Archivo para la etiqueta ‘Boston Celtics

MEDIA VIDA   2 comments

Sucedió hace media vida, no tanto en sentido figurado (que también) como literal. Tenía yo la mitad de años que tengo ahora, sabía de todo aquello (de todo, en general) cien veces menos de lo que sé ahora, sentía por todo aquello cien veces más fascinación de la que aún siento hoy, de la que espero no dejar jamás de sentir por el mero hecho de que se nos haya vuelto cotidiano todo lo entonces era sencillamente (maravillosamente) excepcional. Sucedió hace media vida, el tópico diría que parece que fue ayer, qué más quisiera yo que fuera sólo un tópico. Veintisiete años, media vida. Tan lejos y tan cerca.

Sucedió un 24 de octubre de 1988. Apenas año y pico después de que la NBA hubiera empezado a entrar a cuentagotas en nuestras vidas gracias a la aventura de Fernando Martín en Portland, apenas unos cuantos meses después de que nos hubiéramos acostumbrado a vivir cerca de las estrellas, apenas cuatro meses después de que nos hubiéramos vuelto locos con los siete partidos de aquella histórica (e histérica) Final entre Lakers y Pistons. Hoy nos puede parecer irreal pero créanme que entonces no se hablaba de otra cosa, créanme que en los colegios, institutos y trabajos (y tanto más en mi trabajo de entonces, todos aún jóvenes por aquel entonces) se formaban corrillos para comentar ese quinto, sexto o séptimo partido que acababa de jugarse en la madrugada anterior, si llegabas a tu oficina confiado en no enterarte del resultado para verlo luego en diferido estabas muerto, era científicamente imposible que no te lo reventaran, ni aún aislándote del mundo evitarías ese espóiler que entonces aún no se llamaba espóiler. Era otro mundo, quién iba a imaginar que en apenas unos meses se rebajaría a bajar a nuestro mundo.

Aquel 24 de octubre de 1988 el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El verbo eran los Celtics, los mismísimos Boston Celtics, rechace imitaciones. No, no eran los vigentes campeones pero como si lo fueran, al fin y al cabo lo habían sido sólo dos años antes (quién nos iba a decir que habrían de pasar veinte años más para que volvieran a serlo),boston al fin y al cabo eran los campeones por antonomasia, sabíamos aún poco pero sí lo suficiente como para saber que estábamos ante la franquicia más grande sobre la faz de la Tierra, acaso el equipo de baloncesto más legendario del mundo, digno representante de la mejor competición deportiva del mundo. Podíamos recitar su quinteto de carrerilla casi mejor que el de muchas alineaciones de fútbol de entonces, Dennis Johnson, Danny Ainge, Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish, se nos llenaba la boca con sus nombres, nos poníamos metafóricamente (y a veces hasta físicamente) en pie con su mera enunciación. Habíamos soñado muchas veces con ellos y ahora de repente los teníamos aquí, a punto de jugar contra el mismísimo Real Madrid (una vez que ambos cumplieron con su respectivo trámite semifinal). Hay otros mundos pero están en éste, decía (quizás por aquel entonces) un anuncio. Nunca fue más verdad.

Aquel 24 de octubre de 1988, domingo por más señas, me llevé a la que ya era mi pareja pero aún sólo mi novia a pasar la tarde al bar, mi única tabla de salvación posible por aquel entonces. Hoy algo así sería impensable, hoy (matrimonio mediante, bodas de plata cumplidas) me diría que no hombre que no, que a mí qué me va a apetecer, de eso nada, vaya rollo, si tanta ilusión te hace te vas tú pero a mí no me líes. Pero en los noviazgos de entonces a veces hacíamos cosas así, sacrificios insospechados, también en eso eran otros tiempos. Me la llevé (más bien nos llevamos mutuamente) a un bar vallecano que hoy ya hace muchos años que no existe (de hecho por no existir ni siquiera existe la manzana que lo sustentaba), de nombre HO (sí, sólo esas dos letras, no me pregunten por qué) y sito en la calle Carlos Martín Álvarez, casi esquina con la Avenida Martínez de la Riva. El típico bar de barrio de toda la vida con un minúsculo televisor en blanco y negro en su parte superior (muy superior, que el techo estaba bien alto), lo suficiente como para que nos dejáramos el cuello en el empeño todos los que allí estuvimos mirándolo sin parar durante las dos horas largas que duró el evento. No nos dolió, y si nos dolió no nos acordamos. En cambio lo que vimos lo recordaremos siempre, siempre y cuando aún nos quede memoria para recordarlo.

Johnson vs Drazen Petrovic, Ainge vs Biriukov, Parish vs Romay, McHale vs Fernando Martín, Bird vs Johnny Rogers. Visto así el quinteto del Madrid parecía algo (parecía mucho, de hecho) pero visto al lado del otro se quedaba en nada, un mero juguete en manos de cinco hombrecillos (hombretones, más bien) verdes recién aterrizados de otra galaxia. La duda no era que los Celtics fueran a ganar, la única duda era por cuánto (o como decíamos en baloncesto, de cuánto). Los más optimistas situaban la diferencia en veinte o treinta, los realistas en cuarenta o cincuenta, los pesimistas no bajaban de sesenta. Claro está que hoy jugamos con ventaja, hoy sabemos ya que la NBA de octubre nada tiene que ver con la de mayo, que la pretemporada NBA es tan pretemporada como cualquier otra o más siS0101_McDonalds_Open_AB017 cabe, a las estrellas unos pocos minutitos no se vayan a cansar, el resto un mero campo de pruebas para comprobar quién se gana el puesto o quién lo pierde, quién se queda y quién se va. Hoy bien sabemos todo esto pero entonces lo ignorábamos, o acaso lo intuyéramos, o acaso sí lo supiéramos pero tampoco nos importara los más mínimo. Aquellos eran los Celtics, no necesitábamos saber nada más.

Imagino que (dado el típico ambiente de todo bar que se precie, tanto más en aquellos tiempos) aquel partido lo vimos pero no lo oímos, quizás por eso no fuimos muy conscientes de la poca pasión que TVE le puso al evento, o quizás sí lo fuéramos pero como era lo de siempre tampoco nos llamara la atención. En la narración Pedro Barthe, un Pedro Barthe que así de primeras transmitía la inequívoca sensación de preferir estar en cualquier otro sitio, como si en vez de ofrecerle la oportunidad de narrar un encuentro histórico le hubieran puesto un castigo insoportable. Y en los comentarios técnicos Nacho Calvo, la mera enunciación de los conceptos comentarios técnicos y Nacho Calvo en la misma frase representa un oxímoron de proporciones bíblicas, no hace falta decir nada más. Ni rastro de nadie que conociera siquiera mínimamente aquel otro baloncesto, ni rastro de un Ramón Trecet al que ni siquiera necesitaban contratar porque ya era de la casa y que habría sido de lejos la solución más lógica para hacer aquel partido por parte de TVE (no, lógica y TVE tampoco deberían ir nunca en la misma frase), solo o en compañía de otros. Eran así, tampoco es que hayan evolucionado mucho desde entonces.

Barthe y Calvo decían en repetidas ocasiones que el griterío era ensordecedor y a fe que lo era, no lo notaríamos entonces (bastante tendríamos con el ruido del bar) pero bien que lo apreciamos hoy volviendo a ver el partido para la ocasión. Hoy viene la NBA a Europa y el ambiente de cualquier global game de esos está a medio camino entre un espectáculo teatral, un happening de centro comercial y una merienda campestre: plas plas plas (onomatopeya de aplausos) tras cualquier jugada, oooooohhhhh tras alguna cabriola. jijí jajá en las chorradas de los tiempos muertos y luego ya si acaso nos ponemos las pilas en los últimos minutos siempre y cuando el resultado conserve algo de emoción, si no ni eso.real-madrid-boston En cambio en 1988 aquello no parecía tanto un Madrid-Celtics como un Madrid-Maccabi por ejemplo: locura colectiva, pasión absoluta, clamor tras cada canasta propia, pitos en cada subida de balón ajena, ovación de reconocimiento cuando anotaban pero sin que ello rebajara ni por un momento la intensidad, la tensión. Cómo hemos cambiado.

Quizás también por la propia evolución del partido, porque los madridistas del Palacio (y los de fuera) se creyeron legítimamente con derecho a soñar. El mero hecho de plantar cara ya era sueño, sólo 5 abajo tras el primer cuarto (titulares vs titulares), 5 que apenas un rato después iban a ser 18 cuando los Celtics se pusieron a tirar de fondo de armario: Jim Paxson, Reggie Lewis, Brian Shaw, Acres, Lohaus… Y entonces sucedió: de las profundidades del banquillo madridista emergió un espigado mocetón gerundense, Pep Cargol, que iba a dejar asociado ya para siempre su nombre a aquella mítica noche: un canastón por aquí, un arrebato por allá, alguna que otra defensa por acullá haciendo incluso enfadar al mismísimo Bird, mala cosa porque en cuanto te descuidabas se ponía a jugar como él sabe. 14 de diferencia al descanso, parecía evidente que lo mejor estaba aún por llegar. Aunque no imagináramos de qué modo.

Y es que a la vuelta del vestuario a los Celtics se les rompieron por completo los esquemas, vale que allí tendréis la ley no escrita de empezar el tercer cuarto con los titulares pero yo no concibo esa razón, yo soy Lolo Sáinz y sabes que no tengo por costumbre hacer cambios salvo cuando no me queda más remedio pero mira tú por donde hoy me voy a dar el gusto, que aquí leyes no escritas no tenemos: meto a Cargol de tres, a Antonio Martín de cuatro y a You Llorente de base pasando a Drazen al dos, chúpate esa mandarina Jimmy Rodgers.real-madrid-boston-celtics--644x362 Y de repente aquel tercer cuarto era un delirio, una locura, un Madrid que plantaba cara, una catarata de baloncesto por ambos lados, ya la gente gritaba este partido lo vamos a ganar como si en verdad lo creyera (quizás porque en verdad lo creía), ya hasta Pedro Barthe estaba entusiasmado (ya era Barthe en estado puro, de hecho: se están dando cuenta de que existe un continente que se llama Europa y un baloncesto europeo de categoría, si pensaban que venían a tomar el sol, a pasearse y a ganar de 40 ya se están dando cuenta que no va de eso), ya hasta el mismísimo Nacho Calvo estaba entusiasmado (ya, ya sé que entusiasmo y Nacho Calvo tampoco deberían ir nunca en la misma línea), créanme que si en aquel momento hubiera aterrizado un extraterrestre en el Palacio (o cualquier ser humano que no hubiera visto jamás un partido de baloncesto, que para el caso viene a ser lo mismo) se habría quedado prendado de aquel juego para siempre. Ocho de diferencia al final del tercer cuarto, que aún habrían podido ser menos si Drazen no se hubiera creído más importante que su equipo, si no se hubiera jugado las suyas y las de los demás, si no hubiera escogido cuidadosamente aquel momento para presentarse al mercado norteamericano, si hubiera procesado a tiempo que aquellas defensas de Dennis Johnson o Brian Shaw nada tenían que ver con las que acostumbraba a encontrarse por aquí. Pero con todo y con eso eran ocho puntos de diferencia, lo que venía a significar que el Madrid había ganado de 6 aquel tercer periodo. Hoy nos puede parecer una nimiedad, pero entonces fue un dato que quedó para la historia.

¿Tú que crees, Pedro, que los Boston (sic) creen que están jugando contra el Madrid, o que se están jugando el anillo en una final de la NBA contra Los Angeles Lakers?, preguntaba Calvo. ¡¡¡Pocos partidos tan difíciles tienen a lo largo de la temporada los Celtics!!!, respondía Barthe. Ingenuidades aparte, los Celtics por fin entendieron que se habían acabado los experimentos, las probaturas y las pretemporadas y finalmente obraron en consecuencia: fue ponerse Bird a gobernar el chou en su insigne papel de puto amo y antes de que nos diéramos cuenta se habían ido de 25 para nunca más volver. O tal vez sí, pero ya en los minutos de la basura (aunque aún no nos acostumbráramos a llamarlos así), con Quique Villalobos de blanco y Ramón Rivas de verde, con un Pep Cargol que aún quiso poner la guimg_ggomez_20150326-110615_imagenes_md_otras_fuentes_madridceltics-kUuH--572x385@MundoDeportivo-Webinda final al pastel. Ni sesenta ni cincuenta ni cuarenta ni treinta ni veinte, Barthe dixit. Quince, ni más ni menos. 96-111 para ser exactos. Eran otro mundo, aún seguirían siéndolo por mucho tiempo. Pero empezaban a no estar tan lejos como siempre habríamos creído imaginar.

Y de nuevo al día siguiente no se hablaba de otra cosa, y el medio país que se lo perdió se tiraba de los pelos por habérselo perdido, y recuerdo bien a madres de mi trabajo mendigando el vídeo a todo aquél que hubiera tenido la ocurrencia de grabarlo, déjamelo esta tarde por dios, por caridad, que quiero poder enseñárselo a mi hijo… Era una fascinación que iba más allá del baloncesto mismo, más allá del choque entre dos mundos, más allá de las chorradas de los tiempos muertos o de todas esas cheerleaders que ni siquiera eran de los Celtics (que aún no tenían, ni puñetera falta que les hacía) sino de los Tigers de la Universidad de Memphis State (hoy Memphis a secas), contratadas ex profeso para la ocasión. Una especie de fascinación global que hoy, volviendo a contemplar aquel partido media vida después, nos deja (a mí, al menos) un cierto poso de amargura. No ya por quienes nos dejaron prematuramente (obviamente Drazen y Fernando, pero también Dennis Johnson y Reggie Lewis… y ese número 11 del Madrid que la inmensa mayoría de lectores ni recordarán quién era, Carlos García Ribas, quede aquí merecida constancia), sino también por todo aquello que se nos perdió por el camino: la ingenuidad, la capacidad de alucinar con cosas nuevas, la pasión tal vez. La juventud, seguro. Recuerdos de un pasado que nunca más ha de volver.

Hoy media vida después tampoco veré in situ a los Celtics, no culparé a nadie de ello salvo a mi propia torpeza, la que me hizo ir dejándolo durante el verano y acordarme ya en septiembre cuando todas las entradas estaban vendidas. Es decir, vendidas en la web oficial a un precio medianamente razonable (entre 19 y 58 euros), hoy dicha web te informa que están todas agotadas pero al mismo tiempo te remite amablemente a otra web donde puedes encontrarlas al módico precio de entre 75 y 115 euros, alguna otra web hay por ahí donde puedes encontrarlas aún más caras todavía. No estoy tan desesperado como para eso. Lo siento porque me habría gustado reencontrarme con viejos conocidos (y admirados) NCAA como Evan Turner, Marcus Smart, Jared Sullinger, Isaiah Thomas, incluso Kelly Olynyk, Terry Rozier, RJ Hunter o Jae Crowder; lo siento porque me habría gustado reencontrarme con un entrenador como Brad Stevens por quien profeso franca devoción desde sus tiempos de Butler; lo siento simplemente porque son los Celtics, porque ya vi hace años in situ a Grizzlies, Raptors y Jazz pero esto no es lo mismo, no puede ser lo mismo. Por lo que representa esta franquicia en sí misma, por lo que representó aquel partido de 1988, porque aplicando estos mismos parámetros 600nbatemporales ya no volverán por aquí hasta dentro de otra media vida, pongamos por ejemplo octubre de 2042, a saber dónde y cómo estaré (o si estaré siquiera) para entonces. Otra vez (no) será.

Don’t cry for me, hasta ahí podíamos llegar. Obviamente ya no me hará falta buscarme la vida en ningún bar, obviamente veré la primera mitad cómodamente arrellanado en mi sofá (no sin arduas negociaciones previas para resolver el tema de la cena), para la segunda probablemente me echarán del salón pero no teman, como tantas otras veces encontraré acomodo ante el ordenador o ante el televisor del dormitorio, más pequeño pero no por ello menos confortable. Será para mejor (como es el caso) o para peor pero nada será igual a como fue hace veintisiete años, nada nos sorprenderá como entonces, hoy tenemos ya a los Celtics hasta en la sopa, de hecho algunos hasta catamos los ingredientes antes de que los echaran a la sopa. Hace media vida algo tan cotidiano como un partido de baloncesto se nos convirtió en excepcional, hoy algo tan (presuntamente) excepcional como tener aquí a la NBA se nos ha convertido en cotidiano. Si será cotidiano que hasta el presidente del anfitrión anda repitiendo por ahí cada lunes y cada martes que quiere jugar en aquella Liga como si en verdad se lo creyera… No, nada será ya igual, ni parecido siquiera, y sin embargo quién sabe: quizás aún quede por ahí alguien que no tenga donde verlo y encuentre finalmente refugio con su pareja en un bar perdido (donde además lo pondrán por no haber competencia jurbolística esa noche, si no de qué), alguien lo suficientemente virgen como para que la experiencia aún le pueda dejar huella, como para volver a recordarla y contarla media vida después. Sólo por eso ya habría merecido la pena.

la elección de Pitino   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 15 de abril de 2013)

En el otoño de 1987 descubrimos América. La descubrimos poco a poco, de hecho la íbamos descubriendo cada fin de semana, Trecet nos llevaba cerca de las estrellas y nosotros las devorábamos con ansia viva cada viernes o sábado, tal era nuestro afán por disfrutar de aquella maravillosa novedad. Uno de aquellos días tocó Knicks, tocó aquella mítica institución que tantas veces habíamos oído mencionar en tantas y tantas películas (tengo entradas para los Knicks, frase recurrente), tocó aquel no menos mítico Madison Square Garden del que tanto habíamos oído y desde el que tan pocas cosas habíamos visto. En aquellos Knicks nos reencontramos con un Pat Ewing que estaba casi igual que cuando le conocimos tres años antes allá por Los Ángeles 84, en aquellos Knicks descubrimos a un base rookie llamado Mark Jackson que tiraba que se las pelaba desde más allá de la línea de tres puntos, en aquellos Knicks vimos por primera vez a un técnico no menos rookie, un tipo insospechado que por edad (no tanto por estatura) aún podía pasar perfectamente por jugador, un yupie que por su aspecto más bien parecía que se hubiera escapado de Wall Street para reciclarse dirigiendo al más emblemático equipo de la Gran Manzana. Dinámico, energético, transmitía ese mismo dinamismo y esa misma energía a sus jugadores y de paso contagiaba a todos a su alrededor. Tenía buena pinta aquel tipo, parecía que podría hacer carrera en esto (no imaginábamos cuánta) y eso que aquel absurdo apellido italiano (que a nosotros nos sonaba como a diminutivo de pito) no le ayudaba en absoluto…

Claro está, aún no conocíamos nada más de él, no se me sorprenda, piense que en aquel entonces no existía Internet (o acaso sí existiera, pero como si no) y que las diversas revistas de baloncesto que pululaban por nuestros kioscos sólo caían en mis manos de pascuas a ramos ya que mi exiguo poder adquisitivo no me permitía otra cosa. Todavía no sabíamos que había llegado a Nueva York desde Providence, que había metido a los Friars en Final Four, que años antes había metido a la modesta (en términos estrictamente baloncestísticos) Universidad de Boston  en el Torneo, que aún antes de todo aquello había sido asistente en Syracuse, recuerden, el primero que fichó Boeheim para sus Orange(men) en aquel verano de 1976. No, aún no conocíamos entonces aquella merienda campestre (o lo que fuera) que nos contaron muchos años más tarde y que yo les conté hace unos meses, Boeheim, Pitino y sus respectivas cónyuges, sus planes de futuro, Boeheim diciendo que ya tenía el trabajo que quería en donde siempre lo había soñado, que allí era feliz y no aspiraba a casi nada más, Pitino incapaz de entenderlo, su ambición dándose de patadas con la apacible manera de entender la vida que tenía su jefe. Hoy, más de tres décadas y media después, sabemos que ambos respetaron escrupulosamente a lo largo de su vida aquella declaración de intenciones.

La ambición llevó a Pitino de Syracuse a Boston (University), de ahí a Providence y de ahí a Nueva York, allí le descubrimos (Trecet mediante) aquella madrugada de 1987, quién nos iba a decir entonces que más de un cuarto de siglo más tarde aún le tendríamos bien presente en nuestras vidas. Aquello de los Knicks se acabó un par de años después, y aunque me avergüence habré de confesarles que no sé demasiado bien por qué: no sé si pensó que aquello de la NBA no era para él (años más tarde volvería a cambiar de opinión), no sé si fueron los Knicks los que le retiraron la confianza, no sé si fue la irrupción de Kentucky la que lo cambió todo. El reto era precioso, desde luego: reflotar uno de los más grandes programas (en términos de baloncesto) de la nación, venido a menos en los últimos tiempos porque las irregularidades de reclutamiento durante la etapa de Eddie Sutton lo habían dejado muy tocado, sanciones NCAA incluidas. El reto era precioso y venía además aderezado con un cuantioso número de ceros a mano derecha para ayudarle a tomar su decisión. La ocasión la pintan calva (¿por qué se dirá esto?) debió pensar Pitino, que cambió de inmediato la populosa Nueva York por la apacible Lexington y el Madison Square Garden por el Rupp Arena. No era un paso atrás, en absoluto, a pesar de lo que aquí nos pudiera parecer.

Quedó así inaugurada la mejor etapa de su carrera, en mi opinión. Venían de la nada y apenas un año después ya todo dios hablaba de ellos, hasta en nuestros medios de información general de aquella época (El País, en mi caso) no era difícil encontrar alguna referencia puntual de aquellos Bombinos Pitinos, llamados así por su propensión a tirar de tres. Ese era uno de sus sellos de identidad, junto con el ritmo altísimo y (sobre todo) una defensa asfixiante, extenuante, salpicada a ratos con esa presión en toda la pista que a menudo lograba poner el partido entero del revés. Ya se quedaron a un palmo (a un triple imposible de Laettner, más bien) de la gloria en 1992, entonces aún no podíamos verlo (saben que nunca fue muy fácil ver NCAA en este país) pero tampoco tardaríamos mucho, Final Four de 1993, la primera que dio el Plus, acaso una de las más espectaculares por el nivel de sus contendientes que recordarse puedan: North Carolina, Kansas, Michigan y Kentucky, ahí es nada, de nuevo los Wildcats (casi) en la cima. Aquellos Jamal Mashburn, Travis Ford y demás familia nada pudieron (aunque no estuvieron lejos) ante Webber, Rose, Howard y demás Fab Five de Michigan pero la semilla ya estaba echada, el tallo era fuerte y sólo era cuestión de esperar a que acabara de crecer.

Acabó en 1996: Antoine Walker, Walter McCarthy, Derek Anderson, Ron Mercer, Tony Delk, calidad por arrobas, físico impresionante, defensa asfixiante, cuando se ponían a presionar no había rival al que no se le apagara la luz. Ganaron la Final a Syracuse, cortaron las redes y fue sólo el principio de un trienio mágico, tres años consecutivos jugando la Final, no habrá muchos equipos que puedan decir lo mismo en estas últimas décadas. En 1997 parecían predestinados a revalidar el título pero hete aquí que se cruzaron en su camino otros Wildcats, la Arizona de Lute Olson (y Mike Bibby, Miles Simon, Jason Terry) en una Final inolvidable. Y en 1998 presentaron un equipo infinitamente menor, un equipo que apenas nada tenía ya que ver con aquel de 1996 pero que sin embargo acabó alzándose de nuevo con el título, acaso fuera por pura inercia, por pura herencia del trabajo realizado durante todos estos años; aquel seguía siendo un baloncesto perfectamente reconocible, cualquiera que lo mirara podía ver tras aquel equipo la mano de Pitino… lo cual no dejaba de tener su mérito, dado que hacía ya un tiempo que Pitino no paraba por allí. 

Pitino estaba en Boston, llevaba ya unos cuantos meses afrontando otro reto aún mayor que el que aceptó cuando se hizo cargo de los Wildcats: reflotar a los Celtics. Una vez más un desafío a la medida de su ambición, un contrato lleno de ceros a la derecha (ya hubiera querido por ejemplo Phil Jackson cobrar una cifra siquiera medianamente parecida durante sus tiempos en Chicago), una oferta que ningún ser humano en su sano juicio podría rechazar. Y dicho y hecho, y todos esos aficionados célticos que llevaban ya una década instalados en la depresión recuperaron de repente la ilusión, volvieron a ser felices, pensaron que con Pitino la NBA volvería a ser verde, sólo era cuestión de tiempo… Efectivamente, sólo fue cuestión de tiempo que se estamparan de bruces contra la cruda realidad. Pitino el primero.

Creo que fue más o menos por aquellas fechas, entre la cresta de la ola de Kentucky y sus todavía prometedores comienzos en Boston, cuando el polifacético Pitino aprovechó el tirón para escribir un libro que no era tanto un libro de baloncesto como uno de esos manuales motivacionales de autoayuda que tanto gustan por aquellos pagos. Nunca lo vi ni lo hojeé ni lo tuve en mis manos siquiera pero tampoco es que haga mucha falta porque el título es de esos que lo dicen todo, una declaración de intenciones en toda regla: success is a choice o lo que viene a ser lo mismo, el éxito es una elección. Ya saben, aquella típica filosofía de que tienes lo que te mereces, hard work pays off, el trabajo duro siempre se recompensa, serás lo que quieras ser, cualquier sueño estará a tu alcance si luchas al máximo para alcanzarlo, etc. La cultura del esfuerzo, que diría Roig. Ojalá fuera todo tan fácil. No niego que las probabilidades de tener éxito en esta vida (quizá habría que empezar por definir qué es tener éxito) serán mucho mayores cuanto más trabajes para conseguirlo, no lo niego más que nada por la pura coherencia de estar diciéndole a mi hijo que estudie cada dos por tres, no lo niego ni siquiera aunque la realidad de mi país se empeñe en desmentírmelo día tras día. Pero al éxito y al fracaso apenas los separa una finísima línea, cuántos supremos esfuerzos que merecieron triunfar se fueron al limbo, no porque faltara trabajo sino por cualquier otra circunstancia, por no haber sabido estar en el momento justo en el sitio adecuado. Y el mejor ejemplo es el propio Pitino: no creo que su tesón y dedicación fueran menores en Boston de lo que lo fueron en Kentucky, más bien al contrario. ¿El éxito es una elección? De ser así cagarla también sería una elección. Y tan simplista sería lo uno como lo otro.

Pitino quizá comprendió tarde que la NBA no es la NCAA, que a ambas las separan mucho más que un par de siglas. En NCAA puedes valerte de tu prestigio y el de tu universidad para reclutar a los mejores jugadores, en NBA ya puedes hartarte a perder partidos y llevar más papeletas que nadie para que te toque Duncan que si luego va y le toca a San Antonio pues ahí te quedas, a conformarte con las migajas. En NCAA en el mejor de los casos juegas treintaitantos partidos de 40 minutos en cinco meses, en NBA en cinco meses y medio juegas 82 a razón de uno cada dos días, 48 minutos una noche y acaso otra vez a la noche siguiente, si les pones a presionar como en Kentucky les tendrás reventados antes de que llegue marzo, ya de playoffs ni hablemos. En NCAA les dices que presionen, que muerdan y hasta que se tiren por un barranco y te seguirán a pies juntillas, son estudiantes, no cobran un céntimo (más allá de su beca) y respetan el principio de autoridad más que nada porque no les queda más remedio; en NBA como te descuides alguno cobra más que tú (sí, incluso en el caso de Pitino), les pones a presionar e igual alguno te contesta que presione tu padre, y si ello te supone algún problema vámonos a ver al dueño a ver a quién hace caso de los dos. Los entrenadores que han logrado triunfar en NCAA y NBA se pueden contar con los dedos de una mano (y aún sobrarían cuatro dedos), se estampó Pitino como se fueron estampando también en mayor o menor medida Calipari, Carlesimo, Montgomery, Leonard Hamilton, tantos otros, todos aquellos que no se llamen Larry Brown.

Allá por la primavera de 2001 Pitino dio por finalizada su tormentosa relación con la NBA (a la fuerza ahorcan) y se encontró con unas cuantas universidades deseosas de llevársele de nuevo al huerto de la NCAA. Estos días hemos sabido que a punto estuvo de ser Michigan la elegida, precisamente Michigan, los Wolverines que también estaban de capa caída por aquel entonces. Cuentan que fueron los deseos de su señora esposa de volver a vivir en el Estado de Kentucky los que finalmente decantaron la balanza en contra de Michigan y a favor de Louisville. Cuentan además que Pitino era escéptico al respecto, los aficionados de Louisville jamás aceptarán a un entrenador que haya estado en Kentucky; se equivocó: más bien fueron los aficionados de Kentucky los que jamás aceptaron que un ex entrenador suyo (que les había hecho campeones, además), hubiera ido a parar a Louisville, ya una vez les conté cómo le recibieron en el Rupp Arena cuando se presentó allí por primera vez a dirigir las evoluciones del eterno rival.

El resto de la historia ya más o menos se la saben (y todo lo anterior probablemente también). Cuatro años tardó Pitino en convertirse en el primer entrenador en llevar a tres universidades diferentes a la Final Four, finalmente lo logró con aquellos improbables Cardinals liderados por Francisco García y en los que también estaba ya el colombiano Juan Palacios. Algunos tuvimos ya clarísimo entonces (y así lo escribimos, aunque a saber dónde) que más tarde o más temprano Pitino sería también el primer técnico en hacer campeonas a dos universidades diferentes, dicho y hecho, mérito increíble aunque quizá convendría establecer un pequeño matiz: ser campeón con dos universidades diferentes es muy difícil, véase la muestra, pero es todavía más difícil (casi imposible, incluso) si te tiras casi toda la vida en la misma universidad (toma ya perogrullada). Probablemente Krzyzewski, Boeheim o Izzo no lo lograrán jamás como tampoco lo lograron (por ejemplo) Dean Smith, Bobby Knight o John Wooden, y ello no les hace peores entrenadores. En absoluto.

No fue un tránsito fácil el de Pitino en Louisville, no fue un camino de rosas, no vayan a pensar. Primero porque hasta hace un par de años tuvo plantillas buenas o simplemente decentes pero no grandes como ésta de ahora o como las que llegó a manejar en Kentucky. Y segundo porque el éxito podrá ser una elección pero a veces es también un juego de palabras, a veces entre el éxito y el fracaso sólo hay una letra, cambie usted la L por la R y verá lo que sucede. Dado que las vidas privadas siempre me han traído al pairo habré de confesarles mi supino desconocimiento al respecto, y habré de confesarles también que me ha dado una pereza infinita documentarme sobre el tema. Hasta donde alcanzo a recordar (que no es mucho) resultó que Pitino había tenido tiempo atrás eso que nuestras abuelas llamaban un lío de faldas, un desliz, una amiga entrañable si prefieren que utilice una terminología más actual. Resultó que aquello tuvo consecuencias indeseadas (sigamos con los eufemismos), resultó que Pitino lo negó mientras pudo, resultó que años más tarde fue víctima de extorsión y al final no le quedó otra salida que reconocerlo… Todo lo cual me importaría un bledo (¿qué demonios será un bledo?) si no fuera por el pequeño detalle de que el escándalo casi le cuesta el puesto. Claro está, ahora lo fácil sería recurrir a la típica muletilla del puritanismo o la mojigatería yanqui, pero no es eso, o no es sólo eso: en Estados Unidos los técnicos universitarios no son sólo entrenadores, son también (y sobre todo) educadores, al fin y al cabo ejercen su magisterio en una institución educativa y las enseñanzas que transmiten a sus pupilos forman parte de su educación. Por eso se espera que su conducta sea irreprochable, que transmitan valores positivos, que actitudes como el engaño y la mentira no formen parte de su línea de actuación. Finalmente Pitino salvó los muebles, le ayudó a ello su sincero (supongo) acto de contrición, le ayudó también la predisposición de la Universidad a perdonarle dado que a ver dónde iban a encontrar otro entrenador mejor a estas alturas…

Hoy Pitino tiene ya sesenta bien disimulados años aunque le veamos casi la misma cara que hace un cuarto de siglo (milagros de la ciencia), hoy Pitino tiene una inmensa alegría que no le cabe en el cuerpo y que a poco que se descuide le hará saltar las costuras, de hecho durante la celebración tras la Final llegué a preocuparme al respecto. En apenas tres días ganó su segundo título NCAA, fue elevado a los altares del Hall of Fame, vio cómo su caballo (sí, también tiene un caballo) ganaba una de las más importantes carreras previas al afamado Derby de Kentucky y supo finalmente que su hijo Richard se convertía en nuevo entrenador-jefe de los Golden Gophers de Minnesota (curiosamente sustituyendo a quien hace dieciséis años ocupó su puesto en Kentucky, Tubby Smith). Hoy Pitino está ya (aún más si cabe) en el olimpo de los más grandes de este juego, hoy bien podrá reivindicar de nuevo (y a ver quién se atreve a discutírselo ahora) aquello de que el éxito es una elección. Su elección.

Scalabrine Time   Leave a comment

Probablemente se estarán ustedes preguntando (que son ustedes muy de preguntarse cosas) de dónde habrá salido esa foto que se les aparece ante sus ojos cada vez que cometen la imprudencia de entrar en este blog. O puede que en vez de preguntárselo hayan acercado ustedes sus pupilas a la pantalla (me consta que alguno ya lo ha hecho), hayan guiñado los ojos y hayan comprobado (no sin dificultades) que ahí abajo junto a la línea de fondo pueden leerse dos palabras, Southern California. Efectivamente, premio para el caballero (o para la señora, si la hubiere), se trata del Galen Center, cancha en la que acostumbra a jugar sus partidos (buena parte de ellos, al menos) la susodicha Universidad del Sur de California, USC para los amigos, los Trojans ya para los íntimos.

Ahora bien, como son ustedes muy de preguntarse cosas, es posible que también se estén preguntando por qué demonios habré elegido para ilustrar mi zaid Arena precisamente esa arena y no cualquier otra. Buena pregunta. No les voy a engañar (cómo podría…), elegí esa foto básicamente por motivos técnicos, porque así en un primer vistazo no encontré ninguna otra que se adecuara mejor a mis necesidades, así en cuanto a calidad como a estética o a adaptabilidad respecto al tamaño del marco que estos señores de WordPress tienen a bien poner amablemente a mi disposición (y en cualquier caso no se trata de una elección definitiva porque no habrá elecciones definitivas, porque mi idea es que el look se vaya renovando cada cierto tiempo). Pero tampoco les voy a negar que, más allá de motivos técnicos, esta Universidad de Southern California siempre me cayó bien. Es decir, no diré que es mi equipo porque ese honor (en lo que a baloncesto universitario se refiere) se lo tengo reservado a Syracuse, pero sí vendría a formar parte de un selecto y recogido elenco de universidades que me gustan, que me caen mucho mejor que la media y que querré que ganen siempre salvo cuando les toque jugar contra Syracuse: Temple, Creighton, Missouri, Indiana, Colorado, Oregon… y sí, también USC.

Claro que ahora se estarán ustedes preguntando (hay que ver, no paran) de dónde vienen esas simpatías mías por USC. Pues vienen de hace ya más de una década, de tiempos muy anteriores a O.J. Mayo, de tiempos incluso anteriores a Taj Gibson (que ya me gustaba mucho por aquel entonces) y Nick Young. Vienen de un equipo de Southern California que causó sensación a comienzos del presente milenio, llegando a Final Regional y dejando por el camino una estela de excelente baloncesto. El entrenador de aquel equipo era Henry Bibby, el padre de Mike, a día de hoy asistente de Hollins en los Grizzlies. La estrella de aquel equipo era Sam Clancy, poderoso jugador interior que probablemente habría llegado a la NBA de no haberle faltado algún centímetro y que como no creció lo suficiente se vio abocado a peregrinar por otras tierras, mismamente por ésta (Valladolid, Menorca, sin demasiado éxito en ninguno de los dos casos) pero también por Rusia, Israel o Argentina, sobre todo Argentina. El jugón de aquel equipo era un prodigioso saltimbanqui cuyo arrebatado estilo parecía corresponderse perfectamente con las dos primeras sílabas de su apellido a la francesa, Jeff Trepagnier. El alero era un tipo discreto y buen tirador del que jamás se nos hubiera ocurrido imaginar la gran carrera internacional que acabaría haciendo, David Bluthenthal, entonces aún no era israelí (aunque a la vista de su apellido no era difícil suponer que acabaría siéndolo) ni se había recortado aún el nombre para dejárselo en Blu. El base he tenido que buscarlo porque no recordaba cómo se llamaba, Brandon Granville, el típico director de juego enloquecido y tan sobrado de talento como escaso de criterio, de esos que casi siempre acaban siendo más un problema que una solución. Y por último (pero no por ello menos importante, más bien al contrario), el quinto miembro de aquel quinteto era un presunto (muy presunto) pívot, cuyo nombre ya habrán deducido a poco que recuerden el título de este post…

Los narradores pluseros de aquellos veranos (entonces la NCAA sólo se nos aparecía en verano, aunque se hubiera jugado en realidad cinco meses antes) acostumbraban a pronunciárnoslo a la inglesa, algo así como Escálabrain, aún habría de pasar un tiempo para que Daimiel y Montes nos rompieran los esquemas pronunciándolo a la italiana, Escalabrini. Dos pronunciaciones diferentes y un solo jugador verdadero… que parece como si en realidad hubieran sido dos jugadores, también. O dicho de otra manera, mis lejanos recuerdos de aquel que llamábamos Escálabrain nada tienen que ver con mis cercanos recuerdos de aquel a quien aún hoy llamamos Escalabrini. El Brian Scalabrine que yo conocí en aquellos Trojans era un pedazo de jugador (espere, no me insulte aún, no me ponga esa cara, concédame al menos el beneficio de la duda). Atípico, no se lo voy a negar, pero pedazo de jugador al fin y al cabo. Un cuerpo extraño, desgarbado y pelirrojo, que no se restregaba mucho por dentro pero que (por extraño que hoy les pueda parecer) era quien verdaderamente dirigía al equipo desde fuera (desde fuera de la zona, me refiero). Pensarán que he enloquecido (y tal vez tengan razón) pero puedo asegurarles que Scalabrine era la verdadera cabeza pensante de aquel equipo, la única alternativa verdaderamente válida a la jaula de grillos que tenía por cerebro el tal Granville. La imagen que se me quedó grabada, la que más se me viene a la memoria de aquel Scalabrine original es verle distribuyendo el balón una y otra vez en la cabeza de la bombilla cual si de un Pinone cualquiera (aunque suene a herejía) se tratara, puro poste repetidor organizando el juego desde su atalaya. Recuerdo que pensé entonces que un tipo así tendría muy difícil encaje en la NBA, por una mera cuestión de músculo, pero que podría ganarse muy bien la vida y hasta marcar una época en el baloncesto europeo (otra vez a la manera de Pinone), por una mera cuestión de inteligencia. Hoy sigo pensándolo, aunque todo haya sucedido justo al contrario de lo que pensé.

A veces en la vida tienes que escoger entre ser cabeza de ratón o cola de león, como si dijéramos. Entre ser un jugador importante en una liga menor (para los americanos -de USA- toda liga profesional que no se llame NBA es una liga menor) o ser un mero calientabanquillos en la mejor liga del mundo. No pretendo juzgarle, líbreme el cielo, primero porque no soy quién para juzgar a nadie y segundo porque en realidad no sé qué clase de ofertas tuvo de Europa, si es que las tuvo. Ahora podría venir yo muy digno y decir que cuánto mejor que me pagaran por trabajar en Turquía a que me pagaran por no dar un palo al agua en Massachussets, podría decirlo y sonaría de lo más profesional y me quedaría tan ancho, aunque a decir verdad no sé si estaría siendo muy sincero con semejante afirmación. Muchos norteamericanos se ganan la vida en Europa por no tener ofertas de USA, o porque las ofertas que tienen de Europa superan con creces a las que puedan tener de USA. No parece que ese fuera nunca el caso de Scalabrine, a él nunca le faltaron las ofertas, a las pruebas me remito. Dije en el párrafo anterior (y ustedes me pusieron cara rara, no me lo nieguen) que en sus años mozos era un jugador extremadamente inteligente. Hoy parece evidente que fuera de la cancha lo fue también durante toda su carrera. Pocos jugadores habrán optimizado más sus ingresos, pocos habrán obtenido tanto beneficio por tan poco esfuerzo, muy pocos deportistas profesionales tendrán un ratio dinero ganado/minutos efectivamente disputados superior al suyo, ríase usted de aquel Jim McIlvaine. Que se lo ha llevado muerto, pues sí, qué duda cabe, pero eso en ningún caso será culpa suya, de ser culpa de alguien lo será de quien se lo pagó.

Eso sí, reconoceremos que él aceptó gustoso un papel que a algunos desde la distancia nos produce un poco de vergüenza ajena, el de mascota virtual. Es un papel que suele darse en algunas franquicias NBA, que tienen mascotas reales (todo lo real que pueda ser un muñeco) pero que a veces tienen también mascotas virtuales: dícese de aquellos jugadores generalmente blancos, grandes, poco agraciados físicamente y con pinta de no estar muy dotados para este juego, y que por lo general ocupan el fondo del banquillo y sólo juegan los minutos de la basura en el mejor de los casos. En Europa ese papel suele estar reservado a jóvenes promesas y cubrecupos varios (esa sería otra historia, que deberá ser contada en otra ocasión) pero en USA no necesariamente, en USA puede serlo cualquiera aunque tenga ya treintaitantos años, basta con que cumpla las condiciones anteriormente descritas, recuerden por ejemplo a aquel Pat Burke que tuvo cierto éxito en Baskonia y Madrid, cómo ejerció después de mascota virtual en Phoenix: saltaba a la cancha con el partido resuelto y era como si de repente aquello dejara de ser baloncesto para convertirse en circo, el numerito de la risa, el bombero torero y sus enanitos rejoneadores, algo así: la gente (la poca que aún quedaba) entraba en trance, dásela, dásela, aún no había hecho nada con ella y ya se le descojonaban, tira, tira, si la metía montaban una fiesta, si la fallaba la montaban más todavía, si tenía la mala suerte de que le saliera un airball ya era casi un orgasmo general. Scalabrine tuvo al menos una ventaja sobre Burke y sobre tantos otros como Burke, él casi siempre la metía. Y además supo siempre adaptarse perfectamente a esa situación, asumir con dignidad el papel de White Mamba, no mostrarse jamás incómodo sino integrarse perfectamente como una parte más (la más fundamental, de hecho) del chou. Inteligencia, ya se lo dije.

Hace algunos meses anunció públicamente su retirada y no hará falta que les recuerde que dicha noticia provocó de inmediato toda clase de risas y chanzas en Internet, hay que ver, qué terrible pérdida para la Liga, la NBA ya nunca volverá a ser lo mismo, cosas así; y no digamos ya cuando pocas semanas después anunció (o acaso lo soñé) que declinaba la generosa oferta de los Bulls para entrar a formar parte de su staff técnico porque su verdadera intención era emprender una (esperemos) brillante carrera como analista baloncestero televisivo. Más chanzas y más risas, quizá ignorando que él, precisamente por su bien amueblada cabeza y (sobre todo) por su privilegiada posición en primera fila durante todos estos años, puede que sea de las personas más indicadas para desempeñar esa función. Nadie vio tanto baloncesto tan de cerca, nadie conoce mejor que él la perspectiva desde el banquillo porque nadie chupó más banquillo. Nadie en estos últimos años encarna mejor ese mítico concepto yanqui del agitatoallas que Brian Scalabrine.

Y si no, que se lo pregunten (por ejemplo) a Rasheed Wallace, que hace algunas semanas fue rescatado de su retiro por los Knicks para integrarlo en el geriátrico que han montado en el Madison (y que tan bien les está funcionando, por cierto); y que cuando fue interpelado por los periodistas neoyorquinos sobre cuál habría de ser su papel en la franquicia, dijo abiertamente que él no tendría ningún reparo en asumir el rol de Scalabrine. Es más, añadió con esa impagable lengua que tantos disgustos le ha dado, ¡voy a ser el Scalabrine de los Knicks! (o eso creía él, porque a día de hoy está jugando bastantes más minutos de los que esperaba). Es decir, de alguna manera Scalabrine ha dejado de ser un jugador para convertirse en un símbolo, a este paso llegará el día en que a los minutos de la basura ya no los llamen garbage time sino Scalabrine Time. Reconozcámoslo, Scalabrine pasará a la historia como Escalabrini pero a algunos (muy pocos, lo reconozco) siempre nos quedará Escálabrain. Un poco como el recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue, o no quiso (no necesitó) ser.

A %d blogueros les gusta esto: