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SI YO FUERA MADRIDISTA   6 comments

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Reconozco que a veces me gustaría ser madridista. No, no digo madridista normal (madridista humano, lo llamaremos de aquí en adelante), de esos que se alegran con sus victorias y se entristecen con sus derrotas (que eso al fin y al cabo está al alcance de cualquiera, quien más quien menos puede serlo alguna vez en la vida) sino madridista-madridista. Madridista ultramontano, madridista recalcitrante, madridista de los del o-estás-conmigo-o-estás-contra-mí, madridista de esos que no entienden el deporte como una competición sino como una guerra, que no creen tener vida más allá de la de su propio equipo, que no ven más que conspiraciones a su paso, que no tienen rivales sino enemigos. Me gustaría serlo alguna vez, siquiera fuera por cinco minutos (más tampoco aguantaría), para intentar así entender su proceso de pensamiento. Sólo para saber qué se siente.

Me dirán con razón que de esos hay en todos los equipos. Por supuesto que sí, en el mío, en el suyo y en el de cualquiera, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Pero en el caso del madridismo existen últimamente un par de factores (llamémoslos así) diferenciales que hacen de lo ultramontano algo no tanto ocasional como cotidiano, no tanto excepción como regla. Algo que deja de ser la actitud de unos pocos energúmenos para acabar generalizándose a buena parte de su población, como si fuera lo más natural del mundo; y convirtiendo de paso en sospechosos a todos aquellos que no comulgan con esa misma opinión.

El primero es el factor Mou. Sí, Mou, a estas alturas. Hay un antes y un después de la llegada de Mourinho al banquillo futbolero del Real Madrid, un antes y un después en la forma de entender el deporte y hasta en la forma de entender la vida. Mou instauró el vale todo, de tal manera que aquello que no se ganaba por lo civil podía también ganarse (y aún mejor si cabe) por lo criminal.Jose-Mourinho-Real-Madrid No sé quién dijo que el fútbol es la continuación de la guerra por otros medios, pero Mou consiguió darle la vuelta al aforismo; la guerra sería la continuación del fútbol por otros medios, la verdadera batalla comenzaría una vez sonara el pitido final: un falso testimonio, un amedrentamiento mafioso, un complot judeo-masónico, una omertá, un villarato, un dedo en el ojo, lo que fuera. Cuando casi al día siguiente de que lo hincara se le recibió con aquella explícita pancarta, tu dedo nos señala el camino, supimos que el mal ya estaba hecho (en el supuesto de que no lo supiéramos ya de antemano): la filosofía ultra había trascendido, había dejado de ser patrimonio de unos pocos cafres para convertirse en moneda de uso común. Y pobre del que discrepara y no acatara aquel nuevo matonismo oficial, ese ya no era madridista sino pseudomadridista (crimen nefando donde los haya), quién mejor que el propio Mourinho para encargarse de distribuir los carnets. Es curioso: con Mourinho el fútbol del Madrid no ganó casi nada, desde que se fue llevan ya tres Champions… y sin embargo aún hoy no faltan (más bien sobran) los que recuerdan aquella etapa con nostalgia, los que siguen echándolo de menos, los que a pesar de los resultados aún darían cualquier cosa para volver a tenerlo de entrenador del Madrid.

Y el segundo factor es el que yo llamo factor umbilical. El madridismo tiene cierta propensión a considerarse el ombligo del mundo, el primer club del universo, el eje central a cuyo alrededor giran todos los demás. Un lugar en el que la victoria no es satisfacción sino obligación, en el que los títulos no representan una alegría sino un alivio, esto no es que lo diga yo sino que lo dijo en cierta ocasión su propio entrenador de baloncesto. Un ente cuya desmesura hace que casi nos parezcan normales cosas tales como ir a pagar presuntamente por un único jugador ciento ochenta millones de euros (repito, 180.000.000 €), afortunadamente ya hemos perdido la insana costumbre de traducirlo todo a pesetas pero si aún la conserváramos nos saldrían treinta mil millones de las susodichas (repito, 30.000.000.000 pts.). Lo normal, una fruslería, lo que usted o yo nos gastaríamos en desayunar una mañana cualquiera. La grandeza es lo que tiene.

Anda crecido el madridismo en estos tiempos (aún más que de costumbre). Porque puede, dirán ustedes, una vez más con razón. El haber ganado consecutivamente sus dos últimas Champions bien lo merece, otra cosa ya es la manera que cada uno tenga de (digámoslo así) disfrutarlo. El madridismo humano se limita a ser feliz, en cambio el madridismo ultramontano se recrea en echárselo en cara a casi todos los demás: no ya a los de su eterno rival, que eso hasta tendría un pasar; no ya a los aficionados de equipos modestos (equipos perdedores, dirían ellos), que eso tiene delito pero lo aguantamos con paciencia y resignación; incluso a sus congéneres: incluso a esos (pseudo)madridistas (humanos) cuya entrega a la causa del (verdadero) madridismo al parecer no alcanza el nivel suficiente para ser considerados (verdaderos) madridistas. Por ellos mismos, claro está.

Les pondré un ejemplo: apenas habían pasado un par de días de su última Champions cuando saltó ante mis ojos un hilo (los designios de Twitter son inescrutables) verdaderamente estremecedor: una leyenda del Madrid había osado desear suerte a un jugador en activo del Madrid que lo dejaba para irse a otro equipo, lo cual dicho así suena de lo más normal (y para no crear adivinanzas innecesarias, aclararé que el futbolista en cuestión se llama Pepe, y que la leyenda en cuestión se llama Manolo Sanchís).sanchiscope Bien, pues la catarata de insultos que hube de leer a continuación como respuesta a dicho tuit me dejó preguntándome en qué mundo estaba, si éste es el que me ha tocado vivir párenlo por favor que yo me bajo. Pepe al parecer era un traidor (¿?) pero eso ya era lo de menos, lo verdaderamente grave era que Sanchís le deseara suerte, como si la mereciera: créanme que lo más suave que le llamaban a Sanchís era hijodeputa, a partir de ahí imaginen todo lo más bajo que puedan imaginar. A Sanchís, que creo yo que pocos habrá por ahí que paseen con tanto y tan indisimulado orgullo su madridismo. Y sin embargo para ellos no era ya que fuera pseudomadridista sino que había pasado directamente a ser antimadridista, con dos cojones. Tanto más por trabajar y expresar sus opiniones en un medio tan evidentemente antimadridista (según ellos) como la Cope, que esto ya sí que terminó de romperme por completo los esquemas. Miren que trabajo poco la Cope, pero alguna que otra vez me dejo caer por el Tiempo de Juego de Paco González y llamar a eso antimadridismo vendría a ser casi como llamar anticlerical al Papa de Roma poco más o menos. Si un medio así es antimadridista no sé qué requisitos habrás de tener para ser considerado madridista. Vamos, que ni Real Madrid TV.

Delirios de futboleros enajenados, pensé yo y me olvidé por completo del tema, afortunadamente en nuestro baloncesto estas cosas no pasan… o eso quisiéramos. Este virus ultramontano es capaz de extenderse a ámbitos hasta los que jamás pensamos que se extendería. Hasta al hecho de que un jugador, que dejó la sección de baloncesto del Madrid hace más de un año, pueda ser considerado ahora traidor por pasar de los Sixers de Philadelphia al CSKA de Moscú. Repito (no porque no lo sepan, sino para que quede aún más remarcada la absurdez del caso): de los Sixers de Philadelphia al CSKA de Moscú.

Abundaré una vez más en el periplo de Sergio Rodríguez (párrafo prescindible, porque ya numerosos comunicadores lo han contado con mucha más habilidad que yo): Sergio Rodríguez se fue hace un año a Philadelphia por dos razones: porque le pagaban un pastón y porque le daban la oportunidad de retomar su sueño interruptus NBA.chachosixers Se dejó buena parte de la nómina de los Sixers en pagar hasta el último céntimo de su cláusula como no podía ser de otra manera, se curró su temporada, le salió regular y al acabar se sentó a esperar, a ver qué otra franquicia decidía apostar en firme (contrato garantizado por tres años, a ser posible) por él. Hasta que acabó asumiendo que su sueño bien podría seguir siendo la NBA pero el sueño de la NBA no parecía ser precisamente Sergio Rodríguez, tanto menos con la inmensa camada de bases que ingresa este año en la Liga. Se rindió, miró en otras direcciones, pensó en su Madrid pero éste le dejó bien a las claras que no contaba con él (vamos, que ni una mínima oferta a la baja siquiera)… y en estas apareció el CSKA. El CSKA que es el equipo que mejor paga de Europa, que aspira a la Euroliga casi por definición, que le garantiza titularidad y mando en plaza tras la marcha de Teodosic, que le ofrece una oportunidad que ningún ser humano en su sano juicio podría en modo alguno dejar pasar. Dicho y hecho.

Y justo entonces el verdadero madridismo emergió de su ostracismo, justo entonces descubrió que a falta de traidores futbolísticos (cosa rara en esos días) habían encontrado un traidor baloncestístico, mira tú qué bien. Traidor, con dos razones, por cometer el nefando crimen de aceptar la mejor oferta posible cuando su propio ex equipo no le había hecho ninguna. ¿Qué se supone que debería haber hecho entonces el Chacho para no ser tachado de traidor? ¿Postrarse de hinojos a las puertas del Bernabéu, se lo ruego Don Florentino, acójanme de nuevo en su seno, pofavó pofavó pofavó? ¿Aceptar cualquier cutreoferta birriosa de la NBA aunque ésta tardara cuatro meses en llegar, aunque fuera infinitamente inferior en tiempo, salario y expectativas a lo que le han puesto por delante en Moscú? ¿Estamos todos locos?

tuitsY sin embargo Twitter de inmediato se llenó de insultos que en nada tuvieron que envidiar a aquellos otros de Sanchís, y lo más suave que le llamaron fue rata, y hasta le desearon toda clase de desgracias no ya en el plano profesional sino en el personal incluso. Y todo por irse al CSKA (vía Sixers, no lo olviden). Al CSKA. No quiero ni imaginar qué habría pasado si se le hubiera ocurrido fichar por el Barça (iba a añadir o por el Estu, pero mejor no plantear utopías impensables), lo mismo habrían quemado su casa con él dentro o le habrían colgado de lo más alto del WiZink Center (o como demonios se llame esta semana) para escarnio popular. Ya a cualquier cosa le llaman traición.

Hace ya unos cuantos años, en el ya lejano foro de SEDENA, escribí un post irrecuperable sobre estos temas: sobre la diferente vara de medir que se aplicaba en el deporte con relación a la vida cotidiana, sobre lo absurdo que me resultaba que a alguien por el mero hecho de cambiarse a otro trabajo mejor pagado y/o con mayores posibilidades laborales se le tachara de inmediato de traidor. Nada me molesta más que esos típicos gritos de jugadores mercenarios o de que los jugadores no sienten los colores: no sienten los colores porque no tienen por qué sentirlos (salvo en casos muy particulares, criados en su seno desde pequeñitos), lo cual no significa que sean mercenarios sino que son profesionales. No son soldados sino deportistas, no es una guerra (aunque para algunos sí lo sea, siempre lo sea) sino una actividad profesional. Como la suya o como la mía, salvando las distancias.

Se me contestó precisamente en base a esas distancias, se me recordó el componente afectivo inherente al deporte. Vale sí, hasta ahí llego. Si te cambias de Google a Amazon, de Burger King a McDonald’s, de Zara a Mango, de Mercadona a Carrefour o del Ministerio de Hacienda al de Fomento no es probable que nadie te tache de traidor (más allá de tu jefe) ni que te insulte en las redes sociales, por tratarse de actividades que (afortunadamente) no arrastran riadas de aficionados detrás. Pero quizá por ese componente afectivo a veces (demasiadas veces) nos olvidamos de que la práctica profesional del deporte no deja de ser un trabajo remunerado como (casi) otro cualquiera, que debería regirse por las mismas normas que otro cualquiera.tuitAA Me asusta que se vea tan normal que los clubes puedan prescindir de sus jugadores cuando quieran pero un jugador no pueda decidir su futuro, tuiteaba el otro día con toda la razón Andrés Aragón. Se nos llena la boca con que nuestro equipo (el que sea) debería poner en la calle a Fulano o Mengano aunque tenga contrato en vigor, pero luego a un jugador sin contrato le negamos el derecho a irse a donde le dé la gana. Aplíquenlo por favor a su realidad laboral cotidiana (si la hubiere) y luego vuelvan, una vez hecha la debida comparación.

Pero al madridismo ultramontano (al ultramontanismo de cualquier sitio, en realidad) todo esto se la suda, pone y da y quita etiquetas de traidor sin importarle cualquier otra consideración. Sin reparar por ejemplo en que el factor umbilical puede ser de aplicación directa al fútbol pero no tiene ningún sentido en baloncesto. Espejito mágico, ¿hay acaso en todo el orbe planetario un club más grande que yo? En fútbol por supuesto que la respuesta es no por dios, cómo podría haberlo, pero en baloncesto el espejito directamente se descojona, no es ya que no seas el ombligo del mundo (sólo al otro lado del charco hay ya treinta ombligos más grandes que el tuyo), es que por no ser no eres ni siquiera el ombligo de Europa, hay como tres o cuatro con los que hoy por hoy no te puedes ni comparar, quizás el más hermoso de todos ellos esté precisamente en Moscú. Ante lo cual el madridismo arrebatado rompe el espejo, no soporta esta respuesta, no soporta ser uno de los mejores cuando no es el mejor, no soporta llegar a la Final Four (como si fuera fácil) para luego no ganarla, como si el título europeo no fuera (insisto) opción sino obligación. Lo cual a la larga (y disculpen el ripio) sólo genera frustración.

Y sin embargo durante meses sí que tuvieron razones más que fundadas para sentirse el ombligo de Europa, y quizá por ello no fueron pocos los que de octubre a abril pontificaron acerca de que este Madrid post-Chacho era mucho mejor que el Madrid del Chacho, a las pruebas me remito, dónde va a parar. Hay que tener mucho cuidado con las sentencias de otoño/invierno no vaya a ser que luego te las tengas que comer en mayo, no digamos ya en junio. Cuando resultó patente que en los minutos cruciales ya no te basta con la épica del a mí el pelotón Sabino que los arrollo, ya no te basta con la impagable determinación de Sergio Llull, todo eso está muy bien pero además necesitas algo más. Necesitas frescura de ideas, necesitas alguien que cuando las defensas se ponen turbias sepa ver lo que otros no ven, sepa encontrar a quién pasar, y cómo. Necesitas dirección sobre la pista, nada más y nada menos. Y no, no estoy diciendo que el Madrid perdiera ambas finales (sólo) por eso, el Madrid perdió por muchas más cosas, perdió sobre todo porque Fenerbahçe y Valencia Basket fueron dos equipazos (cada uno a su manera, cada uno con su presupuesto) que supieron encontrarle las debilidades y buscarle las vueltas. No, el Madrid no perdió por no tener un (verdadero) base, pero algunos románticos de este juego siempre pensaremos que haber tenido a mano (lo que yo entiendo por) un base quizá no le habría venido del todo mal.

Quién sabe, quizá precisamente esos que se vanagloriaban hace meses de lo bueno que era su equipo sin el Chacho (cambiando de paso la primera vocal de su apodo para poder ridiculizarlo, ya puestos) sean ahora los mismos que le insultan sin pudor y le reprochan traiciones sin cuento, los mismos que afirman sin rubor que no fue el Chacho el que hizo grande al Madrid sino el Madrid el que hizo grande al Chacho (sandez incomparable, como si la grandeza no fuera siempre tarea de uso común),chachocska2 los mismos que hacen campaña para que sea recibido como se merece (y ya imaginarán lo que creen ellos que se merece) cuando el CSKA visite el Palacio el próximo 19 de octubre. Miren, yo no les voy a decir lo que deben hacer ese día, sólo faltaría, allá cada cual con su conciencia. Sólo diré lo que yo haría. Sólo diré que si yo fuera madridista y estuviera esa noche en el Palacio me rompería las manos a aplaudir a un jugador bajo cuyo concurso el Madrid ganó doce títulos en seis años, a saber, tres ligas, cuatro copas, tres supercopas, una Intercontinental y sobre todo una Euroliga a la que hay que sumar otras tres Final Four. Un jugador al que jamás hubo nada que reprochar, un jugador que nos divirtió más que ningún otro en un equipo que también nos divirtió más que ningún otro, siendo él precisamente parte esencial de todos esos éxitos y de toda esa diversión. Un jugador que nos hizo soñar, que nos hizo ver que otro baloncesto era posible y que además de ser posible también servía para ganar títulos. Si yo fuera madridista sólo podría sentir infinito agradecimiento hacia un jugador así, por encima de casi cualquier otra consideración. Ustedes mismos.

En cualquier caso habré de reconocerlo, no soy neutral en esta historia. No soy madridista pero sí chachista, lo fui siempre, ejemplos a docenas pueden encontrar en (lo que queda de) este blog. Lo fui desde que emergió en aquellos geniales últimos segundos de la Final de 2004, aún más lo fui tras aquella inolvidable Final del Eurobasket Sub18 disputado en Zaragoza pocos meses después. Y aún más lo seguí siendo (y con más razón) mientras permaneció y se crió en mi Estu, como seguí siéndolo en Blazers, Kings o Knicks, como nunca dejé de serlo mientras permaneció en el Madrid, más bien al contrario, me alegré con todos y cada uno de sus puntos (excepto los que anotó contra el Estu… si bien éstos tampoco me dolieron especialmente, nunca tanto como otros), con cada uno de sus pases, sus éxitos, sus triunfos o sus títulos, casi tanto como si fueran míos. Y seguiré alegrándome con todos ellos en Moscú, en un Cheska que tampoco fue ni será nunca mi equipo lo cual no me impedirá disfrutar hasta la náusea de todo lo bueno que le pase por allí. Qué le voy a hacer, así es como yo lo siento, bien harán los ultramontanos en llamarme gilipollas si así les parece. Al menos lo que no podrán es llamarme traidor.

DEFENSA DE LA ALEGRÍA (edición 2015)   1 comment

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El insigne (y nunca suficientemente añorado) guionista Rafael Azcona contaba una triste anécdota de sus años mozos, aquellos duros tiempos de guerra, posguerra, miseria y desolación que le tocó vivir. Contaba que a veces (raras veces) algo les hacía gracia, lo que fuera, una anécdota del barrio, un programa de radio, cualquier cosa, lo suficiente como para romper la monotonía, como para tirarse toda la familia un buen rato echándose sus buenas risas, así hasta que de repente su madre cortaba en seco la diversión: mucho nos estamos riendo, ya lo pagaremos… Puro fatalismo, esa amargura de serie que nos inocularon en aquellos años y en los inmediatamente posteriores, rígida moral cristiana mediante: tanta alegría no puede ser buena, la felicidad no nos está permitida, hemos venido a este mundo a sufrir, a suspirar gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Esa filosofía perduró hasta nuestros días, de alguna manera nos la fuimos transmitiendo casi sin querer de generación en generación. No se trata ya tanto de que no disfrutemos como de que sintamos remordimientos de conciencia cada vez que disfrutamos, como si nos estuviera prohibido el mero hecho de disfrutar: todo lo que da placer o es pecado o engorda, todo lo que haga gozar habrá de estar siempre bajo sospecha, así en todos los órdenes de la vida. Sí, también en baloncesto.

El baloncesto también proscribió durante un montón de años la alegría, Aquí la frase no era ya (aunque igualmente podría haberlo sido) mucho nos estamos riendo ya lo pagaremos, sino este baloncesto no sirve para ganar títulos. Cuántas veces no lo habremos escuchado (aquí o allá o en donde fuera) cada vez que un equipo se desataba, cada vez que se entregaba a la lujuria y el desenfreno como forma de vida.CC WILLIAMS GROUP Este baloncesto no sirve para ganar títulos, podrá servir en temporada regular pero nunca en playoffs, nos lo repetían como un mantra desde el otro lado del charco y nosotros nos lo creíamos, cómo no nos lo íbamos a creer si los hechos casi siempre les acababan dando la razón: con aquellos maravillosos Kings de comienzos de siglo, con los no menos maravillosos Suns de Nash, acaso también en décadas anteriores con los Warriors o los Nuggets, tantos otros. O acaso también en NCAA con los Phi Slama Jama a comienzos de los ochenta o los Fab Five a comienzos de los noventa, los ejemplos eran cuantiosos y solían darles la razón como si en verdad la tuvieran. Claro está, si hubiéramos tenido capacidad de raciocinio habríamos podido encontrar ejemplos en sentido contrario, equipos a los que la alegría de vivir les funcionó también (y aún mejor si cabe) en los momentos decisivos, los Lakers del showtime o la Nevada-Las Vegas de Tark The Shark por citar los dos primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza. Pero entonces ni nos lo planteábamos, asumíamos la versión baloncestera del cerrojazo o el cerocerismo como única fórmula posible del éxito. Acaso aún hoy no hayamos dejado de asumirla.

[Llegados a este punto conviene hacer una matización. En baloncesto, como en la vida, no es verdad que lo divertido sea lo contrario de lo serio. NO ES VERDAD. De hecho la diversión será tanto más divertida cuanto más seria sea, cuanto más trabajada esté. Lo divertido es lo contrario de lo aburrido, punto. O dicho en términos de baloncesto: no es verdad que la diversión en ataque se contraponga a la defensa. NO ES VERDAD. De hecho el ataque será tanto más alegre (y tendrá más posibilidades de éxito) cuanto mejor trabajado llegue desde atrás, cuanto mejor se hayan empezado las cosas al otro lado de la cancha. La diversión sólo se contrapone al aburrimiento, el juego alegre sólo es lo contrario del triste, nada tiene que ver con la defensa sino con el mareo de perdiz en ataque, con el tenerla y sobarla durante veintitantos segundos sin arriesgar apenas un pase no vaya a ser que se pierda, sin casi más objetivo que el reducir el número de posesiones del rival. Quede claro el concepto, ya que para algunos si reivindicas la creatividad en ataque demonizas la defensa. No hay falacia mayor. Dicen que el ataque gana partidos y la defensa campeonatos, la segunda parte de la frase no puede ser más cierta, nos guste o no. Aunque para ganarlos no estará de más que tengas un buen ataque también.]

limoges maljkovicEn cambio en Europa no hizo falta que nadie nos dijera que este baloncesto no servía para ganar títulos, a partir de un determinado momento todos parecíamos llevarlo interiorizado de serie. Quizá todo empezara en 1993 con aquel Limoges de Maljkovic, fue como dejar escrito en piedra que para ganar un título debías de anotar (y encajar, obviamente) menos de sesenta puntos por partido. Como explicaba antes, no era tanto cuestión de defender (que también) como de adormecer con posesiones interminables, quitándole al juego todo lo que lo hace atractivo: el contraataque, la velocidad, la creatividad, el dinamismo, el riesgo y demás malos vicios que habrían de quedar definitivamente desterrados en aras de conseguir el único fin que justificaba todos los medios: la victoria. Había nacido el baloncesto-control, por otro nombre baloncesto-tostón. Era una opción tan válida como cualquier otra, qué duda cabe. El problema es que durante un tiempo dejó de ser una opción para convertirse en LA opción. Acaso aún estemos en ese tiempo…

Dicen que las excepciones confirman la regla, pero yo no concibo esa razón. No la concibo en absoluto. Las excepciones (cuantas más mejor, menos excepcionales serán) son siempre bienvenidas porque subvierten la norma, porque hacen posible lo (que parecía) imposible, porque convierten el sueño (juego) en realidad (títulos), porque demuestran de una vez por todas a los escépticos que otro baloncesto es posible.1999-metu-kauno-zalgiris-61213595 Siempre recordaré como un oasis en medio del desierto aquel título europeo de 1999, aquel maravilloso Zalgiris Kaunas liderado por el enanito (Trecet dixit) Tyus Edney, un verdadero chorro de agua fresca justo cuando más espeso era el cemento. O cómo no recordar (a otro nivel, pero también con sustanciosos títulos en su zurrón) aquella Penya de finales de la pasada década, aquella deliciosa criatura de Aíto y sus Erre que Erre. Sólo algunos ejemplos (habría muchos más) para mostrar una obviedad: que jugar (además de bien) bonito también gana campeonatos, que la especulación y el colmillo retorcido también los pierde, aún por bien que nos lo envuelvan los pierde, aún por mucho que nos lo vendan los pierde. A las pruebas me remito.

Hace ahora dos años ya les defendí la alegría, y lo hice en circunstancias mucho más difíciles que ésta de hoy. El Real Madrid acababa de perder la Final de la Euroliga 2013, llevaba sin jugar esa final desde el siglo pasado lo cual debiera haber sido razón más que suficiente para disfrutarla aún perdiéndola, pero eso a la larga tanto dio. Es más, por la reacción de alguna gente casi pareció que les habría dolido menos haberse quedado a mitad de camino, haber caído (por ejemplo) en cuartos de final. A mí me pareció que aunque no se hubiera hollado la cima había merecido mucho la pena el viaje hasta llegar a ella (tanto más dada su inusual belleza), que si perseveraban por ese camino tarde o temprano llegarían los ansiados frutos… Muchos estuvieron de acuerdo, pero también los hubo (y no pocos) que me pusieron como hoja de perejil (signifique eso lo que signifique).laso1 Se había levantado la veda, había comenzado de nuevo el tiro al Laso, este baloncesto no sirve para ganar títulos, este tío no tiene carácter, no aprieta riendas, no retuerce el colmillo, no es entrenador para el Madrid. Y si así fue en 2013 no digamos ya en 2014, aquella bendita locura, aquella pura delicia que dimos en llamar lasismo (y su brazo armado en cancha, chachismo), aquella temporada de ensueño que acabó en brusco despertar. Y entonces ya no era que se hubiera levantado la veda sino que el tiro al Laso se convirtió de repente en deporte nacional, ya no había manera de esquivar las balas, el fuego cruzado te acababa alcanzando a poco que te descuidaras. Aquel dantesco final a la pata coja en el Palau pareció su sentencia de muerte, tanto más lo pareció cuando pocos días más tarde le descabezaron el cuerpo técnico, aún hoy me resulta inconcebible que lograra sobrevivir…

Contra viento y marea. Contra los de arriba y los de abajo, contra los de dentro y los de fuera. Contra los que montaron el pollo tras su contratación sin concederle siquiera el beneficio de la duda, los que se relamieron tras cada derrota en sus primeras temporadas (ya falta menos para que vuelva Obradovic, decían), los que se lamentaron tras la consecución de aquella liga porque eso significaría su continuidad (es lo malo que tienen los títulos, decían), los que el pasado verano se engolosinaron con Katsikaris (y hasta le contrataron, casi), los que a la primera derrota de esta misma temporada ya soñaban en voz alta con Djordjevic… Es lo que llamaríamos la paradoja blanca: un equipo que no admite perder, un club que no entiende la posibilidad de la derrota ni como concepto siquiera, una institución en la que cualquier derrota (aún por nimia que sea) viene inevitablemente asociada a la palabra crisis, una entidad que es como la madrastra del cuento, dime espejito mágico, ¿habrá otro equipo en el mundo aún mejor que el mío? (y si le contesta que sí lo hace añicos y se compra otro espejo, será por dinero)… y sin embargo un equipo cuyos aficionados (sólo algunos de ellos, no generalicemos) a menudo prefieren perder con tal de conseguir otro objetivo aún mayor que la victoria, como es el que les sirvan en bandeja de plata la cabeza de su propio entrenador. No sé si es éste un fenómeno extrapolable a otros grandes, sí sé que a mí (que no soy de grandes) no recuerdo que me haya pasado jamás, ni aún por mucha tirria que le tuviera al entrenador de turno. Será que el raro soy yo.

¿Quieren más paradojas? Aquellos que hace un año criticaron a Laso por no haber sabido administrar sus fuerzas, por haber tenido al equipo como una moto en noviembre/diciembre y haber llegado fundido a mayo/junio, son acaso los mismos que este pasado diciembre le pusieron en la picota tras perder apenas un par de partidos como si eso fuera el fin del mundo, y ello cuando resultaba manifiestamente evidente que lo que estaba haciendo el Madrid este año era precisamente lo que le habían demandado, aplicar la dosificación que no aplicó el Floren_2015_Entrenadores_Grande_37_originalaño anterior. Pero llegó a utilizarse con profusión el concepto crisis (para variar), llegó a situársele más fuera que dentro (para seguir variando), llegó incluso a filtrarse que la Federación (o sea Sáez) sólo estaba esperando a que el Madrid finalmente lo destituyera para nombrarle seleccionador… Cinco meses después el Madrid es Campeón de Europa, y lo es entre otras cosas por no repetir errores del pasado, por no haber echado el resto en otoño para luego tener que arrepentirse en primavera, por haber ganado (o no) con lo justo en diciembre para ganar con todo en mayo. Cinco meses después el Madrid está en posesión del mayor título que pueda ganarse a nivel de clubes pero a algunos no parece bastarles, aún hay casos aislados que manifiestan un regusto amargo porque el nivel de aplastamiento no haya sido el que ellos esperaban o porque haya habido que bajarse al barro para conseguirlo, como si el barro no fuera imprescindible en estas circunstancias, como si el gen del madridismo llevara también incorporado de serie el gen de la insatisfacción. Cinco meses después Laso tiene por fin el crédito que siempre mereció, pero habrá de saber que ese crédito le durará exactamente hasta la próxima derrota (vales tanto como el último partido que juegas), hasta el próximo título (aún por nimio que fuera) que se escape de las vitrinas de tan sacrosanta entidad. Marca de la casa, no tienen más que mirar a su sección de fútbol si aún les queda alguna duda.

Dure lo que dure habrá merecido la pena. La alegría, aquella catarsis que hace un par de años reivindicó con pasión José Manuel Puertas, resulta mucho más fácil de defender cuando hay un título que la sustente. Todo lo cual no resta méritos (más bien al contrario) a otros equipos lúdico-festivos (pero no por ello menos efectivos), ese maravilloso Canarias de Alejandro Martínez, la Penya de Maldonado (casi cualquier Penya, en realidad), tantos otros. Pero los títulos de alguna manera crean escuela, marcan doctrina, enseñan el camino a seguir. Cuando un equipo alegre gana un título es como si lo ganara dos veces, por lo que representa el título en sí y por lo que representa haberlo ganado así. Este Madrid de Laso ganó Supercopas y pareció poco, ganó Copas y aún no pareció suficiente, ganó una Liga y pareció que aún faltaba algo, gana ahora por fin la Euroliga y debería ser ésta ya la victoria definitiva, la que despeje dudas, la que consagre para siempre este estilo de juego tan válido como cualquier otro, en realidad mucho más válido que cualquier otro porque gana como cualquier otro pero a la vez divierte más que cualquier otro (no sé si me explico). Repito: debería ser. No nos confiemos. Volverán los apóstoles del feísmo como volvieron las oscuras golondrinas, de hecho están ahí agazapados esperando su oportunidad, soñando con que este Madrid se la vuelva a pegar en ACB o con que lpablo-lasoos fantásticos Warriors de Kerr & Curry no ganen esta NBA para volver a contagiarnos con su bilis, para vendernos otra dosis de cemento y apretarnos todavía un poco más las riendas. Mantengámonos alerta.

Ahora bien, cuando vengan mal dadas, cuando las cañas se tornen lanzas (cursilada que hasta hoy jamás me había atrevido a utilizar), cuando pinten bastos (pasado mañana, como quien dice), el Madrid, antes de tomar medidas drásticas, deberá sentarse a valorar todo lo que representó el lasismo (y el chachismo, por extensión) para la idiosincrasia de este club. No es ésta una entidad que por lo general coseche adhesiones allá por donde pasa, más bien al contrario, tiende a generar animadversiones por doquier, fruto de la propia grandeza de la entidad. Y sin embargo este Madrid de Laso ha conseguido la cuadratura del círculo, que muchísimos aficionados que no son ni fueron ni serán nunca del Madrid disfruten viendo jugar (y ganar, incluso) a este equipo (créanme que sé de lo que hablo, créanme que conozco no a uno ni dos sino a unos cuantos). Que este Madrid vaya a ser recordado por sus títulos pero también (y sobre todo) por su juego, por las simpatías y empatías que genera, por mejorar, promover y publicitar por el mundo la maltrecha imagen de marca de la entidad. Por algo tan simple como (permítaseme la expresión) devolver el baloncesto a la gente. Gente que cuando se sienta a ver un partido (tanto más si no se trata de su equipo) lo hace sólo para disfrutar, para que le dejen ser feliz siquiera un par de horas, que para aburrirse o amargarse bastante tiene ya con su vida cotidiana, con mirar a su alrededor, con mirarse incluso en el espejo cada mañana. Digámoslo de una vez por todas, no es verdad que hayamos venido a este mundo a sufrir, no es verdad que este baloncesto no sirva para ganar títulos. NO ES VERDAD. A este valle de lágrimas hemos venido a llorar lo menos posible, a reír hasta hartarnos sin temer represalias, a gozar del juego que amamos (y de la manera en que lo amamos) sin tener que arrepentirnos después. Defendamos siempre la alegría, por favor. También en baloncesto.

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