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ENTRE TODOS LA MATARON   5 comments

A veces llega un momento en la vida en que tienes que dejar de esconder la cabeza debajo del ala y afrontar la realidad tal como es; ser capaz de mirar a las cosas de frente aún por mucho que te hieran, cara a cara, ser incluso capaz de escribir sobre ellas aún por muy dolorosas que te resulten. Éste es sin duda uno de esos momentos: sé que me va a costar, no saben cuánto, pero me dispongo a escribir sobre la crisis. Sobre la crisis en el seno de la ACB. Sobre el proceso de sucesión a la jefatura de esta Asociación de Clubes de Baloncesto (por otro nombre Liga Endesa) de nuestros desvelos, una sucesión de la que intenté mantenerme informativamente al margen mientras me fue posible (ya que estos temas A) me aburren, B) me hastían, C) me crispan y D) me deprimen profundamente) hasta que llegó el momento en que ya no pude darle la espalda por más tiempo. Una sucesión que (tal como se ha planteado) no es sino otro paso más en su imparable proceso de autodestrucción. Otro clavo más (y no menor) en el ataúd de la ACB.

No sé a quién le leí que si la ACB eligiera a su nuevo presidente ejecutivo sin definir previamente un proyecto cometería un grave error. Que el mecanismo tendría que ser exactamente al contrario, primero saber lo que se quiere y luego ya escoger a la persona adecuada para llevarlo a cabo. Ojalá, así debería de ser en un mundo perfecto, el problema es que ese mundo perfecto nos queda demasiado lejos. Reconozcámoslo, en nada se diferencia realmente la ACB de tantos otros estamentos de nuestro país: pedirles a nuestros clubes que establezcan un proyecto común es como pedirles a los vecinos de cualquier comunidad de propietarios que miren por el bien de su edificio y no por el suyo propio, o como pedirles a nuestros partidos políticos que se pongan de acuerdo en un proyecto de nación en lugar de pensar cada uno exclusivamente en sus intereses electorales. Es uno de los principales males que nos aquejan, solemos ser extremadamente individualistas y/o corporativos, por lo general no vemos más allá de nuestro propio ombligo y así nos va. Claro está, la ACB no habría de ser en modo alguno una excepción, un puto reino de taifas en el que cada club vela exclusivamente por sus propios intereses. No es ya que por un lado estén los que piensan en Europa y por el otro los que piensan en su supervivencia (que también), no es ya que haya dos o tres sectores muy claramente diferenciados sino que la cosa va aún un poco más allá, en realidad no hay tres grupúsculos sino dieciocho a razón de uno por equipo, a ver si votando a éste tendré más posibilidades de sacar tajada que votando a este otro, a ver si por elegir a un dirigente de por allá vamos a tener menos opciones los de acá. Provincianismo a tope.

Por supuesto que todo esto no es nuevo, lo que pasa es que ahora se nota más. Durante muchos años el (sucedáneo de) consenso en torno a la figura de Eduard Portela tapó todas estas divergencias, en realidad ya entonces eran todos de su padre y de su madre pero la presencia del pseudocomisionado hacía que no lo pareciera, lograba que viéramos a la ACB como un todo y no como una mera suma de las partes, si la cosa no marchaba le caían a él los palos como si fuera él la causa y no la consecuencia (una de ellas) de todos los males que aquejaban a la institución. Pero Portela aguantó mucho más de lo que hubiera sido razonable (quizá precisamente por esto, por el miedo a que se les viera el vacío tras su marcha) y la llegada de un presunto salvador como Agustí no hizo sino empeorar las cosas hasta límites insospechados. Hasta hoy. Hoy sería ya el momento de refundar y empezar de cero pero no teman, no caerá esa breva. Aquí entre reforma o ruptura siempre solemos decantarnos por la primera opción, somos así de cobardes, para qué cambiar de perro cuando podemos conformarnos con ponerle otro collar, para qué cambiarlo todo cuando podemos limitarnos a cambiar algo para que en el fondo todo siga exactamente igual. No, tampoco en esto se diferencia la ACB de tantos otros males que nos aquejan en este país. Tenemos lo que nos merecemos, también en baloncesto.

Así que todo lo que se nos ocurre es poner un parche, al parecer. Ya, pero… ¿cuál? Los medios de comunicación nos contaron que la short list quedó finalmente reducida a tres candidatos, no diré que a cuál peor porque no tengo elementos de juicio para decirlo, sí diré que así a priori ninguno de los tres me seduce en absoluto. Nos contaron que uno de ellos era Josep Maria Farràs, un señor a quien no tengo el placer de conocer pero de quien cuentan las crónicas que es (o era) Director de Deportes de TV3, conociendo como conozco a mis paisanos de por aquí abajo ya les digo yo que a alguien con ese currículum le van a mirar mal ya de entrada, aún por bueno que sea. Nos contaron que otro de ellos era Fernando Arcega, quizá el único de los tres que sepa que el balón es redondo y naranja y sea capaz de distinguir entre defensa individual y en zona, no olvidemos que durante buena parte de los ochenta y un poquito también de los noventa fue parte esencial de aquel CAI (Helios, Natwest, Amway) Zaragoza y a ratos también de nuestra selección nacional; y punto, es decir, no me consta que haya mantenido la vinculación con nuestro deporte durante estos últimos (pongamos) veinte años y aún menos me constan sus cualidades como gestor para hacer frente a un reto de tal calibre: todo lo que supe de él tras su retirada es que montó con su hermano José Ángel un negocio vitivinícola, Viña Arcega se llamaba (tampoco se quebraron mucho la cabeza con el nombre), sospecho que a día de hoy ya no debe existir dado el escaso fruto que se obtiene al guglearlo. Y nos contaron finalmente (last but not least) que el tercer candidato se llamaba Albert Soler, un sujeto que por sí solo merece párrafo aparte.

Quizá no lo recuerden (o quizá nunca lo supieran, y tan felices que vivieron sin saberlo), pero Albert Soler fue Director General de Deportes durante un par de años a la vera de Jaime Lissavetzky, de tal manera que cuando allá por la primavera de 2011 éste aceptó el puesto de víctima propiciatoria en las elecciones municipales madrileñas de inmediato Albert Soler fue promocionado al siguiente nivel: Secretario de Estado para el Deporte, nada menos… pero eso sí, con fecha de caducidad, apenas seis meses. Tan corto espacio de tiempo parecía una invitación a no tocar casi nada (no fuera a romperlo), probablemente así fue en otros ámbitos pero en el ámbito del baloncesto desembarcó cual elefante en cacharrería. Le tocó mediar en el enésimo conflicto recurrente ACB/ABP, uno de un mediador esperaría la más estricta equidistancia pero él no se cortó un pelo: si la ACB no protege al baloncesto español, yo sí lo haré, y podemos tener una liga sin extracomunitarios; que la ACB dice que a nivel europeo puede haber un club en España con sólo comunitarios, la ley lo acepta, pero la ley dice también que la decisión final es del CSD y si la ACB cree que éste es el modelo, yo también creo que podemos tener una ACB para proteger a los jugadores españoles y sin extracomunitarios (…) Si la ACB plantea restricción de españoles en la liga y que como efecto secundario la selección tenga un nivel bajo, pues no estamos de acuerdo (fin de la cita). Opinión muy respetable (aunque no necesariamente compartible) si la expresas a título particular o incluso a título de Secretario de Estado, pero que si la expresas a título de mediador como que canta un poco que antes de empezar a mediar ya hayas tomado partido de forma descarada por una de las partes en conflicto. Eso sí, la cosa del ultimátum le funcionó, en apenas unos días se llegó al acuerdo éste de los cupos, los criterios de formación y demás zarandajas que disfrutamos (¿?) actualmente. Y punto final, y si volvió a tener algo que ver con nuestro deporte a mí no me consta, y luego ya nunca más se supo. Hasta hoy.

¿De verdad que (puestos a escoger personas, y no proyectos) no había nada mejor en el mercado? ¿No habría sido infinitamente mejor alguien como Alfonso López que en su papel de responsable de marketing y/o comunicación (o similar) de Endesa fue acaso el principal culpable de que la Liga se llame hoy como se llama (y cobre una pasta por ello), un sujeto que en cierta entrevista en Tirando a Fallar dejó bien clara su pasión por este juego y cuyas capacidades como gestor parecen estar fuera de toda duda, un sujeto que (al parecer) la cagó en un tuit puntual y eso ya le obligó a autodescartarse para la carrera presidencial? ¿No habría sido infinitamente mejor alguien como José Luis Mateo que desde sus orígenes periodísticos en Gigantes ha desempeñado luego toda clase de puestos ejecutivos en Granada, Alicante o Santiago de Compostela, alguien a quien supongo que sus actuales responsabilidades obradoiristas son precisamente las que le descartan para el cargo en base a no sé qué estúpida norma que exige al menos dos años de desvinculación? ¿No habría sido infinitamente mejor incluso alguien como Pepe Chamorro, publicista de quien hasta hace apenas dos días ni siquiera conocía su existencia, pero que en una entrevista en el Gigantes de diciembre mostró bien a las claras que ama esta Liga y que además tiene ideas para mejorarla? ¿De verdad, tan difícil es encontrar a alguien que reúna dos características básicas, dos tan solo, no pido más, saber de qué va esto (y si además le gustara ya sería la leche) y tener las cualidades adecuadas para gestionarlo?

Todo lo cual ya da lo mismo, dado que tiene toda la pinta de que el próximo presidente ejecutivo de la ACB será sí o sí Albert Soler, de hecho ya anduvo cerca de serlo en aquella otra (presunta) asamblea de mediados de diciembre en la que los clubes (muy en su papel de reinos de taifas) prefirieron hacerse el harakiri y seguir pintando la mona (o mareando la perdiz, según el animal que se prefiera) otro mes más para pasmo y disfrute del resto de la población. Habemus Soler me temo, lo cual podría parecer (en base a lo que recordé hace dos párrafos) que será como poner al zorro a cuidar las gallinas, con perdón… o no, quién sabe. De hecho para saberlo nos bastaría con conocer su programa, saber qué piensa del actual estado de la Liga, cuáles son sus ideas para mejorarla y a qué medios piensa recurrir para llevarlas a cabo, nos bastaría con saberlo de él y de paso también de los restantes candidatos (si es que a día de hoy siguen siéndolo), cuáles son sus intenciones respecto al modelo de competición, los derechos de televisión, la generación de ingresos, la organización del calendario, la implantación social o la repercusión mediática de la ACB. Estaría bien saberlo pero a día de hoy nada se nos ha dicho al respecto (o acaso sí y yo no me haya enterado, que ya les dije al principio que anduve rehuyendo el tema), lo cual puede ser por tres razones: bien porque lo lleven en secreto, bien porque no consideren interesante contárnoslo o bien porque ni siquiera haya proyecto, ningún proyecto. Sólo personas, lo cual por otra parte encajaría perfectamente con otra de nuestras más acendradas tradiciones, por lo general no votamos programas electorales sino candidatos, de hecho el programa electoral es sólo eso que hacen para decir que lo tienen y luego poder incumplirlo. Sólo personas revoloteando alrededor del poder, candidatos, candidatables, lobistas, acólitos, aduladores, lameculos y demás egos desmedidos, presuntos seres humanos que ni se habrán parado a pensar qué pueden hacer por el baloncesto porque lo único que les importa es lo que el baloncesto pueda hacer por ellos. Si antes les dije que era un error elegir presidente sin definir previamente un proyecto, ahora la duda que me queda es que incluso después de elegir presidente llegue a haber siquiera un proyecto. El mundo al revés.

Y sin embargo, de entre todas las cualidades de Albert Soler hay una que es quizá la única que a mí no me molesta en absoluto pero que en cambio a mis congéneres les trae a mal traer, hasta el punto de que no paran de expresar su indignación al respecto en los medios tanto más cuanto más ultramontanos sean: que es catalán, lo cual al parecer le convierte de inmediato en sospechoso. Hemos interiorizado de tal modo las corruptelas, los amiguismos, los complots, las conspiraciones y los mamoneos que ya para ver fantasmas ni siquiera necesitamos que aparezcan, ya empezamos a verlos antes incluso antes de que se asomen. David Stern (por poner un ejemplo) es neoyorquino y no recuerdo yo que en sus treinta años de Comisionado NBA se le haya acusado jamás de favorecer a los Knicks (que de haberlo hecho lo habría hecho fatal, visto como le ha ido a esa franquicia durante todo este tiempo); como neoyorquino es también (y reconocido fan de los Knicks desde crío, además) su próximo sustituto Adam Silver sin que me conste que en California, Texas, Oklahoma o Florida se haya expresado la más mínima preocupación al respecto. Como no me consta tampoco (sin ir más lejos) que en Rusia, Grecia o Turquía se hagan cruces por la procedencia del mandamás euroliguero Jordi Bertomeu (o tal vez sí, y aquí no nos llegue). Miren, a mí lo único que me podría preocupar (y me preocupa, de hecho) de Albert Soler es que tenga o no la capacidad para sacar a la ACB del pozo, todo lo demás se me da una higa, si es catalán como si es de Huesca, de Huelva, de Wisconsin, de Guanajuato o de la isla de Guam (si es que existe). Quién sabe, quizás esa podría ser la solución, nombrar un presidente de la ACB neozelandés (por ejemplo) para que así estuviera libre de toda sospecha. O ni por esas, seguro que aún así alguien saldría diciendo que Nueva Zelanda está muy cerca de Australia y que dado que uno de los grandes de nuestro baloncesto tuvo a dos australianos hasta fechas recientes está bien claro por quién habría de tomar partido. Créanme, no tenemos remedio.

Mencioné antes a Bertomeu, y no es que el susodicho sea precisamente mi ídolo ni que la Euroliga esté entre mis sueños más húmedos en materia de organización deportiva, pero las comparaciones son odiosas y ésta de puro odiosa resulta casi estremecedora. Lean la entrevista que se le hace en el Gigantes de diciembre, podrán estar de acuerdo o no con lo que allí se expresa pero al menos comprobarán que la Euroliga sabe a dónde va, que va dando pasos cortos pero firmes en esa dirección y tiene las ideas claras para lograrlo, y que además no anda sola sino que hay alguien al mando, alguien que te podrá gustar más menos pero que parece estar perfectamente capacitado para tal fin. ¿La ACB? La ACB se despeña sin rumbo ni piloto, sin remedio, la ACB es como aquella frase hecha que a veces decían nuestras abuelas, entre todos la mataron y ella sola se murió, un cadáver al que todo lo que se nos ocurre hacer es maquillarlo para que parezca que sigue vivo, podríamos resucitarlo o crear algo nuevo a partir de sus cenizas pero eso nos aterra, preferimos limitarnos a intentar (inútilmente) detener su caída, echarle el freno al féretro para que así parezca despeñarse a menor velocidad. Tarde o temprano se estrellará, y con él se habrá estrellado también todo nuestro baloncesto. Descanse en paz.

(publicado originalmente en Jugant per la vida)

cosas alucinantes   2 comments

El afamado narrador plusero David Carnicero acostumbra a despedir sus partidos de la NBA diciendo a los espectadores que por nada del mundo se pierdan el del día siguiente, que seguro que van a pasar cosas… ¡¡¡ALUCINANTES!!! (en realidad no es más que una mera adaptación al castellano del eslogan promocional de dicha Liga, where amazing happens). ¿Cosas alucinantes, dice usted? ¿Mates estratosféricos, tapones escalofriantes, asistencias imposibles, triples del copón? Buah, qué vulgaridad, por favor, si eso es lo de siempre, el pan de cada día, déjese usted de tonterías y no se moleste en mirar tan lejos que las cosas verdaderamente alucinantes están aquí mismo, a la vuelta de la esquina, quién podría necesitar la NBA si para alucinar en colores nos basta y nos sobra con nuestra incomparable Liga ACB.

Nuestra preclara Liga ACB, supongo o quiero suponer que de común acuerdo con TVE (o acaso fuera TVE, supongo o quiero suponer que de común acuerdo con la ACB) decidió hace unos días pasar el partido estrella de cada jornada de la tarde a la mañana, de las 19:00 a las 12:30, al parecer con la intención de mejorar así sus magras audiencias. Claro está, ya resultaba suficientemente alucinante en sí misma esta pretensión de solapar este baloncesto con todos los demás baloncestos (parece difícil mejorar audiencias cuando estás fragmentando aún más al público potencial de dichas audiencias), razón por la cual algunos con nuestra natural ingenuidad creímos que ya lo habíamos visto todo. ¿Todo? Qué pardillos somos, si en realidad no habíamos visto nada, si lo verdaderamente alucinante no había hecho sino comenzar.

Siguiente jornada: como a las 12:30 la ACB de TVE se nos solapa demasiado con la ACB autonómica (ello donde aún exista dicha ACB autonómica, que esa es otra) pues ya está, retrasemos el horario del partido de TVE1 y asunto resuelto. Y entonces nosotros los sufridos espectadores (que a estas alturas ya nos conformamos con poco) nos dijimos a nosotros mismos pues bueno, pues vale, pues algo es algo, pues mira tú qué bien, ahora lo pasarán a las 13:00, así ya sólo se nos solapará en un trozo, la segunda mitad de los unos con la primera del otro, algo así… ¿Algo así? Y una leche. En realidad todo lo que hicieron fue retrasar el inicio del partido la friolera de diez minutos, por todo lo alto, de las 12:30 a las 12:40 nada menos, para este viaje no hacían falta alforjas. ¿Y por qué si puede saberse, para qué tanta prisa si el Telediario no empieza hasta las 15:00? Pues porque una vez más pecamos de ingenuos, porque antes del Telediario hay otro telediario que no es un telediario pero les importa casi tanto (en términos de audiencia) como el Telediario mismo, un programa llamado Corazón de Otoño o Corazón de Entretiempo o Corazón Corazón (será que ese día dan ración doble) o no sé si ahora ya Corazón a secas, ni lo sé ni me importa, los temas coronarios sólo me interesan si afectan a mi salud o a la de mis allegados, las vidas de las Infantas, la Duquesa de Alba o la Señora Preysler me traen al pairo. Pero ese Corazón de lo que sea tiene que empezar a las 14:25 así llueva o truene, así haya baloncesto o se hunda el mundo, ergo la ACB no podrá empezar en ningún caso más allá de las 12:40 si queremos que quepa, y aún así ya veremos si cabe…

Pues claro que cabe. Caiga quien caiga, cueste lo que cueste, pero cabe. O la encajamos a presión o la metemos con calzador pero caber cabe, vaya que si cabe. Sólo hace falta tomar las medidas oportunas: para qué demonios necesitan estas criaturas un descanso de un cuarto de hora como en el fútbol, tan cansados no estarán cuando aquí el entrenador les está cambiando a cada rato, venga ya, con diez minutos tienen más que suficiente y que no se me anden quejando no vaya a ser que me caliente y se lo deje en cinco (todo se andará). Ya es un hecho, a partir de ahora los descansos de los partidos de TVE1 durarán sólo diez minutos, los demás seguirán durando un cuarto de hora que se ve que si no hay cámaras (o si éstas no son de TVE) las criaturas se cansan más ¿Quería usted cosas alucinantes? Pues aquí las tiene…

Claro está, me dirá usted que hubo un tiempo en el que los descansos baloncesteros duraban mucho menos que ahora y nadie se quejaba, cierto es como no es menos cierto que hubo un tiempo en el que se jugaba en pistas descubiertas con suelos de cemento y canastas de madera, ya que nos ponemos podemos recuperar esas tradiciones también. Hubo un tiempo y un espacio en el que los jugadores ni siquiera iban al vestuario (acaso porque ni siquiera hubiera vestuario) y se quedaban peloteando sobre la cancha (o lo que aquello fuera) mientras recibían, también sobre la marcha, las oportunas instrucciones o reprimendas de su entrenador. ¿Recuerdos de un pasado que ya nunca más ha de volver? No estén tan seguros, la vida cotidiana ya nos ha demostrado con creces en estos días que en determinados aspectos podemos estar retrocediendo cincuenta años sin apenas darnos cuenta, no se me descuiden no vaya a ser que al baloncesto le pase también.

Y claro está, todo esto sin luz y sin taquígrafos, sin aviso previo de ninguna clase, los aficionados malagueños volviendo a toda prisa a su localidad sin tiempo apenas para pagar el refresco ni para sacudirse la última gota siquiera, Repesa y Pascual sentando a sus criaturas, empezando a hablar, mirad tíos, lo que no puede ser es que, y en esto que les suena ya el timbre para volver de nuevo a escena… Cómo vamos a pensar que lo supieran los equipos si por no saberlo ni siquiera lo sabían en la propia TVE (y ello siendo como era una decisión de TVE), si los primeros que no tenían ni la menor idea del asunto eran aquellos trabajadores del Ente Público a quienes correspondía la responsabilidad de sacar adelante el partido. ¿Querían cosas (aún más) alucinantes? El descanso entero repleto de contenidos para llenar un cuarto de hora, que si el trívial, que si el vídeo, que si el otro vídeo, que si tal y que si cual y en éstas que el partido se reanuda de repente, que a Arseni y compañía les pilla (es un decir) en bragas, que África por una vez se entera de lo que pasa y se lo dice a Arseni, que Arseni (parece que) se resigna, que Manel le tira de la lengua, que Arseni le responde ¡Manel, no me tires de la lengua, no me tires de la lenguaaa…! En resumidas cuentas, un despiporre, un descalzaperros (sentido homenaje a otro insigne narrador plusero, Guillermo Giménez), la casa de tócame Roque. Un sindiós.

¿Y total para qué, si al final el propio Arseni hubo de despedir perdiendo el culo sin siquiera un mínimo postpartido, sin tiempo para entrevistas ni para vídeos ni para abrir los sobrecitos ni para decir adiós, sin tiempo casi ni para escuchar la bocina final siquiera? Visto lo visto no descarten que llegue un día en que el partido esté resuelto y lo despidan a falta de dos minutos para el final, no vaya a ser que por culpa del baloncesto tengan que recortarle algún segundo al vídeo de Felipe Juan Froilán de Todos los Santos. O no descarten otras medidas de choque, visto que la reducción del descanso en un tercio no parece suficiente: qué sé yo, que se reduzcan los descansos entre cuartos, que los tiempos muertos duren cuarenta segundos (si la publicidad dura más no hay problema, ya nos comeremos el juego), que se supriman los tiros libres y todas las faltas se saquen de banda que es más rápido, que los partidos pasen a durar 36 minutos divididos en cuatro cuartos de 9 minutos cada uno, que si aún así el partido se alarga se le resten minutos del último cuarto para que acabe necesariamente a su hora (sí, a la manera de la Fórmula Uno). Y de prórroga ni hablemos, lanzamientos desde la línea de tiros libres a razón de cinco por equipo o bien (si ello no resultara suficiente) recuperar para los partidos televisados la ancestral figura del empate, elemento imprescindible en todos aquellos deportes que son como dios manda y se juegan con los pies. Lo que haga falta.

Hubo un tiempo en que repetíamos como papagayos aquello de que la ACB era la segunda mejor liga del mundo después de la NBA, hoy ya nos cuesta más decirlo no vaya a ser que se nos rían pero aún así habremos de reconocer que hay algo en lo que nuestra liga doméstica no tiene parangón, vamos que ni la NBA siquiera, de hecho ya me imagino a Stern en el mullido sillón de su despacho neoyorquino mirando verde de envidia a la ACB: no habrá competición alguna sobre la faz de la tierra capaz de generar tanto caos, no habrá competición alguna en la que aquello que sucede sobre la cancha parezca ser lo de menos porque ahora ya sólo hablamos de lo que sucede a su alrededor. Chinche y rabie el señor Stern que necesita a sus estrellas para vender muy bien su liga, nosotros no, nosotros a este paso acabaremos inventando la liga de baloncesto sin baloncesto, ya que no vendemos juego vendamos líos, establezcamos un nuevo eslogan, que hablen de nosotros aunque sea mal (o aún mejor, que hablen de nosotros aunque sea bien). Hágame caso, se lo repito una vez más, deje ya de una vez por todas de buscar cosas alucinantes al otro lado del charco porque las cosas verdaderamente alucinantes las tiene usted aquí mismo a la vuelta de cualquier esquina. Rechace imitaciones.

Publicado diciembre 28, 2012 por zaid en ACB, medios

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dos mundos   2 comments

(publicado originalmente en jordanypippen.com el 21 de diciembre de 2012)

Tanta globalización, tanto Internet, tanta red social y tanta leche pero en el fondo seguimos siendo dos mundos, ellos en el suyo y nosotros en el nuestro. Donde nosotros tenemos escudos ellos tienen logos, donde nosotros tenemos ultras ellos ponen cheerleaders, donde nosotros metemos himnos ellos escuchan el rock & roll de Gary Glitter, donde ellos tienen mascotas nosotros tenemos a Manolo el del Bombo. Dos mundos paralelos, acaso cada vez más cerca el uno del otro aunque el Atlántico siga siendo igual de ancho, acaso más permeabilizados en estos últimos tiempos pero aún dos mundos al fin y al cabo. En Europa el deporte el general (y el fútbol en particular, pero también a veces por extensión otros deportes de equipo) viene siendo la continuación de la guerra por otros medios, como dijo aquél. En USA es una fiesta. En USA la gente acude a los estadios o a los pabellones a disfrutar del espectáculo, si luego resulta que además gana su equipo tanto mejor. En Europa la gente acude a ver ganar a su equipo, si luego resulta que además juega bien tanto mejor, si no tampoco pasa nada, no crean, con ganar así sea por lo civil o por lo criminal ya nos parece más que suficiente. Aquí la victoria está siempre por encima del espectáculo, allí no es ya que el espectáculo esté por encima de la victoria sino que hay incluso un tercer factor que está por encima de ambos, espectáculo y victoria: el negocio. Al fin y al cabo ellos inventaron el show business, choubisnes como si dijéramos, la simbiosis perfecta, espectáculo y negocio unidos en un solo concepto. Otro mundo, ya se lo dije.

Antes de que me echen los perros les reconoceré que sí, que estoy generalizando. Antes de que me digan que ustedes no son así o que conocen a uno de allí que tampoco es asao, les reconoceré que en todas partes hay de todo (afortunadamente); de hecho yo soy el primero que no me identifico en absoluto con esa filosofía europea casi prebélica. Yo no soy así y conozco a muchos de por aquí que tampoco son así pero por desgracia también conozco a demasiados que sí lo son, los veo y los escucho a cada rato en el trabajo, en el bar del desayuno, en los transportes públicos, ganar a toda costa, ganar por encima de todo, ganar de cualquier manera, ganar aunque sea de penalti injusto en el último minuto, a quién le importa lo demás. Basta echar una ojeada a la prensa deportiva o escuchar las emisoras de más audiencia para comprobar que eso es exactamente lo que venden, si lo venden es porque el cliente se lo pide. No podemos luchar contra ello como tampoco podemos luchar contra la telebasura (y no estoy comparando una cosa con otra, se trata de dos realidades paralelas, simplemente), no podemos acabar con la oferta si no modificamos antes la demanda, la filosofía que lo sustenta. Y eso es imposible, es la cruda realidad y no vamos a poder cambiarla, limitémonos a adaptarnos a ella para poder sobrevivir.

Dos mundos, tan cerca y tan lejos. En nuestro deporte hemos asistido a unos cuantos intentos de aproximación, algunos han funcionado pero muchos otros se han acabado estrellando contra esa cruda realidad de la que antes les hablaba. Importamos las cheerleaders y funcionó, cómo no iba a funcionar, eso nos gusta a todos, que también guste a todas ya sería otro cantar. Importamos los playoffs y también cuajó, cuajó entre los del baloncesto pero los que son de otros deportes y sólo pasan por aquí de vez en cuando nunca dejan pasar la oportunidad de echárnoslos en cara. Importamos con ansia viva los all star, los concursos de triples y mates, creímos que cuajarían pero se nos fueron muriendo sistemáticamente uno tras otro precisamente por eso, porque aquí podemos entender un deporte sin divertimento pero nos resulta sencillamente imposible entender un divertimento (presuntamente deportivo) sin deporte. Y cuántos de por aquí no nos habremos hecho pajas mentales (yo el primero, no crean, y cantidad de veces) con la posibilidad de convertir nuestras euroligas y acebés del alma en ligas cerradas al más puro estilo USA, sin ascensos, sin descensos, sin clasificaciones previas. De verdad les digo que me encantaría, pero de verdad les digo también que en mi fuero interno estoy convencido (mal que me pese) de que a la larga sería un fracaso, el aficionado mayoritario europeo no lo entendería, el aficionado mayoritario europeo (y el de aquí no digamos) se alimenta exclusivamente de fútbol desde que se levanta hasta que se acuesta, no tiene otra cultura deportiva que no sea la del fútbol, no entiende otro modelo de competición que no sea el del fútbol, si ya les damos playoffs y se nos descomponen no quiero ni pensar si además les diéramos ligas cerradas, probablemente se les descuajaringaría la neurona.

Sí, hemos asistido a muchos intentos (la mayoría de los cuales han sido casi como picar piedra) de acercar aquel mundo a éste; y sin embargo a lo que casi nunca habíamos asistido hasta ahora es que desde aquel mundo se intentara copiar algo de éste. Les supongo al cabo de la calle, hace algunas semanas los Spurs estaban de larga gira por el Este, llevaban ya cinco partidos y les tocaba el sexto y último en Miami antes de volver a San Antonio para recibir a los Grizzlies. Se ve que Popovich vio cansados a sus tres principales y veteranísimos jugadores, Tim Duncan, Tony Parker y Manu Ginóbili, y decidió ahorrarles la parada en Florida y mandarles para casa junto con Danny Green que es del país y conoce el camino, no fuera a ser que se perdieran las criaturas. Y qué, dirán ustedes, sabiendo como saben que los Spurs disponen de un espectacular fondo de armario que les permite presentar batalla en cualquier situación como lo prueba el hecho de que en ese mismo partido, aún sin estrellas, estuvieran a punto de cargarse a domicilio al mejor equipo de la Liga. Y qué, dije también yo, dijimos casi todos, debería también haberlo dicho David Stern pero en lugar de eso montó en cólera, cólera que trasladó al propietario de los Spurs en forma de multa por un cuarto de millón de dólares, lo que vienen siendo casi doscientosmil eurillos. Que serán poco más que calderilla para tan acaudalado señor, no digo yo que no, que para él serán como si a usted o a mí nos sancionan con veinte euros por cruzar la calle con el semáforo en rojo, un suponer, pero que aún así no le habrán hecho ni puñetera gracia, pueden estar seguros.

Lo que subyace bajo todo esto no es sólo la legítima decisión deportiva de un técnico ni el legítimo arrebato de un Comisionado, lo que subyace es todo un modelo de espectáculo, es decir, de negocio. Les pondré un ejemplo que debió suceder hace aproximadamente veinte años, no puedo precisar la fecha exacta. Los Bulls andaban de gira por el Oeste y en uno de sus partidos, pongamos en Denver, se montó una tangana a consecuencia de la cual a Michael Jordan le cayeron dos partidos de sanción. Los dos siguientes partidos de los Bulls pongamos que fueran en Utah y en Phoenix (del de Utah estoy seguro, lo de Phoenix no puedo asegurarlo). ¿Cómo reaccionaron los aficionados de dichos lugares ante esa noticia? ¿Cómo reaccionarían los aficionados de Valladolid si hoy les dijeran que el Barça va sin Messi, los de Málaga si les dijeran que el Madrid va sin Cristiano? Probablemente se pondrían como unas castañuelas, darían palmas con las orejas, preguntarían que dónde hay que firmar. ¿Igualito que en Utah y (pongamos que) en Phoenix? Pues no, porque seguramente ya imaginarán que en dichos lugares se montó la de dios. No les diré que salieran en manifestación porque allí no se estila, no les diré que expresaran su descontento en las redes sociales porque entonces no había, simplemente escribieron cartas, colapsaron las centralitas radiofónicas, probablemente lucieron alguna pancarta durante el partido, puede que hubiera alguno que hasta exigiera la devolución de lo que había pagado por su entrada aunque no me consta ese dato. Querían ver a Jordan, no tendrían otra oportunidad en temporada regular de ver a Jordan, habían pagado por ver a Jordan. Puede que también hubiera alguno que se alegrara porque la ausencia de Jordan les daba más posibilidades de ganar el partido pero si lo hubo nadie nos contó. Lo que sí se nos contó, largo y tendido, con pelos y señales, fue lo otro: la indignación.

Volvamos al presente. En realidad Popovich lo único que hizo en Miami (evidentemente sin saberlo, sin planteárselo de esa manera) fue aplicar un concepto que a este lado del Atlántico llevamos siglos aplicando: las rotaciones. No me refiero a rotaciones en un sentido baloncestístico, un rato en la cancha y otro en el banquillo, que ésas sí las importamos de USA y así nos pasa (dos mundos, recuerden), que cada dos por tres nos las echan en cara todos aquellos que se quedaron anclados en tiempos de Lolo Sainz, ya saben, los buenos permanentemente en cancha sin descansar jamás salvo que les echen por faltas. Me refiero más bien a rotaciones de día completo, rotaciones en un sentido más futbolístico (que en baloncesto salvo contadas excepciones no tenemos plantillas tan largas), hoy me dejo fuera a Messi, Xavi e Iniesta en liga porque quiero que estén frescos para la Champions del martes, cosas así. Que parece muy moderno pero créanme que cuando yo era niño ya se hacía (y créanme que hace ya muchos años de eso), cuántas veces no jugaba el Madrid con sus suplentes la Liga del sábado para tener a sus titulares frescos y lozanos en la Copa de Europa del miércoles. Evidentemente se hacía mucho menos que ahora, pero es que tampoco los calendarios deportivos de entonces tenían nada que ver en términos de exigencia con los de ahora. Hoy lo vemos a menudo y a todo dios le parece lo más normal del mundo, nadie se escandaliza porque un equipo juegue la Copa con sus suplentes o porque determinadas estrellas descansen un partido de cada tres. Y por supuesto, a nadie en su sano juicio se le ocurriría plantearse siquiera la posibilidad de que un equipo cualquiera pudiera ser sancionado por ello, al fin y al cabo no hay normas al respecto y además todo el mundo entiende que esa parcela es competencia exclusiva del entrenador; y en todo caso si quieren jugar sin estrellas allá ellos, es su problema, ellos se lo pierden. Sin más.

Evidentemente no estoy en absoluto de acuerdo con la sanción a los Spurs. Evidentemente me parece una barbaridad, porque soy de este mundo (del de este lado del Atlántico, me refiero) y me he criado en una filosofía según la cual el entrenador tiene pleno derecho a decidir sobre su equipo sin que nadie tenga por qué entrometerse en dicha decisión. Que esto es como aquella manida frase, el entrenador no va a tirar piedras contra su propio tejado… pero claro, ya otra cosa es que las tire contra el tejado de la empresa que le paga o, para ser más precisos, de la empresa a la que pertenece la franquicia que le paga. Para los estándares europeos no tendría nada de particular, para los americanos (de USA) digamos que traspasó una muy delgada línea roja. Dé usted descanso a Duncan, Parker o Ginóbili si así lo desea pero de uno en uno, sin aglomeraciones, no me los mande a casa a todos a la vez. O dé usted descanso a todos a la vez si es la última jornada de temporada regular y no hay nada en juego, eso se consiente y hasta se fomenta para que las criaturas lleguen más frescas a los playoffs. Pero dar descanso a todos a la vez el día que viajan a Miami, que a mí me puede parecer lo más normal del mundo, a David Stern le parece poco menos que un torpedo bajo la línea de flotación de ese inmenso transatlántico llamado NBA. Popovich piensa en victorias, Stern piensa en dólares. Stern piensa en los que se han repantingado en su sofá para verlo a través de una plataforma de pago, piensa en los que han aflojado un pastón inmenso por una silla de pista o un palco del American Airlines Arena y de inmediato me le dan los siete males, la tierra entera moviéndose bajo sus pies. Porque sabe que este tinglado se sostiene sobre los hombros de sus estrellas, sabe que el aficionado paga por verlas, que luego jueguen cinco minutos en vez de cuarenta tanto dará pero al menos sáquelas a pasear para que las gente las vea, no me las esconda usted por dios. Que no importa tanto el resultado como el espectáculo, que ni siquiera importa tanto el espectáculo como el negocio que sostiene dicho espectáculo. Choubisnes, recuerden. O como solía decirse en aquellas películas de temática circense que estuvieron tan de moda hace varias décadas, pase lo que pase el espectáculo debe continuar. Pues eso.

Publicado diciembre 24, 2012 por zaid en NBA

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