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EL AGUJERO   8 comments

Leí aquella historia en Slam, debió ser como a comienzos del presente siglo. John Thompson (el mítico John Thompson de toda la vida, el sumo hacedor de pívots como Ewing, Mourning o Mutombo) andaba ya jubilado tras su larga etapa en Georgetown; en cambio su hijo John Thompson III empezaba a labrarse una dura carrera como entrenador, aún no en los Hoyas sino en la más modesta (si bien no con menos tradición baloncestística) Universidad de Princeton. Cuentan que el hijo por aquel entonces andaba un tanto desazonado, razón por la cual decidió recurrir a la sabiduría de su amado progenitor:JThompson papá, creo que tengo equipo para aspirar al trono de la Ivy League, tengo buenos bases y aleros, buenos pasadores, tiradores y defensores, tengo casi todo pero me falta sólo un pequeño detalle: no tengo pívot, ninguno. Dime papá, qué puedo hacer, qué sistemas puedo implementar, qué estrategias puedo llevar a cabo, qué solución hay… La lacónica respuesta de su padre quizá no fue la que él esperaba, pero desde luego que el consejo no dejó lugar a dudas: consigue un pívot. Sin más.

No ha pasado mucho tiempo, apenas década y media (ayer, como quien dice), y sin embargo parece como si estuviéramos hablando de la prehistoria. Hoy ya nadie va a John Thompson a decirle coach, no tengo pívot, qué puedo hacer, hoy más bien irán a otros (pongan aquí el nombre que quieran) a preguntarles exactamente lo contrario, coach, tengo un pívot, un tío enorme y con muy buenos fundamentos pero que no abandona jamás las proximidades del aro, por favor coach, dígame qué puedo hacer, dígame cómo me las apaño para sacarlo de ahí… Y probablemente la respuesta de alguno no sería menos lacónica que la del Coach Thompson, si bien en un sentido diametralmente opuesto: no lo pongas, déjalo en el banquillo. Asunto resuelto.

Cómo hemos cambiado. Nos enseñaron que quien tiene un pívot tiene un tesoro, nos repitieron que los equipos se construyen desde el centro, a partir del cinco, a partir de Russell, Chamberlain, Abdul-Jabbar, Ewing, Robinson, Olajuwon, O’Neal. No por casualidad los Blazers escogieron a Bowie antes que a Jordan en el famoso draft de 1984, acaso una de las decisiones más justamente denostadas de la historia pero que en el baloncesto de aquellos tiempos (de casi todos los tiempos) tenía todo el sentido del mundo: escoltas anotadores hay muchos, en cambio los cénters dominantes se pueden contar con los dedos de una mano,top5 pillémonos al mejor que haya disponible y construyamos a partir de ahí. Sabían lo que querían, otra cosa ya es que se equivocaran de medio a medio en su evaluación del talento (y la salud) de cada jugador. Pero en aquel entonces las cosas eran así.

Y no hace tanto que seguían siendo así, no hace tanto (diez años, para ser exactos) que esos mismos Blazers escogían a Oden por encima de Durant, otra vez la cagaron (otra vez la salud, también) pero esa no es la cuestión. La cuestión es que hace una década aún se prefería la carne interior a la exterior (aún por larga que ésta fuera), aún quien tenía un pívot tenía un tesoro, aún algún comentarista encontraba una carencia en algún juego interior y te decía despectivamente que esto es lo que en USA llaman equipo donut, porque tiene un agujero en el centro. Hoy ese agujero se ha hecho más y más grande, se ha institucionalizado pero eso sí, como queda feo llamarlo agujero preferimos llamarlo spacing que queda mucho más bonito, dónde va a parar. Spacing, nada nuevo bajo el sol, ya el añorado Manel Comas en sus comentarios televisivos solía a menudo decir que el baloncesto es un juego de espacios, cosa obvia por otra parte; lo novedoso en todo caso sería la manera de utilizarlos. En ese sentido el actual spacing vendría a ser (simplifico deliberadamente el tema) algo así como la capacidad de abrir los ataques para que se abran también las defensas, sacándolas de su hábitat natural de los alrededores de la zona para generar grandes espacios (valga la redundancia) por los que penetrar. Me dirán que la definición me ha quedado un poco pedestre y que el spacing es mucho más que eso (afortunadamente) pero qué le voy a hacer, no soy técnico sino un mero aficionado, es lo que hay, no doy mucho más de sí.

No hace mucho leía que hoy el baloncesto básicamente consiste en un tío que la sube, otro que le bloquea y los otros tres que esperan al otro lado de la raya del triple a ver si les llega el balón. Sentencia simplista donde las haya, pero que si me apuran la podemos hacer aún más simple todavía: antes el que bloqueaba continuaba casi siempre hacia adentro, hoy continúa cada vez más hacia afuera, hoy se lleva mucho más el pop que el roll. Es curioso, no hace tanto que (algunos) despotricábamos del cuatro abierto pensando que acaso fuera una moda pasajera, y ahora en cambio ya hemos entrado de lleno en la moda del cinco abierto. Y porque no hay más.

Les contaré otra historia reciente (será breve, no huyan) de baloncesto universitario, que ya saben que me pierde. Hace un par de años los Hoosiers de Indiana tenían un equipo sin prácticamente ningún jugador interior, razón por la cual su técnico Tom Crean implementó sabiamente un sistema que generaba un montón de espacios para así aprovechar las cualidades de sus incisivos jugadores exteriores. En cambio al año siguiente llegó por fin el pívot que necesitaban, Thomas Bryant:Crean físicamente imponente, técnicamente bien dotado y psíquicamente muy mal amueblado (pero eso no viene al caso). ¿Creerán entonces que Tom Crean adaptó sus sistemas ante el novedoso hecho de contar por fin con un cénter dominante (rara avis, tanto más en NCAA) en sus filas? Pues no, más bien sucedió todo lo contrario, más bien fue Bryant quien se tuvo que adaptar a jugar mucho más fuera que dentro durante sus dos temporadas en Bloomington. Indiana era un equipo muy divertido de ver como casi cualquiera que practica el (mal llamado) small ball, pero que me lo pasara en grande viéndolo no significa que no me doliera el desperdicio (en mi opinión, habrá quien piense todo lo contrario) de esa ausencia interior. Esta pasada primavera Thomas Bryant se presentó al draft (fue escogido en el puesto 42 por los Lakers, que en el pecado llevarán la penitencia), y seguro que no serán pocos los que crean que el haber jugado por fuera le va a venir de perlas de cara a su carrera profesional. Pero yo más bien veo a un jugador sumamente desorientado (ya les dije que su coco tampoco ayuda) que a estas alturas ya ni sabe lo que es, que ya no es ni chicha ni limoná (signifique eso lo que signifique). Y este es sólo un ejemplo, el primero que se me ha venido a la cabeza. Podría ponerlos a miles, y (obviamente) no sólo de NCAA.

Lo llaman small ball y no lo es. No nos equivoquemos, no es una cuestión de tamaño sino de lo que se sepa hacer con él. Los centímetros, así de alto como de ancho (es decir, de envergadura), siguen valiendo su peso en oro, cuantos más mejor… siempre y cuando no te inmovilicen, siempre y cuando no te aten a la zona ni te pongan a jugar de espaldas. Hoy se cotiza la velocidad a campo abierto, la versatilidad para defender indistintamente a interiores y exteriores, el desplazamiento lateral, el primer paso para atacar de fuera a dentro, la muñeca. Sobre todo la muñeca, cuanto más lejos mejor. Hoy ya no te piden shaquilles ni olajuwones sino clones de aquel adelantado a su tiempo que fue Kevin Garnett. Hoy apenas quedan cincos, casi no hay ni cuatros, aquellos que llamamos cincos o cuatros abiertos en realidad no son más que especímenes más desarrollados y evolucionados del tres.

¿Exagero? Probablemente, pero aún así les agradeceré que echen conmigo una ojeada a alguno de los pívots más reputados del momento. Pongamos por ejemplo al gran Karlito, Karl-Anthony Towns: unos fundamentos técnicos depuradísimos, unas condiciones atléticas sobresalientes, un talento innato… que sin embargo no sería el jugador que es (y no digamos el que va a ser) si no hubiera hecho del triple parte esencial e indispensable de su juego.embiid O pongamos Joel Embiid, que nos enamoró en la Universidad de Kansas (y aún antes, en el McDonald’s All American) gracias a un juego de pies de espaldas al aro como no habíamos visto (casi) desde Olajuwon, pero que hoy (es decir, en lo poco que hemos podido verle tras su eterna lesión) tira ya triples como si no hubiera trabajado en otra cosa durante los largos meses que pasó en el dique seco. O pongamos sin ir más lejos a nuestro Marc Gasol, el cénter por antonomasia, acaso el cinco más cinco que podamos encontrar hoy en día en el mercado… y que sin embargo (a la fuerza ahorcan) también ha incorporado recientemente el triple a su ya de por sí selecto repertorio. Y no hablemos ya de Ibaka: ¿recuerdan cuando pontificábamos que Scariolo siempre preferiría para la selección a Mirotic porque le privaban los cuatros abiertos? Así es y así va a seguir siendo, pero ese argumento hace ya tiempo que se nos quedó obsoleto: hoy Ibaka en ataque es ya casi tan cuatro abierto como Mirotic. Que ya es decir.

Pero el problema (si es que es un problema) no son los triples, ojalá fuera tan simple como eso. Me dirán que pívots que tiraron triples siempre hubo, y muy probablemente me traerán a colación al gran Arvydas. Por supuesto que sí, Sabonis tiraba de fuera con inusitado acierto del mismo modo que pasaba el balón como los propios ángeles, fruto todo ello de su formación como base antes de pegar el estirón. Pero ello no le impedía desenvolverse como pez en el agua por la zona, mirar el juego de espaldas al aro o restregarse contra sus rivales cuando fuera menester. Su tiro exterior era UN recurso (para momentos muy puntuales), no EL recurso. Me dirán que como Marc, exactamente lo mismo, pero permítanme que establezca una sutil diferenciación: Sabonis lo llevaba de serie, Marc lo ha tenido que implementar, casi como una mera cuestión de supervivencia profesional.

Insisto, el problema NO son los triples, el problema es que de tanto tirar triples nos acabemos olvidando de casi todo lo demás. Soy casi prehistórico (y prehistérico), crecí en un tiempo en el que sólo se televisaban los partidos de Copa de Europa del Madrid o lo que es casi lo mismo, crecí viendo lanzar ganchos a Clifford Luyk. Gancho de Luyk, decía el Héctor Quiroga de turno, y a mí que era un crío que aún no sabía nada de baloncesto (tampoco es que ahora sepa mucho más) aquel me parecía un tiro casi indefendible: si te lo lanzan así como de medio lado, desde más arriba de la coronilla y con la mano más alejada del aro, pues a ver cómo paras eso.nba_jabbarhooks_800 Luego vimos mundo, descubrimos el skyhook de Jabbar y hasta el baby hook de Magic, conocimos incluso a un pívot eminentemente defensivo llamado Dikembe Mutombo que en ataque vivía casi exclusivamente del gancho porque era casi lo único que sabía hacer. Y ya. Recuerdo unas declaraciones que le leí hace quince o veinte años a un mítico pívot ex céltico llamado Dave Cowens, en aquel entonces entrenador de los Warriors, en las que se lamentaba precisamente de eso, de que un recurso tan efectivo como el gancho se encontrara prácticamente en peligro de extinción. Hoy ya no es que esté en peligro de extinción, hoy ya es que cuando vemos (si es que alguna vez lo vemos) a un pívot hacer un gancho casi nos entran ganas de abalanzarnos sobre la pista o la pantalla del televisor a darle un beso en los morros. Y ello aunque sea del equipo rival.

Casi hemos perdido el gancho y no tardará en llegar el día en que perdamos también el juego de pies de espaldas al aro. Pívot como su propio nombre indica viene de pivote, de pivotar, casi la esencia misma de este juego. A algunos aún se nos caen las lágrimas al recordar la maravillosa plasticidad de Hakeem Olajuwon, aquel a quien Montes llamaba (y muy pocos apodos habrá más descriptivos) el Bailarín de Claqué del Cotton Club. Pura poesía en movimiento. Hoy (poco más de dos décadas después) esos movimientos son casi pieza de museo, recuerdos de un pasado que nunca más ha de volver que decía la copla. Hoy son patrimonio casi exclusivo de gasoles y demás veteranos formados casi en las postrimerías del pasado siglo, por eso cuando en la universidad se nos apareció el antes mencionado Embiid haciendo olajuwonadas a diestro y siniestro algunos románticos de esto pensamos que quién sabe, tal vez no estuviera todo perdido, quizás aún hubiera esperanza. Esperemos que sus rodillas y sus técnicos no nos la quiten.

Tampoco hace falta irnos tan lejos, miremos por ejemplo el caso de Germán Gabriel. Su entrenador en aquellos maravillosos Juniors de Oro de Lisboa, Charly Sainz de Aja, lo definía en aquel entonces como el mejor, y créanme que lo era (junto con Navarro y Raül López, si bien por motivos radicalmente diferentes): unos fundamentos incomparables, un juego de pies casi impagable en un chaval que aún no había cumplido los diecinueve. El futuro era suyo, pero cuando se convirtió en presente resultó que éste tenía otros planes. O que los tenían sus entrenadores, más bien.gabriel Como tantas otras veces repararon mucho más en sus carencias que en sus virtudes, y a partir de ahí o bien no le dieron bola (no fueron pocos) o bien intentaron convertirlo en lo que no era. Y lo consiguieron, claro. Si quería sobrevivir en esta jungla tendría que ejercer de cuatro abierto, un cuatro abierto full time al que parecía habérsele prohibido pisar la pintura como si ésta produjera urticaria. Germán salía, metía sus triples, volvía al banquillo, volvía a salir, volvía a meter sus triples y así sucesivamente, de repente convertido en mero especialista, nada que ver con aquel otro Germán Gabriel que algunos habíamos conocido y que nunca acabábamos de echar de menos. Sólo en las postrimerías de su carrera, liberado por fin de ataduras (y con un físico mucho mejor trabajado, también), el Germán del pasado y el del presente volvieron a darse la mano para devolvernos por fin al jugador total, el que te mataba desde el triple pero te podía masacrar también con un reverso o un pivote inverosímil sobre la zona. Y no fueron pocos los que se creyeron la película al contrario, fíjate, cómo ha trabajado, a su buena mano ha añadido también un magnífico juego de pies… Y una leche. Añadió (antes) la mano, los pies siempre estuvieron. Aunque no se los dejaran enseñar.

En cualquier caso en Europa el agujero aún no es tan grande como en USA, justo será reconocerlo. En Europa aún paladeamos talentos interiores como los de Bourousis o Dubljevic, (cito simplemente los dos primeros que se me vienen a la cabeza), dos tíos old school… que sí, que también tiran (y meten) triples cuando se tercia, pero exactamente eso, sólo cuando se tercia, sólo cuando lo exige el guión. Su juego es de espaldas, de espaldas te ganan partidos y emeuvepés y hasta campeonatos. Como te los gana también otra estirpe de pívots, tíos como Ayón o Udoh que apenas salen de la zona, si acaso lo justo para que no les piten tres segundos. Sí, claro, me dirán que en USA también hay de esos (el propio Udoh, en breve), en USA hay de todo pero otra cosa ya es la importancia que se tenga o la trascendencia que se le dé. En Europa un pívot dominante aún puede ser (suele ser, de hecho) jugador franquicia, en USA aún podrá serlo siempre y cuando sepa hacer otras cosas, si no ni de coña. Un peón de rotación o un mero complemento, alguien que se faje ahí dentro y ponga buenos bloqueos a mayor gloria del tirador.

No resulta difícil imaginar que así serán las cosas también en Europa, más tarde o más temprano. Afortunadamente aquí aún no parecen haber llegado (pero se les espera) las famosas estadísticas avanzadas, ésas según las cuales (vuelvo a simplificar deliberadamente el tema) sólo saldrían a cuenta las bandejas y los triples,epv-chart-features por razones obvias: con las bandejas (quien dice bandejas dice también mates, canastas desde debajo o desde encima mismo del aro, escoja usted la versión que prefiera) minimizas el riesgo (perogrullada); con los triples maximizas el resultado ya que cada acierto te proporciona un cincuenta por ciento más de rédito al obtener tres puntos en vez de dos (perogrullada aún mayor si cabe). De acuerdo con esta teoría estarían llamados a desaparecer los tiros comprendidos en un rango de (pongamos) tres a seis metros del aro, por razones que hasta un ceporro estadístico como yo podría llegar a entender: suponen un riesgo similar al del triple, total para sacar el mismo rendimiento (dos puntos) que si tiraras una bandeja; ergo no compensa. Bajo estos parámetros no es ya que te sobren muchos hombres grandes, ya es que hasta un tío como Nikos Gallis lo tendría francamente difícil para sobrevivir en el baloncesto de hoy.

Así que ya saben: movilidad, flexibilidad, versatilidad, buena mano y buenos alimentos, y el tronco quitémonoslo cuanto antes de ahí para que no estorbe. Algunos crecimos creyendo en el sacrosanto principio del equilibrio, la versión baloncestera de aquella famosa manta corta futbolera: ya saben, si te tapas la cabeza te destapas los pies y viceversa. En fútbol se plantea en términos de ataque/defensa pero en baloncesto iría más en el sentido de juego interior/juego exterior: si sobrecargas el uno en detrimento del otro te haces previsible, facilitas la tarea a las defensas, necesitas amenazar desde dentro y desde fuera, cuanto más mejor. Creímos en eso, aún seguimos creyendo, vuelvo a recuperar a Manel Comas cuando en sus comentarios televisivos decía que en ataque al menos uno de cada tres pases ha de ser interior. Dentro-fuera, mover las defensas, hacerlas bascular, llevarlas de un lado al otro, generar ventajas para posibilitar buenas opciones de tiro, eso también es spacing. Y del mejor.

Y no digamos ya si tienes un cénter que sepa pasar, que abra el balón cuando se le cierran, que encuentre al hombre abierto incluso mejor que sus propios bases, que sea capaz incluso de distribuir desde el poste alto cual si de un director de juego encubierto se tratara.john-pinone Podría acordarme de muchos (Sabonis, forever) pero déjenme que tire de colores y me traiga a John Pinone. Un Pinone que hace pocos meses anduvo por aquí y no disimuló en absoluto su contrariedad al ver que su ex equipo del alma se había convertido en lo que tantos otros del otro lado (su lado) del charco, otra máquina de tirar triples sin a diestro y siniestro (muchos de ellos sin ton ni son) como si no hubiera un mañana, como si el baloncesto no pudiera/debiera ser también algo más (mucho más) que eso. Vivimos la dictadura del triple, seguramente harás muy bien en entregarte a ella si entrenas a los Warriors pero si entrenas al Minglanilla (un poner) cabe la posibilidad de que no dispongas de los mejores tiradores sobre la faz de la tierra, ante lo cual quizá necesites un plan B. Un plan B que en realidad no será tal plan B sino el plan A de toda la vida de dios: dársela al grande, si puede que la meta, si no puede que la saque (la pelota, no desparramemos), a partir de ahí empezar a generar. Aunque ya no se lleve.

No me gustaría que vieran esto como el típico arrebato del Abuelo Cebolleta, (pongan voz cascada) el baloncesto ya no es lo que era, los partidos ya no son como antes, cosas así. En absoluto. Quien me conoce sabe que soy un firme creyente en la filosofía de que cualquier tiempo pasado fue ANTERIOR, lo cual no significa necesariamente que fuera mejor. Me gusta el baloncesto bien jugado, lo juegue quien lo juegue (y como lo juegue), venga de donde venga. Disfruto con los Warriors, cómo no habría de disfrutar con un equipo que mueve el balón a esa velocidad y que cuenta además con Curry o Durant en sus filas. Pero disfruto también (y aún más si cabe) con los Spurs. No me preocupa tanto hacia dónde va el baloncesto como lo que nos estamos dejando de lado por el camino: una forma de entender el juego en la que los fundamentos eran aún más importantes que el atleticismo, en la que los partidos eran aún algo más que concursos de triples, en la que los pívots puros no eran aún rémoras sino perros grandes a los que alimentar. No nos dejen también sin eso, por favor. Espero que no sea demasiado tarde.

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EL EQUIPO DE NADIE   Leave a comment

Hace casi diez años tocamos el cielo. Hace casi diez años el Estu jugó su primera (y última, y única) final ACB, llegó incluso a rozar aquel trofeo justo antes de que se le escapara para siempre de las manos. Quizás no fuera el séptimo cielo pero sí sé que desde luego no fue el primero, ya hubo antes otros cielos, el cielo copero del 2000, el inmenso cielo de 1992 con su Copa y su Final Four de Estambul, quizás incluso aquel otro subcampeonato liguero de 1981 cuando aún no se jugaban finales ni se llamaba ACB siquiera. Tocamos de nuevo el cielo (y qué cielo) en 2004, quién nos iba a decir entonces que aquella sería la última vez. Vale que lo difícil no sea llegar sino mantenerse, vale que una vez que estás arriba sólo cabe ir hacia abajo por un mero principio físico pero hay formas y maneras de caer, hay caídas suaves, pendientes prolongadas, bajadas en picado y luego ya hundimientos definitivos. Esto del Estu es un descenso a los infiernos que parece no tener fin, ríase del Baumgartner aquel de la estratosfera. Cuántas veces creímos haber tocado fondo para luego comprobar que no hay fondo que valga, que el suelo sigue abriéndose una y otra vez bajo nuestros pies. Hasta el infinito y más allá.

Me dirán que precisamente aquellos polvos trajeron estos lodos, que este mísero Estu de hoy no es más que una mera consecuencia de aquel gran Estudiantes de ayer. Que aquel Estu vivió durante demasiados años por encima de sus posibilidades, no sé si habrán oído esto antes. Es lo que tenemos los pobres, que a poco bien que nos vaya ya nos creemos ricos y hasta nos permitimos el lujo de soñar como si en verdad lo fuéramos, menos mal que siempre está la cruda realidad para ponernos en nuestro lugar y recordarnos que los pobres en verdad sólo valemos para comernos la mierda que cagan los ricos, disculpen la brusquedad del símil. Nos creímos lo que no éramos y nos olvidamos de nuestra verdadera razón de ser: un equipo de patio de colegio, nada más (y nada menos). Otros están en la élite y luego además tienen cantera, nosotros no, nosotros siempre fuimos todo lo contrario, nosotros somos cantera y luego además tenemos un equipo en la élite. Un día creímos que podríamos invertir las prioridades, y así nos fue.

No es una mera cuestión de ganar o perder, ojalá fuera todo tan simple. No diré que ganar es de horteras (toda una filosofía de vida reflejada en esa magnífica crónica estudiantil de Guillermo Ortiz), sí diré que ganar o perder en este club nunca fue tan importante como competir, como sentir, como disfrutar. Más que un equipo de baloncesto era una manera de vivir, un estado de ánimo, un soplo de aire fresco que llevó a mucha gente (no necesariamente del Ramiro, no necesariamente de Madrid) a identificarse con él y hacer suyos para siempre esos colores. No por casualidad Estudiantes fue durante al menos un par de años (o puede que aún fueran más y no se hiciera público) el equipo de baloncesto con mayor número de abonados de toda Europa. Se dice pronto, el equipo con más abonados de Europa, piénsese en una ciudad como Madrid con la feroz competencia del vecino, piénsese en la escasa difusión de la ACB, piénsese en la inmensidad de algunas canchas griegas (a comienzos del presente siglo aún no había estallado la crisis), serbias, rusas, turcas o israelíes (Israel es Europa a efectos baloncestísticos, aunque ello se dé de patadas con la geografía) y se comprenderá mucho mejor la magnitud del dato. En estos casos siempre me gusta recurrir a aquella definición del Director de Gigantes Paco Torres, el primer equipo de muchos, el segundo de casi todos. Así era entonces, así fue durante décadas enteras. Me pregunto si aún sigue siéndolo a día de hoy.

Y miren que pudo haber momentos buenos y malos, años de éxito y otros de fracaso, miren que pudo haber generaciones mejores o peores pero lo que sí que hubo siempre fue un mínimo denominador común, una imagen de marca que trascendía desde las mismas raíces de la institución y que se reflejaba sobre todo en la manera de jugar del primer equipo, un Estu style que tal vez podríamos descomponer en cuatro premisas fundamentales:

1) un base, preferiblemente (aunque no necesariamente) canterano, que hiciera del descaro y el atrevimiento su razón de ser; que no perdiera la cabeza (no es incompatible una cosa con la otra) pero sí asumiera riesgos y practicara un baloncesto desinhibido para así contagiar de esa misma desinhibición al resto de la plantilla. Obviamente estoy pensando en Azofra mientras lo escribo pero no fue sólo Nacho, hubo muchos otros que (con ligeras matizaciones) también pudieron encajar en ese mismo perfil, tal vez Antúnez y aún antes Vicente Gil, luego los Hermanos Martínez (podría hasta remontarme a la prehistoria y mencionar a su padre), quizás el Conguito Jennings, el gran Sergio Rodríguez si no nos hubiera durado tan poco, el mismísimo Granger de estas últimas temporadas.

2) un alero, preferiblemente (aunque no necesariamente) yanqui, que aportara anotación y (sobre todo) espectacularidad para así hacer las delicias de chicos y grandes y ahondar aún más si cabe en el componente lúdico-festivo de la entidad. La eterna leyenda de Russell y Winslow nunca tuvo continuidad, pero en un momento dado hasta nos pudo valer con anotadores puros (aún sin mates) como el Bombillo Ahearn, Lofton, English, ya hasta con Kirksay nos conformábamos hasta hace bien poco…

3) un pívot o ala-pívot, no necesariamente dotado (o tal vez manifiestamente limitado) en lo físico, pero que fuera capaz de suplir esas carencias con grandes dotes técnicas y (sobre todo) una inteligencia superlativa para sacarlas partido, para aportar dirección desde el poste y llegar a ser más base incluso que el base mismo. Pinone por supuesto (pónganse en pie) pero no sólo él, también Rafa Vecina, también Shawn Vandiver, también en algún momento Alfonso Reyes, también sin ir más lejos el mismísimo Germán Gabriel.

y 4) un buen puñado de aguerridos mocetones, no necesariamente (aunque sí preferiblemente) de la casa, que se partieran el alma por cada balón; el espíritu de Carlos Jiménez o el de los primeros tiempos del Chimpa, como también el de Carlos Montes, Aísa o El Rata por fuera, o el de Pedro (Picapiedra) Rodríguez, Rementería o incluso Rafa Vidaurreta por dentro…

¿Qué queda hoy de esas cuatro premisas básicas? Yo se lo diré: NADA. Absolutamente nada. Y no es que me remonte a la noche de los tiempos, ya ven que he mencionado a tíos (Jayson, Germán, Tariq, Carl) que vistieron aún de azul hasta hace dos telediarios como quien dice. Jaime apenas logra ser una pálida copia borrosa y discontinua (a su pesar) del punto 1, Kuric (mal que me pese) no le llega ni a la suela de los talones a ninguno de los mencionados en el 2, no hablemos ya de Banic (de aquel de Bilbao sólo queda el apellido) en comparación con los del 3. ¿Y del 4? Pues quizá podríamos encajar ahí con mucha generosidad a Dejan Ivanov, prototipo de esa innata capacidad estudiantil de fichar siempre al hermano malo (Domen Lorbek, Samo Udrih), a ver si así llegaran los genes donde no llega el presupuesto. Tuiteé (me estremece usar este verbo) el otro día que acaso éste sea el peor Estudiantes de la historia, y por ahora nadie me ha dado argumentos que me hagan cambiar de opinión.

Sí, peor incluso que el del descenso virtual de hace año y medio, no les quepa la menor duda. Aquel equipo empezó ya lastrado por el desastre del Trío Los Panchos (de infausto recuerdo) y a partir de ahí todos los parches que se quisieron poner (mención especial para el caso Bullock) no hicieron sino agravar la mala salud del enfermo. De donde no hay no se puede sacar, pero lo que nunca pudo reprochárseles fue que no lo intentaran, que no se dieran cabezazos contra la pared, que no pelearan incluso más contra sí mismos que contra los demás. Aquel equipo consumó su descenso (virtual), y lo que en tantos otros campos en similares circunstancias suele ser llanto y crujir de dientes, gritos de mercenarios, apelaciones a la genitalidad de sus jugadores e incluso lanzamiento de huevos sobre sus cabezas en algún caso concreto, aquí en cambio fue que salgan los toreros, uououó. Que salgan los toreros, porque la gente entendió que habían hecho todo lo que habían podido, que ellos no tenían la culpa, que en todo caso no eran la causa sino la consecuencia del problema. Que salgan los toreros, y los toreros avergonzados no querían salir pero al final no les quedó más remedio porque la gente de allí no se iba, que salgan los toreros, uououó, aún hoy estarían cantándolo de no haber salido. Salieron rotos y la ovación que se llevaron les rompió más todavía al descubrir finalmente que aquel era un club distinto, un club en el que las victorias y las derrotas (aún con descensos de por medio) no importaban tanto como la manera de lograrlas. Que salgan los toreros…

Hoy ya no quedan toreros. Hoy sólo quedan temporeros, deshechos de tienta, queda una política de fichajes consistente en dejar pasar el verano para luego traerse deprisa y corriendo lo que no ha querido nadie, salvo excepciones. Fichar por fichar, ya que se han ido estos tendremos que traernos a otros más que nada para rellenar los huecos y que así parezca que hacemos algo. Pasémonos tres meses fichando a Marcos Mata para que luego cuando llegue la hora de la verdad escoja finalmente (con buen criterio, dicho sea de paso) marcharse a orillas del Guadalquivir.rabaseda Traigámonos en su defecto a Rabaseda, parecía una buena idea (la única) pero ha resultado ser el principal ejemplo de ese extraño fenómeno según el cual cada jugador que cruza por la puerta del Ramiro empeora de manera exponencial sus registros de la temporada anterior. Este Rabaseda es infinitamente peor que aquel otro al que Pascual ponía de pascuas a ramos en el Barça (y no digamos ya el que pasó por el Fuenla), pero no es un caso aislado: Quino Colom (que nunca fue santo de mi devoción, dicho sea de paso) está también a años luz del de Fuenlabrada, al igual que (el hijo pródigo) Miso no es ni la sombra del de Murcia, al igual que… Misterios sin resolver.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué hay equipos que mejoran por sí solos las prestaciones de quienes los integran (mismamente Estudiantes fue uno de ellos, no hace tanto tiempo), y sin embargo hay otros en los que todo parece volverse del revés? ¿Es sólo cuestión de (esa cosa tan etérea que llaman) química, o hay algo más? Miren, yo no creo en eso de los mercenarios como tampoco creo en que los jugadores sientan (o no) los colores, los jugadores son meros profesionales como usted o como yo en nuestros respectivos trabajos (si los hubiere). Pero sí creo en una cosa que se llama implicación, que puede hacer que en un momento dado (y aún con el mismo sueldo, o menor incluso) rindas más en un sitio que en otro porque te encuentres más a gusto, porque te traten mejor, porque te sientas más identificado con el proyecto, por lo que sea. O viceversa. En este Estu no parece que haya nadie identificado con el proyecto por la sencilla razón de que tampoco parece haber un proyecto con el que identificarse. El resultado es que los jugadores se visten, saltan a la cancha, cumplen con el trámite, les meten de treinta, se duchan y se marchan mientras el entrenador se queda en la sala de prensa echándole las culpas al empedrao (que ya quisieran muchos tener un empedrao como el nuestro, dicho sea de paso). Cero implicación, cero pasión, pura rutina.

¿Qué tendrá este Estudiantes que quien puede irse se va, que todo aquel que llega huye despavorido en cuanto se le presenta la ocasión? ¿Qué verán en esos despachos enmoquetados, qué impresión sacarán de todas esas facciones directivas tirándose a degüello y buscándose la yugular (una de las más acendradas tradiciones de este club)? Jugadores, técnicos de mayor o menor nivel, directores deportivos, empleados varios, público en general. Ya hasta se nos van antes de llegar como fue el caso del presunto salvador Morris Finley, se asomó y fue como si hubiera visto un fantasma o el anuncio de la lotería (más o menos fue por esas fechas), pies para qué os quiero. Eso sí, no pudo salvarnos Finley pero al menos pudimos quedarnos con Uros Slokar, el pichafría por antonomasia, justo lo que necesitábamos. Entre los que huyeron como de la peste, los que están como si no estuvieran, los que están en cuerpo pero no en alma (que ésta igual se les quedó en Atlanta) y los que entraron en Estudiantes pero Estudiantes no entró en ellos, el resultado total no puede ser más prometedor.

Hay desde hace meses en las redes sociales un debate que se pregunta si para este viaje hacían falta alforjas, si puestos a hacer el papelón no habría sido mucho mejor y más productivo hacerlo con gente de la casa. O como diría aquel, que si hay que fichar se ficha, pero fichar pa ná es tontería. Es así de sencillo, puestos a perder de treinta prefiero hacerlo con los chavales, pringaré igual pero al menos no tendré la sensación de estar traicionándome mientras lo hago. ¿Que la cantera no es lo que era? Pues tal vez, pero la única manera de comprobarlo es poniéndoles a jugar. Quizás puedas perder de cincuenta un día pero lo mismo al siguiente pierdes de treinta, al otro de diez, después quién sabe. Lo mismo en la Penya (permítanme la comparación) también pensaron que la cantera no es lo que era antes de atreverse a poner a Vives o Sans, quizás también lo pensaran en su día antes de alinear a Llovet, Ventura o Barrera, quizás incluso algún iluminado lo pensara antes de Rudy o Ricky (hay gente pa tó), si quieren sigo remontándome aún más atrás. La Penya, no estará de más recordarlo, también pasó su viacrucis a mediados/finales de los noventa, también vivió por encima de sus posibilidades, también cayó a los infiernos después de haber tocado (y ganado) el cielo de la Euroliga. Hoy no diré que su situación sea boyante porque no lo es en absoluto, pero al menos en el plano deportivo saben lo que quieren y sientan las bases para conseguirlo sin dejar por ello de ser fieles a su filosofía. Ojalá todos pudiéramos decir lo mismo.

Dicen que cuando llegas al fondo del pozo ya sólo cabe ir hacia arriba (otro mero principio físico) pero ese sigue siendo el principal problema, no sabemos aún dónde está ese fondo, mal podremos repuntar cuando todavía no hemos acabado de caer. Algunos creen que ese fondo es la LEB pero yo no concibo esa razón, la LEB no es más que otro escalón más abajo del cual aún hay más, obviamente no me refiero a la EBA sino a ese otro fondo del que ya no se sale ni se repunta y que se llama (miedo me da escribirlo) desaparición. No me quiero poner trágico (aunque ya me haya puesto) pero creo que hay cosas mucho peores que perder la categoría y una de ellas es perder la identidad, a la ACB siempre se puede volver (en el supuesto de que alguna vez llegue a consumarse algún descenso) pero la identidad es mucho más difícil de recuperar. Aquello que decía el bolero, alma corazón y vida, esas tres cositas nada más te doy, de las dos primeras no queda ni rastro y la tercera ya veremos cuánto nos dura. Aquel primer equipo de muchos y segundo de casi todos va camino de convertirse en el equipo de nadie más allá de los fieles, sólo hará falta que siga existiendo para que aún podamos seguir manteniendo esa misma fidelidad. Pero se ha dilapidado capital humano, se ha dilapidado capital social (por no hablar del capital económico), se ha dilapidado imagen, se han echado a perder las sensaciones, los sentimientos y las emociones de toda aquella gente que un día se hizo de este club (aunque fuera en segundas nupcias) por la sencilla razón de que era completamente diferente a todos los demás. Hoy este Estu es una ruina, un mero esqueleto, apenas un pálido reflejo de aquello que fue, eso es todo lo que nos queda. Veremos por cuánto tiempo.

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 17 de enero de 2014)

(Con mi agradecimiento para el gran @TheobaldPhilips, por su foto de la “implicación” de Rabaseda durante el tiempo muerto…)

del 4 al 15   Leave a comment

(publicado originalmente en tirandoafallar.com el 23 de septiembre de 2013)

4. Pablo Aguilar. El hombre-Guadiana de esta selección, no precisamente por culpa suya sino porque quienes podían guadianearle le guadianearon convenientemente a lo largo de todo el Torneo. No les negaré que yo en un principio tenía una cierta prevención con Aguilar, siendo como era el jugador más inexperto en lides internacionales de este equipo (junto con Rey) y el que más fácilmente podía pagar la novatada. Pero dicha prevención se me fue quitando en cuanto vi que aportaba minutos de calidad, que no le temblaba el pulso en ataque y que (quizá gracias a ser el cuatro más cuatro de la rotación) hacía un trabajo más que socorrido en defensa, guardando las espaldas de Marc o Xavi cada vez que éstos salían a defender y acudiendo cumplidamente en su ayuda cuando era menester. Todo lo cual debería haberle supuesto que se fueran incrementando sus minutos y sin embargo le supuso todo lo contrario, de hecho llegó hasta el punto de que cuanto mejor lo hacía menos jugaba: si le salía un partidazo luego desaparecía de la rotación en los dos siguientes, si hacía un magnífico segundo cuarto ya no volvía a tocar bola el resto del partido… Y así sucesivamente. Doctores tiene la santa madre iglesia, es bien sabido que los entrenadores ven cosas que permanecen ocultas para el resto de los mortales, supongo que eso es lo que habrá sucedido también en esta ocasión. Pero a mí al menos me queda la sensación de que Pablo Aguilar ha llegado para quedarse. Quizá no quepa en el equipo de 2014 (si vuelven Pau, Felipe y/o Ibaka) pero si todo va normal debería tener plaza asegurada a partir de 2015. Esperemos acontecimientos.

5. Rudy Fernández. Depende de dónde hubieras puesto el listón. Quienes lo pusieron en que Rudy tenía que ser el Navarro de esta selección se habrán llevado un chasco, Rudy no está a día de hoy para desempeñar ese papel (¿y quién lo está?), mal que nos pese. En cambio quienes lo pusimos en base a su última temporada en el Madrid podemos sentirnos moderadamente satisfechos ya que Rudy ha mejorado con creces las prestaciones que ofreció en su año en blanco. Es decir, al menos parece haber puesto fin a su sempiterna pelea con el aro, ya las mete, quizá no tanto como a tantos les gustaría pero las mete (y a veces en condiciones francamente difíciles, además), lo cual no es poco si recordamos su desempeño en la pasada Final de Liga. Y aunque no las meta Rudy se ha ganado ya a pulso a estas alturas que dejemos de valorarle sólo por lo que mete o por lo que deja de meter (pausa valorativa), Rudy es más que eso, Rudy es agresividad en defensa, intensidad, rebote, cabe incluso preguntarse dónde estaríamos a estas alturas si no fuera por el chorro de rebotes defensivos que ha cogido durante toda la competición. Que sí, que a veces le entra la tontería y desespera al más pintado, que a más de uno nos salió espuma por la boca en la prórroga ante Francia, aquellos 20 segundos que se tiró botando allí parado sin mirar a nadie para al final acabar tirándose aquel melón (aunque en su descargo habremos de reconocer que cosas aún más inverosímiles ha metido alguna vez), que cuando se le cruza el cable y se mete en piques resulta insoportable, que todo lo que usted quiera… pero que con todo y con eso estaremos de acuerdo en que ha sido de lo más valioso que hemos tenido en este Eurobasket. No es el Rudy que un día fue ni aún menos el que un día pensamos que sería, pero creo que vuelve a estar (por fin) en el buen camino. O será que puse yo el listón demasiado bajo, no sé…

6. Sergio Rodríguez. Todo el mundo desata por lo general filias y fobias, a cada minuto de cada partido cada jugador genera elogios desmedidos a la par que críticas furibundas… pero quizá en ninguno de ellos se haga tan patente esa bipolaridad como en Sergio Rodríguez. Entre los chachofóbicos que le consideran el culpable de todos los males y los chachofílicos que le consideran el sumo hacedor de todos los bienes debería haber un término medio, y en ese mismo término medio debería intentar situarme yo si no fuera por el pequeño detalle de que (probablemente ustedes ya lo sepan) soy mucho más de chachofilia que de chachofobia. Es decir, creo que mucho de lo bueno que le ha sucedido a la selección en este Torneo ha sido gracias a Sergio, creo que ha creado juego más que ningún otro base (Ricky porque se perdió en el empeño, Calde porque no le dejaron), que ha alimentado a sus compañeros más que nadie (que luego las metieran o no ya es otra historia), que incluso ha defendido más de lo que solía y que cuando no ha encontrado a quién dársela se la ha jugado con la plasticidad, eficacia y agresividad de cara al aro rival que viene siéndole habitual. Y creo además que en más de una ocasión fue sentado indebidamente cuando estaba en pleno trance, que se le racionaron en exceso los minutos, que actuaciones como la que protagonizó en el cruce ante Serbia deberían disipar todas esa dudas que los chachoescépticos puedan aún tener… Amor de fan, dirán ustedes (y con razón, no lo niego), y me dirán también que en los minutos finales ante Francia se dedicó a jugársela sin pasarla, que algunas metió pero demasiadas falló en ese delicado trance, todo lo cual a la larga resultó perjudicial para el equipo… Niego la mayor, como dicen los juristas (tampoco sé muy bien lo que quiere decir, pero queda bien decirlo): la primera opción de Sergio suele ser buscar el pase definitivo, si se encebolló (digámoslo así) en esos minutos fue precisamente porque no había pase alguno, porque todos sus compañeros estaban tapados, porque los mocetones franceses cerraban cualquier fuente de alimentación. A partir de ahí básicamente tenía dos opciones, o lanzar un pase errático al bulto que muy probablemente acabaría en las manos del rival o driblar y buscarse la vida, ya que los demás no se liberan tendré que liberarme yo. Y dicho y hecho, y pudo salir bien (y más de una vez salió bien), y a la postre salió mal porque nadie es perfecto, porque Francia es mucha Francia, porque no se puede luchar solo contra los elementos, porque no es fácil ser sublime sin interrupción. Pero asumió la responsabilidad cuando nadie la quería, y créanme que cuánto mejor nos iría (en la selección e incluso en la vida cotidiana) si hubiera más gente capaz de asumir de la misma manera esa misma responsabilidad. He dicho.

7. Xavi Rey. Por alguna misteriosa razón que no alcanzo a comprender, muchos presuntos aficionados de este país (el concepto presuntos aficionados vendría a englobar a todo ese público mayoritariamente futbolero que sólo se asoma al baloncesto cuando juega la selección, y que ni conoce a la mayoría de los jugadores ni sabe siquiera en qué equipo juegan) decidieron hacerle el blanco de sus chanzas, mofas y befas durante todo el Torneo, convirtiéndole incluso (para vergüenza propia y ajena) en esa cosa que ahora solemos llamar trending topic. Como si fuera un picapedrero o un destripaterrones al que hubieran puesto ahí sólo porque es grande y fuerte y no porque sepa jugar al baloncesto… Todo lo cual confirma una vez más lo atrevida que puede llegar a ser la ignorancia, tanto más en este país. Xavi Rey, no lo olvidemos, llegó a la selección aún convaleciente de una grave lesión, y durante la dichosa Ruta Ñ (que dios confunda) resultó manifiestamente claro que no estaba ni al cincuenta por ciento de su nivel. Pero según fueron pasando los partidos se le fue viendo mejor, mucho más asentado atrás y aportando también sus cositas en ataque gracias entre otras cosas a las asistencias que le proporcionaba su amigo y compañero de habitación Sergio Rodríguez, con quien solía coincidir en cancha. Qué quieren que les diga, su principal función era proporcionar minutos de descanso a Marc Gasol y creo que esa la cumplió con creces, de hecho lo único que lamento es que no tuviera más minutos para que así Marc hubiera podido tener más descanso de cara a los instantes finales. Pero me temo que ese aspecto no dependía ya de él…

8. José M. Calderón. Otra de misterio: por alguna misteriosa razón que se me escapa, Calde se ha convertido también en estos últimos tiempos en el blanco de las iras de cierto sector ultramontano de presuntos aficionados, que hablan de él en unos términos de desprecio que sólo recuerdo haber visto antes en los últimos años de Garbajosa. Como si pegara un atraco, como si viniera a la selección a llevárselo muerto, todas esas expresiones e incluso otras peores he tenido que leer yo en estos días, no necesariamente durante el Torneo sino que incluso antes de que empezara ya le señalaban de ese modo. Pues qué quieren que les diga, ojalá tuviéramos muchos atracadores como Calde en nuestras filas. Recuérdese que se ha tirado todo el Campeonato jugando en un puesto que no es el suyo ni por asomo, como si fuera lo mismo jugar de uno que de dos, como si el mero de tener buena mano en el tiro exterior te convirtiera ya en escolta. Y aún así ha hecho su trabajo lo mejor que ha podido, y hasta ha metido sus tiros exteriores en un porcentaje más que decente, todo lo cual no le ha evitado acabar señalado como uno de los principales responsables de la derrota ante Francia porque falló el tiro que pudo ser decisivo (se salió por muy poco) y porque en la prórroga no se le vio liberado en ningún momento, lo cual llevó a muchos a decir que se escondió. Repitámoslo una vez más, no es su puesto, yo desde mi ignorancia no creo que sea lo mismo subir el balón, repartir juego y luego buscarte espacios que tener que trabajarte esos mismos espacios antes de que te llegue el balón, no puede ser lo mismo cuando enfrente tienes a esos mostrencos galos taponando todas las vías de acceso… No, evidentemente Calderón no ha hecho un buen Eurobasket, eso ya lo sé yo. Lo que ya nunca sabremos es qué parte de responsabilidad fue de él y qué parte fue de quien se empeñó día tras día en que fuera lo que no es. Y aún menos sabremos ya lo que perdió también la selección a causa de ese mismo empeño…

9. Ricky Rubio. Empezó moviéndonos al optimismo, porque en defensa estaba tan hiperactivo como siempre (robando balones como sólo él sabe hacerlo) y porque en ataque ha añadido a su repertorio un tirito de cinco o seis metros saliendo del bloqueo que resulta ser sumamente eficaz. Todo lo cual está muy bien pero no deja de ser un mero espejismo porque Ricky sigue siendo un base, porque a un base por lo general se le pide que dirija al equipo y porque Ricky en esa función en particular fracasó estrepitosamente. Conducción errática, mucho bote inútil, mucho pase picado buscando al pívot que acababa estrellado contra las piernas del defensor, mucha penetración hasta la cocina buscando la bandeja o el pase abierto que acababa sin bandeja y sin pase y con Ricky saliendo de la cocina exactamente igual que había entrado (pero dejándose unos cuantos segundos de posesión en el empeño…) Hay un mal que suele a veces afectar a los bases europeos en NBA, que cuando vuelven para jugar con su selección parecen mucho peores de lo que parecen cuando les ves jugar allí (al propio Tony Parker le afectó este mismo mal durante unos cuantos años), témome que eso sea también lo que le esté pasando a Ricky. Personas que saben de esto bastante más que yo explicaban el otro día que la clave está en esas defensas ilegales que existen allí y no aquí, lo que posibilita que a la hora de circular Ricky encuentre muchos más espacios allí (recuérdese que también la cancha es más ancha) de los que acostumbra a encontrar aquí, a menudo con toda la defensa rival atiborrando la zona y cortando cualquier línea de pase interior. Sea por lo que fuere, resulta evidente que Ricky cada vez es más base NBA y menos base FIBA, lo cual (en lo que a nuestra selección respecta) resulta sumamente preocupante. Esperemos que (como a Parker) se le cure también con el tiempo.

10. Víctor Claver. Sin lugar a dudas, el jugador que más ha mejorado sus anteriores prestaciones con la selección… lo cual no es decir mucho, dado que sus anteriores prestaciones con la selección se limitaban a pelarse el culo en el banquillo y ejercer de espectador privilegiado de los encuentros, sin pisar jamás el parquet para otra cosa que no fuera la rueda de calentamiento. Claver ha sido un poco el Carlos Jiménez de esta selección (salven todas las distancias), el hombre-intangible, rebotes, defensa, trabajo aseado en general e incluso momentos muy puntuales de excelsa brillantez… fuera de los cuales ha vuelto a ser el jugador apocado que siempre conocimos, un tipo con una envidiable condición física y unas no menos envidiables aptitudes técnicas pero a quien le falla estrepitosamente el carácter. Sigue siendo el campeón mundial de encogimiento de brazo, el que rehúsa tiros abiertos para endosarle el marrón al compañero, total para que al final la bola le vuelva en peores condiciones y se acabe sacando de encima un mendrugo sin ningún sentido (y no sólo en la prórroga contra Francia sino en bastantes más ocasiones a lo largo del Torneo). Y sin embargo luego a veces le ves hacer una maravilla puntual que te hace exclamar ¡¡¡joder, pero si sabes hacer esto ¿por qué demonios no lo haces más a menudo?!!!, mero espejismo para volver de nuevo a las andadas pocos segundos después. No me interpreten mal, no fue ni de lejos lo peor de esta selección pero aún sigue siendo el jugador pasmado, pensé que el pasar un año fuera de casa le habría venido bien (como a tantos otros) en términos de espabile pero está claro que me equivoqué. Debería entender que esto es la jungla (y más en USA), que o comes o te comen, debería entenderlo de una puñetera vez pero me da la sensación de que ya empieza a ser demasiado tarde para eso.

11. Fernando San Emeterio. No hizo un buen año con Baskonia (no al nivel que nos tenía acostumbrados, al menos) y ello sirvió para que muchos cuestionaran su presencia en la selección, para que le pusieran como el típico ejemplo de jugador que va porque le toca ir (por su pertenencia al club, como si dijéramos) pero no porque realmente lo merezca. Y sin embargo una vez allí yo definiría su actuación con una sola palabra, infrautilizado. Un equipo que alineaba sistemáticamente un uno en el puesto de dos, un dos en el de tres y un tres en el de cuatro no fue capaz de aprovechar convenientemente a un (llamémoslo así) dos y medio como SanEme, alguien que te puede defender a los treses rivales mejor que (por ejemplo) Rudy o Llull y que en ataque (aún no estando en su mejor versión) tiene la agresividad suficiente para atacar el aro y el aplomo suficiente para (sin ser un tirador) jugársela cuando la ocasión lo requiere. Insisto, yo mismo que siempre fui muy de SanEme no sé si le habría llevado en esta ocasión… pero ir pa ná es tontería como dijo aquél, si finalmente le llevas le tienes que sacar partido. Quizás precisamente en detrimento de Llull…

12. Sergio Llull. Llull es el jugador arrebatado por antonomasia, la versión baloncestística de aquel ¡¡¡a mí el pelotón Sabino que los arrollo!!! que cuentan que popularizó la selección de fútbol hace casi un siglo. Llull salta a la cancha como si le fuera la vida en ello, a menudo no parece que esté jugando un partido sino que estuviera emprendiendo una cruzada, algo que muchas veces puede ser muy bueno (y que en tantas ocasiones le sirvió para salvar a su club, cuando corrían tiempos peores) pero que también en determinadas ocasiones puede resultar muy perjudicial. Llull a veces parece que estuviera peleado con el mundo (contra el mundo, más bien), puede hacerte una semifinal horrorosa ante Francia y luego ponerse a ensartar triples uno tras otro en el partido por el bronce ante Croacia, y en medio de todo ello ponerse a celebrarlo no como si hubiera conseguido una canasta sino como si estuviera exorcizando todos sus demonios interiores. De hecho ya no sé si parece que estuviera peleado con el mundo o consigo mismo, o si en su cabeza el mundo y él vienen a ser la misma cosa. Llull juega en el Madrid de base y aquí de escolta, y lo que con otros me parece francamente mal con él me parece francamente bien porque a mi Llull no me gusta de base, me gusta (en la medida en que me gusta) de escolta. Llull es el jugador arrebatado por antonomasia pero entre el arrebato y el atropello a veces sólo hay un paso, puestos a atropellarse prefiero que no lo haga de uno (que arrastrará a todo el equipo) sino de dos (que con un poco de suerte sólo se arrastrará a sí mismo). Y así anduvimos en este Eurobasket, de atropello en atropello hasta el arrebato final. Baloncesto visceral, es decir, no jugado tanto con la cabeza sino con las vísceras, desde las mismísimas entrañas. Baloncesto crepuscular, un poco al estilo de aquellos legendarios spaghetti westerns de Sergio Leone. Así es Llull, o lo tomas o lo dejas. Rechace imitaciones.

13. Marc Gasol. Siendo como era nuestro hombre-franquicia, estaba más que claro que los rivales habrían de intentar pararle por lo civil o por lo criminal. Vaya si lo hicieron, garrotazo y tentetieso, a cinco faltas por pívot tenemos unas cuantas para gastar así que apliquémonos a ello, si anulamos a éste habremos anulado también a casi todos los demás Tal cual. Marc aguantó el tipo, se fajó, encajó, sacudió también alguna vez de vez en cuando, resistió el embate a duras penas y acabó haciendo un gran campeonato (no excelso pero sí muy bueno) y entrando por méritos propios en el quinteto ideal del Torneo. ¿Qué le faltó para que todo fuera perfecto? Le faltó ayuda, le faltó que alguien llegara a donde no podía llegar, que si salía a defender el bloqueo de su par alguien le cubriera consistentemente las espaldas. Le faltó (vuelta la burra al trigo) descanso, a este ritmo de partidos (11 en 19 días, recuerden) y a este nivel de intensidad los excesos se pagan, vaya si se pagan, repasen los últimos minutos ante Grecia, Italia o Francia si les queda alguna duda. E incluso le faltó (ya puestos) algo de entendimiento con sus compañeros, acabar de saber dónde se la podía poner Sergio o (sobre todo) que los demás supieran dónde se la podía poner él. Detalles menores, en cualquier caso. Seamos realistas, con Marc fuimos bronce, perdimos cuatro partidos de muy mala manera pero fuimos bronce. Sin Marc, estoy convencido, no habríamos llegado siquiera a cuartos de final. Su mejor jugada, no les quepa la menor duda, la hizo el día aquel de julio en que anunció que finalmente estaría en Eslovenia con la selección. Todo lo demás vino ya por añadidura.

14. Germán Gabriel. A Germán le tocó el premio gordo del sorteo, un viaje de tres semanas a Eslovenia con todos los gastos pagados visitando Celje, Ljubljana y alrededores, con entrada garantizada para presenciar en primera fila todos los encuentros de la selección y con la posibilidad además de convivir en el día a día con todos y cada uno de sus jugadores. Cuántos lo quisiéramos. Claro que, puestos a querer, algunos de los que llevábamos años queriendo que Germán Gabriel fuera a la selección habríamos querido también que tuviera minutos significativos en ella, y cuando digo minutos significativos obviamente no me refiero a entrar en el minuto 38 cuando vas ganando de 30, me refiero a un poquito antes, al rato ese en el que todavía te estás jugando las habichuelas. Algunos (desde nuestra supina ignorancia, por supuesto) seguimos pensando que esa versatilidad de cuatro y medio de Germán podría haber causado estragos en más de un rival, ahora te destrozo la cintura con un juego de pies sin apenas comparación, ahora que te lo has creído te la clavo desde fuera, ahora… Ahora leches. Germán que es muy buen tío seguro que se lo habrá pasado bien y habrá disfrutado la experiencia, que habrá hecho equipo, se habrá echado unas risas y a la vez provocado que otros también se las echen, y hasta puede que (ya puestos) todo esto le haya servido también para hacer prácticas de cara a su futura carrera como entrenador. Todo eso está muy bien, qué duda cabe, pero seguro que usted y yo esperábamos otra cosa. Y él muy probablemente también, aunque ahora intente disimularlo.

15. Alex Mumbrú. Reconozco que no sé si fue antes el huevo o la gallina: no sé si la FEB le tiró los tejos para que volviera y él aceptó, o si más bien fue él quien se dejó querer diciendo que estaría dispuesto a volver hasta que la FEB aceptó. Sea como fuere, incluso a mí que nunca fui muy de Mumbrú me pareció bien su vuelta, al fin y al cabo venía a rellenar esa posición de tres en la que tenemos un agujero endémico, bienvenido fuera, seguro que al final acabaría pasándome como tantas otras veces en años anteriores, que primero eché pestes por su convocatoria y luego al final tuve que acabar reconociendo que su presencia le hacía mucho bien a la selección… Bueno, pues no. Esta vez no. Tampoco necesariamente por culpa suya, alguno se debe creer que por el hecho de que de vez en cuando postee a su defensor para hacer valer su superioridad física eso ya le convierte en un cuatro, ojalá fuera todo tan fácil pero la realidad es que Mumbrú tiene de cuatro lo que yo de monje cisterciense poco más o menos (ligera exageración). Y sin embargo casi no ha jugado de otra cosa, casi no ha tenido otro papel que dar relevos a Claver (que tampoco es necesariamente un cuatro) en esa misma posición, tanto más cuanto más ajustado estuviera el marcador y cuantos menos minutos quedaran, total para estamparse una y otra vez contra la cruda realidad de la vida (o contra la defensa rival, que viene a ser lo mismo). Aquella sucesión de balones perdidos en el último cuarto ante Francia fue la metáfora perfecta para demostrarnos que ni él estaba ya para estos trotes ni estos trotes estaban ya para él. Se le agradecen una vez más los servicios prestados, señor Mumbrú, pero creo yo que hasta aquí hemos llegado, esta vez de verdad. Fue un placer.

la táctica del cangrejo   7 comments

No entiendo qué nos pasa. No entiendo que tengamos ganada a Eslovenia y perdamos, que tengamos ganada a Grecia y perdamos, que tengamos ganada a Italia y perdamos. Somos el mejor equipo del mundo en el minuto 35, lástima que los partidos duren 40 (ó 45, a veces). No lo entiendo o no lo quiero entender, porque si me paro a intentar entenderlo mi escaso entendimiento me dice que estamos hechos una mierda, que nuestro estado físico (¿y psíquico?) no nos da para tanto, que acabamos sistemáticamente con la lengua fuera, que mientras remamos a favor de corriente vamos como la seda pero como se nos ponga el viento en contra no damos ya ni una palada en condiciones. No lo quiero entender porque si intento entenderlo me acabaré yendo a lo de siempre, a una pésima pretemporada, a la Ruta Ñ de los cojoñes, a una preparación física de la que no me atrevo a opinar porque no la conozco pero que a la vista de los resultados parece dejar mucho que desear. Ves al resto de equipos y acaban como deben, ves al nuestro y acaba echando espuma por la boca, bajando los brazos, pidiendo la hora. De verdad se lo digo, prefiero no entenderlo. Porque como lo entienda va a ser peor.

No entiendo que si te sacan de fondo en tu propia canasta, a dos segundos del final, pongas a Marc Gasol a defender sobre el que saca. Te puede salir bien, qué duda cabe, Marc ocupa mucho espacio y tapa casi toda la visión… pero si pasa el balón estás muerto. Si pasa el balón, llega al compañero y el compañero se va de su par, o tienes algo sólido ahí detrás o te van a clavar la bandeja. Nosotros no tenemos nada sólido en la posición de cuatro y aunque lo tuviéramos tampoco jugaría, jugaría Claver, incluso Mumbrú. Sólo Marc es sólido, y a Marc ya no le da tiempo a volver. Estás muerto.

No entiendo el small ball, tanto menos lo entiendo en un entrenador que fue pívot, toda la vida pensando que a los técnicos que habían sido pívots les encantaba jugar con pívots y hemos tenido que conocer a Orenga para conocer a la excepción que confirma la regla. Sí entiendo que tenemos al mejor center del Torneo (y tal vez del mundo entero) y a tres de los mejores bases del Torneo, y que cojeamos en todo lo demás. Pero que eso nos lleve a jugar sistemáticamente con un uno en la posición de dos, un dos en la posición de tres y un tres en la posición de cuatro me parece sumamente discutible. Cosas así te pueden funcionar de manera puntual pero es difícil que funcionen de manera sistemática. Pueden ser una saludable excepción, pero de ninguna manera deberían ser la regla. Yo lo veo así, evidentemente no soy técnico sino un mero aficionado así que pueden echármelo en cara cuantas veces gusten (y harán muy bien, además). De hecho doctores tiene la santa madre iglesia que opinan lo contrario, en estos casos siempre recuerdo aquella vez que George Karl juntó sobre la cancha de los Bucks a Sam Casell, Ray Allen, Glenn Robinson y Tim Thomas en un partido de playoffs; se lo criticaron y él se defendió citando a su maestro Dean Smith, no te empeñes en poner a un jugador por posición, empéñate en poner buenos jugadores, algo que me puede parecer perfectamente válido para un baloncesto universitario en el que las posiciones no suelen estar tan marcadas ni los físicos tan trabajados. ¿En el baloncesto profesional? Ojalá lo fuera, juntaríamos a la vez a todos los jugones y muy probablemente nos divertiríamos más. Pero la realidad por desgracia va por otro lado, la realidad te demuestra que un equipo así es un equipo descompensado. Si lo haces una vez puedes pillar al rival por sorpresa, si lo haces siempre eres previsible, se te ve venir de lejos. A nosotros se nos ven las carencias de lejos, de muy lejos. Y así nos va.

No entiendo (yendo más a lo particular) el desperdicio de poner a Calderón de dos. Ricky (o Sergio), Calde y Rudy juntos, y a Calde que se le pide que haga de Navarro (como si eso estuviera al alcance de cualquiera), y Calde que a veces está abierto y mete sus tiros, lo cual está muy bien, pero que otras veces se le ve más perdido que el alambre del pan de molde porque no sabe qué hacer ni para dónde ir, porque no es su sitio, porque su verdadera querencia le lleva a pedir el balón y subirlo, porque está acostumbrado a defender bases pero las pasa putas ante escoltas (tanto más cuanto más agresivos y penetradores sean), porque tal vez sea ya demasiado tarde para aprender a interpretar otro papel. A costa de querer aprovechar a nuestros tres bases estamos desaprovechando a uno de ellos, casualmente el más consistente, experimentado y cerebral que tenemos. Y ya sé bien que muchos no estarán de acuerdo, sé bien que el Frente Anti-Calderón se va haciendo más y más grande cada día que pasa, que ya no están de moda los bases como él, sé bien que en Dallas pusieron el grito en el cielo con su fichaje y que incluso las encuestas dijeron que habrían preferido a Brandon Jennings (que se lo pregunten a Nowitzki, a ver qué opina), sé bien que en estos tiempos se lleva más el ruido pero pensé que Orenga sería más de nueces, que valoraría más la consistencia que la espuma. Ya no estoy tan seguro.

Como tampoco entiendo (soy duro de entendederas, obviamente) que a la caída en desgracia de Germán Gabriel le suceda ahora la caída en desgracia de Pablo Aguilar. Si no entendía ya qué nefando crimen había cometido el primero aún menos entiendo ahora de qué demonios se acusa al segundo. Como no tenemos cuatros, nuestra única solución pasa por dejar en el banquillo a los dos únicos cuatros que tenemos. ¿Qué nos queda? Pues nos queda Claver que no es un cuatro (aunque hace las veces, de hecho lleva haciéndolas toda la vida) y nos queda Mumbrú que es aún menos cuatro que Claver. ¿Que muchos equipos te juegan con cuatros abiertos? Pues claro, cuatros abiertos pero cuatros al fin y al cabo, que lo mismo se te abren para clavártela como te atacan el aro o te la lían por dentro en cuanto se les presenta la ocasión. Esto es como aquello que dicen los futboleros de la manta corta, que por tapar una cosa acabas destapando todas las demás; que eres Marc o Xavi, te vas a defender el famoso pick & roll central y por detrás no queda nadie que te cubra las espaldas; o que si luego toca pelear por el rebote probablemente tengan que hacerlo los exteriores, porque quienes deberían hacerlo o les pilla lejos o no están sobre el parquet… El mundo al revés.

En resumidas cuentas, que no entiendo a qué aspiramos jugando así, cagándola así, acabando los partidos así. El miércoles me sentaré a ver el partido contra Serbia y aunque nos pongamos 40 arriba (utopía irrealizable) pensaré que no es bastante, que total qué más da si en los últimos minutos nos lo van a remontar. Contra la táctica del conejo que inmortalizó el añorado Manel Comas nosotros hemos inventado la táctica del cangrejo, que vendría a ser exactamente lo mismo sólo que exactamente al revés. Lo que viene siendo ir de culo, para entendernos. La táctica del conejo es la que a nosotros nos hacen casi todos los demás. Estamos aconejados, sencillamente.

re(in)ventando a Marc   3 comments

Existe una peculiar corriente de opinión en nuestro periodismo deportivo, representada básicamente por aquellos que acaso se acercaran al baloncesto a partir del boom de los ochenta (o antes incluso) pero que luego ya sólo han vuelto a nuestro deporte de año en año, en las hipotéticas finales europeas del Madrid o en los sucesivos torneos internacionales de la selección. Dicha corriente, que podríamos denominar Juanmorismo en honor a su más fiel (pero no único) representante, sostiene que las rotaciones están matando este juego. Ellos conocieron un baloncesto en el que los cambios sólo se hacían por necesidad, porque el jugador se lesionaba o porque se metía en faltas, en ningún caso por cuestiones tácticas ni aún menos para darle descanso, por dios qué ocurrencia, hasta ahí podíamos llegar. Los buenos han de jugar sí o sí, permanecer sobre la cancha así llueva o truene o haga sol, así hasta que revienten o hasta que el parquet se hunda bajo sus pies. Verdad verdadera.

Evidentemente no deben saber que el baloncesto ha cambiado un poquito desde entonces. Que hoy se juegan muchísimos más partidos (y muchísimo más duros) que entonces, que aquel juego de finos estilistas devino (degeneró dirían algunos, tal vez con razón) en este otro juego de fajadores en el que el físico demasiadas veces acaba siendo más importante que el talento. Si quieres que el jugador te llegue fresco al momento culminante del partido tendrás que haberle dejado descansar antes, no digamos ya si además quieres que te llegue fresco al momento culminante de cada competición. Lo saben desde Popovich a Aíto, desde George Karl (que fue casi quien las trajo) a Joan Plaza, desde Krzyzewski a Obradovic, lo sabe (y lo practica) a día de hoy prácticamente todo dios. Pero ellos (nuestros juanmoristas) erre que erre, te sacan números de la NBA (en bruto, sin aplicar porcentajes, sin recordar que allí son 48 minutos y aquí 40), si Fulano juega allí tanto a ver por qué aquí no puede jugar cuánto, sin reparar en que la intensidad de la temporada regular NBA (obviamente los playoffs son otra historia) no puede compararse a la de (por ejemplo) este Eurobasket, allí puedes jugar partidos un día sí y otro también pero pasas tres cuartos y medio al trantrán y luego si eso ya te pones, aquí puedes jugar partidos un día sí y otro también y tener que aplicarte desde el primer minuto de la primera fase como si no hubiera un mañana. Allí rotas, los buenos te jugarán más minutos (que porcentualmente son casi los mismos) pero rotas. Aquí también, por una mera cuestión de supervivencia. Aunque algunos no lo entiendan.

Juan Antonio Orenga, entrenador moderno donde los haya, está rotando a sus chicos hasta la extenuación. Tanto los está rotando que a día de hoy no creo que haya nadie en su sano juicio capaz de establecer quién es el uno, el dos, el tres y el cuatro titular de nuestra selección. ¿El cinco? El cinco sí, cómo no, creo que hasta mi sobrina de año y medio sabe ya que nuestro cinco titular es Marc Gasol, faro, lumbre y guía de este equipo, probablemente el mejor pívot de la NBA a día de hoy que es tanto como decir el mejor pívot del mundo a día de hoy. Marc es el puto amo, se lo ha ganado a pulso, tanto se lo ha ganado que Orenga no ve llegar el momento de prescindir de sus servicios, el resto si promedian 20 minutos es por equivocación pero Marc promedia 36, no hace falta echar muchas cuentas, 34 aguantó contra Croacia (ahí seguía en cancha bien entrados ya los minutos de la basura) y 38 ante Eslovenia, 38 durísimos minutos fajándose, encajando, embistiendo y aguantando a su vez las embestidas de los Begic, Vidmar y compañía. A costa de haber dado lo mejor que tenía en los minutos previos, Marc Gasol llegó literalmente fundido al momento de la verdad. El juanmorismo estará contento.

¿Por qué hace esto Orenga? ¿Acaso porque es un firme convencido de estas teorías y piensa que los buenos tienen que jugar hasta que revienten (y si no lo hace con los demás es porque todavía no acaba de tener claro quiénes son los buenos)? Pues no. Orenga mantiene a Marc en cancha por la sencilla razón de que no se atreve a sentarle, porque el mero hecho de pensarlo siquiera le hace entrar en pánico. No es ya que Orenga tenga confianza ciega en Marc (y quién no), es que tiene confianza cero en cualquiera que pueda entrar en su sustitución. En Xavi Rey, por ejemplo. Xavi no es Marc, lo cual no tiene nada de particular porque nadie (excepto Marc) es Marc, Xavi no lo es como tampoco lo serían Felipe o Ibaka si estuvieran con la selección. Xavi no es Marc pero es que casi no es ni Xavi tampoco, me explico: este Xavi Rey está a años luz del mejor Xavi Rey, de aquel que vimos y disfrutamos en los primeros meses de la pasada temporada. No es culpa suya, tuvo una grave lesión, no diré (porque no tengo elementos de juicio para decirlo) que se haya precipitado su reaparición pero lo que sí tengo claro (de hecho llevo pensándolo desde la presunta fase de preparación) es que está totalmente fuera de punto, que no alcanza ni siquiera al cincuenta por ciento de su nivel habitual. Y Orenga lo sabe, probablemente lo sabía ya cuando le convocó. Y aún así le llevó. Y ahora no se atreve a ponerle. Reconocerán que para este viaje no nos hacían falta alforjas.

Y sin embargo Orenga aún parece creer más en ese cincuenta por ciento de Xavi Rey que en el cien por ciento de Germán Gabriel. ¿Se acuerdan de Germán Gabriel? Sí, aquel de quien Sainz de Aja decía que era el mejor de entre los Júniors de oro de Lisboa, aquel a quien sus compañeros de entonces llamaban Yogui, aquel a quien luego sucesivos técnicos fueron derivando hacia la posición de cuatro pero que tenía y aún tiene hoy un juego de pies que debería ser la envidia del mundo entero, aquel por el que (habré de confesarlo) siento una especial debilidad desde hace ya unos cuantos años. Puede que ya no lo recuerden (casi ni yo mismo lo recuerdo) pero créanme que Germán Gabriel forma también parte de esta selección, como tal fue convocado, como tal se tragó entera la Gira Ñ (y a veces hasta la jugó, incluso), como tal supuestamente viajó a Eslovenia, no nos consta que haya sido secuestrado por un grupo terrorista ni que haya sido abducido por los extraterrestres así que habremos de suponer que allí sigue, no sé si en calidad de jugador o de entrenador asistente (que el título lo tiene) pero allí debe estar todavía. No, él tampoco es Marc, no las pasaría menos putas que Rey en defensa pero aportaría cosas distintas en ataque, movilidad, cintura, muñeca, frescura, versatilidad. Y minutos, otro puñadito de minutos para que el Gasolito nos pudiera reposar un poco más…

Esto es así. Nos pasamos meses y meses diciendo que tal o cual jugador está ya para la selección, que debería ir convocado sí o sí, que sería el ideal para ocupar el hueco que habrá de dejar éste o el otro… pero luego llega la hora de la verdad y o bien no nos atrevemos a convocarlo (véase Nacho Martín) o bien le convocamos pero no nos atrevemos a ponerlo. Y mientras tanto seguimos reinventando la (no) rotación de Marc, que es tanto como decir que seguimos reventando a Marc. Lo peor no es ya que ayer llegara hecho unos zorros al final por no haber descansado antes, lo peor es que ese partido ante Eslovenia pueda acabar convirtiéndose en una metáfora del Torneo. Que Polonia, Chequia y (sobre todo) Georgia no nos vayan a regalar nada, que en la (presunta) segunda fase aún menos, que por no tener descanso ahora acabe llegando hecho unos zorros a (por ejemplo) cuartos de final. El juanmorismo estará encantado de que así sea, todo lo que sea promediar menos de cuarenta minutos les parecerá poco, luego cuando vengan mal dadas ya le echarán las culpas al empedrao. Pero yo que no soy juanmorista no pienso esperar tanto, yo soy casi más de curarme ya en salud, o damos descanso a Marc ahora o lo acabaremos pagando después, al tiempo. Dicho queda.

lo de todos los años   7 comments

Me permitirán que me autoplagie (o que me autocite, que queda más elegante), que copiapegue aquí lo que escribí hace hoy exactamente un año y diez días, más que nada porque no me apetece volver a escribirlo:

El proceso de elección de Entrenador del Año en nuestra Liga ACB responde a un mecanismo ciertamente muy complejo, en el que inciden un sinfín de variables que resultaría sumamente prolijo explicar aquí, en el corto espacio de unas breves líneas. Pese a ello, y dada mi natural vocación de síntesis, haré un ímprobo esfuerzo para resumirles de la mejor manera posible los pasos que por lo general conducen a la concesión del susodicho galardón:

Paso 1: se espera a que termine la temporada regular.
Paso 2: una vez finalizada la temporada regular se obtiene la clasificación.
Paso 3: se mira dicha clasificación para comprobar qué equipo ocupó el primer puesto.
Paso 4: se comprueba quién es el entrenador de dicho equipo.
Paso 5: se otorga a dicho técnico el premio al Entrenador del Año. Sin más.

O dicho de otra manera: en la temporada 2009/2010 el Barça acabó primero la temporada regular, y el premio al Entrenador del Año le fue otorgado a Xavi Pascual. En la temporada 2010/2011 el Barça acabó primero la temporada regular, y el premio al Entrenador del Año le fue otorgado igualmente a Xavi Pascual. Y en ésta recién concluida 2011/2012 el Barça ha acabado primero la temporada regular, y el premio al Entrenador del Año le ha sido concedido a… (terminen ustedes la frase, háganme el favor, que es que a mí me da la risa).

Fin de la cita, evidentemente aquella entrada era mucho más larga (y cómo no habría de serlo) pero el resto eran ya generalidades y vaguedades que venían a cuento entonces pero hoy ya no vienen al caso. Hoy podría simplemente continuar aquella cita añadiendo que en esta temporada 2012/2013 el primer clasificado de la temporada regular ya no ha sido el Barça sino el Madrid, razón por la cual el Entrenador del Año ya no ha sido Xavi Pascual sino

Creo que no soy precisamente sospechoso de lasofobia, creo que nadie que me lea con cierta asiduidad pensará que si escribo así es porque le tengo cierta manía a Pablo Laso. Más bien al contrario, saben que le he puesto por las nubes un montón de veces, la última hace apenas unos días con notable éxito de público y no tanto de crítica, que de esa hay para todos los gustos. Lo repetiré una vez más, valoro a Laso muy por encima de lo que lo hacen muchos aficionados de su propio equipo y creo firmemente que está haciendo un extraordinario trabajo cuyos resultados se ven a simple vista: el título copero del pasado año, la Final de la Euroliga, el liderazgo en ACB y sobre todo la creación de un estilo de juego perfectamente reconocible y sumamente atractivo para el espectador. Valoro a Laso y hasta lo tengo en gran estima, no les quepa la menor duda, pero una cosa es una cosa y otra cosa ya son dos cosas. Laso es el entrenador del Madrid (lo mismo de esto ya se habían dado cuenta), y nadie dice que sea fácil entrenar al Madrid como tampoco es fácil entrenar al Barça, faltaría más; pero las penas con pan son menos como suele decirse. O dicho de otra manera, que no sé si me estoy explicando: es muy meritorio acabar primero la fase regular ACB, qué duda cabe, pero es algo que queda mucho más a mano si manejas un presupuesto futbolero como el de Madrid o Barça que si manejas cualquier otro presupuesto, cualquiera. ¿Entrenador del año? Para mí entrenador del año sería el que tuviera mejor relación calidad-precio, es decir, mejor relación entre los resultados conseguidos y los medios que fueron puestos en su mano para conseguirlos. El que hace más con menos, por decirlo así. Todo lo cual no quita para que si en un momento dado un equipo grande hace una temporada superlativa su técnico no pueda ser considerado entrenador del año, faltaría más. Pero eso, una temporada muy puntual, unas circunstancias muy concretas; no que por el mero hecho de quedar primero te lo den ya, de serie, sin atender a ninguna otra consideración.

Supongo que hasta se podría otorgar este premio en base a parámetros matemáticos, y obviamente no me refiero al puesto en la clasificación o a una mera suma estadística sino a algo más elaborado; quizás podría establecerse una correlación (inversa), de un lado el número de victorias, del otro el presupuesto del equipo o bien la suma de las nóminas de sus jugadores, ahí les dejo la idea (y gratis) por si les apeteciera llevarlo a cabo, yo no lo haré por varias razones: porque soy lego en la materia, porque aunque no lo fuera no tengo ni el tiempo ni las ganas de ponerme a calcular una cosa así y porque (sobre todo) no soy tanto de números como de sensaciones. Y mis sensaciones me dicen que el que ha hecho más con menos (muy alto el más, muy bajo el menos) ha sido el técnico del CB Canarias Alejandro Martínez. Primera temporada en la élite, casi rozando los playoffs, casi la misma plantilla que subió de LEB más algún ligero retoque y añadiendo además (por si todo lo anterior fuera poco) esas mismas cualidades que decíamos de Laso, ese estilo reconocible y muy atractivo. Sí, él habría sido sin lugar a dudas mi entrenador del año, y en su defecto tampoco me habría chirriado que lo fueran Pedro Martínez, Moncho Fernández, Roberto González o José Luis Abós, ejemplos perfectos todos ellos (cada uno a su manera) de optimizar plantillas y conseguir resultados muy por encima de las expectativas generadas. Cualquiera de ellos (y algún otro que me dejo) en mi opinión lo merecía más que Laso, simplemente porque ninguno de ellos tuvo ni de lejos el plantillón, los medios ni las posibilidades que tuvo Laso. Repito una vez más, todo ello sin menospreciar en absoluto el grandísimo trabajo de Pablo Laso.

A veces me pregunto qué es lo que mueve a la ACB a perpetrar esta solemne majadería año tras año. Evidentemente no lo sé, pero por buscarle alguna explicación me contesto que será tal vez por un impulso mediático, porque piensen que dárselo a un personaje mínimamente reconocible les permitirá vender mejor el producto. Lo cual, si fuera cierto, no haría sino confirmar la evidente incapacidad de la propia ACB a la hora de saber cómo vender su producto. Si se lo tienen que dar al entrenador del equipo líder (que suele coincidir con Barça o Madrid, casualmente) porque piensen (acaso con razón) que si se lo dan a cualquier otro no lo va a conocer ni la madre que lo parió, aviados vamos. Como siempre, el mundo al revés. La NBA, ese espejo en el que tanto les gusta mirarse, no tuvo ningún reparo en darle hace algunos años el premio de Entrenador del Año a un Doc Rivers que por aquel entonces no era el técnico de éxito que hoy conocemos en los Celtics sino un técnico rookie que, recién colgadas las botas, hacía sus primeros pinitos en Orlando. Aquellos Magic se quedaron a las puertas del playoff y muchos por aquí (quizá la falta de costumbre) pusieron el grito en el cielo, cómo es posible que se lo den si no está en playoffs, sin reparar en el pequeño detalle de que Rivers había hecho encaje de bolillos con una plantilla que no había por dónde cogerla, con un equipo que era algo menos que un equipo de transición. El que hace más con menos, recuerden, los votantes NBA lo vieron claro. La NBA crea estrellas y a partir de ahí las vende, la ACB espera que se creen solas y a partir de ahí tampoco hace nada, simplemente se deja llevar, no se atreve a salirse ni siquiera un poquito del guión.

Si sólo fuera el Entrenador del Año… Es Mirotic de MVP, es ese quinteto ideal políticamente correcto con tres jugadores del primer clasificado, otro del segundo y otro del tercero como si más allá no hubiera baloncesto, como si no existieran Nacho Martín, Justin Doellman, Germán Gabriel, tantos otros. Les compro a Sergio Rodríguez porque saben que soy muy del Chacho y porque creo que lo merece (aunque algún otro Rodríguez de acento puertorriqueño podría tener algo que decir), podría comprarles a Tomic aunque sus prestaciones a un lado de la cancha no tengan nada que ver con las del otro, podría hasta comprarles (con muchísimas reservas) a Mirotic pero por favor, no me vendan a Rudy, no me vendan al Chapu, este año no, a ambos les aprecio y les tengo en gran estima pero no me vendan la moto, tengan la bondad. No, no les pondré esta vez como ejemplo a la NBA porque allí también hacen sus cagadas (ese defensor del año en el segundo mejor quinteto defensivo del año, esos Wade y Howard en el tercer mejor quinteto de la Liga como si en verdad lo merecieran) y para eso me basta y me sobra con las nuestras. ¿Mirotic MVP? Es muy bueno y va a ser mucho mejor (pero esto se da por lo que se es, no por lo que se vaya a ser), cierto es que ha hecho partidos realmente extraordinarios pero no es menos cierto que en otros ha estado prácticamente desaparecido. Ya les dije antes que no me muevo tanto por números como por sensaciones, y mis sensaciones me llevan a un extraño concepto llamado continuidad: la que no encuentro en Mirotic, la que sí encuentro en aquellos otros Doellman o Nacho Martin que les decía más arriba (cada uno a su manera), la que encuentro incluso en su compañero Sergio Rodríguez antes que en él mismo. Claro está, Mirotic es la estrella emergente, jugará en la NBA tarde o temprano y queda mucho mejor a la hora de lucirlo, va usted a comparar, pones en el cuadro de honor MVP Nikola Mirotic y queda como dios, pones en cambio MVP Nacho Martín y queda de lo más cutre, ya ves tú, Nacho y encima Martín, pero quién demonios es ese tío, por dios qué vulgaridad. Habremos de reconocerlo, premiar a Mirotic resulta mucho más estético, ya otra cosa es que además sea justo.

Así que miren, déjense de tonterías de una vez por todas y para el año que viene institucionalicen todos estos premios, tengan la bondad. Háganlo en la misma línea que les proponía al comienzo, proclamen con antelación que el Entrenador del Año será el técnico del equipo que gane la temporada regular, que el MVP será el jugador más vendible e icónico de ese mismo equipo campeón de la regular, que el quinteto ideal estará integrado necesariamente por jugadores de los tres primeros clasificados en rigurosa proporción a los méritos contraídos por éstos, que los jugadores de aquellos equipos a partir del cuarto puesto podrán optar al Premio a la Actitud Azul o al Premio a la Tocada de Huevos Verde pero a los premios principales no, nunca, jamás, en ningún caso, bajo ningún concepto. Déjenlo por escrito, díganlo por adelantado y al menos sabremos a que atenernos. Nos parecerá igual de injusto, pero ya no nos pillará por sorpresa.

YOGUI   2 comments

Viajemos una vez más (que en este caso es gratis, y ya son cada vez menos las ocasiones en que podemos decir lo mismo) a aquel inolvidable verano de 1999. Pongámonos en situación, nuestra selección júnior acaba de ganar el Mundial de la categoría en Lisboa y nosotros (más que nada por la falta de costumbre) estamos aún en una nube, leyéndonos con fruición todo lo que cae en nuestras manos al respecto. Leyéndonos por ejemplo aquel reportaje de Gigantes en el que se nos cuentan (entre otras muchas cosas) los motes que se habían puesto aquellos jugadores entre sí. Recuerdo como si fuera ayer que a Pau le llamaban Gasofa (obvio), que a Cabezas le llamaban Charlie Heads (aún más obvio), que Raül López era Topogiggio, que Navarro no les voy a decir lo que era porque a día se hoy se lo seguimos llamando, que Berni tenía un apodo que le iba como anillo al dedo pero que por más que lo intento no consigo recordar… y que a Germán Gabriel sus compañeros, con un mucho de cariño y un puntito también de mala leche, le llamaban Yogui. Yogui, lo recuerdo bien, como también recuerdo que el incomparable técnico de aquella selección, Charly Sainz de Aja, tenía elogios para todos y cada uno de sus jugadores pero en el caso concreto de Germán Gabriel lo definía con tan solo dos palabras: el mejor. Así de sencillo.

Sí, ya lo sé, hoy que ya hemos visto a Pau, Juanqui, Raül, Felipe, Berni y hasta Cabezas hacer diabluras a éste o al otro lado del charco, hoy que ya les hemos visto a casi todos ganar casi todo lo ganable nos puede resultar extraño que para Sainz de Aja el mejor de entre todos ellos fuera Gabriel, precisamente Gabriel. Pero créanme que así era, y créanme también que, visto desde fuera, tampoco resultaba tan extraña esa aseveración. Gabriel, dentro de ese redondeado cuerpo de osito (o más bien de osazo), tenía algo que en aquel entonces (y no digamos ya ahora) resultaba impagable: talento. Talento en estado puro, que se manifestaba ya en un maravilloso juego de pies. Aquellos que tenemos ya una edad y nos criamos en un tiempo en el que el baloncesto aún no era tanto cuestión de músculo como de fundamentos todavía nos conmovemos cuando vemos a alguien que interpreta el juego como siempre pensamos que debía ser jugado. Y en aquella selección de 1999 todos eran buenos, cada uno a su manera, pero había básicamente tres sujetos que nos conmovían porque desparramaban talento en cada movimiento, en cada acción: Juan Carlos Navarro, Raül López y… sí, también (y sobre todo) Germán Gabriel. El mejor.

Aún hoy, trece años y medio después, muchísima gente alucina al ver su juego de espaldas al aro como si le hubiera brotado de improviso, como si el triple lo hubiera tenido siempre y en cambio estos movimientos al poste bajo los hubiera ido adquiriendo con los años. Bueno, pues permítanme que les explique que su viaje fue exactamente al revés. A aquel pívot orondo y con incomparable cara de buena persona jamás se le hubiera ocurrido tirar de tres, o puede que sí se le hubiera ocurrido pero seguro que alguien (problablemente el propio Sainz de Aja) le habría dicho pero chico, qué haces, si eso no es lo tuyo, tú dedícate a postear que lo haces como los ángeles, las virguerías exteriores déjaselas a otros. Y bien que le hizo caso, bien que se dedicó a postear y bien que le fue… en aquella selección júnior, porque lo que es en su club de toda la vida así de entrada no se comió un colín la criatura. Meses enteros pelándose el culo en el banquillo, meses enteros de cesiones a lugares más o menos ignotos en los que tampoco rascaba apenas bola, esa irresistible sensación que nos quedaba de que mientras sus compañeros de generación seguían imparables hacia arriba él se nos estancaba, acaso ya para siempre…

Y entonces, en algún momento de su azarosa carrera, alguien debió decidir que con ese torso redondeado y poco musculado y esa pinta de buenazo Germán Gabriel no podría nunca ser un cinco, los cincos tienen que intimidar ahí debajo y tú con ese aspecto no intimidarías ni a mi madre así que vamos a hacer de ti un cuatro, con dos… razones. Gabriel se aplicó, se puso a la tarea (más que nada porque no le quedaba otra si quería sobrevivir en esta profesión) y como clase tiene por arrobas para hacer lo que le dé la gana pues acabó desarrollando un tiro de tres que habría de acabar siendo la envidia de casi todo alero que se precie. Debería haber sido un recurso, una opción, esta vez en vez de continuar el bloqueo hacia dentro lo haré hacia fuera para romperte los esquemas, pero no. Hay entrenadores capaces de adaptar su filosofía al estilo de sus jugadores, y hay en cambio otros para los que el estilo de sus jugadores tiene que adaptarse necesariamente a su filosofía. Jugadores como piezas de ajedrez, yo quiero que hagas esto y me la suda que antes hicieras bien aquello otro porque ahora soy yo el que manda y te necesito ahí fuera así que vete olvidando de ir para dentro, que te quede claro. Y así, por poner algún ejemplo tonto, Herrmann en Unicaja sólo tiró de tres desde una esquina cuando antes y después se hartó de demostrar que sabía hacer muchísimas más cosas, y así Garbajosa acabó convirtiéndose en un jugador unidireccional que no pisaba la zona ni aunque le pillara camino del vestuario, y así Lorbek huyó de Málaga amargado de la vida dos meses después de llegar porque le obligaban a ser Garbajosa bis, y así Gabriel… Encasillar, le dicen a esto en el cine. Muchos dejaron de ser lo que eran para acabar siendo otra cosa completamente distinta, unos pocos huyeron y se salvaron, algunos se adaptaron y sobrevivieron pero mantuvieron en silencio su propia resistencia interior, mientras esté aquí seré lo que tú quieras que sea pero no por eso dejaré nunca de ser lo que soy.

Gabriel sobrevivió, volvió rebotado al Estu, llegó para un mes y ya va camino de su cuarto año. Mire, señor Casimiro, que además de tirar de tres también sé hacer esto, en realidad he sabido siempre, lo que pasa es que no me dejaban… Las ha visto de todos los colores (o de todas las tonalidades de azul) en este tiempo, temporadas enteras al borde del precipicio (tan al borde que al final acabaron cayéndose, aunque rebotaran después) pero siempre con un denominador común, siempre Gabriel como el mejor, a veces como el único realmente salvable en medio de tanto desastre. Lo que voy a escribir a continuación a alguno le sonará a atrevimiento, a blasfemia incluso, pero creo que Germán puede ser considerado por derecho propio el legítimo sucesor en ese puesto que podríamos denominar pívot inteligente (o pívot de inteligencia superior a la media, para que no se ofendan los demás), en la más rancia tradición estudiantil; una tradición que inauguró el Oso Pinone (será cuestión de osos, de Pinoso a Yogui) y que luego continuaron tipos como Rafa Vecina o Shawn Vandiver por ejemplo. Pívot Inteligente con mayúsculas, hasta el punto de que en el diseño de una jugada decisiva se atreviera a corregir a su entrenador de entonces, hasta el punto de que al final éste le dijera explícala tú, si casi te la sabes mejor que yo… Dijo Manel Comas en una retransmisión televisiva que hay algunos jugadores a los que se les nota a la legua que el día de mañana serán entrenadores, y que Gabriel era uno de esos casos, sin ninguna duda. Ojalá sea así, ojalá le tengamos de técnico o al menos de analista televisivo, pero que no le perdamos para este juego.

Hace unos días, mientras veía el Estu-Madrid y escuchaba cómo alguno (que parece que sólo viera baloncesto cuando le toca comentarlo) alucinaba una vez más con ese juego de pies, pensaba yo para mis adentros que hace tiempo que tengo una deuda contraída con Germán Gabriel. En todos estos años le habré elogiado docenas de veces y hasta habré reivindicado inútilmente cada verano su presencia en la selección (que bien pensado quizás haya sido mejor así, que vaya usted a saber si no le hubieran prohibido pisar la zona), pero nunca, que yo recuerde, le había dedicado una entrada completa para él solo. Ya que en apenas unos días escribiré sobre otro Yogi (éste sin u), que juega de base en Indiana y que vaya usted a saber por qué le llaman así porque en nada se parece al del dibujo, pues qué menos que soltarles antes toda esta parrafada sobre este otro Yogui nuestro, este auténtico y genuino malagueño de Caracas (o caraqueño de Málaga, no sé) que digo yo que bien ganado se lo tiene. Aunque ya apenas quedará nadie a estas alturas (aparte de mí, claro) que se acuerde de ese apodo, ni falta que le hace: aunque ya a nadie (afortunadamente) se le ocurriría llamarle así.

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