Archivo para mayo 2015

DEFENSA DE LA ALEGRÍA (edición 2015)   1 comment

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El insigne (y nunca suficientemente añorado) guionista Rafael Azcona contaba una triste anécdota de sus años mozos, aquellos duros tiempos de guerra, posguerra, miseria y desolación que le tocó vivir. Contaba que a veces (raras veces) algo les hacía gracia, lo que fuera, una anécdota del barrio, un programa de radio, cualquier cosa, lo suficiente como para romper la monotonía, como para tirarse toda la familia un buen rato echándose sus buenas risas, así hasta que de repente su madre cortaba en seco la diversión: mucho nos estamos riendo, ya lo pagaremos… Puro fatalismo, esa amargura de serie que nos inocularon en aquellos años y en los inmediatamente posteriores, rígida moral cristiana mediante: tanta alegría no puede ser buena, la felicidad no nos está permitida, hemos venido a este mundo a sufrir, a suspirar gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Esa filosofía perduró hasta nuestros días, de alguna manera nos la fuimos transmitiendo casi sin querer de generación en generación. No se trata ya tanto de que no disfrutemos como de que sintamos remordimientos de conciencia cada vez que disfrutamos, como si nos estuviera prohibido el mero hecho de disfrutar: todo lo que da placer o es pecado o engorda, todo lo que haga gozar habrá de estar siempre bajo sospecha, así en todos los órdenes de la vida. Sí, también en baloncesto.

El baloncesto también proscribió durante un montón de años la alegría, Aquí la frase no era ya (aunque igualmente podría haberlo sido) mucho nos estamos riendo ya lo pagaremos, sino este baloncesto no sirve para ganar títulos. Cuántas veces no lo habremos escuchado (aquí o allá o en donde fuera) cada vez que un equipo se desataba, cada vez que se entregaba a la lujuria y el desenfreno como forma de vida.CC WILLIAMS GROUP Este baloncesto no sirve para ganar títulos, podrá servir en temporada regular pero nunca en playoffs, nos lo repetían como un mantra desde el otro lado del charco y nosotros nos lo creíamos, cómo no nos lo íbamos a creer si los hechos casi siempre les acababan dando la razón: con aquellos maravillosos Kings de comienzos de siglo, con los no menos maravillosos Suns de Nash, acaso también en décadas anteriores con los Warriors o los Nuggets, tantos otros. O acaso también en NCAA con los Phi Slama Jama a comienzos de los ochenta o los Fab Five a comienzos de los noventa, los ejemplos eran cuantiosos y solían darles la razón como si en verdad la tuvieran. Claro está, si hubiéramos tenido capacidad de raciocinio habríamos podido encontrar ejemplos en sentido contrario, equipos a los que la alegría de vivir les funcionó también (y aún mejor si cabe) en los momentos decisivos, los Lakers del showtime o la Nevada-Las Vegas de Tark The Shark por citar los dos primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza. Pero entonces ni nos lo planteábamos, asumíamos la versión baloncestera del cerrojazo o el cerocerismo como única fórmula posible del éxito. Acaso aún hoy no hayamos dejado de asumirla.

[Llegados a este punto conviene hacer una matización. En baloncesto, como en la vida, no es verdad que lo divertido sea lo contrario de lo serio. NO ES VERDAD. De hecho la diversión será tanto más divertida cuanto más seria sea, cuanto más trabajada esté. Lo divertido es lo contrario de lo aburrido, punto. O dicho en términos de baloncesto: no es verdad que la diversión en ataque se contraponga a la defensa. NO ES VERDAD. De hecho el ataque será tanto más alegre (y tendrá más posibilidades de éxito) cuanto mejor trabajado llegue desde atrás, cuanto mejor se hayan empezado las cosas al otro lado de la cancha. La diversión sólo se contrapone al aburrimiento, el juego alegre sólo es lo contrario del triste, nada tiene que ver con la defensa sino con el mareo de perdiz en ataque, con el tenerla y sobarla durante veintitantos segundos sin arriesgar apenas un pase no vaya a ser que se pierda, sin casi más objetivo que el reducir el número de posesiones del rival. Quede claro el concepto, ya que para algunos si reivindicas la creatividad en ataque demonizas la defensa. No hay falacia mayor. Dicen que el ataque gana partidos y la defensa campeonatos, la segunda parte de la frase no puede ser más cierta, nos guste o no. Aunque para ganarlos no estará de más que tengas un buen ataque también.]

limoges maljkovicEn cambio en Europa no hizo falta que nadie nos dijera que este baloncesto no servía para ganar títulos, a partir de un determinado momento todos parecíamos llevarlo interiorizado de serie. Quizá todo empezara en 1993 con aquel Limoges de Maljkovic, fue como dejar escrito en piedra que para ganar un título debías de anotar (y encajar, obviamente) menos de sesenta puntos por partido. Como explicaba antes, no era tanto cuestión de defender (que también) como de adormecer con posesiones interminables, quitándole al juego todo lo que lo hace atractivo: el contraataque, la velocidad, la creatividad, el dinamismo, el riesgo y demás malos vicios que habrían de quedar definitivamente desterrados en aras de conseguir el único fin que justificaba todos los medios: la victoria. Había nacido el baloncesto-control, por otro nombre baloncesto-tostón. Era una opción tan válida como cualquier otra, qué duda cabe. El problema es que durante un tiempo dejó de ser una opción para convertirse en LA opción. Acaso aún estemos en ese tiempo…

Dicen que las excepciones confirman la regla, pero yo no concibo esa razón. No la concibo en absoluto. Las excepciones (cuantas más mejor, menos excepcionales serán) son siempre bienvenidas porque subvierten la norma, porque hacen posible lo (que parecía) imposible, porque convierten el sueño (juego) en realidad (títulos), porque demuestran de una vez por todas a los escépticos que otro baloncesto es posible.1999-metu-kauno-zalgiris-61213595 Siempre recordaré como un oasis en medio del desierto aquel título europeo de 1999, aquel maravilloso Zalgiris Kaunas liderado por el enanito (Trecet dixit) Tyus Edney, un verdadero chorro de agua fresca justo cuando más espeso era el cemento. O cómo no recordar (a otro nivel, pero también con sustanciosos títulos en su zurrón) aquella Penya de finales de la pasada década, aquella deliciosa criatura de Aíto y sus Erre que Erre. Sólo algunos ejemplos (habría muchos más) para mostrar una obviedad: que jugar (además de bien) bonito también gana campeonatos, que la especulación y el colmillo retorcido también los pierde, aún por bien que nos lo envuelvan los pierde, aún por mucho que nos lo vendan los pierde. A las pruebas me remito.

Hace ahora dos años ya les defendí la alegría, y lo hice en circunstancias mucho más difíciles que ésta de hoy. El Real Madrid acababa de perder la Final de la Euroliga 2013, llevaba sin jugar esa final desde el siglo pasado lo cual debiera haber sido razón más que suficiente para disfrutarla aún perdiéndola, pero eso a la larga tanto dio. Es más, por la reacción de alguna gente casi pareció que les habría dolido menos haberse quedado a mitad de camino, haber caído (por ejemplo) en cuartos de final. A mí me pareció que aunque no se hubiera hollado la cima había merecido mucho la pena el viaje hasta llegar a ella (tanto más dada su inusual belleza), que si perseveraban por ese camino tarde o temprano llegarían los ansiados frutos… Muchos estuvieron de acuerdo, pero también los hubo (y no pocos) que me pusieron como hoja de perejil (signifique eso lo que signifique).laso1 Se había levantado la veda, había comenzado de nuevo el tiro al Laso, este baloncesto no sirve para ganar títulos, este tío no tiene carácter, no aprieta riendas, no retuerce el colmillo, no es entrenador para el Madrid. Y si así fue en 2013 no digamos ya en 2014, aquella bendita locura, aquella pura delicia que dimos en llamar lasismo (y su brazo armado en cancha, chachismo), aquella temporada de ensueño que acabó en brusco despertar. Y entonces ya no era que se hubiera levantado la veda sino que el tiro al Laso se convirtió de repente en deporte nacional, ya no había manera de esquivar las balas, el fuego cruzado te acababa alcanzando a poco que te descuidaras. Aquel dantesco final a la pata coja en el Palau pareció su sentencia de muerte, tanto más lo pareció cuando pocos días más tarde le descabezaron el cuerpo técnico, aún hoy me resulta inconcebible que lograra sobrevivir…

Contra viento y marea. Contra los de arriba y los de abajo, contra los de dentro y los de fuera. Contra los que montaron el pollo tras su contratación sin concederle siquiera el beneficio de la duda, los que se relamieron tras cada derrota en sus primeras temporadas (ya falta menos para que vuelva Obradovic, decían), los que se lamentaron tras la consecución de aquella liga porque eso significaría su continuidad (es lo malo que tienen los títulos, decían), los que el pasado verano se engolosinaron con Katsikaris (y hasta le contrataron, casi), los que a la primera derrota de esta misma temporada ya soñaban en voz alta con Djordjevic… Es lo que llamaríamos la paradoja blanca: un equipo que no admite perder, un club que no entiende la posibilidad de la derrota ni como concepto siquiera, una institución en la que cualquier derrota (aún por nimia que sea) viene inevitablemente asociada a la palabra crisis, una entidad que es como la madrastra del cuento, dime espejito mágico, ¿habrá otro equipo en el mundo aún mejor que el mío? (y si le contesta que sí lo hace añicos y se compra otro espejo, será por dinero)… y sin embargo un equipo cuyos aficionados (sólo algunos de ellos, no generalicemos) a menudo prefieren perder con tal de conseguir otro objetivo aún mayor que la victoria, como es el que les sirvan en bandeja de plata la cabeza de su propio entrenador. No sé si es éste un fenómeno extrapolable a otros grandes, sí sé que a mí (que no soy de grandes) no recuerdo que me haya pasado jamás, ni aún por mucha tirria que le tuviera al entrenador de turno. Será que el raro soy yo.

¿Quieren más paradojas? Aquellos que hace un año criticaron a Laso por no haber sabido administrar sus fuerzas, por haber tenido al equipo como una moto en noviembre/diciembre y haber llegado fundido a mayo/junio, son acaso los mismos que este pasado diciembre le pusieron en la picota tras perder apenas un par de partidos como si eso fuera el fin del mundo, y ello cuando resultaba manifiestamente evidente que lo que estaba haciendo el Madrid este año era precisamente lo que le habían demandado, aplicar la dosificación que no aplicó el Floren_2015_Entrenadores_Grande_37_originalaño anterior. Pero llegó a utilizarse con profusión el concepto crisis (para variar), llegó a situársele más fuera que dentro (para seguir variando), llegó incluso a filtrarse que la Federación (o sea Sáez) sólo estaba esperando a que el Madrid finalmente lo destituyera para nombrarle seleccionador… Cinco meses después el Madrid es Campeón de Europa, y lo es entre otras cosas por no repetir errores del pasado, por no haber echado el resto en otoño para luego tener que arrepentirse en primavera, por haber ganado (o no) con lo justo en diciembre para ganar con todo en mayo. Cinco meses después el Madrid está en posesión del mayor título que pueda ganarse a nivel de clubes pero a algunos no parece bastarles, aún hay casos aislados que manifiestan un regusto amargo porque el nivel de aplastamiento no haya sido el que ellos esperaban o porque haya habido que bajarse al barro para conseguirlo, como si el barro no fuera imprescindible en estas circunstancias, como si el gen del madridismo llevara también incorporado de serie el gen de la insatisfacción. Cinco meses después Laso tiene por fin el crédito que siempre mereció, pero habrá de saber que ese crédito le durará exactamente hasta la próxima derrota (vales tanto como el último partido que juegas), hasta el próximo título (aún por nimio que fuera) que se escape de las vitrinas de tan sacrosanta entidad. Marca de la casa, no tienen más que mirar a su sección de fútbol si aún les queda alguna duda.

Dure lo que dure habrá merecido la pena. La alegría, aquella catarsis que hace un par de años reivindicó con pasión José Manuel Puertas, resulta mucho más fácil de defender cuando hay un título que la sustente. Todo lo cual no resta méritos (más bien al contrario) a otros equipos lúdico-festivos (pero no por ello menos efectivos), ese maravilloso Canarias de Alejandro Martínez, la Penya de Maldonado (casi cualquier Penya, en realidad), tantos otros. Pero los títulos de alguna manera crean escuela, marcan doctrina, enseñan el camino a seguir. Cuando un equipo alegre gana un título es como si lo ganara dos veces, por lo que representa el título en sí y por lo que representa haberlo ganado así. Este Madrid de Laso ganó Supercopas y pareció poco, ganó Copas y aún no pareció suficiente, ganó una Liga y pareció que aún faltaba algo, gana ahora por fin la Euroliga y debería ser ésta ya la victoria definitiva, la que despeje dudas, la que consagre para siempre este estilo de juego tan válido como cualquier otro, en realidad mucho más válido que cualquier otro porque gana como cualquier otro pero a la vez divierte más que cualquier otro (no sé si me explico). Repito: debería ser. No nos confiemos. Volverán los apóstoles del feísmo como volvieron las oscuras golondrinas, de hecho están ahí agazapados esperando su oportunidad, soñando con que este Madrid se la vuelva a pegar en ACB o con que lpablo-lasoos fantásticos Warriors de Kerr & Curry no ganen esta NBA para volver a contagiarnos con su bilis, para vendernos otra dosis de cemento y apretarnos todavía un poco más las riendas. Mantengámonos alerta.

Ahora bien, cuando vengan mal dadas, cuando las cañas se tornen lanzas (cursilada que hasta hoy jamás me había atrevido a utilizar), cuando pinten bastos (pasado mañana, como quien dice), el Madrid, antes de tomar medidas drásticas, deberá sentarse a valorar todo lo que representó el lasismo (y el chachismo, por extensión) para la idiosincrasia de este club. No es ésta una entidad que por lo general coseche adhesiones allá por donde pasa, más bien al contrario, tiende a generar animadversiones por doquier, fruto de la propia grandeza de la entidad. Y sin embargo este Madrid de Laso ha conseguido la cuadratura del círculo, que muchísimos aficionados que no son ni fueron ni serán nunca del Madrid disfruten viendo jugar (y ganar, incluso) a este equipo (créanme que sé de lo que hablo, créanme que conozco no a uno ni dos sino a unos cuantos). Que este Madrid vaya a ser recordado por sus títulos pero también (y sobre todo) por su juego, por las simpatías y empatías que genera, por mejorar, promover y publicitar por el mundo la maltrecha imagen de marca de la entidad. Por algo tan simple como (permítaseme la expresión) devolver el baloncesto a la gente. Gente que cuando se sienta a ver un partido (tanto más si no se trata de su equipo) lo hace sólo para disfrutar, para que le dejen ser feliz siquiera un par de horas, que para aburrirse o amargarse bastante tiene ya con su vida cotidiana, con mirar a su alrededor, con mirarse incluso en el espejo cada mañana. Digámoslo de una vez por todas, no es verdad que hayamos venido a este mundo a sufrir, no es verdad que este baloncesto no sirva para ganar títulos. NO ES VERDAD. A este valle de lágrimas hemos venido a llorar lo menos posible, a reír hasta hartarnos sin temer represalias, a gozar del juego que amamos (y de la manera en que lo amamos) sin tener que arrepentirnos después. Defendamos siempre la alegría, por favor. También en baloncesto.

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FRAUDE DE LEY   3 comments

Los leguleyos (también llamados juristas) manejan con relativa frecuencia el concepto fraude de ley, que en esencia vendría a ser (copio y pego de Internet, de la Enciclopedia Jurídica nada menos) la realización de un acto amparándose en una norma con la finalidad de alcanzar ciertos objetivos que, no siendo los propios de esa norma, sean además contrarios a otra ley o al ordenamiento jurídico. (…) El mandato legislativo no sólo se infringe porfraude-de-ley-1-728 actos francamente opuestos a su precepto, sino que también se provoca el criterio legal desarrollando una actividad que no resulta contraria al precepto legal literalmente considerado, pero sí que contradice su finalidad. Fin de la cita, que sospecho que les estaré aburriendo. Traduzco (a mi manera, y desde mi absoluta ignorancia): algo así como aprovecharse de una ley para incumplir la ley (otra ley), o al menos para ir en contra de la finalidad que se pretendía con dicha ley. O en versión española, que el que hace la ley hace la trampa… pero esta vez desde la propia ley. No sé si me explico.

Yo no sé nada de leyes (probablemente ya lo habrán notado), sé algo más (tampoco mucho) de baloncesto. Y los aficionados al baloncesto (sección NBA) asistimos con cierta perplejidad en los últimos tiempos a la generalización de un fenómeno que es más viejo que la tos, pero que de un tiempo a esta parte alcanza casi caracteres de pandemia: la comisión (del verbo cometer) de faltas personales sucesivas y sistemáticas sobre el mal lanzador de tiros libres para que así éste se estrelle una y otra vez desde la línea, volviendo el balón de inmediato al equipo infractor. Es decir, la comisión sistemática de un delito, ante el hecho evidente de que la pena impuesta por ese delito (y la escasa capacidad de quien ha de ejecutar la condena, también) es tan leve que a la larga resulta beneficiosa para el infractor. Darle la vuelta al concepto falta personal, de tal manera que el premio ya no es para quien la sufre sino para quien la comete; el perjudicado ya no es el infractor sino el receptor. Puede que no sea un fraude de ley, quién soy yo para decirlo; pero reconocerán que se le parece bastante.

No hemos inventado nada, podrían cantar a coro todos aquellos que lo hacen. Cuentan (y hasta donde alcanza mi memoria creo que es cierto) que el padre de la criatura fue el insigne Don Nelson, uno de los mayores genios de la estrategia que haya conocido nuestro juego, así para parir el small ball (y arruinarles la vida a unos cuantos grandes por el camino) como para retorcer el reglamento en beneficio propio, véase la muestra. El primer Hack-A fue Hack-A-Rodman, aunque a nadie se le ocurrió aún llamarlo así. La broma no pasó de mera anécdota, hubieron de pasar algunos años para que la anécdota trascendiera y se convirtiera en categoría: comienzos de este siglo, histórica final de conferencia entre Lakers y Blazers, Mike Dunleavy (padre hda hrdel actual jugador de los Bulls, por si alguien fuera tan joven como para no conocerlo) decidió desempolvar aquella vieja estrategia y aplicarla sobre Shaquille O’Neal, llevándole una y otra vez a la línea en cuanto saltaba el bonus. La cosa le salió como el culo, disculpen la vulgaridad, pero ahí quedó para la historia. Había nacido el Hack-A-Shaq. Luego vino Popovich (por quien profeso franca admiración, pero una cosa no quita la otra), vinieron tantos otros, el último (pero no por ello menos importante) el insigne Kevin McHale, que pese a tener al menos tres jugadores manifiestamente hackeables en sus filas (Dwight Howard, Josh Smith, Clint Capela) no ha dudado en aplicar hasta el hartazgo el Hack-A-DeAndre (es que si escribo Hack-A-Jordan se me revuelven las entrañas) ante los Clippers. Lo poco agrada pero lo mucho enfada, dicen, y esto ya está empezando a pasar de castaño oscuro. Como broma ya está bien.

Eso sí, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Porque esto mismo se lo vi yo hacer (y bien que le reí la gracia) a mi propio equipo, que es también el de usted y el de casi todos los que pasen por aquí: a nuestra mismísima selección, a finales del siglo pasado, cuando aún era sólo la selección y no llevaba eñes ni demás zarandajas mediáticas. Antes de que los Blazers crearan el Hack-A-Shaq nosotros ya habíamos inventado el Hack-A-Nosov. Vitaly Nosov, aparatoso pívot ruso de aire tosco, complexión robusta y muñeca de piedra al que una vez le dimos la tarde haciéndole falta cada vez que recibía el balón, regocijándonos con sus cuantiosos fallos en los tiros libres que a la postre nos dieron el partido… Eso sí, repárese en ese matiz: cada vez que recibía el balón. Obviamente la normativa FIBA no permite hacer faltas sistemáticas a un jugador que no lo tenga, la primera vez podría colar pero a la segunda o tercera hasta el árbitro más ingenuo acabaría reparando en ello y pitando antideportiva (acaso aún intencionada en aquella época). No es pequeño ese matiz, al que volveremos más tarde. Suficiente para que en nuestro continente no hayamos vuelto a conocer (que yo recuerde, al menos) otro caso igual.

Claro está, no faltan quienes ven en todo esto una forma de justicia poética, una especie de justo castigo al mal lanzador de tiros libres. Algo (sólo algo) de razón tienen, desde luego, cualquiera que vea baloncesto es capaz de apreciar cómo esta suerte esencial del juego se va deteriorando temporada tras temporada, puede que lo desmientan los números pero en mi caso están las sensaciones y éstas son peores cada año que pasa. Paso el invierno viendo NCAA y ahí ya el problema adquiere caracteres alarmantes, como si en los institutos ya sólo enseñaran a los niños a colgarse del aro y se olvidaran de explicarles los aspectos fundamentales del juego, Y no es un problema que se dé sólo entre chavales que pasan cuatro años hincando codos mientras juegan baloncesto (o viceversa) pero que luego no se van a ganar la vida con este deporte, se da también (y aún más si cabe) entre las presuntas estrellas del mañana: todavía recuerdo con pavor (por ejemplo) la horrorosa mecánica de aquel fornido mocetón de Connecticut llokaforamado Andre Drummond cada vez que ejecutaba (nunca mejor dicho) un tiro libre (tampoco parece que la haya mejorado mucho desde que está en NBA); y ni siquiera hace falta ir tan lejos, este mismo año hemos podido comprobar las portentosas habilidades al respecto del aspirante a jugador del año (que lo perdió por los pelos) y a número 1 del draft Jahlil Okafor, vigente campeón con Duke; o se pone las pilas este verano o en apenas unos meses acuñaremos la expresión Hack-A-Jahlil, al tiempo. Cada nueva temporada vemos que muchas criaturas vuelven de vacaciones con nuevas suertes recién incorporadas a su repertorio, fajadores a cuál más interior a quienes de repente te los reencuentras tirando de tres pero que cuando les llega la hora de ir a la línea resultan aún más pavorosos que el año anterior (estoy pensando en el ex Cardinal Montrezl Harrell mientras lo escribo, pero hay muchísimos más que encajarían en esta descripción). Mal endémico de un baloncesto USA (sobre todo en sus primeras etapas de formación) en el que lo accesorio parece importar más que lo esencial, el mate más que el fundamento, la espuma mucho más que el contenido que la sustenta. Son así.

Pero no mezclemos churras con merinas, por favor. No se nos ocurriría justificar un asesinato en base a la baja catadura moral del asesinado, a la levedad de las penas que se le impongan o a los beneficios penales establecidos (vale, ya sé que matar no es exactamente lo mismo que cometer falta personal, pero ustedes cogen la idea). Ni aún menos justificar un delito en base a la manifiesta torpeza del delinquido, la culpa es tuya por llevar el bolso abierto, por dejarlo ahí a la vista, por no poner alarma, por qué sé yo. Si no quieres que te mate no seas enemigo, que decía Gila. Pues no. La culpa de un delito siempre es del que delinque, la víctimhda sasa no es menos víctima por más o menos hábil que sea, por más o menos luces que tenga. Decimos les está bien empleado como si realmente fuera así, como si sirviera de escarmiento, pero hasta donde yo alcanzo a recordar no existe constancia de un Hack-A-etc que haya hecho mejorar los porcentajes de sus víctimas (acaso sí en ese momento puntual, pero no en términos globales), no digamos ya de aquellas otras víctimas potenciales que sólo lo ven por televisión. Si no meten los tiros libres es su problema, Popovich dixit. Cierto. Pero no es menos cierto que el deporte de élite no es sólo competición sino también (y aún más si cabe) espectáculo, tanto más si hablamos de NBA. Y el que se ponga en peligro ese espectáculo ya no es sólo problema de DeAndre Jordan, es también problema suyo y nuestro, de todos los que viven de él y de todos los que lo consumimos. De todos nosotros.

Y por eso mismo no me cabe la menor duda de que ha llegado la hora de que la NBA tome cartas en el asunto, y de que lo hará más pronto que tarde. Lo tienen bien fácil, al fin y al cabo existe ya una regla que penaliza las faltas al jugador sin balón en los dos últimos minutos de partido cual si de técnicas se tratara, tiro libre y banda para el equipo que la recibe; tan sencillo como aplicar esa misma norma en todos los cuartos, y no sólo en los dos últimos minutos sino en cuanto haya bonus, de tal manera que el equipo que hackee sepa que ahora ya la gracia no le va a servir para recuperar la bola. Obviamente no solucionaremos en su integridad el problema, el equipo infractor podrá seguir hackeando al torpe cuando reciba el balón pero ahora al menos tendrá que esperar a que le llegue (si es que le llega), ya el hack tendrá que ser a la española (modelo Nosov) y no a la americana, ya no habremos de soportar este basket interruptus en el que al mano de piedra se le empiezan a dar cachetes en media pista antes incluso de que el balón se ponga en juego (quién le iba a decir al bueno de Papanikolaou que quedaría para esto en NBA). Y todo ello basado en criterios objetivos, que el receptor de la falta tenga o no el balón, tan sencillo como eso, sin entrar en intencionalidades ni antideportividades varias. Es sólo una idea (y si aún se demostrara insuficiente podría incrementarse la dosis, dos tiros y banda si fuera menester), ahí se la dejo para lo que gusten mandar. Seguro que ustedes, en su docto entender y aún más recto proceder, encontrarán otra opción infinitamente mejor.

Lo que sea, pero hagan algo, ya. Paren esto de una vez por todas, inventen el Hack-A-Hack si se me permite la expresión. Que cuando hackean a Dwight, Josh o DeAndre nos hackean también a todos nosotros, que cuando acoquinamos pasta por una entrada, un canal de pago o un league pass no lo hacemos para ver a un sujeto parado ante una línea apedreando un aro, no lo hacemos para ver anticesto sino para ver (lo que toda la vida entendimos por) baloncesto. Que es tal la desesperación que todo ello nos produce que puede uno llegar a hacer cosas realmente absurdas, véase ésta misma que tienen ante sus ojos: tirarme un buen rato hablando de fraudes de ley y demás conceptos jurídicos como si en verdad supiera de qué demonios estoy hablando. No me obliguen a tener que repetirlo.

ESCARIOLEANDO   1 comment

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, puede parecer una frase hecha (lo es, de hecho) pero por desgracia suele ser verdad, no tienen más que mirar a su alrededor (en el deporte, en la política, en el cine o en la vida) para encontrar múltiples ejemplos, que la segunda parte de El Padrino fuera buena es sólo la excepción que confirma la regla. Repetir una experiencia que funcionó cuando ya no se dan (ni de lejos) las circunstancias que la hicieron funcionar no suele ser una buena idea. Y sin embargo caemos en ello cada dos por tres…

Habemus Scariolo, sí, Scariolo dos punto cero como si dijéramos. La primera reflexión (o similar) que se me viene a la cabeza es que (puestos a seguir con el refranero) para este viaje no hacían falta alforjas. Para acabar nombrando como seleccionador al que siempre sospechamos que nombrarían no hacía falta marear la perdiz durante ocho meses, ocho (8), que se dice pronto.españascariolo Aún estaba caliente la silla de Orenga, aún nos duraba la amargura tras la cagada mundialista y ya el nombre de Scariolo se disparaba en todas las quinielas, como si fuera lo más obvio (que lo era), como si casi no hubiera ninguna otra opción. Bien pudo llegarse a un acuerdo a la semana o al mes, bien pudo Sáez tomarse su tiempo (de tantas veces como nos dijo que en estos asuntos no había que precipitarse, que se requería una reflexión sosegada, que no había que tomarse estas cosas a la ligera) y nombrarle tres o cuatro meses después, enero, febrero, qué sé yo. Pero no, nos llenaron la cabeza con que si estaban esperando a que cierto club cesara a Fulanito para poder nombrarlo, con que si estaban esperando a que se cambiara la normativa ACB para poder nombrar a Menganito… Ni que decir tiene que no sucedió ni lo uno ni lo otro, ni Fulanito ni Menganito ni Zutanito, habemus Scariolo 2.0, ya saben, aquello de lo (presuntamente) malo conocido y lo (presuntamente) bueno por conocer. Lo del viaje y las alforjas. Ocho meses de viaje echados a perder.

Scariolo (para mi gusto) tiene virtudes y defectos, como todo el mundo. Empezaré por las virtudes, que es más fácil. Básicamente, una: que es un entrenador. Como lo oyen (como lo leen, más bien), Sergio Scariolo es un entrenador de baloncesto. Créanme que no es poca cosa viniendo de donde venimos. Sergio Scariolo no ha entrenado cuatro días sino unos cuantos años, no ha ejercido a la vuelta de la esquina sino en un montón de plazas a cuál más difícil, no ha dirigido a una panda de críos sino a manadas de tíos hechos y derechos y con pelos en los pechos y en otros sitios. Podrá entregarse a la inacción, dejarse ir, tragar con lo que le impongan, aceptar incluso la autogestión, todo eso y más, pero si en un momento dado se ve con el agua al cuello será capaz también de tomar alguna iniciativa, qué sé yo, cualquier cosa, quitar una individual y poner una zona, quitar un Gasol y poner un Felipe, lo que sea menester. No le temblará el pulso porque lleva haciéndolo toda la vida, podrá acertar o podrá equivocarse (y asumirlo) pero nadie le podrá echar en cara no haberlo intentado, nadie le reprochará nunca haberse quedado con los brazos cruzados, incapaz de tomar ninguna decisión (lo cual también es en cierto modo una decisión). Repito, no es poca cosa viniendo de donde venimos.

Pero me pueden los (que a mí me parecen) defectos. Yo hasta hablaría de dos escariolos, el anterior y el posterior a aquel motín de Turquía 2009, o bien si así lo prefieren (y por simplificar mucho las cosas) el Scariolo de club y el de selección. El primero nunca fue santo de mi devoción (lo cual no es problema suyo sino mío, que soy de devoción difícil): estructurado hasta la náusea, cuadriculado en sus planteamientos hasta decir basta según cuentan muchos que trabajaron con/para él, tipos como Erazem Lorbek, Germán Gabriel, Pepe Sánchez, Walter Herrmann o incluso el mismísimo Alberto Herreros probablemente podrían contar unas cuantas historias al respecto. Scariolo (recuerden, el Scariolo pre-2009 o Scariolo de club, supongo que el milanista y el baskonista también podrían encuadrarse en esta categoría aunque sean posteriores) es de ese tipo de entrenadores que tienen tan clara su idea de baloncesto que es el baloncesto el que tiene que adecuarse a su idea, nunca al revés.españascariolo2 Filosofía messiniana, ya saben, éste y sólo éste es el cesto que yo tengo en la cabeza, tanto me dará que los mimbres de que dispongo me aconsejen otro cesto completamente distinto, si tengo que retorcerlos los retuerzo, si tengo que romperlos los rompo, si aún así no me sirven los tiro y ya buscaré otros que se adecuen a mi cesto, cualquier cosa menos pensar en otro cesto. No me gusta la rigidez excesiva, ni en el baloncesto ni (aún menos) en la vida, lo siento.

Pero con gustarme poco este Scariolo, el otro (el que salió del motín de 2009) me gusta aún menos… si bien de este modelo no tiene él la culpa. Scariolo asumió (a la fuerza ahorcan) que a esta generación de purasangres no se le podía domesticar, renunció a sus principios, aflojó las riendas y dejó que trotaran libremente por la pradera. La cosa funcionó, qué duda cabe. Se ganó aquel oro de 2009, se ganó aún más brillantemente el de 2011, se ganó la plata olímpica de 2012 (con alguna sombra, como aquel tanking a la española ante Brasil), los jugadores hicieron lo que les vino en gana, él cumplió su papel y todos fuimos felices y comimos perdices. Para que esta propuesta autogestionaria funcione básicamente hacen falta dos cosas, unos jugadores que sean la hostia de buenos y un buen rollito del copón. Mientras se cumplieron ambas premisas todo fue como la seda pero sucede que hoy ya estamos en 2015, puede que el buen rollito lo sigan teniendo (unos más y otros menos, es ley de vida), puede que el talento también siga ahí pero los cuerpos ya no son ni serán nunca lo que fueron. Y es justo entonces, cuando falla alguno de los ingredientes (o aunque no falle) cuando se necesita la figura de un entrenador. Entre el técnico fiscalizador hasta la náusea y el contemplativo hasta el hartazgo debería existir un término medio, miles de términos medios. Pero acaso sea ya demasiado tarde para eso.

De todo lo anterior podría deducirse que no trago a Scariolo pero nada más lejos de la realidad, de hecho creo que soy bastante menos anti-Scariolo que la mayoría de los (amigos, conocidos, lectores, tuiteros) que me rodean. Me cae bien, de hecho. Creo que es un sujeto que gana bastante en las distancias cortas, de lejos transmite antipatía y un puntito de soberbia pero de cerca (en entrevistas o comentarios televisivos, que es todo lo cerca que puedo llegar a estar) desprende calidez, humanidad, hasta una cierta riqueza cultural. Todo lo cual está muy bien pero para lo que nos ocupa no tiene la menor importancia, lo único que debería importarnos es su faceta de entrenador. Y al respecto no me habrán leído ni me leerán jamás que Scariolo me parezca un mal entrenador, porque no lo pienso en absoluto. Todo lo contrario, Scariolo me parece un buen entrenador, ahí están sus éxitos y sus títulos durante todos estos años para atestiguarlo. Ya otra cosa es que me guste, que se aproxime siquiera un poco a mi ideal como técnico, que como ya habrán deducido no es el caso (problema mío, insisto).saezscariolo Y ya otra cosa es que (aún en el supuesto de que me gustara) me parezca adecuado su nombramiento, tanto menos en el momento actual, tanto menos estando como estamos y viniendo de donde venimos. La situación tras el orengazo requería un drástico cambio de rumbo, un golpe de timón, algo que ilusionara siquiera un poquito a la afición, pero aquí (qué les voy a contar que ustedes no sepan) somos más de poner cara de paisaje y mirar para otro lado, ocho meses al pairo y seguro que las cosas se solucionan solas, ponga un Scariolo en su vida, más de lo mismo, cambiemos algo para que todo siga exactamente igual. Segundas partes nunca fueron buenas, ya se lo dije.

Les he contado ya demasiadas veces por activa y por pasiva lo que pienso acerca de nuestras expectativas (si las hubiere) en este próximo Eurobasket y por extensión en los presuntos Juegos de Río 2016, no se lo repetiré porque me pongo malo de sólo pensarlo. Alguien a estas alturas debería coger de una vez por todas el toro por los cuernos y empezar a llamar a las cosas por su nombre, miren señores, ya nada será igual, los niños de Lisboa tienen 35 años, algunos ya nunca volverán, otros aún vendrán pero como si no vinieran, otros aún no tienen esa edad pero andan ya para el arrastre, es lo que hay (o lo que no hay, más bien) así que dejen de pedir peras al olmo, olviden de una puta vez la mamarrachada de la eñebeá, dejen de soñar imposibles y vayan ya pensando en la reconstrucción, esto no es un solar pero sí una casa que se desmorona, intentemos salvar algún cimiento, afiancemos lo que se pueda afianzar y empecemos de cero todo lo demás, cualquier cosa antes que poner un mero parche, repintar la ruina y seguir viviendo en su interior como si no pasara nada, como si no se nos hubiera caído el techo encima. Pudimos asumir los desperfectos, pudimos incorporar un soplo de aire fresco que mirara ya a medio/largo plazo pero hemos preferido seguir españoleando, escarioleando, hacer como que seguimos siendo la hostia y nada impide que volvamos a serlo, mismo perro con distinto collar, ponemos al perro el collar de antaño como si con eso fuera bastara para recuperar la lozanía y esbeltez de antaño, nada nuevo bajo el sol, la vida sigue igual, eñebeás, eñemanías y demás eñepolleces a tutiplén, ni cirugía ni lifting ni leches, sombra aquí y sombra allá, maquíllate maquíllate. Más dura será la caída, al tiempo.

SOY CURRYSTA   1 comment

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Hay imágenes que valen más que mil palabras (qué frase tan original para empezar). Hay fotografías que por sí solas explican media vida, toda una carrera profesional. Y si no se lo creen no tienen más que echar un vistazo a esa que tienen ahí un poquito más arriba, ya sé que muchos la habrán visto hasta la saciedad durante estos últimos años pero aún así contémplenla una vez más, repásenla conmigo, háganme ese favor. El sujeto que vemos a la derecha no creo que necesite ninguna presentación ni siquiera para aquellos que no llegaran a conocerlo en vida, de hecho la mera mención de su nombre debería hacer que nos pusiéramos todos en pie. El que está en el centro tampoco requeriría de mucha presentación pero aún así puede generar más dudas, por lo que habré de recordarles que se llamaba (y se seguirá llamando a día de hoy) Mitch Richmond y que había sido estrella en los Golden State Warriors si bien para aquel entonces ya jugaba en los Kings de Sacramento. Detrás de él, de perfil, en un discreto segundo plano, precisamente el que había sido su entrenador en esos Warriors y había llevado a esa franquicia a cotas ciertamente impensables (a las que por cierto volvería a llevarla más de tres lustros después), el amigo Don Nelson a quien hoy imaginamos disfrutando de su dorada jubilación en las no menos doradas playas de Hawaii. Y finalmente, a la izquierda de la foto (prescindamos del periodista de los cascos, a quien no tengo el placer de conocer) podemos intuir a uno de los mejores triplistas que haya conocido este juego, aquel implacable alero llamado Dell Curry a quien años más tarde Montes apodaría Muñequita Linda, pocos motes hubo mejor puestos; pero digo intuir porque apenas se le ve, porque está medio tapado por la criatura que tiene sobre su regazo, un niño ligeramente cabezón y con cara de bueno que parece mirarse su manita y sus cinco deditos como diciendo veréis la que voy a liar yo con esto cuando sea mayor. Aquel crío era su primer hijo, llevaba por nombre Stephen y aún no había cumplido cuatro años cuando se tomó esa foto, allá por el Concurso de Triples del Fin de Semana de las Estrellas de (supongo que) febrero de 1992.

Hubieron de pasar más de quince años para que conociéramos a ese niño, para que supiéramos siquiera de su existencia. Nunca había oído hablar de él hasta que de repente, hacia mediados de julio de 2007, se me fue a aparecer dos veces en el mismo día por una de esas casualidades de la vida (y de los calendarios televisivos). Por la tarde me senté como tantas otras veces a ver un partido cualquiera de primera ronda del Torneo Final universitario, uno de esos que el Plus acostumbraba (supongo que seguirá acostumbrando, aunque ahora ya no lo trabajo) a ofrecernos cada verano con sólo cuatro meses de diferido no fuera a ser que nos enteráramos del resultado antes de tiempo; y esa misma noche me senté de nuevo ante el televisor para ver (supongo que ya en directo) un partido cualquiera del Mundial Júnior de aquel mismo año, uno de los pocos que tuvo a bien ofrecernos Teledeporte. Y allí estaba él, por la tarde y por la noche, ensartando triple tras triple exactamente de la misma manera, como si entre un partido y otro no hubieran transcurrido esas quince o veinte semanas que ante mis ojos resultaban ser sólo unas pocas horas. Los de la tarde (o sea, los del Plus) nos dieron pelos y señales acerca de aquel liviano freshman de la Universidad de Davidson, nos contaron que de casta le venía al galgo y que de tal palo tal astilla ya que era hijo de etc etc etc. En cambio los de la noche (o sea, los de Teledeporte) nos contaron bastante menos (más bien nada) acerca de aquel liviano base de la selección USA sub19: el marrón (si no recuerdo mal) le cayo al ínclito Javier Metelmicroahí López, ese cuyo verbo grácil y chispeante puede convertir cualquier apetecible espectáculo baloncestero en una pura ruina, véase por ejemplo su paso por la LEB; no es ya que no nos contara que era hijo de Dell Curry, es que si a alguien se le hubiera ocurrido mencionárselo seguro que él habría preguntado ¿y quién es ese Delcarri?, que ya decía mi abuela que de donde no hay no se puede sacar

Fue como una puesta de largo. Steph Curry no pasó ronda en aquel Torneo Final NCAA ni ganó aquel Mundial Junior pero se quedó ya para siempre en nuestras vidas, convertido de repente en un jugador a seguir. Dicho así ya parecía mucho pero créanme que no era nada en comparación a lo que viviríamos apenas ocho meses más tarde (y esta vez ya en directo, por fin, MMOD mediante), en aquella inolvidable March Madness de 2008. No fue mi caso porque yo ya venía abducido de serie, pero sí sé de unos cuantos que se hicieron adictos a este baloncesto universitario en general (virus que una vez te lo inoculan ya se te queda ahí dentro para toda la vida), y a este jugador en particular, gracias precisamente a lo que vivieron en aquella March Madness de 2008: Davidson, universidad modesta donde las haya, firmó un impresionante Torneo Final de la mano de un Curry de leyenda, el verdadero jugador del Torneo aunque no llegara a la final ni a la semifinal, así se lo conté entonces por si les apeteciera recordarlo. Partiendo del número 10 de su región estos Wildcats fueron cargándose (por este orden) a la número 7 Gonzaga, a la número 2 Georgetown y a la número 3 Wisconsin, cada campanada aún mayor si cabe que la anterior. Y no contentos con ello aún tuvieron contra las cuerdas a la número 1, a esa imponente Kansas en su mismísima Final Regional, territorio prohibido, palabras mayores. Sonará muy grandilocuente pero créanme que no exagero si les digo que aquel simple partido pudo cambiar la historia: de haber entrado aquel tiro postrero (que hubo de jugarse Richards por estar sobremarcado Curry) Davidson se habría convertido en el más insospechado finalista (de Final Four, entiéndase) de la historia (sí, aún más insospechado que George Mason dos años antes, aún más insospechado que Butler, VCU o Wichita State después); de haber entrado aquel tiro Kansas habría hincado la rodilla y dado por finalizada su temporada quedándose sin aquel glorioso título que alzaría luego brillantemente, apenas ocho días más tarde; de haber entrado aquel tiro los Jayhawks habrían defenestrado injustamente más pronto que tarde a Bill Self… Así se escribe la historia. O no.

Aún quedaría un tercer año de Curry en Davidson, que no fue peor que los anteriores sino más bien todo lo contrario según contaron todos aquellos que lo vieron. No fue mi caso: por aquel entonces casi todas mis opciones de ver baloncesto universitario (y tanto más tratándose de una universidad tan pequeña) se limitaban al Madness y justo aquel marzo una mala derrota les dejó finalmente fuera, algunos aún soñamos con que en el último momento les llegaría una invitación del Comité de Selección pero no coló, tratábase de una conferencia demasiado menor como para meter dos equipos en el Torneo, no hubo excepciones. Curry se apuntó al draft, y de inmediato se inauguró un interminable debate público sobre sus aspiraciones en dicho draft y por extensión en toda su carrera profesional. De un lado la opción romántica, es un jugador fascinante y de calidad excelsa que lo tiene todo para triunfar en la NBA etc etc, del otro lado la opción (llamémoslo así) escéptica, un dos en un cuerpo de ni siquiera un uno, un cuerpo que no responde en absoluto a los cánones físicos que se estilan en aquella Liga, en cuanto salte a cancha se lo van a comer, se va a estrellar, no tiene ninguna posibilidad…Stephen+Curry+2009+NBA+Draft+rcHK9X8QMIHl De entrada ganaron los escépticos, como no podía ser de otra manera: Curry cayó hasta el puesto 7 del draft, por delante de él valores tan presuntamente seguros como Hasheem Thabeet o Johnny Flynn (¿dónde andará Johnny Flynn?), y aún los Warriors hubieron de tragarse un enorme chorro de críticas acerca de la barbaridad que supuestamente habían cometido escogiendo tan arriba a este tío. Vamos que para completar el cuadro ya sólo faltaba lo que efectivamente sucedió pocos días después, que la estrella de aquellos Warriors Monta Ellis montara en cólera al grito de (traducción libre) esta franquicia no es lo suficientemente grande para los dos, forastero

Curry jugó ya muy bien su primera temporada, se quedó casi a las puertas de ser el rookie del año (algunos siempre pensaremos que debió compartir aquel premio con Tyreke) pero aún así los apóstoles de lo físico siguieron encontrando argumentos en su contra. El chaval se nos fue a romper por donde menos pensábamos, sus defensores no le quebraban las costillas ni le arrancaban de cuajo la cabeza ni le sacaban de un plumazo de la pista (más que nada porque no les daba tiempo) pero sus tobillos empezaban a flaquear. Un esguince llevaba a otro, y éste a otro a su vez, casi siempre en el mismo tobillo pero a veces también en el otro para variar, y un verano decidió operarse pero fue peor el remedio que la enfermedad, y de perderse semanas pasó a perderse meses y en la bahía de San Francisco empezaron a echarse las manos a la cabeza, y hasta los más agoreros pensaron que no aguantaría, que su físico no estaba hecho para jugar a esto, que lo tendría que dejar… Más quirófanos, más tratamientos, más fortalecimiento y mire usted por donde el jugador que volvimos a encontrarnos en el otoño de 2012 pareció ya un hombre nuevo, ya no era aquel guadiana que en los dos años anteriores entraba y salía (más salía que entraba) de las alineaciones cada dos por tres, ya sus tobillos aguantaban y ello a su vez repercutía en su confianza, ya volvía a ser aquel Curry de Davidson o del primer año en Golden State pero ahora ya por fin corregido y aumentado, más hecho, más sabio, más adaptado (no sólo físicamente) a la Liga. Aún hoy le veo jugar y pienso que puede troncharse a cada paso, aún hoy me asusto cuando sale renqueante tras alguna penetración, ya son ganas de asustarse porque la realidad no responde en absoluto a esos temores, durante estas dos últimas temporadas sus ausencias (rara vez relacionadas con sus tobillos) pueden contarse con los dedos de una mano y aún sobrarían dedos. Hoy esa frágil y quebradiza estructura de cristal de bohemia esconde a un sujeto cada vez más fuerte; y también (aún por imposible que parezca) cada vez mejor jugador, si cabe. El equilibrio perfecto entre estética y eficacia, entre plasticidad y efectividad, entre hacerlo bonito y hacerlo bien. El equilibrio perfecto entre el corazón y la razón.

Y es que hay otros jugadores que te epatan, que te abruman, que te ganan casi por aplastamiento. Otros hay que te gustan, claro que sí (cómo no te habrían de gustar), que puede que hasta te entusiasmen, que los veas y digas joder qué bueno es, qué clase, qué maravilla, qué bien lo hace todo, lo que usted quiera, te gustan pero no te enamoran, vaya por dios, les falta justo ese último escalón. Otros hay que te impactan pero a la vez te dejan frío, qué poderío y qué dominio pero también qué falta de gracia, qué poquita capacidad de seducción. Otros hay que lo tuvieron todo para enamorarte, que te enamoraron justo hasta ese día en que se creyeron más grandes que ellos mismos, hasta que se les rebosó el ego, el equipo es un mal necesario, me importo yo y yo y yo y nadie más que yo. Y finalmente hay algunos que te entran por los ojos, que (éstos sí) te seducen, te vuelven loco, tanto más loco te vuelven cada dstephen-curry-celebrates-pelicans-121414.1200x672ía que pasa, cada partido que los ves; justo esos son los imprescindibles, que diría Bertolt Brecht si aún viviera y le gustara el baloncesto (ustedes disculpen la herejía). Los encantadores de serpientes, los que te hipnotizan, los que te devuelven a otro tiempo en el que el talento aún era mucho más importante que el músculo. Curry es imprescindible porque nos reconcilia con el baloncesto que una vez soñamos, aquel juego (nunca mejor dicho) en el que lo lúdico convivía en armonía con lo táctico, la magia atravesaba el cemento y ganar (aún siendo lo más importante) no era tan importante como disfrutar. Curry de alguna manera nos devuelve a la infancia, a la adolescencia. A la suya, sí, pero también (y sobre todo) a la nuestra.

Creo que se me nota, soy currysta, pondré buen cuidado en escribirlo con y griega porque una vez lo tuiteé con i latina y se me empezaron a aparecer fans de Curro Romero por doquier (a mí, que tengo de taurino lo que de monje trapense poco más o menos). Soy currysta, no es ya una debilidad sino algo que está más allá de eso, practico el currysmo como practico el chachismo o el ginobilismo pongamos por caso, cada uno a su manera, cada uno en su justa medida, cada uno a su debido tiempo. Soy currysta y sé que no soy el único, sé que el currysmo es una religión cada vez con más adeptos pero ello no lo hace menos especial, más bien al contrario. Soy currysta desde hace ya casi ocho años, desde antes que (casi) nadie, desde que aún no sabía que lo fuera, desde que muchos que hoy son currystas casi ni sabían que existiera. Soy currysta y me colma de dicha y regocijo (o me llena de orgullo y satisfacción, como prefieran) que aquel niño que se miraba los deditos sobre el regazo de su padre y a la vera de Don, Mitch y Drazen, que aquel post-adolescente que nos enamoraba (deportivamente) en Davidson sea oficialmente a día de hoy (y con todos los respetos a Harden, LeBron, Davis y tantas otras maravillas) el mejor jugador de la NBA, que es tanto como decir a día de hoy el mejor jugador de baloncesto sobre la faz de la tierra. Soy currysta y lo mejor es que es sólo el principio, que sólo son 27 años, que aún caben más emvipís en esa carrera, que hay ya un anillo esperándole a la vuelta de la esquina, si así no fuera no se preocupen porque habrá muchas más esquinas tras las que esperar. Soy currysta, si usted aún no lo es será o porque no le gusta o porque no lo ha probado, si es lo primero me parece perfecto (sobre gustos no hay nada escrito), si es lo segundo déjeme que le diga que no sabe lo que se está perdiendo. Avisado queda.

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