KOBE   1 comment

Durante años creí (sólo creí) ser de los Lakers.

O para ser más preciso: nunca supe ser de un equipo NBA, habré de reconocerlo aunque me avergüence. Sé de qué equipo soy en todos los demás baloncestos habidos y por haber, sé de qué equipo soy hasta en ligas futbolísticas que ni me van ni me vienen, sé que siempre seré de esos equipos independientemente de cómo, cuándo, dónde y con quién jueguen. Y sin embargo en NBA nunca conseguí pasar de una fidelidad a la japonesa, una fidelidad que no era tanto a equipos como a jugadores (y que mudaba de color en cuanto cambiaban de equipo esos mismos jugadores) y/o estilos de juego (y que mudaba de color en cuanto aparecía una propuesta que me seducía más que la anterior). Sé que mi fidelidad al Rayo Vallecano, a Estudiantes o a los Orange de Syracuse (por poner los tres ejemplos más evidentes) siempre estará muy por encima de las circunstancias, como sé también que las circunstancias siempre estarán muy por encima de mi hipotética fidelidad a cualquier equipo NBA. No les pido que lo entiendan ya que ni yo mismo lo entiendo, simplemente soy así (de raro). Y me temo que a estas alturas ya no voy a cambiar.

Y sin embargo, durante años creí (sólo creí) ser de los Lakers. La culpa la tuvieron Magic Johnson y James Worthy, quién si no. La culpa la tuvo TVE, al regalarnos tarde mal y nunca (en su contenedor deportivo de cada domingo por la mañana, probablemente un día de julio o agosto en el que no tendrían nada en directo que ofrecer y no encontraron mejor manera de rellenar) un partido cualquiera de la final de 1984 (o acaso fuera la de 1985). La culpa la tuvo el showtime, aquella maravillosa manera de correr la cancha, el repentino descubrimiento de que había otros baloncestos (pero estaban en éste), de que a esto se podía jugar también así. Me enamoré hasta las trancas (y las barrancas) de aquella maravillosa manera de entender el juego, me enamoré indirectamente de aquel glamuroso equipo que vestía de amarillo donde todos los demás iban de blanco y que corría (más bien volaba) sobre la pista como yo jamás había visto antes. Y me entusiasmé con el repeat y eché de menos el threepeat, y gocé con el advenimiento de Divac (en aquellos tiempos poner a un europeo en la NBA era más difícil que poner un pie en la luna), y vibré como nadie sabe con aquella primera victoria en la final de 1991 (tanto como sufrí con las cuatro derrotas siguientes, las que dieron su primer anillo a Jordan y sus Bulls). Y recibí con alborozo a una debilidad como Eddie Jones y hasta a un jugón como Van Exel, y pareció que nos uniría un vínculo sólido e indestructible… justo hasta ese día en que de repente me encontré a mí mismo queriendo que perdieran. No siempre, claro; sólo cuando jugaban contra otros que me atraían más (pero es que esos otros empezaban a proliferar peligrosamente en mi interior). Algo se había roto entre nosotros, quizás ya para siempre…

Y entonces llegó él.

cropped_kobePero no llegó de cualquier manera, no vayan a pensar. Llegó absolutamente por sorpresa, al menos en lo que a mí respecta. Hace veinte años sólo tenían Internet cuatro gatos y yo no era uno de ellos, razón por la cual mis fuentes informativas se limitaban a las de toda la vida, prensa, radio y televisión. Llegábamos al draft casi en ayunas, conociendo apenas a los universitarios que hubiéramos visto en la Final Four (siempre y cuando alguien hubiera tenido la cortesía de ofrecérnosla), acaso a algún otro cuya fama hubiera trascendido las fronteras, y casi pare usted de contar. Así que cuando nos contaron que los originales Charlotte Hornets (hoy New Orleans Pelicans) habían utilizado su elección número 13, nada menos que la 13 (no me hagan rimas) en una criaturilla recién salida del insti que respondía al extraño nombre de Kobe Bryant, pues como que nos quedamos a cuadros. Y ya cuando nos contaron que no lo querían para quedárselo sino para regalárselo envuelto y con lazo a los Lakers a cambio nada más y nada menos que de Vlade Divac pues ya no es que nos quedáramos a cuadros sino que directamente nos echamos las manos a la cabeza.

Jerry West, logo viviente y jefe de operaciones de los Lakers en aquel entonces, estaba muy por encima del bien y del mal. Su habilidad para detectar el talento antes que los demás y forjar equipos campeones le había otorgado merecida fama, pero aún así aquel movimiento pilló a buena parte del planeta baloncestístico a contrapié. ¿Tan potencialmente bueno habría de ser aquel imberbe yogurín como para sacrificar por ese futuro una buena parte del presente? ¿Había perdido el norte el bueno de West, se le había ido definitivamente la pinza? ¿O acaso había visto una vez más algo que nadie más vio, lo suficiente como para echar el resto y convertir casi en jugador-franquicia a un chaval que aún no había cumplido los 18 años?

Poco a poco fuimos sabiendo cosas. Cosas más o menos accesorias, como que se había criado en Milán por ser hijo del ex jugador de la Olimpia (Simmenthal, Billy, Tracer, Philips, Armani, etc etc) Joe Jellybean Bryant. O como que debía su nombre a aquel exquisito plato de carne (de Kobe, of course) que una noche cenaron sus padres en un restaurante japonés. O como su desclasamiento, por haberse criado lejos, por pertenecer a un segmento sociocultural poco habitual entre los de su raza o a una raza poco habitual en ese segkobe-draftmento sociocultural, lo que llevaba a que ni los unos ni los otros le identificaran como uno de los nuestros. O leyendas urbanas como aquella (cuyo fundamento desconozco) de que en el high school se tocaba a veces todo lo tocable durante tres cuartos, hasta dejaba a propósito que el contrario se fuera en el marcador para luego ya remontar él solo sin ayuda de nadie durante los últimos minutos, tal era su grado de suficiencia y sobradez. El mito estaba ahí llamando a la puerta, ya sólo era cuestión de abrirla y comprobarlo por nosotros mismos.

Recuerdo bien aquellos primeros partidos: era maravilloso, plástico, estético, delicioso, te entraba por los ojos y se te quedaba en ellos, se te convertía en debilidad a poco que te descuidaras, te devolvía las ganas de vivir y hasta las ganas de volver a amar a ese equipo del que ya apenas recordabas haber sido. Tenía muchísimas virtudes y un defecto, uno solo pero eso sí, demasiado visible como para pasarlo de largo: era un chupón desmesurado, se tiraba hasta los calcetines, se creía el centro del universo quizás porque estaba acostumbrado a que el universo entero girara alrededor de él. Nadie parecía haberle advertido que esto no era ya high school, que en NBA la atracción gravitacional funciona de manera muy diferente tanto más cuando acabas de llegar y tienes apenas dieciocho años recién cumplidos. Resultaba ya evidente a estas alturas que los Lakers habían acertado, que de la nada se habían sacado un jugador monstruoso que bien podría marcar toda una era. Pero resultaba no menos evidente que era un pura sangre sin domar, sin pasos intermedios, sin la dosis de humildad y trabajo que podría haberle proporcionado un breve paso por el baloncesto universitario. Tenían entre manos una verdadera joya, pero con eso no bastaba: tendrían además que complementarla para que pudiera brillar.

El primer gran complemento se llamó Shaquille O’Neal (o acaso fuera más bien Kobe el complemento de Shaq, aunque entrar en ese debate supondría reabrir viejas heridas). Eran el matrimonio perfecto, plagado de desavenencias como cualquier matrimonio perfecto. Estaban condenados a entenderse pero lo disimulaban, se resistían, se negaban el uno al otro. Shaq reclamaba más balones desde su privilegiada posición en el centro de la zona, Kobe seguía jugando básicamente para sí mismo. Eran dos gallos en el mismo corral, dos egos desmedidos, dos líderes irreconciliables. Cuando resultó evidente que no sólo no sumaban sino que restaban se fueron a buscar al único ser humano capaz de resolvkobe shaqer aquella ecuación, justo aquel que ya había resuelto otra años atrás en Chicago, aún más difícil si cabe. Señoras, señores, con ustedes Phil Jackson.

Y antes de que nos diéramos cuenta ya tenían un anillo, y luego otro, y al año siguiente otro más. Resultaba difícil no enamorarte de aquel juego triangular en el todo parecía ir como la seda, resultaba manifiestamente imposible no volver a ser de los Lakers, sobre todo cuando ya lo habías sido. Kobe y Shaq no se habían hecho amigos, no habían firmado la paz pero al menos (Maestro Zen mediante) parecían haber encontrado el equilibrio y sentado por fin las bases para una mínima relación de convivencia. Y a donde no llegaban ellos llegaba Derek Harper con su intendencia (¿albañilería, fontanería, electricidad? Llame a Harper Asociados), llegaba el Reflexivo Derek Fisher, llegaba cómo no ese extraño elemento llamado Robert Horry. Fui inmensamente feliz la noche aquella en que remontaron 17 puntos en el último cuarto del último partido a los Jail Blazers para meterse en la Final, disfruté como un enano (¿por qué se dirá esto?) de aquel anillo del 2000… y luego ya mi fiebre amarilla flaqueó, de nuevo: yo era de los Lakers, tenía que ser de los Lakers, cómo no iba a ser de los Lakers, pero le preguntaba al espejito mágico y el susodicho me respondía que sí, que los Lakers estaban muy bien pero que un poco más al norte, en un lugar llamado Sacramento, había otro equipo que tal vez no fuera mejor pero empezaba a resultar más atractivo. Y un día me descubrí a mí mismo viendo volar un triple de Horry sobre la bocina (uno de tantos) sin saber si quería que entrara o no, sin saber si quería que pasaran los Lakers porque eran presuntamente mi equipo o que pasaran los Kings porque sería una injusticia histórica que un baloncesto tan delicioso se quedara sin anillo. Como así fue.

No, no conseguí disfrutar como se merecían aquellos anillos de 2001 y 2002, no desde luego como el del 2000, no digamos ya aquellos otros de los Ochenta. Pero no me pasó a mí solo: de hecho tampoco pareció que los disfrutaran mucho ellos. Algo había empezado a resquebrajarse aún a pesar del delicado equilibrio propiciado por Phil Jackson, una pequeña grieta que se iba a hacer más y más grande en 2003 y que acabaría por abrirse del todo (y derrumbar todo a su paso) en 2004. El rosario de la aurora no fue nada al lado del final de aquel conglomerado de galácticos montado por la Familia Buss con la incorporación al proyecto de unphil-jackson-kobe-bryant-ftr-072715jpg_1rxv1b6xeor8m120gvzt51ctlsos Gary Payton y Karl Malone que a esas alturas estaban ya más fuera que dentro de la Liga. Un equipo que parecía haber sido creado para arrasar, pero que a la postre sólo fue capaz de arrasarse a sí mismo.

Kobe se quedó solo. No literalmente, claro: siguió teniendo compañeros pero éstos ya no se llamaban Shaq, siguió teniendo entrenadores pero éstos ya no se llamaban Jackson. Acaso fuera lo que siempre había deseado, demostrarle al mundo que él se bastaba y se sobraba para ganar anillos, mejor solo que mal acompañado, dónde va a parar. Resultaba ya evidente a estas alturas que Kobe era un ganador, uno de los mayores y mejores que haya conocido este juego; pero uno de esos ganadores que sólo parecen encontrar placer en la victoria cuando ésta gira sobre su eje. Era sin lugar a dudas (ya sí, por fin) lo más jordanesco que habíamos conocido desde Jordan, lo más jordanesco de una Liga que llevaba buscándole sucesor al susodicho desde antes de que se retirara (desde antes de todas y cada una de sus retiradas, quiero decir) como si eso fuera posible, como si alguien pudiera suceder a Dios. Era lo más jordanesco que habíamos conocido desde Jordan, pero no se daba cuenta de que hasta el mejor Jordan necesitó rodearse de los mejores para ejercer su deidad. Aún tardaría un tiempo en comprenderlo.

Fueron años muy fértiles en el plano individual, años estériles en el plano colectivo, años sumamente difíciles en el plano personal (pero no teman, eso hoy no toca, que hablen de ello quienes trabajen estos temas, no es mi caso). Un día metía 40, al otro 50 y al siguiente 60, rebozado todo ello de arabescos imposibles y canastas ganadoras inconcebibles sobre la bocina. Una mañana de enero de 2006 fui a mirar como cualquier otra mañana lo que había hecho en una liga Fantasy en la que tenía a Kobe en mi equipo, y al ver un 81 en su casilla de puntos pensé que no podía ser, que necesariamente tendría que tratarse de un error, o que en el improbable caso de que fuera cierto tendría que ser porque los Raptors hubieran opuesto una insospechada resistencia, hubieran forzado cuatro o cinco prórrogas, hubiera acabado el partido 180-170, qué sé yo. Tuve que ver el partido para comprobar que no era así, para no salkobejordanir de mi asombro, para descubrir que al término del segundo cuarto llevaba sólo 23 puntos (cifra ya de por sí asombrosa para cualquiera, pero que en él resultaba de lo más normal), ergo en los dos últimos tuvo que meter la friolera de 58, reparen por un segundo en dicha cifra, 58 puntos en 24 minutos que además no fueron tales, que alguno de ellos estuvo descansando en el banquillo. Aún habiéndome hecho spoiler a mí mismo me resultaba difícil de creer, aún sabiendo de antemano lo que iba a pasar me parecía estar asistiendo a un fenómeno paranormal. No puedo imaginar lo que debieron sentir quienes lo vieran en directo.

Kobe me fascinaba tanto o más que nunca, casi en la misma medida en que mi lakerismo se me iba diluyendo tanto o más que siempre. Mis (in)fidelidades NBA nunca tuvieron que ver con victorias ni derrotas (a alguien que es del Rayo y del Estu esas cosas ya no le hacen mella) sino con propuestas, y en aquellos días (muerto ya el sueño de los Kings) me derretía ya por unos Spurs que no sólo contaban en sus filas con Duncan, Parker y mi Manu sino que además jugaban a este juego como siempre pensé que debía jugarse. Me derretía y aún sigo derritiéndome, lo cual no me impide reconocer que mi fiebre amarilla aún habría de conocer un último episodio, que el destino aún me tenía preparada otra vuelta de tuerca.

Y es que Kobe finalmente comprendió (más vale tarde que nunca) que no podía hacerlo solo, que meter puntos a chorros estaba muy bien pero ganar anillos seguía estando mucho mejor. Pidió ayuda, y la pidió a su manera: incendiando de declaraciones los medios, amenazando más o menos veladamente con cambiar de aires si no se satisfacían sus peticiones. Dicho y hecho: de entrada rescataron de su rancho de Montana (o de donde estuviera) a un Phil Jackson que se resistió lo justo, más que nada porque tenía un par de buenas razones para no hacerlo: más allá de esa interminable ristra de ceros a ingresar en su cuenta corriente, su inacabada relación con la hija (y mano derecha, y verdadero brazo ejecutor de aquellos Lakers) del patriarca Buss terminó haciendo el resto.

Resuelto el tema del banquillo faltaba peinar el mercado, rebuscar acá o allá a ver de dónde podían sacar. Sacaron de Memphis, inventaron la cuadratura del círculo con aquel insólito traspaso entre hermanos que mandó un Gasol futuro a Tennessee y trajo un Gasol presente a la soleada California. kobepauCuentan que previamente Kobe llamó a Pau, que le preguntó si estaba dispuesto a ir a por todas, que Pau contestó que sí (lógicamente, a ver qué iba a contestar en tales circunstancias) y ya no hubo nada más que hablar. Y todos fueron felices y comieron perdices, todos tuvieron más o menos lo que querían, Pau su equipo ganador (que ya tocaba, tras seis años y pico penando en Memphis), Kobe su gente con la que ganar y yo mi fiebre amarilla convenientemente resucitada y puesta de limpio, una vez allí Pau ya era difícil ser de nadie más.

Cayeron tres finales, cayeron dos anillos, fruto cómo no de la desbordante hiperactividad de Kobe, fruto también de un contenido y solidario Pau que entendió perfectamente cuál era su papel (costó más que lo entendieran sus aficionados, muchos de los cuales dieron rienda suelta a sus más bajos instintos tras perder la Final de 2008, para afortunadamente tener que envainárselos sólo un año después). El triángulo fluía de nuevo, gracias también a un tercer vértice al que nunca se le acabó de reconocer suficientemente lo que significó en aquel equipo. Un prodigio llamado Lamar Odom, de triste comienzo y aún mucho más triste final pero que por el medio nos dejó sinfonías de baloncesto absolutamente maravillosas, y que en aquellos Lakers vino a ser el pegamento que todo lo unía, el verdadero base encubierto (como también lo era Pau a menudo) desde su atalaya, el que de alguna manera daba sentido a casi todo lo demás. Muchos aficionados, lacustres fijos o eventuales como es mi caso, estaremos eternamente en deuda con él, quede aquí al menos este pequeño párrafo de reconocimiento.

Y entonces (como no podía ser de otra manera) se jodió el invento, esta vez ya para siempre. Phil Jackson anunció que lo dejaba, y a la gerencia angelina no le ocurrió mejor idea que sustituirlo por un mediocre (dicho sea con todos los respetos; pero es lo que pienso) Mike Brown, un sujeto que venía de mostrar su probada incompetencia como coach y su probada competencia como hombre de paja en Cleveland. Acaso pensaran que aquí sería lo mismo, si había funcionado (relativamente) con LeBron a ver por qué no habría de funcionar con Kobe. El desastre duró año y medio y me quitó de raíz la escasa filiación amarilla que aún me quedaba, filiación que de nuevo fue a parar a San Antonio pero esta vez compartida con ukobe-bryant-and-lamar-odomn lugar de la Bahía de San Francisco en el que acababa de aterrizar un colibrí disfrazado de jugador de baloncesto, una criaturilla que me traía ya perfectamente enamorado desde que lo conocí haciendo sus primeras diabluras en la pequeña Universidad de Davidson. Cómo iba ya a ser de Lakers si hasta un pedazo de mi corazón se me fue poco después con Celtics (¡¡¡con Celtics!!!), justo cuando aterrizó en Boston ese Coach Stevens que me traía igualmente enamorado desde Butler… Chaqueterismo, sí, pero involuntario en cualquier caso. Ya se lo advertí, en NBA nunca supe ser de un equipo, sólo sé ser de quien me gusta.

Y de un desastre a otro todavía mayor, de Mike Brown a Mike D’Antoni, ¡¡¡fiesta!!!, baloncesto lúdico-festivo, como si importara el meter (hasta ahí todo normal) pero no el evitar que te metan. Todo parecía precipitarse hacia el abismo, todo se acabó de precipitar aquel mal día de abril de 2013 en el que a Kobe se le rompió el tendón (de tanto usarlo). Pareció el principio del fin, si no el fin mismo. Un aquiles parte cualquier carrera por la mitad, un aquiles al final del camino es casi terminal… salvo que te llames Kobe Bryant, claro. Contra todo pronóstico se empeñó en volver, contra todo pronóstico volvió, y se volvió a lesionar y volvió a volver y así sucesivamente. Muchos otros llegados a este punto se hubieran conformado con lo que les deparaba el destino, pero Kobe nunca fue de esos. Nunca dejó que el destino escribiera su vida, siempre prefirió escribirla él.

Con él se va el penúltimo jugador de dibujos animados que hayamos conocido, el último si exceptuamos a un Curry que (un poco a la manera de Pixar) ha llevado los dibujos animados a una nueva dimensión. Se va un tipo que puso el mundo del revés, que hasta logró subvertir el orden natural de las cosas, un día fue un jugador de baloncesto con nombre de ciudad, si hoy fuéramos a Japón pensaríamos en una ciudad con nombre de jugador de baloncesto. Se va y es como si se fueran veinte años de mi vida, cientos de partidos, miles de canastas imposibles, infinidad de momentos irrepetibles. Se va y sólo me sale darle las gracias, gracias por tantos recuerdos, gracias por tanta magia, gracias infinitas por permitirnos soñar…

Y gracias, sobre todo, por hacerme amar a un equipo del que nunca supe ser.

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