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EL JUGUETE DE CRISTAL   4 comments

Éramos perdedores, por definición. Veníamos del angolazo y caminábamos (alemaniazo mediante) hacia el chinazo. Habíamos interiorizado ya en aquellos primeros noventa (y aún más habríamos de interiorizarla en años venideros) nuestra presunta incapacidad genética para superar el cruce de cuartos de final. Ello a nivel de selección, a nivel de clubes sí que sabíamos alcanzar finales pero todavía no habíamos aprendido cómo ganarlas, o acaso un día lo supiéramos pero lo estábamos olvidando ya con el paso del tiempo. O puede que aún nos acordáramos en torneos menores (esos que aún llamábamos Recopa o Korac) pero en lo tocante a la máxima competición continental no éramos nadie, cada vez menos: año tras año se metía el Barça en esa novedosa innovación llamada Final Four, año tras año se estampaba contra aquella otra innovación no menos novedosa llamada Jugoplastika, año tras año la misma canción. 1991 de alguna manera representó un punto de inflexión: tres finalistas europeos, tres, a razón de uno por competición, qué menos que ganar al menos una de ellas, sólo una siquiera… Y sucedió que el Madrid perdió ante Cantu la Korac y la vida de su técnico (inolvidable Ignacio Pinedo), todo en uno; y sucedió que el CAI perdió (le perdieron, más bien) ante el Paok la Final de Recopa más indigna que se recuerda; y sucedió que el Barça completó la cuadratura del círculo, el más difícil todavía: esta vez le trajeron la Final Four al lado de casa, esta vez le pusieron en sus filas al entrenador que acostumbraba a estar en las de enfrente (Maljkovic), esta vez ya ni siquiera Jugoplastika se llamaba Jugoplastika sino Pop 84 Split, todo lo cual a la larga dio igual porque la historia volvió a acabar exactamente de la misma manera. Tres finales, tres derrotas, trescientosmil artículos en prensa glosando nuestra presunta inferioridad psicológica: no había duda, no sabíamos cómo manejar esa presión, éramos perdedores, llevábamos la derrota en las venas.

¿Quieren más? En 1992 la Copa de Europa pasó a ser Liga Europea, se abrió a más equipos por país y aquí bien que lo aprovechamos, esta vez ya no hubo uno sino dos de los nuestros en Final Four, que nos vamos a Estambul chimpún, la Penya que en semis se carga al Estu, que se cita en la Final con aquel Partizan que durante un tiempo fue de Fuenlabrada, que se ve ya ganadora tras canasta de Tomy Jofresa a falta de 10 segundos, lástima que Sasha Djordjevic no fuera de la misma opinión. Nadie escenificó mejor que Pedro Barthe aquella frustración, si ni siquiera metiendo dos equipos en Final Four somos capaces de ganarla, a lo mejor tendremos que esperar a que lleguen tres, tres de cuatro, a ver si así tuviéramos al menos alguna posibilidad… En 1993 llegó sólo uno pero esta vez fue el Madrid, nada menos que el Real Madrid de Sabonis convertido en hiperarchimegafavorito para la ocasión (al Madrid la hipermegafavoritez se le supone como el valor en la mili, por definición; pero es que esta vez además lo era), hiperarchimegafavoritismo que se estampó de bruces contra la tela de araña limogeois de (otra vez) Maljkovic. No teníamos remedio, éramos tan perdedores que ni siquiera sabíamos qué hacer cuando ganábamos, nos sentíamos tan inferiores que la mera superioridad nos descolocaba, tuvimos en aquellos años a un ciclista que ganaba Tour tras Tour y al que jamás profesamos otra cosa que no fuera indiferencia (e incluso un puntito de desprecio), aquí preferíamos ser de otro cuyos éxitos nunca estuvieron a la altura de sus despistes, será que a éste sí le veíamos como uno de los nuestros. Cuentan que en aquel tiempo un modesto equipo de fútbol perdió una Liga en el último segundo (penalty fallado mediante), cuentan que en la posterior rueda de prensa su entrenador, visiblemente emocionado, vino a decir que la derrota era el estado natural del ser humano. La victoria, en su caso, sería tan solo un mero accidente. Si lo sabríamos nosotros.

Y en éstas llegó la Final Four de 1994. Otra vez dos de los nuestros, otra vez enfrentados en semis por prescripción FIBA no fueran a juntarse dos equipos del mismo país en la Final con lo feo que queda eso. De un lado el Joventut de Obradovic, precisamente Obradovic que fuera su verdugo en los banquillos apenas dos años atrás, había hecho la Penya con Zeljko lo que el Barça años atrás con Boza, si no puedes vencer a tu enemigo únete a él; del otro el Barça de Aíto, un derby catalán en toda regla que esta vez no sería en Barcelona o Badalona sino en la otra punta del Mediterráneo, esa extraña Europa política (que no física) llamada Tel Aviv. De aquel partido siempre recordaré que Aíto se puso en zona (quizás no muy trabajada, o no lo pareció al menos) y empezaron a lloverle triples; Aíto puso la zona y el error no fue ponerla, el error fue mantenella y no enmendalla. Cuando la enmendó fue ya demasiado tarde. La Penya en otra final, apenas un par de años después de la anterior… pero esta vez no íbamos a engañarnos, esta vez favoritos ni en pintura, esta vez el rival no era el humilde Partizan sino el todopoderoso Olympiakos (aún con K), el Olympiakos de los dracmas a espuertas, de los magnates navieros, del dinero por castigo, el Olympiakos de Paspalj, Tarpley, Fassoulas, Sigalas, Tarlac o ese Milan Tomic nacido en Yugoslavia pero que juega como griego no me pregunten ustedes por qué… (Trecet dixit). La de dios. ¿Favoritos, dice usted? Carpe diem, vivamos el momento, disfrutemos del mero hecho de haber llegado hasta aquí. Y que sea lo que dios quiera.

Jueves 21 de abril de 1994. Aparentemente un jueves como otro cualquiera, esta vez ni siquiera era Jueves Santo como tantas veces antes o tantas otras después gracias ese don incomparable que siempre tuvo la FIBA para complicarnos la vida en vacaciones. Un jueves normal y corriente, perfecto para planificarme una tarde perfecta de sofá y partidazo, ajeno por completo al complot que ya entonces se tramaba a mis espaldas. A mis espaldas mi señora y sus dos amigas del alma decidieron que las tres parejas en cuestión llevábamos ya muchos meses sin vernos, que eso no podía continuar así de ningún modo, que esa tarde de jueves era tan perfecta para quedar como cualquier otra. Y ponte a protestar, claro, ponte a argumentar que es un partido muy importante para que te contesten que es que a ti todos los partidos te parecen importantes (la de veces en mi vida que habré escuchado esa frase), ponte a buscar la complicidad de los otros dos maridos (futboleros y madridistas, especialmente uno de ellos) para que te respondan que hombre, si hubiese sido el Madrid entonces está clarísimo que no íbamos a quedar, ni de coña, o si hubiese sido fútbol, pero vamos, por esta mierda de partido por supuesto que no vamos a cambiar los planes, ya me dirás tú… Tocaba ser el raro una vez más, tocaba ponerlo a grabar con la vana esperanza de verlo luego sin saber el resultado, tocaba llegar al bar y encontrártelo ya puesto en el televisor, hoy nos puede parecer ciencia-ficción (hostelería-ficción, más bien) pero puedo asegurarles que en los bares de entonces sí ponían baloncesto (entre otras cosas porque había días en que no había fútbol…) Así vi yo (si es que a eso se le puede llamar ver) aquel partido, en un televisor que apenas llegaría a veinte pulgadas situado a diez o quince metros de mis ojos, cuyo sonido a todo volumen resultaba enmascarado por el griterío de los parroquianos que atiborraban el local. Y a todo esto fingiendo participar en conversaciones sobre las vidas privadas de mis contertulios que en aquel preciso instante (y aunque me esté mal el decirlo) no me interesaban en absoluto. Definitivamente éramos perdedores, sobre todo yo que a esas horas llevaba ya mi derrota puesta de serie. Acabara como acabara la Final.

Empezó por fin aquello con Trecet (que lo veía tan mal como lo veíamos todos, sólo que más de cerca) intentando sacar ilusión de debajo de las piedras, reivindicando nuestro derecho a soñar, apelando incluso a la épica, a la leyenda de Excalibur nada menos, a cómo Arturo sacó la espada de la roca cuando nadie pensaba que él, que era un simple escudero en aquel momento, podría hacerlo... Yo no podía oírlo pero sí veía que por más que la Penya tiraba la espada no salía, que estábamos más nerviosos que ellos, que los rebotes eran griegos, que a siete minutos para el descanso el marcador ya señalaba un desalentador 24-16 para Olympiakos. Quizás fuera lo mejor, quizás eso les permitió sacudirse por fin el corsé, soltarse los brazos, perder los complejos y empezar a jugar de tú a tú. Al respecto no estará de más recordar que cuando más pintaban bastos hubo un jugador llamado Ferrán Martínez (del cual luego no se acordó casi nadie) que fue quien sacó las castañas del fuego y permitió que la Penya llegara no sólo viva sino incluso empatada (a 39) al descanso, triple mediante de Mike Smith literalmente sobre la bocina. Justo antes de que empezara la segunda mitad vino la consabida conexión con la segunda edición del Telediario, fenómeno inevitable en aquella época, en la que el gran Ramón Trecet aprovechó para seguir intentando ganar adeptos para la causa: ¡¡¡si usted quiere vivir un sueño pásese a la segunda cadena porque un equipo español puede ser campeón de Europa!!! Dicho y hecho, nos habíamos ganado por fin el derecho a soñar, ahora ya sólo faltaba que la realidad quisiera parecerse a nuestros sueños.

Pero tras ese descanso lo que vino fue puro cemento, baloncesto de pico y pala, vuelta al corsé, tal vez lo llevaran ambos pero el de la Penya se notaba mucho más. Siete minutos para el final, Olympiacos arriba 57-52, cinco puntos no son nada pero también lo son todo, tanto más si cada punto te cuesta una eternidad. Y entonces fue como si el partido se detuviera, aún más si cabe. Es decir, el reloj seguía corriendo pero el juego parecía haberse parado a su alrededor. Mérito de una Penya que finalmente entendió que el primer paso para sacar la espada quizá fuera romper la piedra, desarticular el juego ofensivo de Olympiakos (es decir, Paspalj) por delante y por detrás. Mérito badalonés a la par que demérito de ese histriónico Ioannidis que jamás tuvo un plan B, o acaso sí lo tuviera pero sus jugadores no debían sabérselo, o acaso sí lo supieran pero no debieron acordarse. Claro que una vez rota la piedra quedaba pegar el tirón definitivo de la espada y eso ya iba a resultar bastante más difícil, aquello no había quien lo moviera, otros cinco minutos y nada, si a falta de siete estábamos 57-52 a falta de dos estábamos 57-53. La hora de Villacampa, por fin. Se levantó de tres, la clavó y fue como si de repente se abrieran las puertas del cielo, 57-56, nuevo ataque fallido griego, balón verdinegro a falta de minuto y medio, quién nos iba a decir entonces que ese ataque duraría minuto y cuarto. Falla Ferrán, rebote Villacampa, falla de nuevo Ferrán, falla el palmeo Mike Smith pero se rebotea a sí mismo, quedan aún 30 segundos, bola de mano en mano hasta encontrar al hombre abierto que resulta ser Rafa Jofresa que en ese último instante ve aún más abierto a Corny, don Cornelius Thompson que se levanta de tres, que la clava y es la gloria, el éxtasis, el delirio, el 57-59. Quedan 15 segundos…

La jugada de Olympiakos terminará en falta sobre Paspalj a 4,8 segundos para el final (que en realidad eran más, pero se les olvidó parar el reloj a tiempo). No es mala falta, dirá Pesquera (allí a la vera de Trecet para los comentarios técnicos), y dirá bien: uno más uno, Paspalj no era un excelso lanzador, en el peor escenario aún quedaría algún segundo para arreglarlo antes de la (hipotética) prórroga… No fue el caso. Paspalj falló el primero luego ya no hubo segundo, rebote para la Penya que en su afán por evitar que salga fuera se lo acabará dando a Olympiakos, tiro desde medio campo a la desesperada, todavía otro rebote para un Paspalj que tira forzadísimo y la estampa contra el aro, se suponía que iban a ser cinco segundos pero fueron diez o doce porque el del reloj volvió a cagarla, porque se le olvidó apretar el botón a su debido tiempo como venía siendo tradicional en las finales europeas de la época, no quiero ni pensar si hubiera llegado a entrar alguno de aquellos tiros, afortunadamente no sucedió, afortunadamente sonó por fin la bocina y ya todo dio igual, ya la Penya en pleno entró en la pista, ya se desató la locura, por fin…

Ya para entonces el bar entero estaba pendiente del televisor, ya para entonces mis dos amigos y yo estábamos en la barra intentando que nos cobraran (mientras nuestras tres respectivas continuaban de cháchara en la mesa) lo cual al menos me permitió ver ese último minuto mucho más de cerca que casi todo lo demás, algo es algo. Eso sí, siempre recordaré la reacción final de mi colega futbolero irredento, que tras felicitarse de que hubiera ganado el Joventut porque era un equipo que le caía bien (le caía bien no por historia ni por tradición ni por lo que representaba para nuestro deporte sino más bien por todo lo contrario, le caía bien por lo mismo que le caía bien el Espanyol, por ser el enemigo interior del Barça) no se privó de añadir su cuñita respecto al resultado, mira qué marcador, 57-59, ¿ves tú?, por eso mismo ya no me gusta el baloncesto, lo decía y se quedaba tan ancho como si en verdad le hubiera gustado alguna vez. Es así, podrá pasarse la vida entera viendo chorrocientosmil partidos que acaben 0-0 ó 1-0 sin que ello le haga renegar jamás del fútbol, en cambio un solo partido a sesenta puntos ya le daba para renegar de todo el baloncesto para toda la eternidad. Han pasado veinte años, pero ya ven que tampoco hemos evolucionado mucho desde entonces.

Como siempre recordaré la entrega del trofeo a Villacampa, ni operativo ni podio ni palco ni hostias sino que se lo entregaron casi clandestinamente, al otro lado del tumulto que se había formado en el centro de la pista. Como siempre recordaré aquel trofeo en sí mismo, aquello ya no era Copa de Europa sino Liga Europea luego la FIBA debió decidir que ya no tenía por qué dar una copa propiamente dicha sino que podía entregar cualquier cosa, por ejemplo aquel extraño objeto minimalista (tenía la mínima lista de cosas que puede tener un trofeo). Que probablemente sería una valiosa escultura en cristal de Murano con incrustaciones de oro macizo de veinticuatro quilates, no digo yo que no, pero que visto así de lejos más bien parecía uno de esos chismes decorativos de metacrilato que puedes comprar en cualquier tienda de chinos (o de todo a cien, que entonces aún no eran chinos). Como siempre recordaré la traca final de un Trecet que había empezado evocando al rey Arturo y acabó evocando a Peter Pan, si acaso quieres volar piensa en algo encantador, como aquella navidad en la que se regalaron juguetes de cristal; volarás, volarás, volarás… Qué razón tenía. Aquel jueves 21 de abril de 1994 ya no era navidad ni tan siquiera semana santa pero aún así aquella Penya se creyó una vez más con derecho a soñar, pensó en algo encantador, tuvo por fin su juguete de cristal (nunca mejor dicho a la vista del trofeo), voló, voló, voló… y aún por duro que fuera luego el aterrizaje (que lo fue) no importó, a quién habría de importarle cuando has alcanzado el cielo.

Como bien dicen que dijo entre lágrimas aquel sabio entrenador gallego (de nombre Arsenio, como probablemente ya habrán adivinado) la derrota es consustancial al ser humano, en cambio la victoria es sólo un accidente. Toda vida acaba en derrota, y ante eso sólo nos quedarán las pequeñas (o grandes) victorias que hayamos sido capaces de arañar por el camino. La vida de la Penya pendió de un hilo en los siguientes años, se vio más veces fuera que dentro de este mundo, pagó con creces (esto les sonará) haber vivido por encima de sus posibilidades. Pero ¿saben qué les digo? Que les quiten lo bailao. La Penya de alguna manera se refundó, vendió y vendió para sobrevivir, recuperó sus orígenes, volvió a sus esencias y no diré que hoy goce de buena salud (¿y quién goza de buena salud -económicamente hablando- en estos tiempos que corren?) pero sí que puede hoy mirar al presente e incluso al futuro con dignidad. Y al pasado, por supuesto. Pase lo que pase de ahora en adelante siempre les quedarán las ligas y las copas, las recopas, Korac y ULEB pero por encima de todas ellas siempre les quedará aquella Liga Europea, aquella inolvidable noche de Tel Aviv cuando por fin entendimos que el mero hecho de jugar finales de la máxima competición continental no tenía por qué ser sinónimo de perderlas, de hecho el mismo Real Madrid se encargó también de refrendarlo al año siguiente (Obradovic mediante, again) para que ya no nos quedara ninguna duda. Lentamente fuimos descubriendo que no era cierto lo que nos habían contado, que no llevábamos la derrota grabada a fuego en los genes, que no teníamos por que sentirnos inferiores a nadie aunque demasiadas veces lo pareciéramos. Lentamente fuimos dejando de ser perdedores en el deporte, casi al mismo tiempo que empezamos a serlo en otros menesteres (mucho más importantes) de la vida. Pero esa es otra historia…

(publicado originalmente en tirandoafallar.com)

aquel 7 de junio   4 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 6 de junio de 2013)

Recuerdo que aquel 7 de junio de 1993 fuimos mi señora y yo a pasar la tarde a casa de mis padres. Es raro porque era lunes y nunca solíamos ir entre semana, no sé qué demonios pintaríamos allí aquel día, quizás (dadas las fechas) nos hubieran pedido ayuda con su declaración de la renta, qué sé yo. Lo cierto es que llegamos y que, tras los besos, saludos y cortesías de rigor, mi madre en un momento dado me soltó, bueno ¿te has enterao, no?

Pues no, yo no me había enterado de nada. Yo había estado trabajando de espaldas al mundo, no había tenido tiempo de ver ni escuchar las noticias, hoy pasa cualquier cosa y nos coscamos casi al momento pero en aquel entonces Internet era poco más que una entelequia, sabíamos que existía porque nos lo decían los periódicos pero ni siquiera alcanzábamos a entender aún en qué consistía. Yo no sabía nada, así que puse mi mejor cara de sorpresa y me preparé para recibir una noticia inesperada, aún no sabía cuánto: pues que se ha matao Petrovic

Antes de continuar creo que debo hacerles dos aclaraciones: 1) Mi madre lo dijo así, tal cual, se ha matao, y reconozco que siempre me ha sorprendido que determinadas personas de determinada edad y (quizá también) determinada zona geográfica utilicen esa expresión para referirse a aquellos que mueren en accidente de tráfico, como si no fuera tal accidente sino una elección voluntaria, como si en vez de estrellarse se hubiera suicidado. Mi madre dijo que Petrovic se había matado como se lo he escuchado decir tantas otras veces de tantas otras personas, y sin embargo luego supimos que ni siquiera conducía él, que viajaba plácidamente dormido y muy probablemente ni siquiera se enteró de cómo se mató.

y 2) Es posible que les sorprenda que mi madre, mujer ajena por completo a todo lo que signifique deporte, supiera en cambio quién era Petrovic (de hecho me sorprende incluso a mí mismo cuando lo recuerdo). Hoy mi madre tiene ochenta años, tiene la cabeza casi tan bien como entonces pero creo que si yo ahora le preguntara por jugadores de baloncesto en activo probablemente contestaría (no sin esfuerzo) que Pau Gasol… y ya está, y pare usted de contar. No creo que ni siquiera conozca a su hermano Marc ni a Navarro, Ricky, Rudy o Calde, no sabrá quiénes son Kobe Bryant o LeBron James, no tendrá ni remota idea de la existencia de Spanoulis, Diamantidis, Papaloukas o Teodosic pongamos por caso (ni falta que le hace, claro). Es más, creo que si yo le preguntara (cualquier día haré el experimento) dime mamá, ¿quién te parece a ti que ha sido el mejor jugador español de baloncesto de todos los tiempos?, contestaría sin pensárselo que Emiliano, por supuesto, quién va a ser. Es así, hubo un tiempo en este país en el que no todo era fútbol, en el que los deportistas de otras disciplinas eran conocidos incluso por el gran público ajeno a ese deporte (tanto más en el caso de Emiliano, ya que el Régimen necesitaba fabricar y vender héroes que nos hicieran olvidar nuestras miserias cotidianas). Hoy tenemos una selección de baloncesto campeona de casi todo pero a la gran mayoría de nuestros jugadores (fuera del círculo de aficionados al deporte, entiéndase) no les conoce ni la madre que los parió.

Y sin embargo mi madre sabía perfectamente quién era Petrovic, no es ya que lo supiera mi madre sino que en aquel entonces lo sabía casi todo dios, les gustara el baloncesto o no, les interesara el deporte o no. La burbuja baloncestera se acababa de pinchar en aquellos primeros noventa, se apreciaba ya claramente la cuesta abajo pero todavía vivíamos de las rentas de los felices ochenta, aquella década prodigiosa en la que el baloncesto se convirtió de repente en deporte de masas y algunos nos creímos (ingenuamente, estúpidamente) que sería así para siempre, más dura fue luego la caída. Petrovic fue un fruto (acaso el más sabroso) de aquellos años, Drazen Petrovic empezó a aparecer sutilmente en nuestras vidas a comienzos de los ochenta y así de entrada casi ni reparamos en él, Petrovic estaba ya en aquella selección yugoslava a la que ganamos en el Eurobasket de Nantes 83 y en aquella otra a la que volvimos a ganar en la semifinal de Los Ángeles 84, y créanme que apenas nos dimos cuenta de su existencia. Y sin embargo sólo harían falta unos pocos meses más para que irrumpiera ya para siempre en nuestras vidas…

La culpa la tuvo la Copa de Europa, aún a nadie se le había ocurrido llamarla Euroliga. Hoy el Madrid (sigamos las comparaciones odiosas) juega la Final de la máxima competición continental y me la ponen en un canal de tercera que no ve ni dios, en cambio en aquel entonces cualquier partido europeo del Madrid (o de quien fuera), cualquiera, constituía casi un acontecimiento nacional. Fue el Madrid a jugar a Zagreb, vino la Cibona a jugar aquí y en ambos enfrentamientos (nunca mejor dicho) descubrimos a un tipo que no es que fuera bueno ni extraordinario sino que era algo más, era lo siguiente: un prodigio, una cosa nunca vista en el baloncesto europeo, un genio, genio en el más estricto sentido de la palabra. Hasta pinta de genio tenía con aquella cara de niño malo, con aquellos rizos naturales casi a lo afro que luego poco a poco iría recortando con el tiempo. Alguien le apodó Mozart, o Amadeus si así lo prefieren, muy pocas veces un apodo estuvo mejor puesto. Hasta en su prematuro final.

Drazen era un genio capaz de convertir en oro cualquier cosa que tocara, capaz de convertir en triple cualquier tiro que lanzara. Drazen era más bien un dos que podía jugar (y a menudo lo hacía) de uno y que sabías de antemano que se iba a hacer el amo del cotarro desde el uno o desde el dos, tanto daba. Drazen era talento puro, no me atrevería a afirmar categóricamente que haya sido el mejor jugador europeo de la historia (no me suelen gustar ese tipo de afirmaciones que me obligarían a compararlo con Sabonis, quizás también con Nowitzki) pero sí me arriesgaría a afirmar que ha sido el jugador de mayor talento que ha dado nuestro continente en toda su historia. Drazen jugaba como los ángeles y metía puntos a chorros, sólo con eso le habría bastado ya más que de sobra para hacer historia. Pero para pasar de la historia a la leyenda no basta con ser muy bueno, hace falta un paso más, algo que ya sólo está en manos de los elegidos.

Llamémosle carisma si así lo quieren. O llamémosle chulería, si así lo prefieren. Drazen era chulo porque podía, Drazen era muy bueno y jamás perdía ni una sola oportunidad de restregarte en la cara lo bueno que era. Drazen hacía una cosa que jamás se había visto antes en nuestro deporte y que muy pocas veces se vio después, Drazen celebraba las canastas como si fueran goles (lo cual, dado su caudal de anotación, sucedía un montón de veces en cada partido), saltaba, brincaba, elevaba los brazos al cielo mientras volvía a territorio defensivo y así de paso aprovechaba para arengar a las masas si jugaba en campo propio y para restregártelo sin más si jugaba en campo ajeno. Drazen provocaba reacciones encontradas y tumultuarias a su paso, era idolatrado y odiado a partes iguales, a menudo era odiado por los mismos que le idolatraban e idolatrado por los mismos que le odiaban, muchos admiraban su talento pero odiaban su carácter como si pudiera disociarse una cosa de la otra, como si una cosa no fuera en cierto modo consecuencia de la otra (y viceversa). Drazen se hizo odiar por el madridismo así en Zagreb como en Madrid en aquella temporada 84/85 en la que aún quedaría la traca final, la mismísima Final de la competición, Madrid-Cibona en Atenas, en plena Semana Santa, la FIBA para estas cosas siempre tuvo el don de la oportunidad. Recuerdo que viajaba yo hacia el norte con unos amigos, recuerdo que me empeñé en parar en sabrá dios qué bar de carretera (aún no se había impuesto el concepto área de servicio) entre Burgos y Santander, recuerdo que me abalancé de bruces sobre el televisor esperando encontrarme un final igualado y fui a encontrarme con todo lo contrario, Cibona ganando de qué sé yo cuánto, de 15, de 20, Petrovic pasándose el balón por detrás de la espalda o entre las piernas ante la atribulada mirada del imberbe base madridista Paco Velasco (antiguo compañero mío de colegio, por cierto), luego supimos que mientras le toreaba iba repitiéndole una y otra vez, hala Madrid, hala Madrid, hala Madrid

Era así, cuando aquellos (aún) yugoslavos te ganaban era como si te ganaran dos veces, te abrumaban en el juego y al mismo tiempo te humillaban, te lo restregaban por la cara. Drazen Petrovic se convirtió en la bestia negra del Madrid, el enemigo público número uno no ya del madridismo baloncestero sino del madridismo en pleno (en aquel entonces ambos conceptos venían a ser lo mismo, dada la inmensa popularidad de nuestro deporte). En el Palacio de los Deportes se hizo frecuente escuchar un cántico que empezaba por sí sí sí y que acababa por Petroví (así, en agudo, para que rimara), en medio dos palabras que no reproduciré aquí pero que no les resultará difícil imaginar. La temporada 85/86 fue más de lo mismo, la diferencia fue que esta vez el rival de la Cibona en la Final no fue el Madrid sino el Zalgiris, más de lo mismo en todos los sentidos, para la historia quedará el arrebato aquel de un Sabonis desquiciado que se cruzó toda la pista para agredir no a Petrovic sino a Nakic, punto y final, nuevo festival de Petrovic, nuevo título para la Cibona, nueva exhibición, nueva humillación.

De alguna manera todo aquello fue el caldo de cultivo para un partido que creo que no olvidaré jamás (mientras el señor Alzheimer me lo permita), uno de esos que te marcan para toda la vida. Yugoslavia-URSS, Madrid, Palacio de los Deportes, semifinal del Mundial 1986. Aquellos yugoslavos que empezaron en tromba, aquel parcial inicial de 18 ó 20-0, qué sé yo, aquella portentosa exhibición ante la que los atribulados soviéticos poco más podían hacer que parar la hemorragia, último minuto, todavía Yugoslavia 9 arriba a apenas 50 segundos para el final… y el resto es historia: aquellos tres triples, aquellos dobles de un jovencísimo Vlade Divac, aquella prórroga, aquel Palacio de Deportes enloquecido gritando casi al unísono Rusia, Rusia, Rusia (éramos así, nos costaba llamar a las cosas por su nombre, aquella era la Unión Soviética y para más inri estaba plagada de lituanos pero nosotros nunca supimos llamarle otra cosa que no fuera Rusia, años más tarde conseguimos por fin acostumbrarnos a decir Unión Soviética y justo entonces ésta desapareció y volvió a llamarse Rusia, qué cosas), Rusia (es decir, la Unión Soviética) ganó por fin aquel partido ante una grada enfervorizada, algún afamado pívot yugoslavo dijo luego a la prensa que ese público español bien merecería que los tanques rusos invadieran Madrid, para que supieran lo que se siente

Si no puedes vencer a tu enemigo únete a él, dicen. Aquel Real Madrid se aplicó con denuedo a la tarea de fichar a Petrovic, se tiró un par de años intentándolo, cuentan que el día que finalmente lo consiguió algunos periodistas se presentaron en el viejo pabellón de la Ciudad Deportiva haciéndose los tontos, esperaron a los jugadores a la salida del entrenamiento y les preguntaron su opinión sobre Drazen Petrovic (como si ésta necesitara ser preguntada), pues que es un tal y un cual, y un esto y un lo otro, y una vez que la canallesca tuvo ya la declaración que esperaba tener entonces ya sí espetaron al Romay de turno, pues que sepas que acaba de fichar por el Madrid; evidentemente el susodicho interlocutor reculaba de inmediato, a ver qué iba a hacer, en cualquier caso es un grandísimo jugador, el Madrid es un gran club que siempre quiere fichar a los mejores así que estaremos encantados de tenerle entre nosotros, seguro que una vez que le tengamos como compañero se olvidarán de un plumazo todas aquellas pequeñas rencillas que

Petrovic fichó por el Madrid y de inmediato, como por arte de magia, se produjo uno de esos milagros de la multiplicación de los panes y los peces que a veces suceden en nuestro deporte: el mismo madridismo que lo había odiado hasta la náusea y que le había llamado hijo de tal y de cual de repente lo acogió en su seno como a un hijo, acaso ese hijo que en el fondo siempre había deseado tener; y al mismo tiempo el antimadridismo de aquí y de allá, que siempre lo había considerado un ídolo, de repente pasó a tacharlo poco menos que de traidor a la causa por el mero hecho de haber fichado por el Madrid. Y aquellos que durante años echaron pestes de sus (presuntas) provocaciones y desplantes ahora pasaron a considerarlo lo más natural del mundo, y aquellos que habían festejado esas maneras durante tantos años ahora pasaron a etiquetarlo de provocador. Y es que estas cosas ya se sabe, son así.

Fue aquel 1988/1989 un año extraño, una temporada en cierto modo fascinante. La que empezó siendo Liga de Petrovic y acabó siendo recalificada como Liga de Neyro nos dejó unas cuantas actuaciones memorables, una inolvidable visita de los Celtics (McDonald’s mediante) y una final europea para la historia, una final de Recopa que ha generado a lo largo de los años mucha más literatura que tantas otras finales de la mismísima Copa de Europa. El genial Óscar Schmidt anotó 44 puntos para su Caserta que de nada sirvieron ante los 62 de Drazen, prodigiosa exhibición tanto más tratándose de una Final que el Madrid ganó por el escalofriante resultado de 117-113. A todo aquello debería haberle seguido una fiesta pero más bien pareció lo contrario: caras largas, gestos avinagrados y un mal rollo general que (cuentan que) explotó definitivamente en el vuelo de vuelta a Madrid. Sus compañeros no asimilaron bien aquello de que el título pareciera más de Drazen que del equipo, a su frente un Fernando Martín que se empeñó en hacer bueno durante todo el año aquel dicho de que dos gallos no caben en el mismo corral. Martín y Petrovic eran muy distintos pero también muy parecidos, demasiado: ambos eran líderes, ambos eran ganadores, ambos no conocían a nadie si había un resultado en juego, ambos eran capaces de casi todo con tal de ganar. Ambos se bebieron la vida a tragos y se atragantaron demasiado pronto, por desgracia no tardaríamos mucho en comprobarlo. Dos hombres y un destino.

En el verano de 1989 Drazen Petrovic, recién proclamado campeón de Europa con la mejor selección yugoslava que vieron los siglos (y que sería sólo el presagio de la que aún continuaría arrasando en los dos años siguientes), seguía aún teniendo contrato con el Madrid pero de repente empezó todo a torcerse, de buenas primeras empezó a rumorearse que se iría rumbo a Portland, que los Blazers (poseedores de sus derechos NBA) estaban deseosos de hacerse de una vez por todas con sus servicios. Comenzó así uno de esos típicos culebrones veraniegos, si tú dices digo yo digo diego, si tú dices Portland yo lo desmiento, desmentidos desde el Madrid y desde el propio círculo del jugador, así un día y otro y otro más hasta que de repente una mañana, sin previo aviso, sin mediar palabra, sencillamente desapareció. Desapareció para reaparecer finalmente un par de días más tarde al otro lado del charco, rodeado por todas las fuerzas vivas de la franquicia y por casi toda la prensa del Estado de Oregon y diciendo probablemente aquello tan socorrido que todo deportista que se precie suele decir en estos casos, éste es un sueño hecho realidad, toda la vida he sido de los Blazers, es algo que soñaba desde niño etc etc. Ni que decir tiene que el madridismo en pleno se quedó con un palmo de narices, que de un día para otro pasó unánimemente del que no hombre, que no, cómo se va a ir, si tiene contrato, si está en el Madrid, si no ha nacido todavía un jugador que se quiera ir del Madrid, el club más grande del mundo, dónde va a estar mejor que aquí… al lo ves, si ya te lo decía yo, que este tío no es trigo limpio, que no era de fiar, como si no le conociéramos ya de sobra de cuando venía aquí con la Cibona, anda que a otros les podría engañar pero a mí no, yo bien que le calé desde el principio… Y es que (insisto) estas cosas ya se sabe, son así.

Al Madrid le fue fatal sin Petrovic pero al susodicho en Portland no le fue mucho mejor, más bien al contrario. Irte hoy a la NBA es casi como si te fueras a jugar al pueblo de al lado, en cambio en aquellos tiempos te ibas a la NBA y era como si te fueras a Marte. Portland además tenía un equipazo que nos sabíamos todos de memoria, Porter, Drexler, Kersey, Williams, Duckworth más el insigne Cliff Robinson de sexto hombre, más que suficiente para que Rick Adelman no necesitara hacer ningún experimento con el europeo aquel tan raro que le habían plantificado en el banquillo y que a saber quién demonios sería. Y le fue bien (a Adelman, me refiero), no diré yo que no, aquellos Blazers fueron finalistas de la Liga un año y finalistas de conferencia al año siguiente, pero con todo y con eso a los europeos (incluidos aquellos que más le habían aborrecido), a todos aquellos que sabíamos perfectamente de lo que era capaz se nos rompía el alma de verle allí partido tras partido pelándose el culo en aquel banquillo…

No hay mal que cien años dure (dicen), en su caso sólo duró dos. La temporada 91/92 ya fue buena y la temporada 92/93 (en medio una inolvidable plata olímpica, ya por fin no yugoslavo sino -sólo- croata) fue sencillamente extraordinaria. Petrovic había cambiado Portland por New Jersey y de repente los americanos (de USA) descubrieron como si hubiera nacido ayer a un maravilloso jugador al que los europeos llevábamos ya casi diez años admirando, de repente hasta Clyde Drexler (que no tenía por costumbre dar una voz más alta que otra) se quejó amargamente desde la otra esquina de la nación, cómo es posible que hayamos desaprovechado a un jugador así en Portland teniéndolo en el banquillo durante dos años seguidos, con lo bueno que es, con lo bien que nos habría venido su concurso, es que no me lo explico… Y se salió también en playoffs, y debió ser all star pero incomprensiblemente no lo fue, y sin embargo luego fue escogido en el tercer mejor quinteto de la Liga. Ya estaba donde siempre quiso estar, ya era una estrella absoluta en la meca del baloncesto, ya era el líder indiscutible de aquellos Nets. Y sin embargo…

Y sin embargo no debía ser oro todo lo que relucía. Drazen Petrovic nunca fue un chico fácil de llevar ni estaba precisamente acostumbrado a que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Petrovic fue a caer en aquel vestuario de los Nets que era como una jaula de grillos y que incluía a personalidades tan peculiares como (por ejemplo) aquel insoportable (y extraordinario jugador, por otra parte) Derrick Coleman. El domador de toda aquella selva se llamaba Chuck Daly, traía un magnífico currículum de amansador de fieras en los ya lejanos Bad Boys de Detroit y de aglutinador de egos en el Dream Team, pero aquellos Nets acabarían siendo superiores a sus fuerzas. Cuentan que cierta aciaga noche, tras un partido cualquiera, un jugador pateó con todas sus fuerzas un bidón de bebida isotónica en dirección al coach, arruinándole de paso uno de sus costosos trajes. Cuentan que aquel jugador fuera de sí se llamaba Drazen Petrovic…

Fuera por lo que fuera, Drazen se dejó querer en aquella aciaga (aún no sabíamos que lo sería) primavera de 1993. Los armadores y demás magnates griegos (eran otros tiempos) estaban dispuestos a tirar la casa por la ventana para posibilitar su regreso a Europa, Panathinaikos y/o Olympiakos (supongo que aún con K por aquel entonces) pusieron ofertas absolutamente mareantes encima de su mesa, cifras astronómicas que los Nets dijeron no estar dispuestos a igualar de ningún modo. Muchos aseguraron que estaba ya prácticamente hecho y que Petrovic volvería a Europa, otros tantos dijeron que su único objetivo era tensar la cuerda para hacer subir la puja a los Nets (o a cualquier otra franquicia que estuviera dispuesta a pagar eso), se nos avecinaba un nuevo culebrón veraniego y mientras tanto Drazen continuaba concentrado con su selección, preparando ya en Alemania el Eurobasket que habría de celebrarse muy pocos días después, jugando amistosos como aquel tras cuya disputa rehusó volver con el equipo y prefirió hacerlo por carretera, en coche particular… Bueno ¿te has enterao, no? Pues que se ha matao Petrovic

Aquel 7 de junio de 1993 Drazen Petrovic tenía sólo 28 años, podía parecer mayor porque teníamos la sensación de llevar ya media vida siguiendo sus andanzas pero aún le faltaban cuatro meses y medio para cumplir los 29. En condiciones normales le habrían quedado no menos de seis o siete años al más alto nivel, en su punto óptimo de maduración, en Europa o en USA, donde fuera. Puede que no tenga ya mucho sentido a estas alturas pensar en lo que pudo haber sido y no fue, pero una cosa sí que está meridianamente clara: aquel 7 de junio de 1993 de alguna manera marcó un punto de inflexión en nuestro deporte y en nuestras vidas, hay un baloncesto antes de Petrovic y un baloncesto después de Petrovic, algo de este juego (quizá su parte más lúdica) se nos quedó con él en aquella carretera aunque entonces apenas fuéramos capaces de darnos cuenta. Aquel 7 de junio de 1993 murió un gran jugador y nació un mito, un mito que está más y más vivo cada día, que seguirá viviendo así que pasen veinte años y otros veinte y los que tengan que pasar, seguirá viviendo mientras sigan existiendo imágenes que nos permitan disfrutarlo, mientras aquellos que le vimos jugar sigamos aún aquí para contarlo. Hasta la vista, Drazen.

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