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LO QUE QUEDA DE LA COPA   2 comments

Aquellos que tengan la insana costumbre de leerme desde hace años sabrán ya que no acostumbro a comprar ese viejo discurso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esto es como decía aquel manido proverbio (topicazo al canto), si lloras porque no puedes ver el sol tus lágrimas no te dejarán ver las estrellas, si te pasas la vida echando de menos el ayer no disfrutarás el hoy, disfruta el hoy para que puedas echarlo de menos mañana. Crecí rodeado de padres, abuelos y tíos que no hablaban jamás de baloncesto pero sí de fútbol y créanme que en aquellos tiempos no había conversación sobre el dichoso deporte-rey que no acabara con el típico esto ya no es lo que era, tú que sabrás si no has visto jugar a Di Stéfano, Puskas, Kubala, aquello sí que era fútbol de verdad, que el niño que era yo acababa incluso lamentándose de no haber nacido diez o quince años antes para no habérselo perdido. Y en lo tocante al baloncesto pues qué les voy a contar que no sepan ya, a aquellos que lloraron en los noventa por no poder ver ya a Magic o Bird sus lágrimas no les permitieron ver al mejor Jordan, aquellos que echaron de menos a Jordan no supieron disfrutar de Kobe o Iverson, aquellos que aún hoy siguen echando de menos a todos los anteriores se están perdiendo a Durant o LeBron. Cada tiempo tiene su momento, la nostalgia bien entendida resulta lícita y hasta saludable siempre y cuando no te ciegue, siempre y cuando no te impida ver lo que sucede a tu alrededor. Cualquier tiempo pasado fue… anterior. Punto.

Y sin embargo yo tampoco puedo evitar a veces esa misma sensación (aunque me la prohíba a mí mismo), yo tampoco puedo evitar sentarme cada año a ver la Copa, nuestra Copa, y pensar que (esta vez sí) cualquier tiempo pasado fue mejor. Hoy nos siguen vendiendo la Copa como si aún siguiera siendo el bazar de las sorpresas, como si aún estuviéramos en aquellos años ochenta y noventa en los que el pez chico no sólo podía comerse al grande sino que incluso a veces se lo comía. En lo que llevamos de siglo las sorpresas (verdaderas sorpresas me refiero, no cuenten a Baskonia o Unicaja cuando aún podían competir de igual a igual con Madrid o Barça) podrían contarse con los dedos de una mano y aún nos sobrarían cuatro dedos, acaso la última fuera la del Joventut ganando en el Buesa en 2008, sorpresa además muy relativa porque aquella maravillosa Penya de Aíto y los erre que erre (Rudy & Ricky) jugaba como los ángeles y no le temblaba el pulso a la hora de codearse con los grandes. Aquello del bazar de las sorpresas ya es sólo una reliquia del pasado, un hermoso recuerdo, aquellos sueños hechos (casi) realidad en Cáceres, Manresa, CAI o Estu. Nostalgia de un pasado que ya nunca más ha de volver, que decía la copla. Año tras año seguirán vendiéndonos (y harán bien) que la magia de esta competición estriba en que a un solo partido cualquier cosa puede pasar, y ello aunque la triste realidad se empeñe en demostrarnos que en estos últimos tiempos no ha habido torneo más previsible en nuestras vidas que la Copa del Rey.

Nos venden las sorpresas y nos venden la emoción, también. Cuatro días de adrenalina rezaba pomposamente el cartelón de este año, pero una vez vista la competición no me quedó claro si el que lo redactó se refería a la emoción del juego o al consumo de sustancias estupefacientes ajenas al mismo. Adrenalina lo que se dice adrenalina sólo la hubo en tres partidos, y ello siendo muy generoso y metiendo también en el ajo al Unicaja-CAI aunque su final fuera más bien una sucesión de tiros libres. El resto (hasta un total de siete) estuvieron ya resueltos en el segundo cuarto, alguno incluso en el primero como aquel insospechado Barça-Valencia por más que luego el entusiasmo valencianista maquillara las sensaciones y/o el marcador. Nada que deba sorprendernos, al fin y al cabo es el signo de los tiempos (lo habré escrito ya quinientas veces pero lo escribiré una más por si alguien me leyera por primera vez), los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, la clase alta cada vez más alta, la media-alta cada vez menos alta y más media, la clase media cada vez más baja y la baja en peligro de extinción por pura inanición. La vida misma, y el baloncesto forma parte de ella nos guste o no. A un lado Madrid y Barça y su desparrame futbolístico-televisivo, al otro todos los demás: los que andan mendigando un patrocinador aunque éste ya no deje ni la cuarta parte de lo que antes se dejaba, los que ya no huelen un céntimo del maná público (ni falta que hace, que éste está para otras cosas), los que ya ni recuerdan aquellas vacas gordas de los derechos de televisión. Puede que todas aquellas sorpresas de otro tiempo fueran consecuencia de vivir muy por encima de sus posibilidades, pero es que hoy ya no nos quedan ni posibilidades siquiera. Ni encima ni debajo.

sabadoClaro que está muy bien vender sorpresas y emociones y la biblia en verso, está muy bien venderlas pero aún estaría mejor si las lucieras en un escaparate desde el que la gente las pudiera comprar. Es bien sabido que en materia televisiva autonómica siempre hubo aficionados de primera y aficionados de segunda, esto es así desde que las públicas se reparten el (amargo) pastel baloncestero pero con un ligero matiz, que es que hubo un tiempo en que la proporción primera/segunda fue más/menos 80/20 y hoy debe ser más/menos 20/80, que parece lo mismo pero es exactamente al revés. Obviamente no tengo datos que permitan corroborarlo pero parece evidente que cada vez somos más los que viajamos en el furgón de cola sobre todo desde que tres Comunidades tan pobladas como Madrid, Andalucía y Valencia se bajaron del barco (bien porque ya no tienen Autonómica o bien porque aún la tienen pero es casi como si no la tuvieran). Todo lo cual no representaría un problema si (como solía suceder antaño) las espaldas de las Autonómicas (por decirlo así) las cubriera Teledeporte, pero no fue el caso.domingo Arseni Cañada anunció pomposamente durante sus partidos de jueves, viernes y sábado que la otra eliminatoria del día podría verse luego en diferido en Teledeporte, quizá fuera así en los cuartos de final pero en lo que respecta a la semifinal autonómica Barça-Valencia ya les digo yo que no, de hecho a estas alturas aún la estamos esperando. A lo largo de la madrugada del sábado al domingo Teledeporte reservó dos ventanas para la Copa, a la 1:55 y a las 6:35, acaso las dos únicas rendijas que pudo abrir en su cobertura full time de los Juegos de Sochi. Parecía lógico que la primera fuera la destinada para ofrecer el Barça-Valencia (anunciado a bombo y platillo por el propio Arseni, recuerden) pero aguanté despierto hasta esa hora y cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré con la redifusión del Madrid-CAI. Bueno, pues si no es ahora será a las 6:35, pensé con mi natural ingenuidad. Programé la grabación, me fui a la cama y cuando a la mañana me abalancé sobre el iPlus con la sana intención de ver por fin el partido ¿qué dirán ustedes que me encontré? Efectivamente, la rerrerrerredifusión del Madrid-CAI, no fuera a ser que a esa hora quedase todavía un solo mortal sin verlo. Del Barça-Valencia nunca más se supo, quizás ello explicaría la foto aquella que hizo furor pocas horas después en las redes sociales en la que se apreciaba la relajación de alguno de los miembros del equipo, mucho más pendiente del fútbol televisado que del baloncesto in situ. Quizás no lo narraran porque no se iba a dar o quizás no se diera porque no lo narraron, vaya usted a saber.

Claro está, siempre nos quedará Orange Arena. ¿Qué les cuento yo de mi querida Potato Arena o Castaña Arena o Truño Arena o Quéséyoqué Arena que no les haya contado ya? Ya saben, una maravillosa web que es la pura antítesis de la usabilidad y la intuitividad, que te obliga a conectarte cada vez, a sacarte una entrada virtual y a pasar por no menos de seis pantallas distintas cada vez que entras, total para que cuando por fin llegas al contenido solicitado no puedas verlo porque ahora resulta que tu navagador sólo es compatible con la aplicación en los días pares que sean múltiplo de tres y siempre y cuando la luna esté en cuarto menguante (¿o era creciente?), eso con suerte. Eso para la temporada regular, para la Copa era todo un reto conseguir empeorarlo pero quedó bien claro que a estos señores no hay reto que se les resista. Con los directos la empezaron cagando pero hacia la mitad del Unicaja-CAI consiguieron por fin que dejáramos de quejarnos, pero con los diferidos… Había que buscarlos en las profundidades de la web, había que pinchar en el +info de la entrada virtual, había que volverse loco hasta que aparecían, total para descubrir cuando al fin los encontrabas que aún no estaba puesto el que esperabas ver. Busqué inútilmente el Barça-Valencia en la madrugada del sábado y volví a buscarlo inútilmente en la mañana del domingo, no logré encontrarlo (de hecho las dos semifinales no estuvieron colgadas hasta el mediodía, casi veinte horas después de haberse jugado) pero a cambio sí me di de bruces con el cartelito que anunciaba como próximo directo el Barcelona-Real Madrid. Es decir, de una tacada había matado dos pájaros de un tiro (o más bien los dos pájaros me habían pegado el tiro a mí): no había conseguido ver el partido pero sí había conseguido enterarme del resultado antes de ver el partido. Ni que decir tiene que les estaré infinitamente agradecido.

Llull-Madrid-CampeonCopa

¿Qué más nos quedará de esta Copa, aparte de todo lo anterior? De esta Copa quedarán dos partidazos, quedará una canasta sobre la bocina de esas que se recuerdan toda la vida, quedará una final tremenda, tremenda en su grandeza y en sus imperfecciones, de hecho acaso sean precisamente las imperfecciones (dado que la perfección no existe) las que hacen verdaderamente grande a este juego.

Quedará un campeón que parece que pase un examen cada vez que juega una final; como si el juego rácano y especulativo no necesitara demostrar nada porque ya hubiera probado sobradamente su eficacia y en cambio el juego rápido y vistoso hubiera de demostrar una y otra vez que además también sirve para ganar títulos. Laso lleva ya dos copas y una liga, podrá ganar en unos meses su segunda liga pero como no gane además la Euroliga le lloverán palos por doquier, le volverán a cuestionar el modelo y hasta sus cualidades como entrenador, al tiempo.

Quedará también (y ojo con esto) la peligrosa autocomplacencia del campeón, repitiendo algunos a todo aquel que quiera oírlo que hicieron un partidazo (que nadie lo niega) pero acaso olvidando que el partido no se jugó a su manera sino a la del rival, que a poco más de un minuto ganaban de 7 y a poco más de un segundo perdían de 1, que si no es por la iluminación de Llull ahora hablaríamos de otra cosa muy distinta, que si no es por la ofuscación del Barça en los tiros libres sabe dios de qué estaríamos hablando ahora. Esa autocomplacencia en las victorias (al menos de puertas afuera) puede ser su peor enemigo para lo que queda de temporada; mucho peor enemigo que Barça, CSKA, Olympiacos, Fenerbahçe o cualesquiera otros que queramos imaginar.

Quedará la definitiva consagración de Mirotic (ello en el supuesto de que no estuviera consagrado ya más que de sobra), la mayoría de edad de Abrines (aunque a alguno todavía le cueste hacerse a la idea), la puesta de largo (nunca mejor dicho) de Edy Tavares; en realidad Tavares no hizo más que lo que ya viene haciendo semana tras semana en el CID y demás canchas ACB, pero esto es lo que tiene el escaparate de la Copa (y no digamos ya si la juegas contra el Madrid): para medio mundo fue como si lo hiciera por primera vez… quizás porque ese mismo medio mundo le vio jugar el jueves por primera vez.

Quedarán unos fallos organizativos impropios de una competición de tan alta alcurnia y prosapia (sea eso lo que sea): quedará un reloj de posesión que se paraba o iba por libre cada dos por tres, como si la organización esperara la visita de algún miembro (imputado o no) de la familia del señor que da nombre al trofeo y hubiese vuelto a instalar inhibidores de frecuencia, a la manera de aquella infausta fase final del Eurobasket 2007; quedarán unas redes que si el tiro entraba flojo no dejaban caer la bola, que en casi medio siglo de baloncesto no recuerdo haber visto jamás nada semejante, como quedará también la fantasmagoría de alguno que creyó ver en ello un siniestro complot (el futbolerismo migrado por un día al baloncesto es lo que tiene), que a ver cómo le vas a pedir luego que sepa perder cuando llegado el momento ni siquiera sabe ganar.

aro

Quedará una realización televisiva infame, impropia no ya de ésta sino de cualquier otra competición sobre la faz de la tierra: baste decir que Televisión Española incorporó para la ocasión unas novedosas camaritas instaladas justo encima de las canastas, que habrían sido perfectas para ofrecer repeticiones (que es bien sabido que las repeticiones compulsivas son marca de la casa, tanto más cuanto menos permitan ver el juego) si no fuera porque el realizador ya que las tenía decidió jugar con ellas y utilizarlas una y otra vez para el directo (incluso en algún ataque especialmente decisivo de algún partido especialmente decisivo), y no dejándolas quietas sino abriendo y cerrando el plano compulsivamente en plan zoom cual Lazarov en los setenta, de tal manera que al final de cada jugada acababas viendo aro, sólo aro, la pantalla entera llena de aro, un enorme aro en primer plano que rebosaba incluso los contornos del televisor. Por favor, que le den un válium la próxima vez o aún mejor, que le manden a realizar las carreras de caballos, la gala de los Goya o la de Murcia qué hermosa eres, que seguro que allí sus innovaciones estilísticas podrán ser especialmente valoradas por un público afín.

Y quedará en resumidas cuentas (acabo como empecé, vuelta la burra al trigo) esa misma sensación que ya venimos experimentando año tras año de que esto ya no es lo que era, de que esta ya no es mi Copa que me la han cambiao. O no quién sabe, o acaso la Copa siga siendo la misma y el problema esté en que ya no sepa yo apreciarla, acaso la tuviera demasiado idealizada, acaso sea yo el que ya no soy lo que fui. Va a ser eso.

el síndrome de Stobart   2 comments

Tengo un compañero de trabajo que tiene un amigo que a su vez es amigo de un jugador ACB. Pero no piense en un jugador del Estu, el Madrid o el Fuenla por aquello de que compartan vecindad con el que suscribe, no piense en un jugador destacado ni medianamente importante de la Liga, no, más bien prepárese para viajar a las profundidades abisales (y abismales) de nuestra competición. El jugador al que me refiero no le sonará de nada salvo que su conocimiento de la Liga sea enciclopédico o salvo que viva usted en las Baleares o en Galicia, el jugador al que me refiero juega (es un decir) en el Blu:sens Monbús, Obradoiro para los amigos, y responde al bello nombre de Micky Stobart. Que llamándose así creerá usted acaso que provenga de Alabama o Wisconsin pero no, nada más lejos de la realidad. Micky Stobart se llama en realidad Miguel Ángel García Stobart y nació hace 27 primaveras en Palma de Mallorca. Cuentan las crónicas (su ficha ACB, más bien) que su puesto es el de pívot, que mide 2,05, que se formó en las categorías inferiores del Barça y que en su trayecto se ha recorrido prácticamente todos los niveles de nuestro baloncesto, desde Mollerussa (EBA) a Mallorca (LEB) pasando en su camino por lugares como Igualada, Valls o Alaior. Y que finalmente en esta temporada 2012/2013, como el lógico y merecido premio a su larga y dilatada trayectoria, pareció haberle llegado por fin la gran oportunidad de la ACB… o algo así.

Cada lunes por la mañana mi compañero de trabajo, consciente de mi filiación baloncestera, se acerca a mi mesa y me dice anda, mira a ver lo que ha hecho ayer el amigo de mi amigo. Cada lunes por la mañana entro con él en Internet a ver los números del tal Stobart, empeño vano e infructuoso donde los haya porque su planilla carece casi por completo de números. De las nueve jornadas que se llevan disputadas Stobart ha jugado sólo en dos, a razón de dos minutos y un día y uno el otro lo que hace un total de tres, lo cual a su vez nos da un promedio de minuto y medio por partido (por partido que juega, entiéndase). En esos tres minutos le ha dado tiempo a tirar tres veces a canasta con nulo éxito, y dado que tampoco ha lanzado tiros libres no le resultará difícil colegir que hasta ahora lleva la friolera de cero puntos anotados. Puede al menos presumir de haber atrapado un rebote (ofensivo) y puede también lamentarse de que le hayan puesto un tapón. Y ya está, ni un solo dígito más. Si usted en un arrebato de cariño decidiera fichar a Micky Stobart para el Supermanager, sepa que la criatura le costaría a día de hoy 76.220 presuntos euros (o como llamen al dinero virtual que ahí se utiliza). No hay en todo el juego un solo pívot más barato que Micky Stobart.

Y cada lunes, tras la rutinaria comprobación, viene la no menos rutinaria lamentación: si al final va a ser lo que dice mi amigo, que a éste le han fichado sólo para cubrir cupo… Pues sí, témome que no anda precisamente desencaminado el susodicho amigo, Stobart es un caso más de cubrecupos, si quieren un caso extremo pero no un caso aislado, en absoluto, repasen las plantillas ACB y encontrarán unos cuantos apellidos más o menos ilustres, más o menos anónimos (y en la mayoría de los casos bastante más jóvenes) de jugadores que andan padeciendo (alguno hasta diría disfrutando) en estos días este mismo síndrome de Stobart: sin ir más lejos en el propio Obradoiro encontrarán otro cuyo nombre les resultará mucho más familiar, Jorge Sanz también cayendo peligrosamente en el anonimato, a este paso acabaremos preguntándonos como en aquella serie del Plus qué fue de Jorge Sanz; y no, esta vez no se tratará del actor. Y quien dice Obradoiro dice cualquier otro, quien dice Jorge Sanz dice Samb, Servera, Alvarado, Marín, Calbarro, Olaizola, Domínguez, Motos, Izquierdo, Edu Ruiz, Adrián García… y sí, incluso Abrines. ¡¡¡Abrines!!!

¿A dónde quiero llegar a parar? Llevo años pensando que la ABP, siglas (entiendo que) de la Asociación de Baloncestistas Profesionales, debería en realidad llamarse ABEP, Asociación de Baloncestistas Españoles Profesionales. Llevo años sin entender que una organización gremial que dice representar a todo un colectivo (hace apenas unos días se lo volvíamos a escuchar a José Luis Llorente en Tirando a Fallar) sólo represente en realidad a una parte de ese colectivo. Llevo años y más años comprobando que el principal (por no decir el único) caballo de batalla de esta Asociación es la adopción de medidas proteccionistas para defender al jugador nacional ante la supuesta amenaza fantasma proveniente del exterior. Me he preguntado muchas veces en todos estos años qué habría pasado en este país si a Comisiones o UGT les hubiera dado por pedir algo similar en (por ejemplo) el sector de la construcción, exigir medidas para que se garantizara en cada obra un cupo de obreros españoles en detrimento de los obreros ecuatorianos, rumanos o centroafricanos pongamos por caso, convocar incluso huelgas si no se cumpliera dicha exigencia… Pues habría pasado que se habría liado la de dios es cristo, y evidentemente con toda la razón del mundo. Y sin embargo la ABP lleva años y más años planteando esta misma política y presentando estas mismas exigencias sin que a nadie parezca importarle demasiado, mirando (casi) todos hacia otro lado porque en este caso se trataría de salvaguardar la supervivencia del jugador nacional como si éste fuese una especie a extinguir. Que está muy bien, no digo yo que no, que soy el primero al que le encantaría ver nuestras plantillas repletas de jugadores de la casa (pero no a cualquier precio), pero que si me pongo en el lugar de un jugador ACB nacido en Cincinnati, Pernambuco, Antananarivo o Sebastopol, pues como que en caso de conflicto con mi club no me sentiría yo muy respaldado por un sindicato al que sé que jamás le mereceré la misma consideración que si hubiera nacido en Soria.

La ABP todavía no ha entendido esa famosa frase de que no se le pueden poner puertas al campo, es un tópico pero es bien cierto, el campo es muy grande, por muchas puertas que le pongas siempre encontrarás un resquicio por el que entrar o salir aún por largo que sea el rodeo que tengas que dar para encontrarlo. Los clubes ACB sí que la han entendido, ya lo creo que la han entendido, lo de encontrar resquicios se les da como hongos (por qué se dirá esto), de hecho llevan media vida haciéndolo. El que hace la ley hace la trampa, póngame usted la excepción de los cupos de formación y ya me encargaré yo de llenarla de contenido aunque para ello tenga que fichar a las criaturas cuando aún no se han destetado ni quitado siquiera el chupete. Hoy la mera contemplación de las promociones de júniors, juveniles y hasta cadetes en nuestros equipos más emblemáticos nos muestra un crisol de nacionalidades que para sí lo quisiera la torre aquella de Babel. Si esto era lo que querían evitar estarán de acuerdo conmigo en que les ha salido como el culo, discúlpenme la expresión.

Pero es que además, y como diría un jurista, niego la mayor (que no sé muy bien qué significa, pero queda bien). No es verdad que gracias a este sistema jueguen más españoles en la ACB. Sí es verdad, cómo no habría de serlo, que gracias a este sistema hay más españoles en la ACB, a la fuerza ahorcan; pero que jueguen ya es otro cantar. Jugar, lo que se dice jugar, juegan básicamente los que jugarían aunque no hubiera cupos, salvo alguna excepción puntual que no hace sino confirmar la regla. ¿El resto? Repasen ustedes las plantillas y constatarán el elevado porcentaje de jugadores nacionales en los últimos puestos de la rotación (o fuera de la rotación, directamente). Que me dirán que siempre ha habido titulares y suplentes, que en todo equipo que se precie conviven los importantes, los del montón y los directamente marginales, ya lo sé, siempre ha sido así y así va a seguir siendo, y hasta puedo entender que en esas últimas categorías haya más jugadores de aquí por tratarse de equipos de aquí; pero lo que ya no me encaja es que esto acabe siendo así casi por imperativo legal. Hemos renunciado a un modelo en el que se privilegia jugar (donde sea, en el país que sea, en la competición que sea) para sustituirlo por uno en el que se privilegia estar. Lo cual puede ser hasta un premio (relativamente) para jugadores como Stobart, pero es una putada (aunque ellos no siempre lo vean así) para todos esos chavales que andan padeciendo el síndrome de Stobart. Jóvenes que en lugar de estar partiéndose la cara en LEB o incluso en EBA, o en la liga francesa o en la portuguesa, están pelándose plácidamente el culo en el fondo de un banquillo ACB. Y luego bien que nos echaremos las manos a la cabeza con todas esas promesas que un día fueron y que sin embargo acabaron quedándosenos en el camino porque sus equipos no les dieron minutos, vaya por dios. Créanme, para este viaje no hacían falta alforjas.

Qué quieren que les diga, probablemente les pareceré un ingenuo (y probablemente lo sea) pero yo abogaría por la desregulación total. Primero porque los aficionados de a pie nos volvemos locos (si no lo estamos ya) con todo este maremágnum, porque llegados a este punto ya no sabemos lo que es cupo y lo que dejo de escupir, ahora quíteme allá este Norel, ahora póngame acá este Satoranski, por dios santo, por dios bendito. Y segundo porque si el remedio ha resultado ser peor que la enfermedad pues quizás haya llegado el momento de dejar que la enfermedad se desarrolle sola a ver por dónde respira, a ver si en verdad es tan grave como parece ser. No faltarán los agoreros que pronosticarán el fin del mundo (pero ese también nos lo pronostican ahora, aún con cupos), que entreverán una ACB sin un solo jugador nacional, la muerte definitiva de nuestro baloncesto, el acabose. Pues vale, pero déjenme que les diga que aún hoy, aunque haya una serie de equipos a los que les cuesta cumplir con los cupos, hay también unos cuantos que sobrepasan con creces esos cupos; y qué casualidad, resulta que a estos últimos es casi a los que mejor les va. Liberalicen el mercado, o bien mantengan si lo así lo quieren el límite de dos extracomunitarios (y extracotonús) pero liberalicen por completo todo lo demás, pura normativa europea sin artificios ni componendas ni colorantes ni conservantes; y no les niego que habrá equipos hechos sólo a base de extranjeros (pero en el pecado llevarán la penitencia: en seguimiento, en fidelidad de sus aficionados, en cohesión grupal al ser cada uno de su padre y de su madre), pero también seguirá habiendo equipos hechos mayoritariamente de españoles, que no sé si ganarán más pero sí serán seguro mucho más felices. Y que cada cual juegue (repito, juegue, no esté) donde lo merezca y no donde la normativa le sitúe; y quien pueda abrirse paso en ACB que se lo abra, y quien no pues que asuma que a veces puede ser hasta saludable tener que salir por ahí a buscarse la vida, que un buen paso atrás ahora pueden ser dos adelante después. Que algunos que hoy juegan en NBA en su día se curtieron en LEB y no parece que se les cayeran los anillos por ello, más bien al contrario, más bien pensaron que aquello era mucho mejor para su carrera que limitarse a estar mirando la ACB desde un banquillo. Ojalá todos, jugadores y (sobre todo) no jugadores, lo tuvieran hoy igual de claro.

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