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la cenicienta que dejó de serlo   3 comments

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 25 de enero de 2013)

Hubo un tiempo en el que la palabra Gonzaga sólo nos sonaba a santoral, generalmente con un sanlúis delante. Hubo un tiempo en el que casi nadie sabía si aquel jugador elegido con el número 16 del draft de 1984 era Stockton de la Universidad de Gonzaga o Gonzaga de la Universidad de Stockton. Hubo un tiempo en el que daba igual la temporada que hubiera hecho Gonzaga, daban igual las victorias que hubiera conseguido ante rivales de cierto nivel porque llegaba el Torneo y sistemáticamente me la plantaban en el puesto 10 u 11 de su Región; como daban igual las victorias que consiguiera luego, daba igual que pasara dos o tres rondas, daba igual que al año siguiente continuara ganando porque en llegando marzo más de lo mismo, si antes fuiste 10 u 11 ahora te pondremos 8 ó 9 pero más arriba no, cenicienta eres y cenicienta seguirás siendo toda tu vida que aquí no hay príncipes ni hadas madrinas ni carrozas que antes fueran calabazas, ni siquiera zapatitos de cristal… ¿o tal vez sí?

Recuerdos de un pasado que ya nunca más ha de volver, que decía la copla. Gonzaga sigue siendo una Universidad pequeña, sita en una localidad no demasiado grande (Spokane, estado de Washington, esquina noroeste del mapa) e integrada en una conferencia tirando a mediana, la West Coast Conference (WCC para los amigos), una de esas que allí llaman mid-majors. Y sin embargo hace ya algún tiempo que Gonzaga dejó de ejercer de cenicienta, hace ya unos cuantos años (quizá desde que Mark Few se hizo cargo del equipo, casualmente) que se convirtió en referencia indispensable en este baloncesto: podrá tener equipos mejores o peores pero siempre merece ser tenida en cuenta. Cierto es que aún se les resiste la Final Four (y bien cerca que estuvieron, y aún nos duelen casi como si fueran nuestras aquellas lágrimas desoladas de Adam Morrison contra el parquet) pero es sólo cuestión de tiempo, no les quepa la menor duda de que caerá cualquier año de éstos, quién sabe si este mismo incluso. ¿Difícil? Por supuesto, que la competencia va a ser brutal. ¿Imposible? En absoluto.

Ahora bien, ¿qué tienen a día de hoy estos Zags (también llamados Bulldogs) para ser merecedores de semejante consideración? Empecemos por el principio, es decir, ese señor que juega de base, viene del otro lado de la frontera (que pilla a apenas dos pasos de Spokane como si dijéramos), es sophomore y se llama Kevin Pangos. Vi jugar por primera vez a Pangos en noviembre de 2011, en el que era tan solo su segundo partido (no sé si incluso el primero oficial) con esa Universidad; en semejantes circunstancias quizás habría cabido esperar que el chaval se cortara, ya saben, el típico freshman apocado y prudente, pendiente sólo de ejecutar al pie de la letra las órdenes de su entrenador… Y una leche: aquella noche ante Washington State Pangos metió nueve triples, nueve. Y no vayan a pensar que se tiró hasta las zapatillas (tampoco se lo habrían consentido), debió hacer 9 de 12 ó 9 de 13, algo así. Claro está, ante semejante exhibición cabían básicamente dos posibilidades, pensar que estábamos ante un megacrack que haría tambalearse los mismísimos cimientos de este deporte en años venideros o pensar que estábamos ante un mero espejismo. Pues ni tanto ni tan calvo, que decía mi abuela: Pangos no ha repetido ni de lejos aquel portento (que yo sepa) pero ello no quita para que sea un magnífico base; que tiene como principal virtud el tiro exterior (quizás esto ya se lo habrían imaginado) pero que ha mejorado también su pase (el cómo y el cuándo), que se nos está convirtiendo en un gran director de juego y aún más habrá de convertírsenos en años venideros siempre y cuando no le dé por escuchar los cantos de sirena de la NBA (que no debería, pero vaya usted a saber). En cualquier caso un dignísimo sucesor de esa estirpe de bases gonzaguianos que se remonta por supuesto hasta el mismísimo John Stockton pero que en los últimos tiempos nos ha dejado a tipos como Matt Santangelo, Dan Dickau, Blake Stepp, Derek Raivio o Jeremy Pargo entre otros.

Y cómo no, un candidato claro (otro más) a llevar la batuta de esa hipotética selección de Canadá que debería epatarnos en unos cuantos años siempre y cuando todos esos compatriotas suyos que están ya triunfando en NCAA (y los que aún vendrán) logren ponerse de acuerdo algún día para jugar juntos, que esa es otra. Aquí mismo tenemos a otro más (que ya les dije que la frontera pilla cerca), una gratísima sorpresa llamada Kelly Olynyk. Hace unos meses no parecía que tuviera tanto baloncesto ni de lejos pero ya saben que a veces pasan estas cosas: el hoy laker Robert Sacre (también canadiense, para variar) se graduó y a partir de ahí Olynyk debió ver el cielo abierto, de tal manera que hoy ya no sabemos si fue antes el huevo o la gallina: si juega tan bien porque ha ganado en minutos y confianza o si ha ganado en minutos y confianza porque juega bien. Sea por lo que fuere se ha convertido en la principal referencia interior de estos Bulldogs (también llamados Zags), un cuatro y medio con fundamentos (sobre todo de cara al aro) más que decentes. Ténganlo muy en cuenta.

El principal socio exterior de Pangos se llama Gary Bell Jr. y es otro consumado triplista, a la par que sumamente capaz de llevar también la batuta cuando es preciso. Y el principal socio interior de Olynyk se llama Elias Harris y es muy probable que ese nombre no les resulte del todo desconocido, incluso aunque no sigan para nada la NCAA, ya que nació a orillas de Rhin, en Speyer (o Espira, en absurda traducción al castellano), Renania-Palatinado, razón por la cual le hemos visto ya unas cuantas veces a la vera de Nowitzki defendiendo los colores de la selección alemana absoluta. Nos lo venden como ala-pívot (que es el papel que está debiendo desempeñar en Gonzaga en estos días, un poco por necesidades del guión) si bien yo le veo más bien como alero raso. En cualquier caso un jugador completísimo, de esos a quienes puedes pedir que te hagan de todo y casi todo lo hacen bien, o decentemente al menos. Otro de los secretos de la buena marcha de estos Zags.

El quinto puesto de titular acostumbra a ser el del machaka (figura cada vez más consolidada en NBA pero que también podemos encontrar a menudo en NCAA, con más razón ya que la calidad media es menor), para el que se turnan Mike Hart y el mucho más discreto Guy Landry-Edi, costamarfileño por más señas. Y no se me pierdan tampoco a lo que emerge del banquillo por la parte de dentro, con mención especial para el magnífico cuatro Sam Dower y para un fornido mocetón de aproximadamente 216 centímetros de longitud que responde al bello a la par que impronunciable nombre de Przemek Karnowski, nativo de Polonia como usted con su sagacidad habitual ya habrá sido capaz de deducir (ya ven que se trata de un equipo muy internacional). Freshman todavía, recién aterrizado como si dijéramos, por ahora lo mejor que se puede decir de él es que se trata de un jugador de infinitas posibilidades. Tiempo al tiempo.

Y por supuesto, jamás podría yo acabar un artículo sobre Gonzaga sin hablarles del base suplente de Gonzaga, David Stockton, cómo no, de los Stockton de toda la vida. David Stockton tiene básicamente dos problemas: 1) el peso de ese apellido sobre sus hombros, que hace que consantemente le estemos comparando con su (incomparable, por definición) progenitor; y 2) Kevin Pangos, cuya calidad (y acaso también la de Bell) le impide jugar más minutos de los que acaso deberían corresponderle. Ahora bien, entre aquel tímido (en su manera de jugar, me refiero, que en otras cosas no me consta) David Stockton que conocimos en su año freshman y este otro que conocemos en su año júnior hay una gran diferencia: no es que sea precisamente un descarado ni va a a serlo nunca, pero a poco que se suelta el pelo emergen esos grandes fundamentos y esa visión de juego (de tal palo…) que parece reservar sólo para paladares exquisitos. Desengañémonos, no va a parecerse nunca a su padre (¿ven lo que les decía de las comparaciones?), ni de lejos… pero creo sinceramente que (en contra de lo que pensé de él en su primer año) podría ganarse muy bien la vida con esto (ya otra cosa será que quiera, o que lo necesite). Aún le quedará esa cuarta temporada, que bien podría ser la de su definitiva explosión… sobre todo si se va Pangos. Veremos.

Dicho todo lo cual, habré de reconocerles que ésta no es precisamente la mejor semana para hablar de Gonzaga, que llevaba un chorro impoluto de victorias consecutivas hasta que se presentó este sábado en el maravilloso Hinkle Fieldhouse de Indianapolis para rendir visita a otra (ex) cenicienta que dejó de serlo, los (también) Bulldogs de Butler. ¿Cómo se lo explicaría? Partidazo de poder a poder (toma tópico), baloncesto del bueno, últimos instantes alucinantes y en éstas que nos encontramos a 3 segundos para el final con el partido casi ganado para Gonzaga, un punto arriba y posesión, a Butler sólo le quedaba hacer falta, forzar tiros libres e intentar montar luego un ataque imposible en apenas dos segundos desde su propia línea de fondo (que aquí no se puede sacar de medio campo, ni aún con tiempo muerto siquiera)… o eso creíamos todos: saca Stockton, se la va a dar a Olynyk pero Roosevelt Jones que se anticipa, que se la lleva, que se levanta a cuatro metros del aro literalmente sobre la bocina (tan literalmente que hubo casi que mirarlo con lupa para determinar la validez de la canasta…) Butler es el clutch team, el equipo bocina, si antes se decía que el último tiempo muerto siempre es de Dean Smith ahora habrá que empezar a decir que el último segundo siempre es de Brad Stevens. Sospecho que a estas alturas David Stockton todavía no se habrá recuperado del disgusto.

colorín colorado, este cuento no se ha acabado; Gonzaga ya no ejerce de cenicienta pero aún está a la espera de que el príncipe se deje de tonterías y se la acabe llevando al huerto, metáfora tan absurda como cualquier otra para referirme a la Final Four pero qué quieren, a estas alturas ya no doy más de sí. No tiene por qué ser este año (aunque tampoco sería tan extraño si así fuera) pero no duden que tarde o temprano serán felices y comerán perdices a poco que se sigan haciendo bien las cosas en esa esquina del mapa llamada Spokane. Al tiempo.

esto es Indiana   1 comment

(publicado originalmente en fiebrebaloncesto.com el 23 de diciembre de 2012)

Sábado 15 de diciembre. A las 14:00 horas, hora local, comienza un derby más, uno de tantos como pueblan la NCAA en estos dos primeros meses de Non-conference. ¿Un derby más, dije? Mentira. Mentira porque allí jamás utilizarían la palabra derby, eso es cosa nuestra, vicios futboleros de este viejo continente. Pero mentira también, sobre todo, porque un derby del Estado de Indiana nunca puede ser un derby más. Y eso que no es el único, de hecho en esos mismos días se disputará también un Notre Dame-Purdue, pero sí es sin duda el más especial: de un lado los Hoosiers de Indiana, universidad grande con un montón de historia a sus espaldas, venida a menos en estos últimos tiempos y que este año por fin parece estar en disposición de recuperar su antiguo esplendor; del otro los Bulldogs de Butler, universidad pequeña con mucha menos historia (en términos de baloncesto) a sus espaldas pero que lleva ahora unas cuantas temporadas realmente extraordinarias. Escenario de lujo, Fieldhouse de Indianápolis, territorio más o menos neutral: los Hossiers son más pero vienen de más lejos, concretamente de Bloomington; los Bulldogs son menos pero viven en la propia Indianapolis por lo que el chou les queda casi al lado de casa. Todo preparado, ambiente de gala, Hoosiers de blanco, Bulldogs de azul marino (casi negro), cheerleaders en sus puestos, vamos allá.

Indiana llega invicta, indiscutible número 1 de la nación, presta y dispuesta a hacer valer su fondo de armario: el freshman Kevin Yogi Ferrell (no confundir con aquel otro Yogui nuestro) parte y reparte desde el base, a su lado Jordan Hulls las enchufa de fuera en cuanto le dejan (y aunque no le dejen), Victor Oladipo salta y brinca (como si se hubiera tragado un muelle, oigan) y corre y vuela y contagia su energía al conjunto, Christian Watford sienta cátedra desde el cuatro (abierto) y Cody Zeller (de los Zeller de toda la vida) es la joya de la corona, el cénter que todo equipo universitario (y alguno de NBA) quisiera tener. Desde el banco emerge Sheehey en plan pegamento, emerge muy puntualmente Maurice Creek, emerge Abell (pronúnciese éibol) y emerge otro freshman que responde al bello nombre de Hanner Mosquera-Perea y al que hasta ahora no habíamos visto el pelo no porque no lo tuviera sino porque estaba sometido a una de esas investigaciones que de vez en cuando hace la NCAA, no fuera a ser que alguien algún día le pagara las chuches. La suma de todo ello nos da un equipo que mantiene a los aficionados de Bloomington en perpetua efervescencia, al fin y al cabo no se han visto en otra desde que fueron campeones hace ya un cuarto de siglo todavía a la vera de Bobby Knight, vale que hace diez años fueran finalistas pero aquello no tuvo nada que ver, aquello no se lo esperaban ni ellos mismos, este año en cambio están que se salen, este año sí

Pues tal vez (y ojalá que así fuera), pero la travesía será larga y dura y las sorpresas pueden aparecer cuando menos te lo esperas. Hoy mismo (es decir, aquel 15 de diciembre), por ejemplo: desde el primer momento manda Indiana pero desde ese mismo primer momento transmite la sensación de que no está tan cómoda como le gustaría. Nada que ver con el anterior partido que les vi, en su mágico feudo de Bloomington ante los Tar Heels de North Carolina: aquel día ganaron por aplastamiento con un juego vertiginoso e hipnótico que puso casi en trance a sus rivales, a sus buenas gentes del Assembly Hall e incluso a quienes lo vimos en el ordenador casi un día después. Hoy no, hoy juegan bien pero no acaban de jugar a su manera, no acaban de poner su ritmo. Hoy está enfrente Butler, la modesta Butler, la tela de araña de Butler. El baloncesto como siempre pensamos que debía ser jugado, que es una frase que siempre se me viene a la cabeza cuando escribo sobre Butler. Por algo será.

Butler podrá gustar más o menos, podrán salirle las cosas mejor o peor pero siempre hace lo correcto. Butler, tras aquella horripilante final de 2011 (recordemos, perdieron 53-41 ante UConn) fue denostadísima, linchada casi en la plaza pública por todos aquellos que sólo acostumbran a ver un partido de baloncesto universitario al año. Echaron pestes del baloncesto de Butler como si fuera el Limoges de los noventa, como si fuera un anatema que hubiera que combatir sin reparar en que Butler era mucho más (y mucho mejor) que aquella escopeta de feria. Butler siempre hace las cosas con proverbial inteligencia, Butler mueve y mueve hasta encontrar una buena posición de tiro (ya otra historia es que luego entren o no, como en aquella aciaga final) lo cual a menudo implica posesiones largas pero no necesariamente,  también a veces tiran a los diez segundos cuando se presenta la ocasión como tampoco renuncian a un buen contraataque desde una buena defensa. Pero claro, denostar es fácil, a nadie pareció importarle que aquel equipo de Butler fuera acaso peor que el que ya desde su inmensa modestia había alcanzado la final de 2010, nadie pareció tener tampoco la más mínima curiosidad por ver cómo habían llegado hasta allí, cómo (por ejemplo) habían eliminado en tercera ronda a Pittsburgh un par de semanas antes en uno de los finales más emocionantes que se recuerdan. Ya está, la etiqueta puesta, anatemizamos a Butler y ya de paso a toda la NCAA (qué daño hizo aquella final, con lo bueno que había sido todo lo anterior), no vaya a ser que se resienta nuestra NBA. En fin.

Les decía yo (antes de irme del tema) que Indiana no estaba a gusto y el mejor reflejo de ello fuera tal vez un Cody Zeller sacado permanentemente de punto y de posición por los jugadores interiores de Butler, tipos como Andrew Smith y Roosevelt Jones más Erik Fromm (que tiene nombre de legendario psicoanalista, por cierto) desde el banquillo, que ni de coña llegarán en un futuro a lo que llegue Zeller ni ganarán la centésima parte del dinero que éste gane pero que saben perfectamente cómo buscarle las cosquillas: con intensidad, con colocación, también con la impagable ayuda del magnífico alero Khyle Marshall. Claro está, tal exceso lo pagarán en faltas, llegarán cargadísimos a los últimos minutos y el gran Brad Stevens (principal “”””culpable””””, con infinitas comillas, de todo lo bueno que dije de Butler en el párrafo anterior) habrá de hacer orfebrería fina para mantener vivo hasta el final su juego interior. Pero entretanto llega ese final Indiana sigue ganando, viviendo de las asistencias de Ferrell (que no puede correr tanto como le gustaría), de la muñeca de Hulls y Sheehey y (sobre todo) de la explosividad de Oladipo robando balones y atacando el aro como si se lo fuera a comer, no descarten que algún día se lo coma incluso literalmente. De hecho en un momento dado le vemos volar por los aires para salvar un balón que se iba fuera, le vemos caer inevitablemente sobre la mesa de anotadores… de pie, cae de pie el tío y ya que estaba allí se pone a correr sobre la mesa como si tal cosa, dos o tres pasos tratando de reequilibrarse pero sin dejar por ello de seguir la jugada para luego ya finalmente apearse y reintegrarse al juego como si no hubiera pasado nada. Un caso el amigo Oladipo.

Y en éstas que nos acercamos a los últimos minutos y vemos que poco a poco, sutilmente, las cosas empiezan a cambiar. Brad Stevens no sabrá quién es Manel Comas ni habrá oído jamás hablar de la táctica del conejo pero créanme que no habrá otro equipo en el mundo que la interprete tan fielmente como estos Bulldogs maestros en el noble arte de ir de tapados, 35 minutos a remolque sin adelantarse ni despegarse para luego a falta de cinco minutos meter otra marcha más cuando el contrario ya no se la espera. Hoy lo volverán a hacer, como ante Syracuse en el Torneo Final de 2010, como tantas otras veces. A falta de ocho minutos y pico ganaba Indiana 57-50, a falta de casi cinco ya gana Butler 59-66. Para explicarlo, quizá nada mejor que presentarles de una vez (que ya tocaba) a la principal estrella de estos Bulldogs…

Rotnei Clarke es sénior pero éste es su primer año en Butler, por contradictorio que en un principio pueda parecer. Rotnei Clarke gastó sus tres primeras temporadas universitarias siendo un anotador de referencia en los Razorbacks de Arkansas pero algo allí debió romperse en el verano de 2011, no sé si la llegada de Mike Anderson pudo tener alguna relación. Solicitó el transfer y pareció que iría a los Sooners de su Oklahoma natal pero finalmente (y contra todo pronóstico) se decantó por Butler, otro éxito más que atribuirle a Brad Stevens. Cumplido su año de red shirt aquí le tenemos ya, y no les voy a mentir si les digo que la primera vez que le vi me provocó sensaciones contradictorias. Buen director, extraordinario tirador y con arrolladora personalidad para jugársela y meterla desde cualquier sitio y en cualquier momento, pongamos por ejemplo sobre la bocina como en aquel partido del Maui Invitational ante Marquette. Pero como que me pareció aquel día que se jugaba demasiados tiros, que no pegaba en Butler un tío tan chupón… Nada que Stevens no pudiera arreglar. Hoy Clarke ya no abusa, hoy Clarke no está especialmente afortunado pero no se tira nada que no deba tirar. Y ojo también a sus cómplices exteriores, con mención especial al freshman Kellen Dunham (otra muñeca prodigiosa), a Alex Barlow (del que volveremos a hablar) y al eterno chico para todo Chase Stigall.

Total, que habíamos dejado a Butler ganando de 7 a poco más de 4 minutos, tónica que se irá manteniendo hasta casi el final. Butler mandando, Indiana resistiendo a duras penas pero aún sin recuperarse de la sorpresa, aún sin entender qué hace por detrás ante la modesta Butler siendo como es el número 1 de la nación. A falta de 35 segundos Butler gana de 5 y la suerte parece echada. Sólo lo parece. Una bandeja de Ferrell, un robo y posterior canasta de Oladipo y a 23 segundos para el final Butler ya sólo gana de 1. Dos tiros libres después, Butler otra vez 3 arriba, la bola para Yogi Ferrell que andaba pesaroso tras una absurda pérdida pocos segundos antes, pero que con un descaro impropio de su condición de freshman no sólo se rehace sino que en vez de pasarla decide esta vez levantarse y (por supuesto) la clava. Quedan aún 6 segundos pero el triple postrero de Barlow ya no va a cambiar nada. Empate a 76. Prórroga. Quién nos lo iba a decir.

Quién se lo iba a decir a Butler, sobre todo, tras haber tenido la victoria en la punta de los dedos y haberla dejado escapar. Los Bulldogs entran en la prórroga como derrotados mientras los Hoosiers lo hacen literalmente eufóricos tras haber levantado un partido que apenas unos instantes antes jamás pensaron que pudieran levantar. Todos sabemos que en estas circunstancias el factor psicológico es clave, y por si aún nos quedaba alguna duda nos bastará con ver cómo empiezan a desarrollarse los acontecimientos: Indiana por delante, Indiana 4 arriba a falta de minuto y medio para el final, Butler parece estar muerto…

No estaba muerto (estaba de parranda), que Brad Stevens no entiende de factores psicológicos o acaso sí, pero precisamente para contrarrestarlos: triple de Clarke, robo y triple de Barlow y a falta de 50 segundos Butler gana otra vez de 2, Butler es de esos equipos a los que nunca terminas de ganar. Posesión para Indiana, Hulls falla, salvan el rebote, nueva posesión, finalmente Zeller empata a falta de 19 segundos. Podemos relamernos pensando en otra prórroga pero 19 segundos en manos de Butler son muchos segundos. Balón a Barlow que no encontrando pase decide irse hacia el aro, se lleva puesto a Hulls, finalmente se para, se inventa un reverso y se saca un tirito bombeado a apenas dos metros del aro. Absolutely unbelievable, exclaman los comentaristas de la CBS todavía alucinados tras ver deslizarse finalmente ese balón por el aro. Quedan aún dos segundos pero el intento desesperado de Hulls desde media pista ya no va a ninguna parte, 86-88, entre los Bulldogs se desata la locura, de entre los Hoosiers aún veremos escaparse alguna lágrima. Acaban de perder su imbatibilidad, acaban de perder su preciado número 1 de la nación y lo que probablemente más les duela, acaban de perder un partido que en ese Estado es mucho más que un partido, un partido que creyeron ganado ante un rival con el que jamás pensaron que pudieran perder.

Y es entonces, tras haber disfrutado de este PARTIDAZO con mayúsculas, uno de esos que harían afición incluso entre aquellos que jamás oyeron hablar de NCAA, es justo entonces cuando una vez más se nos viene a la cabeza aquella frase que un día inventaron (supongo) los Pacers como mero reclamo publicitario pero que es mucho más cierta que la mayoría de los reclamos publicitarios. ¿Recuerdan? En los otros 49 estados es sólo baloncesto, pero esto, señores… Esto es Indiana. Ojalá nunca deje de serlo.

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