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SI YO FUERA MADRIDISTA   6 comments

chachocska

Reconozco que a veces me gustaría ser madridista. No, no digo madridista normal (madridista humano, lo llamaremos de aquí en adelante), de esos que se alegran con sus victorias y se entristecen con sus derrotas (que eso al fin y al cabo está al alcance de cualquiera, quien más quien menos puede serlo alguna vez en la vida) sino madridista-madridista. Madridista ultramontano, madridista recalcitrante, madridista de los del o-estás-conmigo-o-estás-contra-mí, madridista de esos que no entienden el deporte como una competición sino como una guerra, que no creen tener vida más allá de la de su propio equipo, que no ven más que conspiraciones a su paso, que no tienen rivales sino enemigos. Me gustaría serlo alguna vez, siquiera fuera por cinco minutos (más tampoco aguantaría), para intentar así entender su proceso de pensamiento. Sólo para saber qué se siente.

Me dirán con razón que de esos hay en todos los equipos. Por supuesto que sí, en el mío, en el suyo y en el de cualquiera, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Pero en el caso del madridismo existen últimamente un par de factores (llamémoslos así) diferenciales que hacen de lo ultramontano algo no tanto ocasional como cotidiano, no tanto excepción como regla. Algo que deja de ser la actitud de unos pocos energúmenos para acabar generalizándose a buena parte de su población, como si fuera lo más natural del mundo; y convirtiendo de paso en sospechosos a todos aquellos que no comulgan con esa misma opinión.

El primero es el factor Mou. Sí, Mou, a estas alturas. Hay un antes y un después de la llegada de Mourinho al banquillo futbolero del Real Madrid, un antes y un después en la forma de entender el deporte y hasta en la forma de entender la vida. Mou instauró el vale todo, de tal manera que aquello que no se ganaba por lo civil podía también ganarse (y aún mejor si cabe) por lo criminal.Jose-Mourinho-Real-Madrid No sé quién dijo que el fútbol es la continuación de la guerra por otros medios, pero Mou consiguió darle la vuelta al aforismo; la guerra sería la continuación del fútbol por otros medios, la verdadera batalla comenzaría una vez sonara el pitido final: un falso testimonio, un amedrentamiento mafioso, un complot judeo-masónico, una omertá, un villarato, un dedo en el ojo, lo que fuera. Cuando casi al día siguiente de que lo hincara se le recibió con aquella explícita pancarta, tu dedo nos señala el camino, supimos que el mal ya estaba hecho (en el supuesto de que no lo supiéramos ya de antemano): la filosofía ultra había trascendido, había dejado de ser patrimonio de unos pocos cafres para convertirse en moneda de uso común. Y pobre del que discrepara y no acatara aquel nuevo matonismo oficial, ese ya no era madridista sino pseudomadridista (crimen nefando donde los haya), quién mejor que el propio Mourinho para encargarse de distribuir los carnets. Es curioso: con Mourinho el fútbol del Madrid no ganó casi nada, desde que se fue llevan ya tres Champions… y sin embargo aún hoy no faltan (más bien sobran) los que recuerdan aquella etapa con nostalgia, los que siguen echándolo de menos, los que a pesar de los resultados aún darían cualquier cosa para volver a tenerlo de entrenador del Madrid.

Y el segundo factor es el que yo llamo factor umbilical. El madridismo tiene cierta propensión a considerarse el ombligo del mundo, el primer club del universo, el eje central a cuyo alrededor giran todos los demás. Un lugar en el que la victoria no es satisfacción sino obligación, en el que los títulos no representan una alegría sino un alivio, esto no es que lo diga yo sino que lo dijo en cierta ocasión su propio entrenador de baloncesto. Un ente cuya desmesura hace que casi nos parezcan normales cosas tales como ir a pagar presuntamente por un único jugador ciento ochenta millones de euros (repito, 180.000.000 €), afortunadamente ya hemos perdido la insana costumbre de traducirlo todo a pesetas pero si aún la conserváramos nos saldrían treinta mil millones de las susodichas (repito, 30.000.000.000 pts.). Lo normal, una fruslería, lo que usted o yo nos gastaríamos en desayunar una mañana cualquiera. La grandeza es lo que tiene.

Anda crecido el madridismo en estos tiempos (aún más que de costumbre). Porque puede, dirán ustedes, una vez más con razón. El haber ganado consecutivamente sus dos últimas Champions bien lo merece, otra cosa ya es la manera que cada uno tenga de (digámoslo así) disfrutarlo. El madridismo humano se limita a ser feliz, en cambio el madridismo ultramontano se recrea en echárselo en cara a casi todos los demás: no ya a los de su eterno rival, que eso hasta tendría un pasar; no ya a los aficionados de equipos modestos (equipos perdedores, dirían ellos), que eso tiene delito pero lo aguantamos con paciencia y resignación; incluso a sus congéneres: incluso a esos (pseudo)madridistas (humanos) cuya entrega a la causa del (verdadero) madridismo al parecer no alcanza el nivel suficiente para ser considerados (verdaderos) madridistas. Por ellos mismos, claro está.

Les pondré un ejemplo: apenas habían pasado un par de días de su última Champions cuando saltó ante mis ojos un hilo (los designios de Twitter son inescrutables) verdaderamente estremecedor: una leyenda del Madrid había osado desear suerte a un jugador en activo del Madrid que lo dejaba para irse a otro equipo, lo cual dicho así suena de lo más normal (y para no crear adivinanzas innecesarias, aclararé que el futbolista en cuestión se llama Pepe, y que la leyenda en cuestión se llama Manolo Sanchís).sanchiscope Bien, pues la catarata de insultos que hube de leer a continuación como respuesta a dicho tuit me dejó preguntándome en qué mundo estaba, si éste es el que me ha tocado vivir párenlo por favor que yo me bajo. Pepe al parecer era un traidor (¿?) pero eso ya era lo de menos, lo verdaderamente grave era que Sanchís le deseara suerte, como si la mereciera: créanme que lo más suave que le llamaban a Sanchís era hijodeputa, a partir de ahí imaginen todo lo más bajo que puedan imaginar. A Sanchís, que creo yo que pocos habrá por ahí que paseen con tanto y tan indisimulado orgullo su madridismo. Y sin embargo para ellos no era ya que fuera pseudomadridista sino que había pasado directamente a ser antimadridista, con dos cojones. Tanto más por trabajar y expresar sus opiniones en un medio tan evidentemente antimadridista (según ellos) como la Cope, que esto ya sí que terminó de romperme por completo los esquemas. Miren que trabajo poco la Cope, pero alguna que otra vez me dejo caer por el Tiempo de Juego de Paco González y llamar a eso antimadridismo vendría a ser casi como llamar anticlerical al Papa de Roma poco más o menos. Si un medio así es antimadridista no sé qué requisitos habrás de tener para ser considerado madridista. Vamos, que ni Real Madrid TV.

Delirios de futboleros enajenados, pensé yo y me olvidé por completo del tema, afortunadamente en nuestro baloncesto estas cosas no pasan… o eso quisiéramos. Este virus ultramontano es capaz de extenderse a ámbitos hasta los que jamás pensamos que se extendería. Hasta al hecho de que un jugador, que dejó la sección de baloncesto del Madrid hace más de un año, pueda ser considerado ahora traidor por pasar de los Sixers de Philadelphia al CSKA de Moscú. Repito (no porque no lo sepan, sino para que quede aún más remarcada la absurdez del caso): de los Sixers de Philadelphia al CSKA de Moscú.

Abundaré una vez más en el periplo de Sergio Rodríguez (párrafo prescindible, porque ya numerosos comunicadores lo han contado con mucha más habilidad que yo): Sergio Rodríguez se fue hace un año a Philadelphia por dos razones: porque le pagaban un pastón y porque le daban la oportunidad de retomar su sueño interruptus NBA.chachosixers Se dejó buena parte de la nómina de los Sixers en pagar hasta el último céntimo de su cláusula como no podía ser de otra manera, se curró su temporada, le salió regular y al acabar se sentó a esperar, a ver qué otra franquicia decidía apostar en firme (contrato garantizado por tres años, a ser posible) por él. Hasta que acabó asumiendo que su sueño bien podría seguir siendo la NBA pero el sueño de la NBA no parecía ser precisamente Sergio Rodríguez, tanto menos con la inmensa camada de bases que ingresa este año en la Liga. Se rindió, miró en otras direcciones, pensó en su Madrid pero éste le dejó bien a las claras que no contaba con él (vamos, que ni una mínima oferta a la baja siquiera)… y en estas apareció el CSKA. El CSKA que es el equipo que mejor paga de Europa, que aspira a la Euroliga casi por definición, que le garantiza titularidad y mando en plaza tras la marcha de Teodosic, que le ofrece una oportunidad que ningún ser humano en su sano juicio podría en modo alguno dejar pasar. Dicho y hecho.

Y justo entonces el verdadero madridismo emergió de su ostracismo, justo entonces descubrió que a falta de traidores futbolísticos (cosa rara en esos días) habían encontrado un traidor baloncestístico, mira tú qué bien. Traidor, con dos razones, por cometer el nefando crimen de aceptar la mejor oferta posible cuando su propio ex equipo no le había hecho ninguna. ¿Qué se supone que debería haber hecho entonces el Chacho para no ser tachado de traidor? ¿Postrarse de hinojos a las puertas del Bernabéu, se lo ruego Don Florentino, acójanme de nuevo en su seno, pofavó pofavó pofavó? ¿Aceptar cualquier cutreoferta birriosa de la NBA aunque ésta tardara cuatro meses en llegar, aunque fuera infinitamente inferior en tiempo, salario y expectativas a lo que le han puesto por delante en Moscú? ¿Estamos todos locos?

tuitsY sin embargo Twitter de inmediato se llenó de insultos que en nada tuvieron que envidiar a aquellos otros de Sanchís, y lo más suave que le llamaron fue rata, y hasta le desearon toda clase de desgracias no ya en el plano profesional sino en el personal incluso. Y todo por irse al CSKA (vía Sixers, no lo olviden). Al CSKA. No quiero ni imaginar qué habría pasado si se le hubiera ocurrido fichar por el Barça (iba a añadir o por el Estu, pero mejor no plantear utopías impensables), lo mismo habrían quemado su casa con él dentro o le habrían colgado de lo más alto del WiZink Center (o como demonios se llame esta semana) para escarnio popular. Ya a cualquier cosa le llaman traición.

Hace ya unos cuantos años, en el ya lejano foro de SEDENA, escribí un post irrecuperable sobre estos temas: sobre la diferente vara de medir que se aplicaba en el deporte con relación a la vida cotidiana, sobre lo absurdo que me resultaba que a alguien por el mero hecho de cambiarse a otro trabajo mejor pagado y/o con mayores posibilidades laborales se le tachara de inmediato de traidor. Nada me molesta más que esos típicos gritos de jugadores mercenarios o de que los jugadores no sienten los colores: no sienten los colores porque no tienen por qué sentirlos (salvo en casos muy particulares, criados en su seno desde pequeñitos), lo cual no significa que sean mercenarios sino que son profesionales. No son soldados sino deportistas, no es una guerra (aunque para algunos sí lo sea, siempre lo sea) sino una actividad profesional. Como la suya o como la mía, salvando las distancias.

Se me contestó precisamente en base a esas distancias, se me recordó el componente afectivo inherente al deporte. Vale sí, hasta ahí llego. Si te cambias de Google a Amazon, de Burger King a McDonald’s, de Zara a Mango, de Mercadona a Carrefour o del Ministerio de Hacienda al de Fomento no es probable que nadie te tache de traidor (más allá de tu jefe) ni que te insulte en las redes sociales, por tratarse de actividades que (afortunadamente) no arrastran riadas de aficionados detrás. Pero quizá por ese componente afectivo a veces (demasiadas veces) nos olvidamos de que la práctica profesional del deporte no deja de ser un trabajo remunerado como (casi) otro cualquiera, que debería regirse por las mismas normas que otro cualquiera.tuitAA Me asusta que se vea tan normal que los clubes puedan prescindir de sus jugadores cuando quieran pero un jugador no pueda decidir su futuro, tuiteaba el otro día con toda la razón Andrés Aragón. Se nos llena la boca con que nuestro equipo (el que sea) debería poner en la calle a Fulano o Mengano aunque tenga contrato en vigor, pero luego a un jugador sin contrato le negamos el derecho a irse a donde le dé la gana. Aplíquenlo por favor a su realidad laboral cotidiana (si la hubiere) y luego vuelvan, una vez hecha la debida comparación.

Pero al madridismo ultramontano (al ultramontanismo de cualquier sitio, en realidad) todo esto se la suda, pone y da y quita etiquetas de traidor sin importarle cualquier otra consideración. Sin reparar por ejemplo en que el factor umbilical puede ser de aplicación directa al fútbol pero no tiene ningún sentido en baloncesto. Espejito mágico, ¿hay acaso en todo el orbe planetario un club más grande que yo? En fútbol por supuesto que la respuesta es no por dios, cómo podría haberlo, pero en baloncesto el espejito directamente se descojona, no es ya que no seas el ombligo del mundo (sólo al otro lado del charco hay ya treinta ombligos más grandes que el tuyo), es que por no ser no eres ni siquiera el ombligo de Europa, hay como tres o cuatro con los que hoy por hoy no te puedes ni comparar, quizás el más hermoso de todos ellos esté precisamente en Moscú. Ante lo cual el madridismo arrebatado rompe el espejo, no soporta esta respuesta, no soporta ser uno de los mejores cuando no es el mejor, no soporta llegar a la Final Four (como si fuera fácil) para luego no ganarla, como si el título europeo no fuera (insisto) opción sino obligación. Lo cual a la larga (y disculpen el ripio) sólo genera frustración.

Y sin embargo durante meses sí que tuvieron razones más que fundadas para sentirse el ombligo de Europa, y quizá por ello no fueron pocos los que de octubre a abril pontificaron acerca de que este Madrid post-Chacho era mucho mejor que el Madrid del Chacho, a las pruebas me remito, dónde va a parar. Hay que tener mucho cuidado con las sentencias de otoño/invierno no vaya a ser que luego te las tengas que comer en mayo, no digamos ya en junio. Cuando resultó patente que en los minutos cruciales ya no te basta con la épica del a mí el pelotón Sabino que los arrollo, ya no te basta con la impagable determinación de Sergio Llull, todo eso está muy bien pero además necesitas algo más. Necesitas frescura de ideas, necesitas alguien que cuando las defensas se ponen turbias sepa ver lo que otros no ven, sepa encontrar a quién pasar, y cómo. Necesitas dirección sobre la pista, nada más y nada menos. Y no, no estoy diciendo que el Madrid perdiera ambas finales (sólo) por eso, el Madrid perdió por muchas más cosas, perdió sobre todo porque Fenerbahçe y Valencia Basket fueron dos equipazos (cada uno a su manera, cada uno con su presupuesto) que supieron encontrarle las debilidades y buscarle las vueltas. No, el Madrid no perdió por no tener un (verdadero) base, pero algunos románticos de este juego siempre pensaremos que haber tenido a mano (lo que yo entiendo por) un base quizá no le habría venido del todo mal.

Quién sabe, quizá precisamente esos que se vanagloriaban hace meses de lo bueno que era su equipo sin el Chacho (cambiando de paso la primera vocal de su apodo para poder ridiculizarlo, ya puestos) sean ahora los mismos que le insultan sin pudor y le reprochan traiciones sin cuento, los mismos que afirman sin rubor que no fue el Chacho el que hizo grande al Madrid sino el Madrid el que hizo grande al Chacho (sandez incomparable, como si la grandeza no fuera siempre tarea de uso común),chachocska2 los mismos que hacen campaña para que sea recibido como se merece (y ya imaginarán lo que creen ellos que se merece) cuando el CSKA visite el Palacio el próximo 19 de octubre. Miren, yo no les voy a decir lo que deben hacer ese día, sólo faltaría, allá cada cual con su conciencia. Sólo diré lo que yo haría. Sólo diré que si yo fuera madridista y estuviera esa noche en el Palacio me rompería las manos a aplaudir a un jugador bajo cuyo concurso el Madrid ganó doce títulos en seis años, a saber, tres ligas, cuatro copas, tres supercopas, una Intercontinental y sobre todo una Euroliga a la que hay que sumar otras tres Final Four. Un jugador al que jamás hubo nada que reprochar, un jugador que nos divirtió más que ningún otro en un equipo que también nos divirtió más que ningún otro, siendo él precisamente parte esencial de todos esos éxitos y de toda esa diversión. Un jugador que nos hizo soñar, que nos hizo ver que otro baloncesto era posible y que además de ser posible también servía para ganar títulos. Si yo fuera madridista sólo podría sentir infinito agradecimiento hacia un jugador así, por encima de casi cualquier otra consideración. Ustedes mismos.

En cualquier caso habré de reconocerlo, no soy neutral en esta historia. No soy madridista pero sí chachista, lo fui siempre, ejemplos a docenas pueden encontrar en (lo que queda de) este blog. Lo fui desde que emergió en aquellos geniales últimos segundos de la Final de 2004, aún más lo fui tras aquella inolvidable Final del Eurobasket Sub18 disputado en Zaragoza pocos meses después. Y aún más lo seguí siendo (y con más razón) mientras permaneció y se crió en mi Estu, como seguí siéndolo en Blazers, Kings o Knicks, como nunca dejé de serlo mientras permaneció en el Madrid, más bien al contrario, me alegré con todos y cada uno de sus puntos (excepto los que anotó contra el Estu… si bien éstos tampoco me dolieron especialmente, nunca tanto como otros), con cada uno de sus pases, sus éxitos, sus triunfos o sus títulos, casi tanto como si fueran míos. Y seguiré alegrándome con todos ellos en Moscú, en un Cheska que tampoco fue ni será nunca mi equipo lo cual no me impedirá disfrutar hasta la náusea de todo lo bueno que le pase por allí. Qué le voy a hacer, así es como yo lo siento, bien harán los ultramontanos en llamarme gilipollas si así les parece. Al menos lo que no podrán es llamarme traidor.

UN MAL DÍA   Leave a comment

Hace poco más de nueve meses intenté engañarme a mí mismo. Hace poco más de nueve meses, cuando era aún un poco más joven (o menos viejo) y un poco más gilipollas (incluso) que ahora, intenté automotivarme (y lo que es peor, motivarles también a ustedes) de cara al curso ACB que se nos avecinaba. Me sobran los motivos, titulé, como queriendo decir que por muy mal que estuvieran las cosas (que lo estaban) y por muchos que fueran los problemas (que lo eran), había también elementos positivos más que suficientes como para ilusionarnos con una temporada maravillosa. Y hasta encontré no una ni dos sino hasta 35 (¡¡¡treinta y cinco!!!) razones, y probablemente no convencí a nadie (que el poder de convicción nunca fue mi fuerte) pero yo sí que casi acabé creyéndomelo, por qué no, si al fin y al cabo era nuestra Liga, puede que ya no fuera (ni de lejos) la mejor liga del mundo después de la NBA (hoy da hasta risa recordar aquel manido lugar común) pero cómo no darle al menos otra nueva oportunidad…

Hasta aquí. Nueve meses después me arrepiento profundamente de haber escrito aquello, será quizás que hoy tengo un mal día (lo tengo). Quién sabe, lo mismo cuando esté a punto de empezar la temporada 2016/2017 vuelvo a encontrar elementos positivos por todas partes pero a día de hoy miro a mi alrededor y sólo encuentro mierda, con perdón. Miro a mi alrededor y veo una Liga que desafía las más elementales leyes de la física, una Liga en la que los que bajan no descienden y los que suben no ascienden,AsambleaACB me dirán que siendo estudiantil debería estar tan contento pero es justo al revés, otro año más se me caerá el alma a los pies cada vez que me recuerden (y si nadie me lo recuerda ya me lo recordaré yo solo) que los míos no están donde merecen estar sino donde les han regalado estar. Seré un ingenuo (así me va), pero si soy de un equipo lo soy entre otras cosas para poderme sentir orgulloso de él. Si en vez de enorgullecerme tengo que avergonzarme ante el hecho evidente de que no juegue donde le corresponde, para eso casi prefiero no ser de ese equipo.

Una Liga que ante la imposibilidad de ofrecer ascensos en directo (canon mediante) creyó haber inventado el ascenso en diferido, así se lo vendieron hace doce meses a Ourense, un sí pero no (o un no pero sí), tomaros un año para ver si eso y luego ya si eso pues eso, y los pobres fueron y se lo creyeron como se lo habrán creído también esta misma temporada Palencia y Melilla, a ver qué iban a hacer las criaturas, si te dan a escoger entre caer al vacío o agarrarte a un clavo ardiendo normalmente escoges la segunda opción, tanto dará porque en cuanto te abrases las manos te acabarás cayendo también. Sí, creímos que habían inventado el ascenso en diferido cuando en realidad se trataba de un ascenso en diferido en forma de simulación, como los finiquitos de Mari Cospe: este año no subes pero te reservamos la plaza para el año que viene, fíjate si te la reservamos que ni tendrás que pelearla siquiera, total para que cuando llegue el momento tú solito te des cuenta de que sigues sin poder subir. No querías caldo, pues toma, dos tazas. Encima recochineo.

Una liga en la que hasta a los grandes (sí, a los grandes, y no digamos ya a los que aparentan serlo) se les van las estrellas, (Chacho, Satoransky, Bourousis, Kuzminskas, Mike James, veremos si Ayón, tantos otros), a los medianos y a los pequeños ya no es tanto que se les vayan las estrellas (si las hubiere) como que se les va la vida. Incluso aquellos que bajan pero no descienden (o viceversa) a veces también se acaban cayendo por su propio peso (véase GBC), como para corroborar aquella ley de Murphy (o de quien fuera) que asegura que cualquier cosa aún por muy mal que esté siempre es susceptible de empeorar. Hoy nos amenazan con otra liga impar pero no teman por ello porque el día menos pensado puede volver a ser par porque se muera el Caha (o sea el CB Sevilla), zeus no lo quiera; o porque se nos muera cualquier otro: hace apenas unos días celebrábamos la enésima ¿salvación? (sobre la bocina) del Bilbao Basket gracias a la enésima inyección de dinero público, mandagüevos, para que a la lógica alegría de seguir contando con tan imprescindible institución se le superponga la mala leche de que dicha salvación la hayamos pagado (en cierto modo) usted y yo, y todos.garbajosa saez Es decir, con el dinero de nuestros impuestos, justo esos mismos impuestos que a veces también se olvidan de pagar nuestros equipos ACB, revisen la lista de morosos de la Agencia Tributaria si les queda alguna duda. Y no, no escurro el bulto, otra vez mis colores en lo más alto de la tabla (de esta tabla), para que esa grieta entre el orgullo y la vergüenza de la que les hablaba hace dos párrafos se me haga más grande todavía.

Una Liga que es fiel reflejo del baloncesto que le rodea, a la misma hora que cayó GBC cayó también Araberri en LEB Oro, cayó también Navarra en LEB plata (ya ven qué mañana tan bien aprovechada), en LEB Bronce ya no cayó nadie porque hace años que no existe, en Liga Femenina mejor no entraré en detalle no vaya a ser que se me salten las lágrimas. Hace pocas fechas la FEB se vio en la tesitura de tener que elegir presidente (mientras el anterior hacía mutis discretamente por la puerta de atrás, no fuera a ser que algún medio no afín se acordara de repente de las razones que propiciaban su marcha) y ni que decir tiene que (como en tantas otras ocasiones en este país) optó por el continuismo y el miedo al cambio, personificado esta vez en la figura de Don Jorge Garbajosa. No teman, no le crucificaré antes de tiempo (ni después, ya que no suelo ser de crucificar a nadie), no me sumaré al mayoritario linchamiento al que hemos asistido en estos días; por el tremendo respeto que le tengo (fruto de su enorme trayectoria como jugador) y porque aunque no se lo tuviera creo que bien merece el beneficio de la duda, como todo el mundo en realidad. Pero eso sí, me permitiré hacerle desde aquí una pequeña sugerencia, aún a sabiendas de que caerá en saco roto: sea usted todo lo continuista que quiera en lo tocante a las selecciones, en lo tocante incluso a las rutas eñe (cielo santo, jamás pensé que diría esto), pero en lo tocante a las ligas que aún están bajo su jurisdicción olvídese del continuismo, sea más bien rompedor a ser posible: que hemos llegado a un punto en el que no basta ya con poner parches, que hay que operar, que nuestro baloncesto de clubes está pidiendo a grito pelado que alguien le dé la vuelta como a un calcetín. Escuche a quien sepa (no es mi caso), tome nota y haga algo, lo que sea pero algo. Seguir muriéndonos lentamente no es, no debería ser una opción.

Una Liga (vuelvo a la ACB) de mentira, una liga (de la marmota) en la que hasta los niños de teta saben ya en julio qué dos equipos jugarán la final en junio, tanto dará que una vez más nos engañemos a nosotros mismos en noviembre con la buena pinta que este año tiene éste o aquél. Una Liga que ya ni siquiera clasifica (ni por activa ni por pasiva) para la primera competición continental, una Liga que acaso sí clasifique para la segunda pero tampoco se fíen mucho, es tal la inconsistencia de dicha competición que en cuanto se descuida se le caen media docena de equipos (incluso al día siguiente de sortear los grupos) como para certificar que en todas partes cuecen las mismas habas. Y todo ello con la FIBA ahí detrás, aparentemente (sólo aparentemente) retirada a sus cuarteles de invierno pero dispuesta a recurrir de nuevo a su estrategia natural, el porculismo. No tardará en hacerlo, piensen que aún sigue publicitando esas ventanitas clasificatorias para el Mundobasket 2019 al más puro estilo FIFA,orquesta titanic ésas que habrán de hacer añicos las ligas nacionales y/o continentales a partir de noviembre de 2017. La amenaza del cisma en nuestro baloncesto no ha desaparecido, más bien al contrario, está más viva que nunca. Simplemente permanece agazapada, a la espera de que se le presente su oportunidad.

Entre todos la mataron y ella sola se murió, frase hecha que suelo utilizar demasiado a menudo pero que refleja perfectamente lo que estamos viviendo, lo que estamos muriendo. Mires hacia donde mires (excepto a USA, claro está, que allí siguen atando a los perros con longaniza) sólo ves vías de agua, vías de agua por doquier, resulta ya más que evidente a estas alturas que el barco se hunde pero no hay problema, somos como la orquesta del Titanic, hacemos como que no pasa nada, seguimos tocando aunque estemos ya por debajo de la línea de flotación, seguiremos tocando aunque estemos con el agua al cuello, el día menos pensado nos ahogaremos y no sabremos ni cómo ni por qué. Deberíamos arrojarnos por la borda antes de que sea demasiado tarde pero no lo haremos, no tenemos remedio. Lo siento, tengo un mal día, ya se lo dije, no descarten que en otra ocasión (otro mes, otro año, otra vida) vuelva a verlo todo de color de rosa, vuelva a venderles las supuestas bondades de la ACB (y si así lo hiciera, por favor, no me lo tengan en cuenta) o de qué sé yo qué otra competición. Hoy no.

Publicado julio 13, 2016 por zaid en ACB

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ATAR PERROS CON LONGANIZA   1 comment

Cuando yo era niño (la prehistoria, como si dijéramos) y caía en mis tiernas manos algún periódico deportivo, siempre me llamaban sobremanera la atención las noticias referentes al mundo del boxeo. No ya porque fuese un presunto deporte consistente en darse de hostias y en el que por lo general ganaba quien más y mejores hostias daba (que mi raciocinio no alcanzaba entonces -ni ahora- para tales consideraciones) sino por el hecho sorprendente de que en cada categoría no había un solo campeón del mundo, sino dos. Existían dos organizaciones paralelas, algo así como la Asociación Mundial de Boxeo y el Consejo Mundial de Boxeo (mi memoria ya no da para tanto, si me equivoco en los nombres no me lo tengan en cuenta), de tal manera que así en el peso pluma como en el welter (fuera eso lo que fuera) o el semipesado (por ejemplo) había un campeón del mundo en versión Consejo y otro campeón del mundo en versión Asociación. Y recuerdo bien que aquello me resultaba terriblemente desasosegante, al fin y al cabo yo sólo era un niño de la infancia acostumbrado a cosas simples y esquemas sencillos, en cada actividad deportiva tenía que saberse quién era el mejor del mundo, que hubiera dos mejores del mundo no tenía ningún sentido, que hicieran el favor de darse de hostias cuanto antes ambos dos para discernir quién era el mejor de los mejores, para acabar así con ese sindiós (a veces lo hacían, a veces se montaba una pelea para unificar ambas coronas… que a menudo acababa en combate nulo, de tal manera que a la larga todo seguía igual). Y no sé ya si aquella historia se arregló, si siguió igual o si incluso fue a peor (me suena que la última vez que supe algo al respecto ya no había dos organismos sino tres, confirmando así aquella teoría de que cualquier situación, aún por muy mal que esté, sólo es susceptible de empeorar; si bien, dado mi absoluto desconocimiento en la materia, tampoco me lo tengan muy en cuenta), sólo sé que al menos me tranquilizaba que esta fuera una situación restringida exclusivamente al proceloso mundo del boxeo, en el resto de disciplinas deportivas sólo había un palmarés, sabías siempre quién era el mejor sin ningún género de dudas. O tal vez no…

Qué ingenuo era yo de niño (casi tanto como de adulto, incluso). No es ya que en algún otro deporte (tan alejado precisamente al del boxeo) como el ajedrez replicaran también en algún momento esta misma bicefalia, es que por desgracia tampoco nos hace falta ir tan lejos ni salir siquiera del nuestro, bien sabido es que los del baloncesto somos especialistas en montarnos guerras civiles, hacernos froilanes (lo que viene siendo pegarnos tiros en los pies) y autodestruirnos sin piedad en cuanto se nos presenta la más mínima ocasión.euroliga-nuevo-formato No hará falta que les recuerde que a comienzos de siglo un grupo de equipos, casualmente los más señalados del panorama baloncestero continental, decidieron independizarse del califato de la FIBA y montarse una euroliga propia con la que al parecer iban a poderse atar los perros con longaniza, no hará falta que les recuerde que en aquel 2001 tuvimos dos campeones de Europa, la Virtus en versión ULEB y el Maccabi en versión FIBA. La broma no prosperó, el resto de equipos grandes se mudaron también a la nueva Euroliga, la FIBA se rindió (o hizo como que se rendía) y se conformó con sus torneos de selecciones, con alguna competición de clubes muy menor y con mantener durante algunos años un boicot a los árbitros euroligueros para hacer un poco el paripé. Y aquí paz y después gloria, recuerdos de un pasado que ya nunca más ha de volver… Qué más quisiéramos nosotros que no hubiera de volver.

El imperio contraataca, como si dijéramos. No estaba muerta (la FIBA), estaba de parranda. Se ha pasado todos estos años mirándose en el espejo del fútbol como si ese fuera un espejo en el que poder mirarse, se ha pasado todos estos años con el reconcome de no haber sabido sofocar en su día la rebelión de sus clubes como sí supo una UEFA que padeció (más o menos) esa misma rebelión pero fue capaz de bajarse del burro, hacer suyas sus reivindicaciones, montarles una Champions a su imagen y semejanza y gracias a ello hoy forrarse como se forran todos los que están a su alrededor. UEFA y FIFA sí que atan a sus perros con longaniza, de otra cosa no pero de longanizas y chorizos en general van bien sobrados, no hay más que ver las últimas informaciones al respecto. Y la FIBA se lo mira y se pregunta por qué ellos sí y nosotros no, si a los del fútbol les funciona a ver por qué a nosotros no habría de poder funcionarnos también, como si ambos deportes fueran lo mismo, como si no fuera manifiestamente evidente que al lado del presunto deporte rey los del baloncesto no tenemos ni media hostia, ni nosotros ni ningún otro juego que no se practique con los pies. La única duda es cuántas hostias habremos de llevarnos todavía para acabar por fin de entenderlo; por lo que parece aún no hemos recibido suficientes.

Y a todo esto la Euroliga, barruntándose algo, quizás viéndoles venir (que a la FIBA se la veía ya venir de lejos desde hacía rato) emprendió hace algunas semanas una huida hacia adelante, vale que con los quince años que llevamos de Euroliga todavía no hayamos conseguido longaniza con que atar los perros pero que sepan que esto era sólo el principio, un ensayo como si dijéramos, la verdadera Euroliga empezará el año que viene, rechace imitaciones.meeting-barcelona-2015 Y si hasta ahora éramos veinticuatro a partir de ahora seremos dieciséis, no nos atrevemos a cerrar del todo la liga al estilo USA pero tampoco nos atrevemos a abrirla del todo en la mejor tradición europea así que casi mejor la entornamos, una Euroliga cerrada pero que parezca abierta o una Euroliga abierta pero que parezca cerrada, once equipos fijos así llueva o truene, el resto de Europa que se mate por las cinco plazas restantes. Qué buena idea sí señor, resolver un problema generando otro mayor, nada como reducir equipos y entornar aún más la puerta para joder las ilusiones de quienes ya se sentían miembros de pleno derecho del club, no digamos ya las de quienes aún soñaban con ingresar en él. Si pensaban disuadir así a la FIBA han conseguido precisamente el efecto contrario, darle alas para que las despliegue al grito de venid a mí, represaliados de la ULEB, volved al seno de la FIBA todos aquellos que nunca debisteis salir, retornad a la casa común del baloncesto y yo os daré una verdadera Euroliga que nada tendrá que envidiar a la Euroliga propiamente dicha sino más bien al contrario, aquí sí que ataremos a los perros con longaniza más que nada porque en lo tocante a longaniza mejor ponerse en manos de los auténticos expertos, dónde vais a estar mejor. Bien pueden estar orgullosos Bertomeu y demás rectores de la ULEB (en el supuesto de que siga llamándose ULEB, que francamente lo desconozco), ni haciéndolo aposta lo hubiesen hecho tan mal.

Así que ya lo saben, si nadie lo remedia (que nadie no lo remediará, démonos con un canto en los dientes no vaya ser que lo empeoren más todavía) el año que viene tendremos una sempiterna euroliga en versión ULEB y otra sempiterna euroliga (que parece que se llamará Basketball Champions League, nombre esclarecedor donde los haya) en versión FIBA. La de la ULEB tendrá 16 equipos mientras que la de la FIBA tendrá 16 equipos, la de la ULEB tendrá una primera fase de 30 jornadas jugando todos contra todos a doble vuelta mientras que la de la FIBA (parece que) tendrá una primera fase de 30 jornadas jugando todos contra todos a doble vuelta (no me digan que no aprecian la diferencia). Luego ya sí, la Euroliga de toda la vida mantendrá sus habituales playoffs de cuartos de final al mejor de 5 mientras que la nueva pseudochampions FIBA (parece que) tendrá playoffs de cuartos de final al mejor de 3, para abundar aún más si cabe en esa puñetera manía europea de rematar regular seasons interminables con fases decisivas insignificantes, casi invisibles. Todo ello para finalmente desembocar ambas dos en sus respectivas Final Four, se ve que a una y a otra lo de hacer playoffs también en semifinales y final les sigue dando pánico, recuérdese una vez más su peregrina teoría de que las series de playoff se siguen sólo en los países con equipos implicados, como si las finales a cuatro se siguieran en más países que en los que tienen equipos implicados. En el fondo el (re)invento de la Euroliga y el de la FIBA no dejan de ser el mismo perro con distinto collar; que éste sea de longaniza o de cualquier correa comprada en el bazar chino de la esquina será ya otra historia, me temo.

Ahora bien, más allá de las apariencias sí que habrá sutiles diferencias, seamos justos: la primera en la forma de acceso, la Euroliga en plan club privado con acceso restringido, la EuroFIBA en plan oposición libre a cuyas plazas podrá acceder todo aquel que se lo gane en función de su mérito y capacidad.BCL Y la segunda diferencia estaría en ese invento del demonio, las ventanitas, que la Euroliga y el sentido común rechazan de plano pero que la EuroFIBA acogería con los brazos abiertos, cómo no las va a acoger con los brazos abiertos si es precisamente la propia FIBA quien las ha parido: ya saben, parar las competiciones nacionales e internacionales de clubes tres veces al año para disputar partidos de selecciones clasificatorios para el Eurobasket o Mundobasket de turno, cortar el rollo cuando más metidos estemos en él para vivir unos espectaculares Eslovaquia-Liechtenstein, Albania-Luxemburgo o Moldavia-San Marino, todo ello a mayor caja de una FIBA convencida de que basta con repetir los arcaicos esquemas del fútbol para replicar los éxitos del fútbol, que alguien les despierte, háganme el favor. Y cómo no, aún resta la traca final, aún no lo hemos notificado oficialmente pero ya lo hemos dejado caer por ahí para que les entre el miedo en el cuerpo, aquellos que no traguen con el método FIBA y pretendan continuar con su Euroliga ya saben que pueden ser expulsados de sus competiciones nacionales, una mera indicación nuestra y a la vuelta encontrarán (por ejemplo) una ACB sin Madrid, Barça ni Baskonia, quizás sin alguno más si represaliamos también a los de la Eurocup, cáguense por las patas abajo, pa chulos nosotros. No me digan que no es alucinante, se tira quince años la FIBA sin decir oste ni moste, mirando pasar la Euroliga como las vacas al tren, y ahora de repente irrumpe cual elefante en cacharrería, o estás conmigo o estás contra mí, ya no es que el que se mueva no sale en la foto, es más bien que el que NO se mueva no podrá salir ya en ninguna otra foto, con dos… razones. Si esto no es un golpe de estado baloncestístico en toda regla que baje dios y lo vea. Ni la más eficiente organización mafiosa lo hubiese hecho mejor.

Entre todos la mataron y ella sola se murió, miren que habré empleado ya veces esta socorrida frase (incluso sirviéndome de título en alguna ocasión) pero me temo que aquí viene al pelo, una vez más. Unos y otros prometen atar perros con longaniza pero resulta evidente que no hay longaniza para tanto perro, algún ingenuo creerá que duplicando competiciones se duplicará también el seguimiento pero déjenme que les explique (por si no fuera ya manifiestamente evidente) que sucederá justo al revés, el seguimiento (ya de por sí escaso a día de hoy, sobre todo si lo comparamos con lo que fue) se reducirá a lo infinitesimal. Eso sí, nunca faltará algún niño de la infancia que se asome al baloncesto siquiera sea por equivocación, que descubra que aquí no hay un campeón de Europa sino dos como mínimo y que de inmediato huya despavorido, siguiendo así los pasos de tantos otros adultos que ya huyeron despavoridos de un deporte cuya principal seña de identidad parece ser estar pegándonos unos con otros toda la puta vida, sin ser capaces jamás de estar de acuerdo en nada, sin encontrar jamás una causa común. Desengañémonos, no tenemos remedio.

Publicado diciembre 14, 2015 por zaid en Euroliga

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DEFENSA DE LA ALEGRÍA (edición 2015)   1 comment

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El insigne (y nunca suficientemente añorado) guionista Rafael Azcona contaba una triste anécdota de sus años mozos, aquellos duros tiempos de guerra, posguerra, miseria y desolación que le tocó vivir. Contaba que a veces (raras veces) algo les hacía gracia, lo que fuera, una anécdota del barrio, un programa de radio, cualquier cosa, lo suficiente como para romper la monotonía, como para tirarse toda la familia un buen rato echándose sus buenas risas, así hasta que de repente su madre cortaba en seco la diversión: mucho nos estamos riendo, ya lo pagaremos… Puro fatalismo, esa amargura de serie que nos inocularon en aquellos años y en los inmediatamente posteriores, rígida moral cristiana mediante: tanta alegría no puede ser buena, la felicidad no nos está permitida, hemos venido a este mundo a sufrir, a suspirar gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Esa filosofía perduró hasta nuestros días, de alguna manera nos la fuimos transmitiendo casi sin querer de generación en generación. No se trata ya tanto de que no disfrutemos como de que sintamos remordimientos de conciencia cada vez que disfrutamos, como si nos estuviera prohibido el mero hecho de disfrutar: todo lo que da placer o es pecado o engorda, todo lo que haga gozar habrá de estar siempre bajo sospecha, así en todos los órdenes de la vida. Sí, también en baloncesto.

El baloncesto también proscribió durante un montón de años la alegría, Aquí la frase no era ya (aunque igualmente podría haberlo sido) mucho nos estamos riendo ya lo pagaremos, sino este baloncesto no sirve para ganar títulos. Cuántas veces no lo habremos escuchado (aquí o allá o en donde fuera) cada vez que un equipo se desataba, cada vez que se entregaba a la lujuria y el desenfreno como forma de vida.CC WILLIAMS GROUP Este baloncesto no sirve para ganar títulos, podrá servir en temporada regular pero nunca en playoffs, nos lo repetían como un mantra desde el otro lado del charco y nosotros nos lo creíamos, cómo no nos lo íbamos a creer si los hechos casi siempre les acababan dando la razón: con aquellos maravillosos Kings de comienzos de siglo, con los no menos maravillosos Suns de Nash, acaso también en décadas anteriores con los Warriors o los Nuggets, tantos otros. O acaso también en NCAA con los Phi Slama Jama a comienzos de los ochenta o los Fab Five a comienzos de los noventa, los ejemplos eran cuantiosos y solían darles la razón como si en verdad la tuvieran. Claro está, si hubiéramos tenido capacidad de raciocinio habríamos podido encontrar ejemplos en sentido contrario, equipos a los que la alegría de vivir les funcionó también (y aún mejor si cabe) en los momentos decisivos, los Lakers del showtime o la Nevada-Las Vegas de Tark The Shark por citar los dos primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza. Pero entonces ni nos lo planteábamos, asumíamos la versión baloncestera del cerrojazo o el cerocerismo como única fórmula posible del éxito. Acaso aún hoy no hayamos dejado de asumirla.

[Llegados a este punto conviene hacer una matización. En baloncesto, como en la vida, no es verdad que lo divertido sea lo contrario de lo serio. NO ES VERDAD. De hecho la diversión será tanto más divertida cuanto más seria sea, cuanto más trabajada esté. Lo divertido es lo contrario de lo aburrido, punto. O dicho en términos de baloncesto: no es verdad que la diversión en ataque se contraponga a la defensa. NO ES VERDAD. De hecho el ataque será tanto más alegre (y tendrá más posibilidades de éxito) cuanto mejor trabajado llegue desde atrás, cuanto mejor se hayan empezado las cosas al otro lado de la cancha. La diversión sólo se contrapone al aburrimiento, el juego alegre sólo es lo contrario del triste, nada tiene que ver con la defensa sino con el mareo de perdiz en ataque, con el tenerla y sobarla durante veintitantos segundos sin arriesgar apenas un pase no vaya a ser que se pierda, sin casi más objetivo que el reducir el número de posesiones del rival. Quede claro el concepto, ya que para algunos si reivindicas la creatividad en ataque demonizas la defensa. No hay falacia mayor. Dicen que el ataque gana partidos y la defensa campeonatos, la segunda parte de la frase no puede ser más cierta, nos guste o no. Aunque para ganarlos no estará de más que tengas un buen ataque también.]

limoges maljkovicEn cambio en Europa no hizo falta que nadie nos dijera que este baloncesto no servía para ganar títulos, a partir de un determinado momento todos parecíamos llevarlo interiorizado de serie. Quizá todo empezara en 1993 con aquel Limoges de Maljkovic, fue como dejar escrito en piedra que para ganar un título debías de anotar (y encajar, obviamente) menos de sesenta puntos por partido. Como explicaba antes, no era tanto cuestión de defender (que también) como de adormecer con posesiones interminables, quitándole al juego todo lo que lo hace atractivo: el contraataque, la velocidad, la creatividad, el dinamismo, el riesgo y demás malos vicios que habrían de quedar definitivamente desterrados en aras de conseguir el único fin que justificaba todos los medios: la victoria. Había nacido el baloncesto-control, por otro nombre baloncesto-tostón. Era una opción tan válida como cualquier otra, qué duda cabe. El problema es que durante un tiempo dejó de ser una opción para convertirse en LA opción. Acaso aún estemos en ese tiempo…

Dicen que las excepciones confirman la regla, pero yo no concibo esa razón. No la concibo en absoluto. Las excepciones (cuantas más mejor, menos excepcionales serán) son siempre bienvenidas porque subvierten la norma, porque hacen posible lo (que parecía) imposible, porque convierten el sueño (juego) en realidad (títulos), porque demuestran de una vez por todas a los escépticos que otro baloncesto es posible.1999-metu-kauno-zalgiris-61213595 Siempre recordaré como un oasis en medio del desierto aquel título europeo de 1999, aquel maravilloso Zalgiris Kaunas liderado por el enanito (Trecet dixit) Tyus Edney, un verdadero chorro de agua fresca justo cuando más espeso era el cemento. O cómo no recordar (a otro nivel, pero también con sustanciosos títulos en su zurrón) aquella Penya de finales de la pasada década, aquella deliciosa criatura de Aíto y sus Erre que Erre. Sólo algunos ejemplos (habría muchos más) para mostrar una obviedad: que jugar (además de bien) bonito también gana campeonatos, que la especulación y el colmillo retorcido también los pierde, aún por bien que nos lo envuelvan los pierde, aún por mucho que nos lo vendan los pierde. A las pruebas me remito.

Hace ahora dos años ya les defendí la alegría, y lo hice en circunstancias mucho más difíciles que ésta de hoy. El Real Madrid acababa de perder la Final de la Euroliga 2013, llevaba sin jugar esa final desde el siglo pasado lo cual debiera haber sido razón más que suficiente para disfrutarla aún perdiéndola, pero eso a la larga tanto dio. Es más, por la reacción de alguna gente casi pareció que les habría dolido menos haberse quedado a mitad de camino, haber caído (por ejemplo) en cuartos de final. A mí me pareció que aunque no se hubiera hollado la cima había merecido mucho la pena el viaje hasta llegar a ella (tanto más dada su inusual belleza), que si perseveraban por ese camino tarde o temprano llegarían los ansiados frutos… Muchos estuvieron de acuerdo, pero también los hubo (y no pocos) que me pusieron como hoja de perejil (signifique eso lo que signifique).laso1 Se había levantado la veda, había comenzado de nuevo el tiro al Laso, este baloncesto no sirve para ganar títulos, este tío no tiene carácter, no aprieta riendas, no retuerce el colmillo, no es entrenador para el Madrid. Y si así fue en 2013 no digamos ya en 2014, aquella bendita locura, aquella pura delicia que dimos en llamar lasismo (y su brazo armado en cancha, chachismo), aquella temporada de ensueño que acabó en brusco despertar. Y entonces ya no era que se hubiera levantado la veda sino que el tiro al Laso se convirtió de repente en deporte nacional, ya no había manera de esquivar las balas, el fuego cruzado te acababa alcanzando a poco que te descuidaras. Aquel dantesco final a la pata coja en el Palau pareció su sentencia de muerte, tanto más lo pareció cuando pocos días más tarde le descabezaron el cuerpo técnico, aún hoy me resulta inconcebible que lograra sobrevivir…

Contra viento y marea. Contra los de arriba y los de abajo, contra los de dentro y los de fuera. Contra los que montaron el pollo tras su contratación sin concederle siquiera el beneficio de la duda, los que se relamieron tras cada derrota en sus primeras temporadas (ya falta menos para que vuelva Obradovic, decían), los que se lamentaron tras la consecución de aquella liga porque eso significaría su continuidad (es lo malo que tienen los títulos, decían), los que el pasado verano se engolosinaron con Katsikaris (y hasta le contrataron, casi), los que a la primera derrota de esta misma temporada ya soñaban en voz alta con Djordjevic… Es lo que llamaríamos la paradoja blanca: un equipo que no admite perder, un club que no entiende la posibilidad de la derrota ni como concepto siquiera, una institución en la que cualquier derrota (aún por nimia que sea) viene inevitablemente asociada a la palabra crisis, una entidad que es como la madrastra del cuento, dime espejito mágico, ¿habrá otro equipo en el mundo aún mejor que el mío? (y si le contesta que sí lo hace añicos y se compra otro espejo, será por dinero)… y sin embargo un equipo cuyos aficionados (sólo algunos de ellos, no generalicemos) a menudo prefieren perder con tal de conseguir otro objetivo aún mayor que la victoria, como es el que les sirvan en bandeja de plata la cabeza de su propio entrenador. No sé si es éste un fenómeno extrapolable a otros grandes, sí sé que a mí (que no soy de grandes) no recuerdo que me haya pasado jamás, ni aún por mucha tirria que le tuviera al entrenador de turno. Será que el raro soy yo.

¿Quieren más paradojas? Aquellos que hace un año criticaron a Laso por no haber sabido administrar sus fuerzas, por haber tenido al equipo como una moto en noviembre/diciembre y haber llegado fundido a mayo/junio, son acaso los mismos que este pasado diciembre le pusieron en la picota tras perder apenas un par de partidos como si eso fuera el fin del mundo, y ello cuando resultaba manifiestamente evidente que lo que estaba haciendo el Madrid este año era precisamente lo que le habían demandado, aplicar la dosificación que no aplicó el Floren_2015_Entrenadores_Grande_37_originalaño anterior. Pero llegó a utilizarse con profusión el concepto crisis (para variar), llegó a situársele más fuera que dentro (para seguir variando), llegó incluso a filtrarse que la Federación (o sea Sáez) sólo estaba esperando a que el Madrid finalmente lo destituyera para nombrarle seleccionador… Cinco meses después el Madrid es Campeón de Europa, y lo es entre otras cosas por no repetir errores del pasado, por no haber echado el resto en otoño para luego tener que arrepentirse en primavera, por haber ganado (o no) con lo justo en diciembre para ganar con todo en mayo. Cinco meses después el Madrid está en posesión del mayor título que pueda ganarse a nivel de clubes pero a algunos no parece bastarles, aún hay casos aislados que manifiestan un regusto amargo porque el nivel de aplastamiento no haya sido el que ellos esperaban o porque haya habido que bajarse al barro para conseguirlo, como si el barro no fuera imprescindible en estas circunstancias, como si el gen del madridismo llevara también incorporado de serie el gen de la insatisfacción. Cinco meses después Laso tiene por fin el crédito que siempre mereció, pero habrá de saber que ese crédito le durará exactamente hasta la próxima derrota (vales tanto como el último partido que juegas), hasta el próximo título (aún por nimio que fuera) que se escape de las vitrinas de tan sacrosanta entidad. Marca de la casa, no tienen más que mirar a su sección de fútbol si aún les queda alguna duda.

Dure lo que dure habrá merecido la pena. La alegría, aquella catarsis que hace un par de años reivindicó con pasión José Manuel Puertas, resulta mucho más fácil de defender cuando hay un título que la sustente. Todo lo cual no resta méritos (más bien al contrario) a otros equipos lúdico-festivos (pero no por ello menos efectivos), ese maravilloso Canarias de Alejandro Martínez, la Penya de Maldonado (casi cualquier Penya, en realidad), tantos otros. Pero los títulos de alguna manera crean escuela, marcan doctrina, enseñan el camino a seguir. Cuando un equipo alegre gana un título es como si lo ganara dos veces, por lo que representa el título en sí y por lo que representa haberlo ganado así. Este Madrid de Laso ganó Supercopas y pareció poco, ganó Copas y aún no pareció suficiente, ganó una Liga y pareció que aún faltaba algo, gana ahora por fin la Euroliga y debería ser ésta ya la victoria definitiva, la que despeje dudas, la que consagre para siempre este estilo de juego tan válido como cualquier otro, en realidad mucho más válido que cualquier otro porque gana como cualquier otro pero a la vez divierte más que cualquier otro (no sé si me explico). Repito: debería ser. No nos confiemos. Volverán los apóstoles del feísmo como volvieron las oscuras golondrinas, de hecho están ahí agazapados esperando su oportunidad, soñando con que este Madrid se la vuelva a pegar en ACB o con que lpablo-lasoos fantásticos Warriors de Kerr & Curry no ganen esta NBA para volver a contagiarnos con su bilis, para vendernos otra dosis de cemento y apretarnos todavía un poco más las riendas. Mantengámonos alerta.

Ahora bien, cuando vengan mal dadas, cuando las cañas se tornen lanzas (cursilada que hasta hoy jamás me había atrevido a utilizar), cuando pinten bastos (pasado mañana, como quien dice), el Madrid, antes de tomar medidas drásticas, deberá sentarse a valorar todo lo que representó el lasismo (y el chachismo, por extensión) para la idiosincrasia de este club. No es ésta una entidad que por lo general coseche adhesiones allá por donde pasa, más bien al contrario, tiende a generar animadversiones por doquier, fruto de la propia grandeza de la entidad. Y sin embargo este Madrid de Laso ha conseguido la cuadratura del círculo, que muchísimos aficionados que no son ni fueron ni serán nunca del Madrid disfruten viendo jugar (y ganar, incluso) a este equipo (créanme que sé de lo que hablo, créanme que conozco no a uno ni dos sino a unos cuantos). Que este Madrid vaya a ser recordado por sus títulos pero también (y sobre todo) por su juego, por las simpatías y empatías que genera, por mejorar, promover y publicitar por el mundo la maltrecha imagen de marca de la entidad. Por algo tan simple como (permítaseme la expresión) devolver el baloncesto a la gente. Gente que cuando se sienta a ver un partido (tanto más si no se trata de su equipo) lo hace sólo para disfrutar, para que le dejen ser feliz siquiera un par de horas, que para aburrirse o amargarse bastante tiene ya con su vida cotidiana, con mirar a su alrededor, con mirarse incluso en el espejo cada mañana. Digámoslo de una vez por todas, no es verdad que hayamos venido a este mundo a sufrir, no es verdad que este baloncesto no sirva para ganar títulos. NO ES VERDAD. A este valle de lágrimas hemos venido a llorar lo menos posible, a reír hasta hartarnos sin temer represalias, a gozar del juego que amamos (y de la manera en que lo amamos) sin tener que arrepentirnos después. Defendamos siempre la alegría, por favor. También en baloncesto.

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GRANDEZAS Y MISERIAS   3 comments

Miren que se lo dije hace ya casi un año, que entonces Laso ganó la Liga y sólo por eso le perdonaron que no hubiera ganado la Euroliga, pero que en este 2014 ya podría ganar Liga, Copa, Supercopa y Recontracopa (si la hubiere) que si no ganaba también la Euroliga no se lo iban a perdonar… Dicho y hecho: a día de hoy el Real Madrid es el vigente campeón de Liga y Copa, sólo con eso cualquier otra afición viviría ya instalada en el éxtasis permanente pero ésta no, a (buena parte de) la merengada no le basta, como si su superioridad local viniese ya de serie y se diera por supuesta, como si todas esas competiciones nacionales no fueran más que meros trofeos veraniegos al lado de la gran competición continental. Me dirán que esa es precisamente la grandeza de la entidad pero yo más bien creo que es la miseria de la entidad: la incapacidad para disfrutar de las cosas pequeñas, esa sensación de que ganes lo que ganes no puedes festejarlo porque siempre te quedará otra cosa más importante por ganar. Les pondré un ejemplo que no es de baloncesto sino de fútbol y que no es de ahora sino de finales de los ochenta, de un Madrid que ganaba sistemáticamente liga tras liga y se estrellaba sistemáticamente en la Copa de Europa, de una afición tan obsesionada por esa competición que incluso abucheaba a sus jugadores en el mismo momento de obtener el título nacional. A lo mejor tendremos que perder la Liga un año para que se den cuenta de lo que cuesta ganarla, dijo entonces cabreadísimo un ilustre miembro de aquella Quinta. Tal cual, aquel Madrid no perdió la Liga un año sino cuatro, todas ellas a manos de su odiado rival para más inri, de tal manera que cuando pasado un lustro volvieron a ganarla la cogieron ya con muchísimas más ganas. Es lo que tiene malacostumbrar al personal.

Por supuesto que en estos casos se nos llena la boca de sentencias grandilocuentes, de los subcampeones nadie se acuerda, el segundo es sólo el primero de los que pierden y demás tópicos que no por ser ciertos son menos tópicos (y no por ser tópicos son menos ciertos). Pero puestos a jugar a los tópicos yo más bien creo en esa otra frase que tantas veces solemos dedicar a quienes se quedan en el segundo escalón del podio: ahora están tristes, pero cuando pase un rato y se les pase el disgusto se pararán a pensar y valorarán en su justa medida lo que han conseguido. ¿Cómo dice? ¿Que eso vale para cualquier otro pero no para el Madrid? Ya, claro, la famosa retahíla de que el Madrid por ser quien es habrá de ir de favorito allá donde vaya, de que todo un Real Madrid jamás se puede conformar con ser segundo, juegue donde juegue y sea la competición que sea. Pregúntenle al CSKA, al Barça, al Olympiacos, Panathinaikos o Fenerbahçe, ejemplos casi todos ellos de opulencia deportiva y financiera aún mayor que la del Madrid, a ver cuánto habrían dado ellos por jugar esta Final. ¿Ahora va a resultar que es mejor caer en medio del camino que recorrer entero el camino y caer sólo entonces, siquiera sea a efectos de no hacerse ilusiones? Usted verá. Yo más bien creo que aunque el destino final nos decepcione siempre habrá merecido la pena el viaje, que cualquier cosa será mejor que apearse en marcha a mitad de trayecto. Tanto más tratándose de un viaje tan hermoso como éste.

Pero además: ¿de qué hablamos cuando hablamos de favorito? Una cosa es que aquí el Madrid siempre lo sea y otra ya es que tenga que seguir siéndolo necesariamente cuando lo sacan a pasear por esos mundos de dios. ¿Lo era realmente en esta Final Four? Ateniéndonos exclusivamente a los resultados del Top16 y/o playoffs resulta que hubo dos equipos (Barça y CSKA) que presentaban mejores números, mientras que el tercero (Maccabi, casualmente) racaneó durante el periodo liguero pero sufrió bastante poco en su eliminatoria, aún con desventaja de campo incluso. ¿Qué pasó? Pasó que el viernes Maccabi dio la campanada cargándose al Cheska y que seguidamente el Madrid le metió al Barça de 38, pasó que la suma de ambos factores dio de inmediato como resultado que el equipo blanco ganaría sin bajar del autobús. Resultaba paradójico encontrarse en las horas previas a la Final una sobreabundancia de tuits que manifestaban su preocupación no por el resultado del partido (que ese lo daban por descontado) sino por el conflicto que podría ocasionarse en el entorno del Paseo del Prado entre quienes fueran a la celebración baloncestera blanca y quienes volvieran de la celebración futbolera rojiblanca. Vamos, que en qué cabeza cabía otra posibilidad. Todo eso de alguna manera se transmitió a unos jugadores que del viernes al domingo pasaron de que podían ganar a que tenían que ganar, necesariamente, sí o sí. Unos jugadores que podrán ser muy buenos, podrán ser grandes profesionales, podrán cobrar infinitamente más que usted y que yo pero eso no significa que sean máquinas. Mientras que no se demuestre lo contrario son personas, con sus sensaciones, sus sentimientos, sus emociones. Y su presión. Por supuesto que saben cómo manejarla, por supuesto que es inherente al sueldo pero qué quieren que les diga, una cosa es la presión y otra muy distinta la sobrepresión. Tengo para mí que de haber ganado al Barça de manera (digamos) normal y/o de haber sido la Final contra el CSKA la historia habría sido muy distinta: no en términos de ganar o perder, lo mismo habrían perdido igual (otra cosa sería hacer baloncesto-ficción), sino en términos de actitud, de no salir agarrotados sino sueltos, de no estar tensos sino intensos, de no soportar más presión que la propia presión inherente a cualquier final. Que ya bastante es por sí sola como para tener que llevar además el cartel de campeones colgado del cuello desde mucho antes de empezar.

Y deberíamos aprender de una vez por todas la lección de que (en lo que a Final Four euroligueras respecta) el concepto favorito está tan obsoleto como el concepto cenicienta, exactamente por la misma razón. La Euroliga es como es, te pasas meses y meses jugando una ristra interminable de partidos para que al final todo se decida en dos días, te puede gustar más o menos pero es así y es igual para todos, podríamos entrar en eternas divagaciones sobre qué habría pasado de haberse disputado la Final en formato playoff pero eso volvería a ser baloncesto-ficción y desde luego no es el objetivo de este post. Algo tendrá la Final Four cuando la bendicen, y es sin duda el hecho de que suela ganarla el mejor equipo no ya en términos baloncestíticos sino psicológicos, también. Echen la vista atrás y díganme qué tienen en común el Maccabi de este año, el Olympiacos de las dos pasadas temporadas, el Zalgiris del 99, la misma Penya del 94, no digamos ya el Limoges del 93, el Partizan del 92 o la misma Jugoplastika de tantos años anteriores (tiro de memoria, habrá otros casos pero éstos son los que ahora se me vienen a la mente). Todos ellos llegaron como presuntas cenicientas, como convidados de piedra de un festín que (se suponía que) habrían de comerse otros. Todos ellos fueron luego campeones, en algún caso (evidentes los de Split y Partizan) porque más tarde descubrimos que ahí había mucho más talento del que parecía a primera vista, en todos los casos porque hubo un gran trabajo psicológico detrás. Maljkovic, Obradovic, Bartzokas, Blatt, tantos otros que supieron mejor que nadie cómo optimizar la cenicientez en beneficio propio a la par que minimizaban el favoritismo ajeno. Todo esto también es baloncesto, y en este tipo de partidos a cara o cruz y sin posibilidad alguna de rectificación representa además una parte fundamental del baloncesto. Explica muchas cosas.

Con todo lo cual no pretendo justificar ninguna derrota, tan solo proporcionarles algunas claves que les ayuden a entenderla, luego allá ustedes, si quieren seguir con su linchamiento son muy dueños. Miren, yo no soy del Madrid pero sí soy del estilo de juego de este Madrid. Soy de baloncesto alegre, soy de frescura y desinhibición, soy de velocidad y contraataque, soy de ataque que no desprecia la defensa sino más bien al contrario, que la considera un fundamental punto de partida, soy del Chacho (sospecho que esto ya lo sabían), soy de un técnico que no será el mejor del mundo (nunca dije que lo fuera) y tendrá además carencias y cagadas puntuales (nunca dije que no las tuviera) pero que ha sabido recuperar mejor que ningún otro la legendaria filosofía de una sección que llevaba casi veinte años repartiendo palos de ciego por doquier. Ahora bien, ustedes mismos, no se corten, vuelvan al pasado si así lo quieren, si no les gusta Laso ahí tienen a Messina otra vez libre, ahí tienen incluso a Imbroda que estaría loco por la música. O aún mejor, llamen a Querejeta y propónganle un trueque, Laso por Scariolo, el uno volvería a su tierra y el otro a la Villa y Corte, no duden que el máximo mandatario baskonista les preguntaría entusiasmado dónde hay que firmar. Hagan ustedes lo que les plazca pero antes déjenme que les diga una cosa: han perdido ustedes dos finales europeas consecutivas, dos dolorosísimas derrotas que les han dejado destrozados, cómo no. Ahora bien, ¿saben por qué les pasa eso? ¿Saben por qué ahora pierden finales europeas una tras otra? Porque las juegan. Durante quince años no tuvieron este problema, no se llevaron estos disgustos, no vieron ni en pintura las final four. Ustedes sabrán qué prefieren, si seguir jugando finales aún a riesgo de perderlas (hasta que llegue el día en que las ganen) o seguirlas desde su casa tan ricamente arrellanados frente al televisor. Ustedes mismos.

Empecé contándoles la historia de aquel Madrid de fútbol de finales de los ochenta, déjenme que acabe con otra historia de aquel entonces, mucho más lejana en el espacio (como seiscientos kilómetros más lejana) pero mucho más cercana en términos de deporte ya que (ésta sí) tiene que ver con baloncesto. Con el Barça (otro que tal) de baloncesto de finales de los ochenta, aquel recordado equipo de Solozábal, Epi, Norris, Andrés Jiménez, tal vez aún Sibilio, tantos otros. Aquel equipo acabó con la sempiterna hegemonía del Madrid y dominó durante varios años la competición doméstica pero, ¿saben qué? Pues que en Europa se fue estampando año tras año contra su propia obsesión, así hasta que sus dirigentes decidieron ceder al clamor popular, quitarse del medio a Aíto (sí, ese mismo Aíto hoy merecidamente mitificado, al que entonces se le reprochaba que sabía ganar en casa pero no fuera, que sabía ganar en formato de playoffs pero no en formato de Final Four y no sé cuántas sandeces más) mediante el tradicional sistema de la patada hacia arriba y traerse en su lugar a la bestia negra (más bien amarilla) que se la liaba año tras año, es decir Maljkovic. Y no hará falta que les recuerde cómo acabó aquello, el Barça perdió con Maljkovic exactamente igual que perdía con Aíto, ya ven qué cosas, no era un problema de entrenador sino de jugadores, los tuyos eran buenos pero los jugoplástikos de enfrente eran mejores aún. Es así de simple, Por bueno que seas (o que te creas que eres) siempre puede haber alguien mejor, exactamente eso es el deporte, si ganas lo disfrutas y si pierdes lo reconoces, tal cual, lo que se llama cultura de la derrota, algo de lo que (dicho sea de paso) carecemos por completo en este país. O como dijo (mucho mejor que yo) esa genial parodia virtual llamada Pablo Lolaso (no confundir con el original): Pierdes. Das la mano. Felicitas al rival. Y te vas a casa a entrenar para volverlo a intentar más fuerte. Eso es el baloncesto. Sin más. Sin que sea el fin del mundo, sin llanto y crujir de dientes, sin ir cortando cabezas a cada rato, sin echar a la hoguera a quien hace apenas dos días elevabas a los altares, sin grandezas ni miserias ni demás zarandajas que no sirven absolutamente para nada, sin traumas, sin más. Tan sencillo como eso. No lo compliquen más, por favor.

CULTURA DEL REFUERZO   Leave a comment

Es bien sabido que a la Euroliga se puede acceder por diferentes vías. Está la vía fácil, la de toda la vida: si alcanzas la final de tu competición doméstica y tu número de victorias multiplicado por el coseno de pi elevado al cubo resulta ser superior en al menos dos tercios a la raíz cuadrada del promedio de puntos anotados en años bisiestos no acabados en cero por los dos equipos con peor coeficiente de entre los considerados de categoría A podrás acceder a la Euroliga siempre y cuando se trate de un año par no múltiplo de cuatro, la luna esté en cuarto creciente y no se encuentren alineados Urano y Plutón. Y luego está ya la vía más difícil, que consiste en ganar la otra competición continental no llamada Euroliga, esa que vamos cambiando de nombre a cada rato para despistar no vaya a ser que a alguno le dé todavía por llamarla Recopa o Korac: ayer fue ULEB Cup, hoy es Eurocup, mañana quién sabe. Valencia Basket no desdeñó la vía fácil pero decidió poner todos sus huevos (qué mal suena esto) en la difícil, decidió echar el resto en la Eurocup y hoy su esfuerzo (nunca mejor dicho) tiene justa recompensa. Hoy no es ya que tengan plaza garantizada en la máxima competición continental sino que además son campeones de Europa, campeones B si así lo quieren pero campeones al fin y al cabo. Que con ser importante lo primero no lo es menos lo segundo: algunos tienen los títulos por pura rutina pero para todos aquellos que no se llamen Madrid o Barça un título siempre es un título, sea éste cual sea. Que en el mejor de los casos pueden contarse con los dedos de una mano y casi siempre sobran dedos. Un título por el mero hecho de serlo ya debería ser por sí solo motivo suficiente de felicidad. Si encima trae aparejada la recompensa de la Euroliga, pues miel sobre hojuelas.

¿Qué les cuento yo de Valencia Basket que no se haya dicho ya? Que esa cultura del esfuerzo que preconiza a bombo y platillo su mandamás (su teoría de los bazares chinos, ya saben) está muy bien, qué duda cabe, nada se consigue sin esfuerzo (claro está que el esfuerzo por sí solo tampoco te garantiza nada, pero ese ya sería un debate filosófico para tenerlo en otro lugar). Pero además de esfuerzo a estos niveles necesitas algo más, llamémoslo criterio: Valencia Basket se especializó año tras año en construir rimbombantes proyectos que luego petaban a las primeras de cambio, qué buena pinta tiene este año el Pamesa solíamos decir justo antes de que el balón empezara a rodar y se le vieran por todos lados las costuras: bien que aquello no pegara ni con cola, bien que hubiera demasiados coroneles y muy poca clase de tropa, bien que el técnico no fuera el adecuado o bien (las más de las veces) que ni siquiera se le concediera el beneficio de la duda, cortando cabezas en cuanto venían mal dadas como si esa fuera a ser alguna vez la solución. Nula planificación, improvisación, despilfarro, inestabilidad. Quizás costó digerir que el éxito en gestionar una cadena de supermercados no tiene por qué llevar aparejado necesariamente el éxito en la gestión de un club deportivo profesional. Quizás todo empezara a cambiar el día aquel (pongamos que fuera hace dos o tres años) en que se pararon y decidieron que ya estaba bien, que ahora en vez de nombres iban a fichar hombres, que por lo general salen mucho más baratos y rinden mejor. Con nombres haces un plantillón pero no necesariamente un equipo, con hombres eso lo tienes garantizado a poco que cuentes con el entrenador ideal para amalgamarlo, como es el caso. Cultura del refuerzo, como complemento indispensable a la cultura del esfuerzo. Dicho y hecho.

Con una paradoja, que es que los hombres de ayer son ya también nombres (y qué nombres) a día de hoy. Tanto nombre tienen que a poco que se descuiden se los van a quitar de las manos. No habrá equipo grande de Europa que no se interese por Doellman, por Sato tres cuartos de lo mismo aunque en ese caso lo más probable es que Fenerbahçe lo recupere para su enésimo proyecto, qué decir de un Dubljevic que ya hasta mira al otro lado del charco, qué decir de productos locales como Rafa, Pau o Pablo, qué decir del propio Peras incluso… Este mismo Valencia Basket que ha ganado la Eurocup bien podría haber sido equipo de Final Four (o al menos de playoffs de cuartos, si lo otro les parece exagerado) en esta Euroleague, este mismo Valencia Basket bien podría dar la nota (aún más si cabe) este mismo año y entrar finalmente en la máxima competición continental por las dos vías, la fácil y la difícil… [Y ahí ya sí que se liaría la mundial: ayer leía en Twitter (a alguien que parecía saber de qué hablaba) que por ganar la Eurocup Valencia Basket será el quinto equipo ACB en Euroliga, pero que de jugar además la Final de la Liga Endesa entonces ya no sería el quinto sino el cuarto, perdiendo así su plaza euroliguera el equipo A con peor coeficiente. De ser ello cierto (que no lo sé, ni lo entiendo, ni lo intento), ¿imaginan a Unicaja (un poner) primando al Barça para que elimine al Valencia en semis ACB, ya que sólo de ello dependería su próxima participación continental? ¿Estamos todos locos?] Este Valencia Basket 2013/2014 es una joya, y sólo de su capacidad de seguir siéndolo (o de reinventarse, en su defecto) dependerá que siga epatándonos también en la 2014/2015. Pero para eso queda mucho todavía, no nos precipitemos, por ahora que les quiten lo bailao… y lo que aún les quede por bailar. Disfrútenlo, que muy bien ganado se lo tienen.

EL JUGUETE DE CRISTAL   4 comments

Éramos perdedores, por definición. Veníamos del angolazo y caminábamos (alemaniazo mediante) hacia el chinazo. Habíamos interiorizado ya en aquellos primeros noventa (y aún más habríamos de interiorizarla en años venideros) nuestra presunta incapacidad genética para superar el cruce de cuartos de final. Ello a nivel de selección, a nivel de clubes sí que sabíamos alcanzar finales pero todavía no habíamos aprendido cómo ganarlas, o acaso un día lo supiéramos pero lo estábamos olvidando ya con el paso del tiempo. O puede que aún nos acordáramos en torneos menores (esos que aún llamábamos Recopa o Korac) pero en lo tocante a la máxima competición continental no éramos nadie, cada vez menos: año tras año se metía el Barça en esa novedosa innovación llamada Final Four, año tras año se estampaba contra aquella otra innovación no menos novedosa llamada Jugoplastika, año tras año la misma canción. 1991 de alguna manera representó un punto de inflexión: tres finalistas europeos, tres, a razón de uno por competición, qué menos que ganar al menos una de ellas, sólo una siquiera… Y sucedió que el Madrid perdió ante Cantu la Korac y la vida de su técnico (inolvidable Ignacio Pinedo), todo en uno; y sucedió que el CAI perdió (le perdieron, más bien) ante el Paok la Final de Recopa más indigna que se recuerda; y sucedió que el Barça completó la cuadratura del círculo, el más difícil todavía: esta vez le trajeron la Final Four al lado de casa, esta vez le pusieron en sus filas al entrenador que acostumbraba a estar en las de enfrente (Maljkovic), esta vez ya ni siquiera Jugoplastika se llamaba Jugoplastika sino Pop 84 Split, todo lo cual a la larga dio igual porque la historia volvió a acabar exactamente de la misma manera. Tres finales, tres derrotas, trescientosmil artículos en prensa glosando nuestra presunta inferioridad psicológica: no había duda, no sabíamos cómo manejar esa presión, éramos perdedores, llevábamos la derrota en las venas.

¿Quieren más? En 1992 la Copa de Europa pasó a ser Liga Europea, se abrió a más equipos por país y aquí bien que lo aprovechamos, esta vez ya no hubo uno sino dos de los nuestros en Final Four, que nos vamos a Estambul chimpún, la Penya que en semis se carga al Estu, que se cita en la Final con aquel Partizan que durante un tiempo fue de Fuenlabrada, que se ve ya ganadora tras canasta de Tomy Jofresa a falta de 10 segundos, lástima que Sasha Djordjevic no fuera de la misma opinión. Nadie escenificó mejor que Pedro Barthe aquella frustración, si ni siquiera metiendo dos equipos en Final Four somos capaces de ganarla, a lo mejor tendremos que esperar a que lleguen tres, tres de cuatro, a ver si así tuviéramos al menos alguna posibilidad… En 1993 llegó sólo uno pero esta vez fue el Madrid, nada menos que el Real Madrid de Sabonis convertido en hiperarchimegafavorito para la ocasión (al Madrid la hipermegafavoritez se le supone como el valor en la mili, por definición; pero es que esta vez además lo era), hiperarchimegafavoritismo que se estampó de bruces contra la tela de araña limogeois de (otra vez) Maljkovic. No teníamos remedio, éramos tan perdedores que ni siquiera sabíamos qué hacer cuando ganábamos, nos sentíamos tan inferiores que la mera superioridad nos descolocaba, tuvimos en aquellos años a un ciclista que ganaba Tour tras Tour y al que jamás profesamos otra cosa que no fuera indiferencia (e incluso un puntito de desprecio), aquí preferíamos ser de otro cuyos éxitos nunca estuvieron a la altura de sus despistes, será que a éste sí le veíamos como uno de los nuestros. Cuentan que en aquel tiempo un modesto equipo de fútbol perdió una Liga en el último segundo (penalty fallado mediante), cuentan que en la posterior rueda de prensa su entrenador, visiblemente emocionado, vino a decir que la derrota era el estado natural del ser humano. La victoria, en su caso, sería tan solo un mero accidente. Si lo sabríamos nosotros.

Y en éstas llegó la Final Four de 1994. Otra vez dos de los nuestros, otra vez enfrentados en semis por prescripción FIBA no fueran a juntarse dos equipos del mismo país en la Final con lo feo que queda eso. De un lado el Joventut de Obradovic, precisamente Obradovic que fuera su verdugo en los banquillos apenas dos años atrás, había hecho la Penya con Zeljko lo que el Barça años atrás con Boza, si no puedes vencer a tu enemigo únete a él; del otro el Barça de Aíto, un derby catalán en toda regla que esta vez no sería en Barcelona o Badalona sino en la otra punta del Mediterráneo, esa extraña Europa política (que no física) llamada Tel Aviv. De aquel partido siempre recordaré que Aíto se puso en zona (quizás no muy trabajada, o no lo pareció al menos) y empezaron a lloverle triples; Aíto puso la zona y el error no fue ponerla, el error fue mantenella y no enmendalla. Cuando la enmendó fue ya demasiado tarde. La Penya en otra final, apenas un par de años después de la anterior… pero esta vez no íbamos a engañarnos, esta vez favoritos ni en pintura, esta vez el rival no era el humilde Partizan sino el todopoderoso Olympiakos (aún con K), el Olympiakos de los dracmas a espuertas, de los magnates navieros, del dinero por castigo, el Olympiakos de Paspalj, Tarpley, Fassoulas, Sigalas, Tarlac o ese Milan Tomic nacido en Yugoslavia pero que juega como griego no me pregunten ustedes por qué… (Trecet dixit). La de dios. ¿Favoritos, dice usted? Carpe diem, vivamos el momento, disfrutemos del mero hecho de haber llegado hasta aquí. Y que sea lo que dios quiera.

Jueves 21 de abril de 1994. Aparentemente un jueves como otro cualquiera, esta vez ni siquiera era Jueves Santo como tantas veces antes o tantas otras después gracias ese don incomparable que siempre tuvo la FIBA para complicarnos la vida en vacaciones. Un jueves normal y corriente, perfecto para planificarme una tarde perfecta de sofá y partidazo, ajeno por completo al complot que ya entonces se tramaba a mis espaldas. A mis espaldas mi señora y sus dos amigas del alma decidieron que las tres parejas en cuestión llevábamos ya muchos meses sin vernos, que eso no podía continuar así de ningún modo, que esa tarde de jueves era tan perfecta para quedar como cualquier otra. Y ponte a protestar, claro, ponte a argumentar que es un partido muy importante para que te contesten que es que a ti todos los partidos te parecen importantes (la de veces en mi vida que habré escuchado esa frase), ponte a buscar la complicidad de los otros dos maridos (futboleros y madridistas, especialmente uno de ellos) para que te respondan que hombre, si hubiese sido el Madrid entonces está clarísimo que no íbamos a quedar, ni de coña, o si hubiese sido fútbol, pero vamos, por esta mierda de partido por supuesto que no vamos a cambiar los planes, ya me dirás tú… Tocaba ser el raro una vez más, tocaba ponerlo a grabar con la vana esperanza de verlo luego sin saber el resultado, tocaba llegar al bar y encontrártelo ya puesto en el televisor, hoy nos puede parecer ciencia-ficción (hostelería-ficción, más bien) pero puedo asegurarles que en los bares de entonces sí ponían baloncesto (entre otras cosas porque había días en que no había fútbol…) Así vi yo (si es que a eso se le puede llamar ver) aquel partido, en un televisor que apenas llegaría a veinte pulgadas situado a diez o quince metros de mis ojos, cuyo sonido a todo volumen resultaba enmascarado por el griterío de los parroquianos que atiborraban el local. Y a todo esto fingiendo participar en conversaciones sobre las vidas privadas de mis contertulios que en aquel preciso instante (y aunque me esté mal el decirlo) no me interesaban en absoluto. Definitivamente éramos perdedores, sobre todo yo que a esas horas llevaba ya mi derrota puesta de serie. Acabara como acabara la Final.

Empezó por fin aquello con Trecet (que lo veía tan mal como lo veíamos todos, sólo que más de cerca) intentando sacar ilusión de debajo de las piedras, reivindicando nuestro derecho a soñar, apelando incluso a la épica, a la leyenda de Excalibur nada menos, a cómo Arturo sacó la espada de la roca cuando nadie pensaba que él, que era un simple escudero en aquel momento, podría hacerlo... Yo no podía oírlo pero sí veía que por más que la Penya tiraba la espada no salía, que estábamos más nerviosos que ellos, que los rebotes eran griegos, que a siete minutos para el descanso el marcador ya señalaba un desalentador 24-16 para Olympiakos. Quizás fuera lo mejor, quizás eso les permitió sacudirse por fin el corsé, soltarse los brazos, perder los complejos y empezar a jugar de tú a tú. Al respecto no estará de más recordar que cuando más pintaban bastos hubo un jugador llamado Ferrán Martínez (del cual luego no se acordó casi nadie) que fue quien sacó las castañas del fuego y permitió que la Penya llegara no sólo viva sino incluso empatada (a 39) al descanso, triple mediante de Mike Smith literalmente sobre la bocina. Justo antes de que empezara la segunda mitad vino la consabida conexión con la segunda edición del Telediario, fenómeno inevitable en aquella época, en la que el gran Ramón Trecet aprovechó para seguir intentando ganar adeptos para la causa: ¡¡¡si usted quiere vivir un sueño pásese a la segunda cadena porque un equipo español puede ser campeón de Europa!!! Dicho y hecho, nos habíamos ganado por fin el derecho a soñar, ahora ya sólo faltaba que la realidad quisiera parecerse a nuestros sueños.

Pero tras ese descanso lo que vino fue puro cemento, baloncesto de pico y pala, vuelta al corsé, tal vez lo llevaran ambos pero el de la Penya se notaba mucho más. Siete minutos para el final, Olympiacos arriba 57-52, cinco puntos no son nada pero también lo son todo, tanto más si cada punto te cuesta una eternidad. Y entonces fue como si el partido se detuviera, aún más si cabe. Es decir, el reloj seguía corriendo pero el juego parecía haberse parado a su alrededor. Mérito de una Penya que finalmente entendió que el primer paso para sacar la espada quizá fuera romper la piedra, desarticular el juego ofensivo de Olympiakos (es decir, Paspalj) por delante y por detrás. Mérito badalonés a la par que demérito de ese histriónico Ioannidis que jamás tuvo un plan B, o acaso sí lo tuviera pero sus jugadores no debían sabérselo, o acaso sí lo supieran pero no debieron acordarse. Claro que una vez rota la piedra quedaba pegar el tirón definitivo de la espada y eso ya iba a resultar bastante más difícil, aquello no había quien lo moviera, otros cinco minutos y nada, si a falta de siete estábamos 57-52 a falta de dos estábamos 57-53. La hora de Villacampa, por fin. Se levantó de tres, la clavó y fue como si de repente se abrieran las puertas del cielo, 57-56, nuevo ataque fallido griego, balón verdinegro a falta de minuto y medio, quién nos iba a decir entonces que ese ataque duraría minuto y cuarto. Falla Ferrán, rebote Villacampa, falla de nuevo Ferrán, falla el palmeo Mike Smith pero se rebotea a sí mismo, quedan aún 30 segundos, bola de mano en mano hasta encontrar al hombre abierto que resulta ser Rafa Jofresa que en ese último instante ve aún más abierto a Corny, don Cornelius Thompson que se levanta de tres, que la clava y es la gloria, el éxtasis, el delirio, el 57-59. Quedan 15 segundos…

La jugada de Olympiakos terminará en falta sobre Paspalj a 4,8 segundos para el final (que en realidad eran más, pero se les olvidó parar el reloj a tiempo). No es mala falta, dirá Pesquera (allí a la vera de Trecet para los comentarios técnicos), y dirá bien: uno más uno, Paspalj no era un excelso lanzador, en el peor escenario aún quedaría algún segundo para arreglarlo antes de la (hipotética) prórroga… No fue el caso. Paspalj falló el primero luego ya no hubo segundo, rebote para la Penya que en su afán por evitar que salga fuera se lo acabará dando a Olympiakos, tiro desde medio campo a la desesperada, todavía otro rebote para un Paspalj que tira forzadísimo y la estampa contra el aro, se suponía que iban a ser cinco segundos pero fueron diez o doce porque el del reloj volvió a cagarla, porque se le olvidó apretar el botón a su debido tiempo como venía siendo tradicional en las finales europeas de la época, no quiero ni pensar si hubiera llegado a entrar alguno de aquellos tiros, afortunadamente no sucedió, afortunadamente sonó por fin la bocina y ya todo dio igual, ya la Penya en pleno entró en la pista, ya se desató la locura, por fin…

Ya para entonces el bar entero estaba pendiente del televisor, ya para entonces mis dos amigos y yo estábamos en la barra intentando que nos cobraran (mientras nuestras tres respectivas continuaban de cháchara en la mesa) lo cual al menos me permitió ver ese último minuto mucho más de cerca que casi todo lo demás, algo es algo. Eso sí, siempre recordaré la reacción final de mi colega futbolero irredento, que tras felicitarse de que hubiera ganado el Joventut porque era un equipo que le caía bien (le caía bien no por historia ni por tradición ni por lo que representaba para nuestro deporte sino más bien por todo lo contrario, le caía bien por lo mismo que le caía bien el Espanyol, por ser el enemigo interior del Barça) no se privó de añadir su cuñita respecto al resultado, mira qué marcador, 57-59, ¿ves tú?, por eso mismo ya no me gusta el baloncesto, lo decía y se quedaba tan ancho como si en verdad le hubiera gustado alguna vez. Es así, podrá pasarse la vida entera viendo chorrocientosmil partidos que acaben 0-0 ó 1-0 sin que ello le haga renegar jamás del fútbol, en cambio un solo partido a sesenta puntos ya le daba para renegar de todo el baloncesto para toda la eternidad. Han pasado veinte años, pero ya ven que tampoco hemos evolucionado mucho desde entonces.

Como siempre recordaré la entrega del trofeo a Villacampa, ni operativo ni podio ni palco ni hostias sino que se lo entregaron casi clandestinamente, al otro lado del tumulto que se había formado en el centro de la pista. Como siempre recordaré aquel trofeo en sí mismo, aquello ya no era Copa de Europa sino Liga Europea luego la FIBA debió decidir que ya no tenía por qué dar una copa propiamente dicha sino que podía entregar cualquier cosa, por ejemplo aquel extraño objeto minimalista (tenía la mínima lista de cosas que puede tener un trofeo). Que probablemente sería una valiosa escultura en cristal de Murano con incrustaciones de oro macizo de veinticuatro quilates, no digo yo que no, pero que visto así de lejos más bien parecía uno de esos chismes decorativos de metacrilato que puedes comprar en cualquier tienda de chinos (o de todo a cien, que entonces aún no eran chinos). Como siempre recordaré la traca final de un Trecet que había empezado evocando al rey Arturo y acabó evocando a Peter Pan, si acaso quieres volar piensa en algo encantador, como aquella navidad en la que se regalaron juguetes de cristal; volarás, volarás, volarás… Qué razón tenía. Aquel jueves 21 de abril de 1994 ya no era navidad ni tan siquiera semana santa pero aún así aquella Penya se creyó una vez más con derecho a soñar, pensó en algo encantador, tuvo por fin su juguete de cristal (nunca mejor dicho a la vista del trofeo), voló, voló, voló… y aún por duro que fuera luego el aterrizaje (que lo fue) no importó, a quién habría de importarle cuando has alcanzado el cielo.

Como bien dicen que dijo entre lágrimas aquel sabio entrenador gallego (de nombre Arsenio, como probablemente ya habrán adivinado) la derrota es consustancial al ser humano, en cambio la victoria es sólo un accidente. Toda vida acaba en derrota, y ante eso sólo nos quedarán las pequeñas (o grandes) victorias que hayamos sido capaces de arañar por el camino. La vida de la Penya pendió de un hilo en los siguientes años, se vio más veces fuera que dentro de este mundo, pagó con creces (esto les sonará) haber vivido por encima de sus posibilidades. Pero ¿saben qué les digo? Que les quiten lo bailao. La Penya de alguna manera se refundó, vendió y vendió para sobrevivir, recuperó sus orígenes, volvió a sus esencias y no diré que hoy goce de buena salud (¿y quién goza de buena salud -económicamente hablando- en estos tiempos que corren?) pero sí que puede hoy mirar al presente e incluso al futuro con dignidad. Y al pasado, por supuesto. Pase lo que pase de ahora en adelante siempre les quedarán las ligas y las copas, las recopas, Korac y ULEB pero por encima de todas ellas siempre les quedará aquella Liga Europea, aquella inolvidable noche de Tel Aviv cuando por fin entendimos que el mero hecho de jugar finales de la máxima competición continental no tenía por qué ser sinónimo de perderlas, de hecho el mismo Real Madrid se encargó también de refrendarlo al año siguiente (Obradovic mediante, again) para que ya no nos quedara ninguna duda. Lentamente fuimos descubriendo que no era cierto lo que nos habían contado, que no llevábamos la derrota grabada a fuego en los genes, que no teníamos por que sentirnos inferiores a nadie aunque demasiadas veces lo pareciéramos. Lentamente fuimos dejando de ser perdedores en el deporte, casi al mismo tiempo que empezamos a serlo en otros menesteres (mucho más importantes) de la vida. Pero esa es otra historia…

(publicado originalmente en tirandoafallar.com)

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