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MI GRAN COPA   Leave a comment

adrenalina1. La Copa volvió a ser La Copa, justo cuando ya casi nadie esperaba que lo fuera. Cuando la Copa de las sorpresas era ya sólo un lejano recuerdo, cuando muchos habíamos repetido hasta la saciedad que cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando ese eslogan de los cuatro días de adrenalina parecía haberse quedado más obsoleto que el teletexto emergió por fin esta Copa 2016 para devolvernos nuestra fe en el baloncesto, en la ACB, en el deporte e incluso en el ser humano como ente capaz de (aún en momentos de máxima exigencia) generar emociones maravillosas. Esta edición quedará ya como una de las mejores de la historia, probablemente como la mejor en lo que llevamos de siglo. No es poca cosa viniendo de donde veníamos.

2. Estaba todo el madridismo desatado celebrando el título, estaban todas las emociones desbordadas en la casa blanca (mención especial para Pablo Laso, también en ese aspecto) y mientras tanto allí arriba en el palco su presidente permanecía circunspecto, hierático, hermético, como si todo aquello no fuese con él. Quizás porque en el fondo no fuese con él, quizás por una mera cuestión protocolaria, quizás porque en su ánimo pesara mucho más el empate de Málaga que el título de A Coruña o quizás porque el no exteriorizar las emociones sea una condición inherente a su estatus de Ser Superior, es tal su grado de plenitud interior que dejarlo traslucir hacia fuera sería poco menos que una vulgaridad. O quizás sea algo mucho más simple que todo eso, quizás sea sólo que cada título del Madrid de baloncesto no sólo no le produce ninguna satisfacción sino que le genera una intensa irritación. Recapitulemos: allá por el verano de 2014 Don Florentino estuvo a punto de hacerle a Laso un ancelotti (un año antes de hacérselo al propio Ancelotti), no lo hizo y desde entonces su eternamente cuestionado (por algunos) técnico no ha hecho otra cosa que pagárselo con títulos, títulos a tutiplén, títulos a todas horas, títulos de todos los colores, títulos uno detrás de otro.RMcampeones Cada uno de esos títulos es como una daga en el corazón del florentinismo, una especie de recordatorio de que existe otra manera de hacer las cosas, esa que consiste en perseverar en un proyecto y no en cambiar necesariamente de proyecto cada dos por tres. Si caminas en la misma dirección tarde o temprano acabarás llegando a algún destino, si cambias de trayecto a cada rato nunca llegarás a ningún sitio, es así de sencillo. De alguna manera cada título de la sección de baloncesto parece existir sólo para recordarle al Presidente todos los títulos que está dejando de ganar en fútbol. Ahí le duele.

3. Hacia finales de agosto de 2008, tras la final olímpica de Pekín, escribí (una de tantas tonterías que suelo escribir de vez en cuando) que aquella selección española en realidad no había ganado la plata sino el oro, si bien se lo habían dado bañado en plata sólo para disimular, sólo para que el campeón oficial no se ofendiera. Me acordé de esas palabras tras la final de este domingo, quizás porque (salvando las distancias, obviamente) lo dicho sobre aquella selección vale también para este Granca. Desconfíe de las apariencias, en realidad el Club Baloncesto Gran Canaria ganó también esta Copa, la ganó tanto como el que más, le nombraron subcampeón y le dieron un trofeo en miniatura por aquello del que dirán pero ese sub acabará desapareciendo, ese trofeo se acabará engrandeciendo con el mero paso del tiempo. Por supuesto que el Madrid es justo y merecido campeón, sólo faltaría. Pero más allá de eso esta Copa quedará ya para siempre como la Copa del Granca, así será al menos hasta que lo mejore en una próxima edición. Que todo se andará.

4. Gran Granca desde el principio hasta el final, hasta la Final (sí, esa misma para la que muchos le trataron como si no fuera a presentarse, como si el resultado estuviera ya escrito de antemano, como si su único destino fuera ser una mera comparsa a merced del Madrid; afortunadamente para ellos su entrenador y sus jugadores no fueron de la misma opinión).herbalife-gran-canaria-real-madrid-102_g Gran Granca incluso hasta el final de la Final, cuando todo parecía sentenciado y hasta el más elemental sentido común aconsejaba rendirse. ¿Rendirse, dije? Si no se rindieron cuando estaban 12 abajo ante Valencia, si aún menos se rindieron cuando estaban 19 abajo ante Bilbao a ver por qué habrían de rendirse aunque estén otra vez 12 abajo ante el Madrid a poco más de un minuto para el final. Aplíqueseles aquello que cantaba Serrat de los piratas, larga vida y gloria eterna, para hincarles de rodillas hay que cortarles las piernas. Gloria eterna.

5. Vivo en un país que sacraliza lo joven y demoniza lo (aparentemente) viejo, de tal manera que en cuanto un profesional cumple los treinta y falla un par de veces ya se le coloca una de las más crueles etiquetas que puedan adjudicarse a deportista alguno, la de acabado, que acostumbra además a arrojarse a la espalda de cualquiera con inusitada crueldad. Estás acabao, no sé ya cuántas veces tuvo que escucharlo en tiempos de Messina (y aún en los primeros de Laso) un Felipe Reyes que cada día que pasa parece más joven. Estás acabao, no imagino cuántas veces habrán tenido que escucharlo dos tipos que han escrito algunas de las páginas más bellas de esta Copa, Don Albert Oliver y Don Alex Mumbrú.oliver Ambos pusieron mucho más de lo que estaba en su mano para ganar, ambos se negaron radicalmente a perder, ambos lloraron su respectiva derrota como si no fueran veteranos curtidos ya en mil batallas sino imberbes quinceañeros no preparados aún para los duros avatares de la vida. Oliver y Mumbrú, Mumbrú y Oliver, bien merecen que nos pongamos metafóricamente (que no físicamente, ya que entonces no podría teclear) EN PIE. Bendito acabamiento.

6. Y a veces ni siquiera hace falta esperar tanto para que te entierren, a veces te colocan la etiqueta de acabado antes incluso de cumplir los treinta. En el verano de 2014 Gustavo Ayón contaba sólo 29 primaveras pero ya entonces tuvo que escuchar toda clase de lindezas sobre el presunto declive (cuando no final) de su carrera, tanto más cuando el Barça regaló sus derechos al Madrid y seguidamente se descojonó de la risa como diciendo vaya paquete que nos hemos quitado de encima, vaya gol que le acabamos de meter al eterno rival. Y los primeros meses de aquella temporada 2014/2015 parecieron abundar en aquella misma teoría sin reparar en que Ayón estaba aún convaleciente en el plano físico, acaso también en el psíquico tras algún grave problema personal. Fue justo hace un año (Copa 2015) cuando Ayón emergió por fin como el gran pívot que siempre fue, el que conocimos en Fuenlabrada y no acabaron de conocer en NBA, sólo que ahora además corregido y aumentado por la experiencia, por la sabiduría que te da la vida tanto más cuanto más adversa sea.ayonmvp Y desde entonces ya no ha parado, habiendo sido parte no ya importante sino imprescindible en todos los múltiples y variopintos títulos ganados por el Madrid durante este último año. Este Ayón 2016 es tan indispensable en este Madrid como puedan ser los Sergios, como pueda ser Felipe. Y lo mejor es que es sólo el principio. Pocas veces un MVP fue más justo.

7. Y si te entierran a los treinta, qué decir ya a los setenta. Setenta inviernos cumplirá ya este año Don Alejandro García-Reneses, sí, setenta, por más que su aspecto eternamente joven y su cabello eternamente desencanecido parezcan indicar lo contrario. 53 años han pasado ya desde que debutó en Estudiantes, 51 desde que protagonizó aquel insospechado cameo en La Familia y Uno Más, 43 desde que empezó su carrera como entrenador, 31 desde que empezó a entrenar al Barça, ocho desde que ganó su última Copa con aquella maravillosa Penya de la erre que erre (Ricky & Rudy). En cualquier otro lugar sería un mito, una leyenda quizás comparable a lo que en USA representan Krzyzewski o Popovich por ejemplo. Aquí en cambio le vemos como uno más, casi un cualquiera, somos así, nos encanta ensalzar a los muertos pero nos cuesta horrores encumbrar a los vivos, tanto más cuanto más vivos. De hecho no es ya que no los ensalcemos sino que procuramos despiezarlos en cuanto se nos presenta la ocasión.aitoGC No seré yo quien caiga en eso, no esta vez al menos. Lo repetiré una vez más, no es ya que Aíto sea parte esencial de nuestro baloncesto (que también), es que Aíto ES el baloncesto. Nada habría sido igual sin él.

8. Decían en las clases de religión de mi lejana infancia que Dios escribe derecho con renglones torcidos (que yo con infantil candor pensaba entonces que vaya chulería más absurda, si tan todopoderoso era a ver qué trabajo le costaba enderezarlos, y luego ya escribir normal… Ya ven que la fe nunca fue mi fuerte, ni siquiera cuando era obligatoria). Josean Querejeta no es Dios ni falta que le hace, pero de alguna manera su Baskonia está también lleno de renglones torcidos, deshechos de tienta que algunos ya no consideraban aprovechables ni siquiera para un equipo de nivel medio, no digamos ya para uno que aspira siempre a la élite aún por muchas limitaciones presupuestarias que se le impongan. Renglones torcidos como un Bourousis que abandonó (o le abandonaron) el Madrid casi fondón, fuera de punto y de ilusión, y que hoy sin embargo está considerado unánimemente como uno de los jugadores más en forma de Europa, y ello en su doble papel de pívot evidente y base encubierto de este equipo. Renglones torcidos como Darius Adams o Mike James (rebautizado el pasado sábado como Froilán James, en un gozoso momento tuitero), o como un Davis Bertans recién emergido de una de esas lesiones que ponen la carrera de cualquiera del revés. Renglones torcidos como tantos otros, incluso como el propio Peras tras su traumático despido valenciano. Y con todos ellos este Baskonia ha conseguido escribir tan derecho como para ganar en el Palacio y el Palau, como para batir al imbatible Cheska y hasta acabar con la imbatibilidad liguera de Valencia. Dicen que el mejor escribano echa un borrón, pero su derrota in-extremis del sábado casi no fue ni borrón siquiera. A este (tan peculiabourousis_hernangomez_baskonia_copa_EFE_foto610x342r como maravilloso) Baskonia 2016 aún le habrán de quedar muchas más páginas por escribir.

9. Es bien sabido que en lo tocante a baloncesto (acaso también a algún otro deporte) las palabras Valencia y paciencia nunca acostumbran a ir en la misma frase, ni aunque rimen. En lo que fueron ganando chiquicientos partidos seguidos todo fueron loas y parabienes, pero ha sido verse fuera de dos competiciones y empezar de inmediato a afilar los cuchillos para no faltar a la tradición. Las rachas iniciales no sirven para nada, dicen, lo que cuenta de verdad es estar en plenitud cuando llega la hora de la verdad, todo lo demás son milongas etc etc. Es curioso, justo lo mismo que dijeron de aquel Madrid de Laso 2013/2014, aquel que tras la más espectacular temporada que vieron los siglos fue a morir en una prórroga ante el Maccabi. No hará falta que les recuerde (más que nada porque ya lo he contado hace siete párrafos) que aquel linchamiento no prosperó y hoy bien que recogen los frutos, y no estoy estableciendo con ello ningún paralelismo ni diciendo que esta racha truncada de 2016 garantice títulos en 2017, líbreme el cielo. Sólo digo que hay muchísimo baloncesto en esa plantilla y ese cuerpo técnico y que ha quedado demostrado con creces que se trata de un proyecto sólido en el que merece la pena perseverar, tanto más si tenemos en cuenta que de no haber sido por la temblequera que le entró al pobre Justin Hamilton quizás hoy estaríamos hablando de otra historia muy diferente. Sé bien que la filosofía del señor Roig es quitar un producto de las estanterías en cuanto no cumple con sus expectativas de venta, pero alguien tendrá que explicarle alguna vez que un equipo de baloncesto nada tiene que ver con una cadena de superhipermercados, ni aún por exitosísimos que éstos sean. Quién sabe, quizás aún esté a tiempo de entenderlo.

10. TVE sigue siendo una televisión pública, aunque se esfuerce concienzudamente en disimularlo. TVE aplica estrictos criterios de televisión privada a la hora de programar (curioso, dado que supuestamente no viven ya de la publicidad), de tal manera que si prevé que algo va a tener audiencia lo acarrea raudo y veloz a La1, si prevé que no la va a tener lo arrincona en cualquier otro canal.tvecr Supongo que están en su derecho, ya otra cosa es que el ejercicio de ese derecho respete las más elementales normas de la ética. Programar en TVE1 un previsible Barça-Valencia y reubicarlo en Teledeporte cuando la realidad te devuelve un Bilbao-Granca no es ya una falta de respeto a los aficionados de ambos equipos, a los aficionados al baloncesto en general y hasta a sus propios trabajadores, es también algo más: es mandar un mensaje sumamente peligroso, vosotros vendéis la Copa de las Sorpresas pero que sepáis que a mí esas sorpresas me joden enormemente, a mí de toda vuestra Copa en realidad sólo me interesan un par de equipos y los demás me chupan un pie, así que no me jodáis y dadme exactamente lo que os estoy pidiendo porque si no es casi mejor que no me deis nada. Tal cual. Al matrimonio ACB-TVE le quedan apenas tres o cuatro meses, lo sentiré por Lalo Alzueta y demás buenos profesionales que aún quedan en esa casa, lo sentiré por quienes sólo vean baloncesto en abierto pero por todo lo demás qué quieren que les diga: que tanta paz lleven como descanso dejan.

y 11. Qué pasará, qué misterio habrá, puede ser mi gran noche. Fuenlabrada introdujo el raphaelismo en sus celebraciones baloncesteras (sumamente frecuentes en estos últimos tiempos) y éste a su vez dio el salto a la ACB para convertirse casi en el himno de esta Copa, para que acabara cantándolo/bailándolo todo dios cada vez que hubo motivos para ello. Quién se lo iba a decir al afamado a la par que veterano vocalista jiennense, que una copla suya de hace medio siglo acabaría (cine mediante) convertida en símbolo por esas canchas de Dios. Qué pasará, qué misterio habrá, qué tendrá la Copa para hechizarnos de ese modo, para devolvernos ese hechizo de hace tantos años cuando ya lo creíamos perdido, para regalarnos una edición de 2016 que difícilmente podremos olvidar mientras el señor Alzheimer nos lo permita. Mi gran Copa. Nuestra gran Copa.

LO QUE QUEDA DE LA COPA   2 comments

Aquellos que tengan la insana costumbre de leerme desde hace años sabrán ya que no acostumbro a comprar ese viejo discurso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Esto es como decía aquel manido proverbio (topicazo al canto), si lloras porque no puedes ver el sol tus lágrimas no te dejarán ver las estrellas, si te pasas la vida echando de menos el ayer no disfrutarás el hoy, disfruta el hoy para que puedas echarlo de menos mañana. Crecí rodeado de padres, abuelos y tíos que no hablaban jamás de baloncesto pero sí de fútbol y créanme que en aquellos tiempos no había conversación sobre el dichoso deporte-rey que no acabara con el típico esto ya no es lo que era, tú que sabrás si no has visto jugar a Di Stéfano, Puskas, Kubala, aquello sí que era fútbol de verdad, que el niño que era yo acababa incluso lamentándose de no haber nacido diez o quince años antes para no habérselo perdido. Y en lo tocante al baloncesto pues qué les voy a contar que no sepan ya, a aquellos que lloraron en los noventa por no poder ver ya a Magic o Bird sus lágrimas no les permitieron ver al mejor Jordan, aquellos que echaron de menos a Jordan no supieron disfrutar de Kobe o Iverson, aquellos que aún hoy siguen echando de menos a todos los anteriores se están perdiendo a Durant o LeBron. Cada tiempo tiene su momento, la nostalgia bien entendida resulta lícita y hasta saludable siempre y cuando no te ciegue, siempre y cuando no te impida ver lo que sucede a tu alrededor. Cualquier tiempo pasado fue… anterior. Punto.

Y sin embargo yo tampoco puedo evitar a veces esa misma sensación (aunque me la prohíba a mí mismo), yo tampoco puedo evitar sentarme cada año a ver la Copa, nuestra Copa, y pensar que (esta vez sí) cualquier tiempo pasado fue mejor. Hoy nos siguen vendiendo la Copa como si aún siguiera siendo el bazar de las sorpresas, como si aún estuviéramos en aquellos años ochenta y noventa en los que el pez chico no sólo podía comerse al grande sino que incluso a veces se lo comía. En lo que llevamos de siglo las sorpresas (verdaderas sorpresas me refiero, no cuenten a Baskonia o Unicaja cuando aún podían competir de igual a igual con Madrid o Barça) podrían contarse con los dedos de una mano y aún nos sobrarían cuatro dedos, acaso la última fuera la del Joventut ganando en el Buesa en 2008, sorpresa además muy relativa porque aquella maravillosa Penya de Aíto y los erre que erre (Rudy & Ricky) jugaba como los ángeles y no le temblaba el pulso a la hora de codearse con los grandes. Aquello del bazar de las sorpresas ya es sólo una reliquia del pasado, un hermoso recuerdo, aquellos sueños hechos (casi) realidad en Cáceres, Manresa, CAI o Estu. Nostalgia de un pasado que ya nunca más ha de volver, que decía la copla. Año tras año seguirán vendiéndonos (y harán bien) que la magia de esta competición estriba en que a un solo partido cualquier cosa puede pasar, y ello aunque la triste realidad se empeñe en demostrarnos que en estos últimos tiempos no ha habido torneo más previsible en nuestras vidas que la Copa del Rey.

Nos venden las sorpresas y nos venden la emoción, también. Cuatro días de adrenalina rezaba pomposamente el cartelón de este año, pero una vez vista la competición no me quedó claro si el que lo redactó se refería a la emoción del juego o al consumo de sustancias estupefacientes ajenas al mismo. Adrenalina lo que se dice adrenalina sólo la hubo en tres partidos, y ello siendo muy generoso y metiendo también en el ajo al Unicaja-CAI aunque su final fuera más bien una sucesión de tiros libres. El resto (hasta un total de siete) estuvieron ya resueltos en el segundo cuarto, alguno incluso en el primero como aquel insospechado Barça-Valencia por más que luego el entusiasmo valencianista maquillara las sensaciones y/o el marcador. Nada que deba sorprendernos, al fin y al cabo es el signo de los tiempos (lo habré escrito ya quinientas veces pero lo escribiré una más por si alguien me leyera por primera vez), los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, la clase alta cada vez más alta, la media-alta cada vez menos alta y más media, la clase media cada vez más baja y la baja en peligro de extinción por pura inanición. La vida misma, y el baloncesto forma parte de ella nos guste o no. A un lado Madrid y Barça y su desparrame futbolístico-televisivo, al otro todos los demás: los que andan mendigando un patrocinador aunque éste ya no deje ni la cuarta parte de lo que antes se dejaba, los que ya no huelen un céntimo del maná público (ni falta que hace, que éste está para otras cosas), los que ya ni recuerdan aquellas vacas gordas de los derechos de televisión. Puede que todas aquellas sorpresas de otro tiempo fueran consecuencia de vivir muy por encima de sus posibilidades, pero es que hoy ya no nos quedan ni posibilidades siquiera. Ni encima ni debajo.

sabadoClaro que está muy bien vender sorpresas y emociones y la biblia en verso, está muy bien venderlas pero aún estaría mejor si las lucieras en un escaparate desde el que la gente las pudiera comprar. Es bien sabido que en materia televisiva autonómica siempre hubo aficionados de primera y aficionados de segunda, esto es así desde que las públicas se reparten el (amargo) pastel baloncestero pero con un ligero matiz, que es que hubo un tiempo en que la proporción primera/segunda fue más/menos 80/20 y hoy debe ser más/menos 20/80, que parece lo mismo pero es exactamente al revés. Obviamente no tengo datos que permitan corroborarlo pero parece evidente que cada vez somos más los que viajamos en el furgón de cola sobre todo desde que tres Comunidades tan pobladas como Madrid, Andalucía y Valencia se bajaron del barco (bien porque ya no tienen Autonómica o bien porque aún la tienen pero es casi como si no la tuvieran). Todo lo cual no representaría un problema si (como solía suceder antaño) las espaldas de las Autonómicas (por decirlo así) las cubriera Teledeporte, pero no fue el caso.domingo Arseni Cañada anunció pomposamente durante sus partidos de jueves, viernes y sábado que la otra eliminatoria del día podría verse luego en diferido en Teledeporte, quizá fuera así en los cuartos de final pero en lo que respecta a la semifinal autonómica Barça-Valencia ya les digo yo que no, de hecho a estas alturas aún la estamos esperando. A lo largo de la madrugada del sábado al domingo Teledeporte reservó dos ventanas para la Copa, a la 1:55 y a las 6:35, acaso las dos únicas rendijas que pudo abrir en su cobertura full time de los Juegos de Sochi. Parecía lógico que la primera fuera la destinada para ofrecer el Barça-Valencia (anunciado a bombo y platillo por el propio Arseni, recuerden) pero aguanté despierto hasta esa hora y cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré con la redifusión del Madrid-CAI. Bueno, pues si no es ahora será a las 6:35, pensé con mi natural ingenuidad. Programé la grabación, me fui a la cama y cuando a la mañana me abalancé sobre el iPlus con la sana intención de ver por fin el partido ¿qué dirán ustedes que me encontré? Efectivamente, la rerrerrerredifusión del Madrid-CAI, no fuera a ser que a esa hora quedase todavía un solo mortal sin verlo. Del Barça-Valencia nunca más se supo, quizás ello explicaría la foto aquella que hizo furor pocas horas después en las redes sociales en la que se apreciaba la relajación de alguno de los miembros del equipo, mucho más pendiente del fútbol televisado que del baloncesto in situ. Quizás no lo narraran porque no se iba a dar o quizás no se diera porque no lo narraron, vaya usted a saber.

Claro está, siempre nos quedará Orange Arena. ¿Qué les cuento yo de mi querida Potato Arena o Castaña Arena o Truño Arena o Quéséyoqué Arena que no les haya contado ya? Ya saben, una maravillosa web que es la pura antítesis de la usabilidad y la intuitividad, que te obliga a conectarte cada vez, a sacarte una entrada virtual y a pasar por no menos de seis pantallas distintas cada vez que entras, total para que cuando por fin llegas al contenido solicitado no puedas verlo porque ahora resulta que tu navagador sólo es compatible con la aplicación en los días pares que sean múltiplo de tres y siempre y cuando la luna esté en cuarto menguante (¿o era creciente?), eso con suerte. Eso para la temporada regular, para la Copa era todo un reto conseguir empeorarlo pero quedó bien claro que a estos señores no hay reto que se les resista. Con los directos la empezaron cagando pero hacia la mitad del Unicaja-CAI consiguieron por fin que dejáramos de quejarnos, pero con los diferidos… Había que buscarlos en las profundidades de la web, había que pinchar en el +info de la entrada virtual, había que volverse loco hasta que aparecían, total para descubrir cuando al fin los encontrabas que aún no estaba puesto el que esperabas ver. Busqué inútilmente el Barça-Valencia en la madrugada del sábado y volví a buscarlo inútilmente en la mañana del domingo, no logré encontrarlo (de hecho las dos semifinales no estuvieron colgadas hasta el mediodía, casi veinte horas después de haberse jugado) pero a cambio sí me di de bruces con el cartelito que anunciaba como próximo directo el Barcelona-Real Madrid. Es decir, de una tacada había matado dos pájaros de un tiro (o más bien los dos pájaros me habían pegado el tiro a mí): no había conseguido ver el partido pero sí había conseguido enterarme del resultado antes de ver el partido. Ni que decir tiene que les estaré infinitamente agradecido.

Llull-Madrid-CampeonCopa

¿Qué más nos quedará de esta Copa, aparte de todo lo anterior? De esta Copa quedarán dos partidazos, quedará una canasta sobre la bocina de esas que se recuerdan toda la vida, quedará una final tremenda, tremenda en su grandeza y en sus imperfecciones, de hecho acaso sean precisamente las imperfecciones (dado que la perfección no existe) las que hacen verdaderamente grande a este juego.

Quedará un campeón que parece que pase un examen cada vez que juega una final; como si el juego rácano y especulativo no necesitara demostrar nada porque ya hubiera probado sobradamente su eficacia y en cambio el juego rápido y vistoso hubiera de demostrar una y otra vez que además también sirve para ganar títulos. Laso lleva ya dos copas y una liga, podrá ganar en unos meses su segunda liga pero como no gane además la Euroliga le lloverán palos por doquier, le volverán a cuestionar el modelo y hasta sus cualidades como entrenador, al tiempo.

Quedará también (y ojo con esto) la peligrosa autocomplacencia del campeón, repitiendo algunos a todo aquel que quiera oírlo que hicieron un partidazo (que nadie lo niega) pero acaso olvidando que el partido no se jugó a su manera sino a la del rival, que a poco más de un minuto ganaban de 7 y a poco más de un segundo perdían de 1, que si no es por la iluminación de Llull ahora hablaríamos de otra cosa muy distinta, que si no es por la ofuscación del Barça en los tiros libres sabe dios de qué estaríamos hablando ahora. Esa autocomplacencia en las victorias (al menos de puertas afuera) puede ser su peor enemigo para lo que queda de temporada; mucho peor enemigo que Barça, CSKA, Olympiacos, Fenerbahçe o cualesquiera otros que queramos imaginar.

Quedará la definitiva consagración de Mirotic (ello en el supuesto de que no estuviera consagrado ya más que de sobra), la mayoría de edad de Abrines (aunque a alguno todavía le cueste hacerse a la idea), la puesta de largo (nunca mejor dicho) de Edy Tavares; en realidad Tavares no hizo más que lo que ya viene haciendo semana tras semana en el CID y demás canchas ACB, pero esto es lo que tiene el escaparate de la Copa (y no digamos ya si la juegas contra el Madrid): para medio mundo fue como si lo hiciera por primera vez… quizás porque ese mismo medio mundo le vio jugar el jueves por primera vez.

Quedarán unos fallos organizativos impropios de una competición de tan alta alcurnia y prosapia (sea eso lo que sea): quedará un reloj de posesión que se paraba o iba por libre cada dos por tres, como si la organización esperara la visita de algún miembro (imputado o no) de la familia del señor que da nombre al trofeo y hubiese vuelto a instalar inhibidores de frecuencia, a la manera de aquella infausta fase final del Eurobasket 2007; quedarán unas redes que si el tiro entraba flojo no dejaban caer la bola, que en casi medio siglo de baloncesto no recuerdo haber visto jamás nada semejante, como quedará también la fantasmagoría de alguno que creyó ver en ello un siniestro complot (el futbolerismo migrado por un día al baloncesto es lo que tiene), que a ver cómo le vas a pedir luego que sepa perder cuando llegado el momento ni siquiera sabe ganar.

aro

Quedará una realización televisiva infame, impropia no ya de ésta sino de cualquier otra competición sobre la faz de la tierra: baste decir que Televisión Española incorporó para la ocasión unas novedosas camaritas instaladas justo encima de las canastas, que habrían sido perfectas para ofrecer repeticiones (que es bien sabido que las repeticiones compulsivas son marca de la casa, tanto más cuanto menos permitan ver el juego) si no fuera porque el realizador ya que las tenía decidió jugar con ellas y utilizarlas una y otra vez para el directo (incluso en algún ataque especialmente decisivo de algún partido especialmente decisivo), y no dejándolas quietas sino abriendo y cerrando el plano compulsivamente en plan zoom cual Lazarov en los setenta, de tal manera que al final de cada jugada acababas viendo aro, sólo aro, la pantalla entera llena de aro, un enorme aro en primer plano que rebosaba incluso los contornos del televisor. Por favor, que le den un válium la próxima vez o aún mejor, que le manden a realizar las carreras de caballos, la gala de los Goya o la de Murcia qué hermosa eres, que seguro que allí sus innovaciones estilísticas podrán ser especialmente valoradas por un público afín.

Y quedará en resumidas cuentas (acabo como empecé, vuelta la burra al trigo) esa misma sensación que ya venimos experimentando año tras año de que esto ya no es lo que era, de que esta ya no es mi Copa que me la han cambiao. O no quién sabe, o acaso la Copa siga siendo la misma y el problema esté en que ya no sepa yo apreciarla, acaso la tuviera demasiado idealizada, acaso sea yo el que ya no soy lo que fui. Va a ser eso.

la canasta que venció al fútbol   2 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 10 de julio de 2013)

(Aclaración previa: lo que van a leer a continuación rememora un suceso acaecido el 4 de junio de 1983, razón por la cual este texto debió haber visto la luz el 4 de junio de 2013 para conmemorar su trigésimo aniversario. Pero se me fue el santo al cielo. En aquellos días andaba yo más pendiente de otros aniversarios, estaba además convencido de que esto que ahora les contaré había sido a finales de junio y no a primeros, cuando finalmente fui a mirar la fecha me quedé de piedra. En fin, en estos casos solían decir mi madre y mi abuela que todos los santos tienen octava, lo cual no sé muy bien lo que significa pero era su manera de explicar que tampoco pasa nada por conmemorar una efeméride unos cuantos días después. Me pongo a ello, ustedes me lo disculpen…)

Dado que antes de 1983 fue 1982 (parece obvio), quizá no estará de más que empiece dándoles un breve paseo por ese año para ponerles en antecedentes de lo que sucedió al año siguiente. En 1982 se celebró en este país un Mundial de Fútbol que de alguna manera significó un antes y un después: antes fue la expectación, la parálisis total alrededor de dicho acontecimiento, la sensación de que nos disponíamos a asistir a un suceso irrepetible dado que no estábamos acostumbrados a organizar eventos de semejante calibre; después fue el hastío de fútbol, el hartazgo, el mal sabor de boca que nos quedó a todos tras un Mundial que fue un fracaso en lo organizativo y un fracaso aún más estrepitoso en lo deportivo, baste con recordar que nuestra selección ni siquiera fue capaz de ganar a Honduras o Irlanda del Norte. Por primera (y última, y única) vez la población parecía harta de fútbol, algo a lo que también contribuía el eterno caos que se había instalado alrededor de dicho deporte. En aquellos tiempos, por increíble que hoy nos pueda parecer, llegaríamos a vivir una temporada ciega: casi hasta el final no se televisaría ni un solo partido y durante buena parte de ella no se verían ni resúmenes siquiera, debido a la manifiesta incapacidad de las partes (Federación Española, Televisión Española) para ponerse de acuerdo. Y créanme que no hubo constancia de que nadie se suicidara por ello…

Y en éstas estábamos cuando en agosto de aquel mismo año de gracia de 1982 empezaron a llegar magníficas noticias de una lejana ciudad colombiana llamada Cali, donde otros jóvenes que no jugaban al fútbol empezaban a reconciliarnos con el concepto selección. Selección de baloncesto, en este caso. Toda la vida recordaré aquella madrugada de agosto que mi hermano y yo nos pasamos en vela en sabrá dios qué apartamento playero, escuchando (sí, escuchando, no se televisaba) cómo nuestra selección ganaba por primera vez en su historia a Estados Unidos en la voz de Juan Manuel Gozalo para Radio Nacional. Aquella noche (y las que vinieron después) finalmente supimos que otro deporte era posible, que había otros mundos que también estaban en éste, que había vida más allá del deporte rey. Aún tardaríamos bastantes años en caernos de la nube.

Así, con el fútbol todavía dudando de sí mismo y el baloncesto de repente encantado de haberse conocido, se apareció finalmente en nuestras vidas el Eurobasket de 1983. Tradicionalmente el Eurobasket, cualquier Eurobasket, venía siendo territorio prohibido para el baloncesto español. Salvo contadísimas excepciones (Barcelona 73, lo que pudo ser Italia 79) la historia de nuestras participaciones en los Campeonatos de Europa se resumía en que llegábamos, ganábamos algún partido insulso, perdíamos con Polonia, lográbamos alguna que otra victoria brillante, caíamos de paliza ante la URSS y/o Yugoslavia, fallábamos el día clave (o en su defecto nos era desfavorable el basket average) y finalmente acabábamos jugando por los puestos quinto al octavo, eso en el mejor de los casos. Ser séptimos era un buen resultado, ser quintos era ya un éxito apoteósico. Sé que esto chirriará a los más jóvenes, pero bien harán en interiorizarlo para cuando vuelvan las vacas flacas; que volverán, no les quepa la menor duda…

Pero estábamos en 1983, más concretamente en aquel 26 de mayo de 1983 en que un montón de aficionados al baloncesto (así los de toda la vida como los sobrevenidos) y de público en general nos sentamos ante el televisor para ver por fin el debut de nuestra selección ante Italia, en el Eurobasket de Francia… O eso creíamos nosotros. Llegó la hora del partido y aquello que no empezaba o mejor dicho, empezar se suponía que ya tendría que haber empezado pero nosotros no podíamos verlo. Minutos musicales, algún documental sobre la cría del somormujo en cautividad, cualesquiera otros contenidos que soliera utilizar el Ente (suponiendo que en aquel entonces ya fuera un ente) para entretener la espera mientras repetían la socorrida retahíla de costumbre, estamos a la espera de conectar con Limoges para ofrecerles el encuentro España-Italia, por favor, permanezcan atentos a sus pantallas. ¿Qué estaba pasando? No había Internet, no sé siquiera si había Teletexto (y tanto daría, aunque lo hubiera), quedaba irnos a la radio, dar una vuelta por el dial y descubrir por fin dónde estaba el problema: la FIBA y/o el Comité Organizador, como el gendarme aquel de Casablanca, habían descubierto que aquí se juega. La FIBA y/o el Comité Organizador, que tenían prohibida la publicidad en las camisetas (qué tiempos), acababan de descubrir que nuestra selección llevaba publicidad en las camisetas.

Y bien grande por cierto. Una letra B y dos letras E entrelazadas componiendo el inconfundible logo del patrocinador, el Banco Exterior de España, entidad financiera pública que años más tarde se fusionó con Caja Postal para formar Argentaria y aún años más tarde se fusionó con (o fue absorbida por, no sé) el Banco Bilbao-Vizcaya para formar lo que hoy conocemos por BBVA. Aquel banco pagaba una pasta por aparecer en esas camisetas, los organizadores decían que no se nos televisaría ni un solo minuto mientras aquella publicidad no desapareciera de las mismas… ¿Qué hacer? Los altos directivos de la Federación Española de Baloncesto decidieron que no les quedaba más remedio que ofrecer una explicación convincente y plausible, así que fueron a la FIBA y les dijeron que no, mire usted, publicidad ninguna, cómo se les ocurre siquiera pensar eso, hasta ahí podíamos llegar, esas siglas BEE en realidad no significan Banco Exterior de España sino Baloncesto Equipo Español, a ver qué otra cosa habrían de significar… No insultaré a la inteligencia de los altos ejecutivos de la FIBA diciendo que se lo creyeron (aunque eso fue lo que se nos vendió en su día), más bien diré que fue un bueeeeeeno, aceptamos barco como animal acuático (o pulpo como animal de compañía), aceptamos cualquier cosa con tal de desfacer este entuerto, si nos decís que esas siglas BEE significan Baloncesto Equipo Español haremos como que nos lo creemos y si nos decís que son la onomatopeya de un balido para ilustrar la actitud de lobos con piel de cordero que traéis a este Campeonato pues nos lo creeremos también, nos creeremos todo lo que haga falta para salir de este atolladero. Hacia el comienzo de la segunda parte la selección apareció por fin en nuestros televisores, por supuesto con el logo del Banco Exterior bien visible en su camiseta; ya no volvería a desaparecer.

Perdimos finalmente de 1 aquel partido inaugural contra Italia, quién nos iba a decir entonces que ya no volveríamos a perder con ningún otro equipo que no fuera Italia. Porque el siguiente escollo era más difícil todavía, Yugoslavia, jamás habíamos ganado en partido oficial a Yugoslavia, alguna vez habíamos estado cerca (por ejemplo un año antes, en el tercer y cuarto puesto de Cali) pero nunca lo habíamos conseguido y ahora nos veíamos abocados a conseguirlo si queríamos que el sueño de estar en semifinales pudiera hacerse realidad. Misión casi imposible, tanto más cuanto que en la primera mitad llegamos a estar 13 abajo (no es que lo recuerde, a tanto no llego, es más bien que me he documentado convenientemente volviendo a ver dicho encuentro) mientras Slavnic, Kicanovic o Dalipagic nos las ensartaban de todos los colores. En la segunda mitad cambió la tónica, apretamos, defendimos y llegamos prácticamente igualados a un final agónico, angustioso, 1 arriba para nosotros pero toda una posesión entera para ellos, falla Vilfan, cogen el rebote, se la dan a Petrovic (sí, a ese mismo Petrovic que está usted pensando, de nombre Drazen, apenas 18 añitos por aquel entonces, recién rescatado del banquillo para jugarse la bola final), entra con todo pero también falla, rebote otra vez para Radovanovic ya casi sobre la bocina, aún le quedará tiempo para intentar una última bandeja, para que la bola se pasee sobre el aro haciendo una pavorosa corbata, para que finalmente se acabe saliendo… La locura.

Aquel Campeonato se jugaba de una forma rara (para lo que ahora estamos acostumbrados), dos grupos de seis equipos, no había cuartos de final, los dos primeros clasificados de cada grupo pasaban directamente a semifinales. Es decir, nos bastaba con ganar a los otros tres equipos del grupo, Francia, Suecia y Grecia, tarea relativamente sencilla porque eran presuntamente más débiles (eran otros tiempos) pero que en realidad no lo fue tanto, de hecho con el anfitrión se pasaron serios apuros (todo el Torneo llevábamos al borde del infarto) y con Suecia tres cuartos de lo mismo, sólo a Grecia le ganamos con cierta holgura. Yugoslavia e Italia también fueron haciendo sus deberes, así que llegaron a esa última jornada abocados a jugarse el todo por el todo el uno contra el otro, en un partido a vida o muerte… Tan a vida o muerte fue que alguno se lo tomó al pie de la letra, de hecho aquel encuentro pasó a la historia (negra) de nuestro deporte como la Batalla de las Tijeras. Ganó Italia 91-76, Yugoslavia se quedó fuera de la lucha por las medallas por primera vez en muchos años, afortunadamente no hubo que lamentar desgracias personales, muy poco pasó para lo que pudo pasar.

Italia pasó como primera de grupo y España como segunda para cruzarse con los mejores del otro lado, la URSS por supuesto en primer lugar y una sorprendente Holanda (que jamás en su historia se ha vuelto a ver en otra parecida) en segundo lugar. Ni que decir tiene que ante semejante panorama la Unión Soviética quedaba ya como única e indiscutible favorita al trono, ni que decir tiene que precisamente esa misma Unión Soviética (la de dios: Valters, Khomicius, Iovaisha, Eremin, Myshkin, Lopatov, Tarakanov, Belosteny y hasta un fornido mocetón de apenas dieciocho tacos llamado Arvydas que acostumbraba ya a sembrar el pánico a tan temprana edad) habría de ser nuestro rival en semis… Toda mi vida recordaré aquella tarde, toda mi vida recordaré que un montón de amigos habíamos quedado (como si no hubiera otra tarde para quedar), que salí con gran dolor de mi corazón, que fuimos a parar a un pub del barrio de Moratalaz (en una zona de copas que llamaban La Lonja, que puede que hoy ya ni exista siquiera), que llegamos y (no sin disimulo) clavé mis ojos ante el televisor, que un rato después ya no era yo sino todos mis amigos (no especialmente aficionados al baloncesto) los que también tenían la vista puesta en el televisor, que cuando llegó aquel último minuto no quedaba ya un alma en aquel enorme pub de dos pisos que no estuviera mirando cómo se nos apagaba la luz, cómo los soviéticos nos recortaban y se ponían a 1 a falta de 40 segundos, cómo en los 30 segundos siguientes ni dios parecía atreverse a mirar el aro hasta que la bola fue a parar a Epi (más bien fue el propio Epi quien se la quitó de las manos a Andrés Jiménez), cómo nacería en aquel mismo momento (o acaso ya existiera) el concepto episistema, el susodicho que se levanta sobre el mismísimo final de posesión, la bola que entra limpia, tres arriba, quedan menos de 10 segundos pero ya da igual, aún no se ha instaurado el triple, Eremin cruza la pista de lado a lado pero su canasta postrera ya no sirve para nada, final, ¡¡¡FINAL!!! y en aquel pub de Moratalaz y en el país entero ya sólo nos faltaba pellizcarnos, ya nos mirabamos los unos a los otros como para confirmar que era cierto, como si cualquier cosa nos pudiera despertar… Epi con aquella canasta había sellado la victoria y había logrado además otra victoria; pero eso no lo sabíamos todavía.

Aquello era muy grande, era como alcanzar por fin la mayoría de edad de nuestro baloncesto, el justo premio a lo que ya se había apuntado en Cali’82 y el paso previo al colofón que supondría (quién nos iba a decir entonces) Los Ángeles’84. Íbamos a jugar la mismísima Final del Eurobasket, en Nantes, el sábado 4 de junio a las 7 de la tarde… día y hora que no tendrían nada de particular si no fuera porque ese mismo sábado 4 de junio a las 8 de la tarde, en Zaragoza, debía disputarse la Final de la Copa del Rey de fútbol. Y no era una final cualquiera, no era un Betis-Osasuna ni un Celta-Levante (dicho sea con todos los respetos hacia estos cuatro equipos y hacia cualesquiera otros que se nos pudieran ocurrir), no… Real Madrid-Barcelona, Barça-Madrid, el acabose, el partido del siglo de ese año. Si en un mes hay dos acontecimientos que merezcan la pena ambos sucederán inexorablemente en la misma noche, dicen que dijo Murphy, y aquí estaba la prueba irrefutable. A partir de las 20:00 los telespectadores tendríamos que escoger entre la segunda parte del baloncesto y la primera del fútbol, ello suponiendo que pudiéramos escoger ya que no había más Televisión que la Española y no había más canales que La1 y La2, y en aquel entonces TVE tenía la rigurosa política de no dar jamás deporte por ambas cadenas a la vez para no perjudicar así los legítimos intereses de todos aquellos ciudadanos no aficionados al deporte. Vamos, que era más que probable que cortaran el baloncesto en cuanto empezara a sonar el himno en La Romareda, que ya no volvieran a él (en diferido, obviamente) hasta que el Rey hubiera entregado la Copa, eso en el mejor de los casos…

O no. O tal vez pudiera haber una solución. Evidentemente no puedes plantearte cambiar la hora de un evento internacional televisado a chiquicientos países como era la Final del Eurobasket, pero quizá sí puedas cambiar la hora de un evento de ámbito nacional como la Final de Copa. Con retrasarla sólo una hora sería más que suficiente… Ni que decir tiene que la Real Federación Española de Fútbol se negó en redondo, hasta ahí podíamos llegar. La RFEF podía sentir el aliento del baloncesto en el cogote y miraba con recelo todo lo que tuviera que ver con ese extraño deporte que amenazaba con subírsele a las barbas y osaba cuestionar su sempiterna supremacía, como para plantearse siquiera mover su finalísima, sí hombre sí, lo llevan claro, cambiar de hora nuestro principal evento del año por un simple partido de la mariconada esa de las canastas, sólo eso faltaba, pero qué se han creído, habrase visto tamaña atrocidad… Y además en este caso tenían una coartada sólida, mire usted, la Final de la Copa del Rey suele presidirla el Rey dado que el fútbol es el deporte rey como su propio nombre indica, a nosotros podría no importarnos ese cambio de hora, bien lo sabe dios, pero comprenderán que no vamos a modificar la sacrosanta agenda de su Majestad, tendrá ya toda clase de compromisos y obligaciones para esa noche como corresponde a alguien de tan alto rango y tan elevada condición, cómo habríamos nosotros (pobres mortales) de sugerirle siquiera que los cambie

En este punto de la historia entra en juego un personaje capital en aquellos tiempos, un volcánico periodista deportivo que sin duda les resultará familiar (incluso aunque no nacieran a tiempo de conocerlo), un sujeto que casi nunca fue santo de mi devoción pero a quien al menos por esta vez habremos de estarle eternamente agradecidos: José María García, también conocido entonces como Supergarcía o como Butanito según las simpatías (o antipatías) que despertara en cada cual. Uno de los mantras que solía repetir García a cada rato es que el periodista debe ser un simple notario de la actualidad, él lo decía como si se lo creyera pero luego se esforzaba repetidamente en incumplirlo, en demasiadas ocasiones no se limitó a dar testimonio de esa actualidad sino se esforzó en ser parte de ella, una moda que por desgracia prosperó y llegó hasta nuestros días, ya no necesariamente (o no sólo) en el ámbito del deporte. A García le encantaba ser protagonista, en demasiadas ocasiones para mal, en ésta sería para bien.

García asumió aquella causa como suya propia (dado que además y para más inri se llevaba a matar con los dirigentes de la RFEF) y pidió la mediación del Consejo Superior de Deportes (o como se llamara ese organismo entonces) para que interviniera, para que obligara a la Federación a retrasar tan solo una hora el comienzo de su Final. Pero ni por esas. Haría falta picar más arriba… Años atrás, en otra final de Copa, García se había metido en el antepalco durante el descanso, micrófono en ristre, con la insana intención de entrevistar a todo bicho viviente que se le pusiera por delante. Poco a poco fue viniéndose arriba, tan arriba se vino que en un momento dado debió plantearse (o quizá lo tuviera ya pensado de antemano), anda ¿y por qué no al Rey? Entrevistar a Su Majestad era algo impensable por aquel entonces (casi sigue siéndolo ahora), evidentemente los guardaespaldas no le dejaron ni acercarse. Pero entre aquella marabunta de brazos de alguna manera debió apañárselas para colar el micrófono, y así de repente y sin previo aviso emergió por nuestros transistores una voz que nos resultaba tremendamente familiar, ese tono tan campechano, te ezcucho muchaz nochez, Jozé Madía, bastaron esas seis palabras para que García se esponjara, debió crecer como veinte centímetros de alto y otros tantos de ancho aquel día.

Es decir, García contaba con la complicidad de la Casa Real, se sabía escuchado en La Zarzuela y apeló en antena a la sensibilidad de dicha Institución para que no se privara al pueblo español de la posibilidad de presenciar íntegros ambos espectáculos deportivos. Fue suficiente. No sé quién llamó a quién ni cómo se desencadenó el proceso, sí sé que finalmente llegó la conformidad Real y a partir de ahí ya todo fue mucho más fácil: el Consejo Superior de Deportes (o como se llamara) se lo dijo a la Federación y a ésta (ya sin coartada) no le quedó otra que ceder, a ver cómo iba a ir en contra de los expresos deseos de Su Majestad. Eso sí, a regañadientes, tan rabiosos estaban que aún se reservaron el derecho al pataleo, en la casa de todos tendremos que hacer lo que nos manden pero al menos en la nuestra podremos hacer lo que nos dé la gana: retrasaron una hora el comienzo del fútbol para dejar sitio al basket (a la fuerza ahorcan) pero se negaron tajantemente a que éste pudiera verse por los videomarcadores de La Romareda. Es decir, al final los únicos ciudadanos que no tuvieron posibilidad alguna de ver el baloncesto fueron precisamente aquellos que estaban en las gradas esperando que empezara el fútbol. Por si a alguno le hubiera podido apetecer.

Si esto fuera ficción requeriría un final épico a juego con la historia, pero aquello era la cruda realidad y ahí por desgracia las cosas no suelen acabar tan bien. España perdió aquella Final, la perdió como había perdido las anteriores y como perdería las siguientes, éramos como el chiste aquél del póker, – Me encanta jugar finales y perder… – ¿Y ganar?Joder, ganar debe de ser la hostia… Aún nos llevaría veintitrés años comprobarlo en categoría absoluta, sólo dieciséis en categoría júnior. Aquella plata y (sobre todo) aquella otra que vendría catorce meses después en Los Ángeles contribuirían a inflar todavía más una burbuja que aún tardaría unos cuantos años en explotar (para ya no volverse a hinchar jamás). Pero que tampoco llegaría a poner nunca en peligro la supremacía del fútbol, no nos engañemos, a ellos la paranoia baloncestera aún les duraría un tiempo pero la supuesta crisis se les acabaría en apenas unos meses, 12-1 a Malta mediante. Eso sí, lo que ya nadie nos quitaría sería la satisfacción (ni a ellos el disgusto) por aquel hito que no tenía precedentes en la historia y que ya nunca jamás volvería a suceder: por primera (y última, y única) vez, un partido (y qué partido) de fútbol se vio obligado a retrasar su horario por culpa de un partido de baloncesto. No, no ganamos aquella Final, pero puede que lográramos otra victoria mucho más grande. Aunque entonces casi no nos diéramos cuenta.

la Copa en 16 sorbos   1 comment

1. Cada derrota del Madrid hace aflorar el Frente Anti-Laso (en adelante FAL). Permanecen los miembros del FAL ocultos en sus madrigueras días y días, pueden permanecer así hasta semanas y semanas, meses y meses escudriñando el horizonte, esperando pacientemente hasta que las circunstancias les sean propicias, hasta que llega el día en que comete un mínimo descuido y entonces, zas, dentellada certera a la yugular. Vale, puede que el símil me haya quedado un poco exagerado pero así es como yo lo veo, fue perder el Madrid contra el Barça (que el Madrid en su ámbito doméstico sólo pierde contra el Barça, precisamente contra el Barça, también es casualidad) y emerger de nuevo todos aquellos que salieron en manifestación tras su nombramiento, probablemente esos mismos que hace unos meses preferían que el Madrid perdiera la Liga con tal de que Laso no siguiera, les salió el tiro por la culata porque la perdió y aún así siguió, algunos todavía no se habrán recuperado de la impresión. Va el Madrid líder en Liga y Euroliga pero tanto da, podría incluso ganar ambas competiciones que tanto daría, lo que pierda será culpa de él, lo que gane será a pesar de él. Definitivamente el madridismo (algún madridismo) tiene razones que mi razón no entiende. Ni falta que me hace, por supuesto.

2. Hace muchísimos años, un presidente de gobierno de este país dijo que el único miedo que no nos podemos permitir es el miedo al miedo mismo. Lo dijo y se quedó tan ancho, probablemente ni él mismo sabia qué quería decir pero vio que quedaba bien y lo soltó, ahí va eso. Y sin embargo el otro día me acordé yo de esa fase viendo jugar a Llull y sobre todo recordando aquellas declaraciones suyas de ese mismo día en El País, ésas en las que afirmaba no conocer el miedo, tal cual. Qué duda cabe, está muy bien no tener miedo, el miedo es un sentimiento paralizante que está contraindicado en cualquier actividad humana, no digamos ya en la faceta deportiva. Pero puede que aún peor que el miedo sea el miedo a tener miedo, que por huir del miedo acabemos convirtiendo el atrevimiento (positivo) en temeridad. Llull hizo buenas sus palabras contra el Barça, su apedreamiento del aro rival en los minutos postreros (contraindicado con las necesidades de su equipo) demostró con creces que efectivamente no tenía ningún miedo. Pero un poco de prudencia quizá no le habría venido del todo mal.

3. Yo soy más chachista que llullista, aquellos que lleven años leyéndome ya me lo habrán notado (demasiadas veces, incluso). O acaso sea yo de un llullismo muy particular ya que Llull me gusta como jugador pero no como director de juego, ya saben, debate interminable entre los que le consideran un base y los que no, yo entre ellos. Mi llullismo está condicionado, mi chachismo en cambio es incondicional… lo cual no me impide apreciar sus defectos: ha mejorado en defensa pero aún le cuesta pasar los bloqueos, tanto más si éstos te los pone una especie de globo aerostático de dos por tres con el que mejor harías en saltarlo o incluso en pasar por debajo de sus piernas porque rodeándolo no vas a llegar a tiempo, ni de coña. Sergio Rodríguez puede ser un problema puntual en defensa pero a cambio te ofrece infinidad de variantes en ataque, desde luego muchas más de las que te proporciona Llull Sin Miedo (que básicamente se reducen a dos, la opción bombardeo sin piedad y la opción venda en los ojos, también llamada a mí el pelotón que los arrollo). Por una vez (y esperemos que no sirva de precedente) Laso priorizó los defectos defensivos del Chacho sobre sus virtudes ofensivas, le mantuvo sentado un largo rato en los minutos decisivos mientras dio barra libre a Llull, con los resultados que todos conocemos. Puede que a estas horas aún esté arrepintiéndose de ello.

4. En el cercanías camino del trabajo, en los corrillos de pasillo, en el bar del desayuno no se hablaba de otra cosa. Sí, créanselo, ni fútbol ni leches, por una vez el baloncesto de clubes era el tema del día en aquella mañana de viernes (en lo deportivo, que en lo no-deportivo hay demasiadas historias estos días contra las que no podemos competir), lo cual me llenó de moderada satisfacción. Sí, moderada porque no me llamo a engaño, porque demasiado bien sé que si el partidazo televisado con dos prórrogas no hubiera sido el Madrid-Barça sino el Valencia-Estu (utopía irrealizable, me temo) no se habría acordado de él ni la madre que le parió, más allá de sus respectivas aficiones. Asumámoslo, en este país de fútbol y de Madrid-Barça nuestro deporte sólo existe cuando es capaz de reproducir en su seno el modelo futbolístico imperante. Resignémonos, consolémonos pensando en lo que podría haber sido aquello si la ACB y/o TVE se hubieran atrevido a llevarlo al prime time, o si en vez de jueves hubiera sido miércoles…

5. ¿Y por qué no era miércoles? No, no se conformen con la respuesta obvia (¡pues porque era jueves!), vayan un poco más allá. Los jueves está el Cuéntame, está El Barco, está hasta José Mota, en cambio los miércoles no diré que no haya nada porque algo habrá pero ni comparación, de hecho este miércoles por no haber no había ni fútbol, sólo la selección y a esas horas ya había acabado más que de sobra… ¿No habría merecido la pena intentarlo? ¿No habría sido un puntazo ese Madrid-Barça eliminatorio en la noche del miércoles, a las 22:00 pongamos por caso? ¿No merecería la pena (independientemente de todo lo anterior) que los cuartos de final en vez de ser jueves-viernes fueran miércoles-jueves, dejando así además un día de descanso reparador a los equipos que van por el lado débil del cuadro? Sí, ya lo sé, un día más de hotel, más gastos… pero creo que los beneficios compensarían los perjuicios más que de sobra. Piénsenlo.

6. Total que el Barça-Madrid valió por partido y medio y luego ya para compensar el Baskonia-CAI se nos quedó en medio partido, el que se jugó hasta el descanso. 1,5 + 0,5 = 2, es decir, hasta ese momento llevábamos la cosa más o menos equilibrada. Pero resultó luego que de dos cuartos de final previstos para el viernes sólo tuvimos uno, resultó el sábado que de dos semifinales previstas sólo hubo una (o ni eso siquiera, más bien tres cuartos), resultó el domingo que la Final se nos quedó apenas en media final… Me las prometía yo muy felices el jueves a las nueve y pico de la noche, pensaba entonces que mis temores eran infundados pero apenas tardé un rato en darme de bruces contra la cruda realidad. Lo dicho, esto ya no es lo que era… o acaso sea yo el que ya no soy lo que fui. Eso va a ser.

7. Acaso pensaran que no podían ganar la Copa estando de prestado en la ACB, que el mero hecho de intentarlo sería ya un atrevimiento viniendo de LEB, un poco como aquella selección de Dinamarca que osó ganar una vez la Eurocopa de fútbol sin haberse clasificado siquiera para jugarla. Acaso llegaran ya acomplejados a Vitoria y lo de English no hizo más que darles la puntilla o tal vez no, tal vez llegaran con buen ánimo y fue el entripao de su referente el que hizo que se les cayera el alma a los pies. Y una vez en los pies ya no la recogieron, claro, total para qué. Estudiantes no compareció en el Buesa o más bien lo hizo en cuerpo pero no en alma, el alma se quedó en el hotel a la vera de English para hacerle compañía en el lecho del dolor (o en la taza del váter, no sé). Tanto largar yo aquí de equipos que entienden la Copa como un fin y no como un medio, que se conforman con llegar y no intentan ir más allá… y al final he tenido que escribirlo hasta de quien jamás pensé que tendría que escribirlo, quién me lo iba a decir.

8. Una vez acabada la jornada del viernes alguien escribió en Twitter que no le sorprendía en absoluto la victoria del Granca sobre el Bilbao Basket porque que gane el que mejor juega es lo normal. Ojalá fuera todo tan fácil. Probablemente el Granca hiciera el mejor baloncesto de la Copa (que es tanto como decir de toda la ACB), del mismo modo que el Granca probablemente fuera la plantilla menos fuerte de las ocho que compitieron (o así) en Vitoria. Gracias a lo primero pasó una ronda y está tercero en liga, por desgracia lo segundo no le permitió ni le permitirá ir mucho más allá. Hoy no faltan iluminados que proclaman que el Granca se conformó con ganar al fin un partido y que se borró para la semifinal. Permítanme que discrepe totalmente: el Granca es lo que es y tiene lo que tiene; gracias a ser lo que es llegó hasta donde llegó, gracias a tener lo que tiene (o más bien a no tener lo que no tiene) difícilmente podrá aspirar a mucho más. Demasiado hizo.

9. Lo normal de cualquier competición deportiva sería una dinámica similar a la que rige para cualquier composición narrativa, ya saben, aquello de planteamiento-nudo-desenlace: un crescendo de emociones empezando por unos buenos cuartos de final que fueran preparando la atmósfera para unas magníficas semifinales que a su vez sembraran el caldo de cultivo para acabar desembocando en una extraordinaria final, algo así. ¿Se imaginan una novela o una película en la que el clímax se alcanzara ya en su primera escena y luego el resto de la trama fuera languideciendo sin remedio hasta el final? La ACB, también en eso, es el mundo al revés. No les echo la culpa porque no creo que haya culpables, esto está montado así y no hay que darle más vueltas. Pero es así.

10. Anda el madridismo (sector tangencial, es decir, esa inmensa mayoría futbolera que sólo ve a su equipo de baloncesto cuando juega contra el Barça) haciéndose cruces con Tomic estos días, ayer mismo sin ir más lejos me pedía uno una explicación, pero vamos a ver, pero cómo es posible, pero si era un pichafría, pero si… Pues vaya usted a saber, a lo mejor es el clima, que ese clima mediterráneo de Barcelona se parezca mucho más al de su Duvrovnik natal y eso le haga más feliz, nada que ver con estos fríos y estas sequedades que nos gastamos tierra adentro; o a lo mejor lo que le hace más feliz es estar en un equipo con muchos más sistemas orientados hacia los pívots, viniendo como viene de otro equipo mucho más pensado para el juego exterior… pero no, qué malpensados somos, cómo habría de ser eso. Será el clima, seguro.

11. No suelo llevarme bien en estos últimos tiempos con esas designaciones coperas de MVP hechas generalmente a matacaballo desde la improvisación: a falta de cinco minutos, mientras estás pendiente de un partido que acaso ni siquiera esté resuelto y del que tienes que hacer la crónica (eso cuando no lo estás contando en directo), te ponen un papelito para que votes deprisa y corriendo y claro, así pasa, que en lugar de pensar a quién votas y luego votar lo acabas haciendo al contrario, primero votas para salir del paso y después te lo piensas, véase Itu ayer sin ir más lejos. Pete Mickeal hizo una buena Copa pero no una gran Copa, se salió ante el Madrid (¿qué extraño mecanismo se activa en el cerebro de esta criatura cada vez que juega contra el Madrid?) y luego estuvo bien, sin más. Pero puestos a escoger (y aún con las evidentes limitaciones de un equipo tan coral) permítanme que yo me quede con Marcelinho. Desde que Pascual le ha aflojado las riendas (o desde que se ha soltado él, no sé) es otro jugador, y su equipo lo agradece y sus compañeros lo agradecen aún más si cabe. Es a quien yo habría votado pero claro, yo juego con ventaja, yo he podido pensarlo (tampoco mucho, que ya saben que no es mi fuerte) antes de escribir esto. Otros no tuvieron esa oportunidad.

12. En las horas previas a la Final, me asaltó una duda (sí, a veces me pasan estas cosas): ¿Qué equipo llegaría más fresco, el Barça tras dos partidos muy exigentes pero habiendo tenido un día de descanso, o el Valencia tras dos partidos muy cómodos pero no habiendo tenido descanso alguno? La Final dejó muy clara la respuesta, sin lugar a dudas: esa dinámica de jugar el viernes a las 21:30, luego el sábado a las 21:30 y finalmente el domingo a las 19:00 es mortal de necesidad (aún por apacibles que fueran sus duelos previos), tanto más si tu plantilla es más corta (o menos larga) que la de tu rival. No, no puede llover a gusto de todos pero quizá sí se podría intentar canalizar esa lluvia de algún modo… para lo cual me remito nuevamente a lo expresado en el sorbo número 5.

13. ·Existe por ahí una corriente de opinión que considera que para mejorar el baloncesto y recuperar los tanteos de antaño la clave sería que los árbitros pitaran todo lo habido y por haber, que sancionaran cualquier contacto por mínimo que éste fuera, lo cual al parecer redundaría en que los defensores se lo pensaran mucho más a la hora de defender. A ver: no niego yo que una cosa así no pudiera funcionar a medio/largo plazo (aunque a corto plazo sería un coñazo) siempre y cuando ese criterio se aplicara en todas las ocasiones y no sólo cuando a los árbitros se les pusiera en la punta del pie: ayer, por ejemplo. Ayer hicieron eso tan típico de hoy para que no se nos escape el partido vamos a pitar todo lo que veamos, pero todo todo. Y dicho y hecho, y a ellos no se les escapó el partido, se nos escapó a nosotros. Sí, me dirán que pitar muchas faltas es otra buena manera de aumentar los tanteos porque así hay más tiros libres pero qué quieren que les diga (sé que alguno me linchará por lo que voy a escribir a continuación), prefiero un partido a sesenta puntos dejando jugar que uno a noventa puntos que se pare cada dos por tres. Baloncesto interruptus no, por favor.

14. Algunos opinadores nos intentaron vender ayer que el título copero del Barça, viniendo como venía de un séptimo puesto al final de la primera vuelta, era una sorpresa. Pues no. Sorpresa sería que la hubiera ganado el Valencia, que la hubiera ganado el Baskonia, no digamos ya que la hubiera ganado el Granca. Venga desde donde venga, un título del Barça nunca puede ser una sorpresa como nunca podría serlo el del Madrid aunque pasara como octavo. Reconozcámoslo, la crisis (e incluso la injusta distribución de derechos televisivos en según qué deportes, también) ha abierto mucho más la brecha entre estos dos y el resto: pueden flojear durante un tiempo puntual pero cuando llega la hora de jugarse los títulos a un lado están ellos (aún por mal que estén) y al otro el resto de la humanidad. Asumámoslo, es así.

15. O eso o que lo hicieran aposta, claro. No, no lo digo yo (que a mí jamás se me ocurriría siquiera insinuar chorrada semejante), lo dice hoy bien clarito en su columna uno de los periodistas deportivos más prestigiosos (¿?) de este país (y uno de mis demonios familiares, también), el ínclito Juan Mora: “El Barcelona es ahora campeón de Copa, mientras el Madrid se lame sus heridas. No encuentro mejor explicación para entender semejante metamorfosis, que para el Barcelona el valor de la Liga en su fase regular sea cero. Al final todo se reduce a quedar entre los ocho primeros. ¿Para qué, entonces, desperdiciar energías y esfuerzos en algo que no vale de nada? Ha sido el más listo“. Es decir, todo aquello de palmar estrepitosamente en casa ante Blancos de Rueda u Obradoiro, todo aquel hundimiento ante Estudiantes, todo aquello fue a propósito, qué sutil estrategia, qué supremo ejercicio de inteligencia. Acabáramos. El Madrid haciendo el panoli ganando partido tras partido y el Barça en cambio dosificando sabiamente sus derrotas, total a quién le importa ser primero o ser séptimo si habíamos quedado en que la fase regular no sirve para nada, ¿verdad, señor Mora? Claro que si según usted lo del Barça en ACB fue de listos, entonces aplicando ese mismo razonamiento habremos de convenir en que lo del Barça en Euroliga fue de tontos, a quién se le ocurre, ganar partido tras partido echando el resto en la primera fase, total para pasar luego en igualdad de condiciones al Top16. ¿O es que acaso la primera fase euroliguera tiene mucha mayor trascendencia a efectos clasificatorios que la temporada regular ACB? Me lo explique.

y 16. Y es que hay periodistas y periodistas. El viernes en plena Copa nos dejó para siempre uno de los buenos, uno que creó escuela escribiendo de baloncesto desde su Málaga, uno cuya web fue un referente incluso en aquellos tiempos en los que casi ninguna web acostumbraba aún a ser un referente. Paco Rengel nos dejó a esa edad en la que nadie debería aún dejarnos (una edad que me resulta extrañamente familiar) y lo hizo predicando con el ejemplo, haciendo aún periodismo hasta casi el final del final. Este deporte, incluso esta vida, ya difícilmente volverán a ser lo mismo sin la energía y el entusiasmo que tantas veces nos transmitió Paco Rengel. Descanse en paz.

la noche aquella en que todo cambió   3 comments

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 4 de febrero de 2013)

Sé que a los más jóvenes les resultará increíble (más que nada porque no lo vivieron) pero puedo asegurarles que hubo un tiempo en que la Copa del Rey (o de quien fuera) de baloncesto se disputaba con ese mismo sempiterno formato de la Copa del Rey de fútbol: interminables eliminatorias a doble partido entre equipos de categorías muy diferentes, total para que la Final la acabaran disputando (y ganando) casi siempre los mismos. No, los más jóvenes difícilmente podrán creer que hubo un tiempo en que el Madrid, y en mucha menor medida el Barça y la Penya, lo ganaban todo, y cuando digo todo quiero decir todo. Es decir, no ya que ganaran todos los títulos (que en eso tampoco hemos cambiado tanto, si acaso donde pone Penya ponga Baskonia y pare usted de contar) sino que ganaban prácticamente todos los partidos (excepto cuando se enfrentaban entre sí, por razones obvias). Sí, créanselo, hubo un tiempo en nuestro baloncesto en el que las sorpresas eran aún mucho menos probables que en la actual liga de fútbol, por asombroso que hoy nos pueda parecer…

Y aún más increíble les resultará saber que hubo un tiempo en el que nuestra Liga ACB, esa misma ACB anquilosada y esclerótica que conocemos hoy en día, estaba literalmente a la vanguardia en lo que a innovación deportiva se refiere. En aquel entonces todas las competiciones de clubes se disputaban (languidecían, más bien) en el seno federativo, era sencillamente impensable a nivel europeo que alguien osara romper el molde, que un grupo de clubes decidieran asociarse y montarse su propia liga a espaldas de su federación. Y sin embargo hubo unos cuantos que vieron antes que nadie que aquello se moría, que aquella División de Honor tal como estaba concebida no tenía ya sentido, que era el momento de importar otros conceptos con los que aprovechar a nivel de clubes el boom que estaba propiciando la selección. No fue reforma sino ruptura, costó llanto y crujir de dientes pero de alguna manera abrió un camino por el que tiempo después fueron transitando casi todos los demás. La Liga de Fútbol Profesional, la ASOBAL, tantas otras (incluso la Euroliga a nivel continental, aunque para eso ya tuvieran que pasar casi dos décadas) lo tuvieron mucho más fácil (o al menos no tan difícil) porque se encontraron ya la puerta del baloncesto abierta, ya tenían un precedente al que poderse agarrar.

Pero con eso no bastaba, hacía falta algo más que diera sentido a todo aquello, nuevas ideas que generaran competitividad y espectáculo, que nos permitieran recuperar la ilusión por esta competición: por ejemplo el segundo extranjero (y piénsese que en aquel entonces todos los demás jugadores eran nacionales porque aún no se había inventado la Ley Bosman, piénsese que los equipos grandes tenían ya un segundo extranjero para sus competiciones europeas… todo lo cual no impidió que nos echáramos las manos a la cabeza, cielo santo, qué va a pasar ahora con nuestro baloncesto, qué va a ser de nuestra selección, la ruina del jugador nacional, el acabose…); o por ejemplo los playoffs (y aquello ya parecía el fin del mundo, dos eternos rivales que se odian a muerte enfrentándose entre sí varias veces seguidas, qué desastre, eso nunca puede acabar bien… Meses más tarde Itu y Mike Davis casi se empeñaron en darles la razón); o por ejemplo un nuevo y revolucionario formato para la Copa del Rey.

Y no hará falta que les diga que al principio casi nadie lo entendió. Si hoy treinta años después algunos todavía no han entendido los playoffs, como para esperar que les entrara por los ojos de inmediato una copa que no era copa, o no era lo que toda la vida nos habíamos acostumbrado a llamar copa: pero esto qué es, la copa no es así, la copa es una sucesión de eliminatorias a doble partido como dios manda y como se ha hecho toda la vida de dios, qué es esto de que se la jueguen los cuatro mejores porque sí, así sin más, la copa hay que ganársela, el Barça contra el Breogán, la Penya contra el Canoe, el Madrid contra el Náutico de Tenerife, la ida ya les metemos de cincuenta y la vuelta se tiene que jugar sí o sí aunque no le importe a nadie, eso en el supuesto de que la ida le hubiera importado también a alguien; y encima ponen ustedes las seminales y la final en la misma sede en apenas dos días, allí todos juntitos, cuatro equipos odiándose en el mismo hotel, cuatro aficiones tirándose los trastos a la cabeza en el mismo pabellón, pero qué hacen, están ustedes locos… Hoy todo esto nos puede parecer ridículo (entre otras cosas porque lo era) pero permítanme que les recuerde que nuestro deporte es tradicionalmente inmovilista, por definición: durante estos años les he escuchado a los aficionados al fútbol quejarse en repetidas ocasiones de la ruina que representaba su sistema de copa, durante estos años les he sugerido unas cuantas veces que tal vez deberían adoptar un sistema similar al baloncesto… y créanme, no es ya que no quieran oír hablar del tema sino que algunos hasta se hacen cruces (metafóricamente) como si les estuvieras planteando un anatema, una auténtica aberración. Allá ellos, es su problema, sigamos con lo nuestro.

Lo nuestro tomó forma el último día de noviembre y el primero de diciembre del año de gracia de 1983, temporada 1983/84. En Zaragoza se dieron cita los tres de siempre y el CAI, valor emergente (sólo emergente todavía) gracias al espíritu emprendedor de un sujeto llamado José Luis Rubio, precisamente uno de aquellos visionarios de los que antes les hablaba, otro más que entendió que para que nuestro deporte subsistiera había que darle la vuelta como un calcetín. No les voy a engañar, han pasado casi treinta años, apenas tengo ningún recuerdo (y decir apenas es decir mucho) de las dos semifinales, la que el Barça le ganó al Madrid y la que el CAI ganó al Joventut, de hecho es más que probable que ni siquiera se televisaran por aquel entonces. Y sin embargo, aún a pesar del tiempo transcurrido, conservo aún (aparentemente) fresco en mi memoria el recuerdo que aquella inolvidable (nunca mejor dicho) Final. Pero como la memoria es traicionera he preferido recurrir a las posibilidades que hoy nos ofrece la tecnología y me la he vuelto a ver, enterita, la otra tarde: para confirmar mis sensaciones, para volver a vivir aquellas emociones, para reencontrarme con dos tipos que hoy desgraciadamente ya no están en este mundo pero que aquella noche acaso fueran los principales culpables de que la historia de repente se nos volviera del revés.

Hay personas que pueden estar toda una vida a tu alrededor sin ser capaces de dejar ninguna huella, y en cambio hay otras que con sólo unos meses te dejan ya una huella para toda la vida. Gran parte de lo que ha llegado a ser el baloncesto argentino en todos estos años tiene mucho que ver con un tipo irrepetible e inclasificable llamado León Najnúdel, si no se lo creen les aconsejo encarecidamente que acudan al magnífico artículo recopilatorio de Roberto Arrillaga que cierra el número 3 de Cuadernos de Básket y podrán comprobarlo con sus propios ojos.Captura de pantalla 2013-01-26 a las 17.25.58 Najnúdel dejó una huella imborrable en su país durante más de dos décadas pero nos regaló también un año, un solo año en el nuestro, aquella temporada 1983/84 en la que José Luis Rubio se lo trajo para dirigir su CAI.  Personaje fascinante, auténtico filósofo del baloncesto y de la vida, el mero hecho de leer las entrevistas que le hacían ya te rompía los esquemas porque no se parecía en nada a aquello que acostumbrábamos a gastarnos por aquí: destrascendentalizaba (vaya verbo) el juego, contra los ataques de importancia de sus colegas él se manejaba con una tranquilidad pasmosa, sin más complicaciones tácticas que las estrictamente necesarias, poniendo siempre menos énfasis en los sistemas que en los jugadores. Una leucemia se lo llevó por delante en 1998, con apenas 57 años. A él le privó de conocer los éxitos de su generación dorada, a nosotros nos privó de seguir disfrutando de su carisma y su inmenso amor por este juego durante unas pocas décadas más.

Najnúdel fue providencial pero no lo fue menos (si bien de una manera muy distinta) Kevin Magee, convertido de la noche a la mañana en el líder de un equipo al que había llegado apenas tres meses antes. Mi memoria (frágil, traicionera, ya se lo dije) me lo mostraba festejando encaramado a la mesa de anotadores pero aquello lo debí soñar, o tal vez no pero ahora no he encontrado ninguna imagen que respalde aquel recuerdo; tan solo aquellas otras que se grabaron nada más acabar el partido y en las que aparece levantado a hombros por la multitud, aporreando con saña un bombo que resultó ser el de Manolo (el del bombo, que será que por aquel entonces todavía se bajaba de vez en cuando al baloncesto). Aquel año en el CAI le sirvió de trampolín para labrarse una magnífica carrera en el Maccabi, luego volvió otra vez al CAI (que acaso ya ni se llamara CAI siquiera) pero ya no era el mismo, ni de lejos. Más tarde le perdimos la pista y ya no volvimos a encontrarla hasta aquel 23 de octubre de 2003 en que una breve reseña nos habló de su fatal accidente en Los Ángeles. Ojalá nunca la hubiéramos encontrado.

Pero fueron más, fueron todos, fue también Jimmy Allen al lado de Magee, fueron los hermanos Arcega (interesante aquella precisión del añorado Héctor Quiroga en su narración, recordamos que en el CAI Zaragoza hay dos hermanos, del mismo apellido por supuesto), fueron Manel Bosch, Charly López Rodríguez, incluso Indio Díaz, poca cosa en principio para plantar cara al aparatoso portaaviones blaugrana, Solozábal, Epi, Sibilio, Mike Davis, Marcellus Starks, Juanito de la Cruz… (no sé por qué pongo puntos suspensivos si en realidad sólo jugaron esos seis, y De la Cruz porque los pívots titulares se metieron en problemas de faltas que si no ni eso; definitivamente eran otros tiempos). Nada parecía indicar que allí se fuera a romper ningún orden establecido, tanto menos cuando en el descanso el Barça ganaba de 9, cuando mediada la segunda mitad ganaba de 10, todo dios en aquel vetusto Palacio de Deportes de Zaragoza parecía tener asumido el desenlace… y entonces sucedió:  aquel CAI que se vino arriba y acabó de remontar, aquel Barça que empezó a ponerse nervioso, aquel joven Pedro Barthe al que empezaron a aparecérsele en cadena casi todos sus fantasmas (si los árbitros se ponen así de severos con el Barcelona, y se pusieron ayer severos con el Joventut, y se pusieron severos el domingo pasado con el Hospitalet… ¡¡¡¿qué pasa?!!!)…  81-78, que habrían sido 79 si a la mesa en pleno desconcierto no se le hubiera pasado anotar un tiro libre postrero. Cuentan que el técnico barcelonista Antonio Serra se quejó amargamente al respecto, cuentan que Najnúdel respondió que Serra tiene razón, pero de ahí a pensar que con ese punto habría ganado el partido, es como pensar que yo, porque canto en la ducha, soy Carlos Gardel… La locura.

Sí, sé que a los más jóvenes les resultará increíble (más que nada porque no lo vivieron) pero puedo asegurarles que aquello de alguna manera representó un antes y un después, un punto de inflexión en nuestro baloncesto. Lo fue para un CAI que a partir de ahí se nos convirtió en grande o al menos creyó serlo, que acaso vivió durante unos cuantos años por encima de sus posibilidades (¿dónde he oído yo esto antes?) y acabó pagándolo después. Pero lo fue también para nosotros como aficionados que a partir de aquella noche descubrimos que había otros mundos (pero estaban en éste), que también en nuestro deporte el pez grande se podía comer al chico y que existía incluso una competición creada a nuestra medida para que así fuera, esa Copa a la que hasta entonces jamás habíamos prestado la menor atención. Aquella noche nació la leyenda de una Copa convertida de repente en el bazar de las sorpresas, una leyenda alimentada en años posteriores por el propio CAI, el Estu, el TDK Manresa o incluso por aquel Cáceres que tras verse 18 arriba acabó padeciendo en sus propias carnes el miedo a ganar; una leyenda que acaso se nos haya ido cayendo por su propio peso en estas últimas temporadas (aunque esa también es otra historia) pero tanto da porque aún hoy, casi treinta años después, aún seguimos recibiendo esta competición con la ilusión del primer día. La que se nos quedó la noche aquella del 1 de diciembre de 1983, cuando por fin descubrimos que otro baloncesto era posible. Que no se nos olvide.

Publicado febrero 10, 2013 por zaid en ACB

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la Copa es sueño   1 comment

Un buen amigo virtual de los lejanos tiempos de SEDENA me pidió una colaboración sobre la Copa para su blog (magnífico por cierto, se lo recomiendo encarecidamente) Jugant per la vida. Este fue el resultado, publicado allí el lunes 4 de febrero:

La Copa es (antes que nada, quizá por encima de todo) añoranza, es el recuerdo de tantas otras copas, tantos otros momentos que ya jamás se borrarán de nuestra memoria, al menos de la de aquellos que tenemos ya una edad, al menos mientras el señor Alzheimer lo permita: la Copa es aquel CAI de 1983 subvirtiendo por vez primera el orden establecido, aquel triple de Solozábal sobre la bocina en 1987, aquel Estu de Pinone, Winslow, Herreros u Orenga en su año de gracia de 1992, aquella accidentadísima edición sevillana de 1994, aquella prórroga imposible que TDK Manresa (es decir, Creus) le levantó al Barça en 1996, aquel Cáceres que se asustó de sí mismo y dilapidó 18 puntos de renta ante la Penya en 1997, aquella reivindicativa defensa de cuatro que se quiso inventar Julbe en 1998, aquella lección magistral de Bennett en 1999; la Copa es también Pau presentándose al mundo en 2001, es Rudy volando y siendo MVP pese a perder en 2004, es la exhibición asistidora de Prigioni en 2006, es el errequeerre show de Ricky & Rudy hipnotizándonos a todos en Vitoria 2008… La Copa, en cierto modo, es añoranza de cuando la Copa era la Copa.

La Copa es magia y es decepción también, a veces. No acostumbro a ponerme en plan abuelo Cebolleta, no suelo comprar jamás ese discurso de que cualquier tiempo pasado fue mejor (más bien suelo decir que cualquier tiempo pasado fue… anterior, punto) pero reconozco que en estos últimos tiempos no puedo evitar como una sensación de que la Copa ya no es lo que era, ustedes me perdonen. Como si aquel bazar de las sorpresas de otro tiempo se nos hubiera convertido en el reino de lo previsible, como si de un tiempo a esta parte ya nada se saliera del guión, ya sólo ganara quien tiene que ganar. Claro que si usted es de uno de esos equipos que siempre van de favoritos me dirá que dónde está lo malo, que cuál es el problema, que a ver por qué va a ser peor que se cumplan los pronósticos a que se rompan. Tendrá razón, no seré yo quien lo discuta pero qué quiere que le diga, la Copa construyó su leyenda a base de romper con lo establecido, partidos y más partidos a cara de perro basados en la típica filosofía yanqui del win or go home, un mundo entero en cuarenta minutos, nada que ver con la regularidad de una liga o de una serie de playoffs porque aquí sí que existía la posibilidad de que el pez chico se pudiera comer al grande, y de hecho muchas veces se lo comía. La Copa fue (me gustaría pensar que aún pudiera seguir siéndolo) como una suerte de democratización de nuestro deporte: por cuatro días cambiábamos el tanto tienes, tanto vales por el un hombre, un voto, que en este caso se traduciría en que cada equipo tenía aparentemente las mismas posibilidades de ganar. No era así, claro, no éramos todos iguales (tampoco aquí) ni jamás íbamos a serlo pero al menos nos hacíamos la ilusión; y ésta a veces incluso se correspondía con la realidad. Hoy ya no, hoy esa extraña suerte de justicia retributiva nos parece mucho más difícil: como si la crisis, también aquí, hubiera agrandado el abismo social.

La Copa es fe, y no me refiero a fe en sentido religioso (que esa no la trabajo) sino a fe en las posibilidades de uno mismo. ¿Recuerdan la teoría de los calzoncillos? Juanan Morales solía contar que en su etapa en la Penya tuvo un entrenador (nunca dijo quién… aunque tengo mis sospechas) que cuando iban a la Copa revisaba las maletas de todos y cada uno de sus jugadores para comprobar cuántos calzoncillos habían metido: si llevaban uno o a lo sumo dos significaba que estaban plenamente convencidos de su eliminación y pensaban volverse a las primeras de cambio (o que eran unos guarros, añado yo, si bien lo pongo entre paréntesis para no estropear el razonamiento); en cambio si llevaban cuatro o cinco quería decir que estaban absolutamente mentalizados para llegar hasta la final. Han pasado los años, obviamente a día de hoy no me imagino a ningún entrenador ACB (no, tampoco a Ivanovic cuando aún estaba) rebuscando ropa interior en el equipaje de sus jugadores, de hecho alguno hasta podría malinterpretarlo… pero si alguien lo hiciera no sé yo qué encontraría (metafóricamente hablando). O dicho de otra manera: acaso nos estemos instalando en el conformismo. La Copa, como los playoffs, nunca debería ser un fin sino un medio. Están los que se clasifican y lo entienden como un premio, ya está, ya hemos llegado, tenemos lo que queríamos así que ya nos podemos relajar, cada postemporada vemos a alguno de éstos; y están los que se clasifican y lo entienden como un primer paso para dejarse el alma por llegar aún más allá. Todas esas sorpresas históricas nacieron de equipos que decidieron no conformarse con lo que tenían. Todas estas no-sorpresas de los últimos tiempos acaso tengan más que ver con una actitud cada vez más arraigada en nuestra sociedad, esa cosa que llamamos resignación.

La Copa en cualquier caso es ilusión, la de aquellos aficionados que se dejan lo que no tienen por seguir a su equipo aunque les toque alojarse a cien kilómetros de su sede (que esa es otra), que confraternizan con los de enfrente y que aunque no pasen ronda se quedan hasta el domingo porque ésta es su fiesta y no van a permitir que una simple derrota se la eche a perder. La Copa es también la ilusión de todos aquellos que nos sentaremos ante el televisor como cada año esperando ver una Copa aunque demasiado bien sepamos que esta vez sólo nos van a dar media, la otra media quedará para paladares más exquisitos. Siempre hubo una Copa de primera y otra de segunda, una Copa estatal y otra autonómica pero al menos a los no-autonómicos aún les quedaba la opción de agarrarse al clavo ardiendo de Teledeporte, ahora ya ni eso, ahora los que no tienen Autonómica y los que sí la tenemos pero es como si no la tuviéramos (y no sólo a efectos baloncestísticos) tendremos que buscarnos la vida en Internet, tendremos que ponernos en manos de Orange Arena (que es como si te tienes que operar y te pones en manos de un fontanero, poco más o menos), rezar lo que sepamos (aunque no sepamos) para ver si existe aún alguna posibilidad por pequeña que sea de salvar el Baskonia-CAI, el Granca-Bilbao y la segunda semifinal. La Copa es ilusión, sin duda, pero este año es también frustración. Y eso que aún ni ha empezado siquiera.

La Copa es sueño, cómo no: el sueño del Madrid de plasmar en títulos su dominio, el sueño del Barça de enderezar (acaso salvar) su temporada, el sueño baskonista de ser (por fin) profeta en su tierra, el sueño del CAI de sobrevivir por el lado imposible del cuadro, el sueño taronja de que aquest any sí, el sueño estudiantil de ser los primeros en ganarla viniendo de LEB (permítaseme la automordacidad), el sueño bilbaíno de estrenar por fin su palmarés nacional, el sueño grancanario de pasar por fin de ronda, más de una a ser posible… Muchos, demasiados sueños que se juntan con los nuestros: recuperar la magia, volver a sorprendernos, sentir otra vez aquella fascinación que un día sentimos por esta competición; que llegue el día en que podamos recordar también con añoranza esta Copa de 2013 tantos años después. Sí, la Copa es sueño pero ya nos dijo Calderón (el de la Barca) que los sueños sueños son: en cuanto te descuidas te despiertas. Esperemos que aún tarde mucho en sonar el despertador.

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