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1984 fue el año en que leímos 1984, de hecho fue el año en que (re)descubrimos que existía esa novela escrita 36 años antes (1948, nótese el juego de cifras) y en la que Orwell pintaba un desolador y aterrador futuro plagado de pantallas que vigilaban hasta el más mínimo movimiento de sus ciudadanos. Claro está, nos hacía mucha gracia todo aquello,bigbrother piénsese que en 1984 apenas teníamos un canal y medio de televisión, que aún no había Internet ni móviles ni portátiles ni tablets ni pecés ni deuvedés ni pendrives ni casi cedés ni disquetes siquiera (no desde luego el de tres un medio, quizá ya hubiera nacido el de cinco un cuarto), que el más pequeño de los ordenadores ocupaba una mesa entera, que lo más parecido a un programa informático era aquella interminable ristra de tarjetas rosas perforadas y necesariamente clasificadas en el orden correcto que solía manejar el enterao de turno, que como un día se le cayeran al suelo y se le desordenaran era hombre muerto… Sí, nos hacía mucha gracia aquel pronóstico presuntamente errado por Orwell en 1984, hoy treinta años después ya no nos hace tanta gracia cuando miramos a nuestro alrededor, ello aunque aquel terrible concepto del Gran Hermano haya quedado completamente prostituido con el paso del tiempo y hoy ya sólo lo identifiquemos con un no menos terrible programa de televisión, ése del que el 99 por ciento de sus telespectadores (me quedo corto) ni siquiera sabrán de dónde le viene el nombre…

1984 fue principio y fin de muchas cosas, demasiadas. Mírenme a mí por ejemplo (lo prometo, serán sólo estas líneas), miren a ese típico licenciado en paro (sí, ya entonces existía esa especie, y en abundancia) echando currículums por doquier mientras poco a poco iba asumiendo que jamás encontraría trabajo de lo mío, que llegado este momento habría de conformarme con trabajar de lo que fuera. En ese mismo lo que fuera continúo aún hoy más o menos, casi treinta años después…

1984 fue principio y fin, también en baloncesto. A nivel de clubes acabábamos de parir la ACB (aunque casi ni nos hubiéramos enterado), acabábamos de ver al CAI dar un golpe de estadio y birlarle la Copa al Barça. acabábamos de importar los playoffs, ese invento del demonio, por dios, a quién se le ocurre, dos equipos enfrentándose entre sí ¡¡¡hasta tres veces seguidas!!!, qué barbaridad, eso nunca puede acabar bien. Los agoreros se echaban las manos a la cabeza y los acontecimientos a punto estuvieron de darles la razón durante aquella Final liguera que disputaron (casualmente) Madrid y Barça: Mike Davis, Fernando Martín y Juanma López Iturriaga enzarzándose a puñetazo limpio durante el segundo partido, el Barça negándose a disputar el tercero tras las peculiares decisiones del Comité de Competición (o lo que fuera aquello), el Madrid ganando finalmente la Liga por incomparecencia del rival… ¿Se dan cuenta, ven lo que les decíamos, que una cosa así jamás podía acabar bien? Como si este sistema no estuviera ya más que probado en otros lares, como si esta clase de enfrentamientos no fueran el pan y la sal de cualquier rivalidad deportiva, como si estas mismas cosas no fueran a suceder también (corregidas y aumentadas) en la Final que habrían de disputar (casualmente) Celtics y Lakers pocas semanas después. Claro que en aquel entonces casi ni sabíamos aún de la existencia de dicha Final, casi empezábamos siquiera a conocer qué demonios sería aquello de la NBA… Qué tiempos.

1984 fue también principio y fin (primero creímos que principio, luego supimos que fin) para nuestra selección de baloncesto. Habíamos recogido el desencanto futbolero en 1982, habíamos tocado (sólo tocado) el cielo en 1983, soñábamos legítimamente con los Juegos Olímpicos de 1984. Pero ojo, soñábamos con moderación, no vayan a pensar, nada que ver con esto de ahora de llegar una gran competición y vendernos ya el oro con meses de antelación para que luego más dura sea la caída, para que luego cualquier otra cosa (incluso la plata, no digamos ya el bronce) nos acabe pareciendo poco. Entonces no, entonces la palabra medalla estaba casi proscrita en nuestro vocabulario, a nadie en su sano juicio se le habría ocurrido montar una porra como se hace hoy en día para adivinar cuántas íbamos a ganar en aquellos Juegos, era absurdo porque rara vez pasábamos de dos, por lo general en algún deporte de masas como la vela. Y en baloncesto ya no digamos, podíamos atrevernos a soñar con hacer un buen papel (fuera eso lo que fuera) pero a casi nadie se le ocurría soñar con llegar aún más allá.

Claro que para soñar con llegar aún más allá primero teníamos que soñar con llegar allá. A Los Ángeles, concretamente. Así como suena, éramos cuartos del mundo y segundos de Europa pero el billete para los Juegos aún nos lo tendríamos que ganar como tantos otros, sólo USA por aquello de ser sede y Yugoslavia e Italia por haber sido las anteriores finalistas quedaban eximidas de semejante empeño.preolimpico Así que entre el 15 y el 25 de mayo de 1984 se juntaron en territorio francés 16 selecciones (sí, dieciséis) para dirimir las 3 (sí, tres) plazas europeas en disputa. Once días, nueve partidos, todo lo más florido y granado del Continente (excepto las dos excepciones antes citadas), la de dios.

Por alguna misteriosa razón tengo mucho más borrosos los recuerdos de aquel Preolímpico que los de los Juegos que vinieron después. Sí tengo fresco en mi memoria algo que siempre han declarado los integrantes de aquel equipo: que en contra de lo que pudiera parecer, fue aquel el momento culminante en cuanto a juego de aquella generación. Sí, mejor que en el Eurobasket de un año antes, mejor incluso que en Los Ángeles dos meses después, mejor que cualquier otro que podamos recordar. ¿Seguro? Si de muestra vale un botón, no estará de más recordar que el quinteto ideal de aquel Torneo, elegido por todos los periodistas europeos que se dieron cita en el mismo, fue el integrado por Corbalán, Gallis, Epi, Martín y Sabonis. Es decir, tres de cinco, mayoría absoluta. Así como pareció haber consenso general (o eso nos contaban, al menos) en que aquella selección española quizá no fuera necesariamente la mejor del Preolímpico (como veremos un par de párrafos más abajo) pero sí fue la que mejor baloncesto practicó a lo largo del Torneo. Dicho y hecho.

Aún así yo he buceado por las profundidades de Internet para intentar comprobarlo, no es que haya mucho material al respecto pero al menos sí he podido rescatar alguna cosa, algún retazo del España-Grecia de la primera fase (grabación de vídeoaficionado en condiciones lamentables, ya que no se televisó en su día) y luego sí, ya íntegros los partidos ante Israel y la URSS de la ronda final, narrados ambos desde París-Bercy por Héctor Quiroga junto con las portentosas aportaciones técnicas (si estaban en hombre o zona, punto) de aquel extraño sujeto llamado Nacho Rodríguez Márquez. Y créanme que así fue, créanme que aquel partido ante la Israel de los incombustibles Berkowitz y Aroesti y el incipiente Jamchi (partido que acabó de darnos el pasaporte a Los Ángeles, por cierto) fue una verdadera maravilla, 61-44 al descanso, 120-97 al final, puntos a chorros ante un equipo cuyas alternancias defensivas siempre nos complicaron sobremanera la vida, obviamente ni las defensas ni los físicos de entonces se parecían en nada a lo de ahora pero ese chorro de puntos lo veíamos de pascuas a ramos, entonces y ahora, tanto menos en un partido de la trascendencia de éste, tanto más si nos paramos a pensar que aún no se habían inventado los triples. Gozada absoluta, con Corbalán impartiendo magisterio y repartiendo asistencias como churros y Martín, Itu, Epi o el Matraco convirtiendo en oro casi todo lo que tocaban. Pura delicia.

El de la URSS fue otra delicia, pero ésta más por la parte soviética. Les pondré en situación: último partido del Preolímpico, ambas dos selecciones invictas y lógicamente ya clasificadas jugándose sólo el honor de ver cuál quedaba primera y cuál segunda. Les seguiré poniendo en situación: Eremin, Valters, Tarakanov, Kurtinaitis, Sabonis, Tkatchenko, Khomicius, Iovaisha, Lopatov, Belosteny, pónganse todos de pie si aún no lo han hecho. Aquel equipo de todas las rusias (y las lituanias, y las letonias) no había sido construido para clasificarse para los Juegos sino para ganarlos, ya empezaban a despertarles del sueño antes siquiera de empezar a soñarlo pero de momento aquella tarde nos clavaron 119-92, paliza sumamente engañosa porque les aguantamos tres cuartos (entiéndase cuartos en sentido figurado, ya que sólo había mitades) casi de igual a igual,arvydas_sabonis2 paliza que les sirvió para llevarse ese honorífico primer puesto del Preolímpico y marcharse tan contentos y felices a sus casas para ya nunca más volver. Porque a esas alturas era ya un hecho que todo aquello no les servía para nada, a esas alturas era ya de dominio público que la URSS devolvería a USA su boicot a Moscú 80 no acudiendo tampoco a Los Ángeles 84. Lo que pudo haber sido y no fue.

Claro que en realidad nunca sabremos lo que pudo haber sido (y no fue). En aquellos días, y en todos estos años cada vez que a alguien le dio por recordar aquel evento, era habitual debatir sobre lo que podría haber pasado si los rusos (tanto daba que hubiera lituanos y letones, para nosotros seguían siendo rusos) hubieran acudido a la cita olímpica. Pregunta retórica que por lo general acarreaba una respuesta no menos retórica, anda que si llegan a ir los rusos íbamos a haber ganado la plata, ya te digo yo que no, ni de coña, ellos se habrían jugado el oro con los yanquis y a nosotros nos habrían dejado las migajas, si acaso aspirar al bronce, eso como mucho… Puro brindis al sol. Cierto es que aquella perfecta maquinaria soviética había sido construida para ganarlo todo, cierto es que habría sido tal vez más favorita que la propia USA (factor cancha al margen), cierto es que nos apalizó en ese último partido del Preolímpico, todo eso es cierto, casi tan cierto como que dicho partido se jugó sin tensión competitiva alguna, casi tan cierto como que el año anterior habíamos ganado a la propia URSS en el Eurobasket de Nantes y al año siguiente volvimos a ganarla en el (infausto) Eurobasket de Stuttgart, y en ambos casos con un equipo relativamente parecido a éste. Vale, reconozcámoslo, aquella URSS 1984 en condiciones normales nos habría ganado ocho o nueve veces de cada diez, que es tanto como decir que probablemente sí pero que luego vaya usted a saber. O dicho de otra manera: ¿y qué? Preguntarnos si hubiéramos ganado la plata si llegan a ir los soviéticos es como preguntarnos si los Rockets habrían ganado los anillos de 1994 y 1995 si Jordan no se hubiera marchado a jugar al béisbol, o como preguntarnos si habríamos ganado el Mundial 2006 si la final hubiera sido contra USA, si los griegos no hubieran dado buena cuenta de los yanquis en semis (son sólo los dos primeros ejemplos que se me han venido a la cabeza, obviamente habría muchos más). Puras pajas mentales muy propias de nuestra innata condición de perdedores, esa que nos dejaba descolocados si alguna rara vez ganábamos algo y nos obligaba de inmediato a buscarle una explicación para justificar nuestra no-derrota. Las cosas fueron como fueron, cuánto mejor sería que nos limitáramos a disfrutarlas sin más.

Dejémonos de conjeturas y volvamos a la realidad, pongámonos ya de camino a Los Ángeles (qué más quisiéramos) pero antes hagamos una parada técnica para explicar algún detalle de aquel proceso, por ejemplo el proceso mismo. La Liga acabó bruscamente el 13 de abril, apenas dos días más tarde se concentraron ya nuestras criaturas para preparar el Preolímpico, acabado éste pudieron escaparse ocho o diez días a sus casas para luego volver a concentrarse de inmediato para preparar ya los Juegos, dado que la Final fue el 10 de agosto estaríamos hablando de casi cuatro meses de concentración, concentración que tampoco es que se pareciera demasiado a lo que hoy se estila sino que era concentración en el más estricto sentido de la palabra, sometidos además a la rígida disciplina monacal de ese personaje imprescindible en nuestro baloncesto (y casi en nuestras vidas por aquel entonces) llamado Antonio Díaz-Miguel. Cuento este dato para dejar constancia de una extraña paradoja, mientras nosotros por estos pagos idealizábamos a aquella selección, a miles de kilómetros de distancia sus integrantes estaban ya un poco hasta las pelotas. No es algo que diga yo que no soy quién para decirlo, es algo que más de una vez han comentado por lo bajinis algunos de los integrantes de aquel equipo, mención especial para Iturriaga en este aspecto. Y está bien saberlo, y es perfectamente humano reconocerlo.

A aquella selección le faltó desde el principio un Chicho Sibilio que prefirió irse a pasar el verano a su país de origen (o que no soportaba ya ni un segundo más a Díaz-Miguel, según versiones), a aquella selección entre el Preolímpico y los Juegos se le cayó un imberbe Jordi Villacampa y le creció un José Manuel Beirán vaya usted a saber por qué. Los otros once seguirían siendo los mismos, citémoslos ahora no vaya a ser que alguno se me pierda por el camino, Corbalán, Solozábal, You Llorente, Epi, Itu, el Matraco (Margall), Fernando Arcega, Fernando Martín (renqueante y achacoso iba a andar el hombre todo aquel verano, y bien que lo íbamos a notar), Andrés Jiménez, De La Cruz y Romay. Para allá que se fueron, previa estancia en territorio Dean Smith (es decir Chappel Hill, sede los afamados Tar Heels de North Carolina) y previa minigira por el México profundo que acabó como el rosario de la aurora (por qué se dirá esto), afortunadamente no hubo que lamentar desgracias personales. Y ya por fin Los Ángeles…

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Y ya por fin Canadá, primer rival. La Canadá del ex de la Penya Gerald Kazanowski y el ex barcelonista Greg Wiltjer (padre por cierto del ex de Kentucky y hoy jugador de Gonzaga Kyle Wiltjer), la Canadá del ex técnico de los Raptors y hoy seleccionador canadiense Jay Triano, la Canadá incluso de aquel rocoso armario a quien años más tarde veríamos fajarse a la vera de Jordan en los Bulls, Bill Wennington. Un señor equipo, magnificado además hasta la náusea en los días previos por el propio Díaz-Miguel. Sus cuentas eran claras, éramos presuntamente inferiores a USA y presuntamente superiores a Uruguay, China y Francia, ergo para tener un cruce de cuartos más favorable necesariamente habríamos de empezar ganando a nuestro rival más parejo, es decir Canadá. Dicho y hecho. Lamentablemente no he podido recuperar aquel partido pero tengo muy claro el recuerdo de que los tuvimos de corbata, quién nos iba a decir que sería el partido más duro de aquellos Juegos (USA aparte) como bien indica el resultado final de 83-82. El drama no había hecho sino comenzar.

El drama continuó contra Uruguay un par de días después, sólo que de otra manera. Éste tuvo ya más que ver con maneras de interpretar el baloncesto, con el juego en las trincheras, con no poder ganar por lo civil e intentar hacerlo entonces por lo criminal. ¿Cómo se lo explicaría? Uruguay se entregó en cuerpo y alma a aquella vieja filosofía del haz veinte faltas y te pitarán veinte, haz doscientas faltas y te pitarán veinte, si alguna vez te pitan las doscientas monta el pollo y así se las pitarán también al de enfrente. Defensa con constante uso de las manos, palos por doquier, basket interruptus, todo lo cual no funcionaría si no viniera además aderezado de una espectacular coreografía: a cada falta (repito, a cada falta, aún por evidente que ésta fuera) los jugadores uruguayos se echaban las manos a la cabeza, elevaban los brazos al cielo, rodeaban a la pareja arbitral cual si les hubieran anulado el gol de la victoria en el último minuto del descuento. Con mención especial para su técnico, por supuesto: piensen en el más ultramontano Óscar Quintana, en el más tremebundo Ioannidis, incluso en el más insoportable Mourinho que sean capaces de recordar (ya puestos); pues créanme, todos ellos unas hermanitas de la caridad al lado de don Ramón Echamendi, creo que nunca vi nada igual (bueno sí, hace treinta años, cuando lo vi por primera vez; pero aún así ha conseguido volver a sorprenderme) hasta el punto de que acabó chupando más cámara que el partido mismo, pensaría el realizador yanqui que vaya chollo acababa de encontrar, ríase usted de Bobby Knight. Baste decir, para que se hagan una idea de lo que fue aquello, que sólo en la primera mitad ya se lanzaron ¡¡¡59 tiros libres!!! (34 por parte española y 25 por la uruguaya), baste decir que sólo esa primera mitad duró 1h.03′, tal cual, una hora y tres minutos de reloj, y recuerden que entonces no había descanso entre cuartos (más que nada porque no había cuartos), que los tiempos muertos jamás duraban más de un minuto, que aún no se habían inventado (a nivel FIBA) los tiempos muertos de televisión. Luego la segunda mitad ya fue medianamente normal, más que nada porque estaba todo el pescado vendido y tampoco era cuestión de marear más la perdiz. En cualquier caso un espectáculo delirante, crepuscular, miren que no soy dado a ponerme méritos pero créanme que me merezco una medalla sólo por habérmelo vuelto a ver para poder contárselo a ustedes.

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Luego vendrían días más apacibles: contra una Francia muy venida a menos a la que se ganó con relativa comodidad y contra una China que aún no había empezado a venirse a más y a la que se ganó más cómodamente todavía. Total, cuatro victorias a falta del último encuentro de esta primera fase, el que habría de enfrentarnos al otro equipo invicto, al único e indiscutible favorito, a los mismísimos Estados Unidos de América, una bendición así de entrada tenerlos en nuestro grupo porque te asegurabas que en el cruce de cuartos no te los ibas a encontrar. ¿Qué les cuento yo de aquel Team USA que no sepan ya? Si en cualquier edición de los Juegos recuperar el trono olímpico es para USA una prioridad absoluta, pues en éstos en su casa ya ni les cuento. No pewingodían llevar aún a los profesionales pero tanto daba, porque justo en aquellos años gozaban de una promoción universitaria que quitaba er sentío, un cuasi Dream Team ocho años antes del (único y verdadero) Dream Team. Pasemos lista: Steve Alford (ojito derecho del coach, que luego no hizo carrera en NBA y hoy se gana la vida entrenando a UCLA), Vern Fleming, Michael Jordan (pónganse en pie), Pat Ewing (vuelvan a ponerse), Chris Mullin (no se sienten todavía), Alvin Robertson, Sam Cara de Sueño Perkins, Leon Wood (que jugó luego en Zaragoza y más tarde se hizo árbitro NBA), Jeff Turner, Wayman Tisdale y hasta los incomparables armarios Kleine y Koncak. Todos ellos dirigidos por el grande entre los grandes (y ogro entre los ogros, y borde entre los bordes, aunque cuando hoy le vemos comentando NCAA en plan viejito apacible ya casi no nos lo parezca), Bobby Knight, rechace imitaciones. Hoy nos epatan todos estos nombres (unos más que otros) pero entonces aún muy poco sabíamos de ellos, por eso nuestros pesos pesados periodísticos se entregaron gustosos a la tarea de presentárnoslos… si bien unos con más acierto que otros. Hoy aquella reseña del enviado especial de ABC sobre Pat Ewing sería casi querellable y perseguible de oficio, hoy su mera lectura produce vergüenza ajena pero en aquel entonces se ve que aún no nos dábamos cuenta de estas cosas, o no queríamos dárnoslas. De aquellos polvos vinieron estos lodos.

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Aquella primera mitad contra USA en la fase de grupos es sin duda uno de mis dos recuerdos más gratos de aquellos Juegos (y miren que hay donde escoger), el otro llegaría días más tarde ante Yugoslavia. Y eso que así de primeras parecíamos todos empequeñecidos (ellos sobre el parquet y nosotros en nuestras casas), contemplando boquiabiertos la superioridad de Ewing bajo los aros y la magnificencia de Jordan en todo lo demás, pero fue atreverse Jimix (o sea, Andrés Jiménez, qué pedazo de partido el suyo) a ponerle un taponazo al susodicho Ewing y quitarse de repente todos los complejos, como si hubieran descubierto que eran humanos y podía jugárseles de igual a igual, podía llegarse incluso hasta adelantarles el marcador, 21-20, hito (de Itu) histórico que no sería el único durante aquellos inolvidables 20 minutos. Y casi en empate técnico habríamos llegado al descanso de no haber mediado la dichosa canasta psicológica: últimos segundos, perdíamos de 3, Romay taponó a Mullin, nos las prometimos muy felices pero perdimos el balón y éste fue a caer justo al ladito de Jordan que nos la clavó sobre la bocina casi desde media pista. Numéricamente sólo fueron 2 puntos (que aún no había triples), sólo fue irnos al descanso 5 abajo pero bastó con eso para que el Forum de Inglewood pasara en pleno de la depresión a la euforia.

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Y si a todo ello además le sumamos la bronca que Knight debió echarles en el descanso, pues como que la segunda mitad para los yanquis fue ya coser y cantar. Aún duró el espejismo algunos minutos, no crean, pero resultó que en un determinado momento aquellos monstruos se pusieron a defender. No a defender sin más sino a DEFENDER con mayúsculas. Y si al maravilloso festival de Jordan & cia en ataque ahora le sumabas también defensa, le sumabas cinco tíos cuya movilidad y superioridad física cerraba todos los espacios y obturaba todas las líneas de pase, pues apaga y vámonos. Nos fuimos, cómo no, no sin antes echarle las culpas al empedrao en la mejor tradición carpetovetónica. Resultó que en estos Juegos Héctor Quiroga no tenía ya a su vera al insufrible Nacho Rodríguez Márquez sino al joven pero sobradamente preparado Pedro Barthe, que ya entonces unía a su indudable calidad periodística esa innata capacidad suya para ver fantasmas, incluso aunque no los hubiera. Le parecía tremendamente sospechoso que uno de los árbitros fuera canadiense (el otro era francés, es decir vecino nuestro, pero eso le parecía de lo más ecuánime), claro que en su descargo habremos de reconocer que en varias disciplinas de aquellos Juegos las sospechas de pucherazo a favor de USA estaban a la orden del día. ¿En baloncesto? Si en condiciones normales te metían ya de 30 sin despeinarse, díganme para qué habrían de necesitar una colaboración adicional. Buena gana de buscar fantasmas, ciertamente.

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Y llegó el cruce de cuartos, el eterno todo o nada, si bien en aquel entonces aún no le dábamos toda la mística de hoy en día. Australia iba a ser la llave que nos abriera la puerta de semifinales o que nos condenara a jugar por el quinto puesto, según. Al miedo en el cuerpo que ya llevábamos de serie se sumó el que nos añadieron nuestros comentaristas ante el hecho de que los árbitros fueran estadounidense y canadiense nada menos, convencidos estaban de que había una confabulación norteamericana para quitarnos de enmedio, el barthismo empezaba a hacer mella pero no era eso lo peor, lo peor es que incluso estaba contagiando a alguien tan sobrio y aséptico como Quiroga. Claro que la preocupación así de entrada se nos fue quitando a todos (ellos y nosotros) cuando vimos que esta vez tocaba la selección de las grandes ocasiones, la que recordábamos del Preolímpico, la que con su trabajadísima 2-3 no dejaba pensar al rival, la que luego al otro lado movía el balón que daba gloria verlo… Demasiado bonito para ser verdad. Pasamos de ir casi doblando a Australia a ver cómo se nos ponía a 7 al descanso, tras éste más de lo mismo, en ataque lo metíamos casi todo pero al otro lado su habitual batería de tiradores (ya andaba por allí Andrew Gaze, por cierto) hacía lo propio, cuando nos quisimos dar cuenta nos habían empatado a 75 y luego a 77 a menos de 7 minutos para el final. Fue suficiente, fue quizá el aldabonazo para que nos pusiéramos otra vez las pilas, para que siguiéramos atacando como lo hacíamos y volviéramos a defender como sabíamos. Al final 101-93. Tres cuartos de medalla.

Y por fin, el gran día. 8 de agosto (que aquí sería ya 9, porque si la memoria no me traiciona el partido se jugó a las 2 de la madrugada), semifinal, España-Yugoslavia. No éramos favoritos, ni aún por buenos que fuéramos, ni aún por bien que estuviéramos jugando. Yugoslavia era la vigente campeona olímpica, vale que acaso estuviera en una etapa de transición entre la grandísima selección que habíamos conocido antes y la aún más grande que habríamos de conocer después, pero no por ello dejaba de ser Yugoslavia: Dalipagic, Radovanovic, Nakic, Knego, Zorkic, Zizic, Sunara… y cómo no, los Hermanos Petrovic: el 4 que es el que decían los yugoslavos que iba para figura, mientras que el 5 es el que lleva más tiempo en la selección, según la primorosa descripción de Pedro Barthe. Obviamente el 5 que llevaba más tiempo era Aleksander, obviamente el 4 que iba para figura era Drazen, entendámoslo, en aquel tiempo aún faltaban unos meses para que cumpliera veinte años, aún faltaban esos mismos meses para que se convirtiera en la bestia negra del madridismo. Sólo era un atisbo de lo que llegaría a ser pero aún así era ya la figura con todas las letras de aquel equipo, quien lo movía a su antojo, quien con la incomparable ayuda del ya veterano Praja Dalipagic nos la empezó a liar. Entre el uno y el otro nos estaban sacando a gorrazos del partido pero eso no era lo peor, lo peor era que no dábamos una a derechas tampoco en ataque, estábamos atrofiados, perdíamos balones a chorros, nos movíamos a su ritmo y éramos incapaces de correr. Un desastre, vamos.

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A cuatro minutos para el descanso, 10 abajo ya, y ante la evidencia de que nada de lo que probaba funcionaba, Díaz-Miguel decidió jugarse una última carta. O más bien dos: Romay para poner algo de sustancia física en la zona y que los yugoslavos dejaran de pasearse por ella como Pedro por su casa, y Llorente para subir un puntito la defensa y sobre todo cambiar el ritmo en ataque. Suficiente para que nos fuéramos al descanso perdiendo de 5, casi una bendición tal como habían ido las cosas. Recuerdo escuchar a José María García en aquel descanso (sí, en aquel tiempo hacíamos cosas así), recuerdo que dijo una frase que se me quedó grabada, que me sonó entonces a exceso de optimismo pero que a la larga resultó ser la pura verdad: si jugando tan mal sólo perdemos de 5, en cuanto empecemos a jugar medianamente bien el partido no se nos puede escapar. Dicho y hecho.

Empezamos la segunda mitad 35-40 y apenas dos minutos después ganábamos 43-40, es decir, lo que viene siendo un parcial de 8-0 en un abrir y cerrar de ojos. Con aquel inhabitual quinteto de Llorente, Epi, Margall, Jiménez y Romay, con esa zona 2-3 que ejecutábamos a las mil maravillas y con la que asfixiábamos a (casi) todo dios y con el ex presidente del sindicato (quién se lo iba a decir entonces) metiendo velocidad, rompiendo esquemas y sentando cátedra, de repente el tercer base convertido en primero justo el día más importante, un poco a la manera de aquel Sergio Rodríguez en la no menos inolvidable semifinal ante Argentina de Japón 2006. 22 años antes, aquel 8 de agosto que ya era 9, aquella semifinal olímpica ante Yugoslavia fue más de You Llorente que de ningún otro.

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Intercambio de canastas, nuevo parcial favorable, 51-44, las ventajas oscilando entre 5 y 7 puntos, todo iba viento en popa y justo entonces a Antonio Díaz-Miguel le dio (lo que pareció) un ataque de entrenador: sentó a Llorente, Margall y Jiménez para recomponer el quinteto con Corbalán, Iturriaga y Martín, ni que decir tiene que Quiroga y Barthe pusieron el grito en el cielo, probablemente también nosotros lo pusiéramos en nuestras casas, en aquel tiempo aún no se había acuñado el concepto rotaciones, aquí éramos más del si funciona no lo toques. Es bien sabido que los entrenadores por el mero hecho de serlo ven cosas que al resto de los mortales se nos escapan, probablemente Díaz-Miguel vio que el dinamismo empezaba a decaer, que era el momento de meter frescura física y asestar ya la puntilla definitiva. Fuera por lo que fuera lo cierto es que le salió bien, que tras algún leve titubeo el equipo empezó de nuevo a correr y la diferencia a subir, que a pocos minutos para el final estábamos 10 arriba y empezábamos a pellizcarnos, que Drazen se fue entre protestas tras cometer la quinta y seguíamos pellizcándonos, que Díaz-Miguel puso a dos bases para asegurar las posesiones y aún le pareció poco por lo que metió también al tercero, Corbalán, Solozábal y Llorente juntos en cancha (lo nunca visto) mientras nosotros ya no parábamos de pellizcarnos, que sonó la bocina y Díaz-Miguel tras estrechar deprisa y corriendo la mano de Novosel se fue dando brincos como un niño a abrazar a todos y cada uno de sus jugadores mientras nosotros en el sofá pellizco tras pellizco, quizá también lágrima tras lágrima porque todo aquello no podía ser real, porque teníamos que estar soñando a aquellas altas horas de la madrugada, eso iba a ser, cómo iba a ser verdad que fuéramos (al menos) subcampeones olímpicos, eso sí que no, era imposible, de ningún modo… Sólo un dato: si en el descanso perdíamos 35-40 y al final ganamos 74-61, una mera operación matemática nos dirá que el parcial de aquella segunda mitad fue de 39-21. Si hoy dejar a un rival en 21 puntos tras 20 minutos de juego es ya sumamente improbable, ni aún con las defensas y los físicos que se estilan hoy en día, en aquel entonces era simplemente inverosímil. Pero sucedió.

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10 de agosto (que ya sería 11) de 1984, si la semi había sido (creo) a las 2 de la mañana la final iba a ser a las 4, nada que en aquel tiempo pudiera arredrarnos, aún recuerdo como si fuera ayer cómo mi hermano y yo nos cruzamos el barrio a pie de punta a punta en plena madrugada para ir a verlo a casa de unos amigos, la ocasión bien lo merecía, la que no lo merecía era su madre que dormía plácidamente en su cama (o lo intentaba, al menos) mientras nosotros nos arremolinábamos frente al televisor con la única precaución de no hacer demasiado ruido que pudiera despertarla, no fue el caso, tampoco es que hubiera nada que gritar ni que festejar porque la celebración ya estaba hecha, ya la llevábamos de serie, ya nos bastaba con vivir el momento, sólo eso, nada más. Y nada menos.

Y es que cualquier parecido con aquella otra primera mitad contra USA jugada seis días antes fue mera coincidencia. Nuestros jugadores han contado alguna vez que estando allí no eran ni remotamente conscientes de la que se estaba liando aquí, que no sabían para nada la repercusión que aquello estaba teniendo (recuerden, ni Internet ni móviles ni emails ni esemeeses ni guasap ni tuiter ni feisbuc ni na de na), que sólo empezaron a saberlo cuando llegaron al vestuario en las horas previas a aquella final y se encontraron unas cuantas sacas repletas de telegramas de ánimo llegados desde España. Quizás el error fuera ponerse a leerlos… Ellos entraron a la cancha como en una nube, en cambio los americanos (de USA) entraron sabiendo que los de antes habían sido simplemente partidos, sin más, pero que aquél era EL PARTIDO. ¿Partido? Qué más hubiéramos querido. Desde los primeros minutos se vio ya claramente que allí no iba a haber color, sólo barras y estrellas. Tanto daba, a estas alturas. Que nos quitaran lo bailao.

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Las desventajas (o ventajas, según de qué lado del cristal se mire) se iban sucediendo, ahora 15-6, luego 28-19 pero sólo un poco después ya 42-19, al recreo 52-29… nos abrumaban en defensa y se exhibían en ataque con mención especial casualmente para ese tal Jordan que rozaba lo paranormal, que volaba donde los demás andaban, miren qué cosas hace, fíjense como han bajado ya los dos españoles (Jiménez y Romay) y él todavía está por encima del aro, decía admirado Barthe. Claro que otras de Barthe nos dejaban ya un poco más con los ojos a cuadros, como cuando afirmaba que Ewing con esa pinta de bruto que tiene es licenciado en bellas artes, o cuando soltaba un ¡está loco ese Tisdale! ante la innata costumbre del susodicho de utilizar los codos cual ventilador para proteger los rebotes, afirmaciones todas ellas que nos rompían sobremanera los esquemas porque en las sobrias narraciones televisivas de la época no se estilaban aún este tipo de cosas. No estará de más añadir aquí que aquel Wayman Tisdale en realidad distaba mucho de estar loco, que Tisdale fue luego un tremendo ala-pívot con una grandísima carrera en el baloncesto (Oklahoma, Pacers, Kings, Suns) y otra aún mejor si cabe en el mundo del jazz (busquen su discografía si les queda alguna duda), y al que un cáncer se le llevó por delante prematuramente en 2009 cuando aún no había cumplido los 45. Un tipo muy especial.

Los primeros minutos de la segunda mitad fueron quizá los mejores de nuestra selección, los que nos hicieron creer por un segundo que aún podía pasar algo y hasta provocaron algún que otro enfado y algún que otro tiempo muerto por parte de Bobby Knight. Mero espejismo. De ahí se pasó al intercambio de canastas (sin otra preocupación ya para Knight que atemperar los codos de Tisdale) y de ahí a los minutos de la basura (si bien entonces jamás se nos hubiera ocurrido llamarlos así) para que jugaran aquellos Turner, Koncak y Kleine que hicieron exclamar a Pedro Barthe que los reservas de Estados Unidos son muy reservas, desde luego mucho más que los españoles. Ya a esas alturas nos fijábamos más en la anécdota que en la categoría (de hecho ya no había categoría de ninguna clase), por ejemplo en cómo a Héctor Quiroga le bailaban los nombres y cómo se las apañaba seguidamente para salir del paso, la perdió Michael Jackson, perdón, Michael Jordan, los dos Michael son dos ídolos sobre todo aquí en California, se les compara a uno con otro, de hecho está ganando enteros el Jordan sobre el Jackson porque es un auténtico ídolo, lo que pasa es que se les va a marchar a Chicago y los de Chicago serán los que tengan el ídolo

usa jordan

Al final 96-65, claro que todo esto probablemente ya se lo sepan (aunque no lo vivieran en su día, aunque ni siquiera hubieran nacido) porque TVE lo ha redifundido chorrocientas veces por sus diferentes soportes durante todos estos años, el partido en sí y la entrega de medallas, y al de megafonía presentando a Iturriaga al subir al podio como Juan María López (no sólo le borraban el apellido de guerra sino que además le cambiaban el nombre), y a las buenas gentes del Forum de Inglewood aplaudiendo a la selección española casi como si fuera la suya propia (ligera exageración), y a Knight y Díaz-Miguel medio abrazados departiendo afablemente durante la ceremonia como los buenos amigos que eran, y a Quiroga y Barthe enviando saludos cordiales y despidiéndose hasta una próxima ocasión

1984 fue principio y fin, ya se lo dije. Que Héctor Quiroga andaba mal de salud lo intuíamos todos (bastaba con verle la cara) pero jamás creímos que tanto. Héctor Quiroga se indispuso en el viaje de vuelta mientras hacía escala en Nueva York y ya jamás salió de allí, sólo sobrevivió trece días a aquella final. Los aficionados al baloncesto nos quedamos un poco (un mucho) huérfanos, tanto que hasta se creó un torneo con su nombre (Memorial Héctor Quiroga), aún más huérfano se quedó un Real Madrid que ahora ya de repente no tenía quien le televisara, soluciones había de sobra en el Ente Público (o lo que fuera eso entonces), José Félix Pons o el propio Barthe pero el Madrid se negó en redondo, eso nunca, poner a un catalán a retransmitir las gloriosas gestas blancas por Europa, por dios qué barbaridad, hasta ahí podíamos llegar. Hoy treinta años después puede sonar a coña pero créanme que en el otoño de 1984 la cosa casi degeneró en una crisis institucional. Ya ven que no hemos cambiado tanto desde entonces. Por desgracia.

84

1984 pareció principio pero fue fin para aquella selección. Pensamos que el futuro sería nuestro (tanto más con el Mundial en casa, un par de años después) pero ya todo lo que tuvimos fue pasado. Algo se rompió en el equipo nacional a la vuelta de Los Ángeles, y no sólo por la anunciada marcha de Corbalán. De alguna manera Antonio Díaz-Miguel capitalizó todo aquel éxito, sus méritos eran innegables pero durante un tiempo pareció que la plata sólo fuera suya y no de todos, durante un año entero recibió homenajes por doquier, hasta se inauguraron polideportivos con su nombre… Y a la vuelta ya nada fue igual. Su pésima gestión del Eurobasket 85 desembocó en el checoslovaquiazo y a partir de ahí ya todo fue caída tan suave como imparable,airados desde el mal del anfitrión en 1986 hasta el angolazo del 92 (que le costó el puesto) o el chinazo del 94 (ya con Lolo Sainz). Aquellos jóvenes airados que cantó Loquillo nos dieron muchas alegrías pero bien pudieron (debieron) habernos dado muchas más. Lo que pudo haber sido y no fue, again.

1984 fue el año en que descubrimos 1984, año de Orwell, de reaganismos y thatcherismos, de presuntos (muy presuntos) socialismos a la española, año de parados de provecho que ya casi al límite de 1985 se reconvirtieron en subempleados de provecho, año de cambios, no todos necesariamente para bien. El año en que supimos que nuestra selección de fútbol podía también jugar finales (y perderlas), el año en que inventamos la ACB aunque aún no lo supiéramos, el año en que inventamos los playoffs aunque aún no los entendiéramos, el año en que descubrimos (justo inmediatamente después de aquellos Juegos) que las canastas también podían ser de 3… Todo lo que usted quiera, pero en nuestro imaginario colectivo (sea eso lo que sea) 1984 quedará ya para siempre como el año de plata, el año aquél en que nuestro baloncesto alcanzó de una vez por todas la mayoría de edad. Aunque luego no supiéramos muy bien qué hacer con ella.

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Agradecimientos:

– A acb.com en general y al crack Óscar Cuesta (@oscarcuesta76) en particular, por las fotografías de aquel Torneo que ilustran estas líneas y que han sido extraídas de su Galería de la plata de Los Ángeles 84, ya están tardando si aún no la vieron.

– A J.A. Hernán (), por la página de Nuevo Basket con el calendario del Preolímpico. Y a Alberto Escalante (), por el recorte de ABC sobre Pat Ewing.

– Y a allsports-tv.com, sin cuyos impagables aportes habría sido totalmente imposible volver a ver todo aquello, no digamos ya escribirlo. Gracias infinitas.

usa varios

Europa vs USA: disquisiciones televisivas   2 comments

(publicado originalmente en jordanypippen.com el 22 de enero de 2013)

Decíamos ayer (en realidad fue hace un mes, pero así queda como más elegante) que a pesar de globalizaciones, telecomunicaciones, satélites, redes sociales y demás zarandajas Europa y USA siguen siendo dos mundos, al menos en lo que a baloncesto se refiere. Dos mundos más próximos hoy que hace diez años y no digamos ya que hace cuarenta, dos mundos que se van acercando más y más cada día que pasa… pero dos mundos aún, al fin y al cabo. Demasiadas veces hemos intentado copiar desde este mundo cosas de aquel, demasiadas veces nos hemos columpiado intentando imitar lo inimitable, demasiadas veces no hemos sido capaces de darnos cuenta de que la verdadera aproximación tal vez no debería estar tanto en las cosas grandes como en las pequeñas. No es fácil implantar aquí sus sistemas de competición, es casi imposible trasladar hacia estos pagos su sentido lúdico del deporte pero sí hay algunas cosas (menores, si así lo quieren) por las que quizá podríamos empezar. Las retransmisiones televisivas, por ejemplo.

Veo mucho (tal vez demasiado) baloncesto televisivo. Raro es que pase un día de mi vida en que no vea al menos un partido, no me son extraños los días en que consigo ver dos o incluso tres, siempre en función de mi escaso tiempo libre, siempre robándole horas al sueño. Veo baloncesto de aquí (ACB, Euroliga) y de allí (NBA pero sobre todo NCAA, y casi siempre en versión original), en cantidad suficiente no como para extraer alguna conclusión (que no doy para tanto) pero sí como para tener algún criterio al respecto. Y qué quieren que les diga, creo que si ahora mismo un extraterrestre bajara a la Tierra (cosa improbable) y se pusiera a ver baloncesto (cosa aún más improbable), primero un partido de aquí y luego otro de allí (o viceversa), probablemente pensaría que se trata de dos deportes distintos. ¿Exagero? Tal vez, así que intentaré decirlo en términos menos tremendistas: un partido televisado a este lado del charco pretende contar lo que pasa, lo cual está muy bien, de eso se trata pensarán ustedes; un partido televisado a aquel otro lado del charco pretende ofrecer un espectáculo, lo cual no significa dejar de contar lo que pasa (más bien al contrario) sino presentarlo además de la manera más atractiva posible para el espectador. De lejos ambos modelos pueden parecer lo mismo pero a poco que nos fijemos comprobaremos que no lo son, en absoluto.

Por ir entrando en detalle: creo que no recuerdo haber visto jamás ni un solo partido de baloncesto USA en el que los comentaristas no estén en el propio pabellón donde se disputa el encuentro. Ni uno, oigan. Me dirán: ¿y cómo puede saberlo? Pues es muy fácil, porque los realizadores norteamericanos no esconden a sus comentaristas sino que nos los muestran: siempre antes de comenzar el encuentro aunque sean sólo unos pocos segundos, por supuesto que cada uno de ellos con su correspondiente rótulo en la parte inferior de la pantalla (tanto da que sean sujetos tan conocidos como Dick Vitale o Bobby Knight porque siempre puede haber alguien que no los conozca) para que el telespectador pueda poner cara y nombre a aquellos que se lo van a contar in situ. Me dirán: ¿y qué más da comentarlo desde la arena que desde un plató o un locutorio, si al fin y al cabo se ve lo mismo? Pues no. No da igual. A mí no me da igual, al menos. Quien está en la cancha puede ver lo que le muestra el monitor y lo que no, en cambio quien está en los estudios centrales sólo ve lo que le aparece en pantalla (esto parece bastante obvio), que es exactamente lo mismo que vemos usted y yo desde el sofá del salón. Si se trata de realizaciones yanquis no es problema porque es difícil que se les escape un detalle, pero… ¿para las realizaciones de aquí, trufadas de planos vacíos y repeticiones a destiempo? Claro, así nos pasa luego, que acabamos con el Arseni de turno sumido en la angustia como en algún señalado encuentro, ¡a ver, ¿qué ha pasado ahí?!, ¡no hemos visto lo que ha pasado!, ¡¡¡África, ayúdanos!!! (que luego están los que parecen estar in situ pero en realidad están en las nubes, pero esa ya sería otra historia). Señores de (por ejemplo) TVE: mandan ustedes cada semana una unidad móvil a la cancha en que se disputa el partido, entiendo que mandan también con ella a todo un equipo técnico (humano, me refiero)… ¿pero no pueden enviar a su trío de comentaristas porque se les descuadra el presupuesto? ¿Sale eso mucho más caro que lo que están haciendo ahora, pagarle cada semana el viaje a un tío que vive en Madrid para que comente el partido en Barcelona y luego vuelva otra vez a Madrid, y ello aunque el partido se juegue en Madrid?

Por cierto: en USA los comentaristas (todos, sin excepción) saben de lo que hablan. En USA, aún por extraño que les resulte, los comentaristas se llevan preparado el partido de antemano antes de ponerse ante un micrófono. En USA, aunque se trate de una televisión local que sólo hace los partidos de una determinada universidad o una determinada franquicia, los comentaristas no sólo conocen a los jugadores de su equipo sino que también (aunque parezca increíble) se tienen estudiados a los del equipo contrario. En USA sería impensable que un analista se refiriera a un jugador como “el tal Foote éste” (véase el Madrid-Zalgiris de hace unos días en Real Madrid TV) dejando así meridianamente claro que ni sabe quién es ni le importa no saberlo, que ni siquiera le importa aparentar ignorancia, de hecho puede que hasta se sienta orgulloso de ella. En USA los analistas pueden ser mejores o peores, pueden estar más o menos acertados pero en cualquier caso comentan, es decir, hacen aquello por lo que les pagan. Aquí en cambio podemos tener a un tío (el mismo de antes, que se llama Toñín Llorente por si todavía no han caído) cuyo nivel de análisis consista básicamente en ¡¡¡rebote, rebote!!! ¡Felipe, ahí, muy bien, Felipe! ¡¡¡Tira, ahí, métela, métela!!! ¡¡¡Faltaaaaa!!! Acaso haya también especímenes así en las televisiones norteamericanas, no digo yo que no; pero hasta ahora no he tenido el placer de conocerlos.

Aquí tenemos narradores vivos y otros apagados, allí por lo general todos transmiten una misma vibración; aquí tenemos narradores de raza y tenemos también meros periodistas a los que han puesto a narrar porque sí, porque no había otro, mientras que allí en cambio todos (quizá porque hayan nacido para ello o quizá porque hayan recibido previamente una adecuada formación) mantienen un alto ritmo narrativo. Aquí algunos te duermen y otros te levantan dolor de cabeza, algunos se callan incluso en los momentos más cruciales y otros no se callan ni debajo del agua. Allí en cambio te pueden narrar el partido entero con sus respectivas pausas, sus picos y valles, sus subidas y bajadas de tono, y finalmente hasta puede suceder que la última jugada del encuentro sea un triple estratosférico sobre la bocina que otorgue la victoria al equipo local provocando así el éxtasis entre la multitud… ¿y saben lo que hace el narrador yanqui cuando se produce una situación como la que acabo de describir? Se calla. Sí, créanselo, acaso emita una exclamación de asombro pero inmediatamente después se calla, permanece callado unos segundos para que el espectador en su casa se imbuya plenamente de ese ambiente de delirio que se acaba de instalar en el pabellón. ¿Se imaginan que aquí Arseni (por ejemplo) hubiera hecho lo propio en la noche aquella del triple de Marcelinho en el primer encuentro de la pasada Final ACB, se imaginan que en vez de llenarnos la cabeza de adjetivos hubiera optado por callarse unos segundos y dejar hablar al público del Palau? Habríamos creído que se le había estropeado el micrófono de la emoción…

Otro tema: las piedepista (lo pongo en femenino porque por alguna misteriosa razón más del noventa por ciento de quienes hacen este trabajo son del sexo femenino, así aquí como allí, con alguna excepción que confirma la regla como el polícromo y psicodélico Craig Sager; debe haber alguna incapacidad genética que impida hacer pie de pista a los hombres como debe haber alguna incapacidad genética que impida narrar y/o comentar a las mujeres, me lo expliquen). Más allá de las entrevistas, en USA cuando se les da paso es porque tienen algo realmente interesante que contar: la bronca de un entrenador en un tiempo muerto o en el descanso, la historia poco conocida de alguno de los protagonistas, algún hecho curioso alrededor del partido… Pocas intervenciones y más o menos preestablecidas, generalmente a la vuelta de la publicidad o de la pausa, casi siempre con apoyo técnico para que se nos muestre en pantalla justo aquello de lo que se está hablando… ¿Aquí? Aquí nos metemos mucho con alguna de ellas, yo el primero (véase unos cuantos renglones más arriba) pero habremos de reconocer que no toda la culpa es suya. Aquí puede suceder que se produzca un cambio, que la realización nos muestre en pantalla cómo se produce ese cambio y que el Arseni de turno en lugar de contarnos el cambio diga África, parece que ha habido un cambio en el Madrid, cuéntanos… Y ahí me tienen a la pobre África, a la que la pregunta le llega con retardo y que acaso en ese momento esté pendiente de cualquier otro aspecto del juego o del color de las uñas que no le pega con la blusa, qué sé yo, y que de repente da un respingo, se recompone y tras los inevitables balbuceos por fin nos cuenta, bueno… esto… sí, se ha retirado Sergio Llull y ha entrado a pista Sergio Rodríguez… ¿Qué sentido tiene esto? ¿Qué sentido hay en tener a alguien a pie de cancha para que nos cuente (diez segundos después) lo que ya hemos visto con nuestros propios ojos? O aún peor, que de repente se monte un griterío, que Arseni diga ¡¡¡parece que sube el ambiente en el pabellón, África!!!, total para que África, que en ese momento apenas puede escuchar por el pinganillo porque ha subido el ambiente en el pabellón, finalmente nos diga que sí, que es verdad, que ha subido el ambiente en el pabellón. Lo del viaje y las alforjas, ya saben. Para esto más les valdría ahorrárselo, con un técnico que le coloque los cascos al entrenador o jugador de turno para que le pregunten desde el plató sería más que suficiente. O eso o dótenlo de contenido al american style: que intervenga sólo cuando merezca la pena, cuando haya algo verdaderamente interesante que contar.

Lo más llamativo de las realizaciones USA es que parecen desarrollarse conforme a un guión, cual si de una película o un concurso se tratase. Es decir, aquí podemos tener más o menos (más bien menos) preestablecidos los contenidos del descanso, de la previa (en su caso) y del post partido (en su caso) pero allí tienen también contenidos preestablecidos para emitir durante el partido, tras cada tiempo muerto por ejemplo. Es decir, allí vuelven de la publicidad (siempre cuando deben) y en esos escasos segundos que quedan para que se reanude el juego aún les da tiempo a meter algún contenido previamente preparado: un vídeo significativo, el corte de algún partido histórico de especial relevancia, una determinada escena del tiempo muerto, un gráfico que ilustre una jugda determinada, unas declaraciones importantes de alguien… Es tal la trascendencia que dan a esos escasos segundos que hasta te los promocionan, a la vuelta de publicidad les ofreceremos… supongo que con la sana intención de que el espectador no se despegue demasiado de la pantalla durante los anuncios no se lo vaya a perder. Lo que se llama hacer televisión. ¿Aquí? Aquí, siempre y cuando consigamos volver a tiempo al juego (parece que últimamente vamos mejorando en eso, parece que ya la publicidad no entra con retraso ni dura más que el propio tiempo muerto que la sustenta), todo lo más que conseguiremos será ver la repetición de alguna canasta cualquiera o aún peor, unos cuantos planos generales de los jugadores abandonando el banquillo y reintegrándose lánguidamente hacia la pista. Aquí nos limitamos a seguir el curso de los acontecimientos, al fin y al cabo es sólo un partido, para qué más. Allí (más allá del curso de los acontecimientos) se aprecia siempre un extraordinario trabajo de preproducción.

Y con todo y con eso allí no nos perdemos ni un solo segundo de juego, o es muy raro que nos lo perdamos; como aquí, vamos. Allí no tienen la necesidad compulsiva de repetir todas y cada una de las canastas, allí no encuentran ningún placer orgásmico en mostrar a cámara lenta el vuelo de un balón para que podamos apreciar bien a las claras su movimiento de rotación, allí entienden que hay canastas que merecen una repetición (o varias) y otras que no, allí entienden incluso que no pueden ofrecer esa repetición inmediatamente después porque entonces nos perderíamos la jugada siguiente, entienden que deberán esperar a que se pare el juego. El juego se para cada vez que pitan falta y es justo entonces, en lo que tardan en sacar o en irse a la línea de tiros libres, cuando nos ponen todas las repeticiones que hagan falta de aquel tapón escalofriante o aquel mate estratosférico para que podamos apreciarlo en su verdadera magnitud. Aquí eso sería imposible, aquí esos segundos post-falta están siempre ocupados, aquí pueden no repetirnos todas las canastas (ni falta que nos hace) pero nos repiten todas y cada una de las faltas, sin excepción. Será consecuencia de ese típico vicio futbolero, de que en este país se siga dando mucha más importancia a las decisiones arbitrales que al juego en sí. Falta que se pita falta que se repite (incluso varias veces) ergo ahí no hay tiempo para poner ninguna otra repetición, ergo si tienen que repetirnos aquel tapón escalofriante o aquel mate estratosférico tendrá que ser a costa de comerse parte de la jugada siguiente. Hemos mejorado en este aspecto (sobre todo en ACB) pero aún sigue habiendo partidos (sobre todo en Euroliga, no necesariamente realizados aquí) de los que nos perdemos la mitad mientras que la otra mitad la vemos dos veces, a velocidad normal y a cámara lenta.

Aquí, en lo que a realizaciones baloncesteras se refiere, a un lado está el cuatrienio del Plus y al otro lado está todo lo demás. El cuatrienio del Plus sería nefasto para la pujanza del baloncesto en este país, no digo yo que no, no seré yo quien contradiga a todos aquellos que llevan siglos pontificando al respecto (que han pasado diez años y aún seguimos lamiéndonos aquellas heridas como si no tuviéramos otras, como si no viniéramos ya heridos de serie); pero en cuanto a la calidad de las retransmisiones fue una bendición del cielo. Y en estos casos siempre me acuerdo del sumo hacedor de aquellas realizaciones y tantas otras en aquella casa (fútbol, toros), el afamado Víctor Santamaría. Víctor Santamaría contaba una vez una anécdota de sus años anteriores al Plus, cuando trabajaba en la televisión autonómica gallega y un alto ejecutivo de esa casa le dijo que para realizar fútbol con cuatro cámaras es más que suficiente. En ellos seguimos me temo, no en cuanto al fútbol por supuesto pero sí en cuanto a deportes como el nuestro. Realizaciones casi artesanales, que no se harán con cuatro cámaras pero sí con menos de las que deberían usarse. Y así nos pasa luego, que hemos incorporado el instant replay pero no nos hemos acordado (a nivel continental, me refiero) de poner los medios adecuados para que sirva de algo el instant replay. En USA van los árbitros a la mesa y tienen hasta cuatro o cinco planos, a cuál mejor, para discernir si aquella canasta fue dentro o fuera de tiempo o si aquel codazo fue al mentón o a la yugular; en Europa van los árbitros a la mesa y les pasa como en aquel Panathinaikos-Unicaja de hace unos días, que es tal la calidad de los planos y el nivel de definición de los mismos (la HD sólo para ocasiones especiales, ya saben) que al final tienen que decretar lucha porque son incapaces de discernir qué jugador fue el último en tocar el balón. O tenemos pocas cámaras o las colocamos mal. O ambas cosas.

O como dijo aquél, yo he visto cosas que vosotros no creeríais: yo he visto a tríos arbitrales tirarse diez minutos delante de un monitor para discernir si aquella zapatilla pisaba o no la raya del triple, yo he visto a árbitros tomar decisiones disciplinarias tras una trifulca y (tras explicárselas a los interesados) cruzar la pista de lado a lado para explicárselas también a los comentaristas televisivos y por extensión a los telespectadores a través del micrófono… ¿Se imaginan que esto pudiera suceder aquí? ¿Se imaginan a un Hierrezuelo pongamos por caso viendo la jugada repetida en el monitor, explicándosela luego a los técnicos y cruzando después la cancha para contar su decisión a los comentaristas y espectadores de TVE? Aquí eso sería imposible porque A) las repeticiones en el monitor no resolverían sus dudas sino que se las acrecentarían más si cabe, y B) porque por más que cruzara la cancha no encontraría a los comentaristas de TVE dado que éstos acostumbran a estar en un plató. Y aún en el hipotético (utópico, más bien) caso de que pudieran darse A y B, jamás se daría C: es decir, aquí un árbitro jamás se rebajaría a una cosa así, por dios, la máxima autoridad sobre el terreno de juego explicando sus propias decisiones como si tuviera que justificarse, sólo eso faltaría, hasta ahí podíamos llegar… Dos mundos, ya se lo dije demasiadas veces: en USA los árbitros principales de fútbol americano llevan incorporado un micro para que cada espectador, en su casa o en el estadio, conozca la razón de cada decisión que toman. ¿Se imaginan algo así en el fútbol de aquí? (Vale, sí ya dejo de delirar). Pero esto ya excede de lo meramente televisivo, ésta ya es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión. Por ésta creo que han tenido más que suficiente.

Orangeman   2 comments

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 8 de enero de 2013)

Verano de 1976. Aún no hacía un año que se había muerto Franco dejándolo todo atado y bien atado, aún no acabábamos de encontrar la manera de desatarlo, aún faltaban dos años y medio para que votáramos la Constitución. Dimitía Arias Navarro, se estrenaba Adolfo Suárez, acababa de nacer El País (el periódico, me refiero), en breve nacería Diario 16, parecía querer empezar a soplar algo de viento pero aún no estaban nuestras ventanas suficientemente abiertas. En las radios triunfaban unos críos llamados Los Golfos con una coplilla que rezaba Qué pasa contigo tío, conmigo qué va a pasar, que estoy to el día bebío saltando de lío en lío… eso sí, en dura competencia con Fernando Esteso y aquella otra de La Ramona es barrigona tié dos cántaros por pechoooo, Ramonaaa, te quieroooo… (ya ven que el nivel era alto). Yo acababa de aprobar la reválida de 6º de bachillerato (que hoy equivaldría a 4º de la ESO) y me disponía a empezar el COU (es decir, el Curso de Orientación Universitaria) como paso previo a la selectividad (sí, ya existía); tenía yo muy pocos meses más de los que tiene mi hijo ahora; y puede que usted ni siquiera hubiera nacido, que no hubiera sido ni pensado siquiera en aquel verano de 1976.

Verano de 1976. Nuestros televisores (y nuestras vidas) aún eran en blanco y negro, nuestros teléfonos sólo eran fijos (y aún tardarían muchos años en dejar de serlo), Internet aún no existía ni en nuestra imaginación, ni siquiera en nuestros sueños. En Argentina hacía ya tres meses que Videla se había hecho con el poder (y con el terror). En Montreal (Canadá) una niña de catorce años y nacionalidad rumana llamada Nadia Comaneci asombraba al mundo haciendo piruetas sobre unas barras asimétricas. En USA gobernaba el único presidente de su historia no elegido en las urnas (ni como presidente ni como vicepresidente), Gerald Ford; sólo habían pasado dos años desde la dimisión de Nixon por el escándalo Watergate, aún habrían de pasar unos pocos meses para que accediera al poder Jimmy Carter. Larry Bird estaba a punto de entrar en Indiana State, Magic Johnson aún iba al instituto, Michael Jordan aún iba al colegio, Kevin Garnett acababa de nacer, Steve Nash tenía sólo 2 años, aún faltaban otros dos para que naciera Kobe; LeBron, Melo, Durant, tantos otros, no eran ni ni proyectos siquiera en aquel verano de 1976.

Verano de 1976. En una ciudad al norte del Estado de Nueva York llamada Syracuse, y más concretamente en la universidad que lleva ese mismo nombre, de repente tienen un problema: Roy Danforth, exitoso entrenador de su equipo de baloncesto desde 1968, decide aceptar la jugosa oferta de la Universidad de Tulane, un dos por uno, técnico y  director atlético todo a la vez. En Syracuse le dan unas cuantas vueltas a ver por quién podrían sustituirle, exploran el mercado, no encuentran nada que les convenza y finalmente, como mal menor, deciden ofrecerle el puesto a ese alumno aventajado de Danforth que lleva ya siete años como asistente, ese que además conoce bien la casa porque estudió (y jugó) en esas mismas aulas, ese que lleva por nombre James Arthur Boeheim y aún no ha cumplido 32 años en aquel verano de 1976.

El resto es historia, y buena parte de ella seguro que ya la conocen: han pasado 36 años y medio desde entonces; hemos crecido, hemos madurado, nos hemos hecho mayores (demasiado, incluso), hemos visto cambiar el mundo unas cuantas veces, hemos avanzado mucho, acaso también retrocedido un poco (sobre todo en estos últimos tiempos) pero de cualquier manera nuestras vidas de hoy en día nada tienen ya que ver, en absoluto, con aquellas otras grises vidas de 1976. Muy pocas cosas han permanecido inalterables e indisolubles al paso del tiempo; si nos paráramos a buscarlas difícilmente podríamos encontrar alguna y sin embargo aquí mismo tenemos una de ellas: Hoy, 37 temporadas (incluida ésta) después, Jim Boeheim sigue siendo el entrenador del equipo de baloncesto de la Universidad de Syracuse.

Y no sólo eso. Hoy, 1.208 partidos después, Jim Boeheim ya es el segundo entrenador más exitoso de toda la historia del baloncesto universitario. El pasado miércoles 2 de enero Syracuse ganó a Rutgers en la que resultó ser la victoria número 903 en la carrera de Boeheim superando así los 902 triunfos de otro mito llamado Bobby Knight, a día de hoy ya jubilado y reconvertido en magnífico analista televisivo para la ESPN. Boeheim no es el primero porque aún tiene por delante (hablando de mitos) a Mike Krzyzewski, 940 victorias y subiendo, jamás podrá alcanzarle a menos que el Coach K se retire antes que él, cosa improbable ya que es casi tres años más joven. Pero créanme que hay algo en lo que Knight y Krzyzewski jamás podrían igualar a Boeheim: Knight empezó su carrera como técnico (teniendo como asistente precisamente a Krzyzewski) en la Academia Militar (West Point, para entendernos), de ahí pasó a ser leyenda en Indiana y finalmente acabó sus días como técnico en Texas Tech; Krzyzewski a su vez le sucedió en la Army antes de marcharse a Duke… Es decir (dado que llevarán un rato preguntándose a dónde quiero llegar a parar): Nadie ha conseguido más victorias que Boeheim en una sola universidad; y muy probablemente habrán de pasar aún unas cuantas décadas antes de que algún otro técnico pueda acercársele siquiera.

Y sin embargo, por increíble que hoy nos pueda parecer a la vista de estos números, hubo incluso un tiempo en que Jim Boeheim fue etiquetado como perdedor. Sí, no se me extrañen, deberían saber ya que en USA son bastante propensos a hacer estas cosas, te cuelgan un cartel y a poco que te descuides lo llevarás ya colgado para toda la vida. Si no llegas a las finales malo pero si llegas y no las ganas aún peor, la historia nos mostrará (sin necesidad de abandonar nuestro deporte) infinitos casos de perdedores que hubieron de padecer ese estigma hasta que un día ganaron (un título, un anillo, lo que fuera) y no es ya que dejaran de serlo sino que, mire usted por donde, de repente ya nadie pareció acordarse de que un día lo hubieran sido. Boeheim (o sea Syracuse) llegó a la Final en 1987 (Rony Seikaly, Sherman Douglas, Derrick Coleman), perdió ante Indiana por culpa de aquella histórica canasta sobre la bocina de Keith Smart y a nadie pareció importarle; pero Boeheim (o sea Syracuse) volvió a llegar la Final Four en 1996, se plantó incluso en la Final con un equipo en el que apenas había más estrella que John Wallace para enfrentarse a aquellos imponentes Wildcats de Kentucky con todo su arsenal, Antoine Walker, Walter McCarty, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk, Boeheim tenía todas las de perder, Boeheim perdió… y de inmediato se convirtió en perdedor, ya saben, la típica frase hecha, un entrenador que sirve para llegar a finales pero no sirve para ganarlas, no tiene lo que hay que tener… Siete años habrían de pasar aún para que se quitara la etiqueta.

Ya saben, la vida da muchas vueltas, la vida de Jim Boeheim se le pudo dar la vuelta por culpa de un cáncer de próstata en 2001, la vida deportiva se le dio por fin la vuelta en 2003. Acaso hoy nos pueda parecer que (esta vez sí) tenía un equipazo (Carmelo Anthony, Hakim Warrick, Gerry McNamara) pero no nos engañemos, tampoco era favorito, de hecho era el cabeza de serie número 3 de su Región, de hecho ya fue una sorpresa que se metiera en Final Four, ya fue aún más sorpresa que se cargara a Texas y accediera por fin a la Final. Y en la Final esperaba Kansas, la Kansas de Kirk Hinrich, Nick Collison, Keith Langford, Aaron Miles o Wayne Simien, la Kansas de otro técnico como Roy Williams también (mire usted por dónde) etiquetado como perdedor. Y aquel partido que empieza, aquella Syracuse que empieza a meter triples a chorros, aquella Kansas que no sabe ya por dónde esquivar los golpes, aquellos Orange que llegan con 53 puntos al descanso, lo nunca visto en una final (lo nunca visto casi en el torneo entero), la segunda mitad cambia el viento, a Syracuse le entra el miedo a ganar, Kansas reacciona, parece que volverá a girar la historia, últimos segundos, 81-78 gana Syracuse, balón para Kansas, bola a la esquina, ahí va ese triple para forzar la prórroga pero Warrick vuela, Warrick lo tapona, ¡¡¡Orange win!!! De un plumazo Boeheim deja de ser lo que nunca fue, curiosamente ahora ya no es ni será nunca un perdedor, su amigo y rival Roy Williams aún no sabe que sólo necesitará un par de años más (cambio de universidad mediante) para dejar también de serlo. Pero esa es otra historia…

Recuerdo como si fuera ayer aquella Final, recuerdo también demasiado bien cómo los pluseros Jesús Llama y Ramón Fernández hicieron todo lo posible por destrozárnosla pero afortunadamente no lo consiguieron, afortunadamente el baloncesto es mucho más grande que dos presuntos comentaristas aún por incompetentes que estos fueran. Y recuerdo también un par de historias que se nos contaron a posteriori y que nos hablan bien a las claras del talante de Jim Boeheim: no sé si fue Antoni Daimiel (o puede que fuera Miguel Ángel Paniagua) quien nos contó que en aquella Final Boeheim tenía a su mujer apoyándole casi en primera fila (hasta ahí nada de particular)… y que tenía también a su ex mujer apoyándole y animándole igualmente unas cuantas filas más atrás. Y no sé si fue Paniagua (o puede que fuera Daimiel) quien nos contó una comida campestre que habría tenido lugar muchos años atrás, pongamos que a mediados de los setenta, una comida a la que habrían acudido Jim Boeheim y Rick Pitino (aquél que fuera su primer asistente en Syracuse) con sus respectivas cónyuges; parece ser que a los postres Pitino empezó a verbalizar sus delirios de grandeza: tarde o temprano dejaría una población pequeña como Syracuse, aquello no era para él, él aspiraba a muchísimo más, él viajaría a grandes ciudades, entrenaría a los mejores equipos sobre la faz de la Tierra, triunfaría allá por donde fuera… Y parece ser que Boeheim le respondió que él no, que él era feliz en Syracuse y por nada del mundo querría dejar de serlo, que aquella era su casa y si por él fuera estaría entrenando allí toda la vida, que no aspiraba a absolutamente nada más. Huelga decir que Pitino se quedó alucinado ante la manera que tenía su amigo y mentor de entender la vida, algo que supongo que él desde su estrechez de miras sólo supo interpretar como una absoluta falta de ambición; y huelga decir también que en las décadas siguientes ambos fueron estrictamente fieles a sus principios: Pitino dejó raudo y veloz Syracuse y pasó con mayor o (en ocasiones) menor éxito por la Boston University, los Friars de Providence, los Knicks de Nueva York, los Wildcats de Kentucky, los Celtics de Boston y los Cardinals de Louisville; Boeheim obviamente jamás se movió de Syracuse: seguro que en todo este tiempo no le faltaron las oportunidades de cambiar de aires, pero… ¿total para qué habría él de complicarse la vida si allí estaba a gusto, si ganaba más que suficiente y se sentía feliz? Dicho y hecho.

Creo que fue Juanma Lillo (que no Juan Malillo), afamado entrenador de fútbol metido a filósofo o afamado filósofo metido a entrenador de fútbol, no sé, quien dijo una vez que para jugar en zona hay que vivir en zona. Es decir, una de esas frases huecas que así de primeras parece que no quieren decir nada, pero que luego las piensas y descubres que efectivamente, no quieren decir absolutamente nada. Vamos, de esas cosas que si las dice alguien famoso piensas joder, qué cabeza tiene este tío, pero que si las digo yo me mandarían de inmediato a cagar. Yo por desgracia no sé lo que significa vivir en zona pero reconozco que de alguna manera me acuerdo de esa frase cada vez que veo a Boeheim. Es decir, me acuerdo cada vez que veo a alguien como él que lleva toda la vida defendiendo en 2-3, alguien que sólo en ocasiones muy aisladas, muy puntuales y muy desesperadas habrá ordenado una asignación individual en un deporte en el que las asignaciones individuales son desde siempre abrumadora mayoría. Casi cuatro décadas defendiendo así, casi cuatro décadas interpretando esa zona a las mil maravillas, casi cuatro décadas aguantando a todos aquellos iluminados que en cuanto te descuidas te sentencian que el verdadero baloncesto es hombre a hombre por definición y que defender en zona no es baloncesto, acaso esos mismos iluminados que cuando llega el día en que les toca enfrentarse a una zona son incapaces de contrarrestarla, ya ven qué casualidad. No sé qué es vivir en zona pero entiendo que debe tener algo que ver con valores como humildad, sencillez, compromiso, solidaridad, buena actitud, mentalidad positiva, apoyo mutuo. No sé qué es vivir en zona pero cualquiera que haya visto a Boeheim entrenar a lo largo de estos años habrá podido comprobar que él no es en absoluto el típico energúmeno, que nunca monta pollos a los árbitros ni aún menos a sus jugadores, que sus protestas rara vez van más allá de una mera sonrisa irónica, que de alguna manera es el típico tío que te transmite confianza desde el primer momento en que le ves. No sé qué es vivir en zona pero estoy completamente seguro de que Boeheim no sólo juega en zona sino que además vive en zona; sea ello lo que fuere.

Hace algunos años los jugadores de Syracuse dejaron de ser Orangemen para convertirse simplemente en Orange, supongo que alguien debió pensar que de cara al merchandáisin resultaba muy costoso tener por un lado orangemen y por otro orangewomen según se tratara del equipo masculino o el femenino. Pero quizás sería hora de recuperar ese concepto sólo que en singular, Orangeman, siquiera fuera para identificar a un sujeto que ahí donde le ven lleva ya más de medio siglo ligado a su Universidad de Syracuse desde que ingresó allá por 1962 para estudiar ciencias sociales y jugar al baloncesto. Que se ausentó de ella tan solo un par de años para jugar profesionalmente en los Scranton Miners de la ABL (nada menos), que se reintegró como asistente en 1969 y que finalmente en aquel verano de 1976… El gigantesco Carrier Dome (concebido para fútbol americano) debería llamarse Boeheim Dome, entiendo que no pueda cambiarse tan alegremente el nombre porque la susodicha marca se dejará sus buenos dólares en concepto de patrocinio, al menos ese parquet sí fue rebautizado hace ya unos cuantos años como Boeheim Court. Y es que resulta sencillamente inimaginable concebir unos Orange sin Boeheim, esperemos que aún tarde mucho en llegar ese día porque de una sola cosa podremos estar bien seguros, le sucediera quien le sucediera ya nada sería igual; aquella universidad del norte del Estado de Nueva York (aquella ciudad, incluso) ya jamás volvería a ser lo mismo sin él. No te vayas nunca, Jim.

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