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PARECE QUE FUE HOY   Leave a comment

portadaGuia-600x400Una vez más (no escarmientan), las buenas gentes de BasketAmericano me pidieron que juntara unas cuantas letras para su imprescindible Guía del March Madness 2015. Me propuse hacer una especie de resumen de la temporada regular NCAA (ya un tanto obsoleto por el imparable transcurso de los acontecimientos), pero me temo que esto fue lo que salió. Sólo espero que no me lo tengan en cuenta…

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Las temporadas son cada año más cortas, es así aunque duren lo mismo, es así aunque el calendario se empeñe en demostrarnos lo contrario, cómo si no íbamos a estar ya acabando lo que hace apenas un rato estábamos empezando, parece casi que fue ayer (acaso lo fuera) cuando mirábamos aquel VCU-Tennessee con la ilusión de un niño con zapatos nuevos (¿siguen ilusionándose los niños con zapatos nuevos? ¿no se habrá quedado ya un tanto obsoleta esta metáfora?), esos mismos zapatos de invierno que estrenamos sin falta a mediados de noviembre y ya jamás nos quitamos hasta abril. Parece que fue ayer (acaso lo fuera) cuando inauguramos el tipoff marathon, cuando Miami asaltó el feudo de Florida (Ángel Rodríguez mediante) haciéndonos saber de paso el calvario que les esperaba este año a los Gators,domas cuando Gonzaga apalizó a SMU y los americanos (de USA) empezaron a quedarse embobados con un lituano de Torremolinos (o malagueño de Kaunas, según) llamado Domas Sabonis, cuando Kentucky apalizó aún más si cabe a Kansas, el gabinete del Doctor Calipari epatando al mundo con sus platoones, sus cambios a la americana, su rotación tan larga que ni él mismo parecía saber muy bien qué hacer con ella, su plantilla NBA disfrazada de NCAA para darnos tema de conversación, para que elucubráramos en vano si aquellos Wildcats ganarían a estos Sixers (o lo que quede de ellos…)

Y aún no repuestos ya nos fuimos de excursión, viajamos (con la imaginación, qué otra cosa nos queda) a Puerto Rico, a Hawaii o las Bahamas, a ver a Arizona llevándose el Maui, a West Virginia estrenando en el Coliseo Roberto Clemente su fantástica temporada y destapando de paso las vergüenzas de Connecticut,b4a a Butler volviendo a ejercer de (el mejor) Butler a costa de los Tar Heels, a los Sooners apropiándose del Battle 4 Atlantis para que Buddy Hield fuera al fin profeta en su tierra. Y antes de que nos diéramos cuenta ya era diciembre, ya estaba la Big10 ganando contra pronóstico a la ACC, ya teníamos a Duke pegando un puñetazo en la mesa de Wisconsin para que nos fuéramos enterando (en el supuesto de que no nos hubiéramos enterado todavía) de quién era Jahlil Okafor, quién su amigo Tyus Jones o su socio Justice Winslow de los Winslow de toda la vida, ya los Zags (también llamados Bulldogs) se dejaban su preciada imbatibilidad en el McKale Center de Arizona, las buenas gentes de Spokane jamás podrán ya olvidar la temblequera que le entró al pobre Byron Wesley en aquellos tiros libres…

Parece que fue hace ayer (pero fue hace ya casi tres meses) cuando Kentucky se las vio con UCLA, aún por flojos que anduvieran los Bruins sonaba realmente bien ese Kentucky-UCLA, sonaba a partidazo, sonaba a duelo entre históricos, sonaba a choque espectacular, sonaba a leches, veintitantos a cero de inicio, ¡¡¡44-7!!! al descanso, 83-44 al final porque a las criaturas de Calipari ya les dio por relajarse, tampoco era cuestión de abusar. Y cinco días después ya era Christmas Day (de hecho en Syracuse lo fue todo el año, con el 25 a la espalda para que no cupiera ninguna duda), de todos es sabido que vecinos, hermanos y hasta cuñados mal avenidos acostumbran a quedar en esas entrañables fechas para felicitarse las pascuas, por ejemplo Florida se las felicitó a Florida State con la autocanasta más absurda que se recuerda,chris-jones-flops-mattstonephotog-600x800 Wildcats y Cardinals no iban a ser menos y se citaron también para intercambiarse sus regalos como todos los años, 58 regalos de Kentucky por sólo 50 de Louisville, no pudo elegir peor día Chris Jones para poner en pause su carrera baloncestística e inaugurar su carrera artística con notable éxito de crítica y público, lástima que a su director de escena Pitino le pareciera un tanto sobreactuada su interpretación y le reprendiera por ello, de ahí a la ruptura ya sólo hubo un paso, Louisville se empezó a quedar sin Jones como Washington se iba a quedar sin Upshaw, como Duke (¡¡¡Duke!!!) se habría de quedar sin Sulaimon…

Claro que antes de quedarse sin Sulaimon aún tuvieron ocasión de engolosinarse con las deseadas mil victorias de su coach (K), justo entonces fue cuando empezaron a perder por esas cosas raras de la vida, primero ante la manada de lobos de North Carolina State, luego en su propio feudo (¡¡¡en su propio feudo!!!) ante Miami (¡¡¡Miami!!!), más tarde en Notre Dame,coachk_960x5401 finalmente se serenaron y coronaron a su amado técnico en el Madison (dónde mejor), Krzyzewski fue por fin milenario además de legendario (que eso ya hacía tiempo que lo era), para celebrarlo se fueron a Virginia y ya que estaban allí aprovecharon para acabar con la imbatibilidad de los Cavaliers, los de Bennett perdieron aquel partido como perdieron poco después a Justin Anderson y hasta un rato a (su infravalorado base) Perrantes, pareció el principio del fin pero fue sólo el fin del principio, lo que a otros les descompone a ellos apenas les despeina, la solidez es lo que tiene. Y es que a todo esto estábamos ya (¿ya?) en enero, ya hacía tiempo que se habían acabado los bolos preparatorios, los escenarios paradisiacos y las pendencias vecinales para quedarnos con cada calendario de conferencia puro y duro, ya Kentucky sudaba (pero seguía ganando), ya Kansas se apropiaba de la BigXII casi en la misma medida en que Texas se descomponía, ya Louisville daba una de cal y dos de arena (y su afamado Monster Harrell tres cuartos de lo mismo), ya Utah, Maryland, Baylor y hasta Oregon emergían de ninguna parte, ya el gran Kaminski volvía a ser el puto amo en la Big10 (y por extensión en la Liga entera), ya nos volvíamos locos sábado tras sábado (y sólo era el principio), ya no dábamos abasto, ya era interminable nuestra lista de partidos pendientes de ver (sólo una manera de engañarnos a nosotros mismos, ya que más bien es la lista de partidos que nunca llegaremos a ver…)

Dean_Smith_Jerry_TarkanianParece que fue hace un rato (que ojalá no hubiera sido) cuando febrero nos arrancó de cuajo a Dean Smith, cuando no tuvo suficiente y se llevó también a Tark The Shark Tarkanian para confirmar aquel viejo aforismo de que las desgracias nunca vienen solas. Parece que fue ahora (pero fue apenas unos días más tarde) cuando Duke y North Carolina se citaron como cada año en plena Rivalry Week para homenajear conjuntamente al propio Dean y de paso al baloncesto entero, 92-90 sin aditivos ni conservantes ni colorantes, una gozada impagable, ni en el mejor de los sueños se nos hubiera ocurrido siquiera imaginar un homenaje mejor.vacated Parece que fue hace otro rato (que ojalá tampoco hubiera sido) cuando los sabios rectores de la NCAA arrebataron a Syracuse un buen trozo de pasado y otro aún mayor de futuro, cuando las 966 victorias de Boeheim se convirtieron como por arte de magia en 858, que sea justo y necesario (que lo será, quién soy yo para dudarlo) no lo hace menos doloroso…

Parece que fue hoy (ni ayer siquiera) cuando acabamos la temporada regular de cada conferencia (pero si hace apenas un segundo que la estábamos empezando), cuando nos metimos ya de cabeza en la Champ Week, esa locura de marzo que es tan locura de marzo como la verdadera locura de marzo aunque aún no se llame oficialmente locura de marzo (no sé si me explico). Cuando Wisconsin se confirmó en la Big Ten, Arizona en la Pac12, Villanova en la Big East, SMU en la American, VCU en la Atlantic10, Gonzaga en la West Coast o Kentucky (como no podía ser de otra manera) en la SEC,comeback cuando el comeback-team Iowa State pasó por encima de Kansas (y de Oklahoma, y de Texas, y de quien se le pusiera por delante) en la BigXII, cuando la aparatosa ACC no la ganó Duke ni Virginia ni North Carolina ni Louisville siquiera sino la maravillosa Notre Dame. Cuando Northern Iowa asaltó por fin la MVC a mayor gloria de Seth Tuttle, cuando Harvard ganó el desempate a Yale en la Ivy League más extraña que se recuerda, cuando hasta el gran Wyoming (equipo de) se coronó en la Mountain West para que así el mundo entero pueda conocer por fin a Larry Nance Jr. Cuando el Comité de Selección nos desconcertó como todos los años, cuando como cada año supimos que, aún siendo grandes los prodigios que llevábamos ya contemplados, éstos no son nada al lado de los prodigios que aún nos quedarán por contemplar. Créanme, las temporadas son más cortas cada año que pasa, del mismo modo que las no-temporadas son cada vez más largas. Pero esa es otra historia…

CINCO MESES   Leave a comment

portadaslider-280x397Un año más las buenas gentes de BasketAmericano.com han lanzado a la red su impagable Guía NCAA 2014/15, una auténtica joya, sin lugar a dudas la mejor guía de baloncesto universitario que pueda encontrarse en castellano, acaso también la mejor guía de baloncesto universitario que pueda encontrarse en cualquier otro idioma, rechace imitaciones. Sería sencillamente perfecta si no fuera por la ocurrencia de poner sus dos primeras páginas a disposición del que suscribe (o sea yo), para que les junte impunemente unas cuantas letras sin atenerme a las consecuencias. Como no escarmientan, este año me lo volvieron a pedir, y el resultado fue éste que tienen a continuación…

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Cada primer martes de abril sentimos abrirse el suelo bajo nuestros pies.

Cada primer (a veces segundo) martes de abril vemos y volvemos a ver (si acaso ya la vimos de madrugada) nuestra Final Universitaria, cada primer martes de abril disfrutamos como enanos, alcanzamos la gloria, proclamamos campeón, dejamos que la dulce resaca nos envuelva, incluso nos empalagamos un año más con el one shining moment, cada primer martes de abril somos conscientes de haber alcanzado por fin el punto culminante de cada temporada pero a la vez sabemos que es el fin, sabemos que al otro lado de esa cima ya no queda nada, absolutamente nada, tan solo ese inmenso vacío ante nuestros ojos…

celebration-for-the-shipNo es el fin del mundo, no vayan a pensar. El aficionado al baloncesto universitario acostumbra a tener vida más allá de su adicción, aunque no siempre lo parezca. Sabe que asoma ya el buen tiempo, que está ahí el verano a la vuelta de unas pocas semanas, que ya huele a vacaciones, viajes insospechados, paseos por la playa, barbacoas sin fin, siestas de reglamento, fiestas hasta las tantas, cada uno ponga o quite lo que le pete. El aficionado al baloncesto universitario sabe que hay otras maneras de ser feliz (y más, incluso), sabe que lo será de hecho durante esos inhóspitos siete meses que se avecinan… pero que no por ello dejará de añorar su otra mitad, su recóndita versión de invierno.

El aficionado al baloncesto universitario tiene además sucedáneos, otros baloncestos (e incluso otros deportes) que le tendrán medianamente ocupado durante esos interminables siete meses: playoffs NBA y luego ya enseguidita los de ACB, desenlace de Euroliga, tantos otros desenlaces de tantas otras ligas, hasta un Mundial de Fútbol le pondrán cada cuatro años (éste por ejemplo) para que se entretenga. Y el draft (con sus previas elucubraciones y posteriores disquisiciones de cada junio), y los dimes y diretes fichajísticos de cada verano, y los campeonatos de (esas mal llamadas) categorías inferiores siempre y cuando consiga encontrar dónde verlos, y por fin el gran torneo de selecciones absolutas con su correspondiente dosis de adrenalina incorporada, y… Todo lo que usted quiera. Sabemos cómo pasar el mono, qué duda cabe. Pero eso no significa que no esté ahí.

Y es que el aficionado al baloncesto universitario acostumbra a dividir cada año en dos, dos mitades que no son tales, dos segmentos irregulares que para abreviar llamaremos on y off. On de primeros de noviembre a comienzos de abril, off obviamente todo lo demás, de comienzos de abril a primeros de noviembre. Cinco meses on, siete meses off. Cinco meses de ver al menos un partido al día, o a veces hasta tres o cuatro cuando se pueda y se tercie.NCAA Elite 8: North Carolina Tar Heels v Oklahoma Sooners Cinco meses de menos a más, de mágico crescendo, de ir poco a poco perdiendo la cordura para desembocar finalmente en la locura (de marzo), bendita locura. Cinco meses de descuidar la ACB y la Euroliga y abandonar casi por completo la NBA, de cambiar el derby madrileño por el de Kentucky si es preciso, donde se ponga un Duke-North Carolina que se quiten todos los Madrid-Barça futboleros del mundo mundial. Cinco meses de no dar abasto, de necesitar días de noventa horas para que diera tiempo a ver todo lo que se quiere, días de trescientas horas para que hubiera tiempo además para contarlo. Cinco meses de soñar y perder sueño…

…Y siete meses para despertar, para añorar. Siete meses de diferidos, de recuperar tal vez (ya sin emoción ninguna) todo aquello que no encontraste la manera de ver en temporada. Siete meses de vintage, de volver a ver aquella Final de (por ejemplo) 2003, 1993 ó 1983,m1k93cab de comprobar una vez más que cualquier tiempo pasado fue… anterior, no necesariamente (aunque sí frecuentemente) mejor. Siete meses de mirar de reojo transfers, JUCOs, bailes de entrenadores, reclutamientos a un año vista. Siete meses en los que el baloncesto universitario pasará a un segundo plano, acaso tercero o cuarto pero siempre estará ahí, reconcomiendo, reapareciendo en nuestras mentes cuando menos se le espera. Haciéndonos pasar nuestro particular síndrome de abstinencia.

Pero según vaya acabando el verano y empezando el otoño, al aficionado al baloncesto universitario ese mono se le irá manifestando ya en todo su esplendor. Notará cómo empiezan otras ligas, otras pretemporadas y todo ello hará que la ausencia de su dosis se le empiece a hacer aún mucho más acuciante. Buscará noticias, leerá rankings, escudriñará calendarios, empezará a salivar con según qué plantillas o según qué equipos, se empezará a familiarizar (aún más si cabe) con todos esos jugadores que llevan ya varios meses revoloteando en su cabeza, los Jahlil Okafor, Karl Towns, Tyus Jones, Cliff Alexander y tantos otros nombres de este año, de tantos otros años. Y hasta echará de menos aún sin haberlo llegado a tener a ese Emmanuel Mudiay que prefirió (a la fuerza ahorcan, supongo) las morteradas chinas a las sabias enseñanzas de Larry Brown, Sabina dixit, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió

En el fondo el aficionado al baloncesto universitario sabe bien que es un bicho raro, lo supo siempre. El aficionado al baloncesto universitario siempre fue aficionado al baloncesto, a secas, pero aprendió hace ya demasiados años a no hacer ostentación de ello para no ser mirado con condescendencia e incluso un puntito de conmiseración. Sabe que en sus relaciones sociales sólo podrá hablar (y escuchar) de fútbol, pobre de él como ose aventurarse por otras sendas que no sean Madrid, Barça o Atleti, si acaso algún lunes Nadal o Fernando Alonso y pare usted de contar. El aficionado al baloncesto sabe que lo tiene muy difícil pero el aficionado al baloncesto universitario sabe que lo tiene ya imposible, sabe que si menciona a Navarro, LeBron o Gasol aún habrá alguien que le escuche, si menciona en cambio a McDermott, Kaminski o Van Vleet le preguntarán qué te pasa en la boca, te ha dado un aire, dinos a qué hospital te tenemos que llevar. ¿Recuerdan aquello que alguien dijo una vez de que las hemorroides se sufren en silencio? Pues esto igual pero al revés, se disfruta en silencio, así fue al menos durante muchos años, hoy ya no necesariamente, hoy al menos tenemos redes sociales, tenemos maravillosas webs como ésta, seguimos siendo bichos raros (y a mucha honra) pero ahora ya sabemos que no estamos solos, ahora al menos nos reconfortamos los unos a los otros. Baloncesteros Universitarios Anónimos deberían llamarnos.

El aficionado al baloncesto universitario (lo ha contado ya muchas veces) es como aquel amigo que tuve de crío, que cuando le hacían la típica pregunta horrible de tú a quién quieres más, a mamá o a papá, respondía siempre sin pensar, yo a mi abuela. A este aficionado al baloncesto le preguntan muchas veces que a quién quiere más, mamá o papá, FIBA ó NBA, a lo que él acostumbra a responder que a ambas dos las quiere por igual pero que por quien verdaderamente bebe los vientos es por su abuela NCAA (respuesta que a menudo suele dejar sumido en el desconcierto a quien le pregunta, ya que puede que no tenga ni la más remota idea de qué es eso).playa-de-oyambre_386552 El aficionado al baloncesto a veces piensa que la NCAA es como esas remotas playas del norte que no conoce (casi) ni dios, maravillosos enclaves que por lo general la gente desprecia porque (dicen que) hace mal tiempo, porque están lejos de cualquier núcleo urbano y hay que andar desde el aparcamiento, porque no están rodeadas de apartamentos, asfalto y chiringuitos sino de monte o bosque, que durante un tiempo intentaste convencer de sus bondades a tus semejantes (sin demasiado éxito) hasta que un día dijiste anda y que se sigan hacinando en su Gandía, Torrevieja o Benidorm de toda la vida (dicho sea con todos los respetos a estas bellas a la par que masificadas localidades), cuanta menos gente sepa que existe el paraíso más paraíso será. La NCAA tiene muy mala prensa entre todos aquellos que sólo se acercan a ella tangencialmente (por lo general una vez al año, a finales de marzo o comienzos de abril), no digamos ya entre aquellos que jamás la ven y sólo se fijan en sus números como si éstos fueran capaces de explicarlo todo. Y yo antes intentaba convencerlos, decirles que le dieran otra oportunidad, que si no habían visto jamás NCAA en enero o febrero no sabían lo que se estaban perdiendo… Ahora ya no, hoy ya no quiero que me masifiquen la playa, prefiero que quedemos sólo aquellos capaces de mimarla y disfrutarla. Mejor solos que mal acompañados.

Durante mucho tiempo el aficionado al baloncesto universitario se acostumbró a darse de bruces contra una pared. Te ponían el caramelito delante de tus ojos, te dejaban darle un par de lametones (llamados Final Four) y luego ya lo guardaban y no volvías a olerlo hasta el año siguiente. Luego llegó el día en que ya nos dejaron chuparlo entero, te lo ponían rancio y caducado pero aún así lo devorábamos con delectación, de hecho muchos nos enamoramos hasta las trancas de este baloncesto gracias a todos esos partidos pasados de fecha que cada verano nos daba (y nos sigue dando) el Plus.T2JEd.AuSt.156 Disfrutábamos (tarde y mal) el caramelo de marzo pero nadie nos ofreció jamás (salvo lejanísimas y contadísimas ocasiones) el de febrero, enero, diciembre o noviembre, que acaso no tuvieran tanta fama pero no eran menos apetecibles al paladar. Las teles pasaban y a nadie se le había ocurrido aún inventar Internet, y cuando a alguien se le ocurrió lo tenían cuatro gatos, y cuando por fin lo tuvimos más gatos iba aún a pedales, por más que pedalearas la cosa aquella del buffering se quedaba dando vueltas, cuando acababa de buferear ya se te había escapado el partido entero por el sumidero. La NCAA en temporada regular era coto exclusivo de cuatro iniciados, quienes podían orientar sus enormes parabólicas (nada que ver con las nuestras) hacia países lejanos, quienes importaban (y pagaban religiosamente) cintas de vídeo que a menudo recibían con varias semanas de antigüedad, poco era pero era algo, suficiente para darnos involuntariamente en las narices a todos los demás, los que permanecíamos sumidos en la oscuridad. No era ya que lo disfrutáramos en silencio, es que ni lo disfrutábamos siquiera. Teníamos noticias, mirábamos resultados, leíamos crónicas… y para todo lo demás recurríamos a nuestra imaginación. No había nada más.

Cómo hemos cambiado. Hoy el aficionado al baloncesto universitario aún no tiene quien le televise (que ahí la vida sigue igual, así seguirá por los siglos de los siglos, me temo) pero tiene ordenador, tiene Internet a velocidad medianamente decente (en algunas zonas rurales aún no, por desgracia), tiene hasta la capacidad de escoger: o gastarse veinte euros al mes en la aplicación de ESPN (a riesgo de que su señora se le amotine, a riesgo de que se la sigan cobrando cuando ya esté acabada la competición, que por más vueltas que le des no encuentras la manera de darte de baja), o gastarse cero euros y recurrir un año más a ese duendecillo valenciano y basketamericano que cada temporada acude puntualmente a salvarle la vida (y a quien nunca podrá agradecérselo lo bastante). Hoy la NCAA ya es algo cotidiano, ya es parte habitual de nuestras vidas. No está mal, tras tantos años estando sólo en nuestros sueños.

maui-invitational1Ya es noviembre, ya el aficionado al baloncesto universitario toca la felicidad con la punta de los dedos, ya se la hace la boca agua con el Tip Off Marathon, ya mira el calendario y se relame con el Maui, los torneos de Puerto Rico o Bahamas, el Old Spice o el Battle for Atlantis, tantos otros, ya sueña con los cruces entre ACC y Big10, ya piensa en clave de conferencia, ya se devora de pe a pa esta maravillosa guía que tiene usted en sus manos o ante sus ojos, ya va perdiendo poco a poco la cordura aunque aún resten un montón de semanas para que se declare oficialmente la locura. Ya es noviembre, ya se cerró por fin el suelo bajo nuestros pies, cinco meses tardará en volver a abrirse. Aprovechémoslos.

Publicado noviembre 21, 2014 por zaid en NCAA

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GABINETE CALIPARI   3 comments

No sé por qué tengo la sensación de que cada vez que escribo sobre Kentucky (Universidad de) acabo escribiendo exactamente lo mismo. Cambian los apellidos, cambian (de un año para otro, indefectiblemente) los jugadores pero la vida sigue igual en Lexington, la filosofía sigue siendo la misma, una filosofía que no no mira al futuro sino al presente (o a veces ni eso siquiera), que según crea equipos los destruye, que no es alta costura sino pret a porter, que no implica vocación de permanencia sino un mero usar y tirar. La filosofía del one and done colectivo, las criaturas llegan, pasan un año por imperativo legal y luego se van perdiendo el culo a por los dólares de la NBA, tanto dará que luego sean estrellas como que se lo pelen (el culo, me refiero) en los banquillos por haberse ido sin la debida preparación, tanto dará ser un John Wall como ser un Daniel Orton, toma el dinero y corre, sólo cuenta el hoy, el mañana a quién le importa, ya nos preocuparemos por él cuando llegue si es que llega. Puro Calipari.

Hace casi dos años ganaron el título y no faltaron entonces los iluminados que saludaron aquel acontecimiento como si fuera el advenimiento de una nueva era, podrá parecer exagerado pero creo recordar que la frase en algún caso fue casi literal. Como si aquel resultado supusiera un antes y un después, un cambio de filosofía colectiva en la NCAA. Como si el resto de universidades pudieran reclutar lo que recluta Kentucky, como si pudieran conformarse con tener a sus chavales un año y luego despacharlos, como si ya no fuera su tarea formarlos (para el baloncesto, para la vida) durante cuatro cursos sucesivos. Estos iluminados tienden a confundir sus deseos con la realidad, trátase en su mayor parte de enebeadictos que en su día consideraron a la NCAA como un mal necesario y hoy ya ni eso siquiera, hoy miran a la NCAA como si fuera la NBDL porque en el fondo les encantaría que así fuera, que la NCAA acabara siendo devorada por la propia Liga de Desarrollo de la NBA. No digo que no pueda acabar sucediendo dentro de veinte o treinta años pero lo cierto es que a día de hoy las cosas siguen más o menos como estaban: la NCAA (aún con sus evidentes contradicciones) sigue viva y aparentemente goza de buena salud, Kentucky sigue reclutando año tras año lo más florido y granado de cada promoción, Kansas o Duke también suelen pescar algún que otro prodigio y el resto (es decir, las restantes trescientas y pico universidades) se limitan a seguir entendiendo este baloncesto igual que siempre lo entendieron, como un proceso de formación a medio/largo plazo. Si el título de Kentucky supuso el advenimiento de una nueva era la verdad es que lo disimula bastante bien, por ahora la vida sigue igual. Y que dure.

Kentucky también sigue igual, como esa especie de sucursal NBA en territorio NCAA a la que ya vamos estando acostumbrados. Hace ya unos cuantos años se instauró entre las estrellas de instituto ese lugar común, nada como una estancia de apenas unos mesecitos en el Gabinete del Doctor Calipari para salir ya perfectamente preparados para la LIGA con mayúsculas, si hay que pasar necesariamente por la universidad procuremos al menos hacerlo donde más parecida sea a lo que nos vayamos a encontrar después, donde nadie nos pregunte si vamos a seguir y todos den ya por hecho que sólo estamos de paso. El propio Calipari echó más leña al fuego (digámoslo así) este pasado verano con unas declaraciones que no recuerdo textualmente (soy así de torpe) pero en las que más o menos venía a decir que él no entrena a un equipo sino que entrena jugadores, sin más, como si sólo fuera un mero preparador individual y se le diera una higa lo que hicieran colectivamente sus Wildcats. Ese es el modelo, que a aquellos que siempre entendimos el baloncesto como un deporte colectivo nos chirría extraordinariamente pero que a sus aficionados se ve que les encanta, total a quién le importa crear equipo si la mera suma de individualidades ya les basta para conseguir títulos como aquel de 2012. Allá ellos.

Claro está, en tratándose de la mera suma de individualidades igual te puede pasar que ganes el título, véase 2012, como que ni siquiera te metas en el March Madness (lesión de Noel mediante), véase 2013. ¿En 2014? Evidentemente en 2014 estamos (al menos a priori) mucho más cerca de la realidad de hace dos cursos que de la de esta pasada temporada, es bien sabido que la camada de novatos de este año es extraordinaria y lógicamente una buena parte de ella fue a parar a Lexington, ya ven qué casualidad. Tres joyas de la corona había en el mercado, se les escapó Wiggins que fue a parar a Kansas, se les escapó el maravilloso Jabari Parker que prefirió Duke pero se llevaron finalmente al huerto al imponente Julius Randle. Y a partir de ahí vino todo lo demás.

Julius Randle es un nombre que probablemente a estas alturas ya les resultará familiar (como Wiggins, como Jabari) aunque no sepan nada de baloncesto universitario, y que aún mucho más familiar les empezará a resultar dentro de unos meses cuando le vean aparecer en los puestos más altos del draft. Julius Randle es un ala-pívot cuyo físico así de primeras no recuerda tanto al de un Karl Malone como al de (por ejemplo) un Zach Randolph de la vida, es decir, más redondeado que musculado todavía a estas alturas. Pero es que estas alturas son apenas 19 años recién cumplidos, es decir, tiempo (y actitud, parece) tiene por delante para que le veamos convertirse en una fuerza de la naturaleza. Todo lo cual por sí mismo ya está muy bien, pero es que además la criatura no es sólo el típico cacho carne sino que sabe jugar, y mucho. Imparable en el uno contra uno, aguanta bien los dos contra uno, buena mano en las distancias cortas (y a ratos también en las más largas), es una mala bestia en el rebote y tiene además un primer paso sencillamente demoledor, muy superior a lo que solemos encontrar en jugadores de su tamaño (tamaño que en lo que se refiere a estatura tampoco es desmesurado, en pies le dan 6,9 que traducidos a metros vendrían a ser como 2,05 más o menos, no le vendría mal algún centímetro de más para sobrevivir en el siguiente nivel). Por ponerle alguna pega me da que es tan imparable de cara al aro como muy mejorable todavía de espaldas al aro, aún no se prodiga demasiado en esa suerte (entre otras cosas porque el puesto de cénter en Kentucky está muy bien cubierto, como luego veremos), nada que no pueda trabajar en cuanto se lo proponga. Y por ponerle otra pega, ya en un par de partidos le he visto dolerse de achaques diversos, nada de particular si no fuera porque está justo en esa fase en la que todo se lo van a mirar con lupa. Problemas menores en cualquier caso, la criatura es una joyita también en actitud e implicación, nada que ver con algún antecesor suyo en ese centro ni con ese otro Wiggins que parece situarse siempre por encima del bien y del mal (ya les contaré cuando hablemos de Kansas). En condiciones normales habremos de tener Randle para muchos, muchos años.

Toca ahora hablar de los gemelos Harrison, Andrew y Aaron, uno y dos, dorsal 5 y dorsal 2 respectivamente. Dos gotas de agua, de esos que te los imaginas dando el pego, intercambiándose en los exámenes o jugando cada uno con la camiseta del otro… aunque en lo tocante a su juego sí que existen pequeñas pero significativas diferencias. Aaron (el dos) es más tirador (aunque también ataca bien el aro), más jugón como si dijéramos, no se le aprecian actitudes de base aunque tampoco le vendría mal ir adquiriéndolas porque difícil será que se gane la vida como escolta. Andrew (el uno) es tan buen penetrador como su hermano pero con mucha menos muñeca, algo que se hace notar incluso en los tiros libres; obviamente es más director de juego pero tampoco crean que llama la atención en ese aspecto: mucho más administrativo que creativo, mucho más de soltarla sin más a ver si así le vuelve, mucho más de jugársela que de pasar, al igual que su hermano. Ambos dos tienen el potencial para llegar a ser muy buenos pero ambos dos a día de hoy me dejan muy muy frío, qué le vamos a hacer. Si aguantan al menos otro año en el campus quizá tengan aún tiempo de hacerme cambiar de opinión.

Y aún encontrarán un cuarto freshman en el quinteto titular… pero last but not least como suele decirse, porque a mí (que soy muy raro) es casi el que más me gusta de los cuatro, si acaso en dura competencia con Randle: se llama James Young, juega aquí de tres aunque para el siguiente nivel será en mejor de los casos un dos/tres (o más bien un dos a secas) y es de esas criaturas que hacen que este juego parezca fácil, de esas que te transmiten la sensación de hacerlo todo bien. Ya quisieran por ejemplo los gemelos Harrison tener la visión de juego y el talento para el pase que atesora este Young, y así tantas otras cosas: tiro exterior sublime, explosividad cuando es necesaria, colaboración en todos y cada uno de los departamentos del juego. Eligió Kentucky y en el pecado llevó la penitencia, en mi opinión: podrá ganar muchos partidos, podrá hasta ser campeón incluso pero su presencia aquí estará mucho más opacada (por Randle) de lo que lo estaría en cualquier otra universidad donde fuera el puto amo, con perdón. Con todo y con eso es carne de draft, carne de one and done, diría yo incluso que carne de lotería. James Young, suena  a nombre y apellido común y corriente pero mejor será que no se nos olvide de ahora en adelante.

El titular que nos queda ya no es freshman (aunque parezca increíble) sino sophomore, se llama Willie Cauley-Stein y es otro al que encontraremos en puestos de arriba del próximo draft dado que la carne de cénter bueno se cotiza bastante por aquellos pagos (y por éstos). Cauley-Stein causó sensación en su año freshman (casi tanto como Noel, aún más tras la lesión de éste), contra todo pronóstico (y con buen criterio) decidió volver al campus para su segundo año, todos pensamos entonces que sería instrumental en estos Wildcats 2013/2014… y la sensación que ahora nos queda (a mí, al menos) es como de un sí, pero. Que está muy bien, no digo yo que no, pero que podría estar mucho mejor. Que del año pasado a éste la única evolución que se le aprecia es la del color de su pelo. Importante sin duda… pero no tanto como debería serlo. Digamos también en su defensa que acaso este año brille menos porque tenga mejores compañeros alrededor, algo que también afecta (y cómo) a otro que volvió para su año sophomore, el sexto hombre Alex Poythress. He ahí otra de las contradicciones del caliparismo: eres ya importante en tu primer año, eliges volver al campus para seguir mejorando y perfeccionando tu juego… y resulta que acabas jugando mucho menos de lo que jugabas antes porque te comen el sitio todos aquellos que llegaron tras de ti. El mundo al revés.

Completan la rotación el base sénior (sí, por increíble que resulte también juega un sénior, a veces) Jarrod Polson y cómo no, otros dos freshmen, no tan epatantes como los cuatro titulares pero que también tienen sus minutos y aún más tendrán en años venideros si no cometen el error de marcharse antes de tiempo (y si no aterriza luego otra camada de novatos que también les cierre el paso, claro), el base Dominique Hawkins y el imponente (pero aún muy tierno) sietepiés Dakari Johnson. Súmenlo todo ello y el resultado les dará una sobredosis de talento que en su día hizo que casi todos los analistas les dieran como máximos favoritos en los meses previos al comienzo de temporada. Hoy ya las cosas son ligeramente diferentes, me temo. Llevan ya tres derrotas (por doce victorias), tres derrotas que además tuve ocasión de presenciar, ante Michigan State, ante Baylor y ante los sorprendentes (por irregulares) Tar Heels de North Carolina. Tres derrotas que evidenciaron dos obviedades: que les falta experiencia y que un equipo acostumbra a ser mucho más que la mera suma de sus miembros. El talento lo tienen, la cohesión (aún por secundaria que a su técnico le parezca) tendrá que llegar también tarde o temprano. Acaso ya esté llegando, de hecho en su último partido ganaron con suficiencia a Louisville en el habitual derby de Kentucky de cada final de diciembre. Ganaron aún teniendo que prescindir de Randle durante los últimos minutos, ganaron también gracias a que el partido se jugó en su Rupp Arena, de haber sido en el KFC Yum! Center (nada menos) de Louisville quizá la historia habría sido muy distinta. En cualquier caso están ya en el buen camino estos Wildcats, qué duda cabe de que volverán a estar entre los favoritos… pero eso, a estar entre, no a ser, no sé si captan la sutil diferencia: hoy ya nadie apuesta que esta Big Blue Nation vaya a llevarse necesariamente el gato al agua… lo cual tampoco significa que no pueda llevárselo a poco que se lo proponga. Mimbres tienen para ello, más que nadie. Ya otra cosa será que acaben de hacer el cesto.

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

más allá de los Grizzlies   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

Memphis_TigersHubo un tiempo en que solíamos decir que el mejor equipo de baloncesto de la ciudad de Memphis no se llamaba Memphis Grizzlies sino Memphis Tigers. Hubo un tiempo en que los Grizzlies daban pena y en cambio los Tigers se plantaban en Final Four, no es ya que se plantaran sino que una vez allí llegaban incluso a la Final absoluta y hasta estaban a punto de ganarla, de hecho si no la ganaron fue básicamente por dos cosas, por su manifiesta inoperancia a la hora de ensartar los tiros libres y porque a un jugador de Kansas llamado Mario Chalmers se le apareció la virgen en forma de triple imposible para forzar la prórroga, aquella prórroga que a la postre acabaría dando el título a los Jayhawks. Aquello fue en 2008, a los mandos desde el banquillo de Memphis el insigne a la par que engreído Calipari, a los mandos desde la cancha un imberbe mocetón adicto a las chuches y con fobia a las agujas llamado Derrick Rose, por allí andaban también Chris Douglas-Roberts, Robert Dozier y hasta un tal Joey Dorsey que aún ni sabría dónde quedaba Barcelona siquiera…

Eran otros tiempos. Hoy Calipari lleva ya unos pocos años en Kentucky, aún más lleva Rose de estrella estrellada de los Bulls, de Dorsey qué les voy a contar que ustedes no sepan. Hoy ya no decimos que los Grizzlies sean peores que los Tigers, ni por asomo, ni aún después de la absurda decapitación de Lionel Hollins se nos ocurriría decir semejante barbaridad (aunque nos queden ganas), hoy ya esos Grizzlies de Zach, Marc & Mike (Conley) acuden fielmente cada año a su cita con los playoffs (sólo esperemos que aún sigan acudiendo), nada que ver ya con aquel horror de la primera década de este siglo. Y en cuanto a los Tigers…

En los Tigers nada volvió a ser igual tras la agitada primavera/verano de 2009. Calipari hizo las maletas rumbo a Lexington y se llevó consigo algunos de sus más afamados recruits de aquel año, pongamos aquel insoportable DeMarcus Cousins, pongamos cómo no aquel John Wall, ya meses antes habían visto marcharse a Tyreke Evans tras completar su sacrosanto one and done, aquello era como si en Memphis (Universidad de) de repente vieran el suelo abrirse bajo sus pies, como si se quedaran sin presente y lo que era aún peor, sin futuro. En caída libre. ¿Qué hacer? Decidieron entregar las llaves del reino a un tipo con pinta (y maneras) de niño grande llamado Josh Pastner, un sujeto que había sido campeón universitario como jugador (haciendo una impagable labor de agitatoallas) en la Arizona de 1997 y al que una vez graduado le surgió la oportunidad de quedarse como asistente aprendiendo el oficio a la vera de Lute Olson. Aprovechó con creces la experiencia y se tiró allí sus buenos ocho años, hasta que en el verano de 2008 le llamaron de Memphis para ofrecerle el puesto de asistente de Calipari. Probablemente en ello seguiría a día de hoy si apenas un año más tarde Kentucky no se hubiera cruzado en su camino. Calipari se fue y los rectores de Memphis no encontraron a nadie más a mano a quien ofrecerle el puesto. Dicho y hecho.

Hay entrenadores que te entusiasman desde el primer día (la mayoría, que saben que soy de entusiasmo fácil) y en cambio hay otros (los menos) que se te atragantan desde el primer día. No les voy a engañar (tampoco podría, a estas alturas), Josh Pastner se me atragantó desde la primera vez que le vi. Esas rabietas de crío malcriado, esas pataletas (más que protestas) contra los árbitros, ese frenesí de aspavientos, ese desmesurado histrionismo (iba a poner histerismo pero he preferido autocensurarme), esa obsesión por mostrar cartelitos a cada momento para indicar a sus jugadores la jugada a realizar así en ataque como en defensa como si éstos no supieran decidir por sí mismos y hubiera que reprogramarlos constantemente (el mero hecho de verle desplegar sus letreros sobre la mesa de anotadores para así tenerlos más a mano ya es en sí mismo un espectáculo)… pero también ese baloncesto heredero de las más puras esencias caliparianas, un juego mucho más físico que técnico, mucho más de atleticismo que de fundamentos, que habrá a quien le entusiasme (a muchos, de hecho) pero que a mí tiende a dejarme frío como también tiende a dejarme frío el baloncesto de Kentucky (por ejemplo). A menudo los equipos de Calipari parecen más de NBA que de NCAA, de éstos de Pastner cabría decir lo mismo si no fuera por el pequeño detalle de que no cuenta (ni de lejos) con los jugadores que acostumbra a contar su antecesor. Es otro nivel, vaya eso también en su descargo.

Dicho todo lo cual, habré de confesarles que quizá me precipité en mis juicios prematuros sobre Pastner. Esta temporada he visto ya dos veces a los Tigers y ambas curiosamente contra el mismo rival, no es fácil que suceda esta circunstancia en periodo de non-conference habiendo como hay trescientas y pico universidades en la Primera División NCAA pero a veces el azar tiene estas cosas, a veces tienes programado un partido en cancha de un equipo y un par de semanas más tarde te vas a jugar un torneo en el que tras pasar sucesivas rondas te acabas enfrentando en la Final precisamente a ese mismo equipo. El rival en cuestión no era un cualquiera, eran los Cowboys de Oklahoma State, uno de los gallitos de esta temporada gracias sobre todo a las prestaciones de aquel Marcus Smart con quien ya les puse la cabeza mala hace unos meses, un equipo que además de calidad y agresividad tiene también un puntito macarra que hace que resulte sumamente incómodo enfrentarse a él. La primera cita fue el 19 de noviembre en el feudo de los Cowboys, el Gallagher-Iba Arena de Stillwater, Oklahoma, hasta allá llegaron ilusionados los Tigers, de allí hubieron de volverse cariacontecidos y con el rabo entre las piernas tras la enésima exhibición de un Smart que aprovechó precisamente esa noche para batir su récord de anotación con 39 puntos de todos los colores (recuérdese al respecto que los partidos NCAA no duran 48 minutos sino 40 -de los que sólo jugó 33- y que las posesiones no son de 24 segundos sino de 35, para así valorar aún más la magnitud de la cifra). El resultado final, 101-80, dejaba bien a las claras cuál era la jerarquía entre ambos dos equipos…

O no. Semanas más tarde viajaron ambos conjuntos a territorio Disney, Lake Buenavista, Florida, donde se habría de disputar el Old Spice Classic. Oklahoma State dio buena cuenta (no sin apuros) de Purdue y Butler para meterse en la Final, mientras que por el otro lado Memphis hizo lo propio con Siena (Universidad de, no se confundan) y Louisiana State. Doce días después la repetición del duelo estaba servida, esta vez en territorio neutral, ni que decir tiene que todos los pronósticos apuntaban unánimemente a los Cowboys… pero Pastner tenía otros planes. Su asfixiante defensa cortó líneas de pase, denegó tiros cómodos, taponó todas las vías de penetración. Sirva como ejemplo que esta vez Smart se quedó en unos birriosos 12 puntos, para otros quizá no estarían mal pero para él fueron su peor actuación de la temporada. No fue sólo él, sus brillantes compañeros de perímetro Markel Brown, LeBryan Nash (éste la brillantez la lleva hasta en el nombre) y Phil Forte tampoco corrieron mejor suerte. Al final 73-68, una magnífica cura de humildad para unos Cowboys que venían saliendo a casi cien puntos por partido y un espectacular subidón de moral para los Tigers. Un punto de inflexión.

La culpa fue de Pastner pero también evidentemente de sus jugadores, especialmente de ese perímetro que no me cautiva (problema mío, ya dije antes que yo soy más de dejarme cautivar por el talento que por el músculo) pero al que habré de reconocerle dos cualidades fundamentales, la exuberancia física (lo cual no quiere decir que no tengan calidad, cada uno a su manera, sino que ésta queda en un segundo plano) y la experiencia, lo que en baloncesto universitario entendemos por experiencia, todos ellos séniors curtidos ya en mil batallas a estas alturas: Chris Crawford, Geron Johnson y quien quizá viene siendo su mejor jugador, el potente base Joe Jackson. Mención especial merece otro base sénior que emerge desde el banquillo pero que a la larga es casi tan titular como los tres anteriores en lo que a reparto de minutos se refiere, Michael Dixon Jr., quizás hasta pueda resultarles familiar porque ya les hablé de él hace años cuando estaba en Missouri. Al acabar la temporada 2011/2012 pidió el transfer por alguna razón que se me escapa (quizá por la marcha del coach Mike Anderson, quizá por los minutos que le robaba Phil Pressey, quizá por cualquier otra cosa que yo no sepa), cambió aquellos Tigers de Missouri por estos otros Tigers de Memphis (debe tener fijación por ese animal), pasó su preceptivo año de red shirt y hoy ya le tenemos ahí enchufando triples a jornada completa, por algo es con diferencia la mejor muñeca del equipo.

¿Por dentro? Por dentro lo más interior que tienen se llama Shaq Goodwin (con ese nombre de pila cómo no vas a jugar de pívot, incluso aunque no lo seas), un tipo que a sus indudables cualidades baloncestísticas une la interesante cualidad humana de ser el hombre feliz, no hay vez que le enfoquen que no le veas riendo, o al menos con cara de estar disfrutando la experiencia. El anti-Kendrick (Perkins), como si dijéramos. Añadan a los freshmen Austin Nichols (alero titular, que apunta buenas maneras y mejor muñeca), Nick King y Kuran Iverson (pariente lejano de ese otro Iverson que están pensando) y ya tendremos casi la rotación completa, poco más hay que rascar. Y añadan además otra sustanciosa novedad, ésta ya de tipo organizativo: tras muchos años Memphis ha dejado por fin de pertenecer a la modesta USA Conference y ha pasado a formar parte de la que ahora llamamos American Athletic Conference y hasta hace sólo unos meses llamábamos Big East. ¿Qué quiere decir esto? Pues que en enero y febrero ya no les veremos jugando contra Old Dominion, UAB o Charlotte sino contra Connecticut, Louisville o Cincinnati por ejemplo. Bajará tal vez su cuenta de resultados pero a cambio subirá exponencialmente su nivel de exigencia. Ganarán menos pero serán mucho más competitivos. No tanto como para volver a opacar a los Grizzlies, sí lo suficiente como para volver a dar guerra en marzo. Tiempo al tiempo.

el corazón del bosque   Leave a comment

Las buenas gentes de BasketAmericano.com me pidieron un artículo (o similar) para su impagable Guía NCAA 2013/14, sin lugar a dudas la mejor guía anual sobre baloncesto universitario que encontrarse pueda en castellano (pensarán acaso que se trate de una exageración, fruto de mi natural entusiasmo, pero les aseguro que no lo es en absoluto; si no se lo creen no tienen más que pinchar en el enlace, descargarse el pedeefe y comprobarlo con sus propios ojos). Este que leerán a continuación (espero) fue el resultado de dicha colaboración, espero no habérsela estropeado demasiado…

Cada año, de noviembre a marzo, formo parte de esa extraña categoría de seres que acostumbran a pasar los meses de invierno en el corazón del bosque. No es un bosque al uso, no vayan a pensar, nuestros árboles no se llaman pinos ni hayas ni robles ni cedros sino Carrier Dome, Allen Fieldhouse, Rupp Arena, Pauley Pavilion, tantos y tantos otros, ése es nuestro hábitat natural, en él nos sentimos como en nuestra propia casa, por él nos movemos como pez en el agua (no parece una comparación muy adecuada tratándose de un bosque, pero ahora mismo no se me ocurre otra mejor). Muchos son los que no se atreven a adentrarse en su interior, les aterra su espesura, lo intrincado de su acceso, lo ven como un lugar oscuro y tenebroso pero nosotros sabemos que no es cierto, que es exactamente todo lo contrario, que muy pocos lugares habrá en el mundo con tanta luz, acaso ninguno con tanta vida como el bosque. Nuestro bosque.

Luego llega marzo y de repente el bosque se abre, se nos aparece por fin un inmenso claro, piensen en el parquet de los Ducks de Oregon y sabrán de inmediato a lo que me refiero. Llega marzo y toda esa humanidad que durante cuatro meses vivió de espaldas al bosque ahora por fin se interesa por él, qué digo se interesa, se pelea casi por venir a verlo para disfrutar del aire puro, de la benignidad de su clima, de esa explosión de luz y color que festeja la llegada de cada primavera. Casi antes de darnos cuenta tendremos ya nuestro claro lleno de gente, buenas gentes en su inmensa mayoría, gentes capaces de apreciar las maravillas que nuestro bosque pone ahí a su entera disposición, que pasarán allí unas cuantas horas o unos pocos días y luego retornarán a su casa contando a quien quiera oírlas las excelencias de nuestro bosque, aunque las vayan a olvidar de inmediato y ya no vuelvan a acordarse de ellas hasta la primavera siguiente. Así son la mayoría pero es bien sabido que hay gente pa tó, nunca faltan excepciones que confirman la regla, genuinos tocapelotas que no acaban de encontrarle el encanto, que podrían marcharse y no volver más (no tiene por qué gustarles, esto no es obligatorio) pero que aún así vuelven año tras año simplemente para echarnos en cara que algo así nos pueda gustar a los demás. Que al final (por variar un poco la metáfora) acaba uno sintiéndose como esos propietarios de alojamientos rurales que entre cientos de clientes extasiados con el paisaje de repente se encuentran con uno que se queja del olor a vaca, de que las campanas suenen cada hora y los gallos canten al amanecer, que casi entran ganas de decirles pues qué coño hace usted aquí, esto no es para usted, quédese en su ciudad con su tráfico, sus humos, sus ruidos y su botellón a la puerta, seguro que allí estará mucho más a gusto, dónde va a parar.

Cada año, al llegar marzo (y no digamos ya abril), casi acabo sintiéndome como si peleara contra molinos de viento. O lo que viene siendo casi lo mismo, contra ese pequeño pero significativo sector que se asoma a la NCAA simplemente para denostarla (y de paso denostarnos), cómo os puede gustar esto, es horrible, qué posesiones tan largas, vaya marcadores, están explotando a los chavales, es humillante, yo no sé qué le veis. No es que no les guste el baloncesto universitario, es que no les gusta que a nosotros nos guste el baloncesto universitario. Nos abruman con datos como si los datos lo fueran todo, como si los tanteos bajos ya lo explicaran todo, argumento supremo, que digo yo que si sólo fuera cuestión de tanteos bajos (y por esa misma regla de tres) a nadie le podría gustar un deporte en el que a menudo quedan 0-0 ó 1-0 (pero esa es otra historia, y otra histeria). Aquí un promedio de 60 ya es sospechoso, pobre de ti como digas que no te importa porque entonces te llamarán purista, pobre de ti como además se te ocurra valorar aspectos defensivos porque te llamarán incluso algo peor. Reconozcámoslo, estamos perdidos, con los datos en la mano tienen razón (su razón), cómo no habrían de tenerla si incluso están en posesión de ella, de todos es bien sabido que contra aquellos que tienen razón no se puede discutir.

El problema es que su razón es meramente objetiva mientras que nuestra sinrazón es absolutamente subjetiva. Puedes intentar argumentar (yo mismo lo he hecho demasiadas veces) que nuestras anotaciones no son necesariamente tan bajas, que el hecho de que las posesiones sean de 35 segundos explicaría que lo fueran, que el hecho de que se trate de baloncesto de formación justificaría esas mismas posesiones de 35 segundos. Puedes reivindicar finales extraordinarias (ya que tus interlocutores sólo suelen ver finales, casi mejor llevar la discusión a su terreno), Arizona-Kentucky en 1997, Syracuse-Kansas en 2003, Duke-Butler en 2010, esta misma Louisville-Michigan de 2013, tantas y tantas otras pero todo será en vano, ellos siempre volverán a aquella Connecticut-Butler de 2011, ésa te la estarán restregando una y otra vez hasta el fin de tus días. Puedes recordar una vez más que no es verdad que los chavales jueguen a cambio de nada sino que juegan a cambio de su educación, de una beca que de no haber sido por el baloncesto jamás habrían recibido, de unas enseñanzas que en ningún caso se habrían podido pagar y que ahora les permitirán graduarse y ganarse la vida, que serán la única salvación para todo ese noventa y tantos por ciento que jamás obtendrá luego un contrato como baloncestista profesional. Puedes hasta reconocer que el sistema dista mucho de ser perfecto, que tiene grietas, que estaría bien que fuera de otra manera pero que al fin y al cabo es su sistema, te guste o no tú no lo vas a cambiar. Puedes ponerte a su nivel pero es inútil, antes de que te des cuenta estarás predicando en el desierto. En su desierto.

Tenemos la batalla perdida de antemano porque los gigantes o molinos de viento no atienden a razones subjetivas, y esas difícilmente las podemos explicar. Cómo explicarles la magia que se desprende del Hinkle Fieldhouse, del Assembly Hall de Bloomington (también del de Champaign), del Cameron Indoor, del Purcell Pavilion, del Galagher-Iba Arena, del McKale Center, de The Barn o The Pit, de cientos y cientos de escenarios que transpiran baloncesto en cada muro, en cada pisada, en cada bote del balón, en cada estudiante brincando y cantando a pie de cancha. Cómo explicarles que no hay relajación, que aquí no hay ese dejarse ir de cada back to back o de los tres primeros cuartos para apretar sólo al final, que aquí cada segundo de cada minuto de cada partido cuenta, que aquí se pelea por cada balón como si no hubiera un mañana. Cómo explicarles que si les gusta el claro del bosque aún más les gustaría el bosque propiamente dicho, a poco que se atrevieran a internarse en él: que el Torneo Final está muy bien, cómo no habría de estarlo, pero que a veces puede estar aún mejor (en términos de intensidad, de emoción, de vibración) una rivalidad cualquiera de non-conference, no digamos ya de la temporada regular de cada conferencia. Cómo explicarles a los de allá y a los de acá que la NCAA acierta a amalgamar de alguna manera lo mejor de ambos mundos, lo de allá y lo de acá, el equilibrio perfecto entre la espectacularidad y el colorido de un lado y la intensidad y el rigor táctico del otro. Cómo repetirles una vez más que esto es sólo baloncesto universitario, es decir baloncesto de formación, por definición. Nada más que eso, nada menos que eso. O por plagiarme lo que ya dije alguna que otra vez, baloncesto de formación, y por eso mismo imperfecto, y por eso mismo perfecto en su imperfección, y por todo lo cual sencillamente maravilloso.

Al menos sé que esta vez juego en casa. Sé que mi bosque es también su bosque, no tendría usted en sus manos (en sus pantallas) esta imprescindible guía si no lo fuera. Sé que sus sueños son también los míos, los sueños de reencontrarnos con Smart, McDermott, McGary, Stauskas, Kyle Anderson, Craft, Carson, Payne, Cauley-Stein, Napier, Fair, Harrell, incluso Russ Smith, quién sabe si hasta Marshall Henderson (cito sólo los primeros que se me han venido a la cabeza), los sueños de (re) encontrarnos por fin con Andrew Wiggins, Julius Randle, Jabari Parker, Noah Vonleh, Tyler Ennis, Aaron Gordon, Joel Embiid, los gemelos Harrison, los sueños de todos esos técnicos que ya casi son como de la familia (te echaremos de menos, Brad, no sabes cuánto). Los sueños de trasnoches insanos, de madrugadas interminables, de rebuscar partidos hasta debajo de las piedras, de vérnoslos a veces hasta en ruso (¡¡¡en ruso!!!) sólo por no quedarnos sin la oportunidad de presenciar qué sé yo qué duelo o de redescubrir a qué sé yo qué jugador. Los sueños de cada contraataque, cada circulación de balón, cada defensón extraordinario (que una buena defensa es también parte esencial del baloncesto, aunque algunos se empeñen en negarlo), cada final apretado, cada canastón insospechado, cada invasión de cancha, cada locura colectiva. La NCAA es la fábrica de sueños: los suyos, sí, pero también (y sobre todo) los nuestros. Ahí está ya nuestro bosque, el de todos los años, acaso aún más intrincado (y quizás por ello aún más hermoso) que cualquier otro año. Empecemos a soñar.

Publicado noviembre 13, 2013 por zaid en NCAA

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