ya sé que no es así… creo). Si usted es de los que duerme la noche del 21 al 22 agarrado a su décimo como a esa tabla de salvación que le va a sacar de pobre no es mi intención quitarle la ilusión, líbreme el cielo. Pero qué quiere que le diga, soy de los que piensan que en este país la única persona con razones fundadas para tener fe en la lotería es el ex Presidente de la Diputación de Castellón.

No tengo fe en los juegos de azar, y sin embargo (el ser humano es incoherente por naturaleza) juego. Juego muy poco, pero juego. Yo soy yo y mi circunstancia, ya lo dijo hace muchos años un señor muy principal, y si mi circunstancia dice que hombre, cómo no vamos a llevar, a ver si luego les va a tocar a todos menos a nosotros, pues a ver qué quieren que haga, al final acabo pringando (es decir, jugando) como no podría ser de otra manera. Juego el número del trabajo y el del trabajo consorte y el de ese otro departamento que jugamos entre varios y el de algún compañero que te viene vendiendo participaciones del colegio de sus hijos y a ver cómo le vas a hacer el feo de no cogérselas, juego mucho menos de lo que juega por término medio el conjunto de la población pero para el caso es lo mismo, sé perfectamente que todo eso acabará en la papelera el 23 de diciembre, todo excepto quizás algún reintegro que acabará en la papelera el 6 de enero después de haber hecho la tontería de reinvertirlo para el sorteo del Niño. Y ya está. No compro más lotería durante el resto del año, tampoco trabajo el tema de la ONCE (salvo algún compromiso puntual muy de cuando en cuando), hace siglos que no echo ni primitivas ni bonolotos, jamás piso casinos ni bingos, me horrorizan las tragaperras, ya casi ni recuerdo cómo se hacían las quinielas de fútbol…

Y sin embargo juego al Quinibasket. Bien por los buenos recuerdos que me trae (y que ya les conté) de aquellos viejos tiempos sedeneros, o bien porque es mi deporte y me siento un poco en deuda con él por todo lo que me ha dado, lo cierto es que no pasa una semana (salvo que se me olvide, precisamente por la falta de costumbre) sin que me deje mis buenos sesenta céntimos en el empeño. Pero eso, sesenta céntimos, ni más ni menos. Lo justo para sentirme en paz conmigo mismo sin sentir al mismo tiempo que estoy tirando el dinero en pos de ese famoso bote de 25.000 euros a un único acertante, un bote que sé positivamente que no me va a tocar. Y cuando digo que sé positivamente que no me va a tocar no es ya una cuestión de falta de fe en que me toque (que también) sino que sé que es científicamente imposible que me toque. No es ya que sea poco probable que saque la lenteja azul, es que en lo que a mí respecta no hay lenteja azul.

Les cuento: en la primera jornada de Liga ACB eché mi primer Quinibasket, y contra todo pronóstico acerté 7. Siete sobre nueve. Nada de particular, supongo que por ser la primera les pillé desprevenidos, supongo que aún los equipos no se habrían confabulado para hacer exactamente lo contrario de lo que se espera como tienen por costumbre, la prueba es que en las jornadas posteriores no creo haber pasado jamás de 5. Pero aquella primera tuve siete aciertos, un premio de tercera categoría nada menos, ocho eurazos con cuarenta céntimos, dudé entre invertirlos en bolsa, comprar letras del tesoro o acudir al mercado inmobiliario a la espera de una pronta revalorización, finalmente como son tiempos inciertos opté por dejarlos en la caja e ir tirando de ahí en semanas posteriores. Pero lo festejé en Túiter, para una vez que me toca algo cómo no lo iba a celebrar a la manera de todos esos presuntos agraciados de cada 22 de diciembre (esos de los que algún maledicente anda por ahí diciendo que son actores contratados para la ocasión), supongo que escribí la típica chorrada de que estaba en racha y hasta que no ganara el bote de 25.000 euros ya no iba a parar… y alguien (no recuerdo quién, y es una pena porque me gustaría agradecérselo, ya que sin él no habría sido posible este post) me contestó una cosa que me dejó de piedra: para que te pueda tocar el bote de 25.000 euros tendrás que haber hecho una apuesta mínima de cinco euros. Tal cual.

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Me quedé de piedra… y luego lo olvidé, como suele pasar. Seguí jugando (y palmando) al quinibasket semana tras semana, seguí recibiendo correos y más correos de Suertia semana tras semana… En uno de esos correos (12 de noviembre) se me informaba de que dos apostantes, con sólo 60 céntimos de inversión, se habían embolsado la bonita cifra de 6.441 euros (antes de impuestos) cada uno tras acertar el pleno, y pensé anda, mira tú qué bien, la única pena que tendrán es que hayan sido dos porque de haber sido uno solo se habría llevado el bote… o no. De repente se me encendió la bombilla, recordé lo que me había comentado aquel ignoto tuitero, me pregunté si sería cierto aquello (que tampoco tendría por qué no serlo, a ver qué interés iba a tener en engañarme…) Me puse a investigar. La mención de los 25.000 euros llevaba asterisco, el asterisco remitía a que consultáramos términos y condiciones, pinchando ahí te aparecía un pantallazo con todos los juegos de la susodicha plataforma, pinchando en el Quinibasket (arriba del todo, a mano izquierda) accedías por fin a la letra pequeña…

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Dicho y hecho. Punto 5: para disfrutar de la promoción, el ganador de la apuesta única acertante tendrá que haber jugado un mínimo de 5 euros en la misma jornada del QuiniBasket. Es decir, haga usted su apuesta de 60 centimillos, acierte 9, sea usted el único, póngase como unas castañuelas y descubra luego que lo más que le darán es el 33 por ciento de lo recaudado (cantidad que en condiciones normales será notablemente inferior), que el bote de 25.000 se lo guardarán por ahora a buen recaudo a la espera de que se lo lleve algún gran apostador. Y cáguese en todo lo cagable después, of course.

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¿Qué buscan Suertia y/o la ACB (o lo que quede de ella) con todo esto? La respuesta la podemos tener en este otro correo que recibí hace apenas unos días, el 13 de diciembre: Más de 6.750 euros para un usuario que gana dos quinielas en cinco días. En el caso del Quinihandball, la quiniela oficial de la Liga Asobal de balonmano, realizó 64 apuestas simples y ganó el premio de siete, que ascendía a 2.185 euros. Por otra parte, en el Quini Nueve especial de Champions ha sido el único acertante del pleno al nueve jugando una combinación de 8 triples y un doble, por lo que se ha embolsado 4.570 euros. Ese es el perfil que buscan para el Quinibasket, el que parece que ya tienen para otras quinielas, el que invadió y casi monopolizó hace ya unos cuantos años la quiniela de fútbol. El quinielista profesional, el que vive de esto (yo no creo en ellos, pero haberlos haylos), el que maneja múltiples combinaciones y se deja una pasta en el empeño. El gran inversor. Usted, yo, todos los cutres que nos dejamos apenas 60 centimillos a ver si suena la flauta y nos saca de pobres en el fondo les importamos una mierda, en el fondo sólo somos un mal necesario, aquellos que aportamos el dinero que luego se repartirán los demás.

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Evidentemente Suertia y/o la ACB (o lo que quede de ella) tienen perfecto derecho a fijar las condiciones del Quinibasket, para eso es suyo. Podrían añadir un punto 8 diciendo que para ganar el bote de 25.000 euros se habrá de ser rubio/a, tener los ojos azules y el número de DNI capicúa, y como el juego es suyo también nos lo tendríamos que comer. Que sea legal no lo niego, que además sea ético ya es otro cantar. Soy consciente de que en las loterías pasivas (las de décimos y cupones) el premio es proporcional a lo que inviertes, pero en las activas (quinielas, primitivas, bonolotos) nunca fue así, nunca al menos hasta donde alcanzo a recordar, que ya les dije que no trabajo el gremio. Si usted hace la mínima apuesta posible en una quiniela de fútbol y acierta los catorce (cosa improbable) y resulta además que es el único acertante (cosa aún más improbable), no me consta que se quede por ello sin el bote porque éste estuviera reservado a aquellos que hubieran hecho un mínimo de 12 apuestas pongamos por caso. Si usted rellena un único recuadro de un boleto de la primitiva y tiene la suerte loca de ser el único con 6 aciertos no creo que vengan los de la ONLAE (o como demonios se llame ahora) a decirle, no, mire usted, que el bote acumulado éste que llevamos semanas anunciando es sólo para los que se jueguen un mínimo de 10 euros, que usted no tiene derecho a él… Me parece muy poco ético que para Suertia y/o la ACB (o lo que quede de ella) haya apostantes de primera y apostantes de segunda, y me parece aún menos ético que se oculte esa información detrás de un asterisco que remite a las profundidades de su web. Cual aves de rapiña escudándose en la letra pequeña pero eso sí, los 25.000 euros ahí bien grandes a modo de cebo para embaucar a la clientela, tú ponles el bote y vendrán como moscas, total qué más da si (casi) nadie va a acertarlo, a (casi) nadie tendremos que explicarle la verdad… Malos tiempos para la ética, me temo.

Así pues, señores de Suertia, señores de la ACB (si alguien quedara ahí todavía), me van ustedes a permitir que me ponga deliberadamente grosero para la ocasión: métanse su bote donde les quepa, ello en el supuesto de que les quepa por algún sitio. Yo por mi parte seguiré haciendo mi mínima apuesta de cada semana (de hecho acabo de hacerla, ahí abajo podrán comprobarlo), seguiré jugando por el mero placer de jugar a un juego que me gusta y que trata además sobre un deporte que me apasiona. Pero eso, sesenta centimillos a fondo perdido, ni un céntimo más, no voy a multiplicar casi por diez mi inversión que no están los tiempos como para andar tirando el dinero, que aunque meta nueve veces la mano en el saco la probabilidad de encontrar la lenteja azul no va a dejar de ser infinitesimal. Nunca me cayó un meteorito sobre la cabeza en plena calle (afortunadamente), jamás vi un trébol de cuatro hojas, en el fondo siempre supe que las lentejas azules no existen. Al menos para mí, allá usted si quiere seguir buscándolas.

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SEBAS Y EL AGUJERO NEGRO   Leave a comment

Esta es la historia de un chico llamado Sebas y de un agujero negro (lo mismo ya lo habrán deducido a partir del título). Suena casi a otra cosa, como Blancanieves y los Siete Enanitos, Juan y las Judías Mágicas, Aladino y la Lámpara Maravillosa, Harry Potter y el Cáliz de Fuego, Indiana Jones y el Templo Maldito, Sebas y el Agujero Negro, Sebas and the Black Hole en versión original, pero témome que en este caso no se trata de ficción sino de la cruda realidad de la vida. De hecho a nuestro chico llamado Sebas lo conocerán ya de sobra a poco que hayan seguido últimamente a nuestras selecciones de formación, a poco que vieran el Mundobasket sub 19 o el Eurobasket sub 20 de este pasado mes de julio, acaso también el afamado Torneo de Mannheim del año anterior: saben que su nombre completo es Juan Sebastián Sáiz, que nació en 1994 de padre español y madre dominicana, que se crió al pie de la Sierra de Gredos en la bella localidad abulense de Arenas de San Pedro, que se abrió al mundo (baloncestísticamente hablando) en el seno estudiantil y que desde hace año y pico anda completando su formación (así académica como deportiva) en USA: acabó el bachillerato (o equivalente) en la Academia Cristiana del Amanecer (chirría menos en versión original, Sunrise Christian Academy) sita en Wichita, Kansas, y de ahí pasó a formar parte de los Rebels o lo que viene siendo lo mismo, la prestigiosa Universidad de Mississippi, ésa misma que en USA (por razones que se me escapan) acostumbran a abreviar como Ole Miss. Esa a grandes rasgos vendría a ser la vida de Sebas. Y en cuanto al agujero negro…

Antes de nada me permitirán un breve inciso: la expresión agujero negro obviamente no tiene connotaciones cromáticas sino meramente astronómicas. Un agujero negro (como todos ustedes saben perfectamente) es una región finita del espacio en cuyo interior existe una concentración de masa lo suficientemente elevada para generar un campo gravitatorio tal que ninguna partícula material, ni siquiera la luz, puede escapar de ella. (…) El horizonte de sucesos separa la región del agujero negro del resto del universo y es la superficie límite del espacio a partir de la cual ninguna partícula puede salir, si aún se quedan con ganas de más no tienen más que pinchar en este enlace (eso sí, luego vuelvan aquí, no se me dispersen) pero en lo que a nosotros respecta con esto tenemos ya más que suficiente. Un agujero negro en términos baloncestísticos vendría a ser ese jugador del que ninguna partícula material, ni siquiera el balón, puede escapar de él. Es decir, puede escapar si acaso hacia la canasta pero en ningún caso podrá salir en dirección a otro jugador. Un agujero negro es el que hace desaparecer la pelota, el que es receptor pero no emisor, el que mata la circulación de balón, el que bola que le des bola que se juega (tanto dará que tenga posición o no, que esté abierto o no, que la situación lo requiera o no), ése que sabes que cuando le llegue ya nunca más la volverás a ver. Un agujero negro es ese tío del que toda la vida hemos dicho que se tira hasta las zapatillas, sirva esta última explicación por si no hubiera quedado claro todo lo anterior. El agujero negro sería una mera metáfora (que queda mucho más elegante que decir chupón, por ejemplo) que además tampoco es mía, no me atribuiré paternidades que no me corresponden, se la escuché más de una vez al insigne narrador plusero David Carnicero. Por supuesto que el agujero negro carece de connotaciones raciales, de hecho un buen agujero negro ni siquiera tiene por qué ser negro. Nuestro agujero negro es blanco, sin ir más lejos.

Nuestro agujero negro blanco se llama Marshall Henderson. Es posible que algunos de ustedes ya hayan oído hablar de él (e incluso habrá quien ya me haya leído acerca de él) pero como el saber no ocupa lugar les contaré mínimamente que nació en Texas, que jugó y triunfó en High School a las órdenes de su padre y que a partir de ahí su currículum es de lo más variopinto ya que ha pasado por tres universidades y un júnior college la criatura: la temporada 2009/2010 (o sea, su año freshman) la jugó para los Utes de Utah, la temporada 2010/2011 la pasó en blanco (o sea, redshirt) porque pidió el transfer para marcharse a Texas Tech, la temporada 2011/2012 se cabreó con Texas Tech tras el cese del coach Pat Knight y (sin haber jugado ni un solo segundo para los Red Raiders) prefirió pasar su año sophomore en el modesto South Plains Junior College (donde se salió, claro), la temporada 2012/2013 aterrizó ya en Mississippi para su año júnior y aunque parezca asombroso allí sigue todavía en esta 2013/2014 disputando su año sénior. Todo lo cual no se entendería sin añadir que casi cada primavera/verano desde que dejó el insti ha tenido toda clase de problemas con alcohol, marihuana, cocaína y demás perniciosas sustancias: que ya se comió una vez 25 días de cárcel, que aún tiene causas y pleitos pendientes y que sin ir más lejos este pasado agosto también le pillaron con las manos en la masa, lo cual pareció que le costaría la temporada entera pero al final sólo le costó perderse los tres primeros partidos. Todo esto muy a grandes rasgos, si aún quieren profundizar más en el personaje no tienen más que guglearlo y alucinarán casi tanto como él mismo, se lo aseguro.

Marshall Henderson tiene muchísimo talento para jugar a esto, no seré yo quien diga lo contrario. Una movilidad increíble, una intensidad fuera de lo común y sobre todo una capacidad innata para buscarse la posición y sacarse el tiro a velocidad asombrosa. Marshall Henderson tiene muchísimo talento pero una cosa es tenerlo y otra saber cómo utilizarlo, una cosa es saber jugar muy bien y otra ser además un gran jugador, parece lo mismo pero no es lo mismo. Marshall Henderson tiene a mi modo de ver dos problemas fundamentales, uno es que se cree mucho mejor de lo que es, el otro es que nadie se atreve a decírselo, como aquel rey al que ninguno de sus vasallos se atrevía a decirle que iba desnudo. Marshall Henderson vendría a ser como ese compañero de trabajo que todos hemos tenido alguna vez, ese que cada vez que le decían algo montaba tales pollos que al final sus jefes acababan dejándolo por imposible, que el resto podíamos estar puteados y él en cambio viviendo de fábula, a éste casi mejor no le decimos que haga nada no se nos vaya a enfadar (obviamente la comparación no es adecuada porque el problema de Henderson no es que no haga nada sino que hace demasiado, pero ustedes cogen la idea). Marshall Henderson parece estar pidiendo a gritos un hermano mayor, una figura paterna (pongamos su entrenador, por ejemplo) que pudiera reconducirle, domesticarle, enderezarle o meterle en vereda según la terminología que a cada quien le parezca más adecuada. En cambio Andy Kennedy (que así se llama el interfecto) más bien parece haber optado por la filosofía de aquel verso de Pablo Milanés, la prefiero compartida antes que vaciar mi vida, que en este caso vendría a ser le prefiero a su puta bola antes que perderlo, le prefiero haciendo lo que le dé la gana antes que correr el riesgo de que se me enfade y ya no vuelva nunca más. En el pecado lleva la penitencia, claro.

He visto dos partidos de Ole Miss esta temporada, casualmente las dos únicas derrotas (por siete victorias) que llevan los Rebels a día de hoy, puede que ello influya también en mi negatividad al respecto. Ambas dos fueron derrotas ajustadas y ante buenos equipos, la primera en Manhattan y la segunda en Oxford, suena raro así que habré de aclararles que Manhattan es la localidad del Estado de Kansas donde tiene su sede la Universidad de Kansas State y que Oxford es la localidad del Estado de Mississippi donde tiene su sede Ole Miss, que en este caso recibía a Oregon. En Kansas State Henderson pegó el petardazo, 4 de 18 en tiros de campo, 2 de 13 en triples para un total de 13 puntos de los 58 que metió Ole Miss (por 61 de Kansas State, ya ven que el partido no fue la alegría de la huerta precisamente). Todo lo contrario sucedió tres días más tarde cuando recibieron a los Ducks de Oregon, la cosa acabó 105-115 (prórroga incluida) y aquella noche la criatura se fue hasta los 39 puntos, 11 de 27 en tiros totales, 10 (sí, diez) triples anotados de 23 (sí, veintitrés) intentados, apúntese también que el total de triples intentados por los Rebels fue de 35 y ello nos llevará a la conclusión de que él solito intentó casi el doble de triples que el resto de sus compañeros juntos. Será justo reconocer que forzó la prórroga a triplazo limpio cuando la situación no podía ser más desesperada (80-86 a falta de 40 segundos, todavía 83-88 a falta de 15 segundos…) casi tan justo como reconocer que se había cascado una buena dosis de airballs durante los 39 minutos anteriores. Él es así, el típico jugador que te gana un partido o que te lo pierde, en ocasiones incluso ambas cosas a la vez. Véase la muestra.

Y además (y por si aún no lo han deducido a partir de todo lo anterior) es un personaje. No para quieto, se mueve constantemente, no ya durante el juego (que eso hasta resulta saludable) sino también cuando el juego está parado, cuando está sentado en el banquillo, sospecho que será igual cuando esté en el vestuario o en su casa o en su cama, la que (presuntamente) duerma con él lo tendrá crudo para pegar ojo, me temo. Lo que nuestras abuelas llamaban un rabo de lagartija, o lo que decía aquel de hay que ver, qué ricos los gemelos Henderson, a lo que el otro le contestaba qué va, si es uno sólo, lo que pasa es que muy nervioso Doy por supuesto que ya no está bajo los efectos de (que allí son muy mirados para estas cosas) pero demasiadas veces se comporta como si aún lo estuviera, como si se le hubieran cronificado en el organismo o como si en realidad fuera así de nacimiento. La comparación con los más afamados yugoslavos que ejercían de yugoslavos en los ochenta se le queda corta, la comparación con los más afamados trashtalkers que hayamos conocido se le queda aún más corta, Henderson va más allá de todo eso, Henderson es un broncas en toda la extensión de la palabra, un tipo aún peor cuando gana que cuando pierde como bien tuvieron ocasión de comprobar los aficionados de Wisconsin en segunda ronda del pasado Torneo Final, como bien tuvieron ocasión de comprobar por ejemplo sus rivales de Georgia Tech hace apenas dos semanas. Marshall Henderson lleva años siendo l’enfant terrible de la NCAA, sólo quedará por ver dónde (y cómo) lo seguirá siendo cuando acabe su periplo NCAA.

Cuentan que tras ese reciente lío ante Georgia Tech le fueron a preguntar a Andy Kennedy sobre la conducta y la madurez de Henderson, y cuentan que respondió it remains a work in progress, ya ven que cito textualmente. Que progresa adecuadamente como si dijéramos, será que se conforma con poco o será que en el fondo ha tirado la toalla. Créanme que me encantaría saber en qué consiste ese work, qué medios reales está poniendo el amigo Kennedy para atemperar su carácter más allá del castigo meramente simbólico de no sacarle de titular, una tontería como otra cualquiera porque a la larga siempre acaba jugando más minutos que cualquiera de sus compañeros. Compañeros que no serán para tirar cohetes pero que tampoco están tan mal: Jarvis Summers es un base potente, Millinghaus le da buena réplica, LaDarius White y Martavious Newby (sí, como nombres de pila no tienen precio) también aportan desde el perímetro. Súmenle a los aleros Aaron Jones y Anthony Pérez (venezolano de Cumaná, sospecho que una bendición para Sebas porque así tendrá alguien con quien hablar en su idioma) y al interior DeMarco Cox y tendremos a un puñado de jugadores apañados, normales en la mejor y la peor acepción de la palabra. Es decir, ninguno de ellos llega ni de lejos al nivel de Henderson para lo bueno, ninguno de ellos llega tampoco al desnivel de Henderson para lo malo. Ni puñetera falta que les hace.

Y Sebas, claro. Sebas emerge desde el banquillo, vendría a ser el sexto o séptimo hombre del equipo si no fuera por el pequeño detalle de que Henderson emerge también desde el banquillo. Ante Kansas State jugó una buena minutada, ante Oregon jugó apenas ocho o diez minutos entre otras cosas porque se metió en líos de faltas demasiado pronto. En defensa es ya importante y lo será más, sin duda, no podría ser de otra manera en un equipo intenso y físico que además tiene a gala ser de los primeros de la nación poniendo tapones. En ataque… En ataque es absolutamente irrelevante. No es que lo haga mal, es que no lo hace ni bien ni mal, es que prácticamente el juego no pasa por él. Sus compañeros apenas le miran, la bola circula preferiblemente por fuera, si en ese tránsito cae en manos de Henderson pues a morir por dios, si no tampoco es probable que le llegue. En la minutada ante Kansas State su única canasta (que yo recuerde) llegó tras rebote ofensivo, en la derrota en casa ante Oregon fueron ya dos canastas, la una igualmente tras rebote ofensivo, la otra ya sí por fin, una especie de semigancho que se trabajó convenientemente. En el tiempo que lleva en USA Sebas ha mejorado de manera exponencial el apartado físico pero tiene aún (digámoslo elegantemente) un elevado margen de mejora en el aspecto técnico. Tres años y medio por delante tendrá para ello, lo conseguirá sin duda… entre otras cosas porque a partir de la próxima temporada ya no habrá marshallsistema, ya no tendrá que atravesar ningún agujero negro. O eso espero.

Sí, ya sé que suena raro pero es así, soy mucho más optimista con respecto al futuro de Sebas que al de Henderson. No sé dónde ni cómo pero sé que Sebas acabará ganándose muy bien la vida jugando a esto, no me cabe la menor duda. Con Henderson ya no estoy tan seguro. Por talento sería puro NBA, por actitud será un problema allá donde vaya. De otro tal vez podría imaginar que se reconvirtiera en especialista tirador saliendo desde el banquillo, de Henderson me cuesta creer que estuviera dispuesto a aceptar un rol secundario. Y no creo que haya nadie tan loco en aquella Liga como para entregarle al cien por cien las llaves del reino, de hecho me resulta más fácil imaginármelo a este otro lado del charco, ejerciendo de líder de algún equipo menor de cualquier liga menor, tirándose sus treinta triples por partido al servicio de cualquiera que no tenga escrúpulos en dinamitar el concepto de equipo. Claro está, eso en el mejor de los casos, eso en el supuesto de que sus excesos para estar cada verano a la altura de su personaje no acaben devorándolo por completo. Ya ven que soy pesimista pero tampoco me lo tengan muy en cuenta, si al fin y al cabo pronostiqué una brillantísima carrera para Adam Morrison o Royce White a ver por qué no voy a poder equivocarme ahora en sentido inverso con Henderson. Ojalá, más que nada porque a pesar de su anarquía y de su ego desmedido y de su desparrame neuronal, en el fondo me daría muchísima pena que todo ese talento en bruto que atesora al final acabara echándose a perder. Que acabara él también engullido por su propio agujero negro.

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 16 de diciembre de 2013)

más allá de los Grizzlies   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

Memphis_TigersHubo un tiempo en que solíamos decir que el mejor equipo de baloncesto de la ciudad de Memphis no se llamaba Memphis Grizzlies sino Memphis Tigers. Hubo un tiempo en que los Grizzlies daban pena y en cambio los Tigers se plantaban en Final Four, no es ya que se plantaran sino que una vez allí llegaban incluso a la Final absoluta y hasta estaban a punto de ganarla, de hecho si no la ganaron fue básicamente por dos cosas, por su manifiesta inoperancia a la hora de ensartar los tiros libres y porque a un jugador de Kansas llamado Mario Chalmers se le apareció la virgen en forma de triple imposible para forzar la prórroga, aquella prórroga que a la postre acabaría dando el título a los Jayhawks. Aquello fue en 2008, a los mandos desde el banquillo de Memphis el insigne a la par que engreído Calipari, a los mandos desde la cancha un imberbe mocetón adicto a las chuches y con fobia a las agujas llamado Derrick Rose, por allí andaban también Chris Douglas-Roberts, Robert Dozier y hasta un tal Joey Dorsey que aún ni sabría dónde quedaba Barcelona siquiera…

Eran otros tiempos. Hoy Calipari lleva ya unos pocos años en Kentucky, aún más lleva Rose de estrella estrellada de los Bulls, de Dorsey qué les voy a contar que ustedes no sepan. Hoy ya no decimos que los Grizzlies sean peores que los Tigers, ni por asomo, ni aún después de la absurda decapitación de Lionel Hollins se nos ocurriría decir semejante barbaridad (aunque nos queden ganas), hoy ya esos Grizzlies de Zach, Marc & Mike (Conley) acuden fielmente cada año a su cita con los playoffs (sólo esperemos que aún sigan acudiendo), nada que ver ya con aquel horror de la primera década de este siglo. Y en cuanto a los Tigers…

En los Tigers nada volvió a ser igual tras la agitada primavera/verano de 2009. Calipari hizo las maletas rumbo a Lexington y se llevó consigo algunos de sus más afamados recruits de aquel año, pongamos aquel insoportable DeMarcus Cousins, pongamos cómo no aquel John Wall, ya meses antes habían visto marcharse a Tyreke Evans tras completar su sacrosanto one and done, aquello era como si en Memphis (Universidad de) de repente vieran el suelo abrirse bajo sus pies, como si se quedaran sin presente y lo que era aún peor, sin futuro. En caída libre. ¿Qué hacer? Decidieron entregar las llaves del reino a un tipo con pinta (y maneras) de niño grande llamado Josh Pastner, un sujeto que había sido campeón universitario como jugador (haciendo una impagable labor de agitatoallas) en la Arizona de 1997 y al que una vez graduado le surgió la oportunidad de quedarse como asistente aprendiendo el oficio a la vera de Lute Olson. Aprovechó con creces la experiencia y se tiró allí sus buenos ocho años, hasta que en el verano de 2008 le llamaron de Memphis para ofrecerle el puesto de asistente de Calipari. Probablemente en ello seguiría a día de hoy si apenas un año más tarde Kentucky no se hubiera cruzado en su camino. Calipari se fue y los rectores de Memphis no encontraron a nadie más a mano a quien ofrecerle el puesto. Dicho y hecho.

Hay entrenadores que te entusiasman desde el primer día (la mayoría, que saben que soy de entusiasmo fácil) y en cambio hay otros (los menos) que se te atragantan desde el primer día. No les voy a engañar (tampoco podría, a estas alturas), Josh Pastner se me atragantó desde la primera vez que le vi. Esas rabietas de crío malcriado, esas pataletas (más que protestas) contra los árbitros, ese frenesí de aspavientos, ese desmesurado histrionismo (iba a poner histerismo pero he preferido autocensurarme), esa obsesión por mostrar cartelitos a cada momento para indicar a sus jugadores la jugada a realizar así en ataque como en defensa como si éstos no supieran decidir por sí mismos y hubiera que reprogramarlos constantemente (el mero hecho de verle desplegar sus letreros sobre la mesa de anotadores para así tenerlos más a mano ya es en sí mismo un espectáculo)… pero también ese baloncesto heredero de las más puras esencias caliparianas, un juego mucho más físico que técnico, mucho más de atleticismo que de fundamentos, que habrá a quien le entusiasme (a muchos, de hecho) pero que a mí tiende a dejarme frío como también tiende a dejarme frío el baloncesto de Kentucky (por ejemplo). A menudo los equipos de Calipari parecen más de NBA que de NCAA, de éstos de Pastner cabría decir lo mismo si no fuera por el pequeño detalle de que no cuenta (ni de lejos) con los jugadores que acostumbra a contar su antecesor. Es otro nivel, vaya eso también en su descargo.

Dicho todo lo cual, habré de confesarles que quizá me precipité en mis juicios prematuros sobre Pastner. Esta temporada he visto ya dos veces a los Tigers y ambas curiosamente contra el mismo rival, no es fácil que suceda esta circunstancia en periodo de non-conference habiendo como hay trescientas y pico universidades en la Primera División NCAA pero a veces el azar tiene estas cosas, a veces tienes programado un partido en cancha de un equipo y un par de semanas más tarde te vas a jugar un torneo en el que tras pasar sucesivas rondas te acabas enfrentando en la Final precisamente a ese mismo equipo. El rival en cuestión no era un cualquiera, eran los Cowboys de Oklahoma State, uno de los gallitos de esta temporada gracias sobre todo a las prestaciones de aquel Marcus Smart con quien ya les puse la cabeza mala hace unos meses, un equipo que además de calidad y agresividad tiene también un puntito macarra que hace que resulte sumamente incómodo enfrentarse a él. La primera cita fue el 19 de noviembre en el feudo de los Cowboys, el Gallagher-Iba Arena de Stillwater, Oklahoma, hasta allá llegaron ilusionados los Tigers, de allí hubieron de volverse cariacontecidos y con el rabo entre las piernas tras la enésima exhibición de un Smart que aprovechó precisamente esa noche para batir su récord de anotación con 39 puntos de todos los colores (recuérdese al respecto que los partidos NCAA no duran 48 minutos sino 40 -de los que sólo jugó 33- y que las posesiones no son de 24 segundos sino de 35, para así valorar aún más la magnitud de la cifra). El resultado final, 101-80, dejaba bien a las claras cuál era la jerarquía entre ambos dos equipos…

O no. Semanas más tarde viajaron ambos conjuntos a territorio Disney, Lake Buenavista, Florida, donde se habría de disputar el Old Spice Classic. Oklahoma State dio buena cuenta (no sin apuros) de Purdue y Butler para meterse en la Final, mientras que por el otro lado Memphis hizo lo propio con Siena (Universidad de, no se confundan) y Louisiana State. Doce días después la repetición del duelo estaba servida, esta vez en territorio neutral, ni que decir tiene que todos los pronósticos apuntaban unánimemente a los Cowboys… pero Pastner tenía otros planes. Su asfixiante defensa cortó líneas de pase, denegó tiros cómodos, taponó todas las vías de penetración. Sirva como ejemplo que esta vez Smart se quedó en unos birriosos 12 puntos, para otros quizá no estarían mal pero para él fueron su peor actuación de la temporada. No fue sólo él, sus brillantes compañeros de perímetro Markel Brown, LeBryan Nash (éste la brillantez la lleva hasta en el nombre) y Phil Forte tampoco corrieron mejor suerte. Al final 73-68, una magnífica cura de humildad para unos Cowboys que venían saliendo a casi cien puntos por partido y un espectacular subidón de moral para los Tigers. Un punto de inflexión.

La culpa fue de Pastner pero también evidentemente de sus jugadores, especialmente de ese perímetro que no me cautiva (problema mío, ya dije antes que yo soy más de dejarme cautivar por el talento que por el músculo) pero al que habré de reconocerle dos cualidades fundamentales, la exuberancia física (lo cual no quiere decir que no tengan calidad, cada uno a su manera, sino que ésta queda en un segundo plano) y la experiencia, lo que en baloncesto universitario entendemos por experiencia, todos ellos séniors curtidos ya en mil batallas a estas alturas: Chris Crawford, Geron Johnson y quien quizá viene siendo su mejor jugador, el potente base Joe Jackson. Mención especial merece otro base sénior que emerge desde el banquillo pero que a la larga es casi tan titular como los tres anteriores en lo que a reparto de minutos se refiere, Michael Dixon Jr., quizás hasta pueda resultarles familiar porque ya les hablé de él hace años cuando estaba en Missouri. Al acabar la temporada 2011/2012 pidió el transfer por alguna razón que se me escapa (quizá por la marcha del coach Mike Anderson, quizá por los minutos que le robaba Phil Pressey, quizá por cualquier otra cosa que yo no sepa), cambió aquellos Tigers de Missouri por estos otros Tigers de Memphis (debe tener fijación por ese animal), pasó su preceptivo año de red shirt y hoy ya le tenemos ahí enchufando triples a jornada completa, por algo es con diferencia la mejor muñeca del equipo.

¿Por dentro? Por dentro lo más interior que tienen se llama Shaq Goodwin (con ese nombre de pila cómo no vas a jugar de pívot, incluso aunque no lo seas), un tipo que a sus indudables cualidades baloncestísticas une la interesante cualidad humana de ser el hombre feliz, no hay vez que le enfoquen que no le veas riendo, o al menos con cara de estar disfrutando la experiencia. El anti-Kendrick (Perkins), como si dijéramos. Añadan a los freshmen Austin Nichols (alero titular, que apunta buenas maneras y mejor muñeca), Nick King y Kuran Iverson (pariente lejano de ese otro Iverson que están pensando) y ya tendremos casi la rotación completa, poco más hay que rascar. Y añadan además otra sustanciosa novedad, ésta ya de tipo organizativo: tras muchos años Memphis ha dejado por fin de pertenecer a la modesta USA Conference y ha pasado a formar parte de la que ahora llamamos American Athletic Conference y hasta hace sólo unos meses llamábamos Big East. ¿Qué quiere decir esto? Pues que en enero y febrero ya no les veremos jugando contra Old Dominion, UAB o Charlotte sino contra Connecticut, Louisville o Cincinnati por ejemplo. Bajará tal vez su cuenta de resultados pero a cambio subirá exponencialmente su nivel de exigencia. Ganarán menos pero serán mucho más competitivos. No tanto como para volver a opacar a los Grizzlies, sí lo suficiente como para volver a dar guerra en marzo. Tiempo al tiempo.

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