SI YO FUERA PRESIDENTE   1 comment

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB no sería yo, sería más bien una imposibilidad metafísica. Nadie en su sano juicio confiaría en alguien como yo (ni yo mismo) para ser presidente ejecutivo de la ACB, y si lo hiciera en el pecado llevaría la penitencia. Obviamente no pretendo presidir la ACB, líbreme el cielo (si hasta me aterra presidir mi propia comunidad de vecinos, si hasta me considero incapaz de presidirme a mí mismo), ni en el peor de mis sueños ni en la mejor de mis pesadillas, hasta ahí podíamos llegar; sólo pretendo desbarrar un rato con las cosas que yo haría y las tonterías que se me ocurrirían en el hipotético caso de que un día (por esos azares del destino, por algún extraño alineamiento planetario o por sabrá dios qué extraña causalidad cósmica) llegara yo a ser presidente ejecutivo de la ACB, Zeus no lo quiera. Que les sea leve.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB dimitiría, eso lo primero, y luego huiría despavorido calle Iradier abajo (en el supuesto de que esté en cuesta, que lo desconozco) hasta llegar a la Barceloneta para desde allí arrojarme al mar y nadar presuroso hacia Castelldefells (por ejemplo). Y si aún así me pillaran les explicaría por activa y por pasiva que se han equivocado, que no soy la persona indicada para el cargo. Y si aún así insistieran en que lo aceptara (porque no hubiera ninguna otra persona en el mundo dispuesta a aceptarlo, no podría haber otra razón) les pediría que me dejaran manos libres durante un tiempo, que al menos durante unos cuantos meses me permitieran hacer lo que me apeteciera. Probablemente entonces serían ellos mismos los que me tiraran al mar (y con una piedra de molino atada a los pies) pero qué quieren, por intentarlo no habría de quedar.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB me reuniría de inmediato con mis colegas de las otras grandes ligas europeas para explicarles mi declaración de intenciones, y de ahí acudiría raudo y veloz a reunirme con el patriarca de la Euroliga don Jordi Bertomeu para decirle está bien macho, has ganado, olé tus huevos, para ti la perra gorda, ahí tienes tus fines de semana para ti enteros ya que tanto los deseas… pero eso sí, durante medio año, el otro medio me lo dejas a mí. O dicho de otra manera…

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB propondría partir la temporada en dos: de octubre a febrero (por ejemplo) ACB, con dos (y hasta tres, a veces) jornadas por semana. Y de febrero a junio competiciones europeas, igualmente con dos/tres partidos por equipo y semana para que así cupieran íntegras (y convenientemente simultaneadas en el calendario) la Euroliga y la Eurocup (o como toque llamarla ese año). ¿Qué ganaríamos con esto? Eliminaríamos interferencias y solapamientos indeseados, concentraríamos la atención (así la pública como la mediática) en una sola competición para cada periodo (que esto de atender a varias cosas a la vez en fútbol no les genera ningún trauma, pero en cualquier otro deporte les rompe sobremanera los esquemas), posibilitaríamos que cada liga tuviera un seguimiento mucho más intenso. Cuatro meses y medio para competiciones nacionales, otros (más/menos) cuatro meses y medio para competiciones internacionales y los tres meses restantes tal cual están ahora, para vacaciones, competiciones de selección y/o pretemporadas varias. Parece sencillo…

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB adelgazaría la temporada regular y engordaría los playoffs, para así atenuar la desproporción existente que hace que en nuestra Liga las eliminatorias por el título no parezcan la parte culminante de cada temporada sino una mera excrecencia de la misma [Recuérdese al respecto que la temporada NBA dura siete meses y medio de los que cinco y medio son de Regular Season y 2 de playoffs, más/menos el 27 por ciento del total; en cambio la temporada ACB dura ocho meses y medio de los que uno escaso es de playoffs, apenas el 12 por ciento] ¿Cómo adelgazaría la Regular? Pues es bien sencillo: primera vuelta todos contra todos como hasta ahora, Copa como hasta ahora… y segunda vuelta en dos grupos, uno de 10 equipos que pelearían por las plazas y posiciones de playoffs (9 jornadas, lógicamente en campo contrario al que se enfrentaron en primera vuelta), el otro de 8 equipos que pelearían por evitar los dos puestos de descenso (a doble vuelta, 14 jornadas en total, en este caso no habría problema de solapamiento con los playoffs). ¿Cómo engordaría los playoffs? Pues es bien sencillo: cuartos del final al mejor de 5 partidos y semifinales y final al mejor de 7, si le parece excesivo recuerde que todo es acostumbrarse, también hace treinta años nos echamos las manos a la cabeza con la mera idea de los playoffs y bien que los disfrutamos después.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB descenderían todos aquellos que bajaran e incluso bajarían todos aquellos que descendieran, no sé si me explico. No quiero una liga entornada o entreabierta como tenemos ahora (ni chicha ni limoná, ni carne ni pescado, que quiere contentar a todos pero en la práctica no contenta absolutamente a nadie), así que si no puedo cerrarla por completo (porque la tradición deportiva europea probablemente no lo entendería) prefiero abrirla de par en par, y que corra el aire. Reduciría al mínimo indispensable (si es que tiene que haber un mínimo indispensable) el canon de ascenso, y si aún así algún equipo LEB no pudiera pagarlo pues qué le vamos a hacer, pues que no suba… pero sin que ello tenga que significar necesariamente que tampoco bajen los que bajen. Un descenso es un descenso, punto. Prefiero ir perdiendo equipos a mantener una liga basada en la mentira, en la que el concepto descenso en realidad significa permanencia y el concepto ascenso en realidad significa frustración.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB me pegaría (no en sentido literal, sino virtual), con Bertomeu o con quien fuera, para garantizar que los cuatro primeros clasificados de mi liga tuvieran plaza asegurada en la Euroliga siguiente. Si luego él además quiere mantener cupos o categorías o licencias A o como demonios se llamen para que determinado equipo tenga plaza fija aunque quede decimotercero, por prestigio, por repercusión social, por su cara bonita o porque salga bien en la foto, pues por mí perfecto, cuantos más mejor, faltaría más. Pero a mis cuatro primeros que no me los toquen, hasta ahí podíamos llegar. Dicen que dijo Ortega (y Gasset, no vayan a pensar en algún otro) que el esfuerzo inútil conduce a la melancolía y yo no quiero equipos melancólicos, la melancolía está bien para la poesía pero no para el deporte de alta competición. Si me esfuerzo durante varios meses en pos de un objetivo tendrá que ser porque verdaderamente exista ese objetivo, si me quitan el objetivo para qué me voy a esforzar.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB no regalaría nunca, jamás, en ningún caso, bajo ningún concepto los derechos de televisión. Si yo fuera etcétera no minusvaloraría aún más la Liga transmitiendo ese mensaje, fijaros si valdrá poco mi producto que os lo doy gratis, el siguiente paso ya será que os pague para que os lo llevéis. Trocearía el pastel televisivo en (al menos) tres porciones, vendería la Copa al mejor postor, vendería los playoffs al mejor postor y vendería también la Regular al mejor postor. La primera probablemente me la quitarían de las manos, la segunda quizás me costara un poco más pero al final también caería, la tercera así de primeras no la vendería ni de coña… pero es que precisamente de eso se trata, de que alguien diga yo quiero ver esto y a partir de ahí alguien puje por comprarlo, de que se genere la demanda y a partir de ahí surja la oferta, no al revés como hemos venido haciéndolo toda la vida de dios.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB me esmeraría en tener una aplicación informática que nos permitiera ver la competición entera por Internet a un nivel acorde con nuestros estándares de exigencia (o sea, bien), tanto más mientras no tuviéramos televisión: que no se cortara cada dos por tres, que no se colgara en según qué dispositivos, que no dejara de funcionar en según qué navegadores, que estuviera preparada para soportar grandes flujos de espectadores en un momento determinado, que ofreciera una nitidez cercana a la alta definición y no a la definición de chichinabo que tenemos ahora… Todo ello con con Orange o con el que fuera, con cualquier empresa especializada que nos garantizara un producto de calidad, recibiendo a cambio por nuestra parte (contraprestaciones económicas al margen) toda aquella publicidad que fuéramos capaces de proporcionar.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB sería terriblemente riguroso (obsesivo, enfermizo incluso) con las realizaciones televisivas, hasta conseguir que éstas se parecieran siquiera mínimamente al ideal de todos los aficionados al baloncesto: respeto escrupuloso al juego en vivo, repeticiones que no lo machacaran sino que lo complementaran (aprovechando para ello los múltiples espacios muertos que se dan en cada partido), comentaristas que lo explicaran con pasión, amenidad y rigor, cámaras adecuadamente situadas para favorecer la estética y garantizar el instant replay, infografías que no parecieran retrotraernos a los ochenta, despliegue gráfico, apoyo estadístico… En resumidas cuentas, hacer de cada retransmisión no un mero partido televisado sino un verdadero espectáculo deportivo, nada más y nada menos que eso. Mirarnos en el espejo del baloncesto USA, o bien (si aquello nos resulta muy caro o nos pilla muy lejos) mirarnos en el espejo de cómo se televisa por aquí algún que otro deporte en alguna otra televisión. ¿Lo demás? Una buena dosis de talento, otra aún mayor de cariño, tal vez una pizca de sentido común. No pido más.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB aparcaría por ahora todas esas ensoñaciones en torno al pay per view. Si aún hay gente que achaca todos los males de nuestro deporte al cuatrienio del Plus (y ello aunque ya hayan transcurrido quince años desde entonces), como para volver a jugárnosla ahora con una cosa así. Recuérdese al respecto la coyuntura socio-económica que aún seguimos atravesando (aunque se empeñen en vendernos lo contrario), recuérdese al respecto que aquí no existe precisamente mucha tradición de aflojar pasta a cambio de recibir contenidos, recuérdese al respecto que en este país las siglas PPV no significan tanto pagar por ver como piratear por ver. No nos engañemos, que muchos nos abalancemos cada semana sobre OA o cualesquiera otros dispositivos no significa necesariamente que esos mismos estuviéramos dispuestos a rascarnos el bolsillo si nos viéramos abocados a ello. Vuelvo a lo mismo, si no hay demanda (y a día de hoy no puede decirse que la haya) no tiene sentido crear oferta, no empecemos la casa por el tejado una vez más. Todo a su tiempo.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB repartiría a partes iguales los hipotéticos ingresos televisivos (y cualesquiera otros que pudiéramos obtener) entre todos nuestros asociados, sin excepción. Sé bien que de inmediato Real Madrid y Barcelona pondrían el grito en el cielo, oiga usted, a nosotros dennos más que generamos más audiencia, a ver por qué vamos a cobrar lo mismo que esos que no tienen dónde caerse muertos cuando a nosotros nos ve mucha más gente. Miren, un objetivo primordial de mi (llamémoslo así) mandato sería igualar la competición, o al menos (ya que igualarla entra en el terreno de las utopías) desigualarla lo menos posible. Me encantaría montar un draft o establecer un límite salarial pero sé a ciencia cierta que jamás podría hacerlo, tendría las manos atadas, estas cosas se dan de patadas con el tradicional funcionamiento del deporte a este lado del Atlántico. Mi único margen de maniobra sería esta especie de justicia retributiva televisiva, darles a todos por igual y que no me calienten no vaya a ser que todavía lo reparta en sentido inverso, a más tengas menos te doy (y viceversa), pa chulo yo. Sólo eso me faltaba, que hubiera que premiar a los dos únicos equipos que jamás tienen que dar explicaciones a nadie, los únicos que pueden gastarse el dinero a chorros porque a donde no llegan los ingresos del baloncesto siempre acuden al rescate los del fútbol. Hasta ahí podíamos llegar.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB estaría seriamente preocupado por la percepción que buena parte de la población tiene de nuestra competición, disculpen el ripio. Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB sería sumamente consciente de haber perdido al segmento joven, un sector que durante años fue nuestro principal sostén y para el que ahora prácticamente no existimos, ya que su atención deportiva se centra mayoritariamente en el fútbol y su atención baloncestera (si la hubiere) se centra mayoritariamente en la NBA. Nos hemos convertido en un deporte viejuno (al menos en lo que a ACB respecta), algo a lo que no es ajeno el hecho de haber permanecido años y años enclaustrados en la sintonía televisiva más viejuna del dial, justo ésa que los jóvenes ni miran porque la consideran la tele de sus padres (cuando no de sus abuelos). Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB intentaría cambiar eso, radicalmente y de inmediato. ¿Cómo? Buena pregunta…

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB arriesgaría, hemos llegado ya a ese punto en el que podemos permitírnoslo, quienes tienen algo (o mucho) procuran no arriesgar por temor a quedarse sin ello pero nosotros a estas alturas (bajuras, más bien) no tenemos ya nada que perder. Intentaría montar una campaña publicitaria agresiva (en el buen sentido), nada conservadora (es decir, diferente a todo lo hecho hasta la fecha), nada cara (que no estamos para grandes dispendios), con escasa presencia en los medios tradicionales y abundante en los alternativos, muy casual, muy viral, que vendiera frescura y dinamismo, que enganchara e impactara sobre todo a ese segmento de población al que queremos recuperar (véase párrafo anterior). Con imágenes llamativas e ideas-fuerza repetitivas que quedaran firmemente instauradas en el imaginario colectivo: si todo dios en el planeta Tierra identifica el I love this game y el where amazing happens con la NBA, a ver por qué demonios no vamos a ser capaces de inventar un eslogan, claim o como se llame eso ahora que haga identificarse a todo un país con la ACB (eso sí, cualquier cosa antes que seguir repitiendo como papagayos aquello de que somos la mejor liga de baloncesto del mundo después de la NBA; al menos hasta que fuéramos capaces de creérnoslo…) Todo es ponerse, dejarlo en manos de (buenos) profesionales, tener muy claro cuáles son nuestros puntos fuertes y (sobre todo) saber a quién se los queremos vender.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB me pelearía (en sentido figurado, again) con mi homólogo de la ABP para liberalizar el actual marco laboral que rige los des(a)tinos de esta competición. O dicho de otra manera, me pelearía para suprimir los cupos, esa extraña entelequia que establece un mínimo de nacionales y/o seleccionables por equipo y que se suma a toda esa absurda parafernalia de comunitarios, cuasicomunitarios, pseudocomunitarios, cotonús y demás criaturas de ultramar. No creo en el proteccionismo para salvaguardar el producto nacional de una supuesta invasión extranjera, tanto menos cuando en este caso no hablamos de lechugas sino de seres humanos que (al menos en lo que a mí respecta) tienen los mismos derechos independientemente de cuál sea su lugar de nacimiento. No creo en ponerle puertas al campo, tanto menos si esas puertas funcionan en una sola dirección, tanto menos si esas puertas han demostrado ser manifiestamente contraproducentes: porque han creado la figura del cubrecupos, prototipo de jugador adocenado que en lugar de labrarse su futuro en otras tierras prefiere pelarse el culo en un banquillo a cambio de un magro estipendio; y porque quien hace la ley hace la trampa, si ya no podemos ficharlos talluditos ni en edad de merecer nos los traeremos con el chupete, los amamantaremos nosotros mismos hasta que llegue la hora de destetarlos y entonces les llamaremos seleccionables, ello aunque jamás vayan a jugarnos en ninguna selección. O dicho de otra manera, el precio que habremos pagado por preservar la (presunta) españolidad de nuestros séniors habrá sido echar a perder la (supuesta) españolidad de nuestros júniors, para ese viaje no hacían falta alforjas. Dejémonos de puertas y preservemos al jugador de aquí (si es que hay que preservarlo) desde la convicción: que el producto local no necesita adaptación, es más fiable, genera mejor rollo y favorece la identificación de la afición. Y que en el peor de los casos siempre estará mejor jugando que chupando banquillo, así sea en LEB o en la liga finlandesa. He dicho.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB sí complacería en algo al sindicato, y con mucho gusto además: los impagos. En esto sería absolutamente radical, y miren que no suelo serlo en casi nada en esta vida: club que no esté al corriente de pago, club que no podrá fichar y al que (si reincide) se le retirará además la licencia para poder jugar. Y control férreo de cada presupuesto para asegurarnos de que los gastos jamás puedan superar a los ingresos. Cualquier cosa antes que una liga a la que los jugadores no quieran venir porque no cumple puntualmente sus compromisos o porque sus clubes no son de fiar. Y si para ello hay que bajar el nivel general de la competición pues se baja y punto pero qué quiere que le diga, prefiero una chabola de ladrillo a una torre de papel. O a un castillo de naipes.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB promovería la publicidad en nuestros clubes, cuanta más mejor, cómo no habría de promoverla si vivimos de ella (entre otras cosas)… pero poniendo especial cuidado en que los árboles (publicitarios) no nos impidieran ver el bosque (deportivo). Piense en todos esos aficionados al deporte que años atrás seguían semana tras semana el baloncesto pero hoy ya sólo lo miran tangencialmente y de pascuas a ramos (es decir, justo esos a los que deberíamos de intentar recuperar), hábleles del Laboral Kutxa a ver si saben de qué demonios les está usted hablando, pruebe a decirles Baskonia que le sucederá tres cuartos de lo mismo (yo he probado, sé lo que me digo), para ellos el equipo de baloncesto de Vitoria sigue siendo el Tau (cuando no el Taugrés) del mismo modo que siguen identificando a los equipos de Valencia, Valladolid o Manresa como Pamesa, Fórum o TDK por poner sólo tres ejemplos. Pruebe a hablarles del Obra, el Granca, el Fuenla o el GBC que le mirarán ojipláticos perdidos, pero eso qué es lo que es. Hemos creado un monstruo, hemos reventado a la gallina de los huevos de oro de tal manera que ahora ya no hay dios que sepa cómo demonios se llaman en verdad nuestros equipos, y ese es un lujo que de ningún modo nos podemos permitir. Usemos la publicidad con moderación, restrinjamos el naming a renombrar pabellones, graderíos y hasta esquinas del parquet si así lo quieren pero procuremos preservar (en la medida de lo posible) nuestras denominaciones históricas. Para que así podamos identificarnos con ellas… o para que podamos entendernos entre nosotros.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB pondría mucho énfasis en todas esas cosas pequeñas a las que casi nunca hacemos caso precisamente por ser pequeñas, y que quizás son las primeras que deberíamos intentar cambiar: la estética de los pabellones (esos parquets mustios y desvaídos, esas gradas mortecinas, esos focos pobres y no siempre bien dirigidos, ese tono de decaimiento general por contraposición al brillo y esplendor que generalmente vemos en cualquier partido yanqui, incluso aunque se trate de la más ínfima universidad); la política de comunicación (más facilidades a medios de todas clases para que nuestra presencia sea mayor, más dinamismo y agilidad en la web, más frescura en los contenidos, más creatividad e imaginación en los vídeos, más y mejor presencia en redes sociales, menos apatía, menos desidia, menos acartonamiento en suma); la conversión de nuestras estrellas en iconos mediáticos (que haberlos haylos potencialmente en nuestra liga, aunque no nos demos cuenta); la modernización y agilización de nuestras estructuras… Tantas y tantas y tantas y tantas cosas. Tuve una vez un jefe obsesionado por la calidad, cuyo lema era piensa en grande, actúa en pequeño y avanza deprisa. No suena mal para empezar.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB conseguiría por fin, de una vez por todas, ese tan ansiado como imposible consenso en el seno de nuestra Asociación. Sí, créanselo, desconfíen de imitaciones, no hagan caso a todas esas presuntas unanimidades que nos han estado vendiendo en estos días: gracias a mi mandato, en apenas unas semanas todos los clubes que integran la ACB estarían por fin absolutamente de acuerdo en una sola cosa: defenestrarme. Sólo por eso ya habría merecido la pena…

(publicado originalmente en tirandoafallar.com)

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Publicado junio 2, 2014 por zaid en ACB

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