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EL FIN DE UNA ERA   8 comments

Esta no es la entrada que pensaba escribir hoy. Hoy había pensado aburrirles con mi día en el Mundial, el único día de toda mi vida del que podré decir que asistí in situ a un Mundial de Baloncesto. Hoy tendría que haberles calentado los cascos con toda clase de historias del antes, del durante y del después, un poco a la manera en que lo hice en aquel Eurobasket de hace ya siete largos años. Hoy tendría que haberles puesto la cabeza mala con las curiosidades que llamaron mi atención, con las ocurrencias que escuché, incluso con las fotos que tomé para la ocasión, con tantas otras cosas que rondaron toda la tarde por mi cabeza y que luego al caer la noche se me fueron todas juntas al carajo, cuando en los minutos finales del infausto España-Francia comprendí por fin que ya no podría haber ninguna otra cosa de qué hablar. Cuando fui palpando la angustia que se vivía a mi alrededor (que acaso no fuera más que un reflejo de mi propia angustia), cuando fui bajando las escaleras del Palacio entre gestos desencajados y ojos enrojecidos, cuando entré en el metro junto a otros tropecientos más y una señora que viajaba en el vagón supo de inmediato que habíamos perdido porque no hay más que veros las caras, cuando fui poco a poco tomando conciencia de la magnitud de aquel fracaso, FRACASO con mayúsculas, fracaso generado entre otras cosas por nuestras enfermizas expectativas de éxito, éste ya con minúsculas. Nunca escribiré ya el post de mi día en el Mundial, o acaso sólo pueda hacerlo cuando haya pasado el tiempo suficiente para que no tenga ya ningún sentido. Ni puñetera falta que le hará tenerlo.

A veces la vida te da la razón cuando menos te lo esperas, cuando menos te gustaría tenerla. Hace 14 días les conté aquí mis razones para el escepticismo, recuerdo bien que mi primera intención fue titularla razones para el pesimismo pero me contuve, era tal el desparrame de triunfalismo alrededor de nuestra selección que pensé que iba a ser yo la única nota discordante, que con ese nombre no me la iba a leer ni dios y el que lo hiciera lo haría para insultarme. Plegué velas, cambié de título en el último instante, quizá suavicé algo el tono pero la esencia fue más o menos la misma, salirme del discurso oficial, explicarles por qué yo, al contrario de (lo que parecía ser) el común de los mortales, no lo veía nada claro. Y empezó el campeonato, empezamos a arrollar a todo dios, empecé a ilusionarme como todo dios pero en el fondo de mi alma seguí sin verlo claro, seguí temiendo el petardazo a la vuelta de cualquier esquina, vi ayer el Serbia-Brasil y comprendí que aquella Serbia en nada se parecía ya a la de Granada, que tenía argumentos más que de sobra para pintarnos la cara… Como si le fuéramos a dar la oportunidad. Me quedé corto. La realidad superó a la ficción, por una vez la realidad superó incluso a mi propio pesimismo/escepticismo. Temí una muerte lenta en semis, jamás imaginé una muerte rápida (pero no por ello menos dolorosa, más bien al contrario) en cuartos de final. Hasta se nos acabó volviendo en contra lo que nos montamos a favor, ese cuadro que preparamos a conciencia para no tener que ver a USA hasta la Final como si fueran dos conferencias separadas, como si todo lo demás no importara, como si diera igual ocho que ochenta, Brasil que México, Francia que Finlandia, Serbia que Ucrania. En el pecado llevamos la penitencia, y qué penitencia. Tenemos lo que nos merecemos.

Ahora todos los dedos apuntan a Orenga y no seré yo quien los aparte, pero me gustaría que fuéramos capaces de señalar un poco más allá. El problema no es Orenga (o no es sólo Orenga), es quien lo nombra. El problema es que en un país con docenas y docenas de extraordinarios entrenadores alguien decida poner de seleccionador nacional a un becario (dicho sea con todos los respetos a Orenga y a los becarios), becario no en lo que se refiere al sueldo (obviamente) sino a la experiencia. ¿Experiencia? Cuatro aciagos meses (y de eso hace ya demasiados años) en uno de los peores Estudiantes que se recuerdan (y miren que hay donde escoger), justo hasta que no les quedó más remedio que enseñarle la puerta de salida. ¿Y con ese portentoso bagaje va el iluminado de turno (por otro nombre José Luis Sáez, no se me vaya a olvidar nombrarlo) y decide que es la persona idónea para regir los des(a)tinos de esta selección? Argumento irreprochable donde los haya, vamos a ponerles a estas criaturas un entrenador contemporizador y poco intervencionista, no vaya ser que si les ponemos jefe alguno no venga. Y usted y yo sabemos que esto por desgracia no funciona así, usted y yo podemos ser extraordinarios en nuestro trabajo y tener además un elevado sentido de la responsabilidad, pero si nos ponen un jefe de paja que no nos dirija sino que nos mire probablemente haremos lo justo, y sin orden ni concierto además. Qué duda cabe, la vida sin jefes sería maravillosa, todos hemos soñado con ello alguna vez, pero sólo a los jugadores de nuestra selección les fue concedido el privilegio de convertir ese sueño en realidad. Y fueron felices y comieron perdices y demás opíparas viandas, jugaron a la pocha, cantaron juntos, zascandilearon por los pasillos y se lo pasaron chachi chupi requeteguay… hasta ayer. Querías perfil bajo, pues ahí lo tienes. Por los suelos.

Pero es que hay algo peor que equivocarte, y es ser contumaz en el error. Sostenella y no enmendalla, que decía aquel. Tropezar de nuevo con la misma piedra, aún por grande que fuera la hostia que te llevaste la primera vez. Puedo llegar a entender el nombramiento de Orenga para el Eurobasket 2013, al menos el ochenta o noventa por ciento de aficionados al baloncesto de este país no lo veíamos pero puedo llegar a entender que usted sí lo viera, usted al fin y al cabo sabe mucho más de baloncesto que nosotros, faltaría más, como corresponde a su alto rango y elevada condición. Pero eso fue antes. Después del Eurobasket 2013 seríamos ya el 99 por ciento de aficionados de este país los que no veíamos a Orenga (ni en pintura, y nunca mejor dicho), y aún me quedaré corto. Se ganó el bronce, se nos vendió como un éxito (sin Pau, sin Navarro, sin Ibaka, a ver a qué más podíamos aspirar), puede que numéricamente así lo fuera pero más allá de los números y de las medallas están las sensaciones. Y éstas nos mostraron partido tras partido a un equipo mal preparado física, técnica y psicológicamente, un equipo incapaz de administrar sus exiguas fuerzas, que arrasaba en los tres primeros cuartos para luego hundirse irremisiblemente en el último, que no sabía remar contra corriente ni era capaz de manejar finales apretados fueran éstos contra quien fueran, así una y otra y otra vez… Las señales parecían evidentes para cualquiera que quisiera verlas pero usted nada, usted erre que erre (nada que ver con Ricky & Rudy en este caso). No queríais Orenga, pues toma, dos tazas. A ver si aún hay huevos para una tercera.

¿Sabe cuál es la diferencia? Que hace un año nos ganó una Francia que era un pedazo de equipo, el mismo que luego sería campeón, también el mismo al que habíamos ganado en 2012, 2011, 2009, tantas otras veces. Hace un año le forzamos una prórroga a la Francia de Tony Parker, en cambio este año no hemos visto ni de lejos a una Francia sin Parker, sin Nando de Colo, sin Joakim Noah, sin Michael Pietrus, sin Ronny Turiaf, sin Kevin Seraphin, sin Alexis Ajinça, sin Ian Mahinmi, si quieren sigo que aún me dejaré alguno. Una Francia light, probablemente la selección francesa con peor pronóstico en un campeonato internacional de los últimos quince años. Pero una Francia con entrenador, fíjense qué cosa más curiosa, una Francia con un pedazo de técnico llamado Vincent Collet que nos conoce como si nos hubiera parido, que nos tiene estudiados hasta la náusea y que debió pasarse las horas previas al partido ensayando mil y una maneras de explotar nuestras debilidades: cómo dejarnos en inferioridad en todos sus picanroles, como invertir e invertir hasta que en uno u otro lado hubiera un tío solo, cómo cortocircuitarnos todo nuestro ataque, cómo negarnos todos los rebotes. Lo que viene siendo preparar un partido, hasta el hartazgo si es preciso. Claro está, ellos tenían que prepararlo, nosotros para qué, si ya sabemos de sobra que somos mejores que ellos, si ya les ganamos de paliza el otro día, si no tenemos nada de que preocuparnos, que se preocupen ellos si se quieren preocupar, nosotros a lo nuestro. Una sesioncilla suave, un permiso de paternidad, algún pasatiempo lúdico-festivo y a otra cosa mariposa, no se nos vayan a cansar.

Claro que si no queríamos que se cansaran a lo mejor podríamos haberlo pensado antes. Haberlo pensado en todos esos días en que ganábamos de treinta y aún así manteníamos a todos los pesos pesados sobre la cancha hasta que quedaban apenas tres minutos, no fuera a ser que nos vinieran a remontar. Haberlo pensado el día de Serbia, que no nos jugábamos absolutamente nada ni ellos tampoco, que el sentido común (el menos común de los sentidos) dictaba meter como titulares a Felipe, Claver y Abrines y darles treinta minutos pero nosotros nada, nosotros con toda la artillería desde el principio hasta el final para que supieran con quién se estaban jugando los cuartos, puras salvas de artificio, luego ya nos iremos por las patas abajo cuando toque jugárselos de verdad. Si no queríamos que se cansaran a lo mejor pudimos caer antes en la cuenta de que los baqueteados cuerpos de 34 años ya no responden como los de 22, es ley de vida. Pero si no caímos y ahora ya les tenemos cansados siempre quedaría la opción de activar el plan B: que Diaw se está quedando una y otra vez en superioridad y nos está crujiendo desde fuera, que Marc está como si no estuviera, que Ibaka parece al borde de un ataque de nervios, que no cogemos un puto rebote y los pocos que cogemos nos los quitan de las manos… pues a ver si es que ha llegado el momento de darle por fin una oportunidad a un tal Felipe Reyes, que no es precisamente un novillero a punto de confirmar la alternativa como Abrines ni un ente etéreo como Claver, que no es un fino estilista como alguno de los que le preceden pero está más que harto de fajarse en cienmil batallas como ésta, que en un partido que se juega en las trincheras será difícil encontrar otro mejor. Claro que para activar el plan B primero hace falta tenerlo. No digo que no lo hubiera, no lo sé ni soy quién para saberlo. Sólo digo que si lo había se esforzaron muy concienzudamente en disimularlo.

Hay derrotas y derrotas. Suelo decir que la alegría por una victoria nos puede quedar para siempre pero la tristeza tras una derrota nunca debería durarnos más de cinco minutos. Porque la vida es mucho más que baloncesto, porque todos tenemos cosas mucho más importantes en que pensar más allá de un mero partido, sea éste cual sea. Suelo decirlo y además suelo cumplirlo… el 99 por ciento de las veces. Porque hay derrotas y derrotas, porque hay algunas (muy pocas, afortunadamente) que se te enquistan y se te quedan para toda la vida en tu interior. Esta es una de ellas, evidentemente. Desde aquel infausto chinazo en el Mundial de Canadá’1994 no había vuelto yo a sentir esta amargura por un resultado de la selección (y fuera de la selección tampoco, exceptuando el presunto descenso estudiantil). Nunca. Ni con las derrotas griegas de 1995 y 1998, ni con las finales perdidas en 1999, 2003 y 2007 (al fin y al cabo éramos finalistas), ni con la durísima eliminación ante USA en los cuartos de final de Atenas 2004, ni con el triplazo de Teodosic en 2010, ni con la prórroga ante Francia del pasado año… Nunca, nunca desde aquel chinazo que marcó (mucho más que el angolazo de dos años antes) un antes y un después. Como lo marcará esta derrota que algún día no lejano nos atreveremos a llamar franciazo. Aunque ni de lejos sea lo mismo, aunque Francia en ningún caso pueda compararse a aquella China o a aquella Angola. Pero tampoco veníamos entonces de donde vinimos ahora, ahora nos hemos pasado todo el Torneo sin otra preocupación que la de si seríamos o no capaces de ganar la Final a los yanquis como si ya estuviéramos en ella, ahora fuimos al Palacio como a una fiesta campestre, como si la única duda no fuera si íbamos a ganar sino de cuánto íbamos a ganar, como si no jugáramos contra nadie sino contra nosotros mismos (y quizá fuera así). Íbamos tan de favoritos, tan creídos, tan sobrados, tan de anfitriones (miren que se lo advertí, que la condición de anfitriones casi siempre acaba resultándonos contraproducente, a nosotros y casi a cualquiera), tan de chulos por la vida, tan de españoles en suma… Ya saben, hay una España envidiada por el mundo, soy español a qué quieres que te gane y demás fanfarronadas propias de nuevo rico (en términos estrictamente deportivos, entiéndase) que nunca tuvo donde caerse muerto, que un día de repente ganó cuatro cosas y a partir de ahí se creyó el amo del cortijo como si en verdad lo fuera. Somos campeones del mundo en vender pieles de oso, nada más que en eso, luego es el oso quien nos mata y además se regodea, con todo merecimiento. Somos campeones del mundo en generar vanas expectativas, así más dura será la caída. Lo está siendo.

¿Y saben qué es lo peor? Lo peor es haber dilapidado con todas estas tonterías los dos últimos años buenos que le quedaban a esta maravillosa generación. Como si diera lo mismo, como si el talento nos saliera a borbotones de debajo de las piedras, como si no hubiéramos necesitado toda una vida para tener una generación así… Se acabo. Es el fin de una era. Y fíjense que no digo fin de ciclo, que ése más o menos lo dábamos ya por descontado ganáramos o perdiéramos. Digo fin de una era, digo fin de la ilusión por esta selección que es tanto como decir fin de la ilusión por el baloncesto, en el supuesto de que aún quedara algo de ella. Echen cuentas, entre jubilados, sabáticos y desencantados en 2015 no nos reconocerá ni la madre que nos parió, iremos al Eurobasket multisede a que nos pinten la cara, tanto dará quien nos (des)entrene, la consecuencia inmediata será que no obtendremos plaza para Río’2016 ni con preolímpico ni sin preolímpico, ni de coña, si tenían alguna ilusión con dicha cita vayan quitándosela de la cabeza, yo ya estoy en ello. Quizá en 2017 seamos capaces de empezar la regeneración o quizá no, quién sabe, si aquel chinazo nos costó cinco años no descarten que ahora haya que esperar más todavía. Es lo que hay, no suelo adivinar el futuro (así que no pierdan la esperanza) pero a día de hoy no sé venderles otra cosa, ustedes me disculparán si les he dado el día (aún más si cabe). Hace dos semanas convertí mis razones para el pesimismo en razones para el escepticismo, hoy ya no, hoy ya sólo me queda pesimismo. A chorros, además. Y no sé cuántos años más habrán de pasar hasta que pueda cambiar de opinión.

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EL BALONCESTO SEGÚN SAN ANTONIO (edición 2014)   4 comments

Desmontemos tópicos: (…) tal vez los Spurs sean, hoy por hoy, el equipo que mejor defiende de toda la NBA. Pero son, también, el equipo que mejor ataca de toda la NBA.

No, no nos echemos las manos a la cabeza. Pensemos fríamente en ello y descubriremos que ningún equipo mueve el balón en ataque como San Antonio (…) Ningún equipo tiene tanto equilibrio interior-exterior, ningún equipo es tan bueno en la toma de decisiones, ningún equipo abre tan bien la cancha, ningún equipo utiliza con tanta sabiduría su lado débil, ningún equipo encuentra tan a menudo la opción correcta, el jugador abierto.

Y sin embargo todos nosotros, a menudo, nos sentamos a ver a los Spurs envueltos en prejuicios: baloncesto sobrio, sólido, rocoso… Sí. Pero también suelto, fluido, alegre cuando es preciso. (…) Una verdadera fiesta para los sentidos siempre y cuando éstos estén desprejuiciados, predispuestos a apreciar en su justa medida todo aquello que tienen ante sí.

Pero eso sí: sin concesiones a la galería. Mates, los justos y necesarios; filigranas, las imprescindibles; virguerías, las justas. Otros pondrán el énfasis en el espectáculo, ellos, en el juego. Otros pondrán el énfasis en lo individual, ellos en lo colectivo. Otros buscan gustar, ellos quieren ganar. Otros miran la estética, ellos la eficacia. Ahí reside su verdadera estética.

En eso, y en la mera contemplación de ese balón que va de mano en mano, de posición a posición a la velocidad perfecta, a la suficiente para acabar volviendo loca a cualquier defensa, para que al final de cada jugada siempre encuentren a ese tío completamente solo en aquella esquina, o quizás incluso debajo mismo del aro, anotando con tal sencillez que los defensores acabarán pareciéndonos unos lelos, unos pardillos con el resuello descompuesto tras haberse pasado veinte segundos persiguiendo sombras. Y así una vez, y otra, y otra más detrás de aquel mecanismo en el que todo encaja a la perfección, en el que todo parece funcionar con la exacta precisión de un reloj suizo.

Seguramente la expresión “jugar de memoria” nunca fue más cierta que con esta gente. Tal vez los secundarios cambian pero los protagonistas permanecen, siguen siendo los mismos desde hace ya tanto tiempo que apenas si podemos recordarlo. Miremos cualquier equipo de la NBA (apenas se me ocurren dos o tres excepciones), miremos su plantilla actual y comparémosla con la de hace tres, cuatro años, y comprobaremos que ambas apenas se reconocen entre sí. Ahora miremos a la principal excepción, San Antonio: Duncan, Ginóbili, Parker, Popovich (…) Media carrera llevan juntos, toda una vida…

*****

Esto que acaban de leer lo podría haber escrito perfectamente ayer, o quizás esta misma mañana, pero aunque parezca mentira lo parí hace siete años (parece incluso mentira que ya anduviera por aquí aburriéndoles hace siete años), el 9 de junio de 2007 para ser exactos. Lo escribí como si fuera un puñetazo en la mesa, como la justa reivindicación de un equipo que me fascinaba y al que sin embargo algunos (eternos poseedores de la verdad absoluta) aún se empeñaban en negarle el pan y la sal, en vendérnoslo como el prototipo del feísmo y la espesura cuando en realidad era todo lo contrario, cuando ofrecía más espectáculo que casi cualquier otro. Sólo había que saber dónde mirar.

Llevaban ya para entonces tres anillos y apenas les restaba una semana para el cuarto, para llevarse por delante a aquellos Cavs presuntamente entrenados por Mike Brown y que giraban alrededor de un aún imberbe (si es que fue imberbe alguna vez) LeBron James. Eran otros tiempos, como lo eran en 2005 ante Pistons o en 2003 ante Nets, no digamos ya en 1999 ante Knicks. Eran otros tiempos… y sin embargo parece como si no hubiera pasado el tiempo, como si aquellos tres o cuatro años que decía yo entonces fueran ya trece o catorce a día de hoy. Cambian más algunas franquicias en quince meses (o en quince días) que lo que han cambiado éstos en quince temporadas. Casi nada sucede por casualidad.

Cambian algunos nombres, cómo no habrían de cambiar, es ley de vida. Los Bowen, Horry, Barry, Finley, Turkoglu, Nesterovic u Oberto de ayer (por citar sólo algunos) son los Leonard, Green, Mills, Belinelli, Splitter, Diaw o Joseph de hoy. Cambian tal vez las piezas accesorias (cada vez menos accesorias) pero la esencia permanece; llámese Duncan, Parker o Ginóbili, llámese Popovich, llámese idea, filosofía. Llámese EQUIPO.

Y no será porque no les dieron motivos para cambiar. A partir de 2008 el Oeste se convirtió en Territorio Lakers, Lamar y Pau sumándose a un Kobe aún en sazón, tres finales, dos anillos, Phil Jackson mediante. En 2011 se apagaron los Lakers pero emergieron (por fin) los Mavs de Dirk, en 2012 fue la hora Thunder, aquellos Durant, Westbrook, Ibaka o Harden (a quien nunca acabarán de añorar lo suficiente) cerrándoles las puertas de la puerta de la gloria. Pensamos entonces que los Spurs habían perdido su último tren…

Mentira. No lo pensamos entonces, llevábamos cinco años pensándolo. Así cayeran en final de conferencia o en primera ronda ante los Grizzlies daba igual, cada derrota llevaba aparejado el comentario, se acabó, estaban ante su última oportunidad, ya son mayores, todo tiene su fin, deberán reconstruir, es ley de vida. O no. Donde otros perderían el culo por ponerlo todo del revés ellos simplemente tiraban de draft, de fondo de armario internacional y de una buena dosis de sentido común. Añádase tal vez algún ajuste fino en el mercado libre y a tirar, para qué más. ¿Reconstruir, dice usted? Eso es de pobres (de espíritu), de quienes se caen a pedazos, tantas y tantas franquicias que se afanan en reconstruir cuando jamás fueron capaces de construir nada. Allá cada cual con sus escombros pero a nosotros déjennos en paz, tenemos un edificio sólido, algo viejo acaso pero aún firme, algún que otro parche, una buena mano de pintura y como nuevo. Cuántos lo quisieran.

Y si en 2012 (y anteriores) pensamos que se les había escapado su último tren, qué decir ya de 2013. Aquella inmolación del sexto partido, aquel Ray Allen salvándoles una vez más la vida a los Heat… Era el final, forzosamente tenía que serlo, cómo no habría de serlo si en junio de 2014 Duncan ya tendrá (tiene) 38 años, si Ginóbili estará a punto de cumplir los 37, si Parker y su paisano Diaw andarán ya en los 32. Tanto poner como ejemplo a los gatos porque (supuestamente) tienen siete vidas, y qué, si eso no es , unos mediocres los gatos, a partir de ahora no diga más vidas que un gato, diga más vidas que los Spurs. Será por trenes.

Quién nos lo iba a decir, que aquellos otrora tan denostados Spurs acabarían convirtiéndose en el equipo de América, que en este caso es tanto como decir el equipo del mundo entero. Miren el mapa y comprobarán que 49 de los 50 estados de la Unión van con San Antonio, que sólo en Florida van con Miami, será quizá porque tampoco hayan preguntado mucho en Orlando.apoyoSpursHeat Habrá quien diga que los encuestados no quieren tanto que ganen los Spurs como que pierdan los Heat, bien por romper la tendencia de estos últimos años o bien por la odiabilidad que aún pueda generar LeBron. No niego que dicho componente pueda existir, pero desde luego no es mi caso y tampoco creo que sea el de la mayoría. LeBron pudo generar rechazo hasta 2011 pero desde entonces (desde que se humanizó, derrota ante Mavs mediante) genera mucha más admiración, la que merece el mejor jugador de baloncesto de este tiempo y uno de los mejores de todos los tiempos, sin discusión. Vale, aún habrá quien quiera que pierdan los Heat (como habrá quien quiera que ganen) pero somos muchos más quienes simplemente queremos que ganen los Spurs, sin necesidad de mirar al de enfrente: porque su baloncesto enamora, porque es el juego que más se aproxima a la perfección, porque es el fruto de un verdadero equipo y no de una mera suma de individuos, aún por portentoso que sea alguno de esos individuos. Por pura armonía.

¿Se imaginan? ¿Duncan y Popovich ganando su quinto anillo quince años después de haber ganado el primero, Parker y Ginóbili ganando el cuarto cuando han pasado ya once temporadas desde que se estrenaron, todos ellos retornando a lo más alto de un cajón del que se apearon hace ya siete largos años? No es ya que haya llovido (sí, incluso en San Antonio), es que ha caído la de dios. Y ahí siguen. Y ahí vuelven. ¿Se imaginan? Sé que me emocionaré si ello sucede, me emocionaré como si fuera un equipo de aquí al lado de mi casa y no el de una ciudad a la que muy probablemente no viajaré jamás en mi vida (ni con la imaginación siquiera), me emocionaré como si me hubiera ido la vida en ello. Me emocionaré sobre todo, por encima de todos, por Manu, mi Manu, ya no debilidad absoluta sino en un escalón superior, quizá el único jugador del que me compraría la camiseta si aún estuviera en edad de comprarme y ponerme camisetas. Pero también por ese Duncan al que conocí (televisivamente) hace ya más de ¡¡¡20 años!!!, cuando aún era freshman en Wake Forest; también por ese Parker al que conocí (Antonio Rodríguez mediante) en aquel inolvidable Nike Hoop Summit del 2000; también por tantos otros de los nuestros, il Bello Belinelli, el tan orondo como inteligentísimo Diaw, el australiano de St. Mary’s Patty Mills. Y también, cómo no, por Splitter, nuestro Tiago, quién se lo iba a decir cuando nos llegó hecho un crío desde Brasil, cuando se hacía a diario el trayecto Bilbao-Vitoria en aquellos interminables primeros años, cuando se forjó a fuego a la vera de Dusko, quién se lo iba a decir incluso cuando fue MVP de la ACB, que algún día tal vez podría presumir también de anillo NBA. Ojalá…

Claro está que también puede suceder que pierdan, que ahí nos veamos otro año más repitiendo que se acabó, que éste ya sí era el último de entre todos los últimos trenes posibles. O no. Qué duda cabe, tarde o temprano dejarán de pasar trenes por San Antonio, es ley de vida. Quizás aún puedan subirse en marcha en 2015, difícil será que puedan ya hacerlo en 2016. ¿Pero saben qué les digo? Que aunque ya no pasen trenes ellos aún seguirán esperando en el andén, conscientes de que si alguna vez vuelve a pasar la única manera de cogerlo será que te pille en la estación. Saltemos otros siete años en el tiempo, imaginemos a Parker dirigiendo con la edad que ahora mismo tiene Duncan, imaginemos a Qué Guay Leonard convertido en la nueva megaestrella de los Spurs, imaginemos (puestos a imaginar) a un Splitter en plena madurez reconvertido en uno de los mejores cénters de la Liga, imaginemos a Duncan sentado en la grada a la vera del Almirante y a Ginóbili sentado en el banquillo a la vera de Pop, preparado para sucederle en breve plazo… Quien sabe, quizá para entonces (si aún estoy en este mundo, y en este blog) escriba el baloncesto según San Antonio (edición 2021), y lo empiece citando todas estas chorradas que escribí en 2014. ¿Imposible? Tan imposible como me habría parecido en 2007, si alguien me hubiera dicho entonces que escribiría esto mismo siete años después. Imaginar es libre, y es gratis. Y por ahora no hace falta ir tan lejos, no hace falta esperar siete años, nos vale ir relamiéndonos con lo que pueda suceder dentro de siete días, quizás alguno más. ¿Se imaginan…?

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