EL JUGUETE DE CRISTAL   4 comments

Éramos perdedores, por definición. Veníamos del angolazo y caminábamos (alemaniazo mediante) hacia el chinazo. Habíamos interiorizado ya en aquellos primeros noventa (y aún más habríamos de interiorizarla en años venideros) nuestra presunta incapacidad genética para superar el cruce de cuartos de final. Ello a nivel de selección, a nivel de clubes sí que sabíamos alcanzar finales pero todavía no habíamos aprendido cómo ganarlas, o acaso un día lo supiéramos pero lo estábamos olvidando ya con el paso del tiempo. O puede que aún nos acordáramos en torneos menores (esos que aún llamábamos Recopa o Korac) pero en lo tocante a la máxima competición continental no éramos nadie, cada vez menos: año tras año se metía el Barça en esa novedosa innovación llamada Final Four, año tras año se estampaba contra aquella otra innovación no menos novedosa llamada Jugoplastika, año tras año la misma canción. 1991 de alguna manera representó un punto de inflexión: tres finalistas europeos, tres, a razón de uno por competición, qué menos que ganar al menos una de ellas, sólo una siquiera… Y sucedió que el Madrid perdió ante Cantu la Korac y la vida de su técnico (inolvidable Ignacio Pinedo), todo en uno; y sucedió que el CAI perdió (le perdieron, más bien) ante el Paok la Final de Recopa más indigna que se recuerda; y sucedió que el Barça completó la cuadratura del círculo, el más difícil todavía: esta vez le trajeron la Final Four al lado de casa, esta vez le pusieron en sus filas al entrenador que acostumbraba a estar en las de enfrente (Maljkovic), esta vez ya ni siquiera Jugoplastika se llamaba Jugoplastika sino Pop 84 Split, todo lo cual a la larga dio igual porque la historia volvió a acabar exactamente de la misma manera. Tres finales, tres derrotas, trescientosmil artículos en prensa glosando nuestra presunta inferioridad psicológica: no había duda, no sabíamos cómo manejar esa presión, éramos perdedores, llevábamos la derrota en las venas.

¿Quieren más? En 1992 la Copa de Europa pasó a ser Liga Europea, se abrió a más equipos por país y aquí bien que lo aprovechamos, esta vez ya no hubo uno sino dos de los nuestros en Final Four, que nos vamos a Estambul chimpún, la Penya que en semis se carga al Estu, que se cita en la Final con aquel Partizan que durante un tiempo fue de Fuenlabrada, que se ve ya ganadora tras canasta de Tomy Jofresa a falta de 10 segundos, lástima que Sasha Djordjevic no fuera de la misma opinión. Nadie escenificó mejor que Pedro Barthe aquella frustración, si ni siquiera metiendo dos equipos en Final Four somos capaces de ganarla, a lo mejor tendremos que esperar a que lleguen tres, tres de cuatro, a ver si así tuviéramos al menos alguna posibilidad… En 1993 llegó sólo uno pero esta vez fue el Madrid, nada menos que el Real Madrid de Sabonis convertido en hiperarchimegafavorito para la ocasión (al Madrid la hipermegafavoritez se le supone como el valor en la mili, por definición; pero es que esta vez además lo era), hiperarchimegafavoritismo que se estampó de bruces contra la tela de araña limogeois de (otra vez) Maljkovic. No teníamos remedio, éramos tan perdedores que ni siquiera sabíamos qué hacer cuando ganábamos, nos sentíamos tan inferiores que la mera superioridad nos descolocaba, tuvimos en aquellos años a un ciclista que ganaba Tour tras Tour y al que jamás profesamos otra cosa que no fuera indiferencia (e incluso un puntito de desprecio), aquí preferíamos ser de otro cuyos éxitos nunca estuvieron a la altura de sus despistes, será que a éste sí le veíamos como uno de los nuestros. Cuentan que en aquel tiempo un modesto equipo de fútbol perdió una Liga en el último segundo (penalty fallado mediante), cuentan que en la posterior rueda de prensa su entrenador, visiblemente emocionado, vino a decir que la derrota era el estado natural del ser humano. La victoria, en su caso, sería tan solo un mero accidente. Si lo sabríamos nosotros.

Y en éstas llegó la Final Four de 1994. Otra vez dos de los nuestros, otra vez enfrentados en semis por prescripción FIBA no fueran a juntarse dos equipos del mismo país en la Final con lo feo que queda eso. De un lado el Joventut de Obradovic, precisamente Obradovic que fuera su verdugo en los banquillos apenas dos años atrás, había hecho la Penya con Zeljko lo que el Barça años atrás con Boza, si no puedes vencer a tu enemigo únete a él; del otro el Barça de Aíto, un derby catalán en toda regla que esta vez no sería en Barcelona o Badalona sino en la otra punta del Mediterráneo, esa extraña Europa política (que no física) llamada Tel Aviv. De aquel partido siempre recordaré que Aíto se puso en zona (quizás no muy trabajada, o no lo pareció al menos) y empezaron a lloverle triples; Aíto puso la zona y el error no fue ponerla, el error fue mantenella y no enmendalla. Cuando la enmendó fue ya demasiado tarde. La Penya en otra final, apenas un par de años después de la anterior… pero esta vez no íbamos a engañarnos, esta vez favoritos ni en pintura, esta vez el rival no era el humilde Partizan sino el todopoderoso Olympiakos (aún con K), el Olympiakos de los dracmas a espuertas, de los magnates navieros, del dinero por castigo, el Olympiakos de Paspalj, Tarpley, Fassoulas, Sigalas, Tarlac o ese Milan Tomic nacido en Yugoslavia pero que juega como griego no me pregunten ustedes por qué… (Trecet dixit). La de dios. ¿Favoritos, dice usted? Carpe diem, vivamos el momento, disfrutemos del mero hecho de haber llegado hasta aquí. Y que sea lo que dios quiera.

Jueves 21 de abril de 1994. Aparentemente un jueves como otro cualquiera, esta vez ni siquiera era Jueves Santo como tantas veces antes o tantas otras después gracias ese don incomparable que siempre tuvo la FIBA para complicarnos la vida en vacaciones. Un jueves normal y corriente, perfecto para planificarme una tarde perfecta de sofá y partidazo, ajeno por completo al complot que ya entonces se tramaba a mis espaldas. A mis espaldas mi señora y sus dos amigas del alma decidieron que las tres parejas en cuestión llevábamos ya muchos meses sin vernos, que eso no podía continuar así de ningún modo, que esa tarde de jueves era tan perfecta para quedar como cualquier otra. Y ponte a protestar, claro, ponte a argumentar que es un partido muy importante para que te contesten que es que a ti todos los partidos te parecen importantes (la de veces en mi vida que habré escuchado esa frase), ponte a buscar la complicidad de los otros dos maridos (futboleros y madridistas, especialmente uno de ellos) para que te respondan que hombre, si hubiese sido el Madrid entonces está clarísimo que no íbamos a quedar, ni de coña, o si hubiese sido fútbol, pero vamos, por esta mierda de partido por supuesto que no vamos a cambiar los planes, ya me dirás tú… Tocaba ser el raro una vez más, tocaba ponerlo a grabar con la vana esperanza de verlo luego sin saber el resultado, tocaba llegar al bar y encontrártelo ya puesto en el televisor, hoy nos puede parecer ciencia-ficción (hostelería-ficción, más bien) pero puedo asegurarles que en los bares de entonces sí ponían baloncesto (entre otras cosas porque había días en que no había fútbol…) Así vi yo (si es que a eso se le puede llamar ver) aquel partido, en un televisor que apenas llegaría a veinte pulgadas situado a diez o quince metros de mis ojos, cuyo sonido a todo volumen resultaba enmascarado por el griterío de los parroquianos que atiborraban el local. Y a todo esto fingiendo participar en conversaciones sobre las vidas privadas de mis contertulios que en aquel preciso instante (y aunque me esté mal el decirlo) no me interesaban en absoluto. Definitivamente éramos perdedores, sobre todo yo que a esas horas llevaba ya mi derrota puesta de serie. Acabara como acabara la Final.

Empezó por fin aquello con Trecet (que lo veía tan mal como lo veíamos todos, sólo que más de cerca) intentando sacar ilusión de debajo de las piedras, reivindicando nuestro derecho a soñar, apelando incluso a la épica, a la leyenda de Excalibur nada menos, a cómo Arturo sacó la espada de la roca cuando nadie pensaba que él, que era un simple escudero en aquel momento, podría hacerlo... Yo no podía oírlo pero sí veía que por más que la Penya tiraba la espada no salía, que estábamos más nerviosos que ellos, que los rebotes eran griegos, que a siete minutos para el descanso el marcador ya señalaba un desalentador 24-16 para Olympiakos. Quizás fuera lo mejor, quizás eso les permitió sacudirse por fin el corsé, soltarse los brazos, perder los complejos y empezar a jugar de tú a tú. Al respecto no estará de más recordar que cuando más pintaban bastos hubo un jugador llamado Ferrán Martínez (del cual luego no se acordó casi nadie) que fue quien sacó las castañas del fuego y permitió que la Penya llegara no sólo viva sino incluso empatada (a 39) al descanso, triple mediante de Mike Smith literalmente sobre la bocina. Justo antes de que empezara la segunda mitad vino la consabida conexión con la segunda edición del Telediario, fenómeno inevitable en aquella época, en la que el gran Ramón Trecet aprovechó para seguir intentando ganar adeptos para la causa: ¡¡¡si usted quiere vivir un sueño pásese a la segunda cadena porque un equipo español puede ser campeón de Europa!!! Dicho y hecho, nos habíamos ganado por fin el derecho a soñar, ahora ya sólo faltaba que la realidad quisiera parecerse a nuestros sueños.

Pero tras ese descanso lo que vino fue puro cemento, baloncesto de pico y pala, vuelta al corsé, tal vez lo llevaran ambos pero el de la Penya se notaba mucho más. Siete minutos para el final, Olympiacos arriba 57-52, cinco puntos no son nada pero también lo son todo, tanto más si cada punto te cuesta una eternidad. Y entonces fue como si el partido se detuviera, aún más si cabe. Es decir, el reloj seguía corriendo pero el juego parecía haberse parado a su alrededor. Mérito de una Penya que finalmente entendió que el primer paso para sacar la espada quizá fuera romper la piedra, desarticular el juego ofensivo de Olympiakos (es decir, Paspalj) por delante y por detrás. Mérito badalonés a la par que demérito de ese histriónico Ioannidis que jamás tuvo un plan B, o acaso sí lo tuviera pero sus jugadores no debían sabérselo, o acaso sí lo supieran pero no debieron acordarse. Claro que una vez rota la piedra quedaba pegar el tirón definitivo de la espada y eso ya iba a resultar bastante más difícil, aquello no había quien lo moviera, otros cinco minutos y nada, si a falta de siete estábamos 57-52 a falta de dos estábamos 57-53. La hora de Villacampa, por fin. Se levantó de tres, la clavó y fue como si de repente se abrieran las puertas del cielo, 57-56, nuevo ataque fallido griego, balón verdinegro a falta de minuto y medio, quién nos iba a decir entonces que ese ataque duraría minuto y cuarto. Falla Ferrán, rebote Villacampa, falla de nuevo Ferrán, falla el palmeo Mike Smith pero se rebotea a sí mismo, quedan aún 30 segundos, bola de mano en mano hasta encontrar al hombre abierto que resulta ser Rafa Jofresa que en ese último instante ve aún más abierto a Corny, don Cornelius Thompson que se levanta de tres, que la clava y es la gloria, el éxtasis, el delirio, el 57-59. Quedan 15 segundos…

La jugada de Olympiakos terminará en falta sobre Paspalj a 4,8 segundos para el final (que en realidad eran más, pero se les olvidó parar el reloj a tiempo). No es mala falta, dirá Pesquera (allí a la vera de Trecet para los comentarios técnicos), y dirá bien: uno más uno, Paspalj no era un excelso lanzador, en el peor escenario aún quedaría algún segundo para arreglarlo antes de la (hipotética) prórroga… No fue el caso. Paspalj falló el primero luego ya no hubo segundo, rebote para la Penya que en su afán por evitar que salga fuera se lo acabará dando a Olympiakos, tiro desde medio campo a la desesperada, todavía otro rebote para un Paspalj que tira forzadísimo y la estampa contra el aro, se suponía que iban a ser cinco segundos pero fueron diez o doce porque el del reloj volvió a cagarla, porque se le olvidó apretar el botón a su debido tiempo como venía siendo tradicional en las finales europeas de la época, no quiero ni pensar si hubiera llegado a entrar alguno de aquellos tiros, afortunadamente no sucedió, afortunadamente sonó por fin la bocina y ya todo dio igual, ya la Penya en pleno entró en la pista, ya se desató la locura, por fin…

Ya para entonces el bar entero estaba pendiente del televisor, ya para entonces mis dos amigos y yo estábamos en la barra intentando que nos cobraran (mientras nuestras tres respectivas continuaban de cháchara en la mesa) lo cual al menos me permitió ver ese último minuto mucho más de cerca que casi todo lo demás, algo es algo. Eso sí, siempre recordaré la reacción final de mi colega futbolero irredento, que tras felicitarse de que hubiera ganado el Joventut porque era un equipo que le caía bien (le caía bien no por historia ni por tradición ni por lo que representaba para nuestro deporte sino más bien por todo lo contrario, le caía bien por lo mismo que le caía bien el Espanyol, por ser el enemigo interior del Barça) no se privó de añadir su cuñita respecto al resultado, mira qué marcador, 57-59, ¿ves tú?, por eso mismo ya no me gusta el baloncesto, lo decía y se quedaba tan ancho como si en verdad le hubiera gustado alguna vez. Es así, podrá pasarse la vida entera viendo chorrocientosmil partidos que acaben 0-0 ó 1-0 sin que ello le haga renegar jamás del fútbol, en cambio un solo partido a sesenta puntos ya le daba para renegar de todo el baloncesto para toda la eternidad. Han pasado veinte años, pero ya ven que tampoco hemos evolucionado mucho desde entonces.

Como siempre recordaré la entrega del trofeo a Villacampa, ni operativo ni podio ni palco ni hostias sino que se lo entregaron casi clandestinamente, al otro lado del tumulto que se había formado en el centro de la pista. Como siempre recordaré aquel trofeo en sí mismo, aquello ya no era Copa de Europa sino Liga Europea luego la FIBA debió decidir que ya no tenía por qué dar una copa propiamente dicha sino que podía entregar cualquier cosa, por ejemplo aquel extraño objeto minimalista (tenía la mínima lista de cosas que puede tener un trofeo). Que probablemente sería una valiosa escultura en cristal de Murano con incrustaciones de oro macizo de veinticuatro quilates, no digo yo que no, pero que visto así de lejos más bien parecía uno de esos chismes decorativos de metacrilato que puedes comprar en cualquier tienda de chinos (o de todo a cien, que entonces aún no eran chinos). Como siempre recordaré la traca final de un Trecet que había empezado evocando al rey Arturo y acabó evocando a Peter Pan, si acaso quieres volar piensa en algo encantador, como aquella navidad en la que se regalaron juguetes de cristal; volarás, volarás, volarás… Qué razón tenía. Aquel jueves 21 de abril de 1994 ya no era navidad ni tan siquiera semana santa pero aún así aquella Penya se creyó una vez más con derecho a soñar, pensó en algo encantador, tuvo por fin su juguete de cristal (nunca mejor dicho a la vista del trofeo), voló, voló, voló… y aún por duro que fuera luego el aterrizaje (que lo fue) no importó, a quién habría de importarle cuando has alcanzado el cielo.

Como bien dicen que dijo entre lágrimas aquel sabio entrenador gallego (de nombre Arsenio, como probablemente ya habrán adivinado) la derrota es consustancial al ser humano, en cambio la victoria es sólo un accidente. Toda vida acaba en derrota, y ante eso sólo nos quedarán las pequeñas (o grandes) victorias que hayamos sido capaces de arañar por el camino. La vida de la Penya pendió de un hilo en los siguientes años, se vio más veces fuera que dentro de este mundo, pagó con creces (esto les sonará) haber vivido por encima de sus posibilidades. Pero ¿saben qué les digo? Que les quiten lo bailao. La Penya de alguna manera se refundó, vendió y vendió para sobrevivir, recuperó sus orígenes, volvió a sus esencias y no diré que hoy goce de buena salud (¿y quién goza de buena salud -económicamente hablando- en estos tiempos que corren?) pero sí que puede hoy mirar al presente e incluso al futuro con dignidad. Y al pasado, por supuesto. Pase lo que pase de ahora en adelante siempre les quedarán las ligas y las copas, las recopas, Korac y ULEB pero por encima de todas ellas siempre les quedará aquella Liga Europea, aquella inolvidable noche de Tel Aviv cuando por fin entendimos que el mero hecho de jugar finales de la máxima competición continental no tenía por qué ser sinónimo de perderlas, de hecho el mismo Real Madrid se encargó también de refrendarlo al año siguiente (Obradovic mediante, again) para que ya no nos quedara ninguna duda. Lentamente fuimos descubriendo que no era cierto lo que nos habían contado, que no llevábamos la derrota grabada a fuego en los genes, que no teníamos por que sentirnos inferiores a nadie aunque demasiadas veces lo pareciéramos. Lentamente fuimos dejando de ser perdedores en el deporte, casi al mismo tiempo que empezamos a serlo en otros menesteres (mucho más importantes) de la vida. Pero esa es otra historia…

(publicado originalmente en tirandoafallar.com)

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4 Respuestas a “EL JUGUETE DE CRISTAL

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  1. Qué gran artículo Zaid… que grande. Durante estos días he leído otros, pero ninguno ha sabido sacar de mí los recuerdos de aquellas emociones vividas esa tarde como lo has hecho tú. Quizás porque, al igual que tú, yo también vi aquella final en un bar y también tuve que soportar tener que verla entre futboleros. La vi en un bar mediano, pero con un televisor grande y buenísimo, preparado para el futbol del Plus o de Vía Digital, donde estábamos cuatro gatos y en el que me costó un triunfo que entendieran que, aunque jugaba el Juventud, se debía poner aquel partido. Al final todo el mundo estaba pendiente del televisor. Como bien has dicho, “hostelería-ficción”

    También me quedo con otras dos frases. La primea es “mira qué marcador, 57-59, ¿ves tú?, por eso mismo ya no me gusta el baloncesto,”. Porque, después de describir tan bien la escena, esta frase la dota de la atmosfera que rodeaba el baloncesto de aquella época. Un deporte que empezaba a desarrollar la rueda que acababa de inventar, y al que las mentes futboleras miraban con recelo porque no querían entender nada. Era como el chico nuevo del barrio, que no necesita adaptarse porque sabe que en su diferencia está la virtud porque no pertenece a ese mundo. Un lugar en el que los antiguos vecinos tratan de adaptar su mentalidad para ver la mejor forma de que el nuevo vecino sea como ellos. El baloncesto estaba pasando de ser un juego de niñas a ser el patito feo de los marcadores bajos. Pero fue imposible cambiar al vecino, que ya estaba mutando en cisne, porque el desarrollo del baloncesto fue algo exponencial, imposible de parar con la incorporación de las nuevas generaciones. Y, “aquellos futboleros” ya no necesitan despreciar el baloncesto para eliminar “aquellas conversaciones” que les eran tan incomodas porque hoy en día o están incorporados a la causa porque algún hijo-a o sobrino-a juega a esto y saben más que tú o buscan desviar la conversación hacia otros derroteros. Fue algo así como lo que hoy es la incorporación al deporte del futbol femenino.

    La segunda es “Lentamente fuimos dejando de ser perdedores en el deporte, casi al mismo tiempo que empezamos a serlo en otros menesteres (mucho más importantes) de la vida.” Me quedo con esta frase porque describe perfectamente muchas cosas de lo que han sido nuestros veinte y pico años de camino por la UE.

    Gracias, Zaid, por este artículo tan emotivo.

  2. Soy culpable de releer este articulo un par de veces más. Es como ver una buena película dos o tres veces. Pienso que es un articulo que debería haber sido publicado en El Pais o en El Huffington Post. Me gusta, me parece muy bueno y así lo digo una vez más. Zaid te lo vuelvo a decir, es un gran articulo.

    Ademas añado el vídeo del homenaje como colofón.

  3. Gracias a ti Orofino, por tus palabras y por colgar ese vídeo que viene que ni pintado para cerrar el artículo. Volví a ver aquel partido días después (grabado, ya tranquilamente en el sofá de mi casa) y evidentemente he vuelto a verlo ahora, veinte años después, para “documentarme” como es debido. Y me ha encantado volver a verlo y me ha encantado escribirlo, aún por trabajoso que haya resultado lo he disfrutado muchísimo. Como bien dices, eran otros tiempos (magnífica esa metáfora del “chico nuevo del barrio”), peores en muchas cosas… y también mejores en otras en las que seguimos yendo para atrás. Pero insisto, esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión… o en otro lugar. Un fuerte abrazo.

  4. Pingback: PENYAZO | ZAID ARENA

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