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FRAUDE DE LEY   3 comments

Los leguleyos (también llamados juristas) manejan con relativa frecuencia el concepto fraude de ley, que en esencia vendría a ser (copio y pego de Internet, de la Enciclopedia Jurídica nada menos) la realización de un acto amparándose en una norma con la finalidad de alcanzar ciertos objetivos que, no siendo los propios de esa norma, sean además contrarios a otra ley o al ordenamiento jurídico. (…) El mandato legislativo no sólo se infringe porfraude-de-ley-1-728 actos francamente opuestos a su precepto, sino que también se provoca el criterio legal desarrollando una actividad que no resulta contraria al precepto legal literalmente considerado, pero sí que contradice su finalidad. Fin de la cita, que sospecho que les estaré aburriendo. Traduzco (a mi manera, y desde mi absoluta ignorancia): algo así como aprovecharse de una ley para incumplir la ley (otra ley), o al menos para ir en contra de la finalidad que se pretendía con dicha ley. O en versión española, que el que hace la ley hace la trampa… pero esta vez desde la propia ley. No sé si me explico.

Yo no sé nada de leyes (probablemente ya lo habrán notado), sé algo más (tampoco mucho) de baloncesto. Y los aficionados al baloncesto (sección NBA) asistimos con cierta perplejidad en los últimos tiempos a la generalización de un fenómeno que es más viejo que la tos, pero que de un tiempo a esta parte alcanza casi caracteres de pandemia: la comisión (del verbo cometer) de faltas personales sucesivas y sistemáticas sobre el mal lanzador de tiros libres para que así éste se estrelle una y otra vez desde la línea, volviendo el balón de inmediato al equipo infractor. Es decir, la comisión sistemática de un delito, ante el hecho evidente de que la pena impuesta por ese delito (y la escasa capacidad de quien ha de ejecutar la condena, también) es tan leve que a la larga resulta beneficiosa para el infractor. Darle la vuelta al concepto falta personal, de tal manera que el premio ya no es para quien la sufre sino para quien la comete; el perjudicado ya no es el infractor sino el receptor. Puede que no sea un fraude de ley, quién soy yo para decirlo; pero reconocerán que se le parece bastante.

No hemos inventado nada, podrían cantar a coro todos aquellos que lo hacen. Cuentan (y hasta donde alcanza mi memoria creo que es cierto) que el padre de la criatura fue el insigne Don Nelson, uno de los mayores genios de la estrategia que haya conocido nuestro juego, así para parir el small ball (y arruinarles la vida a unos cuantos grandes por el camino) como para retorcer el reglamento en beneficio propio, véase la muestra. El primer Hack-A fue Hack-A-Rodman, aunque a nadie se le ocurrió aún llamarlo así. La broma no pasó de mera anécdota, hubieron de pasar algunos años para que la anécdota trascendiera y se convirtiera en categoría: comienzos de este siglo, histórica final de conferencia entre Lakers y Blazers, Mike Dunleavy (padre hda hrdel actual jugador de los Bulls, por si alguien fuera tan joven como para no conocerlo) decidió desempolvar aquella vieja estrategia y aplicarla sobre Shaquille O’Neal, llevándole una y otra vez a la línea en cuanto saltaba el bonus. La cosa le salió como el culo, disculpen la vulgaridad, pero ahí quedó para la historia. Había nacido el Hack-A-Shaq. Luego vino Popovich (por quien profeso franca admiración, pero una cosa no quita la otra), vinieron tantos otros, el último (pero no por ello menos importante) el insigne Kevin McHale, que pese a tener al menos tres jugadores manifiestamente hackeables en sus filas (Dwight Howard, Josh Smith, Clint Capela) no ha dudado en aplicar hasta el hartazgo el Hack-A-DeAndre (es que si escribo Hack-A-Jordan se me revuelven las entrañas) ante los Clippers. Lo poco agrada pero lo mucho enfada, dicen, y esto ya está empezando a pasar de castaño oscuro. Como broma ya está bien.

Eso sí, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Porque esto mismo se lo vi yo hacer (y bien que le reí la gracia) a mi propio equipo, que es también el de usted y el de casi todos los que pasen por aquí: a nuestra mismísima selección, a finales del siglo pasado, cuando aún era sólo la selección y no llevaba eñes ni demás zarandajas mediáticas. Antes de que los Blazers crearan el Hack-A-Shaq nosotros ya habíamos inventado el Hack-A-Nosov. Vitaly Nosov, aparatoso pívot ruso de aire tosco, complexión robusta y muñeca de piedra al que una vez le dimos la tarde haciéndole falta cada vez que recibía el balón, regocijándonos con sus cuantiosos fallos en los tiros libres que a la postre nos dieron el partido… Eso sí, repárese en ese matiz: cada vez que recibía el balón. Obviamente la normativa FIBA no permite hacer faltas sistemáticas a un jugador que no lo tenga, la primera vez podría colar pero a la segunda o tercera hasta el árbitro más ingenuo acabaría reparando en ello y pitando antideportiva (acaso aún intencionada en aquella época). No es pequeño ese matiz, al que volveremos más tarde. Suficiente para que en nuestro continente no hayamos vuelto a conocer (que yo recuerde, al menos) otro caso igual.

Claro está, no faltan quienes ven en todo esto una forma de justicia poética, una especie de justo castigo al mal lanzador de tiros libres. Algo (sólo algo) de razón tienen, desde luego, cualquiera que vea baloncesto es capaz de apreciar cómo esta suerte esencial del juego se va deteriorando temporada tras temporada, puede que lo desmientan los números pero en mi caso están las sensaciones y éstas son peores cada año que pasa. Paso el invierno viendo NCAA y ahí ya el problema adquiere caracteres alarmantes, como si en los institutos ya sólo enseñaran a los niños a colgarse del aro y se olvidaran de explicarles los aspectos fundamentales del juego, Y no es un problema que se dé sólo entre chavales que pasan cuatro años hincando codos mientras juegan baloncesto (o viceversa) pero que luego no se van a ganar la vida con este deporte, se da también (y aún más si cabe) entre las presuntas estrellas del mañana: todavía recuerdo con pavor (por ejemplo) la horrorosa mecánica de aquel fornido mocetón de Connecticut llokaforamado Andre Drummond cada vez que ejecutaba (nunca mejor dicho) un tiro libre (tampoco parece que la haya mejorado mucho desde que está en NBA); y ni siquiera hace falta ir tan lejos, este mismo año hemos podido comprobar las portentosas habilidades al respecto del aspirante a jugador del año (que lo perdió por los pelos) y a número 1 del draft Jahlil Okafor, vigente campeón con Duke; o se pone las pilas este verano o en apenas unos meses acuñaremos la expresión Hack-A-Jahlil, al tiempo. Cada nueva temporada vemos que muchas criaturas vuelven de vacaciones con nuevas suertes recién incorporadas a su repertorio, fajadores a cuál más interior a quienes de repente te los reencuentras tirando de tres pero que cuando les llega la hora de ir a la línea resultan aún más pavorosos que el año anterior (estoy pensando en el ex Cardinal Montrezl Harrell mientras lo escribo, pero hay muchísimos más que encajarían en esta descripción). Mal endémico de un baloncesto USA (sobre todo en sus primeras etapas de formación) en el que lo accesorio parece importar más que lo esencial, el mate más que el fundamento, la espuma mucho más que el contenido que la sustenta. Son así.

Pero no mezclemos churras con merinas, por favor. No se nos ocurriría justificar un asesinato en base a la baja catadura moral del asesinado, a la levedad de las penas que se le impongan o a los beneficios penales establecidos (vale, ya sé que matar no es exactamente lo mismo que cometer falta personal, pero ustedes cogen la idea). Ni aún menos justificar un delito en base a la manifiesta torpeza del delinquido, la culpa es tuya por llevar el bolso abierto, por dejarlo ahí a la vista, por no poner alarma, por qué sé yo. Si no quieres que te mate no seas enemigo, que decía Gila. Pues no. La culpa de un delito siempre es del que delinque, la víctimhda sasa no es menos víctima por más o menos hábil que sea, por más o menos luces que tenga. Decimos les está bien empleado como si realmente fuera así, como si sirviera de escarmiento, pero hasta donde yo alcanzo a recordar no existe constancia de un Hack-A-etc que haya hecho mejorar los porcentajes de sus víctimas (acaso sí en ese momento puntual, pero no en términos globales), no digamos ya de aquellas otras víctimas potenciales que sólo lo ven por televisión. Si no meten los tiros libres es su problema, Popovich dixit. Cierto. Pero no es menos cierto que el deporte de élite no es sólo competición sino también (y aún más si cabe) espectáculo, tanto más si hablamos de NBA. Y el que se ponga en peligro ese espectáculo ya no es sólo problema de DeAndre Jordan, es también problema suyo y nuestro, de todos los que viven de él y de todos los que lo consumimos. De todos nosotros.

Y por eso mismo no me cabe la menor duda de que ha llegado la hora de que la NBA tome cartas en el asunto, y de que lo hará más pronto que tarde. Lo tienen bien fácil, al fin y al cabo existe ya una regla que penaliza las faltas al jugador sin balón en los dos últimos minutos de partido cual si de técnicas se tratara, tiro libre y banda para el equipo que la recibe; tan sencillo como aplicar esa misma norma en todos los cuartos, y no sólo en los dos últimos minutos sino en cuanto haya bonus, de tal manera que el equipo que hackee sepa que ahora ya la gracia no le va a servir para recuperar la bola. Obviamente no solucionaremos en su integridad el problema, el equipo infractor podrá seguir hackeando al torpe cuando reciba el balón pero ahora al menos tendrá que esperar a que le llegue (si es que le llega), ya el hack tendrá que ser a la española (modelo Nosov) y no a la americana, ya no habremos de soportar este basket interruptus en el que al mano de piedra se le empiezan a dar cachetes en media pista antes incluso de que el balón se ponga en juego (quién le iba a decir al bueno de Papanikolaou que quedaría para esto en NBA). Y todo ello basado en criterios objetivos, que el receptor de la falta tenga o no el balón, tan sencillo como eso, sin entrar en intencionalidades ni antideportividades varias. Es sólo una idea (y si aún se demostrara insuficiente podría incrementarse la dosis, dos tiros y banda si fuera menester), ahí se la dejo para lo que gusten mandar. Seguro que ustedes, en su docto entender y aún más recto proceder, encontrarán otra opción infinitamente mejor.

Lo que sea, pero hagan algo, ya. Paren esto de una vez por todas, inventen el Hack-A-Hack si se me permite la expresión. Que cuando hackean a Dwight, Josh o DeAndre nos hackean también a todos nosotros, que cuando acoquinamos pasta por una entrada, un canal de pago o un league pass no lo hacemos para ver a un sujeto parado ante una línea apedreando un aro, no lo hacemos para ver anticesto sino para ver (lo que toda la vida entendimos por) baloncesto. Que es tal la desesperación que todo ello nos produce que puede uno llegar a hacer cosas realmente absurdas, véase ésta misma que tienen ante sus ojos: tirarme un buen rato hablando de fraudes de ley y demás conceptos jurídicos como si en verdad supiera de qué demonios estoy hablando. No me obliguen a tener que repetirlo.

SOY CURRYSTA   1 comment

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Hay imágenes que valen más que mil palabras (qué frase tan original para empezar). Hay fotografías que por sí solas explican media vida, toda una carrera profesional. Y si no se lo creen no tienen más que echar un vistazo a esa que tienen ahí un poquito más arriba, ya sé que muchos la habrán visto hasta la saciedad durante estos últimos años pero aún así contémplenla una vez más, repásenla conmigo, háganme ese favor. El sujeto que vemos a la derecha no creo que necesite ninguna presentación ni siquiera para aquellos que no llegaran a conocerlo en vida, de hecho la mera mención de su nombre debería hacer que nos pusiéramos todos en pie. El que está en el centro tampoco requeriría de mucha presentación pero aún así puede generar más dudas, por lo que habré de recordarles que se llamaba (y se seguirá llamando a día de hoy) Mitch Richmond y que había sido estrella en los Golden State Warriors si bien para aquel entonces ya jugaba en los Kings de Sacramento. Detrás de él, de perfil, en un discreto segundo plano, precisamente el que había sido su entrenador en esos Warriors y había llevado a esa franquicia a cotas ciertamente impensables (a las que por cierto volvería a llevarla más de tres lustros después), el amigo Don Nelson a quien hoy imaginamos disfrutando de su dorada jubilación en las no menos doradas playas de Hawaii. Y finalmente, a la izquierda de la foto (prescindamos del periodista de los cascos, a quien no tengo el placer de conocer) podemos intuir a uno de los mejores triplistas que haya conocido este juego, aquel implacable alero llamado Dell Curry a quien años más tarde Montes apodaría Muñequita Linda, pocos motes hubo mejor puestos; pero digo intuir porque apenas se le ve, porque está medio tapado por la criatura que tiene sobre su regazo, un niño ligeramente cabezón y con cara de bueno que parece mirarse su manita y sus cinco deditos como diciendo veréis la que voy a liar yo con esto cuando sea mayor. Aquel crío era su primer hijo, llevaba por nombre Stephen y aún no había cumplido cuatro años cuando se tomó esa foto, allá por el Concurso de Triples del Fin de Semana de las Estrellas de (supongo que) febrero de 1992.

Hubieron de pasar más de quince años para que conociéramos a ese niño, para que supiéramos siquiera de su existencia. Nunca había oído hablar de él hasta que de repente, hacia mediados de julio de 2007, se me fue a aparecer dos veces en el mismo día por una de esas casualidades de la vida (y de los calendarios televisivos). Por la tarde me senté como tantas otras veces a ver un partido cualquiera de primera ronda del Torneo Final universitario, uno de esos que el Plus acostumbraba (supongo que seguirá acostumbrando, aunque ahora ya no lo trabajo) a ofrecernos cada verano con sólo cuatro meses de diferido no fuera a ser que nos enteráramos del resultado antes de tiempo; y esa misma noche me senté de nuevo ante el televisor para ver (supongo que ya en directo) un partido cualquiera del Mundial Júnior de aquel mismo año, uno de los pocos que tuvo a bien ofrecernos Teledeporte. Y allí estaba él, por la tarde y por la noche, ensartando triple tras triple exactamente de la misma manera, como si entre un partido y otro no hubieran transcurrido esas quince o veinte semanas que ante mis ojos resultaban ser sólo unas pocas horas. Los de la tarde (o sea, los del Plus) nos dieron pelos y señales acerca de aquel liviano freshman de la Universidad de Davidson, nos contaron que de casta le venía al galgo y que de tal palo tal astilla ya que era hijo de etc etc etc. En cambio los de la noche (o sea, los de Teledeporte) nos contaron bastante menos (más bien nada) acerca de aquel liviano base de la selección USA sub19: el marrón (si no recuerdo mal) le cayo al ínclito Javier Metelmicroahí López, ese cuyo verbo grácil y chispeante puede convertir cualquier apetecible espectáculo baloncestero en una pura ruina, véase por ejemplo su paso por la LEB; no es ya que no nos contara que era hijo de Dell Curry, es que si a alguien se le hubiera ocurrido mencionárselo seguro que él habría preguntado ¿y quién es ese Delcarri?, que ya decía mi abuela que de donde no hay no se puede sacar

Fue como una puesta de largo. Steph Curry no pasó ronda en aquel Torneo Final NCAA ni ganó aquel Mundial Junior pero se quedó ya para siempre en nuestras vidas, convertido de repente en un jugador a seguir. Dicho así ya parecía mucho pero créanme que no era nada en comparación a lo que viviríamos apenas ocho meses más tarde (y esta vez ya en directo, por fin, MMOD mediante), en aquella inolvidable March Madness de 2008. No fue mi caso porque yo ya venía abducido de serie, pero sí sé de unos cuantos que se hicieron adictos a este baloncesto universitario en general (virus que una vez te lo inoculan ya se te queda ahí dentro para toda la vida), y a este jugador en particular, gracias precisamente a lo que vivieron en aquella March Madness de 2008: Davidson, universidad modesta donde las haya, firmó un impresionante Torneo Final de la mano de un Curry de leyenda, el verdadero jugador del Torneo aunque no llegara a la final ni a la semifinal, así se lo conté entonces por si les apeteciera recordarlo. Partiendo del número 10 de su región estos Wildcats fueron cargándose (por este orden) a la número 7 Gonzaga, a la número 2 Georgetown y a la número 3 Wisconsin, cada campanada aún mayor si cabe que la anterior. Y no contentos con ello aún tuvieron contra las cuerdas a la número 1, a esa imponente Kansas en su mismísima Final Regional, territorio prohibido, palabras mayores. Sonará muy grandilocuente pero créanme que no exagero si les digo que aquel simple partido pudo cambiar la historia: de haber entrado aquel tiro postrero (que hubo de jugarse Richards por estar sobremarcado Curry) Davidson se habría convertido en el más insospechado finalista (de Final Four, entiéndase) de la historia (sí, aún más insospechado que George Mason dos años antes, aún más insospechado que Butler, VCU o Wichita State después); de haber entrado aquel tiro Kansas habría hincado la rodilla y dado por finalizada su temporada quedándose sin aquel glorioso título que alzaría luego brillantemente, apenas ocho días más tarde; de haber entrado aquel tiro los Jayhawks habrían defenestrado injustamente más pronto que tarde a Bill Self… Así se escribe la historia. O no.

Aún quedaría un tercer año de Curry en Davidson, que no fue peor que los anteriores sino más bien todo lo contrario según contaron todos aquellos que lo vieron. No fue mi caso: por aquel entonces casi todas mis opciones de ver baloncesto universitario (y tanto más tratándose de una universidad tan pequeña) se limitaban al Madness y justo aquel marzo una mala derrota les dejó finalmente fuera, algunos aún soñamos con que en el último momento les llegaría una invitación del Comité de Selección pero no coló, tratábase de una conferencia demasiado menor como para meter dos equipos en el Torneo, no hubo excepciones. Curry se apuntó al draft, y de inmediato se inauguró un interminable debate público sobre sus aspiraciones en dicho draft y por extensión en toda su carrera profesional. De un lado la opción romántica, es un jugador fascinante y de calidad excelsa que lo tiene todo para triunfar en la NBA etc etc, del otro lado la opción (llamémoslo así) escéptica, un dos en un cuerpo de ni siquiera un uno, un cuerpo que no responde en absoluto a los cánones físicos que se estilan en aquella Liga, en cuanto salte a cancha se lo van a comer, se va a estrellar, no tiene ninguna posibilidad…Stephen+Curry+2009+NBA+Draft+rcHK9X8QMIHl De entrada ganaron los escépticos, como no podía ser de otra manera: Curry cayó hasta el puesto 7 del draft, por delante de él valores tan presuntamente seguros como Hasheem Thabeet o Johnny Flynn (¿dónde andará Johnny Flynn?), y aún los Warriors hubieron de tragarse un enorme chorro de críticas acerca de la barbaridad que supuestamente habían cometido escogiendo tan arriba a este tío. Vamos que para completar el cuadro ya sólo faltaba lo que efectivamente sucedió pocos días después, que la estrella de aquellos Warriors Monta Ellis montara en cólera al grito de (traducción libre) esta franquicia no es lo suficientemente grande para los dos, forastero

Curry jugó ya muy bien su primera temporada, se quedó casi a las puertas de ser el rookie del año (algunos siempre pensaremos que debió compartir aquel premio con Tyreke) pero aún así los apóstoles de lo físico siguieron encontrando argumentos en su contra. El chaval se nos fue a romper por donde menos pensábamos, sus defensores no le quebraban las costillas ni le arrancaban de cuajo la cabeza ni le sacaban de un plumazo de la pista (más que nada porque no les daba tiempo) pero sus tobillos empezaban a flaquear. Un esguince llevaba a otro, y éste a otro a su vez, casi siempre en el mismo tobillo pero a veces también en el otro para variar, y un verano decidió operarse pero fue peor el remedio que la enfermedad, y de perderse semanas pasó a perderse meses y en la bahía de San Francisco empezaron a echarse las manos a la cabeza, y hasta los más agoreros pensaron que no aguantaría, que su físico no estaba hecho para jugar a esto, que lo tendría que dejar… Más quirófanos, más tratamientos, más fortalecimiento y mire usted por donde el jugador que volvimos a encontrarnos en el otoño de 2012 pareció ya un hombre nuevo, ya no era aquel guadiana que en los dos años anteriores entraba y salía (más salía que entraba) de las alineaciones cada dos por tres, ya sus tobillos aguantaban y ello a su vez repercutía en su confianza, ya volvía a ser aquel Curry de Davidson o del primer año en Golden State pero ahora ya por fin corregido y aumentado, más hecho, más sabio, más adaptado (no sólo físicamente) a la Liga. Aún hoy le veo jugar y pienso que puede troncharse a cada paso, aún hoy me asusto cuando sale renqueante tras alguna penetración, ya son ganas de asustarse porque la realidad no responde en absoluto a esos temores, durante estas dos últimas temporadas sus ausencias (rara vez relacionadas con sus tobillos) pueden contarse con los dedos de una mano y aún sobrarían dedos. Hoy esa frágil y quebradiza estructura de cristal de bohemia esconde a un sujeto cada vez más fuerte; y también (aún por imposible que parezca) cada vez mejor jugador, si cabe. El equilibrio perfecto entre estética y eficacia, entre plasticidad y efectividad, entre hacerlo bonito y hacerlo bien. El equilibrio perfecto entre el corazón y la razón.

Y es que hay otros jugadores que te epatan, que te abruman, que te ganan casi por aplastamiento. Otros hay que te gustan, claro que sí (cómo no te habrían de gustar), que puede que hasta te entusiasmen, que los veas y digas joder qué bueno es, qué clase, qué maravilla, qué bien lo hace todo, lo que usted quiera, te gustan pero no te enamoran, vaya por dios, les falta justo ese último escalón. Otros hay que te impactan pero a la vez te dejan frío, qué poderío y qué dominio pero también qué falta de gracia, qué poquita capacidad de seducción. Otros hay que lo tuvieron todo para enamorarte, que te enamoraron justo hasta ese día en que se creyeron más grandes que ellos mismos, hasta que se les rebosó el ego, el equipo es un mal necesario, me importo yo y yo y yo y nadie más que yo. Y finalmente hay algunos que te entran por los ojos, que (éstos sí) te seducen, te vuelven loco, tanto más loco te vuelven cada dstephen-curry-celebrates-pelicans-121414.1200x672ía que pasa, cada partido que los ves; justo esos son los imprescindibles, que diría Bertolt Brecht si aún viviera y le gustara el baloncesto (ustedes disculpen la herejía). Los encantadores de serpientes, los que te hipnotizan, los que te devuelven a otro tiempo en el que el talento aún era mucho más importante que el músculo. Curry es imprescindible porque nos reconcilia con el baloncesto que una vez soñamos, aquel juego (nunca mejor dicho) en el que lo lúdico convivía en armonía con lo táctico, la magia atravesaba el cemento y ganar (aún siendo lo más importante) no era tan importante como disfrutar. Curry de alguna manera nos devuelve a la infancia, a la adolescencia. A la suya, sí, pero también (y sobre todo) a la nuestra.

Creo que se me nota, soy currysta, pondré buen cuidado en escribirlo con y griega porque una vez lo tuiteé con i latina y se me empezaron a aparecer fans de Curro Romero por doquier (a mí, que tengo de taurino lo que de monje trapense poco más o menos). Soy currysta, no es ya una debilidad sino algo que está más allá de eso, practico el currysmo como practico el chachismo o el ginobilismo pongamos por caso, cada uno a su manera, cada uno en su justa medida, cada uno a su debido tiempo. Soy currysta y sé que no soy el único, sé que el currysmo es una religión cada vez con más adeptos pero ello no lo hace menos especial, más bien al contrario. Soy currysta desde hace ya casi ocho años, desde antes que (casi) nadie, desde que aún no sabía que lo fuera, desde que muchos que hoy son currystas casi ni sabían que existiera. Soy currysta y me colma de dicha y regocijo (o me llena de orgullo y satisfacción, como prefieran) que aquel niño que se miraba los deditos sobre el regazo de su padre y a la vera de Don, Mitch y Drazen, que aquel post-adolescente que nos enamoraba (deportivamente) en Davidson sea oficialmente a día de hoy (y con todos los respetos a Harden, LeBron, Davis y tantas otras maravillas) el mejor jugador de la NBA, que es tanto como decir a día de hoy el mejor jugador de baloncesto sobre la faz de la tierra. Soy currysta y lo mejor es que es sólo el principio, que sólo son 27 años, que aún caben más emvipís en esa carrera, que hay ya un anillo esperándole a la vuelta de la esquina, si así no fuera no se preocupen porque habrá muchas más esquinas tras las que esperar. Soy currysta, si usted aún no lo es será o porque no le gusta o porque no lo ha probado, si es lo primero me parece perfecto (sobre gustos no hay nada escrito), si es lo segundo déjeme que le diga que no sabe lo que se está perdiendo. Avisado queda.

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