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EL AGUJERO   8 comments

Leí aquella historia en Slam, debió ser como a comienzos del presente siglo. John Thompson (el mítico John Thompson de toda la vida, el sumo hacedor de pívots como Ewing, Mourning o Mutombo) andaba ya jubilado tras su larga etapa en Georgetown; en cambio su hijo John Thompson III empezaba a labrarse una dura carrera como entrenador, aún no en los Hoyas sino en la más modesta (si bien no con menos tradición baloncestística) Universidad de Princeton. Cuentan que el hijo por aquel entonces andaba un tanto desazonado, razón por la cual decidió recurrir a la sabiduría de su amado progenitor:JThompson papá, creo que tengo equipo para aspirar al trono de la Ivy League, tengo buenos bases y aleros, buenos pasadores, tiradores y defensores, tengo casi todo pero me falta sólo un pequeño detalle: no tengo pívot, ninguno. Dime papá, qué puedo hacer, qué sistemas puedo implementar, qué estrategias puedo llevar a cabo, qué solución hay… La lacónica respuesta de su padre quizá no fue la que él esperaba, pero desde luego que el consejo no dejó lugar a dudas: consigue un pívot. Sin más.

No ha pasado mucho tiempo, apenas década y media (ayer, como quien dice), y sin embargo parece como si estuviéramos hablando de la prehistoria. Hoy ya nadie va a John Thompson a decirle coach, no tengo pívot, qué puedo hacer, hoy más bien irán a otros (pongan aquí el nombre que quieran) a preguntarles exactamente lo contrario, coach, tengo un pívot, un tío enorme y con muy buenos fundamentos pero que no abandona jamás las proximidades del aro, por favor coach, dígame qué puedo hacer, dígame cómo me las apaño para sacarlo de ahí… Y probablemente la respuesta de alguno no sería menos lacónica que la del Coach Thompson, si bien en un sentido diametralmente opuesto: no lo pongas, déjalo en el banquillo. Asunto resuelto.

Cómo hemos cambiado. Nos enseñaron que quien tiene un pívot tiene un tesoro, nos repitieron que los equipos se construyen desde el centro, a partir del cinco, a partir de Russell, Chamberlain, Abdul-Jabbar, Ewing, Robinson, Olajuwon, O’Neal. No por casualidad los Blazers escogieron a Bowie antes que a Jordan en el famoso draft de 1984, acaso una de las decisiones más justamente denostadas de la historia pero que en el baloncesto de aquellos tiempos (de casi todos los tiempos) tenía todo el sentido del mundo: escoltas anotadores hay muchos, en cambio los cénters dominantes se pueden contar con los dedos de una mano,top5 pillémonos al mejor que haya disponible y construyamos a partir de ahí. Sabían lo que querían, otra cosa ya es que se equivocaran de medio a medio en su evaluación del talento (y la salud) de cada jugador. Pero en aquel entonces las cosas eran así.

Y no hace tanto que seguían siendo así, no hace tanto (diez años, para ser exactos) que esos mismos Blazers escogían a Oden por encima de Durant, otra vez la cagaron (otra vez la salud, también) pero esa no es la cuestión. La cuestión es que hace una década aún se prefería la carne interior a la exterior (aún por larga que ésta fuera), aún quien tenía un pívot tenía un tesoro, aún algún comentarista encontraba una carencia en algún juego interior y te decía despectivamente que esto es lo que en USA llaman equipo donut, porque tiene un agujero en el centro. Hoy ese agujero se ha hecho más y más grande, se ha institucionalizado pero eso sí, como queda feo llamarlo agujero preferimos llamarlo spacing que queda mucho más bonito, dónde va a parar. Spacing, nada nuevo bajo el sol, ya el añorado Manel Comas en sus comentarios televisivos solía a menudo decir que el baloncesto es un juego de espacios, cosa obvia por otra parte; lo novedoso en todo caso sería la manera de utilizarlos. En ese sentido el actual spacing vendría a ser (simplifico deliberadamente el tema) algo así como la capacidad de abrir los ataques para que se abran también las defensas, sacándolas de su hábitat natural de los alrededores de la zona para generar grandes espacios (valga la redundancia) por los que penetrar. Me dirán que la definición me ha quedado un poco pedestre y que el spacing es mucho más que eso (afortunadamente) pero qué le voy a hacer, no soy técnico sino un mero aficionado, es lo que hay, no doy mucho más de sí.

No hace mucho leía que hoy el baloncesto básicamente consiste en un tío que la sube, otro que le bloquea y los otros tres que esperan al otro lado de la raya del triple a ver si les llega el balón. Sentencia simplista donde las haya, pero que si me apuran la podemos hacer aún más simple todavía: antes el que bloqueaba continuaba casi siempre hacia adentro, hoy continúa cada vez más hacia afuera, hoy se lleva mucho más el pop que el roll. Es curioso, no hace tanto que (algunos) despotricábamos del cuatro abierto pensando que acaso fuera una moda pasajera, y ahora en cambio ya hemos entrado de lleno en la moda del cinco abierto. Y porque no hay más.

Les contaré otra historia reciente (será breve, no huyan) de baloncesto universitario, que ya saben que me pierde. Hace un par de años los Hoosiers de Indiana tenían un equipo sin prácticamente ningún jugador interior, razón por la cual su técnico Tom Crean implementó sabiamente un sistema que generaba un montón de espacios para así aprovechar las cualidades de sus incisivos jugadores exteriores. En cambio al año siguiente llegó por fin el pívot que necesitaban, Thomas Bryant:Crean físicamente imponente, técnicamente bien dotado y psíquicamente muy mal amueblado (pero eso no viene al caso). ¿Creerán entonces que Tom Crean adaptó sus sistemas ante el novedoso hecho de contar por fin con un cénter dominante (rara avis, tanto más en NCAA) en sus filas? Pues no, más bien sucedió todo lo contrario, más bien fue Bryant quien se tuvo que adaptar a jugar mucho más fuera que dentro durante sus dos temporadas en Bloomington. Indiana era un equipo muy divertido de ver como casi cualquiera que practica el (mal llamado) small ball, pero que me lo pasara en grande viéndolo no significa que no me doliera el desperdicio (en mi opinión, habrá quien piense todo lo contrario) de esa ausencia interior. Esta pasada primavera Thomas Bryant se presentó al draft (fue escogido en el puesto 42 por los Lakers, que en el pecado llevarán la penitencia), y seguro que no serán pocos los que crean que el haber jugado por fuera le va a venir de perlas de cara a su carrera profesional. Pero yo más bien veo a un jugador sumamente desorientado (ya les dije que su coco tampoco ayuda) que a estas alturas ya ni sabe lo que es, que ya no es ni chicha ni limoná (signifique eso lo que signifique). Y este es sólo un ejemplo, el primero que se me ha venido a la cabeza. Podría ponerlos a miles, y (obviamente) no sólo de NCAA.

Lo llaman small ball y no lo es. No nos equivoquemos, no es una cuestión de tamaño sino de lo que se sepa hacer con él. Los centímetros, así de alto como de ancho (es decir, de envergadura), siguen valiendo su peso en oro, cuantos más mejor… siempre y cuando no te inmovilicen, siempre y cuando no te aten a la zona ni te pongan a jugar de espaldas. Hoy se cotiza la velocidad a campo abierto, la versatilidad para defender indistintamente a interiores y exteriores, el desplazamiento lateral, el primer paso para atacar de fuera a dentro, la muñeca. Sobre todo la muñeca, cuanto más lejos mejor. Hoy ya no te piden shaquilles ni olajuwones sino clones de aquel adelantado a su tiempo que fue Kevin Garnett. Hoy apenas quedan cincos, casi no hay ni cuatros, aquellos que llamamos cincos o cuatros abiertos en realidad no son más que especímenes más desarrollados y evolucionados del tres.

¿Exagero? Probablemente, pero aún así les agradeceré que echen conmigo una ojeada a alguno de los pívots más reputados del momento. Pongamos por ejemplo al gran Karlito, Karl-Anthony Towns: unos fundamentos técnicos depuradísimos, unas condiciones atléticas sobresalientes, un talento innato… que sin embargo no sería el jugador que es (y no digamos el que va a ser) si no hubiera hecho del triple parte esencial e indispensable de su juego.embiid O pongamos Joel Embiid, que nos enamoró en la Universidad de Kansas (y aún antes, en el McDonald’s All American) gracias a un juego de pies de espaldas al aro como no habíamos visto (casi) desde Olajuwon, pero que hoy (es decir, en lo poco que hemos podido verle tras su eterna lesión) tira ya triples como si no hubiera trabajado en otra cosa durante los largos meses que pasó en el dique seco. O pongamos sin ir más lejos a nuestro Marc Gasol, el cénter por antonomasia, acaso el cinco más cinco que podamos encontrar hoy en día en el mercado… y que sin embargo (a la fuerza ahorcan) también ha incorporado recientemente el triple a su ya de por sí selecto repertorio. Y no hablemos ya de Ibaka: ¿recuerdan cuando pontificábamos que Scariolo siempre preferiría para la selección a Mirotic porque le privaban los cuatros abiertos? Así es y así va a seguir siendo, pero ese argumento hace ya tiempo que se nos quedó obsoleto: hoy Ibaka en ataque es ya casi tan cuatro abierto como Mirotic. Que ya es decir.

Pero el problema (si es que es un problema) no son los triples, ojalá fuera tan simple como eso. Me dirán que pívots que tiraron triples siempre hubo, y muy probablemente me traerán a colación al gran Arvydas. Por supuesto que sí, Sabonis tiraba de fuera con inusitado acierto del mismo modo que pasaba el balón como los propios ángeles, fruto todo ello de su formación como base antes de pegar el estirón. Pero ello no le impedía desenvolverse como pez en el agua por la zona, mirar el juego de espaldas al aro o restregarse contra sus rivales cuando fuera menester. Su tiro exterior era UN recurso (para momentos muy puntuales), no EL recurso. Me dirán que como Marc, exactamente lo mismo, pero permítanme que establezca una sutil diferenciación: Sabonis lo llevaba de serie, Marc lo ha tenido que implementar, casi como una mera cuestión de supervivencia profesional.

Insisto, el problema NO son los triples, el problema es que de tanto tirar triples nos acabemos olvidando de casi todo lo demás. Soy casi prehistórico (y prehistérico), crecí en un tiempo en el que sólo se televisaban los partidos de Copa de Europa del Madrid o lo que es casi lo mismo, crecí viendo lanzar ganchos a Clifford Luyk. Gancho de Luyk, decía el Héctor Quiroga de turno, y a mí que era un crío que aún no sabía nada de baloncesto (tampoco es que ahora sepa mucho más) aquel me parecía un tiro casi indefendible: si te lo lanzan así como de medio lado, desde más arriba de la coronilla y con la mano más alejada del aro, pues a ver cómo paras eso.nba_jabbarhooks_800 Luego vimos mundo, descubrimos el skyhook de Jabbar y hasta el baby hook de Magic, conocimos incluso a un pívot eminentemente defensivo llamado Dikembe Mutombo que en ataque vivía casi exclusivamente del gancho porque era casi lo único que sabía hacer. Y ya. Recuerdo unas declaraciones que le leí hace quince o veinte años a un mítico pívot ex céltico llamado Dave Cowens, en aquel entonces entrenador de los Warriors, en las que se lamentaba precisamente de eso, de que un recurso tan efectivo como el gancho se encontrara prácticamente en peligro de extinción. Hoy ya no es que esté en peligro de extinción, hoy ya es que cuando vemos (si es que alguna vez lo vemos) a un pívot hacer un gancho casi nos entran ganas de abalanzarnos sobre la pista o la pantalla del televisor a darle un beso en los morros. Y ello aunque sea del equipo rival.

Casi hemos perdido el gancho y no tardará en llegar el día en que perdamos también el juego de pies de espaldas al aro. Pívot como su propio nombre indica viene de pivote, de pivotar, casi la esencia misma de este juego. A algunos aún se nos caen las lágrimas al recordar la maravillosa plasticidad de Hakeem Olajuwon, aquel a quien Montes llamaba (y muy pocos apodos habrá más descriptivos) el Bailarín de Claqué del Cotton Club. Pura poesía en movimiento. Hoy (poco más de dos décadas después) esos movimientos son casi pieza de museo, recuerdos de un pasado que nunca más ha de volver que decía la copla. Hoy son patrimonio casi exclusivo de gasoles y demás veteranos formados casi en las postrimerías del pasado siglo, por eso cuando en la universidad se nos apareció el antes mencionado Embiid haciendo olajuwonadas a diestro y siniestro algunos románticos de esto pensamos que quién sabe, tal vez no estuviera todo perdido, quizás aún hubiera esperanza. Esperemos que sus rodillas y sus técnicos no nos la quiten.

Tampoco hace falta irnos tan lejos, miremos por ejemplo el caso de Germán Gabriel. Su entrenador en aquellos maravillosos Juniors de Oro de Lisboa, Charly Sainz de Aja, lo definía en aquel entonces como el mejor, y créanme que lo era (junto con Navarro y Raül López, si bien por motivos radicalmente diferentes): unos fundamentos incomparables, un juego de pies casi impagable en un chaval que aún no había cumplido los diecinueve. El futuro era suyo, pero cuando se convirtió en presente resultó que éste tenía otros planes. O que los tenían sus entrenadores, más bien.gabriel Como tantas otras veces repararon mucho más en sus carencias que en sus virtudes, y a partir de ahí o bien no le dieron bola (no fueron pocos) o bien intentaron convertirlo en lo que no era. Y lo consiguieron, claro. Si quería sobrevivir en esta jungla tendría que ejercer de cuatro abierto, un cuatro abierto full time al que parecía habérsele prohibido pisar la pintura como si ésta produjera urticaria. Germán salía, metía sus triples, volvía al banquillo, volvía a salir, volvía a meter sus triples y así sucesivamente, de repente convertido en mero especialista, nada que ver con aquel otro Germán Gabriel que algunos habíamos conocido y que nunca acabábamos de echar de menos. Sólo en las postrimerías de su carrera, liberado por fin de ataduras (y con un físico mucho mejor trabajado, también), el Germán del pasado y el del presente volvieron a darse la mano para devolvernos por fin al jugador total, el que te mataba desde el triple pero te podía masacrar también con un reverso o un pivote inverosímil sobre la zona. Y no fueron pocos los que se creyeron la película al contrario, fíjate, cómo ha trabajado, a su buena mano ha añadido también un magnífico juego de pies… Y una leche. Añadió (antes) la mano, los pies siempre estuvieron. Aunque no se los dejaran enseñar.

En cualquier caso en Europa el agujero aún no es tan grande como en USA, justo será reconocerlo. En Europa aún paladeamos talentos interiores como los de Bourousis o Dubljevic, (cito simplemente los dos primeros que se me vienen a la cabeza), dos tíos old school… que sí, que también tiran (y meten) triples cuando se tercia, pero exactamente eso, sólo cuando se tercia, sólo cuando lo exige el guión. Su juego es de espaldas, de espaldas te ganan partidos y emeuvepés y hasta campeonatos. Como te los gana también otra estirpe de pívots, tíos como Ayón o Udoh que apenas salen de la zona, si acaso lo justo para que no les piten tres segundos. Sí, claro, me dirán que en USA también hay de esos (el propio Udoh, en breve), en USA hay de todo pero otra cosa ya es la importancia que se tenga o la trascendencia que se le dé. En Europa un pívot dominante aún puede ser (suele ser, de hecho) jugador franquicia, en USA aún podrá serlo siempre y cuando sepa hacer otras cosas, si no ni de coña. Un peón de rotación o un mero complemento, alguien que se faje ahí dentro y ponga buenos bloqueos a mayor gloria del tirador.

No resulta difícil imaginar que así serán las cosas también en Europa, más tarde o más temprano. Afortunadamente aquí aún no parecen haber llegado (pero se les espera) las famosas estadísticas avanzadas, ésas según las cuales (vuelvo a simplificar deliberadamente el tema) sólo saldrían a cuenta las bandejas y los triples,epv-chart-features por razones obvias: con las bandejas (quien dice bandejas dice también mates, canastas desde debajo o desde encima mismo del aro, escoja usted la versión que prefiera) minimizas el riesgo (perogrullada); con los triples maximizas el resultado ya que cada acierto te proporciona un cincuenta por ciento más de rédito al obtener tres puntos en vez de dos (perogrullada aún mayor si cabe). De acuerdo con esta teoría estarían llamados a desaparecer los tiros comprendidos en un rango de (pongamos) tres a seis metros del aro, por razones que hasta un ceporro estadístico como yo podría llegar a entender: suponen un riesgo similar al del triple, total para sacar el mismo rendimiento (dos puntos) que si tiraras una bandeja; ergo no compensa. Bajo estos parámetros no es ya que te sobren muchos hombres grandes, ya es que hasta un tío como Nikos Gallis lo tendría francamente difícil para sobrevivir en el baloncesto de hoy.

Así que ya saben: movilidad, flexibilidad, versatilidad, buena mano y buenos alimentos, y el tronco quitémonoslo cuanto antes de ahí para que no estorbe. Algunos crecimos creyendo en el sacrosanto principio del equilibrio, la versión baloncestera de aquella famosa manta corta futbolera: ya saben, si te tapas la cabeza te destapas los pies y viceversa. En fútbol se plantea en términos de ataque/defensa pero en baloncesto iría más en el sentido de juego interior/juego exterior: si sobrecargas el uno en detrimento del otro te haces previsible, facilitas la tarea a las defensas, necesitas amenazar desde dentro y desde fuera, cuanto más mejor. Creímos en eso, aún seguimos creyendo, vuelvo a recuperar a Manel Comas cuando en sus comentarios televisivos decía que en ataque al menos uno de cada tres pases ha de ser interior. Dentro-fuera, mover las defensas, hacerlas bascular, llevarlas de un lado al otro, generar ventajas para posibilitar buenas opciones de tiro, eso también es spacing. Y del mejor.

Y no digamos ya si tienes un cénter que sepa pasar, que abra el balón cuando se le cierran, que encuentre al hombre abierto incluso mejor que sus propios bases, que sea capaz incluso de distribuir desde el poste alto cual si de un director de juego encubierto se tratara.john-pinone Podría acordarme de muchos (Sabonis, forever) pero déjenme que tire de colores y me traiga a John Pinone. Un Pinone que hace pocos meses anduvo por aquí y no disimuló en absoluto su contrariedad al ver que su ex equipo del alma se había convertido en lo que tantos otros del otro lado (su lado) del charco, otra máquina de tirar triples sin a diestro y siniestro (muchos de ellos sin ton ni son) como si no hubiera un mañana, como si el baloncesto no pudiera/debiera ser también algo más (mucho más) que eso. Vivimos la dictadura del triple, seguramente harás muy bien en entregarte a ella si entrenas a los Warriors pero si entrenas al Minglanilla (un poner) cabe la posibilidad de que no dispongas de los mejores tiradores sobre la faz de la tierra, ante lo cual quizá necesites un plan B. Un plan B que en realidad no será tal plan B sino el plan A de toda la vida de dios: dársela al grande, si puede que la meta, si no puede que la saque (la pelota, no desparramemos), a partir de ahí empezar a generar. Aunque ya no se lleve.

No me gustaría que vieran esto como el típico arrebato del Abuelo Cebolleta, (pongan voz cascada) el baloncesto ya no es lo que era, los partidos ya no son como antes, cosas así. En absoluto. Quien me conoce sabe que soy un firme creyente en la filosofía de que cualquier tiempo pasado fue ANTERIOR, lo cual no significa necesariamente que fuera mejor. Me gusta el baloncesto bien jugado, lo juegue quien lo juegue (y como lo juegue), venga de donde venga. Disfruto con los Warriors, cómo no habría de disfrutar con un equipo que mueve el balón a esa velocidad y que cuenta además con Curry o Durant en sus filas. Pero disfruto también (y aún más si cabe) con los Spurs. No me preocupa tanto hacia dónde va el baloncesto como lo que nos estamos dejando de lado por el camino: una forma de entender el juego en la que los fundamentos eran aún más importantes que el atleticismo, en la que los partidos eran aún algo más que concursos de triples, en la que los pívots puros no eran aún rémoras sino perros grandes a los que alimentar. No nos dejen también sin eso, por favor. Espero que no sea demasiado tarde.

aquella noche del 73   2 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 30 de septiembre de 2013)

Aquella noche del jueves 4 de octubre de 1973 podría haber sido una noche como otra cualquiera. Mi hermano (seis años menor) y yo ya habíamos cenado, yo apuraba mis últimos instantes de libertad ante al televisor mientras mis padres acababan de cenar en la cocina, éramos así, cenábamos en dos turnos, en estos tiempos quizá sería impensable pero en aquel entonces mi padre llegaba del pluriempleo a las diez de la noche tras haberse tirado casi quince horas fuera de casa trabajando como un cabrón, supongo que ésa era la manera que tenían mis padres de reservarse apenas un pequeño rato para ellos solos. Yo sabía que en breves momentos sucedería lo de siempre, que una vez cenados llegarían por fin al cuarto de estar, nos verían allí y exclamarían ¡¡¡pero ¿qué hacéis aquí todavía?!!! ¡¡¡Venga, a la cama los dos!!!, yo protestaría, reivindicaría que tenía ya trece años, que a esa edad ya no necesitaba dormir tanto, que todos mis compañeros de clase se quedaban hasta las tantas y veían todo lo que echaban por la tele, que yo era el único al que no le dejaban, mi protesta inútil de cada noche porque de inmediato mi madre contestaría que mi hermano era más pequeño y necesitaba dormir más horas, que no habría forma de acostarle si no me iba a la cama yo también… Fin de la historia, nosotros finalmente nos acostábamos y mis padres se quedaban con la tele para ellos solos, en apenas cinco minutos mi madre estaría viendo lo que fuera y mi padre roncando en el sofá. La eterna película de mi infancia.

Aquella noche del 73 podría haber sido una noche como otra cualquiera pero no era una noche como otra cualquiera, no lo era para mí al menos. Apenas había dos canales en la televisión de aquellos años, y digo apenas porque decir dos canales es decir mucho, sería más correcto hablar de uno y medio o de uno y cuarto. Estaba lo que hoy conocemos por TVE1, que en aquel entonces en lenguaje oficial se llamaba la primera cadena de Televisión Española y en lenguaje coloquial era la tele, sin más, para qué íbamos a andar precisando si prácticamente no había otra, preguntábamos qué ponen esta noche en la tele y todos sabíamos de qué hablábamos, para qué entrar en más detalles. Y luego estaba lo que hoy sería La2, ésa a la que el lenguaje oficial denominaba el segundo canal o la segunda cadena y a la que nosotros por alguna misteriosa razón que nunca llegué a descifrar llamábamos el UHF (supongo que la primera cadena todavía iría por la banda de VHF). Era una especie de canal fantasma, que casi ni emitía todos los días siquiera y que cuando lo hacía emitía sólo programación de noche. Y era un signo de distinción, también. Si a mediados de los sesenta el mundo se dividía entre quienes tenían o no tenían televisión, a comienzos de los setenta el mundo se dividía ya entre quienes tenían o no tenían UHF. Aunque a finales de 1973 algo habíamos ya evolucionado (sólo en esto, no crean), al menos en mi colegio y mi vecindario ya casi todo dios tenía (teníamos) UHF. Ya otra cosa era que además lo quisiéramos utilizar.

Aquella noche ponían Sesión de Noche, tocaba una antiquísima película de los años treinta o tal vez los primeros cuarenta, no me pregunten cuál, no doy para tanto. Eso en la tele propiamente dicha, en el UHF en cambio había baloncesto. Y qué baloncesto. Se disputaba en aquellos días el Campeonato de Europa, un torneo que en relación a otros anteriores reunía dos peculiaridades esenciales: 1) que se disputaba en casa, en Barcelona concretamente; y 2) que por primera vez dimos en llamarlo Eurobasket, recuerdo al respecto incluso algún artículo de algún sesudo columnista abogando por que aquello sirviera para desterrar por fin de nuestro deporte la arcaica denominación de baloncesto y sustituirla por aquella otra (mucho más moderna, dónde va a parar) de basquetbol, no cuajó su idea pero al menos el Torneo sí se quedó ya en Eurobasket para toda la vida, esa marca aún sigue acompañándonos fielmente cuarenta años después.

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Aquella noche del jueves 4 de octubre de 1973 nuestra selección iba a enfrentarse a la de la URSS en una de las semifinales del Campeonato de Europa de Baloncesto. Decir enfrentarse ya era decir mucho, hoy puede parecer un partido más pero créanme que en aquel entonces casi ni era un partido siquiera. USA (aún con universitarios) y URSS eran entonces dos mundos absolutamente inaccesibles, dos equipos que nos metían de 30, 40 ó 60 cada vez que nos tocaban, a un lado estaban ellos y a años luz estábamos casi todos los demás, quizá con la honrosa excepción de Yugoslavia. Para una selección como la nuestra, acostumbrada a ser sexta o séptima en el mejor de los casos, era ya todo un éxito sin precedentes haberse clasificado para disputar aquella semifinal. Pensar en pasar de ahí era ya una utopía irrealizable… aunque a algún crío de trece años que acostumbraba a pensar más con el corazón que con la cabeza aún le pareciera que quién sabe, que quizá el hecho de jugar en casa tal vez nos concediera alguna remota posibilidad…

No recuerdo a qué hora fue aquel partido, sí recuerdo que empezó y me puse a verlo, porque quería verlo, porque aquel día no había ninguna otra cosa en mi cabeza que no fuera verlo, porque además mis padres estaban cenando en la cocina y todavía pasaría un rato antes de que aparecieran por aquel cuarto de estar. Obviamente no recuerdo con precisión los detalles pero para eso está el vídeo, hace algunos años la revista Gigantes tuvo a bien ponerlo a nuestra entera disposición en formato DVD, con magnífica calidad de imagen pero con la desgracia de que la narración original del recientemente desaparecido José Félix Pons se hubiera perdido por el camino. Para rellenar aquel vacío los de Gigantes improvisaron unos comentarios de aliño entre su director Paco Torres, Rafa Rullán (que jugó aquel Campeonato) y Sergio García-Ronrás, si usted se lo perdió entonces y hoy desea darse el gusto (cosa que le recomiendo encarecidamente) lo tiene realmente fácil, no tiene más que pinchar aquí y de inmediato sus deseos se habrán convertido en realidad…

En aquel 1973 la televisión era un poco como la vida, en blanco y negro (es decir gris), aún habrían de pasar algunos años para que llegara el color (a nuestros televisores y a nuestras vidas). Suponíamos que España iba de blanco y la URSS de rojo en aquella noche de 1973, hoy podemos confirmarlo gracias a que el vídeo sí se conserva en color, España de blanco y la URSS no tanto de rojo como de rojos, en plural,eb2 no le busquen connotaciones políticas porque no van por ahí los tiros, eran dos rojos distintos, su uniforme recordaba casi a aquel legendario anuncio de lejía (también de hace muchos años), he lavado más veces la blusa que la falda… ¡y mira cómo ha perdido el color! La camiseta en un rojo oscuro, terroso, un rojo tirando a granate con los dorsales además en un tono gris verdoso indefinible que hacía casi imposible distinguirlos (así en el blanco y negro de entonces como en este color desvaído de ahora). Y el pantalón… El pantalón daría casi para un artículo entero por sí solo, rojo fucsia brillante, más corto imposible (de haberlo sido más se les habría visto el culo), ajustado hasta lo inverosímil, una especie de shorts que hoy nos parecerían casi más apropiados para la moda adolescente femenina de la segunda década del presente siglo que para el estilismo deportivo masculino de la octava década del pasado siglo. Vivir para ver.

Así que ahí estaban nuestros Luyk, Brabender, Buscató, Ramos, Cabrera o Santillana contra la Rusia de los Sergei Belov, Miloserdov, Edeshko, Paulaskas o Kovalenko, nótese que he puesto Rusia como si lo fuera, evidentemente no lo era pero todos la llamábamos así, hasta los comentaristas de aquella época la llamaban también así, esto fue como aquello que decía el del pueblo, toda la vida para aprender a decir pinícula y ahora que ya sabemos decir pinícula van y les llaman flimes, pues esto igual, media vida para aprender a decir Unión Soviética y cuando por fin lo conseguimos resultó que aquello desapareció y volvió a llamarse Rusia.eb3 Rusia o sea la URSS se iba en el marcador como estaba previsto, pero por mucho menos de lo que estaba previsto:  17-10, 31-26, 39-28, un choque fascinante, la perfección de Belov o los centímetros de Kovalenko contra los ganchos de Luyk, la pasmosa seguridad de Brabender, la magia de Cabrera o los arrebatos de Buscató, los rusos (digo soviéticos) lo llevaban controlado pero no lo suficiente como para que nos quitaran la ilusión de que allí seguía habiendo partido. Al descanso 45-40, al descanso seguía siendo muy difícil pero aún había razones más que sobradas para continuar soñando, al descanso…

Al descanso pasó lo que tenía que pasar. Mis padres finalmente aparecieron y descubrieron que esta vez ya no era sólo que nosotros estuviéramos donde no teníamos que estar, es que además la tele tampoco estaba en el canal que debía estar. Pero qué hace esto puesto, pero por qué no está en el canal normal, qué ponían esta noche, mi madre encolerizada y yo templando gaitas, buah, una película antigua, un rollo, no coló, mi madre cambió un momento, ¡¡¡uuuhh, con lo que me gusta a mí Errol Flynn!!! (o Clark Gable, o Montgomery Cliff, o Alan Ladd, alguno de esos, qué sé yo quién sería), ¡¡¡Venga, a la cama los dos!!! ¡¡¡Ahora mismo!!! Monté un pollo espectacular, intenté explicarles (probablemente entre lágrimas) la trascendencia de aquel evento y la importancia de aquel partido en concreto, recuerdo que hasta me negué con todas mis fuerzas (lo cual no tenía precedentes) pero como si no, aquellos eran otros tiempos, a los padres no sólo no se les desobedecía sino que ni siquiera se les discutía, como protestaras cualquier cosa te llamaban respondón y te decían que a los padres no se les contesta, éramos la metáfora perfecta del país en que vivíamos. Aquella noche yo lloré, rabié, pataleé, no diré que me llevaron a la cama agarrado de los pelos porque no sería cierto pero algún azote en el culo (eterno recurso de la innovadora pedagogía de la época) sí que me cayó por el camino. Suele decir mi sobrina que en este mundo hay dos clases de personas, personas-perro y personas-gato, supongo que yo siempre fui persona-perro, por más que ladro siempre acabo haciendo lo que ordenan mis amos. Entonces y ahora.

Me metí en la cama sollozando todavía, casi me faltaba el aire tras el berrinche que me había cogido, me iba a costar dormirme, estaba claro… tanto más teniendo en cuenta el sonido que llegaba desde el cuarto de estar. Tras la refriega la tele se había quedado sintonizada en la segunda cadena, mis padres contra todo pronóstico no la habían cambiado, supongo que pensaron que ya total para qué si la película estaba empezada, se olvidaron del televisor y se quedaron ahí hablando de sus cosas.eb6 Y mientras tanto yo intentando escuchar, de fondo tenía la voz de mi madre, la de mi padre y la de José Félix Pons, obviamente las dos primeras me enmascaraban la tercera que era justo la única que en aquel momento me interesaba oír, la que me iba contando que así de entrada todo seguía igual o peor incluso, 61-50 para la URSS a apenas 12 minutos para el final, algo así me parecía interpretar entre la voz de mis padres que ahí seguían sin callarse ni un instante, sin prestar ni siquiera un segundo de atención a todo aquello que ahí estaba sucediendo ante sus ojos…

Acaso ustedes se pregunten (si es que no han huido ya despavoridos a estas alturas del relato) por qué demonios no me levanté, por qué no volví otra vez al salón y les dije, pues si al final lo estáis viendo me vengo aquí con vosotros y así lo veo yo también, dirán que no tuve huevos (y será cierto) pero es que además sé que habría sido mucho peor el remedio que la enfermedad, según me hubieran visto aparecer habrían exclamado ¡¡¡¿pero qué haces tú aquí, por qué no estás durmiendo todavía?!!!, de inmediato habrían caído en la cuenta de cuál era la razón y habrían apagado la tele (o cambiado el canal), me habrían enviado de vuelta a la cama pero ahora ya sin la posibilidad siquiera de poder oírlo, no me atreví, preferí dejar las cosas como estaban, mejor seguir escuchando a duras penas cómo ahora las cosas poco a poco comenzaban a cambiar, cómo Díaz-Miguel acertó montando aquella zona 1-2-2 (a ratos 2-3) y metiendo en cancha a un inesperado Miguel Ángel Estrada, cómo les fundimos por completo a base de velocidad en las transiciones, cómo Brabender seguía sin fallar, cómo Buscató enchufaba suspensión tras suspensión y de paso arengaba a las masas… En un abrir y cerrar de ojos estábamos a un punto, 63-62 a apenas 8 minutos para el final, aún faltaban muchos años para que el añorado Manel Comas formulase su táctica del conejo pero ésta sin embargo ya existía, nosotros la estábamos ejecutando a las mil maravillas…

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A tal extremo de emoción llegó el encuentro que en un momento dado mis padres dejaron por completo de hablar y se pusieron a verlo, y a disfrutarlo, y a gritar incluso con cada canasta… Aquello era el mundo al revés: un matrimonio de mediana edad, carente por completo de cualquier interés por deporte alguno (nunca supe a quién salí), ahora de repente absolutamente enganchado frente al televisor, vibrando ambos dos como nunca imaginé que pudieran hacerlo con aquel espectáculo que en el fondo ni les iba ni les venía; y mientras en la otra punta de la casa (apenas cincuenta metros cuadrados, tampoco exageremos) un preadolescente descerebrado de apenas trece años, para el que no había ninguna otra cosa que importara en el mundo aquella noche, limitándose a tener que escucharlo a duras penas porque no se lo dejaban ver. No entendía nada, nunca entendí nada, tal vez a día de hoy siga sin entender nada…

Claro que a esas horas ya no estaba yo acostado sino sentado sobre los pies de la cama, lo más cerca posible de la puerta, escuchando (ahora ya con más facilidad, gracias al silencio de mis padres y a la subida de tono del narrador) cómo igualábamos por primera vez (70-70) a falta de 4 minutos y medio, cómo Buscató conseguía por fin la primera ventaja (72-70), cómo seguidamente Estrada hacía el 74-70 y luego Vicente Ramos el 76 y el 78, la locura, los rusos (o sea soviéticos) que ya no veían por dónde les venían los golpes, quedaban apenas dos minutos, ¿realmente íbamos a ganar, de verdad podía ser posible lo imposible?,eb7 mis padres volviéndose locos (no sé qué me extrañaba más, si que estuviéramos ganando o que mis padres lo estuvieran viendo), yo pegando brincos sobre la cama (con moderación, no se fuera a despertar mi hermano), a falta de un minuto los rusos volvían a perderla, todavía 6 arriba, aún no había triples, ya casi no habría tiempo pero ahí estaban los rusos otra vez a 4, agotamos posesión, va Brabender a meter la bandeja definitiva y le taponan pero el balón le cae a Estrada, ¡¡¡a Estrada!!! que se saca un churrigancho, entra, 80-74, aún faltan 10 segundos pero ya da igual, aún los rusos anotan sobre la bocina pero ya da igual, HEMOS GANADO, en aquel pabellón se desató la locura colectiva y en aquella cama yo ya no sabía si reír o si llorar, si aquellas lágrimas que me resbalaban por las mejillas eran de alegría o de pena, no sabía si sentirme inmensamente feliz porque habíamos ganado o un desgraciado de mierda porque para una vez que ganábamos algo así no había podido verlo, probablemente nunca hubo alegría más amarga ni tristeza más feliz que aquella, un puto caos de emociones encontradas era yo a aquellas altas horas de la noche…

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Y a la mañana siguiente fue aún peor, fue llegar al colegio y todo dios lo había visto gracias entre otras cosas a que en casi todas las casas de casi todos mis compañeros se vivía con un horario mucho más español que el nuestro, tenían todos la insana costumbre de cenar casi a las once (hoy me parece una auténtica barbaridad, pero en aquel entonces me daban mucha envidia), por supuesto que aquella mañana nadie hablaba de otra cosa, todos me preguntaban ¿tú no lo viste?, yo podría haber mentido y contestar que claro que sí, que cómo no habría de verlo, faltaría más, pero nunca se me dio muy bien mentir (tampoco se lo habrían creído) así que decidí pecar de ingenuo, la primera parte sí la vi, la segunda la oí desde la cama, y todo lo que obtuve a cambio fue una mezcla de conmiseración y descojone, como si les diera lástima y risa al mismo tiempo el tener de compañero a un gilipollas al que le no le dejaban ver justo aquello que más le gustaba, justo aquello que todos los demás veían. Pocas veces a lo largo de mi vida (y miren que hay donde escoger) me sentí tan PRINGAO con mayúsculas (y eso que aún no solíamos utilizar esa palabra) como en aquella mañana de viernes.

Fue tal la repercusión de aquel triunfo que TVE decidió hacer algo insólito, volver a emitirlo (esta vez por su primera cadena, evidentemente) en la mañana del sábado 6 de octubre, en las horas previas a la gran Final. Lo cual por supuesto dio pie a que mi madre me lo restregara,eb8 ¿lo ves?, tanto disgusto el otro día por no poder verlo y resulta que ahora te lo vuelven a echar, después de la noche que nos diste, ya estarás contento… como si yo aquella noche hubiera sabido que lo volverían a poner, como si fuera lo mismo verlo en directo que en diferido, ella no soportaba que nadie le destripara el final de las películas, en cambio el ver un partido sabiendo ya el resultado debía resultarle de lo más normal, supongo que eso a ella no le parecería que tuviera la menor importancia, qué cosas. Por supuesto que vi por fin todo lo que me había perdido, por supuesto que fue mucho peor haberlo visto porque aún me dio mucha más rabia habérmelo perdido. No, definitivamente ya no tenía yo remedio a esas alturas de mi vida.

Y luego a la tarde/noche la Final, ésta sí puede verla sin problemas, quizás porque fuera por la primera cadena, quizás porque fuera más temprano, quizás porque al ser sábado me dejaran quedarme hasta más tarde, quizás por todas esas cosas a la vez. Enfrente la Yugoslavia del grandioso (en todos los sentidos) Kresimir Cosic pero también de Kicanovic, Dalipagic, Slavnic, Plecas, Jelovac, Jerkov, Turdic, pónganse en pie si no lo están ya. Resultaba una quimera pensar siquiera en poder ganar a aquel impresionante equipo (tanto más cuando ya habíamos perdido claramente contra ellos en la primera fase) pero oigan, al fin y al cabo acabábamos de ganar a la URSS, la campeona olímpica en ejercicio, soñar era gratis, por qué no… Pues no. Ni olerlos siquiera. fue el principio de una larga sucesión de finales perdidas que tendría continuidad en 1983, 1984, 1999 y 2003 y que se acabaría finalmente en 2006, claro está que todo eso aquella noche aún no lo sabíamos y por eso mismo no nos importó, lo verdaderamente grande ya estaba hecho, éramos Subcampeones de Europa, la mera denominación producía vértigo, mareaba casi hasta decirlo (quizás por la falta de costumbre), quizás por eso hubieron de pasar casi diez años hasta que pudimos volverlo a repetir. Pero ésa ya fue otra historia

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Supongo que llegados a este punto se estarán preguntando por qué no me he limitado a contar sin más aquel partido, por qué demonios me he tenido que poner en plan abuelo Cebolleta y contarles también (una pequeña parte de) mi vida. Sé que no debería haberlo hecho pero sé también que jamás habría podido separar una cosa de la otra,descarga (1) que aquello me afectó lo suficiente como para no poder recordar lo que sucedió entre las cuatro paredes de aquel vetusto Palacio de Deportes de Barcelona sin recordar también lo que sucedió entre las cuatro paredes de mi casa. Quizás aquella noche empezó todo, quizás fue aquella la noche en que una simple afición se me convirtió ya para siempre en adicción. Nada habría sido igual si hubiéramos perdido, nada habría sido igual (ni aún ganando) sin el trauma de no haber podido verlo, un trauma que aún sigue durándome cuarenta años después, de ahí quizás esta catarsis de tener que escribirlo. Toda mi pasión por este deporte, toda mi obsesión por ver baloncesto y luego contarlo, todos estos rollos que les meto periódicamente probablemente tuvieron su origen en aquella mágica noche del jueves 4 de octubre de 1973. Sólo espero que haya merecido la pena.

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