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No es nada fácil ganar un partido decisivo en campo contrario. Podrás ganar batallas, cómo no, pero ya otra cosa será ir a ganar precisamente la batalla decisiva de una guerra cuando encima te toca pelearla en territorio hostil. No es nada fácil, dígaselo usted a todos los que jugaron en cancha ajena un quinto partido de playoffs ACB o un séptimo de playoffs NBA, dígaselo a los Spurs o aún antes a los Pacers, dígaselo al Barça de este año o al Madrid y al Baskonia de la temporada pasada, tantos otros. No es nada fácil lo que hicieron hace algunas semanas Granca o CAI, ganar a domicilio el tercer partido de una serie al mejor de tres, y eso todavía otorga más mérito a su hazaña. ¿Y si es a 1? ¿Y si se trata de una final directa disputada en el territorio de uno de los contendientes, con casi todo el público animando sin parar a ese mismo contendiente? No, no me pongan el ejemplo de alguna Final de Copa del Rey más o menos reciente así en baloncesto como en fútbol, no me vale (o no del todo), el escenario podría ser parcial pero el reparto de entradas hacía que el público fuera más o menos neutral. Como tampoco me vale el ejemplo de la Final de aquel Eurobasket de 2007, España-Rusia, que ahí el público no era neutral pero el trabajo de Sáez llenando el Palacio de mullidos sofás para regalárselos al famoseo consiguió que lo pareciera. No es nada fácil, dígaselo a la selección de fútbol lo fácil que es, sospecho que a estas horas ya debieron darse cuenta. Dicen que no importa el ruido ni la presión ni el ambiente, dicen que jamás un aficionado metió nunca una canasta (y si lo hizo debieron anulársela), dicen muchas cosas pero a la hora de la verdad la historia nos deja múltiples evidencias de lo contrario, de lo duro que resulta tener que acabar jugándote la vida precisamente en la casa del rival. A no ser que…

A no ser que te llames Alba Torrens (algunos aún se empeñan en escribir Torrent como si fuera un pueblo de Valencia o un personaje de Santiago Segura), que seas seda pura, que el baloncesto se te salga por los poros, que haya más talento en esas piernas y esas caderas que en el noventa por ciento de los jugadores ACB, y créanme que aún me quedaré corto en el porcentaje. O a no ser que te llames Sancho Tracy Constance Lyttle, vaya usted a saber qué se les pasaría a sus padres por la cabeza para ponerle ese primer nombre tan contradictorio como premonitorio, quién le iba a decir durante su infancia y su adolescencia en San Vicente y Las Granadinas (uno de esos países de los que sólo nos acordamos en las ceremonias de apertura de los Juegos) o durante su formación en Houston (Universidad de) que un día acabaría representando a un lejano país rojo y amarillo, y disfrutándolo, y sintiéndose además (o pareciéndolo, al menos) tremendamente orgullosa de hacerlo. O a no ser que te llames Laia Palau, nunca parecieron tan alegres esos ojos tristes; o Silvia Domínguez, la base de bolsillo, acaso el secreto mejor guardado de esta selección; o las otras joyas de la corona, Marta Xargay (qué maravilla de Torneo), Cristina Ouviña (qué final de Torneo), Cindy Lima (qué Final), Laura Nichols, Laura Gil (qué presencia) o esa Queralt Casas de la que ya sabemos desde hace años que el futuro es suyo. O a no ser que te llames Amaya Valdemoro (Valdem-ORO le dicen ahora) o Elisa Aguilar, si lo dices que dejar que sea así, por dios, precisamente así, con un pedazo del metal más preciado entre los dientes. A no ser que además de ser tan buenas (que lo sois, mejores que nunca) tengáis aún esa innata capacidad de dejaros la vida si es preciso, de devolverles la presión a las de enfrente y ponérsela en contra, de poner a un pabellón entero del revés. Como hace diez o veinte años, como ayer, como mañana, como siempre.

Este oro es vuestro pero no es sólo vuestro, no creáis, de alguna manera es también de Betty Cebrián, Marina Ferragut, Luci Pascua, Anna Montañana, Anna Cruz, Nuria Martínez, Marta Fernández (sí, también Marta Fernández, por supuesto, sólo faltaría), tantas otras que ahora mismo no se me vienen a la cabeza pero que también fueron alma, corazón y vida de este equipo durante todos estos años. Es también por supuesto de Isa Sánchez, la cara opuesta de Laia (esa sonrisa eterna, esa cara transmitiendo siempre alegría aunque no siempre esté alegre), ayer por sus triples, hoy por su impagable trabajo a la vera de Mondelo. Mondelo, Lucas Mondelo, tan buen entrenador como motivador, algunas de sus frases de este Torneo quedarán ya para la historia y eso que esta historia no ha hecho sino comenzar, este oro es también suyo y es de todo su cuerpo técnico, es de todos los que estuvieron como es también de todas las que se fueron y de todas las que vendrán (Leonor, te esperamos como agua de mayo en Turquía 2014). Y este oro es también (y sobre todo) de toda esa gente que sigue y apoya en silencio durante todo el año al baloncesto femenino, de toda esa gente que se merece esta felicidad más que nadie y que es además capaz de disfrutarla sin pedir cuentas a nadie [por contraposición a cierto sector que decidió aprovechar los minutos posteriores a la gran Final para convertir twitter en una especie de ajuste de cuentas, como si sólo ellos fueron los depositarios exclusivos de este baloncesto (dime de qué presumes y te diré de qué careces), como si aquellos que sólo lo miramos en estos trances debiéramos pagar por ello, como si no tuviéramos bastante con nuestros remordimientos como para tener que administrar también los reproches de los demás]. Lo dije y lo repetiré cuantas veces sea necesario, tenemos una selección femenina que no nos la merecemos, aunque sólo sea por el poco caso que les hacemos durante el resto del año. Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, como dicen que dijo aquél.

Probablemente anoche nuestros mal llamados diarios deportivos (sería mucho más correcto hablar de diarios futbolísticos) tendrían ya preparada para la ocasión su enorme portada a doble página con el titular MARACANAZO llenándolo todo de esquina a esquina, portada y titular que obviamente y por desgracia se tuvieron que comer. En su defecto tampoco se complicaron mucho la vida, los dos igualitos cual si se plagiaran el uno al otro o se practicaran mutuamente espionaje industrial, VOLVEREMOS, periodismo puro como si dijéramos, algo que no es noticia ni información ni tan siquiera opinión sino una mera declaración de intenciones. Pues vale, pero mientras volvemos quizá no esté de más que de vez en cuando también informemos, que miremos hacia otros sitios, que reparemos en que aquello que no consiguió la selección de fútbol (ningún reproche, alguna vez tenían que perder) sí lo logró la selección femenina de baloncesto, poner una pica en Flandes (o casi), ganar su Final y hacerlo además en territorio adverso (que no hostil). Merecían algo más que un trozo de mancheta o que una esquina imperceptible en el último rincón de la portada, merecían algo más que treinta segundos de mención (sin imágenes siquiera) en algún informativo de televisión. Merecían y merecen nuestra admiración y nuestro aplauso, pero también (y sobre todo) nuestro respeto. Ya que tanto se nos llena la boca con los éxitos de nuestros deportistas (especialmente si son en Francia y contra Francia, como es el caso) no estará de más que los valoremos cuando lo merecen en lugar de arrinconarlos en un cajón para luego acordarnos de ellos sólo cuando nos conviene, si acaso para restregárselos por la cara al de enfrente. Ya que se quedaron con ganas de maracanazo bien podrían haber acuñado el orchiesazo, no suena igual pero es lo mismo, el reconocimiento a un Torneo extraordinario y a una impagable victoria en campo contrario, el recuerdo a esa pequeña localidad francesa casi fronteriza con Bélgica a la que ayer (a su pesar) le tocó vivir uno de los mayores éxitos que este año dará nuestro deporte. Algunos difícilmente lo olvidaremos en lo que nos quede de vida (o de memoria); ustedes hagan lo que quieran.

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