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EL NADADOR   Leave a comment

Un huracán nunca trae nada bueno, por definición. Cualquier huracán sólo acostumbra a dejar muerte, destrucción, miseria y desolación allá por donde pasa, tanto más cuanto más pobre sea el lugar por el que pase. Y obviamente el huracán Hugo no fue una excepción, no podía serlo. Hugo fue un huracán de hasta fuerza 5 que en septiembre de 1989 devastó amplias zonas de Puerto Rico, Dominica, el archipiélago de las Islas Vírgenes y hasta el estado norteamericano de Carolina del Sur, dejando además 61 víctimas mortales por el camino. Otra de tantas tragedias que nos depara periódicamente la naturaleza, una más, ante la cual obviamente no cabe consuelo alguno… y a la que sin embargo los aficionados al baloncesto (aún por cínico que resulte, aún por mal que me sienta al escribirlo) siempre le tendremos que estar involuntariamente agradecidos.

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Más o menos cuatro años y medio después, pongamos que hacia febrero de 1994, Canal + decidió tener un maravilloso detalle con sus abonados baloncesteros (sumamente escasos, recordemos que en aquel entonces aún no habían adquirido la NBA), especialmente con aquellos que (como fue mi caso) habíamos llegado meses atrás, al reclamo de su primera Final Four NCAA: ofrecer baloncesto universitario en temporada regular (sí, incluso antes del Madness), algo que nunca habían hecho antes y que hasta donde alcanzo a recordar tampoco han vuelto a hacer después. El pretexto fue que teníamos a un puñadito de compatriotas haciendo las américas, lo cual en aquel tiempo (casi cinco años después de que se nos fuera Fernando Martín, casi cinco años antes de que se nos apareciera Pau Gasol) nos parecía lo más de lo más. Y así vimos a St. John’s porque allí jugaba Sergio Luyk (DEP), vimos a Providence porque allí estaba Borja Larragán (gracias a lo cual pudimos conocer a un magnífico alero que jugó luego a gran nivel en NBA, Eric Williams), puede que hasta viéramos a Manhattan porque allí jugaba Jerónimo Bucero (aunque habré de confesarles que esto último no lo recuerdo con exactitud)… y vimos, cómo no, a Wake Forest. Sobre todo vimos a Wake Forest.

En aquellos Demon Deacons jugaba a gran nivel Ricardo Peral, chaval vallisoletano de 207 centímetros proveniente de la cantera del Madrid, que empezó siendo la gran esperanza blanca, que decían que sería el Kukoc español (nada menos) pero que acabó siendo un juguete roto por razones que se me escapan (aunque algunas las intuyo), si bien ésa es otra historia que habrá de ser contada en otra ocasión (por quien la conozca, a ser posible). Junto a Peral destacaba un base sumamente chupón llamado Randolph Childress, cuya carrera profesional (lejos de USA) transcurrió con mucha más pena que gloria y del que lo último que supe es que había vuelto a Wake Forest para ejercer de asistente a la vera de Danny Manning. Y la tercera pata (por decirlo así) de aquellos Demon Deacons 1993/1994 era un freshman, un espigado chaval que había llegado apenas unos meses antes a Winston Salem y que no provenía de ningún gueto cercano sino de las lejanas Islas Vírgenes, nada menos. Su nombre quizá les resulte lejanamente familiar. Un tal Tim Duncan.

Lo nuestro (lo mío con él, más bien) fue un flechazo absoluto. Quien me conozca sabe que se me gana mucho más por fundamentos que por físico, sabe aún mejor que cuando se dan las circunstancias adecuadas soy de enamoramiento fácil (entiéndase en términos estrictamente baloncestísticos) pero aquello ya no es que fuera fácil, aquello más bien fue amor a primera vista. Fue (suena un tanto grandilocuente decirlo hoy, pero lo cuento tal como lo viví en su día) como descubrir al sucesor de Olajuwon cuando éste aún estaba en plenitud y no necesitaba que nadie le sucediera.Tim Duncan Es curioso, si pensamos en el Duncan NBA no pensamos en él en términos olajuwonianos, para nada. Le recordamos más de cara al aro que de espaldas, más tirando a tabla desde el poste alto que girándose en el bajo. Pero créanme que aquel Tim Duncan recién llegado a Wake Forest tenía un juego de pies sencillamente prodigioso, lo más parecido al gran Hakeem que podía verse entonces y pudo verse después. Y eso con ser bueno no era lo mejor, lo mejor era que fuera sólo freshman (y aún sin estatus de estrella), que producía auténtico vértigo imaginar siquiera lo que aquella criatura podría llegar a ser. Como para no enamorarse.

Pero aquella criatura tenía una historia detrás, quién sabe si a medio camino entre la realidad y la leyenda. Se nos contó (supongo que nos lo contarían Daimiel y Segurola que solían ser quienes hacían NCAA en aquellos tiempos, si bien no puedo precisarlo con exactitud) que Tim Duncan iba para nadador, y no un nadador cualquiera: ya a muy temprana edad poseía algunos récords significativos en 50, 100 ó 400 metros libres, ya muchos apostaban por él para representar a su país en Barcelona 92… hasta que llegó Hugo. Hugo destruyó la única piscina olímpica que había en Saint Croix, razón por la cual el joven Tim (poco más de trece años en aquel entonces) se iba a ver obligado a entrenar en mar abierto. Y cuenta la leyenda que aquello no le hizo ninguna gracia, sobre todo porque aquel chaval tenía un miedo más que respetable a los tiburones. Se fue distanciando, y aún más se habría de distanciar cuando un cáncer se llevó por delante la vida de su madre muy pocos meses después. Las sólidas premisas que le habían sustentado hasta ese momento (la familia, la natación) de repente se le rompieron en pedazos, dejándole sumido en un lógico periodo de indefinición del que sólo empezó a salir cuando alguien se cruzó en su camino y le hizo aquella mítica pregunta, tantas veces referida en tantas otras ocasiones: chaval, y tú con lo alto que eres… ¿por qué no juegas al baloncesto? Y hasta ahora.

Ríanse si quieren (que querrán), pero siempre pensé que ese pasado como nadador formaba parte esencial de su repertorio como jugador, aunque me resulte muy difícil explicar por qué. Hay algo en su gracilidad, en su manera no tanto de moverse como de deslizarse por la pista,td-hermana incluso en su estructura morfológica (tantos hombros para tan poca cintura) que de alguna manera evoca al nadador que pudo haber sido y no fue. O acaso sí lo fue, aunque no nos diéramos cuenta. Quizá sólo cambió el medio, sólo sustituyó el agua por el parquet pero siguió nadando de igual manera. Como si poseyera el don de la ingravidez, que en su caso no se reflejaba (como en tantos otros de sus congéneres) en mates escalofriantes ni vuelos sin motor sino en su condición de flotabilidad. Otros permanecen firmemente apegados a la tierra y cada vez que saltan es como si temblara el mundo, él no. Él era etéreo, por imposible que resulte cuadrar semejante concepto en un corpachón como el suyo. No jugaba sino que fluía. Nunca dejó de nadar.

Nunca más volví a verle en Wake Forest, qué más hubiera querido yo. En los siguientes años la cobertura universitaria del Plus se limitó básicamente a la Final four, evento al que aquellos Demon Deacons jamás llegaron a comparecer siquiera. Pero que no lo viera no significa que no siguiera sus pasos, al menos en la medida de mis limitadas posibilidades: a mediados de los Noventa Internet era aún una entelequia fuera de mi alcance y del de casi todo dios por estos pagos, había que conformarse con leer lo que se pudiera, donde se pudiera. Poco a poco fui sabiendo que por una vez (y sin que sirviera nunca más de precedente) mi percepción de aquel primer año no había sido errónea en absoluto; que ya no era bueno sino grande, que de ahí había pasado a ser una referencia y luego ya LA REFERENCIA, con mayúsculas. Recuerdo una de aquellas impagables crónicas de Daniel Searl para Gigantes, en la que nos habló de una universidad muy menor (a saber cuál) que en los albores de la temporada 1996/1997 (su año sénior) fue a jugar contra Wake Forest; me acuerdo sobre todo de la transcripción de las palabras de su entrenador en la charla previa a sus jugadores: hoy no es ya que vayáis a jugar contra un futuro profesional, contra alguien que pueda ganar algún anillo, no; HOY VAIS A JUGAR CONTRA UN TÍO QUE ALGÚN DÍA ESTARÁ EN EL HALL OF FAME. Disfrutad de cada segundo que estéis en cancha, porque recordaréis este partido durante el resto de vuestras vidas. Algo así. No, él tampoco iba desencaminado, en absoluto.

Aún no habíamos llegado a la era del one and done, aún se le daba un valor a la formación, aún el permanecer cuatro años en la universidad se consideraba una prueba a favor del jugador y no en su contra. Aún estábamos en 1997, y no fueron pocas las franquicias que en aquella primavera se agarraron al sueño (casi) imposible de Tim Duncan como su única tabla de salvación.td-celtics Paradigmático fue el caso de los Celtics, que si no practicaron el tanking sí hicieron algo que se le pareció mucho; todo ello por supuesto contando con la aquiescencia de sus otrora ganadores aficionados, que no parecían tener ningún reparo en acudir al Garden a ver perder a su equipo pero eso sí, exhibiendo carteles en los que le daban la bienvenida a Boston como si ya hubiera llegado, o incluso precarios fotomontajes que nos mostraban al susodicho aparentemente vestido de verde. Como expresión de un deseo no estuvo mal, pero la cruda realidad se empeñó en ir por otro lado como tantas otras veces.

El azar tiene a veces razones que la razón no entiende. Quiso el azar (habrá quien piense que no fue el azar sino alguna mano negra, nunca mejor dicho; de hecho no hay sorteo de draft en que a los perdedores no se les aparezca ese argumento, pero permítanme que yo no lo compre, haciendo gala de mi proverbial ingenuidad) que esta vez la virgen no se apareciera en Nueva Inglaterra sino al sur de Texas, a orillas de El Álamo más concretamente. Es caprichoso el azar: sólo en una ocasión en los últimos veintisiete años (es decir, desde que David Robinson aterrizó en San Antonio) han faltado los Spurs a los playoffs, y ello fue precisamente en aquella temporada 1996/1997; la lesión de Robinson propició un año fallido, en el que sólo ganaron veinte partidos y en el que Popovich cesó a Bob Hill para seguidamente (y tras sopesar con detenimiento el amplio abanico de candidatos) proponerse a sí mismo para el cargo (con muy buen criterio, como pudimos comprobar después). ¿Año fallido, dije? Hay equipos que se hinchan a perder temporada tras temporada sin conseguir jamás un número 1 del draft, y cuando finalmente lo consiguen resulta que justo ese año toca un draft de mierda; a los Spurs en cambio les bastó un solo año perdedor para que se les apareciera ese número 1… y justo el mejor año en que les podía tocar. Es caprichoso el azar, ya se lo dije.

Llovía sobre mojado en San Antonio, y eso que no es lugar lluvioso precisamente. Aún estábamos en el segundo milenio, aún quien tenía un cénter tenía un tesoro, aún no había comenzado (aunque ya se atisbaba) la era de la versatilidad absoluta, el monoteísmo del triple, los cuatros abiertos, los cincos de mentira y los all around player de dos metros y medio (o casi). Casi cualquier franquicia habría matado por un pívot de verdad, de los de toda la vida… y sin embargo el premio gordo le fue a caer a una de las pocas que ya tenía más que cubierta esa posición. Renacía en San Antonio el concepto Torres Gemelas, diez años después de que se disolvieran las de Houston, cuatro años antes de que quedara ya proscrita para siempre (en lo que a baloncesto se refiere) dicha expresión.

Pensé que la convivencia de ambos dos sobre el parquet no sería tan difícil, pensé que Robinson evolucionaría al cuatro para hacer sitio a Duncan en el cinco. En lo primero acerté (no tenía mucho mérito), en lo segundo me equivoqué de plano como en tantas otras ocasiones.td-dr Fue Duncan el que (sin dejar de ser un cinco) evolucionó al puesto de cuatro, o mejor sería decir que redimensionó el concepto de cuatro. No era un cuatro al uso, no era el típico cuatro más ancho que largo que se estilaba entonces (no era Barkley ni Malone, para entendernos) ni puñetera falta que le hacía. Duncan gobernaba cada partido desde el poste alto como habría podido gobernarlo (y lo gobernaba también, de hecho) desde el bajo, Duncan atacaba el aro de cara con la misma fiabilidad (o aún mayor si cabe) que de espaldas, Duncan antes de que nos diéramos cuenta había incorporado la suerte del tiro a tabla (esa que cada vez se ve menos, esa que muy pocos supieron interpretar con tanta maestría como él) a su ya de por sí selecto repertorio. Duncan había llegado para jugar al lado de Robinson, pero no tardó en ser Robinson el que jugaba al lado de Duncan.

No había acabado de llegar y ya era Jugador de la Semana, no había acabado de afianzarse y ya era All Star, no había acabado de aterrizar y ya tenía un anillo, el primero, el de 1999, el del asterisco, Phil Jackson dixit. Jackson enredó y del enredo (y de su inmenso talento como entrenador y/o domador de egos, y de Shaq y Kobe) se fueron tres anillos consecutivos a Los Ángeles. No importó. Podía haber pasado ya el último tren por Sacramento pero todos sabíamos que por San Antonio volvería a pasar tarde o temprano, sólo era cuestión de tiempo. No hizo falta esperar mucho. En 2003 ya no estaba a su vera David Robinson pero a cambio acababan de llegar dos criaturas con ansias de comerse el mundo y talento más que de sobra para lograrlo, Tony Parker y Manu Ginóbili. Fue sólo el principio, o más bien la continuación de aquel otro principio de 1999. Podría gustar más o menos (a mí más, a muchos otros menos), podría ser cemento (como lo calificaban de manera injusta algunos, obviando deliberadamente la fluidez de su juego), podría no ser espectacular ni vistoso (especialmente para aquellos que no buscaban tanto partidos como highlights) pero era BALONCESTO, en estado puro. Se estaba gestando una auténtica obra maestra, que en realidad no había hecho sino comenzar.

Duncan producía y producía. Sin ruido, sólo nueces. Infinitas nueces. Duncan no hacía declaraciones altisonantes, no daba que hablar fuera de la pista, no se le conocían peleas ni procesos ni tiroteos en discotecas a las tantas de la mañana, ni posesiones de sustancias ni conducciones bajo la influencia ni asuntos turbios de ninguna clase. Nunca (que yo sepa). Duncan llegaba, jugaba y se iba, nada más (y nada menos) que eso. Sin aspavientos, sin pedruscos en sus orejas, sin colgantes enormes que pusieran en riesgo la integridad de sus cervicales, sin aditivos ni conservantes ni colorantes. Cero cáscara, cero envoltorio, todo sustancia.

No era lo que se llevaba, claro. En aquellos días empecé a comprar la revista norteamericana Slam, acaso la mejor publicación escrita de baloncesto que se edite en USA (o al menos así era en aquellos tiempos), con reportajes y documentos extraordinarios pero también con una manifiesta orientación hacia ese estilo (como si dijéramos) gangsta, esa moda contracultural imperante en aquellos días y en tantos otros.td-slam Recuerdo como si fuera ayer que mi primer Slam llevaba a Duncan en portada (y es bien sabido que en las revistas yanquis se sacraliza la portada, como si ésta fuera mucho más importante que el contenido) fotografiado entre bloques de hielo como metáfora de su frialdad, como un nuevo Iceman sanantoniano que sucediera a aquel mítico George Gervin. Y recuerdo aún mejor que en el siguiente Slam los lectores (a través de su sección Trash Talking, lo que vendrían a ser las cartas al director) sometieron a los rectores de la publicación a un auténtico linchamiento por haber consagrado su portada a semejante jugador. Cómo podía ser posible, si no era espectacular, si no la rompía en cada mate, si no generaba espuma ni burbujas sino simples canastas, si era un sieso, si no iba de macarra por la vida, si no era de los nuestros, si no era Marbury ni Iverson ni Garnett…

Pero ganaba. Otro anillo en 2005, otro más en 2007. Títulos en años alternos, como si los cursos impares fueran para trabajar y los pares fueran sabáticos. Fue quizá tras ese título de 2007 cuando Popovich viajó a Serbia (cabe suponer que fuera la tierra de sus ancestros, a la vista de su apellido) a impartir unos clínics (o similar). Allí fue preguntado por el secreto de su éxito como entrenador, y su respuesta no dejó lugar a dudas. Tan sólo tres letras: TIM. Y como dijo aquel, no hace falta decir nada más.

Claro está, no se puede caer bien a todo el mundo (hace dos párrafos quedó ya meridianamente claro), tanto menos si no juegas en Nueva York, Chicago o Los Ángeles sino en el profundo sur de Texas, a cuatro pasos de la frontera mexicana, en uno de los menores mercados de toda la Liga. Duncan no buscaba incidentes, pero no siempre podía evitar que los incidentes le buscaran a él. ¿Recuerdan aquel salto entre dos? El árbitro tras lanzar el balón no supo cómo quitarse, se quedó plantificado allí en medio como un pasmarote hasta que Duncan se lo encontró en su desesperado camino hacia aquella bola; lo apartó, en una reacción meramente instintiva y perfectamente comprensible que sin embargo la NBA interpretó como una afrenta, sancionándole a posteriori con (creo recordar) dos partidos de suspensión.td-crawford Mucho peor fue lo de Joey Crawford, aquel cruce de cables vestido de gris al que ya antes algunas voces interesadas habían acusado de (presunta) animadversión premeditada hacia los Spurs, y al que en cierta ocasión no se le ocurrió otra manera de zanjar un rifirrafe verbal que diciéndole a Duncan a la salida te espero. Duncan no le esperó pero la Liga sí, enviándole durante un añito al rincón de pensar para que recapacitara un poco acerca de la intachable conducta que en cualquier circunstancia debe presidir el comportamiento arbitral.

A todo esto empezaron a pasar de largo los trenes (2008, 2009…) y de cada tren que pasó de largo se anunció inequívocamente que era el último como si en verdad lo fuera, como si el tiempo en San Antonio no tuviera su propio ritmo, ajeno por completo al del resto de la humanidad. Mientras el mundo entero los enterraba continuaban trabajando, mientras les reclamaban su reconstrucción ellos quitaban el prefijo y simplemente construían (sin re): inyectando talento al servicio del equipo (que no a la inversa como tantos otros), interpretando el juego justo como siempre pensamos que debía ser jugado, manteniendo como premisa básica la continuidad. Duncan empezaba a tener ya demasiados años, como empezaba a tenerlos Manu, como no tardaría en tenerlos Parker. La naturaleza jugaba en su contra, pero ellos (de la mano de Pop y sus infinitas rotaciones, de la mano –enorme- de Kawhi) aún se guardaban un último as bajo la manga. Y hasta un penúltimo.

El penúltimo fue en 2013. Retaron contra pronóstico a los vigentes campeones Heat, los pusieron contra las cuerdas, los tuvieron incluso al otro lado de las cuerdas, al otro lado de aquella cinta que se empezó a montar en la banda del American Airlines Arena de Miami a falta de unos segundos para el final del sexto encuentro. Se trataba de ir ganando tiempo, de ir preparando ya la ceremonia de entrega del Trofeo Larry O’Brien al campeón, que a esas alturas parecía ya manifiestamente evidente que vestía de negro y plata y había llegado de San Antonio. O no. O acaso donde no llegaban LeBron, Wade o Bosh llegara el eterno Ray Allen, acaso su muñeca incorrupta decidiera hacer la gracia cuando ya no tocaba, cuando ya nadie lo esperaba. Aquel final (todos sabíamos que era el final, por más que los protagonistas lo disimularan en un séptimo partido cuyo desenlace estaba escrito de antemano) resultó especialmente doloroso por la manera en que se produjo, pero también porque todos pensamos que se les acababa de escapar (una vez más, pero ésta ya la definitiva) el último tren. El último de todos los últimos. Con las edades prohibitivas que alcanzaban ya sus principales criaturas, cómo imaginar siquiera que aún les hubiera de quedar un último baile…

Y qué baile, señores. Nunca sabremos qué habría pasado si hubieran ganado aquel anillo de 2013, si se habrían dado ya por satisfechos, si fue precisamente aquella derrota la que les hizo rearmarse para volver con más fuerza si cabe en 2014 aunque no fuera impar. Si así fuera todavía tendríamos que estarle agradecidos a aquel triple postrero de Ray Allen, porque su (presunta) consecuencia fue presenciar un año más tarde acaso el mejor baloncesto que hayamos visto en nuestra vida. Si existiera una Capilla Sixtina de este deporte habría que decorarla con escenas de aquella nueva Final contra los Heat, si aún hoy me preguntaran por el mejor juego que he visto desplegar jamás sobre una cancha tendría que quedarme necesariamente con la primera mitad de aquel inolvidable tercer partido, miren que sobrepaso ya sobradamente el medio siglo y aún así por más que lo pienso me cuesta encontrar nada semejante (o quizá tendría que remontarme a los Lakers del showtime, pero son tiempos y circunstancias tan distintas que me cuesta mucho trabajo compararlas).td-5 Recuerdo bien que me pegué el madrugón para ver aquel tercer encuentro antes de irme a trabajar, recuerdo aún mejor que luego estuve casi toda la mañana alelado, como en una nube, prisionero de una especie de Síndrome de Stendhal baloncestístico. Dicen que la perfección no existe, pero si existiera (en lo que a nuestro deporte se refiere) se parecería muchísimo a aquellos maravillosos veinticuatro minutos. Deberíamos revisionarlos una y otra y otra y otra vez, siquiera fuera a modo de terapia.

Fue el quinto anillo de Duncan, década y media después del primero. Aún nos regaló un par de años más, siquiera fuera para demostrar que si te cuidas, no cometes excesos, llevas una alimentación equilibrada y tienes un entrenador que te administre cuidadosamente los esfuerzos puedes jugar hasta los cuarenta, como fue el caso. Muchos esperaron que anunciara su adiós con el anillo aún caliente en aquel 2014, no fueron pocos quienes lo dieron por hecho en 2015, unos y otros se quedaron obviamente con las ganas. Fue en 2016, pero fue a su manera. Bien pudo haberlo anticipado ocho o diez meses antes para que allá por donde pasara le rindieran homenajes, le pusieran vídeos recopilatorios y le regalaran placas conmemorativas, pero ése no es su estilo, nunca lo fue, a ver por qué iba a empezar a serlo ahora. Dejó que acabara la temporada, hizo caso omiso a las especulaciones, vio pasar las semanas, consultó a su mente, más tarde a su cuerpo y finalmente dijo basta, ya está, hasta aquí. Así de sencillo. Se fue como llegó, como jugó, sin alharacas ni parafernalias innecesarias, sólo esencia. Mera esencia.

Y este artículo debió parirse entonces y no ahora, mea culpa… que acaso también tenga una explicación. Si me permiten otra comparación manifiestamente desafortunada, creo que el proceso (el mío, al menos) es relativamente similar al que se produce tras la pérdida de un ser querido, salvando obviamente las inmensas distancias entre una y otra circunstancia. Cualquier muerte es un mazazo, por definición; pero en las horas siguientes, entre el papeleo, el velatorio y el entierro, estás como aturdido, como en una nube, como sin acabar todavía de tomar conciencia de la nueva situación. Y sólo es días después, una vez que te quedas solo en la intimidad de tu hogar e intentas retomar tu vida, cuando finalmente el dolor se apodera de ti al tomar definitiva conciencia de su ausencia, de la magnitud de ese vacío. No es lo mismo, ya sé bien que no es lo mismo, pero quiero que me entiendan: te dicen en julio que se retira fulano o mengano y lo lamentas, cómo no lo vas a lamentar, pero entonces estás en otras cosas: vacaciones, mercado de fichajes, preparativos olímpicos, qué sé yo. Y es justo ahora, justo cuando empieza la temporada, cuando finalmente tomas conciencia de que ya no verás a Kobe, ni a Garnett (que no fuera santo de mi devoción no significa que no le vaya a echar de menos), ni a Raül López, ni a Dimitris Diamantidis… ni a Tim.td-parker-manu Me dirán que estas cosas son así, que antes de que nos demos cuenta estaremos también echando de menos al propio Manu, a Pau, Navarro o Calde, a tantos otros. Ya lo sé, es ley de vida. Hay que joderse con la ley de vida.

O como comentó Popovich al inicio de la pretemporada, lo más duro será llegar cada mañana al entrenamiento, mirar a tu alrededor y ver que ya no está. Le entiendo perfectamente, aún salvando las (inmensas) distancias. En su caso fueron diecinueve temporadas de convivencia diaria, de victorias (muchas) y derrotas (pocas), de dichas y sinsabores y amarguras y alborozos compartidos. Por supuesto, nada que ver con lo que unos simples aficionados podamos sentir. Pero a nuestro lejano nivel también llevamos lo nuestro, lo llevo yo al menos. En mi caso no son ya diecinueve años sino veintitrés, veintitrés temporadas desde que en la 1993/1994 se me apareció con la casaca de Wake Forest en la pantalla del Plus. Veintitrés años, casi media vida, para otros una vida entera porque no faltarán quienes ni hubieran nacido siquiera por aquel entonces. Veintitrés años, se dice pronto. Como para no echarle de menos.

Claro está, nunca sabremos qué habría sido de él si aquel dichoso huracán no hubiera marcado su vida. Probablemente habría seguido nadando, habría sido olímpico, puede que hasta hubiera cosechado medallas nacionales e internacionales, que hasta hubiera sido becado igualmente por alguna universidad americana (pero para natación, en este caso);td-agua y quizás hoy sería poco más que un probo ciudadano en su isla caribeña de Saint Croix, quizás un padre de familia como tantos otros, dedicado a sus quehaceres profesionales por la mañana y a dar clases de natación por las tardes. O no, vaya usted a saber. O quizás, aunque no hubiera mediado huracán alguno, tarde o temprano alguien al ver su estatura le habría acabado haciendo igualmente aquella mítica pregunta, chaval, y tú con lo alto que eres, ¿por qué no juegas al baloncesto? Nunca sabremos lo que pudo haber sido, sólo sabemos lo que fue. Con eso es más que suficiente.

Sólo sabemos que aquel huracán causó muchas desgracias, que arruinó muchas vidas pero que a nosotros (aficionados al baloncesto) involuntariamente nos hizo un regalo. En medio de tanta desolación, Hugo nos regaló el mejor cuatro de la historia, discútanme otras posiciones si así lo quieren pero ésa no, por favor. EL MEJOR CUATRO DE LA HISTORIA. No va a ser fácil aprender a vivir sin él.

DELIRIOS DE GRANDEZA   4 comments

Pónganse en situación. Miércoles 5 de octubre, a eso de las nueve de la noche. En un televisor cualquiera, el Barça y los Thunder hacen como que se enfrentan. Y en un hogar cualquiera se produce la siguiente conversación:

llulltripleElla: Creo que el Madrid hizo una hazaña el otro día…

Él: Sí, algo así. Perdían de veinte, remontaron, en el último minuto aún perdían de seis, fallaron aposta un tiro libre para que luego Llull empatara con un triple sobre la bocina, y luego ya en la prórroga…

Ella: Ya, pero supongo que estos otros estarán todavía en pretemporada, claro…

Él: No es ya que estén en pretemporada, es que era su primer partido de este año, es que casi ni habían entrenado siquiera. Pero lo que pasa es que algunos se lo creen, y a partir de ahí ya se piensan que el Madrid podría aspirar a jugar los playoffs de la NBA…

Ella: ¡¿Pero cómo puede ser?! ¡Pero si hasta yo que no tengo ni idea sé que eso es una barbaridad, que no es lo mismo jugar contra éstos ahora que luego, cuando ya estén rodados! ¿Cómo es posible que quienes se supone que entienden piensen eso?

Puedo asegurarles que la conversación fue tal cual como la cuento (palabra arriba o abajo), más que nada porque la viví muy de cerca. De hecho ella era mi señora esposa, y no les resultará muy difícil imaginar quién era su interlocutor. Y puedo asegurarles también que a partir de un determinado momento me quedé sin palabras (sí, a veces me pasa), sin argumentos, sin fuerzas para intentar explicarle lo inexplicable. Cómo es posible que quienes se supone que entienden piensen eso, o aún peor, cómo es posible que quienes se supone que informan vendan eso, pretendan impunemente hacernos creer eso. Cómo hemos podido llegar una vez más a esta situación.

[ADVERTENCIA: lo que van a encontrar a partir de este momento es una sucesión de obviedades y lugares comunes. O al menos a mí me lo parecen, probablemente a usted también pero no así al común de los mortales, a la vista de las cosas que hemos ido oyendo/leyendo durante toda esta semana. Por eso las escribo.]

Imaginen que el Real Madrid de fútbol (repito, el de fútbol) volviera a la actividad a mediados de julio y que al día siguiente se marchara a hacer su pretemporada a China. Imaginen que a los dos días de estar allí jugara contra el Beijing (no tengo ni pajolera idea de fútbol chino, pero supongo que algún Beijing habrá). Imaginen que el entrenador del Madrid así de entrada alineara a los titulares para justificar su caché y por aquello del qué dirán, pero que a los pocos minutos los sentara y dedicara ya el resto del encuentro a su verdadero objetivo, es decir, ver a los suplentes, a los que regresan de cesiones y a los que subieron del filial para comprobar cuántos y cuáles de ellos le pueden ser útiles de cara a la nueva temporada. Imaginen que el Madrid marcara pronto, que empezara dominando cómodamente, que se relajara y que hacia el minuto 30 o 40 de la segunda parte el Beijing tras denodados esfuerzos consiguiera el empate. E imaginen que aún no contentos con ello los chinos fueran a por el partido aprovechándose de la caraja madridista, y que finalmente en el descuento lograran el gol de la victoria, imponiéndose así el Beijing por un ajustado 2-1. REAL MADRID - OKLAHOMA CITY THUNDERY ahora imaginen que en la rueda de prensa posterior un periodista chino preguntara a Cristiano Ronaldo, o a Sergio Ramos: ¿piensa usted que el Beijing podría pelear por los puestos que dan acceso a la Copa de la UEFA (o como se llame eso ahora) en la liga española? ¿Qué creen que contestarían Cristiano y Ramos, qué cara creen que se les pondría? Es más, ¿qué no escribirían al día siguiente nuestros medios, qué clase de cachondeo formarían ante semejante delirio de grandeza de la prensa local? (Y ya sé que la distancia entre el fútbol chino y el nuestro probablemente sea mucho mayor que la que hay entre nuestro baloncesto y el yanqui, hasta ahí ya llego; pero ustedes cogen la idea).

Obviamente Westbrook pudo ser más diplomático. Obviamente pudo responder algo más elegante que ese tío, eres muy gracioso cuando le preguntaron si este Madrid podría pelear por los playoffs NBA. Qué sé yo, algo más elaborado, algo como hombre, aquello es otra historia, el Real Madrid es un grandísimo equipo y hoy lo ha demostrado, pero la NBA tiene unas exigencias físicas y técnicas que a día de hoy no creo que estén al alcance de… Qué sé yo, algo así. Nótese que NO se le preguntó si el Madrid podría competir en la NBA (que ya tendría delito), se le preguntó si podría pelear por los playoffs; o dicho de otra manera, se le preguntó indirectamente si consideraba que este Real Madrid podía ser mejor que casi la mitad de franquicias de aquella Liga. Siguiendo por esta misma línea, cabe suponer que la próxima vez que suceda le preguntarán a la estrella visitante si cree que este Real Madrid podría aspirar legítimamente a ganar el anillo. Y así sucesivamente. No tengo por qué defender a Westbrook (que ni siquiera fue nunca santo de mi devoción como jugador; o quizá sí como jugador pero no como director de juego) pero me reconocerán que se lo pusieron a güevo.

roncerohistoriaClaro está, lo peor no fue esa pregunta, lo peor ni siquiera fue esa no-respuesta de Westbrook, lo peor fue todo lo que vino después, la reacción del florentinismo, el roncerismo y demás madridismo mediático de todo a cien saliendo en tromba a limpiar el buen nombre baloncestístico de la entidad (como si éste necesitara ser limpiado), supuestamente mancillado por la estrella de los Thunder. Llamó especialmente la atención la furibunda reacción de un afamado periodista de la SER vinculado profesionalmente al baloncesto y a quien yo tenía (acaso ingenuamente) por un buen conocedor de este juego, un tipo llamado Francisco José Delgado y conocido popularmente como Pacojó. No voy a transcribir al completo sus palabras hacia (como él le llama) el sobrado Westbrook pero sí su frase final, que por sí sola resulta ya más que esclarecedora para que nos hagamos una idea:

pacojoEvidentemente el Real Madrid tendría hueco en la clase media de la NBA, y Sergio Llull, seguro, hueco en la NBA. Así que mejor haría Westbrook en tratar de ser un poquito más humilde y en recordar que no todo se acaba en Estados Unidos, y si no que mire a las plantillas de la NBA, que cada vez están más llenas de europeos.

Por partes: claro que Llull tendría hueco en la NBA, en eso (sólo en eso) siempre vamos a estar de acuerdo. De hecho la única razón de que aún no esté allí es porque no ha querido, ni más ni menos. Y ésa es una opción personal tan legítima como cualquier otra por más que a algunos les pese, por más que se lo echen en cara como si no hubiera otra vara de medir, por más que haya hasta a quien se les llene la boca de insultos grandilocuentes para calificar esa renuncia provisional (véase la muestra). Esto es como aquello que me decía mi padre cuando era niño (y que yo entonces no entendía, claro), en esta vida tienes que escoger entre ser cabeza de ratón y ser cola de león. O trasladado a sullullcobarde caso, escoger entre ser la estrella de uno de los mejores equipos de Europa o ser un jugador más de una franquicia de nivel medio en la mejor liga del mundo. Y tan válida es una opción como la otra. Puede que tarde o temprano los Rockets se lo lleven al huerto o puede que se tire en el Madrid toda la vida, y ello no habrá de modificar en absoluto el hecho de que sea o deje de ser un grandísimo jugador. Al menos en lo que a mí respecta.

Ahora bien: ¿el Madrid tendría hueco en la clase media de la NBA? ¿De verdad? ¿En base a qué? ¿En base a un mero partido amistoso (sí, amistoso) de pretemporada? Y si esta brillante victoria les da para sacar semejante conclusión, ¿no debería bastarles también la abultada derrota de hace un año ante los Celtics para sacar también la conclusión contraria? Y aunque así no fuera, ¿son verdaderamente conscientes de lo que están diciendo? ¿Son verdaderamente conscientes de las diferencias físicas (no entro ya en las técnicas, ni en las de velocidad) entre el baloncesto de allá y el de aquí? (Ya les dije que esto iba a ser un catálogo de obviedades, luego no digan que no se lo advertí). ¿Son verdaderamente conscientes de que un equipo de clase media NBA viene a jugar aproximadamente cien partidos oficiales al año (82 de temporada regular más los que alcance en playoffs), cada uno de ellos de 48 minutos de duración? ¿Que allí juegas cada lunes y cada martes, quince partidos al mes, tres o cuatro por semana, de promedio uno cada dos días, a veces varios en días consecutivos? ¿Son conscientes de las inalcanzables nóminas que se manejan allí, de las desmesuradas estructuras de cada franquicia, de los aviones privados, de los viajes constantes e interminables (que no es porque el Madrid esté en Europa, que aunque trasladara provisionalmente su sede a Idaho seguirían siendo interminables)? ¿Son conscientes de que muchos de esos grandes jugadores del Madrid de los que dicen que podrían estar perfectamente en la NBA en realidad darían cualquier cosa por poder estar en la NBA? ¿Son conscientes de que si no están allí es simplemente porque la NBA no los ha querido (excepción hecha de Llull, obviamente)? ¿Son conscientes en suma de que aquello es otro mundo, de que la NBA y Europa son dos realidades completamente distintas a la par que distantes?roncerobarc%cc%a7a El cuñadismo está muy bien para la barra del bar o para la cena de Nochebuena, pero debería estar de más en un medio de comunicación (que se dice) de prestigio.

A no ser que lo que se diga no sea tanto lo que se piense como lo que se cree que el oyente (lector, espectador) quiere oír. La audiencia deportiva es en su inmensa mayoría futbolera, la audiencia futbolera es en un tanto por ciento muy elevado madridista. Y se ve que al madridismo hay que regalarle constantemente los oídos diciéndole cada lunes y cada martes que su equipo es la más grande institución deportiva jamás creada sobre la faz de la Tierra, así sea verdad o no. Claro está, cierto madridismo está muy mal acostumbrado, cierto madridismo pregunta a su espejito mágico y éste le responde que el Madrid es el equipo de fútbol más grande de la galaxia, cómo no habría de serlo si a día de hoy es el campeón de la Champions. Pero cuando ese mismo madridismo pregunta por su equipo de baloncesto ahí ya la cosa cambia, ahí ya el espejito le responde que acaso puedas ser el más grande de Europa (lo fue hace un año, lo puede volver a ser este mismo año) pero no del mundo porque resulta que al otro lado del Atlántico hay no uno ni dos sino treinta equipos más grandes que tú. Algo que buena parte de sus seguidores entienden y asumen como algo evidente a la par que inevitable (nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio, que cantaba Serrat)… pero no todos, claro.

No todos empezando incluso por su propio presidente, que no fueron pocas las veces que se llenó la boca diciendo que su intención era meter al Madrid en la NBA como si eso fuera posible (de hecho él es el primero que sabe perfectamente que no es posible, entre otras cosas porque si lo fuera ya lo habría hecho).florentinonba Miren, lo de la presunta conferencia europea de la NBA es una entelequia que yo jamás veré, que no se creen ni quienes la enuncian, que no va a ser realidad ni a corto ni a medio plazo, a largo (pongamos cincuenta años) quién sabe. Y que si llegara a suceder alguna vez probablemente no sucedería con las actuales estructuras deportivas europeas, sino con la NBA fundando aquí sus propias franquicias. Deporte ficción, como si dijéramos. A día de hoy (y de mañana, y de pasado) la única realidad es que el Madrid no puede jugar en la NBA, pero eso no es algo exclusivo del Madrid (sigo con las obviedades). Le pasa exactamente lo mismo al Barça, al Fenerbahçe, al CSKA, al Olympiacos, al Maccabi y a cualesquiera otros grandísimos equipos europeos (algunos de los cuales manejan presupuestos bastante más sustanciosos que el de la sección baloncestística de la casa blanca), sin que me conste que ninguno de ellos se haya hecho las mismas pajas mentales tras conseguir (en su caso) alguna victoria de semejante calibre. O quizá sí se las hayan hecho y yo no me haya enterado, que eso también puede ser.

Qué quieren que les diga, a mí me da mucha pena que una victoria tan espectacular y brillante como ésta no haya sido disfrutada por una parte de su afición en la manera en que lo merecería. Nada nuevo bajo el sol, en cualquier caso. Dijo una vez Laso que en este club los títulos no son tanto una alegría como un alivio, y yo aún añadiría que a veces (demasiadas veces) sus victorias no son tanto una alegría como un motivo para ajustar cuentas con el resto de la humanidad. Supongo que es el precio a pagar por tanta grandeza, que las victorias ya las llevas de serie y no te está permitido reaccionar ante ellas como acostumbra a hacerlo el resto de los mortales. Pero claro, una cosa es la grandeza y otra ya muy distinta los delirios de grandeza, que está muy bien tenerlos cuando eres chico pero que resultan un poco ridículos cuando ya eres grande. Quítenselos de la cabeza, por favor. No lloren si no pueden ver el sol, porque sus lágrimas no les dejarán ver las estrellas (ya ven qué frase tan original me ha salido). ¿Por qué ese empeño con el quiero y no puedo de la NBA, siendo como son el equipo más laureado y galardonado y vanagloriado del mundo no-NBA? Son ustedes (permítanme una última obviedad) uno de los mejores equipos de Europa, ya veremos si no el mejor a día de hoy. Nada más y nada menos. Con eso deberían tener más que suficiente.

KOBE   1 comment

Durante años creí (sólo creí) ser de los Lakers.

O para ser más preciso: nunca supe ser de un equipo NBA, habré de reconocerlo aunque me avergüence. Sé de qué equipo soy en todos los demás baloncestos habidos y por haber, sé de qué equipo soy hasta en ligas futbolísticas que ni me van ni me vienen, sé que siempre seré de esos equipos independientemente de cómo, cuándo, dónde y con quién jueguen. Y sin embargo en NBA nunca conseguí pasar de una fidelidad a la japonesa, una fidelidad que no era tanto a equipos como a jugadores (y que mudaba de color en cuanto cambiaban de equipo esos mismos jugadores) y/o estilos de juego (y que mudaba de color en cuanto aparecía una propuesta que me seducía más que la anterior). Sé que mi fidelidad al Rayo Vallecano, a Estudiantes o a los Orange de Syracuse (por poner los tres ejemplos más evidentes) siempre estará muy por encima de las circunstancias, como sé también que las circunstancias siempre estarán muy por encima de mi hipotética fidelidad a cualquier equipo NBA. No les pido que lo entiendan ya que ni yo mismo lo entiendo, simplemente soy así (de raro). Y me temo que a estas alturas ya no voy a cambiar.

Y sin embargo, durante años creí (sólo creí) ser de los Lakers. La culpa la tuvieron Magic Johnson y James Worthy, quién si no. La culpa la tuvo TVE, al regalarnos tarde mal y nunca (en su contenedor deportivo de cada domingo por la mañana, probablemente un día de julio o agosto en el que no tendrían nada en directo que ofrecer y no encontraron mejor manera de rellenar) un partido cualquiera de la final de 1984 (o acaso fuera la de 1985). La culpa la tuvo el showtime, aquella maravillosa manera de correr la cancha, el repentino descubrimiento de que había otros baloncestos (pero estaban en éste), de que a esto se podía jugar también así. Me enamoré hasta las trancas (y las barrancas) de aquella maravillosa manera de entender el juego, me enamoré indirectamente de aquel glamuroso equipo que vestía de amarillo donde todos los demás iban de blanco y que corría (más bien volaba) sobre la pista como yo jamás había visto antes. Y me entusiasmé con el repeat y eché de menos el threepeat, y gocé con el advenimiento de Divac (en aquellos tiempos poner a un europeo en la NBA era más difícil que poner un pie en la luna), y vibré como nadie sabe con aquella primera victoria en la final de 1991 (tanto como sufrí con las cuatro derrotas siguientes, las que dieron su primer anillo a Jordan y sus Bulls). Y recibí con alborozo a una debilidad como Eddie Jones y hasta a un jugón como Van Exel, y pareció que nos uniría un vínculo sólido e indestructible… justo hasta ese día en que de repente me encontré a mí mismo queriendo que perdieran. No siempre, claro; sólo cuando jugaban contra otros que me atraían más (pero es que esos otros empezaban a proliferar peligrosamente en mi interior). Algo se había roto entre nosotros, quizás ya para siempre…

Y entonces llegó él.

cropped_kobePero no llegó de cualquier manera, no vayan a pensar. Llegó absolutamente por sorpresa, al menos en lo que a mí respecta. Hace veinte años sólo tenían Internet cuatro gatos y yo no era uno de ellos, razón por la cual mis fuentes informativas se limitaban a las de toda la vida, prensa, radio y televisión. Llegábamos al draft casi en ayunas, conociendo apenas a los universitarios que hubiéramos visto en la Final Four (siempre y cuando alguien hubiera tenido la cortesía de ofrecérnosla), acaso a algún otro cuya fama hubiera trascendido las fronteras, y casi pare usted de contar. Así que cuando nos contaron que los originales Charlotte Hornets (hoy New Orleans Pelicans) habían utilizado su elección número 13, nada menos que la 13 (no me hagan rimas) en una criaturilla recién salida del insti que respondía al extraño nombre de Kobe Bryant, pues como que nos quedamos a cuadros. Y ya cuando nos contaron que no lo querían para quedárselo sino para regalárselo envuelto y con lazo a los Lakers a cambio nada más y nada menos que de Vlade Divac pues ya no es que nos quedáramos a cuadros sino que directamente nos echamos las manos a la cabeza.

Jerry West, logo viviente y jefe de operaciones de los Lakers en aquel entonces, estaba muy por encima del bien y del mal. Su habilidad para detectar el talento antes que los demás y forjar equipos campeones le había otorgado merecida fama, pero aún así aquel movimiento pilló a buena parte del planeta baloncestístico a contrapié. ¿Tan potencialmente bueno habría de ser aquel imberbe yogurín como para sacrificar por ese futuro una buena parte del presente? ¿Había perdido el norte el bueno de West, se le había ido definitivamente la pinza? ¿O acaso había visto una vez más algo que nadie más vio, lo suficiente como para echar el resto y convertir casi en jugador-franquicia a un chaval que aún no había cumplido los 18 años?

Poco a poco fuimos sabiendo cosas. Cosas más o menos accesorias, como que se había criado en Milán por ser hijo del ex jugador de la Olimpia (Simmenthal, Billy, Tracer, Philips, Armani, etc etc) Joe Jellybean Bryant. O como que debía su nombre a aquel exquisito plato de carne (de Kobe, of course) que una noche cenaron sus padres en un restaurante japonés. O como su desclasamiento, por haberse criado lejos, por pertenecer a un segmento sociocultural poco habitual entre los de su raza o a una raza poco habitual en ese segkobe-draftmento sociocultural, lo que llevaba a que ni los unos ni los otros le identificaran como uno de los nuestros. O leyendas urbanas como aquella (cuyo fundamento desconozco) de que en el high school se tocaba a veces todo lo tocable durante tres cuartos, hasta dejaba a propósito que el contrario se fuera en el marcador para luego ya remontar él solo sin ayuda de nadie durante los últimos minutos, tal era su grado de suficiencia y sobradez. El mito estaba ahí llamando a la puerta, ya sólo era cuestión de abrirla y comprobarlo por nosotros mismos.

Recuerdo bien aquellos primeros partidos: era maravilloso, plástico, estético, delicioso, te entraba por los ojos y se te quedaba en ellos, se te convertía en debilidad a poco que te descuidaras, te devolvía las ganas de vivir y hasta las ganas de volver a amar a ese equipo del que ya apenas recordabas haber sido. Tenía muchísimas virtudes y un defecto, uno solo pero eso sí, demasiado visible como para pasarlo de largo: era un chupón desmesurado, se tiraba hasta los calcetines, se creía el centro del universo quizás porque estaba acostumbrado a que el universo entero girara alrededor de él. Nadie parecía haberle advertido que esto no era ya high school, que en NBA la atracción gravitacional funciona de manera muy diferente tanto más cuando acabas de llegar y tienes apenas dieciocho años recién cumplidos. Resultaba ya evidente a estas alturas que los Lakers habían acertado, que de la nada se habían sacado un jugador monstruoso que bien podría marcar toda una era. Pero resultaba no menos evidente que era un pura sangre sin domar, sin pasos intermedios, sin la dosis de humildad y trabajo que podría haberle proporcionado un breve paso por el baloncesto universitario. Tenían entre manos una verdadera joya, pero con eso no bastaba: tendrían además que complementarla para que pudiera brillar.

El primer gran complemento se llamó Shaquille O’Neal (o acaso fuera más bien Kobe el complemento de Shaq, aunque entrar en ese debate supondría reabrir viejas heridas). Eran el matrimonio perfecto, plagado de desavenencias como cualquier matrimonio perfecto. Estaban condenados a entenderse pero lo disimulaban, se resistían, se negaban el uno al otro. Shaq reclamaba más balones desde su privilegiada posición en el centro de la zona, Kobe seguía jugando básicamente para sí mismo. Eran dos gallos en el mismo corral, dos egos desmedidos, dos líderes irreconciliables. Cuando resultó evidente que no sólo no sumaban sino que restaban se fueron a buscar al único ser humano capaz de resolvkobe shaqer aquella ecuación, justo aquel que ya había resuelto otra años atrás en Chicago, aún más difícil si cabe. Señoras, señores, con ustedes Phil Jackson.

Y antes de que nos diéramos cuenta ya tenían un anillo, y luego otro, y al año siguiente otro más. Resultaba difícil no enamorarte de aquel juego triangular en el todo parecía ir como la seda, resultaba manifiestamente imposible no volver a ser de los Lakers, sobre todo cuando ya lo habías sido. Kobe y Shaq no se habían hecho amigos, no habían firmado la paz pero al menos (Maestro Zen mediante) parecían haber encontrado el equilibrio y sentado por fin las bases para una mínima relación de convivencia. Y a donde no llegaban ellos llegaba Derek Harper con su intendencia (¿albañilería, fontanería, electricidad? Llame a Harper Asociados), llegaba el Reflexivo Derek Fisher, llegaba cómo no ese extraño elemento llamado Robert Horry. Fui inmensamente feliz la noche aquella en que remontaron 17 puntos en el último cuarto del último partido a los Jail Blazers para meterse en la Final, disfruté como un enano (¿por qué se dirá esto?) de aquel anillo del 2000… y luego ya mi fiebre amarilla flaqueó, de nuevo: yo era de los Lakers, tenía que ser de los Lakers, cómo no iba a ser de los Lakers, pero le preguntaba al espejito mágico y el susodicho me respondía que sí, que los Lakers estaban muy bien pero que un poco más al norte, en un lugar llamado Sacramento, había otro equipo que tal vez no fuera mejor pero empezaba a resultar más atractivo. Y un día me descubrí a mí mismo viendo volar un triple de Horry sobre la bocina (uno de tantos) sin saber si quería que entrara o no, sin saber si quería que pasaran los Lakers porque eran presuntamente mi equipo o que pasaran los Kings porque sería una injusticia histórica que un baloncesto tan delicioso se quedara sin anillo. Como así fue.

No, no conseguí disfrutar como se merecían aquellos anillos de 2001 y 2002, no desde luego como el del 2000, no digamos ya aquellos otros de los Ochenta. Pero no me pasó a mí solo: de hecho tampoco pareció que los disfrutaran mucho ellos. Algo había empezado a resquebrajarse aún a pesar del delicado equilibrio propiciado por Phil Jackson, una pequeña grieta que se iba a hacer más y más grande en 2003 y que acabaría por abrirse del todo (y derrumbar todo a su paso) en 2004. El rosario de la aurora no fue nada al lado del final de aquel conglomerado de galácticos montado por la Familia Buss con la incorporación al proyecto de unphil-jackson-kobe-bryant-ftr-072715jpg_1rxv1b6xeor8m120gvzt51ctlsos Gary Payton y Karl Malone que a esas alturas estaban ya más fuera que dentro de la Liga. Un equipo que parecía haber sido creado para arrasar, pero que a la postre sólo fue capaz de arrasarse a sí mismo.

Kobe se quedó solo. No literalmente, claro: siguió teniendo compañeros pero éstos ya no se llamaban Shaq, siguió teniendo entrenadores pero éstos ya no se llamaban Jackson. Acaso fuera lo que siempre había deseado, demostrarle al mundo que él se bastaba y se sobraba para ganar anillos, mejor solo que mal acompañado, dónde va a parar. Resultaba ya evidente a estas alturas que Kobe era un ganador, uno de los mayores y mejores que haya conocido este juego; pero uno de esos ganadores que sólo parecen encontrar placer en la victoria cuando ésta gira sobre su eje. Era sin lugar a dudas (ya sí, por fin) lo más jordanesco que habíamos conocido desde Jordan, lo más jordanesco de una Liga que llevaba buscándole sucesor al susodicho desde antes de que se retirara (desde antes de todas y cada una de sus retiradas, quiero decir) como si eso fuera posible, como si alguien pudiera suceder a Dios. Era lo más jordanesco que habíamos conocido desde Jordan, pero no se daba cuenta de que hasta el mejor Jordan necesitó rodearse de los mejores para ejercer su deidad. Aún tardaría un tiempo en comprenderlo.

Fueron años muy fértiles en el plano individual, años estériles en el plano colectivo, años sumamente difíciles en el plano personal (pero no teman, eso hoy no toca, que hablen de ello quienes trabajen estos temas, no es mi caso). Un día metía 40, al otro 50 y al siguiente 60, rebozado todo ello de arabescos imposibles y canastas ganadoras inconcebibles sobre la bocina. Una mañana de enero de 2006 fui a mirar como cualquier otra mañana lo que había hecho en una liga Fantasy en la que tenía a Kobe en mi equipo, y al ver un 81 en su casilla de puntos pensé que no podía ser, que necesariamente tendría que tratarse de un error, o que en el improbable caso de que fuera cierto tendría que ser porque los Raptors hubieran opuesto una insospechada resistencia, hubieran forzado cuatro o cinco prórrogas, hubiera acabado el partido 180-170, qué sé yo. Tuve que ver el partido para comprobar que no era así, para no salkobejordanir de mi asombro, para descubrir que al término del segundo cuarto llevaba sólo 23 puntos (cifra ya de por sí asombrosa para cualquiera, pero que en él resultaba de lo más normal), ergo en los dos últimos tuvo que meter la friolera de 58, reparen por un segundo en dicha cifra, 58 puntos en 24 minutos que además no fueron tales, que alguno de ellos estuvo descansando en el banquillo. Aún habiéndome hecho spoiler a mí mismo me resultaba difícil de creer, aún sabiendo de antemano lo que iba a pasar me parecía estar asistiendo a un fenómeno paranormal. No puedo imaginar lo que debieron sentir quienes lo vieran en directo.

Kobe me fascinaba tanto o más que nunca, casi en la misma medida en que mi lakerismo se me iba diluyendo tanto o más que siempre. Mis (in)fidelidades NBA nunca tuvieron que ver con victorias ni derrotas (a alguien que es del Rayo y del Estu esas cosas ya no le hacen mella) sino con propuestas, y en aquellos días (muerto ya el sueño de los Kings) me derretía ya por unos Spurs que no sólo contaban en sus filas con Duncan, Parker y mi Manu sino que además jugaban a este juego como siempre pensé que debía jugarse. Me derretía y aún sigo derritiéndome, lo cual no me impide reconocer que mi fiebre amarilla aún habría de conocer un último episodio, que el destino aún me tenía preparada otra vuelta de tuerca.

Y es que Kobe finalmente comprendió (más vale tarde que nunca) que no podía hacerlo solo, que meter puntos a chorros estaba muy bien pero ganar anillos seguía estando mucho mejor. Pidió ayuda, y la pidió a su manera: incendiando de declaraciones los medios, amenazando más o menos veladamente con cambiar de aires si no se satisfacían sus peticiones. Dicho y hecho: de entrada rescataron de su rancho de Montana (o de donde estuviera) a un Phil Jackson que se resistió lo justo, más que nada porque tenía un par de buenas razones para no hacerlo: más allá de esa interminable ristra de ceros a ingresar en su cuenta corriente, su inacabada relación con la hija (y mano derecha, y verdadero brazo ejecutor de aquellos Lakers) del patriarca Buss terminó haciendo el resto.

Resuelto el tema del banquillo faltaba peinar el mercado, rebuscar acá o allá a ver de dónde podían sacar. Sacaron de Memphis, inventaron la cuadratura del círculo con aquel insólito traspaso entre hermanos que mandó un Gasol futuro a Tennessee y trajo un Gasol presente a la soleada California. kobepauCuentan que previamente Kobe llamó a Pau, que le preguntó si estaba dispuesto a ir a por todas, que Pau contestó que sí (lógicamente, a ver qué iba a contestar en tales circunstancias) y ya no hubo nada más que hablar. Y todos fueron felices y comieron perdices, todos tuvieron más o menos lo que querían, Pau su equipo ganador (que ya tocaba, tras seis años y pico penando en Memphis), Kobe su gente con la que ganar y yo mi fiebre amarilla convenientemente resucitada y puesta de limpio, una vez allí Pau ya era difícil ser de nadie más.

Cayeron tres finales, cayeron dos anillos, fruto cómo no de la desbordante hiperactividad de Kobe, fruto también de un contenido y solidario Pau que entendió perfectamente cuál era su papel (costó más que lo entendieran sus aficionados, muchos de los cuales dieron rienda suelta a sus más bajos instintos tras perder la Final de 2008, para afortunadamente tener que envainárselos sólo un año después). El triángulo fluía de nuevo, gracias también a un tercer vértice al que nunca se le acabó de reconocer suficientemente lo que significó en aquel equipo. Un prodigio llamado Lamar Odom, de triste comienzo y aún mucho más triste final pero que por el medio nos dejó sinfonías de baloncesto absolutamente maravillosas, y que en aquellos Lakers vino a ser el pegamento que todo lo unía, el verdadero base encubierto (como también lo era Pau a menudo) desde su atalaya, el que de alguna manera daba sentido a casi todo lo demás. Muchos aficionados, lacustres fijos o eventuales como es mi caso, estaremos eternamente en deuda con él, quede aquí al menos este pequeño párrafo de reconocimiento.

Y entonces (como no podía ser de otra manera) se jodió el invento, esta vez ya para siempre. Phil Jackson anunció que lo dejaba, y a la gerencia angelina no le ocurrió mejor idea que sustituirlo por un mediocre (dicho sea con todos los respetos; pero es lo que pienso) Mike Brown, un sujeto que venía de mostrar su probada incompetencia como coach y su probada competencia como hombre de paja en Cleveland. Acaso pensaran que aquí sería lo mismo, si había funcionado (relativamente) con LeBron a ver por qué no habría de funcionar con Kobe. El desastre duró año y medio y me quitó de raíz la escasa filiación amarilla que aún me quedaba, filiación que de nuevo fue a parar a San Antonio pero esta vez compartida con ukobe-bryant-and-lamar-odomn lugar de la Bahía de San Francisco en el que acababa de aterrizar un colibrí disfrazado de jugador de baloncesto, una criaturilla que me traía ya perfectamente enamorado desde que lo conocí haciendo sus primeras diabluras en la pequeña Universidad de Davidson. Cómo iba ya a ser de Lakers si hasta un pedazo de mi corazón se me fue poco después con Celtics (¡¡¡con Celtics!!!), justo cuando aterrizó en Boston ese Coach Stevens que me traía igualmente enamorado desde Butler… Chaqueterismo, sí, pero involuntario en cualquier caso. Ya se lo advertí, en NBA nunca supe ser de un equipo, sólo sé ser de quien me gusta.

Y de un desastre a otro todavía mayor, de Mike Brown a Mike D’Antoni, ¡¡¡fiesta!!!, baloncesto lúdico-festivo, como si importara el meter (hasta ahí todo normal) pero no el evitar que te metan. Todo parecía precipitarse hacia el abismo, todo se acabó de precipitar aquel mal día de abril de 2013 en el que a Kobe se le rompió el tendón (de tanto usarlo). Pareció el principio del fin, si no el fin mismo. Un aquiles parte cualquier carrera por la mitad, un aquiles al final del camino es casi terminal… salvo que te llames Kobe Bryant, claro. Contra todo pronóstico se empeñó en volver, contra todo pronóstico volvió, y se volvió a lesionar y volvió a volver y así sucesivamente. Muchos otros llegados a este punto se hubieran conformado con lo que les deparaba el destino, pero Kobe nunca fue de esos. Nunca dejó que el destino escribiera su vida, siempre prefirió escribirla él.

Con él se va el penúltimo jugador de dibujos animados que hayamos conocido, el último si exceptuamos a un Curry que (un poco a la manera de Pixar) ha llevado los dibujos animados a una nueva dimensión. Se va un tipo que puso el mundo del revés, que hasta logró subvertir el orden natural de las cosas, un día fue un jugador de baloncesto con nombre de ciudad, si hoy fuéramos a Japón pensaríamos en una ciudad con nombre de jugador de baloncesto. Se va y es como si se fueran veinte años de mi vida, cientos de partidos, miles de canastas imposibles, infinidad de momentos irrepetibles. Se va y sólo me sale darle las gracias, gracias por tantos recuerdos, gracias por tanta magia, gracias infinitas por permitirnos soñar…

Y gracias, sobre todo, por hacerme amar a un equipo del que nunca supe ser.

MEDIA VIDA   2 comments

Sucedió hace media vida, no tanto en sentido figurado (que también) como literal. Tenía yo la mitad de años que tengo ahora, sabía de todo aquello (de todo, en general) cien veces menos de lo que sé ahora, sentía por todo aquello cien veces más fascinación de la que aún siento hoy, de la que espero no dejar jamás de sentir por el mero hecho de que se nos haya vuelto cotidiano todo lo entonces era sencillamente (maravillosamente) excepcional. Sucedió hace media vida, el tópico diría que parece que fue ayer, qué más quisiera yo que fuera sólo un tópico. Veintisiete años, media vida. Tan lejos y tan cerca.

Sucedió un 24 de octubre de 1988. Apenas año y pico después de que la NBA hubiera empezado a entrar a cuentagotas en nuestras vidas gracias a la aventura de Fernando Martín en Portland, apenas unos cuantos meses después de que nos hubiéramos acostumbrado a vivir cerca de las estrellas, apenas cuatro meses después de que nos hubiéramos vuelto locos con los siete partidos de aquella histórica (e histérica) Final entre Lakers y Pistons. Hoy nos puede parecer irreal pero créanme que entonces no se hablaba de otra cosa, créanme que en los colegios, institutos y trabajos (y tanto más en mi trabajo de entonces, todos aún jóvenes por aquel entonces) se formaban corrillos para comentar ese quinto, sexto o séptimo partido que acababa de jugarse en la madrugada anterior, si llegabas a tu oficina confiado en no enterarte del resultado para verlo luego en diferido estabas muerto, era científicamente imposible que no te lo reventaran, ni aún aislándote del mundo evitarías ese espóiler que entonces aún no se llamaba espóiler. Era otro mundo, quién iba a imaginar que en apenas unos meses se rebajaría a bajar a nuestro mundo.

Aquel 24 de octubre de 1988 el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El verbo eran los Celtics, los mismísimos Boston Celtics, rechace imitaciones. No, no eran los vigentes campeones pero como si lo fueran, al fin y al cabo lo habían sido sólo dos años antes (quién nos iba a decir que habrían de pasar veinte años más para que volvieran a serlo),boston al fin y al cabo eran los campeones por antonomasia, sabíamos aún poco pero sí lo suficiente como para saber que estábamos ante la franquicia más grande sobre la faz de la Tierra, acaso el equipo de baloncesto más legendario del mundo, digno representante de la mejor competición deportiva del mundo. Podíamos recitar su quinteto de carrerilla casi mejor que el de muchas alineaciones de fútbol de entonces, Dennis Johnson, Danny Ainge, Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish, se nos llenaba la boca con sus nombres, nos poníamos metafóricamente (y a veces hasta físicamente) en pie con su mera enunciación. Habíamos soñado muchas veces con ellos y ahora de repente los teníamos aquí, a punto de jugar contra el mismísimo Real Madrid (una vez que ambos cumplieron con su respectivo trámite semifinal). Hay otros mundos pero están en éste, decía (quizás por aquel entonces) un anuncio. Nunca fue más verdad.

Aquel 24 de octubre de 1988, domingo por más señas, me llevé a la que ya era mi pareja pero aún sólo mi novia a pasar la tarde al bar, mi única tabla de salvación posible por aquel entonces. Hoy algo así sería impensable, hoy (matrimonio mediante, bodas de plata cumplidas) me diría que no hombre que no, que a mí qué me va a apetecer, de eso nada, vaya rollo, si tanta ilusión te hace te vas tú pero a mí no me líes. Pero en los noviazgos de entonces a veces hacíamos cosas así, sacrificios insospechados, también en eso eran otros tiempos. Me la llevé (más bien nos llevamos mutuamente) a un bar vallecano que hoy ya hace muchos años que no existe (de hecho por no existir ni siquiera existe la manzana que lo sustentaba), de nombre HO (sí, sólo esas dos letras, no me pregunten por qué) y sito en la calle Carlos Martín Álvarez, casi esquina con la Avenida Martínez de la Riva. El típico bar de barrio de toda la vida con un minúsculo televisor en blanco y negro en su parte superior (muy superior, que el techo estaba bien alto), lo suficiente como para que nos dejáramos el cuello en el empeño todos los que allí estuvimos mirándolo sin parar durante las dos horas largas que duró el evento. No nos dolió, y si nos dolió no nos acordamos. En cambio lo que vimos lo recordaremos siempre, siempre y cuando aún nos quede memoria para recordarlo.

Johnson vs Drazen Petrovic, Ainge vs Biriukov, Parish vs Romay, McHale vs Fernando Martín, Bird vs Johnny Rogers. Visto así el quinteto del Madrid parecía algo (parecía mucho, de hecho) pero visto al lado del otro se quedaba en nada, un mero juguete en manos de cinco hombrecillos (hombretones, más bien) verdes recién aterrizados de otra galaxia. La duda no era que los Celtics fueran a ganar, la única duda era por cuánto (o como decíamos en baloncesto, de cuánto). Los más optimistas situaban la diferencia en veinte o treinta, los realistas en cuarenta o cincuenta, los pesimistas no bajaban de sesenta. Claro está que hoy jugamos con ventaja, hoy sabemos ya que la NBA de octubre nada tiene que ver con la de mayo, que la pretemporada NBA es tan pretemporada como cualquier otra o más siS0101_McDonalds_Open_AB017 cabe, a las estrellas unos pocos minutitos no se vayan a cansar, el resto un mero campo de pruebas para comprobar quién se gana el puesto o quién lo pierde, quién se queda y quién se va. Hoy bien sabemos todo esto pero entonces lo ignorábamos, o acaso lo intuyéramos, o acaso sí lo supiéramos pero tampoco nos importara los más mínimo. Aquellos eran los Celtics, no necesitábamos saber nada más.

Imagino que (dado el típico ambiente de todo bar que se precie, tanto más en aquellos tiempos) aquel partido lo vimos pero no lo oímos, quizás por eso no fuimos muy conscientes de la poca pasión que TVE le puso al evento, o quizás sí lo fuéramos pero como era lo de siempre tampoco nos llamara la atención. En la narración Pedro Barthe, un Pedro Barthe que así de primeras transmitía la inequívoca sensación de preferir estar en cualquier otro sitio, como si en vez de ofrecerle la oportunidad de narrar un encuentro histórico le hubieran puesto un castigo insoportable. Y en los comentarios técnicos Nacho Calvo, la mera enunciación de los conceptos comentarios técnicos y Nacho Calvo en la misma frase representa un oxímoron de proporciones bíblicas, no hace falta decir nada más. Ni rastro de nadie que conociera siquiera mínimamente aquel otro baloncesto, ni rastro de un Ramón Trecet al que ni siquiera necesitaban contratar porque ya era de la casa y que habría sido de lejos la solución más lógica para hacer aquel partido por parte de TVE (no, lógica y TVE tampoco deberían ir nunca en la misma frase), solo o en compañía de otros. Eran así, tampoco es que hayan evolucionado mucho desde entonces.

Barthe y Calvo decían en repetidas ocasiones que el griterío era ensordecedor y a fe que lo era, no lo notaríamos entonces (bastante tendríamos con el ruido del bar) pero bien que lo apreciamos hoy volviendo a ver el partido para la ocasión. Hoy viene la NBA a Europa y el ambiente de cualquier global game de esos está a medio camino entre un espectáculo teatral, un happening de centro comercial y una merienda campestre: plas plas plas (onomatopeya de aplausos) tras cualquier jugada, oooooohhhhh tras alguna cabriola. jijí jajá en las chorradas de los tiempos muertos y luego ya si acaso nos ponemos las pilas en los últimos minutos siempre y cuando el resultado conserve algo de emoción, si no ni eso.real-madrid-boston En cambio en 1988 aquello no parecía tanto un Madrid-Celtics como un Madrid-Maccabi por ejemplo: locura colectiva, pasión absoluta, clamor tras cada canasta propia, pitos en cada subida de balón ajena, ovación de reconocimiento cuando anotaban pero sin que ello rebajara ni por un momento la intensidad, la tensión. Cómo hemos cambiado.

Quizás también por la propia evolución del partido, porque los madridistas del Palacio (y los de fuera) se creyeron legítimamente con derecho a soñar. El mero hecho de plantar cara ya era sueño, sólo 5 abajo tras el primer cuarto (titulares vs titulares), 5 que apenas un rato después iban a ser 18 cuando los Celtics se pusieron a tirar de fondo de armario: Jim Paxson, Reggie Lewis, Brian Shaw, Acres, Lohaus… Y entonces sucedió: de las profundidades del banquillo madridista emergió un espigado mocetón gerundense, Pep Cargol, que iba a dejar asociado ya para siempre su nombre a aquella mítica noche: un canastón por aquí, un arrebato por allá, alguna que otra defensa por acullá haciendo incluso enfadar al mismísimo Bird, mala cosa porque en cuanto te descuidabas se ponía a jugar como él sabe. 14 de diferencia al descanso, parecía evidente que lo mejor estaba aún por llegar. Aunque no imagináramos de qué modo.

Y es que a la vuelta del vestuario a los Celtics se les rompieron por completo los esquemas, vale que allí tendréis la ley no escrita de empezar el tercer cuarto con los titulares pero yo no concibo esa razón, yo soy Lolo Sáinz y sabes que no tengo por costumbre hacer cambios salvo cuando no me queda más remedio pero mira tú por donde hoy me voy a dar el gusto, que aquí leyes no escritas no tenemos: meto a Cargol de tres, a Antonio Martín de cuatro y a You Llorente de base pasando a Drazen al dos, chúpate esa mandarina Jimmy Rodgers.real-madrid-boston-celtics--644x362 Y de repente aquel tercer cuarto era un delirio, una locura, un Madrid que plantaba cara, una catarata de baloncesto por ambos lados, ya la gente gritaba este partido lo vamos a ganar como si en verdad lo creyera (quizás porque en verdad lo creía), ya hasta Pedro Barthe estaba entusiasmado (ya era Barthe en estado puro, de hecho: se están dando cuenta de que existe un continente que se llama Europa y un baloncesto europeo de categoría, si pensaban que venían a tomar el sol, a pasearse y a ganar de 40 ya se están dando cuenta que no va de eso), ya hasta el mismísimo Nacho Calvo estaba entusiasmado (ya, ya sé que entusiasmo y Nacho Calvo tampoco deberían ir nunca en la misma línea), créanme que si en aquel momento hubiera aterrizado un extraterrestre en el Palacio (o cualquier ser humano que no hubiera visto jamás un partido de baloncesto, que para el caso viene a ser lo mismo) se habría quedado prendado de aquel juego para siempre. Ocho de diferencia al final del tercer cuarto, que aún habrían podido ser menos si Drazen no se hubiera creído más importante que su equipo, si no se hubiera jugado las suyas y las de los demás, si no hubiera escogido cuidadosamente aquel momento para presentarse al mercado norteamericano, si hubiera procesado a tiempo que aquellas defensas de Dennis Johnson o Brian Shaw nada tenían que ver con las que acostumbraba a encontrarse por aquí. Pero con todo y con eso eran ocho puntos de diferencia, lo que venía a significar que el Madrid había ganado de 6 aquel tercer periodo. Hoy nos puede parecer una nimiedad, pero entonces fue un dato que quedó para la historia.

¿Tú que crees, Pedro, que los Boston (sic) creen que están jugando contra el Madrid, o que se están jugando el anillo en una final de la NBA contra Los Angeles Lakers?, preguntaba Calvo. ¡¡¡Pocos partidos tan difíciles tienen a lo largo de la temporada los Celtics!!!, respondía Barthe. Ingenuidades aparte, los Celtics por fin entendieron que se habían acabado los experimentos, las probaturas y las pretemporadas y finalmente obraron en consecuencia: fue ponerse Bird a gobernar el chou en su insigne papel de puto amo y antes de que nos diéramos cuenta se habían ido de 25 para nunca más volver. O tal vez sí, pero ya en los minutos de la basura (aunque aún no nos acostumbráramos a llamarlos así), con Quique Villalobos de blanco y Ramón Rivas de verde, con un Pep Cargol que aún quiso poner la guimg_ggomez_20150326-110615_imagenes_md_otras_fuentes_madridceltics-kUuH--572x385@MundoDeportivo-Webinda final al pastel. Ni sesenta ni cincuenta ni cuarenta ni treinta ni veinte, Barthe dixit. Quince, ni más ni menos. 96-111 para ser exactos. Eran otro mundo, aún seguirían siéndolo por mucho tiempo. Pero empezaban a no estar tan lejos como siempre habríamos creído imaginar.

Y de nuevo al día siguiente no se hablaba de otra cosa, y el medio país que se lo perdió se tiraba de los pelos por habérselo perdido, y recuerdo bien a madres de mi trabajo mendigando el vídeo a todo aquél que hubiera tenido la ocurrencia de grabarlo, déjamelo esta tarde por dios, por caridad, que quiero poder enseñárselo a mi hijo… Era una fascinación que iba más allá del baloncesto mismo, más allá del choque entre dos mundos, más allá de las chorradas de los tiempos muertos o de todas esas cheerleaders que ni siquiera eran de los Celtics (que aún no tenían, ni puñetera falta que les hacía) sino de los Tigers de la Universidad de Memphis State (hoy Memphis a secas), contratadas ex profeso para la ocasión. Una especie de fascinación global que hoy, volviendo a contemplar aquel partido media vida después, nos deja (a mí, al menos) un cierto poso de amargura. No ya por quienes nos dejaron prematuramente (obviamente Drazen y Fernando, pero también Dennis Johnson y Reggie Lewis… y ese número 11 del Madrid que la inmensa mayoría de lectores ni recordarán quién era, Carlos García Ribas, quede aquí merecida constancia), sino también por todo aquello que se nos perdió por el camino: la ingenuidad, la capacidad de alucinar con cosas nuevas, la pasión tal vez. La juventud, seguro. Recuerdos de un pasado que nunca más ha de volver.

Hoy media vida después tampoco veré in situ a los Celtics, no culparé a nadie de ello salvo a mi propia torpeza, la que me hizo ir dejándolo durante el verano y acordarme ya en septiembre cuando todas las entradas estaban vendidas. Es decir, vendidas en la web oficial a un precio medianamente razonable (entre 19 y 58 euros), hoy dicha web te informa que están todas agotadas pero al mismo tiempo te remite amablemente a otra web donde puedes encontrarlas al módico precio de entre 75 y 115 euros, alguna otra web hay por ahí donde puedes encontrarlas aún más caras todavía. No estoy tan desesperado como para eso. Lo siento porque me habría gustado reencontrarme con viejos conocidos (y admirados) NCAA como Evan Turner, Marcus Smart, Jared Sullinger, Isaiah Thomas, incluso Kelly Olynyk, Terry Rozier, RJ Hunter o Jae Crowder; lo siento porque me habría gustado reencontrarme con un entrenador como Brad Stevens por quien profeso franca devoción desde sus tiempos de Butler; lo siento simplemente porque son los Celtics, porque ya vi hace años in situ a Grizzlies, Raptors y Jazz pero esto no es lo mismo, no puede ser lo mismo. Por lo que representa esta franquicia en sí misma, por lo que representó aquel partido de 1988, porque aplicando estos mismos parámetros 600nbatemporales ya no volverán por aquí hasta dentro de otra media vida, pongamos por ejemplo octubre de 2042, a saber dónde y cómo estaré (o si estaré siquiera) para entonces. Otra vez (no) será.

Don’t cry for me, hasta ahí podíamos llegar. Obviamente ya no me hará falta buscarme la vida en ningún bar, obviamente veré la primera mitad cómodamente arrellanado en mi sofá (no sin arduas negociaciones previas para resolver el tema de la cena), para la segunda probablemente me echarán del salón pero no teman, como tantas otras veces encontraré acomodo ante el ordenador o ante el televisor del dormitorio, más pequeño pero no por ello menos confortable. Será para mejor (como es el caso) o para peor pero nada será igual a como fue hace veintisiete años, nada nos sorprenderá como entonces, hoy tenemos ya a los Celtics hasta en la sopa, de hecho algunos hasta catamos los ingredientes antes de que los echaran a la sopa. Hace media vida algo tan cotidiano como un partido de baloncesto se nos convirtió en excepcional, hoy algo tan (presuntamente) excepcional como tener aquí a la NBA se nos ha convertido en cotidiano. Si será cotidiano que hasta el presidente del anfitrión anda repitiendo por ahí cada lunes y cada martes que quiere jugar en aquella Liga como si en verdad se lo creyera… No, nada será ya igual, ni parecido siquiera, y sin embargo quién sabe: quizás aún quede por ahí alguien que no tenga donde verlo y encuentre finalmente refugio con su pareja en un bar perdido (donde además lo pondrán por no haber competencia jurbolística esa noche, si no de qué), alguien lo suficientemente virgen como para que la experiencia aún le pueda dejar huella, como para volver a recordarla y contarla media vida después. Sólo por eso ya habría merecido la pena.

APROXIMACIÓN (TEMERARIA) AL DRAFT   Leave a comment

Aquí me tienen de nuevo, un año más, aproximándome (temerariamente) al draft como si en verdad supiera de qué demonios estoy hablando. Estas cosas habría que dejarlas en manos de expertos, yo no lo soy en absoluto, si acaso un mero aficionado que se jarta de ver baloncesto universitario (baloncesto de todas clases, en realidad) y sólo con eso ya se cree con derecho a calentarles la cabeza. Así lo haré una vez más, si bien dosificándolo en porciones para que el trago les resulte algo más llevadero. Avisados quedan.

I – LOS GRANDES

Grandes, para empezar. Pero cuando digo grandes no me refiero a grandes en el sentido de tamaño (que también) sino en el de grandeza, en el sentido de que son los dos jugadores verdaderamente grandes de este draft, acaso los dos únicos (con algún matiz, que explicaré más adelante) que tienen en sus manos marcar (casi) una época. Lo cual no quiere decir que vayan a marcarla, líbreme el cielo, sino que tienen al menos la posibilidad de hacerlo. Cuántos quisieran decir lo mismo.

Karl-Anthony Towns y Jahlil Okafor, Jahlil Okafor y Karl-Anthony Towns, tanto monta monta tanto. Duke y Kentucky, cinco y cuatro y medio, one and done y one and done. Presente y futuro. Okafor es (sobre todo) presente, Towns es (sobre todo) futuro. Preciosa manera de simplificar las cosas.

okaforOkafor es un cénter tremendamente maduro para su edad, uno de los pocos jugadores (quizá el único) de este draft que transmite la sensación de que podría aportar buenos números ya desde el primer día. Ese movimiento de pies, ese trabajo de espaldas al aro, ese saber pasar cuando le sobremarcan, ese oficio en casi todos los aspectos de su juego (esa inoperancia en los tiros libres, también), ese montón de detalles que te dejan la impresión (probablemente errónea) de que se trata de un jugador ya hecho, sin apenas margen de mejora (en los tiros libres sí podría haberlo; es más, debería de haberlo). A Towns en cambio se le ve más verde, especialmente en su proceso de toma de decisiones. Pero en medio de ese verdor se aprecian destellos (repertorio de fundamentos, rango de tiro, soft touch, ese ganchito que es una delicia, esa manera de deslizarse sobre la pista, esa inmejorable actitud en ambos lados de la cancha) de auténtico crack. Y además él sí mete los tiros libres (créanselo, de verdad, se lo juro, aún por increíble que resulte…)

No es ajena a esta percepción la evolución de ambos jugadores durante la temporada 2014/2015. Okafor llegó avasallando, a decir verdad nunca dejó de avasallar (finalista a jugador del año como si dijéramos, sólo derrotado por Kaminski) pero sí llegó un momento en que su dominio pareció ser mucho menos imponente (tanto menos según fue avanzando el curso). Los dobles o triples marcajes le hicieron sufrir más de lo debido, los rivales parecieron haberle tomado la matrícula. Towns en cambio desbarató en una sola temporada aquello que tantas veces hemos dicho (yo el primero) de que el one and done no te hace mejorar, no te da tiempo a evolucionar. Pues depende: hay jugadores que podrían tirarse no ya tres años sino treinta sin progresar ni un ápice en su juego (más adelante les contaré otro caso, también kentuckiano por cierto), y sin embargo hay otros a los que bastan apenas tres meses para mostrar cualidades que antes jamás podíamos imaginar. Y todo ello sin necesidad de salir de la Big Blue Nation, quién me iba a decir a mí que acabaría reconociendo algo así: así sucedió hace tres años con Anthony Davis (recuerdo bien que le puse por los suelos en noviembre y por las nubes en marzo), así ha vuelto a suceder este año con Towns.towns-kentucky Broncas de Calipari mediante, claro está: el técnico que le acogió en su seno desde que le descubrió a los catorce años en uno de sus múltiples viajes para dirigir a la selección dominicana, el que se convirtió en (algo así como) su padre deportivo, el que le ha regañado este año más que a cualquier otro miembro de su plantilla (amores reñidos son los más queridos, también en baloncesto). Quizá porque sabe mejor que nadie todo lo que puede dar de sí.

Es así de sencillo, Okafor llegó tan hecho que pareció como si se estancara, como si nos dejara la (quizá falsa) impresión de no tener más recorrido; Towns llegó tan por hacer (y se hizo tanto en una sola temporada) que su recorrido parece no tener límites. Imagino a Okafor dentro de unos años como un Bogut o un Hibbert mejorado, algo así (aquellos que saben más que yo prefieren compararlo con Al Jefferson, sus razones tendrán); no es poca cosa, desde luego. Pero es que pienso en Towns e inevitablemente pienso (otra vez) en Anthony Davis, una especie de Davis 2.0 con dos cejas y acento dominicano, con menos atleticismo que el original pero mayor repertorio técnico que el que tenía el original a estas alturas de su carrera. Salven las distancias, a día de hoy no me atrevería a insinuar siquiera que Towns pueda llegar a acercarse al nivel del de los Pelicans, sólo imaginarlo ya me parece un atrevimiento. Pero por ahí andaría la idea.

Piensen además que quien escoja a Towns se llevará un dos por uno, no sólo Karl-Anthony sino también su amigo imaginario, Karlito. Dirán que ya está un poco mayor para estas cosas pero qué quieren que les diga, cada uno se estructura su mente como mejor quiere y puede y a él este recurso parece haberle venido de perlas para escuchar la voz de su conciencia, repasar errores y hasta procesar adecuadamente las broncas de su amado coach. Todo un paquete completo en suma, ése que con toda probabilidad se llevarán los Wolves con su número 1 ya que (además de todo lo anterior) debería mezclar muy bien con Pekovic y/o Dieng, no digamos ya con Wiggins. Todo lo cual llevaría a que los Lakers por lógica escogieran a Okafor en el 2. Supongo que finalmente así lo harán, aunque es bien sabido que de un tiempo a esta parte las palabras lógica y Lakers no acostumbran a ir en la misma frase. De hecho se rumoreó que hasta podrían intercambiar su elección por un jugador veterano, lo cual a mí particularmente me parecería un grave error. Algún día tendrán que mirar por fin de frente a ese extraño concepto, reconstrucción, y esa pareja Randle-Okafor parece una magnífica piedra angular sobre la que empezar a cimentar el edificio. Ellos sabrán.

towns okafor

II – LOS DE AQUÍ

¿Qué les cuento yo de Mario Herzonja que no sepan ya? Pues que en cuanto a talento puro (repito, puro, sin aditivos ni conservantes ni colorantes, sólo lo que solemos entender por talento) sería para mí un legítimo número 3 de este draft, y aún me entrarían dudas con los dos de delante. Es más, creo que si no está tan arriba en ningún pronóstico es simplemente porque los americanos (de USA) aún no han llegado a apreciarlo en su verdadera magnitud. Ni nosotros tampoco, cabría añadir.hezonja Lo que hemos visto con cuentagotas, en los contados minutos que Xavi Pascual ha tenido a bien ponerle sobre la cancha, es apenas la punta del iceberg. Imaginen lo que puede salir de ahí debajo en cuanto se libere, cuando juegue regularmente veinte o treinta minutos por noche, cuando llegue por fin ese día en que le suelten definitivamente las riendas.

¿Cuándo sucederá eso? Buena pregunta. Yo creo que si Pascual no le da más bola no es por tirar piedras contra su tejado ni aún menos por joderle la vida, es simplemente que hay cosas que no le acaban de convencer: su defensa, su aún muy escasa comprensión del juego, su egocentrismo, su intolerancia a la frustración, todos esos (pocos) aspectos negativos que a Pascual le pesan mucho más que los (muchos) positivos. Riesgo cero, así ahora con Herzonja como en temporadas anteriores con Abrines. Él sabrá. Pero ahí está quizá la única duda que me queda con Herzonja, su entrenabilidad, traducción libre de lo que en USA llaman coachability. Todos esos cabreos que le hemos visto no son meros actos de rebeldía sino consecuencia de dos características básicas, su autoconfianza y su autoexigencia. Él (muy a la balcánica manera) tiene más fe en sí mismo que la que cualquiera pueda tener depositada en él, él no duda en proclamar a los cuatro vientos que se considera el mejor jugador de este draft cada vez que se le pregunta (casi con la misma desenvoltura con la que proclamaba hace meses haber hecho sin despeinarse todos los mates del concurso de ídem, y aún mejor si cabe). Se tiene en tan alta estima que cuando las cosas no le salen se agarra cabreos bíblicos, aún más bíblicos esos cabreos cuando no aporta todo lo que podría aportar porque no juega todo lo que (él piensa que) debería jugar. Ganador compulsivo, lo cual (viniendo además de donde viene) hace inevitable la (odiosa) comparación: es quizás, en cuanto a actitud, lo más drazenesco que haya dado Croacia desde Drazen. Y miren que en esas tierras hay donde escoger, y espero que me disculpen la herejía de ponerle (siquiera mínimamente) casi a la altura del mito. No digo que sus carreras vayan a parecerse, líbreme el cielo. Sólo digo que (para lo bueno y para lo malo) es de esa forma de ser.

Y ahora llega el momento de hablarles de mi particular debilidad de este draft, que contra lo que suele ser habitual no procede del Carrier Dome, el Cameron Indoor o el Pauley Pavillion sino del Pabellón San Pablo, no se llama Smith ni Jones sino Kristaps Porzingis, rechace imitaciones. Una debilidad que no me viene de ACB sino de antes incluso, de la primera vez que me enamoró con su Letonia sub18 nada menos.porzingis Que le faltará chicha, no digo yo que no, pero que esa combinación de estatura, envergadura, muñeca y fundamentos (ese biotipo paugasolesco que tan locos vuelve a los ojeadores yanquis) no es nada fácil de encontrar en el baloncesto de hoy en día. Y si encima le añaden su actitud y su capacidad de mejora pues tendrán ya el paquete completo, qué más se puede pedir… Experiencia, si acaso. Es la única duda que me queda, que ese salto Sevilla-NBA pueda venirle todavía un poco grande, que el choque cultural y el de estilos de juego pueda pesarle, que quizá no le habría venido mal alguna breve estancia en un equipo europeo de cierto nivel (o en el propio Sevilla, pero con más nivel a su alrededor) antes de dar el paso…

Y sin embargo en USA empiezan a beber los vientos por él, y yo bien que me alegro. Hasta hace unos días rondaba (al igual que Herzonja, por cierto) las posiciones 6, 7 u 8 en las previsiones, sospecho que aún seguirá rondándolas en la mayoría de las webs pero ya hay al menos dos (draftexpress y nbadraft, por más señas) que se han atrevido a ascenderle hasta el número 3 nada menos. Lo cual me ilusiona y me alucina casi en la misma medida en que me resulta difícil de creer: en ese número 3 (salvo traspaso) deberían elegir los Tankers, digo Sixers, y andan ya éstos ahítos de noeles y embiides (aún con achaques) como para plantearse escoger otro hombre alto (aún por bueno que éste fuera) pudiendo llevarse un muy buen base por el mismo precio (y en la próxima entrega les contaré quién habría de ser ese base, si no lo saben ya). Quede claro en cualquier caso que sus acciones han comenzado a dispararse en la bolsa neoyorquina, quede claro que algún avezado columnista de por allí (pero con conocimientos de por aquí) ya ha dicho que de haber jugado Porzingis en NCAA (es decir, de haber tenido la exposición mediática que tuvieron otros) hoy andaría disputándose con Okafor y Towns el número 1 de este draft. No faltan incluso quienes insinúan que hasta los Lakers podrían estar pensándoselo para su elección número 2… Palabras mayores. Sólo espero que esto no desboque las expectativas, que no haga esperar tanto de él que luego cualquier cosa nos parezca poco. Dependerá (como tantas otras veces) de dónde caiga, de la confianza que le den, de la competencia que tenga a su alrededor, de cómo (y cuándo, y cuánto) se desarrolle muscularmente, de lo que su coach quiera (o no) arriesgar… Tengan paciencia, no esperen que la reviente el primer día, sólo denle tiempo y ya veremos si con el paso de los años no habrá muchos que se arrepientan de no haberse fijado en él.

Claro está, este capítulo no estaría completo si no profundizáramos un poquito más, a ver si se nos aparece algún otro conocido en las previsiones. Y vaya si se nos aparece: hacia la mitad encontramos ni más ni menos que a nuestro Willy Hernangómez, puesto 32 (según draftexpress) presuntamente elegido por Houston o puesto 26 (según nbadraft) presuntamente elegido por San Antonio, nada de particular porque ya se sabe que cualquier pívot internacional de finales de primera ronda es por definición carne de Spurs, carne de quedarse luego unos pocos años macerándose en su lugar de origen (y si ese lugar de origen es campeón de Euroliga tanto mejor) hasta que alcance el punto justo de maduración. Ya mucho más abajo (y dependiendo de en qué lista miremos) aún podremos encontrar al fuenlabreño Diagne (a quien comparan con Biyombo, no se han complicado mucho la vida), al manresano Marc García o al madridista-donostiarra itinerante Dani Díez. Y si ampliamos el espectro al otro lado de los Pirineos aún se nos aparecerán (siempre en esos medios/últimos puestos) nombres como el insigne Cedi Osman o como Gudaitis, Jaiteh, Milutinov, Vezenkov, Mitrovic… Todo lo cual, a estas alturas, no deja de ser más que un magnífico brindis al sol. Como en tantas otras ocasiones (y sobre todo en esta segunda ronda) cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia.

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III – LOS DE FUERA

Toca bases, toca empezar con esa tierna criatura amamantada bajo los pechos de Thad Matta (apenas seis meses de lactancia) en Ohio State y que responde al bello nombre de D’Angelo Russell. Para muchos el mayor talento de este draft, no me atrevería yo a afirmarlo con tanta rotundidad pero sí habré de reconocer que es una auténtica delicia de jugador, uno de esos que te entran por los ojos cuando lo ves y que se te quedan ya ahí grabados en la retina para casi toda la vida. Gracilidad pura, así en sus penetraciones por resquicios insospechados como en su incomparable capacidad para trazar no menos insospechadas líneas de pase donde otros sólo ven bultos.Angelo+Russell Nadie es perfecto, claro está, y él no habría de ser una excepción: a mi modo de ver le falta consistencia, algo lógico dada su edad y su inexperiencia: inconsistente en su toma de decisiones, como si no fuera un base natural (que no lo es), como si fueran las circunstancias de la vida (y su inmensa calidad, también) las que le hubieran empujado a ejercer de (presunto) director de juego; e inconsistente en su tiro. No digo que sea mal tirador, líbreme el cielo, más bien todo lo contrario, pero es de esos que tan pronto te hacen cuatro triples seguidos como te clavan un 2 de 13 en cualquier partido decisivo del Torneo Final. Dando por supuesto que sus virtudes permanecerán (y se acrecentarán, incluso) y que sus defectos se irán puliendo con los años, creo sinceramente que podemos estar ante un grandísimo base NBA… siempre y cuando tengan paciencia con él, siempre y cuando asuman que necesitará tiempo para crecer (no precisamente en estatura, sino en musculatura y sabiduría) y desarrollarse en aquella Liga. Por si acaso ya se lo rifan, y si hasta hace dos días dábamos por hecho que sería carne de Tankers (digo Sixers) con su número 3, hoy ya las cosas no están tan claras: unos le han bajado al 4 para subir al 3 a Porzingis, otros en cambio le han ascendido incluso hasta el 2 (bajando a Okafor al 4 y manteniendo también en el 3 a Porzingis, de lo que parece deducirse que los Sixers deben estar como locos con el letón). 2, 3 ó 4 significaría Lakers, Sixers o Knicks, Los Ángeles, Philadelphia o Nueva York, no parecen precisamente malos sitios donde empezar una sólida carrera profesional.

Y pasemos a continuación a uno de los grandes enigmas de este draft, ese sujeto de nacionalidad congoleña (de Kinshasa, antiguo Zaire, aún más antiguo Congo Belga), crianza estadounidense (asilo político mediante) y formación (es un decir) china llamado Emmanuel Mudiay. Vi por primera (y última, y única) vez a Mudiay en una de esas maravillosas fiestas de graduación que montan los yanquis para presentar en sociedad a sus criaturas en edad de merecer, no recuerdo ahora mismo si el evento en cuestión fue el McDonald’s All America, el Nike Hoop Summit, el Jordan Brand Classic o el Sabrá Dios Qué. Lo cierto es que su puesta de largo se saldó con notable éxito de crítica y público, al menos en lo que a mí respecta: me encantó, y ni que decir tiene que a partir de ese instante empecé a salivar con lo que nos depararía cuando cumpliera su promesa de cursar estudios en la Universidad Metodista del Sur (SMU para los amigos), y ni que decir tiene que mi salivación se me pasó a los pocos días, justo lo que tardó en cambiar los Mustangs del insigne Larry Brown por los Guangdong Southern Tigers, millón y pico de dólares mediante.Emmanuel-Mudiay Y como solía decir en estos casos doña Mayra Gómez Kemp (si no sabe quién es no se preocupe, más bien alégrese, son cosas de la edad), hasta ahí puedo leer. Sé que debería haber visto uno o varios partidos de Mudiay en China para poder ofrecerles una valoración más pormenorizada pero habré de reconocerles que no he encontrado el momento, mi indolencia es lo que tiene. De allí llegaron primero noticias de que estaba haciendo unos números extraordinarios (creo que hasta mi octogenaria madre podría hacer unos números medianamente decentes en aquella liga, dado el nivel defensivo que se gastan), luego llegaron noticias de que se había escogorciado el tobillo, finalmente dejaron de llegar noticias lo cual (si nos atenemos a ese famoso proverbio yanqui, no news, good news) puede que hasta fuera una buena señal… No lo sé. Sólo sé que me gustó en aquella lejana pachanga (pero pachanga al fin y al cabo), sólo sé que algún afamado columnista ha escrito de él que es uno de los tres jugadores de este draft (junto a Okafor y Towns) con potencial de jugador franquicia, ahí es nada la pomada, no seré yo quien se lo discuta… pero tampoco quien se lo confirme. Si él lo dice, sus razones tendrá.

Un poco más abajo en el escalafón, ya hacia el final de la lotería, encontramos a Cameron Payne, recién llegado desde la humilde Murray State para continuar la senda que ya iniciara en su día Isaiah Canaan. Cuentan maravillas de él, me encantaría refrendárselas pero no me atrevo porque no le he visto jugar lo suficiente (apenas nada) como para tener formada una opinión (y ya sé que este capítulo me está quedando un poco deslucido, pero es lo que hay). Bastante mejor conozco a los cuatro siguientes (ya bien avanzada la primera ronda), los últimos que mencionaré aquí para no aburrirles (aún más si cabe): Tyus Jones (íntimo amigo de Jahlil Okafor por cierto), que fue de menos a más hasta cuajar un extraordinario fin de temporada, no les quepa la menor duda de que sin su concurso no sería hoy Duke campeón NCAA. Delon Wright, formado a las órdenes de Larry Krystkowiak en Utah, que nos epató a todos en su año júnior y nos desepató un poco en su año sénior (quizá porque de tanto como nos había epatado antes se nos desmesuraron las expectativas). Terry Rozier, ex pupilo de Pitino en Louisville, potente donde los haya, mucho más físico que técnico (sin que sea manco tampoco en este aspecto) por lo que podemos estar seguros de que los general managers beberán los vientos por él. Y finalmente Jerian Grant, de los Grant de toda la vida (hijo de Harvey Grant, sobrino de su gemelo y Señor de los Anillos Horace Grant, hermano del ex de Syracuse y hoy en Sixers Jerami Grant), completo donde los haya, de esos que juegan y hacen jugar, determinante cuando hace falta, muy bien formado (si bien con algún altibajo por su mala cabeza) en Notre Dame y que me da a mí que puede ser una gratísima sorpresa. Y aún cabría añadir alguno más a esta lista, pero a ése casi mejor prefiero reservármelo para la última entrega de esta serie. Ya les diré por qué.

IV – LOS DE DENTRO

No teman, no volveré a hablar aquí de Towns y Okafor, que ya bastante bola les di en el primer episodio. Ni de Porzingis (en la medida en que le consideremos también interior), que ya bastante bola le di en el segundo. Vayamos un poco más allá.

cauley-stein¿Recuerdan que cuando les hablaba de Towns les decía que había progresado en tres meses lo que otros no logran progresar en tres años (ni en treinta, si se diera el caso)? Pensaba en aquel entonces en otro fornido mocetón calipariano, justo aquél que lleva por nombre Willie Cauley-Stein. Cauley-Stein aterrizó en Kentucky en la temporada 2012/2013 como una fuerza de la naturaleza, siete pies de músculo absolutamente bien proporcionado que sembraba el terror en defensa y que parecía evidente que a poco que trabajara lo sembraría también en ataque. Contra todo pronóstico volvió para un segundo año, esperábamos encontrar grandes mejoras en su juego pero el único cambio apreciable fue aparecer con el pelo teñido de rubio platino, algo de lo que afortunadamente se arrepintió a los pocos días a la vista de los resultados. Contra todo pronóstico volvió también para un tercer año, creímos ingenuamente que ésta ya sería la definitiva, que por fin su torrente defensivo se correspondería con un amplio caudal de habilidades ofensivas, lo creímos hasta que comprobamos que este Cauley-Stein seguía siendo exactamente el mismo que habíamos conocido años atrás, que probablemente lo seguiría siendo ya para toda su vida deportiva. No, ahora ya no volverá para un cuarto año, tampoco es de extrañar, visto lo visto podría repetir curso 28 veces, podría volver a la universidad un año tras otro hasta el 2043 y aún así seguiría siendo el mismo jugador unidireccional que conocemos hoy. Que no es que esté mal, a ver si me explico: la intimidación cotiza al alza, las franquicias se lo rifarán, de hecho hasta algún pronosticador se ha atrevido a ascenderle hasta el número 4 en las previsiones pre-draft, lo cual no sería de extrañar porque en ese puesto escogen los Knicks y es bien sabido que son capaces de cualquier cosa. Triunfará en lo suyo aunque al otro lado sólo le veamos anotar en plan pichichi (tras rebote ofensivo o culminando alley-oops), llegará el día en que le nombren defensor del año y todos nos congratulemos de ello… aunque algunos (sólo algunos) no podremos evitar pensar también en lo que pudo haber sido y no fue.

Y ahora (para desengrasar) pasemos a algo así como el anti-Cauley-Stein, un tipo que carece del músculo y el atleticismo del kentuckiano pero que rebosa de absolutamente todo lo demás. Señoras, señores, con ustedes, recién llegado de Wisconsin, el Jugador del Año, el único, el incomparable, el irrepetible Frank Kaminski, pónganse todos en pie.kaminski Se me cae la baba con Kaminski, se me cae hasta ponerme perdido y lo peor es que no me pasa a mí solo, con las babas que todos los kaminskianos hemos generado durante estos últimos años se podría llenar un embalse, discúlpenme la guarrería. Saben que a mí se me gana mucho más por talento que por físico y por eso Kaminski es de esos jugadores que me llevaría a una isla desierta o aún mejor, a un equipo de baloncesto si lo tuviera. Así me va, por eso nunca llegaré a nada en la vida, por decantarme por la estética en detrimento de la sordidez, afortunadamente (para ellos) los general managers tienen sus pies mucho más en el suelo que yo y por eso todo parece indicar que pasarán de Kaminski en los primeros puestos del draft. Los pronósticos más favorables le sitúan en el puesto 8 mientras que los más desfavorables le mandan hasta el veintitantos, entre uno y otro un amplísimo abanico de posibilidades. El susodicho, oliéndose la tostada, ha ido ampliando sobremanera su rango de tiro ante la evidencia de que las franquicias despreciarán sus fundamentos bajo el aro por no llevar una gran cáscara de músculo a su alrededor (el síndrome de Tomic, como si dijéramos). Acabará ganándose la vida de especialista, puro cuatro abierto por una mera cuestión de supervivencia, muy probablemente emergiendo desde el banquillo. Y a muchos les encantará y les parecerá la quintaesencia del baloncesto moderno, pero a mí (que soy muy raro) no dejará de parecerme un desperdicio.

Volvamos ahora a Kentucky para hablar de Trey Lyles, otro espigado mocetón muy al gusto de aquella casa. Montones de centímetros, kilotones de músculo, atleticismo devastador, una especie de Cauley-Stein 2.0… pero con un ligero matiz. Cauley-Stein es un libro cerrado, resulta muy difícil imaginar que pueda llegar a ser otra cosa distinta a lo que ya es; Lyles en cambio es una pkentuckybigságina en blanco, está por escribir, puede quedarse en mero físico o evolucionar a jugador total, vaya usted a saber. Obviamente también está más verde, será mucho más trabajosa su adaptación a la Liga, los románticos de esto siempre pensaremos que debería haber permanecido al menos otro año en Lexington (aunque el currículum de Cauley-Stein nos lo desmienta) pero eso ya no tiene vuelta atrás. Dependerá (como en tantas otras ocasiones) de cuánto trabaje, de en dónde caiga, de cuánta bola le den. Apunta a número 8 en el mejor de los casos aunque tampoco en este caso ha faltado algún (presunto) especialista insinuando que los Knicks podrían escogerle en el 4, así están las cosas en la Gran Manzana, creo que si yo me presentara al draft también sonaría para los Knicks. Qué cruz.

Y permítanme que como de costumbre acabe el capítulo con cuatro nombres más, cuatro jugadores interiores que me provocan fascinación y me generan dudas, todo a la vez aún por contradictorio que ello resulte: Myles Turner, de Texas, trabajadísimo saco de fundamentos, calidad excelsa no exenta de músculo pero que fue de más a menos en la misma medida en que fue de más a menos (para acabar casi en nada) su Universidad. Bobby Portis, de Arkansas, debilidad personal del que suscribe, intenso todoterreno con todas las papeletas para convertirse en un interesantísimo cuatro de rotación aún a pesar de su falta de centímetros para ese puesto. Kevon Looney, de UCLA, fascinante físico longilíneo y bracilargo a lo Kevin Garnett, fascinante cóctel de aptitud y actitud que me enamoró en sus primeros partidos con los Bruins… y que me decepcionó (quizá por culpa mía, que esperé más de lo que debería) en casi todos los demás. Tierno e inconsistente como corresponde a su edad, prototípico caso de jugador al que otro año en la universidad le hubiese venido de cine… tanto más teniendo en cuanta que no parece ni que vaya a oler siquiera las primeras posiciones de este draft. Y finalmente Montrezl Monster Harrell, personaje de Louisville que por sí solo requeriría un capítulo aparte, si bien intentaré sintetizarlo en unos pocos renglones: un monstruo (como su propio apodo indica) que en su primer año pareció que iba a comerse el mundo, que en su segundo año (jamás pensamos que volviera para un segundo año) pareció habérselo comido y que en su tercer año (jamás pensamos que volviera para un tercer año) pareció haberle sentado mal la digestión. Puede salir una megaestrella o un bluff, casi sin término medio. Yo aún le tengo fe, aunque su estancamiento en esta última temporada y su propensión al cruce de cables me hagan cogérmela (la fe) con pinzas. Pero aún así no apostaría en su contra.

V – LOS DEL MEDIO

Doses, treses, doses y medios, treses y medios, acaso también algún uno y medio al que me cueste ver como base… de todo hay en esta quinta (y penúltima, espero) entrega, todo un genuino cajón de sastre. Y desastre, en lo que a mí respecta. Unos pocos mediocampistas (con perdón) que seguramente no marcarán una época pero a quienes no está de más conocer. Por lo que pueda pasar.

WINSLOW-02Empecemos cómo no por Justise Winslow, de la Universidad de Duke y de los Winslow de toda la vida, para mí será ya siempre el hijo de Rickie por más que en USA Rickie Winslow (aún con su gran carrera en la Universidad de Houston) sea ya sólo el padre de Justise. Justise es el típico jugador que lo mismo cose un huevo que fríe un alfiler, genuino todocampista, de esos que nunca serán una estrella pero que te los llevarías al fin del mundo si pudieras. Muy buen defensor, tremendo penetrador, aguerrido luchador. En los Blue Devils ejercía de tres o incluso de cuatro pero en NBA probablemente le tocará ser un dos, dos y medio a lo sumo; una posición para la que deberá mejorar su relación con las faltas (las que comete, que son demasiadas; y las que le cometen, que no aprovecha en los tiros libres como debiera) y muy especialmente su relación con el aro rival desde la larga distancia, condición sine qua non (signifique eso lo que signifique) para un magnífico proyecto de machaka (ilustrado) como el que nos ocupa. Muy probablemente será 6 ó 7 del draft, muy probablemente será carne de Kings o Nuggets. Nadie construirá un equipo alrededor de él, pero cualquier equipo será mucho mejor con él.

stanley johnsonCasi en la otra punta del país, en Tucson, Arizona, Stanley Johnson viene de hacer prácticamente el mismo viaje que Justise Winslow… sólo que en sentido inverso. Empezó la temporada como presumible número 3 del draft (y hasta el 2 le daban en algún pronóstico) y como favorito indiscutible a Jugador del Año en su conferencia; acabó la temporada rozando a duras penas los puestos de lotería y ya no siendo ni el mejor de su propio equipo siquiera (honor que correspondió al magnífico base sénior T.J. McConnell, a quien dicho sea de paso no encuentro en ninguna lista predraft; si es usted propietario de un equipo europeo ya está tardando en echarle el guante). Stanley dio maravillosamente el pego en un principio pero según fue avanzando el año se le vieron las carencias, que son muchas y variadas. Otro añito en Arizona le habría venido de perlas… o no, porque acaso su flojísimo final de temporada fuese porque en el fondo estaba deseando salir de allí. Él sabrá.

Viajemos ahora (como casi en cada entrega de esta serie) a Kentucky, pero esta vez para hablarles de un jugador realmente especial. Quizá el que menos nos llamara la atención de toda aquella ingente camada de freshmen que desembarcó hace un año en Lexington: liviano, nada sobrado de músculo, rozando a duras penas los dos metros (que no aparenta) y con cierto aire de buen chaval que desentonaba con la pinta de sobraos de muchos de sus compañeros. Devin Booker (que así se llama el susodicho) fue asignado de entrada al segundo pelotón (white platoon, en la jerga calipariana), pensamos que pasaría desapercibido pero nada más lejos de la realidad, enseguida vimos que estábamos ante un auténtico microondas, un chaval que en cuanto aparecía y afinaba su muñeca podía poner el partido entero del revés. Porque esa es sin lugar a dudas la mejor (pero no única) cualidad de Booker, para mi gusto el mejor tirador exterior puro de este draft (Herzonja y el ex Gator Michael Frazier podrían discutírselo, aunque en el caso de este último no hay color). Y es bien sabido que en esta NBA tan propensa al triple que nos ha tocado vivir el kilo de tirador se paga muy pero que muy bien, razón por la cual Booker con sólo un año de devin-booker1campus tendrá puesto de lotería y un contratazo acorde con dicha posición. En el mejor de los casos podríamos soñar con un Klay Thompson (palabras muy mayores), en el caso intermedio estaríamos ante un Korver o un Redick de la vida, en el peor una especie de Kapono que tampoco es que sea mala cosa. Nunca le pierdan de vista.

Y de Kentucky a Wisconsin para dedicar un parrafillo al gran Sam Dekker, acaso la prueba perfecta de cómo una buena actuación en marzo puede disparar tu carrera profesional en general y tus perspectivas para el draft en particular, hasta el punto de hacerte casi rozar la lotería. Que Dekker era bueno lo sabíamos ya de sobra tras sus tres años en los Badgers, que Dekker podía ser grande lo supimos tras una Madness realmente excepcional, en la que se echó el equipo a la espalda y se convirtió en el principal culpable (aún más que Kaminski, incluso) de que Wisconsin se metiera en la Final y se quedara a apenas un paso de alzarse con el título. En NCAA se movía entre el tres y el cuatro abierto, en NBA difícilmente dejará de ser un tres ya que tiene el físico perfecto para ello. Otro de esos tíos que no son extraordinarios en nada pero son buenos en un montón de cosas, a destacar su defensa (como no podría ser de otra Sam-Dekkermanera viniendo de donde viene), su muñeca y su impagable carácter ganador. Quien lo escoja no se va a arrepentir, seguro.

No quiero acabar esta entrega sin mencionar otros dos nombres, otras dos incógnitas, otros dos recorridos divergentes en su camino hacia el draft: Justin Anderson, que se echó sobre sus hombros a los Cavaliers de Virginia durante toda esta temporada (excepto cuando anduvo lesionado, y bien que lo acusó su equipo); interesantísimo cóctel de atleticismo, muñeca, defensa (viniendo de Virginia lo lleva de serie) y actitud, y cuyas perspectivas draftísticas parecen haber mejorado sobremanera en los últimos tiempos gracias a unos magníficos workouts. Y Kelly Oubre, que llegó hace un año a Kansas haciendo muchísimo ruido pero luego lo de las nueces ya fue otro cantar. Su cartel de estrella de poco le sirvió porque así de entrada Bill Self prefirió no darle bola, cuando finalmente se la dio vimos que ahí sí que había jugador suficiente como para sacarle las castañas del fuego… pero tampoco mucho más, por ahora. A día de hoy no deja de ser un mero proyecto (como casi todos, pero aún más en este caso), interesante pero proyecto al fin y al cabo, como bien demuestra su caída en picado en las últimas previsiones pre-draft. Cuánto mejor habría hecho quedándose otro año más en Lawrence.

y VI – LOS DEMÁS

Me permitirán que con la temeridad que me caracteriza (y que da título al post) divida esta última categoría en dos subcategorías, a saber, presuntos robos del draft y presuntos petardazos del draft (tres de cada, que a estas alturas tampoco conviene abusar). Eso sí, ya saben que me avala la experiencia, donde pongo el ojo pongo la bala, no tienen más que mirar dónde andan hoy aquellos por quienes bebí los vientos (pongamos por ejemplo Adam Morrison o Royce White) o aquellos de quienes eché pestes (pongamos por ejemplo Steven Adams) para comprobarlo… Es decir, guarden cuidadosamente esta entrada y así podrán volver a restregármela dentro de unos pocos años, seguro que argumentos no les van a faltar.

Presuntos ROBOS del draft

syracyse-rakeem-christmas-blockMe van a permitir que tire para mis colores y empiece con Rakeem Christmas, pívot Orange que acostumbra a lucir el dorsal 25 en perfecta consonancia con su navideño apellido. Christmas llegó a Syracuse hace cuatro años como una imponente fuerza de la naturaleza, pero durante sus primeras tres temporadas no pasó de ahí. Entraba (a menudo como titular), ponía un par de tapones, se cargaba de faltas, se iba raudo y veloz al banquillo y luego ya si te he visto no me acuerdo. En cambio durante la temporada 2014/2015 su mejora fue exponencial, ya no era sólo defensa sino que de repente también sabía atacar el aro rival (y cómo), convirtiéndose de la noche a la mañana en pieza esencial de estos atribulados Orange. Ahora bien, tampoco es cuestión de que lance yo ahora las campanas al vuelo: deberá protegerse un poco mejor de las faltas (auténtica cruz), deberá ampliar su rango de tiro (a dos metros del aro ya nos valdría) y lo que difícilmente tendrá ya solución (salvo milagro de la ciencia) es su relativa falta de centímetros para un jugador tan interior. Y sin embargo, aún a pesar de todos estos pronunciamientos negativos, yo le tengo fe: porque le he visto mejorar hasta cotas que hace un par de años jamás hubiera imaginado, porque creo que posee la paciencia y la ética de trabajo necesarias para progresar en la vida (y en la Liga), porque bien llevado puede ser extraordinariamente aprovechable… y porque (a qué negarlo) me encantaría que le fuera bien. Los colores, ya saben.

upshawY si arriesgada era ya la apuesta anterior, no vean la que viene ahora: Robert Upshaw, devastadora fuerza interior donde las haya, especialista no tanto en rebotear (que también) como en salir rebotado él mismo de todos los sitios por donde pasa, así le sucedió hace dos años en Fresno State y así le ha sucedido este año en esa Universidad de Washington de la que hubo de marcharse por patas a mitad de temporada, apenas dos meses después de empezar. Quien le escoja ya sabe a lo que se expone, si le gustan las emociones fuertes no lo dude, éste es su hombre… Ahora bien, quien asuma el riesgo se estará también llevando (si le sabe llevar) una auténtica fuerza interior. En todo el baloncesto universitario nadie promedió más tapones que él durante los escasos meses que estuvo guardando la zona de los Huskies. Nadie, en toda la NCAA. Créanme que sus posibilidades son inmensas, créanme también que puede salir mal… pero que a poco que siente la cabeza podemos estar ante un auténtico pelotazo en toda regla. Prefiero pensar que va a ser así, quizá porque (como diría cierta ilustre alcaldesa) yo también creo mucho en la reinserción.

Y ahora pido a los lectores más veteranos (si alguno hubiere) que viajen conmigo hasta los ochenta, incluso a la primera mitad de los noventa. Probablemente recordarán a un alero que creció (junto a Olajuwon, Drexler, Michaux…) en aquellos Phi Slama Jama de la Universidad de Houston, que luego sentó cátedra en Pucela, que años después hasta ganó una Euroliga a las órdenes de Boza Maljkovic en aquel infumable Limoges…WP-OregonJosephYoung-620x400 Se llamaba (se seguirá llamando) Michael Young y las metía de todos los colores (incluso en Limoges; de hecho era casi el único que las metía en Limoges), pero obviamente no es de él de quien quiero hablarles sino de su hijo, Joseph Young, que también empezó su carrera universitaria en Houston hasta que se aburrió y pidió el transfer para marcharse a los Ducks de Oregon. Ni que decir tiene que a las órdenes de Dana Altman ha explotado (aún más si cabe), ni que decir tiene que es tan anotador compulsivo como el padre pero es además muchas más cosas. Este último año se vio obligado a ejercer de director de juego full time por necesidades del guión y cumplió ese papel a las mil maravillas, algo que debería venirle muy bien en su carrera profesional. Quizá por eso me chirría una barbaridad verle tan atrás en las previsiones del draft, entre el puesto 42 y el 49 a día de hoy. Qué quieren que les diga, en mi modesta opinión vale mucho más que eso. Ahora ya sólo falta que le den la oportunidad de demostrarlo.

Presuntos PETARDAZOS del draft

Pues como en los robos, me van a permitir que para empezar tire para mis colores: Chris McCullough llegó a Syracuse hace un verano y así de entrada nos encandiló. Típico alero longilíneo, muy bien trabajado técnicamente y que en sus primeros dos o tres partidos lo hizo de maravilla, razón más que suficiente para que los sufridos aficionados Orange nos engolosináramos de inmediato.mccullough Claro que el engolosinamiento se nos fue pasando en cuanto comprobamos que no era para tanto (unos pocos partidos más sin rascar bola) y se nos cayó del todo en cuanto se lesionó de gravedad y se perdió lo que restaba de temporada (casi toda ella, en realidad). En semejantes circunstancias cualquier criatura con dos dedos de frente habría visto su caché caer en picado y habría optado por volver a Syracuse para un segundo año, él no, él a pesar de todos los pesares prefirió mantener su apuesta por el one and done (obviamente no sé cuál es su situación económica familiar, obviamente sí sé que el futuro inmediato de su universidad tampoco es que motive demasiado). El resultado fue el que cabía esperar, que un jugador al que en noviembre todos daban en los diez primeros puestos del draft hoy aparezca al final de la primera ronda en el mejor de los casos, en el peor ya ni les cuento. Necesitará mucha paciencia y además muchos minutos, sospecho que los encontrará en la Liga de Desarrollo, puede que allí explote definitivamente o puede que acabe cayendo en el ostracismo más absoluto, todo por haber precipitado su proceso de maduración. Ojalá no sea así.

Y ahora me voy a Kansas para indisponerme con todos aquellos (que son unos cuantos) que ven a Cliff Alexander como posible robo del draft, dado que yo lo veo exactamente al revés. El susodicho llegó al campus de Lawrence precedido de magnífica fama y adobado de potente masa muscular, viéndole resultaba inevitable recordar a aquel otro ex Jayhawk llamado Thomas Robinson por quien yo bebí los vientos durante su etapa universitaria,cliff alexander pero del que habré de reconocer (aunque me duela) que luego apenas ha rascado bola en NBA. Parecido físico pero no técnico, Alexander está aún a años luz de las prestaciones que acabó ofreciendo Robinson, con tiempo y trabajo habría podido alcanzarlas pero no tuvo (ni tendrá ya) ni lo uno ni lo otro. Bill Self de entrada le dio muy poca bola, luego ya se animó a ponerle más y finalmente acabó la temporada no contando con él nada en absoluto: un poco porque no le convencía, y un mucho porque las sospechas acerca de presuntas irregularidades en su reclutamiento le llevaron a dejarle definitivamente en el banquillo que con las cosas de comer no se juega, no se fuera a enfadar la NCAA. Ni que decir tiene que esas sospechas fueron el último empujón que necesitaba para tirarse en plancha al draft, algo que probablemente también habría hecho en cualesquiera otras circunstancias. Lo cierto es que en lo poco que le vimos demostró poderío (lo lleva de serie)… y casi pare usted de contar. Otro caso palmario de jugador que en noviembre estaba en los primeros puestos de cualquier mock y al que hoy en cambio hay que encontrar (tras ardua búsqueda) en las profundidades de la segunda ronda. Otro presunto juguete roto. Esperemos que no.

Acabo viaje en North Carolina para presentarles (en el supuesto de que no lo conozcan ya) a una criatura que responde al bello a la par que peculiar nombre de J.P. Tokoto (pronúnciese en esdrújulo, tókoto). Tokoto aspira a pertenecer a esa categoría de jugadores que yo suelo llamar machakas y que los expertos ahora denominan 3&D;tokoto-2 es decir, exteriores que en defensa se meriendan a quien les pongan por delante y que en ataque se especializan en caer distraídamente hacia el lado débil para recibir libres de marca y clavar el triple desde la esquina: Bruce Bowen, Shane Battier o Tony Allen, por poner tres ejemplos muy divergentes entre sí pero que responderían más o menos a esta descripción. El problema con Tokoto en lo tocante al 3&D es que la cosa de la D se le da como hongos (por qué se dirá esto) pero la cosa del 3 como que le cuesta, creo que si revisaran a fondo aros y tableros del Dean Dome encontrarían múltiples abolladuras propiciadas por el apedreamiento al que se han visto sometidos por este sujeto durante los últimos tres años. Y es bien sabido que en NBA aún por bien que la metas te piden que algo defiendas y aún por bien que defiendas te piden que algo la metas (la pelota por el aro, entiéndase). Así las cosas el susodicho parece haber caído casi en la insignificancia, saltarse su último año universitario sólo le va a servir para ser escogido a mediados de segunda ronda, eso en el mejor de los casos. Para este viaje no hacían falta alforjas.

**********

Y hasta aquí. Me pesa no haber dicho ni media palabra del one and done de UNLV Rashad Vaughn (digno aspirante a haber sido incluido en mis presuntos robos del draft), del todoterreno arizónico Rondae Hollis-Jefferson, de los grandes de LSU Mickey & Martin, de los pequeños de Stanford Brown & Randle, del seguro alero de Texas Jonathan Holmes, del perrofláutico (a la par que maravilloso) alero de Nebraska Terran Petteway, del delicioso canadiense de Boston College Olivier Hanlan, de los kentuckianos gemelos Harrison (otros que se encaminan irremediablemente al ostracismo), de… No doy más de sí. Por esta vez creo que ya está bien, aquellos que hayan aguantado hasta aquí tras leerse las seis entregas merecerán para toda la eternidad el testimonio de mi consideración más distinguida (o algo así). Y a todos, gracias infinitas por su paciencia y su atención.

Publicado junio 25, 2015 por zaid en NBA, NCAA

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APROXIMACIÓN (TEMERARIA) AL DRAFT (y VI – LOS DEMÁS)   Leave a comment

Me permitirán que con la temeridad que me caracteriza (y que da título al post) divida esta última categoría en dos subcategorías, a saber, presuntos robos del draft y presuntos petardazos del draft (tres de cada, que a estas alturas tampoco conviene abusar). Eso sí, ya saben que me avala la experiencia, donde pongo el ojo pongo la bala, no tienen más que mirar dónde andan hoy aquellos por quienes bebí los vientos (pongamos por ejemplo Adam Morrison o Royce White) o aquellos de quienes eché pestes (pongamos por ejemplo Steven Adams) para comprobarlo… Es decir, guarden cuidadosamente esta entrada y así podrán volver a restregármela dentro de unos pocos años, seguro que argumentos no les van a faltar.

Presuntos ROBOS del draft

syracyse-rakeem-christmas-blockMe van a permitir que tire para mis colores y empiece con Rakeem Christmas, pívot Orange que acostumbra a lucir el dorsal 25 en perfecta consonancia con su navideño apellido. Christmas llegó a Syracuse hace cuatro años como una imponente fuerza de la naturaleza, pero durante sus primeras tres temporadas no pasó de ahí. Entraba (a menudo como titular), ponía un par de tapones, se cargaba de faltas, se iba raudo y veloz al banquillo y luego ya si te he visto no me acuerdo. En cambio durante la temporada 2014/2015 su mejora fue exponencial, ya no era sólo defensa sino que de repente también sabía atacar el aro rival (y cómo), convirtiéndose de la noche a la mañana en pieza esencial de estos atribulados Orange. Ahora bien, tampoco es cuestión de que lance yo ahora las campanas al vuelo: deberá protegerse un poco mejor de las faltas (auténtica cruz), deberá ampliar su rango de tiro (a dos metros del aro ya nos valdría) y lo que difícilmente tendrá ya solución (salvo milagro de la ciencia) es su relativa falta de centímetros para un jugador tan interior. Y sin embargo, aún a pesar de todos estos pronunciamientos negativos, yo le tengo fe: porque le he visto mejorar hasta cotas que hace un par de años jamás hubiera imaginado, porque creo que posee la paciencia y la ética de trabajo necesarias para progresar en la vida (y en la Liga), porque bien llevado puede ser extraordinariamente aprovechable… y porque (a qué negarlo) me encantaría que le fuera bien. Los colores, ya saben.

upshawY si arriesgada era ya la apuesta anterior, no vean la que viene ahora: Robert Upshaw, devastadora fuerza interior donde las haya, especialista no tanto en rebotear (que también) como en salir rebotado él mismo de todos los sitios por donde pasa, así le sucedió hace dos años en Fresno State y así le ha sucedido este año en esa Universidad de Washington de la que hubo de marcharse por patas a mitad de temporada, apenas dos meses después de empezar. Quien le escoja ya sabe a lo que se expone, si le gustan las emociones fuertes no lo dude, éste es su hombre… Ahora bien, quien asuma el riesgo se estará también llevando (si le sabe llevar) una auténtica fuerza interior. En todo el baloncesto universitario nadie promedió más tapones que él durante los escasos meses que estuvo guardando la zona de los Huskies. Nadie, en toda la NCAA. Créanme que sus posibilidades son inmensas, créanme también que puede salir mal… pero que a poco que siente la cabeza podemos estar ante un auténtico pelotazo en toda regla. Prefiero pensar que va a ser así, quizá porque (como diría cierta ilustre alcaldesa) yo también creo mucho en la reinserción.

Y ahora pido a los lectores más veteranos (si alguno hubiere) que viajen conmigo hasta los ochenta, incluso a la primera mitad de los noventa. Probablemente recordarán a un alero que creció (junto a Olajuwon, Drexler, Michaux…) en aquellos Phi Slama Jama de la Universidad de Houston, que luego sentó cátedra en Pucela, que años después hasta ganó una Euroliga a las órdenes de Boza Maljkovic en aquel infumable Limoges…WP-OregonJosephYoung-620x400 Se llamaba (se seguirá llamando) Michael Young y las metía de todos los colores (incluso en Limoges; de hecho era casi el único que las metía en Limoges), pero obviamente no es de él de quien quiero hablarles sino de su hijo, Joseph Young, que también empezó su carrera universitaria en Houston hasta que se aburrió y pidió el transfer para marcharse a los Ducks de Oregon. Ni que decir tiene que a las órdenes de Dana Altman ha explotado (aún más si cabe), ni que decir tiene que es tan anotador compulsivo como el padre pero es además muchas más cosas. Este último año se vio obligado a ejercer de director de juego full time por necesidades del guión y cumplió ese papel a las mil maravillas, algo que debería venirle muy bien en su carrera profesional. Quizá por eso me chirría una barbaridad verle tan atrás en las previsiones del draft, entre el puesto 42 y el 49 a día de hoy. Qué quieren que les diga, en mi modesta opinión vale mucho más que eso. Ahora ya sólo falta que le den la oportunidad de demostrarlo.

Presuntos PETARDAZOS del draft

Pues como en los robos, me van a permitir que para empezar tire para mis colores: Chris McCullough llegó a Syracuse hace un verano y así de entrada nos encandiló. Típico alero longilíneo, muy bien trabajado técnicamente y que en sus primeros dos o tres partidos lo hizo de maravilla, razón más que suficiente para que los sufridos aficionados Orange nos engolosináramos de inmediato.mccullough Claro que el engolosinamiento se nos fue pasando en cuanto comprobamos que no era para tanto (unos pocos partidos más sin rascar bola) y se nos cayó del todo en cuanto se lesionó de gravedad y se perdió lo que restaba de temporada (casi toda ella, en realidad). En semejantes circunstancias cualquier criatura con dos dedos de frente habría visto su caché caer en picado y habría optado por volver a Syracuse para un segundo año, él no, él a pesar de todos los pesares prefirió mantener su apuesta por el one and done (obviamente no sé cuál es su situación económica familiar, obviamente sí sé que el futuro inmediato de su universidad tampoco es que motive demasiado). El resultado fue el que cabía esperar, que un jugador al que en noviembre todos daban en los diez primeros puestos del draft hoy aparezca al final de la primera ronda en el mejor de los casos, en el peor ya ni les cuento. Necesitará mucha paciencia y además muchos minutos, sospecho que los encontrará en la Liga de Desarrollo, puede que allí explote definitivamente o puede que acabe cayendo en el ostracismo más absoluto, todo por haber precipitado su proceso de maduración. Ojalá no sea así.

Y ahora me voy a Kansas para indisponerme con todos aquellos (que son unos cuantos) que ven a Cliff Alexander como posible robo del draft, dado que yo lo veo exactamente al revés. El susodicho llegó al campus de Lawrence precedido de magnífica fama y adobado de potente masa muscular, viéndole resultaba inevitable recordar a aquel otro ex Jayhawk llamado Thomas Robinson por quien yo bebí los vientos durante su etapa universitaria, pero del que habré de reconocer (aunque me duela) que luego apenas ha rascado bola en NBA.cliff alexander Parecido físico pero no técnico, Alexander está aún a años luz de las prestaciones que acabó ofreciendo Robinson, con tiempo y trabajo habría podido alcanzarlas pero no tuvo (ni tendrá ya) ni lo uno ni lo otro. Bill Self de entrada le dio muy poca bola, luego ya se animó a ponerle más y finalmente acabó la temporada no contando con él nada en absoluto: un poco porque no le convencía, y un mucho porque las sospechas acerca de presuntas irregularidades en su reclutamiento le llevaron a dejarle definitivamente en el banquillo que con las cosas de comer no se juega, no se fuera a enfadar la NCAA. Ni que decir tiene que esas sospechas fueron el último empujón que necesitaba para tirarse en plancha al draft, algo que probablemente también habría hecho en cualesquiera otras circunstancias. Lo cierto es que en lo poco que le vimos demostró poderío (lo lleva de serie)… y casi pare usted de contar. Otro caso palmario de jugador que en noviembre estaba en los primeros puestos de cualquier mock y al que hoy en cambio hay que encontrar (tras ardua búsqueda) en las profundidades de la segunda ronda. Otro presunto juguete roto. Esperemos que no.

Acabo viaje en North Carolina para presentarles (en el supuesto de que no lo conozcan ya) a una criatura que responde al bello a la par que peculiar nombre de J.P. Tokoto (pronúnciese en esdrújulo, tókoto). Tokoto aspira a pertenecer a esa categoría de jugadores que yo suelo llamar machakas y que los expertos ahora denominan 3&D;tokoto-2 es decir, exteriores que en defensa se meriendan a quien les pongan por delante y que en ataque se especializan en caer distraídamente hacia el lado débil para recibir libres de marca y clavar el triple desde la esquina: Bruce Bowen, Shane Battier o Tony Allen, por poner tres ejemplos muy divergentes entre sí pero que responderían más o menos a esta descripción. El problema con Tokoto en lo tocante al 3&D es que la cosa de la D se le da como hongos (por qué se dirá esto) pero la cosa del 3 como que le cuesta, creo que si revisaran a fondo aros y tableros del Dean Dome encontrarían múltiples abolladuras propiciadas por el apedreamiento al que se han visto sometidos por este sujeto durante los últimos tres años. Y es bien sabido que en NBA aún por bien que la metas te piden que algo defiendas y aún por bien que defiendas te piden que algo la metas (la pelota por el aro, entiéndase). Así las cosas el susodicho parece haber caído casi en la insignificancia, saltarse su último año universitario sólo le va a servir para ser escogido a mediados de segunda ronda, eso en el mejor de los casos. Para este viaje no hacían falta alforjas.

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Y hasta aquí. Me pesa no haber dicho ni media palabra del one and done de UNLV Rashad Vaughn (digno aspirante a haber sido incluido en mis presuntos robos del draft), del todoterreno arizónico Rondae Hollis-Jefferson, de los grandes de LSU Mickey & Martin, de los pequeños de Stanford Brown & Randle, del seguro alero de Texas Jonathan Holmes, del perrofláutico (a la par que maravilloso) alero de Nebraska Terran Petteway, del delicioso canadiense de Boston College Olivier Hanlan, de los kentuckianos gemelos Harrison (otros que se encaminan irremediablemente al ostracismo), de… No doy más de sí. Por esta vez creo que ya está bien, aquellos que hayan aguantado hasta aquí tras leerse las seis entregas merecerán para toda la eternidad el testimonio de mi consideración más distinguida (o algo así). Y a todos, gracias infinitas por su paciencia y su atención.

APROXIMACIÓN (TEMERARIA) AL DRAFT (V – LOS DEL MEDIO)   Leave a comment

Doses, treses, doses y medios, treses y medios, acaso también algún uno y medio al que me cueste ver como base… de todo hay en esta quinta (y penúltima, espero) entrega, todo un genuino cajón de sastre. Y desastre, en lo que a mí respecta. Unos pocos mediocampistas (con perdón) que seguramente no marcarán una época pero a quienes no está de más conocer. Por lo que pueda pasar.

WINSLOW-02Empecemos cómo no por Justise Winslow, de la Universidad de Duke y de los Winslow de toda la vida, para mí será ya siempre el hijo de Rickie por más que en USA Rickie Winslow (aún con su gran carrera en la Universidad de Houston) sea ya sólo el padre de Justise. Justise es el típico jugador que lo mismo cose un huevo que fríe un alfiler, genuino todocampista, de esos que nunca serán una estrella pero que te los llevarías al fin del mundo si pudieras. Muy buen defensor, tremendo penetrador, aguerrido luchador. En los Blue Devils ejercía de tres o incluso de cuatro pero en NBA probablemente le tocará ser un dos, dos y medio a lo sumo; una posición para la que deberá mejorar su relación con las faltas (las que comete, que son demasiadas; y las que le cometen, que no aprovecha en los tiros libres como debiera) y muy especialmente su relación con el aro rival desde la larga distancia, condición sine qua non (signifique eso lo que signifique) para un magnífico proyecto de machaka (ilustrado) como el que nos ocupa. Muy probablemente será 6 ó 7 del draft, muy probablemente será carne de Kings o Nuggets. Nadie construirá un equipo alrededor de él, pero cualquier equipo será mucho mejor con él.

stanley johnsonCasi en la otra punta del país, en Tucson, Arizona, Stanley Johnson viene de hacer prácticamente el mismo viaje que Justise Winslow… sólo que en sentido inverso. Empezó la temporada como presumible número 3 del draft (y hasta el 2 le daban en algún pronóstico) y como favorito indiscutible a Jugador del Año en su conferencia; acabó la temporada rozando a duras penas los puestos de lotería y ya no siendo ni el mejor de su propio equipo siquiera (honor que correspondió al magnífico base sénior T.J. McConnell, a quien dicho sea de paso no encuentro en ninguna lista predraft; si es usted propietario de un equipo europeo ya está tardando en echarle el guante). Stanley dio maravillosamente el pego en un principio pero según fue avanzando el año se le vieron las carencias, que son muchas y variadas. Otro añito en Arizona le habría venido de perlas… o no, porque acaso su flojísimo final de temporada fuese porque en el fondo estaba deseando salir de allí. Él sabrá.

Viajemos ahora (como casi en cada entrega de esta serie) a Kentucky, pero esta vez para hablarles de un jugador realmente especial. Quizá el que menos nos llamara la atención de toda aquella ingente camada de freshmen que desembarcó hace un año en Lexington: liviano, nada sobrado de músculo, rozando a duras penas los dos metros (que no aparenta) y con cierto aire de buen chaval que desentonaba con la pinta de sobraos de muchos de sus compañeros.devin-booker1 Devin Booker (que así se llama el susodicho) fue asignado de entrada al segundo pelotón (white platoon, en la jerga calipariana), pensamos que pasaría desapercibido pero nada más lejos de la realidad, enseguida vimos que estábamos ante un auténtico microondas, un chaval que en cuanto aparecía y afinaba su muñeca podía poner el partido entero del revés. Porque esa es sin lugar a dudas la mejor (pero no única) cualidad de Booker, para mi gusto el mejor tirador exterior puro de este draft (Herzonja y el ex Gator Michael Frazier podrían discutírselo, aunque en el caso de este último no hay color). Y es bien sabido que en esta NBA tan propensa al triple que nos ha tocado vivir el kilo de tirador se paga muy pero que muy bien, razón por la cual Booker con sólo un año de campus tendrá puesto de lotería y un contratazo acorde con dicha posición. En el mejor de los casos podríamos soñar con un Klay Thompson (palabras muy mayores), en el caso intermedio estaríamos ante un Korver o un Redick de la vida, en el peor una especie de Kapono que tampoco es que sea mala cosa. Nunca le pierdan de vista.

Y de Kentucky a Wisconsin para dedicar un parrafillo al gran Sam Dekker, acaso la prueba perfecta de cómo una buena actuación en marzo puede disparar tu carrera profesional en general y tus perspectivas para el draft en particular, hasta el punto de hacerte casi rozar la lotería.Sam-Dekker Que Dekker era bueno lo sabíamos ya de sobra tras sus tres años en los Badgers, que Dekker podía ser grande lo supimos tras una Madness realmente excepcional, en la que se echó el equipo a la espalda y se convirtió en el principal culpable (aún más que Kaminski, incluso) de que Wisconsin se metiera en la Final y se quedara a apenas un paso de alzarse con el título. En NCAA se movía entre el tres y el cuatro abierto, en NBA difícilmente dejará de ser un tres ya que tiene el físico perfecto para ello. Otro de esos tíos que no son extraordinarios en nada pero son buenos en un montón de cosas, a destacar su defensa (como no podría ser de otra manera viniendo de donde viene), su muñeca y su impagable carácter ganador. Quien lo escoja no se va a arrepentir, seguro.

No quiero acabar esta entrega sin mencionar otros dos nombres, otras dos incógnitas, otros dos recorridos divergentes en su camino hacia el draft: Justin Anderson, que se echó sobre sus hombros a los Cavaliers de Virginia durante toda esta temporada (excepto cuando anduvo lesionado, y bien que lo acusó su equipo); interesantísimo cóctel de atleticismo, muñeca, defensa (viniendo de Virginia lo lleva de serie) y actitud, y cuyas perspectivas draftísticas parecen haber mejorado sobremanera en los últimos tiempos gracias a unos magníficos workouts. Y Kelly Oubre, que llegó hace un año a Kansas haciendo muchísimo ruido pero luego lo de las nueces ya fue otro cantar. Su cartel de estrella de poco le sirvió porque así de entrada Bill Self prefirió no darle bola, cuando finalmente se la dio vimos que ahí sí que había jugador suficiente como para sacarle las castañas del fuego… pero tampoco mucho más, por ahora. A día de hoy no deja de ser un mero proyecto (como casi todos, pero aún más en este caso), interesante pero proyecto al fin y al cabo, como bien demuestra su caída en picado en las últimas previsiones pre-draft. Cuánto mejor habría hecho quedándose otro año más en Lawrence.

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