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OKLAHOMA

103 partidos, se dice pronto. 103 partidos consecutivos, 103 partidos uno detrás de otro, lo que vienen siendo todos los de este año, todos los del pasado y casi todos los del anterior. 103 tardes/noches seguidas poniendo en liza al mismo cuarteto titular, sí, cuarteto, que el quinto elemento podrá variar en función de las circunstancias, las edades y las disponibilidades pero los cuatro jinetes del apocalipsis sooner son intocables, llevan siéndolo desde que el uno era freshman y los otros sophomores, lo seguirán siendo al menos un partido más, ojalá dos antes de irse cada uno por su lado. f4oklahomaResulta casi inverosímil repetir tantas veces la misma alineación en estos tiempos de mudanza en los que nada parece durar más de dos segundos, en los que la exigencia física hace que todo dios se rompa con pasmosa facilidad. Y si es así en el deporte profesional no digamos ya en un baloncesto universitario plagado de idas, venidas, graduaciones, sanciones, lesiones, transfers, red shirts, one&dones, done&ones y demás interminable casuística. De alguna manera Lon Kruger, entrenador infravalorado donde los haya (el único a día de hoy que ha metido a cinco universidades distintas en el Madness: Kansas State, Florida, Illinois, UNLV y por supuesto Oklahoma, por si les queda la curiosidad), ha logrado la cuadratura del círculo, ha reinventado el concepto jugar de memoria, ha creado una máquina perfecta alrededor de estos cuatro sujetos llamados Jordan Woodard, Isaiah Cousins, Ryan Spangler y sí, por supuesto, Buddy Hield.

Si no tuviera al lado a Buddy haciéndole sombra probablemente hablaríamos y no pararíamos de un Cousins eficacísimo y que ha ido evolucionando cada vez más (y mejor) hacia la dirección de juego. Como hablaríamos de la dulce muñeca de Woodard, o de ese sobrio y pétreo Spangler que tal vez no encuentre hueco en NBA (o tal vez sí, quién sabe) pero al que debería esperar una interesantísima carrera en Europa (de nada). Dicho lo cual habremos de convenir en que estos Sooners son antes que nada y por encima de todo BUDDY HIELD, así en letras mayúsculas que bien que lo merece la criatura. Resulta muy difícil contar algo del Jugador del Año (el único e indiscutible, sin discusión posible; rechace imitaciones) que no se haya contado ya cientos de veces, que no haya contado aquí yo mismo hace unas pocas semanas.buddy-hield-oklahoma-630-final-four-preview Resulta muy difícil, pero aún así me van a permitir tres someras reflexiones: 1) por alguna extraña razón que escapa a mi entendimiento resulta de un tiempo a esta parte mucho más letal en las segundas mitades que en las primeras, como si el primer asalto fuera de tanteo y el segundo de castigo, como si según se le van cansando sus defensores se fuera aligerando su muñeca; 2) parece como si el hecho de sobremarcarle (a estos niveles, entiéndase) no sólo no disminuyera su efectividad sino que antes al contrario, la potenciara: como si le diera igual tener a un tío encima que no tenerlo, o como si incluso lo prefiriera; y 3) me resultaría tristísimo que en la noche del draft las franquicias pasaran de él y le relegaran mucho más atrás de lo que en verdad merece: por esa innata costumbre de mirar más lo que puede ser que lo que es, de draftear potencial (presunto, por definición) antes que realidad, de pensar que un chaval de 22 no puede progresar tanto o más que uno de 19 siempre y cuando se den las circunstancias adecuadas para ello; de desconfiar sistemáticamente del sénior al grito de si tan bueno es, a ver por qué no se fue antes. Si así lo hicieren, en el pecado llevarán la penitencia.

Tuvo la temporada de Oklahoma un punto de inflexión, aquella inolvidable noche del 4 de enero en Kansas. Los dos mejores equipos del país (en aquel momento) negándose a perder, forzando prórroga tras prórroga, manteniendo la llama viva más allá de su extenuación (mención especial a Buddy, también en ese aspecto). La derrota quizás enseñó a Kruger que sin rotación no iba a ninguna parte, que de nada le serviría ganar casi todo en la Regular si a cambio le llegaban reventados al tramo final. Poco a poco fue dando más cancha (tampoco mucha, no crean) al quinto titular Khadeem Lattin y a los actores secundarios Dinjiyl Walker (no sé qué pasaría por la cabeza de sus padres para ponerle semejante nombrecito), Dante Buford, Christian James o Jamuni McNeace, freshmen estos tres últimos por lo que nos familiarizaremos con ellos en temporadas venideras. Puede que el exceso les costara perder algún partido más de lo debido pero a cambio les permitió entrar como toros en el Madness. La intrépida VCU les puso en serios apuros en 2ª ronda pero luego ya todo fue coser y cantar, justo cuando más duro parecía el camino: fue empezar Hield & cia a producir con fluidez y que los Aggies de Texas A&M se diluyeran cual azucarillo, fue volver Hield & cia a producir con continuidad y que a los Ducks de Oregon se les viniera el mundo encima en forma de presión autoimpuesta (lo que se llama pagar la novatada, literalmente; volverán con mucha más fuerza en próximas ediciones). Final Four, por fin, y ahora el cielo es el límite para estos experimentados Sooners; quizás no tengan la defensa de Villanova, la profundidad de UNC o la determinación de Syracuse, pero a cambio tienen algo que nadie más tiene: Buddy Hield. Puede que sea suficiente.


VILLANOVA

Algunos llevamos todo el año hablando mal (o no del todo bien) de Villanova, a ver si así la realidad acabara pareciéndose (siquiera un poco) a nuestra forma de verla. Vano empeño. Las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran, que algo no nos seduzca no significa que no merezca la pena. Villanova no te enamora, Villanova simplemente gana, y ya de paso aprovecha para jugar muy bien al baloncesto.villanova-basketball-ftr-getty-032716_lp22aa8cxlk512tm70eovt3t2 Debería ser más que suficiente, aunque algunos no dejemos de echar de menos cierta vistosidad y nos dejemos llevar por nuestros prejuicios. Vale, ahora les va bien pero en cuanto empiece la Big East que se les quite de la cabeza que vayan a arrollar como hace un año, esta vez Xavier, Providence o incluso Butler se lo van a poner muy difícil, dijimos en diciembre y nos lo tuvimos que comer con patatas apenas dos meses después. Vale, habrán vuelto a arrollar en su Conferencia pero en cuanto salgan de esa burbujita de la Big East y se enfrenten a la cruda realidad del Madness les van a llover palos por todas partes, dijimos hace un mes y nos lo estamos teniendo que comer con patatas tal que ahora. Villanova es Final Four, y no de cualquier manera sino dejando significativos cadáveres por el camino; entre ellos el mismísimo número 1 no ya de su Región sino de toda la nación. Desprejuiciémonos de una vez por todas.

Y todo esto, ¿con quién? Villanova no tiene un cuarteto de cámara como Oklahoma, no tiene la inabarcable profundidad de North Carolina (aunque no anden precisamente escasos en este aspecto), no tiene un Hield ni un Paige ni un Brice Johnson siquiera. Tiene a tipos como Josh Hart y Kris Jenkins que partiendo casi de la nada se fueron convirtiendo primero en defensores y luego en extraordinarios jugadores, también al otro lado. Tiene un pívot/pívot como Daniel Ochefu que es tres cuartos de lo mismo, primero le conocimos como referencia defensiva pero hoy sabemos por fin que cuando se centra en lo suyo (es decir, cuando no se aleja cuatro o cinco metros del aro rival innecesariamente) sabe hacer sus cositas, y qué cositas. Y tiene a un proyecto de base llamado Jalen Brunson (algunos aún recordamos a su padre Rick Brunson, pura intendencia y fondo de armario en aquella NBA de los Noventa) aprendiendo poco a poco el oficio a la vera de quien es al fin y al cabo la principal referencia de este equipo: Ryan Arcidiacono (recuerden, pronúncienlo a la italiana, Archidiácono, cual si se tratara del vicario de la diócesis) llegó hace ya cuatro años (y parece que fue ayer) a Villanova armado de descaro, atrevimiento, portentosa muñeca y poco más que rascar; ryan-arcidiacono-villanova-630-final-fourbueno, pues de aquel Arcidiacono a éste media un abismo: hoy es además un magnífico defensor (pregúntenselo si les queda alguna duda a Gesell, Rodríguez o Mason, que lo padecieron hace unos días) y sobre todo un extraordinario director de juego, de esos que transmiten en todo momento la sensación de tener el partido entero bajo control (y añádase además que con ese apellido no le habrá de resultar difícil obtener la condición de comunitario, ahí lo dejo, no les digo más…) Nótese que en todos estos nombres (más todos los que emergen del banquillo: Booth, Reynolds, Bridges) existe un denominador común: evolución. Villanova es actitud y trabajo, también (y sobre todo) de su técnico, un Jay Wright de quien creo yo que a estas alturas conviene ir dejando ya de lado la sempiterna broma del clon de Clooney y empezar por fin a reconocerlo como lo que es: un pedazo de entrenador de baloncesto.

Pero aún así, como no tenemos remedio, llegaron estos Wildcats al Madness y les concedimos graciosamente la 1ª Ronda pero luego dimos (algunos) por supuesto que en la 2ª la iban a cagar, así fuera ante Iowa o ante sus vecinos de Temple. Fue Iowa y le metieron de 20 (que bien pudieron ser 30), pero no contentos con ello de nuevo pensamos que en su semifinal regional la cagarían ante Miami (disculpen la sobredosis escatológica) y no habíamos acabado de pensarlo cuando ya estaban otra vez 20 arriba, lamentable bajada de brazos de los Hurricanes mediante. Y cómo no volver con lo mismo ante la todopoderosa y plenipotenciaria y megafavorita Kansas, cómo no habrían de ser carne de cañón, ya esta vez sí, y en cambio lo que vieron nuestros ojos fue un extraordinario ejercicio de oficio, solidez y serenidad, la que mostraron tíos como Arcidiacono o Jenkins en los tiros libres finales (lo que vale eso a estas alturas) ante las sucesivas faltas a las que les sometieron unos desesperados Jayhawks. Hoy son por fin Final Four, y ni que decir tiene que se han ganado sobradamente el derecho a que ya no dudemos de ellos ante nadie; pero aún así resulta tentador pensar que no tienen un Buddy Hield, que de nada habrá de servirles su portentosa defensa ante el indefendible bahameño, que… Claro está, llegará el día en que pierdan y entonces nos faltará el tiempo para decir ¿ves? Si ya lo decía yo… Veremos si a este paso no habremos de esperar a la próxima temporada para decirlo.



NORTH CAROLINA

Hace ya casi un año (muy pocos días después de la Final Four 2015) me tiré al barro y proclamé a los Tar Heels como grandes favoritos al título en 2016. Me basé en que tenían de todo (y todo bueno, oigan), en que volverían casi todos (excepto el mano de piedra de Tokoto) y en que en aquellos días aparecían como grandes favoritos para llevarse al huerto a aquel escuálido y escurridizo Brandon Ingram que me había cautivado durante su fiesta de fin de curso (por otro nombre McDonald’s All American).north-carolina-advances-to-final-four-601a4a5e375b5ca5 Ni que decir tiene que en apenas unos días me arrepentí de mi enajenación mental transitoria: lo que tardó Ingram en cambiar de opinión y preferir Duke, lo que tardé en comprender que sin Tokoto defenderían aún menos que de costumbre, que andarían tal vez sobrados en cantidad y calidad pero no precisamente en competitividad. Mi arrepentimiento continuó en noviembre cuando al poco de empezar la temporada se dejaron su número 1 de la nación en cancha de Northern Iowa (tras remontada estrepitosa, para más inri); y continuó aún más si cabe en febrero, cuando en su propio Dean Dome su archirrival Duke les levantó un partido que tenían prácticamente ganado (dejando de paso en evidencia a Roy Williams ante Krzyzewski). Nadie en toda la NCAA parecía tener más ni mejores mimbres (salvo quizás Maryland, aunque ésa es otra historia); pero tenían también un no sé qué o un qué sé yo que por alguna extraña razón nunca acababa de encajar.

O tal vez sí. A comienzos de marzo devolvieron visita a Duke y ya que estaban allí les devolvieron también la gracia, ganaron brillantemente su temporada regular de la ACC, ganaron aún más brillantemente el Torneo de dicha Conferencia (apalizando impunemente a Notre Dame en su semifinal, derrotando con solvencia a Virginia en la Final) y se aprestaron a internarse en el Madness en su mejor momento de toda la temporada. Claro está que la historia de cada Madnees (y no digamos ya la de éste) está llena de equipos en-su-mejor-momento-de-toda-la-temporada cayendo a las primeras de cambio ante cualquier college ignoto, pero ese no fue el caso de estos Tar Heels: se deshicieron de un plumazo de la otrora revolucionaria Florida Gulf Coast, acabaron con los sueños de Kris Dunn y de paso con Providence, endosaron a unos ilusionados Hoosiers la friolera de 101 puntos (que ni los más viejos del lugar recordaban una anotación así a estas alturas del Torneo, casi desde los años locos de UNLV o Loyola-Marymount no se veía nada semejante) y finalmente se volvieron a zampar (pero esta vez ya sin empacho, no se les fuera a indigestar) a Notre Dame.jjf4 Llevan a día de hoy 9 victorias consecutivas, no pierden desde el 27 de febrero (en Virginia), dato al que ni se acercan siquiera sus otros tres compañeros de viaje. Nadie (salvo quizás Oklahoma, pero con muchos matices) llega tan sobrado a este tramo final.

Sus poderes se llaman Joel Berry (cada vez más hecho, cada vez mejor base), Marcus Paige (finalizada su aparente involución, de nuevo a un nivel excelso en estos días), Justin Jackson, Kennedy Meeks y por supuesto ese Brice Johnson de quien no volveré a hablarles porque ya tuvieron más que suficiente con la brasa que les di hace un par de meses, y que sigue aún plenamente vigente (e incluso corregida y aumentada) a día de hoy. Todo ello sin olvidar al supporting cast, un elenco de actores secundarios que podrían ser perfectamente titulares y rendir a gran nivel en cualquier otro sitio que estuvieran: Nate Britt, Theo Pinson, Isaiah Hicks, Joel James y hasta ese freshman Luke Maye que emerge muy de vez en cuando, ya llegará su momento. De lo bueno lo mejor, de lo mejor lo superior. Hace apenas un año les di como favoritos, luego me arrepentí, hoy casi empiezo a arrepentirme de haberme arrepentido. Apenas dos citas les habrán de quedar para acabar de disipar por fin todas aquellas pequeñas dudas (en cuanto a su competitividad, en cuanto a la fiabilidad de su coach en los momentos crujientes) que, aunque me cueste reconocerlo, aún permanecen agazapadas en mi interior.


SYRACUSE

No resulta fácil para un fan de Syracuse poner negro sobre blanco (o blanco sobre naranja, en este caso) toda la amalgama de sensaciones que se agolpan en mi mente desde el pasado sábado, tanto más si las comparo con las que se vinieron agolpando a lo largo de la temporada. Juego con ventaja: nunca me he considerado forofo ni fanático de ninguno de mis equipos (Rayo, Estu, Cuse), sino más bien un mero seguidor: incondicional, pero no enfermizo.syracuseF4 De esos raros especímenes que creen que hay vida más allá de su club/college y a quienes la ceguera por sus colores no les impide ver la realidad (muchos me llamarán tibio o aún peor, pseudo, pero es lo que hay). Y mi filiación Orange no me impidió ver el domingo 13 de marzo (Selection Sunday) el gran favor que nos hizo el Comité al otorgarnos plaza en el Madness en detrimento de mid-majors (o similar) como St. Mary’s, St. Bonaventure, San Diego State, Valparaiso, Monmouth o George Washington que acaso lo merecieran tanto o más que nosotros. Todo ello tras una irregular temporada plagada de picos (aquel título del Battle 4 Atlantis tras derrotar brillantemente a Texas A&M o UConn, aquel sonoro triunfo en el Cameron Indoor de Duke) pero también de profundos valles como el interinato de Hopkins o las estrepitosas derrotas ante nuestros archirrivales de toda la vida, en Washington ante Georgetown o en el Madison ante St. John’s (¡¡¡St. John’s!!!) Una temporada que superó con creces nuestras expectativas, pero sólo porque nuestras expectativas de comienzos de año (entre sanciones, bajas, huidas y caídas del cartel) estaban literalmente por los suelos. Una temporada de diez en el sentido literal de la expresión: puesto 10 de la ACC tras acumular 10 derrotas en el total de la Conferencia (Regular más Torneo), ante lo cual el Comité de Selección no pudo por menos que otorgarnos un seed 10. Pura coherencia.

Así que tras aquella derrota ante Pittsburgh (2ª Ronda del Torneo de la ACC) muchos dimos ya por hecho que éramos carne de NIT y nos predispusimos para disfrutarlo. Todo lo que haya de venir (si es que algo ha de venir) vendrá ya por añadidura, escribí yo por ahí abajo en aquellos días. Vaya si hubo de venir. A nadie le amarga un dulce, ya que estamos en el Madness vayámonos al menos con un buen sabor de boca, pensaba yo, y mi sabor de boca (dada mi cortedad de miras) no iba más allá de ganar a Dayton y hacer al menos un papel digno en 2ª ronda ante la megafavorita Michigan St. Quiso el des(a)tino que una universidad llamada Middle Tennessee (muy famosa en la zona centro del estado de Tennessee) se cargara insospechadamente a los Spartans dejándonos el camino expedito hacia el Sweet 16. ¡¡¡Sweet 16!!! Aquello era ya mucho más de lo que nos habíamos atrevido siquiera a soñar. Éramos carne de cañón, perderíamos ante una Gonzaga que llegaba en racha y con un imperial Domas Sabonis, y aún en el improbable supuesto de que no lo hiciéramos no tendríamos ninguna posibilidad de evitar que nos destrozara Virginia dos días después. Y el resto es historia (e histeria): remontamos 9 a los Zags y ya sólo con eso nos creímos en una nube, nos vimos 15 abajo ante Virginia y justo entonces a Boeheim se le ocurrió adelantar su emblemática zona 15 metros y poner a sus criaturas a presionar cada saque de fondo de los Cavaliers. Y a los de Bennett se les rompieron de golpe todos sus esquemas, y de tenerlo todo bajo control pasaron a tener (cada vez más) plomo en las piernas, y mis Orange empezaron a meter todo lo que no habían metido antes con la suprema tranquilidad de quien ya no tiene nada que perder.0329_Syracuse Sólo yo sé lo que disfruté en mi fuero interno (y en el externo) durante aquella madrugada del 20 de marzo, durante aquellos largos minutos que le robé al sueño y que no olvidaré ya jamás mientras el señor Alzheimer me lo permita. Créanme si les digo que a día de hoy aún no me lo acabo de creer.

Y todo ello con una rotación de apenas seis tíos y medio, una rotación de la que por cierto se cayó hace ya tiempo un Kaleb Joseph que entró en la universidad sin que dos años después la universidad parezca aún haber entrado en él. Con un Michael Gbinije reconvertido brillantemente en point-forward (cada vez más point y menos forward, cada vez mejor jugador, si la NBA no le quiere abaláncense de bruces a por él que además es cotonou, Nigeria mediante), con un Cooney que a ratos intenta hacer más cosas (y a ratos hasta lo consigue) además de enchufar de tres, con un DaJuan Coleman cuyo papel en la zona se limita básicamente a ocupar espacio (nunca sabremos qué habría sido sin lesiones) y con un mejoradísimo e impagable Tyler Roberson sin cuya eficacia y contumacia reboteadora Syracuse no estaría hoy donde está, ni de lejos. Y los tres freshmen, of course: un Franklin Howard que va teniendo poco a poco más minutos y habrá de ser el base de futuro de este equipo, y las dos joyas de la corona: Tyler Lydon (futuro cuatro abierto de libro) y Malachi (pronúnciese Málacai; Malaquías como si dijéramos) Richardson, puro dos reconvertido a falso tres por necesidades del guión, y a quien tras su explosión anotadora de esos maravillosos últimos minutos virginianos le deben estar comiendo la oreja (aún más si cabe) para que dé el salto, espero que ni él ni Lydon escuchen esos cantos de sirena y se queden al menos un añito más con nosotros, si bien a día de hoy reconozco que va a estar difícil. Y ya está, no hay más, la sempiterna (y extraordinariamente trabajada, y maravillosamente ejecutada) zona 2-3 a este lado, y a matar y morir del triple al otro. ¿Existe acaso alguna posibilidad por pequeña que sea de sorprender a North Carolina en la semifinal nacional del próximo sábado? Obviamente la respuesta es no, por supuesto que no… como tampoco existía ninguna posibilidad de sorprender a Virginia en la Final Regional, y sin embargo aquí nos tienen. Recuerden que este equipo se crece ante la dificultad (véase en Bahamas, véase en Duke, véase hace cuatro días en Chicago), recuerden una vez más que nadie es más peligroso que quien no tiene nada que perder. A las pruebas me remito.

UN AÑO EN 29 NOMBRES   1 comment

guiaBAmmDe nuevo las buenas gentes de BasketAmericano me pidieron un articulillo que resumiera la temporada regular NCAA para su impagable e imprescindible Guía del Madness, la mejor herramienta en castellano (no precisamente por mi aportación, sino por todas las demás) que puedan encontrar para seguir todo lo bueno que suceda en estos días. En realidad más que articulillo me salió un testamento (sí, se me fue de las manos), pero aún así lo compartiré aquí con ustedes abusando una vez más de su paciencia. Eso sí, permítanme que antes les haga una salvedad: este tocho se terminó de escribir el miércoles 9 de marzo, por lo que tal vez encontrarán en él inexactitudes y obsolescencias varias, alusiones a la burbuja o a las posibilidades de Final Four que se han quedado ya un tanto desactualizadas por el inexorable paso del tiempo (vamos, que a estas alturas está ya más antiguo que yo, incluso). Perdonen las disculpas, y gracias de antemano por su comprensión.

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29 nombres, 29 apellidos en riguroso orden alfabético. No estarán todos los que son, es imposible, pero sí son (dignos de destacar) todos los que están. Probablemente usted habría hecho otra lista, quitaría algunos, añadiría otros, se molestaría en llegar a treinta, no digo yo que no. Pero es que esta es la mía, qué le vamos a hacer. Esta es mi particular manera de reconocer a los principales actores de otra temporada inolvidable:

Jim BOEHEIM: Se me notarán los colores (naranjas) pero aún así no me voy a cortar a la hora de destacar la cuadragésima (¿se dice así?) temporada de este señor en Syracuse. Las perspectivas no podían ser más sombrías: becas recortadas, sanciones variadas, bajas inesperadas, moral por los suelos. Fueron a las Bahamas como las ovejas al matadero, pero ya que estaban allí decidieron que no iban a limitarse a disfrutar de sus playas sino que aprovecharían también para jugar al baloncesto. Y cómo. Victorias sobre Charlotte, Connecticut y Texas A&M, Battle 4 Atlantis al zurrón, expectativas disparadas, de repente ya no parecía que habláramos de un equipo destinado al fracaso sino de un favorito al título. Ni tanto ni tan calLe Moyne Syracuse Basketballvo, que decía mi abuela. Al sueño de Bahamas le sucedió la tozuda realidad del continente con un buen chorro de derrotas, coincidentes varias de ellas con los nueve partidos de suspensión del coach (nada que reprochar al bueno de Mike Hopkins, simplemente resulta imposible que una ruptura de tal calibre a esas alturas de temporada no afecte a cualquier equipo en gran medida, tanto más a uno tan tierno como éste). Empezó el calendario de conferencia, volvió Boeheim, volvió por fin la normalidad que es tanto como decir la irregularidad: lo previsto en un equipo que (una vez perdido para la causa Kaleb Joseph) movió apenas una rotación de siete jugadores (más bien seis y medio, que Franklin Howard apenas juega), todos ellos más o menos exteriores excepto un DaJuan Coleman que confirmó ser por fin de carne y hueso (mucha carne, menos hueso), hubo un tiempo en que llegamos incluso a dudar de su existencia. Tres freshmen que ojalá nos duren (Lydon, Malachi, por favor, al menos otro añito más), Tyler Roberson cogiendo rebotes por encima de sus posibilidades y todo lo demás descansando sobre las anchas espaldas de dos séniors, la muñeca incorrupta de Cooney y la sabia dirección de un Gbinije que en su tránsito del tres al uno se ha ganado el derecho a disfrutar de una sólida carrera profesional (mucho más probable a éste que a aquél lado del charco). Pese a todo mi balance final tiene que ser positivo, tanto más viniendo de donde veníamos, tanto más con el inolvidable recuerdo de aquella maravillosa noche en el Cameron Indoor de Duke. Todo lo demás que haya de venir (si es que algo ha de venir) vendrá ya por añadidura.

Malcolm BROGDON: Año tras año les amputan su principal miembro, año tras año se regeneran como si no hubiera pasado nada. No, no hablo de una película de zombies sino de Virginia, de la Universidad de Virginia para ser exactos. Que se les va Joe Harris y parece que se acaba el mundo, pues les rebrota Justin Anderson. Que se les va Justin Anderson y parece que se acaba el mundo, pues les rebrota Malcolm Brogdon.malcolm-brogdon-1 Brogdon evidentemente no es un advenedizo (como tampoco lo eran Harris ni Anderson) ni viene de ninguna parte, Brogdon tenía ya una sólida trayectoria (no sólo en el plano deportivo sino también en el académico, que al parecer es un cerebrito la criatura), era de esperar que le tocara liderar a estos Cavaliers 2016 pero resultaba difícil imaginar hasta qué punto, hasta ese punto que le ha llevado a ser proclamado jugador del año en la ACC. El equipo se fue construyendo poco a poco, con un comienzo ciertamente titubeante (aquella sonora derrota en cancha de George Washington), un largo proceso de afianzamiento, un breve bache tecnológico (caídas inesperadas en Virginia Tech o Georgia Tech) y luego ya una fase final de absoluta solidez, sin duda el concepto que mejor define a este equipo. O dicho de otra manera, que Tony Bennett lo ha vuelto a hacer, como ya lo hizo el año pasado o el anterior, como volverá a hacerlo el próximo o el siguiente aunque ya no esté Brogdon (ni Gill, ni Tobey), aunque hayan de regenerarse a partir de Perrantes, Shayok, Hall, tantos otros. No es magia, es ciencia, que diría el anuncio. O en realidad ni eso siquiera: trabajo, nada más (y nada menos) que eso.

Dillon BROOKS: Nadie como Dana Altman (otro de esos grandísimos entrenadores de los que se habla mucho menos de lo que se debería) para hacer de la necesidad virtud. El año pasado hizo encaje de bolillos tras haberse quedado casi sin jugadores, este año también se le cayó alguna pieza por el camino (pongamos por ejemplo ese Dylan Ennis que llegó de Villanova para hacer el done and one, y al que casi ni le dio tiempo a vestirse de corto) pero aún así ha logrado armar una auténtica maravilla de equipo,brooks suficiente para ganar brillantemente la temporada regular en la durísima Pac12 pese a contar apenas con una rotación de siete jugadores. Ahora bien, qué siete jugadores: el sobrio base Casey Benson, el maravilloso freshman griego Tyler Dorsey, el atleta Elgin Cook, los taponadores compulsivos Boucher y Bell, el espíritu libre Benjamin… y el canadiense Dillon Brooks, una categoría en sí mismo. En su primer año ya apuntaba grandes cosas, en este segundo las ha consolidado con creces convirtiéndose en la referencia de su equipo y en uno de los grandes de su Conferencia. Y lo mejor es que es sólo el principio, si no toma decisiones precipitadas (que espero que no) no descarten que un par de años acabemos hablando de él en los mismos términos que hoy usamos con (por ejemplo) Buddy Hield (y ya sé que son palabras mayores pero es lo que siento, luego cuando no sea así ya me lo echarán en cara). Todo a su tiempo, no vayamos tan deprisa, quedémonos aún en estos Ducks 2016: siendo muy grande lo que ya han conseguido, aún es más grande lo que pueden llegar a conseguir en este marzo. E incluso (no lo descarten) en el próximo mes de abril.

Jaylen BROWN: Si tienes ya jugadores como Tyrone Wallace, Jabari Bird o Jordan Matthews y se te aparecen además dos de los mejores freshmen de la nación, pues miel sobre hojuelas como suele decirse. Se las prometían muy felices en la Universidad de California con la llegada de Jaylen Brown e Ivan Rabb, tan felices se las prometían que no acabo de estar seguro de que sus resultados (aún siendo buenos) hayan estado a la altura de lo que esperaban.4-jaylen-brown-021717-getty-ftrjpg_16ttnfrizei681c183mge950pg En su cancha fueron inexpugnables (18-0), fuera en cambio fueron expugnados hasta en nueve ocasiones que parecen demasiadas para estos Golden Bears, ya veremos si tanto desequilibrio no da que pensar al Comité de Selección. Por el camino Ivan Rabb dejó claras dos cosas, que es un talentazo de deliciosos fundamentos y que está aún ligeramente tierno para empresas de este nivel. Cuonzo Martin le dio de entrada las llaves del reino (o sea, de la zona) pero tardó apenas unas semanas en comprender que utilizarle de única referencia interior con cuatro exteriores a su alrededor no tenía mucho sentido, en cuanto lo emparejó con un cincazo como Rooks u Okoroh todo fue ya sobre ruedas. Rabb es muy bueno y Jaylen Brown es (y va a ser) aún mejor, pero esa afirmación también requiere algún matiz: es tan bueno que se cree aún mejor de lo que es. Al Jaylen Brown que aterrizó en Berkeley se le notaba a la legua que había sido el puto amo en todos los equipos por los que había pasado, como el balón fuese de su propiedad y los demás fueran meros satélites a su alrededor. Claro está que eso puede estar muy bien en el insti pero en la uni chirría un poco, tanto más si tienes al lado a un pedazo de base como Wallace (y cuando éste se lesionó ya ni les cuento…) Afortunadamente el Brown de estas últimas semanas parece ya mucho más integrado en el equipo (y el equipo más integrado en él), trabajo de Cuonzo Martin mediante. Mimbres tiene para hartar, veremos en estos próximos días cómo acaba de salirle el cesto.

Kyle COLLINSWORTH: Tyler Haws llevaba (merecidamente) la fama, pero la lana la cardaba Kyle Collinsworth. Así fue hasta el pasado año, hasta que Haws se nos hizo profesional y se vino a hacer las galicias de tal manera que Collinsworth se quedó con la fama y con la lana, todo a la vez. Si el susodicho no jugara en BYU ni estuviera en una mid-major hablaríamos y no pararíamos de él, pero como está donde está se nos ha ido pasando desapercibido. Por eso no está de más recordar aquí que Collinsworth ha batido récords, pero no récords individuales ni dcollinsworthe temporada ni de equipo ni de conferencia siquiera: récords absolutos. Collinsworth suma ya once triples-dobles a lo largo de su carrera, lo que le convierte en (dicen los que cuentan estas cosas, así que tendré que creérmelo) el jugador con más triples-dobles en toda la historia de la NCAA. Repito: en toda la historia de la NCAA. Repito: once triples-dobles al cierre de estas líneas, cinco de ellos sólo en esta misma temporada. Verle en acción transmite una extraña sensación de omnipresencia: mete, rebotea, pasa, roba y tapona como si hubiera varios números 5, como si estuviera en todos los sitios a la vez. No es así (obvio), y ello lleva a que BYU sea un buen equipo pero no necesariamente un gran equipo. Suficiente para cuajar una temporada decente a nivel colectivo, suficiente para ganar en Gonzaga, manifiestamente insuficiente para ir al Baile: la derrota en semis del Torneo de la WCC les dejó sin posibilidades de soñar ni desde la burbuja siquiera. Eso sí, que le quiten lo bailao al bueno de Collinsworth. Si las puertas de la NBA no terminan de abrírsele (como a sus antecesores Haws o Fredette) sé de unos cuantos equipos de este otro lado del charco que deberían abalanzarse de bruces a por él. Ya están tardando.

Kris DUNN: Quizás la culpa no sea suya sino nuestra, quizás a veces se nos vaya la mano encumbrando a según quién, de tal manera que si luego no responden a nuestras expectativas no sea tanto por ellos como porque se nos dispararon las expectativas. Kris Dunn no tiene la culpa de que lo eleváramos a los altares antes de tiempo, Dunn es muy bueno y va a seguir siéndolo en NBA más pronto que tarde, pero una cosa es eso y otra que sea la quintaesencia del base moderno que creímos ver cuando nos enamoró (deportivamente hablando) en su año freshman y/o sophomore.dunn Enamoramiento individual y también colectivo, que ya puestos nos enamoramos también de Providence a comienzos de temporada y depositamos en ellos (buena parte de) nuestras esperanzas de que acabara por fin el reinado de Villanova en la Big East. Craso error. No he podido seguir a los Friars todo lo que me hubiese gustado en esta segunda mitad de curso (que ver partidos de la Big East es casi más difícil que ver la aurora boreal) pero sí lo suficiente para confirmar que apenas queda nada de aquel equipo deslumbrante que conocimos en noviembre. Al cierre de estas líneas (9 de marzo) Providence es aún un equipo de burbuja, burbuja que está a rebosar y reventará definitivamente el domingo 13 a las 11 de la noche dejando muchos heridos a su paso, sólo esperemos que los Friars no estén entre ellos. Y en lo que a Dunn se refiere basta mirar sus estadísticas para comprobar que hoy ya ni siquiera es el máximo anotador de su equipo (en otro tipo de base no pasaría nada, en un base jugón como éste chirría bastante el dato), honor que ahora corresponde por derecho propio al robusto a la par que eficaz Ben Bentl. Y es que es así, somos enamoradizos por definición pero es bien sabido que de la pasión al desengaño sólo hay un paso, no caigamos tampoco en ese error. Ojalá aún nos quede marzo para volvernos a enamorar.

Perry ELLIS: Hay séniors que parece que acabaran de llegar cuando se van y otros en cambio que parece que llevaran siendo séniors toda la vida, no me pregunten por qué. Perry Ellis pertenece a esta última categoría. Perry Ellis es el Jordi Hurtado de la NCAA, probablemente ya estaba en Kansas cuando ganaron el título en 1988 aunque los datos oficiales nos digan que en aquel entonces aún no había nacido, que ni estaba en proyecto siquiera.perryellis405 Perry Ellis no es de Kansas sino que es Kansas, sin preposición, ha visto pasar a su vera a Withey, McLemore, Manning (como assistant coach, no se me asusten), Wiggins, Embiid, Oubre, Mason, Selden, Diallo, tipos con los que nos hemos llenado y aún nos llenamos la boca, con Ellis no, como si los demás tuvieran mérito y lo de él en cambio viniera de serie, como si lo hubiera plantado el ayuntamiento de Lawrence, como si siempre hubiese estado ahí. Ni siquiera su nombre acudió en su ayuda, se llama exactamente igual que un legendario diseñador y una prestigiosísima cadena de tiendas de moda (caprichositos sus padres), prueben a guglearlo si no se lo creen, de hecho es el único jugador de la NCAA que puede ver su nombre aparecer en la publicidad estática mientras juega. Y todo ello con un aire de frialdad casi funcionarial, como si lo que sucede a su alrededor no fuera con él, él a lo suyo, salir, anotar, rebotear, pasar, ganar e irse, siempre guardando las distancias, siempre con ese hieratismo que hasta parece que te mirara por encima del hombro, siempre con más oficio que beneficio. Así toda la vida (aunque nos quieran convencer que fueron sólo cuatro años), así también este año, llénense la boca con quien quieran pero nadie puso más que él en estos irregulares Jayhawks que aún así volvieron a ganar por enésima vez la Big XII y llegan a estas alturas de temporada como indiscutibles Top 1 y máximos favoritos de la nación. En apenas un mes acabará el curso (quién sabe si con título en su zurrón), en apenas ocho meses empezará el nuevo, hay por ahí quienes aseguran que en esos nuevos Jayhawks 2016/2017 no estará, no podrá estar ya Perry Ellis. Tendré que verlo para creerlo.

Yogi FERRELL: Podría venderles ahora que Yogi es mi chico favorito y el sueño de mi vida y qué sé yo cuántas cosas más, pero probablemente se me notaría la impostura. Yogi es un magnífico base, vertiginoso y de portentosa muñeca, que sería aún mejor si tuviera algo menos de fe en sí mismo y un poquito más de fe en aquellos que le rodean. Es un extraordinario pasador, no les quepa la menor duda; lo que pasa es que a veces se esfuerza en disimularlo.Yogi-Ferrell Dicho lo cual, y como lo cortés no quita lo valiente, habré de reconocer que en momentos puntuales de este año sí que ha conseguido seducirme. Y lo tenía bien difícil, él y sus Hoosiers, con la espada de Damocles pendiendo sobre el cuello de Tom Crean y con un turbulento comienzo de temporada, fracaso en el Maui Invitational incluido. Sólo faltaba la definitiva lesión de Blackmon Jr. para que todo acabara de torcerse… o tal vez no. Indiana remontó el vuelo, a la habitual plasticidad de su ataque se sumó (ya era hora) una buena defensa, el indómito Thomas Bryant les dio por fin algo de consistencia interior y finalmente Yogi consiguió implicar a sus compañeros (sin desimplicarse él mismo por ello) en pos de un objetivo común. Los resultados saltan a la vista, brillantes campeones de la dificilísima Big Ten y a la espera de días mejores que seguro habrán de venir. Hoy ya no parece que penda ninguna espada sobre la cabeza de Crean, gracias al pedazo de temporadón que se han marcado estos Hoosiers. Mérito de todos ellos. Sí, también (y sobre todo) de Yogi Ferrell.

Greg GARD: Bo Ryan lo dejó todo atado y bien atado (frase mítica donde las haya). Primero amagó con marcharse a final de temporada, pero luego sorprendió a todos en su comparecencia del 15 de diciembre tras ganar a Texas A&M-Corpus Christi cuando anunció que ni un día más santo tomás. Y todos pensamos que estaba cansado, que la sombra de Kaminski y Dekker era demasiado alargada, que veía que con éstos no iba a ninguna parte y no quería comerse otro par de temporadas de transición hasta lograr ensamblar un equipo medianamente competitivo…gard O quizás fuera algo mucho más sencillo que todo eso, simplemente la constatación de que había llegado el momento, no tanto por agotamiento propio (que también) como por capacidad ajena: lo que a priori parecía un inmenso marrón para el interino Gard, a la larga resultó ser una bendición. Koenig, Showalter, Nigel Hayes, Vitto Brown y esa especie de proyecto de Kaminski 2.0 llamado Ethan Happ, transición si así lo quieren, pero también muchísimo más que eso: han ganado a Michigan State, a Indiana, a Ohio State, en Maryland, en Iowa, aún con el mal comienzo y las once derrotas que acumulan tienen aún serias posibilidades de entrar al Madness, créanme que eso está muy por encima de lo que cualquiera (¿incluso el propio Ryan?) hubiera podido imaginar a comienzos de temporada. Greg Gard está pidiendo a gritos (entiéndase en sentido figurado, que el hombre es discreto a más no poder) que le quiten de una vez por todas el cartel de interino y le retribuyan por fin de acuerdo a su mérito y capacidad. Todo se andará.

Buddy HIELD: Lon Kruger ha creado una criatura casi perfecta, fruto de que sus cuatro principales jugadores (Woodard, Cousins, Hield y Spangler) lleven tres temporadas completas saliendo como titulares y compartiendo treinta y tantos minutos por noche. Eso evidentemente tiene una inmensa virtud, la expresión jugar de memoria nunca fue más cierta que con estos tíos; y tiene también un pequeño defecto, cuando finalmente aflora el cansancio se les resquebrajan las costuras. Ahora bien, cuando tienes material de tanta calidad que se te resquebrajen las costuras es lo de menos.buddy h Y Woodard, Cousins y Spangler son francamente buenos cada uno en lo suyo pero lo de Hield es capítulo aparte, que les voy a contar que ustedes no sepan ya. Nadie, y cuando digo nadie quiero decir NADIE, fue tan determinante durante este curso como este bahameño apellidado Hield y a quien sus padres en un alarde de originalidad pusieron Chavano Rainer, que sustituyera todo eso por Buddy fue sólo cuestión de tiempo. Buddy ya nos epató en su año sophomore, ya nos entusiasmó en su año júnior pero en su año sénior ha rozado sencillamente lo paranormal. Los números difícilmente pueden explicar lo que ha hecho este tío pero aún así resulta tentador recurrir a ellos, recordar por ejemplo aquella noche del 4 de enero, aquel inolvidable Kansas-Oklahoma de las tres prórrogas que marcó casi un antes y un después. Aquella noche Hield anotó 46 puntazos (y 8 rebotes, y 7 asistencias) pero con ser grandes sus números aún más grandes fueron sus sensaciones, ese negarse a perder cuando todo parecía ya perdido, ese acabar reventado, ese seguir peleando hasta la extenuación. En apenas unos días será elegido jugador del año, en apenas unos días más puede estar recogiendo otro premio aún mucho más importante. En Oklahoma (y en muchos otros sitios, también) saben ya más que de sobra que con él todo es posible. Todo. No les quepa la menor duda.

Bob HUGGINS: Algún día (con más tiempo, más espacio, más paciencia) les contaré detalladamente lo mío con Huggins, que empezó mal y va camino de acabar en amor eterno (entiéndase en un plano meramente baloncestístico). Habré de reconocer (aunque me duela) que hacia finales del pasado siglo no le soportaba, lo cual tampoco tiene nada de particular porque daba la impresión de que aquel histriónico, histérico y desquiciado técnico de los Bearcats de Cincinatti no se soportaba ni siquiera a sí mismo.bob-huggins-092714-getty-ftrjpg_1fvaiq4lu6iea1kxbzxt2vkmpa Pasaron muchas cosas (quizás demasiadas) en su vida, pasó un infarto, un grave incidente de tráfico (driving under the influence, como dicen por allá), un traumático despido, una brevísima estancia en Kansas State y finalmente un regreso a su alma máter, su West Virginia de siempre. Los Mountaineers nos devolvieron otro Huggins, el Huggins del chándal, mucho más sereno y apacible (aún en su desmesura), aún mucho mejor entrenador. El Huggins que ganó el Torneo de la Big East y metió a su equipo en Final Four en 2010, el que una vez en la Big XII decidió dar una vuelta de tuerca a su carrera y convertir a West Virginia en Press Virginia con los resultados ya por todos conocidos: nadie presiona más (ni mejor) que ellos, nadie roba más balones, nadie provoca más pérdidas, nadie atrapa más rebotes ofensivos, nadie amarga más la vida de cualquier rival. Y todo esto, ¿con quién? El año pasado al menos tenía a Juwan Staten (que entonces nos parecía la quintaesencia en persona y hoy ahí anda el pobre ganándose la vida en los Delaware 87ers nada menos, esperando a que alguna franquicia NBA se apiade de él y se atreva a darle una oportunidad), este año ni eso siquiera: Devin Williams, Carter, Paige, Holton, Phillip, Miles, Adrian, buenos pero sin grandeza, estajanovistas incansables en defensa, recursos limitadísimos en ataque; ninguno pisará la NBA, algunos se ganarán la vida en Europa, unos cuantos ni llegarán a profesionales siquiera. Mi premio al Entrenador del Año sería siempre para quien hace más con menos, y nadie hizo más con menos este año que Bob Huggins. No hay para mí otro Coach of the Year, no ya en la Big XII sino en toda la NCAA.

Brandon INGRAM: Tenía un aire lánguido, era apenas un longilíneo montón de huesos, transmitía una terrible sensación de fragilidad pero joder cómo jugaba al baloncesto. Me entró por los ojos en aquel McDonald’s All American y ya no hubo manera de sacármelo, ni siquiera por el hecho de ir a Duke. El Ingram que reencontré en Durham ya no era tan frágil, ya había ganado peso (ya había perdido delgadez, más bien), ya sí tenía pinta de jugador universitario con todas las de la ley.Ingram_h79m8y4y_1mklw6tc_hfhsh0rr_1t72t8yg La suficiente para que los gurús de esto se entregaran de inmediato a las odiosas comparaciones (en USA les encantan, ya saben) y sacaran a relucir una vez tras otra el nombre de Kevin Durant. A ver, todo a su tiempo, para que Ingram se parezca mínimamente a Durant (más allá del físico) tendrán que pasar todavía unos cuantos telediarios, no nos volvamos locos. Dejemos que la vida siga su curso y mientras tanto recreémonos en lo que ha conseguido este año Ingram, que no ha sido poco: la lesión de Amile Jefferson y las pocas ganas de rotar de Krzyzewski le obligaron a tener que abandonar su zona de confort como tres y tener que oficiar a menudo de cuatro, incluso a veces de cinco cuando descansaba Marshall Plumlee. Lo pasó mal, no lo tuvo fácil, pero no duden que ese aprendizaje le vendrá de perlas en el futuro. Todo un máster, propiciado por las peculiares circunstancias de un equipo tan sobrado de talento como escaso de efectivos, algún día hubo que el Coach K sólo rotó a sus cinco principales supervivientes (Allen, Kennard, Jones, Ingram y Plumlee) cuando no le quedó más remedio, y así le fue. Año irregular este de Duke, que se vio fuera del Top 25 por primera vez en mucho tiempo y perdió más partidos en su otrora inexpugnable Cameron Indoor que en varias temporadas juntas. Y aún así las hazañas bélicas del niño travieso Grayson Allen (I hate Grayson Allen, próximamente en sus pantallas), la zurda incorrupta de Kennard y las diabluras de Ingram les salvaron finalmente de la quema. No descubro nada si les digo que esta Duke es tan capaz de plantarse de nuevo en Final Four como de caer otra vez en primera ronda, de una forma u otra una sola cosa tengo clara: suceda lo que suceda ése será el último partido de Ingram con los Blue Devils, en apenas tres meses le esperará (como mínimo) el número 2 del draft.

Brice JOHNSON: Ese mítico Kansas-Oklahoma del 4 de enero del que les hablaba en el párrafo dedicado a Hield tuvo además un indeseado efecto colateral, ya que opacó todo lo que sucedió a su alrededor. Y a su alrededor sucedió otro partidazo disputado apenas dos horas antes, un Florida State-North Carolina que habría hecho correr ríos de tinta si toda la tinta no hubiera ido a parar al Allen Fieldhouse. Vimos en Tallahassee una actuación individual casi paranormal, la de un Brice Johnson que se marcó aquella noche 39 puntos y 23 rebotes, con 14 de 16 en tiros de campo y 11 de 16 en libres.brice johnson1 ¿Hecho aislado? En absoluto. Sus números se dispararon en aquellos días por la puntual ausencia de su cómplice interior Kennedy Meeks, pero ya con Meeks ha cuajado actuaciones muy similares, pongamos por ejemplo 27 y 11 ante Wake Forest, 19 y 17 en Virginia Tech, 29 y 19 ante Duke, 16 y 15 ante Miami, 18 y 21 otra vez ante Duke (pero esta vez en Duke). Brice Johnson es el antidivo por antonomasia: tiene cara de no haber roto nunca un plato (y de que si lo rompiera se echaría a llorar), no es espectacular, no está especialmente musculado, no mete triples, no la rompe contra el aro, sus virtudes se limitan a un extraordinario saber estar en cancha, un tremendo instinto para el rebote (sobre todo ofensivo) y una maravillosa muñeca a tres/cuatro metros del aro, no más. Tan poco y tanto a la vez. Brice Johnson ha liderado (él, que jamás tuvo pinta de liderar nada) a estos irregulares y atípicos Tar Heels, unos Tar Heels en los que se esperaba el liderazgo de un Marcus Paige que se fue empequeñeciendo según avanzaba la temporada (prodigiosa involución la de este chico) y en los que sin embargo emergió la muy apreciable dirección de un cada vez más consolidado Joel Berry. Y Johnson, claro. Un Brice Johnson que fue el mejor del mejor equipo de la ACC, que hizo méritos más que sobrados para ser elegido jugador del año en su conferencia (sin que ello suponga hacer de menos a un Malcolm Brogdon que lo merecía tanto como él) pero al que perjudicó una vez más su aparente apocamiento, su infinita discreción, su papel presuntamente reservado a la intendencia. Brice Johnson no vende, no sabe venderse. Sólo esperemos que aún así alguna franquicia lo sepa comprar.

Jim LARRAÑAGA: Miren que hemos hablado largo y tendido este año de North Carolina, Duke, Virginia, Louisville, Syracuse y demás power houses de la ACC, pero con todo y con eso no puedo evitar la sensación de que estemos cometiendo un olvido imperdonable, no ya a nivel de esa conferencia sino de toda la NCAA. La Universidad de Miami, la de Miami Florida (nunca está de más aclararlo, que ya saben que hay otra en Ohio) ha vuelto a cuajar otra temporada extraordinaria, quizás no al nivel de aquella de Shane Larkin o Durand Scott pero tampoco demasiado lejos.larrañaga Y miren que al principio no nos lo queríamos creer, miren que ganaron de manera aplastante el Puerto Rico TipOff (Utah y Butler entre sus víctimas) pero de vuelta al hogar cascaron ante Northeastern y ello nos llevó a pensar que ya estaba aquí otra vez la Miami del pasado año, la que asaltaba el feudo de los Gators pero luego perdía ante Green Bay o Eastern Kentucky, la que era capaz de imponerse en el mismísimo Cameron Indoor de Duke para caer después ante Georgia Tech o Wake Forest, la Miami ciclotímica al compás de su no menos ciclotímico base Ángel Rodríguez. Pues no. Rodríguez sigue teniendo sus cositas (la mayoría de ellas buenas) pero ahora ya los Hurricanes no ganan sólo de vez en cuando sino un día sí y otro también, y no lo hacen de cualquier manera sino por aplastamiento, a ser posible. Físicos exuberantes (no exentos para nada de talento) que te desbordan en defensa y te abrasan en ataque, desde el propio Rodríguez al imponente Yekiri pasando por los Sheldon McClellan, Devon Reed (y sus respectivas muñecas), Kamari Murphy o Ja’Quan Newton (cuando no está sancionado), quizás la única excepción (que confirma la regla) sea nuestro Iván Cruz-Uceda, la más pura expresión del cuatro abierto que imaginarse pueda. Jay Larrañaga (lo diré siempre, para mí uno de los entrenadores más infravalorados de todo el baloncesto universitario) ha creado un monstruo, casualmente también uno de los equipos más infravalorados de esta Liga (al menos de momento, veremos si su hipotético despliegue durante el torneo de conferencia no hará que muchos cambien de opinión). Se hablará poco de ellos, pero estén seguros de que nadie querrá encontrárselos de camino a la Final Four. Al tiempo.

Chris MACK: Si a día de hoy me pidieran un pronóstico para Final Four, pueden estar seguros de que Xavier estaría entre mis cuatro elegidos para la gloria (todo será que cuando lean esto ya ni siquiera estén en competición, escribir con tanta antelación es lo que tiene). Tienen de todo y todo bueno. juego interior con Reynolds o el imponente Farr, juego exterior con el deslumbrante freshman Sumner, la estrella Bluiett, el trompetista Myles Davis o el ex hoosier Abell, fondo de armario con Macura, Austin y O’Mara…Chris-Mack Todo lo cual daría como resultado una gran plantilla pero no necesariamente un gran equipo, y ahí es donde entra en juego nuestro protagonista: Chris Mack ha montado (una vez más) una maquinaria perfectamente engrasada, una orquesta en la que nada ni nadie chirría: perfecta en estático, demoledora en campo abierto y enormemente agresiva en defensa, con mención especial a esa arriesgadísima zona 1-3-1 que practican de cuando en vez y que les sale a las mil maravillas. Unos Musketeers intensos, dinámicos, incompatibles con el aburrimiento a la par que tremendamente competitivos. No fueron número 1 (ni 2) de la nación en ningún momento del curso, pero de verdad se lo digo, a mí hay muy pocos equipos a día de hoy que me infundan más respeto, muy poquitos equipos con los que me gustaría menos cruzarme que con Xavier. Ahora no me dejen mal, por favor.

Nic MOORE: Qué pena, oigan. No entraré en la justicia o injusticia de las sanciones a Larry Brown y SMU (como no entré tampoco en la justicia o injusticia de las sanciones a Syracuse y Boeheim, aunque en este último caso mi filiación Orange me haga tener mucho más clara mi opinión), pero el no juzgar las causas no significa que no me den pena las consecuencias. O por decirlo de otra manera, haré mías (por una vez y sin que sirva de precedente) las palabras del mítico a la par que histriónico analista Dick Vitale durante un reciente partido de los Mustangs,nicmoore castiguen económicamente a la Universidad, sanciónenla con veinte millones de dólares si es preciso pero por amor de dios, no dejen a estas criaturas sin su Madness, ellos qué culpa tienen, no les penalicen deportivamente, no les roben el premio que se han ganado merecidamente sobre la cancha… (algo así). Me dirán que no les pilla de sorpresa, que desde antes de que empezara el curso ya sabían que acabaría así, pero ello no lo hace menos doloroso tras el temporadón que se han marcado, tras sobreponerse brillantemente a la ausencia de su coach y aguantar luego invictos más que nadie aunque en el sprint final Temple les arrebatara (no menos brillantemente) la AAC. Una pena para todos ellos, una pena sobre todo para un Nic Moore que hace un año pasó ya de bueno a grande y ahora deja SMU convertido por derecho propio en uno de los mejores directores de juego de la nación sin ningún género de dudas. Qué quieren que les diga, habremos de convenir que estos Mustangs tienen muy mala suerte desde que llegó Brown: en su primer año ya les dejaron injustamente (en mi opinión) fuera del Madness (esta vez sólo por razones deportivas), en su segundo año una decisión arbitral más que discutible (aquel goaltendind de Moreira vs UCLA) les privó de pasar ronda, en este tercero se vieron condenados a jugar por nada, a participar fuera de concurso. Y todo ello con un entrenador mítico donde los haya, y que a estas alturas (ya más cerca de los ochenta que de los setenta) no creo que merezca precisamente un final así. Qué pena, oigan.

Monté MORRIS: Puestos a hablar de Iowa State me pediría el cuerpo hacerlo de un jugador como Georges Niang por el que siempre profesé auténtica debilidad, pero en este caso (y aprovechando quizás una ligera disminución de rendimiento del susodicho en este año sénior) voy a reprimir mis impulsos para hablarles de otro sujeto de aún mayor protagonismo, el base Monté Morris. Solía decir yo hace un año que Morris era uno de los dos directores de juego más infravalorados de toda la NCAA (el otro era el virginiano Perrantes).montemorris Hoy ya no, pero no precisamente porque su rendimiento haya ido hacia abajo (más bien todo lo contrario) sino porque la consideración que se le dispensa ha subido como la espuma. Claro está, él se lo ha ganado a pulso, con actuaciones portentosas y con una cualidad que vale su peso en oro, la capacidad para resolver sobre la bocina. Todo un clutch man, no tienen más que preguntárselo por ejemplo a sus vecinos de enfrente (Iowa Hawkeyes), que lo padecieron en sus propias carnes. Con él al mando, más Niang, más el agujero negro Nader (sustituto a su vez de otro agujero negro, el lesionado Long), el díscolo McKay y el recién llegado transfer Burton (una bendición del cielo), de alguna manera estos Cyclones han conseguido casi la cuadratura del círculo, que apenas nadie se acuerde ya de una leyenda viva en Ames como Fred Hoiberg. Mérito también por supuesto de un Steve Prohm, que no rompió nada y, en aplicación de aquella vieja máxima del si funciona no lo toques, optó sabiamente por la continuidad. No le dio para atacar el reinado de Kansas (que eso son palabras mayores) pero sí para seguir siendo élite y afianzar lo ya conseguido en temporadas precedentes. No está mal para empezar.

Gary PAYTON II: Llamarte Gary Payton puede ser una bendición (en términos de genes, quizás también en términos de posibilidades formativas, de que te abra puertas que para otros estén cerradas) pero también puede ser un auténtico calvario en la adolescencia, sobre todo si no se sabe gestionar como es debido. Vara de medir superior al resto, odiosas (e injustas) comparaciones por ser hijo de, y hasta que a la hora de ponerte un apodo te rebauticen como The Mitten (La Manopla) por contraposición a The Glove.gary-payton-ii-ncaa-basketball-oregon-state-utah-850x560 Payton II hubo de encontrar (no sin dificultades) su propio camino, un camino que pasó por un JuCo antes de acabar por fin en ese mismo lugar donde su padre marcó una época, en los Beavers de Oregon State. Época por época, ésta que ha marcado su hijo es muy distinta pero no por ello menos importante. Payton II no es un base (no en la manera en que lo era su padre, no aunque a menudo le etiqueten como tal) sino más bien un point-forward capaz de gobernar un partido desde diferentes planos, como se refleja en su liderazgo en casi todas las categorías estadísticas y en su legítima candidatura a jugador del año en la Pac12. Y todo ello en un equipo de burbuja, una universidad en franco crecimiento desde que unió sus destinos a los del Coach Tinkle, divertidísima de ver y con aún más futuro que presente gracias a freshmen como el pívot (de deliciosos fundamentos) Eubanks y a los hijos del cuerpo técnico Tres Tinkle (que juega con el 3 a la espalda, en un supremo ejercicio de coherencia) y Stevie Thompson Jr. Ojalá quepan en este Baile, aunque sólo sea para que el bueno de The Mitten pueda despedirse como se merece. Para que pueda presentarse (por fin) en sociedad.

Jakob POELTL: Casi en cada partido que le veo sale a relucir el nombre de Pau Gasol, que es bien sabido que a los yanquis les encantan las (odiosas) comparaciones y nunca dejan pasar la oportunidad de evaluar el futuro en base al pasado o aún mejor, al presente. En todo caso el paralelismo puede estar bien tirado si lo vemos en términos de potencial, es decir, si pensamos no en el actual Pau sino en el de hace 16 años, el que acababa de ganar el oro de Lisboa y pugnaba por abrirse paso en el primer equipo del Barça.jakob-poeltl Claro que aquel Pau era más tres/cuatro y este Poeltl ya es un puro cinco, pero no pidamos a los analistas USA que hilen tan fino: simplemente ven en el vienés las formas y maneras del de Sant Boi y se tiran de inmediato a la piscina, luego ya el tiempo dará y quitará razones como dijo aquél. Poeltl tuvo que pasar su duro periodo de adaptación en NCAA (así con los rivales como con los árbitros, que tienden a pitarle falta en cuanto respira) y deberá pasarlo aún más duro en NBA, donde parece previsible que vaya a llevarse más palos que una estera hasta que consiga por fin ganarse el respeto que merece. Quizás no sea nunca una estrella (o quizás sí, quién sabe) pero sí que será con total seguridad un pívot muy importante (y muy bien pagado) en una Liga muy necesitada de ellos. Pero no vayamos tan deprisa, todo a su tiempo, dejémosle aún que disfrute de su merecida elección como jugador del año en la Pac12. Hoy por hoy su tiempo todavía está en Utah, hoy por hoy estos Utes aún deberían tener mucho que decir.

Dave RICE: En el deporte profesional (tanto más cuanto más profesional) cada vez es más frecuente que en cuanto vienen mal dadas caiga la cabeza del entrenador, es ley de vida, quede constancia aquí de que no me suelen gustar las decisiones traumáticas a mitad de temporada pero asumo que son el pan nuestro de cada día… Pero repito, en el deporte profesional. La NCAA mientras que no se demuestre lo contrario no es deporte profesional.dave-rice-unlv-getty-ftr-011016jpg_7rc44axieyf01s0xitseya2he Es decir, sí lo son los entrenadores (como lo son también los profesores, a cualquier nivel) que ganan una pasta en muchos casos mareante, no así unos deportistas que no ven un centavo (y pobre del que le pillen viéndolo) y juegan sólo a cambio de / como parte de su educación. La NCAA es deporte de formación, y como tal no parece que tenga ningún sentido cambiar al formador a mitad de curso simplemente porque el nivel de aprobados (es decir, de resultados) no responda a las expectativas. La Universidad de Nevada-Las Vegas decidió cargarse a Rice el pasado 10 de enero, en una decisión que tendrá algún precedente, no digo yo que no (a estas alturas ya casi nada sucede por primera vez) pero no me pregunten cuál es porque yo desde luego no lo conozco. En el momento del cese la UNLV estaba 9-7 en el global de la temporada, si bien sólo 0-3 en su recién empezada conferencia. Si les pica la curiosidad les diré que tras su cese las cosas tampoco fueron mucho mejor, un balance de 8-7 que sumado a lo anterior da un total de 17-14, tan solo 8-10 en una Mountain West en la que sólo fueron sextos y quedaron a años-luz del abrumador dominio de San Diego State. Vale, puede que muy lejos también de lo que esperaran conseguir con su McCaw y su Derrick Jones y su flamante freshman Zimmerman, pero aún así: ¿tan terrible era como para no poder esperar hasta marzo, para poner un mero parche a mitad de enero como si eso fuera a arreglar algo (salvo que existiera algún otro trasfondo detrás, que francamente lo desconozco)? Tienen ocho meses al año para tomar medidas, el curso baloncestístico (si no juegas postemporada) apenas dura cuatro, al menos durante esos cuatro meses dejen a los chavales en paz.

Domantas SABONIS: Doctor Jekill por dentro y Mster Hyde por fuera, Gonzaga empezó la temporada como el equipo más descompensado de todo el panorama NCAA. Creímos ingenuamente que sus inmensas virtudes interiores pesarían más que sus carencias exteriores (mención especial para el base Josh Perkins, que tiende a desesperarme cada vez que le veo), pero la realidad vino a poner las cosas en su sitio:domas primero fue la lesión de su fornido pívot polaco Karnowski, luego la progresiva desaparición de su cuatro abierto (tan abierto que más bien parece un tres, y al paso que va terminará siendo un dos) Kyle Wiltjer, que empezó la temporada como firme candidato a jugador del año y la va a acabar como firme candidato a la insignificancia. Así las cosas los Zags se agarraron desesperadamente al joven Sabonis como su única tabla de salvación posible, entregándose de inmediato al DomasSistema y la DomasDependencia. Era hacer el susodicho la cuarta falta e irse todos por las patas abajo, era hacer la quinta y proclamar su rendición incondicional. Gonzaga se ha marcado una temporada terriblemente irregular que hasta estuvo a punto de dejarle fuera del Madness por primera vez en lo que llevamos de siglo (y parte del anterior), afortunadamente salvaron los muebles en el Torneo de WCC ante BYU y (su bestia negra) St. Mary’s, con buenísimas actuaciones de Perkins y Wiltjer (más que nada para dejarme mal) y con un Sabonis sencillamente imperial, un Sabonis que en este segundo año ha superado con creces las (ya de por sí elevadas) expectativas depositadas en él. Toda una mili la que se ha currado el bueno de Domas, todo un curso acelerado de asunción de responsabilidades que le será de gran utilidad en un futuro. Un futuro que, dicho sea de paso, cada vez pinta mejor para él.

Ben SIMMONS: Pudo haber ido donde le diera la gana, pero escogió Louisiana State porque su padrino (y amigo íntimo de su padre, desde que ambos coincidieron en la liga australiana) ejercía de asistente allí. En el pecado llevó la penitencia. LSU es un equipo sin pies ni cabeza, en un sentido casi literal: a menudo no se sabe quién lo dirige sobre la cancha, a menudo no se sabe tampoco si alguien lo dirige desde el banquillo. Ni que decir tiene que la llegada de un prodigio como Simmons (cuerpo de cuatro, cabeza de uno, versatilidad absoluta, talento a espuertas) fue recibida como agua de mayo por el Coach Jones, ya otra cosa es que además supiera qué hacer con él:111715_simmons_1200 de entrada intentó convertirle en una especie de hombre-orquesta, el que la sube, el que la pasa, el que la tira y el que la rebotea, todo a la vez. El que saca los córners y el que los remata de cabeza, en terminología futbolística. Pero entre los muchos dones de la criatura aún no se encuentra el de la ubicuidad, así que el resultado fue un desastre; ligeramente atemperado según fue avanzando la temporada por la mejora del freshman Blakeney y la (re)aparición de un par de refrescantes piezas, el tirador Hornsby y el transfer Craig Victor que aportó al menos algo de consistencia interior. Vale también con Simmons ese eterno símil de la manta corta, si le pones a dirigir destapas tu juego interior, si (como parece indicar la lógica) le liberas y le acercas un poco al aro acabarás dejando la dirección en manos de cualquiera, en manos por ejemplo de un cabezaloca como Tim Quarterman, explosividad a raudales pero una toma de decisiones que no es ya que sea cuestionable, es que el día que acierta en algo redoblan las campanas en Baton Rouge. A día de hoy LSU lo tiene en chino para entrar al Madness (aunque cosas más raras hemos visto), claro que ello no debería afectar en exceso a un Simmons que en condiciones normales será número 1 del draft sí o sí aunque como tantas otras veces se estén sobredimensionando las expectativas a su alrededor: casi no hay partido en que no escuche a algún analista hablar de él como el próximo Magic o el próximo LeBron, y a mí me parece que esos son zapatos demasiado grandes para llenar. Simmons está a años-luz de la creatividad del primero, está a años-luz del físico del segundo, está a siglos-luz de la personalidad y el carácter de cualquiera de los dos. Simmons será simplemente el próximo Ben Simmons, y créanme que no es poca cosa. No le pidan más.

Shaka SMART: Muchos (yo el primero) nos pasamos de listos a comienzos de temporada, puff, Shaka en VCU estaba acostumbrado a jugadores muy versátiles que podían cubrir todas las posiciones, nada que ver con esta plantilla tan estructurada que se encuentra en Texas, bases muy bases y pívots muy pívots, se va a estrellar, hasta que no consiga construir un equipo a su imagen y semejanza no habrá manera de que estos Longhorns jueguen el baloncesto de aquellos Ramssmart Paparruchas. Quizás el punto de inflexión fuera la lesión del pétreo Cameron Ridley, tan desafortunada como cualquier otra pero a la que en este caso casi se le podría aplicar aquello de que no hay mal que por bien no venga ya que permitió el ascenso al quinteto titular de Prince Ibeh, mucho más móvil, mucho mejor defensor, complemento perfecto para el sempiterno cuatro abierto Connor Lammert. Claro que la verdadera transformación llegó por fuera, con DeMarcus Holland relegado a las profundidades del banquillo en beneficio del eficaz Kendall Yancy y/o de la Caja de Cerillas Javan Felix, cuerpo extraño (donde los haya) convertido por fin en líder espiritual de este equipo, liberando así de paso a su presunta estrella Isaiah Taylor de las engorrosas (para él) tareas de dirección. Y cómo no, otorgando cada vez más peso específico en la rotación a sus tres freshmen, Tevin Mack, Kerwin Roach y sobre todo un Eric Davis Jr. que (salvo indeseada huida precipitada) está llamado a regalar muchas tardes de gloria en Austin. Con ser buenos (por fin) los resultados (humillante derrota en casa vs Kansas al margen), aún mejores resultaron ser las sensaciones: aún no hablaremos de havoc (yo no me atrevería, al menos) pero sí diremos que en estos Longhorns se aprecia ya bien reconocible en defensa y ataque la huella de Shaka Smart.. No es ya que la felicidad haya llegado por fin a Texas (Universidad de) o que sus perspectivas sean inmejorables de cara al Madness, todo eso con ser bueno no es lo mejor; lo mejor es que es sólo el principio.

Melo TRIMBLE: Si dijera yo aquí ahora que tanto el de Maryland en general como el de Melo Trimble en particular me parecen dos de los más grandes fracasos de esta temporada (de lo que llevamos de temporada, más bien), probablemente me mandarían a esparragar. ¿Llamar fracaso a un balance de 24/7 en el global del curso, 12/6 en lo que se corresponde a su durísima Big Ten?melo-trimble Pues sí (en mi opinión, claro), porque Turgeon ha tenido entre manos una plantilla como casi no hay otra en toda la nación, así en términos de calidad como de cantidad: la muñeca de Sulaimon o Layman, la imponente versatilidad de Robert Carter, la pétrea presencia interior de Diamond Stone (nunca hubo nombre mejor puesto), la profundidad que te da tener tíos como Cekovsky o Dodd… Y cómo no, un base por el que hace nueve meses habrían bebido los vientos todas las franquicias en el draft si hubiera decidido dar ese paso que afortunadamente no dio, un Romelo (sí, así se llama) Trimble que a día de hoy ha empeorado sensiblemente su posición en los mocks con relación a la que tenía hace un año, sería un puntazo que se quedara otra temporada más para intentar reconducirla pero no sé por qué me da que eso no va a pasar (no vaya a ser que la empeore más todavía). Con estos mimbres Turgeon tendría que haber construido un cesto impecable y resplandeciente pero le ha salido uno más bien chuchurrío (para mi gusto, claro está, que habrá a quien le parezca precioso). Lo bueno es que tiene mucho margen de mejora, que no sería el primer plantillón que la caga en temporada regular y luego se sale cuando verdaderamente importa. No descarten que el cesto que exhiban en el escaparate del Madness no se parezca en casi nada a este otro que vemos a día de hoy. Más que nada por la cuenta que les tiene.

Tyler ULIS: ¿Quién es a día de hoy el mejor base de la nación (a nivel universitario, entiéndase)? Muchos se decantarán por Dunn, algunos románticos se acordarán (nos acordaremos) de Van Vleet, no serán pocos los que apuntarán hacia Trimble, Ferrell, incluso Morris… Bien, pues permítanme que yo aparque por un momento mi debilidad por el de Wichita y me incline definitivamente por Tyler Ulis.ulis-_ Ulis llegó a Kentucky hace año y pico y ya de entrada resultó evidente que era mucho mejor que Andrew Harrison (¿qué fue de los gemelos Harrison?), pese a lo cual fue asignado al segundo pelotón por una mera cuestión de antigüedad. Pasó un año, llegó su temporada sophomore, pareció que el puesto sería suyo pero negros nubarrones aparecieron por el horizonte, freshmen de postín como Briscoe y Murray que habrían de disputarle el puesto… o no. De alguna manera Calipari hizo suya aquella frase atribuida al mítico Dean Smith, no te empeñes en poner necesariamente un jugador por posición, empéñate en poner cinco buenos jugadores. Dicho y hecho, Coach Cal juntó a los tres en su quinteto titular y el resultado no pudo ser mejor, hasta el punto de que hoy resultaría muy difícil encontrar una pareja exterior mejor que Ulis-Murray en toda la NCAA: una especie de monstruo de dos cabezas rebosante de creatividad, actitud, aptitud y talento. Kentucky tuvo un año irregular, lo propio de un equipo sobrado por fuera y más bien escaso por dentro (y con Poythress a ratos por el medio), con alguna que otra derrota traumática (UCLA, LSU, quizás también Texas A&M por la manera en que se produjo) pero también con un montón de momentos de inusitada brillantez. Sirva todo ello para reivindicar (alguna vez tenía que ser) a un Calipari que este año ha demostrado que no sólo sabe remar con viento a favor, que con viento de costado también es muy capaz de optimizar el rendimiento de su nave. Nadie querrá cruzarse con ella en estos próximos días, por lo que pueda pasar.

Jarrod UTHOFF: Iowa me tapó por fin la boca… y luego me la volvió a abrir. Me explico. He rajado demasiadas veces de unos Hawkeyes que me encanta como juegan pero que son incapaces de acabar lo que empiezan, así se trate de partidos puntuales como de temporadas enteras. Así lo volví a hacer cuando a comienzos de temporada arrojaron por el sumidero (Monté Morris mediante) una cómoda ventaja en cancha de sus vecinos (y eternos rivales) de Iowa State.usa-today-9089781.0 Afortunadamente esta vez les faltó el tiempo para taparme la boca y recordarme que estoy mucho más guapo (o menos feo) calladito: acabaron espectacularmente con la imbatibilidad de Michigan State (éstos alegaron como coartada no tener a Valentine) y no contentos con ello volvieron a ganarles, otra vez de paliza, esta vez a domicilio, esta vez ya con Valentine. Y siguieron ganando acá y allá y acullá, y fueron felices y comieron perdices, y las portentosas actuaciones de este fascinante Uthoff le hicieron candidato a jugador del año no ya de su conferencia sino de toda la NCAA… Demasiado bonito para ser verdad, tal vez. Iowa ha vuelto a abrirme la boca, ha perdido (en el momento de escribir esto) cinco de sus siete últimos partidos, ha empezado a cuestionarse el presunto estrellato de Uthoff, ha cercenado de raíz sus legítimas aspiraciones de alcanzar por fin el título de la Big Ten. Si las temporadas acabasen a mediados de febrero serían candidatos al título, mientras sigan acabándose a primeros de abril seguirán siendo candidatos al fracaso. O no, quién sabe, al fin y al cabo aún están a tiempo de taparme otra vez la boca, y créanme que nada me alegraría más: por el Coach McCaffery, por el propio Uthoff, por tíos como Gessell o Woodbury que no merecen acabar con tan mal sabor de boca su periplo en la Universidad. Ojalá sea así, pero no me pidan que apueste por ello. Ya no.

Denzel VALENTINE: El ojito derecho de Izzo, y el de todos los que acuden a cada partido de East Lansing, y hasta el mío si me permiten que me sitúe a ese mismo nivel. Lleva siéndolo desde su año freshman, cuando era un inmenso montón de talento aún sin pulir,denzel-valentine-msu cuando Izzo lo acogió en su seno y se propuso convertir ese diamante en bruto en una piedra preciosa de incalculable valor (si fue capaz de sacar auténtico brillo de un pedazo de adoquín como Costello, qué no habría de hacer con una potencial joya). Así siguió haciéndolo en su año sophomore (cuando aún lideraba allí Adreian Payne) y en el júnior (cuando lideraba Branden Dawson), estaba más que claro que en este año sénior le habría de tocar a él… Y cómo. Los resultados han superado con creces las expectativas (y miren que estaban altas las expectativas), así a nivel individual como colectivo. En lo colectivo los Spartans empezaron demasiado bien (demasiado bien para el gusto de su coach, para el gusto de un equipo que siempre acostumbró a ir de menos a más), pasaron luego su particular bache (coincidiendo con la lesión de Valentine, casualmente) y ahora ya están por fin en su medio natural, no diga marzo, diga Izzo. Y en lo personal Valentine fue alma, corazón y vida, anotó y asistió y lideró y enamoró hasta el punto de que casi no hubo canasta espartana que no pasara por él. Y todo ello sin que Izzo rebajara ni por un momento su nivel de exigencia, sabiendo exactamente cuándo, cómo y dónde le tenía que apretar para optimizar su rendimiento aún más si cabe. Este Denzel Valentine es un verdadero prodigio, el indiscutible jugador del año si no existiera otro jugador del año llamado Buddy Hield (y aún así algunos nos atreveríamos a cuestionar esa jerarquía). Y sólo es el principio, aún le queda marzo (¿y abril?), aún le habrá de quedar una extraordinaria carrera profesional. Nunca le pierdan de vista.

Fred VAN VLEET: Wichita State empezó fatal la temporada y muchos, con el atrevimiento que sólo da la ignorancia, nos echamos las manos a la cabeza y dijimos que hasta aquí había llegado el reinado de los Shockers sin reparar en el pequeño detalle de que les faltaba Fred Van Vleet, que era como decir que les faltaba medio equipo. La cosa parecía estar gris oscura de cara al Madness, de cara incluso a su propia conferencia pero qué casualidad, fue reaparecer Van Vleet y empezar otra vez a ir para arriba.PAN Exchange Vegas Shocked Basketball La temporada regular distó mucho de ser un camino de rosas, pero aún así los Shockers ganaron sobrados su Conferencia del Valle del Missouri con cuatro victorias de ventaja sobre el siguiente. Todo parecía estar ya preparado para el happy end, para el fueron felices y comieron perdices, pero resultó que en Northern Iowa no eran de la misma opinión. Los chicos de Jacobson podrían haber dejado que Baker & Van Vleet se licenciaran en loor de multitud pero (egoístas como son) prefirieron eliminarles en semifinales del Arch Madness para al día siguiente ganarse ante Evansville (Culopollo Washpun mediante) su plaza para el March Madness por segundo año consecutivo. Así las cosas Wichita State vive al cierre de estas líneas (9 de marzo) en un sinvivir, en la duda de si el comité de selección ponderará más sus lamentables derrotas de non-conference (pero tenían coartada, recuerden) o su casi impecable ejecutoria en la MVC. Permítanme que haga campaña (como si no fuera ya a estar resuelta la burbuja en un sentido u otro cuando estas líneas vean la luz): en su año freshman Baker & Van Vleet fueron Final Four, en su año sophomore llegaron invictos al Madness (y sólo cayeron sobre la bocina ante el futuro finalista Kentucky), en su año júnior fueron sweet sixteen tras aquella inolvidable victoria ante sus todopoderosos vecinos de Kansas, con todo ese pasado sería una tristeza infinita que no pudieran decir adiós al Madness y se vieran abocados a despedirse en el NIT… He dicho (y si cuela, cuela).

Jay WRIGHT: Hay equipos que se me hacen bola, no ya equipos mediocres ni del montón sino buenos equipos, equipos que deberían de gustarme pero que me resultan estropajosos vaya usted a saber por qué. Claro está que todo ello me genera una cierta desazón, si son tan buenos a ver por qué yo no les encuentro el punto, así hasta que un día interactúas con otros enfermos de esto y descubres con alivio que a ellos también  les pasa lo mismo: no ya que también tengan equipos que se les atragantan, sino que se les atragantan casi los mismos que a ti: Pittsburgh (sobre todo), Baylor, San Diego St…. Villanova.031915_nova2_600 No, Villanova no (me) seduce, pero ello no me va a impedir reconocerle los méritos (como se los reconozco también a Pitt, Baylor y San Diego State por su no menos magnífica temporada, aprovechando la coyuntura), aunque me cueste: el Clooney de los Banquillos (o sea Jay Wright) lo ha vuelto a hacer, y no me refiero a interpretar el nuevo anuncio de Nespresso (que eso sería lo normal) sino a armar otro equipo sólido y correoso que lidere con paso firme la Big East: Arcidiacono (sénior ya, y parece que fue ayer cuando llegó), Hart, Ochefu, Brunson… Claro que esta vez fue un paso más allá y hasta se permitió liderar la nación entera por primera vez en su historia, o al menos así lo decidieron las autoridades cuando les mantuvieron durante unas pocas semanas en el Top1. Y nada tiene que ver que a algunos nos pareciera sobredimensionado ese número 1 (nuestro atragantamiento, ya saben), que pensáramos que en cuanto salieran de su burbuja de la Big East la iban a pifiar ni que los Mosqueteros de Xavier (quién si no) les pusieran hace algunas semanas en su sitio. Lo cortés no quita lo valiente (dicen), que estos Wildcats villanovenses no nos emocionen no significa que no merezcan nuestro respeto. Quede constancia pues, aunque el caprichoso orden alfabético los haya dejado para el último lugar…

Esto en ningún caso pretendió ser una relación exhaustiva, pero aún así sé que llevaré sobre mi conciencia no haber podido dedicar siquiera un párrafo a Ryan Anderson, Andrew Andrews, Dwayne Bacon, D.J. Balentine, Cat Barber, Alex Caruso, Quenton DeCosey, Andy Enfield, A.J. English, Kay Felder, Patricio Garino, Daniel Hamilton, A.J. Hammons, Aaron Holiday, Demetrius Jackson, Damian Jones, Roosevelt Jones, Damion Lee, Frank Martin, Egidijus Mockevicius, Tayshawn Prince, Justin Robinson, Wes Washpun, Maurice Watson Jr. y ese otro que ahora mismo no recuerdo pero que seguro que es el que usted está pensando al grito de ¡Joder, ¿pero es que a este tío ni lo va a mencionar siquiera?! No hablo de ellos por una evidente cuestión de tiempo (no doy para más) y por otra aún mucho más evidente cuestión de espacio: bastantes páginas me he comido ya, esta guía es un proyecto colectivo, aquí al lado hay gente que sabe de esto mucho más y lo explica mucho mejor que yo. Les dejo en buenas manos, disfrútenlo.

DEFENSA DE LA ALEGRÍA (edición 2015)   1 comment

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El insigne (y nunca suficientemente añorado) guionista Rafael Azcona contaba una triste anécdota de sus años mozos, aquellos duros tiempos de guerra, posguerra, miseria y desolación que le tocó vivir. Contaba que a veces (raras veces) algo les hacía gracia, lo que fuera, una anécdota del barrio, un programa de radio, cualquier cosa, lo suficiente como para romper la monotonía, como para tirarse toda la familia un buen rato echándose sus buenas risas, así hasta que de repente su madre cortaba en seco la diversión: mucho nos estamos riendo, ya lo pagaremos… Puro fatalismo, esa amargura de serie que nos inocularon en aquellos años y en los inmediatamente posteriores, rígida moral cristiana mediante: tanta alegría no puede ser buena, la felicidad no nos está permitida, hemos venido a este mundo a sufrir, a suspirar gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Esa filosofía perduró hasta nuestros días, de alguna manera nos la fuimos transmitiendo casi sin querer de generación en generación. No se trata ya tanto de que no disfrutemos como de que sintamos remordimientos de conciencia cada vez que disfrutamos, como si nos estuviera prohibido el mero hecho de disfrutar: todo lo que da placer o es pecado o engorda, todo lo que haga gozar habrá de estar siempre bajo sospecha, así en todos los órdenes de la vida. Sí, también en baloncesto.

El baloncesto también proscribió durante un montón de años la alegría, Aquí la frase no era ya (aunque igualmente podría haberlo sido) mucho nos estamos riendo ya lo pagaremos, sino este baloncesto no sirve para ganar títulos. Cuántas veces no lo habremos escuchado (aquí o allá o en donde fuera) cada vez que un equipo se desataba, cada vez que se entregaba a la lujuria y el desenfreno como forma de vida.CC WILLIAMS GROUP Este baloncesto no sirve para ganar títulos, podrá servir en temporada regular pero nunca en playoffs, nos lo repetían como un mantra desde el otro lado del charco y nosotros nos lo creíamos, cómo no nos lo íbamos a creer si los hechos casi siempre les acababan dando la razón: con aquellos maravillosos Kings de comienzos de siglo, con los no menos maravillosos Suns de Nash, acaso también en décadas anteriores con los Warriors o los Nuggets, tantos otros. O acaso también en NCAA con los Phi Slama Jama a comienzos de los ochenta o los Fab Five a comienzos de los noventa, los ejemplos eran cuantiosos y solían darles la razón como si en verdad la tuvieran. Claro está, si hubiéramos tenido capacidad de raciocinio habríamos podido encontrar ejemplos en sentido contrario, equipos a los que la alegría de vivir les funcionó también (y aún mejor si cabe) en los momentos decisivos, los Lakers del showtime o la Nevada-Las Vegas de Tark The Shark por citar los dos primeros ejemplos que se me vienen a la cabeza. Pero entonces ni nos lo planteábamos, asumíamos la versión baloncestera del cerrojazo o el cerocerismo como única fórmula posible del éxito. Acaso aún hoy no hayamos dejado de asumirla.

[Llegados a este punto conviene hacer una matización. En baloncesto, como en la vida, no es verdad que lo divertido sea lo contrario de lo serio. NO ES VERDAD. De hecho la diversión será tanto más divertida cuanto más seria sea, cuanto más trabajada esté. Lo divertido es lo contrario de lo aburrido, punto. O dicho en términos de baloncesto: no es verdad que la diversión en ataque se contraponga a la defensa. NO ES VERDAD. De hecho el ataque será tanto más alegre (y tendrá más posibilidades de éxito) cuanto mejor trabajado llegue desde atrás, cuanto mejor se hayan empezado las cosas al otro lado de la cancha. La diversión sólo se contrapone al aburrimiento, el juego alegre sólo es lo contrario del triste, nada tiene que ver con la defensa sino con el mareo de perdiz en ataque, con el tenerla y sobarla durante veintitantos segundos sin arriesgar apenas un pase no vaya a ser que se pierda, sin casi más objetivo que el reducir el número de posesiones del rival. Quede claro el concepto, ya que para algunos si reivindicas la creatividad en ataque demonizas la defensa. No hay falacia mayor. Dicen que el ataque gana partidos y la defensa campeonatos, la segunda parte de la frase no puede ser más cierta, nos guste o no. Aunque para ganarlos no estará de más que tengas un buen ataque también.]

limoges maljkovicEn cambio en Europa no hizo falta que nadie nos dijera que este baloncesto no servía para ganar títulos, a partir de un determinado momento todos parecíamos llevarlo interiorizado de serie. Quizá todo empezara en 1993 con aquel Limoges de Maljkovic, fue como dejar escrito en piedra que para ganar un título debías de anotar (y encajar, obviamente) menos de sesenta puntos por partido. Como explicaba antes, no era tanto cuestión de defender (que también) como de adormecer con posesiones interminables, quitándole al juego todo lo que lo hace atractivo: el contraataque, la velocidad, la creatividad, el dinamismo, el riesgo y demás malos vicios que habrían de quedar definitivamente desterrados en aras de conseguir el único fin que justificaba todos los medios: la victoria. Había nacido el baloncesto-control, por otro nombre baloncesto-tostón. Era una opción tan válida como cualquier otra, qué duda cabe. El problema es que durante un tiempo dejó de ser una opción para convertirse en LA opción. Acaso aún estemos en ese tiempo…

Dicen que las excepciones confirman la regla, pero yo no concibo esa razón. No la concibo en absoluto. Las excepciones (cuantas más mejor, menos excepcionales serán) son siempre bienvenidas porque subvierten la norma, porque hacen posible lo (que parecía) imposible, porque convierten el sueño (juego) en realidad (títulos), porque demuestran de una vez por todas a los escépticos que otro baloncesto es posible.1999-metu-kauno-zalgiris-61213595 Siempre recordaré como un oasis en medio del desierto aquel título europeo de 1999, aquel maravilloso Zalgiris Kaunas liderado por el enanito (Trecet dixit) Tyus Edney, un verdadero chorro de agua fresca justo cuando más espeso era el cemento. O cómo no recordar (a otro nivel, pero también con sustanciosos títulos en su zurrón) aquella Penya de finales de la pasada década, aquella deliciosa criatura de Aíto y sus Erre que Erre. Sólo algunos ejemplos (habría muchos más) para mostrar una obviedad: que jugar (además de bien) bonito también gana campeonatos, que la especulación y el colmillo retorcido también los pierde, aún por bien que nos lo envuelvan los pierde, aún por mucho que nos lo vendan los pierde. A las pruebas me remito.

Hace ahora dos años ya les defendí la alegría, y lo hice en circunstancias mucho más difíciles que ésta de hoy. El Real Madrid acababa de perder la Final de la Euroliga 2013, llevaba sin jugar esa final desde el siglo pasado lo cual debiera haber sido razón más que suficiente para disfrutarla aún perdiéndola, pero eso a la larga tanto dio. Es más, por la reacción de alguna gente casi pareció que les habría dolido menos haberse quedado a mitad de camino, haber caído (por ejemplo) en cuartos de final. A mí me pareció que aunque no se hubiera hollado la cima había merecido mucho la pena el viaje hasta llegar a ella (tanto más dada su inusual belleza), que si perseveraban por ese camino tarde o temprano llegarían los ansiados frutos… Muchos estuvieron de acuerdo, pero también los hubo (y no pocos) que me pusieron como hoja de perejil (signifique eso lo que signifique).laso1 Se había levantado la veda, había comenzado de nuevo el tiro al Laso, este baloncesto no sirve para ganar títulos, este tío no tiene carácter, no aprieta riendas, no retuerce el colmillo, no es entrenador para el Madrid. Y si así fue en 2013 no digamos ya en 2014, aquella bendita locura, aquella pura delicia que dimos en llamar lasismo (y su brazo armado en cancha, chachismo), aquella temporada de ensueño que acabó en brusco despertar. Y entonces ya no era que se hubiera levantado la veda sino que el tiro al Laso se convirtió de repente en deporte nacional, ya no había manera de esquivar las balas, el fuego cruzado te acababa alcanzando a poco que te descuidaras. Aquel dantesco final a la pata coja en el Palau pareció su sentencia de muerte, tanto más lo pareció cuando pocos días más tarde le descabezaron el cuerpo técnico, aún hoy me resulta inconcebible que lograra sobrevivir…

Contra viento y marea. Contra los de arriba y los de abajo, contra los de dentro y los de fuera. Contra los que montaron el pollo tras su contratación sin concederle siquiera el beneficio de la duda, los que se relamieron tras cada derrota en sus primeras temporadas (ya falta menos para que vuelva Obradovic, decían), los que se lamentaron tras la consecución de aquella liga porque eso significaría su continuidad (es lo malo que tienen los títulos, decían), los que el pasado verano se engolosinaron con Katsikaris (y hasta le contrataron, casi), los que a la primera derrota de esta misma temporada ya soñaban en voz alta con Djordjevic… Es lo que llamaríamos la paradoja blanca: un equipo que no admite perder, un club que no entiende la posibilidad de la derrota ni como concepto siquiera, una institución en la que cualquier derrota (aún por nimia que sea) viene inevitablemente asociada a la palabra crisis, una entidad que es como la madrastra del cuento, dime espejito mágico, ¿habrá otro equipo en el mundo aún mejor que el mío? (y si le contesta que sí lo hace añicos y se compra otro espejo, será por dinero)… y sin embargo un equipo cuyos aficionados (sólo algunos de ellos, no generalicemos) a menudo prefieren perder con tal de conseguir otro objetivo aún mayor que la victoria, como es el que les sirvan en bandeja de plata la cabeza de su propio entrenador. No sé si es éste un fenómeno extrapolable a otros grandes, sí sé que a mí (que no soy de grandes) no recuerdo que me haya pasado jamás, ni aún por mucha tirria que le tuviera al entrenador de turno. Será que el raro soy yo.

¿Quieren más paradojas? Aquellos que hace un año criticaron a Laso por no haber sabido administrar sus fuerzas, por haber tenido al equipo como una moto en noviembre/diciembre y haber llegado fundido a mayo/junio, son acaso los mismos que este pasado diciembre le pusieron en la picota tras perder apenas un par de partidos como si eso fuera el fin del mundo, y ello cuando resultaba manifiestamente evidente que lo que estaba haciendo el Madrid este año era precisamente lo que le habían demandado, aplicar la dosificación que no aplicó el Floren_2015_Entrenadores_Grande_37_originalaño anterior. Pero llegó a utilizarse con profusión el concepto crisis (para variar), llegó a situársele más fuera que dentro (para seguir variando), llegó incluso a filtrarse que la Federación (o sea Sáez) sólo estaba esperando a que el Madrid finalmente lo destituyera para nombrarle seleccionador… Cinco meses después el Madrid es Campeón de Europa, y lo es entre otras cosas por no repetir errores del pasado, por no haber echado el resto en otoño para luego tener que arrepentirse en primavera, por haber ganado (o no) con lo justo en diciembre para ganar con todo en mayo. Cinco meses después el Madrid está en posesión del mayor título que pueda ganarse a nivel de clubes pero a algunos no parece bastarles, aún hay casos aislados que manifiestan un regusto amargo porque el nivel de aplastamiento no haya sido el que ellos esperaban o porque haya habido que bajarse al barro para conseguirlo, como si el barro no fuera imprescindible en estas circunstancias, como si el gen del madridismo llevara también incorporado de serie el gen de la insatisfacción. Cinco meses después Laso tiene por fin el crédito que siempre mereció, pero habrá de saber que ese crédito le durará exactamente hasta la próxima derrota (vales tanto como el último partido que juegas), hasta el próximo título (aún por nimio que fuera) que se escape de las vitrinas de tan sacrosanta entidad. Marca de la casa, no tienen más que mirar a su sección de fútbol si aún les queda alguna duda.

Dure lo que dure habrá merecido la pena. La alegría, aquella catarsis que hace un par de años reivindicó con pasión José Manuel Puertas, resulta mucho más fácil de defender cuando hay un título que la sustente. Todo lo cual no resta méritos (más bien al contrario) a otros equipos lúdico-festivos (pero no por ello menos efectivos), ese maravilloso Canarias de Alejandro Martínez, la Penya de Maldonado (casi cualquier Penya, en realidad), tantos otros. Pero los títulos de alguna manera crean escuela, marcan doctrina, enseñan el camino a seguir. Cuando un equipo alegre gana un título es como si lo ganara dos veces, por lo que representa el título en sí y por lo que representa haberlo ganado así. Este Madrid de Laso ganó Supercopas y pareció poco, ganó Copas y aún no pareció suficiente, ganó una Liga y pareció que aún faltaba algo, gana ahora por fin la Euroliga y debería ser ésta ya la victoria definitiva, la que despeje dudas, la que consagre para siempre este estilo de juego tan válido como cualquier otro, en realidad mucho más válido que cualquier otro porque gana como cualquier otro pero a la vez divierte más que cualquier otro (no sé si me explico). Repito: debería ser. No nos confiemos. Volverán los apóstoles del feísmo como volvieron las oscuras golondrinas, de hecho están ahí agazapados esperando su oportunidad, soñando con que este Madrid se la vuelva a pegar en ACB o con que lpablo-lasoos fantásticos Warriors de Kerr & Curry no ganen esta NBA para volver a contagiarnos con su bilis, para vendernos otra dosis de cemento y apretarnos todavía un poco más las riendas. Mantengámonos alerta.

Ahora bien, cuando vengan mal dadas, cuando las cañas se tornen lanzas (cursilada que hasta hoy jamás me había atrevido a utilizar), cuando pinten bastos (pasado mañana, como quien dice), el Madrid, antes de tomar medidas drásticas, deberá sentarse a valorar todo lo que representó el lasismo (y el chachismo, por extensión) para la idiosincrasia de este club. No es ésta una entidad que por lo general coseche adhesiones allá por donde pasa, más bien al contrario, tiende a generar animadversiones por doquier, fruto de la propia grandeza de la entidad. Y sin embargo este Madrid de Laso ha conseguido la cuadratura del círculo, que muchísimos aficionados que no son ni fueron ni serán nunca del Madrid disfruten viendo jugar (y ganar, incluso) a este equipo (créanme que sé de lo que hablo, créanme que conozco no a uno ni dos sino a unos cuantos). Que este Madrid vaya a ser recordado por sus títulos pero también (y sobre todo) por su juego, por las simpatías y empatías que genera, por mejorar, promover y publicitar por el mundo la maltrecha imagen de marca de la entidad. Por algo tan simple como (permítaseme la expresión) devolver el baloncesto a la gente. Gente que cuando se sienta a ver un partido (tanto más si no se trata de su equipo) lo hace sólo para disfrutar, para que le dejen ser feliz siquiera un par de horas, que para aburrirse o amargarse bastante tiene ya con su vida cotidiana, con mirar a su alrededor, con mirarse incluso en el espejo cada mañana. Digámoslo de una vez por todas, no es verdad que hayamos venido a este mundo a sufrir, no es verdad que este baloncesto no sirva para ganar títulos. NO ES VERDAD. A este valle de lágrimas hemos venido a llorar lo menos posible, a reír hasta hartarnos sin temer represalias, a gozar del juego que amamos (y de la manera en que lo amamos) sin tener que arrepentirnos después. Defendamos siempre la alegría, por favor. También en baloncesto.

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CON OCHO BASTA   1 comment

Eight is enough. Eight is enough! Así lo proclamó Mike Krzyzewski a los cuatro vientos (y a la CBS, y a la ESPN, y a quien se le pusiera por delante) nada más finalizar su victoriosa Final contra Wisconsin. Eight is enough, con ocho basta, a quienes sean insultantemente jóvenes les parecerá una frase como otra cualquiera, en cambio a quienes ya peinamos (demasiadas) canas nos retrotrae a los últimos Setenta y los primeros Ochenta, a una empalagosa y blandurriagfdfgdsfs serie yanqui que hizo furor en nuestras pequeñas pantallas, ya saben, esa típica familia llena de hijos (ocho, concretamente) que tanto juego dio siempre para comedias (presuntamente) costumbristas de clase alta, así en aquel lado del charco como en éste. Se emitía los viernes a la caída de la tarde, justo antes de Más Vale Prevenir (programa dedicado a la salud presentado por Ramón Sánchez-Ocaña, nada menos), y ni que decir tiene que arrasaba con la audiencia incluso en aquellos tiempos en que aún no teníamos por costumbre medir las audiencias (también es verdad que no tenía nada con qué competir), créanme que no había nada más visto en nuestro panorama televisivo semana tras semana, aún por raro que hoy nos resulte siendo ese día y a esa hora. Nos la tragábamos como pavos (a ver qué quieren, no había otros canales, no había Internet, no había ordenadores ni videojuegos, ni siquiera había nacido aún la costumbre de salir los viernes) y la olvidábamos inmediatamente después hasta el episodio siguiente, finalmente un día desapareció de nuestros televisores y nuestras vidas y la olvidamos ya para siempre o al menos eso creímos, yo al menos he vivido perfectamente durante más de treinta años sin acordarme jamás de ella, y así seguiría si no fuera porque al laureado y milenario (en victorias) Coach K le dio por recordármela la otra noche, justo después de convertirse (además) en pentacampeón…

Eight is enough. Eight is enough!… No, no es que al afamado Krzyzewski (que debería peinar aún más canas que yo, aunque por algún inexplicable e insospechado prodigio no sea así) le sobreviniera un repentino ataque de nostalgia televisiva, en absoluto. Es sólo que el susodicho K acababa de demostrar (por si alguien no lo tuviera ya suficientemente claro a esas alturas) que con lo que tenía tenía más que de sobra;2015-04-07T034227Z_1111927202_NOCID_RTRMADP_3_NCAA-BASKETBALL-FINAL-FOUR-CHAMPIONSHIP-GAME-WISCONSIN-VS-DUKE acababa de dar en las narices a todos aquellos que dijeron (dijimos) que a Duke esta plantilla se le quedaba muy corta, a todos los que insistieron (insistimos) aún más en ello tras la abrupta salida de Sulaimon. Pues ahí lo tienen, con ocho becas deportivas basta, con una rotación de ocho jugadores es más que suficiente. Suficiente para pasarse por la piedra con inusitada claridad a San Diego State, Utah y Gonzaga, suficiente para llegar más sobrados que nadie a Final Four, suficiente para apalizar a Michigan State, suficiente para derrotar finalmente a Wisconsin en una final extraordinaria, a esa misma Wisconsin que un par de días antes se había cepillado a la hipersupermegafavorita Kentucky en otra semifinal no menos extraordinaria. Con ocho basta. Pues va a ser que sí.

Pero tiene truco, claro. Tan sencillo como que no es sólo una cuestión de cantidad, sino también (y sobre todo) de calidad. Que hay ochos y ochos, vamos. Que cuántos, con una rotación manifiestamente más larga, no se hubieran dado con un canto en los dientes (a riesgo de hacerse daño) sólo con tener la cuarta parte del talento que atesoraban estos Blue Devils. Ocho apenas, y cuatro de ellos (y qué cuatro) novatos además para más inri, para que a todos aquellos que recurrieron (recurrimos) al factor experiencia para explicar lo de Wisconsin vs Kentucky el argumento ahora se les (nos) caiga por su propio peso. Con ocho basta, y si encima son unos críos recién salidos del cascarón (pero buenos como diablos) pues tanto mejor, así que ya puestos no estará de más que aprovechemos este modesto (y molesto) blog para rendirles homenaje, que bien merecido se lo tienen. Helos aquí, in alphabetical order:

Grayson ALLEN: La salida de Sulaimon fue el punto de inflexión. Antes apeDuke_c0-262-3082-2058_s561x327nas habíamos conocido a esa cara de chico travieso que llegó a Duke con magníficas referencias desde el instituto, que en sus escasísimas apariciones mostraba con cuentagotas la calidad que atesoraba… pero que no cabía, sin más; era el noveno, rotaban ocho, normalmente se quedaba sin jugar, nada grave, ya habría tiempo, ya llegaría su momento… Todo cambió a partir del 29 de enero: Grayson pasó de noveno a octavo, empezó a tener minutos, empezó a aprovecharlos, empezó a mostrar bien a las claras (por si a alguien le quedaba alguna duda) el pedazo de jugador que había detrás, y todo ello además en progresión ascendente, cada partido un poquito mejor que el anterior. ¿Hablábamos de puntos de inflexión? Lunes 6 de abril, Final universitaria, Wisconsin 9 arriba bien avanzada ya la segunda mitad, los Badgers relamiéndose y de repente el partido entero puesto del revés, un triple por allá, un dos más uno por acá, otro robo por acullá, un cóctel de talento, intensidad y descaro que los de Bo Ryan no supieron cómo procesar. Saben bien en Durham que sin esa eclosión no serían campeones, lo sabe todo dios y lo sabe él mejor que nadie, hasta el punto de que ya ha empezado a escuchar cantos de sirena garantizándole (¿?) un puesto en primera ronda del draft. Afortunadamente ha hecho caso omiso, afortunadamente parece que se quedará en Duke (al menos) una temporada más, créanme que sólo por ver jugar a esta criatura (titular indiscutible ya para entonces, no lo duden) merecerá ya la pena contemplar cualquier partido de los Blue Devils. Sólo denle tiempo.

Quinn COOK: Aterrizó en Durham a mediados de 2011, apenas un año despuéstyus-jones-quinn-cook del anterior título de Duke. Padeció importantes sinsabores, vivió en sus propias carnes la prematura eliminación ante Lehigh en 2012, la no menos prematura eliminación ante Mercer en 2014, la frustrante derrota ante Louisville en la Final Regional de 2013. Compartió vestuario con Austin Rivers, Seth Curry, Andre Dawkins, Michael Gbinije (sí, el de Syracuse), Josh Hairston, Ryan Kelly, Rodney Hood, Jabari Parker, todos los Plumlees. Llegó como una especie de combo guard (signifique eso lo que signifique), las circunstancias le llevaron a ejercer de base full time con notable éxito de crítica y público y justo entonces, cuando ya todos le teníamos como director de juego, apareció Tyus Jones y hubo de desandar lo andado para volver a ejercer de dos, a veces también de uno pero sólo a tiempo parcial. Y los agoreros auguraron catástrofes sin cuento en el perímetro de los Blue Devils por las crisis de celos que podrían suscitarse, pero nada más lejos de la realidad: Cook entendió la maravilla que le habían puesto al lado, asumió la situación, se adaptó a su nuevo rol sin decir oste ni moste. Base correcto, muñeca excelente, no tiene la calidad de alguno de sus compañeros (ni de lejos), no sabemos qué le deparará el destino en su carrera profesional pero de una cosa al menos sí que podemos estar bien seguros: nadie se merece este título tanto como él.

Amile JEFFERSON: Prototípico jugador de equipo, de esos que pareció que serían mucho más amile jeffersonde lo que fueron pero que en el fondo son mucho más de lo que parece que son (no sé si me explico). Pídanle que se asocie con cualquier Plumlee y a fe que lo hará, pídanle que sea referencia interior (no había otra) con Jabari Parker como imprevisto socio y también lo será, pídanle que sirva de báculo a Okafor y cumplirá con creces con su cometido, pídanle que salga desde el banquillo para limpiar la zona a Okafor y aceptará su nuevo rol sin rechistar. Puede parecer que su importancia haya ido disminuyendo con el paso del tiempo (probablemente porque así sea) pero un análisis más profundo quizá nos revelaría aspectos insospechados: nos revelaría, por ejemplo, que allá donde no llegó el amigo Jahlil ni aún menos Marshall Plumlee sí llegó él, que nadie consiguió parar a Kaminski como lo hizo él en esos minutos finales, justo cuando Okafor andaba atenazado en el banquillo con sus cuatro faltas a cuestas. De no haber sido por esa defensa puntual, por ese súbito apagamiento del hasta entonces inspiradísimo Frank the Tank, vaya usted a saber de qué estaríamos hablando ahora.

Matt JONES: En un momento dado de la temporada, quizás en aquella remontada en cancha de Virginia o quizás viniera ya de lejos, Mike Krzyzewski tuvo una idea (que para eso le pagan). Si la defensa rival se cierra sobre Okafor me tapa también a Jefferson, necesitaría un cuatro abierto para generar otras posibilidades pero no lo tengo, así que… ¿qué hacer?matt jones Pues muy fácil, Jefferson al banquillo, Winslow a ejercer de sucedáneo de cuatro y Matt Jones al quinteto titular para tener un arma homicida más desde el exterior. Lo que se llama abrir el campo, cuatro pequeños y un grande, que él por dentro se basta y se sobra y cuando la defensa se cierre sobre él (o sea, casi siempre) ya aprovecharemos su capacidad de pase para sacarla hacia el tirador. Y ni que decir tiene que el cambio le vino a las mil maravillas y que la impecable muñeca de Matt Jones hizo el resto, ya fue instrumental en aquella histórica remontada virginiana y a partir de ahí siempre estuvo donde y cuando se necesitó. Matt Jones aún es sophomore, es carne de cuatro años en Duke, si éste ya fue bueno imaginen lo que aún nos puede deparar en los dos siguientes. Nunca le pierdan de vista.

Tyus JONES: Cuentan que su madre le puso Tyus porque se enamoró de la manera de jugar de Tyus Edney, aquel menudo y maravilloso base que nos epató en UCLA (cómo olvidar aquella Madness de 1995, aquel canastón de costa a costa sobre la bocina, aquella lesión que le impidió jugar casi toda la Final) y que años más tarde siguió epatándonos por media Europa (cómo olvidar aquella Final Four de 1999, aquella Euroliga que ganó para el Zalgiris). Quién le iba a decir a esa madre que cuando escogió ponerle Tyus a su retoño no sólo estaba predestinándole a ser un base tan bueno (al menos) como el anterior, sino incluso a que ganara el título NCAA exactamente veinte años después de que lo hiciera el anterior. Tyus Jones empezó la temporada con más titubeos que Okafor o Winslow (lo cual no quiere decir qu164040615-407-wisconsin-v-dukee estuviera mal, sino que no estaba tan bien) pero eso fue sólo hasta que cogió confianza. Su mes de febrero ya fue extraordinario y su mes de marzo fue aún mejor si cabe, poniéndole todo ello al nivel del mejor base NCAA que podamos imaginar. Y qué decir de esas dos noches de abril… Hace días alguien me aseguraba estar convencido de que Tyus volvería a Duke para su segundo año, discrepé entonces y discrepo aún más ahora, yo más bien estoy convencido (mal que me pese) de que cogerá de la manita a su íntimo amigo Jahlil y se apuntará presuroso al draft, ojalá me equivoque. Eso sí, vaya usted a saber si alguna madre enamorada del juego de Jones no le pondrá a su hijo Tyus cualquier día de estos, vaya usted a saber si ese Tyus Loquesea no liderará a su universidad a ganar el título universitario de 2035… Y nosotros que lo veamos, claro.

Jahlil OKAFOR: Podríamos decir que ha hecho casi el mismo viaje que su amigo Tyus Jones, solo que en sentido inverso. Casi toda su temporada fue excelsa, confirmando las gloriosas expectativas generadas tras sus años de high school y sus fugaces (pero muy brillantes) apariciones durante el último Mundial Sub19. Durante meses hubo consenso en considerarle no ya el unánime número 1 del próximo draft sino el único jugador de dicho draft perfectamente capacitado para jugar ya en NBA y aportar desde el primer día, durante meses hubo consenso en proponerle para jugador del año casi por encima de Kaminski, menos mal que luego la realidad (y el propio Kaminski) acabó poniendo las cosasAPTOPIX NCAA Duke Wisconsin Final Four Basketball en su lugar. Y sin embargo, a partir de un determinado e impreciso momento de finales de temporada, su juego empezó a decaer: ya no era tan dominante, ya las constantes ayudas sobre él empezaban a hacerle mella, ya tenía dificultades no ya para anotar sino incluso para distribuir (otra de sus grandes cualidades, el pase, esa capacidad de doblar el balón desde el poste para encontrar siempre al hombre abierto cada vez que le sobremarcan). Importante siguió siéndolo, siempre lo fue (aunque sólo fuera por el hecho de atraerse a media defensa rival, aunque sólo fuera por el espacio que libera para que los cañoneros tengan tiempo de clavarla desde fuera); pero ya no determinante. Sirva como coartada que hubo de bregar (y habremos de reconocer que salió airoso) contra algunos de los juegos interiores más ilustrados de la competición: el de Utah (Poeltl, Bachynski), el de Gonzaga (Karnowski, Wiltjer, Sabonis)… o contra un juego interior bastante menos ilustrado pero no por ello menos incordioso, esos rústicos Costello y/o Schilling de Michigan State. Pero en la Final palideció (así en defensa como en ataque) ante Kaminski, por más que un par de canastas en los minutos postreros le sirvieran al menos para cubrir el expediente. Ha perdido cartel, qué duda cabe, hasta el punto de que a día de hoy resulta difícil seguir apostando por él como número 1 del draft, tanto más tras la emergencia de ese fascinante dominicano (y kentuckiano) llamado Karl-Anthony Towns (más verde en términos de presente, mucho más potencial en términos de futuro). No teman, Okafor en el peor de los casos será número 2, lo demás será ya cosa suya. Eso sí, yo le recomendaría encarecidamente que desde ya se ponga a trabajar en (por ejemplo) las faltas personales: las que hace (que le pitan demasiadas) y (sobre todo) las que le hacen: verle arrojar tiros libres es un dolor, se lo aseguro. Aún me dura el vello de punta tras aquel escalofriante airball que se marcó en semejante suerte ante Gonzaga…

Marshall PLUMLEE: Desde su primer año se vio ya que no se parecía ni WEB_PLUMLEEde lejos a Myles ni a Mason (con quienes llegó a coincidir, protagonizando el hecho insólito de que tres hermanos no gemelos ni trillizos jugaran a la vez en una misma universidad). Bueno, sí: en el apellido (obvio), en la inicial del nombre (qué fijación con la M) y en el físico, bien se ve que los tres han sido fabricados con el mismo molde. Pero pare usted de contar. Marshall anda bastante menos dotado en cuanto a talento que sus dos predecesores (que tampoco es que sean la quintaesencia a ese respecto), de hecho en su primer año ni le vimos y en el segundo sólo en momentos muy puntuales (y no sería porque hubiera mucha competencia, dada la escasez de juego interior en aquellos Blue Devils 2014). En este tercer año ha entrado por fin en la rotación como miembro de pleno derecho, exclusivamente para dar descanso a Okafor cada vez que necesitaba oxígeno o se cargaba de faltas. Y lo mejor que se puede decir de él es que no ha desentonado y ha cumplido muy dignamente con ese papel. Aún le queda un año, y será interesante ver qué le depara el futuro a partir de entonces; difícil será que siga los (discretos) pasos NBA de sus dos hermanos, pero no descarten que acabe ganándose muy bien la vida con esto. Planta tiene, actitud también, sólo le falta todo lo demás.

Justise WINSLOW: para muchos de nosotros será ya para siempre el hijo de Rickie, por más que para los americanos (de USA) Rickie Winslow sea ya sólo el padre de Justise. Vaya joya Justise, uno de esos jugadores totales que pueden hacer casi de todo y casi todo lo hacen bien, un tres que puede ser dos pero también cuatro más o menos abierto, de hecho ha ejercido ya de ello unas cuantas veces durante estos últimos meses. Wisconsin v DukeEn USA (tan propensos como son a las odiosas comparaciones) ya andaban el otro día comparándole con Kawhi Leonard, palabras mayores, no negaré que es ese corte de jugador pero aún así no deja de parecerme un atrevimiento, si le comparan con Leonard como si le comparan con Harden (por ejemplo), pero por ahora es sólo Justise Winslow (que no es poco) y tiene que encontrar su propio camino. Un camino que será mucho más fácil si parte desde posiciones altas del draft, a día de hoy anda ya encaramado en el Top 5 y no tiene visos de bajar, más bien al contrario, su aptitud y su actitud han entusiasmado durante este mes de marzo a todos aquellos que no vinieran ya entusiasmados de serie. Resulta tentador en este punto compararle (más comparaciones odiosas) con otro alero freshman del mismo corte, ese Stanley Johnson arizónico que llegó con mejor cartel y que sin embargo ha hecho exactamente el camino inverso, Justise fue p’arriba y Stanley p’abajo. De verdad se lo digo, si nuestro hijo de Rickie se aplica con las faltas y consolida su (aún mejorable) tiro exterior, el futuro es suyo (y si no también, pero menos). O como suelen decir por allí, sólo el cielo es el límite. Amén.

MEMENTO MORI   2 comments

dA 01Memento mori (en latín), recuerda que eres mortal (en traducción más o menos libre al castellano), cuentan que algo así les decían a los prebostes de la Antigua Roma para que no se creyesen dioses, para que no perdieran la perspectiva de su condición humana ni se situaran por encima del bien y del mal. O dicho a la manera de la Güiqui (que lo explica mucho mejor que yo): cuando un general desfilaba victorioso por las calles de Roma, tras él un siervo se encargaba de recordarle las limitaciones de la naturaleza humana, con el fin de impedir que incurriese en la soberbia y pretendiese, a la manera de un dios omnipotente, usar su poder ignorando las limitaciones impuestas por la ley y la costumbre. Luego ya otra cosa es que le hicieran caso, claro…

Quizás a Kentucky (universidad de, equipo de baloncesto de) le faltó precisamente eso, que alguien le recordara que era mortal. En las semanas previas a esta March Madness se instaló un debate sobre si a los Wildcats les vendría bien perder algún partido antes de llegar al baile, es decir, antes de entrar en esa fase de la temporada en la que ya no podrían permitirse el lujo de perder ninguno. Yo en este tipo de debates suelo contestar siempre que sí, que la perfección no existe, que cualquier equipo grande tuvo siempre a alguien que le procurara una cura de humildad, que le recordara que el deporte es siempre un juego de dos caras, puedes ganar pero también (aún por bueno que seas) siempre puedes perder. Suelo estar convencido de ello aunque a veces me lo coma con patatas, aún recuerdo cómo me pasé el verano de 2006 argumentando que a aquella selección española le vendría bien perder durante la fase de preparación previa al Mundobasket de Japón, cómo empezó el campeonato y seguí con lo mismo durante la primera fase. Obviamente no sucedió ni una cosa ni la otra, obviamente luego ya todo fueron eliminatorias directas, obviamente pensé que pagaríamos caro el hecho de que nadie nos hubiera recordado nuestra mortalidad… si aquel triple del Chapu hubiera caído del otro lado me habría dado la razón, afortunadamente no sucedió así y ya saben cómo acabó aquella maravillosa historia. Una de tantas excepciones que confirman la regla, y que no impide que a día de hoy siga pensando exactamente lo mismo en cuanto se presenta la ocasión. Memento mori.

En cualquier caso el pecado de Kentucky no fue de soberbia, fue de exceso de presión. Muchos equipos jugaban por llegar cuanto más lejos mejor, algunos peleaban por ganar el título, Kentucky no (o no sólo): Kentucky aspiraba a la grandeza, 40-0, primer campeón invicto desde hace 39 años, un pedestal en el escalón más alto de la historia. Ya no era que pudieran ganar ni que aspiraran a ganar, era que tenían que ganar.NCAA Kentucky Wisconsin Final Four Basketball Demasiada carga sobre las espaldas de chavales de dieciocho, diecinueve, veinte años, muy buenos y muy grandes y muy físicos y muy dotados para jugar a esto (probablemente más que cualquier otro equipo NCAA e incluso alguno NBA), todo lo que usted quiera, sí. Pero chavales al fin y al cabo. Chavales que llegaron a Lexington como estación de paso en su camino hacia el estrellato profesional, que escogieron Kentucky porque allí nadie les rogaría que se quedaran ni les pediría cuentas cuando se fueran antes de tiempo, y que un día de la noche a la mañana se encontraron con que ganar el título no era ya legítima opción sino auténtica obligación. Y hacerlo invictos además, por si el reto de pelear por el campeonato no fuera ya suficientemente grande por sí solo. Aún por bueno que seas, en el momento en que una victoria se convierte en obligatoria estás dando el primer paso hacia la derrota. Ahora ya lo saben.

No es posible ser sublime sin interrupción, por más que un tal Baudelaire pretendiera lo contrario. Entre otras cosas porque esto acostumbra a ser un juego de dos, en el que el de enfrente por lo general cree tener el mismo derecho a perseguir la perfección que tú. Por eso a veces ganas y a veces (aún por raras que sean) pierdes, y tan normal debería resultar una cosa como la otra. O como alguien escribió en Tuiter hace once meses, tras la derrota del Madrid (otro que nunca está preparado psicológicamente para perder, por la pura idiosincrasia de la Entidad), en aquella Final de Euroliga: es baloncesto. Ganas y pierdes. Si ganas lo celebras, si pierdes felicitas al rival y te vas a casa, a entrenar para intentarlo con más fuerza la próxima vez (la cita no es textual, como ya habrán deducido dado que sobrepasa los 140 caracteres; pero esa era la idea). Felicitas al rival, tan fácil de decir como difícil de hacer. Kentucky lo hizo aunque lo tenía más difícil que nadie, más que nada por la falta de costumbre: con la cabeza alta y los ojos llenos de lágrimas hizo el habitual pasillo para felicitar a los Badgers…KENTUCKY_WISCONSIN_FINAL_FOUR_BASKETB_34135877 con alguna desagradable excepción (que debería confirmar la regla): Willie Cauley-Stein se saltó el protocolo y la buena educación y se fue directamente al vestuario, sin saludar ni abrazar ni dar la mano a nadie. Lo entiendo, cómo no voy a entenderlo, dada la frustración del momento; otra cosa ya es que lo comparta. Willie Cauley-Stein entró en la universidad hace tres años pero la universidad todavía no ha entrado en él (y a estas alturas ya no lo hará, dado que se marcha presuroso al draft); ni en lo meramente deportivo (se va tal cual llegó, imponente en defensa, cero a la izquierda en ataque) ni aún menos en lo que respecta a su formación fuera de la pista. Salidas de pata de banco (como aquella otra que cuentan de Andrew Harrison, que al parecer ofendió luego a Kaminski… aunque se retractó y disculpó inmediatamente después) propias de quien no está preparado psicológicamente para perder, quizá porque nadie le hubiera explicado que ello podía pasar. Memento mori, insisto.

Y podía, vaya si podía. Notre Dame ya había enseñado el camino, apenas con una semana de antelación. Si el pez grande siempre se comiera al chico esto no sería baloncesto, sería la naturaleza o la vida misma, afortunadamente en el deporte existen a veces (raras veces) otras opciones. Kentucky es pez grande en el sentido literal de término: tíos como castillos, fornidos mocetones rebosantes de centímetros y músculo, promedio de estatura que sobrepasa al de 29 franquicias NBA (la excepción es Portland), pónganles enfrente a Sixers, Knicks o Lakers (tanto más con la pasión por la derrota que éstos muestran a diario) y ya veremos quién gana. Pues vale. ¿Y contra eso qué se puede hacer? Jugar al baloncesto, por ejemplo (lo cual no significa que lo de Kentucky no lo fuera, líbreme el cielo; simplemente es que cuando hablo de baloncesto me refiero a lo que los tarras como yo entendimos siempre por baloncesto): pasar bien el balón, llevarlo al lado débil, moverlo cuanto sea menester hasta encontrar tiros librados, sacar a los grandes de sus casillas (en todos los sentidos), poner buenos bloqueos, abrir pasillos, generar espacios, limpiar la zona para posibilitar penetraciones, etc etc.15 15-USP-NCAA-BASKETBALL-FINAL-FOUR-WISCONSIN-VS-KENTU-72110868 Y en defensa asumir que allá donde no llegue tu físico (por comparación con el de ellos) tendrá que llegar tu esfuerzo, tus ayudas, tus recuperaciones de esas ayudas… Cinco contra cinco en vez de uno contra uno (aún por buenos que sean esos unos), baloncesto solidario vs baloncesto de apisonadora, tan sencillo (y tan difícil) como eso. A la mayoría no les funcionará (los pajaritos no suelen disparar a las escopetas) pero a algunos quién sabe, si tienen los pajaritos adecuados y esquivan las balas cualquier cosa puede pasar: a Notre Dame le funcionó durante 39 minutos, lo que tardaron en pesarles las piernas y en entregarse exhaustos al Jeriansistema. En cambio a Wisconsin (que es como Notre Dame, pero más y mejor) le aguantó hasta los cuarenta. Y porque no hubo más.

Y la experiencia, claro. Resulta curioso escuchar/leer a los kentuckianos en estos días, quejándose amargamente de que ahí pudo estar la clave: sus yogurines (yogurines enormes, pero yogurines al fin y al cabo) contra los Kaminski, Dekker, Gasser, Jackson y demás familia wisconsiniana, tíos hechos y derechos y curtidos ya en mil batallas universitarias. Razón tienen, qué duda cabe: la falta de experiencia de sus Wildcats fue decisiva en la derrota. Pero puestos a reflexionar quizá deberían ir un poco más allá, pensar no sólo en la causa sino también en la causa de la causa: esa falta de experiencia no es un hecho casual, sino la lógica consecuencia del modelo. Si compras a Calipari sabes también que compras el one (or two) and done, sabes que acarrearás all americans a espuertas y que se te irán al poco rato, está montado así, no quieras estar al plato y a las tajadas ni estar en misa y repicando (y demás frases hechas que solían decir nuestros antepasados), no quieras conseguir a los mejores chavales de instituto y a la vez tener experiencia, no es posible, no se puede tener todo en esta vida. Si soy tu hada madrina y te pongo una preciosa carroza, unos zapatitos de cristal y un vestido con el que vas a ir monísima de la muerte pero a la vez te digo que a medianoche se te acaba el chollo luego no me vengas a quejarte cuando den las doce, bonita, que conste que yo ya te lo advertí. Es su modelo, que a algunos no nos entusiasme no significa que no sea válido, que a algunos nos guste más la cocción a fuego lento que la cocina con microondas no significa que ésta no pueda dar platos exquisitos, sobre todo cuando cuenta con los mejores ingredientes como es el caso. Es su modelo y es tan válido como cualquier otro, cómo ncalipari NCAA Kentucky Wisconsin Final Four Basketballo habría de ser válido cuando les ha proporcionado cuatro final four en cinco años, cuántos lo quisieran (todos, de hecho). Pero no le pidan además la cuadratura del círculo.

No es tan grave, de verdad se lo digo. Hoy se recuerda aquel 32-0 de Indiana hace 39 años, pero casi nadie se acuerda de que a aquella Final Four llegó también otro equipo invicto, unos Scarlet Knights de Rutgers cuyo sueño también murió (para siempre, jamás han vuelto a verse en otra semejante) en semifinales. Créanme, ha habido unos cuantos casos más en la historia, los suficientes como para no tener que rasgarse ahora las vestiduras como si esto fuera el fin del mundo. Vendrán otras promociones, algunas tan extraordinariamente buenas como para alcanzar la gloria (aún sin experiencia) como aquella de 2012, otras suficientemente buenas para tocarla con los dedos como la de este año o el pasado, justo hasta que (como entonces, como ahora) aparezca otro equipo mejor. Porque al final todo consiste en eso, en este juego casi siempre acostumbra a ganar el mejor: si Kansas, Texas, North Carolina, UCLA, Louisville, Texas A&M, Ole Miss, Arkansas, Florida, LSU, Cincinnati, West Virginia, Notre Dame, tantos otros, al final no acertaron a recordarles su condición de mortales fue sencillamente porque no tuvieron argumentos suficientes para hacerlo, si se lo recordó (demasiado tarde) Wisconsin fue porque finalmente fueron a dar con la voz de su conciencia, porque tras toda una temporada preguntándole al espejito si habrá otra en el reino más guapa que yo, al final éste se acabó cansando y le dijo sí, Calipari, aunque no lo creas hay otra en el reino más guapa que tú, se llama Kaminski (licencia poética). No hay más, es así de sencillo, si Wisconsin ganó a Kentucky es porque a día de hoy (y aunque no tenga necesariamente mejores jugadores que Kentucky) Wisconsin es mejor equipo que Kentucky. Tal cual, no le den más vueltas, es tan simple como eso. Pura ley de vida.

GRANDEZAS Y MISERIAS   3 comments

Miren que se lo dije hace ya casi un año, que entonces Laso ganó la Liga y sólo por eso le perdonaron que no hubiera ganado la Euroliga, pero que en este 2014 ya podría ganar Liga, Copa, Supercopa y Recontracopa (si la hubiere) que si no ganaba también la Euroliga no se lo iban a perdonar… Dicho y hecho: a día de hoy el Real Madrid es el vigente campeón de Liga y Copa, sólo con eso cualquier otra afición viviría ya instalada en el éxtasis permanente pero ésta no, a (buena parte de) la merengada no le basta, como si su superioridad local viniese ya de serie y se diera por supuesta, como si todas esas competiciones nacionales no fueran más que meros trofeos veraniegos al lado de la gran competición continental. Me dirán que esa es precisamente la grandeza de la entidad pero yo más bien creo que es la miseria de la entidad: la incapacidad para disfrutar de las cosas pequeñas, esa sensación de que ganes lo que ganes no puedes festejarlo porque siempre te quedará otra cosa más importante por ganar. Les pondré un ejemplo que no es de baloncesto sino de fútbol y que no es de ahora sino de finales de los ochenta, de un Madrid que ganaba sistemáticamente liga tras liga y se estrellaba sistemáticamente en la Copa de Europa, de una afición tan obsesionada por esa competición que incluso abucheaba a sus jugadores en el mismo momento de obtener el título nacional. A lo mejor tendremos que perder la Liga un año para que se den cuenta de lo que cuesta ganarla, dijo entonces cabreadísimo un ilustre miembro de aquella Quinta. Tal cual, aquel Madrid no perdió la Liga un año sino cuatro, todas ellas a manos de su odiado rival para más inri, de tal manera que cuando pasado un lustro volvieron a ganarla la cogieron ya con muchísimas más ganas. Es lo que tiene malacostumbrar al personal.

Por supuesto que en estos casos se nos llena la boca de sentencias grandilocuentes, de los subcampeones nadie se acuerda, el segundo es sólo el primero de los que pierden y demás tópicos que no por ser ciertos son menos tópicos (y no por ser tópicos son menos ciertos). Pero puestos a jugar a los tópicos yo más bien creo en esa otra frase que tantas veces solemos dedicar a quienes se quedan en el segundo escalón del podio: ahora están tristes, pero cuando pase un rato y se les pase el disgusto se pararán a pensar y valorarán en su justa medida lo que han conseguido. ¿Cómo dice? ¿Que eso vale para cualquier otro pero no para el Madrid? Ya, claro, la famosa retahíla de que el Madrid por ser quien es habrá de ir de favorito allá donde vaya, de que todo un Real Madrid jamás se puede conformar con ser segundo, juegue donde juegue y sea la competición que sea. Pregúntenle al CSKA, al Barça, al Olympiacos, Panathinaikos o Fenerbahçe, ejemplos casi todos ellos de opulencia deportiva y financiera aún mayor que la del Madrid, a ver cuánto habrían dado ellos por jugar esta Final. ¿Ahora va a resultar que es mejor caer en medio del camino que recorrer entero el camino y caer sólo entonces, siquiera sea a efectos de no hacerse ilusiones? Usted verá. Yo más bien creo que aunque el destino final nos decepcione siempre habrá merecido la pena el viaje, que cualquier cosa será mejor que apearse en marcha a mitad de trayecto. Tanto más tratándose de un viaje tan hermoso como éste.

Pero además: ¿de qué hablamos cuando hablamos de favorito? Una cosa es que aquí el Madrid siempre lo sea y otra ya es que tenga que seguir siéndolo necesariamente cuando lo sacan a pasear por esos mundos de dios. ¿Lo era realmente en esta Final Four? Ateniéndonos exclusivamente a los resultados del Top16 y/o playoffs resulta que hubo dos equipos (Barça y CSKA) que presentaban mejores números, mientras que el tercero (Maccabi, casualmente) racaneó durante el periodo liguero pero sufrió bastante poco en su eliminatoria, aún con desventaja de campo incluso. ¿Qué pasó? Pasó que el viernes Maccabi dio la campanada cargándose al Cheska y que seguidamente el Madrid le metió al Barça de 38, pasó que la suma de ambos factores dio de inmediato como resultado que el equipo blanco ganaría sin bajar del autobús. Resultaba paradójico encontrarse en las horas previas a la Final una sobreabundancia de tuits que manifestaban su preocupación no por el resultado del partido (que ese lo daban por descontado) sino por el conflicto que podría ocasionarse en el entorno del Paseo del Prado entre quienes fueran a la celebración baloncestera blanca y quienes volvieran de la celebración futbolera rojiblanca. Vamos, que en qué cabeza cabía otra posibilidad. Todo eso de alguna manera se transmitió a unos jugadores que del viernes al domingo pasaron de que podían ganar a que tenían que ganar, necesariamente, sí o sí. Unos jugadores que podrán ser muy buenos, podrán ser grandes profesionales, podrán cobrar infinitamente más que usted y que yo pero eso no significa que sean máquinas. Mientras que no se demuestre lo contrario son personas, con sus sensaciones, sus sentimientos, sus emociones. Y su presión. Por supuesto que saben cómo manejarla, por supuesto que es inherente al sueldo pero qué quieren que les diga, una cosa es la presión y otra muy distinta la sobrepresión. Tengo para mí que de haber ganado al Barça de manera (digamos) normal y/o de haber sido la Final contra el CSKA la historia habría sido muy distinta: no en términos de ganar o perder, lo mismo habrían perdido igual (otra cosa sería hacer baloncesto-ficción), sino en términos de actitud, de no salir agarrotados sino sueltos, de no estar tensos sino intensos, de no soportar más presión que la propia presión inherente a cualquier final. Que ya bastante es por sí sola como para tener que llevar además el cartel de campeones colgado del cuello desde mucho antes de empezar.

Y deberíamos aprender de una vez por todas la lección de que (en lo que a Final Four euroligueras respecta) el concepto favorito está tan obsoleto como el concepto cenicienta, exactamente por la misma razón. La Euroliga es como es, te pasas meses y meses jugando una ristra interminable de partidos para que al final todo se decida en dos días, te puede gustar más o menos pero es así y es igual para todos, podríamos entrar en eternas divagaciones sobre qué habría pasado de haberse disputado la Final en formato playoff pero eso volvería a ser baloncesto-ficción y desde luego no es el objetivo de este post. Algo tendrá la Final Four cuando la bendicen, y es sin duda el hecho de que suela ganarla el mejor equipo no ya en términos baloncestíticos sino psicológicos, también. Echen la vista atrás y díganme qué tienen en común el Maccabi de este año, el Olympiacos de las dos pasadas temporadas, el Zalgiris del 99, la misma Penya del 94, no digamos ya el Limoges del 93, el Partizan del 92 o la misma Jugoplastika de tantos años anteriores (tiro de memoria, habrá otros casos pero éstos son los que ahora se me vienen a la mente). Todos ellos llegaron como presuntas cenicientas, como convidados de piedra de un festín que (se suponía que) habrían de comerse otros. Todos ellos fueron luego campeones, en algún caso (evidentes los de Split y Partizan) porque más tarde descubrimos que ahí había mucho más talento del que parecía a primera vista, en todos los casos porque hubo un gran trabajo psicológico detrás. Maljkovic, Obradovic, Bartzokas, Blatt, tantos otros que supieron mejor que nadie cómo optimizar la cenicientez en beneficio propio a la par que minimizaban el favoritismo ajeno. Todo esto también es baloncesto, y en este tipo de partidos a cara o cruz y sin posibilidad alguna de rectificación representa además una parte fundamental del baloncesto. Explica muchas cosas.

Con todo lo cual no pretendo justificar ninguna derrota, tan solo proporcionarles algunas claves que les ayuden a entenderla, luego allá ustedes, si quieren seguir con su linchamiento son muy dueños. Miren, yo no soy del Madrid pero sí soy del estilo de juego de este Madrid. Soy de baloncesto alegre, soy de frescura y desinhibición, soy de velocidad y contraataque, soy de ataque que no desprecia la defensa sino más bien al contrario, que la considera un fundamental punto de partida, soy del Chacho (sospecho que esto ya lo sabían), soy de un técnico que no será el mejor del mundo (nunca dije que lo fuera) y tendrá además carencias y cagadas puntuales (nunca dije que no las tuviera) pero que ha sabido recuperar mejor que ningún otro la legendaria filosofía de una sección que llevaba casi veinte años repartiendo palos de ciego por doquier. Ahora bien, ustedes mismos, no se corten, vuelvan al pasado si así lo quieren, si no les gusta Laso ahí tienen a Messina otra vez libre, ahí tienen incluso a Imbroda que estaría loco por la música. O aún mejor, llamen a Querejeta y propónganle un trueque, Laso por Scariolo, el uno volvería a su tierra y el otro a la Villa y Corte, no duden que el máximo mandatario baskonista les preguntaría entusiasmado dónde hay que firmar. Hagan ustedes lo que les plazca pero antes déjenme que les diga una cosa: han perdido ustedes dos finales europeas consecutivas, dos dolorosísimas derrotas que les han dejado destrozados, cómo no. Ahora bien, ¿saben por qué les pasa eso? ¿Saben por qué ahora pierden finales europeas una tras otra? Porque las juegan. Durante quince años no tuvieron este problema, no se llevaron estos disgustos, no vieron ni en pintura las final four. Ustedes sabrán qué prefieren, si seguir jugando finales aún a riesgo de perderlas (hasta que llegue el día en que las ganen) o seguirlas desde su casa tan ricamente arrellanados frente al televisor. Ustedes mismos.

Empecé contándoles la historia de aquel Madrid de fútbol de finales de los ochenta, déjenme que acabe con otra historia de aquel entonces, mucho más lejana en el espacio (como seiscientos kilómetros más lejana) pero mucho más cercana en términos de deporte ya que (ésta sí) tiene que ver con baloncesto. Con el Barça (otro que tal) de baloncesto de finales de los ochenta, aquel recordado equipo de Solozábal, Epi, Norris, Andrés Jiménez, tal vez aún Sibilio, tantos otros. Aquel equipo acabó con la sempiterna hegemonía del Madrid y dominó durante varios años la competición doméstica pero, ¿saben qué? Pues que en Europa se fue estampando año tras año contra su propia obsesión, así hasta que sus dirigentes decidieron ceder al clamor popular, quitarse del medio a Aíto (sí, ese mismo Aíto hoy merecidamente mitificado, al que entonces se le reprochaba que sabía ganar en casa pero no fuera, que sabía ganar en formato de playoffs pero no en formato de Final Four y no sé cuántas sandeces más) mediante el tradicional sistema de la patada hacia arriba y traerse en su lugar a la bestia negra (más bien amarilla) que se la liaba año tras año, es decir Maljkovic. Y no hará falta que les recuerde cómo acabó aquello, el Barça perdió con Maljkovic exactamente igual que perdía con Aíto, ya ven qué cosas, no era un problema de entrenador sino de jugadores, los tuyos eran buenos pero los jugoplástikos de enfrente eran mejores aún. Es así de simple, Por bueno que seas (o que te creas que eres) siempre puede haber alguien mejor, exactamente eso es el deporte, si ganas lo disfrutas y si pierdes lo reconoces, tal cual, lo que se llama cultura de la derrota, algo de lo que (dicho sea de paso) carecemos por completo en este país. O como dijo (mucho mejor que yo) esa genial parodia virtual llamada Pablo Lolaso (no confundir con el original): Pierdes. Das la mano. Felicitas al rival. Y te vas a casa a entrenar para volverlo a intentar más fuerte. Eso es el baloncesto. Sin más. Sin que sea el fin del mundo, sin llanto y crujir de dientes, sin ir cortando cabezas a cada rato, sin echar a la hoguera a quien hace apenas dos días elevabas a los altares, sin grandezas ni miserias ni demás zarandajas que no sirven absolutamente para nada, sin traumas, sin más. Tan sencillo como eso. No lo compliquen más, por favor.

EL JUGUETE DE CRISTAL   4 comments

Éramos perdedores, por definición. Veníamos del angolazo y caminábamos (alemaniazo mediante) hacia el chinazo. Habíamos interiorizado ya en aquellos primeros noventa (y aún más habríamos de interiorizarla en años venideros) nuestra presunta incapacidad genética para superar el cruce de cuartos de final. Ello a nivel de selección, a nivel de clubes sí que sabíamos alcanzar finales pero todavía no habíamos aprendido cómo ganarlas, o acaso un día lo supiéramos pero lo estábamos olvidando ya con el paso del tiempo. O puede que aún nos acordáramos en torneos menores (esos que aún llamábamos Recopa o Korac) pero en lo tocante a la máxima competición continental no éramos nadie, cada vez menos: año tras año se metía el Barça en esa novedosa innovación llamada Final Four, año tras año se estampaba contra aquella otra innovación no menos novedosa llamada Jugoplastika, año tras año la misma canción. 1991 de alguna manera representó un punto de inflexión: tres finalistas europeos, tres, a razón de uno por competición, qué menos que ganar al menos una de ellas, sólo una siquiera… Y sucedió que el Madrid perdió ante Cantu la Korac y la vida de su técnico (inolvidable Ignacio Pinedo), todo en uno; y sucedió que el CAI perdió (le perdieron, más bien) ante el Paok la Final de Recopa más indigna que se recuerda; y sucedió que el Barça completó la cuadratura del círculo, el más difícil todavía: esta vez le trajeron la Final Four al lado de casa, esta vez le pusieron en sus filas al entrenador que acostumbraba a estar en las de enfrente (Maljkovic), esta vez ya ni siquiera Jugoplastika se llamaba Jugoplastika sino Pop 84 Split, todo lo cual a la larga dio igual porque la historia volvió a acabar exactamente de la misma manera. Tres finales, tres derrotas, trescientosmil artículos en prensa glosando nuestra presunta inferioridad psicológica: no había duda, no sabíamos cómo manejar esa presión, éramos perdedores, llevábamos la derrota en las venas.

¿Quieren más? En 1992 la Copa de Europa pasó a ser Liga Europea, se abrió a más equipos por país y aquí bien que lo aprovechamos, esta vez ya no hubo uno sino dos de los nuestros en Final Four, que nos vamos a Estambul chimpún, la Penya que en semis se carga al Estu, que se cita en la Final con aquel Partizan que durante un tiempo fue de Fuenlabrada, que se ve ya ganadora tras canasta de Tomy Jofresa a falta de 10 segundos, lástima que Sasha Djordjevic no fuera de la misma opinión. Nadie escenificó mejor que Pedro Barthe aquella frustración, si ni siquiera metiendo dos equipos en Final Four somos capaces de ganarla, a lo mejor tendremos que esperar a que lleguen tres, tres de cuatro, a ver si así tuviéramos al menos alguna posibilidad… En 1993 llegó sólo uno pero esta vez fue el Madrid, nada menos que el Real Madrid de Sabonis convertido en hiperarchimegafavorito para la ocasión (al Madrid la hipermegafavoritez se le supone como el valor en la mili, por definición; pero es que esta vez además lo era), hiperarchimegafavoritismo que se estampó de bruces contra la tela de araña limogeois de (otra vez) Maljkovic. No teníamos remedio, éramos tan perdedores que ni siquiera sabíamos qué hacer cuando ganábamos, nos sentíamos tan inferiores que la mera superioridad nos descolocaba, tuvimos en aquellos años a un ciclista que ganaba Tour tras Tour y al que jamás profesamos otra cosa que no fuera indiferencia (e incluso un puntito de desprecio), aquí preferíamos ser de otro cuyos éxitos nunca estuvieron a la altura de sus despistes, será que a éste sí le veíamos como uno de los nuestros. Cuentan que en aquel tiempo un modesto equipo de fútbol perdió una Liga en el último segundo (penalty fallado mediante), cuentan que en la posterior rueda de prensa su entrenador, visiblemente emocionado, vino a decir que la derrota era el estado natural del ser humano. La victoria, en su caso, sería tan solo un mero accidente. Si lo sabríamos nosotros.

Y en éstas llegó la Final Four de 1994. Otra vez dos de los nuestros, otra vez enfrentados en semis por prescripción FIBA no fueran a juntarse dos equipos del mismo país en la Final con lo feo que queda eso. De un lado el Joventut de Obradovic, precisamente Obradovic que fuera su verdugo en los banquillos apenas dos años atrás, había hecho la Penya con Zeljko lo que el Barça años atrás con Boza, si no puedes vencer a tu enemigo únete a él; del otro el Barça de Aíto, un derby catalán en toda regla que esta vez no sería en Barcelona o Badalona sino en la otra punta del Mediterráneo, esa extraña Europa política (que no física) llamada Tel Aviv. De aquel partido siempre recordaré que Aíto se puso en zona (quizás no muy trabajada, o no lo pareció al menos) y empezaron a lloverle triples; Aíto puso la zona y el error no fue ponerla, el error fue mantenella y no enmendalla. Cuando la enmendó fue ya demasiado tarde. La Penya en otra final, apenas un par de años después de la anterior… pero esta vez no íbamos a engañarnos, esta vez favoritos ni en pintura, esta vez el rival no era el humilde Partizan sino el todopoderoso Olympiakos (aún con K), el Olympiakos de los dracmas a espuertas, de los magnates navieros, del dinero por castigo, el Olympiakos de Paspalj, Tarpley, Fassoulas, Sigalas, Tarlac o ese Milan Tomic nacido en Yugoslavia pero que juega como griego no me pregunten ustedes por qué… (Trecet dixit). La de dios. ¿Favoritos, dice usted? Carpe diem, vivamos el momento, disfrutemos del mero hecho de haber llegado hasta aquí. Y que sea lo que dios quiera.

Jueves 21 de abril de 1994. Aparentemente un jueves como otro cualquiera, esta vez ni siquiera era Jueves Santo como tantas veces antes o tantas otras después gracias ese don incomparable que siempre tuvo la FIBA para complicarnos la vida en vacaciones. Un jueves normal y corriente, perfecto para planificarme una tarde perfecta de sofá y partidazo, ajeno por completo al complot que ya entonces se tramaba a mis espaldas. A mis espaldas mi señora y sus dos amigas del alma decidieron que las tres parejas en cuestión llevábamos ya muchos meses sin vernos, que eso no podía continuar así de ningún modo, que esa tarde de jueves era tan perfecta para quedar como cualquier otra. Y ponte a protestar, claro, ponte a argumentar que es un partido muy importante para que te contesten que es que a ti todos los partidos te parecen importantes (la de veces en mi vida que habré escuchado esa frase), ponte a buscar la complicidad de los otros dos maridos (futboleros y madridistas, especialmente uno de ellos) para que te respondan que hombre, si hubiese sido el Madrid entonces está clarísimo que no íbamos a quedar, ni de coña, o si hubiese sido fútbol, pero vamos, por esta mierda de partido por supuesto que no vamos a cambiar los planes, ya me dirás tú… Tocaba ser el raro una vez más, tocaba ponerlo a grabar con la vana esperanza de verlo luego sin saber el resultado, tocaba llegar al bar y encontrártelo ya puesto en el televisor, hoy nos puede parecer ciencia-ficción (hostelería-ficción, más bien) pero puedo asegurarles que en los bares de entonces sí ponían baloncesto (entre otras cosas porque había días en que no había fútbol…) Así vi yo (si es que a eso se le puede llamar ver) aquel partido, en un televisor que apenas llegaría a veinte pulgadas situado a diez o quince metros de mis ojos, cuyo sonido a todo volumen resultaba enmascarado por el griterío de los parroquianos que atiborraban el local. Y a todo esto fingiendo participar en conversaciones sobre las vidas privadas de mis contertulios que en aquel preciso instante (y aunque me esté mal el decirlo) no me interesaban en absoluto. Definitivamente éramos perdedores, sobre todo yo que a esas horas llevaba ya mi derrota puesta de serie. Acabara como acabara la Final.

Empezó por fin aquello con Trecet (que lo veía tan mal como lo veíamos todos, sólo que más de cerca) intentando sacar ilusión de debajo de las piedras, reivindicando nuestro derecho a soñar, apelando incluso a la épica, a la leyenda de Excalibur nada menos, a cómo Arturo sacó la espada de la roca cuando nadie pensaba que él, que era un simple escudero en aquel momento, podría hacerlo... Yo no podía oírlo pero sí veía que por más que la Penya tiraba la espada no salía, que estábamos más nerviosos que ellos, que los rebotes eran griegos, que a siete minutos para el descanso el marcador ya señalaba un desalentador 24-16 para Olympiakos. Quizás fuera lo mejor, quizás eso les permitió sacudirse por fin el corsé, soltarse los brazos, perder los complejos y empezar a jugar de tú a tú. Al respecto no estará de más recordar que cuando más pintaban bastos hubo un jugador llamado Ferrán Martínez (del cual luego no se acordó casi nadie) que fue quien sacó las castañas del fuego y permitió que la Penya llegara no sólo viva sino incluso empatada (a 39) al descanso, triple mediante de Mike Smith literalmente sobre la bocina. Justo antes de que empezara la segunda mitad vino la consabida conexión con la segunda edición del Telediario, fenómeno inevitable en aquella época, en la que el gran Ramón Trecet aprovechó para seguir intentando ganar adeptos para la causa: ¡¡¡si usted quiere vivir un sueño pásese a la segunda cadena porque un equipo español puede ser campeón de Europa!!! Dicho y hecho, nos habíamos ganado por fin el derecho a soñar, ahora ya sólo faltaba que la realidad quisiera parecerse a nuestros sueños.

Pero tras ese descanso lo que vino fue puro cemento, baloncesto de pico y pala, vuelta al corsé, tal vez lo llevaran ambos pero el de la Penya se notaba mucho más. Siete minutos para el final, Olympiacos arriba 57-52, cinco puntos no son nada pero también lo son todo, tanto más si cada punto te cuesta una eternidad. Y entonces fue como si el partido se detuviera, aún más si cabe. Es decir, el reloj seguía corriendo pero el juego parecía haberse parado a su alrededor. Mérito de una Penya que finalmente entendió que el primer paso para sacar la espada quizá fuera romper la piedra, desarticular el juego ofensivo de Olympiakos (es decir, Paspalj) por delante y por detrás. Mérito badalonés a la par que demérito de ese histriónico Ioannidis que jamás tuvo un plan B, o acaso sí lo tuviera pero sus jugadores no debían sabérselo, o acaso sí lo supieran pero no debieron acordarse. Claro que una vez rota la piedra quedaba pegar el tirón definitivo de la espada y eso ya iba a resultar bastante más difícil, aquello no había quien lo moviera, otros cinco minutos y nada, si a falta de siete estábamos 57-52 a falta de dos estábamos 57-53. La hora de Villacampa, por fin. Se levantó de tres, la clavó y fue como si de repente se abrieran las puertas del cielo, 57-56, nuevo ataque fallido griego, balón verdinegro a falta de minuto y medio, quién nos iba a decir entonces que ese ataque duraría minuto y cuarto. Falla Ferrán, rebote Villacampa, falla de nuevo Ferrán, falla el palmeo Mike Smith pero se rebotea a sí mismo, quedan aún 30 segundos, bola de mano en mano hasta encontrar al hombre abierto que resulta ser Rafa Jofresa que en ese último instante ve aún más abierto a Corny, don Cornelius Thompson que se levanta de tres, que la clava y es la gloria, el éxtasis, el delirio, el 57-59. Quedan 15 segundos…

La jugada de Olympiakos terminará en falta sobre Paspalj a 4,8 segundos para el final (que en realidad eran más, pero se les olvidó parar el reloj a tiempo). No es mala falta, dirá Pesquera (allí a la vera de Trecet para los comentarios técnicos), y dirá bien: uno más uno, Paspalj no era un excelso lanzador, en el peor escenario aún quedaría algún segundo para arreglarlo antes de la (hipotética) prórroga… No fue el caso. Paspalj falló el primero luego ya no hubo segundo, rebote para la Penya que en su afán por evitar que salga fuera se lo acabará dando a Olympiakos, tiro desde medio campo a la desesperada, todavía otro rebote para un Paspalj que tira forzadísimo y la estampa contra el aro, se suponía que iban a ser cinco segundos pero fueron diez o doce porque el del reloj volvió a cagarla, porque se le olvidó apretar el botón a su debido tiempo como venía siendo tradicional en las finales europeas de la época, no quiero ni pensar si hubiera llegado a entrar alguno de aquellos tiros, afortunadamente no sucedió, afortunadamente sonó por fin la bocina y ya todo dio igual, ya la Penya en pleno entró en la pista, ya se desató la locura, por fin…

Ya para entonces el bar entero estaba pendiente del televisor, ya para entonces mis dos amigos y yo estábamos en la barra intentando que nos cobraran (mientras nuestras tres respectivas continuaban de cháchara en la mesa) lo cual al menos me permitió ver ese último minuto mucho más de cerca que casi todo lo demás, algo es algo. Eso sí, siempre recordaré la reacción final de mi colega futbolero irredento, que tras felicitarse de que hubiera ganado el Joventut porque era un equipo que le caía bien (le caía bien no por historia ni por tradición ni por lo que representaba para nuestro deporte sino más bien por todo lo contrario, le caía bien por lo mismo que le caía bien el Espanyol, por ser el enemigo interior del Barça) no se privó de añadir su cuñita respecto al resultado, mira qué marcador, 57-59, ¿ves tú?, por eso mismo ya no me gusta el baloncesto, lo decía y se quedaba tan ancho como si en verdad le hubiera gustado alguna vez. Es así, podrá pasarse la vida entera viendo chorrocientosmil partidos que acaben 0-0 ó 1-0 sin que ello le haga renegar jamás del fútbol, en cambio un solo partido a sesenta puntos ya le daba para renegar de todo el baloncesto para toda la eternidad. Han pasado veinte años, pero ya ven que tampoco hemos evolucionado mucho desde entonces.

Como siempre recordaré la entrega del trofeo a Villacampa, ni operativo ni podio ni palco ni hostias sino que se lo entregaron casi clandestinamente, al otro lado del tumulto que se había formado en el centro de la pista. Como siempre recordaré aquel trofeo en sí mismo, aquello ya no era Copa de Europa sino Liga Europea luego la FIBA debió decidir que ya no tenía por qué dar una copa propiamente dicha sino que podía entregar cualquier cosa, por ejemplo aquel extraño objeto minimalista (tenía la mínima lista de cosas que puede tener un trofeo). Que probablemente sería una valiosa escultura en cristal de Murano con incrustaciones de oro macizo de veinticuatro quilates, no digo yo que no, pero que visto así de lejos más bien parecía uno de esos chismes decorativos de metacrilato que puedes comprar en cualquier tienda de chinos (o de todo a cien, que entonces aún no eran chinos). Como siempre recordaré la traca final de un Trecet que había empezado evocando al rey Arturo y acabó evocando a Peter Pan, si acaso quieres volar piensa en algo encantador, como aquella navidad en la que se regalaron juguetes de cristal; volarás, volarás, volarás… Qué razón tenía. Aquel jueves 21 de abril de 1994 ya no era navidad ni tan siquiera semana santa pero aún así aquella Penya se creyó una vez más con derecho a soñar, pensó en algo encantador, tuvo por fin su juguete de cristal (nunca mejor dicho a la vista del trofeo), voló, voló, voló… y aún por duro que fuera luego el aterrizaje (que lo fue) no importó, a quién habría de importarle cuando has alcanzado el cielo.

Como bien dicen que dijo entre lágrimas aquel sabio entrenador gallego (de nombre Arsenio, como probablemente ya habrán adivinado) la derrota es consustancial al ser humano, en cambio la victoria es sólo un accidente. Toda vida acaba en derrota, y ante eso sólo nos quedarán las pequeñas (o grandes) victorias que hayamos sido capaces de arañar por el camino. La vida de la Penya pendió de un hilo en los siguientes años, se vio más veces fuera que dentro de este mundo, pagó con creces (esto les sonará) haber vivido por encima de sus posibilidades. Pero ¿saben qué les digo? Que les quiten lo bailao. La Penya de alguna manera se refundó, vendió y vendió para sobrevivir, recuperó sus orígenes, volvió a sus esencias y no diré que hoy goce de buena salud (¿y quién goza de buena salud -económicamente hablando- en estos tiempos que corren?) pero sí que puede hoy mirar al presente e incluso al futuro con dignidad. Y al pasado, por supuesto. Pase lo que pase de ahora en adelante siempre les quedarán las ligas y las copas, las recopas, Korac y ULEB pero por encima de todas ellas siempre les quedará aquella Liga Europea, aquella inolvidable noche de Tel Aviv cuando por fin entendimos que el mero hecho de jugar finales de la máxima competición continental no tenía por qué ser sinónimo de perderlas, de hecho el mismo Real Madrid se encargó también de refrendarlo al año siguiente (Obradovic mediante, again) para que ya no nos quedara ninguna duda. Lentamente fuimos descubriendo que no era cierto lo que nos habían contado, que no llevábamos la derrota grabada a fuego en los genes, que no teníamos por que sentirnos inferiores a nadie aunque demasiadas veces lo pareciéramos. Lentamente fuimos dejando de ser perdedores en el deporte, casi al mismo tiempo que empezamos a serlo en otros menesteres (mucho más importantes) de la vida. Pero esa es otra historia…

(publicado originalmente en tirandoafallar.com)

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