más allá de los Grizzlies   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

Memphis_TigersHubo un tiempo en que solíamos decir que el mejor equipo de baloncesto de la ciudad de Memphis no se llamaba Memphis Grizzlies sino Memphis Tigers. Hubo un tiempo en que los Grizzlies daban pena y en cambio los Tigers se plantaban en Final Four, no es ya que se plantaran sino que una vez allí llegaban incluso a la Final absoluta y hasta estaban a punto de ganarla, de hecho si no la ganaron fue básicamente por dos cosas, por su manifiesta inoperancia a la hora de ensartar los tiros libres y porque a un jugador de Kansas llamado Mario Chalmers se le apareció la virgen en forma de triple imposible para forzar la prórroga, aquella prórroga que a la postre acabaría dando el título a los Jayhawks. Aquello fue en 2008, a los mandos desde el banquillo de Memphis el insigne a la par que engreído Calipari, a los mandos desde la cancha un imberbe mocetón adicto a las chuches y con fobia a las agujas llamado Derrick Rose, por allí andaban también Chris Douglas-Roberts, Robert Dozier y hasta un tal Joey Dorsey que aún ni sabría dónde quedaba Barcelona siquiera…

Eran otros tiempos. Hoy Calipari lleva ya unos pocos años en Kentucky, aún más lleva Rose de estrella estrellada de los Bulls, de Dorsey qué les voy a contar que ustedes no sepan. Hoy ya no decimos que los Grizzlies sean peores que los Tigers, ni por asomo, ni aún después de la absurda decapitación de Lionel Hollins se nos ocurriría decir semejante barbaridad (aunque nos queden ganas), hoy ya esos Grizzlies de Zach, Marc & Mike (Conley) acuden fielmente cada año a su cita con los playoffs (sólo esperemos que aún sigan acudiendo), nada que ver ya con aquel horror de la primera década de este siglo. Y en cuanto a los Tigers…

En los Tigers nada volvió a ser igual tras la agitada primavera/verano de 2009. Calipari hizo las maletas rumbo a Lexington y se llevó consigo algunos de sus más afamados recruits de aquel año, pongamos aquel insoportable DeMarcus Cousins, pongamos cómo no aquel John Wall, ya meses antes habían visto marcharse a Tyreke Evans tras completar su sacrosanto one and done, aquello era como si en Memphis (Universidad de) de repente vieran el suelo abrirse bajo sus pies, como si se quedaran sin presente y lo que era aún peor, sin futuro. En caída libre. ¿Qué hacer? Decidieron entregar las llaves del reino a un tipo con pinta (y maneras) de niño grande llamado Josh Pastner, un sujeto que había sido campeón universitario como jugador (haciendo una impagable labor de agitatoallas) en la Arizona de 1997 y al que una vez graduado le surgió la oportunidad de quedarse como asistente aprendiendo el oficio a la vera de Lute Olson. Aprovechó con creces la experiencia y se tiró allí sus buenos ocho años, hasta que en el verano de 2008 le llamaron de Memphis para ofrecerle el puesto de asistente de Calipari. Probablemente en ello seguiría a día de hoy si apenas un año más tarde Kentucky no se hubiera cruzado en su camino. Calipari se fue y los rectores de Memphis no encontraron a nadie más a mano a quien ofrecerle el puesto. Dicho y hecho.

Hay entrenadores que te entusiasman desde el primer día (la mayoría, que saben que soy de entusiasmo fácil) y en cambio hay otros (los menos) que se te atragantan desde el primer día. No les voy a engañar (tampoco podría, a estas alturas), Josh Pastner se me atragantó desde la primera vez que le vi. Esas rabietas de crío malcriado, esas pataletas (más que protestas) contra los árbitros, ese frenesí de aspavientos, ese desmesurado histrionismo (iba a poner histerismo pero he preferido autocensurarme), esa obsesión por mostrar cartelitos a cada momento para indicar a sus jugadores la jugada a realizar así en ataque como en defensa como si éstos no supieran decidir por sí mismos y hubiera que reprogramarlos constantemente (el mero hecho de verle desplegar sus letreros sobre la mesa de anotadores para así tenerlos más a mano ya es en sí mismo un espectáculo)… pero también ese baloncesto heredero de las más puras esencias caliparianas, un juego mucho más físico que técnico, mucho más de atleticismo que de fundamentos, que habrá a quien le entusiasme (a muchos, de hecho) pero que a mí tiende a dejarme frío como también tiende a dejarme frío el baloncesto de Kentucky (por ejemplo). A menudo los equipos de Calipari parecen más de NBA que de NCAA, de éstos de Pastner cabría decir lo mismo si no fuera por el pequeño detalle de que no cuenta (ni de lejos) con los jugadores que acostumbra a contar su antecesor. Es otro nivel, vaya eso también en su descargo.

Dicho todo lo cual, habré de confesarles que quizá me precipité en mis juicios prematuros sobre Pastner. Esta temporada he visto ya dos veces a los Tigers y ambas curiosamente contra el mismo rival, no es fácil que suceda esta circunstancia en periodo de non-conference habiendo como hay trescientas y pico universidades en la Primera División NCAA pero a veces el azar tiene estas cosas, a veces tienes programado un partido en cancha de un equipo y un par de semanas más tarde te vas a jugar un torneo en el que tras pasar sucesivas rondas te acabas enfrentando en la Final precisamente a ese mismo equipo. El rival en cuestión no era un cualquiera, eran los Cowboys de Oklahoma State, uno de los gallitos de esta temporada gracias sobre todo a las prestaciones de aquel Marcus Smart con quien ya les puse la cabeza mala hace unos meses, un equipo que además de calidad y agresividad tiene también un puntito macarra que hace que resulte sumamente incómodo enfrentarse a él. La primera cita fue el 19 de noviembre en el feudo de los Cowboys, el Gallagher-Iba Arena de Stillwater, Oklahoma, hasta allá llegaron ilusionados los Tigers, de allí hubieron de volverse cariacontecidos y con el rabo entre las piernas tras la enésima exhibición de un Smart que aprovechó precisamente esa noche para batir su récord de anotación con 39 puntos de todos los colores (recuérdese al respecto que los partidos NCAA no duran 48 minutos sino 40 -de los que sólo jugó 33- y que las posesiones no son de 24 segundos sino de 35, para así valorar aún más la magnitud de la cifra). El resultado final, 101-80, dejaba bien a las claras cuál era la jerarquía entre ambos dos equipos…

O no. Semanas más tarde viajaron ambos conjuntos a territorio Disney, Lake Buenavista, Florida, donde se habría de disputar el Old Spice Classic. Oklahoma State dio buena cuenta (no sin apuros) de Purdue y Butler para meterse en la Final, mientras que por el otro lado Memphis hizo lo propio con Siena (Universidad de, no se confundan) y Louisiana State. Doce días después la repetición del duelo estaba servida, esta vez en territorio neutral, ni que decir tiene que todos los pronósticos apuntaban unánimemente a los Cowboys… pero Pastner tenía otros planes. Su asfixiante defensa cortó líneas de pase, denegó tiros cómodos, taponó todas las vías de penetración. Sirva como ejemplo que esta vez Smart se quedó en unos birriosos 12 puntos, para otros quizá no estarían mal pero para él fueron su peor actuación de la temporada. No fue sólo él, sus brillantes compañeros de perímetro Markel Brown, LeBryan Nash (éste la brillantez la lleva hasta en el nombre) y Phil Forte tampoco corrieron mejor suerte. Al final 73-68, una magnífica cura de humildad para unos Cowboys que venían saliendo a casi cien puntos por partido y un espectacular subidón de moral para los Tigers. Un punto de inflexión.

La culpa fue de Pastner pero también evidentemente de sus jugadores, especialmente de ese perímetro que no me cautiva (problema mío, ya dije antes que yo soy más de dejarme cautivar por el talento que por el músculo) pero al que habré de reconocerle dos cualidades fundamentales, la exuberancia física (lo cual no quiere decir que no tengan calidad, cada uno a su manera, sino que ésta queda en un segundo plano) y la experiencia, lo que en baloncesto universitario entendemos por experiencia, todos ellos séniors curtidos ya en mil batallas a estas alturas: Chris Crawford, Geron Johnson y quien quizá viene siendo su mejor jugador, el potente base Joe Jackson. Mención especial merece otro base sénior que emerge desde el banquillo pero que a la larga es casi tan titular como los tres anteriores en lo que a reparto de minutos se refiere, Michael Dixon Jr., quizás hasta pueda resultarles familiar porque ya les hablé de él hace años cuando estaba en Missouri. Al acabar la temporada 2011/2012 pidió el transfer por alguna razón que se me escapa (quizá por la marcha del coach Mike Anderson, quizá por los minutos que le robaba Phil Pressey, quizá por cualquier otra cosa que yo no sepa), cambió aquellos Tigers de Missouri por estos otros Tigers de Memphis (debe tener fijación por ese animal), pasó su preceptivo año de red shirt y hoy ya le tenemos ahí enchufando triples a jornada completa, por algo es con diferencia la mejor muñeca del equipo.

¿Por dentro? Por dentro lo más interior que tienen se llama Shaq Goodwin (con ese nombre de pila cómo no vas a jugar de pívot, incluso aunque no lo seas), un tipo que a sus indudables cualidades baloncestísticas une la interesante cualidad humana de ser el hombre feliz, no hay vez que le enfoquen que no le veas riendo, o al menos con cara de estar disfrutando la experiencia. El anti-Kendrick (Perkins), como si dijéramos. Añadan a los freshmen Austin Nichols (alero titular, que apunta buenas maneras y mejor muñeca), Nick King y Kuran Iverson (pariente lejano de ese otro Iverson que están pensando) y ya tendremos casi la rotación completa, poco más hay que rascar. Y añadan además otra sustanciosa novedad, ésta ya de tipo organizativo: tras muchos años Memphis ha dejado por fin de pertenecer a la modesta USA Conference y ha pasado a formar parte de la que ahora llamamos American Athletic Conference y hasta hace sólo unos meses llamábamos Big East. ¿Qué quiere decir esto? Pues que en enero y febrero ya no les veremos jugando contra Old Dominion, UAB o Charlotte sino contra Connecticut, Louisville o Cincinnati por ejemplo. Bajará tal vez su cuenta de resultados pero a cambio subirá exponencialmente su nivel de exigencia. Ganarán menos pero serán mucho más competitivos. No tanto como para volver a opacar a los Grizzlies, sí lo suficiente como para volver a dar guerra en marzo. Tiempo al tiempo.

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