Archivo para octubre 2016

EL NADADOR   1 comment

Un huracán nunca trae nada bueno, por definición. Cualquier huracán sólo acostumbra a dejar muerte, destrucción, miseria y desolación allá por donde pasa, tanto más cuanto más pobre sea el lugar por el que pase. Y obviamente el huracán Hugo no fue una excepción, no podía serlo. Hugo fue un huracán de hasta fuerza 5 que en septiembre de 1989 devastó amplias zonas de Puerto Rico, Dominica, el archipiélago de las Islas Vírgenes y hasta el estado norteamericano de Carolina del Sur, dejando además 61 víctimas mortales por el camino. Otra de tantas tragedias que nos depara periódicamente la naturaleza, una más, ante la cual obviamente no cabe consuelo alguno… y a la que sin embargo los aficionados al baloncesto (aún por cínico que resulte, aún por mal que me sienta al escribirlo) siempre le tendremos que estar involuntariamente agradecidos.

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Más o menos cuatro años y medio después, pongamos que hacia febrero de 1994, Canal + decidió tener un maravilloso detalle con sus abonados baloncesteros (sumamente escasos, recordemos que en aquel entonces aún no habían adquirido la NBA), especialmente con aquellos que (como fue mi caso) habíamos llegado meses atrás, al reclamo de su primera Final Four NCAA: ofrecer baloncesto universitario en temporada regular (sí, incluso antes del Madness), algo que nunca habían hecho antes y que hasta donde alcanzo a recordar tampoco han vuelto a hacer después. El pretexto fue que teníamos a un puñadito de compatriotas haciendo las américas, lo cual en aquel tiempo (casi cinco años después de que se nos fuera Fernando Martín, casi cinco años antes de que se nos apareciera Pau Gasol) nos parecía lo más de lo más. Y así vimos a St. John’s porque allí jugaba Sergio Luyk (DEP), vimos a Providence porque allí estaba Borja Larragán (gracias a lo cual pudimos conocer a un magnífico alero que jugó luego a gran nivel en NBA, Eric Williams), puede que hasta viéramos a Manhattan porque allí jugaba Jerónimo Bucero (aunque habré de confesarles que esto último no lo recuerdo con exactitud)… y vimos, cómo no, a Wake Forest. Sobre todo vimos a Wake Forest.

En aquellos Demon Deacons jugaba a gran nivel Ricardo Peral, chaval vallisoletano de 207 centímetros proveniente de la cantera del Madrid, que empezó siendo la gran esperanza blanca, que decían que sería el Kukoc español (nada menos) pero que acabó siendo un juguete roto por razones que se me escapan (aunque algunas las intuyo), si bien ésa es otra historia que habrá de ser contada en otra ocasión (por quien la conozca, a ser posible). Junto a Peral destacaba un base sumamente chupón llamado Randolph Childress, cuya carrera profesional (lejos de USA) transcurrió con mucha más pena que gloria y del que lo último que supe es que había vuelto a Wake Forest para ejercer de asistente a la vera de Danny Manning. Y la tercera pata (por decirlo así) de aquellos Demon Deacons 1993/1994 era un freshman, un espigado chaval que había llegado apenas unos meses antes a Winston Salem y que no provenía de ningún gueto cercano sino de las lejanas Islas Vírgenes, nada menos. Su nombre quizá les resulte lejanamente familiar. Un tal Tim Duncan.

Lo nuestro (lo mío con él, más bien) fue un flechazo absoluto. Quien me conozca sabe que se me gana mucho más por fundamentos que por físico, sabe aún mejor que cuando se dan las circunstancias adecuadas soy de enamoramiento fácil (entiéndase en términos estrictamente baloncestísticos) pero aquello ya no es que fuera fácil, aquello más bien fue amor a primera vista. Fue (suena un tanto grandilocuente decirlo hoy, pero lo cuento tal como lo viví en su día) como descubrir al sucesor de Olajuwon cuando éste aún estaba en plenitud y no necesitaba que nadie le sucediera.Tim Duncan Es curioso, si pensamos en el Duncan NBA no pensamos en él en términos olajuwonianos, para nada. Le recordamos más de cara al aro que de espaldas, más tirando a tabla desde el poste alto que girándose en el bajo. Pero créanme que aquel Tim Duncan recién llegado a Wake Forest tenía un juego de pies sencillamente prodigioso, lo más parecido al gran Hakeem que podía verse entonces y pudo verse después. Y eso con ser bueno no era lo mejor, lo mejor era que fuera sólo freshman (y aún sin estatus de estrella), que producía auténtico vértigo imaginar siquiera lo que aquella criatura podría llegar a ser. Como para no enamorarse.

Pero aquella criatura tenía una historia detrás, quién sabe si a medio camino entre la realidad y la leyenda. Se nos contó (supongo que nos lo contarían Daimiel y Segurola que solían ser quienes hacían NCAA en aquellos tiempos, si bien no puedo precisarlo con exactitud) que Tim Duncan iba para nadador, y no un nadador cualquiera: ya a muy temprana edad poseía algunos récords significativos en 50, 100 ó 400 metros libres, ya muchos apostaban por él para representar a su país en Barcelona 92… hasta que llegó Hugo. Hugo destruyó la única piscina olímpica que había en Saint Croix, razón por la cual el joven Tim (poco más de trece años en aquel entonces) se iba a ver obligado a entrenar en mar abierto. Y cuenta la leyenda que aquello no le hizo ninguna gracia, sobre todo porque aquel chaval tenía un miedo más que respetable a los tiburones. Se fue distanciando, y aún más se habría de distanciar cuando un cáncer se llevó por delante la vida de su madre muy pocos meses después. Las sólidas premisas que le habían sustentado hasta ese momento (la familia, la natación) de repente se le rompieron en pedazos, dejándole sumido en un lógico periodo de indefinición del que sólo empezó a salir cuando alguien se cruzó en su camino y le hizo aquella mítica pregunta, tantas veces referida en tantas otras ocasiones: chaval, y tú con lo alto que eres… ¿por qué no juegas al baloncesto? Y hasta ahora.

Ríanse si quieren (que querrán), pero siempre pensé que ese pasado como nadador formaba parte esencial de su repertorio como jugador, aunque me resulte muy difícil explicar por qué. Hay algo en su gracilidad, en su manera no tanto de moverse como de deslizarse por la pista,td-hermana incluso en su estructura morfológica (tantos hombros para tan poca cintura) que de alguna manera evoca al nadador que pudo haber sido y no fue. O acaso sí lo fue, aunque no nos diéramos cuenta. Quizá sólo cambió el medio, sólo sustituyó el agua por el parquet pero siguió nadando de igual manera. Como si poseyera el don de la ingravidez, que en su caso no se reflejaba (como en tantos otros de sus congéneres) en mates escalofriantes ni vuelos sin motor sino en su condición de flotabilidad. Otros permanecen firmemente apegados a la tierra y cada vez que saltan es como si temblara el mundo, él no. Él era etéreo, por imposible que resulte cuadrar semejante concepto en un corpachón como el suyo. No jugaba sino que fluía. Nunca dejó de nadar.

Nunca más volví a verle en Wake Forest, qué más hubiera querido yo. En los siguientes años la cobertura universitaria del Plus se limitó básicamente a la Final four, evento al que aquellos Demon Deacons jamás llegaron a comparecer siquiera. Pero que no lo viera no significa que no siguiera sus pasos, al menos en la medida de mis limitadas posibilidades: a mediados de los Noventa Internet era aún una entelequia fuera de mi alcance y del de casi todo dios por estos pagos, había que conformarse con leer lo que se pudiera, donde se pudiera. Poco a poco fui sabiendo que por una vez (y sin que sirviera nunca más de precedente) mi percepción de aquel primer año no había sido errónea en absoluto; que ya no era bueno sino grande, que de ahí había pasado a ser una referencia y luego ya LA REFERENCIA, con mayúsculas. Recuerdo una de aquellas impagables crónicas de Daniel Searl para Gigantes, en la que nos habló de una universidad muy menor (a saber cuál) que en los albores de la temporada 1996/1997 (su año sénior) fue a jugar contra Wake Forest; me acuerdo sobre todo de la transcripción de las palabras de su entrenador en la charla previa a sus jugadores: hoy no es ya que vayáis a jugar contra un futuro profesional, contra alguien que pueda ganar algún anillo, no; HOY VAIS A JUGAR CONTRA UN TÍO QUE ALGÚN DÍA ESTARÁ EN EL HALL OF FAME. Disfrutad de cada segundo que estéis en cancha, porque recordaréis este partido durante el resto de vuestras vidas. Algo así. No, él tampoco iba desencaminado, en absoluto.

Aún no habíamos llegado a la era del one and done, aún se le daba un valor a la formación, aún el permanecer cuatro años en la universidad se consideraba una prueba a favor del jugador y no en su contra. Aún estábamos en 1997, y no fueron pocas las franquicias que en aquella primavera se agarraron al sueño (casi) imposible de Tim Duncan como su única tabla de salvación.td-celtics Paradigmático fue el caso de los Celtics, que si no practicaron el tanking sí hicieron algo que se le pareció mucho; todo ello por supuesto contando con la aquiescencia de sus otrora ganadores aficionados, que no parecían tener ningún reparo en acudir al Garden a ver perder a su equipo pero eso sí, exhibiendo carteles en los que le daban la bienvenida a Boston como si ya hubiera llegado, o incluso precarios fotomontajes que nos mostraban al susodicho aparentemente vestido de verde. Como expresión de un deseo no estuvo mal, pero la cruda realidad se empeñó en ir por otro lado como tantas otras veces.

El azar tiene a veces razones que la razón no entiende. Quiso el azar (habrá quien piense que no fue el azar sino alguna mano negra, nunca mejor dicho; de hecho no hay sorteo de draft en que a los perdedores no se les aparezca ese argumento, pero permítanme que yo no lo compre, haciendo gala de mi proverbial ingenuidad) que esta vez la virgen no se apareciera en Nueva Inglaterra sino al sur de Texas, a orillas de El Álamo más concretamente. Es caprichoso el azar: sólo en una ocasión en los últimos veintisiete años (es decir, desde que David Robinson aterrizó en San Antonio) han faltado los Spurs a los playoffs, y ello fue precisamente en aquella temporada 1996/1997; la lesión de Robinson propició un año fallido, en el que sólo ganaron veinte partidos y en el que Popovich cesó a Bob Hill para seguidamente (y tras sopesar con detenimiento el amplio abanico de candidatos) proponerse a sí mismo para el cargo (con muy buen criterio, como pudimos comprobar después). ¿Año fallido, dije? Hay equipos que se hinchan a perder temporada tras temporada sin conseguir jamás un número 1 del draft, y cuando finalmente lo consiguen resulta que justo ese año toca un draft de mierda; a los Spurs en cambio les bastó un solo año perdedor para que se les apareciera ese número 1… y justo el mejor año en que les podía tocar. Es caprichoso el azar, ya se lo dije.

Llovía sobre mojado en San Antonio, y eso que no es lugar lluvioso precisamente. Aún estábamos en el segundo milenio, aún quien tenía un cénter tenía un tesoro, aún no había comenzado (aunque ya se atisbaba) la era de la versatilidad absoluta, el monoteísmo del triple, los cuatros abiertos, los cincos de mentira y los all around player de dos metros y medio (o casi). Casi cualquier franquicia habría matado por un pívot de verdad, de los de toda la vida… y sin embargo el premio gordo le fue a caer a una de las pocas que ya tenía más que cubierta esa posición. Renacía en San Antonio el concepto Torres Gemelas, diez años después de que se disolvieran las de Houston, cuatro años antes de que quedara ya proscrita para siempre (en lo que a baloncesto se refiere) dicha expresión.

Pensé que la convivencia de ambos dos sobre el parquet no sería tan difícil, pensé que Robinson evolucionaría al cuatro para hacer sitio a Duncan en el cinco. En lo primero acerté (no tenía mucho mérito), en lo segundo me equivoqué de plano como en tantas otras ocasiones.td-dr Fue Duncan el que (sin dejar de ser un cinco) evolucionó al puesto de cuatro, o mejor sería decir que redimensionó el concepto de cuatro. No era un cuatro al uso, no era el típico cuatro más ancho que largo que se estilaba entonces (no era Barkley ni Malone, para entendernos) ni puñetera falta que le hacía. Duncan gobernaba cada partido desde el poste alto como habría podido gobernarlo (y lo gobernaba también, de hecho) desde el bajo, Duncan atacaba el aro de cara con la misma fiabilidad (o aún mayor si cabe) que de espaldas, Duncan antes de que nos diéramos cuenta había incorporado la suerte del tiro a tabla (esa que cada vez se ve menos, esa que muy pocos supieron interpretar con tanta maestría como él) a su ya de por sí selecto repertorio. Duncan había llegado para jugar al lado de Robinson, pero no tardó en ser Robinson el que jugaba al lado de Duncan.

No había acabado de llegar y ya era Jugador de la Semana, no había acabado de afianzarse y ya era All Star, no había acabado de aterrizar y ya tenía un anillo, el primero, el de 1999, el del asterisco, Phil Jackson dixit. Jackson enredó y del enredo (y de su inmenso talento como entrenador y/o domador de egos, y de Shaq y Kobe) se fueron tres anillos consecutivos a Los Ángeles. No importó. Podía haber pasado ya el último tren por Sacramento pero todos sabíamos que por San Antonio volvería a pasar tarde o temprano, sólo era cuestión de tiempo. No hizo falta esperar mucho. En 2003 ya no estaba a su vera David Robinson pero a cambio acababan de llegar dos criaturas con ansias de comerse el mundo y talento más que de sobra para lograrlo, Tony Parker y Manu Ginóbili. Fue sólo el principio, o más bien la continuación de aquel otro principio de 1999. Podría gustar más o menos (a mí más, a muchos otros menos), podría ser cemento (como lo calificaban de manera injusta algunos, obviando deliberadamente la fluidez de su juego), podría no ser espectacular ni vistoso (especialmente para aquellos que no buscaban tanto partidos como highlights) pero era BALONCESTO, en estado puro. Se estaba gestando una auténtica obra maestra, que en realidad no había hecho sino comenzar.

Duncan producía y producía. Sin ruido, sólo nueces. Infinitas nueces. Duncan no hacía declaraciones altisonantes, no daba que hablar fuera de la pista, no se le conocían peleas ni procesos ni tiroteos en discotecas a las tantas de la mañana, ni posesiones de sustancias ni conducciones bajo la influencia ni asuntos turbios de ninguna clase. Nunca (que yo sepa). Duncan llegaba, jugaba y se iba, nada más (y nada menos) que eso. Sin aspavientos, sin pedruscos en sus orejas, sin colgantes enormes que pusieran en riesgo la integridad de sus cervicales, sin aditivos ni conservantes ni colorantes. Cero cáscara, cero envoltorio, todo sustancia.

No era lo que se llevaba, claro. En aquellos días empecé a comprar la revista norteamericana Slam, acaso la mejor publicación escrita de baloncesto que se edite en USA (o al menos así era en aquellos tiempos), con reportajes y documentos extraordinarios pero también con una manifiesta orientación hacia ese estilo (como si dijéramos) gangsta, esa moda contracultural imperante en aquellos días y en tantos otros.td-slam Recuerdo como si fuera ayer que mi primer Slam llevaba a Duncan en portada (y es bien sabido que en las revistas yanquis se sacraliza la portada, como si ésta fuera mucho más importante que el contenido) fotografiado entre bloques de hielo como metáfora de su frialdad, como un nuevo Iceman sanantoniano que sucediera a aquel mítico George Gervin. Y recuerdo aún mejor que en el siguiente Slam los lectores (a través de su sección Trash Talking, lo que vendrían a ser las cartas al director) sometieron a los rectores de la publicación a un auténtico linchamiento por haber consagrado su portada a semejante jugador. Cómo podía ser posible, si no era espectacular, si no la rompía en cada mate, si no generaba espuma ni burbujas sino simples canastas, si era un sieso, si no iba de macarra por la vida, si no era de los nuestros, si no era Marbury ni Iverson ni Garnett…

Pero ganaba. Otro anillo en 2005, otro más en 2007. Títulos en años alternos, como si los cursos impares fueran para trabajar y los pares fueran sabáticos. Fue quizá tras ese título de 2007 cuando Popovich viajó a Serbia (cabe suponer que fuera la tierra de sus ancestros, a la vista de su apellido) a impartir unos clínics (o similar). Allí fue preguntado por el secreto de su éxito como entrenador, y su respuesta no dejó lugar a dudas. Tan sólo tres letras: TIM. Y como dijo aquel, no hace falta decir nada más.

Claro está, no se puede caer bien a todo el mundo (hace dos párrafos quedó ya meridianamente claro), tanto menos si no juegas en Nueva York, Chicago o Los Ángeles sino en el profundo sur de Texas, a cuatro pasos de la frontera mexicana, en uno de los menores mercados de toda la Liga. Duncan no buscaba incidentes, pero no siempre podía evitar que los incidentes le buscaran a él. ¿Recuerdan aquel salto entre dos? El árbitro tras lanzar el balón no supo cómo quitarse, se quedó plantificado allí en medio como un pasmarote hasta que Duncan se lo encontró en su desesperado camino hacia aquella bola; lo apartó, en una reacción meramente instintiva y perfectamente comprensible que sin embargo la NBA interpretó como una afrenta, sancionándole a posteriori con (creo recordar) dos partidos de suspensión.td-crawford Mucho peor fue lo de Joey Crawford, aquel cruce de cables vestido de gris al que ya antes algunas voces interesadas habían acusado de (presunta) animadversión premeditada hacia los Spurs, y al que en cierta ocasión no se le ocurrió otra manera de zanjar un rifirrafe verbal que diciéndole a Duncan a la salida te espero. Duncan no le esperó pero la Liga sí, enviándole durante un añito al rincón de pensar para que recapacitara un poco acerca de la intachable conducta que en cualquier circunstancia debe presidir el comportamiento arbitral.

A todo esto empezaron a pasar de largo los trenes (2008, 2009…) y de cada tren que pasó de largo se anunció inequívocamente que era el último como si en verdad lo fuera, como si el tiempo en San Antonio no tuviera su propio ritmo, ajeno por completo al del resto de la humanidad. Mientras el mundo entero los enterraba continuaban trabajando, mientras les reclamaban su reconstrucción ellos quitaban el prefijo y simplemente construían (sin re): inyectando talento al servicio del equipo (que no a la inversa como tantos otros), interpretando el juego justo como siempre pensamos que debía ser jugado, manteniendo como premisa básica la continuidad. Duncan empezaba a tener ya demasiados años, como empezaba a tenerlos Manu, como no tardaría en tenerlos Parker. La naturaleza jugaba en su contra, pero ellos (de la mano de Pop y sus infinitas rotaciones, de la mano –enorme- de Kawhi) aún se guardaban un último as bajo la manga. Y hasta un penúltimo.

El penúltimo fue en 2013. Retaron contra pronóstico a los vigentes campeones Heat, los pusieron contra las cuerdas, los tuvieron incluso al otro lado de las cuerdas, al otro lado de aquella cinta que se empezó a montar en la banda del American Airlines Arena de Miami a falta de unos segundos para el final del sexto encuentro. Se trataba de ir ganando tiempo, de ir preparando ya la ceremonia de entrega del Trofeo Larry O’Brien al campeón, que a esas alturas parecía ya manifiestamente evidente que vestía de negro y plata y había llegado de San Antonio. O no. O acaso donde no llegaban LeBron, Wade o Bosh llegara el eterno Ray Allen, acaso su muñeca incorrupta decidiera hacer la gracia cuando ya no tocaba, cuando ya nadie lo esperaba. Aquel final (todos sabíamos que era el final, por más que los protagonistas lo disimularan en un séptimo partido cuyo desenlace estaba escrito de antemano) resultó especialmente doloroso por la manera en que se produjo, pero también porque todos pensamos que se les acababa de escapar (una vez más, pero ésta ya la definitiva) el último tren. El último de todos los últimos. Con las edades prohibitivas que alcanzaban ya sus principales criaturas, cómo imaginar siquiera que aún les hubiera de quedar un último baile…

Y qué baile, señores. Nunca sabremos qué habría pasado si hubieran ganado aquel anillo de 2013, si se habrían dado ya por satisfechos, si fue precisamente aquella derrota la que les hizo rearmarse para volver con más fuerza si cabe en 2014 aunque no fuera impar. Si así fuera todavía tendríamos que estarle agradecidos a aquel triple postrero de Ray Allen, porque su (presunta) consecuencia fue presenciar un año más tarde acaso el mejor baloncesto que hayamos visto en nuestra vida. Si existiera una Capilla Sixtina de este deporte habría que decorarla con escenas de aquella nueva Final contra los Heat, si aún hoy me preguntaran por el mejor juego que he visto desplegar jamás sobre una cancha tendría que quedarme necesariamente con la primera mitad de aquel inolvidable tercer partido, miren que sobrepaso ya sobradamente el medio siglo y aún así por más que lo pienso me cuesta encontrar nada semejante (o quizá tendría que remontarme a los Lakers del showtime, pero son tiempos y circunstancias tan distintas que me cuesta mucho trabajo compararlas).td-5 Recuerdo bien que me pegué el madrugón para ver aquel tercer encuentro antes de irme a trabajar, recuerdo aún mejor que luego estuve casi toda la mañana alelado, como en una nube, prisionero de una especie de Síndrome de Stendhal baloncestístico. Dicen que la perfección no existe, pero si existiera (en lo que a nuestro deporte se refiere) se parecería muchísimo a aquellos maravillosos veinticuatro minutos. Deberíamos revisionarlos una y otra y otra y otra vez, siquiera fuera a modo de terapia.

Fue el quinto anillo de Duncan, década y media después del primero. Aún nos regaló un par de años más, siquiera fuera para demostrar que si te cuidas, no cometes excesos, llevas una alimentación equilibrada y tienes un entrenador que te administre cuidadosamente los esfuerzos puedes jugar hasta los cuarenta, como fue el caso. Muchos esperaron que anunciara su adiós con el anillo aún caliente en aquel 2014, no fueron pocos quienes lo dieron por hecho en 2015, unos y otros se quedaron obviamente con las ganas. Fue en 2016, pero fue a su manera. Bien pudo haberlo anticipado ocho o diez meses antes para que allá por donde pasara le rindieran homenajes, le pusieran vídeos recopilatorios y le regalaran placas conmemorativas, pero ése no es su estilo, nunca lo fue, a ver por qué iba a empezar a serlo ahora. Dejó que acabara la temporada, hizo caso omiso a las especulaciones, vio pasar las semanas, consultó a su mente, más tarde a su cuerpo y finalmente dijo basta, ya está, hasta aquí. Así de sencillo. Se fue como llegó, como jugó, sin alharacas ni parafernalias innecesarias, sólo esencia. Mera esencia.

Y este artículo debió parirse entonces y no ahora, mea culpa… que acaso también tenga una explicación. Si me permiten otra comparación manifiestamente desafortunada, creo que el proceso (el mío, al menos) es relativamente similar al que se produce tras la pérdida de un ser querido, salvando obviamente las inmensas distancias entre una y otra circunstancia. Cualquier muerte es un mazazo, por definición; pero en las horas siguientes, entre el papeleo, el velatorio y el entierro, estás como aturdido, como en una nube, como sin acabar todavía de tomar conciencia de la nueva situación. Y sólo es días después, una vez que te quedas solo en la intimidad de tu hogar e intentas retomar tu vida, cuando finalmente el dolor se apodera de ti al tomar definitiva conciencia de su ausencia, de la magnitud de ese vacío. No es lo mismo, ya sé bien que no es lo mismo, pero quiero que me entiendan: te dicen en julio que se retira fulano o mengano y lo lamentas, cómo no lo vas a lamentar, pero entonces estás en otras cosas: vacaciones, mercado de fichajes, preparativos olímpicos, qué sé yo. Y es justo ahora, justo cuando empieza la temporada, cuando finalmente tomas conciencia de que ya no verás a Kobe, ni a Garnett (que no fuera santo de mi devoción no significa que no le vaya a echar de menos), ni a Raül López, ni a Dimitris Diamantidis… ni a Tim.td-parker-manu Me dirán que estas cosas son así, que antes de que nos demos cuenta estaremos también echando de menos al propio Manu, a Pau, Navarro o Calde, a tantos otros. Ya lo sé, es ley de vida. Hay que joderse con la ley de vida.

O como comentó Popovich al inicio de la pretemporada, lo más duro será llegar cada mañana al entrenamiento, mirar a tu alrededor y ver que ya no está. Le entiendo perfectamente, aún salvando las (inmensas) distancias. En su caso fueron diecinueve temporadas de convivencia diaria, de victorias (muchas) y derrotas (pocas), de dichas y sinsabores y amarguras y alborozos compartidos. Por supuesto, nada que ver con lo que unos simples aficionados podamos sentir. Pero a nuestro lejano nivel también llevamos lo nuestro, lo llevo yo al menos. En mi caso no son ya diecinueve años sino veintitrés, veintitrés temporadas desde que en la 1993/1994 se me apareció con la casaca de Wake Forest en la pantalla del Plus. Veintitrés años, casi media vida, para otros una vida entera porque no faltarán quienes ni hubieran nacido siquiera por aquel entonces. Veintitrés años, se dice pronto. Como para no echarle de menos.

Claro está, nunca sabremos qué habría sido de él si aquel dichoso huracán no hubiera marcado su vida. Probablemente habría seguido nadando, habría sido olímpico, puede que hasta hubiera cosechado medallas nacionales e internacionales, que hasta hubiera sido becado igualmente por alguna universidad americana (pero para natación, en este caso);td-agua y quizás hoy sería poco más que un probo ciudadano en su isla caribeña de Saint Croix, quizás un padre de familia como tantos otros, dedicado a sus quehaceres profesionales por la mañana y a dar clases de natación por las tardes. O no, vaya usted a saber. O quizás, aunque no hubiera mediado huracán alguno, tarde o temprano alguien al ver su estatura le habría acabado haciendo igualmente aquella mítica pregunta, chaval, y tú con lo alto que eres, ¿por qué no juegas al baloncesto? Nunca sabremos lo que pudo haber sido, sólo sabemos lo que fue. Con eso es más que suficiente.

Sólo sabemos que aquel huracán causó muchas desgracias, que arruinó muchas vidas pero que a nosotros (aficionados al baloncesto) involuntariamente nos hizo un regalo. En medio de tanta desolación, Hugo nos regaló el mejor cuatro de la historia, discútanme otras posiciones si así lo quieren pero ésa no, por favor. EL MEJOR CUATRO DE LA HISTORIA. No va a ser fácil aprender a vivir sin él.

DELIRIOS DE GRANDEZA   4 comments

Pónganse en situación. Miércoles 5 de octubre, a eso de las nueve de la noche. En un televisor cualquiera, el Barça y los Thunder hacen como que se enfrentan. Y en un hogar cualquiera se produce la siguiente conversación:

llulltripleElla: Creo que el Madrid hizo una hazaña el otro día…

Él: Sí, algo así. Perdían de veinte, remontaron, en el último minuto aún perdían de seis, fallaron aposta un tiro libre para que luego Llull empatara con un triple sobre la bocina, y luego ya en la prórroga…

Ella: Ya, pero supongo que estos otros estarán todavía en pretemporada, claro…

Él: No es ya que estén en pretemporada, es que era su primer partido de este año, es que casi ni habían entrenado siquiera. Pero lo que pasa es que algunos se lo creen, y a partir de ahí ya se piensan que el Madrid podría aspirar a jugar los playoffs de la NBA…

Ella: ¡¿Pero cómo puede ser?! ¡Pero si hasta yo que no tengo ni idea sé que eso es una barbaridad, que no es lo mismo jugar contra éstos ahora que luego, cuando ya estén rodados! ¿Cómo es posible que quienes se supone que entienden piensen eso?

Puedo asegurarles que la conversación fue tal cual como la cuento (palabra arriba o abajo), más que nada porque la viví muy de cerca. De hecho ella era mi señora esposa, y no les resultará muy difícil imaginar quién era su interlocutor. Y puedo asegurarles también que a partir de un determinado momento me quedé sin palabras (sí, a veces me pasa), sin argumentos, sin fuerzas para intentar explicarle lo inexplicable. Cómo es posible que quienes se supone que entienden piensen eso, o aún peor, cómo es posible que quienes se supone que informan vendan eso, pretendan impunemente hacernos creer eso. Cómo hemos podido llegar una vez más a esta situación.

[ADVERTENCIA: lo que van a encontrar a partir de este momento es una sucesión de obviedades y lugares comunes. O al menos a mí me lo parecen, probablemente a usted también pero no así al común de los mortales, a la vista de las cosas que hemos ido oyendo/leyendo durante toda esta semana. Por eso las escribo.]

Imaginen que el Real Madrid de fútbol (repito, el de fútbol) volviera a la actividad a mediados de julio y que al día siguiente se marchara a hacer su pretemporada a China. Imaginen que a los dos días de estar allí jugara contra el Beijing (no tengo ni pajolera idea de fútbol chino, pero supongo que algún Beijing habrá). Imaginen que el entrenador del Madrid así de entrada alineara a los titulares para justificar su caché y por aquello del qué dirán, pero que a los pocos minutos los sentara y dedicara ya el resto del encuentro a su verdadero objetivo, es decir, ver a los suplentes, a los que regresan de cesiones y a los que subieron del filial para comprobar cuántos y cuáles de ellos le pueden ser útiles de cara a la nueva temporada. Imaginen que el Madrid marcara pronto, que empezara dominando cómodamente, que se relajara y que hacia el minuto 30 o 40 de la segunda parte el Beijing tras denodados esfuerzos consiguiera el empate. E imaginen que aún no contentos con ello los chinos fueran a por el partido aprovechándose de la caraja madridista, y que finalmente en el descuento lograran el gol de la victoria, imponiéndose así el Beijing por un ajustado 2-1. REAL MADRID - OKLAHOMA CITY THUNDERY ahora imaginen que en la rueda de prensa posterior un periodista chino preguntara a Cristiano Ronaldo, o a Sergio Ramos: ¿piensa usted que el Beijing podría pelear por los puestos que dan acceso a la Copa de la UEFA (o como se llame eso ahora) en la liga española? ¿Qué creen que contestarían Cristiano y Ramos, qué cara creen que se les pondría? Es más, ¿qué no escribirían al día siguiente nuestros medios, qué clase de cachondeo formarían ante semejante delirio de grandeza de la prensa local? (Y ya sé que la distancia entre el fútbol chino y el nuestro probablemente sea mucho mayor que la que hay entre nuestro baloncesto y el yanqui, hasta ahí ya llego; pero ustedes cogen la idea).

Obviamente Westbrook pudo ser más diplomático. Obviamente pudo responder algo más elegante que ese tío, eres muy gracioso cuando le preguntaron si este Madrid podría pelear por los playoffs NBA. Qué sé yo, algo más elaborado, algo como hombre, aquello es otra historia, el Real Madrid es un grandísimo equipo y hoy lo ha demostrado, pero la NBA tiene unas exigencias físicas y técnicas que a día de hoy no creo que estén al alcance de… Qué sé yo, algo así. Nótese que NO se le preguntó si el Madrid podría competir en la NBA (que ya tendría delito), se le preguntó si podría pelear por los playoffs; o dicho de otra manera, se le preguntó indirectamente si consideraba que este Real Madrid podía ser mejor que casi la mitad de franquicias de aquella Liga. Siguiendo por esta misma línea, cabe suponer que la próxima vez que suceda le preguntarán a la estrella visitante si cree que este Real Madrid podría aspirar legítimamente a ganar el anillo. Y así sucesivamente. No tengo por qué defender a Westbrook (que ni siquiera fue nunca santo de mi devoción como jugador; o quizá sí como jugador pero no como director de juego) pero me reconocerán que se lo pusieron a güevo.

roncerohistoriaClaro está, lo peor no fue esa pregunta, lo peor ni siquiera fue esa no-respuesta de Westbrook, lo peor fue todo lo que vino después, la reacción del florentinismo, el roncerismo y demás madridismo mediático de todo a cien saliendo en tromba a limpiar el buen nombre baloncestístico de la entidad (como si éste necesitara ser limpiado), supuestamente mancillado por la estrella de los Thunder. Llamó especialmente la atención la furibunda reacción de un afamado periodista de la SER vinculado profesionalmente al baloncesto y a quien yo tenía (acaso ingenuamente) por un buen conocedor de este juego, un tipo llamado Francisco José Delgado y conocido popularmente como Pacojó. No voy a transcribir al completo sus palabras hacia (como él le llama) el sobrado Westbrook pero sí su frase final, que por sí sola resulta ya más que esclarecedora para que nos hagamos una idea:

pacojoEvidentemente el Real Madrid tendría hueco en la clase media de la NBA, y Sergio Llull, seguro, hueco en la NBA. Así que mejor haría Westbrook en tratar de ser un poquito más humilde y en recordar que no todo se acaba en Estados Unidos, y si no que mire a las plantillas de la NBA, que cada vez están más llenas de europeos.

Por partes: claro que Llull tendría hueco en la NBA, en eso (sólo en eso) siempre vamos a estar de acuerdo. De hecho la única razón de que aún no esté allí es porque no ha querido, ni más ni menos. Y ésa es una opción personal tan legítima como cualquier otra por más que a algunos les pese, por más que se lo echen en cara como si no hubiera otra vara de medir, por más que haya hasta a quien se les llene la boca de insultos grandilocuentes para calificar esa renuncia provisional (véase la muestra). Esto es como aquello que me decía mi padre cuando era niño (y que yo entonces no entendía, claro), en esta vida tienes que escoger entre ser cabeza de ratón y ser cola de león. O trasladado a sullullcobarde caso, escoger entre ser la estrella de uno de los mejores equipos de Europa o ser un jugador más de una franquicia de nivel medio en la mejor liga del mundo. Y tan válida es una opción como la otra. Puede que tarde o temprano los Rockets se lo lleven al huerto o puede que se tire en el Madrid toda la vida, y ello no habrá de modificar en absoluto el hecho de que sea o deje de ser un grandísimo jugador. Al menos en lo que a mí respecta.

Ahora bien: ¿el Madrid tendría hueco en la clase media de la NBA? ¿De verdad? ¿En base a qué? ¿En base a un mero partido amistoso (sí, amistoso) de pretemporada? Y si esta brillante victoria les da para sacar semejante conclusión, ¿no debería bastarles también la abultada derrota de hace un año ante los Celtics para sacar también la conclusión contraria? Y aunque así no fuera, ¿son verdaderamente conscientes de lo que están diciendo? ¿Son verdaderamente conscientes de las diferencias físicas (no entro ya en las técnicas, ni en las de velocidad) entre el baloncesto de allá y el de aquí? (Ya les dije que esto iba a ser un catálogo de obviedades, luego no digan que no se lo advertí). ¿Son verdaderamente conscientes de que un equipo de clase media NBA viene a jugar aproximadamente cien partidos oficiales al año (82 de temporada regular más los que alcance en playoffs), cada uno de ellos de 48 minutos de duración? ¿Que allí juegas cada lunes y cada martes, quince partidos al mes, tres o cuatro por semana, de promedio uno cada dos días, a veces varios en días consecutivos? ¿Son conscientes de las inalcanzables nóminas que se manejan allí, de las desmesuradas estructuras de cada franquicia, de los aviones privados, de los viajes constantes e interminables (que no es porque el Madrid esté en Europa, que aunque trasladara provisionalmente su sede a Idaho seguirían siendo interminables)? ¿Son conscientes de que muchos de esos grandes jugadores del Madrid de los que dicen que podrían estar perfectamente en la NBA en realidad darían cualquier cosa por poder estar en la NBA? ¿Son conscientes de que si no están allí es simplemente porque la NBA no los ha querido (excepción hecha de Llull, obviamente)? ¿Son conscientes en suma de que aquello es otro mundo, de que la NBA y Europa son dos realidades completamente distintas a la par que distantes?roncerobarc%cc%a7a El cuñadismo está muy bien para la barra del bar o para la cena de Nochebuena, pero debería estar de más en un medio de comunicación (que se dice) de prestigio.

A no ser que lo que se diga no sea tanto lo que se piense como lo que se cree que el oyente (lector, espectador) quiere oír. La audiencia deportiva es en su inmensa mayoría futbolera, la audiencia futbolera es en un tanto por ciento muy elevado madridista. Y se ve que al madridismo hay que regalarle constantemente los oídos diciéndole cada lunes y cada martes que su equipo es la más grande institución deportiva jamás creada sobre la faz de la Tierra, así sea verdad o no. Claro está, cierto madridismo está muy mal acostumbrado, cierto madridismo pregunta a su espejito mágico y éste le responde que el Madrid es el equipo de fútbol más grande de la galaxia, cómo no habría de serlo si a día de hoy es el campeón de la Champions. Pero cuando ese mismo madridismo pregunta por su equipo de baloncesto ahí ya la cosa cambia, ahí ya el espejito le responde que acaso puedas ser el más grande de Europa (lo fue hace un año, lo puede volver a ser este mismo año) pero no del mundo porque resulta que al otro lado del Atlántico hay no uno ni dos sino treinta equipos más grandes que tú. Algo que buena parte de sus seguidores entienden y asumen como algo evidente a la par que inevitable (nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio, que cantaba Serrat)… pero no todos, claro.

No todos empezando incluso por su propio presidente, que no fueron pocas las veces que se llenó la boca diciendo que su intención era meter al Madrid en la NBA como si eso fuera posible (de hecho él es el primero que sabe perfectamente que no es posible, entre otras cosas porque si lo fuera ya lo habría hecho).florentinonba Miren, lo de la presunta conferencia europea de la NBA es una entelequia que yo jamás veré, que no se creen ni quienes la enuncian, que no va a ser realidad ni a corto ni a medio plazo, a largo (pongamos cincuenta años) quién sabe. Y que si llegara a suceder alguna vez probablemente no sucedería con las actuales estructuras deportivas europeas, sino con la NBA fundando aquí sus propias franquicias. Deporte ficción, como si dijéramos. A día de hoy (y de mañana, y de pasado) la única realidad es que el Madrid no puede jugar en la NBA, pero eso no es algo exclusivo del Madrid (sigo con las obviedades). Le pasa exactamente lo mismo al Barça, al Fenerbahçe, al CSKA, al Olympiacos, al Maccabi y a cualesquiera otros grandísimos equipos europeos (algunos de los cuales manejan presupuestos bastante más sustanciosos que el de la sección baloncestística de la casa blanca), sin que me conste que ninguno de ellos se haya hecho las mismas pajas mentales tras conseguir (en su caso) alguna victoria de semejante calibre. O quizá sí se las hayan hecho y yo no me haya enterado, que eso también puede ser.

Qué quieren que les diga, a mí me da mucha pena que una victoria tan espectacular y brillante como ésta no haya sido disfrutada por una parte de su afición en la manera en que lo merecería. Nada nuevo bajo el sol, en cualquier caso. Dijo una vez Laso que en este club los títulos no son tanto una alegría como un alivio, y yo aún añadiría que a veces (demasiadas veces) sus victorias no son tanto una alegría como un motivo para ajustar cuentas con el resto de la humanidad. Supongo que es el precio a pagar por tanta grandeza, que las victorias ya las llevas de serie y no te está permitido reaccionar ante ellas como acostumbra a hacerlo el resto de los mortales. Pero claro, una cosa es la grandeza y otra ya muy distinta los delirios de grandeza, que está muy bien tenerlos cuando eres chico pero que resultan un poco ridículos cuando ya eres grande. Quítenselos de la cabeza, por favor. No lloren si no pueden ver el sol, porque sus lágrimas no les dejarán ver las estrellas (ya ven qué frase tan original me ha salido). ¿Por qué ese empeño con el quiero y no puedo de la NBA, siendo como son el equipo más laureado y galardonado y vanagloriado del mundo no-NBA? Son ustedes (permítanme una última obviedad) uno de los mejores equipos de Europa, ya veremos si no el mejor a día de hoy. Nada más y nada menos. Con eso deberían tener más que suficiente.

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