Archivo para enero 2014

WIGGINS, EMBIID, KANSAS   2 comments

Unos llevan la fama y otros cardan la lana, que decía mi abuela (supongo que además de mi abuela lo diría más gente pero yo por si acaso lo aclaro, no fuera a ser sólo suya la frase). La fama la lleva la Universidad de Kentucky, habitual paraíso del caliparismo o lo que viene siendo lo mismo, de los novatos de usar y tirar (también llamados one and done). Pero la lana también la cardan otros además de la propia Kentucky. La carda por ejemplo la no menos prestigiosa Universidad de Kansas, Jayhawks para los amigos, que este año cuenta en su rotación con la friolera de seis freshmen de los que dos no es ya que sean candidatos al one and done sino que son candidatos incluso a entrar en el Top5 del próximo draft. Y hasta puede que me esté quedando corto, habrá que ver cómo evolucionan los acontecimientos en los próximos meses pero créanme que a día de hoy no sería descabellado que ambos fueran nada menos que las elecciones 1 y 2 del susodicho draft. Paso a presentárselos (aunque sospecho que a estas alturas ya les conocerán de sobra): a ambos dos, y de paso al resto de Jayhawks 2013/2014.

¿Qué les cuento yo a estas alturas de Andrew Wiggins que no sepan ya? Dicen quienes miden estas cosas que desde los tiempos de un tal LeBron James no ha habido otro jugador de instituto que recibiera tanto seguimiento mediático, y aunque hayamos de recordar que también nos pusieron la cabeza mala en su día con Oden, Durant o Wall (por ejemplo), no seré yo ahora quien les lleve la contraria. Pero no estará de más contarles por si aún no lo supieran que Wiggins es canadiense de la parte de Ontario, que es hijo del ex jugador de Bulls, Rockets y Sixers Mitchell Wiggins y de la ex medallista olímpica y aún hoy recordwoman canadiense de 400 metros lisos Marita Payne, que ambos padre y madre se formaron y conocieron en la Universidad de Florida State (razón por la cual los Seminoles estuvieron hasta el último momento en la carrera por llevársele al huerto) y que además tiene dos hermanos mayores llamados Mitchell y Nick jugando también en NCAA, en la lejana Southeastern y la vecina Wichita State respectivamente. Andrew Wiggins vendría a ser un dos/tres (aquí más tres que dos, cabe esperar que en NBA será más dos que tres) de físico espectacular y talento muy por encima de la media, que no destaca tanto por su tiro (lo mejorará, sin duda) como por su agresividad de cara al aro contrario. Y que además tiene una cualidad fundamental a estos niveles, que es que no elude el choque jamás. Otros van encebollados hacia el aro, se les plantifica allí en medio el defensor y puede suceder que se lo coman con patatas (con la consiguiente falta en ataque) o bien que se paren a buscar otras opciones. Él no, el tira p’alante como si tuviera la canasta entre ceja y ceja, y como además sucede que tiene dos muelles por piernas, un tren superior importante y una portentosa velocidad y/o flexibilidad para cambiar de ritmo y/o dirección (y una consideración arbitral por encima de la media, también, es lo que tiene ser famoso) pues por lo general se las apaña para salirse con la suya y que la falta se la coma el defensor. Y si le hacen dos contra uno pues mejor que mejor (para él, se entiende), de hecho esa es quizá su principal imagen de marca, la que verán en cualquier vídeo, su innata capacidad para tirar de potencia, encontrar la ranura y meterse por el medio dejando a ambos dos defensores con un palmo de narices. Obviamente en NBA no le será tan simple, los músculos profesionales no son tan fáciles de voltear pero denle tiempo y seguro que también encontrará la manera.

Todo lo cual por supuesto está muy bien, pero yo no sería yo (ni me aguantarían lo que aguantan) si no les contara también la otra parte. Creo haberme visto ya como una docena de partidos de Kansas (no llevo la cuenta, quizás esté exagerando pero ocho o nueve desde luego que no me los quita nadie) y todavía a estas alturas no me atrevería a asegurar que Wiggins sea un ser humano. Todavía no le he visto jamás sonreír, ni celebrar, ni alegrarse, ni cabrearse, ni protestar, ni exteriorizar frustración ni mostrar ninguna clase de emoción ni hacer la más mínima mueca que me haga pensar que siente y padece, que detrás de ese impasible gesto de esfinge se esconde un jugador de carne y hueso y no un mero robot programado por ordenador. Probablemente corra sangre por sus venas pero él se esfuerza concienzudamente en disimularlo, de hecho no estaría de más que algún día le pincharan para que pudiéramos salir de dudas. Claro que ustedes me dirán (cargaditos de razón, como no podría ser de otra manera) que a ver si todo esto que les cuento tiene algo que ver con su juego. Pues no necesariamente… o eso creía yo, al menos. En sus primeros partidos pensé que esa frialdad gestual no se correspondía en absoluto con su puesta en escena sobre la cancha, que acaso fuera sólo una pose o una actitud ante la vida pero que en modo alguno repercutía en su desempeño. En cambio en estos últimos encuentros me ha dejado más dudas al respecto, véase por ejemplo el que jugó el sábado 18 de enero ante el gran Marcus Smart y sus aguerridos cómplices de Oklahoma State. Duelo en las trincheras, cuentas pendientes para dar y tomar, cuchillo entre los dientes, tanganas por doquier, uno de esos choques que (por recurrir al tópico) separan a los niños de los hombres. En semejantes circunstancias fueron muchos los que se engrandecieron para firmar un duelo formidable (que acabó llevándose al huerto Kansas por un ajustado 80-78) pero no así Wiggins que casualmente aprovecho la refriega para firmar su peor actuación de la temporada, apenas 3 puntos y 2 rebotes en 23 minutos sobre el parquet. Desaparecido en combate, nunca mejor dicho. Prefiero pensar que fuera un hecho puntual, sin más, prefiero (por ahora) pensar que toda esa frialdad sea una pose. Lo que sí es cierto es que se contagia, y quizá por eso a mí a día de hoy Wiggins me deja mucho, muchísimo más frío que sus coetáneos Jabari Parker y Julius Randle, no digamos ya su compañero Embiid…

Vi jugar por primera vez a Joel Embiid allá por la pasada primavera, durante uno de esos saraos que algunas afamadas marcas montan para que vayamos conociendo a las estrellas del mañana que aún se encuentren en edad de merecer: McDonald’s All American, Nike Hoop Summit, Jordan Brand Classic y demás eventos varios para yogurines de instituto, ya saben. Me puse a verlo (previa descarga más o menos clandestina) buscando todos esos nombres con los que nos venían bombardeando ya desde meses atrás, los Wiggins, Parker & Randle pero también otros como Aaron Gordon, Tyler Ennis, James Young, Chris Walker o los gemelos Harrison por ejemplo. De Embiid nada esperaba porque nada sabía, de hecho hasta ese momento ni le había oído nombrar siquiera. Pensé nada más verle que sería otro de tantos sietepiés africanos como brotan en estos días pero bastaron apenas un par de movimientos de espaldas al aro para descubrir que no era eso, o que no era sólo eso, que ahí había mucho más que un mero físico. Luego empezó la temporada y de entrada fue suplente, pensé como tantas otras veces que me habría venido arriba fruto de uno de mis habituales ataques de debilidad… hasta que le vi aparecer, para descubrir finalmente que no sólo no me había pasado sino que me había quedado corto. Más allá de su tamaño, más allá de su intensidad, más allá de esos brazos de grúa que le permitían taponar a diestro y siniestro todo lo habido y por haber resultaba que este tío además sabía jugar, y cómo. Te maravillaba que aún en su primer mes como universitario tuviera ya ese juego de pies, pero aún más te maravillaba cuando te contaban que la criatura apenas llevaba un par de años practicando el baloncesto, que antes sólo había jugado al fútbol o al voleibol en su Camerún natal (hecho éste que provocó el asombro del histórico a la par que histriónico analista de la ESPN Dick Vitale, sorprendido al parecer de que existiera el voleibol en Camerún). Si en tan corto espacio de tiempo había conseguido ya desarrollar tan amplia gama de movimientos, producía casi vértigo pensar hasta dónde podría llegar en cuanto progresara un poco más.

Claro está, de inmediato se dispararon del cero al infinito sus previsiones pre-draft, de inmediato rebasó a Parker, Randle, su compañero Wiggins y demás familia, de inmediato se instaló en un número 1 del que ya no habrá quien le mueva (que por mucho que nos quieran cambiar este juego la carne de cénter bueno sigue cotizándose más que cualquier otra)… y de inmediato comenzaron las odiosas comparaciones, también. Con su procedencia, su físico y sus maneras era sólo cuestión de tiempo que a alguien le diera por rebautizarle como el nuevo Olajuwon, yo no sé usted que pensará al respecto pero a mí estas cosas como que me dan mucho miedo. El cementerio (baloncestístico, entiéndase) está lleno de nuevos Jordan, nuevos Magic, nuevos Bird o nuevos Petrovic por poner sólo cuatro ejemplos, un montón de chavales a quienes desde el comienzo les colgaron ya un cartel con el que apenas pudieron durante el resto de sus carreras. Aquellos que alucinamos con el bailarín de claqué tenemos aún tan fresco ese recuerdo que si alguien viene a hablarnos del nuevo Olajuwon es como si nos diera una patada en el hígado. ¿Jugamos a las comparaciones? Miren, yo no llegué a ver a Olajuwon en su etapa universitaria (y bien que lo siento) pero sí les diré que en los años que llevo viendo NCAA sólo recuerdo otro jugador que tuviera ya en su año freshman unos movimientos de espaldas al aro similares a los de Embiid (y aún mejores, incluso), un chaval que jugaba en la Universidad de Wake Forest (pudimos verle aquí gracias a que allí jugaba también un paisano nuestro llamado Ricardo Peral y por eso nos televisaron unos cuantos partidos, si no de qué), provenía de Islas Vírgenes y se llamaba Tim Duncan, tal vez les suene. Duncan luego coincidió con David Robinson y ello le hizo evolucionar hacia la posición de cuatro, hoy bien podemos decir que es quizá el mejor cuatro de la histora pero créanme que de haberse quedado en el cinco también sería hoy uno de los mejores de la historia (y eso ya son palabras mayores). ¿Y voy a decir yo por todo ello que acaso Embiid pueda ser el nuevo Duncan? Pues no, ni loco, ni por asomo (entre otras cosas porque son muy diferentes). Joel Embiid es Joel Embiid, punto, con eso a día de hoy tiene más que suficiente. Recuérdenlo cuando dentro de veinte o treinta años emerja otro pívot de parecido origen y similares características y alguien nos lo venda como el nuevo Embiid. Al tiempo.

Joel Embiid tiene también defectos, sólo faltaría que no los tuviera a tan corta edad y con el poco tiempo que lleva en esto. Uno es obvio y se le curará con los años, la toma de decisiones, el saber cuándo es más adecuado irte por un lado o por el otro, cuándo es mejor jugártela o sacarla (la pelota), cuándo conviene irte al tapón o calmar tus ímpetus… El otro defecto me resulta mucho más preocupante, y creo que si no lo domestica le va a dar grandes quebraderos de cabeza a lo largo de su carrera: Embiid es… (¿cómo se lo diría?) de mecha corta, basta con que le acerques un poquito una cerilla para que explote sin remedio. Embiid tiene pinta de ser (mera elucubración, quizá me equivoque) demasiado noble, el típico chaval criado sin malicia ninguna en las praderas y los descampados de su Yaoundé natal y que no está acostumbrado a que nadie venga a buscarle las cosquillas. Y otra cosa no, pero a estos niveles del hipercompetitivo baloncesto USA los buscadores de cosquillas y los prendedores de cerillas están a la orden del día, me temo. Quien le busca le encuentra, basta con que se lo sepan para que buscarle deje de ser una mera circunstancia del juego y pase a convertirse en estrategia. Si está por ver que Wiggins tenga sangre en las venas resulta en cambio evidente que Embiid tiene demasiada, tal vez no les vendría mal una transfusión mutua, ese mismo duelo al sol ante los Cowboys de Oklahoma State del que antes les hablaba fue también una buena prueba al respecto. Por la posición que ocupa a Embiid le van a dar más que a una estera y no le van a pitar ni la cuarta parte de lo que le den, mejor será que se vaya haciendo a la idea por la cuenta que le tiene. Hoy al tercer mandoble que le sacuden saca el codo (y anda que tiene poco codo la criatura), eso en un baloncesto como éste en el que los codos te los miran con lupa es casi pecado mortal. En lo que llevamos de Big12 sale casi a sanción disciplinaria (técnica o flagrante) por partido, y esto no ha hecho sino comenzar. Ojalá lo controle.

Estos Jayhawks no son sólo Wiggins y Embiid, aunque demasiadas veces lo parezca. Son también otros freshmen de postín como (sobre todo) Wayne Selden Jr., poderoso escolta que en cualquier otra universidad levantaría pasiones y desataría ríos de tinta pero que aquí en cambio queda un poco ensombrecido por los dos bichos antes mencionados, cabe suponer que a partir de la próxima temporada llegará su momento siempre y cuando no se precipite y se tire en plancha al draft, que no debería pero vaya usted a saber; como freshman es también el base Frank Mason, que empezó la temporada como titular hasta que quedó claro que estaba aún más tierno que una lechuga para tan alta empresa, con tiempo y paciencia llegará a ser importante pero por ahora no pasa de brote verde que aporta energía y vitalidad desde el banquillo; como freshmen son también Conner Frankamp y Brannen Greene, eficientes escoltas de buena mano y mejor pinta (sobre todo el segundo), que aparecen aún de pascuas a ramos en la rotación pero con los que seguro que nos iremos familiarizando en años venideros.

Pero no sólo de novatos vive Kansas, no vayan a pensar, de hecho estos Jayhawks apenas serían nadie (aún a pesar de todo lo mencionado) si no fuera por el poso y la solidez que le aportan tipos como Naadir Tharpe, base junior ya consolidado como titular tras el fallido experimento Mason: no es la ilusión de mi vida como director de juego pero cumple con creces el expediente; o como el sophomore Perry Ellis, indiscutible cuatro titular y pieza fundamental por intensidad y calidad, por la cantidad de cosas que aporta y hasta por la atención que recibe y los espacios que genera para facilitar así (aún más si cabe) la eclosión de Embiid; o como la imponente pareja interior que acostumbra a dar el relevo a Ellis y Embiid, a saber, el sophomore Jamari Traylor y el sénior (transfer desde Memphis) Tarik Black, genuino tipo duro de esos que es preferible tener como amigo que como enemigo por lo que pueda pasar. Todos ellos componen el (para mi gusto) mejor equipo que haya tenido Kansas en estos últimos años, al menos desde aquel que se alzó con el título en 2008. Mejor sin duda que el que fue finalista en 2012 agarrado a los fornidos brazos de Thomas Robinson, mejor sin duda que el que hace apenas diez meses flirteó también con la Final Four sin más argumento que (el ligeramente sobrevalorado) Ben McLemore. Uno y otro equipo demostraron una vez más la probada capacidad de Bill Self para sacar petróleo de las piedras, miedo da pensar lo que pueda extraer este año de la mina de oro que tiene a su disposición. Luego pasará lo que tenga que pasar (que es bien sabido que una mala noche en marzo puede arruinarte una temporada entera) pero a día de hoy no veo a nadie con más argumentos que ellos para alzarse con el título a comienzos de abril (y cuando digo nadie quiero decir nadie, es decir, ni los invictos Arizona o Syracuse, ni Michigan State, Wisconsin, Duke, Kentucky, Florida o cualesquiera otros que usted pueda imaginar). Esperemos acontecimientos.

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

EL EQUIPO DE NADIE   Leave a comment

Hace casi diez años tocamos el cielo. Hace casi diez años el Estu jugó su primera (y última, y única) final ACB, llegó incluso a rozar aquel trofeo justo antes de que se le escapara para siempre de las manos. Quizás no fuera el séptimo cielo pero sí sé que desde luego no fue el primero, ya hubo antes otros cielos, el cielo copero del 2000, el inmenso cielo de 1992 con su Copa y su Final Four de Estambul, quizás incluso aquel otro subcampeonato liguero de 1981 cuando aún no se jugaban finales ni se llamaba ACB siquiera. Tocamos de nuevo el cielo (y qué cielo) en 2004, quién nos iba a decir entonces que aquella sería la última vez. Vale que lo difícil no sea llegar sino mantenerse, vale que una vez que estás arriba sólo cabe ir hacia abajo por un mero principio físico pero hay formas y maneras de caer, hay caídas suaves, pendientes prolongadas, bajadas en picado y luego ya hundimientos definitivos. Esto del Estu es un descenso a los infiernos que parece no tener fin, ríase del Baumgartner aquel de la estratosfera. Cuántas veces creímos haber tocado fondo para luego comprobar que no hay fondo que valga, que el suelo sigue abriéndose una y otra vez bajo nuestros pies. Hasta el infinito y más allá.

Me dirán que precisamente aquellos polvos trajeron estos lodos, que este mísero Estu de hoy no es más que una mera consecuencia de aquel gran Estudiantes de ayer. Que aquel Estu vivió durante demasiados años por encima de sus posibilidades, no sé si habrán oído esto antes. Es lo que tenemos los pobres, que a poco bien que nos vaya ya nos creemos ricos y hasta nos permitimos el lujo de soñar como si en verdad lo fuéramos, menos mal que siempre está la cruda realidad para ponernos en nuestro lugar y recordarnos que los pobres en verdad sólo valemos para comernos la mierda que cagan los ricos, disculpen la brusquedad del símil. Nos creímos lo que no éramos y nos olvidamos de nuestra verdadera razón de ser: un equipo de patio de colegio, nada más (y nada menos). Otros están en la élite y luego además tienen cantera, nosotros no, nosotros siempre fuimos todo lo contrario, nosotros somos cantera y luego además tenemos un equipo en la élite. Un día creímos que podríamos invertir las prioridades, y así nos fue.

No es una mera cuestión de ganar o perder, ojalá fuera todo tan simple. No diré que ganar es de horteras (toda una filosofía de vida reflejada en esa magnífica crónica estudiantil de Guillermo Ortiz), sí diré que ganar o perder en este club nunca fue tan importante como competir, como sentir, como disfrutar. Más que un equipo de baloncesto era una manera de vivir, un estado de ánimo, un soplo de aire fresco que llevó a mucha gente (no necesariamente del Ramiro, no necesariamente de Madrid) a identificarse con él y hacer suyos para siempre esos colores. No por casualidad Estudiantes fue durante al menos un par de años (o puede que aún fueran más y no se hiciera público) el equipo de baloncesto con mayor número de abonados de toda Europa. Se dice pronto, el equipo con más abonados de Europa, piénsese en una ciudad como Madrid con la feroz competencia del vecino, piénsese en la escasa difusión de la ACB, piénsese en la inmensidad de algunas canchas griegas (a comienzos del presente siglo aún no había estallado la crisis), serbias, rusas, turcas o israelíes (Israel es Europa a efectos baloncestísticos, aunque ello se dé de patadas con la geografía) y se comprenderá mucho mejor la magnitud del dato. En estos casos siempre me gusta recurrir a aquella definición del Director de Gigantes Paco Torres, el primer equipo de muchos, el segundo de casi todos. Así era entonces, así fue durante décadas enteras. Me pregunto si aún sigue siéndolo a día de hoy.

Y miren que pudo haber momentos buenos y malos, años de éxito y otros de fracaso, miren que pudo haber generaciones mejores o peores pero lo que sí que hubo siempre fue un mínimo denominador común, una imagen de marca que trascendía desde las mismas raíces de la institución y que se reflejaba sobre todo en la manera de jugar del primer equipo, un Estu style que tal vez podríamos descomponer en cuatro premisas fundamentales:

1) un base, preferiblemente (aunque no necesariamente) canterano, que hiciera del descaro y el atrevimiento su razón de ser; que no perdiera la cabeza (no es incompatible una cosa con la otra) pero sí asumiera riesgos y practicara un baloncesto desinhibido para así contagiar de esa misma desinhibición al resto de la plantilla. Obviamente estoy pensando en Azofra mientras lo escribo pero no fue sólo Nacho, hubo muchos otros que (con ligeras matizaciones) también pudieron encajar en ese mismo perfil, tal vez Antúnez y aún antes Vicente Gil, luego los Hermanos Martínez (podría hasta remontarme a la prehistoria y mencionar a su padre), quizás el Conguito Jennings, el gran Sergio Rodríguez si no nos hubiera durado tan poco, el mismísimo Granger de estas últimas temporadas.

2) un alero, preferiblemente (aunque no necesariamente) yanqui, que aportara anotación y (sobre todo) espectacularidad para así hacer las delicias de chicos y grandes y ahondar aún más si cabe en el componente lúdico-festivo de la entidad. La eterna leyenda de Russell y Winslow nunca tuvo continuidad, pero en un momento dado hasta nos pudo valer con anotadores puros (aún sin mates) como el Bombillo Ahearn, Lofton, English, ya hasta con Kirksay nos conformábamos hasta hace bien poco…

3) un pívot o ala-pívot, no necesariamente dotado (o tal vez manifiestamente limitado) en lo físico, pero que fuera capaz de suplir esas carencias con grandes dotes técnicas y (sobre todo) una inteligencia superlativa para sacarlas partido, para aportar dirección desde el poste y llegar a ser más base incluso que el base mismo. Pinone por supuesto (pónganse en pie) pero no sólo él, también Rafa Vecina, también Shawn Vandiver, también en algún momento Alfonso Reyes, también sin ir más lejos el mismísimo Germán Gabriel.

y 4) un buen puñado de aguerridos mocetones, no necesariamente (aunque sí preferiblemente) de la casa, que se partieran el alma por cada balón; el espíritu de Carlos Jiménez o el de los primeros tiempos del Chimpa, como también el de Carlos Montes, Aísa o El Rata por fuera, o el de Pedro (Picapiedra) Rodríguez, Rementería o incluso Rafa Vidaurreta por dentro…

¿Qué queda hoy de esas cuatro premisas básicas? Yo se lo diré: NADA. Absolutamente nada. Y no es que me remonte a la noche de los tiempos, ya ven que he mencionado a tíos (Jayson, Germán, Tariq, Carl) que vistieron aún de azul hasta hace dos telediarios como quien dice. Jaime apenas logra ser una pálida copia borrosa y discontinua (a su pesar) del punto 1, Kuric (mal que me pese) no le llega ni a la suela de los talones a ninguno de los mencionados en el 2, no hablemos ya de Banic (de aquel de Bilbao sólo queda el apellido) en comparación con los del 3. ¿Y del 4? Pues quizá podríamos encajar ahí con mucha generosidad a Dejan Ivanov, prototipo de esa innata capacidad estudiantil de fichar siempre al hermano malo (Domen Lorbek, Samo Udrih), a ver si así llegaran los genes donde no llega el presupuesto. Tuiteé (me estremece usar este verbo) el otro día que acaso éste sea el peor Estudiantes de la historia, y por ahora nadie me ha dado argumentos que me hagan cambiar de opinión.

Sí, peor incluso que el del descenso virtual de hace año y medio, no les quepa la menor duda. Aquel equipo empezó ya lastrado por el desastre del Trío Los Panchos (de infausto recuerdo) y a partir de ahí todos los parches que se quisieron poner (mención especial para el caso Bullock) no hicieron sino agravar la mala salud del enfermo. De donde no hay no se puede sacar, pero lo que nunca pudo reprochárseles fue que no lo intentaran, que no se dieran cabezazos contra la pared, que no pelearan incluso más contra sí mismos que contra los demás. Aquel equipo consumó su descenso (virtual), y lo que en tantos otros campos en similares circunstancias suele ser llanto y crujir de dientes, gritos de mercenarios, apelaciones a la genitalidad de sus jugadores e incluso lanzamiento de huevos sobre sus cabezas en algún caso concreto, aquí en cambio fue que salgan los toreros, uououó. Que salgan los toreros, porque la gente entendió que habían hecho todo lo que habían podido, que ellos no tenían la culpa, que en todo caso no eran la causa sino la consecuencia del problema. Que salgan los toreros, y los toreros avergonzados no querían salir pero al final no les quedó más remedio porque la gente de allí no se iba, que salgan los toreros, uououó, aún hoy estarían cantándolo de no haber salido. Salieron rotos y la ovación que se llevaron les rompió más todavía al descubrir finalmente que aquel era un club distinto, un club en el que las victorias y las derrotas (aún con descensos de por medio) no importaban tanto como la manera de lograrlas. Que salgan los toreros…

Hoy ya no quedan toreros. Hoy sólo quedan temporeros, deshechos de tienta, queda una política de fichajes consistente en dejar pasar el verano para luego traerse deprisa y corriendo lo que no ha querido nadie, salvo excepciones. Fichar por fichar, ya que se han ido estos tendremos que traernos a otros más que nada para rellenar los huecos y que así parezca que hacemos algo. Pasémonos tres meses fichando a Marcos Mata para que luego cuando llegue la hora de la verdad escoja finalmente (con buen criterio, dicho sea de paso) marcharse a orillas del Guadalquivir.rabaseda Traigámonos en su defecto a Rabaseda, parecía una buena idea (la única) pero ha resultado ser el principal ejemplo de ese extraño fenómeno según el cual cada jugador que cruza por la puerta del Ramiro empeora de manera exponencial sus registros de la temporada anterior. Este Rabaseda es infinitamente peor que aquel otro al que Pascual ponía de pascuas a ramos en el Barça (y no digamos ya el que pasó por el Fuenla), pero no es un caso aislado: Quino Colom (que nunca fue santo de mi devoción, dicho sea de paso) está también a años luz del de Fuenlabrada, al igual que (el hijo pródigo) Miso no es ni la sombra del de Murcia, al igual que… Misterios sin resolver.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué hay equipos que mejoran por sí solos las prestaciones de quienes los integran (mismamente Estudiantes fue uno de ellos, no hace tanto tiempo), y sin embargo hay otros en los que todo parece volverse del revés? ¿Es sólo cuestión de (esa cosa tan etérea que llaman) química, o hay algo más? Miren, yo no creo en eso de los mercenarios como tampoco creo en que los jugadores sientan (o no) los colores, los jugadores son meros profesionales como usted o como yo en nuestros respectivos trabajos (si los hubiere). Pero sí creo en una cosa que se llama implicación, que puede hacer que en un momento dado (y aún con el mismo sueldo, o menor incluso) rindas más en un sitio que en otro porque te encuentres más a gusto, porque te traten mejor, porque te sientas más identificado con el proyecto, por lo que sea. O viceversa. En este Estu no parece que haya nadie identificado con el proyecto por la sencilla razón de que tampoco parece haber un proyecto con el que identificarse. El resultado es que los jugadores se visten, saltan a la cancha, cumplen con el trámite, les meten de treinta, se duchan y se marchan mientras el entrenador se queda en la sala de prensa echándole las culpas al empedrao (que ya quisieran muchos tener un empedrao como el nuestro, dicho sea de paso). Cero implicación, cero pasión, pura rutina.

¿Qué tendrá este Estudiantes que quien puede irse se va, que todo aquel que llega huye despavorido en cuanto se le presenta la ocasión? ¿Qué verán en esos despachos enmoquetados, qué impresión sacarán de todas esas facciones directivas tirándose a degüello y buscándose la yugular (una de las más acendradas tradiciones de este club)? Jugadores, técnicos de mayor o menor nivel, directores deportivos, empleados varios, público en general. Ya hasta se nos van antes de llegar como fue el caso del presunto salvador Morris Finley, se asomó y fue como si hubiera visto un fantasma o el anuncio de la lotería (más o menos fue por esas fechas), pies para qué os quiero. Eso sí, no pudo salvarnos Finley pero al menos pudimos quedarnos con Uros Slokar, el pichafría por antonomasia, justo lo que necesitábamos. Entre los que huyeron como de la peste, los que están como si no estuvieran, los que están en cuerpo pero no en alma (que ésta igual se les quedó en Atlanta) y los que entraron en Estudiantes pero Estudiantes no entró en ellos, el resultado total no puede ser más prometedor.

Hay desde hace meses en las redes sociales un debate que se pregunta si para este viaje hacían falta alforjas, si puestos a hacer el papelón no habría sido mucho mejor y más productivo hacerlo con gente de la casa. O como diría aquel, que si hay que fichar se ficha, pero fichar pa ná es tontería. Es así de sencillo, puestos a perder de treinta prefiero hacerlo con los chavales, pringaré igual pero al menos no tendré la sensación de estar traicionándome mientras lo hago. ¿Que la cantera no es lo que era? Pues tal vez, pero la única manera de comprobarlo es poniéndoles a jugar. Quizás puedas perder de cincuenta un día pero lo mismo al siguiente pierdes de treinta, al otro de diez, después quién sabe. Lo mismo en la Penya (permítanme la comparación) también pensaron que la cantera no es lo que era antes de atreverse a poner a Vives o Sans, quizás también lo pensaran en su día antes de alinear a Llovet, Ventura o Barrera, quizás incluso algún iluminado lo pensara antes de Rudy o Ricky (hay gente pa tó), si quieren sigo remontándome aún más atrás. La Penya, no estará de más recordarlo, también pasó su viacrucis a mediados/finales de los noventa, también vivió por encima de sus posibilidades, también cayó a los infiernos después de haber tocado (y ganado) el cielo de la Euroliga. Hoy no diré que su situación sea boyante porque no lo es en absoluto, pero al menos en el plano deportivo saben lo que quieren y sientan las bases para conseguirlo sin dejar por ello de ser fieles a su filosofía. Ojalá todos pudiéramos decir lo mismo.

Dicen que cuando llegas al fondo del pozo ya sólo cabe ir hacia arriba (otro mero principio físico) pero ese sigue siendo el principal problema, no sabemos aún dónde está ese fondo, mal podremos repuntar cuando todavía no hemos acabado de caer. Algunos creen que ese fondo es la LEB pero yo no concibo esa razón, la LEB no es más que otro escalón más abajo del cual aún hay más, obviamente no me refiero a la EBA sino a ese otro fondo del que ya no se sale ni se repunta y que se llama (miedo me da escribirlo) desaparición. No me quiero poner trágico (aunque ya me haya puesto) pero creo que hay cosas mucho peores que perder la categoría y una de ellas es perder la identidad, a la ACB siempre se puede volver (en el supuesto de que alguna vez llegue a consumarse algún descenso) pero la identidad es mucho más difícil de recuperar. Aquello que decía el bolero, alma corazón y vida, esas tres cositas nada más te doy, de las dos primeras no queda ni rastro y la tercera ya veremos cuánto nos dura. Aquel primer equipo de muchos y segundo de casi todos va camino de convertirse en el equipo de nadie más allá de los fieles, sólo hará falta que siga existiendo para que aún podamos seguir manteniendo esa misma fidelidad. Pero se ha dilapidado capital humano, se ha dilapidado capital social (por no hablar del capital económico), se ha dilapidado imagen, se han echado a perder las sensaciones, los sentimientos y las emociones de toda aquella gente que un día se hizo de este club (aunque fuera en segundas nupcias) por la sencilla razón de que era completamente diferente a todos los demás. Hoy este Estu es una ruina, un mero esqueleto, apenas un pálido reflejo de aquello que fue, eso es todo lo que nos queda. Veremos por cuánto tiempo.

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 17 de enero de 2014)

(Con mi agradecimiento para el gran @TheobaldPhilips, por su foto de la “implicación” de Rabaseda durante el tiempo muerto…)

ENTRE TODOS LA MATARON   5 comments

A veces llega un momento en la vida en que tienes que dejar de esconder la cabeza debajo del ala y afrontar la realidad tal como es; ser capaz de mirar a las cosas de frente aún por mucho que te hieran, cara a cara, ser incluso capaz de escribir sobre ellas aún por muy dolorosas que te resulten. Éste es sin duda uno de esos momentos: sé que me va a costar, no saben cuánto, pero me dispongo a escribir sobre la crisis. Sobre la crisis en el seno de la ACB. Sobre el proceso de sucesión a la jefatura de esta Asociación de Clubes de Baloncesto (por otro nombre Liga Endesa) de nuestros desvelos, una sucesión de la que intenté mantenerme informativamente al margen mientras me fue posible (ya que estos temas A) me aburren, B) me hastían, C) me crispan y D) me deprimen profundamente) hasta que llegó el momento en que ya no pude darle la espalda por más tiempo. Una sucesión que (tal como se ha planteado) no es sino otro paso más en su imparable proceso de autodestrucción. Otro clavo más (y no menor) en el ataúd de la ACB.

No sé a quién le leí que si la ACB eligiera a su nuevo presidente ejecutivo sin definir previamente un proyecto cometería un grave error. Que el mecanismo tendría que ser exactamente al contrario, primero saber lo que se quiere y luego ya escoger a la persona adecuada para llevarlo a cabo. Ojalá, así debería de ser en un mundo perfecto, el problema es que ese mundo perfecto nos queda demasiado lejos. Reconozcámoslo, en nada se diferencia realmente la ACB de tantos otros estamentos de nuestro país: pedirles a nuestros clubes que establezcan un proyecto común es como pedirles a los vecinos de cualquier comunidad de propietarios que miren por el bien de su edificio y no por el suyo propio, o como pedirles a nuestros partidos políticos que se pongan de acuerdo en un proyecto de nación en lugar de pensar cada uno exclusivamente en sus intereses electorales. Es uno de los principales males que nos aquejan, solemos ser extremadamente individualistas y/o corporativos, por lo general no vemos más allá de nuestro propio ombligo y así nos va. Claro está, la ACB no habría de ser en modo alguno una excepción, un puto reino de taifas en el que cada club vela exclusivamente por sus propios intereses. No es ya que por un lado estén los que piensan en Europa y por el otro los que piensan en su supervivencia (que también), no es ya que haya dos o tres sectores muy claramente diferenciados sino que la cosa va aún un poco más allá, en realidad no hay tres grupúsculos sino dieciocho a razón de uno por equipo, a ver si votando a éste tendré más posibilidades de sacar tajada que votando a este otro, a ver si por elegir a un dirigente de por allá vamos a tener menos opciones los de acá. Provincianismo a tope.

Por supuesto que todo esto no es nuevo, lo que pasa es que ahora se nota más. Durante muchos años el (sucedáneo de) consenso en torno a la figura de Eduard Portela tapó todas estas divergencias, en realidad ya entonces eran todos de su padre y de su madre pero la presencia del pseudocomisionado hacía que no lo pareciera, lograba que viéramos a la ACB como un todo y no como una mera suma de las partes, si la cosa no marchaba le caían a él los palos como si fuera él la causa y no la consecuencia (una de ellas) de todos los males que aquejaban a la institución. Pero Portela aguantó mucho más de lo que hubiera sido razonable (quizá precisamente por esto, por el miedo a que se les viera el vacío tras su marcha) y la llegada de un presunto salvador como Agustí no hizo sino empeorar las cosas hasta límites insospechados. Hasta hoy. Hoy sería ya el momento de refundar y empezar de cero pero no teman, no caerá esa breva. Aquí entre reforma o ruptura siempre solemos decantarnos por la primera opción, somos así de cobardes, para qué cambiar de perro cuando podemos conformarnos con ponerle otro collar, para qué cambiarlo todo cuando podemos limitarnos a cambiar algo para que en el fondo todo siga exactamente igual. No, tampoco en esto se diferencia la ACB de tantos otros males que nos aquejan en este país. Tenemos lo que nos merecemos, también en baloncesto.

Así que todo lo que se nos ocurre es poner un parche, al parecer. Ya, pero… ¿cuál? Los medios de comunicación nos contaron que la short list quedó finalmente reducida a tres candidatos, no diré que a cuál peor porque no tengo elementos de juicio para decirlo, sí diré que así a priori ninguno de los tres me seduce en absoluto. Nos contaron que uno de ellos era Josep Maria Farràs, un señor a quien no tengo el placer de conocer pero de quien cuentan las crónicas que es (o era) Director de Deportes de TV3, conociendo como conozco a mis paisanos de por aquí abajo ya les digo yo que a alguien con ese currículum le van a mirar mal ya de entrada, aún por bueno que sea. Nos contaron que otro de ellos era Fernando Arcega, quizá el único de los tres que sepa que el balón es redondo y naranja y sea capaz de distinguir entre defensa individual y en zona, no olvidemos que durante buena parte de los ochenta y un poquito también de los noventa fue parte esencial de aquel CAI (Helios, Natwest, Amway) Zaragoza y a ratos también de nuestra selección nacional; y punto, es decir, no me consta que haya mantenido la vinculación con nuestro deporte durante estos últimos (pongamos) veinte años y aún menos me constan sus cualidades como gestor para hacer frente a un reto de tal calibre: todo lo que supe de él tras su retirada es que montó con su hermano José Ángel un negocio vitivinícola, Viña Arcega se llamaba (tampoco se quebraron mucho la cabeza con el nombre), sospecho que a día de hoy ya no debe existir dado el escaso fruto que se obtiene al guglearlo. Y nos contaron finalmente (last but not least) que el tercer candidato se llamaba Albert Soler, un sujeto que por sí solo merece párrafo aparte.

Quizá no lo recuerden (o quizá nunca lo supieran, y tan felices que vivieron sin saberlo), pero Albert Soler fue Director General de Deportes durante un par de años a la vera de Jaime Lissavetzky, de tal manera que cuando allá por la primavera de 2011 éste aceptó el puesto de víctima propiciatoria en las elecciones municipales madrileñas de inmediato Albert Soler fue promocionado al siguiente nivel: Secretario de Estado para el Deporte, nada menos… pero eso sí, con fecha de caducidad, apenas seis meses. Tan corto espacio de tiempo parecía una invitación a no tocar casi nada (no fuera a romperlo), probablemente así fue en otros ámbitos pero en el ámbito del baloncesto desembarcó cual elefante en cacharrería. Le tocó mediar en el enésimo conflicto recurrente ACB/ABP, uno de un mediador esperaría la más estricta equidistancia pero él no se cortó un pelo: si la ACB no protege al baloncesto español, yo sí lo haré, y podemos tener una liga sin extracomunitarios; que la ACB dice que a nivel europeo puede haber un club en España con sólo comunitarios, la ley lo acepta, pero la ley dice también que la decisión final es del CSD y si la ACB cree que éste es el modelo, yo también creo que podemos tener una ACB para proteger a los jugadores españoles y sin extracomunitarios (…) Si la ACB plantea restricción de españoles en la liga y que como efecto secundario la selección tenga un nivel bajo, pues no estamos de acuerdo (fin de la cita). Opinión muy respetable (aunque no necesariamente compartible) si la expresas a título particular o incluso a título de Secretario de Estado, pero que si la expresas a título de mediador como que canta un poco que antes de empezar a mediar ya hayas tomado partido de forma descarada por una de las partes en conflicto. Eso sí, la cosa del ultimátum le funcionó, en apenas unos días se llegó al acuerdo éste de los cupos, los criterios de formación y demás zarandajas que disfrutamos (¿?) actualmente. Y punto final, y si volvió a tener algo que ver con nuestro deporte a mí no me consta, y luego ya nunca más se supo. Hasta hoy.

¿De verdad que (puestos a escoger personas, y no proyectos) no había nada mejor en el mercado? ¿No habría sido infinitamente mejor alguien como Alfonso López que en su papel de responsable de marketing y/o comunicación (o similar) de Endesa fue acaso el principal culpable de que la Liga se llame hoy como se llama (y cobre una pasta por ello), un sujeto que en cierta entrevista en Tirando a Fallar dejó bien clara su pasión por este juego y cuyas capacidades como gestor parecen estar fuera de toda duda, un sujeto que (al parecer) la cagó en un tuit puntual y eso ya le obligó a autodescartarse para la carrera presidencial? ¿No habría sido infinitamente mejor alguien como José Luis Mateo que desde sus orígenes periodísticos en Gigantes ha desempeñado luego toda clase de puestos ejecutivos en Granada, Alicante o Santiago de Compostela, alguien a quien supongo que sus actuales responsabilidades obradoiristas son precisamente las que le descartan para el cargo en base a no sé qué estúpida norma que exige al menos dos años de desvinculación? ¿No habría sido infinitamente mejor incluso alguien como Pepe Chamorro, publicista de quien hasta hace apenas dos días ni siquiera conocía su existencia, pero que en una entrevista en el Gigantes de diciembre mostró bien a las claras que ama esta Liga y que además tiene ideas para mejorarla? ¿De verdad, tan difícil es encontrar a alguien que reúna dos características básicas, dos tan solo, no pido más, saber de qué va esto (y si además le gustara ya sería la leche) y tener las cualidades adecuadas para gestionarlo?

Todo lo cual ya da lo mismo, dado que tiene toda la pinta de que el próximo presidente ejecutivo de la ACB será sí o sí Albert Soler, de hecho ya anduvo cerca de serlo en aquella otra (presunta) asamblea de mediados de diciembre en la que los clubes (muy en su papel de reinos de taifas) prefirieron hacerse el harakiri y seguir pintando la mona (o mareando la perdiz, según el animal que se prefiera) otro mes más para pasmo y disfrute del resto de la población. Habemus Soler me temo, lo cual podría parecer (en base a lo que recordé hace dos párrafos) que será como poner al zorro a cuidar las gallinas, con perdón… o no, quién sabe. De hecho para saberlo nos bastaría con conocer su programa, saber qué piensa del actual estado de la Liga, cuáles son sus ideas para mejorarla y a qué medios piensa recurrir para llevarlas a cabo, nos bastaría con saberlo de él y de paso también de los restantes candidatos (si es que a día de hoy siguen siéndolo), cuáles son sus intenciones respecto al modelo de competición, los derechos de televisión, la generación de ingresos, la organización del calendario, la implantación social o la repercusión mediática de la ACB. Estaría bien saberlo pero a día de hoy nada se nos ha dicho al respecto (o acaso sí y yo no me haya enterado, que ya les dije al principio que anduve rehuyendo el tema), lo cual puede ser por tres razones: bien porque lo lleven en secreto, bien porque no consideren interesante contárnoslo o bien porque ni siquiera haya proyecto, ningún proyecto. Sólo personas, lo cual por otra parte encajaría perfectamente con otra de nuestras más acendradas tradiciones, por lo general no votamos programas electorales sino candidatos, de hecho el programa electoral es sólo eso que hacen para decir que lo tienen y luego poder incumplirlo. Sólo personas revoloteando alrededor del poder, candidatos, candidatables, lobistas, acólitos, aduladores, lameculos y demás egos desmedidos, presuntos seres humanos que ni se habrán parado a pensar qué pueden hacer por el baloncesto porque lo único que les importa es lo que el baloncesto pueda hacer por ellos. Si antes les dije que era un error elegir presidente sin definir previamente un proyecto, ahora la duda que me queda es que incluso después de elegir presidente llegue a haber siquiera un proyecto. El mundo al revés.

Y sin embargo, de entre todas las cualidades de Albert Soler hay una que es quizá la única que a mí no me molesta en absoluto pero que en cambio a mis congéneres les trae a mal traer, hasta el punto de que no paran de expresar su indignación al respecto en los medios tanto más cuanto más ultramontanos sean: que es catalán, lo cual al parecer le convierte de inmediato en sospechoso. Hemos interiorizado de tal modo las corruptelas, los amiguismos, los complots, las conspiraciones y los mamoneos que ya para ver fantasmas ni siquiera necesitamos que aparezcan, ya empezamos a verlos antes incluso antes de que se asomen. David Stern (por poner un ejemplo) es neoyorquino y no recuerdo yo que en sus treinta años de Comisionado NBA se le haya acusado jamás de favorecer a los Knicks (que de haberlo hecho lo habría hecho fatal, visto como le ha ido a esa franquicia durante todo este tiempo); como neoyorquino es también (y reconocido fan de los Knicks desde crío, además) su próximo sustituto Adam Silver sin que me conste que en California, Texas, Oklahoma o Florida se haya expresado la más mínima preocupación al respecto. Como no me consta tampoco (sin ir más lejos) que en Rusia, Grecia o Turquía se hagan cruces por la procedencia del mandamás euroliguero Jordi Bertomeu (o tal vez sí, y aquí no nos llegue). Miren, a mí lo único que me podría preocupar (y me preocupa, de hecho) de Albert Soler es que tenga o no la capacidad para sacar a la ACB del pozo, todo lo demás se me da una higa, si es catalán como si es de Huesca, de Huelva, de Wisconsin, de Guanajuato o de la isla de Guam (si es que existe). Quién sabe, quizás esa podría ser la solución, nombrar un presidente de la ACB neozelandés (por ejemplo) para que así estuviera libre de toda sospecha. O ni por esas, seguro que aún así alguien saldría diciendo que Nueva Zelanda está muy cerca de Australia y que dado que uno de los grandes de nuestro baloncesto tuvo a dos australianos hasta fechas recientes está bien claro por quién habría de tomar partido. Créanme, no tenemos remedio.

Mencioné antes a Bertomeu, y no es que el susodicho sea precisamente mi ídolo ni que la Euroliga esté entre mis sueños más húmedos en materia de organización deportiva, pero las comparaciones son odiosas y ésta de puro odiosa resulta casi estremecedora. Lean la entrevista que se le hace en el Gigantes de diciembre, podrán estar de acuerdo o no con lo que allí se expresa pero al menos comprobarán que la Euroliga sabe a dónde va, que va dando pasos cortos pero firmes en esa dirección y tiene las ideas claras para lograrlo, y que además no anda sola sino que hay alguien al mando, alguien que te podrá gustar más menos pero que parece estar perfectamente capacitado para tal fin. ¿La ACB? La ACB se despeña sin rumbo ni piloto, sin remedio, la ACB es como aquella frase hecha que a veces decían nuestras abuelas, entre todos la mataron y ella sola se murió, un cadáver al que todo lo que se nos ocurre hacer es maquillarlo para que parezca que sigue vivo, podríamos resucitarlo o crear algo nuevo a partir de sus cenizas pero eso nos aterra, preferimos limitarnos a intentar (inútilmente) detener su caída, echarle el freno al féretro para que así parezca despeñarse a menor velocidad. Tarde o temprano se estrellará, y con él se habrá estrellado también todo nuestro baloncesto. Descanse en paz.

(publicado originalmente en Jugant per la vida)

IOWA EXISTE   1 comment

Iowa existe, como Teruel. Iowa es uno de tantos sitios de los que muy rara vez recordamos su existencia, si fuera usted a concursar al Un Dos Tres Responda Otra Vez (ya sé que los más jóvenes no tendrán ya ni idea de qué era eso, pero aún así correré el riesgo) y le preguntaran por estados de los Estados Unidos de América, por veinticinco pesetas cada uno (ya sé que los más jóvenes tampoco tendrán ya ni idea de qué era eso de las pesetas, pero aún así volveré a correr el riesgo), probablemente jamás se acordaría de Iowa como tampoco se acordaría de Idaho, Montana (si no fuera por Joe, o por Hanna), las Dakotas, Nebraska o Wyoming (si no fuera por el Gran) pongamos por caso. La América profunda, como dicen por allá. Y sin embargo Iowa existe, aunque no lo parezca: tiene casi tres millones de habitantes y cuenta en su territorio con metrópolis tan renombradas como Des Moines, Davenport, Cedar Rapids, Sioux City, Ames o Iowa City por ejemplo. Sí, Iowa existe, vaya que si existe. También en baloncesto.

Más allá de apariciones puntuales como aquella de Northern Iowa en marzo de 2010. cuando contra todo pronóstico se cargaron en segunda ronda a los entonces número 1 de la nación Jayhawks de Kansas (en lo que supuso el minuto de gloria de aquel Ali Farokhmanesh, de quien luego poco más se supo), la historia del baloncesto en Iowa es sobre todo la historia de los dos grandes colleges del Estado, a saber: la Universidad de Iowa State, por otro nombre los Cyclones (sospecho que debe tratarse de un fenómeno meteorológico bastante frecuente por aquellos pagos), sita en Ames, Iowa; y la Universidad de Iowa (a la que de vez en cuando nos referiremos como Iowa a secas, para diferenciarlas mejor), por otro nombre los Hawkeyes (Ojos de Halcón, como si dijéramos) y sita en Iowa City, Iowa.

Ambas universidades tienen su historia, no vayan a pensar. Probablemente ésta se remonte al principio de los tiempos (de los tiempos baloncestísticos, me refiero) pero en lo que a mí respecta se remonta a finales del siglo pasado, más o menos el momento en que el baloncesto universitario dejó de ser un simple pasatiempo o una mera afición para convertírseme (casi) en obsesión. Mis primeros recuerdos de Iowa State son los de un equipo entrenado por Larry Eustachy en el que jugaban por aquel entonces dos auténticos referentes: de un lado un fornido ala-pívot tan limitado en centímetros como sobrado de talento y (mal) carácter llamado Marcus Fizer, que cayó muy alto en el draft, apenas asomó por los Bulls, pasó con cierto éxito por Murcia, hizo incluso sus pinitos en Maccabi y del que lo último que supe es que andaba triunfando en Estudiantes (de Bahía Blanca, no se confundan), y yo bien que me alegro; y del otro lado un base que a mí me fascinaba, un auténtico jugón de playground que aún a pesar de su carácter rebelde y pendenciero era también magnífico en la labor de asistir e implicar a sus compañeros, un tipo llamado Jamaal Tinsley al que su mala cabeza (y su mala salud también, a veces) no le permitió hacer la gran carrera a la que parecía destinado en el siguiente nivel. Luego fueron pasando los años, Eustachy se fue con la música a otra parte (a día de hoy anda en Colorado State) y la historia en el campus de Ames desde hace ya cuatro temporadas la escribe un sujeto al que tal vez recuerden enchufando triples en Pacers, Bulls o Wolves, Fred Hoiberg. Desde entonces sus Cyclones no han hecho más que crecer: en 2012 ya fueron muy grandes de la mano de esa problemática maravilla llamada Royce White (qué historia más triste) y este año pasado aún pudieron serlo más, de hecho de no haber sido por aquel histórico triple sobre la bocina de Aaron Craft (que salvó los muebles de Ohio State) vaya usted a saber de qué estaríamos hablando ahora.

Aquel equipo que cayó en tercera ronda fue el germen de éste que aún continúa invicto a día de hoy (14-0 en el momento en que lo escribo, viernes 10 de enero), de hecho las dos principales patas sobre las que se asienta siguen siendo las mismas, Ejim y Niang, suenan exóticos pero no se dejen engañar por las apariencias. Melvin Ejim, canadiense de Toronto, es un extraordinario alero: buenas condiciones físicas y aún mejores condiciones técnicas a las que hay que añadir una deliciosa muñeca; y Georges Niang, estadounidense de Massachusetts, es un no menos extraordinario ala-pívot, que por físico no lo parece pero que muestra una clase en sus movimientos cerca del aro (así de frente como de espaldas) de esas que causan sensación, así como una mano muy a tener en cuenta en las distancias cortas. Ejim es ya sénior, si la NBA no le quiere (que a día de hoy no parece que se le vea en los pronósticos pre draft) créanme que yo de tener un equipo ACB me tiraría en plancha a por él, y hasta le pondría la alfombra a su llegada al aeropuerto. Niang es todavía sophomore, todo parece indicar que se tirará aún sus dos buenos años más en Ames, dado que es muy probable que la NBA tampoco se acuerde de él yo iría ya preparándole la alfombra para cuando acabe la carrera…

Son sus dos principales patas pero no las únicas, déjenme que les hable también de un peculiar sujeto llamado DeAndre Kane, que atesora calidad e intensidad por arrobas y al que las circunstancias en la confección de la plantilla (estas cosas son así a veces en este baloncesto) le obligan a desempeñar el papel de base… lo cual no quiere decir que lo sea. No lo es en absoluto (o a mí no me lo parece, al menos), pero ello no significa que no pueda salir del paso y hasta marcarse partidazos como el que se marcó este pasado martes ante Baylor (otro de los gallitos de la NCAA en general y de la Big12 en particular): 30 puntos, 8 rebotes, 9 asistencias y 5 robos, la criatura. Añádanle a todo ello las socorridas y eficaces aportaciones de Dustin Hogue, Naz Long, Percy Gibson y de los freshmen Matt Thomas y Monté Morris (quizá lo más parecido a un director de juego que tengan en plantilla) y ya tendremos el lote completo, un lote que a día de hoy continúa poniendo patas arriba la NCAA. Y lo que les queda.

Cambiémonos ahora de acera y vayámonos a Iowa City, territorio de los Hawkeyes. Mis primeros recuerdos de esta Iowa a secas datan también de finales del siglo pasado o comienzos del presente, a los mandos un sujeto que había sido estrella en los Hoosiers y empezaba a labrarse una sólida carrera en los banquillos, nada menos que Steve Alford, a día de hoy flamante técnico de los Bruins de UCLA. Y a sus órdenes (entre otros muchos) un jugador que parecía tenerlo todo para triunfar incluso en la NBA hasta que aquel terrible accidente cortó dramáticamente su progresión, debiendo conformarse con acabar ganándose la vida en ligas más o menos menores como por ejemplo la nuestra, seguro que en Girona o Bilbao todavía se acordarán de Luke Recker. Luego pasaron los años, Alford se cruzó el país de norte a sur para continuar su brillante carrera en Nuevo México y hasta Iowa City llegó finalmente quien puede que sea a día de hoy uno de los mejores a la par que más infravalorados técnicos de toda la nación, Fran McCaffery. Con él Iowa (a secas) tiene siempre un sello propio que hace que cada vez que les ves exclames ¡joder, qué bien juega este equipo! Como Notre Dame, como Butler, como tantos otros que podrán tener mejores o peores jugadores, mejores o peores camadas, mejores o peores resultados pero que siempre que te los echas a la cara te transmiten la sensación de tener un magnífico entrenador detrás.

Iowa a secas tiene justo aquello de lo que adolece Iowa State: un base, un base de los verdad, de los que juegan y (sobre todo) hacen jugar, Mike Gesell, que está aún en su segundo año por lo que en condiciones normales (y dado que no responde precisamente al perfil físico imperante, ese que haría que en la NBA se pelearan por sus huesitos) dispondrá aún de otros dos para acabar de pulir defectillos y para hacer de estos Hawkeyes un equipo aún mejor si cabe. A su lado un buen escolta anotador de-los-de-toda-la-vida, Roy Devyn Marble, y ya más hacia adentro iremos encontrando la pétrea solidez del alero Aaron White, la eficacia del cénter (o similar) Adam Woodbury, la socorrida aportación del transfer (escapado de Wisconsin) Uthoff y el trabajo sucio bajo los aros de Basabe u Olaseni. Equipo compensado, más para mi gusto que Iowa State (puestos a comparar) aunque sin tanta calidad como atesoran los Cyclones (salvo en la dirección del juego). Suficiente en cualquier caso para estar ya 13-3 (a la hora de escribirlo, viernes 10, recuerden), esa tercera derrota ocurrida esta misma semana en cancha de otro de los gallitos de la competición (y otro de los invictos a día de hoy), Wisconsin, una derrota que tuvo también su historia: Iowa fue por delante en el marcador durante tres cuartas partes del partido (y créanme que ir ganando a Wisconsin no es nada fácil, aún menos en Wisconsin), un partido que tuvo un arbitraje mucho más errático de lo que se estila por aquellos pagos y que acabó desquiciando a ambos dos técnicos. La diferencia fue que el gran técnico local Bo Ryan supo tragarse su desquicie y en cambio McCaffery en un momento dado explotó, se fue como una fiera a por los árbitros, le cascaron dos técnicas más la expulsión consiguiente, un verdadero punto de inflexión (tanto más con el chorro de tiros libres que trajo consigo) a partir del cual ya no existieron los Hawkeyes. Una verdadera pena.

Ambas iowas no tendrían por qué encontrarse ya que militan en conferencias diferentes, Cyclones en la Big12 (Kansas, Texas, Baylor, las oklahomas…) y Hawkeyes en la Big10 (Indiana, Ohio St., Illinois, Wisconsin, las michigans), pero aún así no dejan pasar la oportunidad de citarse año tras año en uno de tantos rivalry games como jalonan el calendario universitario durante su periodo de non-conference. En otras temporadas ese derby acostumbraba a pasar casi desapercibido fuera de los confines del Estado, ésta en cambio se televisó a toda la nación ya que era la primera vez en la historia en que ambas se enfrentaban formando parte del Top25, el ranking semanal que clasifica a las mejores universidades de la nación. El duelo se disputó el viernes 13 de diciembre en cancha de Iowa State y no hará falta que les diga que cayó también del lado de Iowa State (como no podía ser de otra manera, dado que antes les dije que estaban invictos), 85-82, no sin que ambos colleges ofrecieran un espectáculo formidable que durante muchos minutos pareció que se resolvería justo al contrario, ya que durante buena parte del encuentro fueron los Hawkeyes quienes llevaron la iniciativa en el marcador. Muchos aficionados norteamericanos debieron descubrir aquella misma noche que Iowa existe, muchos más habrán podido confirmarlo esta misma semana tras sus respectivos (y ya comentados) enfrentamientos ante Baylor y Wisconsin. si a alguno aún no le quedara claro seguro que allá por marzo acabará saliendo definitivamente de dudas. Iowa existe, créanselo, y además tiene pinta de que va a seguir existiendo (en términos baloncestísticos, entiéndase) durante mucho más tiempo todavía.

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

Aclaración a posteriori: lo malo de publicar las cosas dos días después de escribirlas es que te puede pasar esto, que se te desactualicen antes de que te des cuenta. Hoy Iowa State ya no está invicta, conoció su primera derrota de la temporada este sábado en su visita a los Sooners de Oklahoma, 87-82. Quede aquí al menos constancia del hecho (dado que me da pereza reescribir casi todo lo anterior…)

GABINETE CALIPARI   3 comments

No sé por qué tengo la sensación de que cada vez que escribo sobre Kentucky (Universidad de) acabo escribiendo exactamente lo mismo. Cambian los apellidos, cambian (de un año para otro, indefectiblemente) los jugadores pero la vida sigue igual en Lexington, la filosofía sigue siendo la misma, una filosofía que no no mira al futuro sino al presente (o a veces ni eso siquiera), que según crea equipos los destruye, que no es alta costura sino pret a porter, que no implica vocación de permanencia sino un mero usar y tirar. La filosofía del one and done colectivo, las criaturas llegan, pasan un año por imperativo legal y luego se van perdiendo el culo a por los dólares de la NBA, tanto dará que luego sean estrellas como que se lo pelen (el culo, me refiero) en los banquillos por haberse ido sin la debida preparación, tanto dará ser un John Wall como ser un Daniel Orton, toma el dinero y corre, sólo cuenta el hoy, el mañana a quién le importa, ya nos preocuparemos por él cuando llegue si es que llega. Puro Calipari.

Hace casi dos años ganaron el título y no faltaron entonces los iluminados que saludaron aquel acontecimiento como si fuera el advenimiento de una nueva era, podrá parecer exagerado pero creo recordar que la frase en algún caso fue casi literal. Como si aquel resultado supusiera un antes y un después, un cambio de filosofía colectiva en la NCAA. Como si el resto de universidades pudieran reclutar lo que recluta Kentucky, como si pudieran conformarse con tener a sus chavales un año y luego despacharlos, como si ya no fuera su tarea formarlos (para el baloncesto, para la vida) durante cuatro cursos sucesivos. Estos iluminados tienden a confundir sus deseos con la realidad, trátase en su mayor parte de enebeadictos que en su día consideraron a la NCAA como un mal necesario y hoy ya ni eso siquiera, hoy miran a la NCAA como si fuera la NBDL porque en el fondo les encantaría que así fuera, que la NCAA acabara siendo devorada por la propia Liga de Desarrollo de la NBA. No digo que no pueda acabar sucediendo dentro de veinte o treinta años pero lo cierto es que a día de hoy las cosas siguen más o menos como estaban: la NCAA (aún con sus evidentes contradicciones) sigue viva y aparentemente goza de buena salud, Kentucky sigue reclutando año tras año lo más florido y granado de cada promoción, Kansas o Duke también suelen pescar algún que otro prodigio y el resto (es decir, las restantes trescientas y pico universidades) se limitan a seguir entendiendo este baloncesto igual que siempre lo entendieron, como un proceso de formación a medio/largo plazo. Si el título de Kentucky supuso el advenimiento de una nueva era la verdad es que lo disimula bastante bien, por ahora la vida sigue igual. Y que dure.

Kentucky también sigue igual, como esa especie de sucursal NBA en territorio NCAA a la que ya vamos estando acostumbrados. Hace ya unos cuantos años se instauró entre las estrellas de instituto ese lugar común, nada como una estancia de apenas unos mesecitos en el Gabinete del Doctor Calipari para salir ya perfectamente preparados para la LIGA con mayúsculas, si hay que pasar necesariamente por la universidad procuremos al menos hacerlo donde más parecida sea a lo que nos vayamos a encontrar después, donde nadie nos pregunte si vamos a seguir y todos den ya por hecho que sólo estamos de paso. El propio Calipari echó más leña al fuego (digámoslo así) este pasado verano con unas declaraciones que no recuerdo textualmente (soy así de torpe) pero en las que más o menos venía a decir que él no entrena a un equipo sino que entrena jugadores, sin más, como si sólo fuera un mero preparador individual y se le diera una higa lo que hicieran colectivamente sus Wildcats. Ese es el modelo, que a aquellos que siempre entendimos el baloncesto como un deporte colectivo nos chirría extraordinariamente pero que a sus aficionados se ve que les encanta, total a quién le importa crear equipo si la mera suma de individualidades ya les basta para conseguir títulos como aquel de 2012. Allá ellos.

Claro está, en tratándose de la mera suma de individualidades igual te puede pasar que ganes el título, véase 2012, como que ni siquiera te metas en el March Madness (lesión de Noel mediante), véase 2013. ¿En 2014? Evidentemente en 2014 estamos (al menos a priori) mucho más cerca de la realidad de hace dos cursos que de la de esta pasada temporada, es bien sabido que la camada de novatos de este año es extraordinaria y lógicamente una buena parte de ella fue a parar a Lexington, ya ven qué casualidad. Tres joyas de la corona había en el mercado, se les escapó Wiggins que fue a parar a Kansas, se les escapó el maravilloso Jabari Parker que prefirió Duke pero se llevaron finalmente al huerto al imponente Julius Randle. Y a partir de ahí vino todo lo demás.

Julius Randle es un nombre que probablemente a estas alturas ya les resultará familiar (como Wiggins, como Jabari) aunque no sepan nada de baloncesto universitario, y que aún mucho más familiar les empezará a resultar dentro de unos meses cuando le vean aparecer en los puestos más altos del draft. Julius Randle es un ala-pívot cuyo físico así de primeras no recuerda tanto al de un Karl Malone como al de (por ejemplo) un Zach Randolph de la vida, es decir, más redondeado que musculado todavía a estas alturas. Pero es que estas alturas son apenas 19 años recién cumplidos, es decir, tiempo (y actitud, parece) tiene por delante para que le veamos convertirse en una fuerza de la naturaleza. Todo lo cual por sí mismo ya está muy bien, pero es que además la criatura no es sólo el típico cacho carne sino que sabe jugar, y mucho. Imparable en el uno contra uno, aguanta bien los dos contra uno, buena mano en las distancias cortas (y a ratos también en las más largas), es una mala bestia en el rebote y tiene además un primer paso sencillamente demoledor, muy superior a lo que solemos encontrar en jugadores de su tamaño (tamaño que en lo que se refiere a estatura tampoco es desmesurado, en pies le dan 6,9 que traducidos a metros vendrían a ser como 2,05 más o menos, no le vendría mal algún centímetro de más para sobrevivir en el siguiente nivel). Por ponerle alguna pega me da que es tan imparable de cara al aro como muy mejorable todavía de espaldas al aro, aún no se prodiga demasiado en esa suerte (entre otras cosas porque el puesto de cénter en Kentucky está muy bien cubierto, como luego veremos), nada que no pueda trabajar en cuanto se lo proponga. Y por ponerle otra pega, ya en un par de partidos le he visto dolerse de achaques diversos, nada de particular si no fuera porque está justo en esa fase en la que todo se lo van a mirar con lupa. Problemas menores en cualquier caso, la criatura es una joyita también en actitud e implicación, nada que ver con algún antecesor suyo en ese centro ni con ese otro Wiggins que parece situarse siempre por encima del bien y del mal (ya les contaré cuando hablemos de Kansas). En condiciones normales habremos de tener Randle para muchos, muchos años.

Toca ahora hablar de los gemelos Harrison, Andrew y Aaron, uno y dos, dorsal 5 y dorsal 2 respectivamente. Dos gotas de agua, de esos que te los imaginas dando el pego, intercambiándose en los exámenes o jugando cada uno con la camiseta del otro… aunque en lo tocante a su juego sí que existen pequeñas pero significativas diferencias. Aaron (el dos) es más tirador (aunque también ataca bien el aro), más jugón como si dijéramos, no se le aprecian actitudes de base aunque tampoco le vendría mal ir adquiriéndolas porque difícil será que se gane la vida como escolta. Andrew (el uno) es tan buen penetrador como su hermano pero con mucha menos muñeca, algo que se hace notar incluso en los tiros libres; obviamente es más director de juego pero tampoco crean que llama la atención en ese aspecto: mucho más administrativo que creativo, mucho más de soltarla sin más a ver si así le vuelve, mucho más de jugársela que de pasar, al igual que su hermano. Ambos dos tienen el potencial para llegar a ser muy buenos pero ambos dos a día de hoy me dejan muy muy frío, qué le vamos a hacer. Si aguantan al menos otro año en el campus quizá tengan aún tiempo de hacerme cambiar de opinión.

Y aún encontrarán un cuarto freshman en el quinteto titular… pero last but not least como suele decirse, porque a mí (que soy muy raro) es casi el que más me gusta de los cuatro, si acaso en dura competencia con Randle: se llama James Young, juega aquí de tres aunque para el siguiente nivel será en mejor de los casos un dos/tres (o más bien un dos a secas) y es de esas criaturas que hacen que este juego parezca fácil, de esas que te transmiten la sensación de hacerlo todo bien. Ya quisieran por ejemplo los gemelos Harrison tener la visión de juego y el talento para el pase que atesora este Young, y así tantas otras cosas: tiro exterior sublime, explosividad cuando es necesaria, colaboración en todos y cada uno de los departamentos del juego. Eligió Kentucky y en el pecado llevó la penitencia, en mi opinión: podrá ganar muchos partidos, podrá hasta ser campeón incluso pero su presencia aquí estará mucho más opacada (por Randle) de lo que lo estaría en cualquier otra universidad donde fuera el puto amo, con perdón. Con todo y con eso es carne de draft, carne de one and done, diría yo incluso que carne de lotería. James Young, suena  a nombre y apellido común y corriente pero mejor será que no se nos olvide de ahora en adelante.

El titular que nos queda ya no es freshman (aunque parezca increíble) sino sophomore, se llama Willie Cauley-Stein y es otro al que encontraremos en puestos de arriba del próximo draft dado que la carne de cénter bueno se cotiza bastante por aquellos pagos (y por éstos). Cauley-Stein causó sensación en su año freshman (casi tanto como Noel, aún más tras la lesión de éste), contra todo pronóstico (y con buen criterio) decidió volver al campus para su segundo año, todos pensamos entonces que sería instrumental en estos Wildcats 2013/2014… y la sensación que ahora nos queda (a mí, al menos) es como de un sí, pero. Que está muy bien, no digo yo que no, pero que podría estar mucho mejor. Que del año pasado a éste la única evolución que se le aprecia es la del color de su pelo. Importante sin duda… pero no tanto como debería serlo. Digamos también en su defensa que acaso este año brille menos porque tenga mejores compañeros alrededor, algo que también afecta (y cómo) a otro que volvió para su año sophomore, el sexto hombre Alex Poythress. He ahí otra de las contradicciones del caliparismo: eres ya importante en tu primer año, eliges volver al campus para seguir mejorando y perfeccionando tu juego… y resulta que acabas jugando mucho menos de lo que jugabas antes porque te comen el sitio todos aquellos que llegaron tras de ti. El mundo al revés.

Completan la rotación el base sénior (sí, por increíble que resulte también juega un sénior, a veces) Jarrod Polson y cómo no, otros dos freshmen, no tan epatantes como los cuatro titulares pero que también tienen sus minutos y aún más tendrán en años venideros si no cometen el error de marcharse antes de tiempo (y si no aterriza luego otra camada de novatos que también les cierre el paso, claro), el base Dominique Hawkins y el imponente (pero aún muy tierno) sietepiés Dakari Johnson. Súmenlo todo ello y el resultado les dará una sobredosis de talento que en su día hizo que casi todos los analistas les dieran como máximos favoritos en los meses previos al comienzo de temporada. Hoy ya las cosas son ligeramente diferentes, me temo. Llevan ya tres derrotas (por doce victorias), tres derrotas que además tuve ocasión de presenciar, ante Michigan State, ante Baylor y ante los sorprendentes (por irregulares) Tar Heels de North Carolina. Tres derrotas que evidenciaron dos obviedades: que les falta experiencia y que un equipo acostumbra a ser mucho más que la mera suma de sus miembros. El talento lo tienen, la cohesión (aún por secundaria que a su técnico le parezca) tendrá que llegar también tarde o temprano. Acaso ya esté llegando, de hecho en su último partido ganaron con suficiencia a Louisville en el habitual derby de Kentucky de cada final de diciembre. Ganaron aún teniendo que prescindir de Randle durante los últimos minutos, ganaron también gracias a que el partido se jugó en su Rupp Arena, de haber sido en el KFC Yum! Center (nada menos) de Louisville quizá la historia habría sido muy distinta. En cualquier caso están ya en el buen camino estos Wildcats, qué duda cabe de que volverán a estar entre los favoritos… pero eso, a estar entre, no a ser, no sé si captan la sutil diferencia: hoy ya nadie apuesta que esta Big Blue Nation vaya a llevarse necesariamente el gato al agua… lo cual tampoco significa que no pueda llevárselo a poco que se lo proponga. Mimbres tienen para ello, más que nadie. Ya otra cosa será que acaben de hacer el cesto.

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

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