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CINCO MESES   Leave a comment

portadaslider-280x397Un año más las buenas gentes de BasketAmericano.com han lanzado a la red su impagable Guía NCAA 2014/15, una auténtica joya, sin lugar a dudas la mejor guía de baloncesto universitario que pueda encontrarse en castellano, acaso también la mejor guía de baloncesto universitario que pueda encontrarse en cualquier otro idioma, rechace imitaciones. Sería sencillamente perfecta si no fuera por la ocurrencia de poner sus dos primeras páginas a disposición del que suscribe (o sea yo), para que les junte impunemente unas cuantas letras sin atenerme a las consecuencias. Como no escarmientan, este año me lo volvieron a pedir, y el resultado fue éste que tienen a continuación…

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Cada primer martes de abril sentimos abrirse el suelo bajo nuestros pies.

Cada primer (a veces segundo) martes de abril vemos y volvemos a ver (si acaso ya la vimos de madrugada) nuestra Final Universitaria, cada primer martes de abril disfrutamos como enanos, alcanzamos la gloria, proclamamos campeón, dejamos que la dulce resaca nos envuelva, incluso nos empalagamos un año más con el one shining moment, cada primer martes de abril somos conscientes de haber alcanzado por fin el punto culminante de cada temporada pero a la vez sabemos que es el fin, sabemos que al otro lado de esa cima ya no queda nada, absolutamente nada, tan solo ese inmenso vacío ante nuestros ojos…

celebration-for-the-shipNo es el fin del mundo, no vayan a pensar. El aficionado al baloncesto universitario acostumbra a tener vida más allá de su adicción, aunque no siempre lo parezca. Sabe que asoma ya el buen tiempo, que está ahí el verano a la vuelta de unas pocas semanas, que ya huele a vacaciones, viajes insospechados, paseos por la playa, barbacoas sin fin, siestas de reglamento, fiestas hasta las tantas, cada uno ponga o quite lo que le pete. El aficionado al baloncesto universitario sabe que hay otras maneras de ser feliz (y más, incluso), sabe que lo será de hecho durante esos inhóspitos siete meses que se avecinan… pero que no por ello dejará de añorar su otra mitad, su recóndita versión de invierno.

El aficionado al baloncesto universitario tiene además sucedáneos, otros baloncestos (e incluso otros deportes) que le tendrán medianamente ocupado durante esos interminables siete meses: playoffs NBA y luego ya enseguidita los de ACB, desenlace de Euroliga, tantos otros desenlaces de tantas otras ligas, hasta un Mundial de Fútbol le pondrán cada cuatro años (éste por ejemplo) para que se entretenga. Y el draft (con sus previas elucubraciones y posteriores disquisiciones de cada junio), y los dimes y diretes fichajísticos de cada verano, y los campeonatos de (esas mal llamadas) categorías inferiores siempre y cuando consiga encontrar dónde verlos, y por fin el gran torneo de selecciones absolutas con su correspondiente dosis de adrenalina incorporada, y… Todo lo que usted quiera. Sabemos cómo pasar el mono, qué duda cabe. Pero eso no significa que no esté ahí.

Y es que el aficionado al baloncesto universitario acostumbra a dividir cada año en dos, dos mitades que no son tales, dos segmentos irregulares que para abreviar llamaremos on y off. On de primeros de noviembre a comienzos de abril, off obviamente todo lo demás, de comienzos de abril a primeros de noviembre. Cinco meses on, siete meses off. Cinco meses de ver al menos un partido al día, o a veces hasta tres o cuatro cuando se pueda y se tercie.NCAA Elite 8: North Carolina Tar Heels v Oklahoma Sooners Cinco meses de menos a más, de mágico crescendo, de ir poco a poco perdiendo la cordura para desembocar finalmente en la locura (de marzo), bendita locura. Cinco meses de descuidar la ACB y la Euroliga y abandonar casi por completo la NBA, de cambiar el derby madrileño por el de Kentucky si es preciso, donde se ponga un Duke-North Carolina que se quiten todos los Madrid-Barça futboleros del mundo mundial. Cinco meses de no dar abasto, de necesitar días de noventa horas para que diera tiempo a ver todo lo que se quiere, días de trescientas horas para que hubiera tiempo además para contarlo. Cinco meses de soñar y perder sueño…

…Y siete meses para despertar, para añorar. Siete meses de diferidos, de recuperar tal vez (ya sin emoción ninguna) todo aquello que no encontraste la manera de ver en temporada. Siete meses de vintage, de volver a ver aquella Final de (por ejemplo) 2003, 1993 ó 1983,m1k93cab de comprobar una vez más que cualquier tiempo pasado fue… anterior, no necesariamente (aunque sí frecuentemente) mejor. Siete meses de mirar de reojo transfers, JUCOs, bailes de entrenadores, reclutamientos a un año vista. Siete meses en los que el baloncesto universitario pasará a un segundo plano, acaso tercero o cuarto pero siempre estará ahí, reconcomiendo, reapareciendo en nuestras mentes cuando menos se le espera. Haciéndonos pasar nuestro particular síndrome de abstinencia.

Pero según vaya acabando el verano y empezando el otoño, al aficionado al baloncesto universitario ese mono se le irá manifestando ya en todo su esplendor. Notará cómo empiezan otras ligas, otras pretemporadas y todo ello hará que la ausencia de su dosis se le empiece a hacer aún mucho más acuciante. Buscará noticias, leerá rankings, escudriñará calendarios, empezará a salivar con según qué plantillas o según qué equipos, se empezará a familiarizar (aún más si cabe) con todos esos jugadores que llevan ya varios meses revoloteando en su cabeza, los Jahlil Okafor, Karl Towns, Tyus Jones, Cliff Alexander y tantos otros nombres de este año, de tantos otros años. Y hasta echará de menos aún sin haberlo llegado a tener a ese Emmanuel Mudiay que prefirió (a la fuerza ahorcan, supongo) las morteradas chinas a las sabias enseñanzas de Larry Brown, Sabina dixit, no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió

En el fondo el aficionado al baloncesto universitario sabe bien que es un bicho raro, lo supo siempre. El aficionado al baloncesto universitario siempre fue aficionado al baloncesto, a secas, pero aprendió hace ya demasiados años a no hacer ostentación de ello para no ser mirado con condescendencia e incluso un puntito de conmiseración. Sabe que en sus relaciones sociales sólo podrá hablar (y escuchar) de fútbol, pobre de él como ose aventurarse por otras sendas que no sean Madrid, Barça o Atleti, si acaso algún lunes Nadal o Fernando Alonso y pare usted de contar. El aficionado al baloncesto sabe que lo tiene muy difícil pero el aficionado al baloncesto universitario sabe que lo tiene ya imposible, sabe que si menciona a Navarro, LeBron o Gasol aún habrá alguien que le escuche, si menciona en cambio a McDermott, Kaminski o Van Vleet le preguntarán qué te pasa en la boca, te ha dado un aire, dinos a qué hospital te tenemos que llevar. ¿Recuerdan aquello que alguien dijo una vez de que las hemorroides se sufren en silencio? Pues esto igual pero al revés, se disfruta en silencio, así fue al menos durante muchos años, hoy ya no necesariamente, hoy al menos tenemos redes sociales, tenemos maravillosas webs como ésta, seguimos siendo bichos raros (y a mucha honra) pero ahora ya sabemos que no estamos solos, ahora al menos nos reconfortamos los unos a los otros. Baloncesteros Universitarios Anónimos deberían llamarnos.

El aficionado al baloncesto universitario (lo ha contado ya muchas veces) es como aquel amigo que tuve de crío, que cuando le hacían la típica pregunta horrible de tú a quién quieres más, a mamá o a papá, respondía siempre sin pensar, yo a mi abuela. A este aficionado al baloncesto le preguntan muchas veces que a quién quiere más, mamá o papá, FIBA ó NBA, a lo que él acostumbra a responder que a ambas dos las quiere por igual pero que por quien verdaderamente bebe los vientos es por su abuela NCAA (respuesta que a menudo suele dejar sumido en el desconcierto a quien le pregunta, ya que puede que no tenga ni la más remota idea de qué es eso).playa-de-oyambre_386552 El aficionado al baloncesto a veces piensa que la NCAA es como esas remotas playas del norte que no conoce (casi) ni dios, maravillosos enclaves que por lo general la gente desprecia porque (dicen que) hace mal tiempo, porque están lejos de cualquier núcleo urbano y hay que andar desde el aparcamiento, porque no están rodeadas de apartamentos, asfalto y chiringuitos sino de monte o bosque, que durante un tiempo intentaste convencer de sus bondades a tus semejantes (sin demasiado éxito) hasta que un día dijiste anda y que se sigan hacinando en su Gandía, Torrevieja o Benidorm de toda la vida (dicho sea con todos los respetos a estas bellas a la par que masificadas localidades), cuanta menos gente sepa que existe el paraíso más paraíso será. La NCAA tiene muy mala prensa entre todos aquellos que sólo se acercan a ella tangencialmente (por lo general una vez al año, a finales de marzo o comienzos de abril), no digamos ya entre aquellos que jamás la ven y sólo se fijan en sus números como si éstos fueran capaces de explicarlo todo. Y yo antes intentaba convencerlos, decirles que le dieran otra oportunidad, que si no habían visto jamás NCAA en enero o febrero no sabían lo que se estaban perdiendo… Ahora ya no, hoy ya no quiero que me masifiquen la playa, prefiero que quedemos sólo aquellos capaces de mimarla y disfrutarla. Mejor solos que mal acompañados.

Durante mucho tiempo el aficionado al baloncesto universitario se acostumbró a darse de bruces contra una pared. Te ponían el caramelito delante de tus ojos, te dejaban darle un par de lametones (llamados Final Four) y luego ya lo guardaban y no volvías a olerlo hasta el año siguiente. Luego llegó el día en que ya nos dejaron chuparlo entero, te lo ponían rancio y caducado pero aún así lo devorábamos con delectación, de hecho muchos nos enamoramos hasta las trancas de este baloncesto gracias a todos esos partidos pasados de fecha que cada verano nos daba (y nos sigue dando) el Plus.T2JEd.AuSt.156 Disfrutábamos (tarde y mal) el caramelo de marzo pero nadie nos ofreció jamás (salvo lejanísimas y contadísimas ocasiones) el de febrero, enero, diciembre o noviembre, que acaso no tuvieran tanta fama pero no eran menos apetecibles al paladar. Las teles pasaban y a nadie se le había ocurrido aún inventar Internet, y cuando a alguien se le ocurrió lo tenían cuatro gatos, y cuando por fin lo tuvimos más gatos iba aún a pedales, por más que pedalearas la cosa aquella del buffering se quedaba dando vueltas, cuando acababa de buferear ya se te había escapado el partido entero por el sumidero. La NCAA en temporada regular era coto exclusivo de cuatro iniciados, quienes podían orientar sus enormes parabólicas (nada que ver con las nuestras) hacia países lejanos, quienes importaban (y pagaban religiosamente) cintas de vídeo que a menudo recibían con varias semanas de antigüedad, poco era pero era algo, suficiente para darnos involuntariamente en las narices a todos los demás, los que permanecíamos sumidos en la oscuridad. No era ya que lo disfrutáramos en silencio, es que ni lo disfrutábamos siquiera. Teníamos noticias, mirábamos resultados, leíamos crónicas… y para todo lo demás recurríamos a nuestra imaginación. No había nada más.

Cómo hemos cambiado. Hoy el aficionado al baloncesto universitario aún no tiene quien le televise (que ahí la vida sigue igual, así seguirá por los siglos de los siglos, me temo) pero tiene ordenador, tiene Internet a velocidad medianamente decente (en algunas zonas rurales aún no, por desgracia), tiene hasta la capacidad de escoger: o gastarse veinte euros al mes en la aplicación de ESPN (a riesgo de que su señora se le amotine, a riesgo de que se la sigan cobrando cuando ya esté acabada la competición, que por más vueltas que le des no encuentras la manera de darte de baja), o gastarse cero euros y recurrir un año más a ese duendecillo valenciano y basketamericano que cada temporada acude puntualmente a salvarle la vida (y a quien nunca podrá agradecérselo lo bastante). Hoy la NCAA ya es algo cotidiano, ya es parte habitual de nuestras vidas. No está mal, tras tantos años estando sólo en nuestros sueños.

maui-invitational1Ya es noviembre, ya el aficionado al baloncesto universitario toca la felicidad con la punta de los dedos, ya se la hace la boca agua con el Tip Off Marathon, ya mira el calendario y se relame con el Maui, los torneos de Puerto Rico o Bahamas, el Old Spice o el Battle for Atlantis, tantos otros, ya sueña con los cruces entre ACC y Big10, ya piensa en clave de conferencia, ya se devora de pe a pa esta maravillosa guía que tiene usted en sus manos o ante sus ojos, ya va perdiendo poco a poco la cordura aunque aún resten un montón de semanas para que se declare oficialmente la locura. Ya es noviembre, ya se cerró por fin el suelo bajo nuestros pies, cinco meses tardará en volver a abrirse. Aprovechémoslos.

Publicado noviembre 21, 2014 por zaid en NCAA

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el corazón del bosque   Leave a comment

Las buenas gentes de BasketAmericano.com me pidieron un artículo (o similar) para su impagable Guía NCAA 2013/14, sin lugar a dudas la mejor guía anual sobre baloncesto universitario que encontrarse pueda en castellano (pensarán acaso que se trate de una exageración, fruto de mi natural entusiasmo, pero les aseguro que no lo es en absoluto; si no se lo creen no tienen más que pinchar en el enlace, descargarse el pedeefe y comprobarlo con sus propios ojos). Este que leerán a continuación (espero) fue el resultado de dicha colaboración, espero no habérsela estropeado demasiado…

Cada año, de noviembre a marzo, formo parte de esa extraña categoría de seres que acostumbran a pasar los meses de invierno en el corazón del bosque. No es un bosque al uso, no vayan a pensar, nuestros árboles no se llaman pinos ni hayas ni robles ni cedros sino Carrier Dome, Allen Fieldhouse, Rupp Arena, Pauley Pavilion, tantos y tantos otros, ése es nuestro hábitat natural, en él nos sentimos como en nuestra propia casa, por él nos movemos como pez en el agua (no parece una comparación muy adecuada tratándose de un bosque, pero ahora mismo no se me ocurre otra mejor). Muchos son los que no se atreven a adentrarse en su interior, les aterra su espesura, lo intrincado de su acceso, lo ven como un lugar oscuro y tenebroso pero nosotros sabemos que no es cierto, que es exactamente todo lo contrario, que muy pocos lugares habrá en el mundo con tanta luz, acaso ninguno con tanta vida como el bosque. Nuestro bosque.

Luego llega marzo y de repente el bosque se abre, se nos aparece por fin un inmenso claro, piensen en el parquet de los Ducks de Oregon y sabrán de inmediato a lo que me refiero. Llega marzo y toda esa humanidad que durante cuatro meses vivió de espaldas al bosque ahora por fin se interesa por él, qué digo se interesa, se pelea casi por venir a verlo para disfrutar del aire puro, de la benignidad de su clima, de esa explosión de luz y color que festeja la llegada de cada primavera. Casi antes de darnos cuenta tendremos ya nuestro claro lleno de gente, buenas gentes en su inmensa mayoría, gentes capaces de apreciar las maravillas que nuestro bosque pone ahí a su entera disposición, que pasarán allí unas cuantas horas o unos pocos días y luego retornarán a su casa contando a quien quiera oírlas las excelencias de nuestro bosque, aunque las vayan a olvidar de inmediato y ya no vuelvan a acordarse de ellas hasta la primavera siguiente. Así son la mayoría pero es bien sabido que hay gente pa tó, nunca faltan excepciones que confirman la regla, genuinos tocapelotas que no acaban de encontrarle el encanto, que podrían marcharse y no volver más (no tiene por qué gustarles, esto no es obligatorio) pero que aún así vuelven año tras año simplemente para echarnos en cara que algo así nos pueda gustar a los demás. Que al final (por variar un poco la metáfora) acaba uno sintiéndose como esos propietarios de alojamientos rurales que entre cientos de clientes extasiados con el paisaje de repente se encuentran con uno que se queja del olor a vaca, de que las campanas suenen cada hora y los gallos canten al amanecer, que casi entran ganas de decirles pues qué coño hace usted aquí, esto no es para usted, quédese en su ciudad con su tráfico, sus humos, sus ruidos y su botellón a la puerta, seguro que allí estará mucho más a gusto, dónde va a parar.

Cada año, al llegar marzo (y no digamos ya abril), casi acabo sintiéndome como si peleara contra molinos de viento. O lo que viene siendo casi lo mismo, contra ese pequeño pero significativo sector que se asoma a la NCAA simplemente para denostarla (y de paso denostarnos), cómo os puede gustar esto, es horrible, qué posesiones tan largas, vaya marcadores, están explotando a los chavales, es humillante, yo no sé qué le veis. No es que no les guste el baloncesto universitario, es que no les gusta que a nosotros nos guste el baloncesto universitario. Nos abruman con datos como si los datos lo fueran todo, como si los tanteos bajos ya lo explicaran todo, argumento supremo, que digo yo que si sólo fuera cuestión de tanteos bajos (y por esa misma regla de tres) a nadie le podría gustar un deporte en el que a menudo quedan 0-0 ó 1-0 (pero esa es otra historia, y otra histeria). Aquí un promedio de 60 ya es sospechoso, pobre de ti como digas que no te importa porque entonces te llamarán purista, pobre de ti como además se te ocurra valorar aspectos defensivos porque te llamarán incluso algo peor. Reconozcámoslo, estamos perdidos, con los datos en la mano tienen razón (su razón), cómo no habrían de tenerla si incluso están en posesión de ella, de todos es bien sabido que contra aquellos que tienen razón no se puede discutir.

El problema es que su razón es meramente objetiva mientras que nuestra sinrazón es absolutamente subjetiva. Puedes intentar argumentar (yo mismo lo he hecho demasiadas veces) que nuestras anotaciones no son necesariamente tan bajas, que el hecho de que las posesiones sean de 35 segundos explicaría que lo fueran, que el hecho de que se trate de baloncesto de formación justificaría esas mismas posesiones de 35 segundos. Puedes reivindicar finales extraordinarias (ya que tus interlocutores sólo suelen ver finales, casi mejor llevar la discusión a su terreno), Arizona-Kentucky en 1997, Syracuse-Kansas en 2003, Duke-Butler en 2010, esta misma Louisville-Michigan de 2013, tantas y tantas otras pero todo será en vano, ellos siempre volverán a aquella Connecticut-Butler de 2011, ésa te la estarán restregando una y otra vez hasta el fin de tus días. Puedes recordar una vez más que no es verdad que los chavales jueguen a cambio de nada sino que juegan a cambio de su educación, de una beca que de no haber sido por el baloncesto jamás habrían recibido, de unas enseñanzas que en ningún caso se habrían podido pagar y que ahora les permitirán graduarse y ganarse la vida, que serán la única salvación para todo ese noventa y tantos por ciento que jamás obtendrá luego un contrato como baloncestista profesional. Puedes hasta reconocer que el sistema dista mucho de ser perfecto, que tiene grietas, que estaría bien que fuera de otra manera pero que al fin y al cabo es su sistema, te guste o no tú no lo vas a cambiar. Puedes ponerte a su nivel pero es inútil, antes de que te des cuenta estarás predicando en el desierto. En su desierto.

Tenemos la batalla perdida de antemano porque los gigantes o molinos de viento no atienden a razones subjetivas, y esas difícilmente las podemos explicar. Cómo explicarles la magia que se desprende del Hinkle Fieldhouse, del Assembly Hall de Bloomington (también del de Champaign), del Cameron Indoor, del Purcell Pavilion, del Galagher-Iba Arena, del McKale Center, de The Barn o The Pit, de cientos y cientos de escenarios que transpiran baloncesto en cada muro, en cada pisada, en cada bote del balón, en cada estudiante brincando y cantando a pie de cancha. Cómo explicarles que no hay relajación, que aquí no hay ese dejarse ir de cada back to back o de los tres primeros cuartos para apretar sólo al final, que aquí cada segundo de cada minuto de cada partido cuenta, que aquí se pelea por cada balón como si no hubiera un mañana. Cómo explicarles que si les gusta el claro del bosque aún más les gustaría el bosque propiamente dicho, a poco que se atrevieran a internarse en él: que el Torneo Final está muy bien, cómo no habría de estarlo, pero que a veces puede estar aún mejor (en términos de intensidad, de emoción, de vibración) una rivalidad cualquiera de non-conference, no digamos ya de la temporada regular de cada conferencia. Cómo explicarles a los de allá y a los de acá que la NCAA acierta a amalgamar de alguna manera lo mejor de ambos mundos, lo de allá y lo de acá, el equilibrio perfecto entre la espectacularidad y el colorido de un lado y la intensidad y el rigor táctico del otro. Cómo repetirles una vez más que esto es sólo baloncesto universitario, es decir baloncesto de formación, por definición. Nada más que eso, nada menos que eso. O por plagiarme lo que ya dije alguna que otra vez, baloncesto de formación, y por eso mismo imperfecto, y por eso mismo perfecto en su imperfección, y por todo lo cual sencillamente maravilloso.

Al menos sé que esta vez juego en casa. Sé que mi bosque es también su bosque, no tendría usted en sus manos (en sus pantallas) esta imprescindible guía si no lo fuera. Sé que sus sueños son también los míos, los sueños de reencontrarnos con Smart, McDermott, McGary, Stauskas, Kyle Anderson, Craft, Carson, Payne, Cauley-Stein, Napier, Fair, Harrell, incluso Russ Smith, quién sabe si hasta Marshall Henderson (cito sólo los primeros que se me han venido a la cabeza), los sueños de (re) encontrarnos por fin con Andrew Wiggins, Julius Randle, Jabari Parker, Noah Vonleh, Tyler Ennis, Aaron Gordon, Joel Embiid, los gemelos Harrison, los sueños de todos esos técnicos que ya casi son como de la familia (te echaremos de menos, Brad, no sabes cuánto). Los sueños de trasnoches insanos, de madrugadas interminables, de rebuscar partidos hasta debajo de las piedras, de vérnoslos a veces hasta en ruso (¡¡¡en ruso!!!) sólo por no quedarnos sin la oportunidad de presenciar qué sé yo qué duelo o de redescubrir a qué sé yo qué jugador. Los sueños de cada contraataque, cada circulación de balón, cada defensón extraordinario (que una buena defensa es también parte esencial del baloncesto, aunque algunos se empeñen en negarlo), cada final apretado, cada canastón insospechado, cada invasión de cancha, cada locura colectiva. La NCAA es la fábrica de sueños: los suyos, sí, pero también (y sobre todo) los nuestros. Ahí está ya nuestro bosque, el de todos los años, acaso aún más intrincado (y quizás por ello aún más hermoso) que cualquier otro año. Empecemos a soñar.

Publicado noviembre 13, 2013 por zaid en NCAA

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