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LA ARAÑA   Leave a comment

Allá por mis lejanos tiempos universitarios (tan lejanos que ya han pasado más de treinta años, hay que joroderse), solía contarse, sobre todo en las facultades de ciencias, un chiste (por decirlo de algún modo) que solíamos llamar del investigador y la araña. Se suponía que el investigador cortaba a la araña una de sus ocho patas y a continuación la llamaba, ¡araña, ven!, ante lo cual la araña (aún mostrando una leve cojera) acudía presurosa a la llamada del investigador, que así lo anotaba en su cuadernillo. Luego el investigador amputaba otra pata de la araña, ¡araña, ven!, la araña venía si bien ya con más dificultades, el investigador volvía a anotarlo, así sucesivamente (les ahorro los pasos intermedios) hasta que a la araña ya sólo le quedaban (pongamos) tres patas, de nuevo el investigador le cortaba una, quedaban dos, ¡araña, ven!, la araña tras denodados esfuerzos aún conseguía llegar hasta el investigador, éste así lo anotaba en su cuadernillo, lo siguiente era quitarle a la araña una de las dos patas que le quedaban, ¡araña, ven!, la araña con su única pata a modo de palanca, tras muchísimos intentos y casi arrastrándose conseguía finalmente acercarse hasta donde estaba el investigador, éste una vez más lo anotaba en su cuadernillo para seguidamente quitarle ya a la araña su última pata, ¡araña, ven!, pero ahora ya la araña no se movía, ¡¡¡ARAÑA, VEN!!!, pero no había manera, ¡¡¡¡¡ARAÑAAA, VEEEN!!!!!, pero la araña seguía quieta, ante lo cual el investigador, una vez hechas las comprobaciones pertinentes, procedía a anotar la conclusión final del experimento en su cuadernillo: cuando a una araña se le quitan todas las patas, se queda sorda.

La ACB es una araña (quizá esté un poco traída por los pelos la metáfora) a la que de vez en cuando le quitan patas y de cuando en vez se le caen solas. Hace pocos días fue Bilbao, sin duda una de sus patas principales, pero es que en otro tiempo más o menos lejano fueron también Granada, Alicante, Girona, Huesca, León, Cáceres, Salamanca, tantas y tantas otras, cada una a su manera, cada una en su estilo. La araña siguió siempre andando cual si no pasara nada, siguió acudiendo puntual (o casi) a la llamada de cada temporada pero no hacía falta ser un observador avezado para comprobar que ya nunca andaba de la misma manera, que a cada año que pasaba la cojera se le iba haciendo más y más evidente. Patas que se pierden y patas que aún aguantan a duras penas apuntaladas por sabe dios qué, acaso por dinero público (sujeto además a los caprichos del mandamás político de turno, para más inri), acaso por alguna entidad financiera hasta que se canse del juguete, acaso por dudosas corporaciones de ultramar justo allá donde la entidad financiera ya se cansó. Y patas que parecen aguantar pero que en realidad ya hace tiempo que dejaron de hacerlo, patas que siguen ahí disimulando como si aún sostuvieran el cuerpo de la araña, como si aún anduvieran en lugar de dejarse llevar por las demás. Y patas que se amputan una vez tras otra, un año tras otro, patas que se caen a pedazos pero que en pasando unos meses se regeneran como si nada, como si siempre hubiesen estado ahí; y en cambio otras patas nuevas, a estrenar, patas ajenas pero flamantes y lustrosas que sin embargo no pueden serle implantadas porque hete aquí que nuestra araña es sumamente delicada y exige rigurosísimos controles de calidad, no le vale cualquier injerto, de hecho es que no le vale casi ninguno… Apasionante mundo éste de la araña, sin duda.

Por supuesto que siempre habrá patas y patas, por supuesto que a nuestra araña nunca le pasará lo que a la del chiste porque siempre le quedarán dos patas que no se le van a caer, dos patas futboleras que nadie en su sano juicio osará arrancar jamás. ¿El resto? Que levanten la mano (la pata) las que no hayan dado siquiera un traspiés, las que no se hayan visto con el agua al cuello, las que no se hayan sentido al menos una vez al borde del abismo de la desaparición. Quizá recuerden que hace ahora año y pico parí un delirio titulado 2053 (léanlo después de éste, y así ya les habré acabado de estropear el día), quizá recuerden que en aquella elucubración a la ACB ya sólo le quedaban dos patas, digo equipos, casualmente Madrid y Barça enfrentándose entre sí chiquicientas veces por temporada, el uno era campeón y el otro descendía… para finalmente permanecer y así perpetuar el modelo, ya que ninguno de nuestros restantes equipos (confinados todos ellos en la LEB) era capaz de cumplir las draconianas condiciones impuestas por la ACB para su readmisión. ¿Ridículo? Por supuesto que sí (de hecho pretendía que lo fuera)… pero no tanto como me gustaría. Recuerden que la naturaleza imita el arte y que la realidad tiende a parecerse cada vez más a la ficción. Cuestión de tiempo.

La araña de la ACB pende de un hilo, lo cual no tiene nada de particular porque pender de un hilo es muy de arañas. Claro que también es muy de arañas trenzar con ese hilo una tela de araña para procurarse el sustento, en cambio a nuestra araña de la ACB la tela le sale como el culo, disculpen la vulgaridad, cada vez más desvaída y llena de agujeros por los que año tras año se le siguen escapando aficionados, seguidores y patrocinadores por doquier. Mientras enfrente el investigador contempla todo este proceso pero no ve más allá de sus narices, mira apenas un segundo a esa araña renqueante y hecha unos zorros y con eso ya le basta para pontificar al respecto y anotar sus sesudas conclusiones en su cuadernillo, pongamos por ejemplo el baloncesto ya no interesa, con esos marcadores normal que la gente no quiera verlo, la defensa y el tacticismo están matando el juego, el problema es la dispersión de horarios, el problema es el sistema de competición, la culpa es de los playoffs… O lo que viene siendo lo mismo, que si la araña cojea no será porque se le pierdan las patas ni porque se muera de hambre ni porque se caiga a pedazos ni porque no haya quien la venda ni por su pésima administración ni por el monocultivo del fútbol ni por la madre que les parió a todos, será sólo porque se nos está quedando sorda, va a ser eso. No tan sorda como ciegos estamos los de alrededor.

Publicado julio 30, 2014 por zaid en ACB

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LA SEGUNDA MUERTE   Leave a comment

Santiago Segurola, bilbaíno de pro a la par que extraordinario cronista deportivo, escribió alguna vez acerca de lo que representaba el Athletic de Bilbao no ya en dicha ciudad sino en todo el territorio de Bizkaia. En otros lugares su equipo de fútbol sería parte importante e incluso esencial de la comunidad pero en Bilbao resultaba ser aún mucho más que eso, una presencia hegemónica que de alguna manera consumiría toda la atención deportiva, que haría prácticamente imposible el surgimiento de cualquier otro equipo profesional de alto nivel. Una hegemonía que casi se palpa si vas por allí o incluso si te acercas, si (como es mi caso) acostumbras a pasar tus periodos vacacionales en un bello lugar de la costa cántabra, en el que el predominio del turismo vasco es muy superior al de cualquier otra comunidad y el predominio de camisetas rojiblancas es infinitamente superior a cualesquiera otras que usted pueda imaginar. Y sin embargo…

Y sin embargo, en al menos dos momentos muy puntuales a lo largo de la historia, hubo un deporte llamado baloncesto que se creyó con derecho a comerse siquiera una pequeña parte de ese pastel. Primero en los ochenta con aquel Caja Bilbao de La Casilla, Josean Figueroa, Davalillo, aquella mítica pareja Darrell Lockhart & Joe Kopicki, tantos otros.cajabilbao Aquello se murió (o más bien lo mataron), hubieron de pasar casi veinte años pero un día de repente aquella fiebre reapareció por fin, sólo que corregida y aumentada. Ya la sociedad bilbaína/vizcaína dejó de pensar sólo en términos de fútbol porque (re)descubrió que había otros mundos, ya la camiseta rojiblanca del Athletic siguió siendo hegemónica (y cómo no habría de serlo) pero no necesariamente excluyente, ya podías venir de vacaciones a esta misma costa cántabra y cruzarte en el paseo por la playa, en la plaza del pueblo o en la cola del súper con algún sujeto vestido de negro, no de cualquier negro sino del inimitable color de los hombres de negro. Y te reconfortaba, veías un día esa camiseta, ese polo o esa sudadera y pensabas que no todo estaba perdido, que al menos quedaba una ciudad en la que el baloncesto aún crecía y crecía sin cesar, que de una vez y para siempre (qué ridículo suena esto ahora, para siempre) Bilbao había entrado por fin a formar parte del círculo de grandes capitales de nuestro deporte…

Recuerdos de un pasado que nunca más ha de volver, decía la copla. No teman, no culparé por ello a la ACB, esta vez no, difícilmente podría hacerlo sin que se me cayera la cara de vergüenza. Tal vez recuerden que hace algunos meses, en uno de esos momentos de enajenación mental transitoria que me caracterizan, escribí un largo post con todo lo que yo haría en el imposible supuesto de que algún día fuera presidente ejecutivo de la Asociación de Clubes de Baloncesto. Decía yo entonces (entre otras muchas tonterías) lo siguiente:

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB sí complacería en algo al sindicato, y con mucho gusto además: los impagos. En esto sería absolutamente radical, y miren que no suelo serlo en casi nada en esta vida: club que no esté al corriente de pago, club que no podrá fichar y al que (si reincide) se le retirará además la licencia para poder jugar. (…) Y si para ello hay que bajar el nivel general de la competición pues se baja y punto pero qué quiere que le diga, prefiero una chabola de ladrillo a una torre de papel. O a un castillo de naipes.

Sería todo un ejercicio de cinismo por mi parte criticar ahora a la ACB por haber hecho (siquiera esta vez) justo aquello que le pedí que hiciera. El problema en todo caso no estará tanto en la acción como en la omisión previa, en no haber sabido poner los parches adecuados antes de que la vía de agua se hiciera ya insostenible, en haber dejado que las cosas se pudrieran hasta este punto. Saben que son muchas (demasiadas) las cosas que no entiendo de la ACB, no entiendo que los ascensos y descensos sean mentira, no entiendo que (si como sospecho esto ya se barruntaba desde tiempo atrás) no hayan aprovechado para oficializar ambos descensos y hacer liga de dieciséis (nada en contra de Manresa sino más bien al contrario, pero es que ya huele), no entiendo que se conformen con hacer otra vez liga impar de diecisiete con todo el caos que ello conlleva. Son demasiadas cosas las que no entiendo de la ACB pero ésta no es una de ellas, al menos sí que entiendo que hayan tenido que tomar la decisión que han tomado. Nadie en su sano juicio prescindiría de una de sus plazas principales así porque sí, nadie eliminaría de un plumazo una sede estratégica si no fuera porque ya no les quedaba más remedio. Porque ya no tenían ninguna otra opción.

No, el problema no está en la ACB, ojalá lo estuviera. El problema es que todos, yo el primero (desde la distancia) miramos para otro lado mientras la burbuja fue creciendo. Pero es que aquella burbuja daba gloria verla, es que hasta tocaba con las manos la Liga en 2011, es que se codeaba con el CSKA en cuartos de final de la Euroliga 2012, es que no era fácil ver más allá y comprender que todo lo que la sustentaba era un castillo de naipes, naipes de dinero público además, que mientras atábamos a los perros con longaniza a nadie pareció importarle pero cuando la longaniza empezó a acabarse todos comprendimos que el dinero público debía estar para otras cosas. Fue quitar el naipe de la Diputación Foral y venirse abajo el tinglado, por más que se recurriera a patrocinios fantasmagóricos como el de Gescrap (fuera aquello lo que fuera) o se volviera a pedir árnica a la Diputación ya aquello no había quien volviera a levantarlo. El penúltimo capítulo ya lo vimos todos, nóminas que no se pagan, jugadores que se plantan, planes de viabilidad que no hay por dónde cogerlos, presuntos patrocinadores que huyen como de la peste en cuanto se dan cuenta del estado real de la entidad… El penúltimo capítulo ya lo vimos todos, el último acabamos de verlo.

Habré de reconocérselo, siempre desconfié de los crecimientos repentinos, del surgimiento de nuevos ricos de la noche a la mañana, de ese (como decían antes en los anuncios de coches) pasar de cero a cien en diez segundos. Recuerdo que hace años mostré en un foro mi escepticismo ante el desembarco gerundense de Akasvayu, y recuerdo igualmente que unos cuantos contertulios se me echaron cordialmente al cuello, aquello iba a ser la hostia en verso para nuestro deporte que saldría finalmente de las catacumbas en que estaba sumido etc etc. No hará falta que les recuerde lo que tardó en marcharse Akasvayu ni el pufo que dejó por el camino, dónde fue a parar el equipo de baloncesto de Girona ni qué queda de él a día de hoy. Podría ahora jugar a predecir el pasado y decir que lo mismo me pasó con Bilbao Basket pero no lo haré, no se lo diré porque sería mentira. Siempre creí (al menos mientras se llamó Bizkaia Bilbao Basket, e incluso cuando antes fue Lagun Aro) que se sustentaba sobre una base firme y sólida, ya ven lo ingenuo que puede llegar a ser uno cuando no quiere ver la realidad.

Por no desconfiar ni siquiera desconfié de un sujeto a quien había tenido terriblemente atragantado (aún lo tengo, de hecho) en sus años pre Bilbao Basket, cuando no era nada más (y nada menos) que un agente de jugadores cuyo fin no parecía ser tanto el bienestar de sus representados como el suyo propio. Hay agentes que parecen trabajar para sus jugadores y hay jugadores que parece que trabajaran para sus agentes, éste (visto desde lejos) era uno de esos casos: cuerdas que se tensaban hasta límites insospechados, profesionales que cambiaban de equipo casi tanto como de calzoncillos, jugosas comisiones tras cada operación… Un día Gorka Arrinda decidió dejar de jugar a ser David Falk o Arn Tellem y empezar a jugar a ser Paul Allen o Mark Cuban: se quitó el traje, se vistió de sport, se soltó el pelo, se sentó tras la canasta y se puso su mejor cara de todo esto es obra mía, joder qué grande soy, qué encantado estoy de haberme conocido cada vez que ante él se posaban las cámaras de televisión. Pero ni por esas desconfié (y miren que no me habrían faltado motivos), ni siquiera supe ver que Bilbao no es Dallas ni Portland, ni siquiera supe apreciar la sutil diferencia entre unos multimillonarios cibernéticos que apenas se juegan una pequeña parte de su capital y un advenedizo que parece columpiarse sobre el capital de los demás. No lo vi, lo cual no tiene la menor importancia porque el que yo no lo viera es irrelevante, lo verdaderamente grave es que tampoco lo vieran quienes tenían que verlo, ni siquiera aquellos a quienes pillaba más cerca. O que sólo lo vieran cuando ya era demasiado tarde.

Cuentan los que saben de esto que la ACB pierde su tercera plaza en número de espectadores, cuentan que pierde incluso su primera plaza en porcentaje de espectadores en relación con el aforo total del pabellón. Supongo que esos datos serán ciertos, no me consta, sé poco de números, sé mucho más de sensaciones, de emociones, de etiquetas que se nos habían ya grabado a fuego en el imaginario colectivo de una ACB que no está precisamente sobrada de ellas, hombres de negro, efecto Miribilla, cosas que con sólo decirlas todo dios sabía de qué estábamos hablando, lo que se llama identificación, algo que trascendía mucho más allá de unos simples colores o de toda una ciudad. La ACB se acaba de pegar un tiro en el pie, eso es indudable, pero la duda que me queda es si tenía otra opción, si no habrá sido el mal menor, sacrificar el pie para que no te vuelen la cabeza, condición necesaria (y no sé si suficiente) para seguir (mal)viviendo. El precio a pagar por nuestro baloncesto no será poco, ni más ni menos que andar cojeando durante toda una larga temporada.

Claro que otros habrán de pagar un precio muchísimo mayor. No me refiero a los jugadores, que no sé si algún día cobrarán siquiera un euro de lo que les dejaron a deber pero que al menos encontrarán más pronto que tarde otro lugar donde ganarse el sustento. Me refiero a los aficionados, todos esos miles de bilbaínos y vizcaínos que se implicaron en el proyecto hasta extremos insospechados, que lo sintieron como suyo, que se creyeron con derecho a soñar hasta que les dieron con la cruda realidad en la cabeza. Primero les dijeron que no serían grandes, luego que no serían competitivos, finalmente que no serían, punto. El Bilbao Basket 2014/2015 será LEB, será EBA o no será, qué sé yo lo que será, saber lo que se dice saber sólo sabemos (si hacemos caso a los que entienden de esto) que como dijo el bolero, pasarán más de mil años, muchos más antes de que vuelvan a verse en la máxima categoría de nuestro baloncesto. Porque hay quien dice que mantendrán los derechos ACB pero no son pocos los que aseguran que en caso de ascenso habrían de pagar el canon íntegro, como un Burgos cualquiera de la vida. O lo que vendría a ser lo mismo, la muerte del baloncesto de élite en Bilbao. Otra muerte más pero esta vez mucho más dura, mucho más definitiva que aquella primera. Una segunda muerte a la que a día de hoy no se le ve posibilidad alguna de resurrección.

TORO O TORERO   5 comments

Antes de nada me gustaría dejar claras algunas cosas, para que así se entienda mejor lo que venga después: Creo que Laso la cagó pero bien en esta Final ACB, disculpen la vulgaridad. Creo que Laso se puso la venda antes de la herida, probablemente porque en su fuero interno supiera que dicha herida existía aunque nosotros no la viéramos. Y además se fue a poner la venda equivocada, vaya por dios. La venda arbitral, que no sólo no tapa la herida sino que la abre más todavía. El victimismo arbitral nunca sirvió para nada, si alguna vez dio réditos a corto plazo fue a costa de proporcionar grandes pérdidas a medio/largo plazo, el tiempo justo de quedar grabado a fuego en la entidad (cualquier entidad), total para qué lo vamos a intentar si no nos van a dejar, el pretexto para algo que todavía no ha pasado (pero que ya estamos predisponiéndonos a que nos pase), la coartada perfecta. El victimismo (versión arbitral) fue siempre el primer paso hacia la derrota.

Laso vio cosas raras en el arbitraje del primer partido, no las vio ni Roncero (ligera exageración) pero él sí, vaya por dios, o las vio o creyó verlas o ni lo uno ni lo otro pero decidió jugar con eso, si tantos otros lo han hecho antes a ver por qué yo no, dejo caer que nos han perjudicado en el primero y ya verás cómo nos benefician en el segundo. O no. En el segundo no hubo caso porque ganó el Madrid de calle, en el tercero menos porque ganó de calle el Barça. Agarrarte al victimismo con palizas así no es de recibo pero ya saben, hay gente pa tó. Lo cierto es que el Madrid entró al cuarto partido con la venda puesta, menuda porquería de venda, aún no habían transcurrido tres minutos y ya les estaba escapando la pus. Aún no había un motivo siquiera para quejarse de los árbitros y ya se comportaban como si hubiera un plan preconcebido, como si les estuvieran robando, como si tuvieran que justificarse ante su afición, mirad, que si no ganamos no es porque no queramos ni porque no podamos sino porque no nos dejan, qué mejor manera de mostrarle al mundo entero que llevamos ya la derrota pintada en la cara, perder ya hemos perdido (aún antes de empezar), ahora ya sólo necesitamos inventarnos una explicación. Sólo fue el principio, hubimos de llegar al tercer cuarto para presenciar aquella patética escena que habrá de quedar para los anales de la historia, Laso abandonando su silla de ruedas y atravesando media pista a la pata coja para espetarle al trío arbitral en su propia cara que aquello era una puta vergüenza, jamás en la vida se vio nada igual, si queríamos imágenes de impacto para ganar audiencia ahí tuvimos una buena, ya otra cosa sería que además supiéramos qué hacer con ella. Por un momento (por toda una serie, más bien) Laso se nos convirtió en Óscar Quintana sin reparar en que ese papel no le pega nada (de hecho no le pega ni al propio Óscar, pero eso ya no tiene remedio), ni le pega a Laso ni aún menos a su club, un club que se autodefine como Club Señor aunque en demasiadas ocasiones haya tratado de disimularlo, el mourinhismo es lo que tiene. Pero Mourinho sólo hay uno (afortunadamente) como sólo hay un Quintana, rechace imitaciones. Laso no puede ponerse a ese nivel de verdulera (dicho sea con todos los respetos para tan noble profesión), ni como estrategia ni como arrebato. Ni le pega al entrenador que es ni al jugador que fue ni al buen tío que aparenta ser. Todo tiene un límite.

Laso se fue al vestuario a verlo por la tele (supongo) y justo entonces sucedieron dos cosas paradójicas: 1) que el Madrid encontró por fin algún verdadero motivo para quejarse de los árbitros, bastante superados ya por la presión (y quién no lo estaría en su lugar) a estas alturas: aquellas dos andideportivas, la primera no lo pareció en absoluto, la segunda sí… pero como tantos otros hachazos intencionados en media pista para cortar el contraataque que antes se habían dejado sin pitar; dos nimiedades, sin duda, pero mucho más llamativas que aquellas otras por las que (supuestamente) habían montado el pollo un rato antes. Y 2), y mucho más importante, que el Madrid se rearmó: el Madrid, reunido en asamblea tras la marcha de Laso, decidió (o eso interpreté yo desde mi casa) dejarse de lloros, prescindir de paranoias, olvidarse de los árbitros y ponerse de una vez por todas a jugar al baloncesto aún teniéndolo todo perdido, aún con las escasas fuerzas que les quedaban. Y funcionó, casualmente funcionó, el Madrid no sólo volvió al partido sino que estuvo a punto de ganarlo, si no lo hizo fue (como bien explicaba Mariano de Pablos en su magnífico artículo) porque los tiros librados del Barça entraron casi todos mientras que al Madrid no le entró casi ninguno: cansancio extremo (físico y/o psicológico), agarrotamiento, quizás también un exceso de presión. Paradójicamente fueron mejores en régimen de autogestión (o con la gestión de López y Cuspinera, reconozcámosles los méritos), algo que quedará en el debe de Laso como también quedará en el debe de Laso no haber sabido medir los tiempos, no haber sabido distribuir adecuadamente los picos y valles de estado de forma a lo largo de la temporada (algo que ya fue un problema en años anteriores, pero aún mucho más en éste) y, sobre todo, no haber sabido recuperar ni física ni aún menos psicológicamente a sus criaturas tras lo de Milán. La defensa se les quedó allí, en la Piazza del Duomo, quizá la última gota de gasolina también. Siguieron por inercia, pero sólo con inercia no ganas la Liga. Necesitas algo más.

Quedará todo ello en el debe de Laso, he querido escribirlo cuanto antes porque casi nadie ha sido más proLaso que yo en estos años, porque de tanto defenderle casi parezco su cuñado (o algo así), porque nadie es perfecto (y yo menos que nadie), Laso es un buen entrenador pero tiene también sus pros y sus contras, su debe y su haber como lo tiene todo dios. Así que si hoy nos desgañitamos en el debe no será porque desaparezca el haber, si nos cebamos en las múltiples cagadas de esta Final no habremos de pasar por algo toda la grandeza derramada por este equipo en los meses previos a dicha Final. Claro que ahora vendrán todos a decirme que todo eso no sirve para nada, que el segundo sólo es el primero de los que pierden, que del subcampeón no se acuerda nadie y demás zarandajas varias que acostumbran a ser lugar común. Pues qué quiere que le diga, puede que del segundo no se acuerde nadie pero yo (que no soy nadie) no concibo esa razón. Yo sí me acuerdo de los segundos, tanto más cuanta más huella me dejaran con su juego; me acuerdo de mi Estu en 2004, me acuerdo de Butler (Universidad de) en 2010 y 2011, me acuerdo de los Fab Five de Michigan en 1992 y 1993, me acuerdo de los Spurs de 2013 y me seguiría acordando igual aunque no hubieran ganado el título en 2014. Me acuerdo incluso de equipos que ni siquiera llegaron a ser segundos pero también me cautivaron de un modo u otro, sirvan como ejemplo aquellos Kings de comienzos de siglo o los Bucks y (sobre todo) Warriors de Don Nelson, podría ponerles otros doscientos ejemplos más pero acabaría aburriéndoles (aún más si cabe) y no es esa mi intención. Del segundo no se acuerda nadie pero yo a veces me acuerdo más de los segundos que de los primeros, soy así de raro. Fíjense si me acordaré de los segundos que aquí me tienen escribiendo sobre uno de ellos en lugar de lo que en realidad debería estar haciendo, glosar como es debido las virtudes del campeón.

Total, que aún no había acabado el cuarto partido (de hecho puede que aún no hubiera acabado ni el tercero) y ya teníamos a Fotis Katsikaris hasta en la sopa, tal como nos lo vendían casi parecía que estuviera ya embarcando en el aeropuerto de Atenas, dirección Madrid of course. El Madrid lo niega pero no faltan iluminados que lo dan por hecho, ya otra cosa será que estemos dispuestos a creernos cualquier iluminación. A mí Katsikaris me gusta, habré de reconocerlo, de hecho si me pusieran en el brete de tener que escoger entre uno de los dos acabaría confesando que me gusta más que Laso. Pero es que (como decía el añorado Luis Aragonés) ése no el tema y tal. El tema es consolidar un proyecto ya iniciado y en proceso de maduración (aunque a veces algún fruto salga pocho, es ley de vida) o preferir empezar otra vez de cero con todo lo que eso conlleva. El tema es escoger entre lo malo conocido (en el supuesto de que fuera malo) y lo bueno por conocer. El tema es (por utilizar una expresión que oímos a menudo últimamente) decidir si quiere ser toro o torero. Si quiere marcar el paso o que se lo marquen, si quiere seguir llevando la iniciativa en el juego y que sean los demás quienes tengan que contrarrestarla o si prefiere volver a las andadas, perder la personalidad, ser otra vez ese típico equipo que tras tantos técnicos distintos ya ni sabe a qué juega, verse otra vez pegando tumbos por esas canchas de dios, de filosofía en filosofía, de proyecto en proyecto, de entrenador en entrenador.

Así que si quieren cargarse a Laso allá ustedes, son muy dueños, pero antes déjenme que les diga una cosa (a sabiendas de que evidentemente no van a leerla): en el deporte de equipo, hoy en día, no hay mayor valor añadido que la estabilidad. Los clubes que triunfan son los que no se vuelven locos, los que no cortan cabezas a las primeras de cambio, los que saben lo que quieren, sientan las bases para conseguirlo y realizan simplemente los ajustes necesarios para afianzar el proyecto. Podría ponerles otra vez el ejemplo de los Spurs pero les iba a resultar cansino (aún más si cabe) así que les pondré otro que les queda bastante más cerca, justo enfrente: ¿se han parado a pensar cuántos títulos mayores ganó el Barça la temporada pasada, no ésta que acaba ahora sino la anterior, 2012/2013? Uno, exactamente uno, exactamente el mismo que han ganado ustedes este año, la Copa del (ex)Rey. Pudieron decapitar a Pascual el pasado verano, no faltaron voceros que así se lo reclamaron desde todos los ámbitos, pero con buen criterio decidieron apostar por la continuidad. ¿Por qué? Porque saben que el Barça podrá enamorar o no (más bien no), podrá ganar o perder títulos pero siempre, SIEMPRE, va a estar peleando por ellos. Peleándolos hasta el final, hasta la gloria o hasta quedarse a las puertas, hasta el último minuto del último partido, hasta la mismísima bocina de cualquier final. Eso tiene el Barça y eso tiene ahora también el Madrid, me dirán que para la grandeza de su entidad no basta con pelear los títulos sino que además hay que ganarlos, puede ser pero permítanme que les recuerde (una vez más) que ahora al menos los pelean, no siempre fue así, tiempos hubo en que ni se acercaban a ellos, tiempos en los que no es ya que no jugaran finales sino que incluso algún año ni jugaron playoffs, tiempos en que si alguna rara vez ganaban algo era más fruto de la casualidad que de la causalidad, justo esos mismos tiempos en los que casualmente cambiaban casi tanto de entrenador como de equipación. ¿Es ese el modelo que quieren? Traerse al Fotis de turno para luego empezar a cuestionarlo en cuanto pierda dos partidos (que los perderá, nadie es perfecto)? ¿Decir luego aquello de que con Laso vivíamos mejor como ya lo dijeron con Plaza en su día, eso sí después de haberle hecho la vida imposible durante los años que permaneció al frente de la Sección? Toro o torero, recuerden. Lo dejo en sus manos.

NO TE SIGNIFIQUES   Leave a comment

Mira que nos lo decía una y otra vez nuestra madre, hijo, no te signifiques, no sé cuántas veces le llegué a escuchar aquella frase en aquellos extraños años del post-franquismo y la predemocracia (puede que aún estemos en esos años, de hecho). Hijo, no te signifiques, me lo decía a mí aunque mi natural timidez me impedía significarme, se lo decía sobre todo a mi hermano (menor) que era mucho más de significarse que yo. Hijo, no te signifiques, sonaba aquello como si fuera una negación de la personalidad, una negación de la persona misma, que no te vean, que no te sientan, que no sepan que existes, sé insignificante por definición. Eso mi madre, mi padre iba aún más allá, oír, ver y callar, ésa era su forma de ir por la vida, ésa fue la filosofía que nos inculcó millones de veces (no le gustaba repetir las cosas) a lo largo de nuestra infancia, oír, ver y callar, huelga decir que no le hicimos caso, huelga decir que ni siquiera yo (que era más de hacerle caso que mi hermano) le hice nunca el menor caso (de hecho ni siquiera él se hizo caso a sí mismo en algún momento de su vida; pero esa es otra historia), de habérselo hecho no estaría aquí ahora dándoles la brasa en este (ni en ningún otro) blog. En el pecado llevan la penitencia.

En fin, que supongo que no les descubro nada nuevo a estas alturas si les cuento que Pedro Martínez ha dejado de ser entrenador del Gran Canaria, como supongo que aún menos les descubriré nada nuevo si hurgo un poco en la polémica que se ha generado a su alrededor. Afirman los (ir)responsables de dicha decisión que ésta se ha tomado sólo en base a razones deportivas, y como quiera que yo soy una persona ingenua y bienpensante por definición (seguro que ya se habían dado cuenta) no puedo por menos que creérmelo, cómo no me lo habría de creer. Razones deportivas, of course, lo dicen porque puede que sea cierto y porque si no lo fuera tampoco podrían decir otra cosa, eso sería tanto como reconocer que han discriminado a un trabajador por motivos ideológicos y contra eso (que yo sepa) hay leyes, incluso en estos tiempos sigue habiéndolas aunque cada vez nos cueste más reconocerlas. Razones deportivas, por supuesto, cómo no, faltaría más, hagamos como que nos lo creemos, repasémoslas juntos, háganme el favor.

El Club Baloncesto Gran Canaria, el Granca para los amigos, ha quedado este año quinto clasificado en la ACB, así en temporada regular como en playoffs. Quinto (5º), repito, ello después ganar 22 partidos, más que en cualquier otra temporada por cierto. Algunos (no muchos) hay a quienes eso les parece poco, supongo que en base al esfuerzo económico realizado este pasado verano por la entidad: renovación de Newley o Bellas, adquisición de Oliver, Nacho Martín, Ben Hansbrough u O’Leary por ejemplo (quizá también deberían meter en ese saco la marcha de un jugador tan impagable como Toolson, pero ésa por lo general se les olvida). Supongo que también les parecerá poco por comparación a lo hecho en 2012/2013, año de gracia en que el Granca se clasificó cuarto (tras haber sido séptimo en temporada regular) y se metió además en semifinales de Copa del Rey. Todo ello muy normal claro está, tan normal es que a ellos les parezca poco como que a mí (que no soy nadie) lo hecho este año por el Granca me parezca más que suficiente, quizá porque no acostumbro a pedir la luna si sé que no me la pueden conseguir. Si ser quinto te parece poco mira al menos quiénes son los que están por delante, dos transatlánticos como Madrid y Barça, dos portaaviones como Valencia y Unicaja, cuatro equipos que en condiciones normales (repito, en condiciones normales) deben estar por delante del Granca sí o sí, el dinero es lo que tiene. Si ser quinto te parece poco echa un vistazo al parte de bajas, a la cantidad de semanas en que Martínez debió hacer encaje de bolillos ante las sucesivas lesiones de unos y otros, alguna tan devastadora como la de ese pívot del que ahora ya parece que nadie se acuerda, Xavi Rey. Si ser quinto te parece poco por comparación a lo hecho en 2012/2013 viaja un poco más atrás, tan solo un año, a aquella temporada 2011/2012 en la que el Granca hubo de esperar hasta las últimas jornadas para salvarse del descenso, sin que aquella plantilla de entonces fuera muy distinta de la que vino después. Si vamos a jugar hagámoslo con todas las cartas, por favor.

Pero con todo y con eso las razones deportivas me parecen legítimas, cómo no habrían de parecérmelo. Pongamos que los sabios rectores del Granca, en pleno uso de sus facultades mentales, hayan decidido, justo ahora que tienen nuevo pabellón y mayor previsión de abonados (y por ende de ingresos), que con este técnico han tocado techo (¿Y por qué ese techo habría de fijarlo el técnico y no el presupuesto, por ejemplo?), que este nuevo proyecto a Pedro Martínez le viene grande y por ello precisan de un nuevo entrenador que esté a la altura de las circunstancias, con dos… razones. Cuentan que andan detrás de Aíto (que si así fuera ya veremos si se deja) como podrían contarnos que andan detrás de Obradovic, Popovich, Krzyzewski o la madre que les parió, lo que les pete. Fichen a quien les plazca, probablemente acertarán porque grandes entrenadores hay unos cuantos en el mercado pero eso sí, permítanme antes que les diga una cosa: no dudo que acabarán encontrando a un técnico igual de bueno que Pedro Martínez, pero difícilmente encontrarán a un técnico mejor que Pedro Martínez. Al tiempo.

Ahora bien, Pedro Martínez, ahí donde le ven, tiene un defecto evidente: es un profesional del baloncesto, probablemente es un enamorado del baloncesto pero ello no significa que su vida entera (24 horas al día, siete días a la semana, etc) sea sólo baloncesto. A ratos (pocos) tiene también tiempo libre y hasta se cree con derecho a a utilizarlo en cosas ajenas a nuestro deporte, por dios qué atrevimiento, dónde vamos a llegar. Pedro Martínez lee, escribe, opina como si tuviera derecho a ello, como si fuera éste un país libre en el que poder opinar impunemente, sólo eso faltaba. Pedro Martínez tiene la funesta manía de pensar, es más, tiene también a veces (probablemente muchas menos veces de lo que le gustaría) la funesta manía de decir lo que piensa. Así lo hizo siempre (y alguna vez hubo en que casi le degollaron por ello), así sigue haciéndolo y así seguirá haciéndolo allá donde vaya porque hay cosas que no se pueden (ni se deben) cambiar, porque forman parte intrínseca de la personalidad de cada uno. Y si es un lugar común aquello de que los equipos son un fiel reflejo de la personalidad de sus entrenadores, probablemente ello muy pocas veces fue más cierto que con los equipos dirigidos por Pedro Martínez. Casualmente.

Hijo, no te signifiques… Nuestra sociedad pide modelos planos, tanto más en el mundo del deporte. Seres que no piensen y que si piensan no lo digan, el fútbol es así, el balón no quiso entrar, yo lo que diga el míster, no hay rival pequeño, ya no hay peritas en dulce, los partidos duran noventa minutos, hasta el rabo todo es toro, son cosas del fútbol. Oír, ver y callar (o en su defecto soltar una sarta de simplezas para que todos pensemos que cuánto mejor hubieran hecho permaneciendo callados), ese es el modelo imperante y pobre de aquel que se salga de la norma, tanto más si tu deporte no se juega con los pies. Corren malos tiempos para la lírica y la filosofía y el pensamiento y hasta el sentido común, tiempos en los que aquel que se mueve no sale en la foto (y cada vez son más los que se mueven, por eso cada vez salen peor las fotos). O no dices nada, o dices lo que quieren oír o más pronto que tarde alguien pedirá tu cabeza, sabíamos que era así en otros ámbitos, ahora ya sabemos (o sospechamos, al menos) que puede ser también así en el mundo del deporte. No te signifiques, quién me iba a decir a mí que aquella frase de mi madre volvería a retumbar de nuevo en mi cabeza, casi cuarenta años después…

Ahora bien, destrascendentalicemos (pedazo de verbo) un poco las cosas, esto tampoco es el fin del mundo, por supuesto que no. Curiosamente, al contrario de lo que suele suceder en tantos otros despidos (tantas otras no renovaciones de contrato, para ser más preciso), la situación esta vez no va a ser tan grave para el trabajador como para la empresa que le pone de patitas en la calle. Es obvio que Pedro Martínez no va a ser en ningún caso un parado de larga duración (salvo que él así lo quiera), es obvio que se lo van a rifar, cuántos quisieran estar en su pellejo. En cuanto al Granca… miren, yo a estas alturas ya no sé si esto ha sido por una cosa o por la otra o por todo lo contrario o por las dos a la vez o por ninguna o por un tema económico o por un totum revolutum o por hartazgo mutuo, no lo sé ni quiero saberlo ni creo que tenga por qué saberlo, pero sí hay algo que creo entrever y es el daño que la entidad se ha autoinfligido con esta historia: el Granca a partir de ahora podrá ganar o perder, podrá ser mejor o peor equipo pero créanme que eso a estas alturas es lo de menos, mucho más importante me parece el hecho de haber tirado por tierra de una tacada buena parte de la ilusión y la admiración generada a lo largo de todos estos años, la que les llevó a convertirse en el segundo equipo de muchísima gente (entre la que me incluyo) más allá de su Isla. Ese tesoro, mucho más valioso que cualquier victoria, casi tan valioso como cualquier título, es el que hoy han podido echar a perder. Veremos si algún día son capaces de reconquistarlo.

SI YO FUERA PRESIDENTE   1 comment

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB no sería yo, sería más bien una imposibilidad metafísica. Nadie en su sano juicio confiaría en alguien como yo (ni yo mismo) para ser presidente ejecutivo de la ACB, y si lo hiciera en el pecado llevaría la penitencia. Obviamente no pretendo presidir la ACB, líbreme el cielo (si hasta me aterra presidir mi propia comunidad de vecinos, si hasta me considero incapaz de presidirme a mí mismo), ni en el peor de mis sueños ni en la mejor de mis pesadillas, hasta ahí podíamos llegar; sólo pretendo desbarrar un rato con las cosas que yo haría y las tonterías que se me ocurrirían en el hipotético caso de que un día (por esos azares del destino, por algún extraño alineamiento planetario o por sabrá dios qué extraña causalidad cósmica) llegara yo a ser presidente ejecutivo de la ACB, Zeus no lo quiera. Que les sea leve.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB dimitiría, eso lo primero, y luego huiría despavorido calle Iradier abajo (en el supuesto de que esté en cuesta, que lo desconozco) hasta llegar a la Barceloneta para desde allí arrojarme al mar y nadar presuroso hacia Castelldefells (por ejemplo). Y si aún así me pillaran les explicaría por activa y por pasiva que se han equivocado, que no soy la persona indicada para el cargo. Y si aún así insistieran en que lo aceptara (porque no hubiera ninguna otra persona en el mundo dispuesta a aceptarlo, no podría haber otra razón) les pediría que me dejaran manos libres durante un tiempo, que al menos durante unos cuantos meses me permitieran hacer lo que me apeteciera. Probablemente entonces serían ellos mismos los que me tiraran al mar (y con una piedra de molino atada a los pies) pero qué quieren, por intentarlo no habría de quedar.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB me reuniría de inmediato con mis colegas de las otras grandes ligas europeas para explicarles mi declaración de intenciones, y de ahí acudiría raudo y veloz a reunirme con el patriarca de la Euroliga don Jordi Bertomeu para decirle está bien macho, has ganado, olé tus huevos, para ti la perra gorda, ahí tienes tus fines de semana para ti enteros ya que tanto los deseas… pero eso sí, durante medio año, el otro medio me lo dejas a mí. O dicho de otra manera…

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB propondría partir la temporada en dos: de octubre a febrero (por ejemplo) ACB, con dos (y hasta tres, a veces) jornadas por semana. Y de febrero a junio competiciones europeas, igualmente con dos/tres partidos por equipo y semana para que así cupieran íntegras (y convenientemente simultaneadas en el calendario) la Euroliga y la Eurocup (o como toque llamarla ese año). ¿Qué ganaríamos con esto? Eliminaríamos interferencias y solapamientos indeseados, concentraríamos la atención (así la pública como la mediática) en una sola competición para cada periodo (que esto de atender a varias cosas a la vez en fútbol no les genera ningún trauma, pero en cualquier otro deporte les rompe sobremanera los esquemas), posibilitaríamos que cada liga tuviera un seguimiento mucho más intenso. Cuatro meses y medio para competiciones nacionales, otros (más/menos) cuatro meses y medio para competiciones internacionales y los tres meses restantes tal cual están ahora, para vacaciones, competiciones de selección y/o pretemporadas varias. Parece sencillo…

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB adelgazaría la temporada regular y engordaría los playoffs, para así atenuar la desproporción existente que hace que en nuestra Liga las eliminatorias por el título no parezcan la parte culminante de cada temporada sino una mera excrecencia de la misma [Recuérdese al respecto que la temporada NBA dura siete meses y medio de los que cinco y medio son de Regular Season y 2 de playoffs, más/menos el 27 por ciento del total; en cambio la temporada ACB dura ocho meses y medio de los que uno escaso es de playoffs, apenas el 12 por ciento] ¿Cómo adelgazaría la Regular? Pues es bien sencillo: primera vuelta todos contra todos como hasta ahora, Copa como hasta ahora… y segunda vuelta en dos grupos, uno de 10 equipos que pelearían por las plazas y posiciones de playoffs (9 jornadas, lógicamente en campo contrario al que se enfrentaron en primera vuelta), el otro de 8 equipos que pelearían por evitar los dos puestos de descenso (a doble vuelta, 14 jornadas en total, en este caso no habría problema de solapamiento con los playoffs). ¿Cómo engordaría los playoffs? Pues es bien sencillo: cuartos del final al mejor de 5 partidos y semifinales y final al mejor de 7, si le parece excesivo recuerde que todo es acostumbrarse, también hace treinta años nos echamos las manos a la cabeza con la mera idea de los playoffs y bien que los disfrutamos después.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB descenderían todos aquellos que bajaran e incluso bajarían todos aquellos que descendieran, no sé si me explico. No quiero una liga entornada o entreabierta como tenemos ahora (ni chicha ni limoná, ni carne ni pescado, que quiere contentar a todos pero en la práctica no contenta absolutamente a nadie), así que si no puedo cerrarla por completo (porque la tradición deportiva europea probablemente no lo entendería) prefiero abrirla de par en par, y que corra el aire. Reduciría al mínimo indispensable (si es que tiene que haber un mínimo indispensable) el canon de ascenso, y si aún así algún equipo LEB no pudiera pagarlo pues qué le vamos a hacer, pues que no suba… pero sin que ello tenga que significar necesariamente que tampoco bajen los que bajen. Un descenso es un descenso, punto. Prefiero ir perdiendo equipos a mantener una liga basada en la mentira, en la que el concepto descenso en realidad significa permanencia y el concepto ascenso en realidad significa frustración.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB me pegaría (no en sentido literal, sino virtual), con Bertomeu o con quien fuera, para garantizar que los cuatro primeros clasificados de mi liga tuvieran plaza asegurada en la Euroliga siguiente. Si luego él además quiere mantener cupos o categorías o licencias A o como demonios se llamen para que determinado equipo tenga plaza fija aunque quede decimotercero, por prestigio, por repercusión social, por su cara bonita o porque salga bien en la foto, pues por mí perfecto, cuantos más mejor, faltaría más. Pero a mis cuatro primeros que no me los toquen, hasta ahí podíamos llegar. Dicen que dijo Ortega (y Gasset, no vayan a pensar en algún otro) que el esfuerzo inútil conduce a la melancolía y yo no quiero equipos melancólicos, la melancolía está bien para la poesía pero no para el deporte de alta competición. Si me esfuerzo durante varios meses en pos de un objetivo tendrá que ser porque verdaderamente exista ese objetivo, si me quitan el objetivo para qué me voy a esforzar.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB no regalaría nunca, jamás, en ningún caso, bajo ningún concepto los derechos de televisión. Si yo fuera etcétera no minusvaloraría aún más la Liga transmitiendo ese mensaje, fijaros si valdrá poco mi producto que os lo doy gratis, el siguiente paso ya será que os pague para que os lo llevéis. Trocearía el pastel televisivo en (al menos) tres porciones, vendería la Copa al mejor postor, vendería los playoffs al mejor postor y vendería también la Regular al mejor postor. La primera probablemente me la quitarían de las manos, la segunda quizás me costara un poco más pero al final también caería, la tercera así de primeras no la vendería ni de coña… pero es que precisamente de eso se trata, de que alguien diga yo quiero ver esto y a partir de ahí alguien puje por comprarlo, de que se genere la demanda y a partir de ahí surja la oferta, no al revés como hemos venido haciéndolo toda la vida de dios.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB me esmeraría en tener una aplicación informática que nos permitiera ver la competición entera por Internet a un nivel acorde con nuestros estándares de exigencia (o sea, bien), tanto más mientras no tuviéramos televisión: que no se cortara cada dos por tres, que no se colgara en según qué dispositivos, que no dejara de funcionar en según qué navegadores, que estuviera preparada para soportar grandes flujos de espectadores en un momento determinado, que ofreciera una nitidez cercana a la alta definición y no a la definición de chichinabo que tenemos ahora… Todo ello con con Orange o con el que fuera, con cualquier empresa especializada que nos garantizara un producto de calidad, recibiendo a cambio por nuestra parte (contraprestaciones económicas al margen) toda aquella publicidad que fuéramos capaces de proporcionar.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB sería terriblemente riguroso (obsesivo, enfermizo incluso) con las realizaciones televisivas, hasta conseguir que éstas se parecieran siquiera mínimamente al ideal de todos los aficionados al baloncesto: respeto escrupuloso al juego en vivo, repeticiones que no lo machacaran sino que lo complementaran (aprovechando para ello los múltiples espacios muertos que se dan en cada partido), comentaristas que lo explicaran con pasión, amenidad y rigor, cámaras adecuadamente situadas para favorecer la estética y garantizar el instant replay, infografías que no parecieran retrotraernos a los ochenta, despliegue gráfico, apoyo estadístico… En resumidas cuentas, hacer de cada retransmisión no un mero partido televisado sino un verdadero espectáculo deportivo, nada más y nada menos que eso. Mirarnos en el espejo del baloncesto USA, o bien (si aquello nos resulta muy caro o nos pilla muy lejos) mirarnos en el espejo de cómo se televisa por aquí algún que otro deporte en alguna otra televisión. ¿Lo demás? Una buena dosis de talento, otra aún mayor de cariño, tal vez una pizca de sentido común. No pido más.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB aparcaría por ahora todas esas ensoñaciones en torno al pay per view. Si aún hay gente que achaca todos los males de nuestro deporte al cuatrienio del Plus (y ello aunque ya hayan transcurrido quince años desde entonces), como para volver a jugárnosla ahora con una cosa así. Recuérdese al respecto la coyuntura socio-económica que aún seguimos atravesando (aunque se empeñen en vendernos lo contrario), recuérdese al respecto que aquí no existe precisamente mucha tradición de aflojar pasta a cambio de recibir contenidos, recuérdese al respecto que en este país las siglas PPV no significan tanto pagar por ver como piratear por ver. No nos engañemos, que muchos nos abalancemos cada semana sobre OA o cualesquiera otros dispositivos no significa necesariamente que esos mismos estuviéramos dispuestos a rascarnos el bolsillo si nos viéramos abocados a ello. Vuelvo a lo mismo, si no hay demanda (y a día de hoy no puede decirse que la haya) no tiene sentido crear oferta, no empecemos la casa por el tejado una vez más. Todo a su tiempo.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB repartiría a partes iguales los hipotéticos ingresos televisivos (y cualesquiera otros que pudiéramos obtener) entre todos nuestros asociados, sin excepción. Sé bien que de inmediato Real Madrid y Barcelona pondrían el grito en el cielo, oiga usted, a nosotros dennos más que generamos más audiencia, a ver por qué vamos a cobrar lo mismo que esos que no tienen dónde caerse muertos cuando a nosotros nos ve mucha más gente. Miren, un objetivo primordial de mi (llamémoslo así) mandato sería igualar la competición, o al menos (ya que igualarla entra en el terreno de las utopías) desigualarla lo menos posible. Me encantaría montar un draft o establecer un límite salarial pero sé a ciencia cierta que jamás podría hacerlo, tendría las manos atadas, estas cosas se dan de patadas con el tradicional funcionamiento del deporte a este lado del Atlántico. Mi único margen de maniobra sería esta especie de justicia retributiva televisiva, darles a todos por igual y que no me calienten no vaya a ser que todavía lo reparta en sentido inverso, a más tengas menos te doy (y viceversa), pa chulo yo. Sólo eso me faltaba, que hubiera que premiar a los dos únicos equipos que jamás tienen que dar explicaciones a nadie, los únicos que pueden gastarse el dinero a chorros porque a donde no llegan los ingresos del baloncesto siempre acuden al rescate los del fútbol. Hasta ahí podíamos llegar.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB estaría seriamente preocupado por la percepción que buena parte de la población tiene de nuestra competición, disculpen el ripio. Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB sería sumamente consciente de haber perdido al segmento joven, un sector que durante años fue nuestro principal sostén y para el que ahora prácticamente no existimos, ya que su atención deportiva se centra mayoritariamente en el fútbol y su atención baloncestera (si la hubiere) se centra mayoritariamente en la NBA. Nos hemos convertido en un deporte viejuno (al menos en lo que a ACB respecta), algo a lo que no es ajeno el hecho de haber permanecido años y años enclaustrados en la sintonía televisiva más viejuna del dial, justo ésa que los jóvenes ni miran porque la consideran la tele de sus padres (cuando no de sus abuelos). Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB intentaría cambiar eso, radicalmente y de inmediato. ¿Cómo? Buena pregunta…

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB arriesgaría, hemos llegado ya a ese punto en el que podemos permitírnoslo, quienes tienen algo (o mucho) procuran no arriesgar por temor a quedarse sin ello pero nosotros a estas alturas (bajuras, más bien) no tenemos ya nada que perder. Intentaría montar una campaña publicitaria agresiva (en el buen sentido), nada conservadora (es decir, diferente a todo lo hecho hasta la fecha), nada cara (que no estamos para grandes dispendios), con escasa presencia en los medios tradicionales y abundante en los alternativos, muy casual, muy viral, que vendiera frescura y dinamismo, que enganchara e impactara sobre todo a ese segmento de población al que queremos recuperar (véase párrafo anterior). Con imágenes llamativas e ideas-fuerza repetitivas que quedaran firmemente instauradas en el imaginario colectivo: si todo dios en el planeta Tierra identifica el I love this game y el where amazing happens con la NBA, a ver por qué demonios no vamos a ser capaces de inventar un eslogan, claim o como se llame eso ahora que haga identificarse a todo un país con la ACB (eso sí, cualquier cosa antes que seguir repitiendo como papagayos aquello de que somos la mejor liga de baloncesto del mundo después de la NBA; al menos hasta que fuéramos capaces de creérnoslo…) Todo es ponerse, dejarlo en manos de (buenos) profesionales, tener muy claro cuáles son nuestros puntos fuertes y (sobre todo) saber a quién se los queremos vender.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB me pelearía (en sentido figurado, again) con mi homólogo de la ABP para liberalizar el actual marco laboral que rige los des(a)tinos de esta competición. O dicho de otra manera, me pelearía para suprimir los cupos, esa extraña entelequia que establece un mínimo de nacionales y/o seleccionables por equipo y que se suma a toda esa absurda parafernalia de comunitarios, cuasicomunitarios, pseudocomunitarios, cotonús y demás criaturas de ultramar. No creo en el proteccionismo para salvaguardar el producto nacional de una supuesta invasión extranjera, tanto menos cuando en este caso no hablamos de lechugas sino de seres humanos que (al menos en lo que a mí respecta) tienen los mismos derechos independientemente de cuál sea su lugar de nacimiento. No creo en ponerle puertas al campo, tanto menos si esas puertas funcionan en una sola dirección, tanto menos si esas puertas han demostrado ser manifiestamente contraproducentes: porque han creado la figura del cubrecupos, prototipo de jugador adocenado que en lugar de labrarse su futuro en otras tierras prefiere pelarse el culo en un banquillo a cambio de un magro estipendio; y porque quien hace la ley hace la trampa, si ya no podemos ficharlos talluditos ni en edad de merecer nos los traeremos con el chupete, los amamantaremos nosotros mismos hasta que llegue la hora de destetarlos y entonces les llamaremos seleccionables, ello aunque jamás vayan a jugarnos en ninguna selección. O dicho de otra manera, el precio que habremos pagado por preservar la (presunta) españolidad de nuestros séniors habrá sido echar a perder la (supuesta) españolidad de nuestros júniors, para ese viaje no hacían falta alforjas. Dejémonos de puertas y preservemos al jugador de aquí (si es que hay que preservarlo) desde la convicción: que el producto local no necesita adaptación, es más fiable, genera mejor rollo y favorece la identificación de la afición. Y que en el peor de los casos siempre estará mejor jugando que chupando banquillo, así sea en LEB o en la liga finlandesa. He dicho.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB sí complacería en algo al sindicato, y con mucho gusto además: los impagos. En esto sería absolutamente radical, y miren que no suelo serlo en casi nada en esta vida: club que no esté al corriente de pago, club que no podrá fichar y al que (si reincide) se le retirará además la licencia para poder jugar. Y control férreo de cada presupuesto para asegurarnos de que los gastos jamás puedan superar a los ingresos. Cualquier cosa antes que una liga a la que los jugadores no quieran venir porque no cumple puntualmente sus compromisos o porque sus clubes no son de fiar. Y si para ello hay que bajar el nivel general de la competición pues se baja y punto pero qué quiere que le diga, prefiero una chabola de ladrillo a una torre de papel. O a un castillo de naipes.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB promovería la publicidad en nuestros clubes, cuanta más mejor, cómo no habría de promoverla si vivimos de ella (entre otras cosas)… pero poniendo especial cuidado en que los árboles (publicitarios) no nos impidieran ver el bosque (deportivo). Piense en todos esos aficionados al deporte que años atrás seguían semana tras semana el baloncesto pero hoy ya sólo lo miran tangencialmente y de pascuas a ramos (es decir, justo esos a los que deberíamos de intentar recuperar), hábleles del Laboral Kutxa a ver si saben de qué demonios les está usted hablando, pruebe a decirles Baskonia que le sucederá tres cuartos de lo mismo (yo he probado, sé lo que me digo), para ellos el equipo de baloncesto de Vitoria sigue siendo el Tau (cuando no el Taugrés) del mismo modo que siguen identificando a los equipos de Valencia, Valladolid o Manresa como Pamesa, Fórum o TDK por poner sólo tres ejemplos. Pruebe a hablarles del Obra, el Granca, el Fuenla o el GBC que le mirarán ojipláticos perdidos, pero eso qué es lo que es. Hemos creado un monstruo, hemos reventado a la gallina de los huevos de oro de tal manera que ahora ya no hay dios que sepa cómo demonios se llaman en verdad nuestros equipos, y ese es un lujo que de ningún modo nos podemos permitir. Usemos la publicidad con moderación, restrinjamos el naming a renombrar pabellones, graderíos y hasta esquinas del parquet si así lo quieren pero procuremos preservar (en la medida de lo posible) nuestras denominaciones históricas. Para que así podamos identificarnos con ellas… o para que podamos entendernos entre nosotros.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB pondría mucho énfasis en todas esas cosas pequeñas a las que casi nunca hacemos caso precisamente por ser pequeñas, y que quizás son las primeras que deberíamos intentar cambiar: la estética de los pabellones (esos parquets mustios y desvaídos, esas gradas mortecinas, esos focos pobres y no siempre bien dirigidos, ese tono de decaimiento general por contraposición al brillo y esplendor que generalmente vemos en cualquier partido yanqui, incluso aunque se trate de la más ínfima universidad); la política de comunicación (más facilidades a medios de todas clases para que nuestra presencia sea mayor, más dinamismo y agilidad en la web, más frescura en los contenidos, más creatividad e imaginación en los vídeos, más y mejor presencia en redes sociales, menos apatía, menos desidia, menos acartonamiento en suma); la conversión de nuestras estrellas en iconos mediáticos (que haberlos haylos potencialmente en nuestra liga, aunque no nos demos cuenta); la modernización y agilización de nuestras estructuras… Tantas y tantas y tantas y tantas cosas. Tuve una vez un jefe obsesionado por la calidad, cuyo lema era piensa en grande, actúa en pequeño y avanza deprisa. No suena mal para empezar.

Si yo fuera presidente ejecutivo de la ACB conseguiría por fin, de una vez por todas, ese tan ansiado como imposible consenso en el seno de nuestra Asociación. Sí, créanselo, desconfíen de imitaciones, no hagan caso a todas esas presuntas unanimidades que nos han estado vendiendo en estos días: gracias a mi mandato, en apenas unas semanas todos los clubes que integran la ACB estarían por fin absolutamente de acuerdo en una sola cosa: defenestrarme. Sólo por eso ya habría merecido la pena…

(publicado originalmente en tirandoafallar.com)

Publicado junio 2, 2014 por zaid en ACB

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LO QUE QUEDA DE LA COPA   2 comments

Aquellos que tengan la insana costumbre de leerme desde hace años sabrán ya que no acostumbro a comprar ese viejo discurso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esto es como decía aquel manido proverbio (topicazo al canto), si lloras porque no puedes ver el sol tus lágrimas no te dejarán ver las estrellas, si te pasas la vida echando de menos el ayer no disfrutarás el hoy, disfruta el hoy para que puedas echarlo de menos mañana. Crecí rodeado de padres, abuelos y tíos que no hablaban jamás de baloncesto pero sí de fútbol y créanme que en aquellos tiempos no había conversación sobre el dichoso deporte-rey que no acabara con el típico esto ya no es lo que era, tú que sabrás si no has visto jugar a Di Stéfano, Puskas, Kubala, aquello sí que era fútbol de verdad, que el niño que era yo acababa incluso lamentándose de no haber nacido diez o quince años antes para no habérselo perdido. Y en lo tocante al baloncesto pues qué les voy a contar que no sepan ya, a aquellos que lloraron en los noventa por no poder ver ya a Magic o Bird sus lágrimas no les permitieron ver al mejor Jordan, aquellos que echaron de menos a Jordan no supieron disfrutar de Kobe o Iverson, aquellos que aún hoy siguen echando de menos a todos los anteriores se están perdiendo a Durant o LeBron. Cada tiempo tiene su momento, la nostalgia bien entendida resulta lícita y hasta saludable siempre y cuando no te ciegue, siempre y cuando no te impida ver lo que sucede a tu alrededor. Cualquier tiempo pasado fue… anterior. Punto.

Y sin embargo yo tampoco puedo evitar a veces esa misma sensación (aunque me la prohíba a mí mismo), yo tampoco puedo evitar sentarme cada año a ver la Copa, nuestra Copa, y pensar que (esta vez sí) cualquier tiempo pasado fue mejor. Hoy nos siguen vendiendo la Copa como si aún siguiera siendo el bazar de las sorpresas, como si aún estuviéramos en aquellos años ochenta y noventa en los que el pez chico no sólo podía comerse al grande sino que incluso a veces se lo comía. En lo que llevamos de siglo las sorpresas (verdaderas sorpresas me refiero, no cuenten a Baskonia o Unicaja cuando aún podían competir de igual a igual con Madrid o Barça) podrían contarse con los dedos de una mano y aún nos sobrarían cuatro dedos, acaso la última fuera la del Joventut ganando en el Buesa en 2008, sorpresa además muy relativa porque aquella maravillosa Penya de Aíto y los erre que erre (Rudy & Ricky) jugaba como los ángeles y no le temblaba el pulso a la hora de codearse con los grandes. Aquello del bazar de las sorpresas ya es sólo una reliquia del pasado, un hermoso recuerdo, aquellos sueños hechos (casi) realidad en Cáceres, Manresa, CAI o Estu. Nostalgia de un pasado que ya nunca más ha de volver, que decía la copla. Año tras año seguirán vendiéndonos (y harán bien) que la magia de esta competición estriba en que a un solo partido cualquier cosa puede pasar, y ello aunque la triste realidad se empeñe en demostrarnos que en estos últimos tiempos no ha habido torneo más previsible en nuestras vidas que la Copa del Rey.

Nos venden las sorpresas y nos venden la emoción, también. Cuatro días de adrenalina rezaba pomposamente el cartelón de este año, pero una vez vista la competición no me quedó claro si el que lo redactó se refería a la emoción del juego o al consumo de sustancias estupefacientes ajenas al mismo. Adrenalina lo que se dice adrenalina sólo la hubo en tres partidos, y ello siendo muy generoso y metiendo también en el ajo al Unicaja-CAI aunque su final fuera más bien una sucesión de tiros libres. El resto (hasta un total de siete) estuvieron ya resueltos en el segundo cuarto, alguno incluso en el primero como aquel insospechado Barça-Valencia por más que luego el entusiasmo valencianista maquillara las sensaciones y/o el marcador. Nada que deba sorprendernos, al fin y al cabo es el signo de los tiempos (lo habré escrito ya quinientas veces pero lo escribiré una más por si alguien me leyera por primera vez), los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, la clase alta cada vez más alta, la media-alta cada vez menos alta y más media, la clase media cada vez más baja y la baja en peligro de extinción por pura inanición. La vida misma, y el baloncesto forma parte de ella nos guste o no. A un lado Madrid y Barça y su desparrame futbolístico-televisivo, al otro todos los demás: los que andan mendigando un patrocinador aunque éste ya no deje ni la cuarta parte de lo que antes se dejaba, los que ya no huelen un céntimo del maná público (ni falta que hace, que éste está para otras cosas), los que ya ni recuerdan aquellas vacas gordas de los derechos de televisión. Puede que todas aquellas sorpresas de otro tiempo fueran consecuencia de vivir muy por encima de sus posibilidades, pero es que hoy ya no nos quedan ni posibilidades siquiera. Ni encima ni debajo.

sabadoClaro que está muy bien vender sorpresas y emociones y la biblia en verso, está muy bien venderlas pero aún estaría mejor si las lucieras en un escaparate desde el que la gente las pudiera comprar. Es bien sabido que en materia televisiva autonómica siempre hubo aficionados de primera y aficionados de segunda, esto es así desde que las públicas se reparten el (amargo) pastel baloncestero pero con un ligero matiz, que es que hubo un tiempo en que la proporción primera/segunda fue más/menos 80/20 y hoy debe ser más/menos 20/80, que parece lo mismo pero es exactamente al revés. Obviamente no tengo datos que permitan corroborarlo pero parece evidente que cada vez somos más los que viajamos en el furgón de cola sobre todo desde que tres Comunidades tan pobladas como Madrid, Andalucía y Valencia se bajaron del barco (bien porque ya no tienen Autonómica o bien porque aún la tienen pero es casi como si no la tuvieran). Todo lo cual no representaría un problema si (como solía suceder antaño) las espaldas de las Autonómicas (por decirlo así) las cubriera Teledeporte, pero no fue el caso.domingo Arseni Cañada anunció pomposamente durante sus partidos de jueves, viernes y sábado que la otra eliminatoria del día podría verse luego en diferido en Teledeporte, quizá fuera así en los cuartos de final pero en lo que respecta a la semifinal autonómica Barça-Valencia ya les digo yo que no, de hecho a estas alturas aún la estamos esperando. A lo largo de la madrugada del sábado al domingo Teledeporte reservó dos ventanas para la Copa, a la 1:55 y a las 6:35, acaso las dos únicas rendijas que pudo abrir en su cobertura full time de los Juegos de Sochi. Parecía lógico que la primera fuera la destinada para ofrecer el Barça-Valencia (anunciado a bombo y platillo por el propio Arseni, recuerden) pero aguanté despierto hasta esa hora y cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré con la redifusión del Madrid-CAI. Bueno, pues si no es ahora será a las 6:35, pensé con mi natural ingenuidad. Programé la grabación, me fui a la cama y cuando a la mañana me abalancé sobre el iPlus con la sana intención de ver por fin el partido ¿qué dirán ustedes que me encontré? Efectivamente, la rerrerrerredifusión del Madrid-CAI, no fuera a ser que a esa hora quedase todavía un solo mortal sin verlo. Del Barça-Valencia nunca más se supo, quizás ello explicaría la foto aquella que hizo furor pocas horas después en las redes sociales en la que se apreciaba la relajación de alguno de los miembros del equipo, mucho más pendiente del fútbol televisado que del baloncesto in situ. Quizás no lo narraran porque no se iba a dar o quizás no se diera porque no lo narraron, vaya usted a saber.

Claro está, siempre nos quedará Orange Arena. ¿Qué les cuento yo de mi querida Potato Arena o Castaña Arena o Truño Arena o Quéséyoqué Arena que no les haya contado ya? Ya saben, una maravillosa web que es la pura antítesis de la usabilidad y la intuitividad, que te obliga a conectarte cada vez, a sacarte una entrada virtual y a pasar por no menos de seis pantallas distintas cada vez que entras, total para que cuando por fin llegas al contenido solicitado no puedas verlo porque ahora resulta que tu navagador sólo es compatible con la aplicación en los días pares que sean múltiplo de tres y siempre y cuando la luna esté en cuarto menguante (¿o era creciente?), eso con suerte. Eso para la temporada regular, para la Copa era todo un reto conseguir empeorarlo pero quedó bien claro que a estos señores no hay reto que se les resista. Con los directos la empezaron cagando pero hacia la mitad del Unicaja-CAI consiguieron por fin que dejáramos de quejarnos, pero con los diferidos… Había que buscarlos en las profundidades de la web, había que pinchar en el +info de la entrada virtual, había que volverse loco hasta que aparecían, total para descubrir cuando al fin los encontrabas que aún no estaba puesto el que esperabas ver. Busqué inútilmente el Barça-Valencia en la madrugada del sábado y volví a buscarlo inútilmente en la mañana del domingo, no logré encontrarlo (de hecho las dos semifinales no estuvieron colgadas hasta el mediodía, casi veinte horas después de haberse jugado) pero a cambio sí me di de bruces con el cartelito que anunciaba como próximo directo el Barcelona-Real Madrid. Es decir, de una tacada había matado dos pájaros de un tiro (o más bien los dos pájaros me habían pegado el tiro a mí): no había conseguido ver el partido pero sí había conseguido enterarme del resultado antes de ver el partido. Ni que decir tiene que les estaré infinitamente agradecido.

Llull-Madrid-CampeonCopa

¿Qué más nos quedará de esta Copa, aparte de todo lo anterior? De esta Copa quedarán dos partidazos, quedará una canasta sobre la bocina de esas que se recuerdan toda la vida, quedará una final tremenda, tremenda en su grandeza y en sus imperfecciones, de hecho acaso sean precisamente las imperfecciones (dado que la perfección no existe) las que hacen verdaderamente grande a este juego.

Quedará un campeón que parece que pase un examen cada vez que juega una final; como si el juego rácano y especulativo no necesitara demostrar nada porque ya hubiera probado sobradamente su eficacia y en cambio el juego rápido y vistoso hubiera de demostrar una y otra vez que además también sirve para ganar títulos. Laso lleva ya dos copas y una liga, podrá ganar en unos meses su segunda liga pero como no gane además la Euroliga le lloverán palos por doquier, le volverán a cuestionar el modelo y hasta sus cualidades como entrenador, al tiempo.

Quedará también (y ojo con esto) la peligrosa autocomplacencia del campeón, repitiendo algunos a todo aquel que quiera oírlo que hicieron un partidazo (que nadie lo niega) pero acaso olvidando que el partido no se jugó a su manera sino a la del rival, que a poco más de un minuto ganaban de 7 y a poco más de un segundo perdían de 1, que si no es por la iluminación de Llull ahora hablaríamos de otra cosa muy distinta, que si no es por la ofuscación del Barça en los tiros libres sabe dios de qué estaríamos hablando ahora. Esa autocomplacencia en las victorias (al menos de puertas afuera) puede ser su peor enemigo para lo que queda de temporada; mucho peor enemigo que Barça, CSKA, Olympiacos, Fenerbahçe o cualesquiera otros que queramos imaginar.

Quedará la definitiva consagración de Mirotic (ello en el supuesto de que no estuviera consagrado ya más que de sobra), la mayoría de edad de Abrines (aunque a alguno todavía le cueste hacerse a la idea), la puesta de largo (nunca mejor dicho) de Edy Tavares; en realidad Tavares no hizo más que lo que ya viene haciendo semana tras semana en el CID y demás canchas ACB, pero esto es lo que tiene el escaparate de la Copa (y no digamos ya si la juegas contra el Madrid): para medio mundo fue como si lo hiciera por primera vez… quizás porque ese mismo medio mundo le vio jugar el jueves por primera vez.

Quedarán unos fallos organizativos impropios de una competición de tan alta alcurnia y prosapia (sea eso lo que sea): quedará un reloj de posesión que se paraba o iba por libre cada dos por tres, como si la organización esperara la visita de algún miembro (imputado o no) de la familia del señor que da nombre al trofeo y hubiese vuelto a instalar inhibidores de frecuencia, a la manera de aquella infausta fase final del Eurobasket 2007; quedarán unas redes que si el tiro entraba flojo no dejaban caer la bola, que en casi medio siglo de baloncesto no recuerdo haber visto jamás nada semejante, como quedará también la fantasmagoría de alguno que creyó ver en ello un siniestro complot (el futbolerismo migrado por un día al baloncesto es lo que tiene), que a ver cómo le vas a pedir luego que sepa perder cuando llegado el momento ni siquiera sabe ganar.

aro

Quedará una realización televisiva infame, impropia no ya de ésta sino de cualquier otra competición sobre la faz de la tierra: baste decir que Televisión Española incorporó para la ocasión unas novedosas camaritas instaladas justo encima de las canastas, que habrían sido perfectas para ofrecer repeticiones (que es bien sabido que las repeticiones compulsivas son marca de la casa, tanto más cuanto menos permitan ver el juego) si no fuera porque el realizador ya que las tenía decidió jugar con ellas y utilizarlas una y otra vez para el directo (incluso en algún ataque especialmente decisivo de algún partido especialmente decisivo), y no dejándolas quietas sino abriendo y cerrando el plano compulsivamente en plan zoom cual Lazarov en los setenta, de tal manera que al final de cada jugada acababas viendo aro, sólo aro, la pantalla entera llena de aro, un enorme aro en primer plano que rebosaba incluso los contornos del televisor. Por favor, que le den un válium la próxima vez o aún mejor, que le manden a realizar las carreras de caballos, la gala de los Goya o la de Murcia qué hermosa eres, que seguro que allí sus innovaciones estilísticas podrán ser especialmente valoradas por un público afín.

Y quedará en resumidas cuentas (acabo como empecé, vuelta la burra al trigo) esa misma sensación que ya venimos experimentando año tras año de que esto ya no es lo que era, de que esta ya no es mi Copa que me la han cambiao. O no quién sabe, o acaso la Copa siga siendo la misma y el problema esté en que ya no sepa yo apreciarla, acaso la tuviera demasiado idealizada, acaso sea yo el que ya no soy lo que fui. Va a ser eso.

CÓNCLAVE   2 comments

Se me ocurre una propuesta alternativa. Se me ocurre que cada equipo ACB debería designar un candidato para el cargo de presidente ejecutivo de la Asociación. Dado que cada club tiene su propio proyecto (o su propia ausencia de proyecto, según), dado que no se ponen de acuerdo ni en la hora que es, no me cabe la menor duda de que así obtendríamos dieciocho candidatos distintos a razón de uno por equipo obviamente. Y ahí vendría ya el siguiente paso, encerrar a estos dieciocho sujetos y/o sujetas en la sala de reuniones sita en la sede de la ACB, de la que ya no saldrían hasta que lograran ponerse mínimamente de acuerdo entre ellos, es decir, hasta que finalmente, tras innumerables votaciones e interminables discusiones, uno de los candidatos lograra al fin la tan ansiada mayoría de dos tercios. Por supuesto que para hacer más atractivo el proceso en el plano mediático resultaría muy recomendable instalar en dicha sala de juntas una chimenea con salida directa a la calle (a dónde si no) en la que se fueran quemando las papeletas tras las sucesivas votaciones, de tal manera que mientras éstas fueran fallidas saldría humo negro y cuando por fin hubiera un ganador saldría humo blanco, o bien (dado que este color podría herir algunas susceptibilidades) casi mejor azul por aquello de la actitud y de estar a buenas con el patrocinador en estos tiempos difíciles. Habrían de pasar semanas, tal vez meses pero finalmente emergería la tan ansiada fumata azul y de inmediato se asomaría al balcón de la calle Iradier (si lo hubiere) en carne mortal el mismísimo don Eduardo Portela, quien apoyado en la barandilla (por una mera cuestión de estabilidad) y micrófono en ristre gritaría a los cuatro vientos: OS ANUNCIO UNA GRAN ALEGRÍA, ¡¡¡HABEMUS JEFE!!! Ni que decir tiene que la enfervorizada multitud allí congregada (o sea, los periodistas y los cuatro gatos que pasaran en ese momento por la calle) prorrumpiría en grandes vítores y aclamaciones que se recrudecerían cuando pocos minutos más tarde saliera finalmente al balcón EL ELEGIDO, el ser (presuntamente) humano que con mano firme y mente abierta habría de regir los des(a)tinos de nuestro baloncesto (de clubes) durante los próximos años o al menos durante los próximos días, quizás sólo hasta que estallara la siguiente crisis…

¿Les parece ridículo? Lo es, no les digo yo que no, pero ahora si quieren compárenlo con esto otro: los clubes ACB, huérfanos de padre desde mucho antes del verano de 2013, deciden darse un tiempo y designar una comisión que habrá de seleccionar unos cuantos candidatos de entre los cuales seleccionar una terna de entre la cual seleccionar finalmente al elegido; la comisión hace su trabajo, se escoge la terna, se reúnen los clubes para elegir finalmente al ganador pero hete aquí que casualmente no se ponen de acuerdo, razón por la cual deciden volver a darse un tiempo y quedar de nuevo un mes más tarde. Pasa el mes, pasa el habitual trasiego de politiqueos, componendas y demás intrigas palaciegas tras el cual el resultado es que están aún menos de acuerdo que antes, razón por la cual ni siquiera se molestan en juntarse, suspenden la cita que tenían programada y deciden empezar otra vez de cero: es decir, designar una nueva comisión (o tal vez la misma, no sé) que habrá de seleccionar unos cuantos candidatos de entre los cuales seleccionar una terna de entre la cual seleccionar al elegido o tal vez no, o tal vez volver a fracasar y verse en la tesitura de tener que empezar de nuevo y seleccionar otra nueva comisión que a su vez habrá de seleccionar otra terna que a su vez… y así hasta el infinito (y más allá). Qué quieren que les diga, puestos a dar el cante casi mejor démoslo bien, casi mejor piénsense mi propuesta de cónclave a la vaticana manera: sería un proceso mucho más corto (incluso aunque tardaran meses sería más corto) y sería desde luego mucho más divertido. O mucho menos patético, según.

Publicado febrero 4, 2014 por zaid en ACB

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EL EQUIPO DE NADIE   Leave a comment

Hace casi diez años tocamos el cielo. Hace casi diez años el Estu jugó su primera (y última, y única) final ACB, llegó incluso a rozar aquel trofeo justo antes de que se le escapara para siempre de las manos. Quizás no fuera el séptimo cielo pero sí sé que desde luego no fue el primero, ya hubo antes otros cielos, el cielo copero del 2000, el inmenso cielo de 1992 con su Copa y su Final Four de Estambul, quizás incluso aquel otro subcampeonato liguero de 1981 cuando aún no se jugaban finales ni se llamaba ACB siquiera. Tocamos de nuevo el cielo (y qué cielo) en 2004, quién nos iba a decir entonces que aquella sería la última vez. Vale que lo difícil no sea llegar sino mantenerse, vale que una vez que estás arriba sólo cabe ir hacia abajo por un mero principio físico pero hay formas y maneras de caer, hay caídas suaves, pendientes prolongadas, bajadas en picado y luego ya hundimientos definitivos. Esto del Estu es un descenso a los infiernos que parece no tener fin, ríase del Baumgartner aquel de la estratosfera. Cuántas veces creímos haber tocado fondo para luego comprobar que no hay fondo que valga, que el suelo sigue abriéndose una y otra vez bajo nuestros pies. Hasta el infinito y más allá.

Me dirán que precisamente aquellos polvos trajeron estos lodos, que este mísero Estu de hoy no es más que una mera consecuencia de aquel gran Estudiantes de ayer. Que aquel Estu vivió durante demasiados años por encima de sus posibilidades, no sé si habrán oído esto antes. Es lo que tenemos los pobres, que a poco bien que nos vaya ya nos creemos ricos y hasta nos permitimos el lujo de soñar como si en verdad lo fuéramos, menos mal que siempre está la cruda realidad para ponernos en nuestro lugar y recordarnos que los pobres en verdad sólo valemos para comernos la mierda que cagan los ricos, disculpen la brusquedad del símil. Nos creímos lo que no éramos y nos olvidamos de nuestra verdadera razón de ser: un equipo de patio de colegio, nada más (y nada menos). Otros están en la élite y luego además tienen cantera, nosotros no, nosotros siempre fuimos todo lo contrario, nosotros somos cantera y luego además tenemos un equipo en la élite. Un día creímos que podríamos invertir las prioridades, y así nos fue.

No es una mera cuestión de ganar o perder, ojalá fuera todo tan simple. No diré que ganar es de horteras (toda una filosofía de vida reflejada en esa magnífica crónica estudiantil de Guillermo Ortiz), sí diré que ganar o perder en este club nunca fue tan importante como competir, como sentir, como disfrutar. Más que un equipo de baloncesto era una manera de vivir, un estado de ánimo, un soplo de aire fresco que llevó a mucha gente (no necesariamente del Ramiro, no necesariamente de Madrid) a identificarse con él y hacer suyos para siempre esos colores. No por casualidad Estudiantes fue durante al menos un par de años (o puede que aún fueran más y no se hiciera público) el equipo de baloncesto con mayor número de abonados de toda Europa. Se dice pronto, el equipo con más abonados de Europa, piénsese en una ciudad como Madrid con la feroz competencia del vecino, piénsese en la escasa difusión de la ACB, piénsese en la inmensidad de algunas canchas griegas (a comienzos del presente siglo aún no había estallado la crisis), serbias, rusas, turcas o israelíes (Israel es Europa a efectos baloncestísticos, aunque ello se dé de patadas con la geografía) y se comprenderá mucho mejor la magnitud del dato. En estos casos siempre me gusta recurrir a aquella definición del Director de Gigantes Paco Torres, el primer equipo de muchos, el segundo de casi todos. Así era entonces, así fue durante décadas enteras. Me pregunto si aún sigue siéndolo a día de hoy.

Y miren que pudo haber momentos buenos y malos, años de éxito y otros de fracaso, miren que pudo haber generaciones mejores o peores pero lo que sí que hubo siempre fue un mínimo denominador común, una imagen de marca que trascendía desde las mismas raíces de la institución y que se reflejaba sobre todo en la manera de jugar del primer equipo, un Estu style que tal vez podríamos descomponer en cuatro premisas fundamentales:

1) un base, preferiblemente (aunque no necesariamente) canterano, que hiciera del descaro y el atrevimiento su razón de ser; que no perdiera la cabeza (no es incompatible una cosa con la otra) pero sí asumiera riesgos y practicara un baloncesto desinhibido para así contagiar de esa misma desinhibición al resto de la plantilla. Obviamente estoy pensando en Azofra mientras lo escribo pero no fue sólo Nacho, hubo muchos otros que (con ligeras matizaciones) también pudieron encajar en ese mismo perfil, tal vez Antúnez y aún antes Vicente Gil, luego los Hermanos Martínez (podría hasta remontarme a la prehistoria y mencionar a su padre), quizás el Conguito Jennings, el gran Sergio Rodríguez si no nos hubiera durado tan poco, el mismísimo Granger de estas últimas temporadas.

2) un alero, preferiblemente (aunque no necesariamente) yanqui, que aportara anotación y (sobre todo) espectacularidad para así hacer las delicias de chicos y grandes y ahondar aún más si cabe en el componente lúdico-festivo de la entidad. La eterna leyenda de Russell y Winslow nunca tuvo continuidad, pero en un momento dado hasta nos pudo valer con anotadores puros (aún sin mates) como el Bombillo Ahearn, Lofton, English, ya hasta con Kirksay nos conformábamos hasta hace bien poco…

3) un pívot o ala-pívot, no necesariamente dotado (o tal vez manifiestamente limitado) en lo físico, pero que fuera capaz de suplir esas carencias con grandes dotes técnicas y (sobre todo) una inteligencia superlativa para sacarlas partido, para aportar dirección desde el poste y llegar a ser más base incluso que el base mismo. Pinone por supuesto (pónganse en pie) pero no sólo él, también Rafa Vecina, también Shawn Vandiver, también en algún momento Alfonso Reyes, también sin ir más lejos el mismísimo Germán Gabriel.

y 4) un buen puñado de aguerridos mocetones, no necesariamente (aunque sí preferiblemente) de la casa, que se partieran el alma por cada balón; el espíritu de Carlos Jiménez o el de los primeros tiempos del Chimpa, como también el de Carlos Montes, Aísa o El Rata por fuera, o el de Pedro (Picapiedra) Rodríguez, Rementería o incluso Rafa Vidaurreta por dentro…

¿Qué queda hoy de esas cuatro premisas básicas? Yo se lo diré: NADA. Absolutamente nada. Y no es que me remonte a la noche de los tiempos, ya ven que he mencionado a tíos (Jayson, Germán, Tariq, Carl) que vistieron aún de azul hasta hace dos telediarios como quien dice. Jaime apenas logra ser una pálida copia borrosa y discontinua (a su pesar) del punto 1, Kuric (mal que me pese) no le llega ni a la suela de los talones a ninguno de los mencionados en el 2, no hablemos ya de Banic (de aquel de Bilbao sólo queda el apellido) en comparación con los del 3. ¿Y del 4? Pues quizá podríamos encajar ahí con mucha generosidad a Dejan Ivanov, prototipo de esa innata capacidad estudiantil de fichar siempre al hermano malo (Domen Lorbek, Samo Udrih), a ver si así llegaran los genes donde no llega el presupuesto. Tuiteé (me estremece usar este verbo) el otro día que acaso éste sea el peor Estudiantes de la historia, y por ahora nadie me ha dado argumentos que me hagan cambiar de opinión.

Sí, peor incluso que el del descenso virtual de hace año y medio, no les quepa la menor duda. Aquel equipo empezó ya lastrado por el desastre del Trío Los Panchos (de infausto recuerdo) y a partir de ahí todos los parches que se quisieron poner (mención especial para el caso Bullock) no hicieron sino agravar la mala salud del enfermo. De donde no hay no se puede sacar, pero lo que nunca pudo reprochárseles fue que no lo intentaran, que no se dieran cabezazos contra la pared, que no pelearan incluso más contra sí mismos que contra los demás. Aquel equipo consumó su descenso (virtual), y lo que en tantos otros campos en similares circunstancias suele ser llanto y crujir de dientes, gritos de mercenarios, apelaciones a la genitalidad de sus jugadores e incluso lanzamiento de huevos sobre sus cabezas en algún caso concreto, aquí en cambio fue que salgan los toreros, uououó. Que salgan los toreros, porque la gente entendió que habían hecho todo lo que habían podido, que ellos no tenían la culpa, que en todo caso no eran la causa sino la consecuencia del problema. Que salgan los toreros, y los toreros avergonzados no querían salir pero al final no les quedó más remedio porque la gente de allí no se iba, que salgan los toreros, uououó, aún hoy estarían cantándolo de no haber salido. Salieron rotos y la ovación que se llevaron les rompió más todavía al descubrir finalmente que aquel era un club distinto, un club en el que las victorias y las derrotas (aún con descensos de por medio) no importaban tanto como la manera de lograrlas. Que salgan los toreros…

Hoy ya no quedan toreros. Hoy sólo quedan temporeros, deshechos de tienta, queda una política de fichajes consistente en dejar pasar el verano para luego traerse deprisa y corriendo lo que no ha querido nadie, salvo excepciones. Fichar por fichar, ya que se han ido estos tendremos que traernos a otros más que nada para rellenar los huecos y que así parezca que hacemos algo. Pasémonos tres meses fichando a Marcos Mata para que luego cuando llegue la hora de la verdad escoja finalmente (con buen criterio, dicho sea de paso) marcharse a orillas del Guadalquivir.rabaseda Traigámonos en su defecto a Rabaseda, parecía una buena idea (la única) pero ha resultado ser el principal ejemplo de ese extraño fenómeno según el cual cada jugador que cruza por la puerta del Ramiro empeora de manera exponencial sus registros de la temporada anterior. Este Rabaseda es infinitamente peor que aquel otro al que Pascual ponía de pascuas a ramos en el Barça (y no digamos ya el que pasó por el Fuenla), pero no es un caso aislado: Quino Colom (que nunca fue santo de mi devoción, dicho sea de paso) está también a años luz del de Fuenlabrada, al igual que (el hijo pródigo) Miso no es ni la sombra del de Murcia, al igual que… Misterios sin resolver.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué hay equipos que mejoran por sí solos las prestaciones de quienes los integran (mismamente Estudiantes fue uno de ellos, no hace tanto tiempo), y sin embargo hay otros en los que todo parece volverse del revés? ¿Es sólo cuestión de (esa cosa tan etérea que llaman) química, o hay algo más? Miren, yo no creo en eso de los mercenarios como tampoco creo en que los jugadores sientan (o no) los colores, los jugadores son meros profesionales como usted o como yo en nuestros respectivos trabajos (si los hubiere). Pero sí creo en una cosa que se llama implicación, que puede hacer que en un momento dado (y aún con el mismo sueldo, o menor incluso) rindas más en un sitio que en otro porque te encuentres más a gusto, porque te traten mejor, porque te sientas más identificado con el proyecto, por lo que sea. O viceversa. En este Estu no parece que haya nadie identificado con el proyecto por la sencilla razón de que tampoco parece haber un proyecto con el que identificarse. El resultado es que los jugadores se visten, saltan a la cancha, cumplen con el trámite, les meten de treinta, se duchan y se marchan mientras el entrenador se queda en la sala de prensa echándole las culpas al empedrao (que ya quisieran muchos tener un empedrao como el nuestro, dicho sea de paso). Cero implicación, cero pasión, pura rutina.

¿Qué tendrá este Estudiantes que quien puede irse se va, que todo aquel que llega huye despavorido en cuanto se le presenta la ocasión? ¿Qué verán en esos despachos enmoquetados, qué impresión sacarán de todas esas facciones directivas tirándose a degüello y buscándose la yugular (una de las más acendradas tradiciones de este club)? Jugadores, técnicos de mayor o menor nivel, directores deportivos, empleados varios, público en general. Ya hasta se nos van antes de llegar como fue el caso del presunto salvador Morris Finley, se asomó y fue como si hubiera visto un fantasma o el anuncio de la lotería (más o menos fue por esas fechas), pies para qué os quiero. Eso sí, no pudo salvarnos Finley pero al menos pudimos quedarnos con Uros Slokar, el pichafría por antonomasia, justo lo que necesitábamos. Entre los que huyeron como de la peste, los que están como si no estuvieran, los que están en cuerpo pero no en alma (que ésta igual se les quedó en Atlanta) y los que entraron en Estudiantes pero Estudiantes no entró en ellos, el resultado total no puede ser más prometedor.

Hay desde hace meses en las redes sociales un debate que se pregunta si para este viaje hacían falta alforjas, si puestos a hacer el papelón no habría sido mucho mejor y más productivo hacerlo con gente de la casa. O como diría aquel, que si hay que fichar se ficha, pero fichar pa ná es tontería. Es así de sencillo, puestos a perder de treinta prefiero hacerlo con los chavales, pringaré igual pero al menos no tendré la sensación de estar traicionándome mientras lo hago. ¿Que la cantera no es lo que era? Pues tal vez, pero la única manera de comprobarlo es poniéndoles a jugar. Quizás puedas perder de cincuenta un día pero lo mismo al siguiente pierdes de treinta, al otro de diez, después quién sabe. Lo mismo en la Penya (permítanme la comparación) también pensaron que la cantera no es lo que era antes de atreverse a poner a Vives o Sans, quizás también lo pensaran en su día antes de alinear a Llovet, Ventura o Barrera, quizás incluso algún iluminado lo pensara antes de Rudy o Ricky (hay gente pa tó), si quieren sigo remontándome aún más atrás. La Penya, no estará de más recordarlo, también pasó su viacrucis a mediados/finales de los noventa, también vivió por encima de sus posibilidades, también cayó a los infiernos después de haber tocado (y ganado) el cielo de la Euroliga. Hoy no diré que su situación sea boyante porque no lo es en absoluto, pero al menos en el plano deportivo saben lo que quieren y sientan las bases para conseguirlo sin dejar por ello de ser fieles a su filosofía. Ojalá todos pudiéramos decir lo mismo.

Dicen que cuando llegas al fondo del pozo ya sólo cabe ir hacia arriba (otro mero principio físico) pero ese sigue siendo el principal problema, no sabemos aún dónde está ese fondo, mal podremos repuntar cuando todavía no hemos acabado de caer. Algunos creen que ese fondo es la LEB pero yo no concibo esa razón, la LEB no es más que otro escalón más abajo del cual aún hay más, obviamente no me refiero a la EBA sino a ese otro fondo del que ya no se sale ni se repunta y que se llama (miedo me da escribirlo) desaparición. No me quiero poner trágico (aunque ya me haya puesto) pero creo que hay cosas mucho peores que perder la categoría y una de ellas es perder la identidad, a la ACB siempre se puede volver (en el supuesto de que alguna vez llegue a consumarse algún descenso) pero la identidad es mucho más difícil de recuperar. Aquello que decía el bolero, alma corazón y vida, esas tres cositas nada más te doy, de las dos primeras no queda ni rastro y la tercera ya veremos cuánto nos dura. Aquel primer equipo de muchos y segundo de casi todos va camino de convertirse en el equipo de nadie más allá de los fieles, sólo hará falta que siga existiendo para que aún podamos seguir manteniendo esa misma fidelidad. Pero se ha dilapidado capital humano, se ha dilapidado capital social (por no hablar del capital económico), se ha dilapidado imagen, se han echado a perder las sensaciones, los sentimientos y las emociones de toda aquella gente que un día se hizo de este club (aunque fuera en segundas nupcias) por la sencilla razón de que era completamente diferente a todos los demás. Hoy este Estu es una ruina, un mero esqueleto, apenas un pálido reflejo de aquello que fue, eso es todo lo que nos queda. Veremos por cuánto tiempo.

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 17 de enero de 2014)

(Con mi agradecimiento para el gran @TheobaldPhilips, por su foto de la “implicación” de Rabaseda durante el tiempo muerto…)

ENTRE TODOS LA MATARON   5 comments

A veces llega un momento en la vida en que tienes que dejar de esconder la cabeza debajo del ala y afrontar la realidad tal como es; ser capaz de mirar a las cosas de frente aún por mucho que te hieran, cara a cara, ser incluso capaz de escribir sobre ellas aún por muy dolorosas que te resulten. Éste es sin duda uno de esos momentos: sé que me va a costar, no saben cuánto, pero me dispongo a escribir sobre la crisis. Sobre la crisis en el seno de la ACB. Sobre el proceso de sucesión a la jefatura de esta Asociación de Clubes de Baloncesto (por otro nombre Liga Endesa) de nuestros desvelos, una sucesión de la que intenté mantenerme informativamente al margen mientras me fue posible (ya que estos temas A) me aburren, B) me hastían, C) me crispan y D) me deprimen profundamente) hasta que llegó el momento en que ya no pude darle la espalda por más tiempo. Una sucesión que (tal como se ha planteado) no es sino otro paso más en su imparable proceso de autodestrucción. Otro clavo más (y no menor) en el ataúd de la ACB.

No sé a quién le leí que si la ACB eligiera a su nuevo presidente ejecutivo sin definir previamente un proyecto cometería un grave error. Que el mecanismo tendría que ser exactamente al contrario, primero saber lo que se quiere y luego ya escoger a la persona adecuada para llevarlo a cabo. Ojalá, así debería de ser en un mundo perfecto, el problema es que ese mundo perfecto nos queda demasiado lejos. Reconozcámoslo, en nada se diferencia realmente la ACB de tantos otros estamentos de nuestro país: pedirles a nuestros clubes que establezcan un proyecto común es como pedirles a los vecinos de cualquier comunidad de propietarios que miren por el bien de su edificio y no por el suyo propio, o como pedirles a nuestros partidos políticos que se pongan de acuerdo en un proyecto de nación en lugar de pensar cada uno exclusivamente en sus intereses electorales. Es uno de los principales males que nos aquejan, solemos ser extremadamente individualistas y/o corporativos, por lo general no vemos más allá de nuestro propio ombligo y así nos va. Claro está, la ACB no habría de ser en modo alguno una excepción, un puto reino de taifas en el que cada club vela exclusivamente por sus propios intereses. No es ya que por un lado estén los que piensan en Europa y por el otro los que piensan en su supervivencia (que también), no es ya que haya dos o tres sectores muy claramente diferenciados sino que la cosa va aún un poco más allá, en realidad no hay tres grupúsculos sino dieciocho a razón de uno por equipo, a ver si votando a éste tendré más posibilidades de sacar tajada que votando a este otro, a ver si por elegir a un dirigente de por allá vamos a tener menos opciones los de acá. Provincianismo a tope.

Por supuesto que todo esto no es nuevo, lo que pasa es que ahora se nota más. Durante muchos años el (sucedáneo de) consenso en torno a la figura de Eduard Portela tapó todas estas divergencias, en realidad ya entonces eran todos de su padre y de su madre pero la presencia del pseudocomisionado hacía que no lo pareciera, lograba que viéramos a la ACB como un todo y no como una mera suma de las partes, si la cosa no marchaba le caían a él los palos como si fuera él la causa y no la consecuencia (una de ellas) de todos los males que aquejaban a la institución. Pero Portela aguantó mucho más de lo que hubiera sido razonable (quizá precisamente por esto, por el miedo a que se les viera el vacío tras su marcha) y la llegada de un presunto salvador como Agustí no hizo sino empeorar las cosas hasta límites insospechados. Hasta hoy. Hoy sería ya el momento de refundar y empezar de cero pero no teman, no caerá esa breva. Aquí entre reforma o ruptura siempre solemos decantarnos por la primera opción, somos así de cobardes, para qué cambiar de perro cuando podemos conformarnos con ponerle otro collar, para qué cambiarlo todo cuando podemos limitarnos a cambiar algo para que en el fondo todo siga exactamente igual. No, tampoco en esto se diferencia la ACB de tantos otros males que nos aquejan en este país. Tenemos lo que nos merecemos, también en baloncesto.

Así que todo lo que se nos ocurre es poner un parche, al parecer. Ya, pero… ¿cuál? Los medios de comunicación nos contaron que la short list quedó finalmente reducida a tres candidatos, no diré que a cuál peor porque no tengo elementos de juicio para decirlo, sí diré que así a priori ninguno de los tres me seduce en absoluto. Nos contaron que uno de ellos era Josep Maria Farràs, un señor a quien no tengo el placer de conocer pero de quien cuentan las crónicas que es (o era) Director de Deportes de TV3, conociendo como conozco a mis paisanos de por aquí abajo ya les digo yo que a alguien con ese currículum le van a mirar mal ya de entrada, aún por bueno que sea. Nos contaron que otro de ellos era Fernando Arcega, quizá el único de los tres que sepa que el balón es redondo y naranja y sea capaz de distinguir entre defensa individual y en zona, no olvidemos que durante buena parte de los ochenta y un poquito también de los noventa fue parte esencial de aquel CAI (Helios, Natwest, Amway) Zaragoza y a ratos también de nuestra selección nacional; y punto, es decir, no me consta que haya mantenido la vinculación con nuestro deporte durante estos últimos (pongamos) veinte años y aún menos me constan sus cualidades como gestor para hacer frente a un reto de tal calibre: todo lo que supe de él tras su retirada es que montó con su hermano José Ángel un negocio vitivinícola, Viña Arcega se llamaba (tampoco se quebraron mucho la cabeza con el nombre), sospecho que a día de hoy ya no debe existir dado el escaso fruto que se obtiene al guglearlo. Y nos contaron finalmente (last but not least) que el tercer candidato se llamaba Albert Soler, un sujeto que por sí solo merece párrafo aparte.

Quizá no lo recuerden (o quizá nunca lo supieran, y tan felices que vivieron sin saberlo), pero Albert Soler fue Director General de Deportes durante un par de años a la vera de Jaime Lissavetzky, de tal manera que cuando allá por la primavera de 2011 éste aceptó el puesto de víctima propiciatoria en las elecciones municipales madrileñas de inmediato Albert Soler fue promocionado al siguiente nivel: Secretario de Estado para el Deporte, nada menos… pero eso sí, con fecha de caducidad, apenas seis meses. Tan corto espacio de tiempo parecía una invitación a no tocar casi nada (no fuera a romperlo), probablemente así fue en otros ámbitos pero en el ámbito del baloncesto desembarcó cual elefante en cacharrería. Le tocó mediar en el enésimo conflicto recurrente ACB/ABP, uno de un mediador esperaría la más estricta equidistancia pero él no se cortó un pelo: si la ACB no protege al baloncesto español, yo sí lo haré, y podemos tener una liga sin extracomunitarios; que la ACB dice que a nivel europeo puede haber un club en España con sólo comunitarios, la ley lo acepta, pero la ley dice también que la decisión final es del CSD y si la ACB cree que éste es el modelo, yo también creo que podemos tener una ACB para proteger a los jugadores españoles y sin extracomunitarios (…) Si la ACB plantea restricción de españoles en la liga y que como efecto secundario la selección tenga un nivel bajo, pues no estamos de acuerdo (fin de la cita). Opinión muy respetable (aunque no necesariamente compartible) si la expresas a título particular o incluso a título de Secretario de Estado, pero que si la expresas a título de mediador como que canta un poco que antes de empezar a mediar ya hayas tomado partido de forma descarada por una de las partes en conflicto. Eso sí, la cosa del ultimátum le funcionó, en apenas unos días se llegó al acuerdo éste de los cupos, los criterios de formación y demás zarandajas que disfrutamos (¿?) actualmente. Y punto final, y si volvió a tener algo que ver con nuestro deporte a mí no me consta, y luego ya nunca más se supo. Hasta hoy.

¿De verdad que (puestos a escoger personas, y no proyectos) no había nada mejor en el mercado? ¿No habría sido infinitamente mejor alguien como Alfonso López que en su papel de responsable de marketing y/o comunicación (o similar) de Endesa fue acaso el principal culpable de que la Liga se llame hoy como se llama (y cobre una pasta por ello), un sujeto que en cierta entrevista en Tirando a Fallar dejó bien clara su pasión por este juego y cuyas capacidades como gestor parecen estar fuera de toda duda, un sujeto que (al parecer) la cagó en un tuit puntual y eso ya le obligó a autodescartarse para la carrera presidencial? ¿No habría sido infinitamente mejor alguien como José Luis Mateo que desde sus orígenes periodísticos en Gigantes ha desempeñado luego toda clase de puestos ejecutivos en Granada, Alicante o Santiago de Compostela, alguien a quien supongo que sus actuales responsabilidades obradoiristas son precisamente las que le descartan para el cargo en base a no sé qué estúpida norma que exige al menos dos años de desvinculación? ¿No habría sido infinitamente mejor incluso alguien como Pepe Chamorro, publicista de quien hasta hace apenas dos días ni siquiera conocía su existencia, pero que en una entrevista en el Gigantes de diciembre mostró bien a las claras que ama esta Liga y que además tiene ideas para mejorarla? ¿De verdad, tan difícil es encontrar a alguien que reúna dos características básicas, dos tan solo, no pido más, saber de qué va esto (y si además le gustara ya sería la leche) y tener las cualidades adecuadas para gestionarlo?

Todo lo cual ya da lo mismo, dado que tiene toda la pinta de que el próximo presidente ejecutivo de la ACB será sí o sí Albert Soler, de hecho ya anduvo cerca de serlo en aquella otra (presunta) asamblea de mediados de diciembre en la que los clubes (muy en su papel de reinos de taifas) prefirieron hacerse el harakiri y seguir pintando la mona (o mareando la perdiz, según el animal que se prefiera) otro mes más para pasmo y disfrute del resto de la población. Habemus Soler me temo, lo cual podría parecer (en base a lo que recordé hace dos párrafos) que será como poner al zorro a cuidar las gallinas, con perdón… o no, quién sabe. De hecho para saberlo nos bastaría con conocer su programa, saber qué piensa del actual estado de la Liga, cuáles son sus ideas para mejorarla y a qué medios piensa recurrir para llevarlas a cabo, nos bastaría con saberlo de él y de paso también de los restantes candidatos (si es que a día de hoy siguen siéndolo), cuáles son sus intenciones respecto al modelo de competición, los derechos de televisión, la generación de ingresos, la organización del calendario, la implantación social o la repercusión mediática de la ACB. Estaría bien saberlo pero a día de hoy nada se nos ha dicho al respecto (o acaso sí y yo no me haya enterado, que ya les dije al principio que anduve rehuyendo el tema), lo cual puede ser por tres razones: bien porque lo lleven en secreto, bien porque no consideren interesante contárnoslo o bien porque ni siquiera haya proyecto, ningún proyecto. Sólo personas, lo cual por otra parte encajaría perfectamente con otra de nuestras más acendradas tradiciones, por lo general no votamos programas electorales sino candidatos, de hecho el programa electoral es sólo eso que hacen para decir que lo tienen y luego poder incumplirlo. Sólo personas revoloteando alrededor del poder, candidatos, candidatables, lobistas, acólitos, aduladores, lameculos y demás egos desmedidos, presuntos seres humanos que ni se habrán parado a pensar qué pueden hacer por el baloncesto porque lo único que les importa es lo que el baloncesto pueda hacer por ellos. Si antes les dije que era un error elegir presidente sin definir previamente un proyecto, ahora la duda que me queda es que incluso después de elegir presidente llegue a haber siquiera un proyecto. El mundo al revés.

Y sin embargo, de entre todas las cualidades de Albert Soler hay una que es quizá la única que a mí no me molesta en absoluto pero que en cambio a mis congéneres les trae a mal traer, hasta el punto de que no paran de expresar su indignación al respecto en los medios tanto más cuanto más ultramontanos sean: que es catalán, lo cual al parecer le convierte de inmediato en sospechoso. Hemos interiorizado de tal modo las corruptelas, los amiguismos, los complots, las conspiraciones y los mamoneos que ya para ver fantasmas ni siquiera necesitamos que aparezcan, ya empezamos a verlos antes incluso antes de que se asomen. David Stern (por poner un ejemplo) es neoyorquino y no recuerdo yo que en sus treinta años de Comisionado NBA se le haya acusado jamás de favorecer a los Knicks (que de haberlo hecho lo habría hecho fatal, visto como le ha ido a esa franquicia durante todo este tiempo); como neoyorquino es también (y reconocido fan de los Knicks desde crío, además) su próximo sustituto Adam Silver sin que me conste que en California, Texas, Oklahoma o Florida se haya expresado la más mínima preocupación al respecto. Como no me consta tampoco (sin ir más lejos) que en Rusia, Grecia o Turquía se hagan cruces por la procedencia del mandamás euroliguero Jordi Bertomeu (o tal vez sí, y aquí no nos llegue). Miren, a mí lo único que me podría preocupar (y me preocupa, de hecho) de Albert Soler es que tenga o no la capacidad para sacar a la ACB del pozo, todo lo demás se me da una higa, si es catalán como si es de Huesca, de Huelva, de Wisconsin, de Guanajuato o de la isla de Guam (si es que existe). Quién sabe, quizás esa podría ser la solución, nombrar un presidente de la ACB neozelandés (por ejemplo) para que así estuviera libre de toda sospecha. O ni por esas, seguro que aún así alguien saldría diciendo que Nueva Zelanda está muy cerca de Australia y que dado que uno de los grandes de nuestro baloncesto tuvo a dos australianos hasta fechas recientes está bien claro por quién habría de tomar partido. Créanme, no tenemos remedio.

Mencioné antes a Bertomeu, y no es que el susodicho sea precisamente mi ídolo ni que la Euroliga esté entre mis sueños más húmedos en materia de organización deportiva, pero las comparaciones son odiosas y ésta de puro odiosa resulta casi estremecedora. Lean la entrevista que se le hace en el Gigantes de diciembre, podrán estar de acuerdo o no con lo que allí se expresa pero al menos comprobarán que la Euroliga sabe a dónde va, que va dando pasos cortos pero firmes en esa dirección y tiene las ideas claras para lograrlo, y que además no anda sola sino que hay alguien al mando, alguien que te podrá gustar más menos pero que parece estar perfectamente capacitado para tal fin. ¿La ACB? La ACB se despeña sin rumbo ni piloto, sin remedio, la ACB es como aquella frase hecha que a veces decían nuestras abuelas, entre todos la mataron y ella sola se murió, un cadáver al que todo lo que se nos ocurre hacer es maquillarlo para que parezca que sigue vivo, podríamos resucitarlo o crear algo nuevo a partir de sus cenizas pero eso nos aterra, preferimos limitarnos a intentar (inútilmente) detener su caída, echarle el freno al féretro para que así parezca despeñarse a menor velocidad. Tarde o temprano se estrellará, y con él se habrá estrellado también todo nuestro baloncesto. Descanse en paz.

(publicado originalmente en Jugant per la vida)

LA LENTEJA AZUL   3 comments

Imagina un saco enorme lleno hasta arriba de lentejas. Miles y miles, tal vez cientos de miles de lentejas. Imagina que entre todas esas lentejas hubiese una de color azul, sólo una, ya sé que es difícil porque nunca hemos visto lentejas azules pero se trata de imaginar así que imagínalo de todos modos. Ahora imagina que metes tu mano en el saco, que hincas el brazo hasta el fondo, que remueves bien y que (sin mirar, claro) sacas una sola de entre todas esas lentejas. ¿Qué probabilidad hay de que la lenteja que saques sea precisamente la lenteja azul? Bueno, pues esa es más o menos la probabilidad que tenemos de que nos toque el gordo de Navidad…

Ya sé que como metáfora resulta un poco cutre pero qué quieren, fue hace años (cuando todavía me escuchaba), mi hijo andaba ilusionado con la lotería y no se me ocurrió nada mejor para rebajarle la fantasía. Podrá parecer cruel pero no más de lo que fue decirle quiénes eran verdaderamente los Reyes Magos, Papá Noel o el Ratoncito Pérez, dirán que no es lo mismo pero para mí es como si lo fuera. Todavía hoy no encuentro una mejor manera de explicarles a ustedes mi fe (mi falta de fe, más bien) en los juegos de azar. Soy de esa clase de personas que creen que tan probable es que les toque la lotería como que les caiga un meteorito sobre su cabeza en plena calle, soy de esa clase de personas que cuando ve los telediarios del 22 de diciembre suele decir que todos esos que aparecen festejando no son más que actores y figurantes contratados para la ocasión (evidentemente lo digo de coña, ya sé que no es así… creo). Si usted es de los que duerme la noche del 21 al 22 agarrado a su décimo como a esa tabla de salvación que le va a sacar de pobre no es mi intención quitarle la ilusión, líbreme el cielo. Pero qué quiere que le diga, soy de los que piensan que en este país la única persona con razones fundadas para tener fe en la lotería es el ex Presidente de la Diputación de Castellón.

No tengo fe en los juegos de azar, y sin embargo (el ser humano es incoherente por naturaleza) juego. Juego muy poco, pero juego. Yo soy yo y mi circunstancia, ya lo dijo hace muchos años un señor muy principal, y si mi circunstancia dice que hombre, cómo no vamos a llevar, a ver si luego les va a tocar a todos menos a nosotros, pues a ver qué quieren que haga, al final acabo pringando (es decir, jugando) como no podría ser de otra manera. Juego el número del trabajo y el del trabajo consorte y el de ese otro departamento que jugamos entre varios y el de algún compañero que te viene vendiendo participaciones del colegio de sus hijos y a ver cómo le vas a hacer el feo de no cogérselas, juego mucho menos de lo que juega por término medio el conjunto de la población pero para el caso es lo mismo, sé perfectamente que todo eso acabará en la papelera el 23 de diciembre, todo excepto quizás algún reintegro que acabará en la papelera el 6 de enero después de haber hecho la tontería de reinvertirlo para el sorteo del Niño. Y ya está. No compro más lotería durante el resto del año, tampoco trabajo el tema de la ONCE (salvo algún compromiso puntual muy de cuando en cuando), hace siglos que no echo ni primitivas ni bonolotos, jamás piso casinos ni bingos, me horrorizan las tragaperras, ya casi ni recuerdo cómo se hacían las quinielas de fútbol…

Y sin embargo juego al Quinibasket. Bien por los buenos recuerdos que me trae (y que ya les conté) de aquellos viejos tiempos sedeneros, o bien porque es mi deporte y me siento un poco en deuda con él por todo lo que me ha dado, lo cierto es que no pasa una semana (salvo que se me olvide, precisamente por la falta de costumbre) sin que me deje mis buenos sesenta céntimos en el empeño. Pero eso, sesenta céntimos, ni más ni menos. Lo justo para sentirme en paz conmigo mismo sin sentir al mismo tiempo que estoy tirando el dinero en pos de ese famoso bote de 25.000 euros a un único acertante, un bote que sé positivamente que no me va a tocar. Y cuando digo que sé positivamente que no me va a tocar no es ya una cuestión de falta de fe en que me toque (que también) sino que sé que es científicamente imposible que me toque. No es ya que sea poco probable que saque la lenteja azul, es que en lo que a mí respecta no hay lenteja azul.

Les cuento: en la primera jornada de Liga ACB eché mi primer Quinibasket, y contra todo pronóstico acerté 7. Siete sobre nueve. Nada de particular, supongo que por ser la primera les pillé desprevenidos, supongo que aún los equipos no se habrían confabulado para hacer exactamente lo contrario de lo que se espera como tienen por costumbre, la prueba es que en las jornadas posteriores no creo haber pasado jamás de 5. Pero aquella primera tuve siete aciertos, un premio de tercera categoría nada menos, ocho eurazos con cuarenta céntimos, dudé entre invertirlos en bolsa, comprar letras del tesoro o acudir al mercado inmobiliario a la espera de una pronta revalorización, finalmente como son tiempos inciertos opté por dejarlos en la caja e ir tirando de ahí en semanas posteriores. Pero lo festejé en Túiter, para una vez que me toca algo cómo no lo iba a celebrar a la manera de todos esos presuntos agraciados de cada 22 de diciembre (esos de los que algún maledicente anda por ahí diciendo que son actores contratados para la ocasión), supongo que escribí la típica chorrada de que estaba en racha y hasta que no ganara el bote de 25.000 euros ya no iba a parar… y alguien (no recuerdo quién, y es una pena porque me gustaría agradecérselo, ya que sin él no habría sido posible este post) me contestó una cosa que me dejó de piedra: para que te pueda tocar el bote de 25.000 euros tendrás que haber hecho una apuesta mínima de cinco euros. Tal cual.

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Me quedé de piedra… y luego lo olvidé, como suele pasar. Seguí jugando (y palmando) al quinibasket semana tras semana, seguí recibiendo correos y más correos de Suertia semana tras semana… En uno de esos correos (12 de noviembre) se me informaba de que dos apostantes, con sólo 60 céntimos de inversión, se habían embolsado la bonita cifra de 6.441 euros (antes de impuestos) cada uno tras acertar el pleno, y pensé anda, mira tú qué bien, la única pena que tendrán es que hayan sido dos porque de haber sido uno solo se habría llevado el bote… o no. De repente se me encendió la bombilla, recordé lo que me había comentado aquel ignoto tuitero, me pregunté si sería cierto aquello (que tampoco tendría por qué no serlo, a ver qué interés iba a tener en engañarme…) Me puse a investigar. La mención de los 25.000 euros llevaba asterisco, el asterisco remitía a que consultáramos términos y condiciones, pinchando ahí te aparecía un pantallazo con todos los juegos de la susodicha plataforma, pinchando en el Quinibasket (arriba del todo, a mano izquierda) accedías por fin a la letra pequeña…

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Dicho y hecho. Punto 5: para disfrutar de la promoción, el ganador de la apuesta única acertante tendrá que haber jugado un mínimo de 5 euros en la misma jornada del QuiniBasket. Es decir, haga usted su apuesta de 60 centimillos, acierte 9, sea usted el único, póngase como unas castañuelas y descubra luego que lo más que le darán es el 33 por ciento de lo recaudado (cantidad que en condiciones normales será notablemente inferior), que el bote de 25.000 se lo guardarán por ahora a buen recaudo a la espera de que se lo lleve algún gran apostador. Y cáguese en todo lo cagable después, of course.

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¿Qué buscan Suertia y/o la ACB (o lo que quede de ella) con todo esto? La respuesta la podemos tener en este otro correo que recibí hace apenas unos días, el 13 de diciembre: Más de 6.750 euros para un usuario que gana dos quinielas en cinco días. En el caso del Quinihandball, la quiniela oficial de la Liga Asobal de balonmano, realizó 64 apuestas simples y ganó el premio de siete, que ascendía a 2.185 euros. Por otra parte, en el Quini Nueve especial de Champions ha sido el único acertante del pleno al nueve jugando una combinación de 8 triples y un doble, por lo que se ha embolsado 4.570 euros. Ese es el perfil que buscan para el Quinibasket, el que parece que ya tienen para otras quinielas, el que invadió y casi monopolizó hace ya unos cuantos años la quiniela de fútbol. El quinielista profesional, el que vive de esto (yo no creo en ellos, pero haberlos haylos), el que maneja múltiples combinaciones y se deja una pasta en el empeño. El gran inversor. Usted, yo, todos los cutres que nos dejamos apenas 60 centimillos a ver si suena la flauta y nos saca de pobres en el fondo les importamos una mierda, en el fondo sólo somos un mal necesario, aquellos que aportamos el dinero que luego se repartirán los demás.

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Evidentemente Suertia y/o la ACB (o lo que quede de ella) tienen perfecto derecho a fijar las condiciones del Quinibasket, para eso es suyo. Podrían añadir un punto 8 diciendo que para ganar el bote de 25.000 euros se habrá de ser rubio/a, tener los ojos azules y el número de DNI capicúa, y como el juego es suyo también nos lo tendríamos que comer. Que sea legal no lo niego, que además sea ético ya es otro cantar. Soy consciente de que en las loterías pasivas (las de décimos y cupones) el premio es proporcional a lo que inviertes, pero en las activas (quinielas, primitivas, bonolotos) nunca fue así, nunca al menos hasta donde alcanzo a recordar, que ya les dije que no trabajo el gremio. Si usted hace la mínima apuesta posible en una quiniela de fútbol y acierta los catorce (cosa improbable) y resulta además que es el único acertante (cosa aún más improbable), no me consta que se quede por ello sin el bote porque éste estuviera reservado a aquellos que hubieran hecho un mínimo de 12 apuestas pongamos por caso. Si usted rellena un único recuadro de un boleto de la primitiva y tiene la suerte loca de ser el único con 6 aciertos no creo que vengan los de la ONLAE (o como demonios se llame ahora) a decirle, no, mire usted, que el bote acumulado éste que llevamos semanas anunciando es sólo para los que se jueguen un mínimo de 10 euros, que usted no tiene derecho a él… Me parece muy poco ético que para Suertia y/o la ACB (o lo que quede de ella) haya apostantes de primera y apostantes de segunda, y me parece aún menos ético que se oculte esa información detrás de un asterisco que remite a las profundidades de su web. Cual aves de rapiña escudándose en la letra pequeña pero eso sí, los 25.000 euros ahí bien grandes a modo de cebo para embaucar a la clientela, tú ponles el bote y vendrán como moscas, total qué más da si (casi) nadie va a acertarlo, a (casi) nadie tendremos que explicarle la verdad… Malos tiempos para la ética, me temo.

Así pues, señores de Suertia, señores de la ACB (si alguien quedara ahí todavía), me van ustedes a permitir que me ponga deliberadamente grosero para la ocasión: métanse su bote donde les quepa, ello en el supuesto de que les quepa por algún sitio. Yo por mi parte seguiré haciendo mi mínima apuesta de cada semana (de hecho acabo de hacerla, ahí abajo podrán comprobarlo), seguiré jugando por el mero placer de jugar a un juego que me gusta y que trata además sobre un deporte que me apasiona. Pero eso, sesenta centimillos a fondo perdido, ni un céntimo más, no voy a multiplicar casi por diez mi inversión que no están los tiempos como para andar tirando el dinero, que aunque meta nueve veces la mano en el saco la probabilidad de encontrar la lenteja azul no va a dejar de ser infinitesimal. Nunca me cayó un meteorito sobre la cabeza en plena calle (afortunadamente), jamás vi un trébol de cuatro hojas, en el fondo siempre supe que las lentejas azules no existen. Al menos para mí, allá usted si quiere seguir buscándolas.

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