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WIGGINS, EMBIID, KANSAS   2 comments

Unos llevan la fama y otros cardan la lana, que decía mi abuela (supongo que además de mi abuela lo diría más gente pero yo por si acaso lo aclaro, no fuera a ser sólo suya la frase). La fama la lleva la Universidad de Kentucky, habitual paraíso del caliparismo o lo que viene siendo lo mismo, de los novatos de usar y tirar (también llamados one and done). Pero la lana también la cardan otros además de la propia Kentucky. La carda por ejemplo la no menos prestigiosa Universidad de Kansas, Jayhawks para los amigos, que este año cuenta en su rotación con la friolera de seis freshmen de los que dos no es ya que sean candidatos al one and done sino que son candidatos incluso a entrar en el Top5 del próximo draft. Y hasta puede que me esté quedando corto, habrá que ver cómo evolucionan los acontecimientos en los próximos meses pero créanme que a día de hoy no sería descabellado que ambos fueran nada menos que las elecciones 1 y 2 del susodicho draft. Paso a presentárselos (aunque sospecho que a estas alturas ya les conocerán de sobra): a ambos dos, y de paso al resto de Jayhawks 2013/2014.

¿Qué les cuento yo a estas alturas de Andrew Wiggins que no sepan ya? Dicen quienes miden estas cosas que desde los tiempos de un tal LeBron James no ha habido otro jugador de instituto que recibiera tanto seguimiento mediático, y aunque hayamos de recordar que también nos pusieron la cabeza mala en su día con Oden, Durant o Wall (por ejemplo), no seré yo ahora quien les lleve la contraria. Pero no estará de más contarles por si aún no lo supieran que Wiggins es canadiense de la parte de Ontario, que es hijo del ex jugador de Bulls, Rockets y Sixers Mitchell Wiggins y de la ex medallista olímpica y aún hoy recordwoman canadiense de 400 metros lisos Marita Payne, que ambos padre y madre se formaron y conocieron en la Universidad de Florida State (razón por la cual los Seminoles estuvieron hasta el último momento en la carrera por llevársele al huerto) y que además tiene dos hermanos mayores llamados Mitchell y Nick jugando también en NCAA, en la lejana Southeastern y la vecina Wichita State respectivamente. Andrew Wiggins vendría a ser un dos/tres (aquí más tres que dos, cabe esperar que en NBA será más dos que tres) de físico espectacular y talento muy por encima de la media, que no destaca tanto por su tiro (lo mejorará, sin duda) como por su agresividad de cara al aro contrario. Y que además tiene una cualidad fundamental a estos niveles, que es que no elude el choque jamás. Otros van encebollados hacia el aro, se les plantifica allí en medio el defensor y puede suceder que se lo coman con patatas (con la consiguiente falta en ataque) o bien que se paren a buscar otras opciones. Él no, el tira p’alante como si tuviera la canasta entre ceja y ceja, y como además sucede que tiene dos muelles por piernas, un tren superior importante y una portentosa velocidad y/o flexibilidad para cambiar de ritmo y/o dirección (y una consideración arbitral por encima de la media, también, es lo que tiene ser famoso) pues por lo general se las apaña para salirse con la suya y que la falta se la coma el defensor. Y si le hacen dos contra uno pues mejor que mejor (para él, se entiende), de hecho esa es quizá su principal imagen de marca, la que verán en cualquier vídeo, su innata capacidad para tirar de potencia, encontrar la ranura y meterse por el medio dejando a ambos dos defensores con un palmo de narices. Obviamente en NBA no le será tan simple, los músculos profesionales no son tan fáciles de voltear pero denle tiempo y seguro que también encontrará la manera.

Todo lo cual por supuesto está muy bien, pero yo no sería yo (ni me aguantarían lo que aguantan) si no les contara también la otra parte. Creo haberme visto ya como una docena de partidos de Kansas (no llevo la cuenta, quizás esté exagerando pero ocho o nueve desde luego que no me los quita nadie) y todavía a estas alturas no me atrevería a asegurar que Wiggins sea un ser humano. Todavía no le he visto jamás sonreír, ni celebrar, ni alegrarse, ni cabrearse, ni protestar, ni exteriorizar frustración ni mostrar ninguna clase de emoción ni hacer la más mínima mueca que me haga pensar que siente y padece, que detrás de ese impasible gesto de esfinge se esconde un jugador de carne y hueso y no un mero robot programado por ordenador. Probablemente corra sangre por sus venas pero él se esfuerza concienzudamente en disimularlo, de hecho no estaría de más que algún día le pincharan para que pudiéramos salir de dudas. Claro que ustedes me dirán (cargaditos de razón, como no podría ser de otra manera) que a ver si todo esto que les cuento tiene algo que ver con su juego. Pues no necesariamente… o eso creía yo, al menos. En sus primeros partidos pensé que esa frialdad gestual no se correspondía en absoluto con su puesta en escena sobre la cancha, que acaso fuera sólo una pose o una actitud ante la vida pero que en modo alguno repercutía en su desempeño. En cambio en estos últimos encuentros me ha dejado más dudas al respecto, véase por ejemplo el que jugó el sábado 18 de enero ante el gran Marcus Smart y sus aguerridos cómplices de Oklahoma State. Duelo en las trincheras, cuentas pendientes para dar y tomar, cuchillo entre los dientes, tanganas por doquier, uno de esos choques que (por recurrir al tópico) separan a los niños de los hombres. En semejantes circunstancias fueron muchos los que se engrandecieron para firmar un duelo formidable (que acabó llevándose al huerto Kansas por un ajustado 80-78) pero no así Wiggins que casualmente aprovecho la refriega para firmar su peor actuación de la temporada, apenas 3 puntos y 2 rebotes en 23 minutos sobre el parquet. Desaparecido en combate, nunca mejor dicho. Prefiero pensar que fuera un hecho puntual, sin más, prefiero (por ahora) pensar que toda esa frialdad sea una pose. Lo que sí es cierto es que se contagia, y quizá por eso a mí a día de hoy Wiggins me deja mucho, muchísimo más frío que sus coetáneos Jabari Parker y Julius Randle, no digamos ya su compañero Embiid…

Vi jugar por primera vez a Joel Embiid allá por la pasada primavera, durante uno de esos saraos que algunas afamadas marcas montan para que vayamos conociendo a las estrellas del mañana que aún se encuentren en edad de merecer: McDonald’s All American, Nike Hoop Summit, Jordan Brand Classic y demás eventos varios para yogurines de instituto, ya saben. Me puse a verlo (previa descarga más o menos clandestina) buscando todos esos nombres con los que nos venían bombardeando ya desde meses atrás, los Wiggins, Parker & Randle pero también otros como Aaron Gordon, Tyler Ennis, James Young, Chris Walker o los gemelos Harrison por ejemplo. De Embiid nada esperaba porque nada sabía, de hecho hasta ese momento ni le había oído nombrar siquiera. Pensé nada más verle que sería otro de tantos sietepiés africanos como brotan en estos días pero bastaron apenas un par de movimientos de espaldas al aro para descubrir que no era eso, o que no era sólo eso, que ahí había mucho más que un mero físico. Luego empezó la temporada y de entrada fue suplente, pensé como tantas otras veces que me habría venido arriba fruto de uno de mis habituales ataques de debilidad… hasta que le vi aparecer, para descubrir finalmente que no sólo no me había pasado sino que me había quedado corto. Más allá de su tamaño, más allá de su intensidad, más allá de esos brazos de grúa que le permitían taponar a diestro y siniestro todo lo habido y por haber resultaba que este tío además sabía jugar, y cómo. Te maravillaba que aún en su primer mes como universitario tuviera ya ese juego de pies, pero aún más te maravillaba cuando te contaban que la criatura apenas llevaba un par de años practicando el baloncesto, que antes sólo había jugado al fútbol o al voleibol en su Camerún natal (hecho éste que provocó el asombro del histórico a la par que histriónico analista de la ESPN Dick Vitale, sorprendido al parecer de que existiera el voleibol en Camerún). Si en tan corto espacio de tiempo había conseguido ya desarrollar tan amplia gama de movimientos, producía casi vértigo pensar hasta dónde podría llegar en cuanto progresara un poco más.

Claro está, de inmediato se dispararon del cero al infinito sus previsiones pre-draft, de inmediato rebasó a Parker, Randle, su compañero Wiggins y demás familia, de inmediato se instaló en un número 1 del que ya no habrá quien le mueva (que por mucho que nos quieran cambiar este juego la carne de cénter bueno sigue cotizándose más que cualquier otra)… y de inmediato comenzaron las odiosas comparaciones, también. Con su procedencia, su físico y sus maneras era sólo cuestión de tiempo que a alguien le diera por rebautizarle como el nuevo Olajuwon, yo no sé usted que pensará al respecto pero a mí estas cosas como que me dan mucho miedo. El cementerio (baloncestístico, entiéndase) está lleno de nuevos Jordan, nuevos Magic, nuevos Bird o nuevos Petrovic por poner sólo cuatro ejemplos, un montón de chavales a quienes desde el comienzo les colgaron ya un cartel con el que apenas pudieron durante el resto de sus carreras. Aquellos que alucinamos con el bailarín de claqué tenemos aún tan fresco ese recuerdo que si alguien viene a hablarnos del nuevo Olajuwon es como si nos diera una patada en el hígado. ¿Jugamos a las comparaciones? Miren, yo no llegué a ver a Olajuwon en su etapa universitaria (y bien que lo siento) pero sí les diré que en los años que llevo viendo NCAA sólo recuerdo otro jugador que tuviera ya en su año freshman unos movimientos de espaldas al aro similares a los de Embiid (y aún mejores, incluso), un chaval que jugaba en la Universidad de Wake Forest (pudimos verle aquí gracias a que allí jugaba también un paisano nuestro llamado Ricardo Peral y por eso nos televisaron unos cuantos partidos, si no de qué), provenía de Islas Vírgenes y se llamaba Tim Duncan, tal vez les suene. Duncan luego coincidió con David Robinson y ello le hizo evolucionar hacia la posición de cuatro, hoy bien podemos decir que es quizá el mejor cuatro de la histora pero créanme que de haberse quedado en el cinco también sería hoy uno de los mejores de la historia (y eso ya son palabras mayores). ¿Y voy a decir yo por todo ello que acaso Embiid pueda ser el nuevo Duncan? Pues no, ni loco, ni por asomo (entre otras cosas porque son muy diferentes). Joel Embiid es Joel Embiid, punto, con eso a día de hoy tiene más que suficiente. Recuérdenlo cuando dentro de veinte o treinta años emerja otro pívot de parecido origen y similares características y alguien nos lo venda como el nuevo Embiid. Al tiempo.

Joel Embiid tiene también defectos, sólo faltaría que no los tuviera a tan corta edad y con el poco tiempo que lleva en esto. Uno es obvio y se le curará con los años, la toma de decisiones, el saber cuándo es más adecuado irte por un lado o por el otro, cuándo es mejor jugártela o sacarla (la pelota), cuándo conviene irte al tapón o calmar tus ímpetus… El otro defecto me resulta mucho más preocupante, y creo que si no lo domestica le va a dar grandes quebraderos de cabeza a lo largo de su carrera: Embiid es… (¿cómo se lo diría?) de mecha corta, basta con que le acerques un poquito una cerilla para que explote sin remedio. Embiid tiene pinta de ser (mera elucubración, quizá me equivoque) demasiado noble, el típico chaval criado sin malicia ninguna en las praderas y los descampados de su Yaoundé natal y que no está acostumbrado a que nadie venga a buscarle las cosquillas. Y otra cosa no, pero a estos niveles del hipercompetitivo baloncesto USA los buscadores de cosquillas y los prendedores de cerillas están a la orden del día, me temo. Quien le busca le encuentra, basta con que se lo sepan para que buscarle deje de ser una mera circunstancia del juego y pase a convertirse en estrategia. Si está por ver que Wiggins tenga sangre en las venas resulta en cambio evidente que Embiid tiene demasiada, tal vez no les vendría mal una transfusión mutua, ese mismo duelo al sol ante los Cowboys de Oklahoma State del que antes les hablaba fue también una buena prueba al respecto. Por la posición que ocupa a Embiid le van a dar más que a una estera y no le van a pitar ni la cuarta parte de lo que le den, mejor será que se vaya haciendo a la idea por la cuenta que le tiene. Hoy al tercer mandoble que le sacuden saca el codo (y anda que tiene poco codo la criatura), eso en un baloncesto como éste en el que los codos te los miran con lupa es casi pecado mortal. En lo que llevamos de Big12 sale casi a sanción disciplinaria (técnica o flagrante) por partido, y esto no ha hecho sino comenzar. Ojalá lo controle.

Estos Jayhawks no son sólo Wiggins y Embiid, aunque demasiadas veces lo parezca. Son también otros freshmen de postín como (sobre todo) Wayne Selden Jr., poderoso escolta que en cualquier otra universidad levantaría pasiones y desataría ríos de tinta pero que aquí en cambio queda un poco ensombrecido por los dos bichos antes mencionados, cabe suponer que a partir de la próxima temporada llegará su momento siempre y cuando no se precipite y se tire en plancha al draft, que no debería pero vaya usted a saber; como freshman es también el base Frank Mason, que empezó la temporada como titular hasta que quedó claro que estaba aún más tierno que una lechuga para tan alta empresa, con tiempo y paciencia llegará a ser importante pero por ahora no pasa de brote verde que aporta energía y vitalidad desde el banquillo; como freshmen son también Conner Frankamp y Brannen Greene, eficientes escoltas de buena mano y mejor pinta (sobre todo el segundo), que aparecen aún de pascuas a ramos en la rotación pero con los que seguro que nos iremos familiarizando en años venideros.

Pero no sólo de novatos vive Kansas, no vayan a pensar, de hecho estos Jayhawks apenas serían nadie (aún a pesar de todo lo mencionado) si no fuera por el poso y la solidez que le aportan tipos como Naadir Tharpe, base junior ya consolidado como titular tras el fallido experimento Mason: no es la ilusión de mi vida como director de juego pero cumple con creces el expediente; o como el sophomore Perry Ellis, indiscutible cuatro titular y pieza fundamental por intensidad y calidad, por la cantidad de cosas que aporta y hasta por la atención que recibe y los espacios que genera para facilitar así (aún más si cabe) la eclosión de Embiid; o como la imponente pareja interior que acostumbra a dar el relevo a Ellis y Embiid, a saber, el sophomore Jamari Traylor y el sénior (transfer desde Memphis) Tarik Black, genuino tipo duro de esos que es preferible tener como amigo que como enemigo por lo que pueda pasar. Todos ellos componen el (para mi gusto) mejor equipo que haya tenido Kansas en estos últimos años, al menos desde aquel que se alzó con el título en 2008. Mejor sin duda que el que fue finalista en 2012 agarrado a los fornidos brazos de Thomas Robinson, mejor sin duda que el que hace apenas diez meses flirteó también con la Final Four sin más argumento que (el ligeramente sobrevalorado) Ben McLemore. Uno y otro equipo demostraron una vez más la probada capacidad de Bill Self para sacar petróleo de las piedras, miedo da pensar lo que pueda extraer este año de la mina de oro que tiene a su disposición. Luego pasará lo que tenga que pasar (que es bien sabido que una mala noche en marzo puede arruinarte una temporada entera) pero a día de hoy no veo a nadie con más argumentos que ellos para alzarse con el título a comienzos de abril (y cuando digo nadie quiero decir nadie, es decir, ni los invictos Arizona o Syracuse, ni Michigan State, Wisconsin, Duke, Kentucky, Florida o cualesquiera otros que usted pueda imaginar). Esperemos acontecimientos.

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

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(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com)

O dicho de otra manera: todo aquello que siempre quiso saber sobre esta nueva temporada de baloncesto universitario, pero que jamás se le habría ocurrido preguntar. Como el saber no ocupa lugar (y menos en Internet), me dispongo a satisfacer su curiosidad al respecto incluso aunque no sienta dicha curiosidad, esto es así, aquí le damos respuestas aunque no tenga preguntas. Y todo por el mismo precio…

Creo que hacia finales de la pasada temporada les dije ya (y si no pues se lo digo ahora) que a esta NCAA 2013/2014 no la iba a reconocer ni la madre que le parió. Tal cual. Para empezar deberemos revisar todo lo que un día supimos sobre conferencias y equipos que las integran: no es ya que haya cambios puntuales (que esos los hay todos los años) sino que en algún caso concreto hay pocas cosas que continúen igual. La Big East, por ejemplo. A algunos, aficionados Orange(men) de por vida, se nos rompieron los esquemas cuando hace unos cuantos meses se anunció que Syracuse dejaría esa Conferencia en la que llevaba casi la vida entera (o casi desde que empezó a entrenarla Boeheim, que viene a ser lo mismo) para entrar a formar parte de la Atlantic Coast Conference, en siglas la ACC. O dicho de otra manera, que Syracuse dejaría de jugar en enero y febrero contra St. John’s o Georgetown como llevaba haciéndolo toda la vida de dios, que ahora pasaría a jugar contra Duke o North Carolina pongamos por caso. Y que no se iría sola, que con los Orange de la manita llegarían también a la ACC los Figting Irish de Notre Dame o los Panthers de Pittsburgh. Créanme que a algunos nos va a costar hacernos a la idea, casi tanto como nos va a costar que (quizá para hacerles hueco) Maryland deje en 2014 la ACC para ir a parar a la Big10 (con Indiana, Michigan, Michigan St…), una conferencia en la que no pega ni con cola, ni geográficamente siquiera. ¿Les parece raro? Pues mejor será que se vayan acostumbrando, porque todo esto con ser raro fue sólo el principio…

El lío gordo llegó a finales de la pasada temporada: siete universidades católicas de la Big East, a saber Georgetown, De Paul, Marquette, Seton Hall, Providence, St. John’s y Villanova, decidieron escindirse de la Big East y crear una conferencia nueva a la que tras darle muchas vueltas y quebrarse sobremanera la cabeza decidieron ponerle el bello nombre de… Big East. Como lo oyen (como lo leen, más bien), la vieja Big East tragó con que la nueva se llevara el nombre y hasta su tradicional Torneo Final en el Madison, todo ello a cambio de que la vieja se quedara con la caja común (o eso cuentan, que habré de reconocerles que yo en estos asuntos burocráticos me pierdo), así a priori tampoco parece un mal acuerdo. Así pues, a partir de esta temporada tendremos una nueva Big East con las siete universidades antes mencionadas más otras tres igualmente católicas llegadas a su vez de otros lares, Xavier, Butler (que últimamente sale a cambio de conferencia por año) y Creighton, ubicadas respectivamente en Cincinnati, Indianapolis y Omaha, cada una un poco menos al Este que la anterior, no está mal para llamarse Big East. Y tendremos asimismo una vieja Big East a la que obviamente a partir de ahora ya no volveremos a llamar nunca más Big East sino por su nuevo y flamante nombre, American Athletic Conference, en siglas AAC (qué bien pensadas para que nos confundamos una y otra vez con la ACC). De todo lo cual témome que apenas se habrá enterado de casi nada pero qué quiere que le haga, estas cosas son así, no sé contárselas de otra manera…

Todavía dos pequeñas aclaraciones respecto a todo lo ¿explicado? en el párrafo anterior: 1) No vayan a pensar en un cisma religioso ni nada similar, los católicos por un lado y los protestantes por otro cual si de una guerra santa se tratara, ni hablar, recuerden que aquello es América (Estados Unidos de), allí esta clase de transacciones no se rige por razones eclesiásticas sino por razones meramente comerciales, que allí podrán ser muy puritanos pero para la cosa de los negocios son muy prácticos: la cuestión tiene más que ver con que se agrupen por un lado las universidades más tradicionalmente baloncesteras y se queden por el otro las más tradicionalmente futboleras (fútbol americano, of course), tiene mucho más que ver con la respectiva negociación de sus respectivos contratos de televisión. Y 2) No vayan a pensar que todo esto va a parar aquí, en absoluto, la cosa del deporte universitario está en continuo movimiento: a lo que les contaba antes de Maryland cabría añadir que incluso la mismísima campeona en ejercicio, es decir Louisville, dejará también la ex Big East (o sea, la Athletic etc) a mediados de 2014 para ir a parar a… (adivinen): efectivamente, a la ACC, que quedará así ya convertida sin discusión alguna en la conferencia más fuerte (aún más si cabe) de todo el baloncesto universitario. Al menos hasta el siguiente movimiento…

Dejemos los temas burocráticos (no vaya a ser que acaben huyendo los pocos lectores que aún queden) y pasemos a los estrictamente deportivos. Así de entrada quédense con tres nombres, las tres joyas de la corona, tres sujetos de los que probablemente ya hayan oído hablar (incluso aunque no sigan para nada este baloncesto) y de los que mucho más oirán de aquí en adelante, no ya este año sino durante los próximos quince o veinte años: 1) Andrew Wiggins, portentoso alero canadiense, presunto número 1 del próximo draft, acaso el jugador al que más bola mediática se haya dado tras salir del insti desde los tiempos de LeBron James (y eso es decir mucho), y que tras darle muchas vueltas decidió finalmente jugar su one and done para los Jayhawks de Kansas; 2) Julius Randle, no menos portentoso ala-pívot, de imponentes condiciones físicas y no menos aparentes condiciones técnicas, que se decantó (fíjense qué original) por ponerse a las órdenes de Calipari en los Wildcats de Kentucky; y 3) Jabari Parker, alero al que poco a poco se le fue dando menos bombo que a los dos anteriores pero que es una auténtica delicia de jugador, y que tras pensárselo muy mucho (es mormón, por lo que a punto estuvo de recalar en BYU) decidió finalmente ponerse a las órdenes del Coach K en sus Blue Devils de Duke. Y no están solos, que la nueva generación viene sobrada de niños prodigio, que no habremos conocido muchas otras como ésta:  Tyler Ennis en Syracuse, Noah Vonleh en Indiana, Aaron Gordon (un brincador nato, un tipo que juega como si se hubiese tragado un muelle) en Arizona, Kasey Hill  en Florida, medio equipo de Kansas, casi el equipo entero de Kentucky… Buenísimos freshmen (y presuntos one and done) para dar y tomar.

Sí, el principal favorito para casi todo dios es Kentucky. Esta vez no es ya que Calipari se haya vuelto a llevar a la mejor promoción de novatos de la nación (que eso este año es decir mucho), es que incluso podría alinear un quinteto titular entero de freshmen si quisiera, un poco a la manera de aquellos legendarios Fab five de hace más de veinte años: los gemelos Harrison por fuera, el tremendo James Young de tres, el susodicho Randle de cuatro, Dakari Johnson completando el quinteto y hasta podría añadir aún un sexto novato en caso de necesidad, Marcus Lee. Tremendo despliegue de talento y (sobre todo) físico que se completa con el imponente pívot sophomore Cauley-Stein (titular indiscutible, así que lo del quinteto freshman va a estar difícil), el también sophomore Poythress… El típico equipo apisonadora calipariano, a cuya presumible inexperiencia se opondrán la inmensas sabidurías de Izzo en Michigan State (Payne, Appling, Harris), Krzyzewski en Duke (Cook, Sulaimon, el transfer de Mississippi State Rodney Hood, el ya mentado Parker), Self en Kansas (la joya Wiggins más los también freshmen Selden, Mason o Embiid, más el retorno de Perry Ellis) y cómo no, Pitino en Louisville (con buena parte del equipo campeón de hace 7 meses: Blackshear, Behannan, el talentoso a la par que anárquico Russ Smith…)

¿Aún más? Michigan (con el regreso de Glenn Robinson III, McGary o Stauskas), Syracuse, Arizona, Florida, Oklahoma State (con el retorno de ese portentoso incordio llamado Marcus Smart, que bien pudo haber sido top3 ó al menos top5 del pasado draft pero que finalmente decidió volver al campus de Stillwater, por razones que no me explico pero que me hacen sumamente feliz), Ohio State, Wichita State, Gonzaga, Oregon, UConn, VCU (con lo que se quiera sacar el mago Shaka Smart de su chistera…). Apunten además el eterno retorno a Creighton de ese impagable Doug McDermott, el de Jahii Carson a Arizona State, el de Kyle Anderson a un sumamente atractivo equipo de UCLA… Atractivo entre otras cosas porque largaron a Howland y contrataron como técnico a Steve Alford, como atractivos serán sus vecinos de USC (ese hotel de los líos) tras haberse puesto en manos de Andy Enfield (sí, el autor de aquel milagro del pasado marzo con Florida Gulf Coast). Como atractivos espero que sean los Gophers de Minnesota tras haber cesado a Tubby Smith y contratado en su lugar a Richard Pitino (que obviamente no es Rick Pitino sino su hijo, casualmente del mismo nombre). Como atractivos no sé ya si serán los Bulldogs de Butler con el ex asistente Brandon Miller o lo que es lo mismo, sin el impagable Brad Stevens, a día de hoy topándose ya contra la cruda realidad de la NBA…

Muchas cosas, demasiadas sin duda (y no vean las que me dejo) como para extractarlas en un solo (presunto) artículo, que digo yo que tampoco es cuestión de aburrirles (aún más si cabe) ya desde el primer día. Les invito a acompañarme si lo tienen a bien durante estos próximos cinco meses, ésta es su casa, pasen y encontrarán toda clase de historias al respecto. De verdad se lo digo, se nos viene encima una temporada NCAA sencillamente apasionante, quizá la más espectacular de estos últimos tiempos (así lo aseguran casi unánimemente todos los expertos, quién sería yo para llevarles la contraria aunque quisiera, que no quiero), yo que usted no la daría de lado por nada del mundo, no vaya a ser que luego se tenga que arrepentir…

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