Archivo para agosto 2014

RAZONES PARA EL ESCEPTICISMO   3 comments

Habré de confesarles (por si nunca lo notaron) que el triunfalismo me pone de los hígados. Entiéndanme, no cualquier triunfalismo, no vayan a pensar, sino ese triunfalismo irracional, desmedido y pestilente que desprenden por lo general algunos de nuestros más afamados medios de comunicación, esos que te sacan campañas tan cínicas como aquella de que hay una España admirada por el mundo, sólo tienes que saber qué periódico leer, esos a los que se les llena la boca hablando de eÑebeá, esos que a cada baja ajena para el Mundial dan palmas con las orejas porque así aumenta nuestro (supuesto) favoritismo, como si alguna vez pudiera ser una buena noticia la devaluación de una competición que en este caso además y para más inri organizamos nosotros mismos. Me pone de los nervios ese provincianismo de creernos el ombligo del mundo como si los demás no fueran nadie, me revienta que me vendan la piel antes de cazar el oso, si luego el oso no se deja cazar ya le echaremos las culpas al bosque, al guardia forestal o al que fabricó la escopeta, según. No puedo con ese hedor de euforia mediática premundialista que nos atufa en estos días (no compartido necesariamente por el aficionado de a pie) y quizá por eso me gustaría poner (como aficionado de a pie que soy) un contrapunto, un catálogo de razones que nos permitan mantener siquiera por unos días los pies en el suelo. Luego ya habrá tiempo de volar si se presenta la ocasión.

– La fase de (no) preparación: verán que este año he decidido perdonarles y no ponerles la cabeza mala con mis eñefobias de cada verano. Pero el que no haya escrito específicamente sobre ello no significa que haya cambiado mi opinión al respecto, sigo pensando que los demás equipos hacen (verdaderas) fases de preparación mientras que lo nuestro es otra cosa, una sucesión de bolos y galas veraniegas que más parecen partidos de exhibición que partidos de verdad, eventos plagados de complacencia, colegueo y buenrollismo que acaso sean muy útiles para las arcas de nuestra Federación y para la promoción de nuestro deporte pero que en nada contribuyen al que debería ser el principal objetivo de toda fase de preparación, es decir preparar. Es muy de agradecer que equipos como Croacia (qué buena pinta tienen) o Ucrania (versión postmoderna de aquellos ninjas de Fratello) se pusieran las pilas y nos llevaran un poco (sólo un poco) al límite, todo lo cual no dejó de ser un mero sucedáneo para cuando empiecen los partidos de verdad. Así que un año más volverá a suceder, el 30 de agosto el resto de equipos habrán acabado la preparación y comenzarán la competición, nosotros en cambio habremos acabado la exhibición y comenzaremos la preparación. Haremos el rodaje cuando los demás ya estén rodados y en partidos que ya cuenten para el resultado final, algo que en ocasiones (tras el susto inicial) nos acabó saliendo francamente bien (véase 2009 ó 2011) pero que otras veces nos salió como el culo, disculpen la ordinariez. Veremos este año.

– La edad no perdona: la generación de oro, aquellos que un día fueron los niños de Lisboa, se nos ha hecho mayor, es ley de vida. Pau, Navarro y Felipe ya cumplieron los 34, Calderón (que no estuvo en Lisboa por accidente, pero que pertenece por derecho propio a aquella generación) anda ya por los 33. Decía Chichi Creus que ésta es casi la mejor edad (y él debía saberlo por experiencia, dado que jugó hasta los 42), puede que ello sea cierto a nivel de conocimiento del juego pero no necesariamente a nivel físico, tanto más en una competición de esta índole en la que (a partir de un determinado momento) te la juegas noche sí, noche también. Mi principal recuerdo del pasado Eurobasket 2013 es el de una selección que hacía puntualmente los deberes durante los tres primeros cuartos pero que luego se hundía irremediablemente en el último, consecuencia tal vez de una muy mala preparación (física y/o psicológica). Tras lo visto este año nada me hace pensar que llevemos una preparación mejor (véase punto 1), si acaso lo contrario, puede que esta vez no esperemos necesariamente al último cuarto y nos vengamos abajo ya en el tercero, indicios ha habido al respecto en las pachangas de estos días. Ojalá me equivoque.

– Somos previsibles: si yo fuera entrenador de cualquier selección de medio pelo que hubiera de enfrentarse a España (hipótesis absurda), cerraría por completo mi defensa sobre el juego interior rival. Muchísimas ayudas, constantes traps, no ya dos contra uno sino hasta tres contra uno en cuanto el balón llegue ahí dentro, puntuales zonas 2-3 que les formaran el lío más todavía, especial atención a las líneas de pase dentro-fuera para minimizar en lo posible lo buenos pasadores que son… y bien sé que haciendo eso me quedaría vendido en el juego exterior, bien sé que me podrían crujir a triples librados pero ese sería el riesgo, que me ametrallaran desde fuera a ver cuánto aciertan, quien a triple mata a triple muere y a día de hoy nuestra selección tiene mucha más pinta de morir que de matar en este aspecto, lo que le endosamos a Argentina fue sólo la excepción que confirma la regla. Queríamos cuatro abierto y ahora ya lo tenemos, por fin, no se llama Garbajosa ni Mirotic sino Ibaka, quién nos lo iba a decir, su evidente mejora en todos los aspectos del juego le ha llevado a convertirse en (entre otras cosas) un consumado tirador exterior. Esa es la buena noticia. La mala noticia es que durante este mes ha sido nuestro mejor tirador exterior, algo absolutamente incomprensible en un equipo que cuenta con nombres como Navarro, Rudy, Calderón, Llull o Sergio Rodríguez (nótese que no incluyo a Ricky en esa lista, por razones obvias). O afinamos la puntería o seremos previsibles, o anotamos desde fuera o las pasaremos putas, con perdón. Al tiempo.

– El mal del anfitrión: ¿de verdad que somos favoritos (o algo así) por el mero hecho de jugar en casa? Les daré una lista rápida, Eurobasket 1973, Mundial 1986, Juegos Olímpicos 1992, Eurobasket 1997, Eurobasket 2007, me dejaré algún evento pero éstos son los que se me vienen ahora mismo a la cabeza. Y ahora díganme si son tan amables en cuántos de ellos acabamos alzándonos finalmente con el título: efectivamente, ninguno, cero patatero (o pelotero, según). Y puede que en alguno no fuéramos nadie pero en algún otro éramos mucho más favoritos de lo que somos hoy, echen la memoria siete años atrás si les queda alguna duda. No, ejercer de anfitriones nunca se nos ha dado bien (quizá por el suplemento de presión que conlleva) pero tampoco vayan a pensar que nos pasa a nosotros solos. He repasado las últimas competiciones internacionales (Juegos Olímpicos, Campeonatos del Mundo y Campeonatos de Europa, que ya para otros continentes no me da la memoria ni el tiempo para mirarlo), y… ¿saben cuál fue la última gran competición ganada por el anfitrión? Efectivamente, los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Desde entonces (y han pasado ya 18 años) ni un solo Eurobasket, Mundobasket o torneo olímpico fue ganado por el equipo de casa, y me dirán que en ese tiempo hubo países organizadores sin pedigrí ninguno en este deporte como Suecia, Japón o el Reino Unido de la Gran Bretaña, lo cual es cierto, casi tan cierto como que en ese mismo periodo hubo países organizadores como la propia USA, Serbia, Lituania, Turquía, Grecia o España, estos tres últimos por partida doble. Puede que ser anfitrión suponga un plus pero en nuestro caso (y en otros como el nuestro) ese plus se nos convierte demasiadas veces en minus. Que no nos pase na.

– USA: no niego que los nombres ausentes pesan casi más que los presentes, no niego que un hipotético quinteto Chris Paul, Kevin Durant, LeBron James, Kevin Love, Dwight Howard (incluso), más los puntuales añadidos de (pongamos) Wall, Kobe (renacido), George (sano), Melo, Kawhi, Aldridge o Griffin impone casi más de lo que hay pero qué quiere que le diga, yo podría ir hasta el fin del mundo con esta verdadera selección USA, yo iría hasta el infinito y más allá con estos Derrick Rose (o lo que quede de él tras estos dos años, casi en fase de pretemporada para llegar a punto a los Bulls), Steph Curry (mi debilidad absoluta desde sus tiempos de Davidson, como les habré dicho ya 792 veces), James Harden (un hipotético emparejamiento defensivo con el Chacho podría ocasionar problemas capilares insospechados), Kenneth Rasta Faried y Anthony Unicej Davis, tanto más si vienen acompañados por Kyrie Irving, Klay Thompson, Rudy Gay, DeMarcus Cousins (esperemos que no se le suelte la pinza) o Andre Drummond entre otros, tanto más si vienen entrenados por los sempiternos Krzyzewski & Boeheim, casi dosmil victorias les contemplan. Se pongan como se pongan y aunque le joda al Marca y me joda incluso a mí mismo, para mí siguen siendo los únicos e indiscutibles favoritos, y así lo seguirán siendo hasta que alguien (ojalá nosotros) me demuestre lo contrario.

– Los Otros: probablemente usted no lo sepa porque los medios están tratando deliberadamente de ocultárnoslo, pero aunque parezca mentira el Mundial no lo juegan sólo Estados Unidos y España, lo juegan también otros veintidós equipos más, varios de ellos de raigambre, tronío y prosapia (sea eso lo que sea) suficiente como para ser tenidos muy en cuenta. Claro que gracias al prodigioso, incomparable e inmarcesible sistema de competición no tendremos que preocuparnos de países como Lituania (ay, Kalnietis), Eslovenia, Turquía, República Dominicana o (la muy apetecible de ver) Australia, de esos que se preocupe USA si así le apetece. Sí tendremos que preocuparnos en cambio de un Brasil que viene con todo (y todo es decir mucho) y que ya nos ganó en Londres 2012 (no haré más comentarios al respecto), de una Serbia puesta en manos de Djordjevic (en pie), de la nueva y rutilante Grecia de Katsikaris y Antetokoumpo (o como se diga), del Puerto Rico de Olmos y/o Arroyo, de una Francia a la deriva (sin dirección, sin Parker, sin De Colo… pero Francia al fin y al cabo), de una Croacia deseosa de entregarse ya a Herzonja o Saric como nosotros nos entregamos a Navarro y Pau hace casi tres lustros, de una Argentina sin Ginóbili (ninguna otra ausencia me duele tanto, ni la de Durant siquiera), y no venga usted ahora a decirme que a éstos ya les ganamos fácil el otro día, quien piense que una pachanga es lo mismo que un cruce es que no conoce el carácter argentino. Suficientes preocupaciones como para no dar nada por supuesto, creo yo. No niego que si un extraterrestre hubiera llegado a la Tierra a comienzos de agosto sin ninguna información previa y se hubiera dedicado a ver todos los amistosos de todas las selecciones participantes (teletransportándose de un lugar a otro para la ocasión) probablemente también pensaría a día de hoy que este Mundial es sólo cosa de dos, pero los que nacimos y crecimos en este planeta sabemos (citando a los clásicos) que no hay rival pequeño y que ya no quedan peritas en dulce. No va a ser un camino de rosas.

– Mis dudas con Orenga: no esperen encontrar aquí un linchamiento, saben que no es mi estilo, no lo haré con Orenga como tampoco lo hice antes con Scariolo (que dicho sea de paso, resulta curioso ver en estos días cómo muchos de los que en su día lincharon a Scariolo hoy no se cortan un pelo en echarlo de menos cuando lo comparan con Orenga, me pregunto si llegará el día en que los que hoy linchan a Orenga le añoren luego cuando toque compararlo con el siguiente). Nada me gustaría más que le fuera bien a Orenga, por el bien de mi selección y por el suyo propio, porque (lo diré una vez más) me cae bien, me parece un sujeto sobradamente preparado y creo que reúne muchas condiciones esenciales para ser un buen entrenador. Ya otra cosa es que lo sea, claro. Las dudas que tuve antes del pasado Eurobasket no sólo no se disiparon sino que se acrecentaron con el transcurso de la competición, dejándome un técnico inexperto, inseguro, de mira corta y perfil bajo. Que a lo mejor es justo eso lo que quiere la FEB, un técnico de perfil bajo para perpetuar el (presunto) modelo autogestionario, nada que ver con Aíto o el primer Scariolo no vaya a ser que se nos enfurruñen las criaturas, si así fuera y los resultados acompañaran créanme que hasta me callaría la boca. Pero a día de hoy sigo sin entender qué sentido tiene ver a Orenga de head coach mientras uno de los mejores técnicos que tenemos en este país, de nombre Sito Alonso, se limita a ejercer de asistente, no lo entiendo como tampoco lo entendí hace un año con Ponsarnau, ganas entran de decir coño, dad un golpe de estado, echadle a un lado y poneros vosotros a ver si así pudiéramos tener un equipo medianamente normal. Insisto, creo que Orenga tiene conocimientos y tiene además una elevada capacidad didáctica para transmitirlos, creo que llegará el día en que pueda ser un entrenador de alto nivel… pero que las prácticas para llegar a serlo tenga que hacerlas precisamente en la selección tiene bemoles, por no decir otra cosa. El mundo al revés.

– La carencia de tres: desde que se retiró Carlos Jiménez no hemos vuelto a tener un tres como es debido, lo cual con ser malo no es lo peor, lo peor es que no parece que vayamos a encontrarlo a corto/medio plazo. Mumbrú se extinguió muy poco después, el Chimpa Suárez se nos fue apagando, Rabaseda ni llegó a encenderse, Dani Díez es aún una luz muy tenue que ya veremos si llega a prender alguna vez. Ante lo cual sólo queda en nuestro baloncesto un tres que así merezca ser llamado, y que como ya habrán deducido responde (poco) al bello nombre de Víctor Claver. Ese mismo pelirrojo de aire lánguido, media sonrisa y mirada perdida que parece pasar cada verano por la selección sin que la selección pase por él, ese mismo que acude puntual a la llamada del seleccionador (sea éste quien sea) porque no tenemos ningún otro jugador de sus características, ese mismo que luego acostumbra a acabar los campeonatos reconvertido en agitatoallas (loable desempeño por otra parte, pero que ya a estas alturas quizá cabría esperar algo mejor), ese mismo que lleva ya dos años enteros echados a perder en Portland y alrededores, y lo que te rondaré morena. Buscas en el diccionario eterna promesa y aparece su foto al lado… Ojalá llegue el día en que me tape la boca, ojalá llegue el día en que un entrenador le dé algo más que minutos de compromiso y/o de la basura, ojalá llegue el día en que él dé a su entrenador algún motivo para darle esos minutos. Ojalá.

– Las rotaciones extrañas: una de las principales consecuencias de esa casi carencia de tres es que tendemos a jugar sin tres, por razones obvias. Pero hay maneras y maneras de jugar sin tres. Está la manera clásica, un base y dos escoltas (la que tantas veces hicimos nosotros durante estos años, disfrazando a Rudy de tres mientras Navarro o Llull jugaban de dos); y luego está la manera Orenga, dos bases y un escolta (que a lo peor también acostumbra a ejercer de base en su club). Que habrá a quien le entusiasme pero que yo no lo veo, mire usted: tenemos tres bases extraordinarios pero que son bases-bases, puros unos (cada uno a su manera) así Ricky como Calde como el Chacho, para uno y medio ya está Llull. Pero ahora nos ha dado por hacer combinaciones de tres elementos tomados de dos en dos, Ricky & Calde, Ricky & Chacho, Chacho & Calde llevándonos a Navarro o al susodicho Llull al puesto de alero, los gasoles y los tres enanitos se llamaría la película. Y qué quieren que les diga, poner a dos bases siempre me pareció un recurso (repito, recurso) para situaciones puntuales, generalmente finales igualados para asegurarte el control del juego, si acaso excepción que ahora por obra y gracia de Orenga se ha convertido en norma. Quintetos que acaban pareciendo cuartetos porque el quinto elemento está de miranda, porque dirigir lo que se dice dirigir sólo dirige uno, el otro base por lo general no sabe qué hacer consigo mismo, no está acostumbrado a buscarse la vida para circular y salir de bloqueos sin balón a la espera de recibir, tiende si acaso a quitarse de enmedio, echarse al costado y esperar a que se la den para tirarse algún triple, punto. Mención especial para Calderón en este aspecto, que ya el año pasado le pidieron que ejerciera de dos (y se estrelló) pero al menos Orenga tuvo coartada porque no estaba Navarro, este año sí que está pero se lo siguen pidiendo y así le va. Y sé que es posible que algún presunto iluminado-que-parece-saberlo-todo se me tire al cuello y me diga que si afirmo esto es porque no he visto a Calderón en Dallas (que sí lo he visto), pero aún así (desde mi ignorancia de mero aficionado que no tiene puta idea) lo seguiré diciendo: Calderón está desubicado en este esquema, Ricky y Sergio a veces también pero Calde especialmente. Y no sé hasta qué punto es lícito desperdiciar un jugador así.

Mi primer impulso fue titular esta entrega razones para el pesimismo, pero al final me corté. Me corté por no amargarles la vida pero me corté también por puro sentido común: porque en realidad no creo que existan razones para el pesimismo (ni siquiera yo, que tiendo a ser pesimista por naturaleza), porque creo que tenemos la mayor dosis de talento que hayamos tenido jamás, porque creo que todas esas contrariedades que les he ido poniendo más arriba (la edad, los desequilibrios, las presuntas orengadas, tantas otras) en el fondo son pecata minuta si cuando llegue la hora de saltar a la cancha somos capaces de jugar como sabemos, podemos (con perdón) y debemos. No soy pesimista, de verdad que no, en absoluto… pero no me pidan tampoco que sea optimista, no todavía. Mantengamos (por ahora) los pies en el suelo, volvamos de nuevo a los clásicos, hasta el rabo todo es toro, los partidos duran cuarenta minutos, cada partido es una historia, no queramos meter el segundo gol antes que el primero (que en versión Mundobasket sería no queramos ganar la final antes de haber llegado a ella). O por citar a otro clásico mucho más reciente (pero no por ello menos clásico): vayamos partido a partido, no hay más. No vendamos la piel del oso antes de cazarlo, y ello aunque algunos lleven ya meses (incluso años) intentando vendérnosla. Yo al menos no se la voy a comprar.

COMPARTIMENTOS ESTANCOS   3 comments

Advertencia previa: hoy les voy a hablar de sistemas de competición, por lo que presumo (aún antes de empezar a escribirlo) que me va a quedar una entrada espesa, farragosa y con cierta tendencia a lo infumable. Si usted decide huir para dedicarse a cualquier otra actividad mucho más placentera y/o apetecible (qué sé yo, planchar, limpiar el polvo, hacer los baños, sacudir las alfombras, quitar la grasa acumulada en los armarios de la cocina…) tenga por seguro que no se lo tendré en cuenta; si usted en cambio elige quedarse en el pecado llevará la penitencia pero eso sí, luego no venga diciendo que no se lo advertí.

brasil2014-002-589x450Sí, aquí donde me leen hoy pretendo compararles el sistema de competición del pasado Mundial de fútbol y el del inminente Mundial de Baloncesto. [Inciso, por si alguien tuviera a bien meterme el dedo en el ojo: sé bien que ahora ya no se llama Mundial sino Copa del Mundo pero qué quieren, también el de fútbol se llama Copa del Mundo y no por eso hemos dejado de llamarle Mundial; además tengo ya una edad como para andar cambiando el chip a estas alturas, así que me van a permitir que siga llamándolo Mundial casi todas las veces, que serán todas aquellas que no lo llame Mundobasket. Fin del inciso] Pues vaya tontería dirán ustedes, para qué comparar ambos sistemas de competición si a partir de un determinado momento vienen a ser lo mismo. O así lo parece, al menos:

Mundial-BaloncestoMundial de fútbol: 32 equipos, 8 grupos de 4 equipos cada uno, se clasifican los 2 primeros de cada grupo, 16 en total, y a partir de ahí octavos de final, cuartos de final, semifinales y final.

Mundial de baloncesto: 24 equipos, 4 grupos de 6 equipos cada uno, se clasifican los 4 primeros de cada grupo, 16 en total, y a partir de ahí octavos de final, cuartos de final, semifinales y final.

Pues eso, que si usted mira uno y otro concluirá que ambos torneos una vez finalizada la fase de grupos transcurren ya de la misma manera hasta su final: octavos, cuartos, semifinales… Parecen lo mismo pero créanme, no son lo mismo. Y es justo ahora cuando llega la parte farragosa (aún más si cabe) de este tocho, que es explicarles dónde está la diferencia:

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Mundial de fútbol: el primer clasificado de cada grupo va a un determinado lado del cuadro, mientras el segundo de ese mismo grupo va al otro. Es decir, lo único que sabes a ciencia cierta es que al que pase contigo no volverás a encontrártelo hasta la final (en su caso), pero todo lo demás está abierto. Sabes que empezarás cruzándote en aspa con el inverso del grupo de al lado, y que a partir de ahí en cuartos o semis ya te podrás cruzar con (casi) cualquiera.

Mundial de baloncesto: los cuatro clasificados de cada grupo van a parar al mismo lado del cuadro, a cruzarse con los cuatro clasificados del grupo de al lado. Es decir, es francamente probable que en cuartos o semis te puedas volver a cruzar con equipos con los que ya jugaste en la fase de grupos, y ello mientras que con los otros ocho clasificados de los otros dos grupos no te podrás encontrar hasta la final, jamás, de ningún modo.

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Lo quieren aún más farragoso (o quizá más claro, no sé):

Mundial de fútbol: a un lado del cuadro quedan A1, B2, C1, D2, E1, F2, G1, H2, mientras que al otro quedan A2, B1, C2, D1, E2, F1, G2, H1.

Mundial de baloncesto: a un lado del cuadro quedan A1, A2, A3, A4, B1, B2, B3 y B4, mientras que al otro quedan C1, C2, C3, C4, D1, D2, D3, D4.

Es decir, en el Mundial de fútbol hay equipos de todos los grupos en cada mitad del cuadro, puedes ir a parar a cualquiera de los dos lados independientemente de en qué grupo empieces. En cambio en el Mundial de baloncesto el grupo en el que empieces determina por completo tu futuro en la competición: sabes que si hay un equipo infinitamente superior a los demás (imagínense una USA sin bajas) y vas por ese lado del cuadro tu suerte estará echada: por muy bien que lo hagas probablemente morirás en semifinal.

O dicho de otra manera (sí, todavía otra manera): los grupos del Mundial de fútbol son vasos comunicantes, los del Mundial de baloncesto compartimentos estancos. Los del fútbol se mezclan unos con otros, los del baloncesto van en dos mitades que jamás se pueden comunicar. En la práctica es como si fueran dos mundiales en uno o aún peor, como si fueran dos conferencias al más puro estilo NBA, Este y Oeste, sus respectivos campeones se ven en la final pero jamás se encuentran antes. Dos conferencias que podríamos denominar Conferencia Anfitrión y Conferencia Campeón, o si se prefiere Conferencia España y Conferencia USA (que viene a ser lo mismo) en base a sus respectivos favoritos; o aún mejor, Conferencia Madrid y Conferencia Barcelona en base a sus respectivas sedes.

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Ahora bien: ¿por qué sucede esto? ¿por qué la organización del certamen (llámese FIBA, llámese FEB, llámese como se quiera) ha optado por esta solución que habrá a quien le guste, no digo yo que no, pero que a mí particularmente me parece tremendamente injusta (a la par que una cagada descomunal)?

A) para asegurarnos de que nuestra selección no pueda cruzarse con la de Estados Unidos hasta la final.

B) para asegurarnos de que nuestra selección juegue los cruces en Madrid y no le pueda tocar de ningún modo jugarlos en Barcelona.

C) A y B son correctas.

O a lo mejor soy muy mal pensado y es simplemente que a la FIBA le gusta así, vaya usted a saber. Pero qué quiere que le diga, no puedo evitar la sensación de que alguien (apellidado Sáez o no, quién sabe) tras una profunda reflexión haya recordado el estrepitoso cante que dimos contra (lo de contra es un decir) Brasil en Londres 2012 y a partir de ahí haya movido sus hilos para que el susodicho cante no se tenga que volver a repetir, que luego la gente es muy mala y muy deslenguada y dice cosas inconvenientes que afectan sobremanera al buen rollito que siempre debe reinar en el ámbito de nuestra selección. Muerto el perro se acabó la rabia, si no nos podemos encontrar con USA hasta la final no tendremos que hacer juegos malabares para evitar encontrarnos con USA antes de la final. De cajón.

Claro que la opción B resulta aún más absurda si cabe, como bien habrán podido comprobar todos aquellos que hayan visto los eñemistosos de estos días ante Croacia y Ucrania en el Olimpic de Badalona. Barcelona es muy grande (y no digamos ya su área metropolitana) y hay gente pa tó (tanto más al precio que van las entradas) pero qué quieren, aquí nos la cogemos con papel de fumar en esto como en tantas otras cosas, no descarten que alguien (que tampoco tiene por qué apellidarse necesariamente Sáez) mirara en su día el calendario, viera que la semifinal barcelonesa se jugará precisamente el 11 de septiembre (¡¡¡el 11 de septiembre!!!) y le entrara de inmediato la temblequera de piernas, como si alguno fuera a tener la tentación de irse al Sant Jordi a terminar la manifestación. Muerto el perro se acabó la rabia, again.

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Así que si va usted a participar en una porra en la que acertar los finalistas del Mundial piénselo muy cuidadosamente antes de jugarse los euros, no vaya a hacer como en el fútbol que bien puede decir España-Brasil, Alemania-Argentina, Holanda-Italia o Ghana-Japón, puede decir lo que le dé la gana y nadie le mirará raro (o quizá sí en ese último caso) porque cualquier cosa es posible, aquí no, aquí en el de baloncesto no me vaya usted a apostar por una final España-Francia, Brasil-Argentina, USA-Australia o Turquía-Lituania porque estará tirando el dinero y se descojonarán de usted en la cara, porque todos esos emparejamientos (y tantos otros) sólo podrán darse a cada lado del muro, no hay más. Y si usted soñó alguna vez (como pudo ser mi caso) con una final España-Argentina, o quizá Serbia-Croacia por aquello del morbo, o Lituania-USA porque sí, o tal vez México-Dominicana por sus raíces centroamericanas y/o caribeñas, pues va siendo hora de que vaya dejando de soñar. Que los sueños sueños son, ya lo dijo Calderón (el De La Barca, no el de la selección), y hay que soñarlos con moderación.

Dos por uno como el híper, en vez de un Mundial dos semimundiales, qué más se puede pedir. Pero eso sí, luego no venga a llorarme en cualquier otra competición porque haya cabezas de serie, luego no venga a hablarme de sorteo teledirigido. ¿teledirigido, dice usted? Unos aprendices es lo que son, si quiere usted sorteo teledirigido (teledigerido) véngase al Mundial de baloncesto, rechace imitaciones. Y ya le daré yo teledirección.

1984   4 comments

1984 fue el año en que leímos 1984, de hecho fue el año en que (re)descubrimos que existía esa novela escrita 36 años antes (1948, nótese el juego de cifras) y en la que Orwell pintaba un desolador y aterrador futuro plagado de pantallas que vigilaban hasta el más mínimo movimiento de sus ciudadanos. Claro está, nos hacía mucha gracia todo aquello,bigbrother piénsese que en 1984 apenas teníamos un canal y medio de televisión, que aún no había Internet ni móviles ni portátiles ni tablets ni pecés ni deuvedés ni pendrives ni casi cedés ni disquetes siquiera (no desde luego el de tres un medio, quizá ya hubiera nacido el de cinco un cuarto), que el más pequeño de los ordenadores ocupaba una mesa entera, que lo más parecido a un programa informático era aquella interminable ristra de tarjetas rosas perforadas y necesariamente clasificadas en el orden correcto que solía manejar el enterao de turno, que como un día se le cayeran al suelo y se le desordenaran era hombre muerto… Sí, nos hacía mucha gracia aquel pronóstico presuntamente errado por Orwell en 1984, hoy treinta años después ya no nos hace tanta gracia cuando miramos a nuestro alrededor, ello aunque aquel terrible concepto del Gran Hermano haya quedado completamente prostituido con el paso del tiempo y hoy ya sólo lo identifiquemos con un no menos terrible programa de televisión, ése del que el 99 por ciento de sus telespectadores (me quedo corto) ni siquiera sabrán de dónde le viene el nombre…

1984 fue principio y fin de muchas cosas, demasiadas. Mírenme a mí por ejemplo (lo prometo, serán sólo estas líneas), miren a ese típico licenciado en paro (sí, ya entonces existía esa especie, y en abundancia) echando currículums por doquier mientras poco a poco iba asumiendo que jamás encontraría trabajo de lo mío, que llegado este momento habría de conformarme con trabajar de lo que fuera. En ese mismo lo que fuera continúo aún hoy más o menos, casi treinta años después…

1984 fue principio y fin, también en baloncesto. A nivel de clubes acabábamos de parir la ACB (aunque casi ni nos hubiéramos enterado), acabábamos de ver al CAI dar un golpe de estadio y birlarle la Copa al Barça. acabábamos de importar los playoffs, ese invento del demonio, por dios, a quién se le ocurre, dos equipos enfrentándose entre sí ¡¡¡hasta tres veces seguidas!!!, qué barbaridad, eso nunca puede acabar bien. Los agoreros se echaban las manos a la cabeza y los acontecimientos a punto estuvieron de darles la razón durante aquella Final liguera que disputaron (casualmente) Madrid y Barça: Mike Davis, Fernando Martín y Juanma López Iturriaga enzarzándose a puñetazo limpio durante el segundo partido, el Barça negándose a disputar el tercero tras las peculiares decisiones del Comité de Competición (o lo que fuera aquello), el Madrid ganando finalmente la Liga por incomparecencia del rival… ¿Se dan cuenta, ven lo que les decíamos, que una cosa así jamás podía acabar bien? Como si este sistema no estuviera ya más que probado en otros lares, como si esta clase de enfrentamientos no fueran el pan y la sal de cualquier rivalidad deportiva, como si estas mismas cosas no fueran a suceder también (corregidas y aumentadas) en la Final que habrían de disputar (casualmente) Celtics y Lakers pocas semanas después. Claro que en aquel entonces casi ni sabíamos aún de la existencia de dicha Final, casi empezábamos siquiera a conocer qué demonios sería aquello de la NBA… Qué tiempos.

1984 fue también principio y fin (primero creímos que principio, luego supimos que fin) para nuestra selección de baloncesto. Habíamos recogido el desencanto futbolero en 1982, habíamos tocado (sólo tocado) el cielo en 1983, soñábamos legítimamente con los Juegos Olímpicos de 1984. Pero ojo, soñábamos con moderación, no vayan a pensar, nada que ver con esto de ahora de llegar una gran competición y vendernos ya el oro con meses de antelación para que luego más dura sea la caída, para que luego cualquier otra cosa (incluso la plata, no digamos ya el bronce) nos acabe pareciendo poco. Entonces no, entonces la palabra medalla estaba casi proscrita en nuestro vocabulario, a nadie en su sano juicio se le habría ocurrido montar una porra como se hace hoy en día para adivinar cuántas íbamos a ganar en aquellos Juegos, era absurdo porque rara vez pasábamos de dos, por lo general en algún deporte de masas como la vela. Y en baloncesto ya no digamos, podíamos atrevernos a soñar con hacer un buen papel (fuera eso lo que fuera) pero a casi nadie se le ocurría soñar con llegar aún más allá.

Claro que para soñar con llegar aún más allá primero teníamos que soñar con llegar allá. A Los Ángeles, concretamente. Así como suena, éramos cuartos del mundo y segundos de Europa pero el billete para los Juegos aún nos lo tendríamos que ganar como tantos otros, sólo USA por aquello de ser sede y Yugoslavia e Italia por haber sido las anteriores finalistas quedaban eximidas de semejante empeño.preolimpico Así que entre el 15 y el 25 de mayo de 1984 se juntaron en territorio francés 16 selecciones (sí, dieciséis) para dirimir las 3 (sí, tres) plazas europeas en disputa. Once días, nueve partidos, todo lo más florido y granado del Continente (excepto las dos excepciones antes citadas), la de dios.

Por alguna misteriosa razón tengo mucho más borrosos los recuerdos de aquel Preolímpico que los de los Juegos que vinieron después. Sí tengo fresco en mi memoria algo que siempre han declarado los integrantes de aquel equipo: que en contra de lo que pudiera parecer, fue aquel el momento culminante en cuanto a juego de aquella generación. Sí, mejor que en el Eurobasket de un año antes, mejor incluso que en Los Ángeles dos meses después, mejor que cualquier otro que podamos recordar. ¿Seguro? Si de muestra vale un botón, no estará de más recordar que el quinteto ideal de aquel Torneo, elegido por todos los periodistas europeos que se dieron cita en el mismo, fue el integrado por Corbalán, Gallis, Epi, Martín y Sabonis. Es decir, tres de cinco, mayoría absoluta. Así como pareció haber consenso general (o eso nos contaban, al menos) en que aquella selección española quizá no fuera necesariamente la mejor del Preolímpico (como veremos un par de párrafos más abajo) pero sí fue la que mejor baloncesto practicó a lo largo del Torneo. Dicho y hecho.

Aún así yo he buceado por las profundidades de Internet para intentar comprobarlo, no es que haya mucho material al respecto pero al menos sí he podido rescatar alguna cosa, algún retazo del España-Grecia de la primera fase (grabación de vídeoaficionado en condiciones lamentables, ya que no se televisó en su día) y luego sí, ya íntegros los partidos ante Israel y la URSS de la ronda final, narrados ambos desde París-Bercy por Héctor Quiroga junto con las portentosas aportaciones técnicas (si estaban en hombre o zona, punto) de aquel extraño sujeto llamado Nacho Rodríguez Márquez. Y créanme que así fue, créanme que aquel partido ante la Israel de los incombustibles Berkowitz y Aroesti y el incipiente Jamchi (partido que acabó de darnos el pasaporte a Los Ángeles, por cierto) fue una verdadera maravilla, 61-44 al descanso, 120-97 al final, puntos a chorros ante un equipo cuyas alternancias defensivas siempre nos complicaron sobremanera la vida, obviamente ni las defensas ni los físicos de entonces se parecían en nada a lo de ahora pero ese chorro de puntos lo veíamos de pascuas a ramos, entonces y ahora, tanto menos en un partido de la trascendencia de éste, tanto más si nos paramos a pensar que aún no se habían inventado los triples. Gozada absoluta, con Corbalán impartiendo magisterio y repartiendo asistencias como churros y Martín, Itu, Epi o el Matraco convirtiendo en oro casi todo lo que tocaban. Pura delicia.

El de la URSS fue otra delicia, pero ésta más por la parte soviética. Les pondré en situación: último partido del Preolímpico, ambas dos selecciones invictas y lógicamente ya clasificadas jugándose sólo el honor de ver cuál quedaba primera y cuál segunda. Les seguiré poniendo en situación: Eremin, Valters, Tarakanov, Kurtinaitis, Sabonis, Tkatchenko, Khomicius, Iovaisha, Lopatov, Belosteny, pónganse todos de pie si aún no lo han hecho. Aquel equipo de todas las rusias (y las lituanias, y las letonias) no había sido construido para clasificarse para los Juegos sino para ganarlos, ya empezaban a despertarles del sueño antes siquiera de empezar a soñarlo pero de momento aquella tarde nos clavaron 119-92, paliza sumamente engañosa porque les aguantamos tres cuartos (entiéndase cuartos en sentido figurado, ya que sólo había mitades) casi de igual a igual,arvydas_sabonis2 paliza que les sirvió para llevarse ese honorífico primer puesto del Preolímpico y marcharse tan contentos y felices a sus casas para ya nunca más volver. Porque a esas alturas era ya un hecho que todo aquello no les servía para nada, a esas alturas era ya de dominio público que la URSS devolvería a USA su boicot a Moscú 80 no acudiendo tampoco a Los Ángeles 84. Lo que pudo haber sido y no fue.

Claro que en realidad nunca sabremos lo que pudo haber sido (y no fue). En aquellos días, y en todos estos años cada vez que a alguien le dio por recordar aquel evento, era habitual debatir sobre lo que podría haber pasado si los rusos (tanto daba que hubiera lituanos y letones, para nosotros seguían siendo rusos) hubieran acudido a la cita olímpica. Pregunta retórica que por lo general acarreaba una respuesta no menos retórica, anda que si llegan a ir los rusos íbamos a haber ganado la plata, ya te digo yo que no, ni de coña, ellos se habrían jugado el oro con los yanquis y a nosotros nos habrían dejado las migajas, si acaso aspirar al bronce, eso como mucho… Puro brindis al sol. Cierto es que aquella perfecta maquinaria soviética había sido construida para ganarlo todo, cierto es que habría sido tal vez más favorita que la propia USA (factor cancha al margen), cierto es que nos apalizó en ese último partido del Preolímpico, todo eso es cierto, casi tan cierto como que dicho partido se jugó sin tensión competitiva alguna, casi tan cierto como que el año anterior habíamos ganado a la propia URSS en el Eurobasket de Nantes y al año siguiente volvimos a ganarla en el (infausto) Eurobasket de Stuttgart, y en ambos casos con un equipo relativamente parecido a éste. Vale, reconozcámoslo, aquella URSS 1984 en condiciones normales nos habría ganado ocho o nueve veces de cada diez, que es tanto como decir que probablemente sí pero que luego vaya usted a saber. O dicho de otra manera: ¿y qué? Preguntarnos si hubiéramos ganado la plata si llegan a ir los soviéticos es como preguntarnos si los Rockets habrían ganado los anillos de 1994 y 1995 si Jordan no se hubiera marchado a jugar al béisbol, o como preguntarnos si habríamos ganado el Mundial 2006 si la final hubiera sido contra USA, si los griegos no hubieran dado buena cuenta de los yanquis en semis (son sólo los dos primeros ejemplos que se me han venido a la cabeza, obviamente habría muchos más). Puras pajas mentales muy propias de nuestra innata condición de perdedores, esa que nos dejaba descolocados si alguna rara vez ganábamos algo y nos obligaba de inmediato a buscarle una explicación para justificar nuestra no-derrota. Las cosas fueron como fueron, cuánto mejor sería que nos limitáramos a disfrutarlas sin más.

Dejémonos de conjeturas y volvamos a la realidad, pongámonos ya de camino a Los Ángeles (qué más quisiéramos) pero antes hagamos una parada técnica para explicar algún detalle de aquel proceso, por ejemplo el proceso mismo. La Liga acabó bruscamente el 13 de abril, apenas dos días más tarde se concentraron ya nuestras criaturas para preparar el Preolímpico, acabado éste pudieron escaparse ocho o diez días a sus casas para luego volver a concentrarse de inmediato para preparar ya los Juegos, dado que la Final fue el 10 de agosto estaríamos hablando de casi cuatro meses de concentración, concentración que tampoco es que se pareciera demasiado a lo que hoy se estila sino que era concentración en el más estricto sentido de la palabra, sometidos además a la rígida disciplina monacal de ese personaje imprescindible en nuestro baloncesto (y casi en nuestras vidas por aquel entonces) llamado Antonio Díaz-Miguel. Cuento este dato para dejar constancia de una extraña paradoja, mientras nosotros por estos pagos idealizábamos a aquella selección, a miles de kilómetros de distancia sus integrantes estaban ya un poco hasta las pelotas. No es algo que diga yo que no soy quién para decirlo, es algo que más de una vez han comentado por lo bajinis algunos de los integrantes de aquel equipo, mención especial para Iturriaga en este aspecto. Y está bien saberlo, y es perfectamente humano reconocerlo.

A aquella selección le faltó desde el principio un Chicho Sibilio que prefirió irse a pasar el verano a su país de origen (o que no soportaba ya ni un segundo más a Díaz-Miguel, según versiones), a aquella selección entre el Preolímpico y los Juegos se le cayó un imberbe Jordi Villacampa y le creció un José Manuel Beirán vaya usted a saber por qué. Los otros once seguirían siendo los mismos, citémoslos ahora no vaya a ser que alguno se me pierda por el camino, Corbalán, Solozábal, You Llorente, Epi, Itu, el Matraco (Margall), Fernando Arcega, Fernando Martín (renqueante y achacoso iba a andar el hombre todo aquel verano, y bien que lo íbamos a notar), Andrés Jiménez, De La Cruz y Romay. Para allá que se fueron, previa estancia en territorio Dean Smith (es decir Chappel Hill, sede los afamados Tar Heels de North Carolina) y previa minigira por el México profundo que acabó como el rosario de la aurora (por qué se dirá esto), afortunadamente no hubo que lamentar desgracias personales. Y ya por fin Los Ángeles…

canada

Y ya por fin Canadá, primer rival. La Canadá del ex de la Penya Gerald Kazanowski y el ex barcelonista Greg Wiltjer (padre por cierto del ex de Kentucky y hoy jugador de Gonzaga Kyle Wiltjer), la Canadá del ex técnico de los Raptors y hoy seleccionador canadiense Jay Triano, la Canadá incluso de aquel rocoso armario a quien años más tarde veríamos fajarse a la vera de Jordan en los Bulls, Bill Wennington. Un señor equipo, magnificado además hasta la náusea en los días previos por el propio Díaz-Miguel. Sus cuentas eran claras, éramos presuntamente inferiores a USA y presuntamente superiores a Uruguay, China y Francia, ergo para tener un cruce de cuartos más favorable necesariamente habríamos de empezar ganando a nuestro rival más parejo, es decir Canadá. Dicho y hecho. Lamentablemente no he podido recuperar aquel partido pero tengo muy claro el recuerdo de que los tuvimos de corbata, quién nos iba a decir que sería el partido más duro de aquellos Juegos (USA aparte) como bien indica el resultado final de 83-82. El drama no había hecho sino comenzar.

El drama continuó contra Uruguay un par de días después, sólo que de otra manera. Éste tuvo ya más que ver con maneras de interpretar el baloncesto, con el juego en las trincheras, con no poder ganar por lo civil e intentar hacerlo entonces por lo criminal. ¿Cómo se lo explicaría? Uruguay se entregó en cuerpo y alma a aquella vieja filosofía del haz veinte faltas y te pitarán veinte, haz doscientas faltas y te pitarán veinte, si alguna vez te pitan las doscientas monta el pollo y así se las pitarán también al de enfrente. Defensa con constante uso de las manos, palos por doquier, basket interruptus, todo lo cual no funcionaría si no viniera además aderezado de una espectacular coreografía: a cada falta (repito, a cada falta, aún por evidente que ésta fuera) los jugadores uruguayos se echaban las manos a la cabeza, elevaban los brazos al cielo, rodeaban a la pareja arbitral cual si les hubieran anulado el gol de la victoria en el último minuto del descuento. Con mención especial para su técnico, por supuesto: piensen en el más ultramontano Óscar Quintana, en el más tremebundo Ioannidis, incluso en el más insoportable Mourinho que sean capaces de recordar (ya puestos); pues créanme, todos ellos unas hermanitas de la caridad al lado de don Ramón Echamendi, creo que nunca vi nada igual (bueno sí, hace treinta años, cuando lo vi por primera vez; pero aún así ha conseguido volver a sorprenderme) hasta el punto de que acabó chupando más cámara que el partido mismo, pensaría el realizador yanqui que vaya chollo acababa de encontrar, ríase usted de Bobby Knight. Baste decir, para que se hagan una idea de lo que fue aquello, que sólo en la primera mitad ya se lanzaron ¡¡¡59 tiros libres!!! (34 por parte española y 25 por la uruguaya), baste decir que sólo esa primera mitad duró 1h.03′, tal cual, una hora y tres minutos de reloj, y recuerden que entonces no había descanso entre cuartos (más que nada porque no había cuartos), que los tiempos muertos jamás duraban más de un minuto, que aún no se habían inventado (a nivel FIBA) los tiempos muertos de televisión. Luego la segunda mitad ya fue medianamente normal, más que nada porque estaba todo el pescado vendido y tampoco era cuestión de marear más la perdiz. En cualquier caso un espectáculo delirante, crepuscular, miren que no soy dado a ponerme méritos pero créanme que me merezco una medalla sólo por habérmelo vuelto a ver para poder contárselo a ustedes.

uruguay

Luego vendrían días más apacibles: contra una Francia muy venida a menos a la que se ganó con relativa comodidad y contra una China que aún no había empezado a venirse a más y a la que se ganó más cómodamente todavía. Total, cuatro victorias a falta del último encuentro de esta primera fase, el que habría de enfrentarnos al otro equipo invicto, al único e indiscutible favorito, a los mismísimos Estados Unidos de América, una bendición así de entrada tenerlos en nuestro grupo porque te asegurabas que en el cruce de cuartos no te los ibas a encontrar. ¿Qué les cuento yo de aquel Team USA que no sepan ya? Si en cualquier edición de los Juegos recuperar el trono olímpico es para USA una prioridad absoluta, pues en éstos en su casa ya ni les cuento. No pewingodían llevar aún a los profesionales pero tanto daba, porque justo en aquellos años gozaban de una promoción universitaria que quitaba er sentío, un cuasi Dream Team ocho años antes del (único y verdadero) Dream Team. Pasemos lista: Steve Alford (ojito derecho del coach, que luego no hizo carrera en NBA y hoy se gana la vida entrenando a UCLA), Vern Fleming, Michael Jordan (pónganse en pie), Pat Ewing (vuelvan a ponerse), Chris Mullin (no se sienten todavía), Alvin Robertson, Sam Cara de Sueño Perkins, Leon Wood (que jugó luego en Zaragoza y más tarde se hizo árbitro NBA), Jeff Turner, Wayman Tisdale y hasta los incomparables armarios Kleine y Koncak. Todos ellos dirigidos por el grande entre los grandes (y ogro entre los ogros, y borde entre los bordes, aunque cuando hoy le vemos comentando NCAA en plan viejito apacible ya casi no nos lo parezca), Bobby Knight, rechace imitaciones. Hoy nos epatan todos estos nombres (unos más que otros) pero entonces aún muy poco sabíamos de ellos, por eso nuestros pesos pesados periodísticos se entregaron gustosos a la tarea de presentárnoslos… si bien unos con más acierto que otros. Hoy aquella reseña del enviado especial de ABC sobre Pat Ewing sería casi querellable y perseguible de oficio, hoy su mera lectura produce vergüenza ajena pero en aquel entonces se ve que aún no nos dábamos cuenta de estas cosas, o no queríamos dárnoslas. De aquellos polvos vinieron estos lodos.

jimenez usa

Aquella primera mitad contra USA en la fase de grupos es sin duda uno de mis dos recuerdos más gratos de aquellos Juegos (y miren que hay donde escoger), el otro llegaría días más tarde ante Yugoslavia. Y eso que así de primeras parecíamos todos empequeñecidos (ellos sobre el parquet y nosotros en nuestras casas), contemplando boquiabiertos la superioridad de Ewing bajo los aros y la magnificencia de Jordan en todo lo demás, pero fue atreverse Jimix (o sea, Andrés Jiménez, qué pedazo de partido el suyo) a ponerle un taponazo al susodicho Ewing y quitarse de repente todos los complejos, como si hubieran descubierto que eran humanos y podía jugárseles de igual a igual, podía llegarse incluso hasta adelantarles el marcador, 21-20, hito (de Itu) histórico que no sería el único durante aquellos inolvidables 20 minutos. Y casi en empate técnico habríamos llegado al descanso de no haber mediado la dichosa canasta psicológica: últimos segundos, perdíamos de 3, Romay taponó a Mullin, nos las prometimos muy felices pero perdimos el balón y éste fue a caer justo al ladito de Jordan que nos la clavó sobre la bocina casi desde media pista. Numéricamente sólo fueron 2 puntos (que aún no había triples), sólo fue irnos al descanso 5 abajo pero bastó con eso para que el Forum de Inglewood pasara en pleno de la depresión a la euforia.

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Y si a todo ello además le sumamos la bronca que Knight debió echarles en el descanso, pues como que la segunda mitad para los yanquis fue ya coser y cantar. Aún duró el espejismo algunos minutos, no crean, pero resultó que en un determinado momento aquellos monstruos se pusieron a defender. No a defender sin más sino a DEFENDER con mayúsculas. Y si al maravilloso festival de Jordan & cia en ataque ahora le sumabas también defensa, le sumabas cinco tíos cuya movilidad y superioridad física cerraba todos los espacios y obturaba todas las líneas de pase, pues apaga y vámonos. Nos fuimos, cómo no, no sin antes echarle las culpas al empedrao en la mejor tradición carpetovetónica. Resultó que en estos Juegos Héctor Quiroga no tenía ya a su vera al insufrible Nacho Rodríguez Márquez sino al joven pero sobradamente preparado Pedro Barthe, que ya entonces unía a su indudable calidad periodística esa innata capacidad suya para ver fantasmas, incluso aunque no los hubiera. Le parecía tremendamente sospechoso que uno de los árbitros fuera canadiense (el otro era francés, es decir vecino nuestro, pero eso le parecía de lo más ecuánime), claro que en su descargo habremos de reconocer que en varias disciplinas de aquellos Juegos las sospechas de pucherazo a favor de USA estaban a la orden del día. ¿En baloncesto? Si en condiciones normales te metían ya de 30 sin despeinarse, díganme para qué habrían de necesitar una colaboración adicional. Buena gana de buscar fantasmas, ciertamente.

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Y llegó el cruce de cuartos, el eterno todo o nada, si bien en aquel entonces aún no le dábamos toda la mística de hoy en día. Australia iba a ser la llave que nos abriera la puerta de semifinales o que nos condenara a jugar por el quinto puesto, según. Al miedo en el cuerpo que ya llevábamos de serie se sumó el que nos añadieron nuestros comentaristas ante el hecho de que los árbitros fueran estadounidense y canadiense nada menos, convencidos estaban de que había una confabulación norteamericana para quitarnos de enmedio, el barthismo empezaba a hacer mella pero no era eso lo peor, lo peor es que incluso estaba contagiando a alguien tan sobrio y aséptico como Quiroga. Claro que la preocupación así de entrada se nos fue quitando a todos (ellos y nosotros) cuando vimos que esta vez tocaba la selección de las grandes ocasiones, la que recordábamos del Preolímpico, la que con su trabajadísima 2-3 no dejaba pensar al rival, la que luego al otro lado movía el balón que daba gloria verlo… Demasiado bonito para ser verdad. Pasamos de ir casi doblando a Australia a ver cómo se nos ponía a 7 al descanso, tras éste más de lo mismo, en ataque lo metíamos casi todo pero al otro lado su habitual batería de tiradores (ya andaba por allí Andrew Gaze, por cierto) hacía lo propio, cuando nos quisimos dar cuenta nos habían empatado a 75 y luego a 77 a menos de 7 minutos para el final. Fue suficiente, fue quizá el aldabonazo para que nos pusiéramos otra vez las pilas, para que siguiéramos atacando como lo hacíamos y volviéramos a defender como sabíamos. Al final 101-93. Tres cuartos de medalla.

Y por fin, el gran día. 8 de agosto (que aquí sería ya 9, porque si la memoria no me traiciona el partido se jugó a las 2 de la madrugada), semifinal, España-Yugoslavia. No éramos favoritos, ni aún por buenos que fuéramos, ni aún por bien que estuviéramos jugando. Yugoslavia era la vigente campeona olímpica, vale que acaso estuviera en una etapa de transición entre la grandísima selección que habíamos conocido antes y la aún más grande que habríamos de conocer después, pero no por ello dejaba de ser Yugoslavia: Dalipagic, Radovanovic, Nakic, Knego, Zorkic, Zizic, Sunara… y cómo no, los Hermanos Petrovic: el 4 que es el que decían los yugoslavos que iba para figura, mientras que el 5 es el que lleva más tiempo en la selección, según la primorosa descripción de Pedro Barthe. Obviamente el 5 que llevaba más tiempo era Aleksander, obviamente el 4 que iba para figura era Drazen, entendámoslo, en aquel tiempo aún faltaban unos meses para que cumpliera veinte años, aún faltaban esos mismos meses para que se convirtiera en la bestia negra del madridismo. Sólo era un atisbo de lo que llegaría a ser pero aún así era ya la figura con todas las letras de aquel equipo, quien lo movía a su antojo, quien con la incomparable ayuda del ya veterano Praja Dalipagic nos la empezó a liar. Entre el uno y el otro nos estaban sacando a gorrazos del partido pero eso no era lo peor, lo peor era que no dábamos una a derechas tampoco en ataque, estábamos atrofiados, perdíamos balones a chorros, nos movíamos a su ritmo y éramos incapaces de correr. Un desastre, vamos.

diazmiguel

A cuatro minutos para el descanso, 10 abajo ya, y ante la evidencia de que nada de lo que probaba funcionaba, Díaz-Miguel decidió jugarse una última carta. O más bien dos: Romay para poner algo de sustancia física en la zona y que los yugoslavos dejaran de pasearse por ella como Pedro por su casa, y Llorente para subir un puntito la defensa y sobre todo cambiar el ritmo en ataque. Suficiente para que nos fuéramos al descanso perdiendo de 5, casi una bendición tal como habían ido las cosas. Recuerdo escuchar a José María García en aquel descanso (sí, en aquel tiempo hacíamos cosas así), recuerdo que dijo una frase que se me quedó grabada, que me sonó entonces a exceso de optimismo pero que a la larga resultó ser la pura verdad: si jugando tan mal sólo perdemos de 5, en cuanto empecemos a jugar medianamente bien el partido no se nos puede escapar. Dicho y hecho.

Empezamos la segunda mitad 35-40 y apenas dos minutos después ganábamos 43-40, es decir, lo que viene siendo un parcial de 8-0 en un abrir y cerrar de ojos. Con aquel inhabitual quinteto de Llorente, Epi, Margall, Jiménez y Romay, con esa zona 2-3 que ejecutábamos a las mil maravillas y con la que asfixiábamos a (casi) todo dios y con el ex presidente del sindicato (quién se lo iba a decir entonces) metiendo velocidad, rompiendo esquemas y sentando cátedra, de repente el tercer base convertido en primero justo el día más importante, un poco a la manera de aquel Sergio Rodríguez en la no menos inolvidable semifinal ante Argentina de Japón 2006. 22 años antes, aquel 8 de agosto que ya era 9, aquella semifinal olímpica ante Yugoslavia fue más de You Llorente que de ningún otro.

yugoslavia

Intercambio de canastas, nuevo parcial favorable, 51-44, las ventajas oscilando entre 5 y 7 puntos, todo iba viento en popa y justo entonces a Antonio Díaz-Miguel le dio (lo que pareció) un ataque de entrenador: sentó a Llorente, Margall y Jiménez para recomponer el quinteto con Corbalán, Iturriaga y Martín, ni que decir tiene que Quiroga y Barthe pusieron el grito en el cielo, probablemente también nosotros lo pusiéramos en nuestras casas, en aquel tiempo aún no se había acuñado el concepto rotaciones, aquí éramos más del si funciona no lo toques. Es bien sabido que los entrenadores por el mero hecho de serlo ven cosas que al resto de los mortales se nos escapan, probablemente Díaz-Miguel vio que el dinamismo empezaba a decaer, que era el momento de meter frescura física y asestar ya la puntilla definitiva. Fuera por lo que fuera lo cierto es que le salió bien, que tras algún leve titubeo el equipo empezó de nuevo a correr y la diferencia a subir, que a pocos minutos para el final estábamos 10 arriba y empezábamos a pellizcarnos, que Drazen se fue entre protestas tras cometer la quinta y seguíamos pellizcándonos, que Díaz-Miguel puso a dos bases para asegurar las posesiones y aún le pareció poco por lo que metió también al tercero, Corbalán, Solozábal y Llorente juntos en cancha (lo nunca visto) mientras nosotros ya no parábamos de pellizcarnos, que sonó la bocina y Díaz-Miguel tras estrechar deprisa y corriendo la mano de Novosel se fue dando brincos como un niño a abrazar a todos y cada uno de sus jugadores mientras nosotros en el sofá pellizco tras pellizco, quizá también lágrima tras lágrima porque todo aquello no podía ser real, porque teníamos que estar soñando a aquellas altas horas de la madrugada, eso iba a ser, cómo iba a ser verdad que fuéramos (al menos) subcampeones olímpicos, eso sí que no, era imposible, de ningún modo… Sólo un dato: si en el descanso perdíamos 35-40 y al final ganamos 74-61, una mera operación matemática nos dirá que el parcial de aquella segunda mitad fue de 39-21. Si hoy dejar a un rival en 21 puntos tras 20 minutos de juego es ya sumamente improbable, ni aún con las defensas y los físicos que se estilan hoy en día, en aquel entonces era simplemente inverosímil. Pero sucedió.

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10 de agosto (que ya sería 11) de 1984, si la semi había sido (creo) a las 2 de la mañana la final iba a ser a las 4, nada que en aquel tiempo pudiera arredrarnos, aún recuerdo como si fuera ayer cómo mi hermano y yo nos cruzamos el barrio a pie de punta a punta en plena madrugada para ir a verlo a casa de unos amigos, la ocasión bien lo merecía, la que no lo merecía era su madre que dormía plácidamente en su cama (o lo intentaba, al menos) mientras nosotros nos arremolinábamos frente al televisor con la única precaución de no hacer demasiado ruido que pudiera despertarla, no fue el caso, tampoco es que hubiera nada que gritar ni que festejar porque la celebración ya estaba hecha, ya la llevábamos de serie, ya nos bastaba con vivir el momento, sólo eso, nada más. Y nada menos.

Y es que cualquier parecido con aquella otra primera mitad contra USA jugada seis días antes fue mera coincidencia. Nuestros jugadores han contado alguna vez que estando allí no eran ni remotamente conscientes de la que se estaba liando aquí, que no sabían para nada la repercusión que aquello estaba teniendo (recuerden, ni Internet ni móviles ni emails ni esemeeses ni guasap ni tuiter ni feisbuc ni na de na), que sólo empezaron a saberlo cuando llegaron al vestuario en las horas previas a aquella final y se encontraron unas cuantas sacas repletas de telegramas de ánimo llegados desde España. Quizás el error fuera ponerse a leerlos… Ellos entraron a la cancha como en una nube, en cambio los americanos (de USA) entraron sabiendo que los de antes habían sido simplemente partidos, sin más, pero que aquél era EL PARTIDO. ¿Partido? Qué más hubiéramos querido. Desde los primeros minutos se vio ya claramente que allí no iba a haber color, sólo barras y estrellas. Tanto daba, a estas alturas. Que nos quitaran lo bailao.

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Las desventajas (o ventajas, según de qué lado del cristal se mire) se iban sucediendo, ahora 15-6, luego 28-19 pero sólo un poco después ya 42-19, al recreo 52-29… nos abrumaban en defensa y se exhibían en ataque con mención especial casualmente para ese tal Jordan que rozaba lo paranormal, que volaba donde los demás andaban, miren qué cosas hace, fíjense como han bajado ya los dos españoles (Jiménez y Romay) y él todavía está por encima del aro, decía admirado Barthe. Claro que otras de Barthe nos dejaban ya un poco más con los ojos a cuadros, como cuando afirmaba que Ewing con esa pinta de bruto que tiene es licenciado en bellas artes, o cuando soltaba un ¡está loco ese Tisdale! ante la innata costumbre del susodicho de utilizar los codos cual ventilador para proteger los rebotes, afirmaciones todas ellas que nos rompían sobremanera los esquemas porque en las sobrias narraciones televisivas de la época no se estilaban aún este tipo de cosas. No estará de más añadir aquí que aquel Wayman Tisdale en realidad distaba mucho de estar loco, que Tisdale fue luego un tremendo ala-pívot con una grandísima carrera en el baloncesto (Oklahoma, Pacers, Kings, Suns) y otra aún mejor si cabe en el mundo del jazz (busquen su discografía si les queda alguna duda), y al que un cáncer se le llevó por delante prematuramente en 2009 cuando aún no había cumplido los 45. Un tipo muy especial.

Los primeros minutos de la segunda mitad fueron quizá los mejores de nuestra selección, los que nos hicieron creer por un segundo que aún podía pasar algo y hasta provocaron algún que otro enfado y algún que otro tiempo muerto por parte de Bobby Knight. Mero espejismo. De ahí se pasó al intercambio de canastas (sin otra preocupación ya para Knight que atemperar los codos de Tisdale) y de ahí a los minutos de la basura (si bien entonces jamás se nos hubiera ocurrido llamarlos así) para que jugaran aquellos Turner, Koncak y Kleine que hicieron exclamar a Pedro Barthe que los reservas de Estados Unidos son muy reservas, desde luego mucho más que los españoles. Ya a esas alturas nos fijábamos más en la anécdota que en la categoría (de hecho ya no había categoría de ninguna clase), por ejemplo en cómo a Héctor Quiroga le bailaban los nombres y cómo se las apañaba seguidamente para salir del paso, la perdió Michael Jackson, perdón, Michael Jordan, los dos Michael son dos ídolos sobre todo aquí en California, se les compara a uno con otro, de hecho está ganando enteros el Jordan sobre el Jackson porque es un auténtico ídolo, lo que pasa es que se les va a marchar a Chicago y los de Chicago serán los que tengan el ídolo

usa jordan

Al final 96-65, claro que todo esto probablemente ya se lo sepan (aunque no lo vivieran en su día, aunque ni siquiera hubieran nacido) porque TVE lo ha redifundido chorrocientas veces por sus diferentes soportes durante todos estos años, el partido en sí y la entrega de medallas, y al de megafonía presentando a Iturriaga al subir al podio como Juan María López (no sólo le borraban el apellido de guerra sino que además le cambiaban el nombre), y a las buenas gentes del Forum de Inglewood aplaudiendo a la selección española casi como si fuera la suya propia (ligera exageración), y a Knight y Díaz-Miguel medio abrazados departiendo afablemente durante la ceremonia como los buenos amigos que eran, y a Quiroga y Barthe enviando saludos cordiales y despidiéndose hasta una próxima ocasión

1984 fue principio y fin, ya se lo dije. Que Héctor Quiroga andaba mal de salud lo intuíamos todos (bastaba con verle la cara) pero jamás creímos que tanto. Héctor Quiroga se indispuso en el viaje de vuelta mientras hacía escala en Nueva York y ya jamás salió de allí, sólo sobrevivió trece días a aquella final. Los aficionados al baloncesto nos quedamos un poco (un mucho) huérfanos, tanto que hasta se creó un torneo con su nombre (Memorial Héctor Quiroga), aún más huérfano se quedó un Real Madrid que ahora ya de repente no tenía quien le televisara, soluciones había de sobra en el Ente Público (o lo que fuera eso entonces), José Félix Pons o el propio Barthe pero el Madrid se negó en redondo, eso nunca, poner a un catalán a retransmitir las gloriosas gestas blancas por Europa, por dios qué barbaridad, hasta ahí podíamos llegar. Hoy treinta años después puede sonar a coña pero créanme que en el otoño de 1984 la cosa casi degeneró en una crisis institucional. Ya ven que no hemos cambiado tanto desde entonces. Por desgracia.

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1984 pareció principio pero fue fin para aquella selección. Pensamos que el futuro sería nuestro (tanto más con el Mundial en casa, un par de años después) pero ya todo lo que tuvimos fue pasado. Algo se rompió en el equipo nacional a la vuelta de Los Ángeles, y no sólo por la anunciada marcha de Corbalán. De alguna manera Antonio Díaz-Miguel capitalizó todo aquel éxito, sus méritos eran innegables pero durante un tiempo pareció que la plata sólo fuera suya y no de todos, durante un año entero recibió homenajes por doquier, hasta se inauguraron polideportivos con su nombre… Y a la vuelta ya nada fue igual. Su pésima gestión del Eurobasket 85 desembocó en el checoslovaquiazo y a partir de ahí ya todo fue caída tan suave como imparable,airados desde el mal del anfitrión en 1986 hasta el angolazo del 92 (que le costó el puesto) o el chinazo del 94 (ya con Lolo Sainz). Aquellos jóvenes airados que cantó Loquillo nos dieron muchas alegrías pero bien pudieron (debieron) habernos dado muchas más. Lo que pudo haber sido y no fue, again.

1984 fue el año en que descubrimos 1984, año de Orwell, de reaganismos y thatcherismos, de presuntos (muy presuntos) socialismos a la española, año de parados de provecho que ya casi al límite de 1985 se reconvirtieron en subempleados de provecho, año de cambios, no todos necesariamente para bien. El año en que supimos que nuestra selección de fútbol podía también jugar finales (y perderlas), el año en que inventamos la ACB aunque aún no lo supiéramos, el año en que inventamos los playoffs aunque aún no los entendiéramos, el año en que descubrimos (justo inmediatamente después de aquellos Juegos) que las canastas también podían ser de 3… Todo lo que usted quiera, pero en nuestro imaginario colectivo (sea eso lo que sea) 1984 quedará ya para siempre como el año de plata, el año aquél en que nuestro baloncesto alcanzó de una vez por todas la mayoría de edad. Aunque luego no supiéramos muy bien qué hacer con ella.

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Agradecimientos:

– A acb.com en general y al crack Óscar Cuesta (@oscarcuesta76) en particular, por las fotografías de aquel Torneo que ilustran estas líneas y que han sido extraídas de su Galería de la plata de Los Ángeles 84, ya están tardando si aún no la vieron.

– A J.A. Hernán (), por la página de Nuevo Basket con el calendario del Preolímpico. Y a Alberto Escalante (), por el recorte de ABC sobre Pat Ewing.

– Y a allsports-tv.com, sin cuyos impagables aportes habría sido totalmente imposible volver a ver todo aquello, no digamos ya escribirlo. Gracias infinitas.

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