CINCO SEGUNDOS   1 comment

guiancaa1516Un año más, las buenas gentes de Basket Americano vuelven a publicar su imprescindible Guía NCAA, acaso la mejor publicación de baloncesto universitario en castellano que encontrarse pueda en todo el mundo mundial, y en la que de nuevo me han hecho el honor de ofrecerme que les emborrone unas cuantas páginas. El primer fruto de dicho emborronamiento es éste que les dejo a continuación, espero que sepan perdonármelo…

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La vida es eterna en cinco minutos, cantaba hace ya demasiados años el siempre añorado Víctor Jara. La vida es eterna en cinco segundos, esto último no lo cantó nadie (que yo sepa) pero podríamos cantarlo a coro todos los aficionados al baloncesto. Cinco segundos, un suspiro, un golpe de tos, una distracción irreparable, un fragmento infinitesimal de nuestra existencia. Casi se tarda más en escribirlos o en leerlos que en vivirlos. Cinco segundos, apenas nada y sin embargo todo. Todo lo que necesitas para comerte el balón o para que se lo coma el de enfrente, para no poder sacarlo tras agotar el bote (o aún botándolo, si de NCAA hablamos), para provocar una pérdida del rival. Todo lo que necesitas para dar un vuelco o para recibirlo, para empezar a ganar o acabar de perder, para arruinar una victoria o salvar una derrota. Cabe un partido entero, una temporada entera, una vida entera en cada cinco segundos.

Cinco segundos, todo lo que tienes que quitarle a 35 para que la resta dé 30 (maravillosa perogrullada). La ínfima, enorme distancia que separa el juego del ayer y el del mañana, el baloncesto universitario que un día conocimos y el que estamos conociendo desde ya, el que muy probablemente estará ya en juego cuando ustedes lean estas líneas. Nada y todo, parece casi un mundo pero créanme que antes hubo otros mundos, créanme que algunos que peinamos (demasiadas) canas siempre podremos contar que cuando empezamos a seguir este baloncesto las posesiones ni siquiera eran de 35 sino de 45,NCAA_Shot_clock eso porque llegamos demasiado tarde a la NCAA (más bien fue la NCAA la que llegó demasiado tarde a nosotros), de haber llegado sólo un poquitín antes habríamos conocido un baloncesto colegial sin reloj de posesión. No, no vayan a pensar que estoy hablando de los tiempos de Naismith, que uno tiene años pero no tantos. Hablo de los primeros noventa, de los felices ochenta. Para ponerlo en perspectiva: aquella histórica final de 1993 que la UNC de Dean Smith ganó a los Fab Five de Michigan (sí, la del terrible tiempo muerto de Chris Webber) aún se disputó con posesiones de 45 segundos. Y aquella no menos histórica final de 1985 que la insospechada Villanova de Rollie Massimino ganó a la mismísima Georgetown (aún con todo su Pat Ewing en el centro de la zona) aún se disputó sin control alguno de posesión.

Piensen en esa fecha, 1985, y reparen por un segundo en que para entonces la NBA llevaba ya la friolera de 30 años (desde 1954, concretamente) con sus 24 segundos, superando así dramas como el de aquel Pistons-Lakers de 1950 que acabó 19-18 (sólo 13 tiros de campo, sólo 8 canastas en 48 minutos de juego) o aquel otro Nats-Knicks que los primeros ganaron 75-69 tras anotar 75 de esos puntos (o sea, todos) desde el tiro libre, se ve que no encontraron los Knicks otra manera de que soltaran el balón. Es más, incluso la esclerótica FIBA también lo instaurslow motionó en los cincuenta (si bien aquí de 30 segundos, alegrías las justas) tras numeritos como aquel mítico Yugoslavia-Israel del Eurobasket’53, empate a 55 en el minuto 40, victoria yugoslava 57-55 en el minuto 60 (es decir, 2-0 en el total de las cuatro prórrogas): cuentan que los plavi se llevaban el balón en cada salto inicial y durante cuatro minutos y pico de cada prórroga se limitaban a aguantarlo sin hacer nada con él, para acabar tirando a canasta sólo en los últimos segundos; obviamente sólo en la última prórroga consiguieron acertar…

Sí, la NCAA como organización siempre fue mucho más conservadora para estas cosas (y para muchas otras) que el baloncesto profesional, qué les voy a contar que ustedes no sepan. O quizás no fuera sólo conservadurismo, acaso creyeran firmemente que las cosas tenían que ser así. No se me extrañen, más de una vez durante estos últimos años escuché voces autorizadas reivindicando que esa posesión de 35 segundos que aún se estilaba en el baloncesto colegial debería hacerse también extensiva a todo el baloncesto de formación sobre la faz de la tierra. Su argumentario resulta irreprochable, claro: la principal finalidad del baloncesto de formación es formar como su propio nombre indica, difícilmente podrá el jugador joven adquirir conceptos, automatismos, mecánicas y fundamentos imprescindibles para mejorar en su deporte si pende permanentemente sobre su cuello esa espada de damocles de que en cuanto se demore o se descuide le va a sonar la bocina. Nada que objetar, como tampoco tendría por qué haber nada que objetar al argumento contrario: qué mejor manera de formar a un chaval para el (hipotético) baloncesto profesional que recreando, ya desde las primeras etapas de su formación, exactamente las mismas condiciones que luego habrá de encontrarse en ese (supuesto) baloncesto profesional. Ya se sabe, teorías siempre va a haber para todos los gustos, sólo hace falta encontrar la que mejor 2009-07-07-shot-clockse adecue a nuestra manera de pensar.

Desde la propia NCAA (y aledaños) se han alzado también durante este verano toda clase de voces en un sentido y en otro, acerca de ésta (tan aparentemente nimia) reducción de cinco segundos: la gran mayoría abiertamente a favor, a qué negarlo, pero también alguna que otra muy significativa en contra: según ellos esta menor posesión aumentará la efectividad de las defensas presionantes, lo que redundará en un número mucho mayor de malos tiros, lanzamientos desesperados sobre la bocina y/o pérdidas de balón, supongo que por ese efecto damocles del que antes les hablaba. Todo lo cual (según ellos, reitero) no redundará en marcadores más altos, más espectáculo y mejor baloncesto sino en todo lo contrario: malas decisiones, posesiones inacabadas, violaciones por doquier, basket interruptus y todo ello a la par que una deficiente formación del jugador. Podrá usted estar o no de acuerdo pero no lo descalifique así de entrada, entre otras cosas porque detrás de esta opinión hay voces tan autorizadas como la de (por ejemplo) Tom Izzo. Que algo sabe de esto, me temo.

Claro está que yo juego con ventaja, probablemente usted también. Yo no tengo que verlo con ojos de técnico ni de experto ni de analista profesional, mi punto de vista es el del mero aficionado, con eso tengo más que suficiente. Y como mero aficionado que no puede vivir sin su dosis diaria de NCAA durante cinco meses al año (y que aguanta el mono como buenamente puede en los siete meses restantes), todo lo que contribuya a mejorar (aún más si cabe) este espectáculo lo recibo con los brazos abiertos. De hecho aunque sólo fuera por una mera cuestión matemática ya merecería la pena: si usted divide 40 minutos entre 30 segundos le salen 80 posesiones por partido, si los divide entre 35 las posesiones no llegan ni a 70. Dado que las posesiones no siempre se agotan (afortunadamente), quizás no resulte descabellado afirmar que en cada partido que veamos disfrutaremos de (pongamos) quince o veinte posesiones más, dato éste meramente indicativo y sin ningún valor científico pero que probablemente se aproxime bastante a la realidad. Es decir, quince o veinte ataques, quince o veinte defensas, quince o veinte tomas de decisiones, quincshotclock30e o veinte tiros (o robos, o pérdidas, o sucesos varios) más de los que hasta ahora estábamos acostumbrados a ver en cada partido. Quince o veinte razones más para disfrutar.

Todos esos catastrofismos acabarán (espero) dándose de bruces con la cruda realidad, de hecho ya se dieron hace unos meses cuando la propia NCAA ensayó la reducción en el NIT. Partidos plásticos y bien jugados, en los que todo fluyó con plena normalidad sin que en ningún momento pareciera que equipos tan contrastados como Stanford, Miami o Temple se sintieran para nada incómodos con la medida. Que a ver, tampoco niego la mayor, probablemente es bien cierto que habrá muchos equipos que tras 30 segundos de posesión serán incapaces de encontrar un tiro librado, un buen pase o una solución cualquiera para desentrañar la defensa rival; pero no es menos cierto que esos mismos equipos tampoco eran capaces de encontrarla tras posesiones de 35 segundos. Estos cinco segundos de menos no penalizan a los ataques frente a las defensas, para nada. Más bien penalizan a los equipos malos respecto a los buenos o para ser más preciso, penalizan el mal baloncesto en beneficio del bueno (ya que no es algo que tenga tanto que ver con la calidad de los jugadores como con la calidad del juego que se practica): penalizan la especulación, el bote tras bote inocuo, el pasarte 30 segundos (que ahora serán 25) sin hacer nada, sin intentar nada, sin arriesgar nada, sin buscar ni un resquicio siquiera, total para luego cuando acucia la bocina tirártela en plan rifa a ver si por una vez te toca la chochona o el perrito piloto o en este caso concreto la canasta de tres. Estos cinco segundos de menos sólo penalizan la mediocridad.

Y hay un último factor que redundará en nuestro beneficio (espero), que es que ahora tendremos un argumento más de peso para hacer frente a ese extraño fenómeno que podríamos llamar cuñadismo baloncestero. Es decir, todos esos seres humanos que hacia mediados de marzo (y hasta comienzos de abril) se asoman con cara de asco al baloncesto universitario, no tanto porque les apetezca sino porque es lo que se lleva en esos días, y que como no les gusta lo que ven (porque no lo conocen, porque en realidad van ya predispuestos a que no les guste) deciden de inmediato arreglarnos la vida: por dios, pero qué haces, pero cómo se te ocurre, pero cómo te puede gustar esto, pero si apenas meten 50 ó 60 puntos, pero si no hay más que tiempos muertos, pero si las posesiones son todavía de 35 segundos, pero siSyracuse_Shot_Clock_Monument_Close-Up Pero si leches. De muchos de esos pseudargumentos hablaremos otro día (si es que aún quedan ganas, que algunos ya nos hemos tirado demasiados marzos intentando rebatirlos), lo de los tiempos muertos también lo podemos dejar para otro momento (que alguno menos habrá este año, por cierto) pero lo de las posesiones te lo rebato ya, so listo: a partir de este año son de 30, que lo sepas. Y no me vengas con remilgos de que aún te parecen muchos, que al fin y al cabo tú como yo te criaste viendo un baloncesto FIBA con posesiones de 30 segundos y bien pocos ascos le hacías entonces. Reconozcámoslo, un juego con posesiones de 30 segundos es mucho más vendible que otro con posesiones de 35. Aunque sólo fuera por eso (tan importante como es vender en estos tiempos que corren) ya merecería la pena intentarlo.

Así que ya lo saben. Éste será el año en que despidamos con todos los honores a Marcus Paige, Georges Niang, Kris Dunn, Buddy Hield, Perry Ellis, Denzel Valentine, A.J. Hammons, Kyle Wiltjer, Smith-Rivera, Baker & Van Vleet, tantos otros. Este será el año en que consagremos (aún más si cabe) a Melo Trimble, Jakob Poeltl, Greyson Allen, Nigel Hayes, Tyler Ulis, Isaiah Taylor, Domas Sabonis y a saber cuántos más que ahora no se me vienen a la mente. Este será el año en que recibamos con los brazos abiertos (para luego en muchos casos despedirlos apenas cinco meses después, con gran dolor de nuestro corazón) a Simmons, Labissiere, Ingram, Diallo, Rabb, Trier, Stone, Swanigan, Brunson, Jaylen Brown, Jamal Murray. Este será el año en que nos acostumbremos a vivir sin Donovan ni Hoiberg, será el año de Smart en Texas o Mullin en St. John’s… Pero éste quedará ya para siempre, antes de nada y por encima de todo, como el año aquel en que se redujo por fin en cinco segundos la posesión. Cinco segundos, se dice pronto. Cinco segundos, apenas nada, parece muy poco pero nunca fue tanto. Un pequeño paso para el baloncesto, pero un gran salto para la NCAA. La vida es eterna en cinco segundos.

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Publicado septiembre 24, 2015 por zaid en NCAA

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