IOWA EXISTE   1 comment

Iowa existe, como Teruel. Iowa es uno de tantos sitios de los que muy rara vez recordamos su existencia, si fuera usted a concursar al Un Dos Tres Responda Otra Vez (ya sé que los más jóvenes no tendrán ya ni idea de qué era eso, pero aún así correré el riesgo) y le preguntaran por estados de los Estados Unidos de América, por veinticinco pesetas cada uno (ya sé que los más jóvenes tampoco tendrán ya ni idea de qué era eso de las pesetas, pero aún así volveré a correr el riesgo), probablemente jamás se acordaría de Iowa como tampoco se acordaría de Idaho, Montana (si no fuera por Joe, o por Hanna), las Dakotas, Nebraska o Wyoming (si no fuera por el Gran) pongamos por caso. La América profunda, como dicen por allá. Y sin embargo Iowa existe, aunque no lo parezca: tiene casi tres millones de habitantes y cuenta en su territorio con metrópolis tan renombradas como Des Moines, Davenport, Cedar Rapids, Sioux City, Ames o Iowa City por ejemplo. Sí, Iowa existe, vaya que si existe. También en baloncesto.

Más allá de apariciones puntuales como aquella de Northern Iowa en marzo de 2010. cuando contra todo pronóstico se cargaron en segunda ronda a los entonces número 1 de la nación Jayhawks de Kansas (en lo que supuso el minuto de gloria de aquel Ali Farokhmanesh, de quien luego poco más se supo), la historia del baloncesto en Iowa es sobre todo la historia de los dos grandes colleges del Estado, a saber: la Universidad de Iowa State, por otro nombre los Cyclones (sospecho que debe tratarse de un fenómeno meteorológico bastante frecuente por aquellos pagos), sita en Ames, Iowa; y la Universidad de Iowa (a la que de vez en cuando nos referiremos como Iowa a secas, para diferenciarlas mejor), por otro nombre los Hawkeyes (Ojos de Halcón, como si dijéramos) y sita en Iowa City, Iowa.

Ambas universidades tienen su historia, no vayan a pensar. Probablemente ésta se remonte al principio de los tiempos (de los tiempos baloncestísticos, me refiero) pero en lo que a mí respecta se remonta a finales del siglo pasado, más o menos el momento en que el baloncesto universitario dejó de ser un simple pasatiempo o una mera afición para convertírseme (casi) en obsesión. Mis primeros recuerdos de Iowa State son los de un equipo entrenado por Larry Eustachy en el que jugaban por aquel entonces dos auténticos referentes: de un lado un fornido ala-pívot tan limitado en centímetros como sobrado de talento y (mal) carácter llamado Marcus Fizer, que cayó muy alto en el draft, apenas asomó por los Bulls, pasó con cierto éxito por Murcia, hizo incluso sus pinitos en Maccabi y del que lo último que supe es que andaba triunfando en Estudiantes (de Bahía Blanca, no se confundan), y yo bien que me alegro; y del otro lado un base que a mí me fascinaba, un auténtico jugón de playground que aún a pesar de su carácter rebelde y pendenciero era también magnífico en la labor de asistir e implicar a sus compañeros, un tipo llamado Jamaal Tinsley al que su mala cabeza (y su mala salud también, a veces) no le permitió hacer la gran carrera a la que parecía destinado en el siguiente nivel. Luego fueron pasando los años, Eustachy se fue con la música a otra parte (a día de hoy anda en Colorado State) y la historia en el campus de Ames desde hace ya cuatro temporadas la escribe un sujeto al que tal vez recuerden enchufando triples en Pacers, Bulls o Wolves, Fred Hoiberg. Desde entonces sus Cyclones no han hecho más que crecer: en 2012 ya fueron muy grandes de la mano de esa problemática maravilla llamada Royce White (qué historia más triste) y este año pasado aún pudieron serlo más, de hecho de no haber sido por aquel histórico triple sobre la bocina de Aaron Craft (que salvó los muebles de Ohio State) vaya usted a saber de qué estaríamos hablando ahora.

Aquel equipo que cayó en tercera ronda fue el germen de éste que aún continúa invicto a día de hoy (14-0 en el momento en que lo escribo, viernes 10 de enero), de hecho las dos principales patas sobre las que se asienta siguen siendo las mismas, Ejim y Niang, suenan exóticos pero no se dejen engañar por las apariencias. Melvin Ejim, canadiense de Toronto, es un extraordinario alero: buenas condiciones físicas y aún mejores condiciones técnicas a las que hay que añadir una deliciosa muñeca; y Georges Niang, estadounidense de Massachusetts, es un no menos extraordinario ala-pívot, que por físico no lo parece pero que muestra una clase en sus movimientos cerca del aro (así de frente como de espaldas) de esas que causan sensación, así como una mano muy a tener en cuenta en las distancias cortas. Ejim es ya sénior, si la NBA no le quiere (que a día de hoy no parece que se le vea en los pronósticos pre draft) créanme que yo de tener un equipo ACB me tiraría en plancha a por él, y hasta le pondría la alfombra a su llegada al aeropuerto. Niang es todavía sophomore, todo parece indicar que se tirará aún sus dos buenos años más en Ames, dado que es muy probable que la NBA tampoco se acuerde de él yo iría ya preparándole la alfombra para cuando acabe la carrera…

Son sus dos principales patas pero no las únicas, déjenme que les hable también de un peculiar sujeto llamado DeAndre Kane, que atesora calidad e intensidad por arrobas y al que las circunstancias en la confección de la plantilla (estas cosas son así a veces en este baloncesto) le obligan a desempeñar el papel de base… lo cual no quiere decir que lo sea. No lo es en absoluto (o a mí no me lo parece, al menos), pero ello no significa que no pueda salir del paso y hasta marcarse partidazos como el que se marcó este pasado martes ante Baylor (otro de los gallitos de la NCAA en general y de la Big12 en particular): 30 puntos, 8 rebotes, 9 asistencias y 5 robos, la criatura. Añádanle a todo ello las socorridas y eficaces aportaciones de Dustin Hogue, Naz Long, Percy Gibson y de los freshmen Matt Thomas y Monté Morris (quizá lo más parecido a un director de juego que tengan en plantilla) y ya tendremos el lote completo, un lote que a día de hoy continúa poniendo patas arriba la NCAA. Y lo que les queda.

Cambiémonos ahora de acera y vayámonos a Iowa City, territorio de los Hawkeyes. Mis primeros recuerdos de esta Iowa a secas datan también de finales del siglo pasado o comienzos del presente, a los mandos un sujeto que había sido estrella en los Hoosiers y empezaba a labrarse una sólida carrera en los banquillos, nada menos que Steve Alford, a día de hoy flamante técnico de los Bruins de UCLA. Y a sus órdenes (entre otros muchos) un jugador que parecía tenerlo todo para triunfar incluso en la NBA hasta que aquel terrible accidente cortó dramáticamente su progresión, debiendo conformarse con acabar ganándose la vida en ligas más o menos menores como por ejemplo la nuestra, seguro que en Girona o Bilbao todavía se acordarán de Luke Recker. Luego pasaron los años, Alford se cruzó el país de norte a sur para continuar su brillante carrera en Nuevo México y hasta Iowa City llegó finalmente quien puede que sea a día de hoy uno de los mejores a la par que más infravalorados técnicos de toda la nación, Fran McCaffery. Con él Iowa (a secas) tiene siempre un sello propio que hace que cada vez que les ves exclames ¡joder, qué bien juega este equipo! Como Notre Dame, como Butler, como tantos otros que podrán tener mejores o peores jugadores, mejores o peores camadas, mejores o peores resultados pero que siempre que te los echas a la cara te transmiten la sensación de tener un magnífico entrenador detrás.

Iowa a secas tiene justo aquello de lo que adolece Iowa State: un base, un base de los verdad, de los que juegan y (sobre todo) hacen jugar, Mike Gesell, que está aún en su segundo año por lo que en condiciones normales (y dado que no responde precisamente al perfil físico imperante, ese que haría que en la NBA se pelearan por sus huesitos) dispondrá aún de otros dos para acabar de pulir defectillos y para hacer de estos Hawkeyes un equipo aún mejor si cabe. A su lado un buen escolta anotador de-los-de-toda-la-vida, Roy Devyn Marble, y ya más hacia adentro iremos encontrando la pétrea solidez del alero Aaron White, la eficacia del cénter (o similar) Adam Woodbury, la socorrida aportación del transfer (escapado de Wisconsin) Uthoff y el trabajo sucio bajo los aros de Basabe u Olaseni. Equipo compensado, más para mi gusto que Iowa State (puestos a comparar) aunque sin tanta calidad como atesoran los Cyclones (salvo en la dirección del juego). Suficiente en cualquier caso para estar ya 13-3 (a la hora de escribirlo, viernes 10, recuerden), esa tercera derrota ocurrida esta misma semana en cancha de otro de los gallitos de la competición (y otro de los invictos a día de hoy), Wisconsin, una derrota que tuvo también su historia: Iowa fue por delante en el marcador durante tres cuartas partes del partido (y créanme que ir ganando a Wisconsin no es nada fácil, aún menos en Wisconsin), un partido que tuvo un arbitraje mucho más errático de lo que se estila por aquellos pagos y que acabó desquiciando a ambos dos técnicos. La diferencia fue que el gran técnico local Bo Ryan supo tragarse su desquicie y en cambio McCaffery en un momento dado explotó, se fue como una fiera a por los árbitros, le cascaron dos técnicas más la expulsión consiguiente, un verdadero punto de inflexión (tanto más con el chorro de tiros libres que trajo consigo) a partir del cual ya no existieron los Hawkeyes. Una verdadera pena.

Ambas iowas no tendrían por qué encontrarse ya que militan en conferencias diferentes, Cyclones en la Big12 (Kansas, Texas, Baylor, las oklahomas…) y Hawkeyes en la Big10 (Indiana, Ohio St., Illinois, Wisconsin, las michigans), pero aún así no dejan pasar la oportunidad de citarse año tras año en uno de tantos rivalry games como jalonan el calendario universitario durante su periodo de non-conference. En otras temporadas ese derby acostumbraba a pasar casi desapercibido fuera de los confines del Estado, ésta en cambio se televisó a toda la nación ya que era la primera vez en la historia en que ambas se enfrentaban formando parte del Top25, el ranking semanal que clasifica a las mejores universidades de la nación. El duelo se disputó el viernes 13 de diciembre en cancha de Iowa State y no hará falta que les diga que cayó también del lado de Iowa State (como no podía ser de otra manera, dado que antes les dije que estaban invictos), 85-82, no sin que ambos colleges ofrecieran un espectáculo formidable que durante muchos minutos pareció que se resolvería justo al contrario, ya que durante buena parte del encuentro fueron los Hawkeyes quienes llevaron la iniciativa en el marcador. Muchos aficionados norteamericanos debieron descubrir aquella misma noche que Iowa existe, muchos más habrán podido confirmarlo esta misma semana tras sus respectivos (y ya comentados) enfrentamientos ante Baylor y Wisconsin. si a alguno aún no le quedara claro seguro que allá por marzo acabará saliendo definitivamente de dudas. Iowa existe, créanselo, y además tiene pinta de que va a seguir existiendo (en términos baloncestísticos, entiéndase) durante mucho más tiempo todavía.

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

Aclaración a posteriori: lo malo de publicar las cosas dos días después de escribirlas es que te puede pasar esto, que se te desactualicen antes de que te des cuenta. Hoy Iowa State ya no está invicta, conoció su primera derrota de la temporada este sábado en su visita a los Sooners de Oklahoma, 87-82. Quede aquí al menos constancia del hecho (dado que me da pereza reescribir casi todo lo anterior…)

Anuncios

Una respuesta a “IOWA EXISTE

Suscríbete a los comentarios mediante RSS.

  1. Pingback: CRÓNICAS DE MARZO (II) | ZAID ARENA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: