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1984 fue el año en que leímos 1984, de hecho fue el año en que (re)descubrimos que existía esa novela escrita 36 años antes (1948, nótese el juego de cifras) y en la que Orwell pintaba un desolador y aterrador futuro plagado de pantallas que vigilaban hasta el más mínimo movimiento de sus ciudadanos. Claro está, nos hacía mucha gracia todo aquello,bigbrother piénsese que en 1984 apenas teníamos un canal y medio de televisión, que aún no había Internet ni móviles ni portátiles ni tablets ni pecés ni deuvedés ni pendrives ni casi cedés ni disquetes siquiera (no desde luego el de tres un medio, quizá ya hubiera nacido el de cinco un cuarto), que el más pequeño de los ordenadores ocupaba una mesa entera, que lo más parecido a un programa informático era aquella interminable ristra de tarjetas rosas perforadas y necesariamente clasificadas en el orden correcto que solía manejar el enterao de turno, que como un día se le cayeran al suelo y se le desordenaran era hombre muerto… Sí, nos hacía mucha gracia aquel pronóstico presuntamente errado por Orwell en 1984, hoy treinta años después ya no nos hace tanta gracia cuando miramos a nuestro alrededor, ello aunque aquel terrible concepto del Gran Hermano haya quedado completamente prostituido con el paso del tiempo y hoy ya sólo lo identifiquemos con un no menos terrible programa de televisión, ése del que el 99 por ciento de sus telespectadores (me quedo corto) ni siquiera sabrán de dónde le viene el nombre…

1984 fue principio y fin de muchas cosas, demasiadas. Mírenme a mí por ejemplo (lo prometo, serán sólo estas líneas), miren a ese típico licenciado en paro (sí, ya entonces existía esa especie, y en abundancia) echando currículums por doquier mientras poco a poco iba asumiendo que jamás encontraría trabajo de lo mío, que llegado este momento habría de conformarme con trabajar de lo que fuera. En ese mismo lo que fuera continúo aún hoy más o menos, casi treinta años después…

1984 fue principio y fin, también en baloncesto. A nivel de clubes acabábamos de parir la ACB (aunque casi ni nos hubiéramos enterado), acabábamos de ver al CAI dar un golpe de estadio y birlarle la Copa al Barça. acabábamos de importar los playoffs, ese invento del demonio, por dios, a quién se le ocurre, dos equipos enfrentándose entre sí ¡¡¡hasta tres veces seguidas!!!, qué barbaridad, eso nunca puede acabar bien. Los agoreros se echaban las manos a la cabeza y los acontecimientos a punto estuvieron de darles la razón durante aquella Final liguera que disputaron (casualmente) Madrid y Barça: Mike Davis, Fernando Martín y Juanma López Iturriaga enzarzándose a puñetazo limpio durante el segundo partido, el Barça negándose a disputar el tercero tras las peculiares decisiones del Comité de Competición (o lo que fuera aquello), el Madrid ganando finalmente la Liga por incomparecencia del rival… ¿Se dan cuenta, ven lo que les decíamos, que una cosa así jamás podía acabar bien? Como si este sistema no estuviera ya más que probado en otros lares, como si esta clase de enfrentamientos no fueran el pan y la sal de cualquier rivalidad deportiva, como si estas mismas cosas no fueran a suceder también (corregidas y aumentadas) en la Final que habrían de disputar (casualmente) Celtics y Lakers pocas semanas después. Claro que en aquel entonces casi ni sabíamos aún de la existencia de dicha Final, casi empezábamos siquiera a conocer qué demonios sería aquello de la NBA… Qué tiempos.

1984 fue también principio y fin (primero creímos que principio, luego supimos que fin) para nuestra selección de baloncesto. Habíamos recogido el desencanto futbolero en 1982, habíamos tocado (sólo tocado) el cielo en 1983, soñábamos legítimamente con los Juegos Olímpicos de 1984. Pero ojo, soñábamos con moderación, no vayan a pensar, nada que ver con esto de ahora de llegar una gran competición y vendernos ya el oro con meses de antelación para que luego más dura sea la caída, para que luego cualquier otra cosa (incluso la plata, no digamos ya el bronce) nos acabe pareciendo poco. Entonces no, entonces la palabra medalla estaba casi proscrita en nuestro vocabulario, a nadie en su sano juicio se le habría ocurrido montar una porra como se hace hoy en día para adivinar cuántas íbamos a ganar en aquellos Juegos, era absurdo porque rara vez pasábamos de dos, por lo general en algún deporte de masas como la vela. Y en baloncesto ya no digamos, podíamos atrevernos a soñar con hacer un buen papel (fuera eso lo que fuera) pero a casi nadie se le ocurría soñar con llegar aún más allá.

Claro que para soñar con llegar aún más allá primero teníamos que soñar con llegar allá. A Los Ángeles, concretamente. Así como suena, éramos cuartos del mundo y segundos de Europa pero el billete para los Juegos aún nos lo tendríamos que ganar como tantos otros, sólo USA por aquello de ser sede y Yugoslavia e Italia por haber sido las anteriores finalistas quedaban eximidas de semejante empeño.preolimpico Así que entre el 15 y el 25 de mayo de 1984 se juntaron en territorio francés 16 selecciones (sí, dieciséis) para dirimir las 3 (sí, tres) plazas europeas en disputa. Once días, nueve partidos, todo lo más florido y granado del Continente (excepto las dos excepciones antes citadas), la de dios.

Por alguna misteriosa razón tengo mucho más borrosos los recuerdos de aquel Preolímpico que los de los Juegos que vinieron después. Sí tengo fresco en mi memoria algo que siempre han declarado los integrantes de aquel equipo: que en contra de lo que pudiera parecer, fue aquel el momento culminante en cuanto a juego de aquella generación. Sí, mejor que en el Eurobasket de un año antes, mejor incluso que en Los Ángeles dos meses después, mejor que cualquier otro que podamos recordar. ¿Seguro? Si de muestra vale un botón, no estará de más recordar que el quinteto ideal de aquel Torneo, elegido por todos los periodistas europeos que se dieron cita en el mismo, fue el integrado por Corbalán, Gallis, Epi, Martín y Sabonis. Es decir, tres de cinco, mayoría absoluta. Así como pareció haber consenso general (o eso nos contaban, al menos) en que aquella selección española quizá no fuera necesariamente la mejor del Preolímpico (como veremos un par de párrafos más abajo) pero sí fue la que mejor baloncesto practicó a lo largo del Torneo. Dicho y hecho.

Aún así yo he buceado por las profundidades de Internet para intentar comprobarlo, no es que haya mucho material al respecto pero al menos sí he podido rescatar alguna cosa, algún retazo del España-Grecia de la primera fase (grabación de vídeoaficionado en condiciones lamentables, ya que no se televisó en su día) y luego sí, ya íntegros los partidos ante Israel y la URSS de la ronda final, narrados ambos desde París-Bercy por Héctor Quiroga junto con las portentosas aportaciones técnicas (si estaban en hombre o zona, punto) de aquel extraño sujeto llamado Nacho Rodríguez Márquez. Y créanme que así fue, créanme que aquel partido ante la Israel de los incombustibles Berkowitz y Aroesti y el incipiente Jamchi (partido que acabó de darnos el pasaporte a Los Ángeles, por cierto) fue una verdadera maravilla, 61-44 al descanso, 120-97 al final, puntos a chorros ante un equipo cuyas alternancias defensivas siempre nos complicaron sobremanera la vida, obviamente ni las defensas ni los físicos de entonces se parecían en nada a lo de ahora pero ese chorro de puntos lo veíamos de pascuas a ramos, entonces y ahora, tanto menos en un partido de la trascendencia de éste, tanto más si nos paramos a pensar que aún no se habían inventado los triples. Gozada absoluta, con Corbalán impartiendo magisterio y repartiendo asistencias como churros y Martín, Itu, Epi o el Matraco convirtiendo en oro casi todo lo que tocaban. Pura delicia.

El de la URSS fue otra delicia, pero ésta más por la parte soviética. Les pondré en situación: último partido del Preolímpico, ambas dos selecciones invictas y lógicamente ya clasificadas jugándose sólo el honor de ver cuál quedaba primera y cuál segunda. Les seguiré poniendo en situación: Eremin, Valters, Tarakanov, Kurtinaitis, Sabonis, Tkatchenko, Khomicius, Iovaisha, Lopatov, Belosteny, pónganse todos de pie si aún no lo han hecho. Aquel equipo de todas las rusias (y las lituanias, y las letonias) no había sido construido para clasificarse para los Juegos sino para ganarlos, ya empezaban a despertarles del sueño antes siquiera de empezar a soñarlo pero de momento aquella tarde nos clavaron 119-92, paliza sumamente engañosa porque les aguantamos tres cuartos (entiéndase cuartos en sentido figurado, ya que sólo había mitades) casi de igual a igual,arvydas_sabonis2 paliza que les sirvió para llevarse ese honorífico primer puesto del Preolímpico y marcharse tan contentos y felices a sus casas para ya nunca más volver. Porque a esas alturas era ya un hecho que todo aquello no les servía para nada, a esas alturas era ya de dominio público que la URSS devolvería a USA su boicot a Moscú 80 no acudiendo tampoco a Los Ángeles 84. Lo que pudo haber sido y no fue.

Claro que en realidad nunca sabremos lo que pudo haber sido (y no fue). En aquellos días, y en todos estos años cada vez que a alguien le dio por recordar aquel evento, era habitual debatir sobre lo que podría haber pasado si los rusos (tanto daba que hubiera lituanos y letones, para nosotros seguían siendo rusos) hubieran acudido a la cita olímpica. Pregunta retórica que por lo general acarreaba una respuesta no menos retórica, anda que si llegan a ir los rusos íbamos a haber ganado la plata, ya te digo yo que no, ni de coña, ellos se habrían jugado el oro con los yanquis y a nosotros nos habrían dejado las migajas, si acaso aspirar al bronce, eso como mucho… Puro brindis al sol. Cierto es que aquella perfecta maquinaria soviética había sido construida para ganarlo todo, cierto es que habría sido tal vez más favorita que la propia USA (factor cancha al margen), cierto es que nos apalizó en ese último partido del Preolímpico, todo eso es cierto, casi tan cierto como que dicho partido se jugó sin tensión competitiva alguna, casi tan cierto como que el año anterior habíamos ganado a la propia URSS en el Eurobasket de Nantes y al año siguiente volvimos a ganarla en el (infausto) Eurobasket de Stuttgart, y en ambos casos con un equipo relativamente parecido a éste. Vale, reconozcámoslo, aquella URSS 1984 en condiciones normales nos habría ganado ocho o nueve veces de cada diez, que es tanto como decir que probablemente sí pero que luego vaya usted a saber. O dicho de otra manera: ¿y qué? Preguntarnos si hubiéramos ganado la plata si llegan a ir los soviéticos es como preguntarnos si los Rockets habrían ganado los anillos de 1994 y 1995 si Jordan no se hubiera marchado a jugar al béisbol, o como preguntarnos si habríamos ganado el Mundial 2006 si la final hubiera sido contra USA, si los griegos no hubieran dado buena cuenta de los yanquis en semis (son sólo los dos primeros ejemplos que se me han venido a la cabeza, obviamente habría muchos más). Puras pajas mentales muy propias de nuestra innata condición de perdedores, esa que nos dejaba descolocados si alguna rara vez ganábamos algo y nos obligaba de inmediato a buscarle una explicación para justificar nuestra no-derrota. Las cosas fueron como fueron, cuánto mejor sería que nos limitáramos a disfrutarlas sin más.

Dejémonos de conjeturas y volvamos a la realidad, pongámonos ya de camino a Los Ángeles (qué más quisiéramos) pero antes hagamos una parada técnica para explicar algún detalle de aquel proceso, por ejemplo el proceso mismo. La Liga acabó bruscamente el 13 de abril, apenas dos días más tarde se concentraron ya nuestras criaturas para preparar el Preolímpico, acabado éste pudieron escaparse ocho o diez días a sus casas para luego volver a concentrarse de inmediato para preparar ya los Juegos, dado que la Final fue el 10 de agosto estaríamos hablando de casi cuatro meses de concentración, concentración que tampoco es que se pareciera demasiado a lo que hoy se estila sino que era concentración en el más estricto sentido de la palabra, sometidos además a la rígida disciplina monacal de ese personaje imprescindible en nuestro baloncesto (y casi en nuestras vidas por aquel entonces) llamado Antonio Díaz-Miguel. Cuento este dato para dejar constancia de una extraña paradoja, mientras nosotros por estos pagos idealizábamos a aquella selección, a miles de kilómetros de distancia sus integrantes estaban ya un poco hasta las pelotas. No es algo que diga yo que no soy quién para decirlo, es algo que más de una vez han comentado por lo bajinis algunos de los integrantes de aquel equipo, mención especial para Iturriaga en este aspecto. Y está bien saberlo, y es perfectamente humano reconocerlo.

A aquella selección le faltó desde el principio un Chicho Sibilio que prefirió irse a pasar el verano a su país de origen (o que no soportaba ya ni un segundo más a Díaz-Miguel, según versiones), a aquella selección entre el Preolímpico y los Juegos se le cayó un imberbe Jordi Villacampa y le creció un José Manuel Beirán vaya usted a saber por qué. Los otros once seguirían siendo los mismos, citémoslos ahora no vaya a ser que alguno se me pierda por el camino, Corbalán, Solozábal, You Llorente, Epi, Itu, el Matraco (Margall), Fernando Arcega, Fernando Martín (renqueante y achacoso iba a andar el hombre todo aquel verano, y bien que lo íbamos a notar), Andrés Jiménez, De La Cruz y Romay. Para allá que se fueron, previa estancia en territorio Dean Smith (es decir Chappel Hill, sede los afamados Tar Heels de North Carolina) y previa minigira por el México profundo que acabó como el rosario de la aurora (por qué se dirá esto), afortunadamente no hubo que lamentar desgracias personales. Y ya por fin Los Ángeles…

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Y ya por fin Canadá, primer rival. La Canadá del ex de la Penya Gerald Kazanowski y el ex barcelonista Greg Wiltjer (padre por cierto del ex de Kentucky y hoy jugador de Gonzaga Kyle Wiltjer), la Canadá del ex técnico de los Raptors y hoy seleccionador canadiense Jay Triano, la Canadá incluso de aquel rocoso armario a quien años más tarde veríamos fajarse a la vera de Jordan en los Bulls, Bill Wennington. Un señor equipo, magnificado además hasta la náusea en los días previos por el propio Díaz-Miguel. Sus cuentas eran claras, éramos presuntamente inferiores a USA y presuntamente superiores a Uruguay, China y Francia, ergo para tener un cruce de cuartos más favorable necesariamente habríamos de empezar ganando a nuestro rival más parejo, es decir Canadá. Dicho y hecho. Lamentablemente no he podido recuperar aquel partido pero tengo muy claro el recuerdo de que los tuvimos de corbata, quién nos iba a decir que sería el partido más duro de aquellos Juegos (USA aparte) como bien indica el resultado final de 83-82. El drama no había hecho sino comenzar.

El drama continuó contra Uruguay un par de días después, sólo que de otra manera. Éste tuvo ya más que ver con maneras de interpretar el baloncesto, con el juego en las trincheras, con no poder ganar por lo civil e intentar hacerlo entonces por lo criminal. ¿Cómo se lo explicaría? Uruguay se entregó en cuerpo y alma a aquella vieja filosofía del haz veinte faltas y te pitarán veinte, haz doscientas faltas y te pitarán veinte, si alguna vez te pitan las doscientas monta el pollo y así se las pitarán también al de enfrente. Defensa con constante uso de las manos, palos por doquier, basket interruptus, todo lo cual no funcionaría si no viniera además aderezado de una espectacular coreografía: a cada falta (repito, a cada falta, aún por evidente que ésta fuera) los jugadores uruguayos se echaban las manos a la cabeza, elevaban los brazos al cielo, rodeaban a la pareja arbitral cual si les hubieran anulado el gol de la victoria en el último minuto del descuento. Con mención especial para su técnico, por supuesto: piensen en el más ultramontano Óscar Quintana, en el más tremebundo Ioannidis, incluso en el más insoportable Mourinho que sean capaces de recordar (ya puestos); pues créanme, todos ellos unas hermanitas de la caridad al lado de don Ramón Echamendi, creo que nunca vi nada igual (bueno sí, hace treinta años, cuando lo vi por primera vez; pero aún así ha conseguido volver a sorprenderme) hasta el punto de que acabó chupando más cámara que el partido mismo, pensaría el realizador yanqui que vaya chollo acababa de encontrar, ríase usted de Bobby Knight. Baste decir, para que se hagan una idea de lo que fue aquello, que sólo en la primera mitad ya se lanzaron ¡¡¡59 tiros libres!!! (34 por parte española y 25 por la uruguaya), baste decir que sólo esa primera mitad duró 1h.03′, tal cual, una hora y tres minutos de reloj, y recuerden que entonces no había descanso entre cuartos (más que nada porque no había cuartos), que los tiempos muertos jamás duraban más de un minuto, que aún no se habían inventado (a nivel FIBA) los tiempos muertos de televisión. Luego la segunda mitad ya fue medianamente normal, más que nada porque estaba todo el pescado vendido y tampoco era cuestión de marear más la perdiz. En cualquier caso un espectáculo delirante, crepuscular, miren que no soy dado a ponerme méritos pero créanme que me merezco una medalla sólo por habérmelo vuelto a ver para poder contárselo a ustedes.

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Luego vendrían días más apacibles: contra una Francia muy venida a menos a la que se ganó con relativa comodidad y contra una China que aún no había empezado a venirse a más y a la que se ganó más cómodamente todavía. Total, cuatro victorias a falta del último encuentro de esta primera fase, el que habría de enfrentarnos al otro equipo invicto, al único e indiscutible favorito, a los mismísimos Estados Unidos de América, una bendición así de entrada tenerlos en nuestro grupo porque te asegurabas que en el cruce de cuartos no te los ibas a encontrar. ¿Qué les cuento yo de aquel Team USA que no sepan ya? Si en cualquier edición de los Juegos recuperar el trono olímpico es para USA una prioridad absoluta, pues en éstos en su casa ya ni les cuento. No pewingodían llevar aún a los profesionales pero tanto daba, porque justo en aquellos años gozaban de una promoción universitaria que quitaba er sentío, un cuasi Dream Team ocho años antes del (único y verdadero) Dream Team. Pasemos lista: Steve Alford (ojito derecho del coach, que luego no hizo carrera en NBA y hoy se gana la vida entrenando a UCLA), Vern Fleming, Michael Jordan (pónganse en pie), Pat Ewing (vuelvan a ponerse), Chris Mullin (no se sienten todavía), Alvin Robertson, Sam Cara de Sueño Perkins, Leon Wood (que jugó luego en Zaragoza y más tarde se hizo árbitro NBA), Jeff Turner, Wayman Tisdale y hasta los incomparables armarios Kleine y Koncak. Todos ellos dirigidos por el grande entre los grandes (y ogro entre los ogros, y borde entre los bordes, aunque cuando hoy le vemos comentando NCAA en plan viejito apacible ya casi no nos lo parezca), Bobby Knight, rechace imitaciones. Hoy nos epatan todos estos nombres (unos más que otros) pero entonces aún muy poco sabíamos de ellos, por eso nuestros pesos pesados periodísticos se entregaron gustosos a la tarea de presentárnoslos… si bien unos con más acierto que otros. Hoy aquella reseña del enviado especial de ABC sobre Pat Ewing sería casi querellable y perseguible de oficio, hoy su mera lectura produce vergüenza ajena pero en aquel entonces se ve que aún no nos dábamos cuenta de estas cosas, o no queríamos dárnoslas. De aquellos polvos vinieron estos lodos.

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Aquella primera mitad contra USA en la fase de grupos es sin duda uno de mis dos recuerdos más gratos de aquellos Juegos (y miren que hay donde escoger), el otro llegaría días más tarde ante Yugoslavia. Y eso que así de primeras parecíamos todos empequeñecidos (ellos sobre el parquet y nosotros en nuestras casas), contemplando boquiabiertos la superioridad de Ewing bajo los aros y la magnificencia de Jordan en todo lo demás, pero fue atreverse Jimix (o sea, Andrés Jiménez, qué pedazo de partido el suyo) a ponerle un taponazo al susodicho Ewing y quitarse de repente todos los complejos, como si hubieran descubierto que eran humanos y podía jugárseles de igual a igual, podía llegarse incluso hasta adelantarles el marcador, 21-20, hito (de Itu) histórico que no sería el único durante aquellos inolvidables 20 minutos. Y casi en empate técnico habríamos llegado al descanso de no haber mediado la dichosa canasta psicológica: últimos segundos, perdíamos de 3, Romay taponó a Mullin, nos las prometimos muy felices pero perdimos el balón y éste fue a caer justo al ladito de Jordan que nos la clavó sobre la bocina casi desde media pista. Numéricamente sólo fueron 2 puntos (que aún no había triples), sólo fue irnos al descanso 5 abajo pero bastó con eso para que el Forum de Inglewood pasara en pleno de la depresión a la euforia.

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Y si a todo ello además le sumamos la bronca que Knight debió echarles en el descanso, pues como que la segunda mitad para los yanquis fue ya coser y cantar. Aún duró el espejismo algunos minutos, no crean, pero resultó que en un determinado momento aquellos monstruos se pusieron a defender. No a defender sin más sino a DEFENDER con mayúsculas. Y si al maravilloso festival de Jordan & cia en ataque ahora le sumabas también defensa, le sumabas cinco tíos cuya movilidad y superioridad física cerraba todos los espacios y obturaba todas las líneas de pase, pues apaga y vámonos. Nos fuimos, cómo no, no sin antes echarle las culpas al empedrao en la mejor tradición carpetovetónica. Resultó que en estos Juegos Héctor Quiroga no tenía ya a su vera al insufrible Nacho Rodríguez Márquez sino al joven pero sobradamente preparado Pedro Barthe, que ya entonces unía a su indudable calidad periodística esa innata capacidad suya para ver fantasmas, incluso aunque no los hubiera. Le parecía tremendamente sospechoso que uno de los árbitros fuera canadiense (el otro era francés, es decir vecino nuestro, pero eso le parecía de lo más ecuánime), claro que en su descargo habremos de reconocer que en varias disciplinas de aquellos Juegos las sospechas de pucherazo a favor de USA estaban a la orden del día. ¿En baloncesto? Si en condiciones normales te metían ya de 30 sin despeinarse, díganme para qué habrían de necesitar una colaboración adicional. Buena gana de buscar fantasmas, ciertamente.

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Y llegó el cruce de cuartos, el eterno todo o nada, si bien en aquel entonces aún no le dábamos toda la mística de hoy en día. Australia iba a ser la llave que nos abriera la puerta de semifinales o que nos condenara a jugar por el quinto puesto, según. Al miedo en el cuerpo que ya llevábamos de serie se sumó el que nos añadieron nuestros comentaristas ante el hecho de que los árbitros fueran estadounidense y canadiense nada menos, convencidos estaban de que había una confabulación norteamericana para quitarnos de enmedio, el barthismo empezaba a hacer mella pero no era eso lo peor, lo peor es que incluso estaba contagiando a alguien tan sobrio y aséptico como Quiroga. Claro que la preocupación así de entrada se nos fue quitando a todos (ellos y nosotros) cuando vimos que esta vez tocaba la selección de las grandes ocasiones, la que recordábamos del Preolímpico, la que con su trabajadísima 2-3 no dejaba pensar al rival, la que luego al otro lado movía el balón que daba gloria verlo… Demasiado bonito para ser verdad. Pasamos de ir casi doblando a Australia a ver cómo se nos ponía a 7 al descanso, tras éste más de lo mismo, en ataque lo metíamos casi todo pero al otro lado su habitual batería de tiradores (ya andaba por allí Andrew Gaze, por cierto) hacía lo propio, cuando nos quisimos dar cuenta nos habían empatado a 75 y luego a 77 a menos de 7 minutos para el final. Fue suficiente, fue quizá el aldabonazo para que nos pusiéramos otra vez las pilas, para que siguiéramos atacando como lo hacíamos y volviéramos a defender como sabíamos. Al final 101-93. Tres cuartos de medalla.

Y por fin, el gran día. 8 de agosto (que aquí sería ya 9, porque si la memoria no me traiciona el partido se jugó a las 2 de la madrugada), semifinal, España-Yugoslavia. No éramos favoritos, ni aún por buenos que fuéramos, ni aún por bien que estuviéramos jugando. Yugoslavia era la vigente campeona olímpica, vale que acaso estuviera en una etapa de transición entre la grandísima selección que habíamos conocido antes y la aún más grande que habríamos de conocer después, pero no por ello dejaba de ser Yugoslavia: Dalipagic, Radovanovic, Nakic, Knego, Zorkic, Zizic, Sunara… y cómo no, los Hermanos Petrovic: el 4 que es el que decían los yugoslavos que iba para figura, mientras que el 5 es el que lleva más tiempo en la selección, según la primorosa descripción de Pedro Barthe. Obviamente el 5 que llevaba más tiempo era Aleksander, obviamente el 4 que iba para figura era Drazen, entendámoslo, en aquel tiempo aún faltaban unos meses para que cumpliera veinte años, aún faltaban esos mismos meses para que se convirtiera en la bestia negra del madridismo. Sólo era un atisbo de lo que llegaría a ser pero aún así era ya la figura con todas las letras de aquel equipo, quien lo movía a su antojo, quien con la incomparable ayuda del ya veterano Praja Dalipagic nos la empezó a liar. Entre el uno y el otro nos estaban sacando a gorrazos del partido pero eso no era lo peor, lo peor era que no dábamos una a derechas tampoco en ataque, estábamos atrofiados, perdíamos balones a chorros, nos movíamos a su ritmo y éramos incapaces de correr. Un desastre, vamos.

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A cuatro minutos para el descanso, 10 abajo ya, y ante la evidencia de que nada de lo que probaba funcionaba, Díaz-Miguel decidió jugarse una última carta. O más bien dos: Romay para poner algo de sustancia física en la zona y que los yugoslavos dejaran de pasearse por ella como Pedro por su casa, y Llorente para subir un puntito la defensa y sobre todo cambiar el ritmo en ataque. Suficiente para que nos fuéramos al descanso perdiendo de 5, casi una bendición tal como habían ido las cosas. Recuerdo escuchar a José María García en aquel descanso (sí, en aquel tiempo hacíamos cosas así), recuerdo que dijo una frase que se me quedó grabada, que me sonó entonces a exceso de optimismo pero que a la larga resultó ser la pura verdad: si jugando tan mal sólo perdemos de 5, en cuanto empecemos a jugar medianamente bien el partido no se nos puede escapar. Dicho y hecho.

Empezamos la segunda mitad 35-40 y apenas dos minutos después ganábamos 43-40, es decir, lo que viene siendo un parcial de 8-0 en un abrir y cerrar de ojos. Con aquel inhabitual quinteto de Llorente, Epi, Margall, Jiménez y Romay, con esa zona 2-3 que ejecutábamos a las mil maravillas y con la que asfixiábamos a (casi) todo dios y con el ex presidente del sindicato (quién se lo iba a decir entonces) metiendo velocidad, rompiendo esquemas y sentando cátedra, de repente el tercer base convertido en primero justo el día más importante, un poco a la manera de aquel Sergio Rodríguez en la no menos inolvidable semifinal ante Argentina de Japón 2006. 22 años antes, aquel 8 de agosto que ya era 9, aquella semifinal olímpica ante Yugoslavia fue más de You Llorente que de ningún otro.

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Intercambio de canastas, nuevo parcial favorable, 51-44, las ventajas oscilando entre 5 y 7 puntos, todo iba viento en popa y justo entonces a Antonio Díaz-Miguel le dio (lo que pareció) un ataque de entrenador: sentó a Llorente, Margall y Jiménez para recomponer el quinteto con Corbalán, Iturriaga y Martín, ni que decir tiene que Quiroga y Barthe pusieron el grito en el cielo, probablemente también nosotros lo pusiéramos en nuestras casas, en aquel tiempo aún no se había acuñado el concepto rotaciones, aquí éramos más del si funciona no lo toques. Es bien sabido que los entrenadores por el mero hecho de serlo ven cosas que al resto de los mortales se nos escapan, probablemente Díaz-Miguel vio que el dinamismo empezaba a decaer, que era el momento de meter frescura física y asestar ya la puntilla definitiva. Fuera por lo que fuera lo cierto es que le salió bien, que tras algún leve titubeo el equipo empezó de nuevo a correr y la diferencia a subir, que a pocos minutos para el final estábamos 10 arriba y empezábamos a pellizcarnos, que Drazen se fue entre protestas tras cometer la quinta y seguíamos pellizcándonos, que Díaz-Miguel puso a dos bases para asegurar las posesiones y aún le pareció poco por lo que metió también al tercero, Corbalán, Solozábal y Llorente juntos en cancha (lo nunca visto) mientras nosotros ya no parábamos de pellizcarnos, que sonó la bocina y Díaz-Miguel tras estrechar deprisa y corriendo la mano de Novosel se fue dando brincos como un niño a abrazar a todos y cada uno de sus jugadores mientras nosotros en el sofá pellizco tras pellizco, quizá también lágrima tras lágrima porque todo aquello no podía ser real, porque teníamos que estar soñando a aquellas altas horas de la madrugada, eso iba a ser, cómo iba a ser verdad que fuéramos (al menos) subcampeones olímpicos, eso sí que no, era imposible, de ningún modo… Sólo un dato: si en el descanso perdíamos 35-40 y al final ganamos 74-61, una mera operación matemática nos dirá que el parcial de aquella segunda mitad fue de 39-21. Si hoy dejar a un rival en 21 puntos tras 20 minutos de juego es ya sumamente improbable, ni aún con las defensas y los físicos que se estilan hoy en día, en aquel entonces era simplemente inverosímil. Pero sucedió.

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10 de agosto (que ya sería 11) de 1984, si la semi había sido (creo) a las 2 de la mañana la final iba a ser a las 4, nada que en aquel tiempo pudiera arredrarnos, aún recuerdo como si fuera ayer cómo mi hermano y yo nos cruzamos el barrio a pie de punta a punta en plena madrugada para ir a verlo a casa de unos amigos, la ocasión bien lo merecía, la que no lo merecía era su madre que dormía plácidamente en su cama (o lo intentaba, al menos) mientras nosotros nos arremolinábamos frente al televisor con la única precaución de no hacer demasiado ruido que pudiera despertarla, no fue el caso, tampoco es que hubiera nada que gritar ni que festejar porque la celebración ya estaba hecha, ya la llevábamos de serie, ya nos bastaba con vivir el momento, sólo eso, nada más. Y nada menos.

Y es que cualquier parecido con aquella otra primera mitad contra USA jugada seis días antes fue mera coincidencia. Nuestros jugadores han contado alguna vez que estando allí no eran ni remotamente conscientes de la que se estaba liando aquí, que no sabían para nada la repercusión que aquello estaba teniendo (recuerden, ni Internet ni móviles ni emails ni esemeeses ni guasap ni tuiter ni feisbuc ni na de na), que sólo empezaron a saberlo cuando llegaron al vestuario en las horas previas a aquella final y se encontraron unas cuantas sacas repletas de telegramas de ánimo llegados desde España. Quizás el error fuera ponerse a leerlos… Ellos entraron a la cancha como en una nube, en cambio los americanos (de USA) entraron sabiendo que los de antes habían sido simplemente partidos, sin más, pero que aquél era EL PARTIDO. ¿Partido? Qué más hubiéramos querido. Desde los primeros minutos se vio ya claramente que allí no iba a haber color, sólo barras y estrellas. Tanto daba, a estas alturas. Que nos quitaran lo bailao.

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Las desventajas (o ventajas, según de qué lado del cristal se mire) se iban sucediendo, ahora 15-6, luego 28-19 pero sólo un poco después ya 42-19, al recreo 52-29… nos abrumaban en defensa y se exhibían en ataque con mención especial casualmente para ese tal Jordan que rozaba lo paranormal, que volaba donde los demás andaban, miren qué cosas hace, fíjense como han bajado ya los dos españoles (Jiménez y Romay) y él todavía está por encima del aro, decía admirado Barthe. Claro que otras de Barthe nos dejaban ya un poco más con los ojos a cuadros, como cuando afirmaba que Ewing con esa pinta de bruto que tiene es licenciado en bellas artes, o cuando soltaba un ¡está loco ese Tisdale! ante la innata costumbre del susodicho de utilizar los codos cual ventilador para proteger los rebotes, afirmaciones todas ellas que nos rompían sobremanera los esquemas porque en las sobrias narraciones televisivas de la época no se estilaban aún este tipo de cosas. No estará de más añadir aquí que aquel Wayman Tisdale en realidad distaba mucho de estar loco, que Tisdale fue luego un tremendo ala-pívot con una grandísima carrera en el baloncesto (Oklahoma, Pacers, Kings, Suns) y otra aún mejor si cabe en el mundo del jazz (busquen su discografía si les queda alguna duda), y al que un cáncer se le llevó por delante prematuramente en 2009 cuando aún no había cumplido los 45. Un tipo muy especial.

Los primeros minutos de la segunda mitad fueron quizá los mejores de nuestra selección, los que nos hicieron creer por un segundo que aún podía pasar algo y hasta provocaron algún que otro enfado y algún que otro tiempo muerto por parte de Bobby Knight. Mero espejismo. De ahí se pasó al intercambio de canastas (sin otra preocupación ya para Knight que atemperar los codos de Tisdale) y de ahí a los minutos de la basura (si bien entonces jamás se nos hubiera ocurrido llamarlos así) para que jugaran aquellos Turner, Koncak y Kleine que hicieron exclamar a Pedro Barthe que los reservas de Estados Unidos son muy reservas, desde luego mucho más que los españoles. Ya a esas alturas nos fijábamos más en la anécdota que en la categoría (de hecho ya no había categoría de ninguna clase), por ejemplo en cómo a Héctor Quiroga le bailaban los nombres y cómo se las apañaba seguidamente para salir del paso, la perdió Michael Jackson, perdón, Michael Jordan, los dos Michael son dos ídolos sobre todo aquí en California, se les compara a uno con otro, de hecho está ganando enteros el Jordan sobre el Jackson porque es un auténtico ídolo, lo que pasa es que se les va a marchar a Chicago y los de Chicago serán los que tengan el ídolo

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Al final 96-65, claro que todo esto probablemente ya se lo sepan (aunque no lo vivieran en su día, aunque ni siquiera hubieran nacido) porque TVE lo ha redifundido chorrocientas veces por sus diferentes soportes durante todos estos años, el partido en sí y la entrega de medallas, y al de megafonía presentando a Iturriaga al subir al podio como Juan María López (no sólo le borraban el apellido de guerra sino que además le cambiaban el nombre), y a las buenas gentes del Forum de Inglewood aplaudiendo a la selección española casi como si fuera la suya propia (ligera exageración), y a Knight y Díaz-Miguel medio abrazados departiendo afablemente durante la ceremonia como los buenos amigos que eran, y a Quiroga y Barthe enviando saludos cordiales y despidiéndose hasta una próxima ocasión

1984 fue principio y fin, ya se lo dije. Que Héctor Quiroga andaba mal de salud lo intuíamos todos (bastaba con verle la cara) pero jamás creímos que tanto. Héctor Quiroga se indispuso en el viaje de vuelta mientras hacía escala en Nueva York y ya jamás salió de allí, sólo sobrevivió trece días a aquella final. Los aficionados al baloncesto nos quedamos un poco (un mucho) huérfanos, tanto que hasta se creó un torneo con su nombre (Memorial Héctor Quiroga), aún más huérfano se quedó un Real Madrid que ahora ya de repente no tenía quien le televisara, soluciones había de sobra en el Ente Público (o lo que fuera eso entonces), José Félix Pons o el propio Barthe pero el Madrid se negó en redondo, eso nunca, poner a un catalán a retransmitir las gloriosas gestas blancas por Europa, por dios qué barbaridad, hasta ahí podíamos llegar. Hoy treinta años después puede sonar a coña pero créanme que en el otoño de 1984 la cosa casi degeneró en una crisis institucional. Ya ven que no hemos cambiado tanto desde entonces. Por desgracia.

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1984 pareció principio pero fue fin para aquella selección. Pensamos que el futuro sería nuestro (tanto más con el Mundial en casa, un par de años después) pero ya todo lo que tuvimos fue pasado. Algo se rompió en el equipo nacional a la vuelta de Los Ángeles, y no sólo por la anunciada marcha de Corbalán. De alguna manera Antonio Díaz-Miguel capitalizó todo aquel éxito, sus méritos eran innegables pero durante un tiempo pareció que la plata sólo fuera suya y no de todos, durante un año entero recibió homenajes por doquier, hasta se inauguraron polideportivos con su nombre… Y a la vuelta ya nada fue igual. Su pésima gestión del Eurobasket 85 desembocó en el checoslovaquiazo y a partir de ahí ya todo fue caída tan suave como imparable,airados desde el mal del anfitrión en 1986 hasta el angolazo del 92 (que le costó el puesto) o el chinazo del 94 (ya con Lolo Sainz). Aquellos jóvenes airados que cantó Loquillo nos dieron muchas alegrías pero bien pudieron (debieron) habernos dado muchas más. Lo que pudo haber sido y no fue, again.

1984 fue el año en que descubrimos 1984, año de Orwell, de reaganismos y thatcherismos, de presuntos (muy presuntos) socialismos a la española, año de parados de provecho que ya casi al límite de 1985 se reconvirtieron en subempleados de provecho, año de cambios, no todos necesariamente para bien. El año en que supimos que nuestra selección de fútbol podía también jugar finales (y perderlas), el año en que inventamos la ACB aunque aún no lo supiéramos, el año en que inventamos los playoffs aunque aún no los entendiéramos, el año en que descubrimos (justo inmediatamente después de aquellos Juegos) que las canastas también podían ser de 3… Todo lo que usted quiera, pero en nuestro imaginario colectivo (sea eso lo que sea) 1984 quedará ya para siempre como el año de plata, el año aquél en que nuestro baloncesto alcanzó de una vez por todas la mayoría de edad. Aunque luego no supiéramos muy bien qué hacer con ella.

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Agradecimientos:

– A acb.com en general y al crack Óscar Cuesta (@oscarcuesta76) en particular, por las fotografías de aquel Torneo que ilustran estas líneas y que han sido extraídas de su Galería de la plata de Los Ángeles 84, ya están tardando si aún no la vieron.

– A J.A. Hernán (), por la página de Nuevo Basket con el calendario del Preolímpico. Y a Alberto Escalante (), por el recorte de ABC sobre Pat Ewing.

– Y a allsports-tv.com, sin cuyos impagables aportes habría sido totalmente imposible volver a ver todo aquello, no digamos ya escribirlo. Gracias infinitas.

usa varios

aquella noche del 73   2 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 30 de septiembre de 2013)

Aquella noche del jueves 4 de octubre de 1973 podría haber sido una noche como otra cualquiera. Mi hermano (seis años menor) y yo ya habíamos cenado, yo apuraba mis últimos instantes de libertad ante al televisor mientras mis padres acababan de cenar en la cocina, éramos así, cenábamos en dos turnos, en estos tiempos quizá sería impensable pero en aquel entonces mi padre llegaba del pluriempleo a las diez de la noche tras haberse tirado casi quince horas fuera de casa trabajando como un cabrón, supongo que ésa era la manera que tenían mis padres de reservarse apenas un pequeño rato para ellos solos. Yo sabía que en breves momentos sucedería lo de siempre, que una vez cenados llegarían por fin al cuarto de estar, nos verían allí y exclamarían ¡¡¡pero ¿qué hacéis aquí todavía?!!! ¡¡¡Venga, a la cama los dos!!!, yo protestaría, reivindicaría que tenía ya trece años, que a esa edad ya no necesitaba dormir tanto, que todos mis compañeros de clase se quedaban hasta las tantas y veían todo lo que echaban por la tele, que yo era el único al que no le dejaban, mi protesta inútil de cada noche porque de inmediato mi madre contestaría que mi hermano era más pequeño y necesitaba dormir más horas, que no habría forma de acostarle si no me iba a la cama yo también… Fin de la historia, nosotros finalmente nos acostábamos y mis padres se quedaban con la tele para ellos solos, en apenas cinco minutos mi madre estaría viendo lo que fuera y mi padre roncando en el sofá. La eterna película de mi infancia.

Aquella noche del 73 podría haber sido una noche como otra cualquiera pero no era una noche como otra cualquiera, no lo era para mí al menos. Apenas había dos canales en la televisión de aquellos años, y digo apenas porque decir dos canales es decir mucho, sería más correcto hablar de uno y medio o de uno y cuarto. Estaba lo que hoy conocemos por TVE1, que en aquel entonces en lenguaje oficial se llamaba la primera cadena de Televisión Española y en lenguaje coloquial era la tele, sin más, para qué íbamos a andar precisando si prácticamente no había otra, preguntábamos qué ponen esta noche en la tele y todos sabíamos de qué hablábamos, para qué entrar en más detalles. Y luego estaba lo que hoy sería La2, ésa a la que el lenguaje oficial denominaba el segundo canal o la segunda cadena y a la que nosotros por alguna misteriosa razón que nunca llegué a descifrar llamábamos el UHF (supongo que la primera cadena todavía iría por la banda de VHF). Era una especie de canal fantasma, que casi ni emitía todos los días siquiera y que cuando lo hacía emitía sólo programación de noche. Y era un signo de distinción, también. Si a mediados de los sesenta el mundo se dividía entre quienes tenían o no tenían televisión, a comienzos de los setenta el mundo se dividía ya entre quienes tenían o no tenían UHF. Aunque a finales de 1973 algo habíamos ya evolucionado (sólo en esto, no crean), al menos en mi colegio y mi vecindario ya casi todo dios tenía (teníamos) UHF. Ya otra cosa era que además lo quisiéramos utilizar.

Aquella noche ponían Sesión de Noche, tocaba una antiquísima película de los años treinta o tal vez los primeros cuarenta, no me pregunten cuál, no doy para tanto. Eso en la tele propiamente dicha, en el UHF en cambio había baloncesto. Y qué baloncesto. Se disputaba en aquellos días el Campeonato de Europa, un torneo que en relación a otros anteriores reunía dos peculiaridades esenciales: 1) que se disputaba en casa, en Barcelona concretamente; y 2) que por primera vez dimos en llamarlo Eurobasket, recuerdo al respecto incluso algún artículo de algún sesudo columnista abogando por que aquello sirviera para desterrar por fin de nuestro deporte la arcaica denominación de baloncesto y sustituirla por aquella otra (mucho más moderna, dónde va a parar) de basquetbol, no cuajó su idea pero al menos el Torneo sí se quedó ya en Eurobasket para toda la vida, esa marca aún sigue acompañándonos fielmente cuarenta años después.

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Aquella noche del jueves 4 de octubre de 1973 nuestra selección iba a enfrentarse a la de la URSS en una de las semifinales del Campeonato de Europa de Baloncesto. Decir enfrentarse ya era decir mucho, hoy puede parecer un partido más pero créanme que en aquel entonces casi ni era un partido siquiera. USA (aún con universitarios) y URSS eran entonces dos mundos absolutamente inaccesibles, dos equipos que nos metían de 30, 40 ó 60 cada vez que nos tocaban, a un lado estaban ellos y a años luz estábamos casi todos los demás, quizá con la honrosa excepción de Yugoslavia. Para una selección como la nuestra, acostumbrada a ser sexta o séptima en el mejor de los casos, era ya todo un éxito sin precedentes haberse clasificado para disputar aquella semifinal. Pensar en pasar de ahí era ya una utopía irrealizable… aunque a algún crío de trece años que acostumbraba a pensar más con el corazón que con la cabeza aún le pareciera que quién sabe, que quizá el hecho de jugar en casa tal vez nos concediera alguna remota posibilidad…

No recuerdo a qué hora fue aquel partido, sí recuerdo que empezó y me puse a verlo, porque quería verlo, porque aquel día no había ninguna otra cosa en mi cabeza que no fuera verlo, porque además mis padres estaban cenando en la cocina y todavía pasaría un rato antes de que aparecieran por aquel cuarto de estar. Obviamente no recuerdo con precisión los detalles pero para eso está el vídeo, hace algunos años la revista Gigantes tuvo a bien ponerlo a nuestra entera disposición en formato DVD, con magnífica calidad de imagen pero con la desgracia de que la narración original del recientemente desaparecido José Félix Pons se hubiera perdido por el camino. Para rellenar aquel vacío los de Gigantes improvisaron unos comentarios de aliño entre su director Paco Torres, Rafa Rullán (que jugó aquel Campeonato) y Sergio García-Ronrás, si usted se lo perdió entonces y hoy desea darse el gusto (cosa que le recomiendo encarecidamente) lo tiene realmente fácil, no tiene más que pinchar aquí y de inmediato sus deseos se habrán convertido en realidad…

En aquel 1973 la televisión era un poco como la vida, en blanco y negro (es decir gris), aún habrían de pasar algunos años para que llegara el color (a nuestros televisores y a nuestras vidas). Suponíamos que España iba de blanco y la URSS de rojo en aquella noche de 1973, hoy podemos confirmarlo gracias a que el vídeo sí se conserva en color, España de blanco y la URSS no tanto de rojo como de rojos, en plural,eb2 no le busquen connotaciones políticas porque no van por ahí los tiros, eran dos rojos distintos, su uniforme recordaba casi a aquel legendario anuncio de lejía (también de hace muchos años), he lavado más veces la blusa que la falda… ¡y mira cómo ha perdido el color! La camiseta en un rojo oscuro, terroso, un rojo tirando a granate con los dorsales además en un tono gris verdoso indefinible que hacía casi imposible distinguirlos (así en el blanco y negro de entonces como en este color desvaído de ahora). Y el pantalón… El pantalón daría casi para un artículo entero por sí solo, rojo fucsia brillante, más corto imposible (de haberlo sido más se les habría visto el culo), ajustado hasta lo inverosímil, una especie de shorts que hoy nos parecerían casi más apropiados para la moda adolescente femenina de la segunda década del presente siglo que para el estilismo deportivo masculino de la octava década del pasado siglo. Vivir para ver.

Así que ahí estaban nuestros Luyk, Brabender, Buscató, Ramos, Cabrera o Santillana contra la Rusia de los Sergei Belov, Miloserdov, Edeshko, Paulaskas o Kovalenko, nótese que he puesto Rusia como si lo fuera, evidentemente no lo era pero todos la llamábamos así, hasta los comentaristas de aquella época la llamaban también así, esto fue como aquello que decía el del pueblo, toda la vida para aprender a decir pinícula y ahora que ya sabemos decir pinícula van y les llaman flimes, pues esto igual, media vida para aprender a decir Unión Soviética y cuando por fin lo conseguimos resultó que aquello desapareció y volvió a llamarse Rusia.eb3 Rusia o sea la URSS se iba en el marcador como estaba previsto, pero por mucho menos de lo que estaba previsto:  17-10, 31-26, 39-28, un choque fascinante, la perfección de Belov o los centímetros de Kovalenko contra los ganchos de Luyk, la pasmosa seguridad de Brabender, la magia de Cabrera o los arrebatos de Buscató, los rusos (digo soviéticos) lo llevaban controlado pero no lo suficiente como para que nos quitaran la ilusión de que allí seguía habiendo partido. Al descanso 45-40, al descanso seguía siendo muy difícil pero aún había razones más que sobradas para continuar soñando, al descanso…

Al descanso pasó lo que tenía que pasar. Mis padres finalmente aparecieron y descubrieron que esta vez ya no era sólo que nosotros estuviéramos donde no teníamos que estar, es que además la tele tampoco estaba en el canal que debía estar. Pero qué hace esto puesto, pero por qué no está en el canal normal, qué ponían esta noche, mi madre encolerizada y yo templando gaitas, buah, una película antigua, un rollo, no coló, mi madre cambió un momento, ¡¡¡uuuhh, con lo que me gusta a mí Errol Flynn!!! (o Clark Gable, o Montgomery Cliff, o Alan Ladd, alguno de esos, qué sé yo quién sería), ¡¡¡Venga, a la cama los dos!!! ¡¡¡Ahora mismo!!! Monté un pollo espectacular, intenté explicarles (probablemente entre lágrimas) la trascendencia de aquel evento y la importancia de aquel partido en concreto, recuerdo que hasta me negué con todas mis fuerzas (lo cual no tenía precedentes) pero como si no, aquellos eran otros tiempos, a los padres no sólo no se les desobedecía sino que ni siquiera se les discutía, como protestaras cualquier cosa te llamaban respondón y te decían que a los padres no se les contesta, éramos la metáfora perfecta del país en que vivíamos. Aquella noche yo lloré, rabié, pataleé, no diré que me llevaron a la cama agarrado de los pelos porque no sería cierto pero algún azote en el culo (eterno recurso de la innovadora pedagogía de la época) sí que me cayó por el camino. Suele decir mi sobrina que en este mundo hay dos clases de personas, personas-perro y personas-gato, supongo que yo siempre fui persona-perro, por más que ladro siempre acabo haciendo lo que ordenan mis amos. Entonces y ahora.

Me metí en la cama sollozando todavía, casi me faltaba el aire tras el berrinche que me había cogido, me iba a costar dormirme, estaba claro… tanto más teniendo en cuenta el sonido que llegaba desde el cuarto de estar. Tras la refriega la tele se había quedado sintonizada en la segunda cadena, mis padres contra todo pronóstico no la habían cambiado, supongo que pensaron que ya total para qué si la película estaba empezada, se olvidaron del televisor y se quedaron ahí hablando de sus cosas.eb6 Y mientras tanto yo intentando escuchar, de fondo tenía la voz de mi madre, la de mi padre y la de José Félix Pons, obviamente las dos primeras me enmascaraban la tercera que era justo la única que en aquel momento me interesaba oír, la que me iba contando que así de entrada todo seguía igual o peor incluso, 61-50 para la URSS a apenas 12 minutos para el final, algo así me parecía interpretar entre la voz de mis padres que ahí seguían sin callarse ni un instante, sin prestar ni siquiera un segundo de atención a todo aquello que ahí estaba sucediendo ante sus ojos…

Acaso ustedes se pregunten (si es que no han huido ya despavoridos a estas alturas del relato) por qué demonios no me levanté, por qué no volví otra vez al salón y les dije, pues si al final lo estáis viendo me vengo aquí con vosotros y así lo veo yo también, dirán que no tuve huevos (y será cierto) pero es que además sé que habría sido mucho peor el remedio que la enfermedad, según me hubieran visto aparecer habrían exclamado ¡¡¡¿pero qué haces tú aquí, por qué no estás durmiendo todavía?!!!, de inmediato habrían caído en la cuenta de cuál era la razón y habrían apagado la tele (o cambiado el canal), me habrían enviado de vuelta a la cama pero ahora ya sin la posibilidad siquiera de poder oírlo, no me atreví, preferí dejar las cosas como estaban, mejor seguir escuchando a duras penas cómo ahora las cosas poco a poco comenzaban a cambiar, cómo Díaz-Miguel acertó montando aquella zona 1-2-2 (a ratos 2-3) y metiendo en cancha a un inesperado Miguel Ángel Estrada, cómo les fundimos por completo a base de velocidad en las transiciones, cómo Brabender seguía sin fallar, cómo Buscató enchufaba suspensión tras suspensión y de paso arengaba a las masas… En un abrir y cerrar de ojos estábamos a un punto, 63-62 a apenas 8 minutos para el final, aún faltaban muchos años para que el añorado Manel Comas formulase su táctica del conejo pero ésta sin embargo ya existía, nosotros la estábamos ejecutando a las mil maravillas…

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A tal extremo de emoción llegó el encuentro que en un momento dado mis padres dejaron por completo de hablar y se pusieron a verlo, y a disfrutarlo, y a gritar incluso con cada canasta… Aquello era el mundo al revés: un matrimonio de mediana edad, carente por completo de cualquier interés por deporte alguno (nunca supe a quién salí), ahora de repente absolutamente enganchado frente al televisor, vibrando ambos dos como nunca imaginé que pudieran hacerlo con aquel espectáculo que en el fondo ni les iba ni les venía; y mientras en la otra punta de la casa (apenas cincuenta metros cuadrados, tampoco exageremos) un preadolescente descerebrado de apenas trece años, para el que no había ninguna otra cosa que importara en el mundo aquella noche, limitándose a tener que escucharlo a duras penas porque no se lo dejaban ver. No entendía nada, nunca entendí nada, tal vez a día de hoy siga sin entender nada…

Claro que a esas horas ya no estaba yo acostado sino sentado sobre los pies de la cama, lo más cerca posible de la puerta, escuchando (ahora ya con más facilidad, gracias al silencio de mis padres y a la subida de tono del narrador) cómo igualábamos por primera vez (70-70) a falta de 4 minutos y medio, cómo Buscató conseguía por fin la primera ventaja (72-70), cómo seguidamente Estrada hacía el 74-70 y luego Vicente Ramos el 76 y el 78, la locura, los rusos (o sea soviéticos) que ya no veían por dónde les venían los golpes, quedaban apenas dos minutos, ¿realmente íbamos a ganar, de verdad podía ser posible lo imposible?,eb7 mis padres volviéndose locos (no sé qué me extrañaba más, si que estuviéramos ganando o que mis padres lo estuvieran viendo), yo pegando brincos sobre la cama (con moderación, no se fuera a despertar mi hermano), a falta de un minuto los rusos volvían a perderla, todavía 6 arriba, aún no había triples, ya casi no habría tiempo pero ahí estaban los rusos otra vez a 4, agotamos posesión, va Brabender a meter la bandeja definitiva y le taponan pero el balón le cae a Estrada, ¡¡¡a Estrada!!! que se saca un churrigancho, entra, 80-74, aún faltan 10 segundos pero ya da igual, aún los rusos anotan sobre la bocina pero ya da igual, HEMOS GANADO, en aquel pabellón se desató la locura colectiva y en aquella cama yo ya no sabía si reír o si llorar, si aquellas lágrimas que me resbalaban por las mejillas eran de alegría o de pena, no sabía si sentirme inmensamente feliz porque habíamos ganado o un desgraciado de mierda porque para una vez que ganábamos algo así no había podido verlo, probablemente nunca hubo alegría más amarga ni tristeza más feliz que aquella, un puto caos de emociones encontradas era yo a aquellas altas horas de la noche…

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Y a la mañana siguiente fue aún peor, fue llegar al colegio y todo dios lo había visto gracias entre otras cosas a que en casi todas las casas de casi todos mis compañeros se vivía con un horario mucho más español que el nuestro, tenían todos la insana costumbre de cenar casi a las once (hoy me parece una auténtica barbaridad, pero en aquel entonces me daban mucha envidia), por supuesto que aquella mañana nadie hablaba de otra cosa, todos me preguntaban ¿tú no lo viste?, yo podría haber mentido y contestar que claro que sí, que cómo no habría de verlo, faltaría más, pero nunca se me dio muy bien mentir (tampoco se lo habrían creído) así que decidí pecar de ingenuo, la primera parte sí la vi, la segunda la oí desde la cama, y todo lo que obtuve a cambio fue una mezcla de conmiseración y descojone, como si les diera lástima y risa al mismo tiempo el tener de compañero a un gilipollas al que le no le dejaban ver justo aquello que más le gustaba, justo aquello que todos los demás veían. Pocas veces a lo largo de mi vida (y miren que hay donde escoger) me sentí tan PRINGAO con mayúsculas (y eso que aún no solíamos utilizar esa palabra) como en aquella mañana de viernes.

Fue tal la repercusión de aquel triunfo que TVE decidió hacer algo insólito, volver a emitirlo (esta vez por su primera cadena, evidentemente) en la mañana del sábado 6 de octubre, en las horas previas a la gran Final. Lo cual por supuesto dio pie a que mi madre me lo restregara,eb8 ¿lo ves?, tanto disgusto el otro día por no poder verlo y resulta que ahora te lo vuelven a echar, después de la noche que nos diste, ya estarás contento… como si yo aquella noche hubiera sabido que lo volverían a poner, como si fuera lo mismo verlo en directo que en diferido, ella no soportaba que nadie le destripara el final de las películas, en cambio el ver un partido sabiendo ya el resultado debía resultarle de lo más normal, supongo que eso a ella no le parecería que tuviera la menor importancia, qué cosas. Por supuesto que vi por fin todo lo que me había perdido, por supuesto que fue mucho peor haberlo visto porque aún me dio mucha más rabia habérmelo perdido. No, definitivamente ya no tenía yo remedio a esas alturas de mi vida.

Y luego a la tarde/noche la Final, ésta sí puede verla sin problemas, quizás porque fuera por la primera cadena, quizás porque fuera más temprano, quizás porque al ser sábado me dejaran quedarme hasta más tarde, quizás por todas esas cosas a la vez. Enfrente la Yugoslavia del grandioso (en todos los sentidos) Kresimir Cosic pero también de Kicanovic, Dalipagic, Slavnic, Plecas, Jelovac, Jerkov, Turdic, pónganse en pie si no lo están ya. Resultaba una quimera pensar siquiera en poder ganar a aquel impresionante equipo (tanto más cuando ya habíamos perdido claramente contra ellos en la primera fase) pero oigan, al fin y al cabo acabábamos de ganar a la URSS, la campeona olímpica en ejercicio, soñar era gratis, por qué no… Pues no. Ni olerlos siquiera. fue el principio de una larga sucesión de finales perdidas que tendría continuidad en 1983, 1984, 1999 y 2003 y que se acabaría finalmente en 2006, claro está que todo eso aquella noche aún no lo sabíamos y por eso mismo no nos importó, lo verdaderamente grande ya estaba hecho, éramos Subcampeones de Europa, la mera denominación producía vértigo, mareaba casi hasta decirlo (quizás por la falta de costumbre), quizás por eso hubieron de pasar casi diez años hasta que pudimos volverlo a repetir. Pero ésa ya fue otra historia

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Supongo que llegados a este punto se estarán preguntando por qué no me he limitado a contar sin más aquel partido, por qué demonios me he tenido que poner en plan abuelo Cebolleta y contarles también (una pequeña parte de) mi vida. Sé que no debería haberlo hecho pero sé también que jamás habría podido separar una cosa de la otra,descarga (1) que aquello me afectó lo suficiente como para no poder recordar lo que sucedió entre las cuatro paredes de aquel vetusto Palacio de Deportes de Barcelona sin recordar también lo que sucedió entre las cuatro paredes de mi casa. Quizás aquella noche empezó todo, quizás fue aquella la noche en que una simple afición se me convirtió ya para siempre en adicción. Nada habría sido igual si hubiéramos perdido, nada habría sido igual (ni aún ganando) sin el trauma de no haber podido verlo, un trauma que aún sigue durándome cuarenta años después, de ahí quizás esta catarsis de tener que escribirlo. Toda mi pasión por este deporte, toda mi obsesión por ver baloncesto y luego contarlo, todos estos rollos que les meto periódicamente probablemente tuvieron su origen en aquella mágica noche del jueves 4 de octubre de 1973. Sólo espero que haya merecido la pena.

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