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OKLAHOMA

103 partidos, se dice pronto. 103 partidos consecutivos, 103 partidos uno detrás de otro, lo que vienen siendo todos los de este año, todos los del pasado y casi todos los del anterior. 103 tardes/noches seguidas poniendo en liza al mismo cuarteto titular, sí, cuarteto, que el quinto elemento podrá variar en función de las circunstancias, las edades y las disponibilidades pero los cuatro jinetes del apocalipsis sooner son intocables, llevan siéndolo desde que el uno era freshman y los otros sophomores, lo seguirán siendo al menos un partido más, ojalá dos antes de irse cada uno por su lado. f4oklahomaResulta casi inverosímil repetir tantas veces la misma alineación en estos tiempos de mudanza en los que nada parece durar más de dos segundos, en los que la exigencia física hace que todo dios se rompa con pasmosa facilidad. Y si es así en el deporte profesional no digamos ya en un baloncesto universitario plagado de idas, venidas, graduaciones, sanciones, lesiones, transfers, red shirts, one&dones, done&ones y demás interminable casuística. De alguna manera Lon Kruger, entrenador infravalorado donde los haya (el único a día de hoy que ha metido a cinco universidades distintas en el Madness: Kansas State, Florida, Illinois, UNLV y por supuesto Oklahoma, por si les queda la curiosidad), ha logrado la cuadratura del círculo, ha reinventado el concepto jugar de memoria, ha creado una máquina perfecta alrededor de estos cuatro sujetos llamados Jordan Woodard, Isaiah Cousins, Ryan Spangler y sí, por supuesto, Buddy Hield.

Si no tuviera al lado a Buddy haciéndole sombra probablemente hablaríamos y no pararíamos de un Cousins eficacísimo y que ha ido evolucionando cada vez más (y mejor) hacia la dirección de juego. Como hablaríamos de la dulce muñeca de Woodard, o de ese sobrio y pétreo Spangler que tal vez no encuentre hueco en NBA (o tal vez sí, quién sabe) pero al que debería esperar una interesantísima carrera en Europa (de nada). Dicho lo cual habremos de convenir en que estos Sooners son antes que nada y por encima de todo BUDDY HIELD, así en letras mayúsculas que bien que lo merece la criatura. Resulta muy difícil contar algo del Jugador del Año (el único e indiscutible, sin discusión posible; rechace imitaciones) que no se haya contado ya cientos de veces, que no haya contado aquí yo mismo hace unas pocas semanas.buddy-hield-oklahoma-630-final-four-preview Resulta muy difícil, pero aún así me van a permitir tres someras reflexiones: 1) por alguna extraña razón que escapa a mi entendimiento resulta de un tiempo a esta parte mucho más letal en las segundas mitades que en las primeras, como si el primer asalto fuera de tanteo y el segundo de castigo, como si según se le van cansando sus defensores se fuera aligerando su muñeca; 2) parece como si el hecho de sobremarcarle (a estos niveles, entiéndase) no sólo no disminuyera su efectividad sino que antes al contrario, la potenciara: como si le diera igual tener a un tío encima que no tenerlo, o como si incluso lo prefiriera; y 3) me resultaría tristísimo que en la noche del draft las franquicias pasaran de él y le relegaran mucho más atrás de lo que en verdad merece: por esa innata costumbre de mirar más lo que puede ser que lo que es, de draftear potencial (presunto, por definición) antes que realidad, de pensar que un chaval de 22 no puede progresar tanto o más que uno de 19 siempre y cuando se den las circunstancias adecuadas para ello; de desconfiar sistemáticamente del sénior al grito de si tan bueno es, a ver por qué no se fue antes. Si así lo hicieren, en el pecado llevarán la penitencia.

Tuvo la temporada de Oklahoma un punto de inflexión, aquella inolvidable noche del 4 de enero en Kansas. Los dos mejores equipos del país (en aquel momento) negándose a perder, forzando prórroga tras prórroga, manteniendo la llama viva más allá de su extenuación (mención especial a Buddy, también en ese aspecto). La derrota quizás enseñó a Kruger que sin rotación no iba a ninguna parte, que de nada le serviría ganar casi todo en la Regular si a cambio le llegaban reventados al tramo final. Poco a poco fue dando más cancha (tampoco mucha, no crean) al quinto titular Khadeem Lattin y a los actores secundarios Dinjiyl Walker (no sé qué pasaría por la cabeza de sus padres para ponerle semejante nombrecito), Dante Buford, Christian James o Jamuni McNeace, freshmen estos tres últimos por lo que nos familiarizaremos con ellos en temporadas venideras. Puede que el exceso les costara perder algún partido más de lo debido pero a cambio les permitió entrar como toros en el Madness. La intrépida VCU les puso en serios apuros en 2ª ronda pero luego ya todo fue coser y cantar, justo cuando más duro parecía el camino: fue empezar Hield & cia a producir con fluidez y que los Aggies de Texas A&M se diluyeran cual azucarillo, fue volver Hield & cia a producir con continuidad y que a los Ducks de Oregon se les viniera el mundo encima en forma de presión autoimpuesta (lo que se llama pagar la novatada, literalmente; volverán con mucha más fuerza en próximas ediciones). Final Four, por fin, y ahora el cielo es el límite para estos experimentados Sooners; quizás no tengan la defensa de Villanova, la profundidad de UNC o la determinación de Syracuse, pero a cambio tienen algo que nadie más tiene: Buddy Hield. Puede que sea suficiente.


VILLANOVA

Algunos llevamos todo el año hablando mal (o no del todo bien) de Villanova, a ver si así la realidad acabara pareciéndose (siquiera un poco) a nuestra forma de verla. Vano empeño. Las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran, que algo no nos seduzca no significa que no merezca la pena. Villanova no te enamora, Villanova simplemente gana, y ya de paso aprovecha para jugar muy bien al baloncesto.villanova-basketball-ftr-getty-032716_lp22aa8cxlk512tm70eovt3t2 Debería ser más que suficiente, aunque algunos no dejemos de echar de menos cierta vistosidad y nos dejemos llevar por nuestros prejuicios. Vale, ahora les va bien pero en cuanto empiece la Big East que se les quite de la cabeza que vayan a arrollar como hace un año, esta vez Xavier, Providence o incluso Butler se lo van a poner muy difícil, dijimos en diciembre y nos lo tuvimos que comer con patatas apenas dos meses después. Vale, habrán vuelto a arrollar en su Conferencia pero en cuanto salgan de esa burbujita de la Big East y se enfrenten a la cruda realidad del Madness les van a llover palos por todas partes, dijimos hace un mes y nos lo estamos teniendo que comer con patatas tal que ahora. Villanova es Final Four, y no de cualquier manera sino dejando significativos cadáveres por el camino; entre ellos el mismísimo número 1 no ya de su Región sino de toda la nación. Desprejuiciémonos de una vez por todas.

Y todo esto, ¿con quién? Villanova no tiene un cuarteto de cámara como Oklahoma, no tiene la inabarcable profundidad de North Carolina (aunque no anden precisamente escasos en este aspecto), no tiene un Hield ni un Paige ni un Brice Johnson siquiera. Tiene a tipos como Josh Hart y Kris Jenkins que partiendo casi de la nada se fueron convirtiendo primero en defensores y luego en extraordinarios jugadores, también al otro lado. Tiene un pívot/pívot como Daniel Ochefu que es tres cuartos de lo mismo, primero le conocimos como referencia defensiva pero hoy sabemos por fin que cuando se centra en lo suyo (es decir, cuando no se aleja cuatro o cinco metros del aro rival innecesariamente) sabe hacer sus cositas, y qué cositas. Y tiene a un proyecto de base llamado Jalen Brunson (algunos aún recordamos a su padre Rick Brunson, pura intendencia y fondo de armario en aquella NBA de los Noventa) aprendiendo poco a poco el oficio a la vera de quien es al fin y al cabo la principal referencia de este equipo: Ryan Arcidiacono (recuerden, pronúncienlo a la italiana, Archidiácono, cual si se tratara del vicario de la diócesis) llegó hace ya cuatro años (y parece que fue ayer) a Villanova armado de descaro, atrevimiento, portentosa muñeca y poco más que rascar; ryan-arcidiacono-villanova-630-final-fourbueno, pues de aquel Arcidiacono a éste media un abismo: hoy es además un magnífico defensor (pregúntenselo si les queda alguna duda a Gesell, Rodríguez o Mason, que lo padecieron hace unos días) y sobre todo un extraordinario director de juego, de esos que transmiten en todo momento la sensación de tener el partido entero bajo control (y añádase además que con ese apellido no le habrá de resultar difícil obtener la condición de comunitario, ahí lo dejo, no les digo más…) Nótese que en todos estos nombres (más todos los que emergen del banquillo: Booth, Reynolds, Bridges) existe un denominador común: evolución. Villanova es actitud y trabajo, también (y sobre todo) de su técnico, un Jay Wright de quien creo yo que a estas alturas conviene ir dejando ya de lado la sempiterna broma del clon de Clooney y empezar por fin a reconocerlo como lo que es: un pedazo de entrenador de baloncesto.

Pero aún así, como no tenemos remedio, llegaron estos Wildcats al Madness y les concedimos graciosamente la 1ª Ronda pero luego dimos (algunos) por supuesto que en la 2ª la iban a cagar, así fuera ante Iowa o ante sus vecinos de Temple. Fue Iowa y le metieron de 20 (que bien pudieron ser 30), pero no contentos con ello de nuevo pensamos que en su semifinal regional la cagarían ante Miami (disculpen la sobredosis escatológica) y no habíamos acabado de pensarlo cuando ya estaban otra vez 20 arriba, lamentable bajada de brazos de los Hurricanes mediante. Y cómo no volver con lo mismo ante la todopoderosa y plenipotenciaria y megafavorita Kansas, cómo no habrían de ser carne de cañón, ya esta vez sí, y en cambio lo que vieron nuestros ojos fue un extraordinario ejercicio de oficio, solidez y serenidad, la que mostraron tíos como Arcidiacono o Jenkins en los tiros libres finales (lo que vale eso a estas alturas) ante las sucesivas faltas a las que les sometieron unos desesperados Jayhawks. Hoy son por fin Final Four, y ni que decir tiene que se han ganado sobradamente el derecho a que ya no dudemos de ellos ante nadie; pero aún así resulta tentador pensar que no tienen un Buddy Hield, que de nada habrá de servirles su portentosa defensa ante el indefendible bahameño, que… Claro está, llegará el día en que pierdan y entonces nos faltará el tiempo para decir ¿ves? Si ya lo decía yo… Veremos si a este paso no habremos de esperar a la próxima temporada para decirlo.



NORTH CAROLINA

Hace ya casi un año (muy pocos días después de la Final Four 2015) me tiré al barro y proclamé a los Tar Heels como grandes favoritos al título en 2016. Me basé en que tenían de todo (y todo bueno, oigan), en que volverían casi todos (excepto el mano de piedra de Tokoto) y en que en aquellos días aparecían como grandes favoritos para llevarse al huerto a aquel escuálido y escurridizo Brandon Ingram que me había cautivado durante su fiesta de fin de curso (por otro nombre McDonald’s All American).north-carolina-advances-to-final-four-601a4a5e375b5ca5 Ni que decir tiene que en apenas unos días me arrepentí de mi enajenación mental transitoria: lo que tardó Ingram en cambiar de opinión y preferir Duke, lo que tardé en comprender que sin Tokoto defenderían aún menos que de costumbre, que andarían tal vez sobrados en cantidad y calidad pero no precisamente en competitividad. Mi arrepentimiento continuó en noviembre cuando al poco de empezar la temporada se dejaron su número 1 de la nación en cancha de Northern Iowa (tras remontada estrepitosa, para más inri); y continuó aún más si cabe en febrero, cuando en su propio Dean Dome su archirrival Duke les levantó un partido que tenían prácticamente ganado (dejando de paso en evidencia a Roy Williams ante Krzyzewski). Nadie en toda la NCAA parecía tener más ni mejores mimbres (salvo quizás Maryland, aunque ésa es otra historia); pero tenían también un no sé qué o un qué sé yo que por alguna extraña razón nunca acababa de encajar.

O tal vez sí. A comienzos de marzo devolvieron visita a Duke y ya que estaban allí les devolvieron también la gracia, ganaron brillantemente su temporada regular de la ACC, ganaron aún más brillantemente el Torneo de dicha Conferencia (apalizando impunemente a Notre Dame en su semifinal, derrotando con solvencia a Virginia en la Final) y se aprestaron a internarse en el Madness en su mejor momento de toda la temporada. Claro está que la historia de cada Madnees (y no digamos ya la de éste) está llena de equipos en-su-mejor-momento-de-toda-la-temporada cayendo a las primeras de cambio ante cualquier college ignoto, pero ese no fue el caso de estos Tar Heels: se deshicieron de un plumazo de la otrora revolucionaria Florida Gulf Coast, acabaron con los sueños de Kris Dunn y de paso con Providence, endosaron a unos ilusionados Hoosiers la friolera de 101 puntos (que ni los más viejos del lugar recordaban una anotación así a estas alturas del Torneo, casi desde los años locos de UNLV o Loyola-Marymount no se veía nada semejante) y finalmente se volvieron a zampar (pero esta vez ya sin empacho, no se les fuera a indigestar) a Notre Dame.jjf4 Llevan a día de hoy 9 victorias consecutivas, no pierden desde el 27 de febrero (en Virginia), dato al que ni se acercan siquiera sus otros tres compañeros de viaje. Nadie (salvo quizás Oklahoma, pero con muchos matices) llega tan sobrado a este tramo final.

Sus poderes se llaman Joel Berry (cada vez más hecho, cada vez mejor base), Marcus Paige (finalizada su aparente involución, de nuevo a un nivel excelso en estos días), Justin Jackson, Kennedy Meeks y por supuesto ese Brice Johnson de quien no volveré a hablarles porque ya tuvieron más que suficiente con la brasa que les di hace un par de meses, y que sigue aún plenamente vigente (e incluso corregida y aumentada) a día de hoy. Todo ello sin olvidar al supporting cast, un elenco de actores secundarios que podrían ser perfectamente titulares y rendir a gran nivel en cualquier otro sitio que estuvieran: Nate Britt, Theo Pinson, Isaiah Hicks, Joel James y hasta ese freshman Luke Maye que emerge muy de vez en cuando, ya llegará su momento. De lo bueno lo mejor, de lo mejor lo superior. Hace apenas un año les di como favoritos, luego me arrepentí, hoy casi empiezo a arrepentirme de haberme arrepentido. Apenas dos citas les habrán de quedar para acabar de disipar por fin todas aquellas pequeñas dudas (en cuanto a su competitividad, en cuanto a la fiabilidad de su coach en los momentos crujientes) que, aunque me cueste reconocerlo, aún permanecen agazapadas en mi interior.


SYRACUSE

No resulta fácil para un fan de Syracuse poner negro sobre blanco (o blanco sobre naranja, en este caso) toda la amalgama de sensaciones que se agolpan en mi mente desde el pasado sábado, tanto más si las comparo con las que se vinieron agolpando a lo largo de la temporada. Juego con ventaja: nunca me he considerado forofo ni fanático de ninguno de mis equipos (Rayo, Estu, Cuse), sino más bien un mero seguidor: incondicional, pero no enfermizo.syracuseF4 De esos raros especímenes que creen que hay vida más allá de su club/college y a quienes la ceguera por sus colores no les impide ver la realidad (muchos me llamarán tibio o aún peor, pseudo, pero es lo que hay). Y mi filiación Orange no me impidió ver el domingo 13 de marzo (Selection Sunday) el gran favor que nos hizo el Comité al otorgarnos plaza en el Madness en detrimento de mid-majors (o similar) como St. Mary’s, St. Bonaventure, San Diego State, Valparaiso, Monmouth o George Washington que acaso lo merecieran tanto o más que nosotros. Todo ello tras una irregular temporada plagada de picos (aquel título del Battle 4 Atlantis tras derrotar brillantemente a Texas A&M o UConn, aquel sonoro triunfo en el Cameron Indoor de Duke) pero también de profundos valles como el interinato de Hopkins o las estrepitosas derrotas ante nuestros archirrivales de toda la vida, en Washington ante Georgetown o en el Madison ante St. John’s (¡¡¡St. John’s!!!) Una temporada que superó con creces nuestras expectativas, pero sólo porque nuestras expectativas de comienzos de año (entre sanciones, bajas, huidas y caídas del cartel) estaban literalmente por los suelos. Una temporada de diez en el sentido literal de la expresión: puesto 10 de la ACC tras acumular 10 derrotas en el total de la Conferencia (Regular más Torneo), ante lo cual el Comité de Selección no pudo por menos que otorgarnos un seed 10. Pura coherencia.

Así que tras aquella derrota ante Pittsburgh (2ª Ronda del Torneo de la ACC) muchos dimos ya por hecho que éramos carne de NIT y nos predispusimos para disfrutarlo. Todo lo que haya de venir (si es que algo ha de venir) vendrá ya por añadidura, escribí yo por ahí abajo en aquellos días. Vaya si hubo de venir. A nadie le amarga un dulce, ya que estamos en el Madness vayámonos al menos con un buen sabor de boca, pensaba yo, y mi sabor de boca (dada mi cortedad de miras) no iba más allá de ganar a Dayton y hacer al menos un papel digno en 2ª ronda ante la megafavorita Michigan St. Quiso el des(a)tino que una universidad llamada Middle Tennessee (muy famosa en la zona centro del estado de Tennessee) se cargara insospechadamente a los Spartans dejándonos el camino expedito hacia el Sweet 16. ¡¡¡Sweet 16!!! Aquello era ya mucho más de lo que nos habíamos atrevido siquiera a soñar. Éramos carne de cañón, perderíamos ante una Gonzaga que llegaba en racha y con un imperial Domas Sabonis, y aún en el improbable supuesto de que no lo hiciéramos no tendríamos ninguna posibilidad de evitar que nos destrozara Virginia dos días después. Y el resto es historia (e histeria): remontamos 9 a los Zags y ya sólo con eso nos creímos en una nube, nos vimos 15 abajo ante Virginia y justo entonces a Boeheim se le ocurrió adelantar su emblemática zona 15 metros y poner a sus criaturas a presionar cada saque de fondo de los Cavaliers. Y a los de Bennett se les rompieron de golpe todos sus esquemas, y de tenerlo todo bajo control pasaron a tener (cada vez más) plomo en las piernas, y mis Orange empezaron a meter todo lo que no habían metido antes con la suprema tranquilidad de quien ya no tiene nada que perder.0329_Syracuse Sólo yo sé lo que disfruté en mi fuero interno (y en el externo) durante aquella madrugada del 20 de marzo, durante aquellos largos minutos que le robé al sueño y que no olvidaré ya jamás mientras el señor Alzheimer me lo permita. Créanme si les digo que a día de hoy aún no me lo acabo de creer.

Y todo ello con una rotación de apenas seis tíos y medio, una rotación de la que por cierto se cayó hace ya tiempo un Kaleb Joseph que entró en la universidad sin que dos años después la universidad parezca aún haber entrado en él. Con un Michael Gbinije reconvertido brillantemente en point-forward (cada vez más point y menos forward, cada vez mejor jugador, si la NBA no le quiere abaláncense de bruces a por él que además es cotonou, Nigeria mediante), con un Cooney que a ratos intenta hacer más cosas (y a ratos hasta lo consigue) además de enchufar de tres, con un DaJuan Coleman cuyo papel en la zona se limita básicamente a ocupar espacio (nunca sabremos qué habría sido sin lesiones) y con un mejoradísimo e impagable Tyler Roberson sin cuya eficacia y contumacia reboteadora Syracuse no estaría hoy donde está, ni de lejos. Y los tres freshmen, of course: un Franklin Howard que va teniendo poco a poco más minutos y habrá de ser el base de futuro de este equipo, y las dos joyas de la corona: Tyler Lydon (futuro cuatro abierto de libro) y Malachi (pronúnciese Málacai; Malaquías como si dijéramos) Richardson, puro dos reconvertido a falso tres por necesidades del guión, y a quien tras su explosión anotadora de esos maravillosos últimos minutos virginianos le deben estar comiendo la oreja (aún más si cabe) para que dé el salto, espero que ni él ni Lydon escuchen esos cantos de sirena y se queden al menos un añito más con nosotros, si bien a día de hoy reconozco que va a estar difícil. Y ya está, no hay más, la sempiterna (y extraordinariamente trabajada, y maravillosamente ejecutada) zona 2-3 a este lado, y a matar y morir del triple al otro. ¿Existe acaso alguna posibilidad por pequeña que sea de sorprender a North Carolina en la semifinal nacional del próximo sábado? Obviamente la respuesta es no, por supuesto que no… como tampoco existía ninguna posibilidad de sorprender a Virginia en la Final Regional, y sin embargo aquí nos tienen. Recuerden que este equipo se crece ante la dificultad (véase en Bahamas, véase en Duke, véase hace cuatro días en Chicago), recuerden una vez más que nadie es más peligroso que quien no tiene nada que perder. A las pruebas me remito.

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