EL HOMBRE INVISIBLE   1 comment

Tienes que tener mucha mala suerte para anotar un día cualquiera 39 puntos, para atrapar 23 rebotes (y 3 robos, y 3 tapones, y 14 de 16 en tiros de campo, y 11 de 16 en libres) y que sin embargo al día siguiente (casi) ni dios hable de ti. Tienes que tener mucha mala suerte para que el partido de tu vida (de entre tantos otros partidos de tu vida) suceda precisamente en la misma noche en que se enfrentan el número 1 y el 2 de la nación para dar como resultado una verdadera obra maestra que habría de acaparar todas las portadas y (casi) todas las conversaciones apenas unas horas más tarde. Tienes que tener mucha mala suerte para que en el momento menos indicado se te aparezca Murphy para recordarte una de sus leyes más inexorables, aquella de que si en un mes hay dos acontecimientos que merecen la pena, ambos sucederán inevitablemente en la misma noche. Y si el tuyo sucede antes que el otro, y si aún por muy grande que sea no es tan grande como el otro, date inevitablemente por jodido. Aunque hayas hecho historia.

Brice Johnson es un ala-pívot de los que ya no se llevan. Puro cuatro aunque su físico parezca casi el de un tres, aunque su radio de influencia parezca casi el de un cinco. Brice Johnson es un cuatro de-los-de-antes, no es cuatro abierto ni parece que ya vaya a serlo nunca, no le verán salir fuera a tirar de tres ni puñetera falta que le hace.brice johnson1 Brice Johnson no anda sobrado de centímetros (le miden 2,06 con cierta generosidad), no es un dechado de fundamentos técnicos, no es un gran defensor, no tiene un atleticismo desbordante (no es que sea manco precisamente en esta faceta, sino que no llama la atención por ella), por no tener no tiene ni siquiera una musculatura especialmente definida. Pero Brice Johnson tiene dos cualidades por las que resulta impagable, a saber, una capacidad innata para el rebote y una extraordinaria muñeca a dos, tres, a lo sumo cuatro metros del aro, esas distancias cortas que parecen fáciles pero que para muchos son las más difíciles y en las que él posee ese soft touch que le hace definitivamente especial. Dos cualidades básicas que son obviamente fruto de una tercera, su inteligencia para situarse y saber sacar siempre partido de esa situación, para estar siempre en el lugar preciso en el momento justo. Comprensión del juego, lo llaman. No es poca cosa en estos tiempos que corren.

Brice Johnson es eficacia en estado puro, lleva siéndolo desde que hace tres años y medio aterrizó en Chapel Hill para enrolarse en los prestigiosos Tar Heels de North Carolina. Pero la eficacia no basta para recibir el brillo de los focos, razón por la cual su perfil ha estado siempre manifiestamente oscurecido en beneficio de otros que desprendían por sí solos mucho más fulgor mediático. Especialmente Marcus Paige, refulgente (¿y acaso ligeramente sobrevalorado?) base-escolta (mucho más escolta que base, aunque a menudo hayan tratado de disimularlo) que llegó a la par que él a Chapel Hill y a quien todos hemos considerado siempre el verdadero jugador-franquicia de este equipo (la expresión jugador-franquicia es manifiestamente incorrecta en baloncesto universitario, pero ustedes cogen la idea) como si en verdad lo fuera, quizás porque en verdad lo sea. Unos llevan la fbrice-johnson-marcus-paige-ncaa-basketballl-east-carolina-north-carolina-850x560ama y otros cardan la lana, y la fama se la tiene bien ganada Marcus Paige a base de actuaciones descollantes y canastones determinantes (alguno que otro sobre la bocina, incluso). Mientras tanto Brice Johnson sin hacer ruido siguió cardando la lana, cada vez menos ruido, cada vez más lana. A este paso llegará un día en que no le quedará ya lana para cardar.

En esta temporada 2015/2016 Brice Johnson ha seguido haciendo lo mismo que hizo siempre, sólo que aún más y mejor que siempre. Sigue reboteando con fruición en ambos lados de la cancha, sigue metiéndolas en las distancias cortas pero es que ahora además ha incorporado a su selecto repertorio el uso de la tabla, genial recurso técnico en peligro de extinción. Y añádase que hace algunas semanas se le lesionó su buen compañero de fatigas interiores Kennedy Meeks, lo cual le situó de buenas a primeras al lado de un Joel James que se parece a Meeks en el enorme espacio que ocupa y en absolutamente nada más. Vale que emergió desde el banquillo la impagable ayuda de Isaiah Hicks (otro que dará que hablar más pronto que tarde) pero ello no evitó que Brice Johnson una vez más haya tenido que multiplicarse, aún más si cabe: 25 puntos y 10 rebotes contra Tulane, 27 y 9 ante UCLA, 22 y 9 ante Appalachian State, 16 y 16 ante UNC Greensboro, 15 y 11 ante Georgia Tech, por citar sólo algunos ejemplos recientes.

Así hasta aterrizar este pasado lunes 4 de enero en Tallahassee para enfrentarse a los durísimos (tanto más en su casa) Seminoles de Florida State. Un equipo desbordante de energía y talento exterior (el magnífico base sophomore Xavier Rathan-Mayes más los reputados freshmen Bacon & Beasley) y con una pléyade de sietepiés como casi no hay otra en todo el baloncesto universitario, que además sean buenos ya es otro cantar. Recurramos al tópico: un toma y daca, un tira y afloja, un partido de poder a poder, un marcador de los que ya no se llevan en este baloncesto (ni casi en ningKennedy-Meeks-and-Brice-Johnson-e1449007071404ún otro) ni aún a pesar de que este año haya subido manifiestamente la anotación: 90-106, de los cuales 39 de un Brice Johnson que dominó (o como leí luego por ahí, sodomizó) a todas las torres que el bueno de Leonard Hamilton fue poniéndole por delante. Añádanle esos 23 rebotes y todos los demás números que les puse por ahí arriba y así entenderán que no resulte fácil recordar nada semejante, tanto menos en un baloncesto en el que no se juegan 48 minutos sino 40, en el que las posesiones no son de 24 segundos sino de 30. Marcarse un 30-20 no es precisamente frecuente en NBA así que no digamos ya en NCAA, de hecho la propia ESPN sacó rauda y veloz un rótulo anunciando que era el primer 30-20 en toda la historia (y será por historia) de North Carolina… si bien se columpió, ya que al parecer sí que hay un par de antecedentes protagonizados por Billy Cunningham en 1964. Repito, 1964, es decir, hace ya la friolera de 52 años. Y no me pidan que les enumere la inagotable constelación de megaestrellas que han vestido el azul celeste de North Carolina durante esos 52 años, háganme el favor.

Y sin embargo un instante más tarde la Universidad de Kansas (número 1 de la nación según unos, número 2 según otros) y la de Oklahoma (número 2 de la nación según unos, número 1 según otros) se citaron para disputar lo que debería haber sido un gran partido de baloncesto y acabó siendo un cuadro de Velázquez, una sinfonía de Beethoven, una catedral de Burgos, que cada uno escoja la obra de arte que mejor se adapte a sus características. Una locura inolvidable, un encuentro crepuscular que bien merecería por sí solo un artículo aún más largo que éste si fuera capaz de encontrar el tiempo y las fuerzas para escribirlo. Un acontecimiento de tal calibre que casi hizo desaparecer cualquier otro acontecimiento (a nivel de baloncesto universitario, entiéndase) que hubiera podido suceder esa misma noche a su alrededor. A estas horas ya se habrán dado cubrice johnson 2enta en North Carolina, me temo. No digamos ya en casa de Brice Johnson.

Es su sino, qué duda cabe. No es ya que apenas entre en las quinielas para jugador del año (quinielas que acaparan con todo merecimiento Kris Dunn, Denzen Valentine, Ben Simmons o Buddy Hield, todos y cada uno de los cuales bien merecerían por sí solos otro artículo si fuera capaz de encontrar el tiempo y las fuerzas para escribirlo), es que aún siendo uno de los más grandes jugadores que tiene ahora mismo el baloncesto colegial y jugando en una de las más grandes (y prestigiosas, y favoritas) universidades del país, casi no le reconoce ni el Google. Prueben a teclear su nombre en el buscador y verán como éste les responde quizás quisiste decir Bryce Johnson, como diciéndote estás tonto, lo has escrito con i latina en vez de griega, tú a quien en verdad quieres buscar no es a ese jugador de baloncesto que no le importa a nadie sino a este (al parecer) famosísimo actor guaperas que debe ser toda una celebridad en USA y en otros sitios pero a quien yo por desgracia no tengo el gusto de conocer. Definitivamente, Brice (sí, con i latina) Johnson es el hombre invisible.

Y seguirá siéndolo a lo largo de toda su carrera, basta con mirar las proyecciones pre-draft para comprobarlo. Algún mock se tiró el folio tras el partido del lunes y le ascendió hasta el puesto 10 pero no se lo crean demasiado, a día de hoy es mucho más corriente (y probablemente mucho más cercano a la realidad, por desgracia) encontrar su nombre confinado en las postrimerías de la segunda ronda, más en los 50 que en los 40. Tanto dará. Será profesional, jugará en la mejor liga del mundo, se ganará honestamente un buen sueldo, será muy probablemente otro John Henson de la vida (su antecesor en el puesto en North Carolina, por cierto). Eso que en otro tiempo (y otro lugar) solía llamarse jugador de club: la abeja-obrera que siempre ha de existir para que haya abeja-reina, el que acarreará las nueces cuando otros acaparen el ruido, el que seguirá cardando lana aunque otros lleven la fama, siempre desde la más absoluta invisibilidad. Bendita invisibilidad.

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