Archivo para mayo 2014

GRANDEZAS Y MISERIAS   3 comments

Miren que se lo dije hace ya casi un año, que entonces Laso ganó la Liga y sólo por eso le perdonaron que no hubiera ganado la Euroliga, pero que en este 2014 ya podría ganar Liga, Copa, Supercopa y Recontracopa (si la hubiere) que si no ganaba también la Euroliga no se lo iban a perdonar… Dicho y hecho: a día de hoy el Real Madrid es el vigente campeón de Liga y Copa, sólo con eso cualquier otra afición viviría ya instalada en el éxtasis permanente pero ésta no, a (buena parte de) la merengada no le basta, como si su superioridad local viniese ya de serie y se diera por supuesta, como si todas esas competiciones nacionales no fueran más que meros trofeos veraniegos al lado de la gran competición continental. Me dirán que esa es precisamente la grandeza de la entidad pero yo más bien creo que es la miseria de la entidad: la incapacidad para disfrutar de las cosas pequeñas, esa sensación de que ganes lo que ganes no puedes festejarlo porque siempre te quedará otra cosa más importante por ganar. Les pondré un ejemplo que no es de baloncesto sino de fútbol y que no es de ahora sino de finales de los ochenta, de un Madrid que ganaba sistemáticamente liga tras liga y se estrellaba sistemáticamente en la Copa de Europa, de una afición tan obsesionada por esa competición que incluso abucheaba a sus jugadores en el mismo momento de obtener el título nacional. A lo mejor tendremos que perder la Liga un año para que se den cuenta de lo que cuesta ganarla, dijo entonces cabreadísimo un ilustre miembro de aquella Quinta. Tal cual, aquel Madrid no perdió la Liga un año sino cuatro, todas ellas a manos de su odiado rival para más inri, de tal manera que cuando pasado un lustro volvieron a ganarla la cogieron ya con muchísimas más ganas. Es lo que tiene malacostumbrar al personal.

Por supuesto que en estos casos se nos llena la boca de sentencias grandilocuentes, de los subcampeones nadie se acuerda, el segundo es sólo el primero de los que pierden y demás tópicos que no por ser ciertos son menos tópicos (y no por ser tópicos son menos ciertos). Pero puestos a jugar a los tópicos yo más bien creo en esa otra frase que tantas veces solemos dedicar a quienes se quedan en el segundo escalón del podio: ahora están tristes, pero cuando pase un rato y se les pase el disgusto se pararán a pensar y valorarán en su justa medida lo que han conseguido. ¿Cómo dice? ¿Que eso vale para cualquier otro pero no para el Madrid? Ya, claro, la famosa retahíla de que el Madrid por ser quien es habrá de ir de favorito allá donde vaya, de que todo un Real Madrid jamás se puede conformar con ser segundo, juegue donde juegue y sea la competición que sea. Pregúntenle al CSKA, al Barça, al Olympiacos, Panathinaikos o Fenerbahçe, ejemplos casi todos ellos de opulencia deportiva y financiera aún mayor que la del Madrid, a ver cuánto habrían dado ellos por jugar esta Final. ¿Ahora va a resultar que es mejor caer en medio del camino que recorrer entero el camino y caer sólo entonces, siquiera sea a efectos de no hacerse ilusiones? Usted verá. Yo más bien creo que aunque el destino final nos decepcione siempre habrá merecido la pena el viaje, que cualquier cosa será mejor que apearse en marcha a mitad de trayecto. Tanto más tratándose de un viaje tan hermoso como éste.

Pero además: ¿de qué hablamos cuando hablamos de favorito? Una cosa es que aquí el Madrid siempre lo sea y otra ya es que tenga que seguir siéndolo necesariamente cuando lo sacan a pasear por esos mundos de dios. ¿Lo era realmente en esta Final Four? Ateniéndonos exclusivamente a los resultados del Top16 y/o playoffs resulta que hubo dos equipos (Barça y CSKA) que presentaban mejores números, mientras que el tercero (Maccabi, casualmente) racaneó durante el periodo liguero pero sufrió bastante poco en su eliminatoria, aún con desventaja de campo incluso. ¿Qué pasó? Pasó que el viernes Maccabi dio la campanada cargándose al Cheska y que seguidamente el Madrid le metió al Barça de 38, pasó que la suma de ambos factores dio de inmediato como resultado que el equipo blanco ganaría sin bajar del autobús. Resultaba paradójico encontrarse en las horas previas a la Final una sobreabundancia de tuits que manifestaban su preocupación no por el resultado del partido (que ese lo daban por descontado) sino por el conflicto que podría ocasionarse en el entorno del Paseo del Prado entre quienes fueran a la celebración baloncestera blanca y quienes volvieran de la celebración futbolera rojiblanca. Vamos, que en qué cabeza cabía otra posibilidad. Todo eso de alguna manera se transmitió a unos jugadores que del viernes al domingo pasaron de que podían ganar a que tenían que ganar, necesariamente, sí o sí. Unos jugadores que podrán ser muy buenos, podrán ser grandes profesionales, podrán cobrar infinitamente más que usted y que yo pero eso no significa que sean máquinas. Mientras que no se demuestre lo contrario son personas, con sus sensaciones, sus sentimientos, sus emociones. Y su presión. Por supuesto que saben cómo manejarla, por supuesto que es inherente al sueldo pero qué quieren que les diga, una cosa es la presión y otra muy distinta la sobrepresión. Tengo para mí que de haber ganado al Barça de manera (digamos) normal y/o de haber sido la Final contra el CSKA la historia habría sido muy distinta: no en términos de ganar o perder, lo mismo habrían perdido igual (otra cosa sería hacer baloncesto-ficción), sino en términos de actitud, de no salir agarrotados sino sueltos, de no estar tensos sino intensos, de no soportar más presión que la propia presión inherente a cualquier final. Que ya bastante es por sí sola como para tener que llevar además el cartel de campeones colgado del cuello desde mucho antes de empezar.

Y deberíamos aprender de una vez por todas la lección de que (en lo que a Final Four euroligueras respecta) el concepto favorito está tan obsoleto como el concepto cenicienta, exactamente por la misma razón. La Euroliga es como es, te pasas meses y meses jugando una ristra interminable de partidos para que al final todo se decida en dos días, te puede gustar más o menos pero es así y es igual para todos, podríamos entrar en eternas divagaciones sobre qué habría pasado de haberse disputado la Final en formato playoff pero eso volvería a ser baloncesto-ficción y desde luego no es el objetivo de este post. Algo tendrá la Final Four cuando la bendicen, y es sin duda el hecho de que suela ganarla el mejor equipo no ya en términos baloncestíticos sino psicológicos, también. Echen la vista atrás y díganme qué tienen en común el Maccabi de este año, el Olympiacos de las dos pasadas temporadas, el Zalgiris del 99, la misma Penya del 94, no digamos ya el Limoges del 93, el Partizan del 92 o la misma Jugoplastika de tantos años anteriores (tiro de memoria, habrá otros casos pero éstos son los que ahora se me vienen a la mente). Todos ellos llegaron como presuntas cenicientas, como convidados de piedra de un festín que (se suponía que) habrían de comerse otros. Todos ellos fueron luego campeones, en algún caso (evidentes los de Split y Partizan) porque más tarde descubrimos que ahí había mucho más talento del que parecía a primera vista, en todos los casos porque hubo un gran trabajo psicológico detrás. Maljkovic, Obradovic, Bartzokas, Blatt, tantos otros que supieron mejor que nadie cómo optimizar la cenicientez en beneficio propio a la par que minimizaban el favoritismo ajeno. Todo esto también es baloncesto, y en este tipo de partidos a cara o cruz y sin posibilidad alguna de rectificación representa además una parte fundamental del baloncesto. Explica muchas cosas.

Con todo lo cual no pretendo justificar ninguna derrota, tan solo proporcionarles algunas claves que les ayuden a entenderla, luego allá ustedes, si quieren seguir con su linchamiento son muy dueños. Miren, yo no soy del Madrid pero sí soy del estilo de juego de este Madrid. Soy de baloncesto alegre, soy de frescura y desinhibición, soy de velocidad y contraataque, soy de ataque que no desprecia la defensa sino más bien al contrario, que la considera un fundamental punto de partida, soy del Chacho (sospecho que esto ya lo sabían), soy de un técnico que no será el mejor del mundo (nunca dije que lo fuera) y tendrá además carencias y cagadas puntuales (nunca dije que no las tuviera) pero que ha sabido recuperar mejor que ningún otro la legendaria filosofía de una sección que llevaba casi veinte años repartiendo palos de ciego por doquier. Ahora bien, ustedes mismos, no se corten, vuelvan al pasado si así lo quieren, si no les gusta Laso ahí tienen a Messina otra vez libre, ahí tienen incluso a Imbroda que estaría loco por la música. O aún mejor, llamen a Querejeta y propónganle un trueque, Laso por Scariolo, el uno volvería a su tierra y el otro a la Villa y Corte, no duden que el máximo mandatario baskonista les preguntaría entusiasmado dónde hay que firmar. Hagan ustedes lo que les plazca pero antes déjenme que les diga una cosa: han perdido ustedes dos finales europeas consecutivas, dos dolorosísimas derrotas que les han dejado destrozados, cómo no. Ahora bien, ¿saben por qué les pasa eso? ¿Saben por qué ahora pierden finales europeas una tras otra? Porque las juegan. Durante quince años no tuvieron este problema, no se llevaron estos disgustos, no vieron ni en pintura las final four. Ustedes sabrán qué prefieren, si seguir jugando finales aún a riesgo de perderlas (hasta que llegue el día en que las ganen) o seguirlas desde su casa tan ricamente arrellanados frente al televisor. Ustedes mismos.

Empecé contándoles la historia de aquel Madrid de fútbol de finales de los ochenta, déjenme que acabe con otra historia de aquel entonces, mucho más lejana en el espacio (como seiscientos kilómetros más lejana) pero mucho más cercana en términos de deporte ya que (ésta sí) tiene que ver con baloncesto. Con el Barça (otro que tal) de baloncesto de finales de los ochenta, aquel recordado equipo de Solozábal, Epi, Norris, Andrés Jiménez, tal vez aún Sibilio, tantos otros. Aquel equipo acabó con la sempiterna hegemonía del Madrid y dominó durante varios años la competición doméstica pero, ¿saben qué? Pues que en Europa se fue estampando año tras año contra su propia obsesión, así hasta que sus dirigentes decidieron ceder al clamor popular, quitarse del medio a Aíto (sí, ese mismo Aíto hoy merecidamente mitificado, al que entonces se le reprochaba que sabía ganar en casa pero no fuera, que sabía ganar en formato de playoffs pero no en formato de Final Four y no sé cuántas sandeces más) mediante el tradicional sistema de la patada hacia arriba y traerse en su lugar a la bestia negra (más bien amarilla) que se la liaba año tras año, es decir Maljkovic. Y no hará falta que les recuerde cómo acabó aquello, el Barça perdió con Maljkovic exactamente igual que perdía con Aíto, ya ven qué cosas, no era un problema de entrenador sino de jugadores, los tuyos eran buenos pero los jugoplástikos de enfrente eran mejores aún. Es así de simple, Por bueno que seas (o que te creas que eres) siempre puede haber alguien mejor, exactamente eso es el deporte, si ganas lo disfrutas y si pierdes lo reconoces, tal cual, lo que se llama cultura de la derrota, algo de lo que (dicho sea de paso) carecemos por completo en este país. O como dijo (mucho mejor que yo) esa genial parodia virtual llamada Pablo Lolaso (no confundir con el original): Pierdes. Das la mano. Felicitas al rival. Y te vas a casa a entrenar para volverlo a intentar más fuerte. Eso es el baloncesto. Sin más. Sin que sea el fin del mundo, sin llanto y crujir de dientes, sin ir cortando cabezas a cada rato, sin echar a la hoguera a quien hace apenas dos días elevabas a los altares, sin grandezas ni miserias ni demás zarandajas que no sirven absolutamente para nada, sin traumas, sin más. Tan sencillo como eso. No lo compliquen más, por favor.

CULTURA DEL REFUERZO   Leave a comment

Es bien sabido que a la Euroliga se puede acceder por diferentes vías. Está la vía fácil, la de toda la vida: si alcanzas la final de tu competición doméstica y tu número de victorias multiplicado por el coseno de pi elevado al cubo resulta ser superior en al menos dos tercios a la raíz cuadrada del promedio de puntos anotados en años bisiestos no acabados en cero por los dos equipos con peor coeficiente de entre los considerados de categoría A podrás acceder a la Euroliga siempre y cuando se trate de un año par no múltiplo de cuatro, la luna esté en cuarto creciente y no se encuentren alineados Urano y Plutón. Y luego está ya la vía más difícil, que consiste en ganar la otra competición continental no llamada Euroliga, esa que vamos cambiando de nombre a cada rato para despistar no vaya a ser que a alguno le dé todavía por llamarla Recopa o Korac: ayer fue ULEB Cup, hoy es Eurocup, mañana quién sabe. Valencia Basket no desdeñó la vía fácil pero decidió poner todos sus huevos (qué mal suena esto) en la difícil, decidió echar el resto en la Eurocup y hoy su esfuerzo (nunca mejor dicho) tiene justa recompensa. Hoy no es ya que tengan plaza garantizada en la máxima competición continental sino que además son campeones de Europa, campeones B si así lo quieren pero campeones al fin y al cabo. Que con ser importante lo primero no lo es menos lo segundo: algunos tienen los títulos por pura rutina pero para todos aquellos que no se llamen Madrid o Barça un título siempre es un título, sea éste cual sea. Que en el mejor de los casos pueden contarse con los dedos de una mano y casi siempre sobran dedos. Un título por el mero hecho de serlo ya debería ser por sí solo motivo suficiente de felicidad. Si encima trae aparejada la recompensa de la Euroliga, pues miel sobre hojuelas.

¿Qué les cuento yo de Valencia Basket que no se haya dicho ya? Que esa cultura del esfuerzo que preconiza a bombo y platillo su mandamás (su teoría de los bazares chinos, ya saben) está muy bien, qué duda cabe, nada se consigue sin esfuerzo (claro está que el esfuerzo por sí solo tampoco te garantiza nada, pero ese ya sería un debate filosófico para tenerlo en otro lugar). Pero además de esfuerzo a estos niveles necesitas algo más, llamémoslo criterio: Valencia Basket se especializó año tras año en construir rimbombantes proyectos que luego petaban a las primeras de cambio, qué buena pinta tiene este año el Pamesa solíamos decir justo antes de que el balón empezara a rodar y se le vieran por todos lados las costuras: bien que aquello no pegara ni con cola, bien que hubiera demasiados coroneles y muy poca clase de tropa, bien que el técnico no fuera el adecuado o bien (las más de las veces) que ni siquiera se le concediera el beneficio de la duda, cortando cabezas en cuanto venían mal dadas como si esa fuera a ser alguna vez la solución. Nula planificación, improvisación, despilfarro, inestabilidad. Quizás costó digerir que el éxito en gestionar una cadena de supermercados no tiene por qué llevar aparejado necesariamente el éxito en la gestión de un club deportivo profesional. Quizás todo empezara a cambiar el día aquel (pongamos que fuera hace dos o tres años) en que se pararon y decidieron que ya estaba bien, que ahora en vez de nombres iban a fichar hombres, que por lo general salen mucho más baratos y rinden mejor. Con nombres haces un plantillón pero no necesariamente un equipo, con hombres eso lo tienes garantizado a poco que cuentes con el entrenador ideal para amalgamarlo, como es el caso. Cultura del refuerzo, como complemento indispensable a la cultura del esfuerzo. Dicho y hecho.

Con una paradoja, que es que los hombres de ayer son ya también nombres (y qué nombres) a día de hoy. Tanto nombre tienen que a poco que se descuiden se los van a quitar de las manos. No habrá equipo grande de Europa que no se interese por Doellman, por Sato tres cuartos de lo mismo aunque en ese caso lo más probable es que Fenerbahçe lo recupere para su enésimo proyecto, qué decir de un Dubljevic que ya hasta mira al otro lado del charco, qué decir de productos locales como Rafa, Pau o Pablo, qué decir del propio Peras incluso… Este mismo Valencia Basket que ha ganado la Eurocup bien podría haber sido equipo de Final Four (o al menos de playoffs de cuartos, si lo otro les parece exagerado) en esta Euroleague, este mismo Valencia Basket bien podría dar la nota (aún más si cabe) este mismo año y entrar finalmente en la máxima competición continental por las dos vías, la fácil y la difícil… [Y ahí ya sí que se liaría la mundial: ayer leía en Twitter (a alguien que parecía saber de qué hablaba) que por ganar la Eurocup Valencia Basket será el quinto equipo ACB en Euroliga, pero que de jugar además la Final de la Liga Endesa entonces ya no sería el quinto sino el cuarto, perdiendo así su plaza euroliguera el equipo A con peor coeficiente. De ser ello cierto (que no lo sé, ni lo entiendo, ni lo intento), ¿imaginan a Unicaja (un poner) primando al Barça para que elimine al Valencia en semis ACB, ya que sólo de ello dependería su próxima participación continental? ¿Estamos todos locos?] Este Valencia Basket 2013/2014 es una joya, y sólo de su capacidad de seguir siéndolo (o de reinventarse, en su defecto) dependerá que siga epatándonos también en la 2014/2015. Pero para eso queda mucho todavía, no nos precipitemos, por ahora que les quiten lo bailao… y lo que aún les quede por bailar. Disfrútenlo, que muy bien ganado se lo tienen.

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