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EL NADADOR   Leave a comment

Un huracán nunca trae nada bueno, por definición. Cualquier huracán sólo acostumbra a dejar muerte, destrucción, miseria y desolación allá por donde pasa, tanto más cuanto más pobre sea el lugar por el que pase. Y obviamente el huracán Hugo no fue una excepción, no podía serlo. Hugo fue un huracán de hasta fuerza 5 que en septiembre de 1989 devastó amplias zonas de Puerto Rico, Dominica, el archipiélago de las Islas Vírgenes y hasta el estado norteamericano de Carolina del Sur, dejando además 61 víctimas mortales por el camino. Otra de tantas tragedias que nos depara periódicamente la naturaleza, una más, ante la cual obviamente no cabe consuelo alguno… y a la que sin embargo los aficionados al baloncesto (aún por cínico que resulte, aún por mal que me sienta al escribirlo) siempre le tendremos que estar involuntariamente agradecidos.

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Más o menos cuatro años y medio después, pongamos que hacia febrero de 1994, Canal + decidió tener un maravilloso detalle con sus abonados baloncesteros (sumamente escasos, recordemos que en aquel entonces aún no habían adquirido la NBA), especialmente con aquellos que (como fue mi caso) habíamos llegado meses atrás, al reclamo de su primera Final Four NCAA: ofrecer baloncesto universitario en temporada regular (sí, incluso antes del Madness), algo que nunca habían hecho antes y que hasta donde alcanzo a recordar tampoco han vuelto a hacer después. El pretexto fue que teníamos a un puñadito de compatriotas haciendo las américas, lo cual en aquel tiempo (casi cinco años después de que se nos fuera Fernando Martín, casi cinco años antes de que se nos apareciera Pau Gasol) nos parecía lo más de lo más. Y así vimos a St. John’s porque allí jugaba Sergio Luyk (DEP), vimos a Providence porque allí estaba Borja Larragán (gracias a lo cual pudimos conocer a un magnífico alero que jugó luego a gran nivel en NBA, Eric Williams), puede que hasta viéramos a Manhattan porque allí jugaba Jerónimo Bucero (aunque habré de confesarles que esto último no lo recuerdo con exactitud)… y vimos, cómo no, a Wake Forest. Sobre todo vimos a Wake Forest.

En aquellos Demon Deacons jugaba a gran nivel Ricardo Peral, chaval vallisoletano de 207 centímetros proveniente de la cantera del Madrid, que empezó siendo la gran esperanza blanca, que decían que sería el Kukoc español (nada menos) pero que acabó siendo un juguete roto por razones que se me escapan (aunque algunas las intuyo), si bien ésa es otra historia que habrá de ser contada en otra ocasión (por quien la conozca, a ser posible). Junto a Peral destacaba un base sumamente chupón llamado Randolph Childress, cuya carrera profesional (lejos de USA) transcurrió con mucha más pena que gloria y del que lo último que supe es que había vuelto a Wake Forest para ejercer de asistente a la vera de Danny Manning. Y la tercera pata (por decirlo así) de aquellos Demon Deacons 1993/1994 era un freshman, un espigado chaval que había llegado apenas unos meses antes a Winston Salem y que no provenía de ningún gueto cercano sino de las lejanas Islas Vírgenes, nada menos. Su nombre quizá les resulte lejanamente familiar. Un tal Tim Duncan.

Lo nuestro (lo mío con él, más bien) fue un flechazo absoluto. Quien me conozca sabe que se me gana mucho más por fundamentos que por físico, sabe aún mejor que cuando se dan las circunstancias adecuadas soy de enamoramiento fácil (entiéndase en términos estrictamente baloncestísticos) pero aquello ya no es que fuera fácil, aquello más bien fue amor a primera vista. Fue (suena un tanto grandilocuente decirlo hoy, pero lo cuento tal como lo viví en su día) como descubrir al sucesor de Olajuwon cuando éste aún estaba en plenitud y no necesitaba que nadie le sucediera.Tim Duncan Es curioso, si pensamos en el Duncan NBA no pensamos en él en términos olajuwonianos, para nada. Le recordamos más de cara al aro que de espaldas, más tirando a tabla desde el poste alto que girándose en el bajo. Pero créanme que aquel Tim Duncan recién llegado a Wake Forest tenía un juego de pies sencillamente prodigioso, lo más parecido al gran Hakeem que podía verse entonces y pudo verse después. Y eso con ser bueno no era lo mejor, lo mejor era que fuera sólo freshman (y aún sin estatus de estrella), que producía auténtico vértigo imaginar siquiera lo que aquella criatura podría llegar a ser. Como para no enamorarse.

Pero aquella criatura tenía una historia detrás, quién sabe si a medio camino entre la realidad y la leyenda. Se nos contó (supongo que nos lo contarían Daimiel y Segurola que solían ser quienes hacían NCAA en aquellos tiempos, si bien no puedo precisarlo con exactitud) que Tim Duncan iba para nadador, y no un nadador cualquiera: ya a muy temprana edad poseía algunos récords significativos en 50, 100 ó 400 metros libres, ya muchos apostaban por él para representar a su país en Barcelona 92… hasta que llegó Hugo. Hugo destruyó la única piscina olímpica que había en Saint Croix, razón por la cual el joven Tim (poco más de trece años en aquel entonces) se iba a ver obligado a entrenar en mar abierto. Y cuenta la leyenda que aquello no le hizo ninguna gracia, sobre todo porque aquel chaval tenía un miedo más que respetable a los tiburones. Se fue distanciando, y aún más se habría de distanciar cuando un cáncer se llevó por delante la vida de su madre muy pocos meses después. Las sólidas premisas que le habían sustentado hasta ese momento (la familia, la natación) de repente se le rompieron en pedazos, dejándole sumido en un lógico periodo de indefinición del que sólo empezó a salir cuando alguien se cruzó en su camino y le hizo aquella mítica pregunta, tantas veces referida en tantas otras ocasiones: chaval, y tú con lo alto que eres… ¿por qué no juegas al baloncesto? Y hasta ahora.

Ríanse si quieren (que querrán), pero siempre pensé que ese pasado como nadador formaba parte esencial de su repertorio como jugador, aunque me resulte muy difícil explicar por qué. Hay algo en su gracilidad, en su manera no tanto de moverse como de deslizarse por la pista,td-hermana incluso en su estructura morfológica (tantos hombros para tan poca cintura) que de alguna manera evoca al nadador que pudo haber sido y no fue. O acaso sí lo fue, aunque no nos diéramos cuenta. Quizá sólo cambió el medio, sólo sustituyó el agua por el parquet pero siguió nadando de igual manera. Como si poseyera el don de la ingravidez, que en su caso no se reflejaba (como en tantos otros de sus congéneres) en mates escalofriantes ni vuelos sin motor sino en su condición de flotabilidad. Otros permanecen firmemente apegados a la tierra y cada vez que saltan es como si temblara el mundo, él no. Él era etéreo, por imposible que resulte cuadrar semejante concepto en un corpachón como el suyo. No jugaba sino que fluía. Nunca dejó de nadar.

Nunca más volví a verle en Wake Forest, qué más hubiera querido yo. En los siguientes años la cobertura universitaria del Plus se limitó básicamente a la Final four, evento al que aquellos Demon Deacons jamás llegaron a comparecer siquiera. Pero que no lo viera no significa que no siguiera sus pasos, al menos en la medida de mis limitadas posibilidades: a mediados de los Noventa Internet era aún una entelequia fuera de mi alcance y del de casi todo dios por estos pagos, había que conformarse con leer lo que se pudiera, donde se pudiera. Poco a poco fui sabiendo que por una vez (y sin que sirviera nunca más de precedente) mi percepción de aquel primer año no había sido errónea en absoluto; que ya no era bueno sino grande, que de ahí había pasado a ser una referencia y luego ya LA REFERENCIA, con mayúsculas. Recuerdo una de aquellas impagables crónicas de Daniel Searl para Gigantes, en la que nos habló de una universidad muy menor (a saber cuál) que en los albores de la temporada 1996/1997 (su año sénior) fue a jugar contra Wake Forest; me acuerdo sobre todo de la transcripción de las palabras de su entrenador en la charla previa a sus jugadores: hoy no es ya que vayáis a jugar contra un futuro profesional, contra alguien que pueda ganar algún anillo, no; HOY VAIS A JUGAR CONTRA UN TÍO QUE ALGÚN DÍA ESTARÁ EN EL HALL OF FAME. Disfrutad de cada segundo que estéis en cancha, porque recordaréis este partido durante el resto de vuestras vidas. Algo así. No, él tampoco iba desencaminado, en absoluto.

Aún no habíamos llegado a la era del one and done, aún se le daba un valor a la formación, aún el permanecer cuatro años en la universidad se consideraba una prueba a favor del jugador y no en su contra. Aún estábamos en 1997, y no fueron pocas las franquicias que en aquella primavera se agarraron al sueño (casi) imposible de Tim Duncan como su única tabla de salvación.td-celtics Paradigmático fue el caso de los Celtics, que si no practicaron el tanking sí hicieron algo que se le pareció mucho; todo ello por supuesto contando con la aquiescencia de sus otrora ganadores aficionados, que no parecían tener ningún reparo en acudir al Garden a ver perder a su equipo pero eso sí, exhibiendo carteles en los que le daban la bienvenida a Boston como si ya hubiera llegado, o incluso precarios fotomontajes que nos mostraban al susodicho aparentemente vestido de verde. Como expresión de un deseo no estuvo mal, pero la cruda realidad se empeñó en ir por otro lado como tantas otras veces.

El azar tiene a veces razones que la razón no entiende. Quiso el azar (habrá quien piense que no fue el azar sino alguna mano negra, nunca mejor dicho; de hecho no hay sorteo de draft en que a los perdedores no se les aparezca ese argumento, pero permítanme que yo no lo compre, haciendo gala de mi proverbial ingenuidad) que esta vez la virgen no se apareciera en Nueva Inglaterra sino al sur de Texas, a orillas de El Álamo más concretamente. Es caprichoso el azar: sólo en una ocasión en los últimos veintisiete años (es decir, desde que David Robinson aterrizó en San Antonio) han faltado los Spurs a los playoffs, y ello fue precisamente en aquella temporada 1996/1997; la lesión de Robinson propició un año fallido, en el que sólo ganaron veinte partidos y en el que Popovich cesó a Bob Hill para seguidamente (y tras sopesar con detenimiento el amplio abanico de candidatos) proponerse a sí mismo para el cargo (con muy buen criterio, como pudimos comprobar después). ¿Año fallido, dije? Hay equipos que se hinchan a perder temporada tras temporada sin conseguir jamás un número 1 del draft, y cuando finalmente lo consiguen resulta que justo ese año toca un draft de mierda; a los Spurs en cambio les bastó un solo año perdedor para que se les apareciera ese número 1… y justo el mejor año en que les podía tocar. Es caprichoso el azar, ya se lo dije.

Llovía sobre mojado en San Antonio, y eso que no es lugar lluvioso precisamente. Aún estábamos en el segundo milenio, aún quien tenía un cénter tenía un tesoro, aún no había comenzado (aunque ya se atisbaba) la era de la versatilidad absoluta, el monoteísmo del triple, los cuatros abiertos, los cincos de mentira y los all around player de dos metros y medio (o casi). Casi cualquier franquicia habría matado por un pívot de verdad, de los de toda la vida… y sin embargo el premio gordo le fue a caer a una de las pocas que ya tenía más que cubierta esa posición. Renacía en San Antonio el concepto Torres Gemelas, diez años después de que se disolvieran las de Houston, cuatro años antes de que quedara ya proscrita para siempre (en lo que a baloncesto se refiere) dicha expresión.

Pensé que la convivencia de ambos dos sobre el parquet no sería tan difícil, pensé que Robinson evolucionaría al cuatro para hacer sitio a Duncan en el cinco. En lo primero acerté (no tenía mucho mérito), en lo segundo me equivoqué de plano como en tantas otras ocasiones.td-dr Fue Duncan el que (sin dejar de ser un cinco) evolucionó al puesto de cuatro, o mejor sería decir que redimensionó el concepto de cuatro. No era un cuatro al uso, no era el típico cuatro más ancho que largo que se estilaba entonces (no era Barkley ni Malone, para entendernos) ni puñetera falta que le hacía. Duncan gobernaba cada partido desde el poste alto como habría podido gobernarlo (y lo gobernaba también, de hecho) desde el bajo, Duncan atacaba el aro de cara con la misma fiabilidad (o aún mayor si cabe) que de espaldas, Duncan antes de que nos diéramos cuenta había incorporado la suerte del tiro a tabla (esa que cada vez se ve menos, esa que muy pocos supieron interpretar con tanta maestría como él) a su ya de por sí selecto repertorio. Duncan había llegado para jugar al lado de Robinson, pero no tardó en ser Robinson el que jugaba al lado de Duncan.

No había acabado de llegar y ya era Jugador de la Semana, no había acabado de afianzarse y ya era All Star, no había acabado de aterrizar y ya tenía un anillo, el primero, el de 1999, el del asterisco, Phil Jackson dixit. Jackson enredó y del enredo (y de su inmenso talento como entrenador y/o domador de egos, y de Shaq y Kobe) se fueron tres anillos consecutivos a Los Ángeles. No importó. Podía haber pasado ya el último tren por Sacramento pero todos sabíamos que por San Antonio volvería a pasar tarde o temprano, sólo era cuestión de tiempo. No hizo falta esperar mucho. En 2003 ya no estaba a su vera David Robinson pero a cambio acababan de llegar dos criaturas con ansias de comerse el mundo y talento más que de sobra para lograrlo, Tony Parker y Manu Ginóbili. Fue sólo el principio, o más bien la continuación de aquel otro principio de 1999. Podría gustar más o menos (a mí más, a muchos otros menos), podría ser cemento (como lo calificaban de manera injusta algunos, obviando deliberadamente la fluidez de su juego), podría no ser espectacular ni vistoso (especialmente para aquellos que no buscaban tanto partidos como highlights) pero era BALONCESTO, en estado puro. Se estaba gestando una auténtica obra maestra, que en realidad no había hecho sino comenzar.

Duncan producía y producía. Sin ruido, sólo nueces. Infinitas nueces. Duncan no hacía declaraciones altisonantes, no daba que hablar fuera de la pista, no se le conocían peleas ni procesos ni tiroteos en discotecas a las tantas de la mañana, ni posesiones de sustancias ni conducciones bajo la influencia ni asuntos turbios de ninguna clase. Nunca (que yo sepa). Duncan llegaba, jugaba y se iba, nada más (y nada menos) que eso. Sin aspavientos, sin pedruscos en sus orejas, sin colgantes enormes que pusieran en riesgo la integridad de sus cervicales, sin aditivos ni conservantes ni colorantes. Cero cáscara, cero envoltorio, todo sustancia.

No era lo que se llevaba, claro. En aquellos días empecé a comprar la revista norteamericana Slam, acaso la mejor publicación escrita de baloncesto que se edite en USA (o al menos así era en aquellos tiempos), con reportajes y documentos extraordinarios pero también con una manifiesta orientación hacia ese estilo (como si dijéramos) gangsta, esa moda contracultural imperante en aquellos días y en tantos otros.td-slam Recuerdo como si fuera ayer que mi primer Slam llevaba a Duncan en portada (y es bien sabido que en las revistas yanquis se sacraliza la portada, como si ésta fuera mucho más importante que el contenido) fotografiado entre bloques de hielo como metáfora de su frialdad, como un nuevo Iceman sanantoniano que sucediera a aquel mítico George Gervin. Y recuerdo aún mejor que en el siguiente Slam los lectores (a través de su sección Trash Talking, lo que vendrían a ser las cartas al director) sometieron a los rectores de la publicación a un auténtico linchamiento por haber consagrado su portada a semejante jugador. Cómo podía ser posible, si no era espectacular, si no la rompía en cada mate, si no generaba espuma ni burbujas sino simples canastas, si era un sieso, si no iba de macarra por la vida, si no era de los nuestros, si no era Marbury ni Iverson ni Garnett…

Pero ganaba. Otro anillo en 2005, otro más en 2007. Títulos en años alternos, como si los cursos impares fueran para trabajar y los pares fueran sabáticos. Fue quizá tras ese título de 2007 cuando Popovich viajó a Serbia (cabe suponer que fuera la tierra de sus ancestros, a la vista de su apellido) a impartir unos clínics (o similar). Allí fue preguntado por el secreto de su éxito como entrenador, y su respuesta no dejó lugar a dudas. Tan sólo tres letras: TIM. Y como dijo aquel, no hace falta decir nada más.

Claro está, no se puede caer bien a todo el mundo (hace dos párrafos quedó ya meridianamente claro), tanto menos si no juegas en Nueva York, Chicago o Los Ángeles sino en el profundo sur de Texas, a cuatro pasos de la frontera mexicana, en uno de los menores mercados de toda la Liga. Duncan no buscaba incidentes, pero no siempre podía evitar que los incidentes le buscaran a él. ¿Recuerdan aquel salto entre dos? El árbitro tras lanzar el balón no supo cómo quitarse, se quedó plantificado allí en medio como un pasmarote hasta que Duncan se lo encontró en su desesperado camino hacia aquella bola; lo apartó, en una reacción meramente instintiva y perfectamente comprensible que sin embargo la NBA interpretó como una afrenta, sancionándole a posteriori con (creo recordar) dos partidos de suspensión.td-crawford Mucho peor fue lo de Joey Crawford, aquel cruce de cables vestido de gris al que ya antes algunas voces interesadas habían acusado de (presunta) animadversión premeditada hacia los Spurs, y al que en cierta ocasión no se le ocurrió otra manera de zanjar un rifirrafe verbal que diciéndole a Duncan a la salida te espero. Duncan no le esperó pero la Liga sí, enviándole durante un añito al rincón de pensar para que recapacitara un poco acerca de la intachable conducta que en cualquier circunstancia debe presidir el comportamiento arbitral.

A todo esto empezaron a pasar de largo los trenes (2008, 2009…) y de cada tren que pasó de largo se anunció inequívocamente que era el último como si en verdad lo fuera, como si el tiempo en San Antonio no tuviera su propio ritmo, ajeno por completo al del resto de la humanidad. Mientras el mundo entero los enterraba continuaban trabajando, mientras les reclamaban su reconstrucción ellos quitaban el prefijo y simplemente construían (sin re): inyectando talento al servicio del equipo (que no a la inversa como tantos otros), interpretando el juego justo como siempre pensamos que debía ser jugado, manteniendo como premisa básica la continuidad. Duncan empezaba a tener ya demasiados años, como empezaba a tenerlos Manu, como no tardaría en tenerlos Parker. La naturaleza jugaba en su contra, pero ellos (de la mano de Pop y sus infinitas rotaciones, de la mano –enorme- de Kawhi) aún se guardaban un último as bajo la manga. Y hasta un penúltimo.

El penúltimo fue en 2013. Retaron contra pronóstico a los vigentes campeones Heat, los pusieron contra las cuerdas, los tuvieron incluso al otro lado de las cuerdas, al otro lado de aquella cinta que se empezó a montar en la banda del American Airlines Arena de Miami a falta de unos segundos para el final del sexto encuentro. Se trataba de ir ganando tiempo, de ir preparando ya la ceremonia de entrega del Trofeo Larry O’Brien al campeón, que a esas alturas parecía ya manifiestamente evidente que vestía de negro y plata y había llegado de San Antonio. O no. O acaso donde no llegaban LeBron, Wade o Bosh llegara el eterno Ray Allen, acaso su muñeca incorrupta decidiera hacer la gracia cuando ya no tocaba, cuando ya nadie lo esperaba. Aquel final (todos sabíamos que era el final, por más que los protagonistas lo disimularan en un séptimo partido cuyo desenlace estaba escrito de antemano) resultó especialmente doloroso por la manera en que se produjo, pero también porque todos pensamos que se les acababa de escapar (una vez más, pero ésta ya la definitiva) el último tren. El último de todos los últimos. Con las edades prohibitivas que alcanzaban ya sus principales criaturas, cómo imaginar siquiera que aún les hubiera de quedar un último baile…

Y qué baile, señores. Nunca sabremos qué habría pasado si hubieran ganado aquel anillo de 2013, si se habrían dado ya por satisfechos, si fue precisamente aquella derrota la que les hizo rearmarse para volver con más fuerza si cabe en 2014 aunque no fuera impar. Si así fuera todavía tendríamos que estarle agradecidos a aquel triple postrero de Ray Allen, porque su (presunta) consecuencia fue presenciar un año más tarde acaso el mejor baloncesto que hayamos visto en nuestra vida. Si existiera una Capilla Sixtina de este deporte habría que decorarla con escenas de aquella nueva Final contra los Heat, si aún hoy me preguntaran por el mejor juego que he visto desplegar jamás sobre una cancha tendría que quedarme necesariamente con la primera mitad de aquel inolvidable tercer partido, miren que sobrepaso ya sobradamente el medio siglo y aún así por más que lo pienso me cuesta encontrar nada semejante (o quizá tendría que remontarme a los Lakers del showtime, pero son tiempos y circunstancias tan distintas que me cuesta mucho trabajo compararlas).td-5 Recuerdo bien que me pegué el madrugón para ver aquel tercer encuentro antes de irme a trabajar, recuerdo aún mejor que luego estuve casi toda la mañana alelado, como en una nube, prisionero de una especie de Síndrome de Stendhal baloncestístico. Dicen que la perfección no existe, pero si existiera (en lo que a nuestro deporte se refiere) se parecería muchísimo a aquellos maravillosos veinticuatro minutos. Deberíamos revisionarlos una y otra y otra y otra vez, siquiera fuera a modo de terapia.

Fue el quinto anillo de Duncan, década y media después del primero. Aún nos regaló un par de años más, siquiera fuera para demostrar que si te cuidas, no cometes excesos, llevas una alimentación equilibrada y tienes un entrenador que te administre cuidadosamente los esfuerzos puedes jugar hasta los cuarenta, como fue el caso. Muchos esperaron que anunciara su adiós con el anillo aún caliente en aquel 2014, no fueron pocos quienes lo dieron por hecho en 2015, unos y otros se quedaron obviamente con las ganas. Fue en 2016, pero fue a su manera. Bien pudo haberlo anticipado ocho o diez meses antes para que allá por donde pasara le rindieran homenajes, le pusieran vídeos recopilatorios y le regalaran placas conmemorativas, pero ése no es su estilo, nunca lo fue, a ver por qué iba a empezar a serlo ahora. Dejó que acabara la temporada, hizo caso omiso a las especulaciones, vio pasar las semanas, consultó a su mente, más tarde a su cuerpo y finalmente dijo basta, ya está, hasta aquí. Así de sencillo. Se fue como llegó, como jugó, sin alharacas ni parafernalias innecesarias, sólo esencia. Mera esencia.

Y este artículo debió parirse entonces y no ahora, mea culpa… que acaso también tenga una explicación. Si me permiten otra comparación manifiestamente desafortunada, creo que el proceso (el mío, al menos) es relativamente similar al que se produce tras la pérdida de un ser querido, salvando obviamente las inmensas distancias entre una y otra circunstancia. Cualquier muerte es un mazazo, por definición; pero en las horas siguientes, entre el papeleo, el velatorio y el entierro, estás como aturdido, como en una nube, como sin acabar todavía de tomar conciencia de la nueva situación. Y sólo es días después, una vez que te quedas solo en la intimidad de tu hogar e intentas retomar tu vida, cuando finalmente el dolor se apodera de ti al tomar definitiva conciencia de su ausencia, de la magnitud de ese vacío. No es lo mismo, ya sé bien que no es lo mismo, pero quiero que me entiendan: te dicen en julio que se retira fulano o mengano y lo lamentas, cómo no lo vas a lamentar, pero entonces estás en otras cosas: vacaciones, mercado de fichajes, preparativos olímpicos, qué sé yo. Y es justo ahora, justo cuando empieza la temporada, cuando finalmente tomas conciencia de que ya no verás a Kobe, ni a Garnett (que no fuera santo de mi devoción no significa que no le vaya a echar de menos), ni a Raül López, ni a Dimitris Diamantidis… ni a Tim.td-parker-manu Me dirán que estas cosas son así, que antes de que nos demos cuenta estaremos también echando de menos al propio Manu, a Pau, Navarro o Calde, a tantos otros. Ya lo sé, es ley de vida. Hay que joderse con la ley de vida.

O como comentó Popovich al inicio de la pretemporada, lo más duro será llegar cada mañana al entrenamiento, mirar a tu alrededor y ver que ya no está. Le entiendo perfectamente, aún salvando las (inmensas) distancias. En su caso fueron diecinueve temporadas de convivencia diaria, de victorias (muchas) y derrotas (pocas), de dichas y sinsabores y amarguras y alborozos compartidos. Por supuesto, nada que ver con lo que unos simples aficionados podamos sentir. Pero a nuestro lejano nivel también llevamos lo nuestro, lo llevo yo al menos. En mi caso no son ya diecinueve años sino veintitrés, veintitrés temporadas desde que en la 1993/1994 se me apareció con la casaca de Wake Forest en la pantalla del Plus. Veintitrés años, casi media vida, para otros una vida entera porque no faltarán quienes ni hubieran nacido siquiera por aquel entonces. Veintitrés años, se dice pronto. Como para no echarle de menos.

Claro está, nunca sabremos qué habría sido de él si aquel dichoso huracán no hubiera marcado su vida. Probablemente habría seguido nadando, habría sido olímpico, puede que hasta hubiera cosechado medallas nacionales e internacionales, que hasta hubiera sido becado igualmente por alguna universidad americana (pero para natación, en este caso);td-agua y quizás hoy sería poco más que un probo ciudadano en su isla caribeña de Saint Croix, quizás un padre de familia como tantos otros, dedicado a sus quehaceres profesionales por la mañana y a dar clases de natación por las tardes. O no, vaya usted a saber. O quizás, aunque no hubiera mediado huracán alguno, tarde o temprano alguien al ver su estatura le habría acabado haciendo igualmente aquella mítica pregunta, chaval, y tú con lo alto que eres, ¿por qué no juegas al baloncesto? Nunca sabremos lo que pudo haber sido, sólo sabemos lo que fue. Con eso es más que suficiente.

Sólo sabemos que aquel huracán causó muchas desgracias, que arruinó muchas vidas pero que a nosotros (aficionados al baloncesto) involuntariamente nos hizo un regalo. En medio de tanta desolación, Hugo nos regaló el mejor cuatro de la historia, discútanme otras posiciones si así lo quieren pero ésa no, por favor. EL MEJOR CUATRO DE LA HISTORIA. No va a ser fácil aprender a vivir sin él.

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