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EL AGUJERO   8 comments

Leí aquella historia en Slam, debió ser como a comienzos del presente siglo. John Thompson (el mítico John Thompson de toda la vida, el sumo hacedor de pívots como Ewing, Mourning o Mutombo) andaba ya jubilado tras su larga etapa en Georgetown; en cambio su hijo John Thompson III empezaba a labrarse una dura carrera como entrenador, aún no en los Hoyas sino en la más modesta (si bien no con menos tradición baloncestística) Universidad de Princeton. Cuentan que el hijo por aquel entonces andaba un tanto desazonado, razón por la cual decidió recurrir a la sabiduría de su amado progenitor:JThompson papá, creo que tengo equipo para aspirar al trono de la Ivy League, tengo buenos bases y aleros, buenos pasadores, tiradores y defensores, tengo casi todo pero me falta sólo un pequeño detalle: no tengo pívot, ninguno. Dime papá, qué puedo hacer, qué sistemas puedo implementar, qué estrategias puedo llevar a cabo, qué solución hay… La lacónica respuesta de su padre quizá no fue la que él esperaba, pero desde luego que el consejo no dejó lugar a dudas: consigue un pívot. Sin más.

No ha pasado mucho tiempo, apenas década y media (ayer, como quien dice), y sin embargo parece como si estuviéramos hablando de la prehistoria. Hoy ya nadie va a John Thompson a decirle coach, no tengo pívot, qué puedo hacer, hoy más bien irán a otros (pongan aquí el nombre que quieran) a preguntarles exactamente lo contrario, coach, tengo un pívot, un tío enorme y con muy buenos fundamentos pero que no abandona jamás las proximidades del aro, por favor coach, dígame qué puedo hacer, dígame cómo me las apaño para sacarlo de ahí… Y probablemente la respuesta de alguno no sería menos lacónica que la del Coach Thompson, si bien en un sentido diametralmente opuesto: no lo pongas, déjalo en el banquillo. Asunto resuelto.

Cómo hemos cambiado. Nos enseñaron que quien tiene un pívot tiene un tesoro, nos repitieron que los equipos se construyen desde el centro, a partir del cinco, a partir de Russell, Chamberlain, Abdul-Jabbar, Ewing, Robinson, Olajuwon, O’Neal. No por casualidad los Blazers escogieron a Bowie antes que a Jordan en el famoso draft de 1984, acaso una de las decisiones más justamente denostadas de la historia pero que en el baloncesto de aquellos tiempos (de casi todos los tiempos) tenía todo el sentido del mundo: escoltas anotadores hay muchos, en cambio los cénters dominantes se pueden contar con los dedos de una mano,top5 pillémonos al mejor que haya disponible y construyamos a partir de ahí. Sabían lo que querían, otra cosa ya es que se equivocaran de medio a medio en su evaluación del talento (y la salud) de cada jugador. Pero en aquel entonces las cosas eran así.

Y no hace tanto que seguían siendo así, no hace tanto (diez años, para ser exactos) que esos mismos Blazers escogían a Oden por encima de Durant, otra vez la cagaron (otra vez la salud, también) pero esa no es la cuestión. La cuestión es que hace una década aún se prefería la carne interior a la exterior (aún por larga que ésta fuera), aún quien tenía un pívot tenía un tesoro, aún algún comentarista encontraba una carencia en algún juego interior y te decía despectivamente que esto es lo que en USA llaman equipo donut, porque tiene un agujero en el centro. Hoy ese agujero se ha hecho más y más grande, se ha institucionalizado pero eso sí, como queda feo llamarlo agujero preferimos llamarlo spacing que queda mucho más bonito, dónde va a parar. Spacing, nada nuevo bajo el sol, ya el añorado Manel Comas en sus comentarios televisivos solía a menudo decir que el baloncesto es un juego de espacios, cosa obvia por otra parte; lo novedoso en todo caso sería la manera de utilizarlos. En ese sentido el actual spacing vendría a ser (simplifico deliberadamente el tema) algo así como la capacidad de abrir los ataques para que se abran también las defensas, sacándolas de su hábitat natural de los alrededores de la zona para generar grandes espacios (valga la redundancia) por los que penetrar. Me dirán que la definición me ha quedado un poco pedestre y que el spacing es mucho más que eso (afortunadamente) pero qué le voy a hacer, no soy técnico sino un mero aficionado, es lo que hay, no doy mucho más de sí.

No hace mucho leía que hoy el baloncesto básicamente consiste en un tío que la sube, otro que le bloquea y los otros tres que esperan al otro lado de la raya del triple a ver si les llega el balón. Sentencia simplista donde las haya, pero que si me apuran la podemos hacer aún más simple todavía: antes el que bloqueaba continuaba casi siempre hacia adentro, hoy continúa cada vez más hacia afuera, hoy se lleva mucho más el pop que el roll. Es curioso, no hace tanto que (algunos) despotricábamos del cuatro abierto pensando que acaso fuera una moda pasajera, y ahora en cambio ya hemos entrado de lleno en la moda del cinco abierto. Y porque no hay más.

Les contaré otra historia reciente (será breve, no huyan) de baloncesto universitario, que ya saben que me pierde. Hace un par de años los Hoosiers de Indiana tenían un equipo sin prácticamente ningún jugador interior, razón por la cual su técnico Tom Crean implementó sabiamente un sistema que generaba un montón de espacios para así aprovechar las cualidades de sus incisivos jugadores exteriores. En cambio al año siguiente llegó por fin el pívot que necesitaban, Thomas Bryant:Crean físicamente imponente, técnicamente bien dotado y psíquicamente muy mal amueblado (pero eso no viene al caso). ¿Creerán entonces que Tom Crean adaptó sus sistemas ante el novedoso hecho de contar por fin con un cénter dominante (rara avis, tanto más en NCAA) en sus filas? Pues no, más bien sucedió todo lo contrario, más bien fue Bryant quien se tuvo que adaptar a jugar mucho más fuera que dentro durante sus dos temporadas en Bloomington. Indiana era un equipo muy divertido de ver como casi cualquiera que practica el (mal llamado) small ball, pero que me lo pasara en grande viéndolo no significa que no me doliera el desperdicio (en mi opinión, habrá quien piense todo lo contrario) de esa ausencia interior. Esta pasada primavera Thomas Bryant se presentó al draft (fue escogido en el puesto 42 por los Lakers, que en el pecado llevarán la penitencia), y seguro que no serán pocos los que crean que el haber jugado por fuera le va a venir de perlas de cara a su carrera profesional. Pero yo más bien veo a un jugador sumamente desorientado (ya les dije que su coco tampoco ayuda) que a estas alturas ya ni sabe lo que es, que ya no es ni chicha ni limoná (signifique eso lo que signifique). Y este es sólo un ejemplo, el primero que se me ha venido a la cabeza. Podría ponerlos a miles, y (obviamente) no sólo de NCAA.

Lo llaman small ball y no lo es. No nos equivoquemos, no es una cuestión de tamaño sino de lo que se sepa hacer con él. Los centímetros, así de alto como de ancho (es decir, de envergadura), siguen valiendo su peso en oro, cuantos más mejor… siempre y cuando no te inmovilicen, siempre y cuando no te aten a la zona ni te pongan a jugar de espaldas. Hoy se cotiza la velocidad a campo abierto, la versatilidad para defender indistintamente a interiores y exteriores, el desplazamiento lateral, el primer paso para atacar de fuera a dentro, la muñeca. Sobre todo la muñeca, cuanto más lejos mejor. Hoy ya no te piden shaquilles ni olajuwones sino clones de aquel adelantado a su tiempo que fue Kevin Garnett. Hoy apenas quedan cincos, casi no hay ni cuatros, aquellos que llamamos cincos o cuatros abiertos en realidad no son más que especímenes más desarrollados y evolucionados del tres.

¿Exagero? Probablemente, pero aún así les agradeceré que echen conmigo una ojeada a alguno de los pívots más reputados del momento. Pongamos por ejemplo al gran Karlito, Karl-Anthony Towns: unos fundamentos técnicos depuradísimos, unas condiciones atléticas sobresalientes, un talento innato… que sin embargo no sería el jugador que es (y no digamos el que va a ser) si no hubiera hecho del triple parte esencial e indispensable de su juego.embiid O pongamos Joel Embiid, que nos enamoró en la Universidad de Kansas (y aún antes, en el McDonald’s All American) gracias a un juego de pies de espaldas al aro como no habíamos visto (casi) desde Olajuwon, pero que hoy (es decir, en lo poco que hemos podido verle tras su eterna lesión) tira ya triples como si no hubiera trabajado en otra cosa durante los largos meses que pasó en el dique seco. O pongamos sin ir más lejos a nuestro Marc Gasol, el cénter por antonomasia, acaso el cinco más cinco que podamos encontrar hoy en día en el mercado… y que sin embargo (a la fuerza ahorcan) también ha incorporado recientemente el triple a su ya de por sí selecto repertorio. Y no hablemos ya de Ibaka: ¿recuerdan cuando pontificábamos que Scariolo siempre preferiría para la selección a Mirotic porque le privaban los cuatros abiertos? Así es y así va a seguir siendo, pero ese argumento hace ya tiempo que se nos quedó obsoleto: hoy Ibaka en ataque es ya casi tan cuatro abierto como Mirotic. Que ya es decir.

Pero el problema (si es que es un problema) no son los triples, ojalá fuera tan simple como eso. Me dirán que pívots que tiraron triples siempre hubo, y muy probablemente me traerán a colación al gran Arvydas. Por supuesto que sí, Sabonis tiraba de fuera con inusitado acierto del mismo modo que pasaba el balón como los propios ángeles, fruto todo ello de su formación como base antes de pegar el estirón. Pero ello no le impedía desenvolverse como pez en el agua por la zona, mirar el juego de espaldas al aro o restregarse contra sus rivales cuando fuera menester. Su tiro exterior era UN recurso (para momentos muy puntuales), no EL recurso. Me dirán que como Marc, exactamente lo mismo, pero permítanme que establezca una sutil diferenciación: Sabonis lo llevaba de serie, Marc lo ha tenido que implementar, casi como una mera cuestión de supervivencia profesional.

Insisto, el problema NO son los triples, el problema es que de tanto tirar triples nos acabemos olvidando de casi todo lo demás. Soy casi prehistórico (y prehistérico), crecí en un tiempo en el que sólo se televisaban los partidos de Copa de Europa del Madrid o lo que es casi lo mismo, crecí viendo lanzar ganchos a Clifford Luyk. Gancho de Luyk, decía el Héctor Quiroga de turno, y a mí que era un crío que aún no sabía nada de baloncesto (tampoco es que ahora sepa mucho más) aquel me parecía un tiro casi indefendible: si te lo lanzan así como de medio lado, desde más arriba de la coronilla y con la mano más alejada del aro, pues a ver cómo paras eso.nba_jabbarhooks_800 Luego vimos mundo, descubrimos el skyhook de Jabbar y hasta el baby hook de Magic, conocimos incluso a un pívot eminentemente defensivo llamado Dikembe Mutombo que en ataque vivía casi exclusivamente del gancho porque era casi lo único que sabía hacer. Y ya. Recuerdo unas declaraciones que le leí hace quince o veinte años a un mítico pívot ex céltico llamado Dave Cowens, en aquel entonces entrenador de los Warriors, en las que se lamentaba precisamente de eso, de que un recurso tan efectivo como el gancho se encontrara prácticamente en peligro de extinción. Hoy ya no es que esté en peligro de extinción, hoy ya es que cuando vemos (si es que alguna vez lo vemos) a un pívot hacer un gancho casi nos entran ganas de abalanzarnos sobre la pista o la pantalla del televisor a darle un beso en los morros. Y ello aunque sea del equipo rival.

Casi hemos perdido el gancho y no tardará en llegar el día en que perdamos también el juego de pies de espaldas al aro. Pívot como su propio nombre indica viene de pivote, de pivotar, casi la esencia misma de este juego. A algunos aún se nos caen las lágrimas al recordar la maravillosa plasticidad de Hakeem Olajuwon, aquel a quien Montes llamaba (y muy pocos apodos habrá más descriptivos) el Bailarín de Claqué del Cotton Club. Pura poesía en movimiento. Hoy (poco más de dos décadas después) esos movimientos son casi pieza de museo, recuerdos de un pasado que nunca más ha de volver que decía la copla. Hoy son patrimonio casi exclusivo de gasoles y demás veteranos formados casi en las postrimerías del pasado siglo, por eso cuando en la universidad se nos apareció el antes mencionado Embiid haciendo olajuwonadas a diestro y siniestro algunos románticos de esto pensamos que quién sabe, tal vez no estuviera todo perdido, quizás aún hubiera esperanza. Esperemos que sus rodillas y sus técnicos no nos la quiten.

Tampoco hace falta irnos tan lejos, miremos por ejemplo el caso de Germán Gabriel. Su entrenador en aquellos maravillosos Juniors de Oro de Lisboa, Charly Sainz de Aja, lo definía en aquel entonces como el mejor, y créanme que lo era (junto con Navarro y Raül López, si bien por motivos radicalmente diferentes): unos fundamentos incomparables, un juego de pies casi impagable en un chaval que aún no había cumplido los diecinueve. El futuro era suyo, pero cuando se convirtió en presente resultó que éste tenía otros planes. O que los tenían sus entrenadores, más bien.gabriel Como tantas otras veces repararon mucho más en sus carencias que en sus virtudes, y a partir de ahí o bien no le dieron bola (no fueron pocos) o bien intentaron convertirlo en lo que no era. Y lo consiguieron, claro. Si quería sobrevivir en esta jungla tendría que ejercer de cuatro abierto, un cuatro abierto full time al que parecía habérsele prohibido pisar la pintura como si ésta produjera urticaria. Germán salía, metía sus triples, volvía al banquillo, volvía a salir, volvía a meter sus triples y así sucesivamente, de repente convertido en mero especialista, nada que ver con aquel otro Germán Gabriel que algunos habíamos conocido y que nunca acabábamos de echar de menos. Sólo en las postrimerías de su carrera, liberado por fin de ataduras (y con un físico mucho mejor trabajado, también), el Germán del pasado y el del presente volvieron a darse la mano para devolvernos por fin al jugador total, el que te mataba desde el triple pero te podía masacrar también con un reverso o un pivote inverosímil sobre la zona. Y no fueron pocos los que se creyeron la película al contrario, fíjate, cómo ha trabajado, a su buena mano ha añadido también un magnífico juego de pies… Y una leche. Añadió (antes) la mano, los pies siempre estuvieron. Aunque no se los dejaran enseñar.

En cualquier caso en Europa el agujero aún no es tan grande como en USA, justo será reconocerlo. En Europa aún paladeamos talentos interiores como los de Bourousis o Dubljevic, (cito simplemente los dos primeros que se me vienen a la cabeza), dos tíos old school… que sí, que también tiran (y meten) triples cuando se tercia, pero exactamente eso, sólo cuando se tercia, sólo cuando lo exige el guión. Su juego es de espaldas, de espaldas te ganan partidos y emeuvepés y hasta campeonatos. Como te los gana también otra estirpe de pívots, tíos como Ayón o Udoh que apenas salen de la zona, si acaso lo justo para que no les piten tres segundos. Sí, claro, me dirán que en USA también hay de esos (el propio Udoh, en breve), en USA hay de todo pero otra cosa ya es la importancia que se tenga o la trascendencia que se le dé. En Europa un pívot dominante aún puede ser (suele ser, de hecho) jugador franquicia, en USA aún podrá serlo siempre y cuando sepa hacer otras cosas, si no ni de coña. Un peón de rotación o un mero complemento, alguien que se faje ahí dentro y ponga buenos bloqueos a mayor gloria del tirador.

No resulta difícil imaginar que así serán las cosas también en Europa, más tarde o más temprano. Afortunadamente aquí aún no parecen haber llegado (pero se les espera) las famosas estadísticas avanzadas, ésas según las cuales (vuelvo a simplificar deliberadamente el tema) sólo saldrían a cuenta las bandejas y los triples,epv-chart-features por razones obvias: con las bandejas (quien dice bandejas dice también mates, canastas desde debajo o desde encima mismo del aro, escoja usted la versión que prefiera) minimizas el riesgo (perogrullada); con los triples maximizas el resultado ya que cada acierto te proporciona un cincuenta por ciento más de rédito al obtener tres puntos en vez de dos (perogrullada aún mayor si cabe). De acuerdo con esta teoría estarían llamados a desaparecer los tiros comprendidos en un rango de (pongamos) tres a seis metros del aro, por razones que hasta un ceporro estadístico como yo podría llegar a entender: suponen un riesgo similar al del triple, total para sacar el mismo rendimiento (dos puntos) que si tiraras una bandeja; ergo no compensa. Bajo estos parámetros no es ya que te sobren muchos hombres grandes, ya es que hasta un tío como Nikos Gallis lo tendría francamente difícil para sobrevivir en el baloncesto de hoy.

Así que ya saben: movilidad, flexibilidad, versatilidad, buena mano y buenos alimentos, y el tronco quitémonoslo cuanto antes de ahí para que no estorbe. Algunos crecimos creyendo en el sacrosanto principio del equilibrio, la versión baloncestera de aquella famosa manta corta futbolera: ya saben, si te tapas la cabeza te destapas los pies y viceversa. En fútbol se plantea en términos de ataque/defensa pero en baloncesto iría más en el sentido de juego interior/juego exterior: si sobrecargas el uno en detrimento del otro te haces previsible, facilitas la tarea a las defensas, necesitas amenazar desde dentro y desde fuera, cuanto más mejor. Creímos en eso, aún seguimos creyendo, vuelvo a recuperar a Manel Comas cuando en sus comentarios televisivos decía que en ataque al menos uno de cada tres pases ha de ser interior. Dentro-fuera, mover las defensas, hacerlas bascular, llevarlas de un lado al otro, generar ventajas para posibilitar buenas opciones de tiro, eso también es spacing. Y del mejor.

Y no digamos ya si tienes un cénter que sepa pasar, que abra el balón cuando se le cierran, que encuentre al hombre abierto incluso mejor que sus propios bases, que sea capaz incluso de distribuir desde el poste alto cual si de un director de juego encubierto se tratara.john-pinone Podría acordarme de muchos (Sabonis, forever) pero déjenme que tire de colores y me traiga a John Pinone. Un Pinone que hace pocos meses anduvo por aquí y no disimuló en absoluto su contrariedad al ver que su ex equipo del alma se había convertido en lo que tantos otros del otro lado (su lado) del charco, otra máquina de tirar triples sin a diestro y siniestro (muchos de ellos sin ton ni son) como si no hubiera un mañana, como si el baloncesto no pudiera/debiera ser también algo más (mucho más) que eso. Vivimos la dictadura del triple, seguramente harás muy bien en entregarte a ella si entrenas a los Warriors pero si entrenas al Minglanilla (un poner) cabe la posibilidad de que no dispongas de los mejores tiradores sobre la faz de la tierra, ante lo cual quizá necesites un plan B. Un plan B que en realidad no será tal plan B sino el plan A de toda la vida de dios: dársela al grande, si puede que la meta, si no puede que la saque (la pelota, no desparramemos), a partir de ahí empezar a generar. Aunque ya no se lleve.

No me gustaría que vieran esto como el típico arrebato del Abuelo Cebolleta, (pongan voz cascada) el baloncesto ya no es lo que era, los partidos ya no son como antes, cosas así. En absoluto. Quien me conoce sabe que soy un firme creyente en la filosofía de que cualquier tiempo pasado fue ANTERIOR, lo cual no significa necesariamente que fuera mejor. Me gusta el baloncesto bien jugado, lo juegue quien lo juegue (y como lo juegue), venga de donde venga. Disfruto con los Warriors, cómo no habría de disfrutar con un equipo que mueve el balón a esa velocidad y que cuenta además con Curry o Durant en sus filas. Pero disfruto también (y aún más si cabe) con los Spurs. No me preocupa tanto hacia dónde va el baloncesto como lo que nos estamos dejando de lado por el camino: una forma de entender el juego en la que los fundamentos eran aún más importantes que el atleticismo, en la que los partidos eran aún algo más que concursos de triples, en la que los pívots puros no eran aún rémoras sino perros grandes a los que alimentar. No nos dejen también sin eso, por favor. Espero que no sea demasiado tarde.

SOY CURRYSTA   1 comment

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Hay imágenes que valen más que mil palabras (qué frase tan original para empezar). Hay fotografías que por sí solas explican media vida, toda una carrera profesional. Y si no se lo creen no tienen más que echar un vistazo a esa que tienen ahí un poquito más arriba, ya sé que muchos la habrán visto hasta la saciedad durante estos últimos años pero aún así contémplenla una vez más, repásenla conmigo, háganme ese favor. El sujeto que vemos a la derecha no creo que necesite ninguna presentación ni siquiera para aquellos que no llegaran a conocerlo en vida, de hecho la mera mención de su nombre debería hacer que nos pusiéramos todos en pie. El que está en el centro tampoco requeriría de mucha presentación pero aún así puede generar más dudas, por lo que habré de recordarles que se llamaba (y se seguirá llamando a día de hoy) Mitch Richmond y que había sido estrella en los Golden State Warriors si bien para aquel entonces ya jugaba en los Kings de Sacramento. Detrás de él, de perfil, en un discreto segundo plano, precisamente el que había sido su entrenador en esos Warriors y había llevado a esa franquicia a cotas ciertamente impensables (a las que por cierto volvería a llevarla más de tres lustros después), el amigo Don Nelson a quien hoy imaginamos disfrutando de su dorada jubilación en las no menos doradas playas de Hawaii. Y finalmente, a la izquierda de la foto (prescindamos del periodista de los cascos, a quien no tengo el placer de conocer) podemos intuir a uno de los mejores triplistas que haya conocido este juego, aquel implacable alero llamado Dell Curry a quien años más tarde Montes apodaría Muñequita Linda, pocos motes hubo mejor puestos; pero digo intuir porque apenas se le ve, porque está medio tapado por la criatura que tiene sobre su regazo, un niño ligeramente cabezón y con cara de bueno que parece mirarse su manita y sus cinco deditos como diciendo veréis la que voy a liar yo con esto cuando sea mayor. Aquel crío era su primer hijo, llevaba por nombre Stephen y aún no había cumplido cuatro años cuando se tomó esa foto, allá por el Concurso de Triples del Fin de Semana de las Estrellas de (supongo que) febrero de 1992.

Hubieron de pasar más de quince años para que conociéramos a ese niño, para que supiéramos siquiera de su existencia. Nunca había oído hablar de él hasta que de repente, hacia mediados de julio de 2007, se me fue a aparecer dos veces en el mismo día por una de esas casualidades de la vida (y de los calendarios televisivos). Por la tarde me senté como tantas otras veces a ver un partido cualquiera de primera ronda del Torneo Final universitario, uno de esos que el Plus acostumbraba (supongo que seguirá acostumbrando, aunque ahora ya no lo trabajo) a ofrecernos cada verano con sólo cuatro meses de diferido no fuera a ser que nos enteráramos del resultado antes de tiempo; y esa misma noche me senté de nuevo ante el televisor para ver (supongo que ya en directo) un partido cualquiera del Mundial Júnior de aquel mismo año, uno de los pocos que tuvo a bien ofrecernos Teledeporte. Y allí estaba él, por la tarde y por la noche, ensartando triple tras triple exactamente de la misma manera, como si entre un partido y otro no hubieran transcurrido esas quince o veinte semanas que ante mis ojos resultaban ser sólo unas pocas horas. Los de la tarde (o sea, los del Plus) nos dieron pelos y señales acerca de aquel liviano freshman de la Universidad de Davidson, nos contaron que de casta le venía al galgo y que de tal palo tal astilla ya que era hijo de etc etc etc. En cambio los de la noche (o sea, los de Teledeporte) nos contaron bastante menos (más bien nada) acerca de aquel liviano base de la selección USA sub19: el marrón (si no recuerdo mal) le cayo al ínclito Javier Metelmicroahí López, ese cuyo verbo grácil y chispeante puede convertir cualquier apetecible espectáculo baloncestero en una pura ruina, véase por ejemplo su paso por la LEB; no es ya que no nos contara que era hijo de Dell Curry, es que si a alguien se le hubiera ocurrido mencionárselo seguro que él habría preguntado ¿y quién es ese Delcarri?, que ya decía mi abuela que de donde no hay no se puede sacar

Fue como una puesta de largo. Steph Curry no pasó ronda en aquel Torneo Final NCAA ni ganó aquel Mundial Junior pero se quedó ya para siempre en nuestras vidas, convertido de repente en un jugador a seguir. Dicho así ya parecía mucho pero créanme que no era nada en comparación a lo que viviríamos apenas ocho meses más tarde (y esta vez ya en directo, por fin, MMOD mediante), en aquella inolvidable March Madness de 2008. No fue mi caso porque yo ya venía abducido de serie, pero sí sé de unos cuantos que se hicieron adictos a este baloncesto universitario en general (virus que una vez te lo inoculan ya se te queda ahí dentro para toda la vida), y a este jugador en particular, gracias precisamente a lo que vivieron en aquella March Madness de 2008: Davidson, universidad modesta donde las haya, firmó un impresionante Torneo Final de la mano de un Curry de leyenda, el verdadero jugador del Torneo aunque no llegara a la final ni a la semifinal, así se lo conté entonces por si les apeteciera recordarlo. Partiendo del número 10 de su región estos Wildcats fueron cargándose (por este orden) a la número 7 Gonzaga, a la número 2 Georgetown y a la número 3 Wisconsin, cada campanada aún mayor si cabe que la anterior. Y no contentos con ello aún tuvieron contra las cuerdas a la número 1, a esa imponente Kansas en su mismísima Final Regional, territorio prohibido, palabras mayores. Sonará muy grandilocuente pero créanme que no exagero si les digo que aquel simple partido pudo cambiar la historia: de haber entrado aquel tiro postrero (que hubo de jugarse Richards por estar sobremarcado Curry) Davidson se habría convertido en el más insospechado finalista (de Final Four, entiéndase) de la historia (sí, aún más insospechado que George Mason dos años antes, aún más insospechado que Butler, VCU o Wichita State después); de haber entrado aquel tiro Kansas habría hincado la rodilla y dado por finalizada su temporada quedándose sin aquel glorioso título que alzaría luego brillantemente, apenas ocho días más tarde; de haber entrado aquel tiro los Jayhawks habrían defenestrado injustamente más pronto que tarde a Bill Self… Así se escribe la historia. O no.

Aún quedaría un tercer año de Curry en Davidson, que no fue peor que los anteriores sino más bien todo lo contrario según contaron todos aquellos que lo vieron. No fue mi caso: por aquel entonces casi todas mis opciones de ver baloncesto universitario (y tanto más tratándose de una universidad tan pequeña) se limitaban al Madness y justo aquel marzo una mala derrota les dejó finalmente fuera, algunos aún soñamos con que en el último momento les llegaría una invitación del Comité de Selección pero no coló, tratábase de una conferencia demasiado menor como para meter dos equipos en el Torneo, no hubo excepciones. Curry se apuntó al draft, y de inmediato se inauguró un interminable debate público sobre sus aspiraciones en dicho draft y por extensión en toda su carrera profesional. De un lado la opción romántica, es un jugador fascinante y de calidad excelsa que lo tiene todo para triunfar en la NBA etc etc, del otro lado la opción (llamémoslo así) escéptica, un dos en un cuerpo de ni siquiera un uno, un cuerpo que no responde en absoluto a los cánones físicos que se estilan en aquella Liga, en cuanto salte a cancha se lo van a comer, se va a estrellar, no tiene ninguna posibilidad…Stephen+Curry+2009+NBA+Draft+rcHK9X8QMIHl De entrada ganaron los escépticos, como no podía ser de otra manera: Curry cayó hasta el puesto 7 del draft, por delante de él valores tan presuntamente seguros como Hasheem Thabeet o Johnny Flynn (¿dónde andará Johnny Flynn?), y aún los Warriors hubieron de tragarse un enorme chorro de críticas acerca de la barbaridad que supuestamente habían cometido escogiendo tan arriba a este tío. Vamos que para completar el cuadro ya sólo faltaba lo que efectivamente sucedió pocos días después, que la estrella de aquellos Warriors Monta Ellis montara en cólera al grito de (traducción libre) esta franquicia no es lo suficientemente grande para los dos, forastero

Curry jugó ya muy bien su primera temporada, se quedó casi a las puertas de ser el rookie del año (algunos siempre pensaremos que debió compartir aquel premio con Tyreke) pero aún así los apóstoles de lo físico siguieron encontrando argumentos en su contra. El chaval se nos fue a romper por donde menos pensábamos, sus defensores no le quebraban las costillas ni le arrancaban de cuajo la cabeza ni le sacaban de un plumazo de la pista (más que nada porque no les daba tiempo) pero sus tobillos empezaban a flaquear. Un esguince llevaba a otro, y éste a otro a su vez, casi siempre en el mismo tobillo pero a veces también en el otro para variar, y un verano decidió operarse pero fue peor el remedio que la enfermedad, y de perderse semanas pasó a perderse meses y en la bahía de San Francisco empezaron a echarse las manos a la cabeza, y hasta los más agoreros pensaron que no aguantaría, que su físico no estaba hecho para jugar a esto, que lo tendría que dejar… Más quirófanos, más tratamientos, más fortalecimiento y mire usted por donde el jugador que volvimos a encontrarnos en el otoño de 2012 pareció ya un hombre nuevo, ya no era aquel guadiana que en los dos años anteriores entraba y salía (más salía que entraba) de las alineaciones cada dos por tres, ya sus tobillos aguantaban y ello a su vez repercutía en su confianza, ya volvía a ser aquel Curry de Davidson o del primer año en Golden State pero ahora ya por fin corregido y aumentado, más hecho, más sabio, más adaptado (no sólo físicamente) a la Liga. Aún hoy le veo jugar y pienso que puede troncharse a cada paso, aún hoy me asusto cuando sale renqueante tras alguna penetración, ya son ganas de asustarse porque la realidad no responde en absoluto a esos temores, durante estas dos últimas temporadas sus ausencias (rara vez relacionadas con sus tobillos) pueden contarse con los dedos de una mano y aún sobrarían dedos. Hoy esa frágil y quebradiza estructura de cristal de bohemia esconde a un sujeto cada vez más fuerte; y también (aún por imposible que parezca) cada vez mejor jugador, si cabe. El equilibrio perfecto entre estética y eficacia, entre plasticidad y efectividad, entre hacerlo bonito y hacerlo bien. El equilibrio perfecto entre el corazón y la razón.

Y es que hay otros jugadores que te epatan, que te abruman, que te ganan casi por aplastamiento. Otros hay que te gustan, claro que sí (cómo no te habrían de gustar), que puede que hasta te entusiasmen, que los veas y digas joder qué bueno es, qué clase, qué maravilla, qué bien lo hace todo, lo que usted quiera, te gustan pero no te enamoran, vaya por dios, les falta justo ese último escalón. Otros hay que te impactan pero a la vez te dejan frío, qué poderío y qué dominio pero también qué falta de gracia, qué poquita capacidad de seducción. Otros hay que lo tuvieron todo para enamorarte, que te enamoraron justo hasta ese día en que se creyeron más grandes que ellos mismos, hasta que se les rebosó el ego, el equipo es un mal necesario, me importo yo y yo y yo y nadie más que yo. Y finalmente hay algunos que te entran por los ojos, que (éstos sí) te seducen, te vuelven loco, tanto más loco te vuelven cada dstephen-curry-celebrates-pelicans-121414.1200x672ía que pasa, cada partido que los ves; justo esos son los imprescindibles, que diría Bertolt Brecht si aún viviera y le gustara el baloncesto (ustedes disculpen la herejía). Los encantadores de serpientes, los que te hipnotizan, los que te devuelven a otro tiempo en el que el talento aún era mucho más importante que el músculo. Curry es imprescindible porque nos reconcilia con el baloncesto que una vez soñamos, aquel juego (nunca mejor dicho) en el que lo lúdico convivía en armonía con lo táctico, la magia atravesaba el cemento y ganar (aún siendo lo más importante) no era tan importante como disfrutar. Curry de alguna manera nos devuelve a la infancia, a la adolescencia. A la suya, sí, pero también (y sobre todo) a la nuestra.

Creo que se me nota, soy currysta, pondré buen cuidado en escribirlo con y griega porque una vez lo tuiteé con i latina y se me empezaron a aparecer fans de Curro Romero por doquier (a mí, que tengo de taurino lo que de monje trapense poco más o menos). Soy currysta, no es ya una debilidad sino algo que está más allá de eso, practico el currysmo como practico el chachismo o el ginobilismo pongamos por caso, cada uno a su manera, cada uno en su justa medida, cada uno a su debido tiempo. Soy currysta y sé que no soy el único, sé que el currysmo es una religión cada vez con más adeptos pero ello no lo hace menos especial, más bien al contrario. Soy currysta desde hace ya casi ocho años, desde antes que (casi) nadie, desde que aún no sabía que lo fuera, desde que muchos que hoy son currystas casi ni sabían que existiera. Soy currysta y me colma de dicha y regocijo (o me llena de orgullo y satisfacción, como prefieran) que aquel niño que se miraba los deditos sobre el regazo de su padre y a la vera de Don, Mitch y Drazen, que aquel post-adolescente que nos enamoraba (deportivamente) en Davidson sea oficialmente a día de hoy (y con todos los respetos a Harden, LeBron, Davis y tantas otras maravillas) el mejor jugador de la NBA, que es tanto como decir a día de hoy el mejor jugador de baloncesto sobre la faz de la tierra. Soy currysta y lo mejor es que es sólo el principio, que sólo son 27 años, que aún caben más emvipís en esa carrera, que hay ya un anillo esperándole a la vuelta de la esquina, si así no fuera no se preocupen porque habrá muchas más esquinas tras las que esperar. Soy currysta, si usted aún no lo es será o porque no le gusta o porque no lo ha probado, si es lo primero me parece perfecto (sobre gustos no hay nada escrito), si es lo segundo déjeme que le diga que no sabe lo que se está perdiendo. Avisado queda.

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